Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 2 de diciembre de 2016

Dybbuk

Benji se convirtió en la persona más importante para Armand junto con Sybelle. Admito que es adorable. 

Lestat de Lioncourt 



¿Alguna vez habéis rezado a Dios? Un dios cualquiera, sin nombre ni grandes títulos, que os ayude a encontrar el sendero apropiado y os tome de la mano para no sentiros solos, angustiados y heridos. Un dios sin rostro, sin género, sin voz, sin tacto y sin forma definida. Un ser que os haga sentiros amados, comprendidos y libres de expresaros tal cual sois. Una divinidad natural e intrínseca en cada gen. Algo tan natural como divino. Omnipresente, pero que no juzga anticipadamente ni condena los actos hechos por comprender este mundo o el siguiente que exista tras la muerte.

Yo lo he hecho. Admito que lo he hecho. Me he puesto de rodillas en diferentes posiciones de rezo, tanto la que admite la cristiana como la musulmana o la budista, mientras temblaba de rabia, miedo, dolor, indignación o desasosiego. Era un niño y mi fe estaba desgastada. Empezaba a pensar que ese dios, o ese conjunto de energías divinas, eran una leyenda urbana o el propio Santa Claus.

Tenía trece años, los pies helados, las manos llenas de heridas por defenderme de los golpes que mi “amo” me propinaba, y el estómago vacío como las conciencias de muchos empresarios sin escrúpulos. Una edad intempestiva, que está llena de magia y rebeldía, la cual no me acarreó la libertad y la ruptura de normas hacia mis padres. Mi madre murió siendo yo un niño y mi padre decidió venderme pensando que era mejor que verme morir en el desierto. Los hombres sobreviven a una vida nómada, pero para eso hay que cruzar una edad y yo era aún un mocoso lloroso aferrado a las riendas de su camello. Por eso fui vendido y tras varios años de injustos golpes, insultos y vejaciones sólo me quedaba rezar.

Una noche Fox llegó ebrio y eufórico por algunas drogas sintéticas que había logrado probar en uno de laboratorios de sus distribuidores. Se paseó por el apartamento envalentonado porque tanto Sybelle como yo teníamos miedo. Fox era el hombre que me adquirió y ella su dulce hermana, la cual pasaba las noches tocando el piano intentando alejar los demonios, fantasmas y pesadillas que se adherían a su dulce rostro en forma de lágrimas. Una noche como cualquier otra llena de gritos, portazos, golpes y amenazas. Pero algo cambió. El silencio se hizo y escuché como algo caía al piso del salón. Sybelle había dejado de tocar y creí que había ocurrido lo peor.

Corrí descalzo, con el rostro desencajado y el alma llena de miedos. Lo que vi me impactó. Había un muchacho, o lo que parecía un muchacho, de pie con el rostro y las manos quemadas. Llevaba unas prendas que parecían haberse quemado al apagar cientos de colillas de cigarrillos. Estaba allí con su hermoso cabello cobrizo revuelto sobre su frente y unos ojos castaños enormes, almendrados y desafiantes. Súbitamente pensé en mis rezos. Había pedido mil veces a todos los dioses conocidos, y a ese sin nombre, que se lo llevara al infierno... de existir uno.

Él era Armand. Un vampiro. Un ser sobrenatural al que llamé cariñosamente Dybbuk y por el cual me convertí. Quería vivir por siempre a su lado, protegido por su heroica figura y sintiendo ese amor dulce, como el amor de una madre, entre sus brazos y bajo sus acaricias contra mi cabello.


Mi nombre es Benjamín, pero todos me llaman Benji.  

lunes, 15 de agosto de 2016

Deseos

Todos deseamos algo... Benji también, como es obvio.

Lestat de Lioncourt 

—¿Sí? ¿Dígame?—preguntó desde el otro lado de la línea.

Se escuchaba un vacío terrible como si estuviese aislado. Era normal. Posiblemente estaba en uno de los bunker que habían construido para poder desplazarse debajo de desiertos, lagos y bosques sin que nadie pudiese molestarlos. Eran lugares bien ventilados, pero el sol no podía penetrar bajo esa gruesa capa de hormigón, cemento y otros materiales. Había estado en uno de ellos durante una pequeña excursión que se nos ofreció por parte de su organización. Pude conversar con los científicos y médicos allí reunidos, así como con los jóvenes que aceptaban ser sus conejillos de indias.

Había aparatos muy sofisticados pese a lo común, pero también otros parecían haber salido de la mente de un científico loco deseando destruir a la humanidad. Aunque no había humanos en el sentido estricto de la palabra. Allí se reunían vampiros intentando encontrar la solución a diversas enfermedades humanas y vampíricas, pero también últimamente se estaban interesando por otras criaturas como animales. Pues algunos animales contraían enfermedades raras que terminaban infectando a los humanos.

—Farred, amigo—dije.

—Oh, eres tú—respondió casi de inmediato.

—Sí, soy yo—contesté—. Necesito preguntarte si has empezado a investigar sobre...

—Ah, no. Aún no.

Me sentí furioso, pero intenté apaciguarme. Deseaba que investigara tanto la solución a mi gran problema...

—¿Por qué?—pregunté frunciendo el ceño.

—Estamos terminando un proyecto más importante—aseguró—. Deseamos determinar si al fin podríamos lograr que los vampiros pudiéramos estar bajo el sol sin problemas.

—¡Ah! ¡Eso es un problema mínimo!—grité aferrándome con fuerza a mi teléfono móvil.

—Bueno, quizá para ti—dijo—. Si bien, hay milenarios que desearían volver a ver la luz del sol.

La luz del sol era sólo una estupidez comparado con lo que yo pretendía. De hecho muchos milenarios, algo menos antiguos que Marius, habían logrado ver atardeceres y amaneceres. ¡Qué más querían! Además, había otros como Gregory que incluso se tostaba en una cámara especial.

—Yo quiero esas hormonas para crecer—respondí insistiendo en mi deseo.

—Benjamín, amigo, no puedo hacer eso—contestó llenándome de una rabia imposible de contener, pero preferí que siguiera hablando para saber sus malditos motivos—. No puedo investigar un caso aislado. Primero tendremos que buscar la solución a un problema que afecta a la mayoría.

—¡Al diablo el sol! ¡O comer! ¡Yo quiero crecer!—grité con furia. Por un momento parecía Marius cuando se molestaba.

—¿Por qué esa insistencia? ¿Acaso no has logrado que vampiros mucho más antiguos que tu propio creador te admiren?—decía aquello como si fuera una proeza, pero fue bastante sencillo. Sólo tuve que darles voz a todos, o al menos a casi todos, para que se pusieran de acuerdo.

—Sí, pero no he logrado aceptarme a mí mismo—dije tras un largo suspiro—- Sé que fue una decisión arriesgada y que yo tengo la culpa, al menos una gran parte, pero...

—Comprendo—dijo. Aunque yo sabía que no podía comprenderlo del todo. Él tenía el cuerpo de un hombre que rondaba los cuarenta años.

—¿Al menos me das tu palabra que terminarás investigando una posible solución?—pregunté conteniendo mi mal humor y preocupación al respecto.

—Sí, lo prometo.


Colgué con aquella promesa amarga. Sabía que lo haría, pero esperaba que no fuese en el próximo siglo.  

lunes, 18 de julio de 2016

Guerra y paz

Comprendo ambas partes, pero a quien más es a Daniel. Ahora me doy cuenta de muchas cosas que en otro momento no fui capaz. Armand me ha demostrado no estar tan equivocado en ciertos asuntos.

Lestat de Lioncourt 

—¿En qué estás pensando, chico?—preguntó quedándose a mi lado.

—¿A ti qué te importa?—respondí con una actitud impropia en mí. Estoy seguro que sólo actué de ese modo porque era él. Odiaba pensar que otros hombres eran más importantes en su vida que yo. No por nada él era su única creación, la única concesión que hizo como tributo a la eternidad, y aún lo reclamaba como suyo cuando nadie lo veía. Armand podía decir que Daniel ya no era importante, escribirlo mil veces en el muro de las lamentaciones, pero la verdad era bien distinta y no disimulaba cuando creía que otros no le estaban observando—. Vete donde tengas que estar.

—Mi sitio es este—dijo sacando las manos de los bolsillos.

—Eres un imbécil, ¿qué vio en ti?—mis palabras eran hirientes, pero a él no le afectaban.

Era un muchacho larguirucho de aproximadamente treinta años, el pelo rubio pajizo revuelto y corto, sus ojos sí eran extraordinarios porque tenían tonalidades violetas pero su rostro era de facciones algo comunes. Podría decirse que Daniel Molloy era el típico chico americano buscando el sueño que muchos tienen: fama.

—Quizá vio que no ataco a quienes no conozco—susurró inclinándose suavemente hacia mí, para luego quitarme el sombrero y revolver aún más mi cabello ondulado—. Provocas ternura cuando te ven venir, pero por dentro estás tan amargado...

—¡Cállate!—grité.

—Pero sólo estás así cuando alguien se acerca a él, ¿no es cierto?—preguntó mientras le arrebataba mi hermoso sombrero. Temía que lo ensuciara o dañara sólo por hacerme rabiar.

—No es cierto—carraspeé porque sentí como mi corazón se encogía y no podía respirar. Había dado en el clavo.

—Mientes tan mal como él—dijo apoyando su mano izquierda en mi hombro y luego se echó a reír—. Armand es importante para mí porque me creó, porque le amé y porque le sigo teniendo cierto aprecio. Pero no somos compatibles. Se ha notado a la lo largo de los años que es imposible que él y yo podamos formar algo especial—comentó mientras giraba lentamente mi rostro hacia su imponente figura teniendo en cuenta mi estatura.

—¿Y yo qué soy? ¿Un sustituto? ¿Sabes cómo me siento? ¿Has visto Inteligencia Artificial? Ese robot niño que nunca crecerá y es activado para suplir a otro, el cual creen que va a morir, pero después termina siendo un objeto más de la casa y es abandonado. Nuestra relación ya estaba tirante porque aún es un maldito idiota que no ve más allá de sus miedos... Pero has llegado tú y ya no existo... —me dolía decir aquello. Era como si me clavaran cien mil dagas ardientes en el pecho.

—Eres joven e inquieto. Él era como tú, según Marius, pero el mundo lo destruyó tantas veces que ya no recuerda nada de esa revolución, de ese deseo... de esa verdad—se apartó de mí para salir de la sala, pero se giró antes de cruzar el umbral de la puerta—. Algún día comprenderás bien a Armand, pero ese día ya no estarás a su lado. Habrá otro chico como tú que rabie porque te acercas demasiado, ¿o tal vez ese el problema? Un chico ya se acercó con un violín y una encantadora sonrisa, ¿no es así?

Odié que tuviese razón. Esas palabras se clavaron en mi pecho y me puse a llorar. Dios, lloré tanto... Estaba comprendiendo a Armand, pero a la vez le estaba perdiendo. Quizás esa era la verdadera maldición del amor. No lo sé. Sólo sé que esta conversación tiene más de un mes y aún la repito en mi mente intentando comprender como atajar el problema.


jueves, 5 de mayo de 2016

El despertar del periodista

El despertar de Daniel fue gracias a las ondas de la radio de Benji y los cuidados de Marius. 

Lestat de Lioncourt


Estaba allí concentrado leyendo la pantalla del ordenador, la cual iluminaba parcialmente su rostro y le daba un toque lúgubre a sus rasgos aún dulces, de hombre joven y atractivo, mientras sus ojos se entrecerraban quizás intentando procesar la información que estaba acumulando con paciencia, poco a poco, sin descanso alguno para comprender qué demonios estaba ocurriendo en su mundo.

Estuvo desconectado de la realidad por años y ahora intentaba asumir las culpas, así como las causas de una vida vacía. Él siempre estuvo activo y se dedicó a involucrarse en cada noticia que acontecía en las calles oscuras de San Francisco. Como si fuese una especie de superhéroe moderno, un Clark Kent cualquiera, se paseaba por los peores barrios con unas deportivas por si tenía que salir corriendo y anotar después todo lo que había llegado a ver y oír. Pero durante las últimas décadas se sumió en miles de preguntas que no pudo contestar, sueños que le perturbaban tanto que agitaban cada partícula de su alma y provocaban que se echara a temblar cada segundo que permanecía despierto. No quedó nada del hombre joven inquieto que vivía a base de comida rápida, whisky barato y espeso café matutino junto a varios periódicos del día. Nada.

Ahora intentaba remontar el vuelo. Llevaba semanas asumiendo todos los acontecimientos del mundo y había dado con un pequeño tesoro. Cada noche conectaba a la misma hora el ordenador, tecleaba la página web de aquella radio online y se colocaba los audífonos de botón mientras leía las noticias colgadas junto a los audios de programas anteriores. Había todo tipo de archivos que demostraban que no estábamos solos y no me refiero a los humanos, me refiero a los vampiros. Somos inmortales y somos distintos a lo que un humano común puede o llega a ser.

Esa noche no era distinta. Había despertado pronto incluso para ser joven, se dirigió a la ducha para asearse y recorrió las calles aledañas por una o dos víctimas, para luego entrar en la biblioteca y escuchar con cierta adicción la voz suave, aniñada y profunda de Benjamín. Admiraba su trabajo aunque era un reportero joven y casi inexperto. Él estaba dándole voz a todos los vampiros del mundo e intentaba explicar lo que ocurría ahí fuera, lejos de los muros que nos ocultan del resto y nos protegen de nosotros mismos.

—Daniel—dije—. ¿No crees que es hora de conversar?

—Sólo queda diez minutos de programa—comentó sin apartar la vista de la pantalla.

—¿Qué noticias hay?—pregunté desde el marco de la puerta.

—Unos jóvenes han sido atacados por un vampiro indeterminado pero de edad elevada, quizás un milenario, provocando un terrible incendio y la muerte de todos los que estaban en el local. Ha sido en el sur de Brasil, muy cerca de aquí—aquello me provocó cierta angustia. Él lo decía como si nada pero yo pensé de inmediato en mi joven pupilo convertido en grasa negra derramada en el suelo.

—Mañana te compraré uno de esos teléfonos móviles para poder contactar contigo—dije—. No quiero que nada te pase cuando sales a divertirte.

—¿Qué puede pasarme?—preguntó quitándose por completo los auriculares para venir hasta mí.


Dejó atrás su dichoso programa de radio y se pegó a mi cuerpo pasando sus brazos por mis hombros. Me miró como sólo un amante sabe mirar y se echó a reír. Daniel deseaba entrar en acción y no le importaría ya arriesgar su vida con tal de disfrutarla al cien por cien. En ese momento me percaté que estaba harto de hacer siempre lo que otros decían.  

jueves, 28 de abril de 2016

La Voz de la Tribu- Inicio de ciclo - Viktor

De nuevo regresamos con "La Radio de Benji" con su programa "La Voz de la Tribu". Como sabéis se transcribe gracias a Daniel Molloy. 

Lestat de Lioncourt 






Cada ciertos meses decidía hacer largos viajes por todo el mundo. Recorría las ciudades que más le interesaban o sitios donde jamás había estado. Quería conocer de primera mano algunas de las historias que le narraban sus oyentes. Durante algunas semanas pateó la India y aspiró el aire cargado de especias y flores de muchas de sus calles, barrios y plazas. Visitó algunos locales que aún estaban ennegrecidos y destruidos por la terrible actuación de Amel cuando tomó posesión, casi absoluta, del sosegado Arjun. También estuvo en Egipto tocando los muros de muchas de las pirámides, descifrando su verdad gracias a un joven vampiro que decidió hacer de guía y permitió que le contara lo que él había visto durante los siglos que tenía de vida. Sin embargo la radio debía volver a sonar con noticias frescas y hallazgos únicos.

La primera emisión de la noche sería impactante para muchos. Algunos aún no creían que fuese posible que existiera un vampiro idéntico a Lestat, con su misma genética y que pudiese llamar “Padre” a Lestat. Era un nuevo discípulo de Marius, pero también fue educado por el hindú Fareed y el Seth, hijo biológico y de La Sangre de Akasha, que habían obrado el milagro junto a una joven e intrépida científica que jamás se dio por vencida. Su nombre era Viktor y había aceptado llevar el apellido de su padre con cierto orgullo.

Ya había pisado la radio en otras ocasiones aunque la mayoría como espectador. Viktor quería formar parte de la élite nocturna, de los vampiros o Hijos de las Tinieblas, desde que comenzó a comprender que todo su mundo se basaba en ello. Había vivido de noche, prácticamente aislado en un búnker, gran parte de su vida.

Cuando observabas a Viktor veías a un joven formal de ojos rebeldes y tras saber su procedencia, su historia y genética, comprendías que iba a traer savia nueva a un árbol que parecía necesitar rejuvenecerse pese a todo. Tras una gran desgracia siempre venía una calma de un periodo floreciente. Rose, la hija adoptiva de Lestat, era su compañera y amante. El amor de ambos era el símbolo de poder salvar cualquier problema gracias a la fuerza de un amor inquebrantable.

Benjamín se encontraba sentado en una nueva mesa redonda, para nada la típica cuadrada de patas de hierro. Había adquirido mobiliario especial con sillas más cómodas, mejores micrófonos y una mesa especial que estaba llena de carpetas que pertenecían a Talamasca. Gremt iba a permitir cierta colaboración con la radio porque podía ser usada para comunicar a los diversos miembros, así como ejercer ciertas presiones o colaboraciones con otros seres. Estaba vestido de negro riguroso pues hasta su corbata de seda era negra. Frente a él tenía a Viktor vestido con una americana blanca y un jersey fino de cuello alto color marengo. Rose estaba fuera, posiblemente escuchando la radio desde su dispositivo, porque no quería que se sintiera coaccionado a callar ciertas respuestas. Sybelle se hallaba al piano junto a Antoine haciendo un dueto especial. Los dos músicos vestían ropas cómodas aunque elegantes. Ella vestía un traje primaveral blanco cargado de flores y él una simple camisa blanca de algodón y unos tejanos oscuros. Daniel se encontraba en la cabina accediendo a la página web para vigilar el chat en directo que iban a tener y David accedía a la sala para sentarse en la mesa.

Lestat no estaba en Nueva York. Su padre había decidido quedarse en París paseando por sus abarrotadas calles junto a Louis. Hacía algunos años que Francia estaba en guerra con varios países árabes y estaba empezando a sufrir las consecuencias. Él quería estar allí observando la fortaleza de los civiles y notando, con cierta amargura, las mentiras de los políticos.

—Bienvenidos una vez más a “La Voz de la Tribu”. Hoy, en tu radio de preferencia, tenemos a Viktor Lioncourt junto a nuestro colaborador habitual David Talbot que representa la unión especial entre Talamasca y el mundo de las Tinieblas—explicaba mientras se acomodaba su sombrero de ala ancha—. Hemos tomado unas merecidas vacaciones para investigar y poner en práctica ciertos cambios.

—Así es, hemos hecho cambios y nuevos proyectos se avecinan—confirmó David Talbot—. Talamasca ha aceptado la mano tendida y desde ahora estaremos colaborando con sus miembros.

—También hablaremos habitualmente con el equipo científico de Seth y los laboratorios farmacológicos de Gregory—indicó Benjamín.

—¡Y el chat en directo!—añadió Viktor—. Lo siento...

—Como dice nuestro invitado, Viktor de Lioncourt, estaremos constantemente conectados con vosotros a través de un chat. El moderador será Daniel Molloy, nuestro eterno periodista, que tomará nota de vuestras preguntas las cuales pasarán por un filtro y nos llegará a nosotros—explicó con una ligera sonrisa.

¿Cómo no iba a sentirse satisfecho? Había logrado que su radio alcanzara máximos históricos. La aplicación para móvil se había descargado miles de veces en numerosos teléfonos inteligentes. Cualquier ser perteneciente a la Tribu, que en realidad era más diversa de lo que se podía uno imaginar en un principio, estaba conectado esperando noticias que les renovara la fe.

—Comencemos con una noticia sobre Talamasca y empezaremos la conversación con Viktor—intervino David Talbot—. Se precisa que todos los miembros busquen en los archivos intervenciones de espíritus poderosos que hayan sido calificados de demonios. Queremos investigar si existe correlación. Desde hace varias semanas investigo estos sucesos junto a Daniel Molloy, el cual está siendo mi mano derecha en muchas ocasiones, y estoy encontrando ciertos patrones que se han repetido en numerosas partes del mundo y en diversas circunstancias.

—¿Qué temes?—preguntó Benjamín.

—Temo que el supuesto demonio que persiguió a Lestat sea un espíritu tan fuerte como Amel, pero que este desee algo más que poder sentir y experimentar la vida—explicó sin tapujos.

—Hay muchos fantasmas y espíritus—intervino Viktor sin ser invitado—. Yo mismo he visto varios bastante poderosos, pero no me han hecho nada. Sólo querían conversar.

—Sí, muchos sólo quieren conocer o comprender la información que posees y añadirla a la suya, pero hay quienes desean prosperar en este mundo y destruir por placer—informó David Talbot.

Daniel Molloy entonces pidió paso desde la cabina donde tenía un micrófono preparado. El antiguo periodista sacado de los suburbios de San Francisco hizo presente su voz. Era una voz profunda y seductora que cualquier otro hubiese comparado con la de grandes locutores de radio o glamurosas estrellas del cine.

—Hay un miembro de Talamasca que me ha enviado su acreditación vía Fax que quiere ponerse en contacto con David Talbot, pues posee un libro interesante que encontró hace sólo unos días y aún no han catalogado, archivado ni adjuntado. Se encuentra en dirección a Londres para encontrarse en la sede con el nuevo director—explicó mientras daba algunos datos extra—. Sólo ha querido decir que es mujer y que conoce personalmente a David.

—Sólo tres mujeres en Talamasca me conocen personalmente en esa sede de Londres, el resto por desgracia murió hace algunos años—comentó.

—Pues posiblemente sea una de tus viejas amigas poniéndose en contacto. He tomado su número de teléfono y podrás llamarla en cuanto acabe la entrevista—dijo mientras se escuchaban sus dedos moviéndose rápidos por el teclado del ordenador—. También hay una joven que pregunta si Viktor sigue con Rose o está soltero...

—Estoy casado—respondió de inmediato provocando que todos le miráramos.

Lestat no dejaba de coquetear con todo el mundo pero Viktor no. Sin duda alguna era la única diferencia de carácter que tenían ambos, porque eran alocados y entrometidos. La arrogancia era una señal inequívoca de ser un Lioncourt, así como una fuerza espiritual indecible en los momentos más críticos o un deseo insaciable de conocer.

—Viktor, ¿qué es lo que más te ha costado asumir?—preguntó Benjamín.

—¿Qué?—dijo de inmediato para luego guardar silencio. Sus rubias y finas cejas se arquearon y luego fruncieron. Durante varios segundos permaneció callado intentando encontrar las palabras adecuadas, después sonrió y se echó a reír para soltar su pequeño discurso—. Podría decir que arrebatar vidas humanas porque me daría un toque dulce y melodramático como ocurrió con Louis, pero la verdad es que me fascina destruir sueños de la gentuza con la que me topo. La oscuridad siempre me ha parecido seductora así que jamás me ha llamado la atención pasear por el parque a pleno sol, pues además la noche tiene un atractivo que provoca en mí una fascinación absoluta. Si hablamos del sabor metálico de la sangre os diré que he comido cosas peores en tugurios de mala muerte, con dietas de supervivencia al ser estudiante universitario y en viajes por la mitad del desierto. Mi madre no es que fuera una excelente cocinera, ¿sabéis?—se echó a reír para poco a poco mostrar algo de seriedad—. Quizá las reglas impuestas por Marius y mi padre. No comprendo como han aceptado ambos ponerlas. Uno nunca las ha seguido y el otro se ha mantenido siempre firme para quebrarlas una a una. Pero supongo que son necesarias. Tal vez, por encima de las reglas y todo lo que supone ser vampiro, me provocó cierto rechazo estar encerrado. Los búnker han sido mi hogar, lugares bajo tierra donde los científicos desarrollaban sus proyectos y vigilaban el proceso reconstructivo de los tejidos de los vampiros. Sin embargo, ahora tengo que poner especial cuidado con las cerraduras y todo lo que es el asalto de los humanos, y espíritus vengativos, para intentar acabar con nosotros.

—¿Por qué crees que hay humanos quieren destruirnos?—dijo David Talbot.

—Hasta ahora creían que los libros de mi padre, como del resto de vampiros, era literatura fantástica y de terror. No asumían que la historia fuese cierta—contestó—. Ahora están aterrados porque somos algo que no pueden controlar ni comprender.

—¿Te puedo preguntar algo?—intervino nuevamente Benjamín—. ¿Qué te atrajo de Rose? ¿Tal vez su humanidad? Era la primera humana que veías en años.

—He tenido contacto con los humanos porque iba a la universidad, pero la convivencia siempre ha sido limitada. Me sentía como un Tarzán rodeado de vampiros en vez de grandes simios. Ella era mi Jane, mi flor prohibida, mi hermosa compañera de viaje en una aventura sin límites y me enamoró su sensibilidad ante el dolor ajeno, su dulzura, la ingenuidad que la ha envuelto siempre y su historia. Amo su historia—dijo.

—Pero no es una historia del todo agradable—comentó David.

—No lo es. La mía quizás es demasiado fácil—contestó—. Lo he tenido todo salvo a mi padre y ahora lo tengo a él. Es mi amigo, mi hermano, mi compañero de noches eternas de conversación y me ha dado algunos consejos que quizá siga—se echó a reír a carcajadas y negó suavemente con la cabeza—. ¿No es una locura? Lestat dando consejos...

—Tengo otra pregunta—dijo Daniel Molloy—. Una humana pregunta si tu padre está preparado para crear a más vampiros. Ahora está el cupo limitado, ¿pero habrá más? ¿O se limitará?

—Se limitará. Amel sufre demasiado cuando hay muchos vampiros. Él está diluido en todos y cada uno de nosotros, necesita que estemos juntos y no seamos demasiados—aseguró—. No se puede ni debe dar la sangre a cualquiera.

—¿Has seguido tus estudios?—dijo David Talbot quitándose la chaqueta gris humo que llevaba en aquella ocasión.

—Sí, los he acabado en meses. Ahora he decidido aprender recorriendo el mundo como hizo mi padre. He visitado a mi abuela, he conocido a varias mujeres interesantes y fuertes, me he dejado llevar por los consejos de Pandora y he ido a visitar ciertas obras renacentistas de la mano de Marius. Estoy viajando a museos con vampiros que vivieron esos acontecimientos y aprendiendo incluso de la curiosidad de Armand por la tecnología. Todo es llamativo y fabuloso, aunque implica una responsabilidad terrible y una sed que a veces se vuelve insoportable—aseguró mientras se recostaba en la silla—. ¿Algo más? ¿Puedo decir algo?

—No, esas eran las preguntas—contestó Benjamín mirándolo a los ojos—. Pero puedes decir lo que quieras.

—Sé que Mael no está muerto y si está herido debería ponerse en contacto con Fareed. Nuestro equipo científico podría ayudarle a reconstruir la piel dañada y paliar el dolor que pueda sentir en sus extremidades—dijo antes de levantarse—. Voy con prisa y debo irme, pero quiero pedir en directo una copia de todo lo que toque Sybelle y Antoine. Estoy locamente enamorado de su música porque me ayuda a concentrarme y a sentirme en paz. Por favor.

—Lo tendrás—dijo Benjamín.

—Gracias—comentó saliendo de detrás de la mesa para bordearla e ir con el muchacho—. Eres adorable, adorable... como un hermano pequeño—dijo estrechándolo contra él—. Si necesitas algo, sea lo que sea, cuenta conmigo.

—¡Fabuloso!—gritó—. ¡Ahora os dejamos con los músicos en directo!


Nada más apagar los micrófonos David corrió hacia la cabina y tomó todos los datos de la mujer que había intervenido. Su rostro mostraba cierta preocupación. Pensó en una vieja amiga que posiblemente rondaba ya los ochenta años y que no estaba para tener grandes aventuras. Ella era una mujer adicta a la literatura y sólo se movía de la orden para hallar nuevos libros incunables, los cuales restauraba y estudiaba con cuidado. Estaba seguro que era ella.  

sábado, 12 de marzo de 2016

Matices de amor

Una discusión que tuvieron Benjamín y Armand hace algunos años. Louis todavía vivía con ellos y Antoine no se había unido al grupo. La pobre Sybelle como siempre siendo banda sonora de la escena. 

Lestat de Lioncourt 


—¡Para ti o todo es blanco o todo es negro! ¡Hay matices!—dijo elevando la voz.

La dulce criatura había ido cambiando hacia un adulto rabioso que pasaba las horas siendo adulado por varios artistas taciturnos. Veía a todos ellos como sanguijuelas tras la fortuna que derrochaba cada noche en su propio restaurante, donde los invitaba a comer y beber hasta bien entrada la madrugada, así como en regalos de distinto valor y subvenciones a sus ridículas obras de teatro y cine independiente.

—¿Cuáles? Dime, Benji—respondí pausadamente dejando a un lado el periódico.

Esa noche había decidido permanecer en casa con ellos intentando disfrutar del calor de la familia. Louis estaba entado en su sillón favorito escuchando la música que desbordaba el piano de Sybelle. Quería sentir el calor del hogar, pero él había dispuesto que el fuego fuese su discusión sobre esos malditos liantes.

—¡Ellos son mis amigos! ¡Sólo ves maldad en todos los corazones menos en el tuyo!—Sus almendras se volvieron amargas y desafiantes, sobre todo cuando terminó su siguiente frase—. ¡Y tú eres el peor de todos! Tienes rostro de ángel, pero sólo eres un maldito demonio lleno de amargura y mentiras.

Guardé silencio esperando recuperarme del impacto de sus palabras. Ella dejó de tocar de inmediato y Louis se incorporó atónito. Por mi parte sólo le miré con una sonrisa dulce en los labios. No podía discutir con él sobre ese tema. Aceptaba que no era una monjita de la caridad, pero tampoco me tenía a mí como el centro de la maldad de este universo.

—Te he vestido, alimentado, acunado en las noches que tenías pesadillas, besado tu frente tras despejar tus revueltos cabellos negros, ofrecido libros para que saciaras tu deseo de conocimiento, permitido que instalaras esa dichosa radio en uno de los despachos, ofrecido mi ayuda en todo momento y dado mi amor sin esperar mucho a cambio. Sin embargo, para ti, soy el mayor de los monstruos porque veo como despilfarras el dinero que has amontonado gracias a tu talento, tu esfuerzo y dedicación, en unas alimañas que sólo te reportan aplausos vacíos—bajé las mangas remangadas de mi sudadera negra con el estampado de Iron Man y tomé mi vieja chaqueta de tela vaquera—. Me marcho para sentir que le importo a alguien aunque sea unos segundos antes de morir en mis manos—dije.

—Dybbuk…—susurró con aquel tono casi infantil. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su corazón parecía roto. Se quebró frente a mí como una ramita seca al ser pisada por las botas de un excursionista.

—Dime, Benjamín—contesté—. ¿Ya estás feliz tras todo lo que has vomitado sobre mí?—me acerqué a él con pasos calmos y el corazón destrozado—. Siempre soñaré con verte alto y fuerte, quizá con una pequeña perilla, diciéndome que has acabado la universidad y te vas a dedicar a recorrer el mundo entero para luego escribir un par de libros. Pensé que serías un hombre de provecho y lo has sido sin necesidad de ser humano. No has necesitado crecer ni ir a la mejor universidad, pero sigues siendo tozudo y crees que eres más listo que todos los aquí presentes—suspiré deteniéndome a pocos centímetros de él—. No, Benji. Tal es tu afán de sentir respeto por los adultos, por los que son realmente de tu edad y época, que caes en halagos vacíos—le quité el sombrero y tomé su tierno rostro entre mis manos para verlo directamente a los ojos—. Has crecido, yo lo sé, pero eso no implica que no te equivoques.

Se apartó lloroso y corrió hacia su estudio de grabación. Yo decidí irme a caminar. Necesitaba despejarme. Louis quiso acompañarme pero me negué. Necesitaba estar solo y él también. Cuando regresé para dormir en mi cómoda cama él ya estaba allí. Se había colocado uno de sus cálidos pijamas para meterse bajo mis mantas. Yo ni siquiera me quité la ropa pues sólo me deshice de las deportivas y la chaqueta.


Esa mañana de nuevo dormimos juntos como si fuéramos dos hermanos que temen a las tormentas, pues ¿no fue una tormenta lo que había ocurrido horas atrás? Una tormenta de palabras fuertes que no se sienten realmente. 

domingo, 7 de febrero de 2016

Armand

Es un escrito sobre Armand, o más bien sobre lo que fue y es. Daniel ha decidido hacerse eco de una pequeña carta, o quizás un trozo de diario personal, para demostrar que "ese monstruo" siente y padece.

Lestat de Lioncourt


“Podía sentir todavía esas manos, grandes y frías, deslizándose por cada una de mis heridas, hurgando en ellas, así como su lengua, rápida y húmeda, reptando por cada poro de mi piel. Su aliento gélido cargado de palabras sensuales, de promesas maravillosas e historias que yo desconocía, que el mundo mismo había enterrado en el recuerdo junto a las ruinas del viejo Imperio Romano y la cultura clásica de la Grecia Antigua. Me dejaba llevar por esa sensación y luego me hundía como una pesada piedra en los canales. Los mismos canales que observaba sin atención aparente. Mi cuerpo vibraba aún por el placer que yacía entre mis piernas cuando me tocaba, esas caricias que era demasiado indecentes para describirlas en voz alta y que coloreaban mis mejillas.

Pese a ser alimentado, educado y vestido mi única satisfacción en aquel mundo de placeres y lujos, en aquel palacio de gran belleza por el arte que me rodeaba, era él. Me sentía como Psique aguardando al monstruo de hermosos cabellos de trigo, de fría mirada azul, labios sabios y tentadores, manos suaves pese a su frialdad y elegante levita roja de terciopelo. Me convertí en un idiota abandonado en un lecho de satén.

Allí sentado, en aquella balaustrada, sentí el frío del invierno húmedo y terrible. El frío caló en mi corazón y las lágrimas bordearon mis mejillas hasta la comisura de mis labios, mentón y cuello. Dejé que fueran rápidas y libres. Deseaba llorar la condena de tantos besos que me hacían prisionero de sus mentiras, de sus noches y no de sus días.”

He leído unas diez, quizá veinte, veces esta carta. Me he sentado en el sillón cercano al fuego de la chimenea, tan vivo como agradable, y he dejado que esas letras se hundieran en mi alma y zozobraran como un barco en una tormenta. Aunque en realidad no es una carta, sino un desahogo. No tenía remitente, ni fecha y tampoco sé si tengo derecho a conversar sobre ella o exponerla al gran público. Tal vez nunca debí tocarla, pero ya lo he hecho. Estoy redactando, letra por letra, los sentimientos que me han despertado.

Hace tiempo que conozco a Armand. El muchacho que escribió cada frase murió hace tiempo y dejó a un monstruo en su lugar, pero puede que ese monstruo sea el reflejo de todo el daño recibido. Las mentiras de Marius fueron cuantiosas, el daño infligido por Santino y sus creencias también lo fue, pero lo fue mucho más el rechazo, la soledad y el miedo. Todavía tiene miedo a Dios, aunque ocasionalmente pierde la fe y se convierte en un ser más frívolo. Centra su atención en novedosos aparatos, pues los sentimientos humanos los conoce demasiado bien porque los ha experimentado todos. ¿Todos? ¿O casi todos? Él dice que no ha amado, pero yo sé bien que miente. Siempre miente. Miente muy bien y en numerosas ocasiones. Sus mentiras son fáciles de detectar y suelen ser para ocultarse tras un antifaz, como las elegantes máscaras de carnaval, porque teme que le hagan aún más daño.

Yo le he dañado. Mi rechazo causó grandes estragos en él. Dice que ya no le intereso, pero es mentira. He visto en sus ojos castaños la melancolía que mi sola presencia le causa. Si no sintiera nada, ni siquiera una ligera culpa, no habría destello alguno en esos hermosos ojos almendrados. No. Esa mentira no es válida en mi tablero. También suele asegurar que nunca volvería con Marius, pero lo espera con los brazos abiertos y jamás cierra las puertas de sus edificios a su paso. Y el amor, ese amor profundo, que siente por Benjamín, Sybelle y Antoine no lo he visto en otros hacia sus creaciones o amigos. Es un amor puro y sincero, lleno de preocupaciones como las que tiene un padre con sus hijos o un amante entregado. Y el amor por Lestat. Ese amor es un desastre. No se soportan demasiado, pero ahí están apoyándose de forma mutua y en silencio.


Armand es una paradoja y una pieza clave en mi vida.  

lunes, 5 de octubre de 2015

La voz de la tribu

Octava emisión de la tribu para todos ustedes. Esperamos que la disfruten. Hoy: Sybelle. 

Lestat de Lioncourt 




Aquella noche era distinta. Sybelle no estaba en su lugar habitual. Ella tendría la voz en la radio. Miles escucharían al fin su delicada voz, sensual y apacible, por las ondas de los distintos dispositivos. No importaría si la escuchaban desde un ordenador portátil, un móvil de última generación o una tableta. Estaba junto a David Talbot.

David se encontraba elegantemente vestido con un traje azul marino y una camisa blanca sin corbata. Había decidido eliminar algo de seriedad. Quería sentirse cómodo al lado de aquella mujer, la cual deslumbraba por su belleza y la calma que yacían en el fondo de sus ojos claros. Muchas veces la había contemplado como si fuera una figurilla delicada, la cual no debería ser sacada jamás de su hermosa vitrina por miedo a romperla. Conocía bien su expresión taimada, sus movimientos para nada bruscos y su firme caminar con y sin calzado de tacón. Si bien, también comprendía el monstruo que yacía dormido en su interior. Un ser que despertaba cuando iniciaba su sendero por la música, dejándose llevar hacia un éxtasis terrible.

Benjamín, su adorado Benji, que parecía inquieto y jugaba con su sombrero de ala ancha, aunque sus ropas eran menos formales que en otras ocasiones. El joven vampiro beduino, el muchachito que tantas veces la acompañó cuando mortal y que seguía haciéndolo actualmente, vestía unos jeans claros y una camiseta negra, sin mangas, junto a una americana color hueso.

Antoine se encontraba solo, sentado ésta vez en el piano de su amada compañera, con una chaqueta roja, muy similar a la que solía usar Lestat, y unos jeans negros. Se encontraba descalzo, como homenaje a su querida Sybelle, y jugueteaba con las teclas del instrumento.

Al otro extremo, vigilando los diversos aparatos, se encontraba Daniel dispuesto a transcribir el encuentro, como cada noche. Parecía emocionado. Había escuchado durante años a Sybelle tocar, incluso compartido con ella momentos tensos en noches que ya parecían sólo una pesadilla, y ahora podría escucharla hablar de sus anhelos.

—Bienvenidos una noche más a La Voz de la Tribu—dijo Benjamín tras conectar los micrófonos—. Si nos sintonizan por primera vez me presento, soy Benjamín Mahmoud, Ministro de Comunicación del Príncipe Lestat y vuestro servidor. Estoy aquí, como cada noche, para escucharos a vosotros y responder a vuestras dudas—hizo un pequeño inciso acomodando su sombrero y acarició el micrófono por la base—. De vez en cuando, cada dos semanas aproximadamente, tenemos una visita al estudio—. Entonces, como de la nada, Antoine comenzó a tocar una pieza única, exclusiva, de piano. La había llamado Ángel Sybelle, en honor a la belleza celestial que poseía la joven vampiro. Era una pieza apasionada, pero tenía momentos de tranquilidad. Podías apreciar la dualidad de la pianista—. Hoy nuestra pianista ha cedido su piano a nuestro violinista habitual, Antoine tocará para nosotros. Sybelle, mi hermosa amiga, conversará con nosotros.

—Así es—dijo interviniendo David—. Ella nos acompañará. Soy David Talbot, algunos ya me conocerán por haber sido el director de Talamasca o compañero en numerosas aventuras de Lestat. Aquí estoy acompañando a Benjamín, el cual desea desentrañar nuestro complejo mundo—expresó—. Hoy me encuentro al lado de una mujer excepcional, alguien que ha curado almas solitarias con su música, y ella es la pianista inmortal Sybelle. Bienvenida, amiga mía— susurró provocando que ella se sonrojara ligeramente.

Ella parecía un ángel con aquel vestido de gasas blancas. Su cabello estaba recogido, salvo por algunos mechones sueltos de forma estratégica, realzando así su cuello y facciones delicadas. Cuando fue a dar las buenas noches sonrió dulce y tímida.

—Buenas noches a todos. Soy Sybelle, mi creador es Marius Romanus y fui creada para acompañar a Armand en su largo viaje por éste mundo. Desde hace años muchos me escucháis tocar el piano—dijo con un tono de voz suave, pero sin titubeos—. Toco para que la soledad, el miedo o el dolor desaparezcan. La música puede ser una terapia para aquellos que sufren dolencia en sus almas o en sus cuerpos, pues está científicamente comprobado que influye en el cuadro del paciente. No soy médica, ni científica, y tampoco lo pretendo. Sin embargo, he leído numerosos informes divulgados desde hace años. Ésto que hago es por amor, tanto a la música como a todos ustedes.

Aquella bondad, esa delicadeza y, sobre todo, su don natural para transmitir fue terriblemente encantador. Las llamadas empezaron a colapsar la centralita, pero esa noche no se iba a aceptar llamadas. Cuando eran entrevistas no se aceptaban, aunque se tomaba en cuenta los mensajes y se trasladaban estos a los invitados.

—Fuiste el primer ser humano en decirle “Te amo” a Armand—comentó David Talbot—. ¿Sigues amándolo?

—¡Por supuesto! Él dice que no sabe amar, pero es mentira. Me ha demostrado que sabe amar, aunque a veces sea torpe demostrándolo—dijo absolutamente convencida—. Incluso ama a Daniel Molloy, nuestro soporte en la cabina de la radio, pese a sus tercos comentarios sobre su desinterés. Es como un niño, un adolescente cabezota, que no quiere aceptar sus derrotas o el daño—miró entonces a Benjamín y frunció ligeramente el ceño—. Igual que tú, Benjamín. Te amo muchísimo, pero discutes con él por niñerías.

—¡No son niñerías!—replicó enfuruñado—. Me trata como si fuese un niño...

—Porque para él lo eres. Es un vampiro muy antiguo y somos muy jóvenes. Él quiere que aprendamos de sus errores, pero uno sólo aprende de los errores propios—contestó estirando sus manos hacia la diestra de Benjamín. Las cerró entorno a esa pequeña mano, acariciando sus dedos y sonrió—. Te dio todo, cariño. Una casa, libertad, todo lo que pudieses soñar y amor. Te ha dado amor y ha intentado comprenderte—aquellas palabras provocaron que el joven soltase un par de lágrimas—. Nos libró de Fox.

—¿Qué sientes por Fox ahora que está muerto? ¿Y por qué no huías de él?—intervino David.

—Nada. No siento rencor ni amor. Sólo deseo que su alma sea feliz, pues en éste mundo jamás lo fue. Estaba frustrado y envenenado por las drogas, la avaricia y las mentiras—susurró acomodándose mejor, soltando la mano de Benjamín y girando su rostro hacia su otro compañero.

David era apuesto, amable y comprensivo. Intentaba que ella pudiese hablar con normalidad de aquel asunto. Su hermano la había vejado, maltratado y provocado grandes problemas. Él sabía porqué no huía, pero quería estar convencido. Podía intuirlo, pero no saberlo a ciencia cierta.

—No huía por miedo a ser atrapada de nuevo y, por supuesto, tomara represalias contra mi pequeño beduino—se refirió con dulzura a Benjamín, el cual se había secado rápidamente las lágrimas con uno de sus pañuelos de seda.

—¿Qué sientes cuando tocas el piano?—preguntó el muchacho mirando a su dulce Sybelle, la mujer que lo había cuidado nada más tenerlo a su lado. Ambos fueron como pequeñas aves enjauladas, las cuales vivían ahora en un jardín salvaje lleno de flores y color.

—Libertad y compromiso. Libertad porque puedo expresarme tal y como soy. Compromiso porque quiero ayudar a todos y mejorar, como hace Antoine, cada noche—expresó su deseo, y al hacerlo Anotine llevó la pieza a una vorágine de locura sin igual.

—¿Cómo te sientes ahora que todo lo malo parece haberse marchado?—preguntó Benjamín.

—¿Te refieres a Fox? Pues libre y tranquila. Pero si te refieres a La Voz, Amel, creo que incómoda aún. Recuerdo a todos los que han muerto y me entristezco muy rápidamente, pero sé que la mayoría ahora está en paz—aclaró con esa voz tan dulce—. Lo malo tiene un momento, que parece eterno, pero es igual que los momentos buenos, sólo que éstos parecen más escuetos.

—Una última pregunta, antes que te vayas—dijo Benjamín—. ¿Cómo te sientes ahora al conocer a tantos vampiros? Ya no somos una pequeña familia, sino una enorme.

—¡Dichosa!—dijo alzando la voz con los ojos iluminados—. Me maravilló conocer a Bianca, igual que entablar una conversación fluida y dulce con Flavius, Gregory o Zenobia. Pero, sobre todo, amo estar ahora acompañada al piano por Anotine. Él compone para mí muchas partituras, pues dice que es mi más fiel seguidor—río bajo y se levantó del asiento—. Lo siento, tengo que marcharme ya, pues necesito hacer algo con urgencia.


Sus pies, descalzos como los de su compañero, se movieron rápidos hasta alcanzar la posición que siempre tomaba. Se sentó junto a él, al piano, y besó con ternura su mejilla. Ambos empezaron a tocar a dúo dejando a Benjamín cerrar así la noche, con una breve entrevista, que le sacó un suspiro de amor hacia su, por siempre, amada Sybelle.  

domingo, 13 de septiembre de 2015

Emisión 7 - La Voz de la Tribu

La Voz de la Tribu ha vuelto. Daniel Molloy ha redactado la retransmisión de la radio por si alguien se la ha perdido. Hoy nos visitó Allessandra.

Lestat de Lioncourt


La luz era tenue en el estudio. La música llevaba sonando varios minutos. Sybelle y Antoine habían decidido tocar para Allessandra, la cual había llegado más que puntual. Estaba sentada con un aspecto impoluto y exuberante. Llevaba el cabello blanco, recogido en un hermoso moño con un lazo azul pavo real, el cual rozaba su escueto escote de aquel traje de noche del mismo tono que la tela de su recogido. Sybelle vestía de blanco una vez más, con una tela vaporosa y delicada. Antoine llevaba una chaqueta roja, muy similar a la de Lestat, con las solapas negras y unos pantalones negros ajustados de tela vaquera. Los tres disfrutaban de su mutua compañía.

En un rincón del estudio Daniel anotaba. Estaba tomando apuntes de todo lo que ocurría. Cada gesto le parecía más fascinante que el anterior. Estaban los tres algo alejados, pero parecían comunicarse con sólo algunos gestos y sin necesidad de palabras. Benjamín, sentado ya en su lugar, amontonaba algunos documentos mientras David, que se hallaba en el otro extremo de la mesa, observaba al joven vampiro con gran interés. Los tres vestían de negro, pero Daniel con un peto y una camiseta sin mangas. Tanto el encantador beduino como el viejo director de Talamasca vestían trajes de Armani.

La radio estaba conectada, así que Benjamín sólo tuvo que encender su micrófono y hablar como solía hacer todas las noches. Si bien, era noche especial. Era la noche de las entrevistas. La Voz de la Tribu comenzaba.

—Una noche más estamos con todos ustedes—dijo con una ligera sonrisa producto de cierta satisfacción—. Hoy estoy de enhorabuena, pues podemos hablar con una vieja compañera de Armand. Ella es Allessandra. Si bien, no hablaremos de su relación con éste, sino de lo que ella realmente siente—. Buenas noches, Alessandra—se giró hacia ella y la miró a los ojos. Por unos instantes se sintió paralizado, e incluso se sonrojó, para luego soltar una pequeña risilla—. Es un placer retenerla unos minutos con nosotros.

—Buenas noches joven Benjamín—respondió Alessandra. Su voz era madura, pero dulce.

—Realmente estamos complacidos al tenerla aquí, junto a nosotros—indicó David.

—Gracias, señor Talbot—dijo apoyando su mano izquierda sobre la de éste.

—Usted era una mujer que nació rodeada de poder, pero decidió introducirse en La Sangre—dijo David—. ¿Por qué?

Ella apartó la mano, pero lo hizo sonriéndole. Esa pregunta no la había escuchado en mucho tiempo. Hacía demasiado que no había dado explicaciones sobre sus motivos, su gran deseo de ser inmortal, porque muchos daban por hecho que eran los mismos que los suyos. No. No era por ambición. Tampoco era por deseos de venganza. Ni siquiera lo había hecho por amor. Ella lo hizo porque no quería morir y deseaba conocer. Eran unos motivos muy similares a los que tenía Gabrielle.

—Todos tenemos miedo a la muerte y ese fue el principal motivo—explicó sin sobresaltarse, sin borrar su sonrisa y sobre todo con un tono de voz muy cercano.

—¿Hubo otros?—intervino Benjamín que había quedado en un segundo plano.

La música entonces ascendió en una borágine de notas apasionadas, para luego ser dulces y sumisas. Parecía que la música bailaba alrededor de ellos indicándoles que estaban allí, que Sybelle y Antoine estaban allí deseosos de escuchar su historia.

—Quería conocer—dijo—. Todos deseamos conocer qué ocurrirá en un futuro—. Hizo una breve pausa, miró a todos los presentes y se acomodó la falda de su vestido, para luego continuar—. Sólo se puede lograr eso siendo inmortal, aunque muchos escritores o artistas dicen que ellos también lo son porque sus obras pervivirán. Si bien, yo quería ver el mundo—su rostro se volvió entonces serio, como si fuese una máscara, para luego dulcificarse una vez más—. No quería ser recordada como la hija de un rey.

—Ha sufrido un gran cambio físico, pero también mental. ¿Le ha costado adaptarse a los nuevos tiempos?—David siempre tan caballeroso, siempre deseando saber cómo se hallaban los invitados y si se encontraban cómodos. Él siempre pensaba en todo, pero Benjamín también lo hacía. Sin embargo, el joven compañero de Armand disfrutaba demasiado de aquello, se dejaba llevar como cualquier oyente.

—Pese a mi aparente muerte, convertida en jirones de aquella que fui, estuve conectada con el mundo—acomodó sus manos sobre su falda y luego rió. Su risa era fresca—. ¡Me parece fascinante! Es fascinante y encantador, aunque a veces siento la carga de la soledad.

—¿Por qué aceptó entrar en La Secta de la Serpiente?—preguntó entonces Benjamín.

—Necesitaba creer en algo más allá que vivir por vivir—explicó—. Creo que ese fue el principal motivo.

—¿Por qué se tiró al fuego? Lestat les dio otros motivos. Motivos distintos, pero motivos—dijo David.

Él disfrutaba de ella como nunca. Había leído sobre su historia en los archivos. Conocía bien su pasado como mortal, pero poco sobre su pasado como inmortal. Tan sólo sabía que Lestat la llamaba la Reina Loca. Ella no estaba loca, sino perdida. Estaba completamente perdida entre el deseo, el miedo, el pánico, los sueños, la verdad, las creencias y las mentiras. Ahora parecía ser libre de nuevo y poder sentirse ella misma.

—Ya no sabía en qué creer y sentí que sólo era un obstáculo para el mundo—expresó con tono quedo.

—¿Y ahora? ¿Se siente obstáculo para el mundo?—deseó conocer Benjamín.

—Creo que ahora puedo compartir mi experiencia con los más jóvenes. Animo a todo aquel que me busque. Estoy en París. No me he movido demasiado de los viejos lugares que solía visitar.

Aquel mensaje era una curiosa invitación. Realmente quería reunirse de jóvenes porque estos conocían mejor el mundo. No era la primera ni sería la única. Muchos vampiros milenarios lo habían hecho. Maharet lo hizo durante algunas décadas.

—¿Le gusta la compañía?—preguntó David.

—Me encanta. Siempre me ha encantado—dijo ella.

—Es usted realmente maravillosa—susurró David, aunque se pudo captar perfectamente por el micrófono.— Comprendo la fascinación que tiene el Príncipe por usted.

—Todos sois encantadores y soy yo la fascinada—miró a Antoine y Sybelle, tocando con soltura y pasión, para luego seguir hablando—. Sobre todo por esos dos jóvenes. Hacen una pareja de músicos brillantes. Amo como tocan. Hacen que todo el dolor se vaya.

—¿Aún siente dolor?—preguntó David algo consternado.

—Tantas pérdidas, tanto daño, tantas mentiras y verdades hacen daño a la larga. Sin embargo, me alegra que Amel, como todo lo ocurrido, me hiciesen volver. Prefiero sentir dolor a no sentir nada.

Sus últimas palabras, sobre el dolor lo conmovieron. Hicieron que David comprendiera bien lo que ella quería decir. Benjamín no pudo comprenderlo del todo, pues para él el dolor significaba sufrir demasiado y él detestaba sufrir.

—Esa era nuestra última pregunta, pero ¿desea decir algo a la audiencia?—dijo Benjamín. Tenía sus hermosos ojos fijos en los de Alessanda y ésta estaba a punto de abrazarlo, besarlo y decirle que era precioso. Sin embargo, se abstuvo.

—Intenten aprender y comprender. Escuchen más, amen más, deseen más y vivan más. No vale la pena discutir con aquellos que no te importan ni te harán bien—aquellas palabras no parecían salidas de ella, de la mujer que fue tachada de loca. Sin embargo, lo eran.

—La semana próxima estará con nosotros Notker. Él desea hacer un comunicado para todos los jóvenes vampiros que sean músicos y artistas—comentó Benjamín—. No olviden de sintonizarnos todos los días, pero sobre todo aquellos en los cuales las entrevistas se hacen en el estudio.


Con aquellas últimas palabras la música quedó como predominante, pero se podía escuchar las carcajadas de Alessandra bailando con David, el cual la guiaba a la perfección. También se pudo escuchar los aplausos de Benjamín y cómo éste corrió hacia Sybelle para abrazarla por la cintura, sin dejar que ella parase su concierto. Daniel siguió escribiendo, pero también hacía algunos bosquejos. Marius le había enseñado como realizar dibujos rápidos, aunque no era demasiado bueno.  

domingo, 6 de septiembre de 2015

Reglas

Daniel Molloy nos habla en éste artículo de la importancia de las reglas. Creo que vivir con Marius le afecta.

Lestat de Lioncourt


Las reglas, o leyes, son importantes en toda sociedad. En los albores del hombre la sociedad no establecía reglas mediante la escritura, sino con el simple lenguaje corporal. Todos sabían que había situaciones en las cuales se debía actuar de determinada manera, así como realizar los enterramientos con cierto tipo de cuidados u organizar las labores dentro de la estructura social de la época primigenia. Se basaba en simples mecanismos de supervivencia. Actualmente son demasiado complejas y llegan a ser opuestas a otras previamente fijadas. El ser humano evoluciona, modifica sus estigmas y rompe tabúes.

Actualmente nuestra tribu está logrando tener unas reglas básicas, las cuales serán fijadas con la mayor celeridad posible. Éstas tendrán que ser seguidas por todos y cada uno de nosotros. Son reglas cuidadas que buscan la concordia y supuesta equidad. Muchos jóvenes vampiros se movían por el mundo con algunas de ellas, las cuales habían sido mencionadas ligeramente en las diversas novelas, que no son más que recopilatorios de vivencias, sobre nosotros.

Es muy difícil vivir en una sociedad salvaje donde impera la ley del más fuerte, las venganzas se secundan como si fuesen un juicio justo y se limitan a escarbar tan sólo en la superficie. Lestat ha destinado a varios de los nuestros, especialistas en sobrevivir entre la gran multitud de criaturas que nos depara éste mundo, para que de ese modo todos podamos apreciar la paz como un hecho y no como un sueño, una utopía o algo que simplemente aparece en el imaginario colectivo.

Se pretende alcanzar la paz, pero también el buen funcionamiento de las diversas instituciones vampíricas. Éstas instituciones son los ministerios, como así ha estado fijando Lestat desde hace meses. El ministerio de comunicación está en las manos de uno de los vampiros más jóvenes, pero también especializado en las nuevas tecnologías y que ya cumplía su respectiva función. Benjamín está logrando unir el pasado con el presente, llegando a todos los tipos de seres que cohabitan con nosotros. Los vampiros y los humanos no somos los únicos.


Fijar las reglas es importante, pero lo realmente primordial es que se cumplan. Necesitan ser claras, sinceras y efectivas. Por eso mismo Marius modifica ciertos matices para que éstas queden expuestas ante nuestra sociedad. No somos un secreto. Somos una verdad tangible.  

sábado, 8 de agosto de 2015

Sin temores

Yo ya se lo he dicho, pero a mí no me hace caso. ¿Hará caso Armand a Benjamín?

Lestat de Lioncourt


—Tu problema, Armand, es que temes la felicidad—dijo recostado en el diván.

Tenía el sombrero ligeramente inclinado sobre su rostro, sus brazos estaban tras la nuca y sus piernas se encontraban cruzadas con las botas sobre la mesa de cristal donde se hallaban apiladas algunas revistas. Benjamín ya no era un niño. Él podía emitir juicios para nada precipitados. Conocía bien los miedos de quien consideraba un igual, un amigo, un hermano, un compañero y un gran virtuoso del engaño. Amaba a Armand, pero también comprendía que debía ser crítico si deseaba ver algún cambio en él. Odiaba observarlo como una escultura perfecta de un ángel retorcido. Quería que su rostro cobrara vida y se animara a indagar en sus yagas.

—No temo a ser feliz. Soy feliz—respondió con rotundidad.

—Sí, ya veo lo feliz que eres—murmuró con una sonrisa dibujada en sus labios.

—¿Por qué crees que no lo soy?—se incorporó del sofá donde él se hallaba, dejando atrás el libro que había estado ojeando y concentrándose en la figura menuda de Benjamín.

Ambos vestían trajes similares, sólo que el de Armand era blanco y el del joven vampiro era negro. Los cabellos rojizos del centenario vampiro rozaban su angelical rostro, el cual estaba completamente girado hacia quien consideraba su pequeño Benji. Para él aquella criatura seguía siendo el locuaz niño que abrazaba, besaba y adulaba. El tiempo había pasado demasiado rápido. Sólo fue un suspiro, un pequeño guiño y un aplauso en mitad del silencio.

—Temes conocer realmente lo que es amar, pues lo hiciste una vez y fallaste—dijo incorporándose, para quedar cara a cara con aquel del que aprendió tanto, pero a su vez no aprendió nada. Eran muy distintos. Armand estaba inclinado hacia él y él quedó a pocos centímetros de su rostro—. Siempre temes...

—He sufrido demasiado...


—Has, pero ahora no. Deja de lamentarte, por favor—dijo enérgico. Acabó levantándose para irse hacia la puerta, girar el pomo y salir de allí. Si bien, antes de marcharse se volteó y lo miró a los ojos—Ama. No pierdes nada—comentó colocándose bien el sombrero—. Quien no apuesta no logra nada.  

jueves, 9 de julio de 2015

Gracias a ti

Benjamín se ha convertido en una pieza fundamental de nuestra tribu. Es un buen compañero y creo que debería ser escuchado y no sólo permitirle escuchar.

Lestat de Lioncourt


A veces me siento impotente. Observo todo desde la distancia e intento convencerme que es lo único que puedo hacer. Frente al micrófono relato el sufrimiento que puedo contemplar en los ojos de otros que me observan como si fuese su única voz. Recuerdo los tiempos en los cuales tan sólo tenía que cargar con mi sufrimiento, pero ahora es distinto. Quizás, sólo quizás, es eso lo que me ha hecho cambiar. He madurado demasiado rápido. Tal vez tan rápido que Armand aún no comprende que no tiene ante él a un niño, ni un adolescente, sino a un hombre. Acepto que aún poseo cierta inocencia. Una inocencia primaria, muy básica, en la cual demuestro ilusión por cosas sencillas que pasan desapercibidas para el común de los mortales, e incluso para mis compañeros.

No hablaré de mis tristes orígenes, tampoco de la miseria en la cual me vi envuelto. Soy una rata callejera que terminó convirtiéndose en la voz de la calle, de los muertos y de los que aún vivían con heridas tan profundas como las mías. Me compadezco de otros porque a mí me gustaría que he hubiesen compadecido, escuchado y ayudado. Tan sólo tiendo mi mano, una línea de teléfono y un programa donde hacerse escuchar es sencillo.

Recuerdo cuando me aproximé a Armand decidido a convencerle sobre mi fantástico proyecto. Él me había cedido parte de sus riquezas, también tenía el apoyo de nuestro creador. Para mí Marius es mi amo. Yo fui creado desde la esclavitud, igual que aquel hermoso Amadeo que una vez se deslindó de sus alas y se convirtió en el niño mugriento que caminaba descalzo por París. Aquella noche discutimos, pero no fue una discusión brusca. Casi nunca discutimos de forma brusca. Nuestras discusiones son pausadas, sosegadas a veces, pero terminan siendo explosivas por los portazos y los golpes sobre la mesa. Sé que el me ama y que teme que me exponga demasiado, pero no puedo quedarme quieto sin hacer nada. No quiero ser un empresario brillante que conduce un lujoso deportivo. Prefiero engañar a muchos haciéndoles creer que todo es mentira en esa página donde los vampiros claman por ser escuchados y por escuchar a otros.


Hoy ha escuchado el programa. Sé que está inquieto. Pronto podrá de nuevo escuchar nuevas entrevistas conjuntas con otros vampiros. Teme que su corazón se debilite y quede de nuevo frágil. Cuando le conocí era la sombra de lo que ahora es. Desconozco como ha podido vivir con tantas heridas y dolor, también como puede aún hoy guardar cierto rencor. No le profeso lástima, sino piedad. Me apiado de sus sueños rotos, de sus alas maltrechas, de sus sentimientos confusos y de su necesidad de ser amado. Yo le amo. Creo que incluso he llegado a amarlo más que Marius. Para mí es un pilar fundamental en mi vida, pero también soy consciente que somos muy distintos. Sin embargo, amo bailar a su lado, dejándome llevar por cualquier tipo de música y besar sus labios con sincera devoción. Doy gracias que me permitiera ser lo que soy. Me ha permitido ser el bálsamo para muchas heridas.  

lunes, 6 de julio de 2015

Archivo Talamasca - El hombre lobo

David y Molloy están investigando y eso es alentador. Me gusta que investiguen y encuentren nuevas informaciones que todos podamos usar. Benjamín se está haciendo con un buen equipo. Aquí tienen un archivo que hemos llamado "Talamasca" porque está vinculado con los miembros y la información que estos poseen.

Lestat de Lioncourt


—Hazme el favor de decirme porqué estamos aquí, porqué te he acompañado y he aceptado que me involucres en ésto—dijo con las manos metidas en los bolsillos de sus tejanos.

Estaban caminando por un oscuro y espeso bosque cerca de la frontera con Canadá. El murmullo de un riachuelo cercano era constante. Sus pasos hacían crujir las hojas secas, las pequeñas ramas y los huesos de algún animal pequeño e insignificante que ya había sido devorado por los insectos. Molloy caminaba a duras penas tras Talbot, que como si nada caminaba por allí como si fuese un lujoso salón de baile. Las ropas de ambos eran muy diferentes.

—Deberíamos estar en la radio—recalcó su molestia con un gruñido.

—Benji necesita información de primera mano y Lestat también. Nos han pedido que investiguemos sobre otras criaturas, ¿no es lo que tú deseabas hacer? Querías volver a éste mundo y lo haces a mi lado, con mi apoyo y con el apoyo de Benjamín. No deberías ser tan terco, ¿acaso estás siendo influenciado por Marius?—dijo girándose suavemente hacia el otro vampiro. Tenían casi la misma edad en las sombras, tan sólo se diferenciaban por un par de años. Molloy había conseguido ser vampiro después de algún tiempo implorando, Talbot fue por sorpresa y cayó en un círculo vicioso del cual jamás desearía salir—. Daniel—susurró su nombre con aprecio—. ¿Recuerdas la cinta?

—No quise verla—aclaró.

Aquellas cintas que habían sido grabadas por un viejo compañero de Daniel, esas mismas que habían sido copiadas y distribuidas a Talamasca, su extraño círculo de inmortales y dirigentes en las sombras, así como al resto de vampiros con la idea de reconocer a los que salían, sus voces, sus recuerdos y averiguar si aún había supervivientes que conocieran a esos desdichados, que pudiesen consolarse con ese pequeño y maravilloso recuerdo, había traído también algo más.

—Hay un ser extraño. Es descrito por mi amigo y fotografiado en un par de ocasiones—susurró deteniéndose—. Estamos aquí porque aquí dicen que han visto a seres como él.

—¿Un espíritu?—dijo apoyándose en uno de los grandes y gruesos abetos.

—No—dijo con suavidad y paciencia—. Lobo.

—Lobo... ¿un lobo? ¿Te refieres a ese tipo de lobos que por las mañanas son humanos y al llegar la noche se convierten en bestias? ¡Estás loco! ¡Hemos venido sin armas! ¡Con las manos desnudas!—gritó asustado mientras intentaba volver tras sus propios pasos.

—Tienes la sangre de Armand—contestó alcanzándolo. Lo había agarrado de los brazos y detenido así su marcha. Pero cuando iba a hablar para calmarlo se calló, le tapó la boca y escuchó los pasos de otro ser.

Unos ojos amarillos aparecieron en mitad del bosque, entre los arbustos, y acabó alzándose hasta llegar a los dos metros. Era un ser musculoso, peludo y con el hocico ensangrentado. Los colmillos de aquella bestia, de ese horrible ser, eran gigantescos y podían romper con facilidad los huesos de cualquier animal e incluso los de un ser humano. No era un humano, pero tampoco era un lobo. Podía caminar a dos patas, las cuales se asemejaban ligeramente a las piernas humanas, y clavaba sus garras en los árboles cercanos para apoyarse y avanzar.

David se aferró fuerte a Daniel y éste a él. Parecían dos amantes en pleno París, pues se miraron con complicidad. El antiguo hombre de Talamasca hizo un guiño, uno pequeño aunque fácil de contestar, y Daniel lo respondió con una ligera sonrisa nerviosa. Entonces, antes que ese ser pudiese clavar las zarpas a alguno de ellos, se alzaron por los aires y comenzaron a viajar de forma opuesta al sol.

—La próxima vez que quieras cazar a un lobo o vigilarlo... ¡Llama a un experto! ¡Díselo a Lestat!—gritó aferrándose con fuerza a su compañero.

—Es una lástima que lo encontráramos en su versión de lobo... puede que él conozca al que aparece en las fotografías. Tal vez el estrés provocó que se convirtiera en ese engendro, pues no había luna llena. ¡Quién sabe!—gritó eufórico—. ¡Ah! ¡Talamasca tiene tan poca información de ellos!


Aquella noche no hubo radio. Benjamín se reunión con ellos y decidieron no informar al resto de la noticia hasta que fuese confirmada. Algunos espectros y espíritus podrían ir a la zona, investigar y responder con nueva información. La noticia podía salir a la luz la semana siguiente, pero antes debía ser corroborada.  

domingo, 28 de junio de 2015

Deseos y milagros

La silenciosa capilla del castillo parecía más acogedora que noches atrás. Las pequeñas velas cercanas al altar, las cuales llevaba días sin encender, iluminaban la simple, pero hermosa, imagen de Jesús crucificado. Su rostro era de paz absoluta, las pequeñas gotas de sangre estaban magistralmente pintadas sobre la talla y las manos, ensangrentadas y torturadas, parecían desear desenclavarse para tomar mi rostro. Me sobrecogía aquella imagen aún hoy día, cuando ya no sentía miedo por Dios o el Diablo. No había veneración en mi alma, pero sí esperanza. Deseaba creer en la bondad de su discurso y en la bondad que había visto en muchos mortales, espíritus, compañeros de viaje y diversos seres que había encontrado en mi precipitado camino por la inmortalidad.

Él estaba allí. Vestía su hermosa levita de terciopelo negro y estaba reclinado hacia delante. Sus codos se apoyaban en el respaldo del banco que se hallaba frente a él, su espalda estaba encogida como sus hombros, y sus cabellos caían ligeramente sobre su frente. Tenía el pelo largo y ondulado, tan negro como el azabache, y resaltaba su piel blanca, como el mármol más exquisito.

Me aproximé a él y pude contemplar su soberbia vestimenta. Llevaba unos pantalones de vestir oscuros, una camisa blanca y una corbata verde como sus encantadoras esmeraldas. Decidí tomar asiento a su lado acomodando el encaje de mi camisa de chorreras, cruzando mis piernas enfundadas en un cómodo pantalón de cuero y dejé que mis botas, algo robustas, rozaran ligeramente la banca en la cual se apoyaba.

—¿Orando?—pregunté—. ¿Qué milagro estás pidiendo?

—Si tuviese que pedir un milagro, Lestat, posiblemente pediría sensatez para ti...—dijo con una sonrisa socarrona.

—Preferiría que pidieras otro—susurré apoyando mi cabeza en su hombro. Mis rubios cabellos rozaron su chaqueta, mezclándose con los suyos, mientras aspiraba la paz de aquel lugar. Olía a cera, a Louis y también a mi hogar. Estaba en Auvernia donde todo había comenzado, pero donde todo estaba volviendo a iniciarse nuevamente con una fuerza extraordinaria.

—¿Cuál?—interrogó incorporándose.

—Un beso mío—dije muy próximo a su mejilla—. Uno de esos besos llenos de sensualidad que tanto rubor te provocan.

—Oh, sí... —respondió girándose hacia mí—. Sólo que ese milagro sería muy complaciente para ti, pero ¿y para mí?—me tomó del rostro y me miró a los ojos. Me perdí en aquel bosque verde lleno de esperanza y sentimientos encontrados. Podía leer su rabia por los años de silencio, por derrotas y pérdidas, pero también un amor insondable y una pasión exacerbada.

—No seas cínico—respondí antes de robarle un beso, pero de inmediato me apartó—. Louis...

—Lo siento, Lestat. Si te doy todo lo que deseas siempre, ¿qué tendré para conseguir mis caprichos?—dijo acomodándose la chaqueta.

Me quedé allí observando como se marchaba hacia los jardines. Me quedé apoyado en el banco mirando a Jesús clavado en la cruz, las velas iluminándolo todo y las sombras sinuosas que se creaban en el fresco que Marius había pintado para mí. Los ángeles me miraban con sus hermosos rostros tan similares a los de Armand o Benjamín.


—Ah... bastardo... —chisté.

Lestat de Lioncourt  

sábado, 6 de junio de 2015

Quiero...

Sybelle es noble, aunque siempre me pareció algo descentrada. Admito que para ser creativo hay que estar algo loco... Nicolas lo estaba.

Lestat de Lioncourt

En los albores de la vida, cuando el ser humano prácticamente no sabía comunicarse, estoy segura que la música era imprescindible. Formaba un vínculo más allá del entendimiento y del idioma. La naturaleza misma posee un ritmo, una cadencia, unas notas, una melodía, una verdad y una canción que puede remover miles de sensaciones y sentimientos que creemos dormidos bajo la fina piel de nuestros sueños. Nos convertimos en esclavos de la música, pero a la vez somos los reyes junto a las aves.

Yo era un ave. Mi canto era mi llanto. La música que ascendía por las paredes pintadas de mi habitación, una hermosa jaula llena de lujos, era terrible aunque perfeccionada con el paso del tiempo y la práctica. Las aves no cantan, pues se lamentan de la libertad que no llega. Por eso, ahora que soy libre, canto para otros que no han podido librarse de las cadenas.

El ser humano ha demostrado que la música es una terapia. Científicos humanos han determinado que un paciente enfermo sana mucho antes con música que sin ella. Desde la radio intento sanar a todos aquellos que me escuchen sin importarme sus orígenes, la verdad que contienen o sus pasos por éste mundo. Deseo ser empática y llegar más allá de la superficie. Quiero introducirme en sus almas, unirme con ellos y sanar cada herida que aún está abierta. Deseo hundirme en sus ojos, contemplar la belleza que poseen pese a la oscuridad que les rodea, y besar sus labios sin siquiera estar a su lado. Quiero ser música para que sus espíritus me respiren hasta alzarse con las fuerzas necesarias.

La vida es música, y yo deseo ser vida. Puede que parezca una locura y un extraño sueño, pero mi único deseo es devolverle al mundo la bondad que otros arrebataron. Deseo llevar conmigo el amor que otros convirtieron en odio y rencor. Quiero ser la semilla que haga germinar mil flores en un jardín desértico. Me convertiré en lluvia y sol, seré el viento meciéndome en las ramas y también los insectos zumbando entre los pétalos más carnosos. Seré la verdad más dulce en un camino amargo. Eso deseo.


Primero toqué para mí, pero luego lo hice para ellos. Benjamín y Armand siguen siendo mi prioridad, mis corazones, aunque sé que el mundo necesita que rompa el silencio del dolor y lo arranque de raíz.  

jueves, 4 de junio de 2015

Ira

Marius y su ira. Es demasiado irritable, pero esta vez la culpa es suya. Llegó tarde, ¿verdad?

Lestat de Lioncourt


Se personó frente a mí. Llevaba sus viejos atuendos. No había nada de “bárbaro” en él. Sus pies estaban calzados con unas simples sandalias de cuero de suela baja, su túnica era roja como la sangre y sus cabellos se encontraban sueltos, ligeramente desarreglados, aunque su rostro estaba despejado. Tenía una belleza comparable con la de Jesucristo en los altares, pero no era más que el hipócrita que seguía siendo la causa de mi maldición.

Olía a pinturas. Podía aspirar los distintos químicos que había usado para intentar limpiar la pintura de su piel inmortal, casi marmórea, mezclado con el incienso y la cera. Había estado pintando otra vez algunos frescos con la técnica de antaño. No sabía porque había regresado a mí, buscándome en el enjambre de la ciudad y hallándome en aquel tugurio que solía frecuentar Benjamín. Él estaba en un reservado, bebiendo de sus pocos amigos mortales y sonriendo encantador a los halagos de todos esos ineptos. Por mi parte, como siempre, me hallaba en la barra del bar intentando soportar la insulsa charla del camarero. No sabía como él, un ser que decía detestar esos ambientes, estaba allí buscándome con aquellas ropas que parecían de carnaval y con sus ojos inyectados en una rabia incomprensible.

—Te he estado buscando—dijo en tono severo—. ¿Por qué no estabas en tu apartamento?

—Hago vida social—respondí recostado de lado sobre la barra—. Te presento a Marcos. Él es el camarero más insufrible que conozco, pero su compañía es mil veces más enriquecedora que la tuya—susurré con malicia en un tono que aquel idiota mortal no podría escuchar—. Ah... los padres... ¡Qué pesados!—dije en voz alta—. Marcos, ¿alguna vez te han decepcionado tanto que te han roto el corazón en mil pedazos? Mi padre lo ha hecho tantas veces que ya perdí la cuenta.

El muchacho se quedó observando al idiota que tenía frente a él. Un idiota majestuoso, con un aire imponente, que miraba con rabia al chico. Creo que sólo veía a una cucaracha con un impecable uniforme. Sin embargo, el chico era atractivo. Tenía una boca llena, muy apetecible, y unos ojos castaños profundos y sensuales. Su piel era tostada, como la de Benjamín, y su cabello corto dejaba entrever que era rizado y espeso. Sin embargo, su diálogo era insufrible y sus sonrisas coquetas inaguantables.

—Vine a por ti. No quiero reproches—respondió.

—Armand—la voz de Antoine destacó de entre la multitud.

Allí estaba él, el músico que acepté en mi vida y en mi nueva historia, caminando entre los hombres y mujeres que atestaban el local. Vestía un traje negro impecable y una camisa azul pastel a juego con sus hermosos ojos. Cuando llegó hasta nosotros me abrazó, rodeándome por la cintura, mientras dejaba un pequeño beso en mi frente.

Marius estalló en cólera silenciosa. Finalmente dio media vuelta sin decir nada más, para luego marcharse del local. Minutos después una ráfaga de aire hizo explotar todos los cristales hiriendo a numerosos clientes. Varias alarmas de los vehículos cercanos empezaron a sonar, sus cristales habían estallados y algunos estaban quemándose. Olía a goma quemada, pero también a tapicería y plástico que se consumía con rapidez. Muchos empezaron a chillar e intentaron huir por la puerta trasera. Benjamín apareció abrazándose a mí, pero yo no tenía herida alguna. Antoine también se encontraba ileso.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt