Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 28 de agosto de 2017

Descubrimientos

Daniel es un lechado de virtudes... ¡Qué paciencia! 

Lestat de Lioncourt 

Recuerdo una noche despertar por el ruido de los muebles y electrodomésticos de la cocina. Escuchaba como las puertas se abrían y cerraban, los cajones deslizaban, se escuchaba el movimiento de los cubiertos, el golpe rápido de los cuchillos, el ruido típico de la batidora y licuadora, el timbre del microondas y, por supuesto, el tarareo de aquel mocoso inmortal que parecía gozar de uno de sus terribles experimentos.

No quería imaginar qué clase de horrores estaba creando en mi cocina, el santo lugar donde calentaba las pizzas congeladas del supermercado o creaba emparedados poco sanos a media noche. Ese lugar donde mi nevera antes estaba cargada de cerveza, agua y huevos a lo sumo y ahora parecía el frigorífico de un laboratorio de drogas o del mismísimo Doctor Jekyll.

Miré mi despertador anunciaba que eran las dos y cinco de la madrugada. De repente una risa incontrolable surgió de la nada, lo cual me provocó un escalofrío y un mal presentimiento. Desconcertado busqué las gafas por la mesilla de noche adjunta a mi cama, salí de esta y busqué mis zapatillas. Al no encontrarlas, pues estaba aún demasiado somnoliento, decidí aventurarme por la casa sintiendo que era una pésima idea ir a ver qué diantres estaba pasando en el ala opuesta a esta.

Tragué saliva, me sequé el sudor frío que empezaba a deslizarse por mi frente y me acomodé mejor las gafas. Me temblaban las piernas porque la risa seguía y seguía, pero una vez llegado a la cocina mi espanto se convirtió en sorpresa mayúscula e incredulidad.

En mitad de la cocina estaba Armand sentado en la mesa, después de haber puesto todo patas arriba, con la camiseta manchada de lo que pude intuir moras, un bol de gusanos triturados, o tal vez sesos, y diversos utensilios con restos de plastas verdes, marrones e incluso azuladas. No quería siquiera pensar qué diantres era cada cosa o si provenían de algo animal, vegetal o mixto. De verdad, no quería. Pero lo que me dejó en shock fue lo que él estaba haciendo.

Se hallaba, como he dicho, sentado en el borde de la mesa donde solía desayunar. Cabe decir que era una mesa robusta, aunque no muy grande, de picos redondeados y con unas patas de hierro forjado bastante pesadas. Se encontraba de espaldas y estaba dándose masajes en la nuca, así como en el cuello y en los omóplatos, con un vibrador estilo bala. Sí, de esos metálicos de cilindro con borde redondeado. ¡Los más simples y comunes! ¡Eso mismo! Y era de color chicle.

—¡Qué demonios estás haciendo!—dije sin saber qué carajos hacía con esa cosa y por qué la había traído a mi apartamento.

—Me doy un masaje con un masajeador que encontré en la casa de una de mis víctimas. ¿Por qué nunca me hablaste de esto?—dijo deteniéndose para girarse con su encantador ceño fruncido. Sus enormes ojos almendrados se clavaron como dagas y su boca se torció—. ¿Qué otros inventos me escondes?

—¡Eso no es una máquina de masajes, imbécil!

No podía creer que fuese tan inocente y a la vez un auténtico criminal. Él miró el aparato, el cual apagó, y luego me observó con suspicacia alzando su ceja derecha. No me creía. Estaba seguro que no me creía.

—¿Y qué es? Dime. Yo sé que me vas a mentir.

—Un vibrador—respondí al instante—. ¡Se da placer con eso las mujeres y algunos hombres!

—Los masajes son placenteros, así que no me engañes. He descubierto solo para que sirve—dijo el muy imbécil todo orgulloso por su proeza.

—¡Eso se mete en la vagina o en el ano! ¡Es para darse placer sexual!

Odiaba gritar, odiaba gritarle, odiaba todo... ¡Pero no tenía otra!

Su cara se descompuso, miró el aparato con cierto asco y lo soltó arrojándolo en el suelo. Se bajó caminando torpe hacia mí porque llevaba mis zapatillas de estar por casa, las cuales no encontraba antes en el dormitorio, y se aferró a mí.

—Eres cruel... ¿por qué no me has dicho que había cosas así? He estado masejeándome y dándome cosquillas con ese aparato—sus brazos estaban alrededor de mis caderas y el lado derecho de su rostro pegado a mi torso.

Era bajito. No demasiado bajito, pero sí bajito. No alcanza el metro setenta de estatura, ni siquiera lo roza. Su cabello alborotado de color castaño rojizo siempre me ha resultado similar al pelo de un caniche, pero con mayor suavidad y con un olor característico similar al mío pues usaba el mismo champú que yo usaba. Creo que aún lo usa, pero no estoy seguro. Repentinamente se echó a llorar.

—Oh, basta...—dije a regañadientes—. ¿Qué tripa se te ha roto ahora?

—Debo parecerte estúpido—susurró.

—Un poco, pero digamos que todos podemos llegar a serlo de algún modo u otro—comenté acariciando sus cabellos, enredando mis dedos por sus mechones, mientras pensaba en cómo educar a un vampiro de más de cinco siglos en el mundo moderno.

—Es cierto... Tú también lo eres cuando prefieres dormir a estar conmigo.

—No empecemos—dije tras un largo suspiro—. Tengo que llevarte a un Sex Shop y a tiendas de electrodomésticos para que sepas toda la tecnología, pero si tienes alguna duda... ¿qué debes hacer?

—Preguntar al dependiente y no molestarte a ti—dijo echando sus brazos a mi cuello mientras se colocaba de puntillas e intentaba calzarme un beso. Al final, lo consiguió pese a que yo era reacio.


Su boca se pegó a la mía y su lengua se transformó en la de una serpiente. Pronto tuve mi dosis de sangre, la droga más deliciosa que jamás he probado, y al separarse me miró como lo haría un niño entusiasmado. Jamás he podido averiguar cómo puede tener esa doble perspectiva. Por un lado es el asesino cruel e implacable, el adulto serio e intransigente que no le tiembla la mano a la hora de castigar a sus enemigos, y por otro es como un adolescente que quiere experimentar, ser amado y disfrutar de lo emocionante de esta vida.  

domingo, 23 de abril de 2017

Debí confiar más en ti.

Louis lo admite. Tarde, pero no importa.

Lestat de Lioncourt 


Habíamos vuelto a discutir sin remedio. Era algo que hacíamos desde la primera noche. Nuestro camino se había convertido en una tortura de principio a fin, pero a la vez no podíamos estar demasiado lejos el uno del otro. Admito que siempre he tenido gran parte de culpa, pues he exigido verdades demasiado profundas e imposibles de aceptar como tales. Cuando él me decía algo, por mínimo que fuese, de inmediato creía que sólo se burlaba de mí. No importaba si así fuese o no, pues yo todo lo tomaba como un ataque. Soy un maldito imbécil y un arrogante que se creía superior por su dinero, sus tierras, su cultura y su educación. Desconocía por completo que él había venido a mí por amor.

Un día, por mera casualidad, descubrí que provenía de la misma ciudad en la cual yo había nacido. Aquello hizo que mi corazón bombeara desbocado, pero de inmediato creí que sólo era una coincidencia y más tarde que probablemente había jugado conmigo para burlarse comprobando mi desmesurada reacción. Siempre creí que su forma de comportarse tosca era debido a formar parte del populacho, pues jamás pensé que era un noble. Nunca hubiese imaginado que los nobles comían con sus animales en la mesa, que incluso peleaban con ellos por un trozo de carne y que eran capaces de poner sus botas llenas de barro sobre el mantel. Él me desmintió todo y rompió cada uno de mis mitos.

Esa noche, en la cual habíamos vuelto a discutir como siempre, había salido a la luz la muerte de mi hermano. Él se enfureció. Decía que no dejaba descansar a los muertos y por ello pagaría un alto precio. No entendía el motivo por cual lo decía. Ahora sé que era porque aunque él no podía comunicarse con ellos, ni verlos, sí era capaz de sentirlos. Por aquella época sólo poda apreciar la perturbación en el ambiente. Él había supuesto que allí estaba mi hermano observándonos, llamándonos demonios o satanistas, cuando él había huido de una secta tan peligrosa como la propia religión cristiana.

Fue la misma noche en la cual provoqué un terrible incendio. Habíamos tenido distintas discusiones y ya no pude más. Creía que amaba más la mansión, mis tierras, la vajilla misma o las cómodas camas, donde incluso su padre había yacido, que yo. No pude soportarlo. Fue por celos. Admito que fueron unos celos terribles. Las llamas me hicieron sentirme bendecido y sus lágrimas ante la tragedia fortalecido, pero entonces me miró serio y tomó el sendero para marcharse de allí algunas horas. Pasado el peligro, y ya en Nueva Orleans, desapareció algunos días.

A la tercera noche apareció con una sonrisa triunfante. Yo aún seguía negándome a consumir humanos, pues creía que era algo horrible. No podía arrancarle los sueños, la ilusión, la fe y todo lo que somos, o al menos todo lo que somos cuando somos aún mortales, a otro ser. Imposible. Pero él había encontrado a dos prostitutas y las devoró sin vergüenza ni dolor frente a mí. Disfrutó coqueteando, pasando su lengua por sus senos empolvados, aspirando el aroma de estos y dejándose agasajar la entrepierna. Todo aquello frente a mis narices.

Los celos de nuevo me consumían. Pude haberlas ayudado, por supuesto. Tal vez incluso pude detenerlo y echarlo fuera de la sala. Sin embargo, me quedé allí observando todo esperando que se pudrieran en el infierno. Jamás lo he confesado tan a viva voz. Quizá no podía, pero creo que simplemente no deseaba que él supiera lo mucho que lo amaba, lo envenenada que tenía mi alma por la necesidad de ser el único y tampoco lo asumía. Supongo que tampoco era capaz de asumir mi homosexualidad. Nunca fui capaz hasta que regresó tras deshacerse de los cuerpos.

—¡Por qué lo has hecho!—dije abruptamente nada más escuchar sus pasos por el pasillo.

—Porque puedo, porque quería, porque lo deseaba y porque soy malo. ¿Acaso no soy el diablo, Louis?—preguntó rebasando el marco de la puerta del salón del apartamento que habíamos alquilado.

—No puedo más...—murmuré con la voz quebrada.

—Dilo, Louis. Di que soy el diablo, di que soy cruel. Dilo, pues me hace sentir bueno—decía aproximándose a mí con esos hermosos ojos profundos de zafiro.

—Déjame... ¡Ten respeto!—grité dando unos pasos hacia atrás.

—¿Respeto a qué? ¿A Dios o a tus malditos celos de sodomita reprimido?—aquellas palabras me hicieron abrir la boca de par en par, así como mirarlo absolutamente atónito—. El día que asumas que me amas, que me codicias tanto como a la sangre, no estaré a tu lado. Me habré ido cansado y arrepentido por haberte creado.

—¡Sabes que no es así!—dije desesperado.


—¿Qué no es así? ¿Tu amor por mí? Puedo verlo y sentirlo—susurró antes de moverse demasiado rápido para atraparme entre sus brazos y besarme. Hizo que me temblaran las piernas y que mi corazón latiese desbocado. Realmente lo amaba. Esa noche lo asumí. Asumí todo.  

lunes, 6 de febrero de 2017

Mi amigo Raymond Gallant

¡Quién lo diría! Marius tiene un amigo.


Lestat de Lioncourt


—Han pasado demasiados años.

Mi voz tembló como una hoja. Sentía que apenas podía contener el llanto. Pero era un llanto lleno de felicidad. Al fin podía ver nuevamente el rostro de un viejo amigo. Un rostro amable, lleno de bondad y con una energía intensa. Nos conocimos en el siglo XVI, sin embargo logró seguir en este mundo sin necesidad de un vínculo de sangre.

—Siglos—dijo de pie en la puerta, donde aún me recargaba asombrado por su visita.

—Sigues siendo el mismo—murmuré.

No hubo gotas ardientes de sangre milenaria o centenaria en sus labios, ni la vida noctámbula que todo vampiro debe llevar. El eco del pasado en el presente, eso era. Un fantasma. Un ser sin cuerpo, pero con una belleza humana y una apariencia demasiado real. Había conseguido emular la vida siendo parte del gran misterio de la muerte. No podía detener la felicidad que sentía.

—Intento—hizo un gesto con la mano, preguntando si podía pasar, pero yo seguía demasiado aturdido.

—Es asombroso...

Nos habíamos visto ya, en Nueva York, pero apenas unos segundos. No pude hablar con él como merecíamos ambos. ¡Había tantas cosas que contarnos! Era increíble que estuviera allí, que pudiese abrazarlo y acariciar su rostro.

—Me adulas—se carcajeó.

—Jamás quise creer que los espíritus podían ser...

Quedé rontudamente maravillado ante la expresividad de su rostro. Las escasas líneas de expresión se marcaban en sus ojos, boca y también nariz. Era como ver un rostro de carne, piel y huesos. Hice que pasara a mi vivienda, moviéndonos por el hall de entrada que comunicaba a la biblioteca, una pequeña estancia para ver televisión y escuchar la radio, y un bonito comedor que usaba habitualmente para reuniones inesperadas.

—Comprendo.

—Pero, por favor, siéntate—dije haciéndolo entrar en la biblioteca de mi lujosa vivienda. Las paredes estaban repletas de libros y había algunas vidrieras que yo mismo había elegido construir, con un diseño propio, así como un suelo de mármol perfecto que estaba siendo cubierto por algunas alfombras persas—. Qué clase de amigo soy si no te invito a pasar a mi refugio, sentarte cerca de la chimenea y conversar.

—Gracias, pues los fantasmas sentimos frío, al igual que si estuviéramos vivos—comentó sentándose en el sillón más próximo a la chimenea, uno opuesto al que yo solía ocupar.

Habíamos regresado a Brasil, pero momentáneamente nos encontrábamos en Noruega porque deseaba retomar algunas posesiones. No sabía si las vendería, pero de momento quería volver a verlas antes de regresar por completo a aquellas tierras que tan buen provecho para la salud de Daniel supuso.

—Dime, ¿qué te trae por aquí?—pregunté.

—¡Visitarte!—exclamó jocoso—. Casi no pude apreciar tu compañía en esos días tan...

—Horribles—dije al notar que no encontraba palabra apropiada para ese desastre.

—Sí, horribles.

—Siempre te amé—confesé—. Siempre—hice un inciso al comprobar que sus mejillas ardieron—. Siento un profundo amor hacia nuestra amistad, pero también un respeto terrible hacia tu labor—decía aquello de todo corazón. Era un hombre sabio, bondadoso y paciente. Siempre nos habíamos carteado hasta que un día sus palabras dejaron de venir en forma de pequeña misiva. Fue entonces cuando supuse que había muerto, tal vez por una enfermedad o ejerciendo su labor, así que lloré amargamente su partida y a la vez supuse que habría sido una liberación porque al fin conocería, comprendería y experimentaría el trato con la muerte y lo que hay tras ella—. Eras un hombre sabio, bondadoso y paciente. También un temerario.

—Sí, fui uno de los primeros que decidió acercarse a ti—susurró en complicidad—. Habías creado a Pandora y ella impulsó de algún modo nuestra orden de sabios.

—Esa mujer es incorregible, pero realmente inspira a ser mejor—aseguré.

—Déjame ver tus obras, por favor. Quiero llorar ante la belleza que ofrecen. Amigo mío, necesito volver a contemplar tus milagros.


Mis milagros estaban en la parte superior del edificio. Había toda una sala llena de pinturas y frescos, los cuales cubrían las paredes y techos. Allí lo llevé para que lo contemplara a mi lado. Ambos empezamos a cantar viejas canciones que creíamos olvidadas. Eran canciones y poemas de la época en la cual nos conocimos y entablamos una amistad que ha prevalecido ante el supuesto final de sus gloriosos días.  

jueves, 19 de enero de 2017

Soy recuerdos



Oberon me pareció un poco cínico, pero amo a los que son como él. Todo un caballero y un hombre lleno de dolor.

Lestat de Lioncourt 



Hace años que esto ocurrió. Sin embargo, aún recuerdo el sistema operativo que tenían los viejos ordenadores de la sala de informática, así como el olor a playa penetrando por la ventana e instalándose en la habitación como en cualquier otra. Las noches se hicieron eternas en ese lugar. Aguardaba un rescate que no ocurría mientras buscaba en Internet diversa información acerca de la familia de mi madre, pues necesitaba contactar con ellos de forma urgente. Había enviado algunos e-mails al Hospital Mayfair, justo en el buzón de sugerencias del paciente. Oculté los datos mediante claves no muy difíciles de averiguar para Rowan, pues eran menos anagramas y diversos juegos de palabras. Pero nadie vino.

Mis hermanos morían, mis padres estaban muertos, y sólo podía tener la esperanza de seguir siendo alimentado con un vaso de leche al día. Un único vaso. ¿Sabéis qué es eso para un Taltos? Apenas una gota de lluvia en el desierto.

Sigo reviviendo los últimos momentos de mi padre, pero los más felices fueron cuando viajamos en helicóptero por primera vez. Jamás había visto uno aunque sabía como se viajaba en él y el sonido de sus hélices. Esos viajes a San Francisco, París, Londres, Madrid... viajábamos hacia una isla cercana y después despegábamos hasta los confines del mundo. También había travesías en barco y barcas motorizadas. Aquella isla era nuestro hogar, el lugar donde regresar cargados de recuerdos de aventuras deliciosas, apasionantes y necesarias para nuestro desarrollo cognitivo.

Nací en el Caribe, cerca de arenas blancas llenas de conchas hermosas y de palmeras cargadas de coco. No soy un hombre de vivir en una ciudad como Nueva Orleans. Aquí me siento alejado de quien soy. Camino por la calle y observo a los hombres sin alma, sin fuerza, sin sueños y no me reconozco en ellos. Quizá busco a mi padre en todos ellos. Tal vez los empresarios jugueteros no siempre tienen la ilusión de un niño, ni la mente ágil y tampoco la bondad de un santo sin templo.

Miro mis uñas azul eléctrico gracias a perfecta manicura y deseo agarrar las estrellas, pese a saber que son lejanas. Quizá más lejanas de mis recuerdos sobre mi madre. Todavía puedo oler su fragancia como si me abrazara llorosa, asustado y llena de ira. Aún puedo sentir como vibraba lo salvaje bajo su pecho y como emanaba de este la leche más deliciosa que he probado.

Sé que Rowan no vino antes a buscarnos porque no creyó que la situación era tan grotesca. Pensó que simplemente era una trampa de Ashlar para volver a verla, conversar y plantear nuevos proyectos. Nunca sospechó que realmente estaba muerto, igual que Morrigan. Pude ver en sus ojos dolor, rabia e indignación. También un profundo respeto hacia mí, pero también miedo. Sé que me teme porque soy un hombre Taltos, un macho de mi especie. Mis hermanas para ella son inofensivas. Una de ellas incluso le recuerdan a su hija Emaleth. Supongo que por eso nos cuida. Quiere resarcir su pena, lamer sus heridas, aceptar sus errores y tener una nueva oportunidad.


Yo sólo puedo mantenerme sentado frente a este ordenador con los ojos llorosos. Lloro por lo que no fue y por lo que tuvimos. Lloro por mi padre y mi madre. Lloro por los errores cometidos por mis hermanos. Lloro por la maldad de los hombres y su codicia que aplastó a mis hermanos, mis recuerdos, mi vida y a mí mismo.  

domingo, 30 de octubre de 2016

Demonio y ángel

Supongo que era el único que la quería en esa casa.

Lestat de Lioncourt 




Su cabello era negro muy espeso y suave, caía en ondas descaradas sobre su estrecha espalda. Tenía la piel como la de una muñeca de porcelana. Poseía una sonrisa casi mágica. Me enamoré de ella perdidamente cuando la tuve frente a mí. Era solo una niña. Sabía que iba a estar a sus servicios, como hice con su madre Antha y su abuela Stella. Dormía cómodamente en su cuna la primera vez, la última estaba en su cama ebria de pastillas que no necesitaba.

Pobre de mi Deirdre. Pobre de ella. Siempre pensé que algún día regresaría a este mundo con la fuerza necesaria para expulsar a Carlotta de su vida. Pero no pudo. Murió. Esa misma noche yo creé la tormenta más devastadora de la historia de la familia de brujas Mayfair.

Me adentro en mis recuerdos buscando palpar su fina figura de estrecha cintura, largas piernas que serían la envidia de una sirena y aroma a jazmín. Olía como el propio jardín de hierba salvaje tan crecida como sus miedos, delirios y rabia. Encuentro a una muchachita apoyada en un árbol oteando el horizonte mientras el crepúsculo cubre todo. Aún así ella no salía del porche, sentada en su mecedora, pero yo llenaba su mente de recuerdos felices y pacíficos. No quería que se viese allí postrada como una muñeca rota. ¡Era mi Deirdre!

Dulzura silenciada, tortura a la vista de todos.

En las noches iba a buscarla para bailar sobre el colchón, bajo sus pulcras sábanas, y escuchar sus leves gemidos llamándome. Si a alguien amó, más allá de su fruto prohibido, fui yo. Era su amante, su protector, su ángel de la guarda y el demonio que susurraba entre las ramas su nombre una y otra vez. Las mismas ramas que golpeaban el cristal de su habitación.

Mis labios rozaban sus pezones, mi frío aliento se posaba en su vientre plano y mi inexistente lengua acababa abriendo su estrecha boca inferior. Esos labios carnosos se humedecían mientras su boca gemía y su figura temblaba. Manteníamos un vals distinto, un tango a medio inventar, que satisfacía a ambos. Mi miembro invisible se colaba dentro de ella, abarcando aquella cálida entrada, mientras mis caderas se movían con masculino deseo. Ese era nuestro ritual de lujuria que caldeaba su piel, cubriéndola de sudor, mientras nos uníamos. Nuestras almas se enamoraban seducidas por la depravación de la libertad. Ella era mía, yo era de ella. El vínculo surgió antes de su nacimiento.

Depravación, pasión, satisfacción, locura y verdad.


Soy el Impulsor. Soy el Hombre. Mi risa terminó convirtiéndose en lágrimas de tempestad. Soy la lascivia de unos temblorosos labios que me invocan continuamente. Soy la seducción. Soy el espíritu familiar. El ser que vigila, escucha y protege las almas de las brujas que juró servir hasta ser parte de la propia familia. Siempre he mendigado otra vida, por eso estaba a su lado, pero también era el cancerbero de aquel pequeño cuerpo que luchaba por huir de esas cuatro paredes. Ella era el ángel que olía a drogas y que deseaba vivir en cielos distintos.  

jueves, 21 de julio de 2016

Amor

Louis debería entenderme mejor porque no hay que no haga por él. 

Lestat de Lioncourt. 


—Siento que mi alma siempre está llorando. Me mortifico cada noche entrando en hecatombe personal. Recuerdo cada palabra que no he dicho, las cuales me hacen entrar en un desconsuelo terrible, para luego unirlas a las que, de forma trágica, tuve que pronunciar. Cada noche es un eslabón más en las pesadas cadenas que atan mi alma—dije aquello recostado en el sofá mientras permitía que él acariciara mis cabellos. Mi cabeza estaba sobre sus piernas y él parecía ensimismado—. Necesito que...

—Necesitas dejar de ser un maldito lastimero, Louis—respondió dejándome en silencio—. ¿Cuál hecatombe? ¿Por qué te mortificas?—preguntó encogiéndose de hombros mientras alzaba sus manos de largos y finos dedos. Echó la cabeza hacia atrás y relajó su cuerpo dejando sus codos apoyados en el respaldo del asiento—. Somos igual que Dios. Nos asemejamos a él. Dios no es perfecto, de hecho creo que si existe es imbécil, y nosotros somos iguales. Cometemos errores, hacemos juicios precipitados, matamos indiscriminadamente y sonreímos a la muerte con el sabor de la sangre en la punta de nuestra lengua.

—¡Cállate!—grité incorporándome mientras huía de su presencia.

—No quieres escuchar la verdad... —murmuró con una sonrisa burlona.

—¿Cuál verdad? ¡Cuál! ¿Tu verdad? Esa verdad no me vale—entré en cólera abrazándome a mí mismo. Había sido un idiota al creer que él me entendería. Llevábamos más de un mes a solas y despreciaba su forma de responderme. Quería que fuese como era con las furcias con las que coqueteaba. Con ellas era entregado y dulce, pero conmigo era un maldito cretino.

—Vamos, Louis—amplió su sonrisa para luego carcajearse de mí.

Estaba allí con esas prendas propias de un noble a mi costa, con mi dinero, disfrutando de los lujos que yo poseía, pero no era capaz de darme un consejo o una palabra amable. Todo lo que quería de mí era mi dinero. Un vacío gélido se agolpó en mi corazón y sin pensarlo me eché a llorar.

—Oh, no—suspiró entre exasperado y hundido—. Otra vez no—su rostro cambió a una seriedad impropia para luego levantarse. De inmediato lo tenía rodeándome besando mi cuello, rozando con la punta de su nariz la parte trasera de mi oreja y dejando que sus manos rozaran descaradamente mis caderas—. No llores, mon coeur—murmuró—. Mon ange... Je n'imagine pas ma vie éternelle.

¿Por qué eres de este modo? Es terrrible—dije hundiendo mi rostro en su pecho, cerca de sus clavículas, notando comos su manos comenzaban a recorrerme. Temblaba igual que una hoja y quería que él me diese la fuerza necesaria para continuar.

Porque te amo—dijo con la voz quebrada.

Nunca entendí esa forma de amar hasta ahora. Me preparaba para cosas más terribles que la muerte de una presa. Algo más allá de lo inimaginable. Además, debía dejar mi vida mortal a un lado. Ya no era el hombre que habían conocido. Tenía que asumir nuevas responsabilidades mucho más gratificantes, pero era incapaz. Ahora lo veo claro. Estaba equivocado en todo. Incluso en sus motivos económicos. 

viernes, 6 de mayo de 2016

La vida no es una luna de miel.

Petronia y Arion "regresan" de dónde quiera que estuvieran...

Lestat de Lioncourt 


El cielo de Nápoles estaba cubierto de nubarrones densos. La lluvia se precipitaría pronto recorriendo toda la ciudad. Las hermosas vidrieras de la planta superior no tenían la mágica belleza de otras noches y parecían deslucidas debido a la tragedia que se había generado tras ellas. Durante años la vivienda había estado vacía, oscura, carente de recuerdos e incluso carente de belleza. Porque la belleza de un lugar como aquel era la vida que tenía cuando llegaba la noche y las luces se encendían junto a la música y las herramientas eléctrica, de fina precisión y fácil uso, que se usaban para elaborar las joyas más prestigiosas de toda Italia.

Los muebles aún estaban cubiertos de polvo y algunos destruidos por la furia ejercida contra la pared, el suelo o el propio techo. La lámpara de lágrimas de cristal de bohemia se había desplomado en la planta superior, justo en el dentro del hall, mientras que la escalera de caracol parecía invitar a husmear por las silenciosas estancias que permanecían a la espera de sus dueños.

¿Cuándo se convirtió aquel lugar en el paraíso del silencio? ¿Por qué todo se había hundido de ese modo? Un lugar de columnas de mármol, frescos maravillosos, elegantes muebles y bellas cortinas que ahora estaban sucias y algo descoloridas.

La fecha de inicio de la tragedia no era exacta, pero posiblemente había comenzado por el 2011. Un murmullo se hizo presente en la biblioteca, la misma que tenía todos los libros diseminados por el glorioso suelo de mármol, mientras uno de sus habitantes meditaba solo frente al ajedrez. Era como si las fichas le hubiesen hablado. Tal vez el rey del tablero se cansó de proteger a la reina o quizá fue el jinete del caballo que descendió de su montura, clamó a los cuatro vientos que estaba cansado y echó a correr por el aire denso de la estancia. Sea como fuese él lo escuchó primero. Fue un murmullo suave, casi agradable, que acarició sus hombros y nuca hasta hacerlo sentir amado y embriagado.

Tardó en repetirse ese chispazo un par de meses y ocurrió en otro de los habitantes. Las herramientas sonaban como un murmullo bajo en mitad de la noche. Un murmullo que quedó silenciado por su nombre rebotando en su cerebro. Sus ojos oscuros miraron a la nada y luego su corazón se convirtió en un tambor descontrolado, si bien todo quedó en nada y continuó como si no hubiese ocurrido.

Fue a principios del 2012, en pleno invierno, cuando una fuerte ráfaga de viento se coló en sus almas provocando gritos alarmantes del tercer compañero. Los dos colosos que siempre habían estado en paz entre aquellas paredes, al menos en calma los unos con los otros, se convirtieron en guerreros enrabietados. Él, el más joven, se marchó correteando por las calles buscando un refugio y finalmente alzó el vuelo para no volver jamás. Ahora espera una llamada que no llega, una pequeña señal a destiempo, para regresar al lugar que fue su hogar.

Pero esa mansión olvidada ahora vuelve a cobrar vida. Como si se hubiesen puesto de acuerdo, uno como el otro, han regresado tras esa terrible noche donde se lanzaron terribles acusaciones y rompieron su alma una vez más quedando las dos mitades casi destruidas. El mito del andrógino era cierto. Ellos eran almas gemelas que no podían vivir en paz si no estaban juntos.

—Todo está hecho un desastre—susurró quitándose el gabán para luego remangar los puños de su camisa de algodón blanco. Su piel seguía siendo oscura, hermosa y seductora, y destacaba esa noche, como muchas otras, por las prendas elegidas.

—Me pregunto si el resto estará vivo. Y no, no hablo de nuestros sirvientes. Ellos...—cerró los ojos y apretó los puños, para luego girarse y mirarlo a los ojos—. Me pregunto si Manfred y Tarquin están vivos o han sido pasto de las llamas, de la locura que todos sentimos, de la rabia y la desesperación de ese ser... Arion, han pasado casi cuatro años.

—No, han sido algo más de cuatro años—respondió acercándose a esa figura esbelta de trenzado cabello negro. Bajo esas prendas masculinas se escondía un ser distinto y hermoso. Jugaba siempre a desconcertar a todos e incluso él se sentía perdido, desconcertado y abatido cuando le miraba con la perversidad unida de un hombre y una mujer.

—Sea el tiempo que sea, Arion—murmuró dando un par de pasos por la estancia—. No sé si pueda vivir de nuevo aquí.

—Podemos reconstruir todo y hacer del tormento un nuevo paraíso—dijo acercándose a Petronia.

Giró suavemente su cuerpo para que ambos quedaran enfrentados. Por primera vez en algunos años podían contemplar el daño sufrido, los recuerdos revueltos y mutilados como los muebles y obras de arte que les rodeaba, intentando encontrar una tabla que los mantuviese a flote en el hundimiento de sus vidas como si fuese un gigantesco buque en mitad de un inhóspito mar.

—Francamente, yo sólo quiero recostarme en mi vieja cama y sentir que todo el dolor que se ha derramado, el cual no hemos podido controlar, ha desaparecido—susurró en un tono quedo mientras intentaba sosegar su alma—. Me siento aún un monstruo, ¿aunque alguna vez dejé de serlo?—preguntó aferrándose a las solapas de su camisa.

—Nunca fuiste un monstruo. Los monstruos son aquellos que torturaron tu alma y enjaularon tus sentimientos más hermosos porque temían no lograr alcanzar tu belleza. Intenta ser firme, Petronia. Intenta ser quien has sido desde hace siglos y vuelve a las andadas—rodeó su escueta cintura y estrechó aquel cuerpo tan familiar, de fresco perfume y suave piel, contra el suyo mucho más corpulento.

En ese momento Petronia olvidó quién era y qué hacía allí. Dejó que su mente se desconectara para poder sentir con su piel cada roce. Cerró los ojos profundizando en el aroma varonil de su colonia y en el tacto de sus labios contra sus mejillas húmedas. Había comenzado a llorar en silencio y estaba manchando la camisa de Arion, igual que la suya propia que también era de un color claro. Ambos parecían dos hombres que habían logrado huir de una tragedia terrible, tan terrible como las que acontecían aún hoy en otros lugares del mundo. Las guerras seguían existiendo aunque su sociedad volvía a ser una balsa de aceite. Finalmente se entregó por completo a esa dulce sensación y entonces percibió como la mano derecha de su creador desabotonando su camisa, y palpando las vendas que aprisionaban sus pechos hasta el borde de estas. Giró su cabeza hacia la izquierda y permitió que la boca de su amado maestro rozara su piel, hundiera sus dientes en el trapecio y sorbiera parte de su sangre. Sus dedos arrugaron más el cuello de la camisa de Arion y tiró de él sin delicadeza. Abrió sus labios sin pronunciar palabra y soltó un placentero quejido. Los dedos de su amante prosiguieron hasta el vientre, se pasearon por el ombligo y rozaron el vello suave y corto que allí se arremolinaba. Luego, sin permiso alguno otra vez, desabrochó su pantalón e introdujo su mano en la ropa interior comenzando a acariciar su sexo.

—Te toca beber a ti—dijo en un susurro cerca del lóbulo de su oreja izquierda. Petronia sintió como su vello se erizaba como el lomo de un gato asustado y de inmediato se arrodilló frente a él.

Observó aquella figura apolínea aferrándose al cinto de su pantalón oscuro para de inmediato bajarlo. Arrancó con fiereza el cinturón tirándolo a un lado, arrancó el botón y bajó el cierre para sacar su miembro ligeramente erecto. Clavó sus ojos en él una vez más y lamió el glande, para luego sacar sus colmillos y perforar el sexo. Rápidamente aquel pene le ofreció una vigorosa y poderosa sangre que calmó definitivamente todos sus demonios. Sus sensuales labios rodearon el glande, apretando sutilmente, para luego bajar los párpados y disfrutar de las sensaciones que transmitía cada glóbulo rojo. Él gemía bajo aferrado a ambos lados de su cabeza, manteniendo así el rostro de su amante bien pegado a su entrepierna, mientras Petronia temblequeaba.

Pasó algo más de un minuto cuando apartó a Petronia y se lanzó contra su esbelta figura. Sus bocas se cruzaron una vez más cubiertas de sangre. Sus lenguas se hirieron y se ofrecieron un beso sanguinolento tan salvaje como placentero.


Por el resto de la noche permanecieron con la ropa mal colocada y los sentimientos revueltos. Volverían a Nápoles, reconstruirían las ruinas de su vida e intentarían sobrevivir pese a todo. Eran milenarios y podían soportar una nueva tragedia más en su historia.   

martes, 6 de octubre de 2015

Los dos

—¡Nunca haces nada correcto!—gritó exaltado.

Sus ojos verdes parecían los de un gato fiero. Tenía el cabello perfectamente peinado, pero caían algunos mechones ondulados sobre su frente. Poseía una belleza mágica, tan humana, que me enloquecía. Sin embargo, intentaba no doblegarme a sus caprichos.

—¿Y qué es lo correcto?—pregunté recostado en el diván mientras jugaba con una rosa, la cual había cortado del jardín.

—¡Escucharme!—respondió aún airado.

—¿Eso es lo correcto o lo que tú deseas que haga?—dije provocando un breve lapsus de silencio, pero la furia seguía ardiendo en sus ojos.

—¡Es lo correcto, Lestat!—dijo llevando sus manos a la cabeza, como si intentara evitar que le estallara.

—No—susurré negando suavemente mi cabeza—. Deseas vivir mi vida, o más bien que yo sea tu marioneta—dije señalándole con la flor.

—Mentira—respondió conteniendo el llanto. Podía notar como la rabia y la pena oprimían su corazón, pero también estaba el miedo.

—Louis, necesito experimentar por mí mismo y equivocarme—expliqué incorporándome, dejando la rosa en el diván, para estirar mis manos hacia él. Con cuidado lo tomé de los brazos, justo por debajo de los hombros, y apreté suavemente mis dedos—. Puede que tú tengas razón, pero también es posible que estés equivocado—dije mirándole a los ojos—. Deseo comprender y sólo puedo hacer experimentando.

—Pero tus acciones nos involucran a todos—murmuró casi dándose por vencido.

—Algunas—contesté encogiéndome de hombros.

—Y me llenan de preocupación. ¿Qué haría sin ti?—aquellas palabras tocaron mi alma, pero intenté no verme débil. Él sabía cuál era el discurso oportuno para torturarme.

—Lo mismo que has hecho siempre—respondí.

—No, sin ti yo no soy nada—argumentó abrazándome, colocando su cabeza sobre mi pecho y provocando que yo, por instinto, lo abrazara contra mí.

Era mi Louis, mi verdadero amor, y al único que le permitía herirme. Él me hería en muchas ocasiones, mucho más que cualquier enemigo. Te hiere quien más te ama, no el resto del mundo que ni siquiera aprecias. Esas son las peores heridas.

—Louis, puedes vivir sin mí—afirmé besando su cabeza.


—Moriría de pena sin ti—dijo con la voz quebrada, justo antes de echarse a llorar.  

Lestat de Lioncourt 

domingo, 20 de septiembre de 2015

No debiste

—No debiste hacerlo—decía de brazos cruzados, caminando tras mi destacada figura. Era algo más bajito, menos corpulento, con una cintura ligeramente marcada y tenía en esos momentos el aspecto de un perro arrepentido. Parecía uno de esos muchachos elegantes, pero perdidos en mitad de una ciudad extraña. Cualquiera hubiese visto en Louis al primo perfecto para robarle la cartera, el reloj y cualquier objeto valioso.

Llevaba tan sólo una simple camisa blanca, pero en él parecía distinta. Su chaleco verde oscuro era muy similar al tono de sus ojos, aunque éstos relampagueaban cuando pasaba bajo una alumbrada farola de imitación a las antiguas de gas. Tenía la boca carnosa y apretada. Refunfuñaba sin decir mucho, tan sólo mascullaba miles de ofensas que no se atrevía a lanzarme directamente.

—¿Quién lo dice? ¿Tú?—pregunté sin girarme mientras seguía con mis manos metidas en mi chaqueta de cuero.

Yo parecía uno de esos muchachos rebeldes, llenos de pájaros en la cabeza y mucho rock, aunque alguno diría que era simple ruido sin sentido. Al contrario que Louis, con su aspecto pulcro, yo tenía el cabello alborotado y algo encrespado. Mis tejanos estaban sucios en el borde de las costuras inferiores, pero esas botas brillaban en plena oscuridad. Las tachuelas, el cuero y los diversos complementos me hacían uno de esos afamados greñudos. Mi hora había acabado. El estrellato terminó demasiado rápido y como si mi estrella fuese de neón se apagó, dejándome a oscuras de nuevo. No muchos recordarían mi concierto, y aquellos que lo hicieran estarían demasiado asustados para comentar cualquier cosa.

—Tu amigo Marius, tu maestro de hace tanto tiempo, te rogó que no lo hicieras—dijo arrugando la nariz.

Marius... el mismo que me dijo que cumpliese unas normas que ni él supo mantener. Era irónico. Me pedía ser sensato un hombre con tanta ira acumulada, tanto resentimiento, tanta verdad dicha y no dicha. No iba a ser lo que él no pudo ser. Era como esos padres que quieren que sus hijos estudien la carrera de sus sueños, vivan la vida que ellos quisieron vivir y a través de ellos, como si fuese un milagro, ver lo que no pudieron lograr. Lo amaba, incluso lo admiraba con cierto fervor, pero yo no iba a ser su calcomanía. No.

—También me comparó con Alejandro Magno—comenté echándome a reír mientras negaba violentamente con la cabeza. ¡Ah! Esas sutiles ocurrencias de mi viejo y admirado maestro. El viejo Marius, el milenario, que en parte aplaudía mis locuras aunque no lo admitiera—. Marius dice muchas cosas, pero no todas tienen que ser necesariamente ciertas.

—Lestat...—chistó apretando el paso, para rebasarme y colgarse de mi brazo derecho.

—Dime, Louis—dije inclinándome hacia él.

—¿Te parece correcto entrar a éstas horas de la noche en una organización como esa a impacientar a sus miembros?—preguntó.

—¿Miembros? Sólo hice mi carta de presentación a su honorable director—respondí con una sonrisa canalla.

—Como sea, Lestat—musitó—. No creo que fuese oportuno y menos con la situación que hemos vivido.

Intentaba ser mi Pepito Grillo. ¡Pero ya era tarde! Pinocho había crecido y la Bella Durmiente despertó. El mundo ya conocía el caos y el caos tenía mi nombre, mi rostro y mi voz. ¿Qué iba a pasar? Sólo llamaría aún más la atención de esos hombres, nada más. Ya lo había hecho con aquel bombazo en clave de estruendoso, maravilloso y genuino rock. Tenían mi libro, el suyo, mis discos y posiblemente testigos. ¿Qué iba a empeorar yo? Nada.

—Que yo sepa, Louis, fui yo quien estuvo junto a Akasha estos días—le recordé—. Fue terrible ver a cientos morir, pero ellos querían matarme al fin de cuentas. Debo estar agradecido a la pobre reina que me salvara, aunque vi cosas terribles a su lado.

—¡Por eso mismo! Esto puede acabar mal, Lestat—aseguró.

—Pamplinas—dije apartándome de él.

Me molestaba que me agarrara tan fuerte, como si quisiera transmitirme sus inseguridades. Él podría llorar, patalear e incluso rogar a la Virgen María. ¡No iba a cambiar! Nadie pudo meterme en cintura, ni siquiera mi madre, como para que él lo intentara. Yo era incorregible y lo seguiría siendo. Aún a día de hoy lo soy. No hay dios que me cambie.

—¡No son pamplinas! Sabes bien que...—balbuceaba intentando encontrar las palabras idóneas para manipularme, provocando que le diese la razón y se contentase. No iba a ser sencillo. No siempre lo era. Más bien jamás era sencillo que yo me doblegara, y por eso mismo se frustraba y comenzaban las eternas peleas.

—¿Qué?—pregunté mirándolo a los ojos.

Allí estábamos, en mitad de Londres, clavándonos una daga peor que una estaca en el corazón. Nos observábamos. Él quería decir lo que sentía y lo hizo. ¡Santo Dios si lo hizo!

—Me preocupas...—susurró.

—A buenas horas te preocupo, Louis—dije encogiéndome de hombros.

—¡Siempre me has preocupado porque siempre me has importado!—gritó agarrándome de las solapas de la chaqueta.

—¡Milagro! ¡Al fin lo reconoces! Vamos, ésto hay que celebrarlo—contesté tomándolo de los hombros, cosa que provocó cierto destello de ira en sus ojos.

—Te burlas de mis sentimientos—dijo.

—No—le aseguré.

—¡Lo haces!

—Simplemente sé mejor que tú lo que sientes, o no sientes, porque te conozco íntimamente—empecé a decir agarrándolo por la cintura, pegándolo bien fuerte a mí, para luego elevarme por el cielo nocturno—. No necesito leer tu mente revuelta y llena de filosofía barata. Es innecesario. Sólo tengo que ver esos ojos esmeralda llenos de lágrimas que no quieren salir, las cuales no son tan fingidas como tu estirada forma de caminar y tus elegantes modales de caballero. Eres un monstruo, pero un monstruo atractivo que me quiere—acabé diciendo con una fabulosa sonrisa de las mías, de esas que te dicen que estoy confabulando en tu contra o más bien en contra suya.

Realmente lo conozco bien. Sé lo que siente y deja de sentir. Reconozco cuando sufre y cuando finge. Él nunca ha fingido su preocupación por mí, pero es un cobarde que queda a un lado porque no sabe actuar. Realmente le doy miedo. Provoco pavor en su vida ordenada. Soy el desastre en persona y él ama el autocontrol del cual carece. ¿Acaso hemos olvidado sus quemas y sus pataletas? Yo no, os lo puedo asegurar.

—¡Cállate!—gritó aferrándose fuertemente a mí, subiendo sus brazos a mi cuello y estrechándome con miedo. Tenía miedo a las alturas. Estaba sonrojado y hermoso. Juro que pocas veces lo he visto tan lleno de vida.

—Sonrojado incluso luces más adorable—susurré apoyando mi frente sobre la suya.

—Olvídame... —dijo cerrando los ojos.

—Ese es el problema, Louis. Jamás he podido olvidarte—dije, justo antes de robarle un beso para que así se callara de una buena vez.


No dijo nada más al respecto de Talamasca, David Talbot y mis malditas locuras. Se dedicó a disfrutar de mi compañía y de nuestro estrecho abrazo.


Lestat de Lioncourt  

lunes, 17 de agosto de 2015

Pour Some Sugar On Me

—¡Jamás comprenderás todo lo que siento!—gritó furioso mientras me miraba desde el otro lado de la mesa.

Intentaba controlar mis sentimientos, pero era imposible. En mi interior se libraba una guerra terrible entre lo que debía decir y aquello que deseaba expresar. Él siempre tenía la misma excusa bajo la manga. Decía que no comprendía aquello que sentía, pero era falso. Comprendía bien cada una de sus emociones, sabía leer en sus expresiones y reconocer cuando realmente la pena le asfixiaba.

—¿Realmente lo crees así?—pregunté alzando la vista del periódico.

—¡Así es!—estalló incorporándose de su silla.

Las facciones de su rostro, así como la expresión fiera y erótica de sus ojos, siempre me han parecido dignas del poema “El gato” de Baudelaire. Posee unos ojos de ágata y metal, así como un peligroso aroma que lo cubre provocando que sea elegante y terrible. Las ondulas de su cabello negro caían sobre su exquisita camisa de chorreras negra, la cual tenía unos encajes de rosas muy elaborados. El chaleco de seda verde botella con flores de lis en tono cacería le daban un aire aún más distinguido. Llevaba unos pantalones de vestir que yo mismo le había obsequiado noches antes. Las botas, esas deliciosas botas bajas, de tacón ligeramente alto y puente estrecho las había adquirido en una de las zapaterías parisinas más prestigiosas. Estaba arrebatador. Aquella boca carnosa, ligeramente trémula, mostraba al peligroso enemigo que poseía ante mí y al que llamaba compañero desde el día de su nacimiento.

Siempre me he considerado un sibarita. Admito que lo soy inclusive para elegir a mis víctimas, pero aún más para ofrecerle el Don Oscuro, el regalo siniestro y deseable de la eternidad. No me conformé con algo simple, sino que busqué entre miles al compañero perfecto que secuestrara mi corazón. Me enamoré de él. Reconozco que caí frente a su belleza el primer día que logré contemplarlo. Codicié su aliento, su pose enigmática, el sabor del vino que corría libremente por su garganta y aquellas frases cargadas de simbolismo que pronunciaba alentando a cualquiera a un duelo, una pelea o simplemente a matarlo en un callejón cualquiera.

Comprendía su dolor. Sabía bien qué era lo que ocurría ahora. Estaba celoso, como de costumbre, por todo lo que lograba escuchar sobre mí y sobre mis fanáticos acosadores que me adulaban, imitaban y enardecían como si fuese un santo en mitad de una abarrotada iglesia. Yo era un Dios para miles, aunque seguía siendo el mismo joven intrépido y demente que se exponía a toda serie de riesgos. No había cambiado demasiado. Seguía siendo el mismo pese a mi responsabilidad actual.

—Cálmate, ya estás comportándote como un histérico—dije cerrando el periódico.

—¿Me estás llamando histérico?—lo tenía frente a mí con sus puños cerrados y el mentón apretado.

Me incorporé desabrochando mi chaqueta roja, mi favorita, mientras acomodaba el chaleco negro que llevaba bajo ésta. Mi camisa era más sencilla, pero no así el pañuelo de seda blanco que rozaba mi cuello y mis cabellos dorados, como si fueran hilos de oro, los cuales brillaban con la tenue luz eléctrica de las numerosas lámparas del salón.

—Louis, detente—susurré acercándome a él.

—¿Para qué quieres que me detenga?—preguntó frunciendo el ceño—. ¿Quieres que escuche otras de tus elaboradas mentiras?—frunció el ceño y me miró con esos ojos verdes, tan verdes como peligrosos—. ¡Detén mejor a tus furcias! ¡A todas esas malditas golfas que ríen y aplauden tus gracias! ¡Míralas a todas ellas llenas de deseo porque tú bajes tu bragueta y le concedas el don de tener un hijo tuyo! ¡Maldito seas tú y todos! ¡Malditos sean mis sentimientos!—dijo.

Rompió a llorar. No era nuevo para mí verlo en ese estado. Siempre ha terminado así nuestras discusiones. Él se molesta, yo lo ignoro, termina protestando, deseo consolarlo y huye mientras llora. Pero no permitiría que huyera esa vez. No lo permitiría.

Acabé abalanzándome sobre él, para aplastarlo contra el muro más cercano de mi castillo. Lo acorralé como si fuese un pequeño ratón, para sacar algo de mi bolsillo. Clavé en mi pierna, atravesando mi pantalón oscuro similar al suyo, un par de dosis que Fareed me había hecho llegar, las cuales todavía llevaba en mi chaqueta. De inmediato me corté la lengua. En mi sangre estaba el antídoto a nuestra discusión, a todos los males de nuestra vida en pareja, y éste cayó por su boca calentando su garganta.

Pude escuchar como Amel reía a carcajadas y aplaudía mi idea. Parecía satisfecho con aquella jugada maestra y perversa. Louis de inmediato me besó con las mejillas sonrojadas. La dosis hizo efecto en tan sólo unos segundos. Él se retorcía entre mis brazos mientras mis manos desnudaban su cuerpo.

—Quítate la ropa... —susurró trémulo aferrándose a las solapas de mi chaqueta.

—No necesito quitarme la ropa para satisfacer tus necesidades más pueriles, Louis—susurré cerca de una de sus orejas, para luego dejar suaves besos en sus mejillas y cuello. Él jadeaba completamente perdido.

Sus prendas salían con facilidad y dejaba al descubierto un cuerpo ligeramente tostado por el sol, debido a su exposición a él hacía algunos años, lleno de curvas y con una musculatura muy inferior a la mía. Louis posee una cintura estrecha, aunque quizás es sólo una ilusión debido a la amplitud de sus caderas y a la redondez de sus firmes glúteos. Su miembro estaba sutilmente erecto. Mis uñas, peligrosas como el arma más afilada, acariciaban su sensible piel. Él bajó los ojos y abrió los labios ofreciéndome una imagen extremadamente pornográfica. Sus muslos se abrieron y sus caderas se movieron suavemente.

—Arrodíllate—murmuré empujándolo hacia el suelo, provocando que sus rodillas se flexionaran y su rostro quedara a la altura de mi sexo. Mis testículos empezaban a hincharse, del mismo modo que mi pene se erectaba. Él no dudó en lamer mi glande y lograr que yo gimiera entre suspiros—. Hazlo.

Aquellos labios llenos, tan carnosos y cálidos, me atraparon con un deseo frenético. Su cabeza se movía rápidamente con un ritmo contrario a mis caderas. Lograba entrar por completo en su boca, del mismo modo que salía triunfante. Su lengua arrastraba mi piel, tirando de ésta, mientras mis venas estrangulaban cada milímetro de mi miembro. Él no podía tocarse como le hubiese deseado; pues tenía sus manos en mis caderas, así como las mías sobre sus muñecas impidiendo que las bajara.

A sus pies estaban las prendas que le había ido quitando, pero también mi chaqueta favorita. El calor provocaba que me sintiera agobiado con aquellas prendas de invierno. Fuera la lluvia azotaba los muros del castillo, pero dentro el calor se propagaba con facilidad. Me saqué el pañuelo del cuello, liberando sus manos aunque él no bajó estás de mis caderas. Parecía haber entendido que deseaba ser yo quien proporcionara placer a su cuerpo.

Al tener el pañuelo entre mis dedos lo miré y él hizo lo mismo. Había detenido el movimiento de mis caderas, así como él había parado de succionar mi sexo. Su lengua se paseaba por el glande, rodeándolo suavemente, mientras sus ojos no paraban de apuñalar con deseo a los míos. De inmediato tapé éstos con el pañuelo y lo incorporé girándolo, pegándolo a la pared y penetrándolo con una violencia habitual en mis juegos.

Cada embestida era fuerte y constante. Él gemía como una puta parisina. Sus piernas temblaban, su cuerpo se echaba contra la pared y su rostro estaba perlado de gotas sanguinolentas, así como su espalda y entre sus muslos. Yo también sudaba. El sudor hacía que se pegara el cabello a mi cara.

—Soy tuyo—murmuró con la voz tomada.

—Siempre serás mío y yo seré tuyo.

Él era mi corazón. Si amaba realmente a alguien, además de a mi madre, era a él. Él simbolizaba mi pasado, presente y futuro. Había logrado superar demasiadas dificultades con su imagen rondando mi cabeza, recordándome que debía volver para encontrarlo y tenerlo nuevamente entre mis brazos. Las fuertes y placenteras penetraciones eran sólo un símbolo del deseo insaciable que sentía siempre hacia él.

Louis llegó primero, manchando la pared, y yo llegué tras dos terribles embestidas. Decidí alcanzar la cumbre del placer en su interior, con una mano colocada sobre sus caderas y la otra agarrándolo de sus muñecas. Él tenía la frente pegada a la pared, jadeaba y gemía pese a haber acabado. Su vientre sentía todavía ligeros espasmos y su miembro aún tenía algo de forma.


Tomé la decisión de quitarle la venda, tirando a un lado el pañuelo. Logré que se girara tras salir de su interior. Él me miraba completamente sumiso, esperando que dijera algo a todo lo que había hecho por mí, pero sólo besé suavemente su frente y sus labios.  

No tenía nada que decir. Comprendía su corazón mejor que yo comprendía el mío. Podía notar mis fallos, pero también los suyos. Éramos dos estúpidos condenados a comprendernos demasiado bien, reflejando nuestros miedos y pecados en cada una de nuestras acciones. Él lo sabe, aunque siempre pretende ser indiferente.  

Lestat de Lioncourt

miércoles, 29 de julio de 2015

Peleas y romance

—Nunca piensas en mis sentimientos—dijo sin bajar el libro que tenía entre sus manos—. Jamás reflexionas si me sentiré bien o mal...

Sus palabras hicieron eco en mis pensamientos y provocó que le mirara de soslayo. Estábamos en mi biblioteca favorita del castillo, donde había pasado mis peores años de vida. Aquí solía subir castigado por mi padre, golpeado por mis hermanos y recriminado por mi madre. Me sentaba en el alfeizar de una pequeña ventana y contemplaba los moribundos campos, esos que ahora se extienden como hermosos y gloriosos viñedos. He recuperado mis viejos planes y sueños, pero sigo sintiendo la humedad de aquellos años y el dolor que me hacía ser tan perverso, tan rebelde y tan inconsciente. Quizás amo éste lugar porque me hace ser lo que siempre he sido, para así no olvidar.

La biblioteca no es demasiado extensa, tan sólo posee un hermoso fresco en el techo que se asemeja a un cielo cargado de estrellas. Puedo ver las constelaciones más conocidas con sólo levantar el cuello. Realmente es admirable el trabajo que han hecho ofreciéndome todos mis caprichos.

—Si no pensara en tus sentimientos, Louis, no hubiese permitido que estuvieses aquí—respondí bajando el periódico que tenía entre mis manos. Llegué a doblarlo, lo dejé sobre un lado de la mesa y miré fijamente sus finos rasgos.

Tenía un aspecto impecable. Poseía una belleza única que me atrapaba sin poder explicarlo. Deseaba besar sus carnosos labios, hundir mis dedos entre sus largos y ondulados cabellos oscuros, y aspirar el aroma del caro perfume francés que yo mismo le había obsequiado.

—Te burlas de mí—susurró bajando el libro, al igual que yo había hecho con mi periódico. Leía un poemario que yo mismo le había obsequiado. Si no le amara no conocería sus gustos ni le ofrecería caprichos.

—¿Yo me burlo de ti? ¿Qué hay de mí?—pregunté incorporándome para ir hacia la silla lacada de oro, forrada con encantador forro borgoña, que yo mismo había elegido con él. Me senté a su lado y seguí hablando mirándole a los ojos. No pensaba esconderme—. Huyes de mis brazos y debo aceptarlo. Tengo que encajar que no me soportes, para luego escuchar que yo te eché de ellos.

—Lo haces—dijo levantándose.

—¿Cómo lo hago?—me levanté molesto.

—Aceptando en ellos a todas esas desconocidas de generosos escotes, las cuales tomas entre tus brazos y las seduces hasta que caen suspirando sobre tu torso—reprochó.

Mi vida, su vida, y en sí nuestra vida era un canto de reproches y molestias. Él gritaba, yo lo hacía aún más, nos odiábamos y luego susurrábamos palabras llenas de amor. No había quien nos entendiera y a la vez cualquier amante sabía que todo era fruto de los celos.

—¡Y luego las mato!—exclamé.

—Vaya forma de matar...—murmuró abrazándose a sí mismo, bajando la cabeza y dejando sus ojos clavados en el suelo de piedra de la habitación.

—¿Sabes tú alguna mejor?—chisté—. ¡Oh! ¡Espera! Ahora recuerdo que tú cazas ratas.

—Lestat, deja de destacar los errores de mi pasado—dijo dando un paso hacia atrás, bajando los brazos e intentando huir como una de esas ratas que pataleaban en su boca, justo antes de morir y perder hasta la última gota de sangre.

Si había aludido a ese pasado es porque era eso, pasado. Él cazaba igual que yo. Buscaba al criminal, al villano, al que tenía la misma envergadura moral que nosotros y lo mataba. Mataba como todos. Saciaba su sed con la sangre de otro asesino, otro como él.

—Y tú deja de creer que juego con las golfas que me aclaman—me acerqué rápidamente a él, tomándolo del rostro y le hablé con total sinceridad—. Ellas no me interesan.

—¿Y qué te interesa?

Su pregunta fue respondida con un beso. Un beso que calmó sus dudas. Mi sangre acarició su lengua y llenó su boca. Rápidamente sus manos se aferraron a mí y todo su cuerpo cedió a mis deseos. Louis dejó de clamar por todo y se convirtió en el amante que tanto deseaba.




Lestat de Lioncourt

martes, 28 de julio de 2015

Tú, yo y los lirios

Gregory era un hombre noble y un gran guerrero. Fue amante de Akasha, como otros muchos, y se reveló contra ella. Ahora nos trae uno de sus peores pensamientos, de sus sensaciones más terribles, y a la vez un recuerdo que no se puede borrar.

Lestat de Lioncourt


Estaba frente a al espejo, observando su rostro una vez más. Desnudo, como en algunas ocasiones, observaba los estragos que el sol había causado en su piel. Volvía tener el bronceado habitual, el cual marcaba cada uno de sus rasgos y músculos. Allí, observando la oscuridad de sus ojos almendrados, suspiró. Miles de recuerdos se agolparon rápidamente, convirtiéndose en una vorágine de sensaciones imposibles de controlar. Tuvo que apoyarse en el borde del lavabo y respirar profundamente. Jadeó cerrando los ojos, inclinando la cabeza y encogiendo sus hombros.

Recordó. Un chispazo iluminó el pequeño rincón de los recuerdos y su cerebro se activó. Fue como un relámpago en mitad de la oscuridad. Ella vino a él, sensual y peligrosa, con una sonrisa seductora provocando que cayera nuevamente a sus pies como si aún estuviera viva, como si aún fuese real.

Fue un recuerdo breve, pero le agitó. Quizás eran los viejos espíritus que aún recorrían el mundo, igual que los vampiros y las otras criaturas que eran examinadas por los detectives de lo paranormal, le estaba afectando. Ahora poseía un conocimiento mayor sobre los fantasmas y espíritus, cosa que le había hecho descubrir un nuevo mundo. Ella podía estar entre la multitud, quizás cargada de rabia y odio. Por ello, tembló. Temió la reacción de la Reina pese que era únicamente un recuerdo, un mal sueño y una marca en su alma.

Al alzar su rostro se miró nuevamente al espejo. Por unos segundos viajó al pasado. No era Gregory, el imponente magnate de un imperio farmacéutico, sino un joven guerrero que estaba siendo cotizado por la reina y sus deseos más primarios. Ella lo observaba como algo más que un trozo de carne, pues veía en él potencial. Admiraba su musculatura, la forma en la cual se deshacía de sus enemigos y la envolvía a ella bajo las sábanas de lino.

Pudo sentir sus uñas largas y eróticas recorriendo su vientre, viajando hasta las caderas y clavando sus uñas. Sus labios rozaron los suyos. El perfume que ella siempre llevaba consigo, hechas con lirios, volvió como un mal sueño y erizó el vello de su nuca. Si bien, fueron sólo unos miserables segundos.

Cuando recobró el hilo de sus pensamientos regresó a su lujoso baño de mármol, grifos de oro y productos delicados para perfumar su piel. De inmediato decidió tomar una ducha, pero la extraña sensación de volver al pasado, quedando seducido nuevamente por la mujer que una vez fue aquel monstruo que arrasó con todo, le hizo llorar y sentirse terriblemente confuso.

—Ah... querida... el poder te consumió y te convirtió en un lirio marchito—susurró abriendo la ducha y permitiendo que el agua tibia lavase su herida piel.



lunes, 20 de julio de 2015

El misterio de la vida

Este archivo es distinto. Aquí se puede ver algo del proceder que tienen los "Ancianos" de la Orden de la Talamasca. Es simple y a la vez misterioso. 

Lestat de Lioncourt

—¿Qué se supone que estamos haciendo aquí?—preguntó en un murmullo tan bajo que un mortal no podría escucharlo.

—¿Qué te parece que estamos haciendo?—respondió acomodando su corbata de seda negra.

Talbot siempre vestía impecable, como si fuese un hombre de negocios de altos vuelos. Su cabello, algo rebelde, terminaba acomodándose a una imagen impoluta. Sus desafiantes ojos oscuros y dorados eran los de un depredador buscando en mitad de la selva. Se había convertido en el animal de sus pesadillas. Era adicto a los misterios, las historias y secretos que todos ocultaban tras una imagen cuasi irreal de sí mismos. El traje azul marino, casi negro, de Armani se adaptaba perfectamente a su cuerpo y la camisa blanca, de algodón, resaltaba su piel ligeramente bronceada. No era el hombre de más de setenta años que se paseaba por esos mismos pasillos, pero sí tenía la elegancia de una esmerada educación inglesa.

—¿Robar?—dijo Molloy quedando a su altura.

—No, no vamos a robar nada—explicó.

—¿Y a qué hemos venido?—murmuró inquieto.

Era un dueto extraño. La ropa de Daniel Molloy, aquel periodista joven y delgado, era muy distante a la que tenía el viejo director de la orden. Llevaba un peto algo amplio, una camiseta sin mangas gris con un letrero publicitario de una de las discotecas de moda de Brasil. Sus cabellos rubios estaban revueltos y sus ojos grises, ligeramente violáceos, brillaban inquietos llenos de incertidumbre.

—Jesse nos está esperando—respondió.

—¿Qué? ¿Ella también está aquí?—dijo inquieto.

—Se está muriendo un viejo amigo y quiero decirle la verdad. Él te investigó a ti, posee parte de la documentación que necesitamos y deseo que comprenda que es lo que no logró tener durante estos años. Necesito que vea que es cierto lo que ha leído de mí, de Jesse e incluso de ti—giró suavemente su cabeza hacia su compañero y le sonrió—. Tómalo como tu buena obra del mes.

—No es buena idea—una tercera voz se unió a las suyas sorprendiéndoles—. Si vais a hacer algo en Talamasca, ¿por qué no nos avisáis?

Conocía a ese ser. No era un vampiro. No era humano. Era el espíritu que siguió a Amel hasta el plano en el cual se hallaban todos en ese mismo instante. Vestía un elegante traje negro, una camisa gris plateada y una corbata del mismo color que su camisa. Los cabellos los llevaba bien cortados, acomodados en un elegante peinado, aunque rozaban ligeramente sus perfectas cejas negras.

—Porque quizás no queréis ayudarnos—respondió David.

—Gregor ha muerto hace más de media hora—aquellas palabras detuvieron los pasos de David, así como los de Daniel.

Jesse Reeves apareció entonces secándose las lágrimas sanguinolentas y caminando decaída. Se aproximó hasta ellos confirmando la noticia de Gremt, el espíritu que fundó Talamasca junto al creador de Marius y su compañera. Los cuatro quedaron así juntos, en mitad del pasillo, aunque no revueltos. David sintió que su corazón latía acelerado, aunque intentaba calmarse con el perfume suave y refrescante que llevaba Jesse impregnado en su camisa.

—Si te sirve de consuelo le informé de todo lo que habéis encontrado. No olvides que yo también lo sabía—respondió con una ligera y encantadora sonrisa—. Aunque me alegro ver que sigues siendo el mismo, David.

—¿Y qué sucederá con él?—preguntó apartándose de su compañera mientras Daniel observaba todo como si fuese un cuadro, o una de esas películas que tanto le agradaban.

—Digamos que seguirá en Talamasca, pero en un grupo distinto—la sonrisa se ensanchó hasta convertirse en una pequeña carcajada—. Los buenos amigos no se van, David.

—¿Cuidaréis de él?—dijo tomando al espíritu del brazo, lo cual le parecía aún hoy irreal. Era imposible que pudiese ser tan fácil agarrarlo, sentir el latido de aquel corazón virtual y aceptar que sentía al igual que él.

—Siempre lo hemos hecho, pero ahora lo haremos con mayor cuidado—susurró inclinándose hacia Jesse, para depositar un tierno beso en su mejilla, después con un gesto simple se deshizo del agarre de David y se despidió con un ademán de Daniel—. Podéis quedaros a leer archivos si queréis—murmuró caminando por el largo pasillo hasta girar a la derecha, perdiéndose así de la vista de aquel particular trío.

Ninguno de los tres deseó quedarse, aunque sí acudieron a la habitación del anciano. Se despidieron de su cuerpo, pero no así de su alma. El fantasma de aquel hombre bueno y sabio, de un hombre lleno de virtudes, se convertiría en un gran arma para el conocimiento. Acudiría junto a otros hombres de Talamasca que decidieron quedarse en éste plano, acompañando a los vivos y a las diversas criaturas, para seguir informando y llevando la vida que una vez decidieron tener para siempre.


El misterio de Talamasca tan sólo era tal para los miembros de la orden, aunque cuando saliese a la luz el libro todo se descubriría. Muchos no lo creerían, pero la mayoría se sentiría asombrado y perdido. Era extraño para David Talbot, hombre de creencias firmes y de trato cordial, estar nuevamente en aquel lugar sintiéndose un ladrón, inmiscuyéndose en las habitaciones e intentando comprender lo que allí pasaba. Solía pasar desapercibido. Nadie reparaba en él. Sus antiguos conocidos apenas recordaban al hombre que tanto admiraron, salvo por viejas fotografías y escasos recuerdos que todavía conservaban con gran interés. Jesse Reeves había vivido menos entre aquellas salas, pero aún así sentía que su corazón latía como el de una chiquilla cuando recordaba su habitación y los numerosos informes regados sobre su escritorio. Para Molloy aquello era como una excursión escolar, algo para el recuerdo y para mostrar atención por si en algún momento podía usarlo. Él no había vivido allí, pero había conocido a personas de Talamasca durante su existencia vampírica, además tenía una curiosidad despierta sobre los asuntos que solía investigar la orden. Los tres vivieron distintas emociones que conservaron hasta llegar al vehículo que Jesse había usado para aproximarse a la sede. El resto es historia.  

jueves, 16 de julio de 2015

Maldad o bondad

Hay amores peligrosos y luego peligrosos que se aman. Yo no odio a Rhosh, aunque era un auténtico peligro y se notaba que nunca hizo maldad alguna. Fue fácil reducirlo.

Lestat de Lioncourt 

—Me odian. Estoy seguro que me odian—decía mirando hacia el horizonte.

En aquel lugar, tan lejos de casa, el mundo parecía inmenso. Las luces de la ciudad tintineaban en cada uno de los edificios. Podía escuchar el rugir de los motores de los vehículos que transitaban allí abajo, donde el mundo parecía hecho para hormigas y parásitos pequeños. En aquel rascacielos podía contemplar la vida misma, lo que era realmente la vida, con sus virtudes y grandes defectos. Todo era hormigón, cemento, cristales y vidrio reutilizado. Las luces de neón de los restaurantes de comida rápida parpadeaban mientras que los clubs alentaban a una noche de desenfreno, drogas y mentiras.

En su mente sólo había una cosa. Era un murmullo peor que Amel y sus descerebradas ideas. Había estado a punto de destrozar la vida de más de un inocente, como si no importara. Él, que siempre había estado alejado de las disputas y la violencia. Se sentía estúpido al no haber visto que sólo era un títere. Amel siempre quiso ser escuchado por Lestat. Aquel espíritu se sentía vivo y pletórico en el cuerpo del joven vampiro que tanto despreció, pero que a la vez le suscitaba cierta curiosidad. No era tan inteligente ni interesante. Él había sido un idiota. Pero lo peor de todo era haber quedado como un imbécil, un monstruo y un maldito déspota frente a Benedict.

—No digas eso—respondió su amante.

Aquel rostro tan humano, con la apariencia de un jovencito, apareció de entre las sombras de la habitación. Benedict estaba con él, con aquel suéter azul marino de cuello de cisne que realzaba su tez suave, clara y perfecta. Tenía una boca exquisita y una nariz perfecta para su rostro juvenil. Sus ojos, al igual que el de escasos inmortales, reflejaba cierta humanidad y humildad. Muchos lo tacharían de estúpido, pero él siempre seguiría creyendo en el bien y el mal, en Dios y el Diablo, en la dualidad terrible de éste mundo cínico e hipócrita.

—¿Y qué debo decir?—preguntó girándose hacia él.

Seguía llevando aquel gabán caqui y esos pantalones tejanos tan cómodos. Le habían proporcionado unas prendas adecuadas, abrigadas para ese invierno terrible, que había sido terrible para miles. Las Quemas se habían detenido. Amel era feliz. Lestat era el príncipe de todos. Los espíritus parecían tranquilos. Talamasca había resuelto parte de sus misterios. Los vampiros ya no eran demonios. Pero él era un maldito, un proscrito. Se arrepentía.

—Fue culpa de Amel. No fuiste tú—susurró tomándolo del rostro—. Rhosh...

—Cállate, Benedict. Te involucré en un acto atroz. Provoqué que mataras de esa forma terrible. Te he convertido en un asesino cuando tú... tú...

—Me alimento de asesinos, pero ¿no es eso matar igualmente?—murmuró bajando sus manos hasta el torso de su compañero, del hombre y el inmortal que siempre había amado. Durante algún tiempo habían estado perdidos, pero siempre se encontraban y siempre se reprochaban las décadas sin sentido.

—Yo te amo y te he puesto en peligro—respondió abarcándolo entre sus largos y fuertes brazos. Lo estrechó con firmeza, besó su frente y sus mejillas, y luego lo miró a los ojos. Esos ojos tan amables, tan vivos... tan de Benedict.

—No me importaría correr miles de peligros si es a tu lado. Yo no sabría vivir sin ti—respondió aferrándose a la solapa de aquel gabán—. No hay nada que ame más que el sonido de tu voz, que el aroma que desprende tu cuerpo y que esos besos indecentes que me ofreces cargados de tu deliciosa sangre. No hay nada que me importe más que tus consejos y tus palabras suaves, las cuales son las mejores caricias para mi atormentada alma. Dejé atrás a Dios para seguirte a ti. Olvidé mi promesa y mi amor, pues no había nada que pudiese compararse con tus ojos claros clavados en los míos—decía aquello abriendo el abrigo, para luego palpar el jersey de rombos y cuello de pico que había bajo éste. Un jersey grueso, aunque para nada áspero. Sus largos dedos bajaron hasta el borde de éste y se deshicieron del cinturón de cuero que llevaba entorno al pantalón. La prenda, como por arte de magia, cayó al suelo rozando las impecables botas que llevaba Rhoshmandes.

Rhosh atrapó la boca de su criatura e introdujo un pequeño hilo de sangre, el cual fue tomado de buena gana mientras sus mejillas ardían. Con cuidado se deshizo de las prendas que aún quedaban en su cuerpo, para luego hacerlo con las de su pupilo. Ambos quedaron desnudos frente a la gigantesca ventana que mostraba la enorme ciudad de Nueva York.

Aquellas dos figuras en mitad de la oscuridad, ligeramente iluminadas por el brillo furtivo de los demás edificios, se mezclaban y se fundían en caricias y besos tan intensos como necesarios. Eran dos asesinos despiadados, los causantes de una gran tragedia, pero también víctimas inocentes de un momento terrible en la historia de la «Tribu».

—Quédate por siempre a mi lado—murmuró entre lágrimas. Volvía a llorar como el hermoso muchacho de corazón humano que siempre fue. Tembló como una hoja mientras rodeaba a su creador por el cuello, apoyando sus brazos sobre sus hombros fuertes y de músculos marcados.

Aquel comerciante que fue secuestrado por Akasha, el hombre que fue elegido para ser parte de la corte, y que decidió huir porque odiaba el plan de la que se creía una diosa entre los hombres, ese que fue elegido por muchos como un sabio y que amaba a su modo a Magnus por su inteligencia... Rhoshmandes... volvía a estar prendado de esas trágicas lágrimas, de esos riachuelos sanguinolentos, que siempre había detestado y que a su vez necesitaba ver en Benedict.


—No te librarás de mí—susurró.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt