Te recuerdo en mis brazos, pequeña
mía, con la muerte tatuada en tu pequeño y angelical rostro. Tus
brazos, débiles y empapados en sudor, rodeaban con urgencia el
cuello de mi almidonada camisa. Mis cabellos rubios rozaban tus dedos
y éstos jugaban con ellos intentando apaciguar el pánico que
sentías. Sé que en tu pequeña mente sólo había ángeles, hombres
santos y monstruos. ¿Yo qué era? ¿Un santo? ¿Un ángel? ¿O era
inevitablemente el monstruo que soy? No lo sé, ni quiero saberlo
ahora. Sólo sé que me mirabas con esos diamantes azules llenos de
angustia y dolor. No había pecado en tus labios, los cuales se
abrían como si desearas decir algo. Te ahogabas por la fiebre y
porque tus pulmones estaban fallando. Aquel mugriento hospital, lleno
de camas de niños enfermos, no era más que una puerta al
cementerio. No había oportunidad. Debía actuar con mis nobles artes
oscuras y conferirte el secreto.
No puedo olvidar como yacías en la
cama, igual que una muñeca esperando que te tomáramos entre
nuestros brazos, pegándote a nuestro pecho, y dejándote vacía al
fin como un cascarón. Pude tomar la opción más fácil, liberar tu
dolor y darte la paz que merecías. Sin embargo, fui tan cobarde que
no pude. Sólo pensaba en Louis, su dolor y tragedia personal. No
podía tolerar que un peso tan terrible, como saber que habías
muerto por su causa, le hiciera perder por completo su lucha contra
él mismo. Detestaba ser lo que era, pero ¿qué era? Posiblemente
viste un ángel con los ojos llenos de lágrimas, pasto fresco lleno
de nubes de lluvia, mientras sus dedos temblaban acomodando tus
sucios cabellos. Me miró como si fuera un demonio, me culpó mil
veces por traerte frente a él y te creé. Necesitaba hacerlo,
compréndelo. Tenía que crearte por él, por mí, por ti y por todo
el fuego que puede albergar el infierno.
Y se sentó el ángel y el diablo a los
pies de la cama, estiraron sus brazos hacia ti y acariciaron tus
mejillas llenas. Tus ojos eran distintos, observabas fascinada la
noche y te convertiste en una pequeña lechuza blanca posada en un
árbol. Eras un ser nocturno, no una niña. Sin embargo, tu
envoltorio seguía siendo el de una muñeca que lavamos, vestimos y
peinamos con ahínco mientras nos decíamos “somos padres”.
Creímos que jugar a los padres sería fascinante, algo que nos
llenaría de orgullo y que jamás se rompería el vínculo. Pero
empezaste a odiarnos de algún modo, aunque parte de ti nos amaras.
Éramos monstruos y los monstruos suelen ser enemigos de los niños,
no aliados.
Lloré por ti tanto como Louis. Mis
ojos parecían fuentes de ríos de sangre. Me lamenté semanas
intentando aferrarme a los escasos días gloriosos. Recordaba tus
bucles dorados, tus ojos azules llenos de viveza y malicia, tus
pequeños dedos jugando con mi reloj de bolsillo y tu encantadora voz
recitando poemas para el bueno de tu madre. Admitámoslo, siempre fui
el villano a pesar de todo... y aún así te amé tanto como él.
Lestat de Lioncourt
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