Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 8 de diciembre de 2013

Este amor

Las calles parecían más oscuras que días atrás, como si estuvieran cubiertas de un luto que iba más allá de lo comprensible. Mis pasos se habían vuelto rápidos y eran escasamente perceptibles al oído de cualquier mortal. Aquellas viejas botas me habían acompañado en cientos de aventuras por los barrios más bajos de New Orleans, inclusive habían estado en San Francisco o New York, como si fueran un emblema de mis fechorías. Doblé aceleradamente en una esquina y mis pisadas pararon.

-¡No me mates! ¡Te daré lo que quieras! ¡Por favor! ¡No me mates!-dijo aquel ser bajito y deforme. Sus ojos estaban amarillentos, poseía unas tremendas ojeras y sus pupilas se hallaban dilatadas- ¡No me mates!-su voz se quebraba en ese ruego al cual no atendería.

Había seguido durante varias semanas sus movimientos y la partida de ajedrez ya había finalizado. Era un vendedor de droga de poca monta, adicto a putas de un bar que no se hallaba muy lejos y al cual acudía como cada día igual que un beato a misa, solía comercializar su droga en el local y además probaba el género que la trata de blancas llevaba a la ciudad. Era sin duda un ser repugnante no sólo por su aspecto, sino también por sus trapicheos y asuntos turbios. Además, estafaba a pobres incautos de vez en cuando con negocios nada lícitos que aceptaban producto de la situación económica que vivían. Si pudiera definirse que clase de persona era sin duda se podría catalogar de parásito social.

-Lo único que quiero no tiene precio- mi voz sonó en un terrible susurro que paralizó sus músculos y le hizo entrar en pánico.

Momentos atrás había visto como con un simple movimiento de manos había roto la columna vertebral de su acompañante, el cual violaba repetidamente a un muchacha. Ella aún esperaba, con la ropa interior bajada, que la liberaran de las esposas que la mantenían atada. Mi sonrisa era siniestra en aquel momento y mis anteojos de cristal violetas centellearon bajo la tenue luz de la farola. Sin embargo, en ese callejón lo único que podía ver era a un jovenzuelo con ropa de cuero, con los anteojos apoyados en la punta de su nariz y el cabello revuelto como estrella del rock de los videoclips de los años 80.

-¡Te puedo dar dinero!-gritó-¡Drogas! ¡Armas!

-Soy tan rico que podría limpiarme el culo con billetes de cien dólares. Sinceramente me importa un carajo tu calderilla- dije dando un par de pasos en aquel callejón sin salida.

Podía ver como la valla de alambre temblaba bajo el obeso cuerpo de aquel delincuente. Sus pocos cabellos estaban llenos de cebo debido a su escasa higiene, sus dientes amarillos y retorcidos tenían una sonrisa fofa y repugnante.

-¿Quieres chicas? ¡Tengo chicas que te alegrarán la noche!

-Tengo dos en casa que esperan mi regreso-comenté antes de arrojarme rápidamente sobre él.

Mis colmillos se hundieron en su cuello perforándolo y provocando que la sangre brotara al fin. Pataleó unos momentos, me arañó el rostro y logró que mis gafas cayeran al suelo. Sin embargo, en pocos segundos estaba muerto y caía al suelo como si fuera un saco de patatas. Tomé mis gafas y las coloqué tras comprobar que estaban intactas.

La policía llegaba al lugar del primer asesinato debido a los gritos de la joven, los cuales podía escuchar a lo lejos como de igual modo el sonido de las sirenas policíacas. No tardarían en dar con el paradero del estúpido que yacía a mis pies con los ojos vidriosos, la boca entreabierta y sin una gota de sangre. Había tapado las perforaciones con un poco de mi sangre juntada con mi lengua, unas simples gotas, así que ni siquiera sabrían como habría muerto aquel idiota.

Aquel suceso me hizo pensar en la vida. La vida siempre fue frágil y descarada. En cuanto empezabas a disfrutarla algo te arrebataba todo y te dejaba desnudo, expuesto al dolor y la miseria. Había vivido por más de dos siglos, visto como cientos de personas morían en mis brazos y otras empezaban a dar sus primeros pasos frente a mí, en sus cálidas y apacibles casas que siempre visitaba para observar la fuerte llama que iluminaba el futuro. ¡Ah! ¡El futuro! ¿Es que un vampiro debía pensar en su futuro? Tal vez no, pues en realidad poco o nada podría cambiar su suerte, pero yo lo hacía constantemente desde hacía algunos meses.

Era cierto que en casa me esperaban dos mujeres y una de ella aún llevaba pañal, a penas balbuceaba y sonreía con una inocencia que no era fingida. Un producto de la ciencia y el destino, eso era. Amor puro mezclado en el laboratorio esperando ser mi antorcha. Ella dio calidez a mi vida y me dio una nueva oportunidad. Era cierto que tenía otros hijos, pero Hazel simbolizaba mi mayor amor. Ella era la hija de Rowan. Mi pequeña Hazel, mi damita, mi dulce criatura y el sueño hecho realidad de su madre. Rowan era la otra mujer, la cual posiblemente estaría preguntándose donde me encontraba pues habíamos decidido pasar la noche en familia, como debía ser.

A mi regreso me quité la chaqueta, lavé mis manos en uno de los baños del piso inferior y corrí hacia mi dormitorio. Allí estaba mi mujer tumbada en la cama acariciando las mejillas de la pequeña que se hallaba sentada a duras penas, con sus enormes ojos grisáceos con tonalidades violetas y una galleta cubierta de babas entre sus pequeñas manos.

-Bonsoir mes amours-dije apoyado en el marco de la muerta con una sonrisa triunfante.

-¿Dónde has estado?-preguntó frunciendo el ceño al ver mi ropa-¿De nuevo persiguiendo a ese hombre?

-Ya no lo haré más-susurré acercándome a ambas- Ya no hará más daño.

Los ojos de la joven aún estaban clavados en mi retina. Ojos fieros, grises como los de Rowan, un rostro mucho más dulce y joven que el suyo, un cuerpo menudo y unas hermosas manos que aún no habían conocido la manicura. Era una niña. Por dios, sólo tendría quince años.

-Papá- balbuceó Hazel, pues ya en sus siete meses de vida había logrado decir esa palabra.

Sinceramente me llenaba de orgullo ser su primera, y hasta la fecha, única palabra pero a la vez hubiese dado todo ese orgullo por escuchar un mamá de sus pequeños labios. Sabía que Rowan se sentía dichosa porque nos reconociera a ambos como sus progenitores, nos amara tanto como nosotros a ella. Y era un amor puro pues ella aún no conocía el significado del amor y sin embargo lo sentía. Por eso amaba tanto a mi hija, pues su amor era sincero y la sinceridad era algo que debía tenerse como un pequeño tesoro.

-Hazel, te quiero-dije tocando su nariz con el dedo índice de la mano derecha-Te quiero- repetí notando que ella tendía su galleta hacia mí, cosa que me hizo reír- Oh, amor no es algo que pueda comer-sus enormes ojos intentaban comprender porque no tomaba su delicioso manjar, así que lo tomé e hice como si lo mordiera, ofreciéndole el resto a ella- Gracias cherie. Eres toda una damita.

-Lestat, ¿estás bien?-susurró mi esposa incorporándose para acariciar mis cabellos, echarlos hacia atrás y colocarlos tras mi oreja- Te noto tenso.

-He visto a una niña en brazos de un demonio. Siento que la paternidad, en ésta ocasión, me ha influido de tal modo que he sentido como si los ojos de esa chica fueran los de mi propia hija-murmuré buscando sus labios y obteniendo la recompensa más deliciosa, la cual era un beso lleno de pasión que me hacía sentir vivo.

-Papá- la risa de Hazel llenaba mi corazón de una alegría que sólo conocí una vez y fue cuando Claudia me estrechó por primera, me dijo que me amaba y repetía el mismo gesto con Louis. ¡Ah! ¡Aquella noche! Nunca se repitió algo tan hermoso. Y sin embargo, Hazel estaba logrando el mismo efecto en mí.

Pude hablar con Rowan de ciertos asuntos, sentirla cercana y atenta. Pudimos tener a nuestra pequeña despierta un par de horas más, hasta que cayó en un profundo sueño en brazos de mi esposa. Tuve que tomarla entre los míos, no sin antes pedirle permiso a Rowan.

-Yo la acostaré, por favor-dije apartándome con ella entre mis brazos.

Sólo aquella persona que ha sido o es padre comprende estos sentimientos. La tibieza de su cuerpo, la suavidad de sus mejillas, lo sonrosado de sus labios y aquellos cabellos dorados desparramados en su frente, acariciando su cuello y provocando que pareciera un ángel era sin duda la imagen más hermosa que jamás había logrado contemplar. Un ángel real, aunque sin alas, entre los brazos de un asesino, un demonio, un depredador y que no era nada más ni nada menos que su padre.

-Mírate, eres un ángel. Mírate, eres la imagen de Dios. Los amaneceres tostarán tu piel, la noche llenará de besos tu frente y las estrellas serán parte de tus sueños. Eres un hermoso sentimiento en mi pecho y nadie podrá arrancarme estos momentos. Éste amor puro y sincero, tan puro que puedo tacharlo de diamante, ha llenado nuestras vidas de felicidad. Mírate, eres un ángel. Mírate, eres la imagen de un sueño- murmuré recostándola en su cuna para después arroparla y dejarla allí al cargo de varias niñeras que había contratado.


Al regresar con Rowan me desnudé y fundí mi cuerpo con el suyo. Ambos sonreímos mirándonos a los ojos con el brillo de la satisfacción de saber que la fortuna estaba de nuestro lado. Sus besos eran tan cálidos como sus caricias. Sin duda la amaba y le era fiel a pesar de todo. Ya no podía ver a otra mujer sin poder compararla con ella. Mi bruja, la mujer que amaba, la madre de mi Hazel y mi compañera.  


Lestat de Lioncourt

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt