Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 16 de septiembre de 2017

Últimas horas

Julien y Richard... ¿Acaso no es amor? Yo diría que es el más puro.

Lestat de Lioncourt 


—Te pondrás bien.

Había despertado después de horas dormitando. La noche había sido agitada debido a la irrupción del Hombre en la habitación. Él, como siempre, apareció para intentar consolar su miserable existencia acompañándome de forma sentimental y arrojando contra mí toda una perorata de amor falso, como las perlas baratas que un hombre tacaño adquiere para sus ilusas amantes.

Richard estaba vestido de forma varonil, dejando atrás el maquillaje, las medias de red, los bonitos y sofisticados tacones o el sujetador con relleno. Ante mí había un muchacho de tez clara con mejillas de color de los duraznos maduros y una boca carnosa, algo trémula, que no dejaba de murmurar que me amaba sin decir siquiera palabra alguna. Tenía unos ojos tan profundos que a veces me ahogaba en ellos como ocasionalmente lo hacía Lasher en el whisky, el ron o cualquier vino barato cuando nos obligaba a ir al puerto a disfrutar de las tabernas y las putas que allí se arremolinaban. Mujeres que eran como abejas en un panal de miel, zumbando de un lado a otro, buscando un hombre que las mantuviese esa noche en sus camas y dejasen un buen fajo de dinero en las mesillas de noche de los moteles más baratos y nauseabundos que puedas imaginar.

—Eres un iluso—respondí sintiendo la boca pastosa debido al medicamento.

—Siempre te he visto superar cualquier problema con tus empresas, solventar cualquier enfrentamiento y te has burlado de tus años. Lo lograrás.— Decía aquello convencido. Estaba absolutamente convencido que no me moriría. Él creía que podría luchar contra el mundo entero y salir victorioso cual Alejandro Magno, pero no. Ya tenía ochenta y cuatro años aunque él ni siquiera lo podía imaginar ya que jamás había aparentado mis años, pero aquella caída había hecho que mi vida se convirtiera en un infierno.

—Ni siquiera te he dicho jamás mi edad—dije con una sonrisa cargada de coquetería.

Mi cabello negro y rizado, muy rizado, ya no existía y en su lugar había una cabellera cana. Mis ojos era lo único que aún conservaba como cuando era un muchacho, unos ojos azules inquietos y llenos de preguntas. Apenas tenía arrugas, pero se podía intuir que no era un cuarentón ni un cincuentón.

—Ni lo necesito. La edad son cifras que no me interesan—dijo tras una fresca carcajada.

Suzette Mayfair, mi esposa, me odió muchísimo por mis infidelidades. Yo la amé de forma egoísta, pues nunca la amé como a una mujer sino como una compañera. Amé su temperamento, su belleza, sus virtudes y el amor que desprendía hacia nuestros hijos. No obstante, jamás pude amarla como amé a Richard.

—Sabes que siempre te he sido fiel a mi mod.

—Sí, a tu manera—susurró buscando mi mano derecha para tomarla entre las suyas. Estaba sentado casi al borde de la cama, pero se acomodó un poco en esta para estar muy cerca de mí—. Siempre has hecho las cosas a tu manera.

—¿Y eso no te ha hecho sentir jamás traicionado?

—Me has dado los mejores años de mi vida, pues a tu lado he aprendido demasiadas cosas. — Sentí un extraño deseo de desnudarlo y hacerle el amor, pero apenas tenía fuerzas esa mañana.


Me quedé mirándolo y recordé a Victor Gregoire, el mestizo oficinista que había trabajado para mí y que el Hombre mató, sentí miedo por un momento porque ese espíritu pudiese matarlo cuando yo me muriese debido a sus celos insanos. Aún así no dije nada y sólo dejé que las lágrimas surcaran mi rostro mientras lo miraba agradecido por todo el amor que me ofreció aunque no me merecía siquiera una caricia de sus virtuosas manos.  

viernes, 9 de junio de 2017

Mujer fatal

De encuentros eróticos va la cosa.

Lestat de Lioncourt 


El sonido de sus tacones repiqueteaban como campanas llamando a misa. Mi pluma se detuvo sobre el talonario y mis ojos se alzaron en dirección a la puerta que daba al pasillo central. Tras el cristal de la puerta se dibujaba un escenario tentador. Su figura envuelta en algún elegante vestido, el perfume francés más caro embriagando su delicada piel y un cigarrillo manchado de carmín en dirección a sus labios intentando calmar sus nervios. Pude ver su sombra proyectándose contra el cristal rugoso y opaco donde podía leerse “Director Julien Mayfair”.

Era el director de mi propia empresa. Había fundado “Mayfair and Mayfair” con el sólo propósito de gestionar nuestro patrimonio y conseguir hacer lo mismo con el de convecinos. Nuestra experiencia en inversiones, influencia entre jueces y políticos, así como el prestigio de ser una familia arraigada en la ciudad les hacía venir con asiduidad. Justamente terminaba un cheque que tenía numerosos ceros y era sobre los beneficios que habían obtenido uno de nuestros clientes. Justo lo hacía cuando la tentación llegaba a la hora del cierre.

Todos mis empleados se habían marchado. La mayoría eran familia. Estaban mis hijos mayores, sus primos y un par de familiares lejanos que apenas tenían vínculos habituales con los que vivíamos en First Street. Lo sabía, estaba seguro, así como tenía conocimiento de mi vicio más común y peligroso: el trabajo.

Abrió de forma enérgica la puerta. No necesitaba decir que estaba allí. Entró mientras me acomodaba tomando mi pipa y daba una calada sintiéndome el hombre más afortunado. Ante mí tenía una preciosa imagen cargada de erotismo. Una gabardina gris plomo cubría sus curvas y unos elegantes tacones de aguja, bastante altos para cualquiera, envolvían sus delicados pies. Tenía un rojo carmín muy llamativo dibujando su bonita y perversa sonrisa. Tiró la colilla al suelo y la apagó con su pie derecho. Sus ojos oscuros se clavaron como dagas en los míos y colocó sus manos en el cinturón que ataba su abrigo.

—Vine porque no eres capaz de venir tú. Ya te faltan agallas, ¿o tal vez ganas?—preguntó con un tono de voz indecente antes de abrir de par en par su gabardina y mostrarme una lencería fina traída de París.

Era un corsé púrpura con encajes y bordados de rosas en tono negro perla, medias de red, delicadas bragas y liguero a juego con el corsé. Por supuesto, sentí como una tremenda erección empezaba a despertar bajo el pantalón de mi traje gris humo. Me incorporé como si tuviese un resorte en la silla, apagué la pipa y me acerqué.

Rápidamente mi boca bebía de la suya. Mi lengua empezó a paladear su labial y mis manos recorrían su cintura, viajaban por la espalda y agarraban sus glúteos. Podía sentir al hombre cerca observándolo todo. No me importaba. Él podía ver lo que realmente codiciaba. No me gustaban las putas y fulanas que él rondaba, tampoco mis primas o sobrinas. Sólo lo quería a él.

—Richard...—susurré entre jadeos mientras él intentaba deshacerse de mi chaqueta, corbata y camisa. Cuando lo logró enterró sus uñas largas contra mi piel algo más pálida que la suya, pero más gruesa.

Mis cabellos ya estaban teñidos de canas, pero mis ojos eran bravos como los de un hombre mucho más joven. Él reía bajo entretanto colaba su mano dentro de mi pantalón, pues había bajado la bragueta. Cuando menos lo esperaba lo tenía contra la mesa, por supuesto de espaldas, mordisqueando sus hombros y bajándome el pantalón.

—Cariño, déjate probar primero—dijo antes de gemir sobresaltado por un par de azotes contra sus glúteos.

Entonces lo giré y lo miré. Sus ojos eran hermosos pozos de poder. Sí, poder. Podía conmigo y con cualquiera. Podía volver loco al más cuerdo. Su mano derecha comenzó a manipular mis testículos mientras hacía una caída de ojos demasiado erótica. Volví a besarlo, pero esta vez lo agarré del cuello con la diestra y deslicé mis dedos hasta la parte inferior de su mandíbula. Cuando paré el beso escupí en su boca y luego mordí, tirando con cierta violencia, de su labio inferior. Di un par de bofetadas bien fuertes, las cuales hubiesen tumbado a cualquiera, mientras lo agarraba bien por el brazo con la otra mano. Por último metí mis dedos en su boca y presioné su lengua. Él no dudó en cerrar sus labios y comenzar a succionar como si fuese mi miembro. Hacía aquello en el mismo momento que sus dedos apretaban con deseo la base de mis testículos.

—Saborea entonces—dije empujándolo hacia el suelo.

Quedó de rodillas con su boca pegada a mi glande, el mismo que lamió mirándome lascivamente. De nuevo una caída de ojos hizo que mi miembro palpitara aún más. La erección era casi absoluta. Su lengua humedecía desde la base hasta la punta y de la punta a la base. Incluso dejó un par de besos en mi vientre y muslos antes de iniciar una garganta profunda. Mis dedos se enredaron sus largos cabellos ondulados y mi cadera se volvió loca. Perdí la cabeza y la noción del lugar donde nos hallábamos.

El fantasma seguía mirándonos desde uno de los rincones. Reía encantado ante el espectáculo que le ofrecíamos. Era sin duda alguna algo que cualquiera disfrutaría.

El sonido del chupeteo se convirtió en la mejor melodía y la acompañaba con el eco de mis gruñidos. Sólo lo incorporé porque quería bajar un poco su ropa interior. Al hacerlo lo senté en la mesa y eché a un lado sus braguitas, sacando por el lateral derecho su miembro erguido. Por supuesto, retiré la piel sobrante de su glande y jugué con ella. Por último succioné un par de veces logrando que sus piernas se abrieran.

—Julien, Julien, Julien... amor mío...—decía recostándose en la mesa entretanto me empujaba. Ya estaba harto de juegos y dispuesto a todo. Ni siquiera había acomodado su entrada, pero eso no importaba. Sabía que él había estado jugando en el coche que había decidido traerlo hasta mi despacho de abogados e inversionistas.

Abrí bien sus piernas, tomé el abre cartas y rompí la lencería para envolverme con sus muslos. Finalmente me introduje en su interior y bombeé con rabia, destreza y deseo. Él buscó agarrarse de cualquier forma, pero la única que halló fue incorporarse ligeramente y colocar sus manos en mis brazos, justo por debajo de mis hombros, mientras yo me aferraba a su encorsetada cintura.

—Zorra, di lo que eres—dije en medio del éxtasis.

—Soy tu puta, tu muñeca, tu zorra... Soy todo tuyo—balbuceó echando la cabeza hacia atrás, dejando los ojos en blanco y finalmente cerrando estos mientras todo su cuerpo se tensaba. Elevó la cadera, apretó su trasero estrangulando mi sexo, mientras sus uñas se enterraban en mis brazos. Eyaculó. Yo hice lo mismo.

Fue la primera vez, aunque no la última, que lo hicimos en mi despacho. El descaro fue en aumento. Todos sabían que el joven que a veces me acompañaba a ciertos recados por la noche, cuando ya gran parte de la ciudad dormía, se travestía para cumplir mis fantasías eróticas más pronunciadas.


domingo, 17 de julio de 2016

Nunca podré negar que te amé.

Julien y Richard... una pareja extraña, pero lo que importa es que se amaban. 

Lestat de Lioncourt


El edificio era de pocas plantas. Allí vivían familias que deseaban prosperar. La mayoría de las personas que se amontonaban en aquellos apartamentos eran inmigrantes y personas jóvenes, la mayoría músicos, que intentaban aspirar a algo más que vivir en los suburbios. La zona era algo ruidosa por el tránsito y los numerosos locales que había por toda la manzana, pero había orden y limpieza por eso lo compré. Era pequeño aunque coqueto y funcional.

Mi familia desconocía que yo había adquirido esa propiedad, aunque siempre anotaba lo que compraba para que pudieran contabilizarlo mejor para la supuesta herencia. Ese pequeño lugar, ese hueco en mitad de la ciudad, era para alguien que amaba profundamente. Pero todavía no era capaz de aceptarlo. Estoy seguro que no creía que pudiese suceder.

Hacía unos meses que había empezado a conocer a un muchacho. El chico era tremendamente atractivo. Sus piernas no tenían nada que envidiar a las de una mujer. Tampoco su cintura, sus dulces y carnosos labios o esos ojos de largas pestañas negras. Admito que jamás pensé enamorarme. Ni siquiera creí que el amor pudiera afectarme. Pensé que el dinero lo era todo en este mundo, pero él en pocos días me demostró que estaba equivocado. Aunque siempre tuve cientos de amantes nadie, absolutamente nadie, había logrado esa conexión conmigo.

Así que estaba en la acera contraria al edificio observando, sin perder detalle de los transeúntes y las hermosas flores de la floristería que estaba en la planta baja del edificio. Decidí cruzar y comprar el ramo de rosas más impresionante que había. La mujer se sorprendió que arrasara con más de una docena de sus maravillosas flores. Después subí a la planta número cuatro y llamé a su puerta de forma insistente.

—Julien...—dijo tras quitar el seguro—. Creí que hoy tenías almuerzo familiar y no ibas a venir.

—Si creías que no iba a venir, ¿por qué hay carmín en tus labios?—pregunté empujando la puerta para forzarle a dejarme pasar.

Entonces pude ver que estaba con aquel coqueto vestido bustier blanco salpicado de vistosas y coloridas flores. La prenda tenía un cinturón rojo que marcaba su perfecta cintura a juego con sus zapatos de tacón de aguja, el carmín de sus labios y el esmalte de sus uñas. Era una prenda descarada e inapropiada para estar sólo esperando en casa. La falda llegaba por la mitad de sus redondos y níveos muslos provocando que pudiese mirar sus perfectas rodillas. El pelo lo llevaba recogido dejando el flequillo suelto con unos hermosos bucles. Era tan femenino que me excitaba cosa que en una mujer no lograría siquiera que la mirara.

Entregué el ramo de flores haciendo que sonriera con la dulzura de una virginal jovencita. Sus ojos, profundos y arrebatadoramente hermosos, brillaron de ilusión. Sin embargo pude notar como se ponía nervioso al cerrar la puerta. Él sabía que no había comprado ese apartamento para él sólo para tomar café y charlar. Comprendía que venía sediento tras dos días sin poder encontrarme con su cuerpo entre las revueltas sábanas de su cama.

La entrada daba directamente al salón así que él sólo tuvo que retroceder, correr hacia uno de los jarrones vacíos y poner las flores. No necesitaba ponerlas en agua pues pronto aparecería con otro ramo. Por mi parte me quedé apoyado en la puerta contemplando la luminosidad de la sala, el elegante y robusto sofá color crema que había adquirido hacía unos días, las mesillas auxiliares cargadas de fotografías, la alfombra que se encontraba en el centro dándole un colorido inusual al salón y a él. Me quedé mirándolo a él. Estaba allí de pie en el centro de la habitación esperando que dijera algo.

—Acabo de comprarlo y no pude evitar probármelo nada más llegar a casa...—dijo colocando sus manos sobre su vientre plano—. Normalmente tú me traes ropa de tu mujer y no me gusta. No me gusta usar esas prendas porque me siento un vulgar ladrón. No soy un ladrón. Yo no me he metido en tu matrimonio. Eres tú quien viene a mí y me llenas de regalos, atenciones y cariño. Querría más atención y que te quedaras aquí a vivir conmigo, pero sé que no puede ser—estaba a punto de romper a llorar pero se contenía para no destruir el maquillaje—. Pensé que no vendrías aunque algo en mí me decía que sí.

—Estás preciosa con ese vestido—dije dando un par de pasos hacia él.

—Me gusta tu traje de lino blanco. Te ves como todo un hombre sureño—respondió—. Además tienes algo bronceada la piel por pasar tanto tiempo en la plantación, de aquí para allá, y eso hace que te veas terriblemente atractivo—dijo colocando sus jóvenes brazos sobre mis hombros.

—Mi mujer me ha dejado—susurré cerca de sus labios—. Dice que soy un golfo, un canalla, un maldito embustero y que no va a soportar estar conmigo. Por mi parte le he arrojado un fajo de billetes y le he dicho que busque la forma de vivir sin mi dinero—respondí metiendo las manos bajo su vestido.

—¿Y eso cómo me afecta?—preguntó nervioso.

—Soy un vividor. Trabajo duro y gasto parte del dinero en fiestas, timbas ilegales y mujeres. Eso lo sabes, pero mi corazón es tuyo desde el primer hola—susurré antes de besarlo.

Mis manos estaban bajo el vuelo de la falda, aferradas a sus redondos glúteos, cuando percibí que llevaba lencería femenina. Amo la lencería. Admito que me excita una bonita y delicada lencería sobre el cuerpo de un jovencito. Él tenía el buen gusto de adquirir la más escandalosa y llamativa. Por eso cuando percibí que llevaba braguitas de encaje lo arrojé contra el sofá y levanté su vestido.

—¿Ya puedo considerarme tu fulana?—dijo con la voz entrecortada—. Porque eso soy... No puedo aspirar a más...

—Richard, no puedo llevarte del brazo por la calle. Sabes que en esta sociedad nadie admite bien a los homosexuales y menos a los travestis—dije mirándole directamente a los ojos—. Se buen chico y muéstrate encantador para mí.

—Para ti soy Sophie. Richard está en otro lugar ahora—me echó una mirada seductora llevando la mano izquierda a la tela que cubría su hombro derecho, tiró suavemente de esta y me mostró la piel tersa de esa zona. Él sabía que me encantaba como se le marcaban las clavículas, la forma de sus delgados brazos y sus bonitos hombros.

Me hundí en el recodo de su cuello besándolo, lamiéndolo y mordiéndolo mientras su respiración se entrecortaba, y sus piernas se abrían mostrándome el pequeño paraíso que allí se hallaba. Sus manos se colocaron sobre mi espalda y se deslizaron haciéndome sentir sus uñas incluso con la ropa puesta. Eran unas de gata salvaje.

Antes de continuar me quité la chaqueta, la corbata, el chaleco y la camisa. La corbata no la arrojé lejos porque decidí usarla para atar sus muñecas. Mis ojos se deslizaban por sus mejillas encendidas, sus labios húmedos y jadeantes, pero también por ese peligroso escote. Se había colocado de tal forma el relleno que parecía tener unos pechos exuberantes. Reí bajo porque detestaba tener relaciones íntimas con mujeres, pero él parecía tan atractivo que incluso tenía dudas sobre mi sexualidad.

Me incorporé tomándolo entre mis brazos. Pues auqnue yo era un hombre delgado él lo era aún más. Quien nos hubiese visto en ese momento, desde alguna de las ventanas abiertas, habría visto a un hombre adulto con una descarada mujercita. Pero la verdad era distinta. La mujercita era un chico de diecinueve años que se dejaba tratar a ratos como una dama de sociedad y en otros como una furcia.

—Julien... no rompas este vestido—dijo al oído antes de sentir como lo tiraba a la cama.

Mis manos levantaron bien la falda y mis labios besaron su miembro encerrado aún bajo el encaje. No dudé en darle pequeñas lamidas y mordiscos a la zona de sus testículos, así como pellizcar con los dedos su glande oculto a mi vista bajo el estampado de un clavel. Él puso sus manos sobre mis hombros y empujó un poco hacia atrás. Yo me aparté quedando de pie mientras echaba hacia un lado la ropa interior con algo de dificultad por las ataduras.

Sus piernas se abrieron dóciles para que yo pudiera saborear su pequeño miembro. Era menor que el mío y lo había rasurado con una cuchilla, algo peligroso pero extremadamente higiénico y cómodo. Mis labios rodeaba su glande, mi lengua se deslizaba por todo mi sexo y mis manos acariciaban sus muslos. Los suspiros y gemidos se elevaban sobre aquella inmensa cama.

El dormitorio sólo tenía una cama, una mesilla de noche y un armario donde guardaba su ropa femenina y la masculina. No había nada más. Era un lugar muy simple. Pero las vistas eran maravillosas. Tras mi espalda se podía ver con claridad la calle y la luz del sol incidía ahora sobre nosotros. Por primera vez lo hacíamos de día, sin tener miedo a ser señalados por otros, y di gracias a mi magnífica idea de comprar un apartamento para él.

—Oh, mira esto—susurré cuando me aparté acariciando sus testículos—. Eres deliciosa, Sophie.

Él se incorporó apoyando los codos en el colchón entretanto alzaba su pierna derecha, para rozar con la punta de su zapato de tacón mi entrepierna, dándome una imagen seductora muy deseable. Sin mucho cuidado lo atrapé entre mis manos y lo arrojé al suelo bajando mi cremallera, bajando rápidamente mi pantalón tras quitarme la correa, ofreciéndole de ese modo mi pene. Su boca era un pozo de lujuria que me ofrecía un placer sobrehumano. Tenía unos labios carnosos y una lengua bien entrenada. Jugaba a tirar de mi frenillo, acariciaba con rabia la sensible piel de mi sexo, y apretaba con furia mis testículos.

Todo aquello sólo fue un preámbulo para lo que ocurrió luego. Embotado de placer lo coloqué en la cama de espaldas a mí, abrí bien sus piernas, lamí su estrecha entrada y pocos segundos después lo penetré lentamente. Él gimió de dolor aferrándose al borde opuesto de la cama, dejando que las sábanas se salieran de su lugar, mientras yo sólo cerraba los ojos disfrutando de la presión que envolvía mi sexo. Sus caderas se movían suavemente entretanto sus glúteos empezaron a sentir cierto dolor. Había conservado el cinturón a mano sobre el colchón para poder doblarlo y usarlo como fusta.

—Julien, Julien... amo Julien—llegó a decir como si fuese un viejo salmo.

Él no duró demasiado. Mi femenino muchacho acabó eyaculando manchando sus propias sábanas y salpicando un poco mis zapatos. Yo no paré. No cedí ni un segundo. Pues quería llegar a la cima dentro de aquellos glúteos duros y perversos que tan bien me acogían. Tras más un rato, penetrándolo con furia, pude notar que llegaba a otro orgasmo aún mayor apretando todavía más los músculos internos de su trasero. En ese instante llegué al paraíso mientras podía escuchar un gemido hondo y perverso surgir de su delicado cuerpo. Después, como si fuese algo aprendido hace tiempo, él se bajó de la cama apartándose de mí para lamer mi sexo y las gotas de semen sobre mis mocasines.

El rimel se había corrido, el colorete estaba mal puesto y los restos de su labial estaban por parte de las sábanas. Sin embargo me parecía igual de hermoso que cuando lo vi nada más entrar, igual de atractivo que la noche en la que nos conocimos y os puedo asegurar que me di cuenta lo perdido que estaba. Mi corazón le pertenecía por completo.


Es difícil hablar de amor sin que se rían de ti, sobre todo cuando lo dice un cobarde que no fue capaz de arrojarse al fuego de la pasión. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en su sonrisa con y sin lápiz de labios. Quizás es una ilusión. Tal vez me estoy haciendo viejo y me aferro a unos muslos jóvenes y dispuestos. No lo sé. No obstante nadie me quitará esta sonrisa que parece mágica.  

viernes, 1 de julio de 2016

Primer amor

Julien y Richard tuvieron una relación oculta durante algunos años, pero no pudieron dejar de estar unidos. Se amaban. Esto es algo que ha recordado Julien... digamos que me visita de vez en cuando para obligarme a contar esto.

Lestat de Lioncourt 


—¿Cómo te llamas?—pregunté tomando asiento junto a él. Aquel bar de mala muerte cerca del puerto me había dado suerte esa noche. La partida de poker no comenzaba todavía y ya había divisado el mejor premio de todos.

—Largo—dijo.

—¿Por qué?—dije—. ¿Acaso hay alguien que pueda darte mejor compañía que la mía?—comenté seguro de mí mismo.

Siempre he parecido un hombre seguro al hablar y me he desenvuelto bien en este mundo lleno de pecado y mentiras. Creo que me coroné como rey de las mentiras años atrás antes de conocer a ese muchachito enfundado en aquel coqueto traje tan ajustado lleno de flecos y que a duras penas el largo llegaba por sus hermosas rodillas. Parecía una sirena esperando alimentarse de las almas de los marineros que se dejaban caer por aquel tugurio. La tenue luz del local añadía un toque mágico a sus labios rojos y esos ojos oscuros llenos de vida salvaje. Tenía carácter.

—No soy una puta—respondió molesto sin siquiera girarse para mirarme ya que podía observarme en el reflejo del espejo que tenía el barman a sus espaldas.

—No pretendo que seas mi puta—susurré inclinándome cerca de su oreja izquierda—. Aunque si quieres puedes serlo todas las noches. Me gusta castigar cuerpos tan jóvenes y hermosos como el tuyo—me aparté riéndome al percatarme como sus mejillas se habían encendido como si fueran farolillos de feria.

—¿Qué pretendes? Dime—preguntó girándose para verme directamente a los ojos.

—Me llamo Julien Mayfair y necesito que una belleza como la tuya me traiga suerte en la timba ilegal que se hace en la bodega—fui totalmente sincero. Realmente quería que esa hermosa sirena estuviera a mi lado hasta el amanecer.

—Julien... Mayfair...—murmuró mi nombre y luego noté como todo su cuerpo vibraba por el nerviosismo—. La mitad de la ciudad es tuya...

—Bueno, he tenido cierta prosperidad en los negocios—respondí—. Pero ayuda una buena base económica para empezar y un poco de suerte. Tú me la darás. Estoy convencido de ello. Quédate conmigo y te pago todas las copas que quieras—comenté con una sonrisa canalla en los labios—. Aunque si quieres luego podemos salir a celebrarlo.

—Cobro algo más que copas...—afirmó—. No soy una mujer...

—¿Y crees que yo estoy interesado en mujeres?—pregunté—. Mi matrimonio sólo ha sido un espejismo para ocultar una verdad que grita en mi interior, surge como una horrible oración y termina muriendo en los gemidos de mis amantes—nada más terminar esa frase sus mejillas ardían de nuevo y el nerviosismo era aún más evidente—. Podría enseñarte cosas maravillosas que te harían desear que te ate a la cama para siempre.

—Mi nombre es Richard—dijo muy bajo—. Pero puedes llamarme como quieras...

—Te llamaré bombón porque creo que me vas a gustar tanto como el chocolate—dije mientras sacaba mi pipa para encenderla.

—Que risa...—escuché entonces a Lasher muy cerca—. Julien, ¿eso es amor a primera vista?—dijo rodeándome por la espalda. Sus manos invisibles se apoyaron en mi torso y sus labios, fríos y sensuales, rozaron el lóbulo de mi oreja derecha—. Es muy joven para ti... pero... nos acompañará esta noche de trampas ¿no es así? ¡Qué risa! ¡Qué risa! ¡Qué risa! ¡Qué risa!


Fumaba entretanto él hacía su espectáculo. Hacía años que me había acostumbrado a su presencia, sus intervenciones y su maldito comportamiento. Nada ni nadie enturbiarían esa noche que conservaría hasta el fin de mis días mortales y que aún hoy todavía conservo pese a ser un simple fantasma. ¿Cómo olvidar el primer amor? Es imposible.  

viernes, 8 de enero de 2016

Acuse de recibo.

Julien y Richard... ¿de dónde salen éstos nuevos textos? ¿Acaso encontraron nuevas memorias que no fueron quemadas?

Lestat de Lioncourt



—Eres un canalla—sus labios color carmín, seductores y atrevidos, lanzaron esa acusación al aire rompiendo el silencio incómodo.

Había visto como una mujer atractiva salía de mi despacho. Tuvo que contener su rabia, su dolor, su resignación y el sentir que mi corazón no era exclusivo para sus delicadas manos. Mi mujer no era la única que se encontraba con el dolor de ser despreciada, pues así se sentían siempre cuando comprendían que amaba jugar a múltiples bandas.

—Define canalla—contesté acomodándome en mi silla.

Apretó con fuerza el bolso, el cual pensé que terminaría siendo lanzado a mi cabeza. El mismo bolso que yo le había comprado, como un pequeño detalle a su disfraz de mujer decente, y que parecía arder bajo las palmas de sus manos.

—Eres bajo—balbuceó intentando no romper a llorar—. Tus actos te delatan. No tienes principios.

No pudo contenerse. No pudo resistirse. Tuvo que decirlo. Dijo las palabras que tanto conocía. Mis principios... tenía principios. Tenía grandes y loables principios. Era leal a mi familia y la familia necesitaba de mis trucos sucios, de mis vínculos, de mis devaneos porque eso les haría grande. Quizás parecía una locura, pero en el mundo de los negocios tienes que conquistar algo más que mercados.

—Sí tengo principios—dije apoyando mis muñecas sobre el borde de mi escritorio.

Sobre él había importantes documentos, algunos eran escrituras de plantaciones que acababan de cederme gustosamente. Aquella viudita alegre, esa mujer satisfecha y contenta con mis juegos, se había dejado llevar por la necesidad de tener un amante como yo. Pensaba que mis negocios la harían enriquecerse, por eso me había cedido sus tierras a cambio de pertenecer a varios de mis acuerdos de exportaciones.

Claro que ella poco sabía que esos terrenos se revalorizarían y se convertirían en una zona lujosa. Veía allí, en aquel infierno de algodón, algo más que una plantación. Veía edificios administrativos, centros comerciales y numerosas viviendas. Vendería ese pedazo de terreno en unos meses, cuando lograra revalorizarlos gracias a “El hombre”.

—¡Cuáles!—gritó.

—No lo entenderías—contesté levantándome, para luego salir de detrás del despacho y tomar su frágil cuerpo entre mis zarpas.

Temblaba como un junco. Sus brazos, finos y eróticos, estaban tiritando de rabia y dolor. Del mismo modo que temblaba su alma. Entonces, y sin importarle nada, se echó a llorar destruyendo su perfecto maquillaje.

—Disfrutas generando riqueza sin importarte el dolor de otros. Humillas tu alma vendiéndola al infierno—chistó entre sollozos.

—El infierno no existe y si existe está en las calles de ésta ciudad—afirmé.

Con violencia giré su fina figura, pegando su espalda a mi torso, mientras mis manos iban abriendo sus prendas. Los botones caían, las cremalleras cedían y pronto su sujetador quedó a la vista. Lencería fina, la misma que yo exigía siempre.

—He ofrecido mi corazón a un ser despreciable—sus lágrimas no me detuvieron, ni permitieron que sus muslos no se abrieran cuando levanté sus faldas—. No eres fiel.

—Soy fiel—susurré a su oído.

—¡Tienes cientos de amantes para consolar tu apetito!—gritó provocando que lo arrojara sobre la alfombra.

—No los amo—contesté sacándome el cinturón, pues estaba dispuesto a hacérselo allí mismo—. Mi corazón es tuyo.

—No te creo—dijo intentando cubrirse.

—Richard...

Se levantó, casi tropezando por culpa de sus elevados tacones, se cerró el vestido como pudo y salió de allí. Intentó tener la cabeza alta, alejarse del monstruo que había logrado envenenar su sangre y su alma, pero esa misma noche se abría como flor nocturna gimiendo para mí. Él no sabía que la vestía de muñeca para desnudar su cuerpo, pues me gustaba vestir de loba a Caperucita para permitirle que disparara, cual cazador, a mi corazón.


Me sobraban los motivos para ser canalla.  

jueves, 25 de junio de 2015

Mi adiós

Bueno, uno que va admitiendo las cosas. Una vieja carta a Richard, ¿lo sabría?

Lestat de Lioncourt 

Si tuviese que escribir una carta donde mostrase mis verdaderos sentimientos, esos que siempre oculto bajo una sonrisa llena de carisma y desvergüenza, llevaría tu nombre en el membrete. He sido un hombre despreciable toda mi vida. He jugado con los sentimientos de aquellos que me han amado y he dejado en el olvido la verdad, la honra y el respeto. De mí no se puede estar nada bueno. Decidí bailar con el diablo cuando tan sólo era un niño, acepté la compañía de un ser ingrato y descarado, para acabar siendo su siervo y su amo.

Está claro que desnudar mi alma será difícil. Soy incapaz de escribir unas simples líneas donde la verdad resplandezca de entre las sombras de mi despacho. Sin embargo, aquí estoy. Me encuentro frente a un papel que estoy llenando de palabras sin sentido para muchos, pero no para mí ni para ti. Bien sabes que es a ti a quien escribo. No necesito mencionar tu nombre para que sepas quien eres, pues es como si invocara una vieja canción que se reproducirá por siempre en mi victrola.

¿Cuántas veces nos hemos ocultado? ¿Cuántas veces te he hecho pasar por una simple ramera? Dímelo. Te he vestido como si fueras una muñeca, pintado tus labios y ocultado así las lágrimas, el dolor y la vergüenza. Me has tolerado tantas malditas palabras, calumnias al amor y desprecios como la rabia contenida por esos desvanes que bien sabemos que tuviste. Me convertí en un ogro durante un tiempo, pero luego recordé todos los motivos por los cuales estoy contigo.

No te mereces el olvido, pero tampoco te mereces este amante que sólo juega bien sus cartas. Puedo ser un caballero, un hombre dulce y atractivo, pero sabes que mi semblante cambia cuando los celos se apoderan de mí. No te digo nada, tan sólo guardo silencio tragando la hiel para luego escupírtela con una mirada agria, casi insultante, llena de desprecio. He sido un bárbaro, un imbécil, y tú has aceptado esa pose de dandy que tanto me preocupa mantener. Déspota, eso he sido. Amante del dinero y las mujeres, aunque a muchas he despreciado e incluso he odiado mientras retozaba en sus camas.

Nunca te he sido fiel, aunque tú has intentado serlo. No lo has logrado. Jamás has podido culminar esos atroces hechos. Quisiste dejarme, abandonándome a mi suerte, pero regresaste haciendo sonar tus tacones sobre el mármol de mi casa. Lloraste en mis hombros, aceptaste mis brazos y tan sólo te dije que te metieras en mi cama. No fui capaz hacerte el amor esa noche, pues despreciaba que hubieses intentado dejarme atrás. Yo te desprecié a ti, cuando yo era despreciable. No sabes la clase de monstruo que soy, pero aún así me juras lealtad y me llamas amor. ¿Cómo puedes amarme? Tú eres un ángel y yo vengo de las profundidades de los infiernos, si es que existe un infierno donde ir a parar.


Creo que ya es tarde para redimir mis pecados, ¿no es así? Quizás pienses que es un síntoma de debilidad, un acto de fe para salvar mi alma, pero yo sé que estoy condenado. Sólo quiero que sepas que te amo, que siempre te he amado y que mi corazón ha sido para ti. Pese al amor que he tenido a otros amantes, mi amor propio y las mentiras que te he obsequiado. Tú, por encima de todos ellos, has sido el ser que he amado. Tú has sido mi verdadera mitad y lo único puro que he logrado conservar por más de unos años.  

martes, 2 de junio de 2015

Amor corrupto

Julien tenía una forma de amar algo ¿cruda? No. Cruda no es. Más bien es caprichoso. Sin embargo, lo amaba. Este escrito se salvó de la quema que hizo su hija en el jardín. 

Lestat de Lioncourt


Me había servido un vaso de whisky y lo saboreaba mientras él lloraba frente a mí. Mis celos a veces eran insufribles. Reconozco que con el paso de los años había agriado mi carácter en ese sentido. No era capaz de aceptar que un joven como él quisiera estar con alguien que jugaba con el fin de sus días. Poco a poco sentía que mi fuerza se perdía y que mi legado podía convertirse en una maldición, del mismo modo que lo fue para mí. Pagaba mis miserias con él mientras intentaba calmarme con aquella copa, la cual dejé a un lado negándome a tomar aquello. Nunca me había gustado el alcohol, pero Lasher parecía disfrutarlo demasiado.

—Deja de llorar—dije sentándome tras la mesa de mi despacho.

—No me dejes...—murmuró entre sollozos.

—Se te está corriendo el maquillaje—contesté con dureza, pero terminé quebrándome como una rama seca.

Me incorporé retirando la silla, impulsándome y dirigiéndome hacia donde se encontraba él. Me arrodillé tomando sus manos, las cuales temblaban nerviosas intentando colocar bien su escueta falda, mientras que él ni siquiera se atrevía a mirarme.

—Te estás convirtiendo en un fruto demasiado suculento para otros—susurré intentando sonreír, pero sus lágrimas me provocaban una angustia insufrible—. No es tu culpa. No voy a dejarte—dije llevando mis manos a su rostro.

Él se movió de la silla arrojándose a mis brazos. Quedamos ambos en el suelo abrazados. No me importó que manchara de maquillaje mi traje de lino blanco, tampoco me importó quedar allí aferrado a él.

—Soy tuyo—dijo con la voz tomada—. Tuyo... —repitió mientras mis manos se movían rápidas colándose bajo su falda.

Para otro habría sido aberrante que yo decidiera ser su pareja únicamente si se vestía de mujer, más aún si rechazaba a coquetear y tener otros amantes. Él era el bálsamo de mis heridas y quizás lo único bueno que aún podía retener.

—Todo mío—susurré mirándolo a los ojos.

Atrapé su boca con lujuria y lo recosté en el suelo. Mis pantalones se bajaron mientras él abría sus piernas con cierto pudor. Jamás había visto a alguien tener tanto pudor a la hora del sexo. Pese a los meses que había pasado conmigo, así como con mis juegos sucios y perversos, no había cambiado demasiado. Su boca era muy apetecible, pese a que su carmín se había convertido en un borrón de color rojo pálido, y sus piernas eran acogedoras. Tenía los muslos tersos y llenos como los de una mujer. Esos mismos muslos me apretaban contra él mientras movía mis dedos en su interior. Sus gemidos eran similares a los de una chiquilla y sus gestos demasiado atractivos.

—Te amo Julien.

Sus palabras siempre habían reconfortado al demonio que era. Las mismas que yo me negaba a ofrecerle por miedo. Sin embargo, él sabía que yo lo amaba por encima de demasiadas cosas.

—Julien...—jadeó deteniendo mi mano derecha con su zurda, para luego tomar mi miembro con su diestra. Su espalda se arqueó ligeramente y sus labios temblaron por los jadeos.

Entré en él con rabia y deseo. Mis manos se colocaron sobre el escote de su vestido y sin pudor, o remilgos, lo destrocé para poder mordisquear sus pezones. Mis estocadas eran directas y bruscas, y él gemía complacido por sentirme tan desesperado por marcarlo como mío. Cada movimiento era rozar el paraíso, cada gemido era escuchar el canto de los ángeles y cada beso era saborear al fin la verdad más dulce.

Tras algunos minutos llegué a complacerlo. Él llegó instantes antes, quedando sofocado y exhausto bajo mi cuerpo que aún se movía, y cuando me derramé en su interior gimió nuevamente dejando que sus ojos se cerraran. Tenía un rostro hermoso pese a verse deslucido por el maquillaje que ya se había caído, emborronado y convertido en una caricatura horrible de lo que una vez llegó a ser.

—Sabes que te quiero—dije saliendo de él para subirme los pantalones—. Te amo y te soy fiel a mi modo.

—Sí—murmuró.

—No te quiero ver con otro. Mataré al que te toque.


Aquellas frases no le parecieron terribles, sino comprensibles. Era un hombre bien conocido por los hechos violentos que acontecían a mi alrededor. Sabía que no permitiría que nadie me arrebatase su amor. Ni siquiera me lo permitiría a mí mismo con mi falta de escrúpulos. Recuerdo aquellos días como terribles y oscuros. Sabía que él quería demostrarme su independencia buscando a otro. Richard podía leer en mis ojos que lo sabía y que aquello me convertía en un monstruo. Sin embargo, mis regalos, mi afecto, mis palabras tiernas y mi amor por él permanecieron. Rápidamente arrojé al olvido ese desliz.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt