Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta familia feliz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta familia feliz. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de abril de 2016

El amor mueve el mundo, sobre todo cuando es odio.

Página extraída del Diario de Claudia... ¡Tanto odio!

Lestat de Lioncourt


Las estrellas parecían siempre tan cercanas y distantes como siempre, pero esa noche era la primera de muchas otras. Había acumulado un odio voraz que me destruía el alma y me arrastraba a una vorágine de dolor imposible de calificar o cuantificar. Ante los ojos de todos era simplemente una niña que se asomaba a un balcón cargado de hermosas flores en plena primavera. Tenía el rostro dulce y angelical de una muñeca, los ojos vivaces y una sonrisa soñadora. Sin embargo la verdad era terrible y podía calificarse de pesadilla. Era una mujer atrapada en un cuerpo diminuto que jamás se desarrollaría y marchitaría. Era eternamente una semilla que no florece y no toma su esplendor.

Muchas veces contemplaba a las mujeres coqueteando con algunos hombres a la salida o entrada de la ópera. Me fascinaba la forma en la cual se sonrojaban y miraban con cierto falso pudor a los jóvenes más influyentes y adinerados. Podía ver el interés por el dinero y el placer carnal en cada una de ellas, pero también la inteligencia provocadora que se reflejaba en el movimiento de sus abanicos, la forma en la cual se agarraban a sus acompañantes o reían subiéndose al carruaje.

Esa noche la calle estaba casi desierta y él yacía envuelto en una alfombra. Había matado a mi padre, al hombre que me condenó a lo que era y que me arrancó de los brazos de la muerte creyéndose Dios. Hice que se derrumbara ante mí suplicándome por su vida y por el amor que supuestamente ambos nos teníamos. Louis se martirizaba sentado en el diván. Mi Louis, mi compañero, mi madre y mi marioneta. Él, el hombre que me acicalaba y me abrazaba como si fuese su muñeca predilecta, lloraba amargamente porque su verdadero amor yacía muerto frente a él.

—Lo has matado...—decía cuando recobraba la voz—. ¿Qué has hecho? ¡Dios santo, qué has hecho!—gritaba nervioso queriendo arrastrarse hasta él para suplicarle perdón por no haberlo evitado, por no detenerme y por amortajarlo de ese modo tan ruin.

Por mi parte me daba cuenta que su muerte no implicaba nada. Que él muriera no significaba que yo fuese libre. Había matado a Lestat y la conciencia me pesaba. Sin embargo esas malas hierbas hechas pensamientos de culpabilidad se esfumaban pensando en los viajes que haría, los lugares que conocería, la gente con la que conversaría y los misterios que desvelaría.

—Lestat, mon coeur...—susurró arrodillándose ante el cadáver intentando deshacer los nudos de la soga que lo ataban con firmeza.

—No, Louis—dije apartándome del balcón—. Ha muerto y debes dejar a los muertos en paz.

Entre mis manos llevaba crisantemos blancos que coloqué con indiferencia sobre su cuerpo, para luego tomar el rostro de Louis entre mis dedos. Despejé con cariño los largos y ondulados mechones de su pelo negro y apreté mis labios contra su frente. Fui amorosa con él aunque le despreciaba tanto como al muerto que nos acompañaba.


—Ponte tu mejor chaqueta, cariño mío. Hoy vamos de entierro... —comenté apartándome de él—. Luego iremos a comprarme unos zapatos nuevos porque estos se han manchado de sangre.  

martes, 29 de septiembre de 2015

Te amé

Louis acierta en muchas cosas, sobre todo cuando se trata de Claudia.

Lestat de Lioncourt


La primera vez que te tomé entre mis brazos sentí por ti un amor inmenso. Diminuta, de mejillas cálidas y ojos brillantes cargados de inocencia. Un amor que se convirtió en peligroso y terrible, pues te amé tanto que decidí caer en el mayor de mis pecados. Bebí de ti. Sacié mi sed contigo, pues el dolor era terrible y la necesidad era imposible de callar. En mi mente las palabras de Lestat repicaban como las campanas de las iglesias llamando a misa. Te estrechaba con cariño, pero también con una fuerza increíble.

Él apareció. Me vio cometer aquel vulgar crimen lleno de desesperación y ansias. Se burló de mí, rió hasta casi caer al suelo y me recordó que yo era un asesino, igual que él. Detestaba que me comparara con su maldito encanto a la hora de embaucar a pobres diablos, provocándoles la muerte más terrible y tortuosa. Se deleitaba conquistando, matando y arrojando los cadáveres en el puerto, pantano o callejón oscuro más cercano.

Entonces él cometió un acto más horrible. Ni siquiera él sabe aún, hija mía, el motivo principal a escoger. Fue por capricho, necesidad, amor y compasión. Capricho porque sabía que estaba prohibido y quería romper las reglas que le impuso Marius, de las cuales nunca supimos. Necesidad porque él deseaba retenerme y tú eras el mejor ancla que había encontrado. Amor, pues estoy seguro que te amó nada más verte. Compasión porque todo huérfano de amor se compadece de otro.

Y ahora te he vuelto a ver. Te he contemplado como si fueras un sueño. He podido ver de nuevo tus rizos dorados y tu rostro infantil. No me has llamado como siempre, sino como realmente deseaste hacerlo desde hace mucho. Me desprecias. El odio que hay en tu alma es tan profundo que me provoca vértigo.


domingo, 2 de agosto de 2015

Siempre te he amado

—¿Alguna vez me has amado?—preguntó clavando su mirada en mí. Sentí que mi cuerpo temblaba de ira por la dichosa pregunta. Aquello no tenía sentido.

Estábamos discutiendo de nuevo, como en los viejos tiempos. Él volvía a creer que no le amaba. Era impensable. Había amado a Louis desde mucho antes de tenerlo entre mis brazos en aquel muelle. Su mirada torva, en busca de la mismísima muerte, me había hecho abrazarlo con una fuerza sobrehumana. Jamás me resistí al amor que sentía por él. Era un deseo insaciable, un capricho imposible de abandonar, y si lo creé fue porque sabía que moriría si no lo hacía de inmediato. Me presenté ante él como un diablo, que es lo que soy sin duda alguna, y le tenté con mi mejor sonrisa.

Me pertenece. Su vida me pertenece. Su amor me pertenece. No me importa cuan mezquino pueda escucharse mi discurso. Sé que su alma es libre, pero no sus sentimientos ni su destino. Está vinculado a mí, a mis pasos y las terribles consecuencias de estos. Del mismo modo que yo le pertenezco, pero él todavía no lo sabe. Parece ajeno a lo que estamos viviendo.

—Louis...—dije apretando los puños y los dientes. No quería discutir. Me negaba a empezar una discusión que habíamos zanjado hacía tanto tiempo. Estaba sintiéndome agotado y hundido por sus innecesarias preguntas.

—¡Contéstame!—exclamó.

—¡Siempre te he amado, Louis! ¡Jamás he dejado de hacerlo! ¡Pero te empeñas en creer que soy un desgraciado que te arranca todo lo bueno que has tenido! ¡Toda tu bondad! ¡Yo no cambié nada de ti! ¡Tú tienes tus virtudes y tus fallos! ¡No me culpes de tus decisiones, pues te di la oportunidad que no me concedieron! ¡No te das cuenta del daño que me haces cuando preguntas cosas así!—las lágrimas corrían libres por mi rostro, ensuciándolo y manchando el cuello de encaje de mi camisa.

Los pequeños pasos de Claudia sonaron por el vestidor, para luego aparecer en el salón aferrada a una muñeca nueva. Yo no se la había regalado. Ella la asía con delicadeza. Llevábamos años educándola, manteniéndola entre nosotros, y desde que ella había llegado las discusiones habían mermado convirtiéndose tan sólo en pequeñas riñas por su educación y por su atención. Ambos queríamos ser el favorito de la pequeña, que fuese nuestro orgullo y tomase ejemplo de nuestra forma de vida. Habían pasado casi seis años, pero parecía que tan sólo hacían unos días que ella nos había unió para siempre.

—Mira, Louis—dijo alzando su muñeca—. Tiene el pelo negro como tú, pero los ojos azules de Lestat—la movió con cierta delicadeza.


No dije nada. Tan sólo salí de la habitación dejándolos a solas. Me sentía abochornado por esas dudas. Era algo que no soportaba.

Lestat de Lioncourt  

martes, 21 de julio de 2015

Perdóname

Louis y yo nos sentimos muy tristes por como terminó tu existencia, Claudia. Por eso él ha dejado esto para ti. Allá donde estés...

Lestat de Lioncourt


No soy capaz de describir con certeza los sentimientos que me embargan cuando te recuerdo. Quizás debería sosegarme antes de continuar ésta carta, la cual no sé si algún día llegará a tu conocimiento. Eres sólo un fantasma y parte de mis recuerdos. El odio es el cordón umbilical que nos ata y consume. Te alimentas de mi sufrimiento y creces en suspicacia, maldad y rencor. Me detestas tanto como siempre, pero antes sólo veía el amor falso que me mostraban tus encantadores ojos claros.

¿Cuántas veces te sostuve entre mis brazos? ¿Cuántas veces permití que me acariciaras y susurraras que era tu mundo? Eras mi niña, mi pequeña, mi hija... Claudia, creía que conocía todo lo que eras. Tu pequeño cuerpo encerraba un odio y un rencor terrible, tan incomensurable como el de un gigante. Tenías una mente despierta, una inteligencia viva y un deseo insaciable de progresar más allá de los límites de tu delicado envase de muñeca. ¿Y yo era el culpable? Quizás debí matarte, pero era imposible. Jamás creí que arrebataría una vida humana, aunque estuve de arrebatarte todo. Él te dio un futuro distinto. Te ofreció una vida plena y oscura.

Hace años que no nos vemos. Todavía intento recuperar el aliento. Fue un error buscarte. Debí saber que los dos terminaríamos discutiendo. París no fue más que un espejismo. Tus besos eran veneno al igual que tus abrazos. Aún así extraño todavía escuchar tus pequeños pasos correteando hacia mí, así como tu perfume pegado a mis camisas y esa risa fresca cuando me comentabas alguna de tus pequeñas maldades.

Él se sentía orgulloso de ti y su orgullo estuvo a punto de matarlo. Yo te quería. Amaba la sensación extraña de ser tu padre. Jamás te vi como algo más. Nunca fuiste otra cosa que la pequeña criatura que debí salvar. Sin embargo, quizás es sano que te imagine como la mujer que siempre fuiste. Una mujer esbelta, de mirada dominante, hermosos cabellos dorados y cintura de avispa. Pero sobre todo debería pensar en ti como una mujer inteligente, calculadora, algo caprichosa y tenaz. Los poemas no son iguales desde que no estás, pero imagino tu voz cuando los recito.


Claudia, creciste demasiado rápido. Discúlpame por no haber sabido verlo.  

domingo, 10 de mayo de 2015

Dudas...

Encontré esto en uno de los libros de Louis, ¿creen que debería decirle que lo leí?

Lestat de Lioncourt


Odiaba a Lestat. Odiaba cada milímetro de él. Sentía un odio inmenso, pero a la vez me sentía terriblemente atraído. Era increíble. No podía apartar la vista de él y de sus zafios modales carentes de respeto. Sólo se mostraba cortés y educado en las pomposas fiestas de los demás terratenientes. Sonreía, decía algunas palabras correctas y halagaba la belleza de las damas que se derretían a su paso. Era como ver la perfecta personificación de la elegancia más deliciosa, pero en la intimidad seguía siendo un animal salvaje que cruzaba mi finca como si fuese un demonio, un déspota con mis esclavos y con todo el servicio que parecía idolatrar mis bondadosos actos. Para él nada era suficiente. Todo carecía de brillo o poder. Siempre quería más y alimentaba su ponzoñosa alma hundiendo sus dedos en mi tragedia.

Sin embargo, cuando guardaba silencio veía amor en sus ojos. Contemplaba una profunda fascinación hacia mi rostro quejumbroso y mi alma doliente. Algo en él le impedía ser amable o mostrar el respeto suficiente ante mis decisiones. Quería decirme algo, pero estaba completamente hundido en su mundo salvaje y en su máscara. Deseaba que rompiese esa maldita máscara. Odiaba esa sonrisa fingida y esas manos que me acariciaban en las noches, abriendo mi camisa y hundiéndose entre mis sedosos cabellos negros. Recitaba poemas cuyo significado desconocía y besaba mi cuello provocando ciertos escalofríos. No podía dormir cerca de él, pero él parecía necesitar mi compañía.

Ahora lo sé todo. Sé que escondía bajo su carisma y su maldad. No era más que una pose. Tenía miedo. Quería mostrarme todos sus secretos, pero era incapaz de hacerlo. Él no obtuvo la sangre por deseo, sino porque alguien decidió concederle una condena eterna que puede parecer deliciosa, pero es tan sólo un maleficio que te aplasta como una pesada losa. Pude conocer en él miles de rostros, talentos y sentimientos. Vi el orgullo cuando contemplaba a Claudia. Un orgullo que no se desvanecía a pesar que ella dejó de pasar horas a su lado. Ese orgullo sólo surge del amor paternal. Creo que él también veía en mí ese orgullo. Pero, ¿podía ver mi odio? ¿Pudo palpar mi repugnancia hacia sus actos descabellados? No lo sé. Sólo sé que me convertí en inquisidor de cada uno de sus actos, buenos o malos, por puro rencor. Guardaba rencor al hombre que no me quería decir lo que sabía, lo cual era escaso. Algo que no quería decir por mera protección y yo, como un maldito imbécil, terminé narrando mi vida en tiempos modernos. Arranqué todo ese rencor y lo arrojé sobre una grabadora cualquiera en manos de un joven periodista.


¿Qué debo hacer? No lo sé. Tal vez escribir éstas líneas en uno de mis libros favoritos me ayude. Sí, tal vez. ¿Debo ir a verlo? ¿A él? ¿A Monsieur Rock Star? No lo sé. ¿Le importará mi visita? ¿La aguarda? Quizás es hora de romper con los miedos y cadenas...

San Francisco 1985  

miércoles, 15 de abril de 2015

Odio

Claudia nos odiaba, pero nosotros seguimos amándola. Somos sus padres. Un padre siempre querrá a su hijo pese a quien le pese, aunque a quien más le pese sea al propio hijo. 

Lestat de Lioncourt


Todos los admiran como si fuesen perfectos. En ellos ven la elegancia de un viejo estilo, unos modales que poco a poco se van desvaneciendo como el viejo sabor colonial, que les provoca cierto revuelo en el corazón. Los contemplan desde la lejanía absortos en sus ojos criminales, los cuales poseen luz propia en la oscuridad. Caminan lentamente por las calles, apoyados en sus elegantes bastones, mientras hablan de teatro, música y cualquier tema de actualidad. Visten según la moda de París, pero con un toque clásico que les hace ser irresistibles. Tienen la apariencia de jóvenes caballeros bien educados, pero también la de hombres maduros que harían cualquier cosa por mantener su nivel de vida. Peligrosos y atractivos.

Louis siempre parece absorto. Creo que tiene sus propios problemas. Se siente perturbado ante Lestat. Cae a sus pies y ni siquiera se percata. Desea que le abrace y bese, del mismo modo que las parejas de las populares obras que leemos juntos ocasionalmente, pero éste está hundido en su perorata mientras habla de los viejos tiempos, los avances y la construcción de nuevos ferrocarriles, puertos y negocios a lo largo y ancho del país. Habla de todo como si él tuviese cierto poder sobre esas empresas, lo cual no sé si es cierto o sólo una apariencia, mientras Louis le mira con ojos soñadores esperando tener algún halago por el acierto de su chaleco. Son encantadoramente estúpidos.

Camino a su lado. Mis pequeños pies envueltos en diminutas botas, limpias y hermosas, me recuerdan que sigo siendo una niña. La muñeca que aferro tiene mayores atributos femeninos que mi joven y tullido cuerpo. Tengo las mejillas sonrojadas por la sangre que he arrebatado a un pobre idiota. Mi vestido de tul azul, con ese encantador lazo en la cintura, dulcifica aún más mis rasgos. Tengo el cabello recogido en diminutos recogidos, los cuales tienen cintas similares al color del vestido. Louis no me ha cargado aún, cosa que me disgusta, mientras me habla cómplice de los sueños que no se atreve a contar directamente a Lestat.

Muchos darían cualquier cosa por ésta vida. Sin embargo, yo hubiese dado cualquier otra por haber proseguido desnutrida, aferrada al cadáver de mi madre y llamando agónicamente a mi padre. Hubiese sido más decente. Me han convertido en un ser incapaz de amar, lleno de odios y deseos que no podré cumplir. Cada año que pasa es aún peor. Además, siempre me recuerdan mi trágica historia con una muñeca. Dicen que es “mi cumpleaños”, pero yo sólo veo una fecha maldita en el calendario...


Algún día seré libre. Tal vez sólo en unas noches. Quiero pensar que podré librarme de ésta carga. Algún día... tal vez mañana.  

lunes, 5 de enero de 2015

El cuento de siempre

Claudia era una niña hermosa, pero asustadiza. No sé en que momento dejó de ser nuestra niña...

Lestat de Lioncourt


La historia es tan vieja como mis propios recuerdos. Supongo que nunca olvidé. Tal vez fue la única vez en la que recuerdo haber sido una niña asustada, en los brazos de su padre y sintiéndome extrañamente protegida. El inicio es clásico, aburrido y posiblemente demasiado fantasioso para ser ser real. Sin embargo, los demonios que habitaban en los armarios y rincones de mi alcoba se asustaban, mis ojos se cerraban y las cortinas se echaban para dar paso al día. Cuando eres pequeño sientes miedo a la oscuridad. Si eres vampiro el temor aumenta aunque sea tu refugio.

«Era una niña perdida en una ciudad gigantesca, de calles adoquinadas y hermosos balcones cargados de flores de miles de aromas y colores. La pequeña iba descalza, mal vestida y con los ojos bañados en lágrimas. No tenía nada ni nadie en el mundo salvo una vieja muñeca. Sus pequeños brazos rodeaban a su compañera, la mecía con cariño y cuidado, mientras sus piernas temblaban débiles. La enfermedad había asolado a las escasas almas del lugar. Sólo los animales sobrevivían. Las ratas corrían alegres, los gatos engordaban gracias a la gran cacería, las aves revoloteaban entre las ramas y seres, aún más salvajes, se ocultaban en las esquinas más aviesas.

Un día un caballero extraño la tomó entre sus brazos, la alzó como si fuera una cometa y le puso un nuevo nombre. La convirtió en su estrella fugaz, su luz, su luna, su vida, su pequeño diablo y su ángel guardián. Un día ella se transformó en una mariposa eterna y revoloteó entre las flores. Él la llamó hija, ella lo llamó padre. Ambos se amaron como se aman las familias. La paz comenzó a reinar, pero la sangre se derramaba. Más allá de las sombras, bajo la luz de un candil, se podían ver sus colmillos sonriendo mientras una nana sonaba en su cuna.»

Cuando era pequeña imaginaba que yo era esa niña. Cuando crecí me di cuenta que era una forma deshonesta de contarme la verdad. Louis narraba nuestro encuentro convirtiendo a él y a Lestat en héroes, en un sólo hombre, pero en realidad eran dos dualidades patéticas que intentaban formar una familia. ¿Y fuimos una familia? Quizás lo fuimos. Tal y como dice Lestat, lo fuimos. Sí, lo fuimos. Fuimos una familia como cualquier otra, con sus desavenencias. Cuando creí que él murió me percaté que había matado el último ápice de esperanza y a la vez logré la libertad. Pero era una libertad insípida. Lloré como una niña malcriada que tiene lo que quiere y no sabe como usarlo.





martes, 4 de noviembre de 2014

La muñeca eterna

Una de las páginas de su diario, sólo eso. Sí, sólo eso... Claudia confesaba su dolor y yo no me percaté de ello. 

Lestat de Lioncourt


Las muñecas siempre son atractivas para todo aquel que las contemplan. Sus mejillas llenas pintadas de un sutil color rojizo, unos labios carnosos y pequeños que parecen pétalos de rosas silvestres, y un cabello sedoso y espeso cayendo ocasionalmente sobre sus hombros. Pequeñas, perfectas, eternas y siempre niñas. Muñecas que enamoran a la vista. Te hacen pensar cuál es su pasado y cuál será su presente. Se inventan historias, les dan nombres y se convierten en algo especial con un alma distinta a la de un humano convencional. ¿No fui eso yo? Yo fui una muñeca.

Una muñeca que caminaba por las noches con el aspecto de una huérfana. Una niña que arrancaron de las huesudas manos de la muerte, le dieron una historia y un nuevo nombre. Me convirtieron en vampiro, me ofrecieron un hogar y, por lo tanto, un nuevo apellido. Ellos me usaban como se usa una muñeca. Jugaron a tener una familia. Durante un tiempo fui feliz, ajena a mi tragedia. No sabía que jamás me convertiría en todo lo que quiere ser una niña, lo que aspira desde que comprende el significado de coquetería, amor o pasión.

Mientras leía poemas de amor me percaté que deseaba sentir la calidez de un beso apasionado, las manos de un hombre abrazándome de forma menos paternal y comprendí que con mi cuerpo jamás lo tendría. Siempre sería una niña. Una pequeña muñeca. Me verían igual que las hermosas muñecas de las estanterías de los jugueteros. Mi cabello jamás sería más corto o más largo, mis ropas no dejarían de ser encantadores trajes que cualquier niña desearía, y mis zapatos, con hebilla y escaso tacón, eran perfectos para ser una muñeca.


El odio germinó dentro de mí. La desesperación envenenó mi alma. La rabia jamás dejó de susurrarme. Nunca pude cumplir mis sueños, por simples que fuesen. No recordaba que era el sol, el calor que desprende y los colores iluminado por sus rayos. Siempre en tinieblas. Por siempre engañando, mintiendo, llorando y bebiendo sangre. Hubiese preferido morir antes que ser lo que fui, en lo que me convirtieron.  

martes, 23 de septiembre de 2014

Recuerdos que nos hacen humanos

Bueno, supongo que Louis es aún un poco humano. Sólo un poco. No nos pasemos con la pizca. 

Esto va dedicado a Claudia. 

Lestat de Lioncourt


La lluvia caía lavando la ciudad de su suciedad, pero no así de su maldición. La esclavitud de sus almas, tan torpes y obtusas, nos arrastraba hacia un único camino. El sonido de las gotas salpicando los cristales, golpeando las aceras y los muros de las viviendas, me recordaba al susurro de una madre cuando intenta calmar a su hijo. Allí fuera, en medio del mundo, el frío y la humedad engarrotaban los músculos de los miserables sin un techo o una cobija. El humo de las chimeneas se mezclaba con la noche, ocultando ligeramente el paisaje, mientras que las nubes parecían condensarse en el cielo como si atraparan el hollín. Era la noche perfecta en un mundo imperfecto.

Ella estaba sentada frente al piano. Miraba las teclas como una mujer miraría sus joyas más refinadas. Acabábamos de comprar uno nuevo, pues Lestat deseaba lo mejor para ella. Era negro, impoluto, y parecía el caparazón de un insecto enorme. Sus teclas blancas de marfil parecían perlas, y, los pequeños dedos de Claudia se esmeraban en dejar suaves caricias, para nada tímidas, en cada una de ellas.

—¿Te gusta mi regalo?—escuché la voz de Lestat interrumpiendo mi lectura y su concentración.

—Sí—respondió.

Era aún pura inocencia. Tan sólo llevaba con nosotros unos días. Su hermosos traje azul, idéntico al azul de sus ojos, parecía un punto de luz y belleza en un mundo lúgubre como el nuestro. Tenía sus diminutos brazos libres de mangas, pero no así de joyas. Él le había comprado una pulsera de oro con su nombre y parecía lucirla con ilusión. Era una niña. Todas las niñas adoran a sus padres y ella adoraba a Lestat. Veía en sus ojos una fascinación terrible por las sonrisas gentiles que él le ofrecía. Con ella no parecía un monstruo, no era el asesino despiadado que yo conocía, y eso me torturaba. ¿Había juzgado mal su alma? Quizás...

—Te he comprado algo—dijo colocando una caja sobre las faldas de la pequeña.

Había visto la caja nada más llegar, pues tenía un volumen considerable, pero no imaginé lo que hallaría dentro. Como he dicho era una niña, así que debí intuir que pretendía con ese regalo. Mis ojos se deslizaron por el preciado juguete que había en su interior. Era una muñeca, con un vestido similar al suyo y unos encantadores bucles dorados.

—¿Te gusta?—preguntó sentándose a su lado—. He pedido que le hicieran un vestido como el tuyo, pues pensé que sería divertido que así fuera.

—¡Me encanta! ¡Es preciosa!—gritó alzándola, para luego correr a mis brazos. Quería mostrar su regalo más de cerca, como si fuera un gran logro, y yo la miré con ternura.

—Que buen padre—murmuré aún con rabia. Había hecho una monstruosidad con ella. Sin embargo, la amaba. Amaba a esa niña y no permitiría que le hiciese nada malo. La tomé entre mis brazos y la senté bien sobre mis rodillas—. Que noble.

—¿Algún problema?—interrogó—. Deja esa actitud, Louis. La niña es feliz, ¿qué más quieres que haga? Ella es feliz, tú eres feliz amándola del mismo modo que yo lo soy. Aquí todos ganamos—afirmó tajantemente antes de empezar a tocar. Sus dedos eran hábiles y su actitud muy apasionada.

La noche siguió siendo lluviosa. Ella salió en su compañía y ambos regresaron empapados, aunque con las mejillas sonrosadas y una sonrisa cómplice. En cambio, yo había salido solo. Prefería la intimidad en ese trance tan doloroso y salvaje. Cuando fue terminando las horas, marchitándose como una flor en un jarrón, llegó el momento del descanso. Como siempre, aunque prefería a Lestat mientras estaba despierta, vino a mí rodeándome con sus pequeños brazos mientras pedía que cantara una última canción de cuna.


En días como hoy, con la lluvia acariciando cada recoveco de la ciudad, los recuerdo unidos. A ambos ante mí, con esa actitud resuelta, e intento imaginar que siempre será así. Creo, que son estos los únicos momentos en los cuales mi humanidad regresa y el cinismo, el toque de bestia y ogro, se apacigua.  

miércoles, 10 de septiembre de 2014

El recuerdo que más amo.

Otro recuerdo de Louis. Acepto que este me hizo llorar. 

Lestat de Lioncourt 


Si tuviera el poder de controlar el tiempo y detener las frágiles manecillas del reloj, para girarlas lentamente hacia atrás y elegir un lugar determinado en una fecha exacta, elegiría el primer día de nuestras vidas. Aquella noche trágica y dolorosa. El segundo en el cual ella me rodeó con sus brazos y sentí su cuerpo cambiar mientras sollozaba. Él hizo un acto horrible. Era una abominación. Pero soy consciente que incluso yo me sentí conmovido por ver que recobraba su belleza. Sus hermosos cabellos rizados parecían aún más dorados, sus ojos eran profundos océanos y por su pequeña boca, carnosa y rosada como los carnosos pétalos de una rosa, pedía más y más.

—¿Cómo has podido hacerle algo así?—pregunté, notando como sus pequeños dedos jugaban con algunos mechones de mi cabello negro—¡Lestat!

—Sólo hice una compañía más adecuada para ti—explicó sentándose en uno de los sillones de brazos de la habitación. Parecía algo cansado. La pequeña había bebido bastante de él. Aún se tapaba el brazo aunque ya no había corte alguno—. Ahora tienes una hija, felicidades. ¿Fue duro el parto?

—Miserable—mascullé.

—¿Por qué miserable?—frunció sus doradas cejas y me miró confuso—. Iba a morir—dijo estirando su brazo derecho hacia nosotros—. ¿Qué querías que hiciera? ¿Ser bondadoso y dejarla en esa putrefacta cama en el hospital?—ella parecía frágil en mis brazos, pero no dejaba de apreciar que era una monstruosidad lo que habíamos hecho. Un pecado. Jugábamos a ser Dios. Él hablaba del dolor de la pequeña, pero no veía lo terrible que era cambiar su destino de esa forma—. Le he dado algo mucho mejor que medicinas para calmar su dolor.

—¿Y mi madre?—su tierna voz me enloqueció. Quería estrecharla contra mí hasta que ese monstruo se apartara de nosotros. Lestat sonreía maliciosamente, prácticamente saltaba y bailaba, porque todo había salido como deseaba.

—Louis es tu madre—dijo tras una risilla.

—Pero yo tengo una mamá y un papá—respondió apartándose de mí unos centímetros.

—Cherie, ahora nosotros somos tus padres—contestó abriendo sus brazos mientras se echaba hacia atrás, recostándose en el sillón.

—Tú sólo eres un monstruo—dije frunciendo el ceño.

—Gracias, gracias, gracias...—decía maravillado haciendo una reverencia sin moverse del sitio— ¿alguna queja más, Louis? Dime, estoy esperando a que te quejes de nuevo.

—¿Y mis padres?—murmuró a punto de romper a llorar, cosa que me rompió el corazón. Se apartó de mí y se acercó a él. Se refugiaba ahora en sus brazos que la rodeaban de forma fraternal. Quería matarlo.

Viéndolos juntos parecían padre e hija. Dos seres similares en belleza. Ella lo miraba con fascinación, como se mira a un padre, y él tenía una chispa de ternura y amor que no entendía. ¿La amaba? Creo que sí. La amó tanto como yo. Nada más verla deseó amarla eternamente. Sin embargo, eso no evitaba que fuese terrible.

—En el cielo, cherie—susurró alzando su mano derecha hacia el techo—. Todos van al cielo.

—¿Con los ángeles?—preguntó con una ligera sonrisa que me terminó aniquilando.

—Oui—dijo inclinándose, para besar su frente.

—Quiero más—dijo inquieta.

—Tendrás más—le aseguró.

Y aunque fue terrible para mí, a pesar de todo, iría a ese momento para abrazarla y besarla. Era inocente. Una niña eterna e inocente. Una pequeña muñeca a la cual vestir, peinar y adorar. Una niña con la cual jugar a ser padres. Tal vez jugamos demasiado. Quizás tuvimos una vaga esperanza que nos torturaría para siempre.


jueves, 28 de agosto de 2014

Querida hija

Querida hija: 

Recuerdo cada uno de tus tirabuzones. Esa cara de muñeca no puede olvidarse, pues tenías las pestañas más largas que yo jamás haya podido ver. Tus ojos eran brillantes, despampanantes, enormes y profundos. Jamás podría haber creído que me mirarías de ese modo, con tanto odio y desprecio. Te amaba tanto que hubiese dado todo por un atisbo de felicidad en tus falsas sonrisas. Tal vez fui demasiado cruel, pero me odiaba a mí mismo por no poderte dar todo. Hacerte crecer era imposible, pues siempre serías una niña en el País de Nunca Jamás y yo un estúpido que te contemplaba como una hermosa bailarina de caja musical. Sí, dabas vueltas a mi alrededor con tus encantadores vestidos de satén y terciopelo, tus encajes, los bordados de los pliegues de tu falda y ese hermoso tocado infantil que adornaba tu revuelta cabeza de rizos dorados. Tan pequeña, tan frágil, tan fuerte y cruel. Podías recitar miles de poemas, cantar en el coro de una iglesia cual ángel descendido de los cielos o simplemente llorar en medio de la calle para que un estúpido mortal cayera en tus trucos. Sin pudor, sin prisas, sin miedo y sin rechazo alguno a la maldad que yacía en tu interior. Creé un ángel vestido de muñeca, una pequeña dama con modales de reina, que me arrebató el aliento y prácticamente la vida.

Codiciaba tus besos en mis mejillas, tus brazos rodeándome con cariño falso tan delicioso, y esa forma especial, tan cómplice, de reírnos de todo. Extraño la melodía de tu risa, tus pequeños dedos contra los míos y esa relación fraternal tan improvista. Me dejé el corazón en tus manos mucho antes que intentaras matarme. Te amé más que a mí mismo. Levantaste en mí la ilusión, como si fueran polvos de estrella mágicos. Te convertiste en mi pequeño tesoro, el secreto mejor guardado, mi diminuta y delicada doncella de frágiles lágrimas. Tantos años y tan desconocidos éramos. Nunca pensé que me matarías. Era feliz tocando el piano en dueto contigo, caminando por las calles como si fuéramos uno mismo y hablando con Louis de sus lánguidas teorías sobre todos nosotros.

Cariño, eras mi hija. Nunca pude perdonar del todo tu crueldad, pero Dios sabe que no esperaba vengarme. Sólo quería recuperaros. Pensé que cuando tuviese la sangre, y el poder recobrado, podría rescatarte y huir con Louis. Los tres juntos de nuevo. La familia feliz por siempre. Como si fuera un cuento, un mero cuento de hadas, de esos que solías pedir cuando eras tan pequeña. Mi dulce ángel, sólo espero que no sufrieras y no sintieras el horror cayendo sobre ti como la espada de Damocles. Porque ese poder tuyo, esa belleza inmortal e infantil, era tan poderosa que debías ostentarla con cuidado y, sin embargo, a pesar de mis caprichosas argucias, para hacerte fuerte ante cualquier circunstancia, no sirvió de nada.

No pude llevarte flores a tu funeral. Tampoco pude llorar junto a tu cuerpo. Ni siquiera vi como se esparcían tus cenizas. No recuerdo en absoluto las palabras exactas que pensé cuando mis ojos se embarraron en lágrimas, mi garganta se llenó de nudos y supe que al fin descansarías, pero que a la vez comenzaba una nueva historia grotesca y solitaria. Me recordabas a ella. Tan fuerte, tan fiera, tan lista y tan hermosa. Ella, mi madre. Siempre soñé con presentártela, con mostrártela, diciéndote que así serías si hubieses crecido. Te creía mi hija de carne y hueso, más que de sangre. Pues mi alma era exactamente como la tuya, ya que era tan caprichosa y tan libre como la mía.


Pedir perdón ahora no serviría de nada. Admito mi culpa. No debí crearte. Jamás debí pensar que sería un gran reto y una magnífica idea. No obstante nunca podré negar mi amor por ti, la felicidad de esos años, y la gloria que sentí cuando te levantaste de la cama pidiendo más sangre buscando saciar tu sed.


Lestat de Lioncourt   

lunes, 11 de agosto de 2014

Carta a mi hija

Te recuerdo en mis brazos, pequeña mía, con la muerte tatuada en tu pequeño y angelical rostro. Tus brazos, débiles y empapados en sudor, rodeaban con urgencia el cuello de mi almidonada camisa. Mis cabellos rubios rozaban tus dedos y éstos jugaban con ellos intentando apaciguar el pánico que sentías. Sé que en tu pequeña mente sólo había ángeles, hombres santos y monstruos. ¿Yo qué era? ¿Un santo? ¿Un ángel? ¿O era inevitablemente el monstruo que soy? No lo sé, ni quiero saberlo ahora. Sólo sé que me mirabas con esos diamantes azules llenos de angustia y dolor. No había pecado en tus labios, los cuales se abrían como si desearas decir algo. Te ahogabas por la fiebre y porque tus pulmones estaban fallando. Aquel mugriento hospital, lleno de camas de niños enfermos, no era más que una puerta al cementerio. No había oportunidad. Debía actuar con mis nobles artes oscuras y conferirte el secreto.

No puedo olvidar como yacías en la cama, igual que una muñeca esperando que te tomáramos entre nuestros brazos, pegándote a nuestro pecho, y dejándote vacía al fin como un cascarón. Pude tomar la opción más fácil, liberar tu dolor y darte la paz que merecías. Sin embargo, fui tan cobarde que no pude. Sólo pensaba en Louis, su dolor y tragedia personal. No podía tolerar que un peso tan terrible, como saber que habías muerto por su causa, le hiciera perder por completo su lucha contra él mismo. Detestaba ser lo que era, pero ¿qué era? Posiblemente viste un ángel con los ojos llenos de lágrimas, pasto fresco lleno de nubes de lluvia, mientras sus dedos temblaban acomodando tus sucios cabellos. Me miró como si fuera un demonio, me culpó mil veces por traerte frente a él y te creé. Necesitaba hacerlo, compréndelo. Tenía que crearte por él, por mí, por ti y por todo el fuego que puede albergar el infierno.

Y se sentó el ángel y el diablo a los pies de la cama, estiraron sus brazos hacia ti y acariciaron tus mejillas llenas. Tus ojos eran distintos, observabas fascinada la noche y te convertiste en una pequeña lechuza blanca posada en un árbol. Eras un ser nocturno, no una niña. Sin embargo, tu envoltorio seguía siendo el de una muñeca que lavamos, vestimos y peinamos con ahínco mientras nos decíamos “somos padres”. Creímos que jugar a los padres sería fascinante, algo que nos llenaría de orgullo y que jamás se rompería el vínculo. Pero empezaste a odiarnos de algún modo, aunque parte de ti nos amaras. Éramos monstruos y los monstruos suelen ser enemigos de los niños, no aliados.


Lloré por ti tanto como Louis. Mis ojos parecían fuentes de ríos de sangre. Me lamenté semanas intentando aferrarme a los escasos días gloriosos. Recordaba tus bucles dorados, tus ojos azules llenos de viveza y malicia, tus pequeños dedos jugando con mi reloj de bolsillo y tu encantadora voz recitando poemas para el bueno de tu madre. Admitámoslo, siempre fui el villano a pesar de todo... y aún así te amé tanto como él.

Lestat de Lioncourt  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt