Lestat de Lioncourt
Vuelvo mi vista hacia atrás y veo aún
consumirse el teatro entre gigantescas llamas. Dentro de esos
recuerdos yace el último capítulo de mi vida. Puedo decir que ese
día he volví a morir y he surgí entre las cenizas, la tramoya
ennegrecida y el humo tóxico de la pintura propagándose por doquier
en las calles aledañas. El teatro mostró su última función, con
más pasión que nunca y con lágrimas en los ojos me he despedido de
cada monumento grotesco, aplauso criminal y sensación de vacío que
dejan mis pasos mientras huía de la escena de mi crimen. ¿A cuántos
maté? Jamás los he contado ¿Había alguno más joven que yo? No lo
sé, no me importa. La culpa cayó sobre sus cabezas y los consumió
hasta no dejar nada. Nada quedó de ellos, pero sí mucho de mi
dolor. Sus dorados cabellos ya no se moverían con elegancia por la
brisa del puerto, ni sus delgados brazos rodearían mi cuello
almidonado o tocarían con gracia algunas notas del piano. Me
convertí en un padre que entierra demasiado pronto a su hija, y el
entierro fue asombroso. Muchos estuvieron presentes y pero no
permanecieron con vida el suficiente tiempo para ver el ataúd del
dolor, la derrota y el desconsuelo recorriendo las húmedas calles de
París.
Recuerdo la fría noche en la cual di
con ella. Parecía una muñeca hermosa, con la mirada vidriosa y las
mejillas húmedas. Había llorado días aferrada al frío y pútrido
cadáver que una vez fue su madre, la cual reposaba su cuerpo lleno
de pus en la cama, un lecho polvoriento y sucio infectado por la
peste. La muerte rondaba sus hermosos rizos deslucidos, su traje era
la vida imagen de la inmundicia que la rodeaba y parecía hambrienta.
Pero el más hambriento era yo, sediento de su inocencia y del rubor
perdido de sus mejillas hundidas. Probé la crueldad aquella noche y
me pareció encantadora. Los escasos días de sol, las muñecas, su
madre acariciando sus mechones con cuidado, las promesas incumplidas
de su padre, la ilusión de ver mariposas moviéndose por los prados
o el fresco aire de una mañana nueva. Sí, incluso el sonido de las
campañas llamando a misa me pareció cosa de brujería. Bebí con
glotonería y la dejé medio muerta al ser descubierto por él, un
cínico bien vestido con capa y sombrero. Juro que lo odié en ese
mismo instante, pero no le culpo. ¿No era yo quién decía que era
inmoral beber de un ser humano? Y ahí estaba, bebiendo de una niña
que ni llegaba a los seis años.
Y entonces ese regalo por su parte. Ni
él mismo sabía cuánto la iba a amar. Ambos la amamos y la
convertimos en nuestra hija. Ella iluminó cada una de nuestras
noches e hizo más amable el trance de estar con un engreído de ojos
azules. Él la llevaba a los lugares más turbios, le enseñaba como
ser cruel y finalmente la regresaba a casa con un nuevo vestido,
muñeca o simplemente alguna joya que le pareciera apropiada.
Compraba su amor y respeto con juegos y pequeñas lisonjas. Mientras
yo, me desvanecía como el humo hasta que me abrazaba. Todo cobraba
sentido cuando me decía que me quería, recitaba para mí o me
miraba con esos enormes ojos azules. Maldigo a los demonios de ojos
azules, pues ellos me recuerdan a ambos sentados junto a mí con la
misma sonrisa burlona esperando mis reproches. Pero ¿qué soy yo?
¿No soy ahora un monstruo de ojos verdes que no se apiada? Mis
únicos buenos sentimientos son para los recuerdos, pero ahora con
una mujer muerta en mis brazos y un incendio provocado a mis
espaldas, me siento tan vivo... tan malo... tan voraz.
Si tuviese que volver esta noche a mi hogar y verlo de frente, con su rostro impávido y sus modales elegantes, lo agarraría del cuello e intentaría decapitarlo con mis propias uñas. Sin embargo, en mis viejas memorias deseo abrazarlo y llevarlo con Claudia, la cual comienza a recitar de nuevo uno de esos encantadores poemas. Vivo entre la locura y la desgracia, el fuego y la pasión que despierta en mí ver destruido lo poco que otros aún quieren conservar.
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