Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 29 de abril de 2017

Consumida en dolor

Reconozco que no fui el mejor padre del mundo...

Lestat de Lioncourt 


«No apartes la vista de mí.
Acepta tu culpa, asume tu dolor.
No apartes la vista de mí.
Ofréceme de tu alma el sinsabor.»

En contadas ocasiones frecuentaba los viejos muelles sin autorización de mis padres inmortales. Era una visión estremecedora para los viejos marineros que creían estar alucinando debido al exceso de alcohol. Muchos miraban hacia fuera tras los turbios cristales de esos pútridos lugares cargados de libertinaje. Si iba allí a solas, sin que nadie pudiese juzgarme más que mis víctimas y yo misma, era porque necesitaba sosegar mis demonios.

Por aquel entonces yo sólo intentaba comprender qué sucedía conmigo, qué había de mal en mí. Veía a las mujeres en los regazos de los hombres conquistándolos con generosos escotes, risas descaradas y palabras sugerentes. Las veía convertidas en flores tóxicas que terminaban abriéndose en camas de ropas cochambrosas y arrugadas. Vendían sus carnes jóvenes y los hombres parecían adorarlas, aunque no todos se fijaban en ellas. Había quienes preferían la terneza de otros hombres más jóvenes o algo más robustos.

Observaba con mis perfectos ojos de muñeca lo pueril y desagradable que podía ser el mundo, pero también lo fascinante que era tener un cuerpo adulto. Mis pretensiones se quedaban en nada pues la coquetería no estaba bien vista en una delicada niña con zapatos de charol, medias de encaje y perfectos vestidos engalanados con lazos diminutos. Era delicada como mis supuestas compañeras de juego, las cuales amontonaba sobre la cama que no usaba.

Mis dudas sobre mi nacimiento se acumulaban como las sombras en mi alma. Era un veneno amargo e irritable. Buscaba la verdad a altas horas en las bibliotecas, espiaba a Lestat por si hallaba alguna solución al misterio y preguntaba constantemente a Louis por cada uno de los hechos que yo desconocía. Pero todo quedaba en el aire como el humo de las chimeneas de las casas más pudientes.

Una vez escuché decir a Lestat que yo le recordaba a su madre. Me di cuenta entonces que él había sido humano, igual que lo fue Louis y su hermano, y por ende yo debí haberlo sido en algún momento. No lo recordaba. Todos mis recuerdos se habían borrado. Aquello provocó una profunda herida que nunca se cerró, sino que se abrió hasta convertirse en una grieta que acabó destrozándome.

Con el paso de los años me di cuenta que jamás sería adulta. Nunca envejecería, enfermaría o conocería el amor de un hombre tal y como una mujer desea sentirlo alguna vez. Me miraba al espejo y observaba a la niña de apenas unos seis años. Quería llorar y no me lo permitía porque mis lágrimas eran sanguinolentas y me horrorizaba. Por eso terminé odiándolos. Hubiese preferido morir a vivir un horror tan deleznable como ese.


Hoy zarpamos hacia París. Hemos recorrido el mundo Louis y yo. Lestat quedó atrás hace tiempo y ahora me queda dejarlo a él. Quiero abandonarlo nada más llegue a Francia, pero no sé cómo o cuándo. Matarlo es una posibilidad, pero prefiero que sufra en vida por todo el dolor miserable que me ha causado. 

miércoles, 20 de abril de 2016

El amor mueve el mundo, sobre todo cuando es odio.

Página extraída del Diario de Claudia... ¡Tanto odio!

Lestat de Lioncourt


Las estrellas parecían siempre tan cercanas y distantes como siempre, pero esa noche era la primera de muchas otras. Había acumulado un odio voraz que me destruía el alma y me arrastraba a una vorágine de dolor imposible de calificar o cuantificar. Ante los ojos de todos era simplemente una niña que se asomaba a un balcón cargado de hermosas flores en plena primavera. Tenía el rostro dulce y angelical de una muñeca, los ojos vivaces y una sonrisa soñadora. Sin embargo la verdad era terrible y podía calificarse de pesadilla. Era una mujer atrapada en un cuerpo diminuto que jamás se desarrollaría y marchitaría. Era eternamente una semilla que no florece y no toma su esplendor.

Muchas veces contemplaba a las mujeres coqueteando con algunos hombres a la salida o entrada de la ópera. Me fascinaba la forma en la cual se sonrojaban y miraban con cierto falso pudor a los jóvenes más influyentes y adinerados. Podía ver el interés por el dinero y el placer carnal en cada una de ellas, pero también la inteligencia provocadora que se reflejaba en el movimiento de sus abanicos, la forma en la cual se agarraban a sus acompañantes o reían subiéndose al carruaje.

Esa noche la calle estaba casi desierta y él yacía envuelto en una alfombra. Había matado a mi padre, al hombre que me condenó a lo que era y que me arrancó de los brazos de la muerte creyéndose Dios. Hice que se derrumbara ante mí suplicándome por su vida y por el amor que supuestamente ambos nos teníamos. Louis se martirizaba sentado en el diván. Mi Louis, mi compañero, mi madre y mi marioneta. Él, el hombre que me acicalaba y me abrazaba como si fuese su muñeca predilecta, lloraba amargamente porque su verdadero amor yacía muerto frente a él.

—Lo has matado...—decía cuando recobraba la voz—. ¿Qué has hecho? ¡Dios santo, qué has hecho!—gritaba nervioso queriendo arrastrarse hasta él para suplicarle perdón por no haberlo evitado, por no detenerme y por amortajarlo de ese modo tan ruin.

Por mi parte me daba cuenta que su muerte no implicaba nada. Que él muriera no significaba que yo fuese libre. Había matado a Lestat y la conciencia me pesaba. Sin embargo esas malas hierbas hechas pensamientos de culpabilidad se esfumaban pensando en los viajes que haría, los lugares que conocería, la gente con la que conversaría y los misterios que desvelaría.

—Lestat, mon coeur...—susurró arrodillándose ante el cadáver intentando deshacer los nudos de la soga que lo ataban con firmeza.

—No, Louis—dije apartándome del balcón—. Ha muerto y debes dejar a los muertos en paz.

Entre mis manos llevaba crisantemos blancos que coloqué con indiferencia sobre su cuerpo, para luego tomar el rostro de Louis entre mis dedos. Despejé con cariño los largos y ondulados mechones de su pelo negro y apreté mis labios contra su frente. Fui amorosa con él aunque le despreciaba tanto como al muerto que nos acompañaba.


—Ponte tu mejor chaqueta, cariño mío. Hoy vamos de entierro... —comenté apartándome de él—. Luego iremos a comprarme unos zapatos nuevos porque estos se han manchado de sangre.  

sábado, 14 de noviembre de 2015

París

Arde, sangra y llora París. Mi París. El París de muchos. El mundo de los bohemios, románticos paseos, alta cocina, encuentros culturales de todo tipo, seductoras mujeres que bailan envueltas únicamente en caro perfume, libertades, verdades, de gritos y leyendas. París de cafés donde se reúnen aún los jóvenes a salvar el mundo, pues sus ideas germinan entre las amontonadas tazas y el aroma de un café bien cargado, un ponche caliente o un té de media tarde. La capital del amor, la libertad y el arte se ha visto presa de la anarquía, sin razón, sangre y pólvora.

Cientos de personas se reunían ante el televisor, otros deambulaban por las calles pensando que era un viernes vulgar con la diversión habitual desplegándose ante ellos, deportistas de élite saltaban al terreno de juego para hacer olvidar a muchos sus preocupaciones cotidianas, empresarios encendían la radio para deleitar a sus clientes, tiendas bulliciosas comunicaban que pronto echarían el cierre hasta el lunes, jóvenes aullaban en una sala de fiestas frente a uno de sus grupos favoritos y una jauría de indeseables se convertían en lobos hambrientos, con almas de demonio, a tiros descerrajaban a la paz, la libertad, la bondad, la diversión, la igualdad, el derecho a la vida y convertían el mundo en un infierno.

Cuando era joven deseaba viajar a París. Allí, en sus calles, había artistas que se morían de hambre, pero su almas se alimentaban de algo que yo codiciaba. Quería cultura, deseaba conocer y comprender, y la filosofía, política y arte de esa ciudad, tan encantadora y soñada, parecía un paraíso. Sigue siéndolo para muchos artistas, jóvenes de todo el mundo que viajan hasta allí para mejorar su vida y estudios, así como para los propios habitantes de un lugar atractivo desde la panorámica de cualquier cámara.

Fue Nicolas quien me habló de París. Fue París quien me enamoró mucho más que Nicolas. Me dejé embriagar por sus perfumes, por el aroma a pan recién hecho, sus cafés nocturnos y sus miserias. No era el mundo que ustedes conocen. Yo conocí una ciudad que empezaba a ser lo que hoy palpan. Olía a orines por las mañanas, hacía frío en mi alcoba y la humedad calaba mis huesos. Pero no me importa. ¡No importaba nada! Abría la ventana y veía el bullicio del mercado, escuchaba las discusiones políticas y observaba como todos y cada uno poseían belleza. Me dejé cegar por París y la hice mi musa, mi amante y fuente de mi pequeña felicidad. Nunca he sido del todo feliz, salvo en compañía de mi pequeña familia de vampiros, pero allí palpé algo muy parecido.

En París cumplí mi sueño, pero ahora muchos no pueden seguir el suyo. Sus vidas se han detenido como un reloj que deja de funcionar. Ya no hay segundo para ellos. Muchos serán enterrados por sus padres, otros llorados por sus hijos y cientos jamás podrán olvidarlo convirtiéndose sus calles en pesadilla recurrente. No sólo han herido a París, los parisinos y sus turistas. Han herido al mundo.

En el mundo, éste sangriento y estúpido mundo, tiene demasiadas guerras por codicia. Han alimentado a éstos indeseables, les han mentido sobre su religión llenándolos de odio hacia la misma sociedad que los mantiene. Estados Unidos ha logrado su objetivo, ha creado monstruos y éstos monstruos les hace el trabajo sucio para sus deseos de guerra, petroleo y ocupación. Ahora alzarán muros en nombre de la seguridad, alejarán a Sirios inocentes de un futuro próspero sin una pistola en la nuca y hablarán de odio a sus hijos. Muchos temerán ahora a los musulmanes, los cuales no tienen culpa de haber sido usados, a ellos y su religión, para actos tan miserables.


Todas las religiones hablan de paz, todos los hombres buenos y nobles de esas religiones claman a la no violencia y el entendimiento. Hay que recordar el emblema de Francia: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Ni París, ni Beirut, ni Siria, ni ningún otro lugar del mundo debería ser atacado por la maldad que una religión no posee. La maldad está en las almas y en las armas que apuntan. La religión sólo es su escudo, su mentira, su disfraz para cometer actos criminales.   

Lestat de Lioncourt 

miércoles, 12 de agosto de 2015

Dime lo maldito que soy

—Desprecias la vida humana—masculló.

La luz de las velas iluminaba encantadoramente la escena. Sobre la mesa había un festín opulento. Cualquiera de mis hambrientos hermanos se habrían dado un atracón increíble. Los perros se habrían lanzado contra el pavo, mi viejo y achacoso padre habría sorbido la sopa, mi madre, con sus encantadores modales, habría preferido saborear las manzanas tan apetecibles, las cuales parecían sacadas de un impresionante bodegón, que destacaban en el frutero. Aquello era una vida que yo no había conocido. Había vivido rodeado de miseria y hambre. El calor de Louisiana era muy distinto al frío y la humedad de aquel viejo castillo.

—¿Desprecio su vida?—pregunté abriendo mis generosos labios, para luego sonreír de forma socarrona. Me sentía tentado a proseguir la discusión. Amaba sus rasgos masculinos, aunque suaves y dulces como los de una mujer, con una expresión desamparo y dolor propia de un mártir. Realmente lo amaba—. No, querido. Aprecio la mía—dije tomando uno de los racimos de uva negra. Aquellas viñas habían venido de Europa. Era impresionante como habían sobrevivido las cepas y se habían adaptado a una tierra hostil. Las viñas de mi padre nunca volvieron a dar frutos, pero aquí era distinto.

—¿Y qué aprecio es ese?—susurró tomando uno de los candelabros. La vela iluminó ligeramente su rostro, provocando que sus ojos verdes parecieran gemas—. Te diviertes eligiendo tu víctima entre la multitud, como si fueses superior a ellos, y haces que confíen en ti para arrebatarles lo más preciado.

La inmortalidad tiene un precio muy alto y es que te conviertes en un asesino. Pero yo no era cualquier asesino. Yo seguía mis normas. Unas normas que no le había enseñado a él por el mero hecho que si las contaba, tal y como me lo había pedido Marius, me vería obligado a escupir todo lo que sabía. Me negaba, obviamente. No quería romper mi pacto de caballeros. Por ese entonces intentaba ser todo lo que mi buena madre, la cual me había abandonado hacía no mucho, me había enseñado.

—Lo describes de una forma muy poética, adelante—dije con un ademán de mi mano derecha, pidiéndole que continuara—. Por favor, que no pare tu retórica.

—¡Te estoy abriendo mi corazón! ¡Me repugnas!—exclamó—. Detesto saber que todo lo tengo que aprender de ti.

Sus ojos estaban a punto de romper a llorar. ¡Oh! ¡Qué maravilla! Podía ver sus sentimientos tan claros, tan firmes, tan hirientes y tan hermosos. Aquello era un espectáculo digno de una novela de Dickens.

—Adelante, aprende tú solo—susurré tomando una de las uvas, para arrancarla del racimo. Miré la fruta, acaricié su suave piel, y se la lancé a la cara propinándole un suave golpe en la mejilla derecha—.Yo así lo hice.

—Mentiroso—reprochó en un murmullo.

—¿Acaso no me crees?—pregunté ligeramente ofendido, aunque me regodeaba. Me encantaba ver como se molestaba conmigo. Aquello era muy divertido.

—¿Es que puedo creer algo de ti? ¿Puedo confiar en el ser que tú eres?—insinuaba que yo era lo peor de lo peor, lo cual me convertía en lo mejor—. Eres despreciable.

—Ya escuché ésto antes, creo que en un sueño... Ah, no... la noche anterior. Llevas así más de un mes—guardé silencio un segundo, comprobando que me escuchaba con aquel ceño fruncido y esa boca carnosa a punto de estallar en un griterío insufrible—. Por favor, cállate.

—¡No voy a callarme! ¡Deja de burlarte de mí!—gritó tal y como esperaba.

—Pues deja de creer que tu moral es superior a la mía—dije dejando el racimo en la mesa, para levantarme de ésta y apoyarme sobre el borde de ambos extremos.

—Perdóname si aún aprecio la vida humana—dijo dejando la vela en su lugar.

—¿Acaso yo no la aprecio?—susurré ligeramente inclinado hacia delante.

—No lo haces—negó con la cabeza.

—Si no la apreciara no seguiría vivo. Me enamoro de la maldad que poseen sus corazones, los atrapo con encanto en mi tela de araña y bebo de ellos hasta la última gota. No desprecio nada. Si no apreciara su vida no tendría tanto cuidado.

Admito que el discurso me quedó espléndido, pero él no lo vio así. No comprendía lo que yo quería transmitirle. Para él yo era un monstruo, un demonio, un ser horrible y él un sufrido que se creía poeta. Todos hemos sentido repulsión ante el asesinato, pero te acostumbras. Sabes que debes hacerlo y escoges al peor de todos. Eliges asesinos porque son como tú, porque tienen el corazón podrido, y porque saben mucho mejor. Además, nadie echa de menos a los bastardos. Libras al mundo de un grano en el culo y salvas a pobres inocentes que tendrían que soportar sus fechorías. No hay nada mejor que matar a un ser terrible, un criminal, porque te hace sentir bueno y que haces algo digno de ser elogiado. Si bien, como he dicho, eliges a un ser idéntico a ti. Tomas a un igual. No eres un héroe.

—Eres despreciable—murmuró con rabia.

—Y tú un perfecto mártir—dije señalándolo con el índice de mi mano derecha.

—Me das asco—chistó.

—Añadiré el asco a la lista de sentimientos que te provoco—contesté apartándome de la mesa, para poner las manos tras mi espalda.

Me dirigí a la puerta del comedor, la cual daba al espléndido salón que poseíamos. Allí había un elegante clave y a mí me encantaba contemplarlo. Amaba tocar sus formas. El instrumento era de la hermana de Louis. Sabía cuánto lo apreciaba. Aquella obra maestra había sonado en tiempos mejores, cuando Paul no era un cadáver siendo consumido por gusanos.

—¡Muérete!—gritó con una furia muy común en él, lo cual no me pilló por sorpresa.

—Lo siento, pero creo que llegas tarde para desearme la muerte—dije girándome justo bajo el marco de la puerta—. Ya estoy muerto—susurré con una sonrisa, regodeándome en cada una de mis palabras—. Igual que tú.


El resto de la noche fue un silencio incómodo entre ambos, aunque no para la noche. Fuera los esclavos se arremolinaban acusándonos de demonios. Podía sentir el miedo y el odio cubriendo sus almas, envenenando sus pensamientos y provocando que la revuelta estuviese muy cerca.

Lestat de Lioncourt  

martes, 4 de agosto de 2015

Odio y amor

Louis quiso dar su punto de vista a esa noche, otra vez, pero ésta vez centrándose en ella. 

Lestat de Lioncourt


—¿Me quieres?—preguntó mirándome con aquellos enormes ojos azules.

Parecía una niña como cualquier otra. Sus hermosos rizos dorados caían sobre su pequeño vestido de tafetán azul marino. Sus pequeñas manos acomodaban los pliegues arrugados de su falda e intentaba, con disimulo, ocultar las salpicaduras de sangre de sus dedos. Debía gritar, llorar y quejarme por todo lo que había hecho. Sin embargo, cuando el cuchillo cayó al suelo, produciendo un sonido metálico, me arrojé sobre ella para abrazarla.

La estreché contra mí. Lloré por él, por ella, por mí y por todos los demonios que nos acompañaban en aquella terrible noche. Las llamas de la chimenea devoraban con ansia los troncos y sentía que mi alma, como el alma del monstruo que nos creó, se consumía en un infierno terrible donde ella era la abeja reina. Alcé mis manos hacia sus mejillas llenas, palpé su pequeña boca y noté que lloraba. No sabía porqué lo hacía. Quizás lloraba porque no se sentía liberada de sus absurdas cadenas. Aquello que había hecho nos había condenado a ambos, del mismo modo que él nos condenó a todos.

No se vería liberada del dolor de ser una muñeca eterna. Jamás crecería. Nunca moriría. No sabría lo que reconocer en el espejo una arruga, una cana o una mancha producida por la edad. Jamás vería su pequeño cuerpo convertirse en uno bien formado, de generoso escote y encantadora cintura. Sería por siempre una pequeña flor silvestre, pequeña y delicada, en mitad de un jardín salvaje cargado de malicia. Ese jardín al que Lestat nos había adentrado y que siempre mencionaba cuando se sentía borracho de sangre, poder y malicia.

—Claro que te quiero, mi ángel—susurré besando sus mejillas, su frente y sus manos. Esas manos de asesina que siempre me habían acariciado y abrazado mientras dormía. Mi niña, mi pequeña, mi monstruo...


—Entonces, deshazte de él—respondió mirándolo inexpresiva—. Lo odio, Louis... Lo odio...  

viernes, 31 de julio de 2015

Odio

—He aprendido lo peor de ti. Aprecio que hayas sido tan buen maestro—decía envolviendo mi cuerpo con aquella hermosa y colorida alfombra.

Louis permanecía de pie inmóvil, impotente, con las lágrimas sanguinolentas corriendo por sus mejillas. Olía a sangre, mi sangre, y podía percibir la maldad de aquel pequeño cuerpo que me tocaba sin piedad. Sentía como me ataba, empujaba, golpeaba con la punta de sus encantadoras botitas y aspiraba su perfume tan femenino como perverso. Mi muñeca, mi hija, mi dulce ángel asesino y mi dama de muerte había asestado una jugada magistral.

No podía moverme. Me encontraba aturdido y aparentaba estar muerto. No podía hablar. Sentía mi mandíbula desencajada. Mi piel se había secado. Creo que me reduje a piel, similar a un pergamino maltrecho, pelo dorado, huesos y ropas manchadas. Estaba por decir adiós al mundo. Todo lo que había amado me estaba destrozando. No había amor en aquel pequeño y cruel corazón. Sus hermosos ojos azules tenían una mirada dura y cruel. Su pequeña boca se apretaba con rabia.

—Ayúdame, Louis—dijo tirándole una cuerda—. Ayúdame a atarlo.

Él se secó las lágrimas con los puños de encaje de su camisa. Cuando se inclinó sobre mí murmuró algo, pero estaba tan débil que no pude apreciar lo que decía. Creo que Louis tan sólo rezaba. Todavía le quedaba fe y bondad en su corazón, aunque a veces lo negaba. Era una bestia salvaje que recorría las calles sediento de sangre, pero se arrodillaba ante los altares y pedía perdón a Dios por todos sus crímenes. Siempre tan encantador y perjudicado por su fe, sus propios demonios y el recuerdo de su hermano.

Aquellos minutos me parecieron eternos. Igual que el trayecto hacia el pantano. Todo me pareció un sueño terrible. Olía las flores depositadas sobre mi cuerpo, como si realmente alguna vez me hubiese amado, así como el olor de los caballos que relinchaban tirando del carruaje. Cuando caí al pantano, en aquellas aguas llenas de fango e insectos, escuché el movimiento del caimán acercándose a mí. Creo que ahí lloré, pero también lloró Louis. Escuché sus lamentos mientras se apartaba. ¡Mi Louis lloraba por mí! Pero también lloraba por él. Lloraba porque se veía desamparado. Él jamás hubiese permitido aquello, si bien ahí estábamos en ese trágico trance entre la vida y la muerte, el odio y el amor, la desesperación y la libertad ingrata...

—Estamos huérfanos—sentenció Claudia desde la orilla.

—Lo has matado—chistó sin rabia, pero sí con tristeza.


—Admito que quizás estaba equivocada, pero no me arrepiento...

Lestat de Lioncourt   

domingo, 28 de junio de 2015

Odio, amor y cosas humanas

Daniel ha vuelto a realizar una reflexión sobre el amor y los vampiros. ¡No se lo pierdan!

Lestat de Lioncourt


Siempre hemos sido humanos. Jamás hemos olvidado quienes éramos y los sueños que una vez, con duro esfuerzo, conquistamos. Sin embargo, los nuevos escritores, por llamarlos de algún modo, se empeñan en catalogar a sus vampiros en los “más humanos”. ¿Acaso no es humano amar? Nosotros jamás permitido que el amor se diluyera en mitad de la oscuridad. En las sombras, donde nos arrinconábamos para recordar y apreciar la belleza de nuestra existencia, anhelábamos el amor pese a la soledad que ocasionalmente nos invadía.

El amor es algo imprescindible para comprender la humanidad. Aunque es un sentimiento que puede encontrarse en otras especies, no sólo en la humana. Sin embargo, el odio, su contrario, es inyección de sentimientos estúpidos, irracionales y bochornosos que todos hemos sentido y que las especies, esas que llamamos inferiores, no poseen. Nuestras almas, al igual que las almas humanas y los espíritus, tienen la posibilidad de experimentar sentimientos confusos y terribles canalizándolos en acciones cotidianas.

Si hablamos de amor y odio, rencor y tragedia, tengo que hablar de mi vida. Cuando era joven pensaba que sólo me apasionaría la verdad. Estaba enamorado del atractivo que poseía el periodismo. Ser periodista en los setenta y ochenta era peligroso, casi clandestino, porque no había vergüenza ni pudor para demostrar la verdad. Dejábamos sobre la mesa lo más terrible del ser humano, pero también alentábamos a los buenos sentimientos, fuesen o no patrióticos o beneficiosos para el sistema. Me enamoré de esa idea idílica de buscar la verdad y mostrarla al mundo. Sin embargo, hay amores más fuertes en mi vida. He encontrado la felicidad y la tristeza al amar. He comprendido que no sólo puedo amar a mis ideales, principios o sueños. Llámalos como tú quieras.

No llegaba los treinta cuando me enamoré de otra idea. La idea de no morir jamás. Esa idea de sufrir y ser feliz a la vez. Ser parte de una historia que hacía mucho tiempo que había comenzado. Quizás una historia que podía investigar únicamente al ser un vampiro. Quise ser parte de esa comunidad secreta, como los masones u otras logias, que vertían la sangre de sus víctimas en su boca, gracias a sus puntiagudos colmillos, y luego sufrían enormemente la pérdida de la vida como si fueran flores marchitas sobre una tumba desconocida.

En esa época fui un estúpido. Alguien me amó tal y como era. No le importaba demasiado demostrarlo, pero fui terco. Me cegó el deseo de ser algo más que un periodista con una buena historia de ficción entre sus manos, aunque todos pensaban que estaba loco cuando decía que era cierto. Pero seamos sinceros, ¿quién creería que existen de verdad los vampiros? Sólo un loco. Un escritor que no tiene más que un par de neuronas sanas.

Armand, el vampiro que me conoció cuando investigaba los pasos y la historia de Louis y Lestat, me amó. Él dice que no sabe amar, pero sí sabe sentir. Me transmitió su deseo y su necesidad de ser comprendido. Sin embargo, ni siquiera aún hoy es capaz de comprenderse a él mismo. Intenta buscar un ideal que ha perdido y que nunca tuvo claro.

Admito que llegué a odiarlo. Desprecié todo lo que hizo por mí. Incluso desprecié que me concediera lo que tanto quería. Lo aborrecí. Me negué a conversar con él. Fui un estúpido. Pero la estupidez es algo que está implícito en el ser humano.

En estos días donde se proclama la diversidad del amor, se apela a la comprensión y la humanidad, debía hablar sobre el amor, la verdad y la humanidad de los vampiros. Los vampiros amamos sin importar el sexo que se posea. La mayoría podríamos ser calificados de bisexuales, aunque algunos sólo han logrado amar a un único compañero. Conocí a Louis hablándome de todo el odio que sentía hacia Lestat, pero en realidad me narraba una historia de amor que se vio truncada y que él no lograba aceptar. Tal vez yo he sido así con Armand. No lo sé. En estos momentos me encuentro frente al ordenador, Marius está a mi lado ojeando un libro sobre arte moderno mientras murmura que sólo son pinceladas sin sentido, y pienso que he tenido suerte. Soy amado y apreciado. No he sentido el desprecio y el horror como otros de los nuestros, pero sí he ofrecido dolor a Armand. Un dolor que quizás él no admita, pero que yo puedo palpar.


Aún así, este artículo no es una reflexión de mis sentimientos. Es una aclaración. Los vampiros amamos, y por eso hoy quiero felicitar a todas las formas posibles de amor que existen. No se dejen llevar por religiones que claman amor, pero que dirigentes hablan de odio y desprecio. Tomen la mano de quien deseen realmente y sean felices. Feliz Día de la Libertad de Amar sin importar nada. Porque así debería llamarse, ya que no sólo es orgullo de ser quien eres sino de ser libre y capaz de aceptar que amas.  

viernes, 19 de junio de 2015

El guardián de la diosa Pandora

Creo que Arjun se merece algo más que un "acepto tus disculpas". Realmente él no quería hacer daño a otros. No fue su culpa.

Lestat de Lioncourt


Todavía me siento condenado. Puedo ver las llamas danzando frente a mí, como si el infierno se hubiese desatado sobre la tierra, mientras los jóvenes corrían despavoridos. El horror se había asomado a sus vidas con mi rostro sereno y mis ojos crueles. Mi corazón se siente humillado, arrepentido y hundido. Hacía demasiado tiempo que la sangre no rozaba la punta de mis dedos, pero aquella noche me empujaron a creer que lo deseaba, alentaron al demonio que yacía dormido en mis pesadillas y se hicieron reales mis peores temores.

“Infiernos terribles ante tus ojos de Diosa hecha carne. Discúlpame, si te parece ingrato pedir que me ames.”

Me siento indigno a su lado. Mis lágrimas ya no son visibles, pero sigo lamentándome. No quiero ser temido ni odiado por la mujer que juré proteger, amar y no olvidar. Ella se convirtió hace tiempo en la poesía más hermosa que jamás he recitado, pues su nombre es una dulce canción que endulza mis sueños. El silencio de la soledad traspasó mi cuerpo hiriéndome en el alma, pero ella regresó a mí tal y como esperaba. Fui paciente y aguardé, sin embargo me siento perverso al estar a su lado. Siento que cada noche visto un disfraz que puede romperse para acabar convirtiéndome en ese monstruo horrible.

“Por una lágrima un océano de penurias, pero te juro que te salvaré de cualquier calumnia.”

He secado sus lágrimas, villanas de manchar sus mejillas, mientras mantenía una ligera sonrisa. Quiero ser la bestia que convierta en príncipe, pues el príncipe que vivía entre lujos rechazó ser el germen de un pueblo lejano, perdido en medio de los grandes ríos y las junglas, por seguir sus pasos. Ella es mi esperanza, pero temo que me odie. Temo su rechazo. No quiero que me tema.


“Diosa prohibida, manantial de vida. El amor puede ser doloroso, como las espinas de las rosas, pero prefiero vivir en terrible poesía antes que vivir en gris prosa.”

Amor de padre, odio de hija.

—Descubrí la maldad del fondo de tu corazón y la hice mía. Contemplé el orgullo en tus ojos, asimilé tus sonrisas turbias y caminé con la elegancia de las mujeres que tanto adulabais. Me convertí ante vosotros en una muñeca perfecta, pero en realidad estaba tan maldita como las harapientas que usaban para el vudú. Para vosotros era vuestra hija, pero para la oscuridad era una asesina más—decía aquello sentada en el elegante sofá de aquella salita.

Había estado viéndola durante varias noches en el hospital. Fue terrible para mí volverla a encontrar, aunque ya sabiéndome menos frágil. Ya no era un humano más, sino el vampiro que siempre fui. Sin embargo, tenía miedo. Me daba miedo verla así, tan real. Era ella, jamás dejó de ser ella, y a la vez no era más que humo, recuerdos y dolor. Quería huir, no escucharla y abandonarla a su suerte una vez más. Debí haberlo hecho. Abandonarla la primera vez, dejándola allí moribunda y olvidarme de su piel pálida y febril. Pero ni antes ni en esos momentos pude hacerlo. Permanecí de pie apoyado en el marco de la puerta. Crucé mis brazos a la altura del pecho y dejé que siguiera.

Aquella noche había elegido unas prendas similares a las que yo había usado en otra época. Los jóvenes se divertían usando vestimentas estrambóticas, muy elegantes para mí, y yo recurría a ellas. Llevaba mi levita con camafeos de las musas y disfrutaba de mi camisa de chorreras. Pero aquella noche esa ropa me hacía sentirme en otro tiempo, el tiempo en el cual se fraguó nuestra leyenda y odio.

—Era hermosa, ¿no es así?—dijo mirándome directamente a los ojos. Un ligero escalofrío recorrió todo mi cuerpo—. Mis tirabuzones dorados te recordaban a tus rizos enmarañados, salvajes como la melena de un león, y atados a duras penas aunque con gracia. Mis ojos, tan profundos y celestes, podían ser un paraíso envenenado que muchos veían cargados de inocencia, frágiles lágrimas y terribles tormentos infantiles. Esa voz, esa que te llamaba con malicia, recitaba los poemas favoritos del inútil de tu amante—apreté la mandíbula y mis puños. Me sentía incómodo—. Los dos, tú y él, os convertisteis en unos patéticos remilgados que buscaban su propia felicidad. Sin embargo, ¿y la mía? ¿Acaso creías que yo era feliz siendo una niña?—preguntó.

—En absoluto—respondí—. Pero, de forma egoísta, nosotros lo éramos teniéndote a nuestro lado. Te reteníamos, te apretábamos con las rejas de nuestros dedos, y te convertimos en presa de nuestros deseos. Jamás pensamos en ti, lo reconozco. Fue mi culpa, no suya. Hazme el favor de no meter a Louis en todo esto—ella se echó a reír cuando comprendió que intentaba alejarla de mon ange, sin embargo era imposible. Deseaba destruirlo, pero daba gracias que él fuese incapaz de verla, escucharla y poder tenerla presente como yo la tenía.


—No te dejaré descansar—respondió antes de desaparecer.

Lestat  de Lioncourt 

viernes, 12 de junio de 2015

Amor y odio

Ahora entiendo porque Daniel lo buscaba de ese modo...

Armand y sus memorias.

Lestat de Lioncourt

Había deslizado sus gafas hasta la puta de su nariz. Sus ojos, casi violetas, se centraron en los míos. Dudo muchísimo que pudiese ver algo más allá de sus pobladas pestañas. Sin embargo, era atractivo. Aquel delgado y rebelde periodista, el cual era capaz de cualquier cosa por lograr sus objetivos, me cautivaba. Deseaba comprender el mundo a través de su ambiciosa alma. Tenía la intensidad del café en sus labios, el calor del whisky en su piel y el aroma de la nicotina en su ropa junto a su crema de afeitar. Era casi un muchacho. Creo que no llegaba a los treinta cuando decidí convertirlo en mi capricho y mi corazón. Ni siquiera ahora dudo del amor que tenía hacia él, pero sí sobre el que él pudo tener hacia mí.

—¿Por qué?—lanzó aquella pregunta que tanto había esperado.

Pude escuchar un ligero suspiro salir de sus labios precipitadamente. Mis manos no se apartaron de su mandíbula, del mismo modo que sus codos no se bajaron del respaldo de aquel sofá. Notaba como le incomodaba que estuviera sentado a horcajadas sobre él, con aquel traje blanco que me hacía parecer un niño cándido de una vieja postal ibicenca, pero no estaba dispuesto a bajarme. Él tenía la camisa negra arrugada, con la corbata mal anudada y el cabello revuelto. Sus jeans estaban sucios de barro y se había quitado las botas nada más llegar. En su mano derecha tenía un cigarrillo recién encendido y en la izquierda, que movía ligeramente de vez en cuando, un vaso de whisky on the rock.

—Me atraes—dije rodeándole el cuello con mis brazos. Aparté mis dedos de su rostro para jugar con el pelo corto de su nuca.

—Tú a mí no—respondió llevando el vaso de whisky a sus labios, para dar un trago, y luego hizo lo mismo con el cigarrillo—. Te detesto. Eres un maldito hijo de puta que me está jodiendo la vida.

—¿Por eso vienes aquí?—susurré pegando más mi torso al suyo—. ¿Para insultarme y decirme lo malo que soy?—sonreí con inocencia fingida deslizando mis manos por su pecho, desabotonando los pocos botones de su camisa que aún quedaban en su lugar, para luego inclinarme y mordisquear sus pezones—. ¿Vienes a eso?

—Armand...—jadeó apretando el vaso, pero el contenido cayó sobre aquel elegante sofá de cuero negro.

De inmediato le quité el cigarrillo y se lo coloqué en los labios, para que diese otra calada, mientras me quedaba obnubilado por sus labios apretando aquel veneno legal. Mi mano izquierda acariciaba su vientre, bajando peligrosamente hasta su bragueta, mientras intentaba contener mis más bajos instintos. Deseaba beber de él, saborear su sangre y alimentarme.

—Daniel, ¿me respondes?—dije con una ligera sonrisa.

Apagué el cigarrillo echándolo en su copa, dejándola en la mesa de mármol que teníamos a la derecha, mientras él me seguía con la mirada. Bajé su cremallera y saqué su miembro comenzando a masturbar su miembro. Él acabó echando la cabeza hacia atrás dejando que mis dedos hicieran lo que tanto deseaba.

—No lo sé... Sólo hazlo—balbuceó.

Reí bajo quedándome de rodillas frente a él. Con cuidado besé la punta de su miembro, rozando mis labios sobre su glande, para deslizar mi lengua hasta la base de éste. Sus manos fueron a mis cabellos y se enredaron en cada uno de mis mechones, tirando de ellos, mientras le observaba. Él disfrutaba de ese momento como si fuese lo último que fuese a hacer durante su desastrosa vida.

—Armand...—jadeó incorporándose.

Quedó de pie conmigo hundido entre sus piernas. Sus manos se aferraban a mi nuca, mi pelo y mi cráneo. Movía mi cabeza con cuidado, apretaba con deseo y dejaba que mi lengua reptara por cada milímetro de su sexo. Cuando llegó al final me aparté permitiendo que manchara mi rostro. Él de inmediato colocó bien sus gafas para verme y pude notar el deseo electrocutar su cerebro.

—¿Decías?—dije mirándolo a los ojos.


—Te amo.

jueves, 28 de mayo de 2015

Celos

Mira por donde Claudia no era la única que tenía un diario... ¡Y mira por donde yo tengo ese diario! Os dejo una página de un viejo diario de Louis.

Lestat de Lioncourt


Quiero mirar a un lado. No deseo desvelar mis sentimientos. Intento hundirme en mi condena y olvidar que tú eres la soga que está aferrada a mi cuello. Noto el nudo clavándose en mí, quitándome el aliento, y provocando que esté completamente irritado. Veo tu sonrisa, tus modales refinados frente a las damas y esos guiños traviesos que creía que sólo a mí me regalabas. Puedo oler en tu ropa el aroma de otros. Percibo un placer desenfrenado de ti hacia otros y eso me perturba, enloquece y entristece. Siento que pierdo el juicio y deseo destruir todo lo que está a mi alcance. Tú me has hecho así.

Sin embargo, cuando me abrazas percibo tu aroma y sé que estoy en el hogar. Encuentro el camino hacia la paz. La calma inunda todo. Puedo percibir la melodía de tu corazón bombeando con fuerza, llevando la sangre de tus víctimas hacia cada parte de tu cuerpo, y el mío, ligeramente aletargado, comienza a llevar el mismo ritmo mientras acaricio tu rostro. Me he reprochado mentalmente el amor que siento por ti, pero aún así no desaparece. Pese a todo crece con fuerza, se convierte en una enredadera que ata mi cuerpo y enloquece mis sentidos. He perdido la paciencia y la calma sólo regresa cuando me sonríes desde el piano.


Odio que otros puedan hablar maravillas de tus inteligentes diálogos, tus indiscutibles pensamientos y tus elegantes modales. Frente a mí siempre te has comportado pueril y ridículo, has gozado del teatro casi sin conocer realmente sus intrincados sentimientos y sé que eres un demonio. Un maldito demonio. No sé de dónde has venido, pero sí que has llegado para quedarte gozando de mis lágrimas. Te odio, pero a la vez te amo demasiado como para abandonarte.  

martes, 26 de mayo de 2015

Odio

Si hubiese sabido que me odiaba posiblemente hubiese intentado paliarlo de algún modo.

Lestat de Lioncourt


Tocaba. Sus dedos se movían sobre el piano con una agilidad pasmosa. Solía sentarse frente al instrumento algunas horas. Parecía festejar las muertes de todos los idiotas que se interponían en sus planes. Disfrutaba de las obras más innovadoras y se regocijaba en las frases más inquietantes de los diálogos. Se dejaba llevar. Solía saborear la vida a grandes tragos y se precipitaba por las calles cercanas como si fuese un monstruo, pero con la elegancia característica de épocas pasadas. Su cabello rubio, revuelto y suelto era como la melena de un león que centelleaba bajo su sofisticado sombrero. Las mejores telas cubrían su cuerpo, con el mejor patrón y todo hecho a mano. Sin embargo, era más puro frente al piano. Pues la música acelerada era única entre los nuestros. Ningún mortal podría tocar como él.

Durante algunos años admiré al demonio que se vestía elegante y mataba con sus encantos. Era la muerte más soberbia que podías tener. Me deleitaba contemplando como destrozaba la vida de cientos de hombres y mujeres, los arrojaba al canal más cercano y bailoteaba sobre las tumbas de los cementerios. Pero poco a poco fui detestándolo.

Odio que me toque el cabello y me llame hija. No puedo evitar el asco cuando me estrecha entre sus brazos y besa mi aniñado rostro. No soy inocente, pero él es peor que yo. Me condenó a ser así. Nadie me preguntó. Él no me dio a elegir. Me siento atrapada en un cuerpo diminuto de aspecto doliente e inocente. No lo soporto. Él tiene la culpa de todo. Él y Louis. Sin embargo, Louis es débil y fácil de manipular. Puedo usarlo a mi antojo. Con Louis jamás tendré problemas, pero él es irreverente y jamás sé lo que puede estar pensando. Es estúpido, pero a la vez astuto. No imagina siquiera el odio que germina en mí como una enredadera.


Hoy sólo vivo para la venganza.  

viernes, 8 de mayo de 2015

Sentimientos de una mujer

Si lo hubiese sabido quizás la hubiese retenido y explicado que lo hice para no perderla. Ahora ya es tarde. Lean la carta, por favor, y comprenderán lo que deseo decir...

Lestat de Lioncourt


He observado la calle durante horas. Creo que podría describir con detalle a todo el despojo humano que ha desfilado bajo el balcón principal, ese que da al salón e inmediatamente a mi encantador piano. Mis diminutos ojos grises han contemplado con miseria el paso de la vida. Carezco de perdón por parte de Dios, si existe, y también carezco de corazón. No siento compasión por mis víctimas, pero sí un profundo y terrible dolor cuando comprendo que yo jamás tendré mi vida soñada. He tardado en hilar momentos y sentimiento. Ha sido duro comprender que nunca llegaré a anciana y jamás disfrutaré de mi primer beso. Terrible.

Mis pequeños dedos acariciaron durante horas la barandilla. Pensé en caer, como si tropezara, y sentir el asfalto con la aspereza y dureza necesaria para quebrarme en mil pedazos. Sin embargo, sé que no moriría. Sólo el fuego o el sol podrían destruirme en su totalidad, aunque he leído otras maneras igual de horribles. Actualmente no me encuentro con fuerzas de morir. Deseo vivir el tiempo necesario para planificar y lograr mi venganza.

Lestat ha aparecido con otro vestido de princesa de gasa azul, unos zapatos de charol negro y unos calcetines blancos con encantadores lazos de la misma tonalidad que la tela. Es insufrible. Sonríe como si me hubiese entregado el mejor de los regalos. Yo sólo lo he mirado unos instantes con los ojos amargos, como amargo será su final, mientras él suspiraba hastiado porque nada me complace. Finalmente Louis me ha recogido en sus brazos, me ha pegado contra su perfumado torso y me ha llevado hacia la biblioteca. Sé lo que intenta. No quiere que discutamos como cada noche. No lo soporto.


Me tratan como si fuese una niña. La niña de un par de idiotas que jamás comprenderán que ya soy una mujer. Ni mis dibujos o poseías le dicen nada. Jamás aprenderán que las canciones que he logrado aprender son tristes y demenciales. Me estoy volviendo loca. Temo perder el juicio y caer en las garras del fuego por propia voluntad. Debo deshacerme de ellos, pero primero lo haré con Lestat. Es tan estúpido. Pero tan estúpido. Creo que me quiere mucho más que Louis. No puede discutir conmigo por más de unas horas y siempre es él quien vuelve arrastrándose. Debo hacerlo.  

miércoles, 15 de abril de 2015

Odio

Claudia nos odiaba, pero nosotros seguimos amándola. Somos sus padres. Un padre siempre querrá a su hijo pese a quien le pese, aunque a quien más le pese sea al propio hijo. 

Lestat de Lioncourt


Todos los admiran como si fuesen perfectos. En ellos ven la elegancia de un viejo estilo, unos modales que poco a poco se van desvaneciendo como el viejo sabor colonial, que les provoca cierto revuelo en el corazón. Los contemplan desde la lejanía absortos en sus ojos criminales, los cuales poseen luz propia en la oscuridad. Caminan lentamente por las calles, apoyados en sus elegantes bastones, mientras hablan de teatro, música y cualquier tema de actualidad. Visten según la moda de París, pero con un toque clásico que les hace ser irresistibles. Tienen la apariencia de jóvenes caballeros bien educados, pero también la de hombres maduros que harían cualquier cosa por mantener su nivel de vida. Peligrosos y atractivos.

Louis siempre parece absorto. Creo que tiene sus propios problemas. Se siente perturbado ante Lestat. Cae a sus pies y ni siquiera se percata. Desea que le abrace y bese, del mismo modo que las parejas de las populares obras que leemos juntos ocasionalmente, pero éste está hundido en su perorata mientras habla de los viejos tiempos, los avances y la construcción de nuevos ferrocarriles, puertos y negocios a lo largo y ancho del país. Habla de todo como si él tuviese cierto poder sobre esas empresas, lo cual no sé si es cierto o sólo una apariencia, mientras Louis le mira con ojos soñadores esperando tener algún halago por el acierto de su chaleco. Son encantadoramente estúpidos.

Camino a su lado. Mis pequeños pies envueltos en diminutas botas, limpias y hermosas, me recuerdan que sigo siendo una niña. La muñeca que aferro tiene mayores atributos femeninos que mi joven y tullido cuerpo. Tengo las mejillas sonrojadas por la sangre que he arrebatado a un pobre idiota. Mi vestido de tul azul, con ese encantador lazo en la cintura, dulcifica aún más mis rasgos. Tengo el cabello recogido en diminutos recogidos, los cuales tienen cintas similares al color del vestido. Louis no me ha cargado aún, cosa que me disgusta, mientras me habla cómplice de los sueños que no se atreve a contar directamente a Lestat.

Muchos darían cualquier cosa por ésta vida. Sin embargo, yo hubiese dado cualquier otra por haber proseguido desnutrida, aferrada al cadáver de mi madre y llamando agónicamente a mi padre. Hubiese sido más decente. Me han convertido en un ser incapaz de amar, lleno de odios y deseos que no podré cumplir. Cada año que pasa es aún peor. Además, siempre me recuerdan mi trágica historia con una muñeca. Dicen que es “mi cumpleaños”, pero yo sólo veo una fecha maldita en el calendario...


Algún día seré libre. Tal vez sólo en unas noches. Quiero pensar que podré librarme de ésta carga. Algún día... tal vez mañana.  

miércoles, 25 de febrero de 2015

Odio, rencor...

Claudia sufría y yo lo sabía, sin embargo intentaba negarlo. Louis y yo... siempre lo negamos. 

Lestat de Lioncourt 

París es hermosa cuando las flores aparecen en sus vistosos balcones, provocando una sensación extraña y encantadora. Es como una mujer recién perfumada. Puedes ver como coquetean cada rosa, jazmín o violetas. No importa cual sea la flor, pues deslumbran incluso bajo la luz de las lunas y las farolas. Recuerdo bien cada rincón como si hoy mismo pusiese mis pequeños pies sobre las baldosas. Siento el frescor de la madrugada acariciando mis cálidas mejillas. El rubor sutil de mis carrillos se difuminan quizás para él, en sus recuerdos, pero no para mí.

Me tomaba de la mano como si fuese una niña. Se inclinaba para besar mi frente, acariciar mis largos y dorados rizos, y me decía que me amaba. Sí, amor. Yo lo detestaba. Tanto amor barato, lleno de la sutil fragancia de la culpabilidad, disparaba mi rencor. Quería destruirlo, pero a la vez me veía con miles de impedimentos. Aún lo necesitaba. Él era mi Louis, mi pobre diablo de ojos verdes.

Una noche me escapé de su lado. De ese tormento. Me sentía hundida. Siempre estuve perdida. Jamás logré encontrar un camino entre tantas sombras. El dolor se anquilosaba en mi corazón. Nunca sería como las dulces criaturas de ojos soñadores, frágiles cuellos y elegantes piernas. Envidiaba sus vestidos, los gantes hasta el codo, las perlas que decoraban sus escotes y sus suculentos pechos a punto de salir del corsé. Tenían los labios de un carmín tan intenso como las fresas o las manzanas. Parecían pequeñas muñecas caprichosas salidas de cuentos de hadas. Las detestaba. Verlas a mi alrededor provocaban que me hundiera. Siempre sería una niña frente a todos, jamás una mujer. Nunca sabría que es ser amada, hacer el amor o escuchar a un joven susurrar lo encantadora que era mi risa. ¿Yo reía? No lo recuerdo.


Los cafés estaban llenos de jóvenes revolucionarios, tan apasionados como hermosos, y los artistas hablaban de lo sufrido que era no ser comprendidos. Los observaba. No importaba sus edades. Deseaba ser estrechada de forma carnal, amada como una mujer, y olvidarme de mi pequeño tamaño, diminutas manos y encantadora mirada infantil. Quise llorar, pero me aguanté las lágrimas. Decidí escuchar atentamente los pensamientos de todos y cada uno, disfrutando de cada instante, y cuando regresé junto a Louis lo contemplé con asco. Odiaba su presencia, la virtud de mirarme como un cordero y su cínicas palabras de amor.  

miércoles, 7 de enero de 2015

Mi reflejo

Quinn le hizo algo a Goblin. La verdad es que no tenían culpa. 

Lestat de Lioncourt


Recuerdo como me miraba. Esos ojos tan similares a los míos con esa sonrisa pérfida. Era todo el dolor y oscuridad que yo jamás quise aceptar que tenía. Su aspecto era llamativo, pues era el mismo. Usaba mis prendas favoritas, a veces incluso lucía las mismas con una elegancia que me abrumaba. Quedé impactado cuando sus manos recorrieron mi cuerpo y sus labios rozaron mis mejillas. No supe huir.

Desconozco si me amaba tanto como para odiarme. Durante años estuvo perdido, a oscuras, por mi marcha a lugares donde parecía que jamás llegaría. A mi regreso me dio la espalda, me hundió en palabras crueles y me atacó. Yo, lo único que tenía, le había abandonado. Era lógico que reaccionara de ese modo. Sin embargo, no sabía quien era.

Cuando era pequeño intentaron confundirme. Siempre estaban las palabras amables y baratas de «Es tu amigo imaginario», pero se descubrió que todos podían sentirlo o verlo. Aquello me torturó. Me dolía que muchos pudiesen haberlo visto y me tacharan a mí de enfermo.

No son pequeñas mentiras piadosas. Son mentiras que hieren. No me lo esperaba de ellos. Me dolió. Sin embargo, perdoné porque en mi corazón estaban todos y cada uno. Hicieron aquello por bondad y no por maldad. Si bien, no fue lo único que guardaron.


Goblin era Gawain Blackwood, mi hermano gemelo. Un hermano que murió al poco de nacer. Alguien que dio su vida para que yo viviera. Yo me desarrollé dejándolo a la sombra. Fue terrible. Cuando lo supe quise morirme. Comprendí entonces todo. Él sí me amaba, pero le di la espalda. Quizás era quien más me quería en esa casa. Pero a la vez me odiaba porque conseguí una vida, cosa que él perdió para siempre. Debería odiarlo porque él mató a tía Queen, pero hace mucho tiempo que he perdonado ese acto bárbaro y sin sentido. Era mi hermano, un niño asustado por siempre en medio de la oscuridad.  

miércoles, 29 de octubre de 2014

Monstruo

Petronia de nuevo apareció y dejó algo que no suele dejar: sentimientos que no sean de rabia. 

Lestat de Lioncourt


La oscuridad puede ser tu única compañía cuando la soledad enmudece tus lágrimas, ata tus manos impidiendo que la libertad avance y sesga cualquier sueño agradable. Durante años me convertí en una marioneta rabiosa. Un animal de presa que lanzaban sobre las arenas de un coliseo para que desgarrada a mis víctimas. La barbarie yacía a mi alrededor, se agitaba como un junco contra el viento, y podía ver en miles de ojos la verdad más cruel.

Me convertí en objeto de deseo para muchos. Codiciaban mi talento desgarrando gargantas. No pensaban en mí como un ser humano, sino como una bestia sedienta de sangre. Mis manos se mancharon en miles de ocasiones del carmín que derramaban mis víctimas. Me vestí de dolor. El luto era mi emblema. Dejé de sufrir cuando comencé a verlos a todos como seres sin alma.

Acabé siendo arrastrada a lugares más turbios. Muchos deseaban palpar mi rareza. Me observaban como si fuera un mito. Besaron mis labios con sed, acariciaron mi piel como si fuera seda y acabaron arrancándome los últimos sueños que conservaban. Fui la ramera que deseaban, el muchacho joven que tanto les apetecía, el monstruo que no convertía en piedra y les ofrecía placer...

La rabia quedó en mi pecho, pero no así el odio. Comprendí que la bondad se podía encontrar en el ser más insospechado. Sonreí al tomar su mano, sentirme digna de alguien o algo, y finalmente me creí tan fuerte que deseé perdonar. Si bien, nadie perdonó mi rareza. Arion, mi creador, suele decir que soy una joya poco valorada aunque hermosa, valiosa e imposible de olvidar. Desconozco si tiene razón, pero aprecio que me mostrara que tras la máscara puedo ser algo más que un monstruo.


Mi dolor se ha convertido en parte de su dolor, sus deseos se han convertido en parte de los míos. Acompañarlo es a veces una tortura, pero siempre se convierte en una experiencia fascinante. Quizás no seamos los mejores compañeros, aunque siempre me agradará escuchar de su boca que no soy la alimaña que todos creen.  

lunes, 15 de septiembre de 2014

El miserable, el romántico y el amor puro.

—Jamás creí que me tropezara contigo ésta noche—dijo con voz áspera, aunque no dejaba de tener elegancia cada palabra que salía de sus labios. Poseía una chispa de locura en sus ojos y un aspecto envidiable. Su cabello ondulado y largo cabello negro caía sobre las solapas de su traje de lino beige.

—¿Y dónde creías que me ibas a encontrar?—interrogué alzando mi ceja derecha. Mi expresión era de total incredulidad. Sabía que definitivamente nos toparíamos de nuevo, como si todos los caminos condujeran a un reencuentro amargo. Ya no existía un sólo recuerdo amable que salvar. La distancia era terrible entre nosotros. Ambos sabíamos que éramos dos seres totalmente distintos a los viejos compañeros que se desafiaban, emitían juicios precipitados y en el fondo se querían. Ya no.

—No lo sé—contestó—. Francamente, te hacía medio muerto sobre alguna lápida.

—¿Por qué pensabas en un destino tan miserable?—pregunté cruzándome de brazos. Me sentía incómodo. Mi ropa era radicalmente distinta. Parecía uno de esos jóvenes de la cultura “gótica” debido a mi camisa de chorreras con encantadores encajes en los puños, aunque los pantalones de cuero y las botas me daban un aspecto de estrella del rock.

—Tu bruja—susurró—. Es un avecilla que ya no está en tu rama. Supuse que te deprimirías tanto que sólo cometerías estupideces.

—¿Cómo tú cuando comías ratas? ¿O cómo tú cuando incendiaste medio New Orleans por un ataque de celos? También puedo recordarte todas las estupideces y actos bajos que has hecho—sus ojos verdes brillaban coléricos, pero no emitió palabra alguna durante mi discurso—. La lista es amplia, podemos estar hablando horas.

—¿Serías tan miserable de reprocharme todo lo que he hecho?—preguntó frunciendo el ceño.

—No, el miserable eres tú—dije con una sonrisa eufórica—. Dime, Louis, ¿cuándo vas a perdonar que te salvara la vida?

—Oh, pero si estoy agradecido. Muestra de ello es que no te he hecho la vida demasiado imposible—se acercó unos pasos y acarició con un par de dedos mi mejilla—. Si me comportara como un miserable, igual que tú harías en mi lugar, me mofaría de tu amor por esa mujer. Me reiría en tu cara por haber caído condenado. Has puesto en riesgo esta vez tu corazón, dulce príncipe, y han decidido tirarlo al suelo.

—¡Aparta!—grité empujándolo—. ¡Cómo te atreves a ser tan odioso!

—¿Odioso por decir la verdad?—dijo antes de echarse a reír.

—¡Largo de mi vista!—vociferé.

Él sonrió una vez más e hizo una ligera reverencia, como si aún fuese un caballero de alguna plantación de algodón y café. Se giró y se marchó. Su caminar seguía siendo elegante. Desde la lejanía parecía mi Louis, el Louis que conocí. Pero, cuando lo tuve frente a frente sólo vi a un monstruo que se regodeaba por mi dolor.

Cuando estuvo lo suficiente lejos, a varias calles, me senté en el banco de aquel parque. Sentí el hierro frío del banco, el murmullo del viento revolviendo mi pelo y el dolor que se atenazaba en mi pecho. Comencé a llorar como hacía años cuando era más joven. Un llanto amargo. Quería que Rowan volviese a mi lado. Necesitaba a esa mujer junto a mí. Ella era lo único puro que había logrado tener, un amor único y perfecto como un diamante. Sin ella me sentía en la miseria.


Ella estaba en peligro. Yo debí haberla llevado lejos, pero no quise que Michael o alguien de su familia sufriese. No me veía con las fuerzas suficientes para apartarla y luego escuchar sus reproches por ello. No podía. Me sentí tan coaccionado por un posible futuro oscuro, turbio y rocambolesco entre ambos, que la aparté. Y ahora, una década después, cuando todo parecía idóneo, casi idílico, para estar juntos ocurrió una serie de desgracias que nos impidió estar juntos. Aún así, mi amor por ella sigue intacto y sé que su amor por mí también lo está. No importa cuánto se burle ese desgraciado de mí, ni siquiera importa si en alguna nueva alocada aventura muero en el intento de salvar el mundo, de ser el héroe de todos, porque al menos he conocido el verdadero significado de amar sin importar nada. De amar más allá de la piel y la carne.  

Lestat de Lioncourt 

martes, 9 de septiembre de 2014

Mi oficio

Nada, otra vendetta más. Otro que se apunta. Aunque supongo que ya estaba más que apuntado.

Lestat de Lioncourt 


Aún la noche envolvía todo con su misterio, y sus encantadoras estrellas brillando a miles de kilómetros, mientras el mundo se rendía por completo a los sueños. Los sueños son para muchos algo de qué hablar cuando despiertan, una sonrisa tímida al tomar un café cargado y la fuerza necesaria para soportar su vida de esclavo del trabajo, las reuniones sociales y la vida misma. Para otros, los que viven dentro de estos, en sin duda lo único que poseen. Plasmar sueños en pinturas, escritos y partituras es la vida del artista. Genera un poder hipnótico que doblega el alma.

Se encontraba sentado en uno de los tejados, con el violín entre sus brazos y el cabello hondeando debido a la ligera brisa. Aún el verano parecía no querer retirarse. El calor era algo insoportable, pero merecía la pena por el aroma de los jazmines y el murmullo de los insectos. El asfalto parecía una lengua negra y los vehículos pequeñas maquetas. El edificio era alto, aunque no tan alto como los que él había conocido en otras ciudades. Tres gloriosas plantas visibles, un sótano que quedaba en las entrañas de la tierra y un jardín lleno de plantas de las que desconocía algunos nombres. Había regresado a la vida y aún se preguntaba qué hacer con esa oportunidad.

El odio le había llevado a la venganza, el rencor le guió sus pasos, el demonio susurró en su oído y él tocó para asesinar los sueños de un ser que aún amaba. Su sonrisa cínica, sus hermosos cabellos dorados y el recuerdo de las noches parisinas le agobiaban demasiado. Se sentía confuso, dolido, abochornado y a la vez triste. El lamento de su violín cada vez era más frenético. Él construía sueños, tocaba por pasión, pero en esos momentos era títere con hilos que iban hacia el infierno.

Imaginó un mundo distinto. Cerró los ojos y aspiró el aroma de las flores. Con cariño abrazó el violín y se puso en pie encima de aquel tejado. Con elegancia comenzó a tocar mientras sus sueños buscaban liberarse. Pensó en un París distinto, una noche más en el teatro, el regreso de Lestat como si fuera el príncipe de un cuento de hadas y él el monstruo que aguarda ser liberado. Igual que si fuera un Minotauro y conociera a Ícaro con unas poderosas alas que pudiesen arrancarlo del tormento, de aquella jaula inhumana, y le devolviera el aliento, sus manos y la esperanza. Tenía cerrado sus ojos, pero de inmediato los abrió y se echó a reír. Sabía que tenía que hacer. La venganza era cruel, dolorosa incluso para él, pero el único camino. El camino hacia la libertad.



lunes, 1 de septiembre de 2014

Mi alma al diablo

Bueno, Nicolas da muestras de su "amor" por mí. Más bien rencor... ¿por qué él y Louis son así?

Lestat de Lioncourt 


Nevaba. Aunque no hacía demasiado frío, pero ya no eran las primeras nevadas ni serían las últimas. Los copos de nieve danzaban frente a los cristales empañados de la estancia. El violín descansaba sobre una silla baja, de espalda estrecha y algo coja por una pata dañada. Las cortinas estaban algo sucias, pero eso no era relevante. El escritorio estaba lleno de papeles, algunos libros y diversos documentos sin importancia. La pluma estaba sumergida en el tintero y no muy lejos, como a una palma de distancia, había varias botellas amontonadas. Era borgoña, y aún podía sentirlo en la boca.

La nieve seguía cayendo. Limpiaba el dolor, las heridas de la tierra, aumentando el caudal de los riachuelos que pronto quedarían congelados en la montaña. Las nubes eran oscuras, amenazaban una tormenta virulenta, pero deseaba huir de allí. Estaba desnudo y no sentía frío, pues el pánico calentaba mi cuerpo y alejaba cualquier otro pensamiento.

—¿Por qué no regresas a la cama?—ni siquiera quería escuchar su voz, pero ahí estaba. Él se encontraba recostado en el colchón, con las sábanas sucias y revueltas, mostrándome su cuerpo prácticamente desnudo y con los ojos clavados en mi espalda. Podía verlo en el turbio reflejo del cristal, aunque era casi inapreciable—. Podemos repetir, si deseas.

—Bebí demasiado—balbuceé—. No era yo...

—No sé porque dices eso—dijo con una breve risilla—. Estabas pletórico—escuché el leve chirriar de la cama, después sus pisadas rápidas y toscas, para finalmente sentir su respiración pegada a mi nuca—. Ni la mejor de las furcias me ha satisfecho de ese modo.

—He vendido mi alma al diablo...—estaba a punto de romper a llorar.

—Has hecho muy bien en venderla a éste demonio, pues has abierto las cancelas del paraíso—su voz siempre me resultó sensual, pero en aquel momento realmente parecía el mismísimo Lucifer. Sus manos se colocaron en mis caderas y sus labios rozaron mi nuca, se pegaron a mi cuello, dejaron caricias en mis sienes y finalmente, tomándome del mentón con la mano derecha, me giró el rostro y me besó en los labios.

Su lengua, húmeda y cálida, me electrocutaron. Nunca había sentido algo así. Ni siquiera con alguno de mis viejos amantes. Él había sido el primero en provocar una reacción tan intensa. Aquello era dejar mi corazón en sus manos. Sólo quería encender su interés en mí, conseguir algunas copas gratis, y finalmente me vi arrastrado a la mayor condena de todas. Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras me giraba, aferrándome a su esbelta estatura, mientras rogaba que aquello no acabara. Sabía bien que no era mío, no sería el único, y eso encendía mi rabia.


Su mente perversa no me dejó escapar... él condenó mi vida.   

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt