Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

martes, 12 de agosto de 2014

Two devils

"Two devils" ese es el título que le ha querido dar Louis. Un relato para Claudia y para mí. Simboliza lo poco "humano" que queda en él. Poco, porque es escaso.

Lestat de Lioncourt


Vuelvo mi vista hacia atrás y veo aún consumirse el teatro entre gigantescas llamas. Dentro de esos recuerdos yace el último capítulo de mi vida. Puedo decir que ese día he volví a morir y he surgí entre las cenizas, la tramoya ennegrecida y el humo tóxico de la pintura propagándose por doquier en las calles aledañas. El teatro mostró su última función, con más pasión que nunca y con lágrimas en los ojos me he despedido de cada monumento grotesco, aplauso criminal y sensación de vacío que dejan mis pasos mientras huía de la escena de mi crimen. ¿A cuántos maté? Jamás los he contado ¿Había alguno más joven que yo? No lo sé, no me importa. La culpa cayó sobre sus cabezas y los consumió hasta no dejar nada. Nada quedó de ellos, pero sí mucho de mi dolor. Sus dorados cabellos ya no se moverían con elegancia por la brisa del puerto, ni sus delgados brazos rodearían mi cuello almidonado o tocarían con gracia algunas notas del piano. Me convertí en un padre que entierra demasiado pronto a su hija, y el entierro fue asombroso. Muchos estuvieron presentes y pero no permanecieron con vida el suficiente tiempo para ver el ataúd del dolor, la derrota y el desconsuelo recorriendo las húmedas calles de París.

Recuerdo la fría noche en la cual di con ella. Parecía una muñeca hermosa, con la mirada vidriosa y las mejillas húmedas. Había llorado días aferrada al frío y pútrido cadáver que una vez fue su madre, la cual reposaba su cuerpo lleno de pus en la cama, un lecho polvoriento y sucio infectado por la peste. La muerte rondaba sus hermosos rizos deslucidos, su traje era la vida imagen de la inmundicia que la rodeaba y parecía hambrienta. Pero el más hambriento era yo, sediento de su inocencia y del rubor perdido de sus mejillas hundidas. Probé la crueldad aquella noche y me pareció encantadora. Los escasos días de sol, las muñecas, su madre acariciando sus mechones con cuidado, las promesas incumplidas de su padre, la ilusión de ver mariposas moviéndose por los prados o el fresco aire de una mañana nueva. Sí, incluso el sonido de las campañas llamando a misa me pareció cosa de brujería. Bebí con glotonería y la dejé medio muerta al ser descubierto por él, un cínico bien vestido con capa y sombrero. Juro que lo odié en ese mismo instante, pero no le culpo. ¿No era yo quién decía que era inmoral beber de un ser humano? Y ahí estaba, bebiendo de una niña que ni llegaba a los seis años.


Y entonces ese regalo por su parte. Ni él mismo sabía cuánto la iba a amar. Ambos la amamos y la convertimos en nuestra hija. Ella iluminó cada una de nuestras noches e hizo más amable el trance de estar con un engreído de ojos azules. Él la llevaba a los lugares más turbios, le enseñaba como ser cruel y finalmente la regresaba a casa con un nuevo vestido, muñeca o simplemente alguna joya que le pareciera apropiada. Compraba su amor y respeto con juegos y pequeñas lisonjas. Mientras yo, me desvanecía como el humo hasta que me abrazaba. Todo cobraba sentido cuando me decía que me quería, recitaba para mí o me miraba con esos enormes ojos azules. Maldigo a los demonios de ojos azules, pues ellos me recuerdan a ambos sentados junto a mí con la misma sonrisa burlona esperando mis reproches. Pero ¿qué soy yo? ¿No soy ahora un monstruo de ojos verdes que no se apiada? Mis únicos buenos sentimientos son para los recuerdos, pero ahora con una mujer muerta en mis brazos y un incendio provocado a mis espaldas, me siento tan vivo... tan malo... tan voraz.

Si tuviese que volver esta noche a mi hogar y verlo de frente, con su rostro impávido y sus modales elegantes, lo agarraría del cuello e intentaría decapitarlo con mis propias uñas. Sin embargo, en mis viejas memorias deseo abrazarlo y llevarlo con Claudia, la cual comienza a recitar de nuevo uno de esos encantadores poemas. Vivo entre la locura y la desgracia, el fuego y la pasión que despierta en mí ver destruido lo poco que otros aún quieren conservar.   

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt