Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta julien mayfair. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta julien mayfair. Mostrar todas las entradas

sábado, 16 de septiembre de 2017

Últimas horas

Julien y Richard... ¿Acaso no es amor? Yo diría que es el más puro.

Lestat de Lioncourt 


—Te pondrás bien.

Había despertado después de horas dormitando. La noche había sido agitada debido a la irrupción del Hombre en la habitación. Él, como siempre, apareció para intentar consolar su miserable existencia acompañándome de forma sentimental y arrojando contra mí toda una perorata de amor falso, como las perlas baratas que un hombre tacaño adquiere para sus ilusas amantes.

Richard estaba vestido de forma varonil, dejando atrás el maquillaje, las medias de red, los bonitos y sofisticados tacones o el sujetador con relleno. Ante mí había un muchacho de tez clara con mejillas de color de los duraznos maduros y una boca carnosa, algo trémula, que no dejaba de murmurar que me amaba sin decir siquiera palabra alguna. Tenía unos ojos tan profundos que a veces me ahogaba en ellos como ocasionalmente lo hacía Lasher en el whisky, el ron o cualquier vino barato cuando nos obligaba a ir al puerto a disfrutar de las tabernas y las putas que allí se arremolinaban. Mujeres que eran como abejas en un panal de miel, zumbando de un lado a otro, buscando un hombre que las mantuviese esa noche en sus camas y dejasen un buen fajo de dinero en las mesillas de noche de los moteles más baratos y nauseabundos que puedas imaginar.

—Eres un iluso—respondí sintiendo la boca pastosa debido al medicamento.

—Siempre te he visto superar cualquier problema con tus empresas, solventar cualquier enfrentamiento y te has burlado de tus años. Lo lograrás.— Decía aquello convencido. Estaba absolutamente convencido que no me moriría. Él creía que podría luchar contra el mundo entero y salir victorioso cual Alejandro Magno, pero no. Ya tenía ochenta y cuatro años aunque él ni siquiera lo podía imaginar ya que jamás había aparentado mis años, pero aquella caída había hecho que mi vida se convirtiera en un infierno.

—Ni siquiera te he dicho jamás mi edad—dije con una sonrisa cargada de coquetería.

Mi cabello negro y rizado, muy rizado, ya no existía y en su lugar había una cabellera cana. Mis ojos era lo único que aún conservaba como cuando era un muchacho, unos ojos azules inquietos y llenos de preguntas. Apenas tenía arrugas, pero se podía intuir que no era un cuarentón ni un cincuentón.

—Ni lo necesito. La edad son cifras que no me interesan—dijo tras una fresca carcajada.

Suzette Mayfair, mi esposa, me odió muchísimo por mis infidelidades. Yo la amé de forma egoísta, pues nunca la amé como a una mujer sino como una compañera. Amé su temperamento, su belleza, sus virtudes y el amor que desprendía hacia nuestros hijos. No obstante, jamás pude amarla como amé a Richard.

—Sabes que siempre te he sido fiel a mi mod.

—Sí, a tu manera—susurró buscando mi mano derecha para tomarla entre las suyas. Estaba sentado casi al borde de la cama, pero se acomodó un poco en esta para estar muy cerca de mí—. Siempre has hecho las cosas a tu manera.

—¿Y eso no te ha hecho sentir jamás traicionado?

—Me has dado los mejores años de mi vida, pues a tu lado he aprendido demasiadas cosas. — Sentí un extraño deseo de desnudarlo y hacerle el amor, pero apenas tenía fuerzas esa mañana.


Me quedé mirándolo y recordé a Victor Gregoire, el mestizo oficinista que había trabajado para mí y que el Hombre mató, sentí miedo por un momento porque ese espíritu pudiese matarlo cuando yo me muriese debido a sus celos insanos. Aún así no dije nada y sólo dejé que las lágrimas surcaran mi rostro mientras lo miraba agradecido por todo el amor que me ofreció aunque no me merecía siquiera una caricia de sus virtuosas manos.  

miércoles, 30 de agosto de 2017

Esperanza

¿Qué podemos hacer con Michael? No quiero decirle lo que sé...

Lestat de Lioncourt 


Habían pasado muchos años. Demasiados. Tal vez más d ellos que siquiera pudiese imaginar. No obstante, volvió a mí el sentimiento lacerante como el de aquella primera noche en la que supimos que ella, junto con Quinn, se habían marchado de Nueva Orleans con unas escasas pertenencias y algo de dinero en los bolsillos. Por supuesto, pocos sabían que ellos eran vampiros o neófitos como suelen llamarlos. Jóvenes para los humanos, pero también para su nueva raza.

Estaba paseando por el centro histórico intentando revisar algunos inmuebles para un nuevo proyecto. Querían que hiciese la reconstrucción de algunos barrios, los cuales aún no se habían hecho tras el desastre de hacía más de diez años. El sudor corría por mi frente, pero me encontraba con fuerzas. Había adquirido un frappé de café en una de las viejas cafeterías de la zona, la cual se había modernizado para no morir con el paso del tiempo y el cambio en gustos de la clientela, para poder soportar el calor tórrido que aún asolaba la ciudad. Y es que Nueva Orleans es así, no se puede evitar.

El olor de las macetas en las ventanas era embriagador. Sobre todo aquellos que habían decidido tener un pequeño huerto de especias con tal de imitar a las nuevas tendencias en televisión. Aunque siempre había existido un amor extraño entre los balcones de esa zona y las flores. El murmullo de la vida se acorralaba en algunas estancias, aunque no en todas, de los edificios que estaban habitables y las calles eran recorridas por decenas de grupos de turistas que miraban con asombro las huellas de aquellas inundaciones mientras se le explicaba el pasado, presente y futuro de los barrios.

Decidí subir por una estrecha y empinada calle que daba a una de las avenidas más dinámicas, que daba a Bourbon Street. Allí, a mitad de esta, había una librería que lleva más de dos siglos instalada. Durante la inundación perdió una fuerte suma económica, pero al ser un referente los vecinos les ayudaron a mantenerla en pie y recuperar la belleza de antaño. Por alguna extraña razón, fuera de la lógica y mi habitual amor por los libros, me detuve. Me acerqué con curiosidad y vi un libro que me llamó la atención y causó estupefacción: Príncipe Lestat.

La portada era negra, las letras eran rojas muy llamativas, y los cantos de este ejemplar también eran rojos como la sangre. Rápidamente di un trago a mi bebida y entré dentro decidido a conseguir un ejemplar. Por supuesto, al salir me sentí entusiasta pensando que sabría algo de Mona y Quinn. Lestat debía saber de ellos, debía citarlos en algún momento y yo, como no, estaba exultante de júbilo. Arrojé en la primera papelera el vaso vacío y acaricié con ensimismamiento la portada. Decidí regresar de inmediato. Eché a correr hacia una parada de taxis cercana al final de la calle, aunque no estoy ya para esos trotes, y pedí con impaciencia que me llevasen a la mansión.

Al llegar Rowan aún no había llegado del Hospital así que tenía la casa para mí solo, a salvedad del fantasma de Julien que apareció por breves segundos caminando por el Hall. Sí, él también estaba deseoso de saber si ella estaba bien. Aunque sé que tal vez él sabía algo más y no quería decírmelo. ¿Cómo se eso? Intuición.

Subí las escaleras con grandes zancadas y me senté en mi despacho. No tardé mucho tiempo en llegar al momento donde una tal Jesse Reeves hablaba sobre la muerte de varios jóvenes en casa de una tal Maharet. Ya había escuchado ese nombre antes y fue en las anteriores memorias, allí donde él aseguraba que Mona y Quinn se habían marchado con esta milenaria mujer en busca de conocimiento. Perdí el aliento. Me temblaron las piernas y comencé a llorar, pero no lo di todo por perdido. Leí hasta el final y mi corazón parecía romperse en mil pedazos. Por supuesto, no le dije nada a Rowan hasta pasados unos días.


Ahora ha salido otro. Otro libro donde se aclaran muchas más cosas, muchos más problemas, muchos más asuntos... ¿debería leerlo? ¿Estará en esas hojas Mona y Quinn? Mi corazón no soportaría saber que se confirma su muerte. No lo soportaría. Todavía mantengo la esperanza.   

martes, 29 de agosto de 2017

Egoísta

Sí, Julien, era un egoísta... Pero yo le entiendo.

Lestat de Lioncourt 

—¿Qué se supone que debo hacer? ¡Dime!

Había sacado toda la ropa de su armario y la arrojaba contra la cama, algunas prendas caían al suelo a sus pies y otras cerca de mis mocasines. Yo me mantenía aparentemente impasible con la pipa colgada de mis labios y los ojos fijos en ella. Estaba furiosa y lo entendía, pero no la detendría ni calmaría. Merecía ese trato y lo aceptaba.

—¿Desde cuándo?

Sus ojos estaban llenos de lágrimas cargadas de decepciones. Estaba cargada de furia y la lanzaba contra los muebles, la ropa, los caros perfumes que le había regalado para compensar mis deslices y las flores que estaban en el jarrón que coronaba la cómoda que presidía la habitación... Todo estaba por el suelo como su alma, como sus ilusiones, como su verdad y como nuestro matrimonio. Regado, roto, ultrajado y lleno de manchas.

—¡Julien!—gritó—. ¿Acaso no vas a decir nada?

Me encogí de hombros y di una calada a la pipa, para luego dejar que el humo se extendiera por la habitación lejos de mi nariz. Agaché la mirada unos segundos e intenté reunir fuerzas, pero rápidamente un sonoro bofetón cruzó mi cara. Me había pegado con la diestra marcando mi mejilla contraria, para luego caer de rodillas y llorar aún más.

—No merece la pena llorar por mí—susurré para luego agacharme e intentar incorporarla—. No merece la pena, mujer.

—Creí que me amabas... ¡Lo creí!

—Lo sé, lo sé... —dije levantándonos a ambos para quedar de pie, aunque ella parecía temblar demasiado—. Te he decepcionado, pero también me he decepcionado yo. Te amé de forma egoísta. Nunca te amé como esposa, pero sí como madre. Fuiste y eres una madre ejemplar para nuestros hijos, pero yo nunca te amé del modo romántico y entregado que tú me querías.

—¡Por qué estás con esa fulana!—exclamó.

—Porque es un hombre.

Mis palabras grietaron más si cabían su corazón y de inmediato salió de la habitación sin mirar atrás. Se subió al coche y pidió al chófer que la llevase lo más lejos posible. Antes apenas había vehículos a motor, pero nosotros teníamos uno. Amaba ese coche y ella se fue montada en él. Después de varios días pidió que se llevasen sus cosas y rogó a nuestros hijos, ya adolescentes, que se fueran con ella. Ninguno quiso. Todos decidieron quedarse conmigo.


¿Y qué iba a hacer? ¿Ir tras ella? Después de ese jovencito vinieron otros y hasta que no llegó Richard, hasta que él no me embriagó del todo, no me detuve. Ahí fue cuando yo perdí parte de mi alma. Me enamoré de él y no hubo marcha atrás.  

sábado, 26 de agosto de 2017

Mírate, Mírame

Lasher, poema y nada más.

Lestat de Lioncourt 

Mírate. Mírate bien.
Mírate más allá del espejo
y observa tus arrugas,
las ojeas que han salido
esta noche, como las anteriores,
junto a tu mirada triste.

Ya lo sabes, lo notas.
Te estás haciendo viejo
y aún no te subyugas.
Has aprendido de lo vivido
y de cada uno de los errores
pero cada día es un quiste.

Mírame. Mírame bien.
Yo sigo igual sonriendo
esperando que tomes mi mano,
dejando que la música suene
y esperando mi momento.
Un momento que aún no llega.

Me conoces, pero no.
He estado siempre viviendo
pegado a tu sombra, a tu lado.
Agitando las nubes, haciendo que llueve,
y dejando en ti miles de tormentos.
La familia tiene mi huella.


jueves, 24 de agosto de 2017

Todo tú

Admitamos que Julien tenía labia. 

Lestat de Lioncourt 

Inesperadamente al abrir la puerta de su apartamento, pequeño y para nada diáfano, encontró aquellas flores sobre el escritorio que usaba para comer y estudiar algunos libros que lograba adquirir con gran esfuerzo. Las flores eran frescas y reconocí la banda lavanda de su floristería favorita. Junto a las flores había una nota doblada que dudó durante unos segundos en tomarla y leerla. Al final, lo hizo.

Reunió fuerzas, respiró profundamente y se encaminó al escritorio para tomarla. Eso sí, primero acarició algunos pétalos de las diversas flores que allí estaban reunidas, en un ramo heterogéneo y abundante. Después agarró la nota y se sentó a leerla. Sus manos temblaban, las letras se emborronaban mientras leía y acabó llorando. Algunas lágrimas salpicaron el papel, pero este se reproducía una y otra vez con la voz del hombre que le había robado el corazón, por no decir el alma y todos sus pensamientos cuerdos.

«Desnudé tu alma más allá de la primera capa, inoculé tu recuerdo en cada pensamiento y dejé que el virus nos contaminara a los dos. La droga del amor se convirtió en lo único que teníamos para combatir los malos momentos, la tortura de una sociedad ciega y convulsa en años difíciles, oscuros e imposibles para que germinara cualquier sentimiento que no fuese odio, decepción, soledad y desarraigo. La sociedad que yo conocía no era la misma en la cual naciste, la diferencia era abismal entre ambos y aún así me tomaste de la mano, me sonreíste y decidiste manchar de carmín mi boca; la misma boca con la cual te he recitado canciones como si fueran poemas, te he dicho reproches para que te embravecieras y he confesado el tormento que sentía cuando te hallaba lejos de mis brazos, del borde de mi cama o no escuchaba tus tacones marcando un compás casi sagrado.

Aquí me tienes con los brazos abiertos, el alma en un puño y las lágrimas convertidas en flores. Me tienes de rodillas, rogándote que me creas, porque tal vez no soy el mejor de los hombres, ni el perfecto amante y ni mucho menos el honesto hombre de negocios que todos ven. Tras mi fachada de hombre con carisma, de soberbio y filibustero hay un pobre diablo que sólo piensa en tu sonrisa, en el encanto de tus pensamientos y en la pasión de tu mirada.


Me tienes en tus manos suaves y perfumadas. Lo sabes. Me tienes ahí, al alcance de tus dedos y a un sólo “te quiero”. »

martes, 15 de agosto de 2017

Julien Mayfair

Julien vs Lasher...  ¡Ah! Tentación.

Lestat de Lioncourt 

—Hay verdades disolutas como una pipa cargada de tabaco y una taza de chocolate humeante. Verdades que provocan cáncer de nostalgia y un agujero en la sien de un revolver que nunca llegó a dispararse. Certezas que no se confirman, pero que están ahí acariciando el vello de tu nuca y sonriendo como la chica más bonita del baile y que nadie quiere sacar a bailar, pues para ellos y sus cánones no es suficiente. Realidades como el golpe que un terrón de tierra que cae sobre tu propio ataúd mientras lo contemplas. Tú, yo y cualquiera somos verdades y podemos ser tóxicos como beneficiosos—. Decía aquello convencido de cada una de sus palabras. Sobre todo, porque se giró hacia mí y me observó sin pudor alguno, sin miedo, sin orgullo y tampoco sin necesidad de mostrar cierta fragilidad. Era él mismo. Su alma resplandecía tras sus ojos profundamente azules y que mostraban ya alguna arruga, así como su cabello estaba cada vez más cano.

No recuerdo la edad que podría tener por ese entonces, pero creo que ya rozaba los cuarenta. Su cabello rizado, bien peinado siempre y con corte a la moda, era una marea de colores. Su cuerpo era flexible aún, pero se hallaba laxo sobre el sillón como si estuviese muerto o careciese de emoción, aunque su sonrisa mostraba todas y su voz la propulsaba más allá de su cuerpo, de su figura, de su innegable hombría a pesar de sus coqueteos con hombres y grandes pasiones a escondidas de una sociedad aún anclada en creencias católicas llenas de misoginia y homofobia. Él era un héroe entre muchos hombres, un símbolo para la familia y un ejemplo para sus hijos. Él era Julien Mayfair y estaba explicando lo tóxico que podía ser pese a que muchos lo amaran.

Era la divina tentación para cualquiera, sobre todo para alguien que ansiaba tener un cuerpo y estaba anclado en un no-existir, en un no-vivir, observando a los demás disfrutando de su existencia, de su vida y, en definitiva, de “ser”. Yo no era nada salvo una sombra, un viento entre las ramas o un hombre bien vestido, con cierta belleza, caminando por el jardín de la mansión de First Street.

Me quedé dubitativo aunque siempre he mostrado una personalidad juguetona, algo infantil, pero sólo es una muestra y no una realidad. Me senté en su cama sin apartar los ojos de encima de su cuerpo, de la forma elegante que se llevaba la pipa a los labios y daba una calada. Él sabía que podía morir en cualquier momento, él sabía que sus poderes tenían un límite, él se sabía distinto e igual a los demás hombres y mujeres de la familia.


Abrí la boca como para decir algo, pero finalmente guardé silencio. Era mejor no decir nada. Sólo lo dejé pasar.

sábado, 29 de julio de 2017

Amor... ¿Qué es el amor?

Un nuevo recuerdo de Lasher. 

Lestat de Lioncourt 

El humo de la pipa se extendía por todo el pasillo endulzando el ambiente con su detestable aroma. Sus pasos sonaban sosegados, elegantes y contundentes; podría decirse que pisaba con la misma fuerza que sus ojos azules. Algo en él había cambiado y yo podía apreciarlo. Estaba más decidido que nunca averiguar la verdad. Ya no era un niño al cual usar como títere, sino un adulto con algunas canas otorgándole una nota de distinción a su enrizada cabellera negra bien peinada. En el regazo de su brazo izquierdo llevaba un ramo de rosas recién abiertas y poseía un hermoso papel color negro con un lazo tan rojo como los pétalos de estas. El traje era nuevo y le sentaba como un guante, pues su sastre era el mejor de toda la ciudad.

Al llegar al hall de la mansión se colocó la pipa entre sus labios, la pellizcó con sus dientes, y buscó su juego de llaves para cerciorarse que la llevaba, así como tenía la cartera en el interior de su americana. Después abrió la puerta y se marchó dando un suave portazo. El sol incidió rápido en su rostro y él sonrió tomando la pipa con la diestra, echando el humo por la nariz y posiblemente pensando en ese amante que tanto le reconfortaba.

Decía que le hacía sentir vivo. Eso decía. “Vivo”. ¿Acaso alguna vez estuvo muerto? Tal vez lo estuvo en su conciencia. Discretamente había cambiado sus sentimientos hasta que al final había estallado todo como cuando la dinamita abre la entrada de una mina. Supongo que eso podía explicar que se escapara temprano del trabajo en algunas ocasiones y no regresase pronto para almorzar.

Me situé a su lado y caminamos juntos por el jardín. Pude escuchar como tarareaba el último vals que habíamos bailado. Digo habíamos porque usé su cuerpo y fue espectacular, pues creo que deslumbramos en el salón de baile a todas las damas presentes. Claro que él no había sido plenamente consciente, pero la melodía se había quedado de algún modo adherida a su alma.

—¿Por qué lo amas?—pregunté con cierta curiosidad.

—Otra vez tú con tus preguntas estúpidas—respondió enseriando sus facciones.

—¿Por qué te molesta decirme lo que ocurre?

—Impulsor, dices que amas a la familia y no puedes entender esta clase de amor—dijo sin siquiera mirarme.

Tenía ya más de sesenta años, aunque no estaba seguro si ya había cruzado los setenta. A mí eso no me interesaba, pues el tiempo que tenía con él lo bebía a grandes sorbos hasta emborracharme.

—Es porque a mí nunca me han amado.


Mi respuesta hizo que girara el rostro y me observara minuciosamente durante unos segundos. Creo que sintió lástima por mí, pero pronto suspiró y volvió a sonreír oliendo las rosas. Sabía que estaba pensando en ese muchacho de rostro dulce y piernas demasiado largas. Lo envidié. Envidié que pudiese saber lo que es amar y me juré que al regresar amaría, pero finalmente no logré más que un nuevo calvario.  

lunes, 24 de julio de 2017

Adiós

Lasher y Julien eran compañeros inseparables porque el primero era parásito del otro.

Lestat de Lioncourt

—Nunca pensé que todo pudiese acabar así.

Su voz sonó ensombrecida por la medicación que le ofrecían para los agudos dolores en sus huesos. Llevaba en la cama algunos días sin siquiera moverse para poder asearse correctamente. Sus ojos azules se veían apagados y sus cabellos canos no resaltaban tanto, pues su piel estaba más pálida e incluso fría. Sin embargo, tuvo que hablar.

—¿Así como?—pregunté.

—De este modo.

Intentaba de forma absurda incorporarse en la cama, pero no era capaz. Estaba demasiado débil. Sus manos tenían ya manchas en la piel debido a la edad, aunque no me había fijado en eso hasta ese momento. Parecían más huesudas y débiles, pues incluso temblaban. Había perdido demasiado peso y parecía un cadáver en comparación con el hombre elegante, sofisticado, soberbio y digno que siempre se paseaba por las calles de Nueva Orleans sintiéndose dueño de este pedazo de tierra. Ya no había poder, pero seguía su belleza en algunos gestos y también en su forma suave de hablar.

—Te mueres.

Sentencié con congoja. Las nubes comenzaron a unirse entorno a la avenida, subiendo hacia la calle y quedándose sobre la vivienda. Pronto se fueron convirtiendo en un mar tumultuoso y agitado. El viento empezó a mecer las ramas de los árboles. Las palmeras cercanas a la piscina se movieron descontroladas por la ventisca y los arbustos empezaron a perder sus flores.

—Me muero. Ya me libraré de ti y de todo este tormento—sentenció.

—No puedes morirte—negué.

Si él se moría, ¿qué sería de mí? ¿Qué sería de la familia? No podía morirse. Si se marchaba parte del legado se dilapidaría convirtiéndose en sólo recuerdos.

—No soy eterno. Todos tenemos un tiempo limitado en este mundo.

—No puedes.

Seguía negando su partida, aunque tenía razón. Eran ya más de ochenta años. Había vivido un siglo extraño de grandes cambios y progresos. Todavía lo recordaba en la vieja vivienda familiar observando los enormes tomos y deseando alcanzar las distintas baldas. Ya no estaba ese niño inquieto, ni el joven atractivo o el maduro hombre de negocios. Sólo quedaba un pobre viejo aquejado por la enfermedad del tiempo.

—No seas terco. Ya déjame en paz—dijo con amargura.

—¡No puedes! ¡No puedes!—vociferé.

—Llévame hasta la ventana.

—¡No!


Al final lo hice. Llevé su cuerpo a la ventana para que pudiese contemplar como la lluvia comenzaba caer en un aguacero intenso. Después soltó su último aliento mientras los pasos rápidos y preocupados de Mary Beth sonaban por la escalera.  

martes, 11 de julio de 2017

Secretos

La amistad es así, ¿no? Tú me cuentas y yo te cuento.

Lestat de Lioncourt 

—Sinceramente, no sé como lo logras.

—Es fácil cuando eres un Mayfair.

Habíamos tenido esa conversación en varias ocasiones. La última fue aquella noche. Fue poco antes que todo empezase a ser más truculento alrededor de nuestras vidas. Dejamos de hablar de ello, por supuesto. También nos olvidamos de las apuestas demasiado cuantiosas. Ya teníamos cierta edad y no nos conformábamos con una vida cómoda, pero tampoco deseábamos arriesgar la escasa tranquilidad y felicidad que ambos teníamos. Creo que fue poco antes de marcharse a Italia, concretamente a Nápoles, cuando se desencadenó una profunda charla que aún hoy recuerdo.

Parecía entusiasta con su última conquista. Era una joven de la calle que ejercía el oficio más antiguo del mundo. Había venido de Gran Bretaña, era irlandesa, y poseía una belleza increíble. No hablé jamás con ella, pero la sonrisa maliciosa que tenía en sus labios cuando se acercaba a él tras las partidas de poker jamás me agradó. Era como si supiera que sería traicionado.

Por mi parte me hallaba envuelto en diversos amoríos. Todos sabían que era un hombre que no tenía miedo a conquistar una cama tras otra. Me revolcaba con cualquiera según las suposiciones de los que creían conocerme. Pero era falso. No lo hacía yo. Era el Impulsor, ese que llamaban “El Hombre”, quien manejaba mi cuerpo y lograba hacer tales pericias. En realidad era un amante adorador de los libros, las tazas de chocolate caliente y los bailes tranquilos. También me perdía el juego pero sólo por la adrenalina del momento. Él era quien bebía, fumaba el triple que yo en mi hermosa pipa y se dejaba la piel en las relaciones amatorias. Al menos lograba ocultar mi verdadera sexualidad en un tiempo donde todo se veía prohibido.

Apenas se estaba eliminando la esclavitud. Por mi parte jamás fui un esclavista nato. Siempre había ofrecido algunos billetes a mis empleados. Para mí era ingrato no darles algo del beneficio que adquiría día tras día gracias a sus manos y el sudor de su frente. Así que no se podía exigir demasiado a una sociedad que veía la mano de obra infantil como algo normal y la mujer como alguien sometida al marido. Tenía que aparentar y ese maldito fantasma lo hacía por mí.

—Los Mayfair sois extraños. Jamás he visto a un hombre como tú en vuestra familia. Son las mujeres quienes llevan el peso del apellido. Tu hermana, por ejemplo, no parece muy por la labor y tú asumes el riesgo. Es muy extraño—opinó recostado hacia atrás en la silla.

Manfred jamás fue atractivo. Ni siquiera en aquella época. Era un hombre de entorno a los cuarenta años, con alguna entrada, ojos pequeños que parecían canicas y una boca generosa. No, definitivamente no era el canon de belleza griego. No obstante conseguía amantes desde antes que enviudara, pero él siempre las rechazó. Por aquel entonces se dejaba querer. Estaba solo, arrepentido y buscaba una mujer que pudiese cuidar de sus hijos. Un error garrafal si me lo preguntan.

—Te contaré algo ahora que estamos a solas—dije notando que nadie nos escuchaba. Estábamos en una pequeña habitación, con un par de copas de más, las cartas regadas sobre la pequeña mesa y el sonido de los cánticos de los borrachos a nuestras espaldas tras una puerta mal encajada. Me sentía en ese momento libre y cómodo para decirlo—. Hay un espíritu o fantasma que nos acompaña. Él dicta las normas. Quien lo ve queda a su cargo y le ayuda a enriquecer a la familia. Mi hermana es una pobre desdichada que jamás lo ha visto y yo sí. Lo veo desde siempre. Con tres años asumí mi papel y hace tiempo que tengo las manos manchadas de sangre. No soy un hombre honesto y además hago trampas. Él me ayuda, Manfred. Eso es todo.

—Te diría que estás loco, pero he visto fantasmas rondando por las viejas vigas de las distintas alcobas que he visitado con mis jovencitas—respondió—. Y también he visto un monstruo distinto. Uno hermoso y que camina por la tierra aunque juraría que está muerto.

—¿Un monstruo?—pregunté con intriga.

—Un vampiro.

Ambos nos miramos durante algunos segundos y sentí que mi corazón se aceleraba tanto como el suyo. Sonaban como tambores de guerra.

—Ella me dio la fortuna que poseo a cambio de hacerle un Santuario para descansar de su compañero. De vez en vez necesita alejarse de la criatura que lo hizo. Y digo lo hizo porque a veces es hombre y otras veces es mujer. Me resulta confuso darle un género o un sexo—dijo asumiendo que podía tacharlo de loco como hacían todos, pero no fue así.

—Ni una palabra del Hombre a nadie—dije.


—Lo mismo te digo de Petronia.  

lunes, 26 de junio de 2017

Felicidad

Felicidad... qué fácil suena ese título y qué difícil debió ser para Julien escribir esto.
Lestat de Lioncourt


Nos hicieron creer que el amor era cosa de locos y que la felicidad era demasiado breve, frágil y difícil de alcanzar. Nos llenaron el alma de objetos inútiles, frases grandilocuentes e insensibles momentos de consumismo descerebrado. Caminamos por los infiernos de esta ciudad bebiendo de cada botella pensando que el alcohol lograría cicatrizar nuestras almas, así como ayuda a cicatrizar las heridas. Nos evadíamos en las miradas que provocábamos y nos reíamos de nuestro patético destino. La muerte estaba siempre presente rezando oraciones. Nos conformamos con un momento, pero este se alargó en el tiempo y nos dimos cuenta que nos habían mentido.

No es tan difícil ser feliz, del mismo modo que el amor no es pura locura. El amor a veces es lo único que hace falta para unir dos almas que zozobran en un mar injusto, lleno de pecados que son llorados por ángeles egoístas y de miradas impías. Mírate ahora, lee mis líneas y suspira una vez más. ¿Recuerdas el tono de mi voz cuando te pedía disculpas? Apenas lo hice en un par de ocasiones, pero fue porque realmente las merecías. ¿Vienen a tu mente las palabras de amor que te regalé la primera vez? Por supuesto, así como las últimas y las más cotidianas. Cierra los ojos, recupera el aroma de mi colonia y sonríe una vez más. ¿Eres dichoso ahora? Tal vez no en estos momentos, pues el duelo es reciente. Sin embargo, estoy ahí. No sé como explicarte las cosas que nunca pude, pero sólo créeme. Estoy ahí, estoy aquí.

Todo lo que nos hicieron creer es basura. Los grandes miedos que ambos vivimos debieron ser dilapidados al grito de libertad. Sin embargo, la sociedad nos llenaba de miedos. Pero no debíamos temer, pues nada teníamos que perder y sí mucho que ganar. Debimos romper los preceptos sociales y decirles a todos que su cultura del odio, de la normalidad y la honra, eran fruto de un Dios egoísta y una religión pueril de sádicos engreídos.

Dios dijo que nos amásemos y lo hicimos. Dios dijo que debíamos perdonarnos y lo hicimos. Dios dijo tantas cosas, Richard. Si bien, ¿merecemos ser llamados hijos de Dios? Mejor te lo planteo de otro modo... ¿Crees que merece Dios ser nuestro creador, padre todopoderoso y guía? No. No lo merece. No merece este amor tan puro, pues es más puro que el batir de alas de sus ángeles. Tal vez nunca fui tan cursi como ahora, pero tal vez me arriesgo porque no me estás viendo escribiendo estas líneas, completamente tullido y desesperado porque se que me muero.

Hoy has venido tan hermoso y encantador como siempre. Has sonreído como si el día no estuviese nublado. Te has sentado a mi lado, has tomado mis manos y te has engañado a ti mismo. Sabes que físicamente nunca te he sido fiel, pero mi alma te ha pertenecido desde la primera vez que nos vimos. Sin embargo, has negado incluso eso. Has enterrado en el jardín todo lo que no querías de mí para quedarte con lo puro, con lo bueno, con lo necesario, con lo que tú y yo teníamos.

¿Cuántos años? Creo que son más de diez. Eras apenas un niño y ahora puedes considerarte todo un joven apuesto, con dotes empresariales y un sueño demasiado honesto entre tus manos. Y yo me he convertido en un anciano al borde de la muerte. El gran Julien Mayfair se apaga y su verdadero amor no podrá llorar en su funeral como una de tantas viudas. ¿Lo crees justo? Yo no. No lo veo justo, cariño.


Aún así esta carta está escrita con los pocos alientos y fuerzas que tengo. Tal vez me marche mañana, pasado mañana o dentro de tres días. Sin embargo, mi fin está cerca. Sólo quería tener agallas para decir todo lo que no te dije. Ahora simplemente se libre y feliz. Por favor, hazlo por todos esos llantos que te hice pagar por mi estupidez.  

viernes, 9 de junio de 2017

Mujer fatal

De encuentros eróticos va la cosa.

Lestat de Lioncourt 


El sonido de sus tacones repiqueteaban como campanas llamando a misa. Mi pluma se detuvo sobre el talonario y mis ojos se alzaron en dirección a la puerta que daba al pasillo central. Tras el cristal de la puerta se dibujaba un escenario tentador. Su figura envuelta en algún elegante vestido, el perfume francés más caro embriagando su delicada piel y un cigarrillo manchado de carmín en dirección a sus labios intentando calmar sus nervios. Pude ver su sombra proyectándose contra el cristal rugoso y opaco donde podía leerse “Director Julien Mayfair”.

Era el director de mi propia empresa. Había fundado “Mayfair and Mayfair” con el sólo propósito de gestionar nuestro patrimonio y conseguir hacer lo mismo con el de convecinos. Nuestra experiencia en inversiones, influencia entre jueces y políticos, así como el prestigio de ser una familia arraigada en la ciudad les hacía venir con asiduidad. Justamente terminaba un cheque que tenía numerosos ceros y era sobre los beneficios que habían obtenido uno de nuestros clientes. Justo lo hacía cuando la tentación llegaba a la hora del cierre.

Todos mis empleados se habían marchado. La mayoría eran familia. Estaban mis hijos mayores, sus primos y un par de familiares lejanos que apenas tenían vínculos habituales con los que vivíamos en First Street. Lo sabía, estaba seguro, así como tenía conocimiento de mi vicio más común y peligroso: el trabajo.

Abrió de forma enérgica la puerta. No necesitaba decir que estaba allí. Entró mientras me acomodaba tomando mi pipa y daba una calada sintiéndome el hombre más afortunado. Ante mí tenía una preciosa imagen cargada de erotismo. Una gabardina gris plomo cubría sus curvas y unos elegantes tacones de aguja, bastante altos para cualquiera, envolvían sus delicados pies. Tenía un rojo carmín muy llamativo dibujando su bonita y perversa sonrisa. Tiró la colilla al suelo y la apagó con su pie derecho. Sus ojos oscuros se clavaron como dagas en los míos y colocó sus manos en el cinturón que ataba su abrigo.

—Vine porque no eres capaz de venir tú. Ya te faltan agallas, ¿o tal vez ganas?—preguntó con un tono de voz indecente antes de abrir de par en par su gabardina y mostrarme una lencería fina traída de París.

Era un corsé púrpura con encajes y bordados de rosas en tono negro perla, medias de red, delicadas bragas y liguero a juego con el corsé. Por supuesto, sentí como una tremenda erección empezaba a despertar bajo el pantalón de mi traje gris humo. Me incorporé como si tuviese un resorte en la silla, apagué la pipa y me acerqué.

Rápidamente mi boca bebía de la suya. Mi lengua empezó a paladear su labial y mis manos recorrían su cintura, viajaban por la espalda y agarraban sus glúteos. Podía sentir al hombre cerca observándolo todo. No me importaba. Él podía ver lo que realmente codiciaba. No me gustaban las putas y fulanas que él rondaba, tampoco mis primas o sobrinas. Sólo lo quería a él.

—Richard...—susurré entre jadeos mientras él intentaba deshacerse de mi chaqueta, corbata y camisa. Cuando lo logró enterró sus uñas largas contra mi piel algo más pálida que la suya, pero más gruesa.

Mis cabellos ya estaban teñidos de canas, pero mis ojos eran bravos como los de un hombre mucho más joven. Él reía bajo entretanto colaba su mano dentro de mi pantalón, pues había bajado la bragueta. Cuando menos lo esperaba lo tenía contra la mesa, por supuesto de espaldas, mordisqueando sus hombros y bajándome el pantalón.

—Cariño, déjate probar primero—dijo antes de gemir sobresaltado por un par de azotes contra sus glúteos.

Entonces lo giré y lo miré. Sus ojos eran hermosos pozos de poder. Sí, poder. Podía conmigo y con cualquiera. Podía volver loco al más cuerdo. Su mano derecha comenzó a manipular mis testículos mientras hacía una caída de ojos demasiado erótica. Volví a besarlo, pero esta vez lo agarré del cuello con la diestra y deslicé mis dedos hasta la parte inferior de su mandíbula. Cuando paré el beso escupí en su boca y luego mordí, tirando con cierta violencia, de su labio inferior. Di un par de bofetadas bien fuertes, las cuales hubiesen tumbado a cualquiera, mientras lo agarraba bien por el brazo con la otra mano. Por último metí mis dedos en su boca y presioné su lengua. Él no dudó en cerrar sus labios y comenzar a succionar como si fuese mi miembro. Hacía aquello en el mismo momento que sus dedos apretaban con deseo la base de mis testículos.

—Saborea entonces—dije empujándolo hacia el suelo.

Quedó de rodillas con su boca pegada a mi glande, el mismo que lamió mirándome lascivamente. De nuevo una caída de ojos hizo que mi miembro palpitara aún más. La erección era casi absoluta. Su lengua humedecía desde la base hasta la punta y de la punta a la base. Incluso dejó un par de besos en mi vientre y muslos antes de iniciar una garganta profunda. Mis dedos se enredaron sus largos cabellos ondulados y mi cadera se volvió loca. Perdí la cabeza y la noción del lugar donde nos hallábamos.

El fantasma seguía mirándonos desde uno de los rincones. Reía encantado ante el espectáculo que le ofrecíamos. Era sin duda alguna algo que cualquiera disfrutaría.

El sonido del chupeteo se convirtió en la mejor melodía y la acompañaba con el eco de mis gruñidos. Sólo lo incorporé porque quería bajar un poco su ropa interior. Al hacerlo lo senté en la mesa y eché a un lado sus braguitas, sacando por el lateral derecho su miembro erguido. Por supuesto, retiré la piel sobrante de su glande y jugué con ella. Por último succioné un par de veces logrando que sus piernas se abrieran.

—Julien, Julien, Julien... amor mío...—decía recostándose en la mesa entretanto me empujaba. Ya estaba harto de juegos y dispuesto a todo. Ni siquiera había acomodado su entrada, pero eso no importaba. Sabía que él había estado jugando en el coche que había decidido traerlo hasta mi despacho de abogados e inversionistas.

Abrí bien sus piernas, tomé el abre cartas y rompí la lencería para envolverme con sus muslos. Finalmente me introduje en su interior y bombeé con rabia, destreza y deseo. Él buscó agarrarse de cualquier forma, pero la única que halló fue incorporarse ligeramente y colocar sus manos en mis brazos, justo por debajo de mis hombros, mientras yo me aferraba a su encorsetada cintura.

—Zorra, di lo que eres—dije en medio del éxtasis.

—Soy tu puta, tu muñeca, tu zorra... Soy todo tuyo—balbuceó echando la cabeza hacia atrás, dejando los ojos en blanco y finalmente cerrando estos mientras todo su cuerpo se tensaba. Elevó la cadera, apretó su trasero estrangulando mi sexo, mientras sus uñas se enterraban en mis brazos. Eyaculó. Yo hice lo mismo.

Fue la primera vez, aunque no la última, que lo hicimos en mi despacho. El descaro fue en aumento. Todos sabían que el joven que a veces me acompañaba a ciertos recados por la noche, cuando ya gran parte de la ciudad dormía, se travestía para cumplir mis fantasías eróticas más pronunciadas.


jueves, 25 de mayo de 2017

Recuerdo, recuerdo

Poema de Julien

Lestat de Lioncourt

Recuerdo tus piernas largas,
tus ojos de felino agreste,
el olor de tu fragancia
y el carmín de tu boca.

Recuerdo que me amabas
de forma pura y fuerte...
Así del arrebato y la elegancia
que eran olas del mar contra las rocas.

Recuerdo tu pasión, tu amor.
Recuerdo tu belleza, tu rencor.
Recuerdo tantas cosas, amor mío.
Como recuerdo tu calor
en este horrible invierno tan frío.

Recuerdo el sonido de tus tacones,
las medias de red y los encajes.
También lo hermoso que te veías
de fémina cuando eras hombre.

Recuerdo que tenías tus decisiones
revueltas en tu alma y su equipaje.
Así como de tus tonterías y las mías
cuando decíamos nuestros nombres.



domingo, 21 de mayo de 2017

Extraño

Sí, supongo que la palabra "Extraño" podríamos abarcar todo lo sucedido aquí.

Lestat de Lioncourt 



—Vine a ver a Mona.

Estaba en el jardín cortando leña. Ya no iba a hacer falta que cortara más durante unos cuantos meses, pero me gustaba tenerla preparada para cuando llegase nuevamente el otoño. Prácticamente estábamos en verano y la humedad era cada vez más pegajosa. Sentía como la camiseta se pegaba a mi torso y mi rostro se empapaba en sudor.

Él había llegado bajándose de un deportivo. Era uno de esos coches que tenían más de veinte años pero seguían funcionando. No soy muy fanático del motor, pero tenía unas líneas sinuosas y un color muy llamativo. Vestía uno de esos elegantes trajes de firma y una de esas camisas de algodón bien almidonadas en el cuello. Llevaba entre sus manos un magnífico ramo de rosas. Sabía que eran para ella porque todos los días decidía que tenía que insistir. Llevaba así una semana y esperaba que se cansara pronto de preguntar por una muchacha enfermiza a la cual teníamos que cuidar. No podía tener una relación con ella pues la mataría, pues si terminaban teniendo relaciones sin precaución el hijo que tendría sería un monstruo llamado Taltos.

—No está—respondí.

—Ya veo...—murmuró.

—Decidió salir de compras con Rowan—mentí.

Mi mentira era piadosa. Sí se había marchado con mi mujer, pero iban a realizar nuevas pruebas para mejorar su calidad de vida. Tras el parto de Morrigan tuvo varios abortos fruto del incesto con algunos primos. Ella quería repetir el hecho y poder tener un hijo que la condujera hacia su primogénita, la cual era la verdadera heredera de los Mayfair según su testamento en vida.

—Deseo volver a verla, pero vosotros parecéis demasiado herméticos. Parece como si me negaseis poder estar con ella—dijo mirándome a los ojos e intentando averiguar si estaba en lo cierto.

—Es posible—dije dejando el hacha a un lado—. Hay cosas que no comprenderías.

—Entiendo...

—¿Alguna vez has trabajado con tus manos?—pregunté tomando un pañuelo de tela que llevaba enganchado en el cinto y me sequé el sudor del rostro, el cuello y las manos.

Él me miró duditativo, frunció el ceño y negó suavemente. Sus brazos cayeron a ambos lados de su cuerpo de tal forma que sentía que se iban a caer las flores al pasto recién cortado. Eran hermosas y lucían como si acabasen de ser recogidas. Suponía que las había adquirido en algunas de las floristerías cercanas a la mansión, pero eso era acertar demasiado.

—Se nota—dije tras una carcajada bastante profunda.

—A ti parece gustarte—respondió con una sonrisa gentil.

Sus ojos eran muy similares a los míos. Ambos habíamos descubierto recientemente que teníamos el mismo antepasado común: Julien Mayfair. Yo me parecía más al padre de este, pero Quinn era un calco milimétrico del único brujo que logró ejercer presión en una familia matriarcal.

—Es algo que libera mi mente—aseguré quitándome la camiseta empapada en sudor.

Desconocía a cuántos grados estábamos, pero al menos hacía treinta. El sol apretaba porque todavía no era ni medio día. Él me miró algo nervioso y giró su rostro hacia el lado opuesto del sendero.

—¿Realmente debería irme?—preguntó en un murmullo—. Sí, creo que...

—Sí, pero te invito a una limonada antes de marcharme. No acostumbro a ser descortés con quienes nos visitan—dije entretanto le quitaba las flores—. También hay que meterlas en agua o se morirán demasiado pronto.

Entré primero y le hice pasar. Ambos caminamos en silencio hacia la cocina y mientras servía la limonada él puso las flores en un jarrón en el salón. Ella las vería, por supuesto. Agradecería el detalle de inmediato, pero todavía debía estar alejada de ese joven con insuflas de caballero de otra época.

—Toma, la limonada—dije girándome sin pensar que él podría estar aguardando detrás con una sonrisa gentil y demasiado perfecta. Esa misma sonrisa que rápidamente borró cuando la bebida cayó sobre su cara chaqueta y un gesto de frustración cruzó su aniñado rostro.

Rápidamente ambos dejamos todo lo que hacíamos. Solté la jarra en la encimera junto al vaso y él decidió quitarse la chaqueta. Justo en ese momento nos quedamos mirándonos y riéndonos pensando que era una situación absurda. La música del victrola comenzó a sonar haciendo entender que Julien se hallaba jugueteando por la parte superior de la vivienda. Su fantasma seguía con nosotros y él había revelado la terrible verdad.

Tarquin Blackwood en realidad era un Mayfair y yo también lo era. Fui la descendencia de un acto demasiado común entre las monjas de cualquier época y un desdichado que disfrutaba con el sexo más de lo habitual. Una verdad que no nos había acercado demasiado salvo para comprender lo difícil que era saber los verdaderos orígenes.

Entonces ocurrió. La risa dio paso a besos tan intensos como el propio fuego. Ambos ardíamos. Mis manos acariciaban sus caderas y se deslizaban hasta sus glúteos, los cuales apreté con hambre. Él gimió cerca de mi boca y acabó pegándose a la encimera contraria. En pocos minutos estábamos desnudos mordisqueando nuestros cuellos, acariciando las facciones con nuestros labios y manos, entretanto sus piernas se abrían como flores nocturnas.

No era la primera vez que un hombre me ofrecía tal espectáculo, pero sí era la primera vez para él. Pude notar su nerviosismo exacerbado, sus manos torpes al colocarse sobre mis anchos hombros y sus ojos entrecerrados por el miedo, el placer y la necesidad. Mordí uno de sus pezones y lamí su vientre antes de atrapar su sexo. No dudé en succionar. Mi lengua se deslizaba desde la punta hasta la base de su miembro mientras este abría mejor sus piernas. Podía apreciar como temblequeaba y jadeaba hasta llegar a gemir desinhibido. Su pelvis se movía zarandeándose mientras su virilidad llenaba mi boca y se dejaba rozar por mi lengua. Mis labios apretaron la zona cercana sus testículos y él entonces clavó sus uñas. Ahí supe que debía girarlo y pegarlo a mí.

No era tiempo para pensar si estaba haciendo lo correcto o no, si era infiel o realmente estaba pagando el distanciamiento de Rowan en mi vida, y ni mucho menos si él me había atraído desde el primer momento. Sólo sé que bajé mi cremallera liberando mi miembro y rocé con mi glande, aún envuelto en mi prepucio, su entrada. Él dio un respingo y me miró por encima del hombro.

En ese preciso instante lo giré y lo coloqué de rodillas mientras me incorporaba. Él se abalanzó a mi hombría y no dudó en jugar con la fina capa de piel que recubría la punta de este, después mordisqueó el meato y escupió para comenzar a succionar como todo un profesional. Sus mejillas estaban arrobadas y sus labios se enrojecieron pronto. Tenía los ojos llenos de lágrimas por el placer y eso me hizo empujarlo hacia atrás, colocarlo de nuevo a cuatro y penetrarlo sin más juegos. Él gritó de dolor, pero cada embestida adormecía esa sensación para calmarlo ofreciéndole un placer demasiado intenso.

—Eres mío—susurré con la boca pegada a su nuca.

Sentía demasiada presión en mi miembro y mis manos viajaban por su cintura hasta sus costados, de sus costados a su cintura y de esta a sus glúteos para ofrecerle fuertes golpes que enrojecieron su piel. Cada vez iba más rápido con el paso de los minutos y en cierto momento no pude más. Me dejé llevar por la perversidad y lo marqué como mío. La música del victrola no dejó de sonar en ningún momento, aunque mis jadeos y gruñidos junto a sus gemidos lo acallaban momentáneamente.

Al final él también llegó con la última estocada. Sus piernas temblaron y sus brazos fallaron, quedando con el torso pegado a las baldosas del suelo. Por mi parte no me moví. Quedé quieto disfrutando de la sensación de su entrada apretada, pero él decidió apartarme e intentar incorporarse.


Minutos más tarde salía de la mansión con las piernas temblorosas y dejando atrás mi conciencia revuelta. Él todavía era un hombre libre, ¿pero y qué había de mí?

viernes, 28 de abril de 2017

Experimentar es creer

Bueno... digamos que Julien quiso contar algo.

Lestat de Lioncourt 


Siempre he sido un ferviente defensor que nada es real hasta que se experimenta. Durante muchos años creí que el amor no existía más allá de las hermosas, a la par que extensas, descripciones de los libros, los cuales usualmente leía con avidez desde una edad muy temprana, que abarrotaban los baldes de mi biblioteca. Observaba los diversos tomos y me decía a mí mismo que debía ser maravilloso creer en el amor como se cree en Dios: ciegamente. Pero yo carecía de fe en uno y otro. Para mí Dios estaba tan muerto como el amor, pues jamás lo había tenido. Al menos, no el amor romántico. Por supuesto que conocía el amor familiar, a pesar que mi madre me veía como una carga, y la complicidad que se tiene con amigos que hacen juramentos de sangre y alma. No obstante, el amor de pareja era para mí una fachada bien maquillada de miedo a la soledad.

Como he dicho, soy defensor de creer a pies puntillas sólo lo que se experimenta. Las cosas vividas pueden ser contadas -ya sea con una descripción perfecta o más vacua- y las que no se viven son mera suposiciones o supercherías. No se puede dar por válido algo que se imagina. Y yo el amor lo imaginaba. Alguna vez creí tenerlo, pero se esfumó rápido. Una cosa es el deseo sexual y otra cosa el amor. Se pueden tener ambas cosas, una o ninguna. Incluso se puede confundir el amor con el cariño, respeto y necesidad de no verse solo. En mi caso era la absurda necesidad de tener un heredero, no estar solo y tener a una mujer que me recordara a diario lo maravilloso que podía ser como empresario de éxito, padre y esposo. Un amor, o más bien un cariño, muy egoísta.

Rebasaba los sesenta cuando conocí a un hombre. Había tenido fugaces escarceos con hombres de toda condición. Incluso con los esclavos que una vez sembraron mi algodón, pero eso es otro tema. También me revolqué con mujeres que no eran mi esposa y que ni siquiera recordaba, aunque eso era cosa del Impulsor. En mi familia había un fantasma que generación en generación se ocupaba de vincularnos unos con otros, creando una red perfecta de parentesco y unos vínculos perversos. Sin embargo, jamás conocí a un hombre como él. Se llamaba Richard.

La historia ya la conocen. Saben muchos detalles. Sin embargo, quiero contar algo que todavía no he dicho. Muchas veces se ha comentado sobre mis juegos sexuales, mi diversión y coquetería. No obstante pocas se ha dicho que él sabía como encenderme. A veces me hallaba en el despacho de abogados que fundé, trabajando hasta altas horas de la noche cuando ya nadie más rondaba el edificio, y aparecía enfundado en uno de sus elegantes trajes. Se sentaba frente a mí sonriendo con coquetería y me relataba algún hecho divertido, para de inmediato añadir que llevaba una fina lencería femenina bajo sus prendas masculinas.


Richard se convirtió en mi tormento, pero también en aquello a lo que aferrarme antes de perder las fuerzas. Era la esperanza en mitad de la tragedia y si no lo hubiese tenido me hubiese hundido en la más honda miseria.  

martes, 25 de abril de 2017

Mary Beth Mayfair

Bueno yo a ella no la conocí, pero sí al fantasma de Julien. Asumo que no era tan mal hombre, sin embargo lo quiero mejor lejos.

Lestat de Lioncourt 


Fuera diluviaba. Era la segunda noche en la cual llovía de ese modo. Temía que fuese el advenimiento de una tragedia. Las veces que Nueva Orleans se cubría de ese modo, que sentía la furia huracanada de una tormenta en sus calles, alguien en mi familia moría. Aún era joven, pero recordaba como había llovido cuando mi abuela partió en busca de una paz distinta, nueva y dulce. Ya no tendría que escuchar a los músicos entonando como grillos canciones absurdas para mantener a raya al Impulsor.

Estaba apoyado en la chimenea de mi habitación encendiéndome una pipa. Sobre mi despacho había una taza de chocolate caliente y algunos folios amontonados. Mi letra esa noche era casi ilegible. Tan sólo eran palabras sueltas llenas de reproche. Me culpaba a mí mismo de todo lo que estaba sucediendo en la habitación opuesta a la mía. El pasillo se escuchaba algo intranquilo. Una enfermera iba y venía buscando al servicio para conseguir toallas limpias. El doctor cerraba de inmediato la puerta y se acercaba a la cama de mi hermana. Podía escuchar en las habitaciones restantes a mis sobrinos llorando. Debí ir a buscarlos, subirlos a mis piernas y confesarles que todo lo que iba a ocurrir era un milagro.

Entonces di una calada a mi tabaco y me acerqué a mi silla, di un sorbo al chocolate y me dije a mí mismo que era un condenado a muerte. La niña que pronto saldría de su vientre, llorando y agitándose como un pescado recién capturado, era mía y fruto de un incesto. Aún así sabía por Lasher que no era la primera vez que eso sucedía.

Miré a mi alrededor cuando lo sentí muy cerca de mí. Sonreía satisfecho. Había logrado que yo me condenase al infierno. Aún así yo no le increpé esta vez. Tan sólo eché mi espalda hacia atrás y pensé en mi madre, mi abuela, los libros de la biblioteca de la vieja casa cercana al pantano, la primera vez que asumí el riesgo de coquetear con “el diablo” y bailar con él pagando el precio más caro...

—Ve a ver a tu hija—me susurró en un tono que podría decirse dulce, pero también demasiado burlón.

—¿Cómo has logrado que hiciese tal cosa?—pregunté tembloroso—. Ni siquiera me atraen las mujeres... Siento un profundo respeto por ellas, pero...

—Deja de buscarle sentido a todo y ve a verla. Madre e hija te necesitan—respondió marchándose.


Me quedé allí unos minutos hasta que un relámpago me sobresaltó y escuché con más fuerza el llanto de mi hija. No dudé en ir a verla. No dudé en asumir mi condena otra vez.

miércoles, 5 de abril de 2017

Verdades

Por eso amo a esta mujer, aunque no como muchos pretenden creer. Lo confundí una vez, pero no más. 

Lestat de Lioncourt 


La verdad no es fácil de admitir aunque a veces sea lo único que nos mantenga en pie. Es contradictorio, pero ocurre. Vivimos en una época donde la mentira es demasiado tentadora y se toma como placebos para el inminente dolor. Nuestra sociedad está intoxicada por lo que ocurre a su alrededor y prefiere dejar de pensar, olvidar lo que realmente ocurre más allá de sus narices, con tal de sobrevivir en un ambiente hostil e imposible. Sin embargo, se lucha continuamente por descubrir y usar esa verdad como símbolo. No importa cuánto o cómo se logre, pues a veces los medios no son los más correctos o propios, pues lo único que se desea es sacar la cabeza de esa brea que impide respirar sin rezumar odio, violencia, venganza o miseria.

Durante muchos años intenté admitir todo lo que me ofrecía esta vida. Una vida plácida pese a la lucha constante de la mujer que me cuidó y crió como si fuese mi propia madre. Pero luego me di cuenta que la mayoría de aquello que conocía era una mentira tras otra ocultando una verdad incómoda que me haría sufrir un calvario. Mi único mal fue nacer, igual que el de otras mujeres en mi familia. No digo que hayamos tomado decisiones incorrectas, sino que alguien tomó esas decisiones indebidas hace demasiado tiempo y aún resuenan sus pasos entre la galería de nuestras propias almas.

Un simple baile impetuoso, lleno de libertinaje, en unas viejas rodas hizo que un fantasma se presentara ante una antepasada y esta decidiera vengarse, de forma tal vez algo infantil e indebida, del hombre que la había marcado y hecho madre sin tomar luego responsabilidad alguna. Supongo que eso fue el inicio del fin, como se suele decir, para decenas de generaciones. Después su hija siguió el camino torcido y decidió por fin asentar los trucos sucios de aquella criatura. Otros lo adoraron como si fuera el demonio. Digo otros porque también hubo un hombre, aunque este intentó combatirlo a sus espaldas y de nada le sirvió. Ese hombre fue Julien Mayfair. Intentó corregir el camino y cambiar el rumbo de la familia, pero fue imposible. Cuando murió en el alfeizar de su ventana, observando el jardín donde su descendencia moriría o acabaría enloqueciendo, lo sabía. No había hecho demasiado, pero lograría regresar como espectro para ser parte de una pieza más de un rompecabezas extraño.

Me costó años saber la verdad. Conocer los orígenes de mi familia fue duro, pues supe que mi verdadera madre estuvo viva y sedada para que no me buscara. La tachaban de loca cuando todos sabían, sin excepción alguna, que esa criatura existía y que muchos en Nueva Orleans, la ciudad donde residíamos, lo llamaban “El Hombre”. Mi propio marido lo vio desde que era un niño y conocía bien sus rasgos. El mismo que era familiar mío sin saberlo. Sí, éramos primos y cumplimos con una tradición de incesto que sucedía desde antaño: los Mayfair se casan con Mayfair.

Actualmente he sido madre de dos monstruos, aunque la mujer que yació en mi vientre la considero más un ángel que un demonio. Ese espectro se apoderó de mi hijo y lo hizo nacer con una genética distinta a lo habitual. Se quedó con su cuerpo y se llamó así mismo Lasher. Intenté protegerlo únicamente porque un instinto animal surgió de mis entrañas: tenía que salvar el fruto de mi vientre. Fui una estúpida. Recurrí también a la ciencia. Amaba la ciencia. Soy una científica y vivo por las innovaciones. Creí que él podía aportar algo nuevo y busqué la verdad en su genética. De nuevo una estupidez tras otra. Mi marido estuvo a punto de morir, además lo consumía la soledad, cuando yo me marchí y por otro lado esa criatura me violó y sometió a sus caprichos. Incluso me hizo gestar una hija suya tras varios abortos.

Ya no puedo ser madre. Ambas criaturas yacen bajo las raíces de un viejo roble. Mona Mayfair, que era prácticamente una niña cuando la conocí, se hizo con la principal heredera pero no sirvió de nada. Ella también cayó en esa genética extraña y tuvo una hija con mi propio marido, fruto de un desliz por su parte debido a mi estupidez, y también varios abortos que he ocultado incluso a mis familiares más próximos. En estos momentos sus nietos, los nietos de Mona y Michael, donan su genética y colaboran conmigo intentando hallar soluciones a pacientes que vienen buscando prácticamente la inmortalidad.


Si mis pacientes supieran la verdad caerían en la locura. Por eso quizá no buscan más allá de la fachada icónica de este Hospital Mayfair. Tal vez por eso no contemplan el dolor en mi mirada. Sí, quizá.  

jueves, 23 de marzo de 2017

Belleza

Julien es mi gran polo opuesto, pero le admiro por el amor que tenía hacia Richard.

Lestat de Lioncourt 


—¿Qué haces?—pregunté acercándome al tocador donde cepillaba su larga cabellera oscura. El cepillo se deslizaba por las elegantes ondulas de su cabello.

Sus labios, pintados con un carmín intenso, tenían una sonrisa pérfida que incluso llegaba a cuestionarme si estaba frente a un ángel, un demonio o simplemente el ser que amaba se hallaba tramando un malicioso plan en mi contra.

—Te ignoro—respondió cerrando los ojos para luego tomar una de sus brochas de pintura. Comenzó a aplicarse la base mientras yo colocaba mis manos sobre sus delgados hombros.

Sólo tenía un camisón escueto, el cual sólo le llegaba por la mitad de sus torneados muslos, de dos tiras delgadas muy finas.

—Te sale bien—dije hundiendo mi rostro en el recodo de su cuello hacia su hombro derecho. Mi nariz chocó con su oreja, de la cual colgaba unos pendientes de perlas hermosos engarzados en oro blanco, y mis labios rozaron su piel. Me quedé absorto en la imagen que proyectábamos en el espejo.

Se detuvo. Dejó el pincel de pintura sobre la polvera y se giró dejando cierta distancia. Sus largos dedos se movieron por mi corbata anudándola bien, pero de repente se entristeció. Algo en su rostro se llenó de amargura. Quería llorar, lo noté. Aprecié sus ganas de ponerse a llorar tan profundamente que no dudé en caer de rodillas.

—Aprendí de ti—chistó.

—Mi corazón es tuyo. Mi fidelidad es tuya—dije tomándole de las manos.

—Y de tu mujer así como de cualquiera de tus putas—su voz se quebró y las lágrimas bordearon sus mejillas.

—No lo comprenderías—contesté.

—Nunca lo comprenderé aunque me lo expliques mil veces, pero aún así estoy aquí vestido de fantoche, convirtiéndome en tu fetiche, viviendo una vida de mentiras, sonriendo a quien me mira para que no aprecie mi dolor y dejando que mis gemidos suenen cerca de tu oreja. Soy la puta más barata que tienes, pues la compras con un par de flores, caricias y unas promesas que no vas a cumplir. Julien Mayfair, eres el ser más terrible que conozco—aquello sonó peor que una bofetada.

Lasher surgió en el espejo mirándonos a ambos. Llevábamos el mismo traje gris humo, la misma corbata negra, la misma camisa blanca y los mismos gemelos de oro. Éramos dos seres perfectos, de rostros diferentes y miradas profundas que se miraron unos instantes. Él poseía mi cuerpo, él le daba sentido a mi “virilidad” autoimpuesta y a mis abrumadoras noches de bourbon, whisky y brandy. El hombre sensible, ese que leía poemas para que su alma triste no terminase de suicidarse, mientras la música sonaba en su gramola era enteramente suyo. Era de Richard.

—Nunca...—repetí mirando sus ojos castaños.

—Y aún así estoy para ti—dijo girándose para cubrir las imperfecciones del maquillaje.


Me odiaba. Odiaba no poder contarle tantas cosas... ¡Tantas que serían demasiado crueles!  

lunes, 6 de marzo de 2017

I'm your man

Bueno esto lo escribió Julien y lo dejó por ahí... 

Lestat de Lioncourt 



Hacía mucho tiempo que no lo veía. Habían pasado algunas décadas, por no decir que más de medio siglo. Fue impactante comprobar como el tiempo pasó por su cuerpo, arrugó su rostro, colocó manchas en sus manos, hizo que ganara peso y el rostro se transformara en el de un hombre achacado por la edad y diversas enfermedades. Pero sus ojos seguían siendo igual de ilusos. Había amor en esa mirada. Un amor incondicional hacia mí y lo que hacía. Todavía se sonrojaba cuando pronunciaba mi nombre. Era tan extraño que sentí lástima por ambos.

Que la verdad brote de tus labios,
que esa sonrisa marchita regrese
como regresan los hombres sabios
a la cordura en su lecho de muerte.

Coincido en que fui un egoísta nato, como dicen mucho, pero a él le di todo. Di mis últimos años, mi mejor cara y un amor intenso. Recuerdo que su cuerpo era muy joven, casi el de un niño, cuando se entregó a mí después de conocernos en uno de los tugurios cercanos al muelle. Nueva Orleans ha cambiado mucho desde entonces, y supongo que seguirá haciéndolo, pero aquella zona eran los suburbios más pobres y desdichados. Allí habían putas, juegos de azar, alcohol incluso durante la ley seca y conversaciones intensas que nadie debía conocer.

He sido la sombra que abrigaba tu cuerpo,
el alma en pena que mecía las ramas
de un árbol de raíz amarga y muerto.
Pero deseo ser la de tu alma.

Ahora todo es distinto. Yo no puedo ofrecerle mis brazos como consuelo, él no puede ofrecerme sus piernas como refugio. Ni siquiera me ve. Sé que su muerte será en breve. Ansío el momento que ocurra. Quiero que me vea cuando caiga el telón en el último acto y poder hacer de ese modo mi mejor aparición. Necesito que Richard sepa que siempre le he amado y que desde hace un tiempo rondo su vivienda, su negocio y sus momentos de ocio.

Soy un cretino con demasiada fortuna
porque pudimos amarnos con pasión.
Soy un hombre que impuso su religión
en tu respiración y latidos.


Nunca volvió a tener pareja estable porque me amaba. Jamás tuvo una vida feliz por ese motivo. Él merece que yo venga a buscarlo en último minuto para que se quede a mi lado, siendo lo que yo soy y disfrutando de conversaciones intensas, miradas llenas de cariño y el sonido de mi vitrola.  

martes, 28 de febrero de 2017

Mardi Gras

Ryan Mayfair es un hombre recto y aún así también sufrido, sensible y honesto. Desearía que leyerais esto.

Lestat de Lioncourt


Martes de Carnaval... martes de perdición y crespones negros en mi corazón. Eso es todo. Han pasado algunos años, incluso más de una década, y revivo cada carnaval el mismo calvario. No importa realmente el tiempo que haga que se fue, como si no importase nada, sino lo que dejó atrás. Dejó un corazón roto, una incógnita, un hijo desecho y una familia hundiéndose en el fango. Murió a manos de un monstruo mientras todos intentaban atrapar collares de perlas de plástico con diferentes colores.

Me marcho a la casa en la playa, lejos de una ciudad llena también de recuerdos, para sentir la arena bajo mis pies y observar como las olas vienen y van. Pienso que está todavía ahí. Ella recorre esas arenas perfectas observando el horizonte, llenando sus pulmones de sal y dejando que sus cabellos los agite la brisa. Puedo incluso verla. Con esa blusa blanca, algo ancha, y unos jeans ligeramente ajustados. Amaba su sonrisa, aunque en los últimos años parecía forzada. Gifford tenía cuarenta y seis años y me dio gran parte de su vida, más de treinta años, con la firme intención de ser feliz y hacerme feliz.

En ocasiones me pregunto cómo se sentiría al saber que Alicia, su hermana, también murió aguardando salvarse en un hospital. Igual que murió su marido, pero este fue por la bebida. Ambos fueron presas de sus malos actos, aunque Alicia tuvo el mismo verdugo que Gifford. Las hijas de Laura Lee, nietas de Evelyn Mayfair, les fue tan mal como a la pobre Stella Mayfair. Muertas jóvenes, con grandes sueños y personas que las amaban.

Antes no creía en fantasmas. Era el hombre más recto de la familia. Jamás pensé que pudiese creer en criaturas extrañas, como lo son los Taltos, y los espíritus, como es el de mi propio ascendiente llamado Julien. Tío Julien recorre aún First Street con la elegancia que le corresponde. He podido ver en sus ojos un mar de penas que me engulle, aunque luego sonríe y parece estar en paz. Quiero creer que ella está en paz. Deseo pensar que algún día aparecerá por esta playa antes que yo cometa una locura. Llevo años soportando un dolor terrible y estoy vivo es porque deseo ver los nietos que me dará Pierce, nuestro hijo. Se casó hace unos años y aún no he tenido la suerte de cargar un bebé. También me ata Mona. Quiero volver a verla. Dicen que volvería, pero a la vez sé que me mintieron. Ella no regresará.


La vida parece un mal sueño con música de fiesta, de fiesta de carnaval donde el dios Momo se burla de mi desgracia.   

martes, 17 de enero de 2017

Vida en el amor

Algunos creen que decir "Te amo" es todo por romanticismo. Yo amo a muchos. Amar a Rowan es fácil porque los hombres de verdad amamos a las mujeres que luchan por sus sueños, por salvar a otros y comprender este mundo.

Lestat de Lioncourt 


Conocía algunos misterios de este mundo, los cuales me habían sido un fuerte impacto que dejaron cicatrices muy profundas en mi alma. Mi vida cambió radicalmente después de conocer a mi marido Michael Curry y buscar mis raíces más allá de la adopción que ocurrió ya hace más de cuatro décadas. Era una mujer joven todavía, con grandes planes de futuro y una fortaleza extraña que se debía a un duro caparazón. Evitaba mostrar mis verdaderos sentimientos y me había convertido en una figura fría, ligeramente enigmática y decidida a realizar los cambios necesarios para alcanzar algunas metas. En mis manos había sangre, pero no de mis pacientes a la hora de intervenir quirúrgicamente. Había sangre de mis asesinatos provocados por mis poderes en circunstancias penosas.

No soy una santa. No quiero serlo. No deseo que nadie me vea como una mujer buena. Eso sería pueril y barato. Agradezco al mundo en general el haberme hecho como soy. Tengo sentimientos, que muchas veces oculto, y poseo unas habilidades superiores a la de cualquier humano. He decidido hacer con mis poderes psíquicos el bien, no el mal. Desde hace tiempo dirijo mi propio hospital fruto de una herencia descomunal y descompensada. Me convertí en la heredera de una familia llena de misterios, fantasmas, monstruos y dolor. Fue una hecatombe. Muchos lo saben. Mi historia se convirtió en libro y el libro en trilogía.

Hablemos ahora de la sucesora en mi cargo, en el cargo de ser la máxima representación de la familia. Ella se llamaba Mona Mayfair y era mi prima. Una prima de tan sólo trece años asumiendo las responsabilidades de un adulto. Lamento sonar apática y miserable, pero sabía que no iba a llegar demasiado lejos. Sobre todo cuando decidió arrojarse a los brazos de lo único que me sustentaba en esta vida. Logró cautivar a mi marido, el cual cayó como un imbécil, y le dio una hija tan monstruosa como el hijo que yo le ofrecí.

Michael cayó en un extraño bucle de dolor cuando tuvo que asumir que Morrigan, como llamaron a la criatura, se marchara de su lado y del lado de su madre en busca de algo más que una familia. Morrigan era un Taltos como lo era el hombre que se la llevó. Los Taltos se reproducen rápido, crecen aún más rápido y viven durante miles de años si no se ven afectados por enfermedades peligrosas o armas.

Mi vida no fue sencilla desde mi nacimiento, pues fui arrebatada de los brazos de mi madre. Ella fue sedada y tratada como enferma mental muchos años. La madre de Mona Mayfair era una mujer alcoholica, igual que su esposo y su abuela, Evy, no era capaz de corregir a esa maleducada que no lograba dar amor a la pobre niña. Un hogar desecho, en una ciudad demasiado activa y demoledora, dio como resultado a un animal salvaje que no dudó en hacer de las suyas desde temprana edad. Admito que la adoro. Que adoré a esa niña de ojos verdes tan vivos como los mechones rojizos de su cabello, pero estaba enferma debido a los múltiples abortos de Taltos que tuvo.

Desde que conoció a Tarquin Blackwood pareció descender su forma de vivir. Ya no quería encontrar sólo a Morrigan, sino que deseaba aferrarse a un jovencito que se parecía demasiado a Julien Mayfair. Nada más verlo en el entierro de su tía Queen, allí parado de pie sollozante y lleno de amargura, contemplé en sus rasgos y movimientos al líder indiscutible de la familia. Todos sabíamos ya que era un Mayfair, pero hasta ese momento no me di cuenta que sus rasgos eran idénticos.

En ese mismo funeral, a esa misma hora, apareció otro joven que jamás había visto. Creo que nunca pude calificar un encuentro de altamente tóxico y extraño. Era muy atractivo, pero llevaba cubierto sus ojos con unas estridentes gafas con tintado violáceo. Me quedé impactada por sus cabellos rubios alborotados y ondulados cayendo sobre su levita con camafeos por botones. Era como si hubiese salido de una de esas extrañas revistas para jóvenes inconformistas amantes del rock, la moda más extrema y los vampiros. Su piel no era humana. Él no era humano. Pude percatarme de inmediato.

Mi lado científico se avivó. Quería saber qué clase de ser era. Profundizando en esto me enamoré de él pero simbólicamente. Creí que él lo era todo. Pensé que solucionaría mi angustia por no poder darle un hijo a mi marido, por verme cada vez más vieja y frágil. Ashlar Templeton, el Taltos que se llevó a Morrigan, me dijo que yo era femenina; porque lo femenino no era tener hijos y haber jugado con muñecas cuando se es muy joven sino sentirse mujer. Lestat, como así se llamaba este hombre de aspecto no mayor a los veinte años, me hizo sentirme deseada y eso me agitó. Todas mis hormonas se agitaron. Incluso cuando supe que Mona era un vampiro ahora, gracias a él, siguieron agitadas. Quise ser uno de esos monstruos milenarios con colmillos y adictos a la sangre. Dejé atrás todo lo que soñaba en este mundo por ser parte de ese selecto club. Fui estúpida.

Cuando Lestat me rechazó regresé a casa. Entré en la vieja mansión de First Street, me senté en el sofá en el cual suele aparecerse Julien, y suspiré. Michael estaba despierto. Se encontraba en la cocina bebiendo una cerveza y garabateando algunos pensamientos en su libreta. A veces lo hacía. Los días más ocupados, debido a las reformas y los nuevos proyectos en su empresa de arquitectura, se los pasaba en aquella enorme mesa de madera escribiendo sobre proporciones, tipos de madera o la forma más precisa para recuperar la belleza desgastada de alguna mansión sureña.


En el momento que rompí a llorar como una tonta él vino, corrió a mí como si fuese un héroe y me habló dulcemente al oído. No me lo merecía. Él mismo vio como jugueteaba con aquel monstruoso y seductor ser. Él mismo sabía que había ido en busca de Lestat para ser uno de los suyos. Pero no le importó. Me perdonó. Como perdonó la vez que le abandoné para salvar a Lasher, nuestro extraño hijo, y los gritos de horror cuando regresé. Esos gritos fruto de un trauma severo debido a las múltiples palizas y sometimiento que me ofreció Lasher. Yo, por mi parte, admití sus errores con Mona para después ver como él lo hacía con Ashlar y con Lestat. Deseaba sentirme amada por alguien más que Michael, al cual no le podía dar hijos. Él siempre quiso hijos. Si bien me di cuenta esa noche que lo único que le interesaba en esos momentos era mi felicidad. Me sentí estúpida y poco a poco he olvidado muchas cosas. Sólo me he permitido quedarme con el amor intenso de Michael. 

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt