Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 1 de noviembre de 2015

Los Mayfair os necesitan... Talamasca está alerta... La Tribu también. 













Desde hacía días la casa estaba abandonada. La familia Mayfair al completo habían pedido que se reformara nuevamente todas las habitaciones, para que pudieran limpiarse, repararse y adecentarse para la venida de un nuevo miembro en la familia. Mayfair and Mayfair habían dado el visto bueno al nuevo proyecto vital de Rowan Mayfair. Ellos necesitaban una heredera y ella quería ofrecerle una hija a Michael, el cual se había mantenido a su lado pese a sus grandes deseos de ser padre. Gracias a labores de investigación, embarazo asistido y diversos protocolos para elegir la madre apropiada, así como para modificar el óvulo con la genética de la bruja científica, la poderosa y prestigiosa Doctora Rowan Mayfair, habían logrado engendrar a un descendiente. La vivienda, por lo tanto, iba a ser reformada en una de las viejas habitaciones, la cual quedó cerrada a cal y canto tras el despropósito de Lasher.

La habitación de la segunda planta, junto a la habitación principal de ambos progenitores, iba a ser para un recién nacido que acabó poseyendo una genética y unos poderes imposibles de controlar, así como unas ansias de venganza y destrucción demasiado evidentes. Aunque Lasher se redimió jamás fue aceptado por la familia y acabó asesinado a manos de su propio padre, bajo el símbolo de un martillo y las heridas evidentes de una lucha feroz por la supervivencia.

Pocos ajenos a la familia sabían la historia. Era algo que únicamente los familiares más directos conocían con cada detalle, incluyendo en el lugar que ocupaba el cuerpo del primogénito de Rowan, y por ello habían pedido discreción a la hora de llevar acabo las reformas. Michael había contratado a sus propios hombres, los de su empresa de reformas y construcción, llevando un proyecto único y especial que le hiciese olvidar los malos momentos vividos en aquella mansión que parecía llena de vida, pero no únicamente por aquellos que aún les latía el pulso.

Ya no era el hombre joven que fue en la primera reforma, con la cual se comprometió ante una mansión en ruinas carcomida por la humedad y el paso del tiempo, sino alguien que se aproximaba a los años dorados de cualquier hombre. Por ello, y porque quería evitar malos presagios y recuerdos, decidió vigilar cada paso del mismo desde la lejanía y frialdad de un portátil. Las videoconferencias se hacían habitualmente a media tarde, justo en la hora del descanso de la mayoría de su equipo. Sólo tenían que mejorar ciertas grietas que se estaban realizando tras las pasadas lluvias, mejorar el suelo de la cocina y reconstruir la habitación.

Cuando los obreros abrieron el cuarto del bebé, así como su armario de laca blanca y adorables diseños infantiles, se hallaron con cuantiosa ropa que todavía poseía etiqueta. La cuna estaba intacta, aunque cubierta de polvo. Los juguetes parecían contar una historia que nunca tuvo final feliz. Muchos de ellos se sintieron intimidados por varios peluches que parecían dormir en una de las repisas. Los sonajeros estaban allí, cubiertos de polvo y recuerdos, como si todavía esperaran ser alzados por una graciosa mano infantil. En ese momento, como si el mundo quisiera acabar en ese instante, unas nubes negras cubrieron gran parte de la avenida. Éstas parecían correr en todas direcciones, arremolinándose entorno a la localización de la vivienda, para descargar su furia incontrolada.

Los árboles del jardín parecían moverse con furia, los cristales de la planta inferior, cercanos al corredor que daba al comedor, estallaron y un gemido terrible, como si alguien gritara desde las entrañas de la tierra, surgió junto a un trueno que inició una tormenta perfecta. Tan sólo a unas casas el cielo estaba únicamente nublado y al final de la avenida, la popular First Street, lucía un sol magnífico de un otoño ligeramente fresco.

Michael fue testigo de lo ocurrido. Sus hombres bromeaban sobre los espíritus que contenían los juguetes. Él no lo hizo y tan sólo pidió que empaquetaran rápidamente cada objeto para la beneficencia, pues había adquirido nuevos juguetes para su futura hija. Rowan no estaba presente en aquella llamada, ella se encontraba en el hospital junto a la futura madre de su hija.

Pierce llamó horas más tarde a Michael. Hablaron durante más de una hora sobre temas ligeramente relevantes, pero ninguno habló del suceso de la extraña tormenta que incluso había salido en las noticias locales de primera hora de la noche. Ambos hicieron un silencio absoluto sobre el tema, pues los dos conocían la historia de Lasher y su forma de mostrar tristeza y desacuerdo. No fue así con otro viejo amigo. Yuri Stefano telefoneó poco después a Michael, justo cuando Rowan estaba a punto de llegar del hospital.

—¿Tienes cinco minutos para un viejo amigo?—preguntó desde el otro lado de la línea telefónica—. ¿O ya te es imposible reconocer mi voz?—dijo tras una ligera risa llena de significado y matices.

—Llamas por ese espíritu. No tengo miedo y mi mujer tampoco lo tendrá—respondió—. Pude con él una vez y podré de nuevo.

—¿La niña ya ha nacido?—aquella pregunta dejó helado a Michael.

—¿Cómo sabes que vamos a tener una niña?—dijo rápidamente incorporándose de la mesa, para caminar por toda la habitación del hotel.

Estaba en una de las habitaciones del hospital Mayfair. Eran habitaciones para familiares de enfermos que debían viajar hasta la ciudad, no encontraban hotel y decidían estar cerca por cualquier motivo sentimental o práctico. La habitación no parecía la de un hospital, pues ni siquiera olía a antiséptico. Las paredes poseían un papel pintado agradable en color crema, cuadros de relevantes pintores de la ciudad que se basaban en las festividades más notables, un escritorio cómodo y útil de madera noble, una cama amplia con ropa de cama agradable al tacto y diversos enseres necesarios para pasar más de unos meses allí. Poseía incluso una pequeña cocina, con nevera y horno, así como un cuarto de baño con un pequeño mueble para guardar el neceser y algunas prendas. Era como un pequeño apartamento y lo conocía muy bien. Sus pies se movían sobre la moqueta sin necesidad de zapatos. Estaba descalzo, sintiendo el tacto de aquel suelo agradable, mientras escuchaba aquella voz recordándole que Talamasca siempre sabía todo.

—Las noticias vuelan, ¿no sabes lo ocurrido con La Orden en éstos años?—su voz parecía dulce, pero a la vez tan madura que le costaba reconocer al muchacho que conoció hacía casi dos décadas.

—No, ni me importa demasiado. Últimamente me he centrado demasiado en mi familia, mis proyectos empresariales y en cuidar mi propia alma. Sé que iré al infierno por todo lo que he hecho, pero por ahora quiero salvarla de algún modo—explicó tomando asiento en los pies de la cama y, por supuesto, arrugando ligeramente las mantas color marengo.

—Iré al grano—dijo—. Los Ancianos eran un espíritu, un fantasma y un vampiro milenario casi tan antiguo como el Antiguo Egipto—añadió sin preámbulos—. Los espíritus nos rodean y nos cuentan cosas, Michael. Esa niña ya perteneció a la familia y puede que Lasher esté vivo de algún modo, si es que se puede llamar vida a ser un fantasma—explicó.

—¿Perteneció a la familia?—dijo apretando el auricular—. ¿Eso es posible?

—¿Has tenido un Taltos?—respondió con cierto sarcasmo.

En ese momento tocaron a su puerta, pero no esperaron a que él abriera. Era Rowan y estaba agitada. Cuando vio la expresión de su mirada lo supo. La niña estaba en camino. El embarazo estaba a punto de terminar. La niña nacía.

—¿Michael?—se escuchó tras el otro lado, pero él no contestó.

Michael había arrojado el teléfono sobre la cama, para lanzarse al pasillo camino a la sala de partos. Allí el milagro de la vida estaba llevándose a cabo.

Al otro extremo de la calle, en una esquina, observaba el hospital un viejo conocido de New Orleans. Era un hombre atractivo, de cabellos oscuros, y ojos ámbar. Allí situado, con su gabardina gris y su aire misterioso, como inglés, se percataba de los cambios hechos en el mundo. Había un joven delgado, con el flequillo rubio revuelto sobre su frente, y unos ojos violáceos que miraban con desasosiego el impresionante edificio Mayfair. Ellos ya sabían lo que estaba ocurriendo sin necesidad de involucrarse con el resto, pues sus finos oídos vampíricos habían escuchado claramente lo que ocurría, incluso los llantos fuertes de aquel bebé de indefensa apariencia.

—Ya poseen su “Jardín Sagrado”... y al parecer el guardián lo sabe—musitó.

—David, ¿te refieres a que Lasher ya sabía que iba a nacer hoy?—preguntó con las manos en los bolsillos de su amplia sudadera roja.

—Sí, y la lluvia no significa siempre tristeza, pues no siempre se llora cuando se siente dolor.



jueves, 11 de septiembre de 2014

Pescando almas

Muy bonito el texto, lo acepto. Pero ya sabe que somos dos hombres por un mismo destino: su corazón.

Lestat de Lioncourt


San Pedro pescaba en los mares, luego se convirtió en pescador de almas y su imagen fue la piedra más resistente de la iglesia. La fe mueve montañas, pero las mareas son más fuertes y pueden transportar todo tipo de cargamentos, desde sueños a pequeños tesoros. El mar es inexpugnable. Pocos conocen algunos de sus misterios. Las sirenas son alusiones a sus peligros, al encanto que ejerce las turbias aguas que fluyen acariciando las costas. El salitre, el olor de la sal pegada al cuerpo bronceado de un marinero, puede ser evocador o simplemente una pincelada más de un bucólico día en el puerto. Debajo de la pátina azul cargada de reflejos y pequeños brillos, así como vida, hay monstruos que se agitan más allá de las pesadillas. Las corrientes de agua son los peores ejecutores, te arrastran hacia el fondo y te ahogas, después flotas como un corcho y vas a la deriva.

Yo era ese corcho. En mi vida había logrado grandes cosas, pero tenía un enorme lastre que me empujaba hacia el fondo. Me sentía ahogado, desconsolado con todo lo que había a mi alrededor, y había hechos que me hacían sentir un verdadero fracasado. Comencé a comprender que había piezas en el puzle de mi vida que no encajaban, momentos que no había logrado vivir y logros que jamás alcanzaría. No podía dejar de pensar en mi primera relación seria, en lo importante que fue para mí y en el trágico final que tuvo con un recién nacido que jamás se desarrolló. La imagen de niños recién nacidos, de fetos y de seres proyectando su nueva vida, me seducían y aterraban a la vez. No podía dejar de pensar que yo había tenido la culpa de su muerte, y el dolor era demasiado terrible. Apretar los dientes y seguir hacia delante pareció una fácil solución, pero no lo fue. No fue fácil, aunque sí rápida. Intenté encauzar mi vida siguiendo los pasos de mi trayectoria profesional, evitando enamorarme o centrarme en alguien que no fuera un cliente. Olvidé por completo que era la felicidad. Mi vida se convirtió en un pozo oscuro y siniestro donde me ahogaba, me asfixiaba, lejos de un mar lleno de olas que me arrastraran hacia la orilla de un futuro mejor.

Recuerdo como llegaba a casa, con los hombros bajos y el espíritu deteriorado. Abría una cerveza, encendía el televisor y ojeaba alguna vieja película. Después, como si nada, me deslizaba entre las viejas sábanas de mi cama y me arropaban libros de diversos autores, pero sobre todo de Dickens. Llorar era para cobardes, pero yo lloraba. Intentaba dejar que mis sentimientos no influyeran, pero todo era insoportable. Un día me marché para recordar mi infancia, pobre y desgastada como los zapatos que solía llevar, allá en los barrios donde los irlandeses intentaban malvivir. Mis orígenes. Mi humildad. La grandeza de mi padre tras las vidas salvadas y el fuego apagado, el mismo fuego que lo apagó a él para siempre. No hubo agua, ni olas, ni nada para él. Sólo un montón de llamas consumiendo su cuerpo. A penas quedó algo de su gigantesca y protectora figura. Mi madre adicta al alcohol, llena de misterio y dolor, me hacía prometer cosas imposibles. Un día ella murió, igual que él lo hizo, y todo se redujo a mi tía Viv. Mi tía Viv, mis estudios y mi pasión por las viejas construcciones de mi amada New Orleans.

San Francisco era un buen lugar, un inicio, pero no era mi hogar. Tuve que ir allí. Tuve que ahogarme para que ella me salvara, como si fuera San Pedro con rostro de ángel y ojos cargados de ciencia. Una doctora, pero no una común. Una bruja. Una Mayfair. Una mujer que desconocía su destino, igual que yo el mío. Un ser sin pasado, con mentiras acumuladas en cajas de zapatos llenas de fotografías de gente que no conocía, de enfermedad y tragedias. Un ser idéntico a mí. Llena de dolor, cubierta por él, y moldeada como una Eva en un paraíso salvaje a bordo de un barco. Dulce Cristina, dulce ella y dulce sensación de estar en casa a su lado.


Todo estaba calculado por el destino de un ser malévolo, el cual sólo buscaba su propio beneficio. Sin embargo, incluso buscando su propio bien salvó mi alma. No importa si sólo era un medio, un simple mecanismo, para su gran truco final. Lo único que sé, que sé realmente, es que ella es la mujer con quien deseo estar. La única mujer con la que podría vivir. No me importa que las heridas sean demasiado profundas, que todo lo que hayamos vivido sea una historia demasiado extraña como para ser narrada con un par de líneas, porque lo hemos sentido y ese sentimiento nos ha hecho más fuertes. Somos Mayfair, no nacimos humanos; pero sí nacimos para estar juntos.

Michael Curry  

jueves, 22 de mayo de 2014

Nuestra última vez

Bonjour aquí les dejo un hermoso relato, por así decirlo, de una de las memorias más extrañas e intensas que tenemos de Julien.


Lestat de Lioncourt 

Nuestra última vez

La cama era el único lugar que podía jurar que mi cuerpo conocía a la perfección. Desde hacía semanas me había recluido en mi habitación, olvidándome de intentar salir debido a los problemas que se habían ido presentando. Mi salud no era buena, y los escasos días que me quedaban eran para mí atesorados aunque eran francamente amargos. El amor jamás estuvo de mi parte, pero para un hombre como yo era algo secundario. Había encontrado la felicidad, aunque sólo en algunos momentos brillantes de mi vida, con engrandecer aún más el apellido que yo mismo había salvado en más de una ocasión. Mis descendientes llorarían mi pérdida, pero yo había hecho mis trucos para regresar tras ser enterrado. Esperaba haberlo hecho bien, pues no deseaba haber perdido mi tiempo en trucos de feriante.

—Lasher—lo llamé al verlo entre las sombras.

Todos envejecíamos y moríamos, nuestro poder quedaba consumido y nos perdíamos en la memoria familiar. Los hombres de la familia no eran más que monigotes mal pintados, muñecos en las manos de las brujas, pero yo era distinto. Podía ver a Lasher y Lasher me obedecía, aunque a veces dudaba si no era yo quien hacía todo lo que él quería. Controlarlo era una tarea dura y difícil.

—Lasher, deja que te vea bien—dije incorporándome en la cama.

Los almohadones quedaron pegados a mi espalda, me encontraba sudoroso y aquejado de algunos dolores. Sin duda no descansaba por mucho que lo deseara. Había tenido visitas durante todo el día, mi hermosa Evelyn había recitado para mí una y otra vez aquel poema, y también decidí leer. No podía creer que hubiesen quemado mis memorias, esa maldita había cometido un terrible error. Eran mis memorias, mis documentos importantes, algo que Stella y el resto de brujas debía saber. No sólo eran mis recuerdos, sino el recuerdo de toda la familia. Aquello me enfermó, creo que por la preocupación y tristeza.

—Julien—su voz sonó tan joven, fresca y masculina como siempre. Era siniestro pensar que aquel ser había estado apegado a cada bruja y yo era su gran trofeo. Sí, era un trofeo que estaba quedándose en el olvido.

No puedo negar que he amado a Lasher tanto como lo he detestado. Siempre estaba ahí para bien o para mal, pero sobre todo estaba para servir a la familia en todos sus intereses. Las finanzas habían mejorado, él traía secretos y tesoros para acumularlos como hacen las urracas en sus nidos. Mayfair and Mayfair, la esmeralda y la casa donde nos encontrábamos era sin duda alguna obra y milagro de ese maldito ser que se aproximaba. Parecía compungido, aterrorizado y algo molesto.

—Te mueres—me dijo como lo haría un niño—. Te mueres.

—Todos morimos—respondí—. Mi muerte será una tragedia para la familia, pero se repondrá—comenté dejando mis manos cruzadas sobre mis piernas.

—No, no quiero que te mueras. Julien eres hermoso. No quiero que te mueras—aquello no sabía si creerlo o no, pero decidí aceptar el hecho que a él le entristecía perderme del mismo modo que a mí me torturaba ser viejo.

Siempre había amado tomar mi aspecto, como si fuera un juego, y mi propio cuerpo. Lasher amaba ver el mundo desde mi privilegiada posición, seducir a mujeres y hombres por igual, saborear el alcohol más caro al más barato, acercarse al barrio Francés y bailar con las putas o simplemente montar en mi caballo. Él era la seducción de la maldad, una criatura que aún desconocía a ciencia cierta de dónde provenía. Sí, venía de aquel valle y había visto su imagen en la vidriera de aquellas ruinas. Sin embargo, ¿cuál era su historia? Eso lo desconocía.

—Lasher, siéntate aquí conmigo—dije, sonriendo al fin.

El momento era el idóneo y debía aceptar que él me necesitaba tanto como yo necesitaba distraerlo. Evelyn iba a concebir un hijo mío, lo había notado nada más marcharse en la tarde. La noche parecía cubrirse de malos augurios, pero aún me quedaban algunos días. Aprendí que cuando uno está a punto de morir sabe cuánto tiempo le queda, si puede esperar o no.

Lasher se aproximó tomando asiento a mi lado, sus largos dedos acariciaron mis mejillas y las escasas arrugas que tenía. Jamás envejecí demasiado físicamente, aunque alcanzaba casi los noventa años. Mi cuerpo, mucho más pobre en belleza que a mis veinte e incluso cincuenta años, se estremeció por el extraño contacto. Era un ente, pero se sentía tan real como cualquier otro amante. Richard me compartía con él, aunque mi elegante anticuario era mi último gran amor. Evelyn, la amaba era cierto pero no era igual que Richard, y mi mujer eran otros milagros que me había dado la vida junto a mis hijos. Sabía que sin mí los Mayfair quedarían desatendidos en muchos aspectos y eso me torturaba. Quería olvidar y Lasher era la única opción. Sus largos dedos sabían donde tocar y sus labios pronto rozaron los míos.

Las mantas bajaron, mi pijama quedó desabrochado y mis cabellos notaron sus dedos jugueteando por cada mechón de mi pelo blanco. Mis ojos azules buscaron los suyos, eran tan pardos como profundos y en aquella oscuridad se hacían más intensos. Rápidamente noté el peso de su cuerpo translúcido sobre el mío y sus dientes rozar mis pezones. Los almohadones cayeron a ambos lados de la cama, como si fueran pesos muertos, y mi cuerpo quedó recostado retorciéndose con sus caricias.

Mi cuerpo quedó desnudo, pero estaba bajo las mantas. Podía ver como estas se movían y abultaban como si hubiese una segunda persona. El rostro de Lasher surgió buscando mis labios y yo lo besé rodeándolo. Podía sentirlo en todos los sentidos de la palabra y cuando me abrió las piernas, flexionándolas, supe que él deseaba hacerme vibrar nuevamente. Nuestra relación empezó cuando tan sólo tenía tres años y en esos momentos, en mis últimos días, seguíamos concediéndonos placer mutuo.

—Así, Lasher, así. Hazme sentir vivo, hazme el amor—dije notando el delicioso placer que me turbaba.

Mis gemidos no tardaron en suceder uno tras otro, mi cabello se pegaba a mi frente pues me empapaba en sudor y fuera los árboles se agitaban. Notaba mis piernas temblorosas y frágiles, pero él las rodeaba con sus fuertes brazos. Podía ver su cuerpo desnudo oscilando sobre mí, clamando mi nombre una y otra vez. Era hermoso sentir el deseo consumiéndome como si fuese el infierno, una gran pira funeraria o simplemente un día terrible de verano. Dentro de mí, aprisionado por mis glúteos, entraba y salía aquel miembro invisible para otros pero tan real, y placentero, como cualquier otro. Ni siquiera Richard sabía tocarme así, de ese modo tan indecente e íntimo, para hacerme gemir sin importar ser escuchado.

—Lasher...—jadeé antes de eyacular notando como él no paraba, sus labios se pegaban a mis caderas y subían por mis costados, dejaban sutiles roces en mis pezones y permanecían largo rato en mi cuello—. ¿Qué va a ser de ti?—dije a sabiendas que sería de él. Stella sería su nueva meta, aunque mi hija estuviese primero en sus planes. Stella era una niña privilegiada en todo el amplio sentido de la palabra, por sus dones y por el legado que caía en sus manos.

—Te amo Julien. Eres hermoso Julien—escuché decirme antes de evaporarse.


Quedé en la cama agitado, sudoroso y solo mirando por la ventana. Mis días en el mundo, tal y como los conocía, estaban llegando a su fin y pronto, en tan sólo unos días, se desataría una terrible tormenta porque Lasher lloraría por mí. Él lloraría por un hombre que fue egoísta a la hora de amar, sin comprender claramente que era el amor, y con una ambición terrible. Tal vez, él sería quien derramara las lágrimas más sinceras en First Street.  

viernes, 16 de mayo de 2014

Desde cero

Desde cero son las nuevas memorias de Rowan y Michael... si yo no puedo cuidarla que lo haga él ¿no?

Lestat de Lioncourt 


DESDE CERO


La luz de la nevera iluminaba parcialmente su rostro; tenía el cabello revuelto, el ceño fruncido y hacía días que no cuidaba su barba. Michael se había encerrado en sí mismo todo el día, pues a penas había dicho algo. Rowan descansaba en lugar seguro y la pequeña había estado llorando casi toda la tarde, pero él no estaba molesto con tener que cuidarla sino con la situación. Detestaba pensar que todo se había reducido a no contradecir a Mayfair and Mayfair, acatar órdenes de Julien y el demonio que le acompañaba, del mismo modo que guardar sus opiniones donde otros no pudiesen leerlas o averiguarlas. No, él no estaba de acuerdo con todo lo que allí ocurría y por eso necesitaba su mejor combinación.

—Sólo quedan tres—dijo sacando una de las latas que se hallaban en el fondo del frigorífico.

Se incorporó cerrando la nevera mientras caminaba con el envase hasta la encimera. Allí, guardado en un forro de terciopelo negro, se hallaba una pequeña joya que la humanidad desconocía por completo. Él había custodiado el libro con cariño y gran interés, aunque Oberon había pedido poder copiarlo en un archivo para llevarlo consigo. Era la historia que una vez le había contado Ashlar, el Rey de los Taltos, que a pesar de todo consideró su amigo.

—Tantos años—murmuró tras un largo suspiro colocándose bien las gafas.

Michael había decidido recordar la historia para convencerse a sí mismo que hacían lo correcto. Los Taltos merecían una nueva oportunidad, una tierra prometida, un poco de libertad y a la vez sabía que no eran esos los planes de Julien; pues las intenciones no quedaban claras, pero el rumbo de los acontecimientos marcaban un camino tétrico y nada halagüeño.

Sacó una de las cervezas del paquete y la abrió sin perder de vista la funda. Tras un largo sorbo que calmó su sed, y también su nerviosismo, sacó el libro y comenzó a leerlo como si jamás lo hubiese hecho. Conocía el significado de cada palabra, los colores vivos y llamativos que tenía sus hojas, y también el final del propio Ashlar. Él había perdido, pero también aprendido.

Michael estaba allí, sentado frente a la encimera que hacía de mesa para el desayuno y almuerzo, con el libro frente a él y tan sólo unos calzoncillos cubriendo su cuerpo. Había rejuvenecido, los músculos estaban más definidos y sus arrugas habían desaparecido junto a sus canas. Julien había obrado un siniestro milagro que él no quería. El corazón ya bombeaba como el de un muchacho, alguien que nunca había sufrido un horrible destino en las aguas del pacífico, y Rowan parecía más tranquila en cuanto a su salud.

Entonces levantó la vista y la vio. Estaba allí con un pantalón de vestir y una camisa simple, de color blanco, con algunas arrugas y una diminuta mancha de sangre en el cuello de la camisa. Ella ya no era la jovencita doctora que había conocido, sino un ser que vivía de noche y se alimentaba de las almas torturadas de las calles de San Francisco, o cualquier otra ciudad, mientras que él cuidaba a una hija que no era suya y vivía una vida que detestaba.

—¿Te lo ha dicho ya?—preguntó directa mientras le miraba con cierta frialdad, aunque sus ojos se volvían tiernos cuando se cruzaban con los profundos océanos de Michael.

—¿Qué?—dijo cerrando el libro para prestarle atención—. Creo que te refieres a que debo iniciar nuevamente contacto con mis viejos empleados, emprender un nuevo proyecto y conseguir que la empresa que fundé, esa misma que cerré para abrirla en New Orleans, llegue a ser la más importante aquí y en cualquier parte de éste país. Sí, me lo ha dicho—ella no pestañeó siquiera cuando habló con ese tono de voz apático—. Lo siento—dijo estirando su mano para tomar la cerveza y comprobó que ella la seguía con la mirada—. No quería hablarte con ese tono, pero todo esto me tiene nervioso y molesto.

—¿Te encuentras bien?—preguntó acercándose a él haciendo sonar sus pequeños tacones sobre el suelo de la cocina.

—Sí, pero todo me preocupa—dijo llevándose la cerveza a los labios para dar un buen trago—. ¿Sabes? No me parece buena idea, pero hay que seguir el plan y no podemos hacer nada—el sabor amargo de la cerveza le recordaba cuan amarga había sido su vida.

Por unos momentos pensó en todo lo que había vivido, con ella y sin ella. Sus ojos se llenaron entonces de un matiz dulce y preocupado, pues no quería que ella sufriera. Rowan estaba desesperada porque no quería ver morir a su hija, a él o a cualquier Mayfair por la ambición de un brujo que había regresado de entre los muertos. Pero él sólo pensaba en los sentimientos que ella tenía, pues podían herirla más que cualquier acción ajena. Sabía que si ella se hundía él no podría hacer mucho, ni si quiera la niña que estaba en la cuna, y era fundamental que estuviera entera en esos momentos.

—Lo sé—se acercó más a él tomándolo del rostro—. No deberías beber, Michael.

A pesar de todo seguía preocupándose por su salud. No quería ver a Michael hundido, bebiendo una cerveza tras otra y sintiéndose culpable de algo que no podía siquiera comprender ella misma. Era una situación difícil, pero saldrían de ella como siempre. Confiaba plenamente en el amor que él tenía por ella, aunque él no podía confiar plenamente por lo ocurrido a lo largo de los años.

Se incorporó del taburete cuando la vio tan próxima y estiró sus brazos hacia la figura delgada de su mujer, pues volvían a ser un matrimonio después de tanto tiempo. Sus anchos brazos la sostenían con firmeza y amor, sintiendo su aroma pegado a su torso porque sus cabellos rizados caían contra su pecho y hombro derecho. Las manos anchas y ásperas de Michael, las de un hombre que se había labrado su futuro con algo más que su inteligencia, acariciaban el vientre su los brazos de Rowan.

—Necesito tranquilizarme y sabes que la bebida siempre me ha ayudado—reconoció besando mejilla izquierda antes de apoyar su mentón en su hombro.

—Yo también lo necesito—dijo cerrando los ojos mientras sentía cerca a Michael. El calor que él le transmitía le hacía recordar a cuanto le quería y necesitaba en esos momentos. Sus manos frías buscaron sus muñecas para que sus manos quedaran colocadas en su cintura. La fuerte y honda respiración de aquel hombre, ese que la conocía mucho mejor que ella, le hacía ver que todo lo que había pasado no era un sueño, como así deseaba creer, sino algo real.

—Dime una cosa...—murmuró—¿tienes miedo de hacerme daño?—aquella pregunta hizo que ella de inmediato abriese los ojos y se apartara.

—¿Por qué me preguntas eso?—dijo dando un paso atrás.

—Acabo de tener la extraña sensación que deseas tenerme a tu lado y a la vez quisieras que me apartara de ti para siempre. La misma sensación que tuve ese día, aquí en esta casa—respondió mirándola a los ojos—. Pero no creo que me hagas daño—estiró sus brazos para abarcar su pequeño y anguloso rostro entre sus manos, acariciando con sus dedos sus pómulos y labios—. No lo harás.

—¿Y si ya lo hice?—preguntó derramando un par de lágrimas—. ¿Y si lo hice?

—¿En qué momento?—sonrió como sólo él podía hacerlo. Era una sonrisa seductora, muy masculina, pero dulce y agradable. Esa era la sonrisa que había estado buscando desde que regresó a su lado.

—Debí alejarme de ti aquel día—sentenció antes de buscar de nuevo contacto con su cuerpo, pues se abrazó de inmediato a él ocultando su rostro en su ancho pecho.

—Hubiese sido un error—dijo sin titubeos—. Habría perdido a la mujer que amo y tú hubieses perdido la verdad que tanto aprecias. Como doctora quieres investigar, ir más allá, y fuiste. Siempre hemos luchado por resolver el misterio ¿por qué iba a ser un error? No es un error.

Su voz era gruesa y áspera, como la de cualquier hombre, pero también dulce y eso hacía que ella desease escucharlo hablar en cualquier instante. Se estaba tranquilizando gracias a su calor, el sonido de sus palabras repitiéndole una y otra vez, si hiciese falta, que no era un error y le recordaba que allí, en esos momentos, tenía su lugar.

Rowan se estremeció. Hubo silencio entre ambos roto por el murmullo de sus caricias. Se reconocían mutuamente como si fuese la primera vez y la última en la cual tendrían esa oportunidad. Ella creía que era un tanto ingenuo, lo creyó cuando lo conoció, pero más que ingenuo intentaba convencerse a sí mismo que podría lograrlo, pues para Michael todo era posible si se intentaba. No quería rendirse, no era un hombre que bajase los brazos y se negara a sí mismo un logro. Si tenía que luchar por la felicidad de su pequeña familia, la supervivencia en un mundo enrarecido y el soportar las órdenes de otros, cuando no estaba acostumbrado, lo haría. Haría todo aquello por Rowan. Ella era el motivo fundamental por el cual estaba allí; ella y esa niña, que aunque no fuese suya la quería a su modo.

Tomó el rostro de Rowan entre sus manos, volvió a mirarla ese deseo insaciable que tan bien conocía, y la besó. Puso sus labios sobre los suyos y comenzó a besarla mientras bajaba sus manos hacia su cuello, las deslizaba por su pecho y agarraba sus senos entre sus manos. Rowan apartó su boca de él y gimió. Tenía los labios algo rojos y sus mejillas también habían tomado algo de color. Ya no lloraba, no tenía porque hacerlo. Él sintió entonces una de las finas y suaves manos de Rowan, tan suaves como delgadas, acariciando su entrepierna mientras se apoyaba sin cuidado en el hombro derecho de Michael.

La tomó entre sus brazos y ella colocó sus piernas entorno su cadera. Se besaban desesperados, igual que unos adolescentes, mientras la subía sobre la encimera de la cocina. Ambos se miraron unos segundos, como si buscasen un consentimiento mutuo. Michael desabrochó su camisa botón a botón, para quitársela con cuidado, y observar el sujetador blanco de algodón que llevaba. Rowan no había sido demasiado erótica con su ropa íntima, pero siempre la había deseado por ese pudor mínimo, casi imposible de descifrar, que a veces tenían sus ojos grises. Se inclinó sobre ellos y besó sus pezones, que comenzaban a endurecerse, bajo la fina capa de tela que los cubría.

—¿Aún me amas?—preguntó ella provocando que Michael dirigiera sus profundos ojos hacia ella.

—Jamás lo dudes—respondió soltando su cabello, pues lo llevaba recogido de forma que la pequeña melena que tenía quedara prácticamente oculta. El aroma a frutas y flores que ella llevaba pegado a sus rizos, algunos que ya caían sueltos en su frente mucho antes que él la despeinara, arrancaba una sonrisa a Michael desde lo más profundo de su ser.

A pesar de los desencuentros, las numerosas discusiones, el distanciamiento cuando ambos creían haberse perdido el uno para él otro y para sí mismos, el dolor y la tragedia, se amaban. No habían perdido esa necesidad de estar juntos, en contacto permanente. Él le perdonaba todo, aunque hubiese llorado por sus malas decisiones, porque la amaba de una forma entregada y respetuosa. Podía dominar sus sentimientos, pero no podía dominar los de ella ni su vida. Él podía influir en sus decisiones, sin embargo no era nadie para obligarla. Su amor no era egoísta, sino sincero.

Michael desabrochó su sujetador y lo tiró al suelo, como si le quemase, para contemplar sus pechos de pezones cafés. Él hundió su rostro en ellos para sentir la suave calidez de éstos, rozó con sus labios ambos y mordió el pliegue que se formaban bajo estos. Su lengua recorría cada parte de su piel, se dejaba llevar por las sensaciones y ella colocó sus manos sobre su espeso cabello rizado. La respiración se entrecortaba mientras los dedos de Michael abría el primer botón de su pantalón blanco, para continuar con los dos restantes, antes de bajarlos con algo de dificultad pero sin dejar de jugar con sus pezones. Aquellos pezones que se endurecían bajo sus labios y que sentían el cosquilleo de su barba de varios días, esos mismos que él tanto había extrañado. La boca de Rowan se abrió para dejar escapar varios suspiros y las manos de él acariciaban sus muslos calientes. Ella podía estar algo fría, por lo que ahora era, pero la sangre que había bebido, y las sensaciones que él le regalaba, la calentaban de pies a cabeza. Contrajo su vientre y sus piernas temblaron cuando Michael mordió su pezón derecho y tiró de él.

—Michael...—susurró con sus dedos hundidos en su espeso pelo negro, justo antes de tantear su rostro y quitarle las gafas dejándolas en lugar seguro—. Michael...

Él echó la fina tela de sus braguitas hacia un lado, hundiendo el dedo corazón entre sus labios inferiores, mientras la miraba a los ojos calentándola aún más. Ella inclinó su cabeza hacia atrás, su largo cuello tenía un aspecto de tallo de junco a punto de troncharse por el viento, y abrió aún más sus piernas. Michael lo supo, lo supo muy bien. Colocó ambas manos en sus caderas y tiró de la goma de la prenda íntima, para bajarlas y arrojarlas junto al sujetador.

El interior de Rowan era cálido y húmedo, tan cálido y húmedo que lo enloquecía. Cerró los ojos unos segundos y se inclinó hacia delante, besó sus senos de nuevo así como sus clavículas y su cuello. Ella jadeaba temblorosa, pero pronto lo abrazó rodeándolo con sus piernas y sus brazos; Michael se rozó contra su sexo, aún con sus boxer, moviendo enérgicamente sus caderas. Su clítoris estaba siendo estimulado por el roce de la prenda y él sentía que iban rápido pese a su cuidado.

Con rapidez se deshizo de aquel abrazo y se arrodilló en el suelo de madera, abriendo bien sus piernas para colocarlas sobre sus anchos hombros. La lengua de Michael se coló dentro de su vagina, saboreando sus fluidos que ya empezaban a humedecerla cada vez más, haciéndola sentir en el paraíso por el placer que le ofrecía y las cosquillas que añadía sus mejillas cubiertas de esa barba, tan excitante y atractiva. Las manos de Rowan fueron al borde de la encimera, apretándola para no caerse, mientras él jugaba con su lengua entre los pliegues de su sexo, su clítoris y el orificio de su vagina. Una mano de Rowan, la diestra, fue a su nuca para atraerlo más hacia ella. Él podía sentir su mirada deseosa y complaciente, así que eso sólo aumentaba su necesidad, llevando en ese momento su mano derecha al interior de su boxer para masturbarse.

—¡Michael! ¡Ya!—gritó tomándolo del rostro para que la viera, completamente perlada por el sudor y entregada a la desesperación—. Hazlo—le ordenó.

Él se incorporó sacándose la ropa interior, y arrojándola a un lado de la habitación, para penetrarla. Cuando su glande al fin entró en ella, empujando con cierta necesidad el resto de su miembro, notó que lo miraba como la primera vez. A penas podía ver bien debido a sus problemas oculares, pero podía sentir esa mirada y más o menos su rostro enfocado en el suyo.

No podían esperar más, no podían. Necesitaban sentirse el uno al otro. Estaban impacientes por recordar como era tenerse el uno al otro, fundirse más allá de la piel y adentrarse en los terrenos del alma y los sentimientos. Se colocó sobre ella, mientras Rowan intentaba no caer la cerveza sobre el libro. Con cierto cuidado, a pesar del placer que sentía, tomó la lata arrojándola al fregadero. Él no se molestó por eso, sino que lo entendió y aumentó el ritmo. Las caderas de ella golpeaban contra las suyas y sus manos fueron a sus hombros, clavándose sus uñas, mientras él gemía su nombre. De nuevo ella sentía un delicioso ardor recorriendo su sexo, intensificando el hormigueo que notaba en su vientre bajo y le dolían sus muslos de apretarlo contra su cuerpo. Sus pechos se movían con cada arremetida, a cual más desesperada, mientras su mano derecha buscaba arañar el torso de Michael. El olor de la sangre que tenía en sus uñas, unas uñas mucho más filosas que las de cualquier humano convencional, la excitó y decidió pellizcar los pezones de su amante y esposo.

—Hazlo con fuerza—dijo como aquella primera vez provocando que él recordara esa sensación, esa furia contenida, y lo hizo. Golpeaba con tanta fuerza que prácticamente la movía como si fuera una muñeca. Las nalgas de Rowan rozaban el mármol de la encimera, sus piernas rodeaban mejor a Michael y sus brazos finalmente quedaron sobre sus hombros de nuevo.

Sabía que no la podía romper, que ya no era igual que antes, pero él sentía que debía controlarse y a la vez se desbocaba aún más. Su corazón latía como nunca antes, bombeaba con fuerza bajo su ancho torso, y se sentía joven. Estaba a punto de cumplir sesenta años y allí estaba, con su apariencia de treinta años y con su mujer rogándole hacerle el amor como si acabaran prácticamente de conocerse. Porque ambos volvían a conocerse, pues habían pasado demasiadas cosas como para no tenerlas en cuenta.

Rowan dejó escapar un gemido mucho más fuerte que los anteriores, un gemido que despertó a la niña que dormía en la habitación principal, y que hizo estallar a Michael en su interior. Los delgados brazos de ella cayeron a ambos lados mientras él aún se movía dentro, sintiendo como se habían unido una vez más. Ella lo miró con lágrimas amontonándose en sus hermosos ojos, pero no quiso derramarlas sin antes incorporarse y besarlo. Besó a Michael con cierta amargura, pero segura de todo lo que había hecho.

—Gracias por amarme como lo haces—dijo en un murmullo antes de separarse de él algo agotada, con las piernas temblorosas, pero decidida a ir a por su hija.

Michael guardó silencio y se sentó en el suelo, con la espalda pegada al mueble de la encimera y el rostro girado hacia el pasillo. Deseaba decirle que no importaba si ella no le amaba tanto como antes, si todo no podía ser igual, porque él estaba convencido que debían estar unidos; unidos eran más fuertes y podrían con los nuevos monstruos que podían ponerse en su camino.


—Te amo Rowan, te amo...  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt