Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 27 de junio de 2017

Bruja

Michael sobre Mona...

Lestat de Lioncourt

Los deseos ocultos que yacían en mi pecho eran tan intensos como su mirada. Podía ver sus ojos verdes seguirme en cada perversa palabra que le profesaba. Mis manos danzaban por su estrecha cintura y sus pechos se movían libres al fin, completamente empapados de sudor y temblorosos por su respiración agitada. Quise morder su cuello como si fuese un vampiro y hundir mi rostro en este para olvidarme del mundo, así como también olvidarme de mí mismo y todas las palabras que le ofrecí a mi corazón enamorado. Estaba embriagado por la locura del momento, por el calor de sus muslos, por la humedad que me ofrecían sus labios y por la verdad que me conferían sus piernas.

Sus largos cabellos de fuego se desparramaban sobre su lechosa piel, la cual parecía haber sido hecha con nieve pura. Su sonrisa era magia pintada en tonalidades cerezas. Sus manos, las manos delicadas y pequeñas de una mujer demasiado joven, se enterraban en mi torso y delineaban mis músculos intentando sujetarse correctamente.

Creí que mi mente se perdía en la oscuridad, así como lo había hecho mi alma. Mis ojos parecían perder color, fuerza y visión. Me sentía como una calavera hueca que acepta el desafío de la Parca, la misma que se concede el nombre de Caronte y me lleva de viaje por la laguna Estigia. Así me sentía. Sí, justo como un muerto a la deriva. Pero no fue así. No lo logré.

Podía notar mi miembro enterrarse en esa pequeña y húmeda abertura, la cual succionaba con fuerza mientras ella me miraba con una pasión desbordada. Ella era toda una revolución para mi sangre, la cual hervía igual que el caldero de las viejas brujas que pertenecían a nuestro linaje. Ante mí tenía una niña hecha mujer, pero no cualquier mujer. Ella era la descendiente de las brujas que no lograron quemar en la hoguera. Su poder era inmenso y, por algún extraño motivo, no me preocupaba morir ante sus caricias.

Galopaba sobre mi vientre haciendo chocar sus caderas, girando en círculos su cuerpo y mostrándose como una sirena perversa. Sonrió para mí, sólo para mí. Pude ver amor, pude ver cariño, pude ver necesidad y también odio. Odio hacia las cadenas que aún me ataban a mi mujer y también a los muros sociales que nos dividían. Si nos hubiésemos conocido en otro momento, en otra época, en otro lugar... ambos hubiésemos sido uno por siempre, pero estábamos en ese salón, en ese tiempo convulso, en esa verdad incómoda y tras un suceso demasiado terrible.


Fui un privilegiado y a la vez quedé maldito. Deshonré a la familia y también mi corazón. No obstante, no puedo jurar que me arrepienta de ello.

lunes, 26 de junio de 2017

Felicidad

Felicidad... qué fácil suena ese título y qué difícil debió ser para Julien escribir esto.
Lestat de Lioncourt


Nos hicieron creer que el amor era cosa de locos y que la felicidad era demasiado breve, frágil y difícil de alcanzar. Nos llenaron el alma de objetos inútiles, frases grandilocuentes e insensibles momentos de consumismo descerebrado. Caminamos por los infiernos de esta ciudad bebiendo de cada botella pensando que el alcohol lograría cicatrizar nuestras almas, así como ayuda a cicatrizar las heridas. Nos evadíamos en las miradas que provocábamos y nos reíamos de nuestro patético destino. La muerte estaba siempre presente rezando oraciones. Nos conformamos con un momento, pero este se alargó en el tiempo y nos dimos cuenta que nos habían mentido.

No es tan difícil ser feliz, del mismo modo que el amor no es pura locura. El amor a veces es lo único que hace falta para unir dos almas que zozobran en un mar injusto, lleno de pecados que son llorados por ángeles egoístas y de miradas impías. Mírate ahora, lee mis líneas y suspira una vez más. ¿Recuerdas el tono de mi voz cuando te pedía disculpas? Apenas lo hice en un par de ocasiones, pero fue porque realmente las merecías. ¿Vienen a tu mente las palabras de amor que te regalé la primera vez? Por supuesto, así como las últimas y las más cotidianas. Cierra los ojos, recupera el aroma de mi colonia y sonríe una vez más. ¿Eres dichoso ahora? Tal vez no en estos momentos, pues el duelo es reciente. Sin embargo, estoy ahí. No sé como explicarte las cosas que nunca pude, pero sólo créeme. Estoy ahí, estoy aquí.

Todo lo que nos hicieron creer es basura. Los grandes miedos que ambos vivimos debieron ser dilapidados al grito de libertad. Sin embargo, la sociedad nos llenaba de miedos. Pero no debíamos temer, pues nada teníamos que perder y sí mucho que ganar. Debimos romper los preceptos sociales y decirles a todos que su cultura del odio, de la normalidad y la honra, eran fruto de un Dios egoísta y una religión pueril de sádicos engreídos.

Dios dijo que nos amásemos y lo hicimos. Dios dijo que debíamos perdonarnos y lo hicimos. Dios dijo tantas cosas, Richard. Si bien, ¿merecemos ser llamados hijos de Dios? Mejor te lo planteo de otro modo... ¿Crees que merece Dios ser nuestro creador, padre todopoderoso y guía? No. No lo merece. No merece este amor tan puro, pues es más puro que el batir de alas de sus ángeles. Tal vez nunca fui tan cursi como ahora, pero tal vez me arriesgo porque no me estás viendo escribiendo estas líneas, completamente tullido y desesperado porque se que me muero.

Hoy has venido tan hermoso y encantador como siempre. Has sonreído como si el día no estuviese nublado. Te has sentado a mi lado, has tomado mis manos y te has engañado a ti mismo. Sabes que físicamente nunca te he sido fiel, pero mi alma te ha pertenecido desde la primera vez que nos vimos. Sin embargo, has negado incluso eso. Has enterrado en el jardín todo lo que no querías de mí para quedarte con lo puro, con lo bueno, con lo necesario, con lo que tú y yo teníamos.

¿Cuántos años? Creo que son más de diez. Eras apenas un niño y ahora puedes considerarte todo un joven apuesto, con dotes empresariales y un sueño demasiado honesto entre tus manos. Y yo me he convertido en un anciano al borde de la muerte. El gran Julien Mayfair se apaga y su verdadero amor no podrá llorar en su funeral como una de tantas viudas. ¿Lo crees justo? Yo no. No lo veo justo, cariño.


Aún así esta carta está escrita con los pocos alientos y fuerzas que tengo. Tal vez me marche mañana, pasado mañana o dentro de tres días. Sin embargo, mi fin está cerca. Sólo quería tener agallas para decir todo lo que no te dije. Ahora simplemente se libre y feliz. Por favor, hazlo por todos esos llantos que te hice pagar por mi estupidez.  

viernes, 1 de julio de 2016

Primer amor

Julien y Richard tuvieron una relación oculta durante algunos años, pero no pudieron dejar de estar unidos. Se amaban. Esto es algo que ha recordado Julien... digamos que me visita de vez en cuando para obligarme a contar esto.

Lestat de Lioncourt 


—¿Cómo te llamas?—pregunté tomando asiento junto a él. Aquel bar de mala muerte cerca del puerto me había dado suerte esa noche. La partida de poker no comenzaba todavía y ya había divisado el mejor premio de todos.

—Largo—dijo.

—¿Por qué?—dije—. ¿Acaso hay alguien que pueda darte mejor compañía que la mía?—comenté seguro de mí mismo.

Siempre he parecido un hombre seguro al hablar y me he desenvuelto bien en este mundo lleno de pecado y mentiras. Creo que me coroné como rey de las mentiras años atrás antes de conocer a ese muchachito enfundado en aquel coqueto traje tan ajustado lleno de flecos y que a duras penas el largo llegaba por sus hermosas rodillas. Parecía una sirena esperando alimentarse de las almas de los marineros que se dejaban caer por aquel tugurio. La tenue luz del local añadía un toque mágico a sus labios rojos y esos ojos oscuros llenos de vida salvaje. Tenía carácter.

—No soy una puta—respondió molesto sin siquiera girarse para mirarme ya que podía observarme en el reflejo del espejo que tenía el barman a sus espaldas.

—No pretendo que seas mi puta—susurré inclinándome cerca de su oreja izquierda—. Aunque si quieres puedes serlo todas las noches. Me gusta castigar cuerpos tan jóvenes y hermosos como el tuyo—me aparté riéndome al percatarme como sus mejillas se habían encendido como si fueran farolillos de feria.

—¿Qué pretendes? Dime—preguntó girándose para verme directamente a los ojos.

—Me llamo Julien Mayfair y necesito que una belleza como la tuya me traiga suerte en la timba ilegal que se hace en la bodega—fui totalmente sincero. Realmente quería que esa hermosa sirena estuviera a mi lado hasta el amanecer.

—Julien... Mayfair...—murmuró mi nombre y luego noté como todo su cuerpo vibraba por el nerviosismo—. La mitad de la ciudad es tuya...

—Bueno, he tenido cierta prosperidad en los negocios—respondí—. Pero ayuda una buena base económica para empezar y un poco de suerte. Tú me la darás. Estoy convencido de ello. Quédate conmigo y te pago todas las copas que quieras—comenté con una sonrisa canalla en los labios—. Aunque si quieres luego podemos salir a celebrarlo.

—Cobro algo más que copas...—afirmó—. No soy una mujer...

—¿Y crees que yo estoy interesado en mujeres?—pregunté—. Mi matrimonio sólo ha sido un espejismo para ocultar una verdad que grita en mi interior, surge como una horrible oración y termina muriendo en los gemidos de mis amantes—nada más terminar esa frase sus mejillas ardían de nuevo y el nerviosismo era aún más evidente—. Podría enseñarte cosas maravillosas que te harían desear que te ate a la cama para siempre.

—Mi nombre es Richard—dijo muy bajo—. Pero puedes llamarme como quieras...

—Te llamaré bombón porque creo que me vas a gustar tanto como el chocolate—dije mientras sacaba mi pipa para encenderla.

—Que risa...—escuché entonces a Lasher muy cerca—. Julien, ¿eso es amor a primera vista?—dijo rodeándome por la espalda. Sus manos invisibles se apoyaron en mi torso y sus labios, fríos y sensuales, rozaron el lóbulo de mi oreja derecha—. Es muy joven para ti... pero... nos acompañará esta noche de trampas ¿no es así? ¡Qué risa! ¡Qué risa! ¡Qué risa! ¡Qué risa!


Fumaba entretanto él hacía su espectáculo. Hacía años que me había acostumbrado a su presencia, sus intervenciones y su maldito comportamiento. Nada ni nadie enturbiarían esa noche que conservaría hasta el fin de mis días mortales y que aún hoy todavía conservo pese a ser un simple fantasma. ¿Cómo olvidar el primer amor? Es imposible.  

lunes, 28 de diciembre de 2015

Mi adorada Stella

Yo conocí a Stella, pero su historia me la contaron otros. Yo sólo vi a una niña fantasma, muy similar a Claudia en tamaño y en edad. Sólo eso. Lo demás lo tuve que averiguar de boca de los Mayfair y Talamasca. Igualmente pasó con Lasher.

Lestat de Lioncourt


—Déjame—dijo acomodándose el peinado.

Había cortado su pelo hacía poco. Tenía un corte llamativo, muy común en esa época, que en ella quedaba demasiado bien. Podía contemplar perfectemente su largo cuello de cisne, de piel blanca y carne suave. Su aroma era delicioso. Cuando se perfumaba solía quedarme cerca de ella, aspirando su aroma como si fuese una flor, mientras mis manos se deslizaban bajo sus faldas cortas e insinuantes.

—Déjame—repitió arrugando su frente, frunciendo así sus cejas negras perfectamente delineadas.

—Qué risa...—susurré cerca de su nuca, dejando que mi aliento erizara su piel.

Tenía los pechos turgentes, aunque no demasiado grandes. Sus caderas eran amplias, pero su cintura estrecha, y le daba una hermosa figura similar al de una guitarra. Creo que había logrado captar la belleza de su padre, Julien Mayfair, en esos ojos azules y profundos. Tenía una mirada de fiera increíble y nadie cuestionaba que sus palabras eran firmes, aunque todos creían que estaba algo perdida.

—Impulsor... —su respiración se hizo agitada cuando logré bajar sus medias, así como su ropa interior, provocando que mis fantasmagóricos dedos se introdujeran dentro de su vagina.

Tan sólo tenía dieciocho años, pero ya nos conocíamos demasiado bien. Habíamos jugado demasiado al gato y al ratón. Éramos viejos conocidos de gemidos y arañazos, así como de súplicas y sábanas arrugadas. Ella entrecerró los ojos sin perder detalle a su rostro en el espejo, el cual dejó de mostrar serenidad para ser reflejo de su pecaminosa alma. Sus labios, pintados con un apasionado rojo, se abrieron mostrando sus pechos dientes. No dudó en abrir bien sus piernas y dejar que mis juegos prosiguieran.

Sus manos, pequeñas y cálidas, acabaron sobre sus propios pechos oprimiéndolos. Sentía que el aire se le escapaba, que no podía contenerse, y soltó un terrible gemido. Con firmeza la arrojé al suelo y le abrí las piernas, para introducir mi miembro fantasma en ella abarcándola por completo. Su clítoris dilató y sus rodillas temblequeaban, como toda su figura, mientras rogaba que la rompiera por la mitad.

Durante varios minutos sus gemidos aumentaron en número, pero también se elevaron en sonido, su espalda hacía hueco con el suelo y sus caderas se alzaban. Sus manos oprimían cada vez más sus senos, los cuales fueron liberados abriendo los botones de su rebeca y rasgando su blusa. Los botones se diseminaron por la habitación rodando de un lado a otro, rebotando y cayendo incluso bajo la cómoda. Su sujetador de encaje negro, tan delicado y llamativo, terminó sobrando mientras ella lo bajaba para mostrar sus redondos y duros pezones.

—Lámelas, lámelas... hazme sentir tu lengua—rogó con los ojos obnubilados por el placer y la voz tomada por la lujuria.

No dudé en apretarlos con mi boca, provocando que gritara de deseo, mientras sus manos se aferraban a mi cabello. Ella podía verme perfectamente. Contemplaba al hombre bien vestido, de cabello oscuro y ojos claros que tan bien conocía. Podía sentir el vello de mi rostro contra la aureola de su pezón, así como el peso de mi cuerpo inmaterial. Y yo, como no, me sentía más vivo y dichoso complaciendo a mi bruja.


Stella, oh mi Stella... ¡Cuánto extraño esos juegos!  

jueves, 24 de diciembre de 2015

Leche derramada en el jardín del Edén

Lasher regresa... señores.

Lestat de Lioncourt 


Las luces de la casa estaban encendidas. La vida parecía haber regresado al hogar, con una calidez que hacía tiempo que no se sentía y con unas risas tan fuertes que parecían mover los viejos cimientos, y el jardín estaba iluminado tímidamente con algunas luces de colores esparcidas cerca de los arbustos. La noche no era demasiado fría, pero sí húmeda y algo ventosa. Los árboles movían sus copas ligeramente vacías y la hojarasca hacía tiempo que se había convertido en un habitual de la acera próxima. El tráfico era nimio y las casas colindantes parecían festejar del mismo modo el nacimiento de Jesucristo.

La vieja cancela, gruesa y de cerradura profunda, estaba ligeramente abierta. Parecía una vieja señal, un recuerdo, a lo que había sido él y toda su historia. De vez en cuando una ráfaga de aire la movía haciéndola sonar como en una película de ciencia ficción. Sin embargo, nadie salía a cerrarla porque nadie notaba su crujido. La música era demasiado alta, así como las conversaciones aceleradas y bañadas en alcohol, como para poder percatarse de aquel murmullo incesante.

Bajo el roble se hallaba aquel pequeño montículo, ya cubierto de una espesa capa de césped, donde nadie había dejado siquiera una rosa en su nombre. La fecha era la clave. La hora pronto iba a darse en el reloj del salón y él, como no, estaba a punto de echarse a llorar. Algunas nubes se acercaban al techo de la vivienda, revueltas y oscuras, deseando descargar la lluvia que se precipitaría como un alivio para su alma.

Metió sus grandes y suaves manos, tan suaves como las de un niño y tan manchadas de sangre como las del criminal que era, en los bolsillos de su elegante pantalón. Vestía de smoking, igual que cualquier invitado de la gran fiesta de la familia Mayfair, y poseía unos elegantes zapatos italianos que le daban el toque idóneo a su aspecto aseado. Sus enormes ojos azules mostraban el dolor, la amargura y las esperanzas rotas que se acumulaban en cada rincón de su alma. Suspiró pesadamente y echó a caminar por el sendero, para luego entrar a la parte trasera del jardín.

Allí, a un lado, estaba la piscina donde Stella Mayfair solía nadar y donde ahora lo hacía Rowan Mayfair, la que fue su madre. Con cierto temor, aunque también curiosidad, se aproximó al borde para contemplar sus rasgos tan similares a sus padres. Era una mezcla genética excepcional que le hizo desear reír, pero sólo sonrió amargamente apartándose del borde y contemplando las estrellas.

Era noche cerrada. Quedaban unos minutos para las doce. Dentro todos parecían haberle olvidado. El nombre de Lasher se había desvanecido, el Hombre era un cuento para que los niños no pudieran dormir de noche y el Impulsor era sólo una vieja creencia que ya se había devaluado con el paso del tiempo.

Echó la vista atrás, en sus recuerdos, y sintió vértigo. Tuvo que apoyarse en uno de los muros de la mansión mientras venían a él las frases con voces distorsionadas, imágenes cargadas de aromas y sentimientos mezclados, que le embriagaban más que una copa de ponche. Se humedeció los labios con la punta de su lengua y tembló. Parecía confuso, como cuando tuvo que escribir su historia porque perdía el hilo de los acontecimientos, aunque recobró la compostura.

—Mis brujas...—murmuró—. Suzanne, Deborah, Charlotte, Jeanne Louise, Angelique, Marie Claudette, Margerite, Julien, Mary Beth, Stella, Antha, Deirdre y Rowan... Trece brujas y una puerta... trece amantes y una madre—dijo abrazándose a sí mismo.

Entonces escuchó a su padre, brindando por su nueva familia, y sintió que su corazón se oprimía. Un corazón que no latía realmente, pero que ahí estaba. Se acercó a la ventana y observó a la joven de ojos profundos y azules, piel de mármol y labios carnosos entonar una carcajada fresca. Ella era una hembra de su raza, una mujer que ya conocía porque su espíritu le era familiar.

El olor de las hembras podía sentirlo como si fuese una jauría de perros lanzándose a su yugular. Era inquietante poder reconocerlo pese a ser un espectro, a volver a ser un ente sin cuerpo. Entonces trazó un plan. Decidió quedarse allí, aguardando, mientras todos iban adulando a la joven y hermosa hija de Michel Curry y Rowan Mayfair. Una hija engendrada gracias a otra hembra Taltos que bailaba girando como una niña, completamente absorta, por la música que sonaba. Un joven y robusto joven, también un macho como él lo había sido, guardaba silencio con una taza de leche caliente en la mano. Había otra hembra, pero mucho más seria y desafiante, que no parecía querer participar en la fiesta aunque seguía el ritmo moviendo su pie derecho insistentemente.

Allí quedó contemplando la vida, una vida que ya no era suya. Lasher había regresado. Un día de navidad. Otro día como aquella noche. Había vuelto para quedarse. Deseaba esa mujer, la mujer Taltos que poco a poco fue reconociendo.

—Eres hermoso incluso como mujer—dijo con un brillo melancólico en sus ojos.


Sí, sin duda era el viejo brujo. Él había vuelto a la vida y había ocupado el cuerpo de la que iba a ser la heredera. Al fin había logrado ocupar el lugar que siempre le correspondió y llevar la pesada esmeralda entorno a su delicado cuello de cisne.

“Regresará el cordero al rebaño con los ojos tristes, el alma rota y los deseos renovados. Volverá con un sueño cruel agitando su corazón, con la venganza en sus labios y las manos heladas como su alma. Querrá hacerse con el poder y lo hará con calma. Será la oveja blanca entre las demás, siendo negra como sus intenciones, porque sólo la maldad acaba venciendo. La bondad no dura demasiado. La pureza sólo debe hallarse en la leche materna y en las sábanas donde el pecado queda plasmado.”  

jueves, 12 de noviembre de 2015

Oportunidades de amar y desear.

Michael y Rowan son dos seres opuestos que se han convertido en uno mismo. No pueden estar el uno sin el otro. Yo lo sabía cuando la conocí. Acepté eso. 

Lestat de Lioncourt


El aroma de su perfume le perseguía. Era como si estuviese intoxicado por la sensación, fresca y agradable, de su cuerpo desnudo contra el suyo. Cada vez que cerraba los ojos se amontonaban en su mente pequeñas fracciones de segundos, algunas demasiado excitantes, que le decían continuamente que debía volver a encontrarla, yacer una vez más en aquella cama y olvidarse de los demonios que le perseguían. Sin embargo, continuaba su viaje como si fuese un náufrago a la deriva.

Debía regresar a casa, aunque no existiese ya nada que le vinculara con aquella ciudad llena de edificios destruidos por el tiempo, la dejadez y los pesados recuerdos que siempre, siempre, formaban griegas ante sus ojos. La luz parecía diferente, incluso el aire era distinto, cuando paseabas por las tumultuosas calles de Nueva Orleans. No importaba donde miraras. Era una ciudad de mezcla, historia y secretos. Uno de esos secretos era el misterioso sentimiento que tenía hacia una de las viviendas más reconocibles de First Street.

Michael no podía dejar de rememorar el hermoso jardín descuidado, aunque gigantesco y frondoso, donde solía vislumbrar a un hombre que le contemplaba, sonreía y animaba a seguirlo con la mirada. Cuando era niño jamás sospechó que fuese un fantasma, incluso en esos momentos desconocía que era una fuerte presencia que pertenecía a la familia desde hacía siglos.

Cuando salió del taxi y se abalanzó contra la cancela, cayendo a los pies de aquel ser inmutable y maravillosamente vestido, se percató que había hecho quizás el último viaje de su vida. Si tenía que morir sería en aquella ciudad, en ese mismo jardín y comprendiendo al fin la verdad que tantos años había permanecido enterrada, igual que las raíces del gigantesco roble que presidía el camino de la entrada.

Durante los días siguientes aprendió y comprendió mejor a los Mayfair que muchos de ellos. Supo entonces que quizás no fue sólo el destino, sino una mano oculta quien movió los hilos de su vida. Rowan, la doctora Mayfair, no había aparecido por arte de magia. Ella era parte del rompecabezas que le provocaba un terrible dolor en su pecho y en su alma. Había codiciado a esa mujer desde que abrió la puerta de su vivienda en San Francisco. Fue un flechazo directo, sin tapujos, que desnudó su alma dejándola a merced de sus finas manos femeninas.

Había momentos en los que descansaba sus terribles lecturas, dejando a un lado los archivos que habían llegado a sus manos gracias a Aaron Lightner, y cuando lo hacía la imaginaba desnuda, con sus pequeños pezones duros y su escaso vello púbico de color dorado, como su ondulado cabello rubio. La codiciaba bajo su cuerpo, mucho más voluminoso y de piel ligeramente tostada debido a su duro oficio, gimiendo su nombre, enterrando sus uñas en sus omóplatos y moviendo sus caderas con lujuria. Recordaba perfectamente su estrecha vagina conteniendo su miembro viril, completamente henchido y recubierto de gruesas venas que le ofrecían vigor, en un cubículo húmedo, cálido e idóneo para el placer. Incluso podía verse así mismo saliendo de ella, para inclinarse sobre su vientre y bajar hasta aquella boca húmeda que contenía su preciado clítoris. Su lengua se movía en pequeños círculos, retirando la fina piel de aquel punto de placer femenino, para luego introducirse lentamente en su delicioso orificio. Ella estiraba sus manos, metía sus dedos entre sus espesos rizos negros y tiraba de su cabello con fuerza para pegarlo contra ella. Incluso podía escuchar los gemidos, jadeos y palabras sucias que ambos pronunciaban. No dudó en rememorar sus carnosos labios contra su glande, rodeándolo y ansiándolo, del mismo modo que no pudo dejar atrás la imagen de aquella lengua que azotaba con seductoras caricias desde la punta hasta la base de sus testículos. Michael la deseaba como los antiguos griegos deseaban a Afrodita.


Sabía que la próxima vez que la viera tendría que contenerse, pero que en cuanto tuviese ocasión la haría de nuevo suya marcándola con su boca, torturándola con sus manos y apretando sus pechos contra su torso. Deseaba sentir el calor de sus muslos, tan ardientes como acogedores, mientras se impulsaba dentro de ella. Quería escuchar clamar su nombre entre gemidos, jadeos y tortuosos suspiros. Ella debía volver a estar bajo sus dominios, pero también libre subida sobre él provocándole con sus senos al aire, mostrándose decidida y complaciente.  

domingo, 1 de noviembre de 2015

Los Mayfair os necesitan... Talamasca está alerta... La Tribu también. 













Desde hacía días la casa estaba abandonada. La familia Mayfair al completo habían pedido que se reformara nuevamente todas las habitaciones, para que pudieran limpiarse, repararse y adecentarse para la venida de un nuevo miembro en la familia. Mayfair and Mayfair habían dado el visto bueno al nuevo proyecto vital de Rowan Mayfair. Ellos necesitaban una heredera y ella quería ofrecerle una hija a Michael, el cual se había mantenido a su lado pese a sus grandes deseos de ser padre. Gracias a labores de investigación, embarazo asistido y diversos protocolos para elegir la madre apropiada, así como para modificar el óvulo con la genética de la bruja científica, la poderosa y prestigiosa Doctora Rowan Mayfair, habían logrado engendrar a un descendiente. La vivienda, por lo tanto, iba a ser reformada en una de las viejas habitaciones, la cual quedó cerrada a cal y canto tras el despropósito de Lasher.

La habitación de la segunda planta, junto a la habitación principal de ambos progenitores, iba a ser para un recién nacido que acabó poseyendo una genética y unos poderes imposibles de controlar, así como unas ansias de venganza y destrucción demasiado evidentes. Aunque Lasher se redimió jamás fue aceptado por la familia y acabó asesinado a manos de su propio padre, bajo el símbolo de un martillo y las heridas evidentes de una lucha feroz por la supervivencia.

Pocos ajenos a la familia sabían la historia. Era algo que únicamente los familiares más directos conocían con cada detalle, incluyendo en el lugar que ocupaba el cuerpo del primogénito de Rowan, y por ello habían pedido discreción a la hora de llevar acabo las reformas. Michael había contratado a sus propios hombres, los de su empresa de reformas y construcción, llevando un proyecto único y especial que le hiciese olvidar los malos momentos vividos en aquella mansión que parecía llena de vida, pero no únicamente por aquellos que aún les latía el pulso.

Ya no era el hombre joven que fue en la primera reforma, con la cual se comprometió ante una mansión en ruinas carcomida por la humedad y el paso del tiempo, sino alguien que se aproximaba a los años dorados de cualquier hombre. Por ello, y porque quería evitar malos presagios y recuerdos, decidió vigilar cada paso del mismo desde la lejanía y frialdad de un portátil. Las videoconferencias se hacían habitualmente a media tarde, justo en la hora del descanso de la mayoría de su equipo. Sólo tenían que mejorar ciertas grietas que se estaban realizando tras las pasadas lluvias, mejorar el suelo de la cocina y reconstruir la habitación.

Cuando los obreros abrieron el cuarto del bebé, así como su armario de laca blanca y adorables diseños infantiles, se hallaron con cuantiosa ropa que todavía poseía etiqueta. La cuna estaba intacta, aunque cubierta de polvo. Los juguetes parecían contar una historia que nunca tuvo final feliz. Muchos de ellos se sintieron intimidados por varios peluches que parecían dormir en una de las repisas. Los sonajeros estaban allí, cubiertos de polvo y recuerdos, como si todavía esperaran ser alzados por una graciosa mano infantil. En ese momento, como si el mundo quisiera acabar en ese instante, unas nubes negras cubrieron gran parte de la avenida. Éstas parecían correr en todas direcciones, arremolinándose entorno a la localización de la vivienda, para descargar su furia incontrolada.

Los árboles del jardín parecían moverse con furia, los cristales de la planta inferior, cercanos al corredor que daba al comedor, estallaron y un gemido terrible, como si alguien gritara desde las entrañas de la tierra, surgió junto a un trueno que inició una tormenta perfecta. Tan sólo a unas casas el cielo estaba únicamente nublado y al final de la avenida, la popular First Street, lucía un sol magnífico de un otoño ligeramente fresco.

Michael fue testigo de lo ocurrido. Sus hombres bromeaban sobre los espíritus que contenían los juguetes. Él no lo hizo y tan sólo pidió que empaquetaran rápidamente cada objeto para la beneficencia, pues había adquirido nuevos juguetes para su futura hija. Rowan no estaba presente en aquella llamada, ella se encontraba en el hospital junto a la futura madre de su hija.

Pierce llamó horas más tarde a Michael. Hablaron durante más de una hora sobre temas ligeramente relevantes, pero ninguno habló del suceso de la extraña tormenta que incluso había salido en las noticias locales de primera hora de la noche. Ambos hicieron un silencio absoluto sobre el tema, pues los dos conocían la historia de Lasher y su forma de mostrar tristeza y desacuerdo. No fue así con otro viejo amigo. Yuri Stefano telefoneó poco después a Michael, justo cuando Rowan estaba a punto de llegar del hospital.

—¿Tienes cinco minutos para un viejo amigo?—preguntó desde el otro lado de la línea telefónica—. ¿O ya te es imposible reconocer mi voz?—dijo tras una ligera risa llena de significado y matices.

—Llamas por ese espíritu. No tengo miedo y mi mujer tampoco lo tendrá—respondió—. Pude con él una vez y podré de nuevo.

—¿La niña ya ha nacido?—aquella pregunta dejó helado a Michael.

—¿Cómo sabes que vamos a tener una niña?—dijo rápidamente incorporándose de la mesa, para caminar por toda la habitación del hotel.

Estaba en una de las habitaciones del hospital Mayfair. Eran habitaciones para familiares de enfermos que debían viajar hasta la ciudad, no encontraban hotel y decidían estar cerca por cualquier motivo sentimental o práctico. La habitación no parecía la de un hospital, pues ni siquiera olía a antiséptico. Las paredes poseían un papel pintado agradable en color crema, cuadros de relevantes pintores de la ciudad que se basaban en las festividades más notables, un escritorio cómodo y útil de madera noble, una cama amplia con ropa de cama agradable al tacto y diversos enseres necesarios para pasar más de unos meses allí. Poseía incluso una pequeña cocina, con nevera y horno, así como un cuarto de baño con un pequeño mueble para guardar el neceser y algunas prendas. Era como un pequeño apartamento y lo conocía muy bien. Sus pies se movían sobre la moqueta sin necesidad de zapatos. Estaba descalzo, sintiendo el tacto de aquel suelo agradable, mientras escuchaba aquella voz recordándole que Talamasca siempre sabía todo.

—Las noticias vuelan, ¿no sabes lo ocurrido con La Orden en éstos años?—su voz parecía dulce, pero a la vez tan madura que le costaba reconocer al muchacho que conoció hacía casi dos décadas.

—No, ni me importa demasiado. Últimamente me he centrado demasiado en mi familia, mis proyectos empresariales y en cuidar mi propia alma. Sé que iré al infierno por todo lo que he hecho, pero por ahora quiero salvarla de algún modo—explicó tomando asiento en los pies de la cama y, por supuesto, arrugando ligeramente las mantas color marengo.

—Iré al grano—dijo—. Los Ancianos eran un espíritu, un fantasma y un vampiro milenario casi tan antiguo como el Antiguo Egipto—añadió sin preámbulos—. Los espíritus nos rodean y nos cuentan cosas, Michael. Esa niña ya perteneció a la familia y puede que Lasher esté vivo de algún modo, si es que se puede llamar vida a ser un fantasma—explicó.

—¿Perteneció a la familia?—dijo apretando el auricular—. ¿Eso es posible?

—¿Has tenido un Taltos?—respondió con cierto sarcasmo.

En ese momento tocaron a su puerta, pero no esperaron a que él abriera. Era Rowan y estaba agitada. Cuando vio la expresión de su mirada lo supo. La niña estaba en camino. El embarazo estaba a punto de terminar. La niña nacía.

—¿Michael?—se escuchó tras el otro lado, pero él no contestó.

Michael había arrojado el teléfono sobre la cama, para lanzarse al pasillo camino a la sala de partos. Allí el milagro de la vida estaba llevándose a cabo.

Al otro extremo de la calle, en una esquina, observaba el hospital un viejo conocido de New Orleans. Era un hombre atractivo, de cabellos oscuros, y ojos ámbar. Allí situado, con su gabardina gris y su aire misterioso, como inglés, se percataba de los cambios hechos en el mundo. Había un joven delgado, con el flequillo rubio revuelto sobre su frente, y unos ojos violáceos que miraban con desasosiego el impresionante edificio Mayfair. Ellos ya sabían lo que estaba ocurriendo sin necesidad de involucrarse con el resto, pues sus finos oídos vampíricos habían escuchado claramente lo que ocurría, incluso los llantos fuertes de aquel bebé de indefensa apariencia.

—Ya poseen su “Jardín Sagrado”... y al parecer el guardián lo sabe—musitó.

—David, ¿te refieres a que Lasher ya sabía que iba a nacer hoy?—preguntó con las manos en los bolsillos de su amplia sudadera roja.

—Sí, y la lluvia no significa siempre tristeza, pues no siempre se llora cuando se siente dolor.



viernes, 1 de mayo de 2015

Cordero

Lasher me provoca siempre sentimientos encontrados. Cuando conocí la historia de los Taltos, gracias a la familia Mayfair, comprendí que no todo en éste mundo puede ser juzgado desde sus inicios y que puedes apreciar el dolor incluso en los más terribles villanos. 

Lestat de Lioncourt 

El cordero de Dios se desvió del camino y decidió caminar entre las sombras. Allí el dolor ennegreció su corazón, del mismo modo que fortaleció su alma y convirtió en sus deseos en horribles pesadillas. Sus sueños quedaron muertos, asesinados a sus pies, mientras Dios sonreía maravillado. El pobre cordero sufrió por un penoso error, buscó siempre la salida al laberinto y se convirtió en el Minotauro, un verdadero monstruo, que caminaba en el paradisíaco jardín. Observaba el mundo, pero no podía disfrutarlo. Había muerto. Sus huesos estaban convertidos en polvo diseminado más allá de las estrellas, aunque su alma seguía buscando el edén y la verdad. Caminaba con aquellos ojos azules desasosegados, pero llenos de lágrimas esperanzadas. Creía en Dios, en la venida de él como el Mesías que respondería a las terribles preguntas que él se hacía y dejaría su trabajo como oráculo de los desaprensivos que una vez amó.

Me convirtieron en santo desde el día de mi nacimiento. Decidieron coronarme con un destino que yo no había pedido. Era un monstruo. Mi madre gritó al verme nacer y me echó de su lado. Podía caminar, comprender y sentir dentro de mi corazón todas las emociones de un adulto, aunque con el conocimiento limitado de un niño. Rebasaba en más de una cabeza a mi padre. Era hijo de noble cuna, de una descendencia desafortunada, y a mi madre le cortaron la cabeza tachándola de bruja el día de mi nacimiento. Tuve que soportar ese dolor como si fuese un adulto, pero en realidad sólo buscaba en mi padre la bondad que siempre creí que el mundo tendría para mí.

Yo recuerdo ver el mundo con los ojos de un niño. Era simple y monstruoso. Quería buscar el afecto y sólo encontré disculpas a promesas vacías, habladurías, falsos milagros y miseria. Fui condenado al destierro, a ser un fraile y andar descalzo para limpiar mi alma. No comprendo porque se condena a un niño a limpiar su alma. Yo era un monstruo, pero a la vez un santo. Pocos sabían el nombre exacto de mi raza de gigantes: Taltos.

Mi propio padre me hizo llevar ante él. Pensé que sería para glorificar su afecto hacia mí. El día que llegamos la primera vez a nuestro hogar, allí en aquel frío valle, vi la imagen de Jesús siendo adorado y amado. Era un niño divino. Yo también era un niño por ese entonces. Quería ser adorado de ese modo. Quería sentir el amor que no tuve en mi nacimiento. Pero había cometido mis propios pecados, pese al hambre y los pies descalzos. Sin embargo, él rogó verme y contemplar de nuevo mi rostro, similar al suyo, y eso me hizo caminar al matadero.

Me sacrificaron. Mi propia familia me sacrificó. Me expuso al peligro y me ofreció a su bondadoso Dios. Ardí en una pira de seres que lamentaban su destino. Moría por ser un Taltos después de haber sido obligado a engendrar a otros con unas desagradables criaturas. Esas criaturas eran seres deformes, pero poseían un aroma similar a una hembra de mi especie. Jamás conocí lo que era el amor por una mujer de mi tribu, nunca supe que era ser abrazado con cariño y la felicidad no tocó a mis puertas. Conocí el llanto, el dolor y la amargura por tomar un camino distinto que ni siquiera yo elegí. Dios me condenó. Me condenó a ser el eterno cordero perdido entre los designios divinos.


Mi espíritu quedó en la tierra, atado a un deseo insaciable de amor y triunfo. Quería ser amado y respetado como jamás lo fui. Necesitaba una compañera que me comprendiera y unos ojos similares que me mostrasen el paraíso. Entre las viejas ruinas de mi tribu, ya casi desaparecida, se alzó una mujer que me llamó mientras bailaba con su hija. Decidí servirlas y usarlas como marionetas, del mismo modo que a mí me usaron. A su linaje le di poder, riquezas y cierta felicidad pese a sus muertes tempranas. Les ofrecí todo lo que a mí no me dieron. Me convertí en su genio de la lámpara, en el oráculo al cual visitar para sus negocios y en el fantasma de una mansión sureña en New Orleans. Me convertí en el Impulsor, el Hombre... hasta que al fin pude decir mi nombre: Lasher.  

viernes, 2 de enero de 2015

Mi amor, tu amor, nuestro amor...

En este momento escribo esta carta en la más absoluta penumbra. La vela se consume. Me siento trasladado a otra época remota donde fui mortal, pero revivo momentos que tuve en un mundo tan real como actual. Saboreo cada instante como si fuera una gota de sangre que recorre mi garganta, calienta mis mejillas y alienta a mi alma.

Si tuviera que robar un momento perdido en el tiempo para volver a rememorarlo, disfrutándolo otra vez, sería aquel beso bajo el árbol de tu jardín. Podía sentir tus manos sobre mi cuerpo, mis labios pegados a tu cuello y el deseo brotando de ambos como si fuera fuego. Te deseé de una forma que jamás creí hacerlo, pero no me cegó la pasión. Ya estaba maldito. Sabía que te podría condenar a un infierno peor que cualquiera imaginable. Supe que debía protegerte de mí, de ti y de todo lo que se considera sagrado en este mundo. El dolor, el pecado y la maldad se mezclaban en mi sangre convirtiéndome en un proscrito ante todos.

Ahora soy príncipe de los condenados al infierno de una voz que los alienta a retorcerse entre sus tumbas diurnas. Pude llevarte conmigo, a mi sepulcro de sábanas de seda y pétalos de rosa, pero no fui capaz de exponerte al serio peligro de una muerte probable. Te mentí, aunque no lo hice con dolo. Yo sólo quería protegerte. Necesitaba abrazarte por última vez, hacerte creer que era posible y desaparecer dejándote la esperanza en los labios. Tenía miedo de decirte que alguien en mi interior me alentaba a destrozar a otros. Alguien conocido por todos. Un ser que destrozó a una mujer que yo amaba, la Reina de todos.

Rowan, perdóname. Por favor, perdóname. Yo te he amado de una forma pura y sincera. Te sigo amando a mi modo. Tengo tu recuerdo en mi corazón, bordado en mi alma. Jamás te he mentido en mis sentimientos. Quedé rendido ante tu belleza, inteligencia, pasión y fuerza. Eras tan distinta a todas las mujeres que viven en esta época, tan plástica y banal. Te forjaste una carácter, creaste una verdad y te mostraste desafiante ante los problemas que surgieron. Juro por todo aquello que amo, amé y amaré... que jamás he vuelto a encontrarme a una mujer como tú y que dudo poder hacerlo. Michael es afortunado al tenerte a su lado, y sé que tú eres afortunada al tenerlo junto a ti. Sin embargo, jamás dejaré de imaginarnos juntos bajo ese árbol, besándonos como esa noche y con la oportunidad de tocar el cielo con la punta de los dedos.


Te prometo que jamás dejaré de amarte. Mi amor, como yo, será eterno y siempre estaré profundamente agradecido al destino por haberte conocido. Estaré siempre en deuda porque te he amado y amaré...

Lestat de Lioncourt  

jueves, 30 de octubre de 2014

Mayfair Witches...

Julien Mayfair en una vieja carta... Acepto que me cae bien a ratos, ¿de acuerdo? Esto lo demuestra. Me cae bien cuando escribe cosas así. 

Lestat de Lioncourt


La vida se puede acumular como el polvo. Cada mota es un recuerdo. En la estantería del ayer puedo encontrar viejas notas que se acumulan como hojarasca en las calles. La noche de la tormenta quedó atrás, como si nada hubiese importado, y pero aún hay terribles ráfagas de viento agitan las copas de los árboles. Puedo escuchar el sonido de las voces que me llaman, la música del victrola sonando, y el crujido de la madera. La mansión sigue alzándose tras las verjas de hierro oscuro. Muchos contemplan su fachada como si fuera un bucólico icono de la ciudad, otros temen sus paredes y extraños ruidos que rezuman de cualquier esquina. Se puede sentir los ojos clavándose en los viandantes. Han asumido que estamos hechizados, completamente inducidos en un trance único, y que no hay nada que se pueda hacer.

La oscuridad es silenciosa, pero los grillos del jardín rompen el encanto. Todo parece igual que ayer. No hay cambios. La sangre derramada sobre la alfombra, el sonido seco de la caída de Antha desde la ventana, el murmullo de los cristales rompiéndose en mil pedazos, el eco de las últimas gotas de lluvia lavando las aceras y el mecer del dondiego del jardín. Todo es parte de la casa. Está igual. No hay cambios apreciables. El polvo se acumula. El demonio sigue cantando canciones de cuna, alzándose en las sombras, y rogando que lo escuchen. Pronto llorará de nuevo y la lluvia bañará todo.

¿Dónde quedaron los días dorados del Edén? Evelyn pudo ver la tragedia. ¿Vería también mi derrota? ¿Conocía mi muerte? Pobre criatura. Era hermosa y se está marchitando, como todo. Yo me encuentro aquí encerrado, entre los viejos muros de la casa, mientras los libros guardan mi secreto y hallan la felicidad en quien los toca, con sus dedos huesudos y amargos.

Pronto vendrá el destino a vernos. Ella aparecerá súbitamente. Yo lo sé. Puedo sentirla. Es fuerte. La flor a crecido, germinado y se ha convertido en terrible poción. La puerta se abrirá, pero la llave aún no entró en la cerradura, y él aparecerá para ser vencido. Yo creo en ello. Él morirá. Debe morir.


Mis pensamientos están aquí. Mi fuerza es para vosotras. Soy el brujo que dirige aún la familia...  

sábado, 18 de octubre de 2014

Ven a mí diablo.

Julien y Lasher siempre tuvieron una relación tórrida. Un brujo y su fantasma, ¿no son encantadores? 

Lestat de Lioncourt


La vida puede ser más compleja y dolorosa que la imagen perfecta que podemos ofrecer. La frivolidad y el poder pueden enmascarar el dolor y la desesperación. Julien se marchaba a la cama con remordimientos tan terribles como miserables. En la habitación contigua descansaba su hermana, con un camisón de franela y el corazón roto. La niña que lloraba incansablemente en la cuna era hija de ambos, fruto de un terrible incesto. Nadie sospechaba de él. Todos pensaban que eran del difunto esposo de su joven hermana. Sin embargo, esa niña era sólo la punta de ese iceberg que flotaba a la deriva.

Julien tenía miedo. Siempre lo tuvo. Un miedo terrible a su inoportuno amante. Él aparecía con palabras gentiles, llenas de amor y vasallaje. Si bien, todo era un teatro bien orquestado. Lasher sólo deseaba poder acaparar su cuerpo, vivir su vida y ser él durante algunas horas. Desesperado Julien le permitía todo. Hacía todo aquello condicionado por el placer y el poder. Deseaba dominar al monstruo que lo asechaba allá donde estaba, pero no era más que una trágica marioneta.

Aquella noche descansaba en su mullida cama. Había decidido instalarse definitivamente en la mansión. La cama de hierro era elegante y firme. Parecía ser el único lugar donde podía mantenerse refugiado de Lasher, pero por supuesto no era así. A él nada le impedía aparecer y robarle los pocos segundos de calma que lograba arañar.

La ventana estaba abierta. Las noches anteriores había sido lluviosas, pero la humedad provocaba que el calor fuese pegajoso. Los grillos chillaban bajo la ventana. El jardín entero parecía despertar en medio de la oscuridad. Los diversos insectos y aves nocturnas se movían por los rincones buscando alimento, sobrevivir o sólo disfrutar de la hora de las brujas. Media noche marcaba el reloj. Los viejos libros bien colocados en la estantería eran tentadores en mitad del insomnio. Él no llegaba esa noche todavía. Sentía que algo podía estar sucediendo. Sí, algo terrible.

Si bien, nada más pasar unos minutos de la hora, y con total naturalidad, apareció sentado a un lado del la cama. No tenía su forma habitual, sino una más perversa. Reconoció aquellos labios carnosos, esos ojos azules tan profundos y sus mejillas casi juveniles. Podía ver en sus rizos negros una vida que carecía su habitual pelo negro. La ropa era sin duda la de un dandy bien situado. Un hombre de negocios que solía piropear a cualquier mujer, en cualquier circunstancia, y sin miedo alguno a ser tachado de ser descarado. Era él. Su propio reflejo.

Julien se incorporó de inmediato observándolo con curiosidad y terror. Sus labios se abrieron para recobrar el aliento, pero su aliento fue arrebatado por Lasher. Comenzó a besar su boca con pasión desenfrenada. Sus fantasmales manos abrían el pijama que solía usar el joven brujo, deslizó sus dedos por el interior de su ropa interior y comenzó a ofrecerle una masturbación intensa. Sus dedos abarcaban gran parte de su, aún dormido, miembro. La lengua de Julien se batía en un terrible duelo. Pronto sus mejillas estaban rojas dándole un aspecto a su piel más níveo, más lechoso.

Pronto se sintió confuso y lleno de deseos. Parecía que su corazón palpitaba con cada una de sus caricias. La piel invisible, creada por millones de partículas de energía, parecía fundirse con la suya. Las sábanas quedaron abandonadas en los pies de la cama. Sus largas piernas se vieron desnudas, la barrera de su ropa interior cayó también, y terminaron por abrir se mostrándose en una pose sumisa. Él no podía contener el deseo. Ya no existía pensamiento coherente. No había miedo. Nada podía evitar ese delicioso instante de saberse suyo. Sus pezones se endurecían bajo una lengua invisible y su cuerpo se perlaba de sudor. En un momento aún más terrible, lleno de confusión, acabó siendo penetrado.

—¡Lasher!—invocó su nombre agitado.

El demonio, aquella alma ruin, lo contempló con su propio reflejo y caldeó aún más sus deseos. Era como si Narciso hubiese podido al fin cumplir su fantasía sexual. Dos seres idénticos enfrentándose en abrazos interminables, besos pecaminosos y movimientos contrarios de sus pelvis. El miembro de Julien estaba completamente duro, apuntando sutilmente hacia la izquierda y esperando que las manos de Lasher obraran un milagro aún más cruel. Podía sentir aún sus dedos aprisionando cada milímetro, estrangulando su glande y permitiendo que sus venas aparecieran mientras el pellejo se retiraba. Había crecido hinchándose, mostrando su tamaño vigoroso. La corona de cabellos negros, rizados y espesos de Julien brillaban por el sudor que se acumulaba más allá de su vientre. Tenía el flequillo pegado a la frente. Olía a sexo, se oían sus jadeos y gemidos, la habitación se caldeaba aún más y el sonido de los hierros de la cama eran constantes.

—Lasher... Lasher... Lasher...—decía, con los labios abiertos, como un pez que se ahoga fuera del mar.

—Que risa—llegó a escuchar—. Te oyes como las mujeres que disfrutamos.

Aquel comentario no le molestó, sino que obligó a Julien a gemir aún más alto. La casa entera podía escuchar sus gemidos desorbitados. La niña en la cuna se despertaba. Su hermana se echaba a llorar enloqueciendo. El servicio hacía oídos sordos a todo lo que ocurría allí arriba. Los otros dos hijos, ambos varones, de su hermana yacían en sus camas sin poder siquiera comprender lo que sucedía. Él llegaba al orgasmo manchando su vientre con la cálida leche de su simiente.


Lasher se esfumaba quedando él agitado, empapado en sudor y con signos evidentes de haber gozado. Siempre sucedía de ese modo. Él se dejaba usar como si fuera una cualquiera. Disfrutaba porque sabía que era pecaminoso, algo fuera de lo común, además de peligroso. Todo su cuerpo quedaba sensible, sus pezones parecían haber sido torturados y sus nalgas parecían necesitar nuevamente ese miembro invisible. Deseaba a Lasher sólo para él, pero a la vez lo odiaba. Era una relación imposible con un fantasma exigente.

lunes, 22 de septiembre de 2014

El amor en tiempos difíciles

Ah, Michael. Él quiere proteger a nuestra bruja. Rowan es nuestro gran amor, nuestra pasión, nuestra mujer... la mujer que amamos. Yo le apoyo. Si hay que cuidarla ahí estaremos luchando.
Lestat de Lioncourt



El amor no se busca, él te encuentra. He aprendido la lección en cada ocasión en la cual he apostado demasiado. Mi corazón se fue debilitando, convirtiéndose en un mero instrumento de latidos. La vida era amarga y con irrelevantes acontecimientos. Conocía la esclavitud diaria de mis obligaciones eran eslabones nuevos para que los arrastraras. Y en un abrir y cerrar de ojos, como si fuera un simple pestañeo, me encontré a su lado rumbo al altar.

Los días han volado en el calendario, la felicidad no se ha consumado y la tranquilidad parece que jamás llegará. Aún así, cuando la contemplo, conozco el amor. He llegado a comprender lo importante que es el amor, su fuerza y coraje, rugiendo desde las entrañas de mi alma. Aprendí a amar a su lado. Un amor sin límites llenos de comprensión y dedicación, cargado de silencios y miradas.

El amor es parte de la vida. Está en nosotros. Aprendemos a amar desde la cuna, pero lo olvidamos. Nos llenamos de odio, pesares, pesadillas y desmotivaciones. Nos alejamos de los sueños, la fantasía y el amor. He visto tantas cosas que no deberían ser posibles, así como escuchado las voces de los muertos. Vivía como si fuera un muñeco de vudú tirado en el suelo, sin vida, esperando que alguien activara mi poder. Estaba atrapado como Alicia en el espejo, esperando que alguien me ayudara en mi travesía buscando el mundo en el cual debía estar. Nací pobre, crecí como un muchacho con talento pero sin mucho futuro, me labré con mis manos uno y terminé siendo recompensado. Pero las riquezas no alimentan el alma, sus besos sí. Los besos de la mujer que amo.

Una casa, miles de pecados, siete demonios sentados alrededor de una mesa y una puerta que se abre. El jardín de las maravillas se convirtió en un edén salvaje, lleno de sangre y esqueletos danzantes, que aún silbaban cánticos alabando la vida. Aquí, donde todo es posible, encuentras las verjas torcidas cargadas de dondiegos y jazmines, rodeando los altos y blancos muros de la mansión, recordándote que es el palacio perfecto para los espectros que quieren seguir viviendo.

Cada noche suena el victrola. Siempre empieza con la misma fatídica melodía. Los cuadros parecen atravesar tu alma, te seducen con sus sonrisas y te recuerdan el pasado familiar. El sonido de las botas contra el suelo, las paredes vibrando por la música, el chapoteo de la piscina y ella en silencio con los ojos más tristes que jamás haya podido ver. Firme, resuelta, y con una capacidad indómita para luchar. Desde que la conozco todo ha girado entorno a cientos de misterios, los cuales aún surgen de la tierra intentando alcanzarnos. El amor lo puede todo. Por eso creo en el amor. Por amor he matado con mis manos, esperado lo imposible y sufrido lo indecible. Ella es mi amor.

Se encuentra descansando en mis brazos, como cada noche, recostada sobre mi amplio pecho mientras la rodeo con ternura. He apartado algunos mechones de su cabello dorado, besado sus mejillas sonrosadas y acariciado ligeramente sus labios con la punta de los dedos. Tan hermosa y tan cansada. Una mujer que lleva una doble vida. Por un lado sus poderes como bruja y por otros sus talentos como neurocirujana. Yo sólo soy su guardián, con un martillo y un revolver, que reconstruye trozos de historia que puede ver imponiendo sus manos.

Ojalá el mundo jamás acabe, pues será entonces cuando acabe nuestro amor. Si ésta casa se derrumba nos derrumbaremos los dos. El uno con el otro, siempre. Ella me ama, y me necesita, hoy más que nunca.  

sábado, 20 de septiembre de 2014

Entrevista al príncipe

Bueno, una entrevista no viene mal ¿no? Recordar buenos momentos con viejos amigos. En vista a la publicación del día 27 de Octubre de "Príncipe Lestat" se ha hecho de nuevo el "milagro". No maten a David con sus preguntas, que ha sido peor que un test de la Cosmopolitan, sino admiren su trabajo.

Lestat de Lioncourt 


Hacía tanto tiempo que no desarrollaba pacíficamente las entrevistas que ya lo había olvidado. Sentado cómodamente en un sillón, rodeado de cámaras y focos, se sentía completamente cegado por la emoción. Eran luces tenues, pero perfectas. Iluminaban el estudio justo en los lugares que se precisaba. La biblioteca, con sus pesados y finos tomos, estaba a las espaldas y bajo sus pies una encantadora, y cara, alfombra persa. La mesa del despacho estaba recogida, tan sólo se hallaba un libro sobre ella. Las sillas, extremadamente cómodas, estilo Luis XVI estaban forradas en color borgoña. Él, allí situado, parecía un perfecto maniquí elegantemente ataviado con un traje gris humo, una corbata en el mismo tono y una camisa blanca de lino. Sus zapatos resplandecían y se movían inquietos.

Era una entrevista sencilla, cómoda y atractiva. De nuevo volvía a estar frente a frente con él, un viejo amigo. Sin embargo, era una puesta en escena meticulosa y elaborada. Nada podía salir mal. Cualquier fallo, por mínimo que fuese, no se lo perdonaría jamás. Volvían a estar juntos, haciendo algo sin mucho peligro pero sí de gran interés. Se trataba de una oportunidad única. Era algo que no podían rechazar. Hablar sin tapujos en un medio como ese y para todo mundo. Saldría en emisión online, todos verían de nuevo a Lestat antes de su fabulosa aparición a través de su nueva novela. El mundo entero debía saber que estaba ahí, igual que cuando dio aquel famoso concierto que fue un auténtico fiasco.

Las cámaras estaban preparadas, los jóvenes de los micrófonos listos y una chica, muy esbelta y de piel cenicienta, terminaba de acomodar unas hermosas flores sobre la mesa. Entonces, de la nada, apareció él. Llevaba tu típica ropa de estrella del rock, con esas gafas de lentes violetas y el pelo suelto completamente enmarañado. Unas botas militares algo desgastadas, unos pantalones de cuero y una levita con camafeos que se hizo famosa gracias a sus anteriores libros. Lestat era sin duda la imagen de la rebeldía. Había rogado que fuese elegante, pero se presentaba inclusive con camisa con chorreras y un aspecto sacado de una revista de variedades.

—Te dije que vinieras bien vestido—chistó bajo sin perder su sonrisa británica, tan cortés y diplomática.

—Oh, por Dios... ¿ya vas a empezar igual que si fuera mi madre?—preguntó bajo con una ligera risilla.

—No es divertido, Lestat. Te pedí encarecidamente que...

—¿Empezamos?—preguntó uno de los jóvenes, el cual llevaba la cámara y parte del peso de la grabación recaería sobre él.

—Sácame tan guapo como soy—dijo lanzándole una sonrisa seductora—. Por cierto, un placer conocerte.

Lestat era irreverente. Si pudiese catalogarse a ese vampiro sería de joven rebelde eterno. Un ser que nunca sería consciente de su poder y habilidades. El chico era alto, de cabello negro y liso, ojos negros y rasgados, uno de tantos que entraban y salían de aquella mansión. Nunca nadie hubiese reparado en él. Talbot se rodeaba de jóvenes con talento y cierto dominio de la tecnología. Ellos eran su equipo para esta serie de entrevistas, así como para filmar algún suceso paranormal que pudiese apreciarse en la zona. El joven se quedó paralizado observando los ojos casi violáceos del vampiro. Su sonrisa era demasiado atractiva y su voz le resultó sugestiva. Conocer a otro vampiro, además del señor Talbot, suponía una experiencia nueva. Tan sólo llevaba un par de semanas en la ciudad y podía decirse que estaba acostumbrándose a la idea. La verdad no tenía límites, el mundo carecía de fronteras y pronto escucharía todo lo que Lestat quisiera desvelar.

—Jackson—pronunció el apellido del muchacho y éste reaccionó—Comienza a filmar, comenzamos—sentenció con severidad, intentando influir cierta seriedad a todo lo que estaba a punto de empezar—. Ya recortaremos lo que creamos necesario.

—No me dejas ser yo mismo—dijo negando suavemente con la cabeza—. Joder, todo está muy limpio. ¿Por qué estamos en Talbot Manor?

—Llevo unas semanas en Londres—confesó con un ligero aire de nostalgia, pero sobre todo con un secretismo al que se aferraba con tenacidad—. Necesitaba finiquitar unos asuntos.

—Has ido a robar cosas a la vieja matriz de Londres—comentó guiñándole un ojo.

—Eso a ti no te incumbe—le reprochó visiblemente molesto.

—Ladrón—chistó—. Ladronzuelo...—susurró con una ligera risa que se convirtió en risotada.

—Lestat, por favor—dijo acomodándose en la silla, que empezaba a resultar incómoda por la actitud de su buen amigo.

—Sí, empieza—se desabotonó la levita y acomodó su camisa. Sin mucho cuidado se acarició el cabello y tomó una pose muy desenfadada. Sus piernas estaban ligeramente encogidas y su cuerpo relajado. Parecía cómodo ante el objetivo.

—Bienvenidos una semana más a ésta serie de entrevistas donde nuestros compañeros inmortales, brujos o vampiros, dan su punto de vista y detalles más profundos a su vida—intervino David Talbot con total naturalidad. Aquello sin duda le fascinaba. Lanzar sus preguntas al aire para que otros la recogieran, sintiendo la emoción y el peligro de saberse perseguido por sus viejos compañeros, y apreciar el momento tal y como era le encantaba—. Hoy, en una excepcional ocasión, tenemos a Lestat de Lioncourt—lo presentó con un ligero ademán de cabeza y prosiguió sin perder el hilo de sus pensamientos—. Uno de los más famosos vampiros que existen, así como mi creador y mi mejor amigo.

—Ese era Aaron, pero desde que murió me tocó ser el primer premio—dijo con una señal de victoria mientras sonreía. Aunque sabía bien que era un tema delicado, Lestat, no podía evitar quitarle un poco de hierro al asunto.

—Lestat, por favor—clavó sus ojos en él como si fueran incisivos. Esos ojos pardos, cargados de una sabiduría casi ancestral. No eran los ojos de un muchacho. La profundidad que tenían eran las del hombre que él bien conoció en sus últimos años de vida.

—Lo siento—murmuró.

—Ya muchos conocen tu nuevo regreso, ¿deseas decir algo al respecto?—la primera pregunta fue colocada sobre la mesa. Era una oportunidad mágica. Todo empezaba de nuevo.

—Sí... ¡Mamá te conseguiré una copia!—gritó señalando la cámara mientras se reía a mandíbula suelta—. ¡Lo siento! Tenía que hacer esta broma—pidió disculpas a su buen amigo, el cual lo observaba con cierta ira contenida. Lestat siempre hacía lo que quería, en el momento que deseaba y a veces era el menos oportuno—. Sólo quería agradecer a todos el estar aquí. Estoy muy satisfecho con la gran acogida que estamos teniendo. Muchos creen ya mis palabras, algunos han pedido que realmente me canonicen como tanto deseaba y ahora estoy aquí. Me siento tentado a ser travieso, a jugar con todos ustedes, reír con unos buenos chistes y olvidar. Quiero sentarme aquí, con las ropas más cómodas que poseo, y lanzar un par de halagos a los que siempre me han apoyado. Sé que ha sido una larga y tensa espera. Muchos ya creían que me había olvidado de ellos, y que no regresaría jamás—sus dedos se movieron mágicamente sobre el reposabrazos de la silla. Sus ojos se movían por toda la habitación. Había escrutado cada detalle, centrándose en el jarrón cargado de flores. Amaba las rosas, pero también las flores silvestres. Parecía estar recordando algo, quizás a Mona o tal vez la muerte fatídica de Morrigan. Nadie podía saberlo allí salvo él. Se quedó callado unos segundos y después habló—. Creyeron mis palabras como buenos amantes de mis descabelladas ocurrencias, pero no podía mantenerme callado—acabó diciendo.

—Ha pasado más de diez años...—Lestat en ese momento no supo si ese murmullo fue un apunte, un reproche o simplemente iba a preguntar algo. Sin embargo, le miró directamente a los ojos y sonrió.

—El tiempo vuela cuando tienes cosas que hacer—explicó brevemente.

—¿Y qué has estado haciendo?—preguntó al fin.

—Resolver misterios, como tú, pero a mi modo—se encogió de hombros y se echó a reír—. Han ocurrido cosas trágicas entre nosotros, hemos visto la violencia más atroz y recuperado del cajón de los recuerdos momentos dolorosos—colocó mejor los codos sobre la silla y reflexionó un breve segundo—. En estos años me he acordado mucho de ella, de Akasha, con su piel de mármol y sus ideas locas sobre una religión basada en los vampiros, la sangre y la sumisión humana.

—¿Y qué has sacado de ello?—la pose de David cada vez era más relajada. Su viejo amigo, su buen amigo, uno de sus mayores amores, ya que a los amigos se les ama por encima inclusive de cualquier problema, al cual mayor lealtad de le había demostrado se estaba colocando en una pose seria y cercana. David amaba escuchar su voz y sus historias. Era en parte el motivo por el cual lo ayudó la primera vez. Lestat era brillante, pero no era algo que acostumbrara a decirle. Temía por sus ocurrencias. Cada locura suya era un riesgo para todos.

—Que somos monstruos, pero que la verdadera monstruosidad que reside en nosotros es aún peor que nuestros actos—sonrió descaradamente a la cámara levantando sus cejas, con una expresión cómica como si le sorprendiera algo de todo lo que había dicho, e hizo un ligero guiño—. Todos entenderán esto al leer Príncipe Lestat.

—¿Qué deseas hacer ahora?—intervino David.

—Seguir escribiendo—afirmó sin meditarlo ni un minuto—. Siempre escribo mis memorias. Puede que en menos de dos años tengamos otra de mis aventuras colocadas en una estantería, con una hermosa encuadernación y mi nombre en letras gigantescas.

La habitación, llena de libros, tenía un hermoso decorado con cortinas borgoña, como las sillas, y un suelo bien pulido. Aquel lugar, que era como un santuario para un hombre como David Talbot, se había convertido en el refugio de dos vampiros que intentaban recordar quienes eran.

—¿Crees en el destino? ¿Aún crees en esas cosas?—dijo inclinándose hacia delante, para crear un clima más cercano a ser posible.

—No lo sé—se encogió de hombros y meneó la cabeza. Sus rizos cayeron sobre su frente y rozaron sus delgadas cejas doradas—. Sé que si no hubiese ido a matar esos lobos, pues estaban acabando con el ganado y la tranquilidad del pueblo, jamás me hubiese escogido Magnus—suspiró—. El sacrificio de esos animales fue más allá del honor y el placer de sabernos a salvo. Aún así, te confieso, que no hay noche que no recuerde el olor a sangre y la sensación de frío que sentí allí solo, impotente y aterrado.

—¿Entonces?—preguntó intrigado.

—Creo que todos tenemos la suerte de tener una vida, más o menos duradera, con unas oportunidades magníficas y sólo hay que descubrir cual es la mejor—frunció el ceño y después relajó el rostro, para seguir hablando como si abriera su alma. Realmente la estaba desnudando—. A veces es por puro instinto, otras simplemente no hay remedio. Siempre quise destacar y lo hice. Nunca me he dejado acobardar.

—Lestat, ¿has creído alguna vez que no debiste hacer algo?—aquello era más bien la confesión de sus pecados. David Talbot sabía que había tenido en su vida muchos fallos, pero no era hora de hablar de ellos. Deseaba que Lestat comulgara los suyos.

—Muchas veces—asintió ligeramente—. Transformé por capricho y necesidad a Claudia. No pensé bien aquello en el momento en el cual se dio. Me comporté de forma muy egoísta. Sin embargo, ¿dejarías morir a una niña de escasos seis años?—aquella pregunta retórica le hizo recordar brevemente a Louis, se notó. Sus ojos parecían humedecerse, pero no lloró. No podía llorar frente a las cámaras. Era inaudito que llorara mostrando su debilidad, su dolor—. Era tan pequeña, David, que prácticamente podía cargarla con un solo brazo. Acepto que no estuvo bien, que soy un asesino que mata todas las noches, pero ella era inocente. Me juré no volver a matar a un inocente. Louis se sentía lleno de remordimientos por todo, y no quería uno más. Pensé que si ella vivía con nosotros, si era parte de nosotros, y formábamos una familia terminaríamos siendo más fuertes y hermosos que cualquier grupo de vampiros. Y así fue, pero ella...

—Intentó matarte—lanzó aquello como un cuchillo, pero Lestat lo esquivó con galantería.

—Durante unas noches así lo creyó—susurró—. Festejó mi muerte y a la vez me maldijo—aquello lo creía a pies puntillas. Él conocía bien a Claudia, mejor que Louis y que cualquier otro, porque era muy similar a él y también a su madre. Era una mujer libre, luchadora y quiso soñar con algo más que muñecas. Él sabía que cometió horribles pecados, que uno de ellos era no permitir que fuera lo que siempre deseó ser—. No había mucho sobre mí en mis pertenencias. Mi pasado era humo, una novela barata de ciencia ficción, y jamás sabría mi verdadera procedencia. Me convertí en un fantasma que me burlaba de ella y la aterraba. La conciencia le pesaba, yo lo sabía. A pesar de todo, en lo profundo de su alma, le reconcomía porque no había conseguido todo lo que quería. Tan caprichosa como siempre.

—¿Aún la amas?

Tras esa pregunta hubo un silencio en la habitación. Los chicos que se movían realizando las tomas, evitando ruidos que pudieran crear mal sonido o simplemente observando los focos que iluminaban todo ligeramente, se quedaron quietos esperando la respuesta de Lestat.

—¿Puede un padre dejar de amar a un hijo?—cuestionó con ligero tono afligido.

—No. Creo que no—dijo—¿Y Nicolas? ¿Sigue en tus pensamientos?

—Sí—afirmó rotundamente sin evitar los ojos pardos que le asechaban, los ojos de un cazador—. Todos los que he amado están en mis pensamientos. Aquellos que he querido y apreciado en ésta vida, o en mi vida mortal, están conmigo—sonrió sin malicia ni sorna. Una sonrisa limpia—. No sé si eso es ser parte de un infierno personal o de un paraíso para privilegiados.

—¿Qué aprendiste de él?—David era directo y Lestat lo agradecía, pues era igualmente directo. Aquello le estaba gustando a ambos.

—Apreciar la melancolía y los minutos que nos dan de felicidad. Él era pura oscuridad, completamente atormentado, y por eso era excelente. Hizo obras para el teatro que deslumbraban por su ingenio.

El teatro de los vampiros que había quemado Louis, el mismo que Nicolas dijo que quemaría si no hacían lo que quería. Un teatro que fue una maldición. El lugar donde Magnus se presentó para señalarlo con su dedo huesudo. La muerte rondaba las tablas de aquel teatro, el mismo que ardió hasta la última viga. Ahora había un edificio de apartamentos allí. Algo menos pomposo que un teatro.

—¿Y Louis? ¿Él no te enseñó la melancolía?—preguntó.

—Y el rencor, la rabia, el dolor, la miseria, ser cínico las veinticuatro horas del día y la filosofía de un mártir—enumeró una serie de defectos que a cualquiera le parecía cruel y desmedida, sobre todo a David. Aquel vampiro amaba los ojos esmeraldas de Louis. Muchos amaban la figura lánguida del filósofo y mártir que una vez decidió abrir la caja de Pandora.

—Eso es cruel—murmuró.

—Sí, pero aún así lo amé—le dijo señalándolo con el dedo índice de la mano derecha, lo hizo sacudiendo ligeramente el brazo—. Amé su lado humano. Siempre he amado a los humanos y tenerlo a él, como castigo por la muerte de Nicolas y como gran pasión por su forma de ser, era sin duda un milagro. Pero ya no es el mismo. Tú mismo has visto que es un asesino sin escrúpulos y se mueve por el mundo con unos deseos insaciables.

—¿Cómo es la relación con tu madre? Ella fue tu primer vampiro—ambos sonrieron cuando se miraron en ese momento. Bien sabían que estaban hablando de una mujer fuerte y rebelde, más fuerte y rebelde que su propio hijo.

—Mi hija, mi compañera, mi hermana, mi amante... pero no mi madre—aclaró—. Ella dejó de serlo. Creo que nunca tuvimos una relación habitual entre una madre y un hijo. Es cierto, que cuando era pequeño me secó algunas lágrimas, me contó hermosas historias y me hizo pensar que podría hacer cualquier cosa—se incorporó y tomó una de las flores del jarrón. Era una rosa roja. Una rosa cargada de un color muy llamativo. En sus manos, ligeramente bronceadas, parecía un corazón a punto de ser despedazado—. Sin embargo, ella más que una madre fue mi confidente. Aún recuerdo los días más fríos cuando su cuerpo temblaba, ya que sus huesos no soportaban el clima, y se acomodaba a mi lado, en la cama, hablando conmigo sobre sus sueños.

—Los sueños son importantes, ¿no es así?—la voz de David era la de un confidente. Parecía un ángel ataviado con ropas de burócrata esperando que un demonio hablara.

—¿Qué sería del mundo sin sueños ni soñadores?—susurró acercándose la rosa a la nariz. La olfateaba y acariciaba suavemente con sus largos dedos—. Los sueños nos hacen avanzar. Imaginar lo imposible a veces hace real cualquier cosa. Fíjate en nosotros, ¿no somos personajes de pesadillas? Y mira, estamos aquí. Quizás porque alguien nos soñó, tal vez porque somos parte de los sueños de éste gran mundo. Damos esperanza, David. Amigo mío, los sueños son importantes. Si le quitas a alguien sus sueños no queda nada, ni siquiera cenizas.

—¿Y a eso te dedicas?—preguntó, aunque sabía que respondería. Él lo conocía bien.

—A soñar y seguir mis sueños. Deseo conocer todo lo que hay en éste mundo y en otros. No quiero dejar preguntas sin responder. Fui a por preguntas una vez, tuve algunas pero no todas. La vida me ha dado muchas, pero aún así no soy lo suficientemente viejo para decir que sé todo.

—¿Alguno de nosotros lo es?—rió casi a carcajadas. David sabía que diría que no lo eran. Nadie lo era.

—No, ni siquiera las Gemelas o Khayman. Todos somos niños jugando en un jardín salvaje lleno de peligros y misterios—se calló y le lanzó la rosa para que la atrapara, cosa que hizo—.Todos.

—¿Cuál crees que ha sido tu mejor aventura?—la rosa estaba ahora en su poder, perfumando sus manos. Podía hacerle mil preguntas si él se lo permitía.

—Todas han merecido la pena.

—¿Qué piensas de aquellos que te desprecian?—ese tema era peliagudo. Sabía que a veces se alteraba, pero otras veces era un ser algo más racional.

—No viven mucho—dirigió una mirada desafiante a la cámara, para luego sonreír como si nada—. Aquellos que se han dedicado a juzgarme, sin siquiera darme la oportunidad, han terminado con vidas insulsas. Yo he puesto la emoción a millones de personas. Soy un ejemplo que no se debe seguir, pero a la vez me he convertido en el héroe de todos. Soy el puto amo, como dicen los jóvenes hoy en día. Me muevo por las calles viviendo, respirando vida. Si alguien no me aprecia no voy a tener cinco minutos para él, ni siquiera me alimentaré de ellos. Pobres diablos, ¿no creen? Con vidas amargadas y sosas.

—¿Y aquellos que ya no te recuerdan?

Muchos decían ahora recordarle, pero había miles que no recordaban o ni siquiera habían oído hablar de él aún. Era un vampiro seductor, arrogante, egocéntrico y amaba ser reconocido. Pasar de la fama al anonimato no debió caerle muy bien.

—Todos me recuerdan ahora—la forma en la cual lo dijo fue maravillosa. Su acento francés se marcó en la última palabra. No solía hacer gala de él, pero a veces se escapaban ciertas palabras que recordaban sus orígenes—. Muchos que habían dejado aparcada la lectura de mis libros se precipitan a leerlos antes que aparezca el nuevo. Muchos se frotan las manos con las nuevas películas y piensan en el merchandaising enorme que tendrán mis novelas, mis historias, mi vida y en definitivamente nuestro mundo.

—¿Tienes miedo a la oposición de otros?—intervino cortando su monólogo sobre las ventas, el carisma y su yoismo.

—Soy el príncipe de los vampiros—de inmediato se incorporó de la silla y extendió los brazos. Parecía decirles a todos que estaba ahí, desarmado, sin intención de irse. Si querían atacar que atacaran—. ¿Miedo? Sí, siempre hay miedo. El miedo nos hace estar alerta, pero yo no siento que ahora pueda estarlo.

—¿Y tu corazón?—fue a un tema más serio, donde Lestat se derrumbó por una milésima de segundo. Sabía que en esos momentos habría cierta fragilidad en él. Si bien, era algo que tenía que preguntar sin rodeos.

—¿Qué hay con él?—una ligera sonrisa llena de amargura se deslizó en sus labios.

—¿Cómo se encuentra?

—¿El real o mi alma?—arqueó su ceja derecha y luego tomó asiento nuevamente, cruzó sus piernas de forma varonil y dejó sus brazos sobre los posabrazos. Estaba ligeramente incómodo y a la defensiva—. El real hace mucho que sólo late cuando bebo sangre, pero mi alma no. Mi alma aún late. Hay algo humano en mí. El hombre que fui es el hombre que soy. No he dejado de ser yo.

—¿Y quién eres tú?—de nuevo ese tono templado que le recordaba que era un amigo, un confidente, un amante y su cazador. David era el cazador de historias.

—Un hombre que aún recuerda a todos y cada uno de los que amó—susurró con en tono quedo—. Como te he dicho ellos perduran en mí—cerró los ojos y al abrirlos la cámara lo enfocaba—. No me gustan las despedidas.

—Pudimos notarlo en Cántico de Sangre.

—Odié decir adiós en ese momento—intervino rompiendo la cadena de preguntas—. Todavía me arrepiento. Me comporté como un crío asustado. No sabía como rechazar esa propuesta.

—¿Y ahora?

—Lo he intentado todo—aseguró dejando que una lágrima surgiera al fin. Ese tema le rompía el corazón—. Sabes que he fallado y me he fallado a mí mismo. He fallado a todos. No he logrado que ella esté ahora a mi lado. Sin embargo, eso no resta ni un ápice de pureza a mis sentimientos. La amo. Jamás he amado con tanta fuerza e insistencia. Te juro que es la primera vez que me siento tan tentado en el amor. La pasión que tengo por ella es imposible. Nunca permitiría que le pasara nada malo—sus manos temblaron, se agitó por unos momentos y después recobró la compostura—. Pero no puedo cuidarla siempre. Es imposible encerrarla en una caja de cristal, como si fuera el ataúd de Blancanieves, y llevarla a lo profundo de un bosque para custodiarla. No, no es un cuento de hadas. La realidad es dura, injusta y cruel. Yo sé que es tener un corazón encadenado a un amor que no se va, no se desvanece, no se irá. Mi vida y la suya están atadas y siempre lo estarán. No voy a dejar de intentarlo—un mechón de pelo cayó sobre su frente, rozando sus cejas, y él lo apartó rápidamente—. ¿Comprendes, David?—susurró—. No voy a permitirlo, pero a la vez algo me dice que debo dejarlo por la paz.

—Hablas de amor, ¿y del odio?

—De él podría escribir varios libros—rió, aunque estaba secándose la lágrima con un pañuelo de seda que llevaba en su bolsillo.

—¿Odias algo?—preguntó.

—Las reglas—otra carcajada, pero esta fue de todo el equipo. Incluso los muchachos no pudieron contener la carcajada. Todos recordaron en ese momento a Marius—. Odio que me impongan algo. Odio que no me digan la verdad. Pero sobre todo odio que algo malo le pase a las personas que amo.

—¿Y Armand?—era su peor enemigo, o al menos quien más veces se había enfrentado a él.

—A ratos lo amo, pero la mayor parte del tiempo no lo soporto. Me gustaría asfixiarlo con mis propias manos, y luego quiero abrazarlo como a un hermano—sí, eso era. Al menos eso se decía para sí. La cámara lo quería, le favorecía aquella luz. Sus ojos parecían más vivos que nunca. Las emociones arrancadas por Rowan y las pequeñas carcajadas le habían dado un toque aún más humano—. Es algo monstruoso y extraño.

—¿Qué aprendiste de los Taltos?—dijo sumamente intrigado.

—Hermosos, inteligentes, inocentes y llenos de misterios.

—¿Y de los fantasmas?—sonrió guiñándole ahora él. Era el chico de los misterios y los fantasmas, el hombre que los perseguía y aún los veía. El sacerdote del candomblé a quienes muchos iban en peregrinación para que los ayudaran.

—Que nunca descansan en paz—tal vez lo dijo por Claudia, quizás por otros que había visto. Pero sin duda lo creía. Creía que no descansaban jamás en paz. David también lo creía así.

—¿Del demonio?—un tic nervioso apareció en el ojo derecho de Lestat, pero era una pregunta que debía hacerle.

—Que un abusón de instituto puede parecerse a él—aquella similitud jamás se le hubiese ocurrido a David y le fascinó—. Te castiga por tu bien, golpeándote donde más duele, pero te fortalece. Creo que salí fortalecido de esa aventura.

—¿Has vuelto recientemente a Auvernia?—él había regresado a la mansión familiar, pero no era algo que todos hacían.

—No y sí. Viajo a Auvernia todos los días cuando recuerdo la nieve cayendo pesadamente, aquí la nieve no es común—explicó aquello con una simplicidad asombrosa. Se podía viajar a través de los recuerdos y él lo estaba haciendo.

—¿Qué sientes por New Orleans?

—Pasión—sonrió como no lo había hecho en toda la entrevista. Eran sus raíces. Si había un hogar para él ese era New Orleans. La ciudad del jazz, el blues, el vudú y los pantanos.

—¿Y la música?—casi era de las últimas preguntas, pero debía hacerla. Todos recordaban su faceta de estrella del rock. Es más, había visitado el lugar como si fuera una de esas estrellas en sus estrafalarios videoclips.

—Bien alta en mi deportivo, a toda velocidad por las autopistas, sin mirar atrás—una honda carcajada surgió de su pecho y arrasó su garganta. Se sentía feliz y satisfecho. La música siempre le acompañaría—. Ya no puedo ser la celebridad de la música que tanto deseaba ser.

—¿Los libros?—dijo tomando el que se encontraba en la mesa, que era uno de los ejemplares de “Príncipe Lestat”.

—Mis mejores amigos y mi legado—confesó.

—Gracias por todo—la expresión del rostro de su amigo era de profundo amor. Amaba a Lestat y le agradecía esa oportunidad, pero no era el único que agradecía todo aquello.

—Gracias a ti—respondió, antes de señalar al cámara para que lo enfocara bien—. Quiero agradecer a Jasmine por su simpatía y su buen trato cuando me hospedé en casa de Quinn. También quiero mandar un saludo a todos aquellos que he amado y un mensaje: chicos, empieza la diversión. He vuelto.


Se acabó. La entrevista se cortó allí. Lestat se incorporó y empezó a pasearse por la biblioteca revisando los libros. Si había alguno que no había leído seguramente se lo pediría. Él era así. No había misterio en sus costumbres. Su amigo quedó a unos pasos, de pie igual que él, observándolo. Ambos sabían que el mundo había estado en peligro, pero de nuevo estaba en paz y esa charla lo demostraba. Finalmente nada de la entrevista se recortaría, Lestat lo hubiese odiado y él no quería molestarlo.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt