Una carta de esas que te dejan pensando que eres un cabrón y los caballero son otros. Hermanito, haces quedar mal al resto.
Lestat de Lioncourt
Cuando me centro en mis mejores
recuerdos, los últimos de mi vida real, viene a mí ese momento en
el cual nuestras miradas se cruzaron y desperté a un mundo distinto.
A veces parece que es todo una locura, que realmente sólo estamos
soñando y que aún despertaré siendo casi un niño completamente
enamorado, a tus pies y con una enorme sonrisa. Eras la primera
persona en años que aceptaba el hecho que él existía, como tú y
como yo. En mi pecho pude sentir tus cálidas y pequeñas manos de
nieve, las noté acariciando mágicamente cada trozo de mi alma.
Te convertiste en la mayor razón para
vivir y desear. Mis sueños comenzaron a ser dulces gracias a
imaginarte entre mis brazos, compartiendo cada segundo junto a mí.
Jamás pude creer que una flor como tú, tan llena de vida, con esos
cabellos rojos de fuego y esa mirada esmeralda, tan intensa, podía
estar marchitándose ante mis propios ojos como si fueras un ángel
que dura tan sólo unos segundos en la tierra.
Me convertí en guardián de tus
secretos y mantuve la esperanza. Jamás me derrumbé ante las
dificultades, aunque el llanto me acompañaba en cada paso. Intenté
alejarte de mí, pero a la vez ansiaba secretamente que me observaras
como un monstruo incapaz de volver a ver la luz del día, de sentir
algo más que oscuridad a mi alrededor y sabedor de secretos que
nunca podría desvelar. Era el asesino de mi propia madre, historia y
futuro. Había hecho daño a mi propia vida y temía hacer lo mismo
con la tuya, con el poco hilo vital que corría aún en ti, además,
nadie me había invitado a verte y parecían mantenerte alejada de
todo lo que yo era o fui.
Pero esa noche, esa magnífica noche,
donde todos fuimos demonios y santos, en la cual nos transformamos en
ángeles y condenados, te dieron una nueva oportunidad. Sostenerte
entre mis brazos, como si fueras un lirio en medio de las profundas
aguas oceánicas, me conmovió y me hizo sentir afortunado. Los dados
estaban tirados y habíamos ganado a la muerte con un alto precio,
pero aún así éramos felices.
A veces te observo en silencio, como un
animal salvaje, y veo en ti detalles que no había visto antes. Aún
hoy, tras más de una década, creo que no te conozco lo suficiente.
Mueves con gracia los pies en esos fabulosos tacones, agitas la falda
amplia y corta de tu vestido y te colocas el cabello como si fueras
un muñeca que cobró recientemente vida. Me crea una necesidad
imposible de retenerte entre mis brazos, besar tu cuello y susurrarte
al oído que eres la cosa más maravillosa que he visto frente a mí.
Sin embargo, sólo sonrío como otro estúpido de tus enamorados,
porque hay cientos de hombres ahí fuera que enloquecen con sólo
verte, y susurro que te amo provocando que te gires y me abraces tú.
Siempre tú. Eres lo único que hay en mi cabeza a veces. El único
pensamiento que me mantiene a salvo de la locura y la tristeza.
Te amo Ophelia.
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