Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 13 de agosto de 2014

Silencio y pasión

Unas memorias muy antiguas de Mael y Avicus salen a la luz, unas narradas por el celta sobre su maestro. ¿Quieren saber más? Sigan leyendo.

Lestat de Lioncourt 


Su actitud había desatado en mí cierta impaciencia. A pesar de todo mis sentimientos por él eran distinto a los que solía demostrar. Tenía mis motivos para ocultarme dentro de mi propia armadura, aunque sólo fuera de piel y huesos. Mis ojos se detenían en su rostro de mármol, en esas cejas perfectamente delineadas y el cabello rubio, casi blanco, espeso y largo hasta más allá de los hombros. Cualquiera que lo viera diría que era uno de los nuestros, pero con aquella túnica blanca y esa capa roja, tan roja como la sangre, podía asegurar que era un romano más llorando la caída de Roma. Avicus me había pedido esa noche que nos reuniéramos con él, buscando así que se despertara de su sueño. Pero el sueño no remitía, del mismo modo que seguía llorando en sueños. Cuando nos retiramos hacia la posada, subidos en nuestros caballos, sentí que parte de mí se alegraba de una caída tan merecida, pero otra parte pedía a gritos que no se llevara consigo a quien fue mi mejor oponente y terminó siendo mi amigo. En esos momentos no había constancia de nosotros en libros, o eso creía yo, y no habíamos tenido la fortuna de encontrarnos a otros que fueran como nosotros y no pertenecieran a la secta de la serpiente.

La noche era fresca a pesar de ser primavera. A lo lejos se podía escuchar el zumbar de algunos insectos y algunos animales se acercaban a un pequeño lago formado por aguas subterráneas. La orografía no era demasiado tortuosa y el sendero era agradable, pero aún así nos quedaba un largo camino hacia la posada. Allí nos sentaríamos algunas horas frente al fuego, sin hablar entre nosotros porque nos sentíamos apesadumbrados y luego nos retiraríamos a la habitación que habíamos conseguido con suerte debido a los tiempos que corrían. Demasiados negocios rechazaban a gente forastera, sólo aceptaban a sus borrachos habituales y el mundo parecía enrarecerse cada vez más. La seguridad era escasa, por eso estábamos alerta por si nos asaltaban y teníamos que usar nuestra fuerza bruta.

—Estás pensando en él—dijo tras un prolongado silencio entre ambos—. En él, en nuestro secreto mutuo y en todo lo que ha ido ocurriendo.

—¿Qué? No puedes estar más equivocado. ¿Cómo voy a malgastar tiempo de mi vida pensando en ese imbécil? Que piense otro, no yo. ¿Acaso me ves preocupado por un inútil que no es capaz de despertarse? No, no. Romano tenía que ser, ¿sabes? Les puede le orgullo y la tontería—dije abrupto mientras agarraba bien mis riendas—. Estaba pensando en lo bien que podía estar ahora frente a la fogata, oliendo a guiso y con el gaznate refrescado con la sangre de algún borracho.

—Sí que pensabas en él—respondió echándose a reír.

Su figura era la de un gigante y sus manos, siempre bondadosas conmigo, eran enormes. Tenía un aspecto de hombre de gran importancia, como si aún dirigiera medio imperio gracias a ser el conocedor de todo, un gran rastreador y un excelente estratega. Era un hombre de guerra, no de paz, y sin embargo amaba la tranquilidad que le ofrecía una conversación alegre, un par de canciones y uno de esos libros de poemas que a veces compraba en el mercado.

—¡Te he dicho que no! Deja de burlarte de mí—me coloqué a su altura y pude observar sus prendas con atención. Llevaba una capa gruesa y oscura que se confundía con sus cabellos espesos, algo largos y tan negros como su prenda. Calzaba unos pantalones de cuero, como los míos, y un jubón verde botella con botones dorados y sendos bordados—. No me había fijado en tu ropa, ¿por qué tanto lujo?

—Cuando se va a ver a un buen amigo uno debe estar presentable—explicó girándose hacia mí para verme bien—. Tu jubón también es muy bonito, y algo caro. ¿Acaso no te acicalaste para dar tu mejor impresión? Si incluso llevas el cabello bien cepillado y con la frente despejada—dijo burlándose de mí—. Mael el druida, preocupado por el romano que tantos quebraderos de cabeza le dio. Me alegro que así sea y que siga ocurriendo. Una lástima que haya caído en males tan poco propicios para que tú, cínico amargado, caigas en la cuenta que lo necesitas.

—¡Deja de decir eso, maestro!—exclamé furioso, pero él tan sólo estiró su brazo derecho agarrándome de la nuca, para acercar su rostro al mío y así poder besarme. Al apartarse yo quedé en silenció y él reía bajo mientras divisaba la ciudad bajo nuestros pies.

Al final de la colina, donde el río ya no es bravo, se encontraba el asentamiento con los tejados de distinta altura y sus tejados propicios para el frío. Arriba en la montaña hacía una temperatura muy inferior a la que podía encontrarse en el valle, donde nos disponíamos a pasar la noche. Ya quería deshacerme de la capa y el cinto con la espada, tapar cualquier agujero de luz y ocultarme para descansar como bien merecía.

Durante una hora estuvimos cabalgando en silencio y dejando que únicamente los cascos de los caballos fuera nuestra comunicación secreta. Al llegar nos sentamos frente al fuego, dejando algunas de nuestras pertenencias en la habitación. Pedimos una jarra de vino y un par de vasos, para intentar imitar al resto de viajeros, pero rápidamente nos fuimos a la alcoba.

Era una habitación sencilla con dos camastros amplios, una chimenea propia, un pequeño armario y un par de estanterías junto a una mesa y una silla. No se podía pedir más en esos tiempos. Era mucho lujo para dos vampiros. Podía sentir como el amanecer aún no llegaba y también como mi alma se había vuelto a llevar una decepción. Ese inútil no movió ni un dedo.

Avicus se quitaba la ropa dejándola doblada en el pequeño armario, el cual sólo poseía tres cajones algo delgados donde casi no cabía nada. Su pecho al descubierto, tan ancho y bien marcado, me hizo girar la vista y sentarme en mi camastro.

—Mael, ¿ocurre algo?—preguntó, acercándose a mí tirando su cinto en la cama que usaba—Mael.

—Nunca caigas en esos sueños—respondí mirándole a los ojos—. Me dejarías solo.

—Eres listo y tienes talento para el engaño, sabrías como sobrevivir sin mí—dijo tomando asiento a mi lado—. Eres un buen discípulo y siempre me has parecido honesto aunque Marius no lo crea. Tienes un carácter apático, a veces tan áspero que parece una piedra afilada a punto de cortarte, pero tu corazón es noble.

—Gracias—murmuré, o eso creo.

Sus grandes manos se colocaron a ambos lados de mi cabeza, cerca de las sienes, y me miró con una ternura que sólo se descubre en los ojos de un padre. Vi bondad en ellos. Una bondad que me recordó a la cálida sensación que tuve cuando nos conocimos. Sus dedos siempre fueron ásperos, a pesar que el poder oscuro cambia nuestro tacto. Sin embargo, él al haber sido quemado aún poseía esa piel áspera, algo dorada, que provocaba que cada uno de sus rasgos se acrecentara.

Sentí un fugaz impulso que provocó que me dejara llevar. Me lancé hacia él, agarrándolo por el cuello mientras lo besaba. Él decidió quitarme el jubón mientras repartía caricias por mi torso y mi espalda. Era excitante estar a solas con él, a pesar de lo trágico que podía ser para nuestro viejo compañero. En pocos minutos ambos estábamos desnudos, piel contra piel, besándonos con furia mientras el catre con colchón de paja soportaba, más o menos, el peso de dos hombres adultos de gran tamaño. Mi cabello quedó desparramado sobre la almohada, los suyos rozaban sus mejillas y las mías. Tenía sus brazos, anchos y fuertes, en ambos lados de mi cuerpo y parecía retenerme en silencio. Sentí como mis piernas se abrieron temblorosas, esperando que su cuerpo quedara entre estas, mientras rozaba su sexo mis ingles y vientre.

—Avicus...—balbuceé notando como él apoyaba su frente en la mía, observándome, mientras se unía a mí. No tardé en soltar un quejido bajo, parecido a un lamento, hundiendo mi cabeza en el almohadón permitiendo que él entrara, pues había alzado mis caderas y abierto mis piernas para que pudiera lograrlo—. No, no te detengas—murmuré abrazándome con fuerza a sus costados, prácticamente enterrando mis uñas, mientras movía mis caderas.

—No pienso hacerlo—susurró hundiendo su rostro en mi cuello, para clavar sus colmillos y beber un pequeño trago de mí. El mismo trago que después me ofreció con un largo beso mientras sus caderas comenzaban a moverse.

Se movía tan firme como podía, rompiéndome por la mitad mientras se apoyaba en la cama, y yo simplemente me aferraba a su cadera con ambas piernas, sin dejar de deslizar mis manos por sus costados cubriéndolo de arañazos tan profundos que mis uñas estaban rojas por la sangre. Sin embargo, él decidió invertir posiciones concediéndome el ritmo. Quedé arriba, subido sobre aquel enorme guerrero de rostro bondadoso y mirada amble, la cual era en esos momentos lujuriosa y entregada, mientras mis dedos recorrían su marcado abdomen y mis caderas decidían moverse suavemente a modo de tortura.

—Me gusta mi nuevo semental, parece mejor que el pura sangre del establo—sonreí fascinado por sus gruñidos bajos y la desesperación que iba cubriendo como una lámina su rostro. Tenía una pátina de sudor sanguinolento por todo el cuerpo, igual que yo la tenía, pero él al tener una piel dorada parecía adquirir un tono similar al cobre. Era un espectáculo tentador que no podía despreciar.

Tomé impulso iniciando un ritmo vertiginoso, como si realmente trotara por los valles con un magnífico ejemplar pura sangre. Cerré los ojos dejando que la sensación de libertad entumeciera con placer cada trozo de mi cuerpo. Mis dedos buscaron sujeción y mis uñas fueron el ancla perfecta. Quedé encajado en su cintura moviendo mis caderas como si me persiguiera el mismo demonio. Podía notar su mirada clavada en mí, recorriendo mis facciones desencajadas por la lujuria y la necesidad. El sexo era siempre tentador y necesario, sobre todo cuando sus manos me tocaban con esa firmeza. Pude notar sus pulgares colocarse sobre mis pezones, comenzando un rápido masaje sobre estos. Mi cabello se pegaba a mi espalda, cuello, torso y rostro. No podía hacer algo más que moverme y gemir.

En cierto momento, cuando mi vientre ardía y vibraba como si fuera el epicentro de un terremoto, eyaculé salpicando mi torso y también el suyo. Él me tiró al colchón, girándome para dejar mi espalda contra la suya y arremetió contra mi entrada con furia. Sus manos se posicionaron en mis caderas, apretándome con fuerza, mientras arremetía hasta sacarme lágrimas por ofrecerme un placer tan brusco y perfecto. No tardó demasiado en eyacular dentro de mí, bañándome con su calor y dejando que su sexo abarcara todo.


Sus manos bajaron hacia mi trasero, para abrirlo sin sutilezas y él salió al fin. Aquella noche durmió en mi cama, abrazado a mí, mientras me preguntaba qué futuro tendríamos. Temía la separación, una huida rápida o cualquier división entre ambos. Sufría por esos presentimientos y por ello sentía la necesidad de ver despierto a Marius, entre nosotros. Creía que si éramos tres los vínculos se fortalecerían y no habría tanta discusión entre ambos. Estaba equivocado, ahora lo sé.  

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt