Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta benji. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta benji. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de agosto de 2017

Abrázame

Daniel y Armand tenían que tener su momento lejos del ruido de los demás, ¿no?

Lestat de Lioncourt 

Regresaba al consejo, donde estaban reunidos vampiros de distintas culturas y tan antiguos o más que mi viejo hacedor. Marius presidía un bando más inquisitivo y virulento, pues exigía que Rhosh pagara por los crímenes que había realizado. Lestat siempre era sensible, abogaba por la presunción de inocencia debido a haber sido manipulado por Amel y sus artimañas, e imploraba perdón para el fantasma que nos mantenía atados, los unos con los otros, en una red similar a una tela de araña invisible a nuestros ojos y para el viejo vampiro cretense, el cual fue creado por Gregory mucho antes que Marius y su Imperio existieran en este mundo.

Mascullaba cientos de posibilidades, recordaba el horror de tiempo atrás cuando Maharet se negó a aniquilar a Santino y Thorne tomó la justicia por su mano. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral entretanto Benji empezaba a emitir el comunicado que Lestat me pidió transmitir. El consejo no estaba lejos, sólo tenía que regresar a la torre y subir por sus peldaños de metal. Situado hacia la mitad me hallé a Daniel Molloy. Él estaba allí aferrado al teléfono móvil con la aplicación de la radio conectada, los audífonos puestos en sus orejas y sus ojos violetas perdidos en la inmensidad de la intrincada escalera.

Me quedé paralizado por unos segundos. No lo había visto desde hacía unos meses y desconocía que hacía aquí, junto al resto, aunque Lestat había pedido que todos se reunieran en la corte, por protección y necesidad. Estaban Rose y Viktor en una sala del castillo, conversando con otros neófitos sobre su viaje por el mundo, y él estaba allí. Podía estar con el resto, pero había decidido dejar los salones abarrotados para aferrarse al hilo de esperanza que incluso los fantasmas y espíritus, representados en la sala bajo la orden de Talamasca y la presencia de Gremt como del hacedor de Marius.

Llevaba un suéter de cuello de tortuga, unos pantalones jeans algo desgastados en el bajo y unos zapatos muy simples. No era una vestimenta muy idílica, pero sí le simbolizaba a él. Siempre fue despistado, algo andrajoso a la hora de vestir, y podría decirse que no apreciaba las ropas caras que yo a veces le ofrecía. Tenía el pelo revuelto y un par de mechones rubios caían sobre su frente. Sus ojos violetas eran muy expresivos, pero ahora sólo mostraban temor.

—Otra crisis—dijo al fin quitándose los auriculares y poniéndose en pie.

—Sí, eso me temo—respondí apoyándome en uno de los muros. Intentaba no mirarlo directamente a la cara. Desde hacía un tiempo sentía ciertas emociones encontradas que no sabía como manejar adecuadamente.

—¿Necesitas algo?—preguntó—. Ya sabes que puedes contar conmigo.

—Contigo...—murmuré como si fuese una ilusión, como si eso no estuviese pasando o fuese sólo un hermoso sueño que una vez tuve y no recordaba hasta el momento. Cerré los ojos, agaché la cabeza y reprimí las lágrimas.

Necesitaba tantas cosas, tantas. No era capaz de pedir nada a otros porque siempre me desilusionaban. Marius había recobrado la energía de otras épocas y parecía decidido a gobernar ayudando a Lestat, aunque a veces este se revelaba ya que se sentía una marioneta. Si bien, no había acercamiento suyo de ningún tipo y cuando lo había era para hacernos daño. Antoine se había ido unos meses con Notker, pues quería aprender más sobre la música que este realizaba y ofrecer mejores composiciones a toda la tribu. Sybelle decidió acompañarlo. Benjamín tenía la radio, su radio, y una fama incontrolable que iba a más con cada emisión. Y yo sólo tenía mi televisión, mis series de culto, mis juegos de realidad virtual y poco más. Me centraba en los libros, en el teatro, en la teconología y en los avances que iba ofreciendo el dúo médico de Fareed y Seth a todos nosotros. A eso me dedicaba. Porque hasta Louis había corrido a los brazos de Lestat. Eleni me apoyaba, me aconsejaba, me escuchaba... ¿pero me era suficiente? No. Nunca lo fue. Además me sentía culpable cuando la veía. Había hecho que su vida, los primeros años de esta, fuese miserable.

—Armand...—su voz parecía lejana, así como su presencia, pero rápidamente pude sentir su cálido abrazo.


Me dejé abrazar en mitad de la torre esperando que su amor me reconfortara, aunque este sólo fuese fruto de una necesidad mutua de sabernos unidos ante la adversidad.  

sábado, 5 de agosto de 2017

Mi hombrecito

Armand siempre amará a Benji, pues es para él "su hombrecito". Digamos que le ocurre lo mismo que a mí con Rose y Viktor. 

Lestat de Lioncourt

Se había quedado dormido sobre mi hombro y no pude evitarlo. Con cuidado moví su cuerpo para que quedase su revoltosa cabellera oscura sobre mis muslos, le arrebaté el sombrero y me lo coloqué con la misma soltura y elegancia que él lo hacía, para luego comenzar a peinar sus rizos. Eran rizos gruesos, de pelo suave, que parecían no tener fin. Su rostro amable, tan aniñado, me recordaba lo que una vez fue y no pudo disfrutar. Era un niño sin inocencia cuando lo encontré de forma poco usual. Ni él ni Sybelle podrían siquiera imaginar que monstruos como nosotros existían entre los humanos, pues éramos seres fantásticos de pomposas novelas o estúpidos libritos para adolescentes. Ahora era un miembro importante de la Tribu, como ahora llamamos al vínculo que tenemos entre todos nosotros, y posee gran fama, respeto y admiración entre los humanos.

Todavía quedaba al menos una hora para que cayese como él en la inconsciencia. Era demasiado joven para durar hasta el amanecer, por ende se había quedado dormido mientras conversábamos sobre el futuro de nuestro mundo. Eleni se había marchado ya a su cripta, Antoine y Sybelle habían decidido volver a la corte de Lestat, y nosotros estábamos solos. Killer nos había visitado, pero sólo para hacernos llegar un mensaje de Gregory por parte de Davis. Louis decidió irse a Nueva Orleans, pues de vez en cuando necesitaba revolcarse en los recuerdos para sentirse él mismo. Estábamos solos. Solos él y yo y una mansión enorme en mitad de la “Gran Manzana”.

Decidí incorporarme y tomarlo entre mis brazos, para luego caminar despacio por las diversas galerías subterráneas hasta lo que se podía considerar su cuarto, su cripta, su lugar de descanso y refugio de otros. Tenía una cama inmensa, mullida y agradable, así como decenas de estanterías cargadas de libros y numerosos aparatos tecnológicos que ocasionalmente usaba en su programa de radio.

Al recostarlo desabotoné su camisa, saqué sus jóvenes brazos de las mangas y lo dejé sin ella. Luego hice lo mismo con sus zapatos, calcetines y pantalones. Despojé su tierno cuerpo de las ropas de calle que solía usar con la elegancia de un hombre de algo más de treinta años, la suma que realmente debía tener y no demostraba, y por último busqué su pijama de franela.

Me quedé mirándolo embelesado. Aunque discutíamos, pues éramos de épocas y pensamientos distintos, nos adorábamos. Para mí era duro verlo y sentir que había crecido. El tiempo vuela cuando eres inmortal y a veces te decepciona. A mí me han decepcionado muchos, pero no él. Incluso me he decepcionado yo mismo al creer fervientemente en un Dios, con su causa y sus justificaciones, porque necesitaba pensar que alguien me castigaría por todos los actos violentos que he cometido. Desgraciadamente he vuelto a una senda nihilista con respecto a la religión, así como con algunos grupos de humanos y vampiros, pero aquí estoy. Sigo vivo, sigo pensando, sigo soñando y sigo amando a criaturas como él.

—Ah... si te hicieras una pequeña idea de cuánto te amo...—dije antes de besar su frente y marcharme.


Aquella mañana me pareció más fría que nunca. Había estado en los brazos de Marius, pero este había decidido abandonarnos una vez más. La casa estaba muy silenciosa, el mundo parecía un caos allí fuera, y yo presentía que algo malo iba a ocurrir.  

miércoles, 19 de julio de 2017

Desesperación

Benji escribió otro texto sobre esos días, pero mucho más profundo.
Lestat de Lioncourt 

Sentía un desapacible sentimiento que lograba que estuviese con los ojos fijos ante la siniestra realidad sin mover un sólo músculo. Decenas de jóvenes estaban siendo destruidos y las imágenes de lo ocurrido en Calcuta evidenciaban que estaba extendiéndose más allá de Brasil y países del sur de América. En aquellos momentos la situación era bastante difícil y no se podía abarcar el problema. Sólo era la punta del enorme iceberg que estaba a punto de hacer zozobrar a toda una especie. Nos hundíamos y no había opción a rescate.

Por lo que había logrado entender los causantes eran nuestros propios congéneres. Los vampiros más relevantes o ancianos estaban implicados. Por primera vez no era culpa de Lestat. Él ni siquiera estaba presente, pero sí sus innumerables copias baratas que se paseaban por las tumultuosas calles de Nueva Orleans. Decenas de jóvenes se vestían con ropas baratas, aunque similares a las narradas en sus escritos, con el cabello alborotado y una sonrisa estúpida en los labios. Demasiados para mi gusto. Lo idolatraban y yo simplemente lo veía como el posible héroe que sofocaría las llamas de un incendio que estaba destruyendo decenas de vidas. Y no eran vidas comunes. ¡Eran vidas llenas de siglos y por lo tanto conocimiento!

A mi radio llegaban audios, vídeos, fotografías y llamadas exigiendo poder conversar sobre el horror vivido. Algunos sobrevivían y otros sabían que estaban a punto de ser destruidos, pues en la ciudad donde se hallaban ya habían destrozado a más de una centena en una sola noche. A cada hora que pasaba se abrían nuevos focos. En pocos meses habíamos pasado de ser miles a tan sólo un puñado.

Intentaba no ser alarmista, pero finalmente sucumbí a la histeria. Hice comunicados terribles, envueltos en la desesperación y la rabia. Juro que lloré en más de una ocasión por pura frustración. Había jóvenes que huían de una ciudad a otra y eran perseguidos por criaturas tan quemadas como sus víctimas. Asimismo hablaron de una figura quemada, con túnica raída, que destrozaba a todo aquel que se aproximaba. Existían vampiros que despertaban y buscaban la sangre de sus congéneres. ¡Horrible!


Nadie puede imaginar el grado de estrés, preocupación y depresión en el que me hallaba. Pero finalmente la luz apareció a través del túnel. Decidimos que debíamos reunirnos para aunar fuerzas y que Lestat debía liderarnos. El problema era encontrarlo. Fue David, en su llamada a Jesse, quien hizo que este se percatara que algo no iba bien. Él los hacía juntos, pero no era así. No estaban juntos, sino separados. Maharet primero echó al viejo director de Talamasca, y luego fue a su propia descendiente. Algo ocurría en su hogar y ese algo era Amel. La fuente era su hermana y ella se negaba a entregarla. El resto... el resto ya lo conocen.  

viernes, 23 de junio de 2017

El pasado

Y este es el pasado de Benji.

Lestat de Lioncourt 


La arena, dorada y cálida, se hundía bajo las patas del dromedario. Este avanzaba demasiado lento, como si fuese una tortura levantar cada pezuña del suelo y volverla a colocar. El sol brillaba fuertemente en el horizonte y calentaba demasiado. Era como una enorme bombilla de demasiados vatios y sentía que derretía su cabeza. El vaivén del movimiento del animal se sumaba al mareo por la fatiga debido al cansancio, el sol y la escasa hidratación. Las carpas de enormes telas marrones se difuminaban por momentos, pero parecían cercanas. Una cálida brisa, como si fuese una bocanada de aire proveniente del infierno, golpeó su rostro y movió los caireles negros de su alborotada cabeza azabache. Sus ojos rasgados estaban delineados con una tinta oscura pegajosa, parecida a los caros cosméticos de las estrellas del celuloide, usada evitar la arena. Poseía una mirada vacía carente de cualquier emoción, aunque en realidad sólo se estaba desplomando.

Su padre lo elevó de su asiento y lo transportó dentro. Allí le mojó la cabeza sin mucho cuidado con un cántaro, lo despojó de su ropa oscura y le puso una túnica blanca. Después lo echó sobre la alfombra que cubría parte de la choza hecha de lonas y lo dejó descansar. Su madre no estaba, tampoco el resto de sus hermanos. No sabía porqué habían dejado su emplazamiento en plena madrugada para recorrer kilómetros hacia el oeste. Se suponía que iban a permanecer en el poblado un tiempo, pero su padre decidió que debían irse.

Escuchaba a lo lejos el ruido de una conversación en inglés. No era un idioma que él manejase. Levantó la cabeza como pudo, pues aún se encontraba algo mareado, y observó al hombre con quien discutía su padre. Parecían estar acordando la venta de algún animal. Hablaban de dólares y los dólares eran esas cosas cuadradas de papel con las cuales se compraba leche, ropa, calzado, arroz o medicinas. Su madre estaba enferma por culpa del último parto. Necesitaban esos dólares.

Entonces se desplomó y al abrir los ojos regresó a la realidad. Estaba en medio de un bullicioso tráfico y aquel sueño, ese recuerdo lejano, parecía ser de otra persona. Se llevó el cigarrillo a los labios, le dio una calada e intentó tranquilizar su corazón. Ahora sabía inglés y comprendía la conversación. Su padre exigía un buen trato para él, ya que el extranjero decía que estudiaría lenguas y aprendería un oficio. A cambio de su servicio el niño comería, sería atendido con buenas medicinas y tendría una vida digna que él no le podría dar. Si bien, lo entregaba a cambio de unos cuantos cientos de dólares, los cuales eran una miseria a decir verdad, para poder comprar medicinas y comida durante un buen tiempo. El hombre a quien lo vendió se llamaba Fox y jamás lo trató bien, lo alimentaba lo suficiente para no morir y las prendas eran las que a veces donaban en una iglesia por caridad cristiana.

Tenía ahora casi doce años, era alto, y de complexión fuerte. Sin embargo, cuando fue agarrado por ese indeseable sólo contaba con ocho y tenía las carnes demasiado débiles. Hizo de él un esclavo de manos hábiles para robar carteras, de dulce rostro angelical para cautivar a los camellos que comercializaban sus drogas y la puta más barata para momentos ocasionales. Dolía. Su vida dolía. Su infancia le había sido arrebatada, pero en ese momento se sintió consolado. Quería creer que su madre fue salvada y que sus hermanos seguían vivos gracias a él.

—Algo es algo—dijo mirando la ceniza que se desprendía de su cigarrillo—. Pero hasta mi Dios parece haberse olvidado de mí... ¿lo habrá hecho mi madre?—murmuró alzando la vista al cielo donde no había un sol calentando su rostro, sino una nube de contaminación ocultando las estrellas.


Unas noches más tarde Fox estaría muerto. Armand haría entrada en su vida.  

viernes, 14 de abril de 2017

No abras - FINAL

Cuando llegó el viernes, justo el viernes santo, me senté en aquel sillón a solas. No había nadie más en la radio. Pedí que me dejaran a solas con el micrófono, aunque sentía a Amel algo inquieto. Íbamos a dar una pequeña lección a todos los oyentes, o al menos a quienes desearan quedarse a escuchar, para que la verdadera humildad se removiera en las conciencias que aún quedaran, por mínimas que fueran, deteniendo así el estallido de odio, violencia y rechazo. Teníamos que levantarnos.

Miré el micrófono y me coloqué los auriculares donde podría escuchar a la perfección a Daniel Molloy desde la cabina. Él sería el encargado de darme paso y de ofrecerme soporte técnico, pero en aquellos reducidos metros de aquella emisora, la cual se difundía por Internet casi al instante, sólo estaba mi alma mezclada con el ser que se hallaba en cada uno de nosotros, ese que nos hacía hermanos de Sangre y destino.

Tras un incómodo silencio, de apenas unos segundos, comencé a hablar. Tenía un tono de profunda consternación, pero a la vez poseía matices de esperanza. ¿Por qué iba a hacer aquello si carecía de ella? Tenía esperanza y mi esperanza era muy valiosa. Jamás me rendía y no podía permitir que el mundo entero se postrara ante ese sentimiento de indefensión y pérdida.

“Queridos hermanos y hermanas...

Me dirijo a vosotros sin importarme cuál sean vuestros orígenes, raza o lugar en esta vida. No me importa si sois huraños por naturaleza o porque así lo decidió alguien más. Os hablo de todo corazón e intentaré ser lo más conciso posible. Sé que son tiempos duros. Aún hoy nos estamos adaptando a la verdad que os he ofrecido en una de mis últimas aventuras, así como en las restantes que irán apareciendo con el paso de los años. Estoy aquí para todos vosotros, para cumplir mi misión en este mundo cada vez más perverso. Ya poco queda del jardín salvaje que una vez observé, aunque los fallos son los mismos pero multiplicados por millones.

Desconozco si todos habéis leído “Memnoch el Diablo”. No soy vuestro profesor de literatura para obligaros a ir a una biblioteca, librería o aplicación de móvil para descargar la dichosa obra o encargarla por Internet. Ahora todo es más fácil, ¿no es así? Podemos acceder a la información que está al alcance de nuestras manos. De hecho, y muy posiblemente, la mayoría está escuchándome desde una de esas aplicaciones para emisoras de radio.

Todo está al alcance de un pequeño click, movimiento de dedos sobre una minúscula pantalla o simplemente ante las emisoras nacionales o internacionales. Y ya no sólo de radio, también de televisión o prensa. En mi época la prensa tardaba semanas en hacerse eco de lo ocurrido en otros países. Por no decir meses o años. Las revistas científicas no existían y los periódicos no estaban al alcance de la mayoría. Por así decirlo, todos ansiábamos saber leer y escribir, pues sabíamos que era la puerta a otro mundo, pero carecíamos de oportunidades de ir a educarnos. Sin embargo, cuando tuve estos increíbles poderes pude apreciar un buen libro, deleitarme con una poesía y leer algunas obras de teatro que me parecieron sobrecogedoras tanto como en los escenarios. Lloré leyendo algunas obras que se consideraban prohibidas y me empapé de la supuesta historia que poseíamos los vampiros allí donde me movía. Amé la cultura, amé la educación privilegiada que estaba asumiendo.

Mi madre siempre intentó que me interesara por averiguar qué había más allá de mis narices, leyó para mí hermosos poemas y me indicó qué libros debía leer desde que comprendió que era capaz de leer, escribir y asumir nuevos idiomas con una velocidad de aprendizaje pasmosa. Desde entonces y hasta ahora la cultura ha cambiado mucho. Como he dicho podéis acceder rápidamente a cualquier aplicación y adquirir periódicos, canales de noticias, libros, obras de teatro y cine. ¡Oh! ¡El cine! Ha hecho grandes cosas y otras horribles, como destrozar películas, ¿no es así? Pero ha asumido el riesgo de hablar de guerras y violencia. Tal vez por eso nos hemos insensibilizado, ¿no?

La violencia es el pan de cada día en nuestra cultura. Ya no se ve como una tragedia, sino como un ritual habitual. La ambición de los más poderosos llevada a la pantalla es inferior a la real que vivimos a diario. Nos levantamos saturados de odio, ira, indignación y luego nos adormecen hablándonos de lo magníficos que son los grandes supermecados, que debemos ser consumistas para que las industrias funcionen y malgastemos nuestro tiempo de vida en objetos que no necesitamos. Os dicen que los móviles quedan obsoletos en menos de un año, os inculcan que la ropa debe ser barata porque las modas duran poco y no pensáis de dónde sale tanto desastre. El medio ambiente muere a pasos agigantados, las guerras por petróleo, ingrediente fundamental en esta sociedad más allá de alimentar los motores de los contaminantes vehículos que tanto amamos, se suceden y os dicen que es en nombre de un Dios y de la libertad misma. Mienten, mienten y mienten.

Habláis de terrorismo radical islámico, pero olvidáis las víctimas por atentados a manos de judíos o cristianos. Señaláis al “diferente” como culpable de hurtos sólo por tener un color distinto de piel, pero quizá ni siquiera ha sido él. Veis cargas policiales en manifestaciones y es tan “normal” que ni os eriza el vello de la nuca. Asumís que las muertes de niños, ancianos, mujeres y hombres jóvenes es normal en una guerra. Creéis que las guerras son de hace cinco o seis años, cuando estas se iniciaron justo en la Segunda Guerra Mundial. Porque sí, en algunos países esta jamás desapareció y prosiguió acallada para que los demás durmierais cómodos en vuestras camas, sintiéndoos seguros, y creyendo que habíais salvado el mundo.

Volviendo al libro que os mencioné... ¿Recordáis el Sheol? El lugar donde las almas purgaban sus penas y buscaban una “absolución” a sus malas conductas. Allí lloraban soldados de ambos bandos aferrados unos a los otros, asumiendo que habían hecho un mal innegable, sólo porque hacían lo que otros les dijeron que estaba bien. Esos sois vosotros. Sois solados de las multinacionales que os dicen qué pensar por medio de los gobiernos. No os movilizáis lo suficiente, pues es demasiado cómodo quejaros en redes sociales y echarles las culpas a otros.

Aún dividís. Dividís en géneros, promulgáis machismo encubierto en “feminismo radical”, hacéis propaganda racista al decir que “como son musulmanes...” y no sabéis siquiera diferenciar verdad de manipulación. Os alimentan con odio, rechazo, blasfemias y muchos lo solventáis cantando saetas a figuras que Dios mismo exige que no construyáis. El racismo está cada vez más en boga, aunque se camufla con la consigna de “nosotros primero”, ¿quiénes sois vosotros? Somos una mezcla. No hay un pueblo que sea cien por cien originario del lugar donde “nacen” sus ciudadanos. Las banderas, las fronteras y los muros son política. Política de ricos para dividir a los demás.

Detened esta locura. Salid a las calles y exigid responsabilidades por las armas vendidas a unos y otros para masacrarse. Esto no es el inicio de una Tercera Guerra Mundial, es la Segunda Guerra Mundial avivándose de nuevo. Dejad de denigrar a vuestras mujeres, pero también a vuestros hombres. Mostrad vuestros sentimientos más honorables sin tapujos, sobre todo a vosotros los “machos” que debéis asumir que sois más “fuertes” mostrando quienes sois que ocultando todo en un machismo desproporcionado. Sois iguales sin importar vuestro género, sexo o sexualidad. Dejad de insultar y vejar a transexuales, bisexuales, lesbianas, gays, intersexuales o pansexuales. Dejad eso. Unid vuestras manos sin importar el color de piel, el lugar de nacimiento, la cultura o el acceso a educación. Gritad sin importar el idioma que tengáis o que conozcáis. Gritad unión. Somos Tribu. No hay “nosotros y ellos”. Hay un simple nosotros. Nosotros tenemos que asumir la paz, el amor y la libertad por encima del odio, el miedo y la desesperanza.


No importa si me escuchan dos o tres personas, si sólo una es quien acepta este mensaje, pues al menos sé que he hecho lo correcto. Al menos he avivado la conciencia de alguien que hacía años que no la usaba.”

jueves, 13 de abril de 2017

No abras VII

Memnoch entonces se marchó. Tomó rápidamente la puerta y decidió irse. No obstante, antes de hacerlo, se giró quedándose perdido en mi figura. Parecía preguntarse algo que no quería saber a la vez, como si temiese decirme algo. Sin embargo, dijo un par de palabras al aire que me dejaron pensando todo lo que restaba de la noche.

—Amel viene del mismo lugar donde te llevé, pero no somos lo mismo. De hecho, se podría decir que Sanatás y él nacieron en los orígenes de la nada al igual que Dios. Sí, no somos lo mismo. No confundas caído con demonio—dicho aquello cerró la puerta.

Me quedé hundido en el sofá. Amel estaba ahí, como siempre, punzando en mi nuca. Había permanecido en silencio hasta que finalmente suspiró como si hubiese contenido la respiración todo ese tiempo.

—Es cierto—dijo Amel.

—¿Entonces qué es Memnoch?—pregunté con un escalofrío.

—Aún intento averiguarlo.

Quedé confundido, pero el mensaje que tenía que transmitir era mucho más importante. Me incorporé del sillón y fui directo al teléfono. Poseía uno móvil de última generación, pero habitualmente olvidaba cargar su batería u olvidaba el número para desbloquear la pantalla. Prefería levantar el teléfono de la forma habitual y marcar los números correspondientes gracias a mi agenda. Sería una conferencia poco común.

Al otro lado escuché una voz somnolienta muy peculiar, la de Benjamín, que escuché estirazarse mientras intentaba hacer acopio de sus escasas fuerzas. Posiblemente había gastado sus energías en transmitir distintos mensajes por parte de diversos vampiros, intentando organizar algo para los oyentes de la radio y exigiendo música a Sybelle y Antoine.

—¿Sí?—preguntó—. Lestat, ¿eres tú? Al menos es tu número...

—Tengo que ir a Nueva York y tener una entrevista en tu radio de forma urgente—comenté.

—Podría ser este viernes—murmuró antes de soltar un bostezo—. ¿Por qué con tanta urgencia?

—La situación es insostenible. Necesito al menos decir mi opinión al respecto—dije algo nervioso mientras jugaba con las hojas de la agenda que siempre se hallaba a un lado del teléfono.

—¿Cuál situación?

—La situación de la humanidad que va camino a la destrucción—respondí de inmediato—. Benji, como líder de la Tribu, requiero informar a todos de un mensaje nuevo e importante. Además, me he reunido con Memnoch hace unos minutos y...


—¡Memnoch!—exclamó despertándose súbitamente—. Sí, el viernes puedes venir. Hazlo, Lestat. El viernes será un día clave para nosotros—parecía emocionado, pero no lo conocía lo suficientemente bien como para afirmarlo.

viernes, 27 de enero de 2017

Remordimientos

Remordimientos, ¿eh? Puede. Armand quizá no contó todo lo que ocurrió con Nicolas, pero aún así admito que su apoyo en estos tiempos ha sido maravilloso.

Lestat de Lioncourt


Desconocía porqué cedí a la idea de abrir las puertas de mi hogar, del lugar donde me refugiaba, a viejos recuerdos y desconocidos. Había acumulado una fortuna inmensa tras la venta de gran parte de mi vieja isla cargada de casinos, centros comerciales, parque de atracciones y lujosos hoteles. Tan sólo me quedé con un par de edificios, tal vez por añoranza o quizá porque sabía que en algún momento podría regresar para ocultarme allí, y busqué nuevo emplazamiento en Nueva York. Allí tenía numerosas empresas, acciones en bolsa e inversiones bastante aceptables en negocios locales de alto prestigio dedicados al espectáculo. No necesitaba más. No precisaba tener que conocer a nuevos inmortales y revivir con ellos los desagradables sucesos junto a Akasha. No obstante, lo hice.

Benjamín no dejaba de hablar en la radio contactando con numerosos jóvenes de todo el mundo. La mayoría moría a las pocas horas, eran heridos o se trataban de supervivientes a quemas de grotescas proporciones. Muchos quedaban atónitos o boquiabiertos por el buen manejo de mi muchacho en las redes sociales, donde adquiría información de primera mano, y también por su exitoso programa. Una radio que era tomada por los mortales como si del nuevo Orson Welles se tratase.

Recuerdo que leía a George Orwell, en su fantástica novela “Rebelión en la Granja”, cuando se acercó a mí, me quitó el libro de las manos y lo lanzó contra una de las múltiples estanterías de mi biblioteca francesa. Me miró airado, completamente fuera de sí, y me advirtió que había que hacer algo.

—¡Cómo puedes leer tan tranquilo en un momento como este! ¡Están matando a miles!—gritó furioso.

Su pequeña carita estaba algo oculta por el sombrero que llevaba. Parecía un hombre adulto, pero de baja estatura. A decir verdad, casi rebasaba la mía. Apoyó sus manos sobre los brazos de mi sofá y dejó la hoguera tras su espalda. Parecía un ángel venido del infierno para ajustar cuentas con un querubín cualquiera. Frunció el ceño, arrugó la nariz, y le escuché maldecir bajo.

—A nadie que yo conozca o me interese—respondí apoyando el codo derecho en el reposabrazos y dejé el dorso de la mano bajo el mentón.

—¡Son jóvenes como yo! ¿Acaso no lo ves? ¡Nos están aniquilando!

Parecía un hombre de negocios disgustado por el descenso o descrédito de su empresa. Uno de esos que se ahogan y piden ayuda a otra empresa, alguna similar en el sector, para que le salve a costa de cualquier cosa. Ya sólo faltaba que se arrodillara frente a mí y me implorara de rodillas ayuda. Yo sólo lo miré impasible intentando no recordar el fuego destruyéndolo todo a mi alrededor, los gritos de los humanos, el olor a carne quemada, Daniel absolutamente absorto ante la muerte tan horrible de los demás, la forma en la cual apareció Santino para abrazarme mucho antes que Marius, el desprecio de Pandora y la curiosidad agreste de Mael. Recordé como Akasha se envalentonó hacia nosotros, para destruirnos por no querer participar en la locura, y la forma en la cual Marius le habló para hacer entender sus errores. Furia, destrucción, caos y Khayman exigiendo su cabeza cuando apreció que no lograrían evitar un desenlace tan fatídico.

—Como si fuese la primera vez... —susurré.

—¡Da igual! ¡Si es la primera vez o no! ¡Nos están matando! ¡Haz algo!—seguía gritando, pero ya lejos de mí e intentando abrazarse así mismo para sosegarse.

—Hazlo tú—se giró para mirarme sorprendido por mi respuesta—. Tú eres quien desea evitar sus muertes, ¿no es así?—dije incorporándome del sofá para quedar frente a frente—. Te ofrezco los medios, pues de hecho todo lo que has montado ha sido sufragado con mi dinero, y también este lugar. Puedes reunir aquí a quien te de la gana.

Benji consiguió un canal de radio gracias a mi dinero. Fue un regalo. Decidí que debía fomentar esa ilusión que tenía por comunicarse y comprender. Era una forma menos agresiva y desmedida que las acciones de Lestat. No tuve que pensarlo mucho. Sin embargo, al montarla en Internet adquirió más fama y logró incorporar anuncios en su página, los cuales le dieron cierto dinero y este lo invirtió en una sombrerería, algunas tiendas de moda, restaurantes y bares.

—¿De verdad?—dijo sorprendido.

—¿Acaso no dices que David Talbot ha hablado en la radio enviando un mensaje?—pregunté recordando lo animado que estaba hacía tan sólo unas horas. No entendió el mensaje, pero yo pude comprender algo. Sabía que era una clave secreta para reunirse con alguien aunque no sabía si era Jesse Reeves, Lestat o alguien de Talamasca que pudiese ayudarnos. Merrick estaba muerta, pero no debía ser la única con grandes conocimientos esotéricos.

—Sí, justo ayer—asintió aún asombrado por mi comentario.

—Haz lo mismo. Lanza un mensaje—dije encogiéndome de hombros.

—¿Encontrarías tú a inmortales que no escuchen mi radio y sean importantes?—dijo como si no fuese suficiente que aceptara que viniesen hordas de imbéciles a mis puertas, tocaran mis cosas y se hiciesen con mi ciudad. Nueva York era ya mi ciudad, mi hogar, mi territorio...—. Sé que aún tienes cierto contacto con Daniel.

Daniel Molloy era mi gran amor, o al menos así quise creerlo. A veces niego que he amado, pero lo he hecho. He amado, como todo el mundo. He sentido caprichos, celos y necesidades. ¿Pero entender el amor? No. Quería ser amado, apreciado, codiciado, deseado y escuchado. Deseaba hacerlo igualmente, pero me costaba trabajo. Finalmente me di cuenta que él no era feliz a mi lado, que sólo lo destrozaba y que su locura podía no tener cura. Me enseñaron a destruir a cualquier inmortal que perdiese el juicio y el control de sus poderes, así como el control de su vida. Por eso, para evitar hacer tal atrocidad, lo envié con Marius como última solución. Lo último que escuché de él, por sus propios labios, fue una llamada hacía meses. Me aseguraba que estaba muy bien, me agradecía el haberlo enviado con mi viejo maestro y me comentaba que estaba disfrutando de Brasil. Fue quizás entonces cuando sentí un poderoso escalofrío. Había quemas en Brasil. Mi pulso se aceleró. No quería que le pasara nada a ese par de imbécil que, de algún modo, aún quería y necesitaba.

—Daniel escucha tu puñetera emisora—contesté para no delatarme.

—Pero quizá no pueda convencer a Marius si no lo avisas tú.

—Oh, demonios—dije poniendo los ojos en blanco.

Marius había venido hacía tan sólo unas semanas para ofrecerme un busto nuevo. Había encontrado una forma nueva de tallar y parecía ensimismado. También me comentaba que a veces, en algunas ocasiones nada más, se metía en viejos edificios para usar spray y pinceles. Era una especie de vándalo que actuaba como los grafiteros neoyorquinos dando rienda suelta a la adrenalina de lo prohibido.

—Armand, hazlo por mí. ¿Acaso no lo ves? ¡Sólo te pido ayuda!

Me pedía un milagro.

—No, me pides ayuda para otros—sentencié con la voz algo más gruesa, como si le desafiara a negármelo—. No me pides ayuda para ti. A mí los otros me dan igual—dije—. No eres tú, no es Sybelle y no es tampoco...

Sybelle apareció algo jadeosa. Estaba descalza, con los tacones en la mano, sus ojos parecían brillar como los de un ave rapaz. No sabía qué sucedía, pero me tomó del brazo derecho y me hizo caminar. Fuimos a la planta baja, junto a Louis que miraba intrigado por la ventana, y entonces lo vi. Había un violinista frente al edificio.

—Nicolas...—dije súbitamente sintiendo que el demonio mismo me jugaba una mala pasada. Me temblaron las piernas y la cabeza me daba vueltas.

—Oh, no—negó suavemente Louis—. Creo recordar que se llama Antoine—aseguró girando medio cuerpo hacia mí—. Es el músico francés que Lestat convirtió en Nueva Orleans. El mismo que yo creí haber destruido.

—Armand, hazle entrar—dijo aferrada a mi brazo. Sus ojos eran dos lagos convertidos en mares revueltos.

Estaba ojerosa, algo llorosa y parecía enloquecida. Era como si no hubiese descansado bien en semanas. Tal vez así era. Todos habíamos tenido pesadillas de algún modo debido a las quemas, todos nos encontrábamos alterados. A mí no se me notaba, pero a ella... Era tan bonita, tan dulce, tan bondadosa, tan necesitada de protección... Y a la vez tan fuerte, tan digna, tan resuelta a calmar el dolor ajeno... Me recordaba a una madre. Las madres son fuertes, aunque parezcan delicadas por la belleza que emanan. Toda mujer es una fiera indomable, pero las madres tienen un espíritu salvaje nacido del deseo de proteger, amar y alimentar a sus hijos. Ella protegía, amaba y alimentaba a su público con las interpretaciones a piano en la radio. Sabía que muchos oían su melodía antes de morir, como si fuese un ángel, y otros después de la tragedia sintiendo cierto confort.

—Sí, lo haré. No lo dudes, Sybelle—susurré tomándola del rostro.

—¿Qué? ¿Por qué tan rápido aceptas ayudar a ese músico?—farfulló mi adorado muchacho como si hubiese tenido celos.

—Tal vez por remordimientos—murmuró mi viejo amigo, el cual no podía apartar sus ojos de aquel inmortal.

—¡No son remordimientos, Louis!—dije furibundo—. ¡Si atiendo a lo que me pide Benji también tengo que hacerlo con ella! ¡Soy ecuánime!

—¡Ja!—respondió antes de echarse a reír. Sabía que no era así. Sabía que eran remordimientos, como él también sentía por haberlo intentado destruir.

—¡Rápido, mi abrigo! ¡Benji, busca mi abrigo!


Esa noche Benji lanzó mensajes nuevos, con mayor énfasis en la unión y en reunirnos de algún modo. Exigió a los más jóvenes que no se acercaran a las ciudades más pobladas, sino que fueran al campo y no estuvieran demasiado juntos en un lugar. Si bien, a los más antiguos empezó a telefonearlos. Fue entonces cuando empezamos a desvelar secretos... el hijo biológico de Lestat, milenarios tan antiguos como Maharet que no habían alzado la voz, el germen sagrado...  

martes, 24 de enero de 2017

La voz de la Tribu

Benji tuvo una idea demasiado loca, pero perfecta.

Lestat de Lioncourt 




Desde que era un niño perdido en mitad de la ciudad, aquejado de grandes preguntas y sintiendo la presión de un monstruo vigilando mis pasos, he amado la radio. Por la noche era lo único que tenía para informarme de lo ocurrido en las grandes ciudades, tan urbanitas y tan insolidarias, cuando me recostaba junto a la llorosa Sybelle. Ella era lo único bueno que había en mi vida, en mi historia, y sabía que si un día faltaba, como si yo pudiese ser un gran guardián o un héroe, ella terminaría por marchitarse.

Aquel ángel caminaba por el infierno más terrible cada noche. Podía ver en sus ojos el dolor y la tragedia. Sus largos y finos dedos, de perfecta escultura de iglesia, tocaban con mimo el piano. Ni siquiera necesitaba partituras porque conocía perfectamente cada melodía. Su hermano la interrumpía. Él era nuestro ogro, el hombre que me arrancó por unas monedas del lado de mi madre, y la golpeaba justo después de exigirme el tributo. Me tenía explotado en las calles como pequeño ladronzuelo que en ocasiones conseguía su asquerosa droga.

Por eso no dudé ni un momento en encerrarme en aquella pequeña habitación, con ese ordenador minúsculo, cuando Armand me aseguró que podría tener mi radio. Hacía años que conocía al vampiro y que yo mismo lo era. Tenía la determinación de canalizar las historias que nadie contaba, esas que iban más allá de las peleas de pandilleros y las diversas representaciones teatrales, actos culturales o problemas políticos. Deseaba conocer otras historias, más o menos trágicas, que lograran hacer pensar a los demás que no estábamos solos, que nos encontrábamos conectados y que no debíamos estar desunidos. Todos éramos parte de una misma historia que se enlazaba con un hilo indestructible.

Tal vez por eso no me sobresalté demasiado cuando las llamaradas alcanzaron el techo de una de las más famosas discotecas de Brasil. Decían siempre que iban allí a buscar alguna víctima, a disfrutar del momento como si no hubiese más días en la eternidad. Había leído ya otra vez sobre ello. Un vampiro fuerte y lleno de rabia expuso a Padre y Madre, Enkil y Akasha, al sol provocando que la mayoría de vampiros ardieran. Después, tras miles de años, ocurrió algo parecido cuando ella recobró el ímpetu y despertó de su largo sueño. Cientos de vampiros ardieron en mitad del concierto de Lestat. Por eso, cuando empezaron esas quemas supe que había sido uno de los nuestros. Con voz afectada, pero seguro de mí mismo, hablé a todos. Pedí respeto por las víctimas y exigí que alguien me diese datos fiables. Ahora todos llevan cámaras en sus manos, pues los teléfonos móviles incorporan unas bastante buenas, lo cual logró un aluvión de imágenes. Sin embargo, no fue sólo Brasil sino cientos de países en todo el mundo se veían afectados. No importaba el continente. Ahí empecé a asustarme. No era un vampiro descontrolado, sino muchos. Era imposible que hubiese dos quemas la misma noche, casi a la misma hora, en dos puntos distintos del mundo.


La radio, que siempre fue para mí un medio para alejarme del dolor se convirtió, por arte de magia en un abrir y cerrar de ojos, en un canal de noticias miserables, en exigencias hacia los enloquecidos y llamadas desesperadas rogando que Lestat, así como otros formidables vampiros, nos diesen una solución a los más jóvenes. Estaban destruyendo la población más débil, mi población.  

sábado, 31 de diciembre de 2016

Happy New Year

Happy New Year

Por parte de todo el equipo de EL JARDÍN SALVAJE y, en concreto, por parte de Armand y Marius.

Lestat de Lioncourt 


En ocasiones, sin pretenderlo ni desearlo, regreso momentáneamente a mis orígenes. Unos orígenes que no son en Kiev, sino junto a las aguas estancadas de los canales venecianos y el mercado de frutas de algunas plazas. Recuerdo vivamente el sol colándose por las ventanas, el movimiento suave de las cortinas de telas primorosas y vaporosas, el murmullo de las góndolas golpeando en el embarcadero y las risas de los diversos discípulos de mi maestro.

La oscuridad que habita en mi alma se destruye convirtiéndose en pura luz. Una luz que me hiere más que cualquier fuego u objeto filoso, tan cortante como aquella vieja hacha con la cual amenacé la vida de quien más amaba, porque no hay nada peor que saberse criatura desterrada de un mundo tan maravilloso como aquel. Los únicos días que merecieron la pena se consumieron demasiado rápido como la cera de una vela pequeña y de una llamarada demasiado intensa.

Vienen a mi mente mis anillos enjoyados con hermosos sellos de oro, las ropas de seda cubriendo mis piernas delgadas y mi cintura estrecha. Se aviva la llama de mis cabellos convirtiéndose en un símbolo de pasión infinita y derramada únicamente sobre su lecho. Contemplo los hermosos y exquisitos bordados de su cama hasta ensimismarme, como si fueran reales y aún pudiese jugar con ellos.

Todo eso ocurre frente a mí, como si fuese una hermosa película proyectada en uno de esos viejos cines italianos, y no puedo hacer nada por detenerlo. Únicamente puedo echarme a correr hacia el piso inferior, donde tengo aún mis viejos poemas amontonados y las cintas que solía grabar. Tomo estas entre mis manos, las contemplo rogando que no existan y esté en esa dulce duermevela antes que él llegue, como un príncipe azul, arrancándome el aliento y cualquier mal pensamiento. Pero no. Quedo allí de pie leyendo esas poesías llenas de dolor y termino llorando como un niño, igual que un niño. ¿Acaso no soy eso pese a todo? Un niño eterno, caprichoso y astuto que no deja de ser débil ante el pecado de la carne.

Hoy debería ser un día distinto, pues acepté en mi vida un cambio drástico. He aprendido a amar. Primero me he aceptado a mí mismo, cosa que no ha sido fácil con el paso de los siglos y las distintas diquisitudes que he vivido, y después he abierto de par en par mi corazón a alguien que me cambiara por completo la tristeza por felicidad. Jamás creí que encontraría en brazos de un músico la paz soñada. Antoine ha sido todo estos últimos meses y he comprendido que no puedo estar sin él.

En pocas horas comenzará un nuevo año. La casa está completamente silenciosa. Benjamín se ha encerrado en una de las bibliotecas para grabar un mensaje que está transmitiendo, Sybelle ha decidido salir a pasear sola junto a sus propios demonios, y Antoine está sentado frente al piano aguardando que acepte nuevamente su compañía. Supuestamente íbamos a pasar los últimos momentos rodeados de humanos que brindan por un nuevo año. Íbamos a ver las campanadas en directo. Había aceptado. No obstante esos momentos tan idílicos, tan llenos de perfumes y polvos, me desmoronan.

Para colmo él ha telefoneado. Me ha llamado al teléfono móvil que llevo conmigo desde hace algún tiempo. Cuando vi su número de teléfono palpitar en la pantalla quise apagar el teléfono y arrojarlo por la ventana. No obstante descolgué y tuve la conversación más absurda de las últimas décadas. Absurdo porque no sé como puede ser tan cínico.

—¿Armand?—preguntó—. ¿Eres tú?

—Es mi teléfono, ¿cómo no iba a ser yo?—respondí con un tono neutro.

—He viajado a Nueva York. Quería verte—dijo.

—Ah, bien. Podemos vernos mañana—dije reclinado en la silla de mi escritorio.

—Hoy—exigió—. Deseo estar contigo bajo los fuegos artificiales del nuevo año—comentó con un tono de voz meloso, similar al que utiliza siempre para embaucar a otros. Yo conozco bien sus palabras, gestos y la emotividad que suele ofrecer.

—Tengo planes—respondí a punto de colgar.

—No mejores que este—aseguró.

—Tengo planes.

Colgué y apagué el aparato, lo arrojé al suelo y lo pisé con fuerza. No quería escuchar más mentiras. Me enfurecía que hubiese tomado la determinación de llamarme tras todo lo que había hecho. Me negó el poder ofrecerle a Benjamín una vida cómoda y una juventud próspera. Obligó a Sybelle a no poder dar grandes conciertos en salas multitudinarias, retomando así su gran pasión y oficio. Su cobardía le impidió pedirme disculpas frente a frente y transformó a mis queridos humanos en monstruos similares a mí, en seres eternos y gloriosos. La misma cobardía que le obligó a no buscarme y liberarme de la Secta de la Serpiente, a no amar a Bianca que dio todo por él y a no escuchar a Pandora. Esa misma cobardía y escasa empatía arrojó a Lestat lejos de su vida. Su amor el fruto más amargo que he probado.


Ahora me encuentro en una habitación llena de recuerdos de otras épocas. De fondo se empiezan a escuchar los fuegos artificiales. He incumplido mi promesa con el único ser que me ha demostrado profundo respeto. En estos momentos no sé cómo acudir a él. Detesto a Marius y me detesto a mí mismo por no poder enfrentarme del todo a sus viejos trucos.  

martes, 27 de diciembre de 2016

Grinch

Algunos, por desgracia, sois así.

Lestat de Lioncourt 

Todas las emisoras del mundo emitían cálidos y alegres villancicos hablando de paz, amor, esperanza y bondad. Las guerras no importaban. El dolor no importaba. La celebración proseguía como si lo único importante fuese en esos momentos la exaltación de la falsedad, la hipocresía y el cinismo. Los niños, en su infinita inocencia, creían firmemente en esas palabras que eran puro escaparate de una celebración que se creía cristiana, pero donde también celebraban otras religiones y creencias más antiguas. Muchos de ellos ansiaban tener regalos bajo su árbol, otros a los pies de su cama o en su casa cuando regresaran del viaje por algún país cálido o nevado. El consumismo los había confundido.

Por mi parte estaba sentado frente al ordenador portátil. Eran más de las tres de la mañana. Había una humeante taza de café cerca, la cual calentaba mis manos y me hacía sentirme reconfortado aunque no pudiese dar un trago. Intentaba por todos los medios acceder a mi página de compras favorita, pero era imposible. Requería adquirir un nuevo equipo de sonido para ofrecer mayor calidad a través de las hondas.

Había echado a Armand de la habitación, el cual revoloteaba como una mosca. Parecía muy interesado en todo lo que hacía, sobre todo desde que logré, junto al resto, acabar con la crisis vampírica más acentuada y larga de la historia. Presioné el hueso de mi nariz y cerré los ojos intentándome decir que debía estar mal, muy mal, para desear que él volviese y se sentase a mi lado. A veces sus preguntas, muy similares unas a las otras, me volvían loco.

En mi radio no había puesto ni un villancico. No había canciones navideñas. No obstante Antoine y Sybelle insistían de vez en cuando. Alguna melodía, alegre y con cascabeles como si fueran el reino de Santa, lograron hacer sonar.

—¿Cómo está mi grinch favorito?—preguntó Lestat abriendo de la nada la puerta. Esta se pegó ligeramente a su marco, quedando plegada y titubeante, para luego aceptar que se apoyara en el marco de esta y me mirara con una sonrisa divertida.

—Oh, vamos. No crees en Dios, ¿cómo osas celebrarla?—dije enfurruñado.

—Porque puedo reunirme con todos bajo una excusa, porque hay una tradición hermosa llamada Yule que reunía a toda la familia y se les recordaba que se les amaba. Por eso. Porque han ocurrido y ocurren muchas miserias para centrarnos en eso, ya que podemos ser miserablemente felices una vez al año—comentó alejándose de la entrada para caminar hasta mi mesa.

—No lo había visto así...—murmuré encogido en mi silla.

—Deja lo que estabas haciendo y ven a la reunión—me exigió.


Era el líder, todos lo habíamos votado como tal, y por eso obedecí. Una vez en el gran salón del piso inferior observé como todos parecían compartir sonrisa, pero no eran falsas. Armand correteaba tras Daniel y este se jactaba de su rapidez. Ni siquiera estaban usando sus poderes, pues creo que estaban recordando viejas historias. Todos ellos. Incluso Gabrielle, que estaba algo más apartada, observaba todo con una tímida sonrisa. Realmente yo era el grinch y no Benji.  

domingo, 18 de diciembre de 2016

The twelve days of christmas

Hablar con Marius es hablar con una pared... 

Lestat de Lioncourt 




—¿Podemos hablar?—pregunté desde la puerta.

Había abandonado la biblioteca, mi lugar de esparcimiento y crecimiento personal, donde ejercitaba mi mente con libros de matemáticas, ciencias, literatura o historia. Aprendía de cada autor, rebatía sus ideas, dejaba atrás la religión que me impusieron mis padres y todo lo que la sociedad había creado a mi alrededor. Tenía mis bolsillos vacíos de piedras baratas y empezaba a tener joyas. Llené mi alma de vivencias intensas únicamente por amor.

—Siempre hay tiempo para una conversación—respondió bajando el pincel. Se encontraba pintando un pequeño lienzo, quizá para ofrecérselo a Armand. Era un niño Jesús recostado en un pesebre muy simple, pero extremadamente hermoso por los detalles.

Me aproximé a él observando con minuciosidad la obra, pero de inmediato hablé. Me había concedido su atención y cedido su palabra. Tenía que aprovechar el momento.

—De acuerdo, entonces hablemos de mi regalo—dije abrazando con fuerza el libro que aún no había soltado. Llevaba conmigo un borrador simple de las memorias de Armand. David Talbot me regaló el libro, como si de un caramelo se tratase, sólo porque insistí que quería ver cómo me reflejaban en las líneas de aquella historia que también era parte de la mía.

—¿Quieres hablar de algo tan banal?—dijo tras una ligera risotada.

—Deseo hacerlo porque mi petición no lo es—expliqué mirándole a los ojos. Él enserió su rostro, dejó sus bártulos de pintor sobre una mesita aledaña y se giró por completo hacia mí. Parecía una enorme estatua de un bárbaro, como él llamaba a los celtas, con algunos rasgos romanos y una túnica borgoña que cubría hasta sus pies, los cuales estaban cubiertos como los de Jesús de Nazaret. Tenía unas sandalias simples de cuero y sus dedos blancos, algo robustos, tenían un aspecto amenazador. Cualquiera podía sentirse David contra Goliat.

—Oh, ¿y qué deseas?—preguntó ensimismado con mi belleza infantil, la cual Armand había calificado de celestial o querubín de iglesia barroca.

—Deseo que dejes de hacer daño a Dybbuk—dije tras arrugar suavemente la nariz. Estaba molesto, pero a la vez esperanzado.

—¿Cómo?—murmuró atónito.

—No puedo permitir que siga lamentándose y sintiéndose tan vacío. Dice que no sabe amar, que jamás comprendió el amor, pero es porque ama demasiado y se deja influir por estos sentimientos.

Rápidamente alzó las manos hacia el frente, con los brazos ligeramente retraídos hacia él, ofreciéndome una imagen de “alto el fuego” bastante cómica. Yo sólo era un recién nacido en las sombras, un niño que había sido arrancado del frío del invierno. Contemplé en sus ojos sorpresa y dolor, también algo de indignación.

—He aprendido a amar gracias a él, se lo dije—dijo con cierta vehemencia, aunque su tono seguía siendo suave. No era el tono, sino la forma en la cual lo dijo.

—No has aprendido—dije negando con mi pequeña cabeza cargada de rizos oscuros—. No lo has hecho. Él sigue sufriendo. No te has disculpado.

—Lo hice a mi manera—confesó.

—Tus maneras no son las justas ni adecuadas.

Mi tono mostró en ese momento indignación. No podía soportar aquello. Era una burla a lo que Dybbuk era.

—A mí me lo parecen—explicó girándose de nuevo para tomar sus útiles y seguir con su labor.

—Amo, no lo son—me acerqué más y lo tomé de la túnica, jalando de él con mi mano derecha. Parecía un niño aferrado a la falda de su madre—. Armand sufre—mis ojos estaban llenos de lágrimas que no pude contener. Empecé a llorar—. Deseo como regalo navideño que se reconcilien como es debido. Necesito ver en su rostro la alegría que jamás ha convivido con sus labios y mirada. Necesito...

—Faltan doce días para la celebración de la navidad, algo que no me simpatiza ni me mueve deseos algunos, pero lo haré si así lo deseas.


Aquella Navidad él ofreció ese cuadro junto a unas disculpas más sinceras, pero poco útiles. Armand ya estaba tan dañado que jamás pudo perdonar tanto sufrimiento. Y es que cuando rompes algo, cuando dañas algo, cuando haces que estas personas se sumerjan en dolor, no puedes solucionarlo con unas simples y miserables palabras de un discurso bien aprendido de antemano.  

viernes, 2 de diciembre de 2016

Dybbuk

Benji se convirtió en la persona más importante para Armand junto con Sybelle. Admito que es adorable. 

Lestat de Lioncourt 



¿Alguna vez habéis rezado a Dios? Un dios cualquiera, sin nombre ni grandes títulos, que os ayude a encontrar el sendero apropiado y os tome de la mano para no sentiros solos, angustiados y heridos. Un dios sin rostro, sin género, sin voz, sin tacto y sin forma definida. Un ser que os haga sentiros amados, comprendidos y libres de expresaros tal cual sois. Una divinidad natural e intrínseca en cada gen. Algo tan natural como divino. Omnipresente, pero que no juzga anticipadamente ni condena los actos hechos por comprender este mundo o el siguiente que exista tras la muerte.

Yo lo he hecho. Admito que lo he hecho. Me he puesto de rodillas en diferentes posiciones de rezo, tanto la que admite la cristiana como la musulmana o la budista, mientras temblaba de rabia, miedo, dolor, indignación o desasosiego. Era un niño y mi fe estaba desgastada. Empezaba a pensar que ese dios, o ese conjunto de energías divinas, eran una leyenda urbana o el propio Santa Claus.

Tenía trece años, los pies helados, las manos llenas de heridas por defenderme de los golpes que mi “amo” me propinaba, y el estómago vacío como las conciencias de muchos empresarios sin escrúpulos. Una edad intempestiva, que está llena de magia y rebeldía, la cual no me acarreó la libertad y la ruptura de normas hacia mis padres. Mi madre murió siendo yo un niño y mi padre decidió venderme pensando que era mejor que verme morir en el desierto. Los hombres sobreviven a una vida nómada, pero para eso hay que cruzar una edad y yo era aún un mocoso lloroso aferrado a las riendas de su camello. Por eso fui vendido y tras varios años de injustos golpes, insultos y vejaciones sólo me quedaba rezar.

Una noche Fox llegó ebrio y eufórico por algunas drogas sintéticas que había logrado probar en uno de laboratorios de sus distribuidores. Se paseó por el apartamento envalentonado porque tanto Sybelle como yo teníamos miedo. Fox era el hombre que me adquirió y ella su dulce hermana, la cual pasaba las noches tocando el piano intentando alejar los demonios, fantasmas y pesadillas que se adherían a su dulce rostro en forma de lágrimas. Una noche como cualquier otra llena de gritos, portazos, golpes y amenazas. Pero algo cambió. El silencio se hizo y escuché como algo caía al piso del salón. Sybelle había dejado de tocar y creí que había ocurrido lo peor.

Corrí descalzo, con el rostro desencajado y el alma llena de miedos. Lo que vi me impactó. Había un muchacho, o lo que parecía un muchacho, de pie con el rostro y las manos quemadas. Llevaba unas prendas que parecían haberse quemado al apagar cientos de colillas de cigarrillos. Estaba allí con su hermoso cabello cobrizo revuelto sobre su frente y unos ojos castaños enormes, almendrados y desafiantes. Súbitamente pensé en mis rezos. Había pedido mil veces a todos los dioses conocidos, y a ese sin nombre, que se lo llevara al infierno... de existir uno.

Él era Armand. Un vampiro. Un ser sobrenatural al que llamé cariñosamente Dybbuk y por el cual me convertí. Quería vivir por siempre a su lado, protegido por su heroica figura y sintiendo ese amor dulce, como el amor de una madre, entre sus brazos y bajo sus acaricias contra mi cabello.


Mi nombre es Benjamín, pero todos me llaman Benji.  

jueves, 1 de diciembre de 2016

Ni olvido ni perdón.

Cagada nivel Marius...

Lestat de Lioncourt 


—No debiste—dije furioso apretando los puños.

Benjamín dormía ya. Las fuerzas se habían dilapidado entre largas horas a la luz de un candil leyendo las viejas historias que yo acumulaba. Aquellos libros viejos, de hojas amarillas y letras manuscritas, habían sido su mejor regalo para su nueva andanza en este mundo. Ya no era mi niño, no era mi ángel de rostro redondo y negros cabellos rizados. Era un vampiro. Un inmortal que caminaría por este mundo hasta el fin de los tiempos.

—Ya te he dicho que lo hice por amor. El mismo amor que tú me enseñaste—respondió taimado. Parecía envuelto en un aura celestial, por no decir divina.

Lestat estaba catatónico aún. La rabia me carcomía desde hacía semanas. Las palabras de Santino retumbaban en mi memoria como una explicación cruel a su modo de salvarme. Me aferré a mis brazos, entregándome a un abrazo sincero y personal, mientras él permanecía de pie frente a mí con aquel arrogante porte. Parecía uno de esos empresarios de mundo, uno de esos hombres que caminan por las ciudades mirando a todos por encima del hombro. Yo incluso me encontraba descalzo, con unos pantalones deslavados y llenos de barro, observándolo igual que una fiera a punto de salvar a la yugular.

—No te hagas el digno—comenté tras una ligera risotada. No creía nada.

—Amadeo...—dijo dando un paso hacia mí.

—¡Armand!—exclamé.

—Siempre serás mi Amadeo.

Sé que quería apelar a lo que fuimos y ya no éramos. Deseaba ablandar mi corazón, enterneciendo mi alma y sofocando así mi furia. No. No iba a lograrlo. Recordaba la noche densa y oscura en el paseo marítimo después que Akasha feneciera. No iba a permitirle salirse airoso.

—¿Tu Amadeo?—alcé ambas cejas y luego fruncí el ceño—. Ese muchacho murió tras ser torturado peor que a un animal que acude al matadero—prácticamente siseé—. El mismo que tú no te dignaste a salvar.

—He cambiado—llegó a decir de nuevo.

No podía creer. De nuevo apelaba al sentimentalismo barato. Quería que creyera que alguien como él, que no había cambiado en más de cinco siglos, lo haría en tan sólo unas décadas. No era aquel niño estúpido rescatado de un burdel. Ya no.

—Los que son como tú no cambian—le escupí con rabia—. No te mientas.

—Benji y Sybelle eran demasiado frágiles para este mundo.

Benji había soportado ser adquirido como si fuera un objeto de bazar en un país exótico. Era un esclavo para el comercio de drogas y el robo de carteras en el metro y las calles de New York. Ante todos era un niño perdido, pero la verdad es que ya caminaba hacia un adulto astuto imposible de detener. Sybelle se hizo fuerte y libre cuando maté a Fox, su hermano y carcelero, logrando que así ambos supieran que era respirar un aire que no estuviera viciado de odio, violencia y horror. ¿Cuál fragilidad? Sólo quería poner una línea divisoria entre ambos.

—¿Te has planteado que podría ocurrir lo mismo que con Daniel?—pregunté intentando no perder las formas. Mis largas uñas se enterraban con fuerza en mis brazos. Me sentía rabioso.

—Daniel es una excepción. Además estoy cuidándolo por ti.

¿Una excepción? Perdió el poco juicio. Aquel hermoso periodista cayó en la locura súbitamente tras convertirlo. No sé qué vio en mi sangre o si mi sangre era tan tóxica y perversa que lo magulló. Ansiaba ser un vampiro y tras serlo quedó encerrado en una marejada de miedo, odio, violencia y jucios insanos.

—Es curioso que cuides a mi creación, pero no tuviste agallas de hacerlo conmigo—chisté.

No eran celos. O quizá sí lo eran. No lo sé. Simplemente recuerdo que quería que él sufriera por todo lo que había hecho. Deseaba que llorara frente a mí como frente a la caída de su magnífico Imperio Romano. Necesitaba verlo como un cristiano a punto de ser devorado por los leones del circo.

—Ya no se puede cambiar el pasado—murmuré destensando mis músculos y tomando asiento junto al cuerpo de Benji. Él seguía dormido, hundido en un sueño profundo, que le hacía verse aún más hermoso. Era mi pequeño y él lo había mancillado.

—No, ya no—dijo rindiéndose al fin ante mis palabras con un ademán extraño. Su rostro parecía cubierto de un dolor intenso. Me sentí Marco Junio Bruto clavando el puñal que acabó con Julio Cesar. Como si hubiese comprendido que no había motivos para el engaño. Nadie allí le iba a creer—. Ni siquiera aunque pidas tantas disculpas como granos de arena hay en la playa más cercana.

—Querubín...


—No, diablo—dije apoyando mi mano sobre los sedosos cabellos de Benjamín.   

lunes, 29 de agosto de 2016

Requiem for a dream

Una narración de Armand que no os dejará para nada indiferentes... ¡Ah! Por eso no puedo odiarlo, ¿saben? No puedo. 




Lestat de Lioncourt 


Me hallaba en mi habitual paseo nocturno. Reconozco que me apasiona salir solo sin que nadie pueda juzgar mis pasos. Quizás es porque estoy demasiado acostumbrado a la soledad, a su manto cómplice, y a no tener que dar explicaciones. Era invierno. Lo recuerdo muy bien porque tuve que conseguir apresuradamente unos guantes esa noche. Las temperaturas habían descendido hasta por debajo de los dos grados. No era para nada poco habitual que Nueva York alcanzara estas temperaturas y más cuando se avecinaban nevadas. El suelo estaba algo congelado y aún así los transeúntes se movían con rapidez por las aceras. Esa noche era imposible conseguir un taxi, aunque de por si es algo increíblemente difícil hallar uno en esta ciudad.

Subí las solapas de mi abrigo negro de doble botonadura de pecho sencillo, el cual había comprado por su versatilidad y porque me refugiaba del frío. Bajo este llevaba un cardigan celeste y una camiseta de mangas largas del mismo tono. En los pies llevaba unas botas especiales de suela antideslizante que odiaba porque no eran tan estilosas como el resto de mi calzado. Vestido de ese modo, con una gorra negra de las que suelen usar actualmente los jóvenes, parecía un adolescente intentando aparentar ser un hombre adulto. No me importaba.

Mis ojos castaños se movían por todos los escaparates mientras sostenía un vaso de café para llevar. Los vampiros no podemos saborear ciertos alimentos, pero amamos el calor y el aroma que transmiten. Me encanta el olor a chocolate y café así que habitualmente me detengo a comprar un vaso. Imitaba que tomaba un trago cuando me giré hacia el lado opuesto de la acera y vi una nueva librería. Si hay un aroma que me guste más que el de estas bebidas calientes es, sin lugar a dudas, el olor a libro nuevo junto con el de los lienzos o frescos recién pintados. Rápidamente atravesé la acera evitando el tráfico, el cual estaba algo retenido debido a un atasco, y me coloqué frente a tan magnífica tienda.

—Contente... piensa que tienes demasiados ejemplares de Dickens, Shakespeare o Wilde. Debes dejar de comprar nuevos tomos de las distintas ediciones de sus grandes obras—dije para mí conteniendo el aliento cuando algo me llamó la atención. En el escaparate, junto a un libro sobre historia de la piratería y otro sobre tribus del Amazonas, vi un libro que me causó cierto revuelo—. Vittorio el vampiro... —leí el título en voz alta frunciendo el ceño.

De inmediato compré ese dichoso libro. Necesitaba saber si era otro de tantos que mentían sobre su historia, creyéndonos una vulgar ficción, o se trataba de un inmortal que yo no conocía. Aunque admito que no conozco a todos los vampiros de este mundo, pero sí a los más fuertes o formidables. Supongo que quería saber si había alguien poderoso ahí fuera que tuviese algo que decirme acerca del mundo que yo aún no supiera.

Cuando salí de la librería, tras el delicioso tintineo de la campanilla de la puerta, me dije a mí mismo que no debía esperar nada maravilloso de ese libro. No tenía porqué tener una historia extraordinaria o algo llamativo. Había inmortales que simplemente se quejaban de todo y todos, pero sentía que había alguna peculiaridad en ese libro que iba a hacerme estallar. ¡Y no me equivocaba!

Al llegar a mi hogar tiré el vaso de café, ya helado, a la papelera de la cocina que usaba para experimentar con los diversos electrodomésticos y entré al salón quitándome el abrigo al sentir la calefacción. Sybelle había regresado de la Ópera y tocaba una de mis piezas de piano favorita, Requiem for a dream, lo cual me hizo sentirme extrañamente a salvo y amado.

—Benji ha ido arriba. Dice que necesita narrarles a todos lo extraordinaria que ha sido la obra—explicó con una ligera risilla—. ¿Qué tal te ha ido ese paseo por la gran manzana podrida?

—Ah, amor mío, he encontrado algo que puede ser extraordinario o una basura—dije bailando suavemente sobre el mármol recién pulido de nuestro refugio, de nuestro adorado Trinity Gates, para acercarme a ella y finalmente tomar asiento a su lado.

—¿Otra de esas maravillas tecnológicas?—dijo sin dejar de tocar con esa soltura y gracia natural.

—Un libro—respondí.

—Como no...—susurró girándose con una dulce sonrisa—. Tecnología, libros o música.

—Te veo luego, amor mío—dije besando su hombro desnudo, pues se encontraba con un elegante traje de noche con los brazos al aire, así como la espalda, que provocaba que se viese como una sirena en mitad de un mundo imaginario.

Me acobijé en mi elegante biblioteca francesa con las puertas bien cerradas. Miré los frescos, observé las molduras del techo y los distintos libros, antes de acomodarme en mi cómodo sillón para empezar a leer. Nada más pasar los primeros renglones arrojé el libro al suelo y lo miré con deseos de hacerlo arder.

—¡Qué me ha llamado ese estúpido! ¡Qué!—grité furioso.

En la mencionada obra, Vittorio el ególatra, nos mencionaba a todos como una horda de idiotas. Me enfurecí. Había dicho en pocas palabras que no teníamos su encanto ni su gracia. ¡Qué iba a saber ese imbécil! Nada. No sabía nada. Ni siquiera era capaz de aceptar que había seres tan o más extraordinarios que él. Deseé que Akasha lo hubiese fulminado cuando empezó su alocado exterminio. Finalmente decidí leerlo tras unos minutos blasfemando y cuando lo hice me desternillé de risa. Ese idiota creía que hablaba con ángeles.

—Oh, claro. Y tiene línea directa con Dios—dije tras dejarlo sobre el escritorio.

Pensé en llamar a Lestat y comentarle lo que había leído, pero opté por hacerlo con Louis que seguro que le entusiasmaría desternillarse de risa conmigo. Aunque antes de levantar el teléfono noté como mi corazón se aconojaba. Había leído sobre Venecia, sobre el mundo en el cual fui educado por y con amor, y por supuesto noté que toda la fiereza que demostraba a otros, mi apasionada firmeza ante el dolor, se desmoronó como un terrón de azúcar en un vaso de café caliente.


—Ojalá te tuviese aquí... arrodillado ante mí... recitándome esos poemas... —murmuré intentando hacer acopio de todas mis fuerzas para poder articular algunas palabras, pero no pude. Colgué el teléfono y me recosté en el asiento imaginando a mi adorado maestro frente a mí, a mi amo, pintando aquel cuadro que se convertiría en un objeto maldito símbolo de una tragedia, una historia, un sueño marchito... una verdad. 

lunes, 15 de agosto de 2016

Deseos

Todos deseamos algo... Benji también, como es obvio.

Lestat de Lioncourt 

—¿Sí? ¿Dígame?—preguntó desde el otro lado de la línea.

Se escuchaba un vacío terrible como si estuviese aislado. Era normal. Posiblemente estaba en uno de los bunker que habían construido para poder desplazarse debajo de desiertos, lagos y bosques sin que nadie pudiese molestarlos. Eran lugares bien ventilados, pero el sol no podía penetrar bajo esa gruesa capa de hormigón, cemento y otros materiales. Había estado en uno de ellos durante una pequeña excursión que se nos ofreció por parte de su organización. Pude conversar con los científicos y médicos allí reunidos, así como con los jóvenes que aceptaban ser sus conejillos de indias.

Había aparatos muy sofisticados pese a lo común, pero también otros parecían haber salido de la mente de un científico loco deseando destruir a la humanidad. Aunque no había humanos en el sentido estricto de la palabra. Allí se reunían vampiros intentando encontrar la solución a diversas enfermedades humanas y vampíricas, pero también últimamente se estaban interesando por otras criaturas como animales. Pues algunos animales contraían enfermedades raras que terminaban infectando a los humanos.

—Farred, amigo—dije.

—Oh, eres tú—respondió casi de inmediato.

—Sí, soy yo—contesté—. Necesito preguntarte si has empezado a investigar sobre...

—Ah, no. Aún no.

Me sentí furioso, pero intenté apaciguarme. Deseaba que investigara tanto la solución a mi gran problema...

—¿Por qué?—pregunté frunciendo el ceño.

—Estamos terminando un proyecto más importante—aseguró—. Deseamos determinar si al fin podríamos lograr que los vampiros pudiéramos estar bajo el sol sin problemas.

—¡Ah! ¡Eso es un problema mínimo!—grité aferrándome con fuerza a mi teléfono móvil.

—Bueno, quizá para ti—dijo—. Si bien, hay milenarios que desearían volver a ver la luz del sol.

La luz del sol era sólo una estupidez comparado con lo que yo pretendía. De hecho muchos milenarios, algo menos antiguos que Marius, habían logrado ver atardeceres y amaneceres. ¡Qué más querían! Además, había otros como Gregory que incluso se tostaba en una cámara especial.

—Yo quiero esas hormonas para crecer—respondí insistiendo en mi deseo.

—Benjamín, amigo, no puedo hacer eso—contestó llenándome de una rabia imposible de contener, pero preferí que siguiera hablando para saber sus malditos motivos—. No puedo investigar un caso aislado. Primero tendremos que buscar la solución a un problema que afecta a la mayoría.

—¡Al diablo el sol! ¡O comer! ¡Yo quiero crecer!—grité con furia. Por un momento parecía Marius cuando se molestaba.

—¿Por qué esa insistencia? ¿Acaso no has logrado que vampiros mucho más antiguos que tu propio creador te admiren?—decía aquello como si fuera una proeza, pero fue bastante sencillo. Sólo tuve que darles voz a todos, o al menos a casi todos, para que se pusieran de acuerdo.

—Sí, pero no he logrado aceptarme a mí mismo—dije tras un largo suspiro—- Sé que fue una decisión arriesgada y que yo tengo la culpa, al menos una gran parte, pero...

—Comprendo—dijo. Aunque yo sabía que no podía comprenderlo del todo. Él tenía el cuerpo de un hombre que rondaba los cuarenta años.

—¿Al menos me das tu palabra que terminarás investigando una posible solución?—pregunté conteniendo mi mal humor y preocupación al respecto.

—Sí, lo prometo.


Colgué con aquella promesa amarga. Sabía que lo haría, pero esperaba que no fuese en el próximo siglo.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt