Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 11 de junio de 2016

Discusión

Marius y Mael discutiendo cuando la Reina... ¡Ja!

Lestat de Lioncourt 

—Siempre diciendo estupideces—argumentó.

—Aquí el único imbécil eres tú—replicó.

—Después de ti, amigo mío, porque no hay nadie que te supere en este mundo—dije mientras tomaba asiento en la mesa de reuniones.

Había caminado durante días para reunirme con todos. San Francisco no era mi lugar predilecto. De hecho, odiaba las ciudades sobrepobladas llenas de contaminación y apatía. Las almas que allí habitaban no eran puras y desconocían lo que era ser libres. Estaban intoxicadas con el humo de los cigarrillos, las enormes chimeneas de las fábricas y la comida basura. Eran un desastre como individuos y población. La vida germinaba marchita y se extendía más allá de los emblemáticos edificios del centro bursátil.

Yo me dedicaba a pasear cabizbajo mientras pensaba en Jesse. El concierto iba a iniciarse. Había escuchado de todo a todos los vampiros jóvenes que se fueron acumulando en las calles, como si fuera una colmena, mientras el zumbido de los vehículos dañaba mis finos oídos. Pero ahora estaba allí en un pequeño remanso de paz olvidando lo que había allí fuera. Estábamos reunidos y las conversaciones se mezclaban. No tenía intención alguna de discutir con Marius, pero comencé a hacerlo como cientos de años atrás.

—¡Cómo te atreves!—dijo dando un enérgico golpe sobre la mesa, aunque no lo hizo con toda la fuerza que poseía aquel envase poderoso que era el de un demonio con colmillos, un vampiro milenario, que había visto y sentido demasiadas noches y víctimas.

—Es una virtud lo que hago, Marius. Una virtud que detestas porque no digieres la verdad cuando esta recae sobre tus acciones, pensamientos o creencias. Realmente tienes un gran problema—susurré evitando su mirada porque no quería seguir un tema que no tenía salida.

—Mi problema eres tú—aseguró.

—¿Yo? No—respondí mirándolo a los ojos.

—¡Sí!—gritó.

—Tu problema es que crees saber pero en realidad sólo eres un soberbio con demasiado tiempo libre—contesté mientras mi mirada se centraba en esa expresión tan furibunda.

—¡Mael! ¡Deberías sentirte avergonzado por lo que estás diciendo!—seguía alterado.

—¿Por qué?—pregunté sin alzar la voz— ¿Por preguntarle a otro sobre un comentario que hiciste? ¿Por qué? Sólo quería saber si era cierto.

—Pudiste preguntarme a mí—dijo.

—Tú no estabas en ese momento y no sabía si me contestarías. Estabas tan furioso conmigo, contigo y con el mundo que creí que todo ardería a causa de tu ira.

Sabía cual era su problema. Su mayor problema es que no quería ver destacar a otros por encima de su nombre. Él quería ser el elegido. Deseaba que todos le amaran y adularan como creía merecer. Sin embargo, yo cuestionaba sus acciones como muchos otros lo habían hecho a lo largo del tiempo. Muchos habían ido en contra de sus absurdas leyes pero nadie era capaz de plantarle cara mostrándole cada uno de sus defectos, haciéndole ver que estaba equivocado y que sólo era un tonto intentando parecer un genio.



sábado, 12 de marzo de 2016

Matices de amor

Una discusión que tuvieron Benjamín y Armand hace algunos años. Louis todavía vivía con ellos y Antoine no se había unido al grupo. La pobre Sybelle como siempre siendo banda sonora de la escena. 

Lestat de Lioncourt 


—¡Para ti o todo es blanco o todo es negro! ¡Hay matices!—dijo elevando la voz.

La dulce criatura había ido cambiando hacia un adulto rabioso que pasaba las horas siendo adulado por varios artistas taciturnos. Veía a todos ellos como sanguijuelas tras la fortuna que derrochaba cada noche en su propio restaurante, donde los invitaba a comer y beber hasta bien entrada la madrugada, así como en regalos de distinto valor y subvenciones a sus ridículas obras de teatro y cine independiente.

—¿Cuáles? Dime, Benji—respondí pausadamente dejando a un lado el periódico.

Esa noche había decidido permanecer en casa con ellos intentando disfrutar del calor de la familia. Louis estaba entado en su sillón favorito escuchando la música que desbordaba el piano de Sybelle. Quería sentir el calor del hogar, pero él había dispuesto que el fuego fuese su discusión sobre esos malditos liantes.

—¡Ellos son mis amigos! ¡Sólo ves maldad en todos los corazones menos en el tuyo!—Sus almendras se volvieron amargas y desafiantes, sobre todo cuando terminó su siguiente frase—. ¡Y tú eres el peor de todos! Tienes rostro de ángel, pero sólo eres un maldito demonio lleno de amargura y mentiras.

Guardé silencio esperando recuperarme del impacto de sus palabras. Ella dejó de tocar de inmediato y Louis se incorporó atónito. Por mi parte sólo le miré con una sonrisa dulce en los labios. No podía discutir con él sobre ese tema. Aceptaba que no era una monjita de la caridad, pero tampoco me tenía a mí como el centro de la maldad de este universo.

—Te he vestido, alimentado, acunado en las noches que tenías pesadillas, besado tu frente tras despejar tus revueltos cabellos negros, ofrecido libros para que saciaras tu deseo de conocimiento, permitido que instalaras esa dichosa radio en uno de los despachos, ofrecido mi ayuda en todo momento y dado mi amor sin esperar mucho a cambio. Sin embargo, para ti, soy el mayor de los monstruos porque veo como despilfarras el dinero que has amontonado gracias a tu talento, tu esfuerzo y dedicación, en unas alimañas que sólo te reportan aplausos vacíos—bajé las mangas remangadas de mi sudadera negra con el estampado de Iron Man y tomé mi vieja chaqueta de tela vaquera—. Me marcho para sentir que le importo a alguien aunque sea unos segundos antes de morir en mis manos—dije.

—Dybbuk…—susurró con aquel tono casi infantil. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su corazón parecía roto. Se quebró frente a mí como una ramita seca al ser pisada por las botas de un excursionista.

—Dime, Benjamín—contesté—. ¿Ya estás feliz tras todo lo que has vomitado sobre mí?—me acerqué a él con pasos calmos y el corazón destrozado—. Siempre soñaré con verte alto y fuerte, quizá con una pequeña perilla, diciéndome que has acabado la universidad y te vas a dedicar a recorrer el mundo entero para luego escribir un par de libros. Pensé que serías un hombre de provecho y lo has sido sin necesidad de ser humano. No has necesitado crecer ni ir a la mejor universidad, pero sigues siendo tozudo y crees que eres más listo que todos los aquí presentes—suspiré deteniéndome a pocos centímetros de él—. No, Benji. Tal es tu afán de sentir respeto por los adultos, por los que son realmente de tu edad y época, que caes en halagos vacíos—le quité el sombrero y tomé su tierno rostro entre mis manos para verlo directamente a los ojos—. Has crecido, yo lo sé, pero eso no implica que no te equivoques.

Se apartó lloroso y corrió hacia su estudio de grabación. Yo decidí irme a caminar. Necesitaba despejarme. Louis quiso acompañarme pero me negué. Necesitaba estar solo y él también. Cuando regresé para dormir en mi cómoda cama él ya estaba allí. Se había colocado uno de sus cálidos pijamas para meterse bajo mis mantas. Yo ni siquiera me quité la ropa pues sólo me deshice de las deportivas y la chaqueta.


Esa mañana de nuevo dormimos juntos como si fuéramos dos hermanos que temen a las tormentas, pues ¿no fue una tormenta lo que había ocurrido horas atrás? Una tormenta de palabras fuertes que no se sienten realmente. 

sábado, 15 de agosto de 2015

Incorregible

—¡Nunca me escuchas!—gritó furibundo—. Estoy cansado de arriesgarme la vida por ti. ¡Harto de sufrir por ti! ¿Y qué gano yo?—preguntó apretando su torso con ambas manos.

—La última vez creo que te fue bastante bien. Mírate, tienes un cuerpo joven y atractivo. ¡Oh! Sin olvidar la vida eterna...—dije sin siquiera mirarlo.

—¡Lestat! ¡Es necesario que pares y cedas! Marius tiene razón y lo sabes. Lo sabes muy bien...—dijo acercándose a mí para agarrarme de las solapas de mi chaqueta—. Lestat, hazlo de una vez. ¡Madura!

—Las frutas maduran, los vampiros sólo nos volvemos más nosotros mismos—susurré con descaro provocando que me empujara contra la mesa próxima a nosotros.

Los documentos cayeron al suelo, igual que la lámpara, y la mesa se trasladó varios metros. David estaba frenético. Decía que Louis me necesitaba más de lo que yo podía imaginar, pero que sólo hacía oídos sordos a sus necesidades. Complacía a mi compañero con bienes materiales, cosa que no era más que algo superficial. Según mi buen amigo necesitaba cambiar, convertirme en un ser menos tranquilo y dejar de ser un hombre de acción. Eso era imposible.

—Ni el diablo te detendría—chistó.

—El diablo es una marioneta de Dios y Dios un invento del hombre—respondí incorporándome mientras acomodaba mi traje—. No puedo cambiar, David. Sólo puedo responsabilizarme de mis actos, si así lo deseas, pero no puedo cambiar. Me gusta comprender el mundo, experimentar todas las sensaciones posibles y arriesgarme.

—Arriesgas algo más que tu vida...—susurró.

—Quien no arriesga ni gana ni puede ganar—dije antes de salir por la puerta de su pequeño despacho, instalado en uno de mis numerosos departamentos. Había cedido un coqueto espacio en la ciudad, aunque era algo provisional, mientras él decidía donde estar.



Lestat de Lioncourt

lunes, 3 de agosto de 2015

No tenemos remedio

Louis es a veces terrible, pero yo también. No tenemos remedio.

Lestat de Lioncourt 


—Te vas...—fue lo único que logré decir tras un largo silencio.

Estaba allí de pie en mitad de la biblioteca. Pose una pose digna de un dios. Sus largos cabellos rubios caían sobre sus hombros, rozaban sus mejillas y le daban el aspecto de un imponente león. Parecía un ser salvaje, aunque todos sabíamos que era un refinado sibarita que escogía con cuidado todo, inclusive sus víctimas. Vestía su mejor levita, la roja entallada, y unos pantalones de vestir negros, muy elegantes, que caían con gracia sobre sus lustrosas botas. Parecía realmente un príncipe, pero no dije nada sobre ello.

Durante varios días habíamos discutido incansablemente. Él parecía agotado. Yo estaba al borde de un ataque de nervios. Deseaba decirle tantas cosas que era imposible organizar mis palabras, mi mente, mis necesidades y sentidos. Quedé de pie, como he dicho, en mitad de la biblioteca permitiendo que el libro cayera a mis pies. Comencé a llorar de inmediato, sin poder evitarlo, mientras todo mi cuerpo se agitaba.

—Louis...—hubo un cambio drástico en su pose seria, casi pensativa, a una intranquila e incluso desesperada.

Se aproximó a mí y me tomó entre sus brazos. No le importó que manchara el cuello de su camisa blanca. Posé mis labios sobre su cuello, cerca de su bocado de adán, mientras me aferraba a él. Detestaba saber que huía de mí, que se marchaba de mi lado, y temía que fuese la última vez que nos viésemos. No quería separarme de él, pero había cometido muchos fallos. Mis equivocaciones le habían hecho daño.

—Sólo necesito unos días lejos de aquí, además vives bajo mi techo—dijo acariciando mis cabellos negros, enredando sus largos dedos en mis ondulas, mientras prácticamente reía bajo. Era un maldito demonio. Adoraba tenerme así—. Discúlpame si me río, pero me marchaba porque David necesita mi ayuda en un asunto. No me iba por nuestras discusiones—murmuró tranquilizándome—. Te amo. Olvidemos lo que ha ocurrido.


En ese instante me desperté sobre saltado. Me hallaba en la biblioteca. Él estaba allí. Me había quedado dormido llorando. Estaba inclinado sobre mí, arrodillado cerca del diván donde me había recostado, y antes que pudiese algo, por simple que fuese, me besó. Ese beso me despertó a una realidad mucho más amable que mis terribles pesadillas.  

viernes, 8 de mayo de 2015

Sentimientos de una mujer

Si lo hubiese sabido quizás la hubiese retenido y explicado que lo hice para no perderla. Ahora ya es tarde. Lean la carta, por favor, y comprenderán lo que deseo decir...

Lestat de Lioncourt


He observado la calle durante horas. Creo que podría describir con detalle a todo el despojo humano que ha desfilado bajo el balcón principal, ese que da al salón e inmediatamente a mi encantador piano. Mis diminutos ojos grises han contemplado con miseria el paso de la vida. Carezco de perdón por parte de Dios, si existe, y también carezco de corazón. No siento compasión por mis víctimas, pero sí un profundo y terrible dolor cuando comprendo que yo jamás tendré mi vida soñada. He tardado en hilar momentos y sentimiento. Ha sido duro comprender que nunca llegaré a anciana y jamás disfrutaré de mi primer beso. Terrible.

Mis pequeños dedos acariciaron durante horas la barandilla. Pensé en caer, como si tropezara, y sentir el asfalto con la aspereza y dureza necesaria para quebrarme en mil pedazos. Sin embargo, sé que no moriría. Sólo el fuego o el sol podrían destruirme en su totalidad, aunque he leído otras maneras igual de horribles. Actualmente no me encuentro con fuerzas de morir. Deseo vivir el tiempo necesario para planificar y lograr mi venganza.

Lestat ha aparecido con otro vestido de princesa de gasa azul, unos zapatos de charol negro y unos calcetines blancos con encantadores lazos de la misma tonalidad que la tela. Es insufrible. Sonríe como si me hubiese entregado el mejor de los regalos. Yo sólo lo he mirado unos instantes con los ojos amargos, como amargo será su final, mientras él suspiraba hastiado porque nada me complace. Finalmente Louis me ha recogido en sus brazos, me ha pegado contra su perfumado torso y me ha llevado hacia la biblioteca. Sé lo que intenta. No quiere que discutamos como cada noche. No lo soporto.


Me tratan como si fuese una niña. La niña de un par de idiotas que jamás comprenderán que ya soy una mujer. Ni mis dibujos o poseías le dicen nada. Jamás aprenderán que las canciones que he logrado aprender son tristes y demenciales. Me estoy volviendo loca. Temo perder el juicio y caer en las garras del fuego por propia voluntad. Debo deshacerme de ellos, pero primero lo haré con Lestat. Es tan estúpido. Pero tan estúpido. Creo que me quiere mucho más que Louis. No puede discutir conmigo por más de unas horas y siempre es él quien vuelve arrastrándose. Debo hacerlo.  

domingo, 5 de octubre de 2014

Discusiones acaloradas

Había decidido pasar página merodeando los viejos locales que tan bien conocía. Eran tugurios oscuros, de luces tenues, buen ambiente distendido, donde la música rock y el blues se fundían en una melodía candente que te invitaba a dejar atrás todo. Mi viejo mundo. El submundo de los desheredados. Sin embargo, nada ni nadie me puede arrebatar el optimismo. Siempre he pensado que ante el mal tiempo hay que poner la mejor de las sonrisas, tu mejor yo, porque de no ser así te arrastra la corriente y te conviertes en la sombra de lo que has sido. Persigo sueños, igual que villanos para saciar mi sed. No soy mejor que ellos, no me considero bondadoso, sólo soy un vampiro poco común con gustos refinados y extraños.

Sentarme en aquel viejo bar, al fondo donde nadie me molestara demasiado, era buena idea. Pedí un ponche de huevo, para tener algo caliente entre mis manos, mientras ojeaba a todos los que salían y entraban. Eran chicos comunes, de diversos barrios de la ciudad y muchachos venidos de la vieja Europa en busca de sueños. Los soñadores siempre terminan encontrándose, tal vez. Mi mundo era un sueño muy agradable, aunque en esos momentos podía tacharlo de pesadilla. Había renunciado a la mujer que amaba, a un imposible en potencia con hermosos ojos grises y boca carnosa, mientras mi corazón me decía que podía sanar las heridas sin olvidar, pues nunca olvido a quien amo. Siempre llevo conmigo el recuerdo, los buenos momentos, que he vivido como si fueran ayer mismo.

Allí sentado, con mi chupa de cuero y mi camiseta de rock star, podía sentirme uno más. Mis pantalones tejanos eran los mismos que había llevado la noche anterior. Las botas, estilo militar, eran algo pesadas pero me gustaban. Tenía incluso mis viejas gafas de sol violetas colocadas en la punta de mi nariz. Miraba por el borde plateado a todo el mundo, incluso les devolvía las sonrisas si llegaban a cruzarse nuestros ojos. No. No parecía un desahuciado en el amor. Sólo parecía lo que todos querían ver, un chico algo pálido con un toque rebelde como todo el mundo allí.

Entonces lo sentí. Era como si me hubiesen abofeteado con fuerza. Cuando se abrió la puerta y él entró, con ese elegante traje de sastre negro y su cabello bien peinado, pensé que era un fantasma. Pero era él. Estaba en uno de mis locales favoritos. No había llegado allí por casualidad. Su chaleco verde botella y su corbata a juego destacaba. Muchos se quedaron con los ojos clavados en su figura menuda, sofisticado y pulcro. No era el vampiro que solía salir a veces con las botas sucias y una vieja gabardina, que a veces lo hacía. Esta vez no iba como el Louis que perdía la orientación, sino como el caballero que siempre sería. Refinado, culto, con gestos comedidos y una misión.

—¿Puedo sentarme?—dijo cuando llegó hasta donde estaba.

—No veo impedimento alguno—respondí recostándome en el sofá donde me encontraba.

—Gracias—sonrió encantador. Había olvidado esa sonrisa. Supongo que las últimas veces, en las que habíamos discutido hasta hacernos daño, habían borrado sutilmente esas líneas de expresión que tan maravillosamente encajaban en su rostro. Supongo.

—¿Qué te trae por aquí? Y no me digas que has salido a que te de el aire—comenté girándome hacia él.

Se había sentado a pocos centímetros, con el rostro girado hacia mí y una pose demasiado estirada. Siempre parecía un estirado. Tal vez porque yo me había criado en un castillo donde compartía comida y modales con los perros. Sí, eso sería. Él tenía los modales de un verdadero burgués que buscaba codearse con la nobleza, o mejor dicho, ser parte de ella.

—Es mi cumpleaños y no deseaba pasarlo solo—dijo.

Ni siquiera recordaba que ya era octubre, aunque a veces se me olvida el día en el cual vivo. Aún así, yo no solía recordar esas fechas. Para mí eran números en el calendario. Cifras sin importancia. Algo que no tenía porque prestar atención más de unos segundos. ¿Qué importaba una fecha cuando vives eternamente? Nada.

—¡Qué halagador!—comenté acomodándome mejor en aquel asiento. Me sentía incómodo. ¿Quería pasar esa fecha conmigo? ¿Por qué? A mí no me interesaba en absoluto. Era absurdo.

—Escuché tu desgracia, pensé que necesitarías compañía del mismo modo que yo la precisaba—frunció ligeramente el ceño y puso esos labios, esa maldita expresión de cachorro perdido que tan bien se le daba, para luego incorporarse ofendido—. Me equivoqué, como siempre. Contigo nunca acierto.

—Espera, no seas estúpido—dije agarrándolo del brazo, justo por debajo del codo.

Muchos nos miraban, pero me traía sin cuidado. ¿Qué podían pensar de nosotros? ¿Pelea de amantes? ¿Viejos amigos? ¿Un hermano riñendo al menor por su mala vida y sus pésimas decisiones? ¿Dos hombres de negocios sucios? ¿Importaba? Creo que no.

—David ama sus libros, no a mí—murmuró casi en un susurro, como si tuviese miedo a darle relevancia a un hecho que todos sabíamos bien—. Me tiene lástima, se siente responsable y me cuida. Sin embargo, no me ama. Aún siente algo por Merrick, aunque hace más de una década que desapareció de este mundo, y esa pelirroja tuya, esa bruja que creaste para ser la perfección sobre tacones, le machaca el corazón con sólo nombrarla.

No creo que fuesen reproches, pues no tenía nada que lanzarme. No era mi culpa. Yo no gobernaba en los corazones ajenos. Ni siquiera podía pedirle al mío que dejara de sentirse tan confuso. Los viejos recuerdos afloraban. La necesidad de sostenerlo para calmarlo se acrecentaba, pero luego estaban los ojos de Rowan clavados en mi alma.

—¿Y? ¿Ahora tengo yo la culpa de los amoríos de David?—dije alzando una de mis finas cejas doradas—. Que yo sepa ya es grandecito.

—No es eso—meneó suave la cabeza y me miró dolido.

—¿Y qué es?—solté exasperado.

—Que mi amor por ti es demasiado grande comparado con el odio—aquello no me sorprendió demasiado, aunque acepto que me causó cierto efecto—. Te odio por muchas cosas, Lestat—guardó silencio moviéndose inquieto. Vi sus intenciones de tomarme del rostro, pero me aparté—. Debería arrojarte a una fogata y deshacerme de ti, como si fueras un virus que intoxica todo lo que tocas. Pero no puedo—balbuceó—. Sólo pienso en los buenos momentos y eso me ahoga.

—¿Y?—intenté parecer frío, casi despectivo con todo lo que me decía, porque no estaba dispuesto a tomar una mala decisión sólo porque nos sentíamos vacíos.

—Te busqué porque me entiendes—susurró en tono quedo, estirando su mano hacia las mías. Las tenía sobre mis piernas, ligeramente flexionadas. Mis manos estaban juntas, con los dedos entrelazados, y él decidió acariciarlas inmiscuyendo sus dedos finos entre los míos—. Eres el único que me ha comprendido.

—Eso fue hace tiempo—fruncí el ceño y le miré a los ojos, sin ternura ni compasión. Quería hablarle libremente, como él parecía hacer—. Cambiaste demasiado.

—Es cierto que el dolor por Claudia, y sus palabras, me transforman en un monstruo lleno de dolor y rabia. Si bien, sigo siendo el hombre que conociste. El tiempo nos hace ser aún más nosotros mismos—dijo.

Yo sólo podía pensar en lo cínico que era. Su sarcasmo hiriente y sus palabras proféticas. Siempre tenía razón en todo, me reprochaba cada cosa que hacía y caía sobre mí como si fuera parte de mi conciencia. Ya tenía suficiente con la mía. No quería una segunda voz secundando mis peores presagios. Detestaba que me mirara de esa forma, que me hablara como si quisiera consolarme cuando era él quien necesitaba consuelo. Yo estaba bien allí tirado, con mi ponche de huevo que no bebería y las mujeres pasando a mi lado. Estaba bien, o eso creía. Yo estaba en perfectas condiciones.

—Repites frases muy viejas—dije soltándome.

—Pero ciertas—se inclinó hacia mí buscando mis labios. Creo que quería convencerme como siempre lo hacía. No iba a aceptar aquello.

—No puedo consolarte, ni tú puedes consolarme—notaba cierta esperanza en sus ojos. Unos ojos que siempre me habían parecido tentadores. Él era mi condena por no hacer bien mis funciones de amante, amigo y compañero con Nicolas. Pero sobre todo, él era mi condena porque aún le quería. No iba a poner en juego lo poco que quedaba de mi corazón por consolar a sus demonios—. Busca mejores cosas que hacer que esperar algo bueno de mí. No soy bueno, ¿recuerdas?—reí bajo mientras él se apartaba, incorporándose, para tomar una decisión acorde a mis palabras—. Soy el demonio—solté tras varias carcajadas.

—Un imbécil, eso es lo que eres—dijo notablemente molesto—. Buenas noches—añadió.

Se movió rápido hacia la puerta, pero a velocidad humana. Muchos comenzaron a cuchichear, sobre todo cuando me levanté precipitadamente dejando un par de billetes; pagaría de sobra la copa, que ni había tocado salvo para tenerla entre mis manos, con ellos. Después, salí por la misma puerta que él lo había hecho, la única que tenía aquel tugurio, y me tropecé con varios chicos que intentaban acceder al local.

—¡Espera!—grité ya fuera, pues quería detenerlo.

Él no me hacía caso. Sólo apretaba el paso para perderse entre la multitud.

—¡Espera, Louis!—dije cuando pude zafarme de la marea de muchachos de todas las edades, gente que iba y venía, buscando algo de diversión.

Cuando llegué a su altura lo tomé del brazo derecho, por encima del codo, para girarlo de un tirón. Él me miró furioso, con el pelo algo revuelto y profundas ganas de llorar. Me sentía culpable. Hizo que me sintiera mal. Otra vez me sentía mal. Era por todo. No sólo era por él. Yo deseaba llorar tanto como él.

—¡Olvídalo!—gritó intentando apartarme—. No necesito tus migajas—murmuró rabioso cuando se soltó—. Sólo pensé que podía tener una noche agradable a tu lado, conversando como en los viejos tiempos. Hace poco fue su cumpleaños, Lestat—dio un par de pasos de espaldas, imponiendo cierta distancia entre ambos—. Para ti las fechas no importan, pero para mí sí.

—Es la única fecha que recuerdo bien.

La fecha del cumpleaños de Claudia. Podría decirse que fue un error y una bendición. Tuvimos años dulces, entregados a la felicidad más gratificante, pero también se convirtió en oscuridad y perdición. No podía dejar de pensar en mi hija. Desde hacía semanas imaginaba su rostro de mejillas llenas y labios rosados. Esos ojos tan profundos que herían por su belleza. ¡Sus rizos de oro! No, no podía. Tan sólo hacía unas semanas.

—Ella se llevó parte de nosotros—murmuró.

—No, ya la habíamos perdido pero ella suplió con el amor que le ofrecíamos—respondí.

Me acerqué a él, tomándolo por su estrecha cintura, esperando que aceptara un abrazo de mi parte. En esa noche, su noche, en la cual había decidido buscar consuelo, de algún modo, en mis brazos. Sus manos se colocaron sobre mis hombros e intentó apartarme, pero yo tengo la fuerza de un coloso. No le permití huir.

—Aléjate, ahora ya no quiero nada—dijo bajando la cabeza, rehuyendo mi mirada.

—Louis... —susurré acercando mi boca a su frente.

Oprimí mis labios sobre su sien, rocé mis labios por sus mejillas que comenzaban a arrobarse y busqué su cuello para depositar un último beso. Quería hablarle calmado, de la forma que merecía, aunque fuese en mitad de una calle abarrotada donde muchos pasaban por alto ese hecho insólito. Pero, otros mucho más despiertos, nos observaban con curiosidad. ¿Qué parecíamos? Tal vez lo que éramos, viejos amantes intentando apaciguar el dolor que ambos sentíamos.

—No quiero nada—su voz era a penas audible. Sus reproches empezaban a ser nada.

—Louis, por favor—dije cerca de su oreja derecha, dejándole un beso en la mejilla.

Pero algo en él, no sé que, se rompió apartándome con un empellón lleno de fuerza. Me miró furioso y empezó a decir todo lo que no había dicho en meses.

—Vuelve con ella—dijo con rabia—. Sé feliz—apretaba los puños y se veía encantador. Quería que fuese feliz, pero yo no estaba hecho para estar con Rowan. No podía arrancarla de su vida, llevármela lejos y afrontar las funestas consecuencias—. Busca como derribar todos los impedimentos. ¡Piénsalo!—estalló.

—No puedo—respondí calmado—. Hay cosas que no se pueden romper.

—Yo así lo creía hasta que hiciste añicos mi corazón—empezó a llorar. Al fin rompió a llorar. Aquellas lágrimas color rubí mancharon sus mejillas. El labio inferior le temblaba, igual que sus manos.

No era el momento. No era el lugar.

—Lo siento.

Me sentía derrotado. No podía decir otra cosa que lo lamentaba profundamente. Sabía que un “Lo siento.” no arreglaba nada. Yo lo sabía. Pero se escapó de mis labios igual que muchas otras cosas, ocasionalmente hirientes, que le había dicho esa misma noche.

—Yo te amo, Lestat—se secaba las lágrimas con el puño de la camisa. Deseaba detenerlo, pero dejarle con esas lágrimas manchando su cara era alarmante para cualquier mortal—. Te odio profundamente, pero ese odio no vale nada. Ese odio sólo es humo ocultando la verdad.

Noté un par de gotas en mi rostro, miré hacia arriba y después en varias direcciones. Empezaba a llover. Habían alertado de fuertes lluvias para los próximos días, pues era temporada de lluvias y vientos fuertes. Muchos empezaron a correr, algunos incluso nos golpeaban intentando encontrar refugio, pero nosotros nos quedamos allí empapándonos.

—Genial, ahora empieza a llover—me eché a reír por la ironía del momento. Ambos queríamos llorar, pero el cielo lloraba por nosotros.

Entonces, sin esperarlo, se abalanzó sobre mí comenzando a besarme. Sus labios eran cálidos a pesar de la ligera frialdad de sus manos. Me tomaba del rostro y yo lo terminé rodeando con mis brazos. Corté mi lengua ofreciéndole un poco de sangre, provocando en él una reacción más desatada. Sólo quería calmar su llanto, aunque nos empapáramos. Deseaba detener el dolor. Quizás incluso quise para el tiempo.

El tráfico se acumulaba a nuestro alrededor, los cláxones sonaban enérgicamente junto a palabras furiosas de unos y otros, los muchachos de los bares cercanos parecían estar ajenos a todos, varias chicas resbalaban con sus elegantes tacones mientras se lamentaban por sus peinados, un par de ancianos se asomaban por la ventana para ver el milagro de la lluvia y nosotros seguíamos besándonos. Su lengua se colaba desesperada entre mis labios, regalándome caricias de serpiente. Podía notar su entusiasmo y mis bajos instintos se despertaron.

—Louis... —jadeé tomándolo del rostro para que me mirara. Quería y no quería parar aquello—. No vivo lejos.

Su respuesta fue rápida. Noté como bajaba su mano derecha de mi rostro, la pasaba por encima de mi chaqueta de cuero y la colocaba sobre mi bragueta. Pude sentir sus dedos presionando ligeramente mientras me miraba a los ojos. Me quería. Deseaba tenerme de nuevo entre sus piernas y gemir para mí. A eso había ido al local. Necesitaba tenerme otra vez, y, posiblemente retenerme.

—¿Y David?—no podía dejar de pensar que posiblemente se molestaría.

—Tiene sus libros y el corazón ocupado—dijo apretando suavemente mi erección. Molestarme con él, peleándome de esa forma, me excitaba tanto como besarlo—. Y yo mi mano derecha.

—Todos salimos ganando—sonreí inclinándome para besarlo de nuevo. No podía contenerme las ganas. Deseaba olvidar, sentir algo que no fuera un vacío terrible y él me lo ofrecía. Era irresistible.

Sentía un agradable masaje en mi bragueta, de modo que me sentía incitado a continuar. Mis hábiles dedos desabotonaron su chaqueta, para acariciar su cintura bajo ésta. Su cintura estrecha y sus nalgas redondas bajo el pantalón, que eran rozadas por esa americana echada a perder, me incitaban. Acabé con ambas manos pellizcando sus glúteos por encima de su pantalón. Él jadeaba con sus labios pegados a los míos, pero en algún momento nos separamos y sentí como tiraba de mí hacia un portal.

Era una casa bastante antigua, con portales formidables y altos. La pesada puerta se abrió gracias a su fuerza y osadía. Dentro no había luz, salvo una muy tenue de emergencia, pero a nosotros no nos hacía falta. La escalera era de caracol, subía los tres pisos, y el suelo era de baldosas de mármol gris. Una casa señorial, antigua, que ya conocíamos. Muchos edificios eran restaurados las veces que hiciesen falta, pues sus estructuras era firmes y hermosas.

Cuando estuvimos dentro me empujó hasta uno de los laterales, justo al lado de los buzones metálicos que habían colocado los inquilinos. Nos miramos en la oscuridad, sintiendo como todo estaba marchando demasiado rápido, y aún así no nos detuvimos. Acaricié su rostro, deslizando mis dedos por cada una de sus facciones, mientras notaba como me bajaba la cremallera y sacaba mi miembro para poder sostenerlo con maestría.

—Lestat... extrañé esto—dijo apretando ligeramente mi glande.

—Y yo—me lancé a sus labios intentando detener cualquier pensamiento sobre Rowan, pero mi mente realmente estaba en blanco. Sólo deseaba sentir.

Sus dedos tiraban de mi miembro, dejando que estos rozaran y apretaran cada milímetro de carne. Eché mi cabeza hacia atrás pegando mi espalda a la pared, con las piernas ligeramente abiertas. Sabía que venía después de esa revelación. Conocía todos los secretos de Louis. Para mí no era un misterio esa forma de actuar que en esos momentos me mostraba. Se arrodilló lamiendo sus labios, para humedecerlos, y acto seguido se llevó el glande a la boca. No pude evitar dejar escapar un gruñido de placer. Mis manos fueron a sus cabellos, que ya estaban empapados igual que los míos, para recogerlos enredando mis dedos. Ofrecí entonces un ligero movimiento de mi cadera, pues me estaba inquietando. Su lengua jugaba con el pellejo que aún se retiraba, mientras mi sexo crecía aún más, humedeciéndolo y saboreándolo. Tenía clavados su ojos en mí, con una insistencia brutal, calentándome de tal forma que me inclinaba hacia delante con deseos de hacerle sentir todo lo que deseaba, de una vez por todas, sin que pudiera detenerme.

Dejaba lenguetazos en todo el pene, pero sobre todo en los testículos con los que acabó jugando. Chupaba la piel de los escrotos como un profesional, y, mientras lo hacía me masturbaba con ritmo. Mis gemidos no se podían contener. Del mismo modo que mis manos no podían resistirse a pegar su cabeza a mi entrepierna. Cuando los soltó rió bajo y engulló mi miembro agarrándose a mis caderas.

Tenía el pantalón por los tobillos, igual que la ropa interior, pero él no se había quitado ni la chaqueta. Si bien, acabé notando como acabó acariciándose con su diestra, sacando su miembro por la bragueta del pantalón y permitiendo que éste se liberara de una prisión tan apretada.

El chupeteo sonaba delicioso y se sentía aún más placentero. Aquella boca carnosa apretaba con desesperación mi miembro, envolviéndolo con su lengua y la humedad de ésta. Louis sabía como enloquecerme. Mis caderas se dejaron de sutilezas y empecé a moverme rápido, algo violento, entre sus labios. Él ahogaba sus gemidos y dejaba que sus ojos se entrecerraran. No sería la primera ni última vez que me venía gracias a su habilidad, pero era la primera después de tanto tiempo que lo había olvidado.

Llegué al orgasmo enterrando mi sexo hasta los testículos. Él me miró con los ojos como platos y su miembro hinchado, en todo su esplendor, entre sus dedos. Cuando recuperó, por así decirlo, el aliento comenzó a masturbarse rápidamente, llegando en cuestión de segundos. Después, con rapidez asombrosa, se colocó bien la ropa y me ayudó a colocar bien la mía.

No dudé en besarlo. Fue un beso delicioso porque compartíamos aquel momento.

Al salir del portal la lluvia continuaba. Aquella tormenta azotaba los edificios sin permitir tregua. Los vehículos estaban casi detenidos en la carretera y las aceras aglomeradas estaban desérticas. Él me tomó de la mano, pero acabó pasando su brazo por mi cintura apoyando su cabeza en mi hombro. Caminábamos de ese modo sin importar que el frío calaba ya nuestros huesos, que la ropa pesaba o que muchos nos miraban como dos auténticos locos. Habría sido impensable para mí tener ese comportamiento con él noches atrás.

—Quiero seguir con todo esto en tu apartamento, sé que tienes uno a dos calles—dijo Louis.

No me parecía mal seguir con nuestros juegos, sobre todo porque él no había quedado satisfecho. Sabía sus debilidades, como he dicho, y su forma de actuar. Él quería algo más que unas caricias indecentes en mitad de un portal. Necesitaba tener sexo conmigo, y estaba seguro que no se quedaría con algo rápido.

—Sí, te dije que vivo cerca—respondí sin apartar la vista del camino, aunque sabía que él me observaba.

—Lestat, dime que no juegas—me agarró el cuello de la chupa con su diestra, mientras su zurda se enganchaba mejor a mi cadera.

—No, no lo hago—añadí a mis palabras un ligero meneo de cabeza—. Eso que ha ocurrido en el portal ha sido totalmente sincero por mi parte, no hay trucos.

—Sin trucos—repitió.

—Así es—dije.

Apretamos el paso y en cuestión de minutos estábamos entrando en aquella vivienda, una vivienda maldita por la última conversación mantenida con Rowan. Las plataneras se agitaban, el dondiego parecía arrancarse de la verja, varias macetas se habían caído al jardín y el césped se empantanaba. Pero nosotros ya estábamos refugiados bajo techo, devorándonos la boca mientras subíamos hasta el dormitorio.

La ropa salía despedida, empapando el suelo y quedando amontonada por doquier. Los zapatos se perdieron antes de entrar en la habitación. Cuando llegamos a la cama estábamos completamente desnudos, no quedaban ni los calcetines. Allí arrojados nos acariciábamos como dos adolescentes. Él tiritaba como si fuera la primera vez y las gotas de agua, esas que se deslizaban sobre su rostro y salpicaban desde su ondulado cabello negro, le daban un toque erótico muy atractivo.

Recosté su delgada figura sobre las sábanas de seda roja, quedándome obnubilado por sus ojos verdes y el contraste con su piel. Sus labios estaban algo rojos y parecían demandantes. Me apoyé en la cama con mi zurda, acabando por apoyar también el codo, mientras que la diestra acariciaba su torso pellizcando sus pezones. Sus facciones nunca estaban en calma. Me miraba desesperado. Abría sus piernas provocando a mis instintos primarios. No pude contener una ligera risilla baja mientras me preguntaba mentalmente cuan falto de mí estaba.

Había vuelto con la bestia, para que lo despedazara.

Mi mano se deslizó de sus pezones hasta su vientre y desde allí hasta sus muslos. Las ingles estaban ligeramente cálidas y sus nalgas se levantaron del colchón, quizás para dar mayor acceso a la entrada. Dejé que mi lengua rodara sobre sus pezones cafés, pequeños y algo gruesos, tan sensibles como el resto de su cuerpo. Louis gimió. Sus gemidos siempre eran agudos, asemejándose a los gemidos de una mujer. Detuve mis dedos cerca de su entrada, acariciándola, para notar su nerviosismo y ansiedad. Sus manos estaban aferradas a la ropa de cama, arrugándolas con fuerza. Era una imagen sobrecogedora.

Comencé a morder cada tozo de su piel, a hundir mi dedo índice y corazón en su interior, y a mirarle tan ansioso como él. Era puro deseo. Pero en él veía algo más. Estaba arriesgando lo poco que tenía de alma, su escasa cordura, en cada caricia. El amor que aún le profesaba, aunque estaba cubierto de polvo, comenzó a materializarse y acabé besándolo completamente encendido.

Acabé bajando hasta sus piernas, abriéndolas con mis manos como si fueran tenazas, y dejando al fin besos y lamidas sobre su sexo, entre sus muslos y rozando la entrada de sus prietas nalgas. Él jadeaba y tiritaba. Parecía un ángel al que le habían arrancado la calma, las alas y toda la bondad pero aún tenía pureza. Podría decirse que debía ser piadoso con él, pero me incitaba a ser cruel.

Finalmente lo giré, levantando sus caderas. Abrí sus glúteos y comencé a lamer entre ellos. Mi lengua se hundía por su esfinter, humedeciéndolo y estimulándolo, mientras él gemía aferrado a las almohadas, clavando sus uñas, mientras su espalda se arqueaba. Sus cabellos empapados rozaban sus hombros, cayendo hacia la almohada y pegándose a su rostro. Intentaba mirarme por encima de su hombro, con el rostro girado hacia la derecha, pero era imposible. El cabello lo tenía pegado a la cara y el placer le nublaba la vista. Ofrecí un par de nalgadas antes de retirarme del todo para penetrarle con fuerza.

De una única vez lo penetré, hundiéndome con un deseo insaciable. El sonido de mis testículos contra su cuerpo era una tortura. Los gemidos se multiplicaban con los míos, uniéndonos en un desenfrenado canto al sexo.

—No, deseo verte—dijo con sus brazos temblorosos, a punto de caer de bruces, mientras recibía otra de mis estocadas.

La cama se movía como si estuviéramos en la bodega de un barco en plena tormenta, además la lluvia ayudaba a esa impresión. Él, como podía, intentaba agarrarse al cabezal sin destrozarlo. Era imposible. La cama parecía moverse drásticamente contra la pared. El dosel se movía como el mástil de la vela mayor en plena racha de viento huracanado. Toda la habitación parecía derrumbarse. Él suplicaba gemidos cada vez más incitantes. Acabé separándome para recostarme en la cama, pegando la espalda al colchón, esperando que él se subiera sobre mis caderas.

Louis se quedó mirándome con una ligera sonrisa. Sus manos se pasaron por mi torso, algo más ancho que el suyo, y acabaron en mis caderas. Casi sin necesidad de ayuda se penetró mientras yo lo sostenía por la cintura. Amaba verlo cabalgar. Sus caderas eran inquietas, aunque el ritmo era suave. Parecía una serpiente saliendo de la cesta de paja, una de esas que los faquires usan en sus shows con música. Sus ojos eran dos esmeraldas que brillaban en medio de nuestro lujurioso ritual. Sus labios se abrían, sin timidez alguna, dejando que se escaparan los largos gemidos que él se provocaba.

El ritmo aumentó. Acabó pegando ciertos botes en la cama y yo me incorporé. Acabé sentado con él aferrado a mí, rodeándome con sus piernas y brazos, mientras gemía bajo su nombre permitiendo que besara mi rostro. Podía sentir sus uñas clavándose en mis omóplatos, sus piernas cruzadas y la cadera desenfrenada. Finalmente llegamos ambos al final. Ésta vez fue él quien llegó primero. Echó su cabeza hacia atrás, dejando ver su largo cuello, para luego gritar mi nombre en un profundo orgasmo. Después, debido a como apretaban sus nalgas, acabé haciendo lo mismo. Me derramé dentro de él, dejando que sus pierna tiritaran mientras sus brazos aún estaban algo tensos.

Cayó al colchón cansado, algo aturdido, pero cuando me recosté decidió tumbarse sobre mí. Sus dedos jugaban con mi torso y mis músculos marcados. Tenía una tímida sonrisa que conocía muy bien, pues era la sonrisa de un glorioso festín de sexo. Un festín que nos había enloquecido a ambos.

—Habrá que decírselo a David—dijo algo adormilado.

—¿Qué?—no estaba por la labor de ser quien le dijera a David que estaba con Louis nuevamente, no después de haberlo dejado a su cuidado y después permitido que fueran pareja. Ninguno de los dos se amaban, sólo se usaban para no sentirse perdidos.

—Lestat, dijiste sin juegos. No quiero ser tu amante, deseo ser el único. Ésta vez quiero ser el único—susurró cada vez más somnoliento, hasta que prácticamente no pudo hacer más que un ligero pestañeo antes de quedar inconsciente en los sueños diurnos.


Sin decir mucho me había comprometido a estar con él, sólo porque me encantaba tenerlo de ese modo. Sin embargo, sabía que iba a ser insufrible. Veía en un futuro a corto plazo mucho rencor y rabia. Tenía miedo. Pero entonces lo miré, recostado sobre mi torso, y recordé que debía cuidarlo. Él era mi responsabilidad. No apartaría jamás a Rowan de mi corazón, y por lo tanto de mi alma, pero siempre podía volver a ser el canalla de siempre con él entre mis brazos.

Lestat de Lioncourt   

jueves, 28 de febrero de 2013

Lo inesperado - Parte 2


-Parte 2-

Discusión


Mona se relamía sin mostrar ni un remordimiento limpiándose solamente la comisura de los labios con la mano derecha. Con suavidad terminó incorporándose mientras comenzaba a entablar cierta conversación. Si bien, yo intervine primero intentando calmar el tenso ambiente que se estaba dando.

-¡Madita sea!-vociferé moviendo mis brazos golpeando el aire-. Louis... no ha pasado nada, realmente ha sido un terrible error... movido por mis celos- intentaba disculparme vagamente, pero sólo empeoraría las cosas-. Pensé que fuiste con David buscando una aventura

-Louis espera -avanzó hacia éste situándose frente a él- por tú bien no digas nada de esto. Si lo haces no me haré responsable si tu hermoso perrito desaparece misteriosamente y tú estadía en este lugar se vuelve miserable... por tú bien cierra la boca-aquellas amenazas me desconcertaron.

Ella había sido capaz de amenazar a Louis con la muerte del cachorro que le había obsequiado hacía tan sólo un par de meses. Era una cría de Mojo, que a su vez era un glorioso descendiente del primero que encontré en mi aventura con el ladrón de cuerpos. Por ello, me giré rápidamente hacia ella atónito mientras escuchaba a mi pareja responderle.

-Tú ni te atrevas a hablarme, zorra -pasó de largo empujándola con su cuerpo- ¿Quieres a Lestat? Por mi quédatelo, suficiente tengo con una bruja como para soportar a otra.

-¡No amenaces a Louis con Byron!-la agarré del brazo zarandeándola para luego propinarle una bofetada- ¡Eso sólo hará que empeore todo!

-¡Tú me deseabas! -grito ante el agarre e intentó huir de él. Sus cabellos se agitaron notablemente al igual que los míos. Nuestros largos flequillos provocaron que nuestras miradas airadas quedaran levemente ocultas- ¡No mientas que eso ahora no te corresponde! ¡Y si lo amenazo es porque el se metió en esto!-su voz se alzaba con furia golpeándome con insistencia.

¡En qué se ha metido!-pregunté profundamente molesto, y con un tono elevado, mostrando sus colmillos de forma amenazadora-. ¡Me dijiste que se había ido con David! ¡Pensé que su amenaza era cierta! ¡Sólo me dejé llevar! ¡Maldita sea Mona!-gritaba temblando sin dejar de agarrarla de nuevo por los brazos-. ¡Deja de amenazar a mi pareja!

-¡Estoy harto de esto, por mi váyanse los dos al maldito infierno! Y tú, Lestat, desde hoy estas muerto para mí- me miró con profundo odio y desprecio que se caló en mi pecho provocando que me atragantara con las palabras que querían salir de mis labios. Me dolió más que cualquier palabra que él pudiese decir.

-¡Louis!-fui hacia él tomándolo del rostro-. No Louis, no puedes decir eso en serio... estás enfadado y sólo... bueno sólo hablas tonterías- quería asegurarme que era eso, pero simplemente no podía ya siquiera creer lo que decía.

¡Ni te hagas al santo que te revolcaste con mi tío Michael! -respondió gritando provocando que me girara rápidamente hacia ella.- ¡Lestat vuelve aquí no puedes dejarme así! ¡Él es un mentiroso se ha revolcado con Michael gritando como una puta cualquiera!

-¡No hablo tonterías! -decía arrebatando mis manos de su rostro- ¡Quédate con tus zorras que no deseo nada de ti!-vociferó-¡Nada!-añadió.

Ya estaba petrificado apartando sus manos de su cara, mientras la decepción y la ira cubrían todos mis pensamientos. No podía creer a Mona pero todo cobraba sentido. Era demasiado doloroso saber que algo así podía ocurrir realmente.

-¡Dime que es falso! ¡Louis! ¡Dime que es falso!-acabé agarrándolo por el cuello de su camisa pegándolo contra una de las paredes del hall. Acabé por mirar completamente iracundo a mi amante-. ¡Dime que es falso Louis!

Mi hermanito terminó llegando saliendo del coche deportivo último modelo. Era un vehículo de mi propiedad que solía prestarle para sus desplazamientos. Él no necesitaba que yo le dejara nada, pero ese modelo era una auténtica delicia y pocos habían sido los fabricados con todas las prestaciones de gama alta como aquel. Era una maravilla de color carmín, descapotable, y con unas llantas impolutas que había cambiado nada más salir de la fábrica. Amaba esas llantas plateadas tan resplandecientes que parecía engarzada con diamantes.

Se abrió paso hasta nosotros escuchando los gritos que provenían de la Mansión. Cuando subió los escasos peldaños hacia el porche quedó parado esperando una respuesta aceptable a su tímida pregunta. Juro que cuando lo vi ahí parado me sentí miserable.

-¿Ocurre algo?...

-¡Quin, tú quédate atrás! -señalizó a su esposo para que no avanzará- Oh sí Lestat, los vi durante su primera pelea revolcándose con él. Anda Louis, di que mi tío no te satisface, miéntele como lo has hecho hasta ahora.

-¿Y todavía te atreves a dudar? -me soltó un puñetazo en el rostro mientras tenía la mente dispersa, y lo sentí como un golpe a traición- Púdrete imbécil, maldito sea el momento en el que se me ocurrió ir a comprarte algo por tu buen comportamiento... maldito seas tú por creerle más a esa bruja... te desprecio

-¿Qué rayos ocurre? -frunció el ceño observando a todos terriblemente confundido. Yo deseaba que él no se percatara de todo lo que sucedía.

-¡Bruja a mucha honra!-le sacó la lengua en un gesto totalmente irreverente y acabó abrazándome.

-¡Nada!-repliqué a mi hermanito, aún con el golpe en el rostro mientras se deshacía de ella- ¡Louis! ¡Por favor!-ya no sabía a qué apelar, me había comportado mal y no sólo con Louis sino también con Quinn...-¡Louis cásate conmigo!

Y eso fue sin duda lo único que parecía querer Louis desde siempre, quizás con algo así él se olvidaría del resto. En su tonto pensamiento creyó que finalmente él aceptaría, todo se resolvería y tan sólo tendría que pensar concienzudamente como alegar demencia temporal.

Mona saltó como si estuviese subida en un resorte, rápidamente me propinó una bofetada y se negó al enlace en un grito insufrible.

-¡No puedes casarte!-exclamó.

-¡Puedo si quiero!-repliqué furioso aún sin pensar con raciocinio, aunque eso de pensar no se estilaba demasiado en mi. Era un hombre de impulsos y no de pensamientos.

-¡No puedes!-gritó histérica.

Louis detuvo su andar al escuchar sus palabras. Para él esas palabras que tanto deseó escuchar se habían convertido en polvo. Buscó en su lengua las palabras más hirientes y pronto me las lanzó como un cuchillo.

-Cásate mejor con tus putas, no deseo nada de ti...-susurró con voz rasposa debido al sufrimiento que sentía-y Quinn, ve dándote cuenta de la clase de mujer que tienes, si fuera tú me divorciaría-sentenció con rabia.

Mi buen amigo terminó por girarse hacia su esposa y la miró con un trago amargo. Aquella revelación provocó que su corazón pendiera de un débil hilo. La mujer que había amado desde su adolescencia, la chica que robó todos sus deseos y esperanzas, había vuelto a sus andadas.

-¿Mona?...-balbuceó esperando que ella respondiera a las acusaciones vertidas por Louis.

Mona parecía estar fría, completamente congelada, frente a su amante que parecía derrumbarse como un castillo de naipes. Mona se había quedado sin aire, sin palabras, sin nada.

-Quinn... yo...


Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt