Unas memorias muy antiguas de Mael y Avicus salen a la luz, unas narradas por el celta sobre su maestro. ¿Quieren saber más? Sigan leyendo.
Lestat de Lioncourt
Su actitud había desatado en mí
cierta impaciencia. A pesar de todo mis sentimientos por él eran
distinto a los que solía demostrar. Tenía mis motivos para
ocultarme dentro de mi propia armadura, aunque sólo fuera de piel y
huesos. Mis ojos se detenían en su rostro de mármol, en esas cejas
perfectamente delineadas y el cabello rubio, casi blanco, espeso y
largo hasta más allá de los hombros. Cualquiera que lo viera diría
que era uno de los nuestros, pero con aquella túnica blanca y esa
capa roja, tan roja como la sangre, podía asegurar que era un romano
más llorando la caída de Roma. Avicus me había pedido esa noche
que nos reuniéramos con él, buscando así que se despertara de su
sueño. Pero el sueño no remitía, del mismo modo que seguía
llorando en sueños. Cuando nos retiramos hacia la posada, subidos en
nuestros caballos, sentí que parte de mí se alegraba de una caída
tan merecida, pero otra parte pedía a gritos que no se llevara
consigo a quien fue mi mejor oponente y terminó siendo mi amigo. En
esos momentos no había constancia de nosotros en libros, o eso creía
yo, y no habíamos tenido la fortuna de encontrarnos a otros que
fueran como nosotros y no pertenecieran a la secta de la serpiente.
La noche era fresca a pesar de ser
primavera. A lo lejos se podía escuchar el zumbar de algunos
insectos y algunos animales se acercaban a un pequeño lago formado
por aguas subterráneas. La orografía no era demasiado tortuosa y el
sendero era agradable, pero aún así nos quedaba un largo camino
hacia la posada. Allí nos sentaríamos algunas horas frente al
fuego, sin hablar entre nosotros porque nos sentíamos apesadumbrados
y luego nos retiraríamos a la habitación que habíamos conseguido
con suerte debido a los tiempos que corrían. Demasiados negocios
rechazaban a gente forastera, sólo aceptaban a sus borrachos
habituales y el mundo parecía enrarecerse cada vez más. La
seguridad era escasa, por eso estábamos alerta por si nos asaltaban
y teníamos que usar nuestra fuerza bruta.
—Estás pensando en él—dijo tras
un prolongado silencio entre ambos—. En él, en nuestro secreto
mutuo y en todo lo que ha ido ocurriendo.
—¿Qué? No puedes estar más
equivocado. ¿Cómo voy a malgastar tiempo de mi vida pensando en ese
imbécil? Que piense otro, no yo. ¿Acaso me ves preocupado por un
inútil que no es capaz de despertarse? No, no. Romano tenía que
ser, ¿sabes? Les puede le orgullo y la tontería—dije abrupto
mientras agarraba bien mis riendas—. Estaba pensando en lo bien que
podía estar ahora frente a la fogata, oliendo a guiso y con el
gaznate refrescado con la sangre de algún borracho.
—Sí que pensabas en él—respondió
echándose a reír.
Su figura era la de un gigante y sus
manos, siempre bondadosas conmigo, eran enormes. Tenía un aspecto de
hombre de gran importancia, como si aún dirigiera medio imperio
gracias a ser el conocedor de todo, un gran rastreador y un excelente
estratega. Era un hombre de guerra, no de paz, y sin embargo amaba la
tranquilidad que le ofrecía una conversación alegre, un par de
canciones y uno de esos libros de poemas que a veces compraba en el
mercado.
—¡Te he dicho que no! Deja de
burlarte de mí—me coloqué a su altura y pude observar sus prendas
con atención. Llevaba una capa gruesa y oscura que se confundía con
sus cabellos espesos, algo largos y tan negros como su prenda.
Calzaba unos pantalones de cuero, como los míos, y un jubón verde
botella con botones dorados y sendos bordados—. No me había fijado
en tu ropa, ¿por qué tanto lujo?
—Cuando se va a ver a un buen amigo
uno debe estar presentable—explicó girándose hacia mí para verme
bien—. Tu jubón también es muy bonito, y algo caro. ¿Acaso no te
acicalaste para dar tu mejor impresión? Si incluso llevas el cabello
bien cepillado y con la frente despejada—dijo burlándose de mí—.
Mael el druida, preocupado por el romano que tantos quebraderos de
cabeza le dio. Me alegro que así sea y que siga ocurriendo. Una
lástima que haya caído en males tan poco propicios para que tú,
cínico amargado, caigas en la cuenta que lo necesitas.
—¡Deja de decir eso,
maestro!—exclamé furioso, pero él tan sólo estiró su brazo
derecho agarrándome de la nuca, para acercar su rostro al mío y así
poder besarme. Al apartarse yo quedé en silenció y él reía bajo
mientras divisaba la ciudad bajo nuestros pies.
Al final de la colina, donde el río ya
no es bravo, se encontraba el asentamiento con los tejados de
distinta altura y sus tejados propicios para el frío. Arriba en la
montaña hacía una temperatura muy inferior a la que podía
encontrarse en el valle, donde nos disponíamos a pasar la noche. Ya
quería deshacerme de la capa y el cinto con la espada, tapar
cualquier agujero de luz y ocultarme para descansar como bien
merecía.
Durante una hora estuvimos cabalgando
en silencio y dejando que únicamente los cascos de los caballos
fuera nuestra comunicación secreta. Al llegar nos sentamos frente al
fuego, dejando algunas de nuestras pertenencias en la habitación.
Pedimos una jarra de vino y un par de vasos, para intentar imitar al
resto de viajeros, pero rápidamente nos fuimos a la alcoba.
Era una habitación sencilla con dos
camastros amplios, una chimenea propia, un pequeño armario y un par
de estanterías junto a una mesa y una silla. No se podía pedir más
en esos tiempos. Era mucho lujo para dos vampiros. Podía sentir como
el amanecer aún no llegaba y también como mi alma se había vuelto
a llevar una decepción. Ese inútil no movió ni un dedo.
Avicus se quitaba la ropa dejándola
doblada en el pequeño armario, el cual sólo poseía tres cajones
algo delgados donde casi no cabía nada. Su pecho al descubierto, tan
ancho y bien marcado, me hizo girar la vista y sentarme en mi
camastro.
—Mael, ¿ocurre algo?—preguntó,
acercándose a mí tirando su cinto en la cama que usaba—Mael.
—Nunca caigas en esos sueños—respondí
mirándole a los ojos—. Me dejarías solo.
—Eres listo y tienes talento para el
engaño, sabrías como sobrevivir sin mí—dijo tomando asiento a mi
lado—. Eres un buen discípulo y siempre me has parecido honesto
aunque Marius no lo crea. Tienes un carácter apático, a veces tan
áspero que parece una piedra afilada a punto de cortarte, pero tu
corazón es noble.
—Gracias—murmuré, o eso creo.
Sus grandes manos se colocaron a ambos
lados de mi cabeza, cerca de las sienes, y me miró con una ternura
que sólo se descubre en los ojos de un padre. Vi bondad en ellos.
Una bondad que me recordó a la cálida sensación que tuve cuando
nos conocimos. Sus dedos siempre fueron ásperos, a pesar que el
poder oscuro cambia nuestro tacto. Sin embargo, él al haber sido
quemado aún poseía esa piel áspera, algo dorada, que provocaba que
cada uno de sus rasgos se acrecentara.
Sentí un fugaz impulso que provocó
que me dejara llevar. Me lancé hacia él, agarrándolo por el cuello
mientras lo besaba. Él decidió quitarme el jubón mientras repartía
caricias por mi torso y mi espalda. Era excitante estar a solas con
él, a pesar de lo trágico que podía ser para nuestro viejo
compañero. En pocos minutos ambos estábamos desnudos, piel contra
piel, besándonos con furia mientras el catre con colchón de paja
soportaba, más o menos, el peso de dos hombres adultos de gran
tamaño. Mi cabello quedó desparramado sobre la almohada, los suyos
rozaban sus mejillas y las mías. Tenía sus brazos, anchos y
fuertes, en ambos lados de mi cuerpo y parecía retenerme en
silencio. Sentí como mis piernas se abrieron temblorosas, esperando
que su cuerpo quedara entre estas, mientras rozaba su sexo mis ingles
y vientre.
—Avicus...—balbuceé notando como
él apoyaba su frente en la mía, observándome, mientras se unía a
mí. No tardé en soltar un quejido bajo, parecido a un lamento,
hundiendo mi cabeza en el almohadón permitiendo que él entrara,
pues había alzado mis caderas y abierto mis piernas para que pudiera
lograrlo—. No, no te detengas—murmuré abrazándome con fuerza a
sus costados, prácticamente enterrando mis uñas, mientras movía
mis caderas.
—No pienso hacerlo—susurró
hundiendo su rostro en mi cuello, para clavar sus colmillos y beber
un pequeño trago de mí. El mismo trago que después me ofreció con
un largo beso mientras sus caderas comenzaban a moverse.
Se movía tan firme como podía,
rompiéndome por la mitad mientras se apoyaba en la cama, y yo
simplemente me aferraba a su cadera con ambas piernas, sin dejar de
deslizar mis manos por sus costados cubriéndolo de arañazos tan
profundos que mis uñas estaban rojas por la sangre. Sin embargo, él
decidió invertir posiciones concediéndome el ritmo. Quedé arriba,
subido sobre aquel enorme guerrero de rostro bondadoso y mirada
amble, la cual era en esos momentos lujuriosa y entregada, mientras
mis dedos recorrían su marcado abdomen y mis caderas decidían
moverse suavemente a modo de tortura.
—Me gusta mi nuevo semental, parece
mejor que el pura sangre del establo—sonreí fascinado por sus
gruñidos bajos y la desesperación que iba cubriendo como una lámina
su rostro. Tenía una pátina de sudor sanguinolento por todo el
cuerpo, igual que yo la tenía, pero él al tener una piel dorada
parecía adquirir un tono similar al cobre. Era un espectáculo
tentador que no podía despreciar.
Tomé impulso iniciando un ritmo
vertiginoso, como si realmente trotara por los valles con un
magnífico ejemplar pura sangre. Cerré los ojos dejando que la
sensación de libertad entumeciera con placer cada trozo de mi
cuerpo. Mis dedos buscaron sujeción y mis uñas fueron el ancla
perfecta. Quedé encajado en su cintura moviendo mis caderas como si
me persiguiera el mismo demonio. Podía notar su mirada clavada en
mí, recorriendo mis facciones desencajadas por la lujuria y la
necesidad. El sexo era siempre tentador y necesario, sobre todo
cuando sus manos me tocaban con esa firmeza. Pude notar sus pulgares
colocarse sobre mis pezones, comenzando un rápido masaje sobre
estos. Mi cabello se pegaba a mi espalda, cuello, torso y rostro. No
podía hacer algo más que moverme y gemir.
En cierto momento, cuando mi vientre
ardía y vibraba como si fuera el epicentro de un terremoto, eyaculé
salpicando mi torso y también el suyo. Él me tiró al colchón,
girándome para dejar mi espalda contra la suya y arremetió contra
mi entrada con furia. Sus manos se posicionaron en mis caderas,
apretándome con fuerza, mientras arremetía hasta sacarme lágrimas
por ofrecerme un placer tan brusco y perfecto. No tardó demasiado en
eyacular dentro de mí, bañándome con su calor y dejando que su
sexo abarcara todo.
Sus manos bajaron hacia mi trasero,
para abrirlo sin sutilezas y él salió al fin. Aquella noche durmió
en mi cama, abrazado a mí, mientras me preguntaba qué futuro
tendríamos. Temía la separación, una huida rápida o cualquier
división entre ambos. Sufría por esos presentimientos y por ello
sentía la necesidad de ver despierto a Marius, entre nosotros. Creía
que si éramos tres los vínculos se fortalecerían y no habría
tanta discusión entre ambos. Estaba equivocado, ahora lo sé.