Las calles parecían más oscuras que
días atrás, como si estuvieran cubiertas de un luto que iba más
allá de lo comprensible. Mis pasos se habían vuelto rápidos y eran
escasamente perceptibles al oído de cualquier mortal. Aquellas
viejas botas me habían acompañado en cientos de aventuras por los
barrios más bajos de New Orleans, inclusive habían estado en San
Francisco o New York, como si fueran un emblema de mis fechorías.
Doblé aceleradamente en una esquina y mis pisadas pararon.
-¡No me mates! ¡Te daré lo que
quieras! ¡Por favor! ¡No me mates!-dijo aquel ser bajito y deforme.
Sus ojos estaban amarillentos, poseía unas tremendas ojeras y sus
pupilas se hallaban dilatadas- ¡No me mates!-su voz se quebraba en
ese ruego al cual no atendería.
Había seguido durante varias semanas
sus movimientos y la partida de ajedrez ya había finalizado. Era un
vendedor de droga de poca monta, adicto a putas de un bar que no se
hallaba muy lejos y al cual acudía como cada día igual que un beato
a misa, solía comercializar su droga en el local y además probaba
el género que la trata de blancas llevaba a la ciudad. Era sin duda
un ser repugnante no sólo por su aspecto, sino también por sus
trapicheos y asuntos turbios. Además, estafaba a pobres incautos de
vez en cuando con negocios nada lícitos que aceptaban producto de la
situación económica que vivían. Si pudiera definirse que clase de
persona era sin duda se podría catalogar de parásito social.
-Lo único que quiero no tiene precio-
mi voz sonó en un terrible susurro que paralizó sus músculos y le
hizo entrar en pánico.
Momentos atrás había visto como con
un simple movimiento de manos había roto la columna vertebral de su
acompañante, el cual violaba repetidamente a un muchacha. Ella aún
esperaba, con la ropa interior bajada, que la liberaran de las
esposas que la mantenían atada. Mi sonrisa era siniestra en aquel
momento y mis anteojos de cristal violetas centellearon bajo la tenue
luz de la farola. Sin embargo, en ese callejón lo único que podía
ver era a un jovenzuelo con ropa de cuero, con los anteojos apoyados
en la punta de su nariz y el cabello revuelto como estrella del rock
de los videoclips de los años 80.
-¡Te puedo dar dinero!-gritó-¡Drogas!
¡Armas!
-Soy tan rico que podría limpiarme el
culo con billetes de cien dólares. Sinceramente me importa un carajo
tu calderilla- dije dando un par de pasos en aquel callejón sin
salida.
Podía ver como la valla de alambre
temblaba bajo el obeso cuerpo de aquel delincuente. Sus pocos
cabellos estaban llenos de cebo debido a su escasa higiene, sus
dientes amarillos y retorcidos tenían una sonrisa fofa y repugnante.
-¿Quieres chicas? ¡Tengo chicas que
te alegrarán la noche!
-Tengo dos en casa que esperan mi
regreso-comenté antes de arrojarme rápidamente sobre él.
Mis colmillos se hundieron en su cuello
perforándolo y provocando que la sangre brotara al fin. Pataleó
unos momentos, me arañó el rostro y logró que mis gafas cayeran al
suelo. Sin embargo, en pocos segundos estaba muerto y caía al suelo
como si fuera un saco de patatas. Tomé mis gafas y las coloqué tras
comprobar que estaban intactas.
La policía llegaba al lugar del primer
asesinato debido a los gritos de la joven, los cuales podía escuchar
a lo lejos como de igual modo el sonido de las sirenas policíacas.
No tardarían en dar con el paradero del estúpido que yacía a mis
pies con los ojos vidriosos, la boca entreabierta y sin una gota de
sangre. Había tapado las perforaciones con un poco de mi sangre
juntada con mi lengua, unas simples gotas, así que ni siquiera
sabrían como habría muerto aquel idiota.
Aquel suceso me hizo pensar en la vida.
La vida siempre fue frágil y descarada. En cuanto empezabas a
disfrutarla algo te arrebataba todo y te dejaba desnudo, expuesto al
dolor y la miseria. Había vivido por más de dos siglos, visto como
cientos de personas morían en mis brazos y otras empezaban a dar sus
primeros pasos frente a mí, en sus cálidas y apacibles casas que
siempre visitaba para observar la fuerte llama que iluminaba el
futuro. ¡Ah! ¡El futuro! ¿Es que un vampiro debía pensar en su
futuro? Tal vez no, pues en realidad poco o nada podría cambiar su
suerte, pero yo lo hacía constantemente desde hacía algunos meses.
Era cierto que en casa me esperaban dos
mujeres y una de ella aún llevaba pañal, a penas balbuceaba y
sonreía con una inocencia que no era fingida. Un producto de la
ciencia y el destino, eso era. Amor puro mezclado en el laboratorio
esperando ser mi antorcha. Ella dio calidez a mi vida y me dio una
nueva oportunidad. Era cierto que tenía otros hijos, pero Hazel
simbolizaba mi mayor amor. Ella era la hija de Rowan. Mi pequeña
Hazel, mi damita, mi dulce criatura y el sueño hecho realidad de su
madre. Rowan era la otra mujer, la cual posiblemente estaría
preguntándose donde me encontraba pues habíamos decidido pasar la
noche en familia, como debía ser.
A mi regreso me quité la chaqueta,
lavé mis manos en uno de los baños del piso inferior y corrí hacia
mi dormitorio. Allí estaba mi mujer tumbada en la cama acariciando
las mejillas de la pequeña que se hallaba sentada a duras penas, con
sus enormes ojos grisáceos con tonalidades violetas y una galleta
cubierta de babas entre sus pequeñas manos.
-Bonsoir mes amours-dije apoyado en el
marco de la muerta con una sonrisa triunfante.
-¿Dónde has estado?-preguntó
frunciendo el ceño al ver mi ropa-¿De nuevo persiguiendo a ese
hombre?
-Ya no lo haré más-susurré
acercándome a ambas- Ya no hará más daño.
Los ojos de la joven aún estaban
clavados en mi retina. Ojos fieros, grises como los de Rowan, un
rostro mucho más dulce y joven que el suyo, un cuerpo menudo y unas
hermosas manos que aún no habían conocido la manicura. Era una
niña. Por dios, sólo tendría quince años.
-Papá- balbuceó Hazel, pues ya en sus
siete meses de vida había logrado decir esa palabra.
Sinceramente me llenaba de orgullo ser
su primera, y hasta la fecha, única palabra pero a la vez hubiese
dado todo ese orgullo por escuchar un mamá de sus pequeños labios.
Sabía que Rowan se sentía dichosa porque nos reconociera a ambos
como sus progenitores, nos amara tanto como nosotros a ella. Y era un
amor puro pues ella aún no conocía el significado del amor y sin
embargo lo sentía. Por eso amaba tanto a mi hija, pues su amor era
sincero y la sinceridad era algo que debía tenerse como un pequeño
tesoro.
-Hazel, te quiero-dije tocando su nariz
con el dedo índice de la mano derecha-Te quiero- repetí notando que
ella tendía su galleta hacia mí, cosa que me hizo reír- Oh, amor
no es algo que pueda comer-sus enormes ojos intentaban comprender
porque no tomaba su delicioso manjar, así que lo tomé e hice como
si lo mordiera, ofreciéndole el resto a ella- Gracias cherie. Eres
toda una damita.
-Lestat, ¿estás bien?-susurró mi
esposa incorporándose para acariciar mis cabellos, echarlos hacia
atrás y colocarlos tras mi oreja- Te noto tenso.
-He visto a una niña en brazos de un
demonio. Siento que la paternidad, en ésta ocasión, me ha influido
de tal modo que he sentido como si los ojos de esa chica fueran los
de mi propia hija-murmuré buscando sus labios y obteniendo la
recompensa más deliciosa, la cual era un beso lleno de pasión que
me hacía sentir vivo.
-Papá- la risa de Hazel llenaba mi
corazón de una alegría que sólo conocí una vez y fue cuando
Claudia me estrechó por primera, me dijo que me amaba y repetía el
mismo gesto con Louis. ¡Ah! ¡Aquella noche! Nunca se repitió algo
tan hermoso. Y sin embargo, Hazel estaba logrando el mismo efecto en
mí.
Pude hablar con Rowan de ciertos
asuntos, sentirla cercana y atenta. Pudimos tener a nuestra pequeña
despierta un par de horas más, hasta que cayó en un profundo sueño
en brazos de mi esposa. Tuve que tomarla entre los míos, no sin
antes pedirle permiso a Rowan.
-Yo la acostaré, por favor-dije
apartándome con ella entre mis brazos.
Sólo aquella persona que ha sido o es
padre comprende estos sentimientos. La tibieza de su cuerpo, la
suavidad de sus mejillas, lo sonrosado de sus labios y aquellos
cabellos dorados desparramados en su frente, acariciando su cuello y
provocando que pareciera un ángel era sin duda la imagen más
hermosa que jamás había logrado contemplar. Un ángel real, aunque
sin alas, entre los brazos de un asesino, un demonio, un depredador y
que no era nada más ni nada menos que su padre.
-Mírate, eres un ángel. Mírate, eres
la imagen de Dios. Los amaneceres tostarán tu piel, la noche llenará
de besos tu frente y las estrellas serán parte de tus sueños. Eres
un hermoso sentimiento en mi pecho y nadie podrá arrancarme estos
momentos. Éste amor puro y sincero, tan puro que puedo tacharlo de
diamante, ha llenado nuestras vidas de felicidad. Mírate, eres un
ángel. Mírate, eres la imagen de un sueño- murmuré recostándola
en su cuna para después arroparla y dejarla allí al cargo de varias
niñeras que había contratado.
Al regresar con Rowan me desnudé y
fundí mi cuerpo con el suyo. Ambos sonreímos mirándonos a los ojos
con el brillo de la satisfacción de saber que la fortuna estaba de
nuestro lado. Sus besos eran tan cálidos como sus caricias. Sin duda
la amaba y le era fiel a pesar de todo. Ya no podía ver a otra mujer
sin poder compararla con ella. Mi bruja, la mujer que amaba, la madre
de mi Hazel y mi compañera.
Lestat de Lioncourt
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