Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 7 de agosto de 2017

Oro y pinturas

Dos milenarios peleando como chiquillos... ¡Lo de siempre!

Lestat de Lioncourt

—Sólo te importa el dinero, los malditos lujos que puedes adquirir con ellos, y el estatus que te otorga ser el líder de una gran empresa. Lo demás, no. ¿No es un tanto vacío?—preguntó.

Terminaba de mezclar las cartas con el estilo de un crupier, para luego extenderlas sobre la mesa redonda de caoba que había en la sala. Me encontraba cómodamente sentado hasta que llegó él perturbando mi conciencia con esa pregunta tan hostil. Sabía que me había metido en su vida al cuestionar su amor hacia Armand hace apenas unos días, pero ¿tenía que cuestionar mi forma de vivir? No la de amar, sino la de vivir. Además, lo había hecho de forma meramente objetiva al ver los llantos del muchacho ante sus contestaciones poco acertadas. No fue algo que pretendía ofenderle, sino una apreciación.

—He vivido mucho tiempo y me gusta vivir cómodamente—respondí encogiéndome de hombros—. Amo aparentar ser humano, que mis empleados me crean un buen líder y que nadie me cuestione en qué malgasto mi fortuna—. Alcé mis ojos oscuros y me crucé con los suyos. Eran tan azules como el cielo, pero tenía un punto de frialdad que me provocaba cierta aprensión. Estaba claro que él era mucho más joven que yo, que no debía temer sus impertinencias, pero a la vez era ese ímpetu que veía en Lestat, que amaba en él, y veía reflejado también en Marius. No quería discutir, la verdad es que no era el momento ni el lugar.— Más bien, en qué la invierto.

—Prefiero vivir de formas más sencillas—respondió.

—Oh, ¿bromeas?

Tuve que reírme mientras intentaba resolver el solitario. Las cartas eran hermosas, pero me parecían muy sencillas. Prefería seguir pensando que podía mejorar ese juego, aunque no sabía como. Nuevas reglas, nuevo aspecto... ¡Quién sabe! Yo también soy algo creativo.

—No, no bromeo.

—Marius, no seas hipócrita—dije lanzando una mirada severa—. He visto donde vives, también donde descansas en las distintas sedes, y puedo asegurarte que amas tanto el lujo como yo lo amo. Tal vez no haces gala de tanta ostentación, pero tienes que entender que yo provengo de una tierra donde el oro era algo común.

Sin lugar a dudas el oro fue el metal más valorado por mi pueblo y yo seguía haciendo alarde de él, pero ya no sólo en pequeñas decoraciones. Llevaba un rolex de oro, un anillo también de dicho material y a veces usaba cadenas que poseían colgantes que emulaban los viejos símbolos de poder del legado de mi pueblo, mis raíces, mi verdad y mi historia.

—El oro, las piedras preciosas y todo el dinero del mundo no pueden comprar experiencias que se tienen bajo el auspicio de la futilidad en esta vida—reprochó.

—Hablas de la tacañería—dije alzando la ceja derecha.

—¡Ah, no! ¡Diablos! ¡Hablo de sensaciones que no se pueden conseguir con dinero!— Vociferó al fin. Se estaba indignando.

—Yo las vivo sin y con dinero. ¿Qué hay de malo o deshonesto por mi parte?

—Olvídalo—contestó frunciendo el ceño.

—Te gusta sentir la miseria del artista, el hedor de los orines en los callejones, el perfume del sudor de aquellos que han corrido mil vidas en una sola y la sensación de no tener un lugar donde ocultarte ante los ojos de aquellos que te juzgan. Si bien, luego regresas a tu hogar, a esa poltrona de oro que posees en tu palacio de mármol, te sientas con tus mejores ropas, con las sandalias más cómodas que posees, y con el cabello perfumado a contemplar tu basta obra de enormes murales llenos de la magnificencia que da el ser un pintor vampírico. No me seas ruin, Marius. No faltes a tu honor con pequeñas mentiras tejidas alrededor del deseo de parecer bueno. Tú, como yo y como todos, amamos los lujos que hemos logrado sabiendo invertir y negociar.

Se había quedado allí de pie mientras me veía mover mis manos lentamente sobre las cartas, echándole un vistazo de vez en vez entretanto hablaba, y cuando acabé, supongo que por respeto, hizo un ademán para marcharse como despedida. Él había perdido, pero no iba a decirlo a viva voz. Tendría que meter su lengua en la boca y tomar el silencio como respuesta.

—Buenas noches, Gregory.


—Buenas noches, Marius—dije quedándome a solas de nuevo con mi baraja.  

sábado, 5 de agosto de 2017

Mi hombrecito

Armand siempre amará a Benji, pues es para él "su hombrecito". Digamos que le ocurre lo mismo que a mí con Rose y Viktor. 

Lestat de Lioncourt

Se había quedado dormido sobre mi hombro y no pude evitarlo. Con cuidado moví su cuerpo para que quedase su revoltosa cabellera oscura sobre mis muslos, le arrebaté el sombrero y me lo coloqué con la misma soltura y elegancia que él lo hacía, para luego comenzar a peinar sus rizos. Eran rizos gruesos, de pelo suave, que parecían no tener fin. Su rostro amable, tan aniñado, me recordaba lo que una vez fue y no pudo disfrutar. Era un niño sin inocencia cuando lo encontré de forma poco usual. Ni él ni Sybelle podrían siquiera imaginar que monstruos como nosotros existían entre los humanos, pues éramos seres fantásticos de pomposas novelas o estúpidos libritos para adolescentes. Ahora era un miembro importante de la Tribu, como ahora llamamos al vínculo que tenemos entre todos nosotros, y posee gran fama, respeto y admiración entre los humanos.

Todavía quedaba al menos una hora para que cayese como él en la inconsciencia. Era demasiado joven para durar hasta el amanecer, por ende se había quedado dormido mientras conversábamos sobre el futuro de nuestro mundo. Eleni se había marchado ya a su cripta, Antoine y Sybelle habían decidido volver a la corte de Lestat, y nosotros estábamos solos. Killer nos había visitado, pero sólo para hacernos llegar un mensaje de Gregory por parte de Davis. Louis decidió irse a Nueva Orleans, pues de vez en cuando necesitaba revolcarse en los recuerdos para sentirse él mismo. Estábamos solos. Solos él y yo y una mansión enorme en mitad de la “Gran Manzana”.

Decidí incorporarme y tomarlo entre mis brazos, para luego caminar despacio por las diversas galerías subterráneas hasta lo que se podía considerar su cuarto, su cripta, su lugar de descanso y refugio de otros. Tenía una cama inmensa, mullida y agradable, así como decenas de estanterías cargadas de libros y numerosos aparatos tecnológicos que ocasionalmente usaba en su programa de radio.

Al recostarlo desabotoné su camisa, saqué sus jóvenes brazos de las mangas y lo dejé sin ella. Luego hice lo mismo con sus zapatos, calcetines y pantalones. Despojé su tierno cuerpo de las ropas de calle que solía usar con la elegancia de un hombre de algo más de treinta años, la suma que realmente debía tener y no demostraba, y por último busqué su pijama de franela.

Me quedé mirándolo embelesado. Aunque discutíamos, pues éramos de épocas y pensamientos distintos, nos adorábamos. Para mí era duro verlo y sentir que había crecido. El tiempo vuela cuando eres inmortal y a veces te decepciona. A mí me han decepcionado muchos, pero no él. Incluso me he decepcionado yo mismo al creer fervientemente en un Dios, con su causa y sus justificaciones, porque necesitaba pensar que alguien me castigaría por todos los actos violentos que he cometido. Desgraciadamente he vuelto a una senda nihilista con respecto a la religión, así como con algunos grupos de humanos y vampiros, pero aquí estoy. Sigo vivo, sigo pensando, sigo soñando y sigo amando a criaturas como él.

—Ah... si te hicieras una pequeña idea de cuánto te amo...—dije antes de besar su frente y marcharme.


Aquella mañana me pareció más fría que nunca. Había estado en los brazos de Marius, pero este había decidido abandonarnos una vez más. La casa estaba muy silenciosa, el mundo parecía un caos allí fuera, y yo presentía que algo malo iba a ocurrir.  

lunes, 1 de mayo de 2017

Viejo guerrero

Gregory dando lecciones, señores.

Lestat de Lioncourt

Todos hemos cometido errores. Hay quienes esos errores los han hecho en soledad, o públicamente, y contra ellos mismos, pero hay otros que los han cometido contra decenas y a veces en plena oscuridad, en el silencio de la noche, cuando todo el mundo cree que está salvo en su cama. Nadie está a salvo de sentir las consecuencias de los errores de acciones que jamás han conocido ni conocerán. El mundo es tan global que el aleteo de una idea puede convertirse en un huracán, terremoto o maremoto al otro lado del mundo.

He vivido cientos de guerras, pero otras sólo las he visto por la televisión. He sido espectador, como muchos otros. Veía esas imágenes como quienes ven una serie de televisión o una película. Observaba las armas disparando a bocajarro a civiles y otros soldados que únicamente tomaban las suyas porque el patriotismo, el deseo de ayudar a su pueblo o simplemente un buen sueldo que les permita vivir, aunque más bien sobrevivir, se lo exigieron. Algunos incluso estaban obligados y había quienes no levantaban más de un palmo del suelo, pues eran niños soldados adiestrados para combatir hasta la muerte. Nos enseñan que el patriotismo es morir por tu pueblo, pero en realidad se muere por las decisiones políticas tomadas en un despacho y que sólo favorecerán a la élite. Las he visto demasiado cerca, he sentido las bombas cayendo cuando antes sólo era el sonido de espadas. Todo ha ido cambiando. Incluso ahora hay una guerra silenciosa que te mata mientras duermes, pues son gases tóxicos que te arrebatan todo.

La guerra es el mayor error. Los conflictos verbales o físicos son errores. La violencia no es solución aunque sea sólo para combatir otro tipo de violencia. Educamos mal, enseñamos valores indebidos y hacemos discursos que realmente no tienen sentido en un mundo donde todo parece fácil y al alcance de cualquiera. Obligamos a los jóvenes a leer libros que no entienden y terminan odiando la cultura, la lectura y por ende el pensamiento crítico. Decimos quienes deben adorar, la ropa que deben usar y cuánto dinero tienen que exigir en un empleo. Y digo que somos todos los culpables, pues tanto lo es quien lo hace que quien acepta las normas del juego.

Soy un viejo guerrero que ve más honor en aquellos hombres que luchaban con sus manos desnudas que con estos que aprietan botones y lanzan misiles, aunque tanto unos como otros están equivocados. Son errores garrafales que asolan el mundo y lo perjudican. Como he dicho antes, sólo ganan los más privilegiados que son los vendedores de armamentos, los políticos y las petroleras. Os venden terrorismo para generar miedo y caos, pero las peores fobias son las que más pasan por alto. La homofobia, la transfobia, la xenofobia, la misoginia o el miedo a quien reza distinto está generando más muertes y desprecio que un tiroteo.


Hemos acabado con una guerra abierta entre nuestra raza, los vampiros, y ha sido a base de conversaciones en plena madrugada. Me pregunto porqué es tan difícil para los humanos comprender que las diferencias se liman hablando y no con bombardeos, golpes o disparos. El día que entendamos que no existe un "nosotros" y un "ellos", sino que todos somos lo mismo y necesitamos cooperar tal vez sea demasiado tarde.  

lunes, 30 de enero de 2017

Mi historia, vuestra historia

Gregory Duff Collingsworth o Nebamun... es uno de esos vampiros que se hacen amar.

Lestat de Lioncourt 



Muchas veces creí que sería difícil explicar mi vida a otros, pero fue asombrosamente sencillo hacerlo una vez todo se detuvo y comencé a dar explicaciones. Supongo que tras cientos de siglos de silencios, de ocultarme como si fuese un viejo tesoro, fue más sencillo que hablar sobre una vieja historia que parecía más bien una leyenda. Ofrecer una verdad en un momento donde todos los ojos y oídos son pocos es inusual.

Recuerdo la primera vez que pisé un país occidental. Había dejado atrás la arena dorada y amontonada, extensa como un océano profundo y peligrosas como una selva tropical, para encontrarme con bosques, ríos, lagos, ciudades apelotonadas a los pies de montañas o en valles extensos. La lengua no fue difícil para mí debido a los poderes que poseemos los vampiros. Estos nos hacen poder entender el idioma de cualquier país, evitando así fronteras culturales o de cualquier tipo.

Sin embargo, lo que mejor recuerdo, como si fuese ayer mismo, es a Amel apareciendo en la vida de todos nosotros. Ese vínculo, ese germen. Pude contemplar como Akasha caía, junto a su esposo y su fiel mayordomo real, sobre las baldosas de aquella habitación. Me encontraba oculto en un baúl. Era el amante favorito de Akasha, el actual compañero de cama, pues Enkil jamás había tenido tales acercamientos.

Los ojos parecían que iban a salirse de mis órbitas cuando contemplé estupefacto como se introducía en ella, agujereando su cuerpo, para luego incorporarse. Un alarido de dolor, como si ardiera envuelto en un fuego invisible, la avivó. Se convirtió en una marioneta de mirada terrible, soberbia y capaz de cualquier cosa, dejando atrás esa escasa fragilidad que en ocasiones me mostraba en la cama. Era otra. Se sabía poderosa. El miedo se apoderó de mí y decidí seguir oculto, observando como mordía el cadáver del rey Enkil, para luego hacer lo mismo con Khayman. Ambos cobraron vida tras derramar su poderosa sangre sobre sus labios y estos se incorporaron como si nada hubiese pasado.

La mirada de Khayman, siempre alerta, era la de un hombre asustado. Sabía que algo era distinto en él, por eso el silencio parecía precederle. Por otro lado Enkil reía maravillado. Tal vez se sabían muertos, se habían visto como espíritus revoloteando por el techo de la habitación. Jamás pregunté. Sobre todo porque yo fui el siguiente en ser transformado en uno de esos monstruos perfectos. Me convertí en el líder de un ejército ante el desacato del leal mayordomo, el cual decidió proteger a las Gemelas Pelirrojas. Debí hacer lo mismo. Todos debimos hacía mucho atacar a la reina y librarnos de su horror.

Durante siglos recordé la maldición que Mekare lanzó sobre la reina. Dijo que ella le arrancaría el corazón y la decapitaría, que llegaría su hora y lo haría junto a su hermana. Por eso le arrancaron la lengua y a su gemela, para que no pudiera encontrarla, sus ojos. Tuve que separarlas, echarlas a dos corrientes distintas, y asumí mis culpas durante largas noches.

No me siento orgulloso de mis inicios, pero sí de mi presente. He logrado formar una pequeña familia de inmortales, he salvado la vida a un joven vampiro de hermosa piel oscura, y tengo un imperio farmacológico que investiga junto con Fareed Bhansali mejoras en nuestra genética, evitando enfermedades que podrían aparecer o mejorando nuestra calidad de vida.


Sin embargo, contar todo esto, fue difícil. El micrófono estaba abierto, había más de una decena de inmortales rodeándome. Sentí que todos retenían el aliento porque me detestaban por mis malos actos, pero finalmente me perdonaron y aceptaron que tuve mi momento en la historia.  

jueves, 25 de agosto de 2016

Lecciones de honestidad

Estas palabras me han llegado a través del propio Gregory... está escribiendo para desahogarse.


Lestat de Lioncourt


Parece que fue ayer mismo, pero ya han transcurrido algunos años. Hoy, tras una noche agitada de reuniones demasiado comprometedoras para el futuro de mis empresas, puedo al fin sentarme a retomar mis memorias. Quizá sean demasiado injustas llegado a este punto, pues me encuentro algo sosegado y alejado de los sentimientos terribles que vinieron a mí por aquellos días. Aún así, necesito hacerlo.

Fue terrible saber que ella estaba muerta, pero lo fue más aún al saber la forma en la cual había sido asesinada por aquel que me salvó la vida. Un fuerte sentimiento de culpa cayó sobre mis hombros, pues fui el primero en hundirla en el dolor más atroz. Ella me perdonó. Hizo acopio de toda su bondad y logró perdonarme, aunque jamás salieron palabras algunas de sus labios para hacerme entender que se sentía en paz conmigo y mis remordimientos. Aún así la sentí rondar el edificio donde convivo con un reducido grupo de fuertes y antiguos inmortales.

La muerte de Maharet, como la de Khayman, se convirtió para mí en un golpe terrible. Deseé en muchas ocasiones ponerme en contacto, pero me faltaron agallas. Ya no éramos los enemigos que Akasha se empeñó que fuésemos, sino monstruos que vivían en paz en una sociedad llena de tumultuosas discusiones sin sentido. Provocó que la nostalgia y la culpabilidad volvieron a mi corazón nada más saber que jamás podría rogar perdón públicamente ante el resto de vampiros.

Sólo tenía dieciocho años cuando me convertí en uno de los generales más importantes del ejército de Kemet. Algunos lograban tan alto rango pasada la veintena, cuando su etapa en la milicia llegaba a su plenitud. La mayoría quedaba en el camino moribundos por las guerras o enfermedades que a veces asolaban a la población. Recuerdo como mis hermanos no sobrevivieron a los quince años y algunos murieron en una refriega algo salvaje con un pueblo nómada en una de las fronteras. La reina Akasha decidió exigir a Enkil que me convirtiera en su escolta personal y el idilio comenzó.

El pecado de la carne, como los llaman hoy día creyentes de diversas religiones, apareció como si fuera una virtud y no un defecto. Ella deseaba florecer como un árbol y dejar que su semilla echara raíces en una tierra que no era suya. Provenía de una cultura distinta, pero adaptó la nuestra a sus intereses. Los muertos dejaron de consumirse ofreciéndoles un envase inmortal, gracias a la momificación, para que pudieran atravesar el mundo de los muertos. Muchas tribus se sublevaron pero yo no fui a defender los intereses de nuestro pueblo. Sí lo hizo Khayman junto a Enkil aplacando las protestas a base de cuchillo y esclavitud. Yo me quedé custodiando a la mujer que codiciaba introduciendo en ella una semilla que germinó rápidamente.

En una de esas refriegas, cuando Enkil logró capturar a unas hermanas hechiceras que ella codiciaba por su supuesto lazo con los espíritus, tuvimos un hijo. Yacía en su cuna cuando Maharet y Mekare, las Gemelas Pelirrojas, comparecieron. Ellas eran las mujeres que debían ser arrestadas, esclavizadas y torturadas por intentar consumir la carne de su madre Miriam, la hechicera más poderosa de todo el valle del Nilo. Ante ella los espíritus decidieron hablar por medio de las hermanas, pero sus respuestas fueron insuficientes para la reina de un territorio en expansión, que poco a poco se envenenó con la soberbia y el poder, provocando que cualquier palabra fuese vacía, insignificante o nula. Ellas fueron violadas por el mayordomo real, la mano derecha del rey, tal y como él lo dictaminó.

Cuando Amel atacó a Khayman tanto Enkil como Akasha aparecieron. Él amaba a Enkil, era su verdadero amor y el símbolo de las grandes victorias. Khayman era sensato, honesto y leal a su rey. Sin embargo, en el campo de batalla era cruel y desdeñoso. Recuerdo que lo llamaban “Benjamín del Diablo” y todos lo veían como un chacal o un perro salvaje que nunca soltaba su presa. La noche en la cual los tres cayeron bajo una horda de puntos rojizos, como si fueran avispas, yo estaba allí. Vi como se alzaban sus cuerpos y se convertían en monstruos. Ella me convirtió a mí y Khayman huyó para salvar la vida a las hechiceras, pues una de ellas había engendrado a una hija. La sangre de un hijo siempre es más densa que cualquier palabra dada a un rey o supuesto dios.

Yo debí huir tras él para apoyarle, pero me quedé y me convertí en un Sangre de la Reina. Empezamos a luchar contra los enemigos del reino de Kemet y sus dioses. Se consideró entonces a Enkil como Osiris, Akasha como Isis, Anubis fue Khayman y yo me convertí en Horus mientras que mi hijo con Akasha llevó desde su nacimiento el nombre de Seth. Así fue como la religión caló hondo en las creencias, intrigas palaciegas y sospechas de todos los presentes en la corte, en las calles, en el territorio de Kemet que pasó a llamarse Egipto.


Cometí el pecado de ir contra Akasha pasadas algunas décadas y fui encerrado vivo tras unos gruesos muros, Rhosh se enteró de mi pecado antes de huir para acabar regresando para liberarme. Y he ahí el pecado mayor. Rhosh me salvó, pero decapitó a la mujer más dulce y bondadosa que he podido conocer. La misma mujer a la cual yo le tuve que sacar los ojos y enviarla lejos de su hermana, Mekare, a la cual le saqué la lengua. Nunca pude pedir disculpas porque jamás me vi con fuerzas de hacerlo, aunque ella venía a verme sin juzgarme sólo para comprobar que ahora era un hombre decente. El hombre que debí ser aquella noche.  

lunes, 8 de agosto de 2016

Territorio

Aquí tenemos pelea de "Macho de lomo plateado, pelo en el pecho y milenios a la espalda" con Landen siempre metiendo un poco el dedo en el ojo.

Lestat de Lioncourt



—Me pregunto qué demonios hacías bailando con mi mujer—dijo entrando en la biblioteca donde me encontraba recluido.

Landen seguía jugando con el globo terráqueo algo desfasado, pero terriblemente hermoso. Sus largos dedos eran muy atractivos, aunque sobre la pieza parecían patas de araña. El cabello azabache lo tenía algo revuelto y rozaba algo más que sus mejillas.

—¿Disculpa?—pregunté alzando la vista para ver a ese impresionante guerrero con aquellas prendas tan bárbaras. Creo que el diseñador de tal esperpento era el cotizado Ermenegildo Zegna, pues había adquirido algunos trajes suyos hacía algún tiempo para pasar desapercibido entre el populacho.

—Deberías pensar más en lo que haces—me escupió directo mientras acomodaba los hermosos gemelos de oro y diamantes que lucía de forma coqueta.

—Gregory, no quiero discutir por algo tan estúpido—dije intentando restarle importancia.

Con cuidado dejé la pluma en un lado de la mesa y recogí mis largos cabellos color paja hacia un lado. La túnica árabe que lucía, prestada por Seth, me quedaba como un guante y me hacía lucir muy distinto a ese hombre surgido de los milenios con una belleza sobrehumana.

—Verás, Marius, para mí mi Chrystanthe es muy importante y no permitiré que te propases—comentó apoyando sus grandes manos de guerrero sobre la mesa. Me pregunté a cuantos había matado con ellas desnudas o empuñando una cimitarra.

—Sólo fue un baile—contesté cansado mientras Landen se giraba para husmear mejor la situación.

—Conozco a los hombres como tú—dijo frunciendo el ceño uniendo esas cejas espesas, pero delineadas.

—De acuerdo, digamos que estuve coqueteando pero ¿acaso tú no tienes un joven de piel atezada y ojos profundos por el cual te desvives?—dije con una sonrisa pícara que él se encargó de borrar.

—Sí, como un padre. No soy tan despreciable como tú—respondió.

—Comprendo...

—Aleja tus sucias manos de artista del engaño, las mentiras y desilusiones de mi esposa—me reprendió golpeando la mesa para apartarse con furia. Aquel hombre tenía sólo dieciocho años cuando fue creado, pero su aspecto era el de un hombre maduro y sensato salvo cuando tocaban a la mujer de su vida—. No te quiero cerca—siseó caminando hacia la puerta—. Ella es lo más importante que tengo en mi vida.

—¿Y si ella se acerca a mí?—dije con algo de malicia simplemente para comprometerlo. Admito que a veces puedo poner el dedo en la herida únicamente para ver la expresividad de ciertos rostros, y más cuando estos rostros son tan bellos.

—Ella jamás se acercaría a un cretino por su propia voluntad—esa frase me enfureció.

—Marius, una cortina está ardiendo—susurró Landen.

—¡Me ha llamado cretino!

—Eso es lo mínimo que te ha dicho—dijo aquel dichoso vampiro mientras se subía en la mesa y Gregory se marchaba airoso de aquella pelea—. ¿Ahora comprendes por qué la mayoría deseamos golpearte? Tienes la absurda manía de molestar a todos para divertirte. A Lestat le sale bien, pero tú no tienes la misma suerte—guiñó su ojo derecho y luego me tomó del mentón con ambas manos—. Yo aún sigo queriendo golpearte—dicho aquello se bajó del mueble y se fue hacia el extintor para apagar las llamas que consumían aquella costosísima tela—. Armand no va a estar feliz cuando veas qué hiciste, Marius.


—Al diablo todos...  

jueves, 21 de abril de 2016

Palabras y emociones.

Avicus es un hombre sensible y serio que estoy empezando a admirar y esta es una de sus memorias.

Lestat de Lioncourt

Sentado en aquel enorme sofá me sentía inquieto. Todo había terminado demasiado rápido quizá. Nos habíamos reunido entorno a una mesa gigante donde podíamos contemplarnos unos a los otros. Zenobia no dijo nada y permaneció serena junto a mí. Ni siquiera mostró emoción alguna cuando Lestat se alzó victorioso en mitad de aquel enjambre de gritos y acciones violentas. Desde hacía tiempo parecía alejada de todo e inclusivo de mis deseos más profundos de permanecer a su lado.

—¿Por qué tienes esa cara?—preguntó Gregory entrando en el salón donde me había refugiado.

Lestat ya había sido coronado y hablaba en la radio de todo lo ocurrido. La gratitud de aquel muchacho, tan joven entre los nuestros y tan fuerte, me pareció profunda y sincera. Su voz se colaba por la aplicación del teléfono móvil que recientemente había aprendido a usar, pero no eran sus palabras las que me mantenían serio y concentrado en mis pensamientos.

—Avicus, amigo mío, ¿ocurre algo?—dijo tomando asiento junto a mí. Levantó su brazo derecho y colocó este sobre mis hombros ofreciéndome cierto consuelo sin saber bien qué ocurría.

—Noto distante a Zenobia o tal vez está volviéndose incapaz de asombrarse. Ella cada vez más disfruta de su lado masculino centrándose en aparentar ser un muchacho joven y fuerte mentalmente. Se mueve por las ciudades sola sin que yo la acompañe. Antes solíamos divagar mientras buscábamos una presa que fuese digna de nuestros más bajos instintos—guardé silencio unos minutos y me encogí de hombros mientras giraba mi rostro hacia el suyo.

Gregory seguía siendo aquel muchacho de piel bronceada y ojos profundos. Tenía dieciocho años cuando fue convertido y se ha transformado en el vampiro más antiguo que hay sobre la faz de la tierra. Fue la tercera creación de Akasha y el dirigente de un ejército de malditos. El mismo ejército que capturó a muchos como yo para someterse a los caprichos de la reina. Sabía que sobre su conciencia pesaba la tragedia de las Gemelas. Él, durante muchos años, había admirado a Khayman por sublevarse rápidamente y enfrentarse a una “diosa” que jamás debió existir. Comprendía que su sonrisa fuese ligeramente amarga como si despertara de una pesadilla para entrar en otra.

—Zenobia tiene un carácter muy distinto al tuyo. Siempre ha sido una mujer completa por sí misma sin necesidad que tú la persigas para animar su corazón o agitar su alma—dijo recostándose en el respaldo dejando su brazo caer—. Hay quienes necesitamos compañía para poder satisfacer ciertas necesidades sociales. Nos divertimos acompañados porque nos encanta conversar, pero ella es silenciosa y huraña—giró su rostro hacia mí mirándome a los ojos con esa profundidad que únicamente poseen los suyos y los de Seth, sonrió y me confesó algo que hasta ese momento no supe ver—. Además, ella ha dejado de competir con Flavius. Llevamos siglos juntos y aún no te has percatado que con el paso de los años ella ha dejado de lado el desear ser más importante que nuestro amigo griego—dijo palmeando mi muslo izquierdo para luego levantarse de inmediato acomodando su chaqueta Armani—. Pero yo sé que hay otro motivo por el cual estás así. Has mantenido la esperanza de ver a Mael incluso cuando te habían confirmado que estaba muerto.

—Aún sigo con esa esperanza, Gregory—dije.

—Yo la mantendría siempre—comentó encogiéndose de hombros—. ¿Por qué? Mael es un ser solitario que agradece el silencio y la paz que le da el no tener que ofrecer explicaciones a otros. Posiblemente si está vivo aún tiene cicatrices por la exposición del sol, deambula por las calles de pequeñas ciudades y merodea siempre pueblos cercanos al bosque. Es un guerrero y un guerrero sabe sobrevivir pese a las heridas. Seguramente habrá luchado estos meses contra Amel y es posible que haya perdido la cordura algunos días, ¿quién dice que no es el culpable de algunas quemas desconocidas en ciudades europeas y americanas?—echó a caminar entonces hacia la puerta y se giró para decirme algo más antes de irse—. Y Marius ha afirmado que está vivo y herido, aunque no ha querido revelar como sabe eso. Ah... ¿y no dijo lo mismo Khayman? Él no estaba del todo seguro sobre su muerte.

—Lo dijo...—murmuré esbozando una sonrisa de esperanza.

—Iré a jugar al ajedrez porque tengo una pequeña competición con nuestro hospitalario Armand—dijo dejando sonar sus mocasines por el mármol perfectamente pulido.

Recordé la primera gran reunión que tuvo lugar cuando el concierto de Lestat. Decidimos no asistir porque Gregory no sabía como enfrentar a Khayman y de qué forma disculparse con las Gemelas, sobre todo con Maharet, por todo lo ocurrido. Él también desertó cuando pudo alejarse lo suficiente de Akasha, la cual le imponía cierto miedo y no respeto.

Me pregunté qué hubiese ocurrido de haber aparecido en aquella reunión. Imaginé a Mael abrazándome preguntándome por todos estos años de silencio y yo haciendo lo mismo reconociendo en sus ojos claros la bondad que pocos habíamos visto. Algo en mí se agitaba y era la pesada carga de saber que lo dejé marchar sin importarme nada, pues siempre creí que volvería a buscarme pidiendo un poco de mi corazón. Aunque él no tenía por qué pedir un trozo de mi alma, de mis sentimientos, de mi amor o como quiera el mundo llamarlo. Él tenía gran parte de mi corazón aún en sus manos y sería por siempre de ese modo porque era mi única creación, mi viejo compañero de armas y un amante excepcional pese a su mal carácter.

—¡Avicus! ¡Al fin te encuentro en este laberinto!—escuché la voz de Flavius sacándome de mis ensoñaciones.

Tras percatarme de su presencia en la habitación me di cuenta que él había regresado a sus viejos atuendos. Casi todos decidíamos vestir prendas similares a las que una vez usamos cuando éramos humanos. Él llevaba una toga corta que a penas cubría la mitad de sus musculosos muslos y que dejaba sutilmente su espalda descubierta. Parecía la imagen idílica de Apolo aunque faltaban las flechas. Sus cabellos rubios oscuros caían con gracia sobre su frente y rozaban su nuca. Tenía la belleza clásica de las esculturas renacentistas y poseía unos ojos tan hermosos que me recordaba a los veraniegos cielos que hacía milenios que no era capaz de contemplar salvo en películas, fotografías y magníficas pinturas. Si pudiese describir sus rasgos debería usar un cincel y mármol de gran calidad para crear un David de Miguel Ángel con mayor realismo. Sus labios poseen una bondadosa sonrisa que parece asomarse incluso cuando medita únicamente consigo mismo. Para mí siempre es placentero observarlo y pasar algunos minutos en su compañía porque me siento bondadoso y olvido que fui un sanguinario guerrero.

—¿Deseabas algo?—pregunté echándome hacia atrás en el sofá.

Él caminó pausadamente hacia mí intentando desvelar todo lo que mis ojos decían y mis labios callaban. Sin embargo esa noche era demasiado terrible y a la vez fascinante para que él pudiese comprender todo lo que me ocurría.

—Ven, ven conmigo—dije abriendo mis brazos para que él se subiera sobre mis piernas y me dejara rodear su cuerpo hasta encontrar la paz.

—Avicus...—susurró sentándose sobre mí y permitiendo que le estrechara para poder llorar en paz.

Llorar no es una muestra de debilidad. No me importa que lloren a mi lado y manchen mis prendas como tampoco me importa oler las lágrimas sanguinolentas de mis compañeros. Sé que es la máxima expresión de nuestras desatadas emociones. Flavius había sufrido durante algún tiempo una presión indecible sobre su alma y al quedar liberada, exculpada de todas y cada una de las pesadas palabras que caían como lanzas, las lágrimas acudieron como símbolo de felicidad.

En mutuo silencio y complicidad noté como él llevaba mis manos hacia uno de sus costados donde llevaba un pequeño zurrón. Allí, cerca de sus riñones, tenía unas jeringuillas preparadas con un líquido transparente cargado de hormonas masculinas para ser aplicadas. Su lengua rozó mis labios y se coló entre ellos para comenzar a besarnos sin sobre saltos. Mis dedos eran hábiles y abrí la pequeña bolsa, saqué los medicamentos y clavé una de las agujas en su muslo derecho, muy cerca de su ingle, para hacer lo mismo conmigo tras levantarme la camisa que había decidido usar esa noche. Flavius volvió a dirigir una de mis manos agarrándome de la muñeca derecha, colándola dentro del borde de su toga y permitiendo que notase que no llevaba ropa interior.

—Deseo estar en contacto con Pandora pero no irme con ella—me aseguró en un breve jadeo mientras yo comenzaba a mover mi mano contra su miembro—. Yo te amo a ti y nada podrá destrozar este sentimiento que me ahoga desde hace demasiados siglos. No me importa no ser el único al que ames—mientras decía eso abrió el primer botón de mi pantalón y bajó la cremallera para sacar mi sexo.

Ambos frente a frente nos dedicábamos caricias indecentes sin importar que la puerta permanecía abierta. Nos mirábamos a los ojos como dos adolescentes borrachos de hormonas que descontrolaban nuestros pensamientos enturbiando nuestra mente. Nuestras bocas eran una jauría de besos y mordiscos encendiendo aún con mayor ímpetu la mecha de nuestros cuerpos. El sudor sanguinolento de ambos era muestra inequívoca de nuestra profunda excitación. No tardaron demasiado nuestros cuerpos en sentir el impulso final llegando al orgasmo.

Él cayó sobre mi torso y yo decidí arroparlo nuevamente con mis brazos. Pegué su cuerpo al mío besé su frente y sus mejillas, dejé que su respiración agitada se sosegara junto a la mía y guardé silencio durante varios minutos. Me había hecho una confesión que ya sabía pues no era la primera vez que me demostraba tal devoción de amor.


—Te has convertido en el epicentro de mi alma... sin ti es posible que me derrumbara—confesé.  

domingo, 6 de marzo de 2016

Daniel ha decidido hablar nuevamente de la familia, pero esta vez con otro matiz más importante e incluyendo la gran variedad que se da en nuestra sociedad.

Lestat de Lioncourt


Las familias y su concepto han evolucionado con el paso de los siglos. Lentamente el modelo tradicional ha dado un vuelco mostrando que cualquier núcleo con amor y recursos suficientes para una vida pacífica, digna y emocionalmente estable es apropiado para llamarlo familia. El ser humano ha demostrado que las barreras pueden romperse, sin embargo siempre habrá mentes retrógradas que aún increpen los nuevos modelos familiares.

Todavía hoy hay quienes alzan la voz exigiendo que un niño crezca con una figura materna y paterna, pues puede verse vinculado a problemas emocionales que eviten su buen desarrollo como ser humano y miembro activo de la sociedad. Señalan a los homosexuales, tanto hombres como mujeres, de ser el diablo y modificar a su antojo la sociedad. Posiblemente creen que esta forma de amar y sentir su sexualidad se produjo ayer. Sin embargo, la homosexualidad existe en la naturaleza en numerosas especies animales y la humana no iba a ser excepción. Además, hay familias de padres y madres divorciados, solteros o viudos que también entran en este nuevo concepto de familia.

Los vampiros también tenemos nuestro núcleo familiar. El más conocido es un grupo de vampiros que deciden unirse. Algunos serán creaciones del líder, indistintamente si es hombre o mujer, y otro serán amigos o aliados de épocas pasadas. Un claro ejemplo de este modo de familia es Gregory que bajo su techo está su mujer, su protegido y varios amigos. Flavius habla de familia cuando conversa con Pandora, pues los vínculos son similares al amor y respeto que se deben dar en los núcleos más básicos de la sociedad. Otro ejemplo podría ser Armand que durante décadas ha convivido con Sybelle, Benji y Louis. Actualmente vive con Sybelle, Benji y Antoine. El último ejemplo que podríamos destacar es la vieja familia que poseía Jessee y que se ha visto mermada tras las Quemas y sus terribles consecuencias. Khayman, Maharet, Mekare, David Talbot, Thorne y Jesse convivían bajo un mismo techo grandes épocas del año.

El segundo grupo más conocido es de una pareja de vampiros que se soportan, más o menos, conviviendo bajo un mismo techo. Es el caso de Pandora y Arjun que vivieron durante décadas viajando por el mundo o Marius y un servidor. Convivimos mostrando nuestras debilidades y encarando el desafío de soportarnos pase lo que pase.

Después está el tercer grupo que son vampiros que aman conversar con otros, pero no son capaces de convivir mucho tiempo juntos. Cyril creó varios vampiros aunque eso no le interesó demasiado. Prefirió ser su única familia. Puede mezclarse con otros, destruir o construir, pero al parecer ama la soledad y descubrir cómo cambia el mundo cada vez que despierta.

Pero todos recordarán un cuarto grupo. Es el grupo que tiene realmente vínculos más fuertes. Lestat creó a su propia madre ofreciéndole así una oportunidad mágica para esquivar a la muerte. Él logró algo que muchos desearíamos. Nuestras familias quedan atrás y tenemos que desvincularnos completamente de ellas. Tarquin Blackwood no lograba comprender ese punto. No se puede vivir cerca de humanos inocentes que desconocen tu verdad. Ellos no te verán envejecer ni morir, pero el tiempo pasará por ellos y acabarán en un ataúd. Debes asumir eso cuando eres un vampiro. No puedes convertirlos a todos. Sabes que eso es imposible y que no todos asumen la inmortalidad aceptándola. Hay quienes perdemos el juicio por el camino y podemos acabar como Nicolas de Lenfent.

El hecho anteriormente mencionado obligó a Lestat a alejarse de Rose. Rose era una niña de edad aproximada a Claudia cuando él la rescató. Esta vez no le dio la vida eterna y decidió conservarla entre algodones. La pequeña creció con los mejores tutores, en una familia de dos mujeres lesbianas que la atendían con cariño, y logró ser una mujer refinada e inteligente. Si bien Lestat no pudo ocultar lo que era para siempre. Ella se enteró de la peor forma que su tío Lestan era Lestat de Lioncourt, su amante Louis era Louis de Pointe du Lac y que no era humano.

Lestat siempre deseó tener una familia porque cuando era niño sólo tenía a su madre, pues sus hermanos sólo le ofrecían golpes porque eran igual que salvajes y su padre nunca le mostró amor o respeto. Lestat tuvo una madre con mano dura, pero que se desvivía porque su hijo al menos fuese feliz. Siempre quiso protegerlo como una leona aunque sus fuerzas se iban debilitando. Por eso cuando Lestat se marchó de París, dejando a su amante enloquecido en manos de Armand, se aferró a su madre que finalmente se marchó para que tanto él como ella pudiesen pasar página. Cuando Lestat llegó a América del Norte conoció un mundo nuevo, lleno de sensaciones, con gente refinada del viejo mundo intentando imponer sus principios a los “salvajes” y esclavos. Se enamoró nuevamente como jamás lo ha hecho y decidió tener una hija. Creó a Claudia para que Louis tuviese algo por lo que luchar, pero también porque él quería ser padre y poseer una familia. El concepto de familia era importante para aquel joven vampiro. Pues la familia es importante para cualquier humano y nosotros no dejamos de ser humanos del todo. Somos una mezcla, como ya he dicho en otros escritos, y necesitamos del contacto y cariño de aquellos que amamos.

El príncipe de los vampiros, como así lo hemos coronado todos, ahora también posee un hijo biológico gracias a la ciencia. Viktor de Lioncourt es idéntico a su padre en muchos aspectos, y no sólo físicos, porque posee ese arranque rebelde y temerario así como esa chispa de hombre de acción. Sus modales y conocimientos son más elevados. Él estuvo preparado para ser vampiro desde que era un niño. Pese a su claustrofobia deseaba con tesón ser como su padre, como los científicos que le rodeaban, como el milenario que le apoyaba en sus horas de estudio y como su madre. Seth, el hijo de Akasha, siempre comprendió este hecho aunque no tanto su creado.


Actualmente Viktor y Rose son vampiros formando parte de una familia mayor. El núcleo familiar de los vampiros se ha agrandado. Ya no convivimos en pequeños o medianos círculos de inmortales. Ahora Lestat desea que todos nosotros seamos una Gran Familia similar a la de Maharet pero incorporando a espíritus, humanos y cualquier ser que vague por la tierra. En realidad el mundo es una Gran Familia, pues es nuestro hogar, y deberíamos comenzar a darnos cuenta que aunque no tengamos vínculos de sangre deberíamos amarnos y respetarnos como hermanos. Quizás este concepto es muy hippie para muchos de vosotros, ¿no es así? No obstante os invito a reflexionar sobre ello en este domingo. 

viernes, 19 de febrero de 2016

Blood Secret

—¿No sientes cierta preocupación?—preguntó mirándome con esos ojos tan similares a los míos, pero animados por un alma muy distinta. Él era más franco y menos altivo. Poseía los rasgos que había contemplado mil veces en el espejo, así como en mis hermanos mayores.

Él era mi hijo. Podría decirse que era mi verdadero heredero, el mayor de mis tesoros, y lo tenía frente a mí como si fuese un regalo cuasi divino. La ciencia me había dado la oportunidad de vivir algo insólito. Ningún vampiro vivo, actualmente, poseía un hijo biológico después de La Sangre. No. Eso era impensable. Todos creíamos que estábamos muertos, que el placer de la carne se había reducido a un íntimo contacto en un beso de sangre. No, no y mil veces no. La mayor muestra de vida era él con aquel suéter celeste de marca, esos pantalones negros de vestir recién planchados y sus mocasines.

Distinto e igual. Un muchacho que podía llamarse gentleman, aunque tuviese en apariencia mi misma edad. Era asombroso el parecido. Si nos sentábamos uno junto a otro, en cualquier lugar, pensarían que somos mellizos o hermanos. Pero no era así. Muchos se asombraban cuando él me llamaba “padre” sin titubeos.

—¿Por qué debería?—dije encogiéndome de hombros.

—Tal vez porque ese ser, lo que quiera que sea, está ahí—admitió al fin sus miedos. Yo los conocía. No necesitaba que él me asegurara nada. Estaba asustado, como muchos otros.

—Es un espíritu, Viktor. Un espíritu que también está en ti—respondí.

—Pero no de igual modo—se apartó de mí, dándome la espalda, para ir hacia la gran cristalera que mostraba la inmensa ciudad de Nueva York a nuestros pies.

Era un edificio alto, de aspecto robusto, y similar a cualquier otro. Sin embargo, en su interior, había material que valía millones de dólares. Era material de última tecnología y muy preciso. Estábamos en las nuevas oficinas farmacológicas de Gregory en conjunto con Seth y Faared. Era un nuevo imperio. Entre aquel montón de hormigón, cristal, cemento, hierro y otros materiales de construcción se modificaba el ADN vampírico y surgían nuevas curas. Tal vez, quién podía saberlo a ciencia cierta, podríamos caminar bajo el sol sin daño alguno o poder consumir alimentos. Los prodigios de la ciencia, la ciencia de nuestros camaradas vampíricos, estaba siendo un éxito y avanzando a grandes pasos.

—No, no es igual, pero tampoco es demasiado distinto. Él puede escuchar tus pensamientos, está diluido en tu sangre, y anima tus nuevas células nacidas de una mutación. Su ADN, por así decirlo, se ha introducido en el tuyo—repetí lo mismo que me había dicho aquel viejo médico arrancado de la india para ser parte de un equipo de valientes, y orgullosos, científicos y médicos de todo el mundo.

¡Ahora los vampiros no sólo llevaban capa y sombrero! ¡También podemos llevar batas de científicos o médicos! ¡Qué barbaridad! Yo siempre he odiado los hospitales, sobre todo desde que caí casi al borde de la muerte, o eso sentí, aquellas semanas en esa aventura que titulé “El ladrón de cuerpos”.

—Ya hablas como Faared—dijo tras una suave carcajada.

—Intento comprender qué es lo que está pasando, lo que nos pasó a todos desde el preciso momento en el cual…

No sabía cómo expresar, sin ser hiriente, todo aquello. Todavía no había escuchado la versión de Amel. Él se negaba a explicar sus motivos. Sólo me hablaba sobre el futuro. Para él el pasado no tenía ya importancia. Quería experimentar conmigo la belleza del mundo. Según él se sentía dichoso porque podía ver y sentir, incluso saborear. No estaba preso. Él era libre, pero quien controlaba las acciones era yo. Debatíamos durante noches algunos temas fundamentales y leíamos ansiosamente el periódico. A veces nos defraudaba lo que teníamos entre nuestras manos, odiando cada palabra escrita, pero luego surgía la llama de la esperanza.

—En el cual Akasha fue agredida por un espíritu que amaba la sangre, furioso y desdichado—dijo.

—Ella se burló de él y de sus brujas—le recordé.

—Somos fruto de una venganza y del ansia asesina de poder—aseguró.

Dile, dile. Dile al chico si quieres. Explícale que no soy malo. Todos somos buenos y malos. No hay bondad y malicia plena. Yo no quería matarlos. Sólo me dolía. No sabía cómo hacer que el dolor parase. Mi conciencia pesa, lo sabes. Pesa como la tuya, pero era necesario. Algunos de ellos habían quemado a otros vampiros. ¡Dile! Dile eso si quieres o guarda silencio. Quizás necesita reflexionar por él mismo y comprenderlo sin que tú le ayudes. Recuerda que se parece a ti en algo más que en el físico. Aunque tenga ropas más elegantes que las tuyas, parezca más maduro y refinado, es salvaje y ama ser rebelde. Tiene tu sangre. Posee tus genes. Esos genes que le han dado esos labios carnosos, esos ojos tan azules, el cabello dorado como si hubiesen arrancado rayos de sol para crearlo y sus manos. Posee unas manos tan magníficas como las tuyas. Pero él no ha vivido… No ha vivido el mismo dolor. Deja que se equivoque.  Permítele esa oportunidad, amigo.

—No, somos fruto de algo más—respondí.

—Eso quieres creer.

—Viktor, yo no creo en nada— le recordé—. Me  he pasado la vida creyendo y descreyendo. Podía haber seguido esos pasos, torpes y ciegos, hacia la santidad.

—Gracias a Dios, o al Diablo, que dejaste esa estúpida teoría. ¡Era disparatada!—exclamó girándose para mirarme a los ojos.

—No tanto cuando un espíritu, lo que fuese, se presenta ante ti y te habla de ese modo. Pero ahora no es tiempo de discutir. Por favor, Viktor, dime cómo está mi querida Rose. Háblame de mi hermosa niña, de mi rosa de sangre—dije tomándolo de los brazos, deslizando mis manos hasta sus muñecas, para sostenerlas con mis dedos mientras le miraba a los ojos—. Háblame de cuánto la amas, pues haces que me sienta en paz.



Lestat de Lioncourt 


martes, 26 de enero de 2016

Permite

Fareed ha revolucionado el mundo de los vampiros en muchos aspectos... Sobre todo a Avicus.

Lestat de Lioncourt


Había ido a la biblioteca. No buscaba nada importante. Sólo quería deleitarme observando los gruesos, diferentes y llamativos cantos de los libros encuadernados a mano que poseía Gregory. Aquella hilera de conocimiento la reconocía con echar un vistazo. Sabía bien cual era el lugar de cada uno de ellos, los autores, las líneas más amables de cada obra y los ensayos más extraños sobre criaturas extrañas, tanto o más que nosotros, que pueblan el mundo. Era como un amazona cargado de hermosas plantas cargadas de un saber ancestral, cuyas raíces iban más allá del alma del autor y la propia historia.

Necesitaba encontrarme con mi mayor placer. Quería vincularme a cada hoja de papel, dejarme llevar por cada sofisticada línea y beber de la tinta de los recuerdos. Sí, quería leer, pero también quería soñar despierto que los personajes de los libros tomaban forma y se paseaban, como no, por la amplia biblioteca con hermosos frescos celestiales. La lámpara central, de tela de araña y lágrimas de cristal de bohemia, tenía una luz poderosa, pero también poseía una inconfundible belleza.

Nada más entrar comprobé que no estaría solo. Él estaba allí contemplando una de las repisas. Sus largos y finos dedos se movían rápidos por los tratados de filosofía, pero también por los poemas de autores clásicos griegos y por las numerosas obras de teatro de la antigüedad. Parecía nostálgico, como si algo le faltara. Su estrecha espalda, pese a su marcada musculatura, parecía soportar el peso del mundo entero, al igual que Atlas.

Flavius siempre vestía togas, túnicas sencillas y ropa moderna muy cómoda. Creo que, al igual que todos, necesitaba encontrarse consigo mismo aunque fuese en el interior de nuestro hogar. Gregory nos había permitido ser sus invitados eternos, convivir codo con codo sin altercados y sentirnos dichosos de estar unos con otros. Él parecía siempre pensar en ella, su creadora, y en divagar si se encontraba sola o acompañada. Amaba a la mujer que lo había creado igual que a una madre, una hermana o una gran amiga.

Me aproximé a él sin decir nada. Estaba ensimismado, pero sabía que yo estaba allí. No iba a tomarle por sorpresa que lo rodeara con mis brazos, echándolos por la cintura, mientras dejaba un pequeño beso en el recodo derecho de su cuello. Él no dijo nada, ni siquiera se movió, pero su rostro pareció iluminarse y sus ojos se cerraron permitiendo que lo estrechara con mayor firmeza. Me aferraba a él como un águila a su presa. Mis dedos, mucho más gruesos y toscos, levantaron su corta toga y acariciaron su vientre firme. Cerca de su ombligo dejé unas suaves caricias, para luego erizar su vello al tocar más allá del inicio de su miembro.

Nosotros habíamos logrado tener un nivel hormonal similar al de los hombres jóvenes, robustos, sanos y mortales. Fareed seguía investigando para que todos nosotros gozáramos de nuestros impulsos primarios. Por mi parte, claro está, él despertaba cientos de impulsos que no podía controlar y que, por supuesto, no quería.

Mi mano comenzó a masturbarlo suavemente. Mis dedos apretaban su ligeramente rosado glande, jugando con éste y el pequeño orificio, mientras mi lengua se deslizaba por la piel de su cuello y mi respiración agitaba la suya. Acabé llevando la mano a su boca, hundiendo los dedos entre sus labios y acariciando su lengua húmeda. Él gemía bajo y pegaba sus glúteos a mi bragueta. Sin pensarlo, sin dejarle reaccionar siquiera, lo agarré del cabello y lo empujé contra la repisa. Algunos libros cayeron al suelo, pero en ese momento no me interesó cuales de los ejemplares pudiesen ser. Sus caderas se movían levantando su trasero, incitando aún más que levantara por completo la toga, y sus labios carnosos jadeaban mi nombre en un coro delirante.

Tiré de él, arrastrándolo del pelo hasta el diván, y lo arrojé de espaldas a mí. Allí, abierto de piernas y al borde del mueble, me subí mi túnica y entré. Él gritó aferrándose a los cojines y al borde del asiento. No me importó. Mis manos abrieron con fuerza sus glúteos y penetré con un ritmo lento, pero violento. Cada arremetida era un suplicio. Entraba buscando su punto de placer, ese que le hiciese vibrar como una hoja al viento o una flor en medio de una tempestad. No dudé en empezar a azotar sus nalgas, arañar su espalda y tirar con fuerza de su pelo recordándole que yo estaba dominando su cuerpo, pero también su alma. Un alma que estaba atormentada por el placer que generaba mis ásperas y sucias caricias.

Su miembro rozaba el terciopelo verde botella del hermoso mueble, el cual parecía ceder en cada estocada. Un miembro que encontraba de ese modo alivio, pues cuando fue a tocarse le tomé el brazo y lo retorcí en su espalda. Y así estábamos, con su brazo retorcido a la altura de sus caderas y mis manos apoyadas en él mientras aumentaba el ritmo, ofreciéndole la mejor de las torturas.

—Más... más... —empezó a pedir.

En ese momento, cuando sus súplicas se elevaron al cielo, salí para girarlo y dejarlo de espaldas al diván. Coloqué ambas piernas, de muslos calientes y blanquecinos, rodeando mis caderas mientras alzaba las suyas. Mi glande rozó su entrada y él gimió mi nombre, cerró los ojos y aceptó la siguiente arremetida. Sin embargo, no esperaba que tomara el cinto de mi túnica y le rodeara el cuello, apretando suavemente su garganta. El ritmo se elevó, sus gemidos ligeramente asfixiados se precipitaban como una súplica surgida de los infiernos hacia los cielos, y finalmente, con sumo placer, me vertí en su interior. Sus músculos habían atrapado con fuerza mi sexo, apretándolo deliciosamente, pues él había llegado también al final de esa tortura llena de placer y lujuria.

Después, sin que él lo esperara, me aparté liberándolo y dejándolo exhausto. Sus ojos estaban entrecerrados, su boca abierta como la de un pez fuera del agua y sus manos temblorosas quisieron acariciarme. Pero yo le tenía preparada otra caricia más erótica y sensual. Acerqué mi miembro, manchado por mi semen, a su boca y lo introduje lentamente. Él no dudó en lamerlo mirándome a los ojos. La punta de su lengua recogían las últimas gotas, disfrutando de ese sabor amargo y ligeramente salado.

—Eres mejor que cualquier lectura—dije apartándome, para colocarme bien la ropa—. Un buen esclavo en la cama.


Flavius sólo sonrió incorporándose, para pegarse a mi torso, alzar sus brazos hasta mis hombros y besar mi mentón. Para mí, para un hombre que había vivido en guerra y soledad miles de años, tenerlo cerca significó un oasis y ahora, que podemos tener todo ésto, se ha convertido en pura lujuria que calma mi sed.  

martes, 29 de diciembre de 2015

Gracias a ti

Fareed y Seth son una pareja singular. Me agrada que existan personas que quieren saber sobre el pasado para mejorar el futuro. Y bueno... se ve que "coordinan" bien.

Lestat de Lioncourt


Había dejado en su recámara, donde solía pasar largas horas en la noche leyendo e indagando por la red de redes, un sobre con los resultados genéticos se había logrado realizar gracias a la generosa ayuda de Gregory. Aquel vampiro milenario, fuerte, educado y lleno de historias que aún no había narrado, ni siquiera a mí en la intimidad, me había permitido tomar muestras de su piel, saliva y sangre para comprarla con otros vampiros y, sobre todo, con Seth.

Siempre rondó en mi cabeza la posibilidad de parentesco entre ambos. Seth tenía su porte, pero poseía la delicadeza de rasgos que tuvo su madre. Desde que él se presentó ante Lestat, como hijo legítimo y biológico de Akasha, provocó que muchos giraran su rostro hacia la envidiable figura del sosegado guerrero Nebamun. Ella jamás amó a Enkil como pareja, sino como un hermano, y sus vínculos sentimentales con aquel guardián fueron revelados sin tapujos.

El sobre contenía una larga lista de resultados, no sólo vinculados al ADN, y una carta donde le explicaba que él era su padre. Su padre estaba vivo, se había convertido en un mutante gracias a los caprichos de su madre. Había permanecido en silencio, sin conocer con certeza si la criatura que Akasha llevó en su vientre, durante miles de años. Incluso permaneció sin decir nada el día que ella decidió hacerlo inmortal.

Por eso mismo vino a mí, a mi pequeña habitación, donde mantenía el contacto con el resto del mundo, con mis científicos y doctores, con una sonrisa de satisfacción. Era la primera vez en mucho tiempo que sonreía de ese modo. Sus ojos oscuros parecían tener luz propia. Sus labios, carnosos y seductores, comenzaron a moverse para repetir una y otra vez la palabra “Gracias” en su idioma natal.

Él me había enseñado a leer, hablar y escribir en egipcio. Disfrutaba explicándome cada uno de sus conceptos. Por eso mismo, Seth, me hablaba de ese modo con la euforia de un niño. Era mi regalo de Navidad atrasado por algunos días, pero también lo era el de Gregory. Ambos podían respirar aliviados con la firme convicción que eran familia. Una familia que iba más allá del vínculo de la sangre y la sospecha.

Me incorporé y salí de detrás de la mesa. Él seguía hablando y moviendo sus manos. Siempre me han hipnotizado sus manos de dedos largos. Acomodé mi bata metiendo mis manos en los bolsillos, intentando evaluar el momento, para finalmente sacarlas y tomarlo del rostro besándolo. Mi lengua cálida se introdujo en su boca, aún más ardiente. Él no me rechazó, sino que colocó sus brazos alrededor de mis hombros apoyando sus brazos desnudos sobre éstos.

Sólo iba con un pantalón amplio, de lino blanco, que resaltaba su piel bronceada. Había decidido tomar el sol, hacer como otros tantos, y darle un color atractivo a sus rasgos por siempre jóvenes, de un muchacho de no más de veinte años. Sus pezones estaban algo más cafés, quedando resaltados frente a su piel ligeramente achocolatada. Su vientre, firme y ligeramente marcado, me atraía tanto como su torso y sus hombros. Sin pudor coloqué mis manos sobre el cinto del pantalón, para recorrerlo lentamente hasta el cierre. Sólo era un nudo, un pequeño lazo, que desaté. Hice que la prenda cayera y mostrase su miembro ligeramente duro.

—Hazme tuyo...—dijo al separar mi boca de la suya.

Fui hacia el mueble cercano, para abrir la pequeña puerta que daba a un frigorífico minúsculo. Allí había una nueva inyección, la cual lograba mayor prolongación de la excitación sexual y un tiempo menor de reacción. Tomé una dosis para mí, así como para él. No dudamos en probarla. Seríamos los conejillos de indias.

Amé a Seth nada más verlo la primera vez. Caí seducido por sus rasgos y su forma de desenvolverse. Sin embargo, acabé profundamente seducido la primera vez que ambos logramos estar unidos, entre las sábanas revueltas de una habitación y con la única compañía de una lamparilla de noche a media luz.

Su habitación no estaba lejos. Usualmente dormía con él, salvo las mañanas que terminaban siendo inquietas porque unos resultados no eran favorables. El trabajo a veces me absorbía, pero él comprendía la necesidad que tenía de querer sanar el mundo. Era nuestra misión y legado.

Cuando entramos en ella comprobé que había encendido velas aromáticas, regado pétalos de flores en la cama y logrado un ambiente erótico casi desconocido para mí. Era un hombre de ciencias, pero él tenía el corazón de un poeta. Con calma me senté en la cama recostándome sobre el colchón y él cayó sobre mí.

Sus labios no tardaron demasiado en hacerse notar sobre mi cuello, mientras él me desnudaba. En menos de un minuto estaba desnudo, con él sobre mi torso deslizando su lengua y sus manos acariciando mi miembro. El calor se convirtió en llamas, comenzando a arder en el interior de mi cuerpo como en el suyo, y sus caderas empezaron a moverse como si fuera una serpiente de cascabel.

Quedé allí, sobre el mullido colchón, mientras él bailaba rozando sus duros, y redondeados, glúteos sobre mi vientre y miembro. Sus cabellos, con aquel corte de príncipe egipcio, se movían suavemente por el ritmo que poseía su pelvis. Mis manos viajaron sus muslos, desnudos de vello así como gran parte de su figura, mientras él dejaba las suyas sobre mis pectorales apretando mis pezones contra las palmas.

Sentía mi cabeza hundirse en los cómodos cojines envueltos en satén azul pavo real e hilo de oro. Mis sensaciones se perdían gracias al confort, placer y los aromas, pero también a sus canciones. Él empezó a cantar para mí en un tono bajo y sensual. Su vientre se movía erótico, del mismo modo que sus caderas. Para su pueblo los músicos estaban bien considerados, pues la música estaba relacionada con grandes celebraciones religiosas y festivas. La música intercedía ante los dioses y los sentimientos.

Su miembro, como el mío, estaba completamente erecto cuando guardó silencio y se sentó en los pies de la cama. Sin demasiado preámbulo lamió el glande, lo rodeó con sus labios y engulló todo el miembro introduciéndolo hasta mis testículos. Movía su cabeza de forma que me hizo perder el hilo de mis pensamientos. Coloqué mis manos sobre sus cabellos, tirando de ellos, mientras dejaba que mis gemidos fuesen libres. Y, cuando me tenía a su merced, se subió sobre mí nuevamente, tomó mi pene y lo llevó a su entrada. Con un sólo movimiento rápido, y desesperado, se penetró.

De nuevo comenzó a bailar sobre mí, pero con mi sexo en su interior. Sus jadeos, gemidos y súplicas cada vez tenían mayor fuerza y violencia. Aquello me hizo salir de mi pasividad, tomando el control. Lo arrojé contra la cama y empecé a penetrarlo con un ritmo aún más fuerte. Él gemía mi nombre y me miraba con necesidad. Duramos de ese modo algunos minutos, los cuales estuvieron llenos de arañazos, mordiscos y palabras llenas de pasión. Nunca nos decíamos palabras sucias, pero sí nos alentábamos a conquistar el paraíso.

Al acabar caí agotado sobre su torso, algo más estrecho que el mío, y sus manos quedaron sobre mis omóplatos, los cuales estaban cubiertos de marcas que iban cerrándose. Empapados en sudor sanguinolento, lágrimas de placer y satisfacción empezamos a sentir que el sueño venía. Sin embargo, antes de caer en el otro mundo, en el mundo de los sueños, habló.

—Tengo un padre...—susurró riendo bajo—. Y un gran amante... —añadió tras un hondo suspiro—. Sólo queda que me des un hijo... como a Lestat.


Al despertar no le pregunté por ese deseo, pues él tampoco comentó nada al respecto. Aunque sí llamó a Gregory y estuvo al teléfono por más de dos horas. No paraba de hablar sobre una reunión importante para todos, al menos para los más cercanos, pues quería celebrarlo. Deseaba que todos supieran que el ciclo se había cerrado y las dudas volado.  

lunes, 23 de noviembre de 2015

Movimiento en los espíritus - Archivo Talamasca

David Talbot y Daniel Molloy nos traen algo más sobre lo que está ocurriendo ahora, en la Tribu.

Lestat de Lioncourt


Corríamos por la ciudad. No lo hacíamos a la velocidad de un ser humano. Jamás me había sentido tan libre. Nunca había probado mis poderes de ese modo. Creo que jamás me había percatado que poseía tales habilidades. Por primera vez me sentía unido a lo que era. Había dejado atrás los deseos desenfrenados de entrar en locales de poca monta y dejarme llevar por la estruendosa, aunque atractiva, música que me hacía bailar durante horas. Vestía ropa cómoda, algo ajustada, y oscura. Él me había pedido que fuese su sombra, o al menos algo similar, porque quería que le acompañara hasta uno de los cementerios más populares de París.

Un París que parecía una bomba de relojería. Las calles se habían llenado de muertos por las políticas del presente y pasado gobierno, por financiaciones que rallaban lo ilegal a organizaciones terroristas, y porque se había fabricado una nueva guerra que dividía, clasificaba y hacía que los buenos fueran muy buenos y los malos terribles. La lluvia caía precipitándose con rabia. El viento agitaba las húmedas banderas a media hasta, las luces seguían tiritando y en algunos locales se escuchaba un himno, lleno de símbolos que alentaban a una pureza de sangre inexistente en una sociedad actual, que unía almas.

Cada pisada era como una liberación. Me sentía libre. Él parecía no disfrutar de aquellos movimientos limpios, medidos y sigilosos. Los míos eran más patosos. Yo parecía un bebé que recién caminaba en comparación con él, un hombre atlético y que se comprometía con la carrera a contra reloj que estábamos teniendo.

Benjamín difundía algunos mensajes en la radio. Hablaba de diversas informaciones que habían llegado de La Orden de Sabios de Talamasca. La Talamasca de David Talbot era muy distinta a la actual, pues habían crecido las medidas de seguridad y ahora realmente la gobernaban humanos para humanos, aunque en las sombras seguían aquellos seres poderosos que se encargaron de engrandecerla y conservarla.

“Queridos hermanos. Se están viviendo cambios. Actualmente no podemos hablaros con claridad de todo lo que está sucediendo. Los espíritus parecen intranquilos. Quizás se está abriendo otra brecha en ésta realidad, la que todos compartimos, y están apareciendo espíritus que desconocíamos. No tengáis miedo. Ahí fuera hay un grupo de talentosos hombres, mortales e inmortales, que están recabando información para todos ustedes. Repito, somos una Tribu y la Tribu se está moviendo. No temáis.”

Se escuchaba el violín de Antoine y el piano de Sybelle. Podía imaginarlos juntos tocando hasta el delirio. Allí estaba Marius, reunido con Armand, mientras Gregory paseaba por las habitaciones conversando con algunos jóvenes vampiros amigos nuestros. Pero ¿y Lestat? Hacía días que no aparecía, ni hacía reuniones y parecía desaparecido. No preguntaba por él, no quería parecer nervioso porque el líder no estuviera y, por supuesto, no deseaba que mi ansiedad preocupara al resto. Sin embargo, mis dudas se resolvieron.

Allí, bajo la fina llovizna, se hallaba Lestat junto a su replica perfecta. Lestat de Lioncourt y Viktor, su hijo, se hallaban de pie vistiendo ropas similares. Viktor era más pulcro, llevaba el pelo recogido y era ligeramente más alto y ancho. Lestat era un poco más menudo, su cabello estaba revuelto y poseía ligeras vetas blancas que hablaba de su exposición al sol de forma reiterada. Ambos llevaban chaquetas rojas con solapas negras, camisas blancas de algodón y jeans desgastados con unas botas elegantes, aunque cada cual llevaba unas botas distintas. Las de Viktor eran más sofisticadas, las de Lestat eran las de una estrella del rock trasnochada.

—Buenas noches, amigo—dijo David abrazándose a él con fuerza y ánimo.

—Buenas noches, David—contestó con tono jovial, como si nada pasara, mientras su hijo parecía inquieto—. Seth me ha enviado con Viktor como escolta, ¿te puedes creer? Mi hijo es quien vigila que no me meta en líos—se echó a reír, pero su risa no era del todo libre. Parecía preocupado. En ese momento me di cuenta que estaba tenso.

—¿Por qué nos has reunido aquí?—pregunté—. ¿Por qué he tenido que venir yo?

—Porque alguien tenía que acompañar a David y él se fía de ti—dijo Viktor. Su voz era tan similar a la de su padre que sentí un ligero escalofrío, pero no tenía acento francés. Poseía un acento que no era de ninguna parte, un acento de miles de países, aunque con un cierto desdén norteamericano. No podía diferenciarlo del todo.

—Podemos discutir todo en el café, por favor—movió suavemente su cabeza señalando una pequeña y coqueta cafetería.

Estaba arrebosar de personas. Sin embargo, parecía que no le importaba que otros escucharan nuestra conversación. Había varios vampiros jóvenes no muy lejos, podía sentir sus miradas y sus deseos de leer mi mente. Por supuesto, como no, tenía la mente cerrada y supongo que el resto también.

Nos movimos hacia el interior y allí, rodeados del aroma a café recién hecho y de distintas viandas, nos sentamos. David pidió un ponche, Lestat hizo lo mismo, Viktor optó por chocolate caliente y yo decidí pedir un café solo. Los cuatro calentaríamos nuestras manos con las tazas y emularíamos que podíamos digerir la bebida. La camarera fue rápida y su sonrisa parecía amarga. Era normal que todos estuvieran tensos por los atentados.

—Hace días que Amel está inquieto—dijo rompiendo el silencio.

—¿Inquieto?—preguntó de inmediato David—. Especifica.

—Sucedió hace unas noches. Teníamos nuestra habitual conversación tras la muerte de una de mis víctimas. Había decidido matar a un estúpido que se pavoneaba imitándome, intentando que todos creyeran que era yo—sonrió ligeramente acariciando la taza y se la acercó a la boca—. Como si eso fuese posible, pues ni siquiera Viktor es capaz de imitarme.

—No soy tan descarado ni irresponsable—contestó su hijo provocando que él bajar la taza y se echara a reír—. Ríete, pero incluso lo dice Seth.

—Seth tiene razón—respondió—. La cuestión es... —se quedó pensativo, como si escuchara a esa voz, para luego continuar—. Oh, sí. Empezamos a conversar sobre mis viejas vivencias y finalmente acabamos hablando de Memnoch. No sé porqué, pero se tensó.

—Sigues creyendo que era un espíritu. Ahora lo crees firmemente—murmuró David.

—Así es. Lo creo—indicó.

—¿Y por qué? Decías que era el diablo...—interrumpí.

—Así se presentó y así me hizo creer, pero pienso que son espíritus que encuentran pequeñas brechas en la oscuridad, esa oscuridad donde viven, y quieren entrar en nuestro mundo. Es como una enorme grieta. Creo que algo, no sé qué es, está sucediendo e intranquiliza a Amel. Puede que tenga que ver con Memnoch y ese lugar, el lugar donde me llevó—susurró lo último sin saber decir un lugar en concreto, pues no lo había.

Entonces Viktor recibió un mensaje y miró a su padre, éste lo observó durante unos segundos como si pudiesen hablar en una lengua inventada, como los gemelos, y ambos se incorporaron. Tenían que irse. Se despidieron rápidamente de nosotros y David fue tras ellos, dejando un par de billetes como propina y pago, mientras yo me quedaba allí sentado, pensando en todo lo que habían dicho y meditando sobre los pasajes de la aventura de Memnoch. En aquellos días yo estaba loco, perdido, desestructurado y hundido. Fueron días terribles. Armand estuvo a punto de morir y Mael estaba desaparecido desde entonces. Algunos decían que el celta estaba muerto, pero Marius decía que no era posible.

—¡Daniel!—gritó desde la puerta David—. ¡Vamos!


Me levanté y fui hacia la puerta acomodándome la sudadera. Ni siquiera me había bajado la capucha, me di cuenta cuando quise subirla al percibir que seguía lloviendo. David Talbot me rodeó con su brazo derecho, pasándolo por encima de mis hombros, para luego pegarme a él intentando darme algún consuelo. Necesitaba ver a Marius. Quería hablar con quien tenía como maestro y vínculo, pero también necesitaba hablar con Armand sobre Memnoch. Yo sabía que David y yo nos trasladaríamos de nuevo hacia Nueva York, donde estaba el resto.  

martes, 10 de noviembre de 2015

Distintas formas de luchar

Gregory es casi tan viejo como el mundo. Desde los inicios de Egipto está con nosotros, convirtiéndose en una biblioteca viviente.

Lestat de Lioncourt


En un segundo la vida puede cambiar. En lo que malgastamos con un pestañeo alguien puede morir, nacer, lograr un increíble triunfo que no aparezca en los medios, un político puede caer en desgracia, una empresa quebrar o un científico encontrar la cura para una terrible enfermedad que se haya convertido en pandemia. Un segundo es la espada que corta el tiempo, la verdad, la mentira, los sentimientos más profundos del ser humano, la sociedad y cada trozo de lo que somos. Es la medida de tiempo con la cual los enamorados cuentan la distancia de sus corazones, cuerpos y almas.

Todo cambió para mí hace miles de años. Han transcurrido billones de segundos. He visto imperios caer, levantarse y olvidarse. Conozco el secreto de la vida, pero a la vez desconozco en plenitud su significado. Reconozco bien el llanto de un niño recién nacido, de un enfermo y de la maldad. Comprendo la importancia que poseen todos y cada uno en éste mundo, incluso aquellos que no merecen nada.

Hace siglos me planteé qué hacer con mi vida. Tenía siglos por delante, un mapa increíble en blanco. Decidí viajar, conocer y experimentar; pero de todo uno se cansa. Opté por encontrar un lugar cómodo donde descansar, echar raíces y crear una máscara única que me diese la posibilidad de ser feliz. Quería hacer algo más que vivir. Muchos sólo viven, pero respirar no es lo único que pueden hacer. Tomé absurdas decisiones, con terribles consecuencias, hasta que comprendí que había un negocio que podía reportarme beneficios y paz espiritual.

Conozco bien el mundo de los negocios porque ha sido parte de mí, como un pedazo de mi cuerpo, ya que he sido siempre un hombre inquieto. Sí, me considero un hombre y no un monstruo. Aún poseo sentimientos y virtudes que tienen como capacidad muchos mortales. La salud siempre ha estado en riesgo. El ser humano ha jugado con ella en guerras homenajeando a Dios, sea cual sea el nombre que le dieran en esos momentos y con sus diversas lenguas. Recuerdo a los nazis utilizando a gente joven, sana y fuerte para sus violentos virus y terribles consecuencias. Todavía oigo la radio hablando de los crímenes de guerra de numerosos lugares del mundo, pues aún hoy se cometen actos así de bárbaros. El ser humano ha aprendido a luchar con virus, creando nuevas armas, para matar a otros. Por eso creé una empresa farmacológica para generar curas eficientes, a bajo costo y de rápida distribución. Aún así los grandes gobiernos son reacios y todavía, aún hoy, tengo patentes que no me permiten sacar a la luz.


Decidí ser el salvador del mundo, creando una nueva guerra, sin necesidad de derramamiento de sangre y mentiras terribles. Yo soy Gregory, el vampiro que fue amante de la Reina Akasha, fiel y leal servidor de su ejército de inmortales, general de un batallón de almas sedientas de muerte y empresario arrepentido por una lucha llena de mentiras, falsos ídolos y lágrimas.  

domingo, 4 de octubre de 2015

Emprendedores en la sombra

Daniel Molloy ha decidido hablar de la variada gama de empresas que poseemos los seres "ocultos" o "en la sombra". Habla de vampiros, pero también de Taltos o Brujos. 

Disfruten del artículo.

Lestat de Lioncourt 


El mundo de los negocios es parte de nosotros, de la sociedad moderna llena de capitalismo y de sentimientos de compra y venta. Actualmente todo se puede comprar, inclusive seres humanos. Miles de personas en el mundo creen que la época de la esclavitud desapareció, pero en realidad se ven inmersos en diversas tramas de explotación laboral. Hay quienes no sienten el yugo de las cadenas, pero otros se ven hundidos en días miserables anclados a máquinas de coser, camas sucias y semáforos.

Miles de criaturas en todo el mundo han establecido empresas. Las empresas más conocidas por parte de cientos de vampiros son las farmacéuticas de Gregory Duff Collingsworth y los numerosos locales comerciales y de ocio de Armand Le Russe y Benjamín Mahmoud . Sin embargo, el mundo bursátil está lleno de agentes que trabajan para vampiros como Lestat de Lioncourt o David Talbot. Pero también se han visto involucrado en mercados de arte y mecenazgo como Marius Romanus, Pandora de Atenas, Petronia o Arion. Por supuesto se han comprado inmuebles en todo el mundo restaurándolos, convirtiéndolos en museos o vendiéndolos al cabo de algunas décadas como es el caso de otros. Si bien, los mejores en los negocios son Gregory y Armand. Muchos desearían tener su privilegiado olfato para generar riqueza.

También hay vampiros que colaboran activamente con empresas de Gregory Duff Collingsworth como es Seth con su equipo de científicos encabezados por Fareed Bhansali, antiguo brillante médico y cirujano anglo-indio iniciado en la sangre entorno a 1986, como Dra. Flannery Gilman, médica americana que fue desacreditada por ser investigadora de sucesos vampíricos recientes en las últimas décadas.

Las empresas de seres inmortales, o casi eternos, no fueron iniciadas únicamente por vampiros. También seres imponentes como los Taltos, encabezados por Ashlar Templeton antiguo Rey Taltos, iniciaron negocios por todo el mundo. Ashlar enseñó a sus hijos a comprender el mundo de los negocios y los supervivientes, un macho y dos hembras, han continuado con sus conocimientos y estudios cercanos a los Mayfair, pues están vinculados en línea de sangre con éstos brujos.

Los Brujos Mayfair también son grandes y poderosos hombres y mujeres de negocios. Poseen un espectacular instituto médico en New Orleans muy distinto a los hospitales habituales, con el confort de hoteles de lujo y un restaurante agradable donde se celebran reuniones de todo tipo. También existe una firma de abogados, la cual creó Julien Mayfair antes del inicio del siglo XIX, junto a sus hijos mayores. Las múltiples inversiones en todo el mundo, las acciones bolsa, los negocios inmobiliarios y vinculación con otras empresas han generado un patrimonio impresionante.

Adaptarse o morir. Miles se han declinado por adaptarse, aunque con mejores leyes que las humanas. El trato en éstas empresas no son tan terribles como en las dirigidas por simples humanos. No se busca la explotación desproporcionada de recursos, sean minerales como humanos o de cualquier índole, sino la prolongación de la firma durante décadas o cientos de años.



Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt