Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Dios del Árbol. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dios del Árbol. Mostrar todas las entradas

sábado, 2 de julio de 2016

Idiota

Avicus fue un idiota y ahora lo reconoce, ¿aparecerá Mael? Lo dudo.

Lestat de Lioncourt


—¿Por qué te vas?—pregunté como un estúpido.

Parecía un niño estirando mis brazos hacia una estrella lejana. Él ya no me pertenecía. Realmente no me perteneció por completo porque los seres salvajes no tienen dueño, ni tierra donde echar raíces y tampoco sentimientos que los aten.

—¿Por qué debo quedarme? ¿Acaso no lo ves? Aquí sobro—respondió encogiéndose de hombros mientras envainaba su espada y terminaba de empaquetar algunas de sus pertenencias. Sólo eran unos pocos libros, unas dagas, algo de ropa y unos animales de madera que él mismo había tallado.

—Mael...—dije su nombre con preocupación mientras lo asechaba desde el marco de la puerta.

—Ah... aún recuerdas mi nombre—dijo girándose un momento para luego regresar a su labor—. Pensé que ya habías olvidado como me llamo, e incluso creo que he llegado a pensar que se te ha olvidado tu propio nombre y tu honor, porque sólo sabes pensar en ella y llamarla entre delirios de amor.

Entré en la habitación, caminé hacia él y le tomé de los hombros perdiéndome un segundo en sus ojos mientras temblaba. Agaché la cabeza comprendiendo lo que me había dicho. Acepté yo era quien estaba equivocado pero no podía pronunciarlo. Me sentía agotado y hundido.

—Eso no es cierto...

—Ni siquiera te atreves a decirme eso mirándome a la cara—respondió apartándome—. No puedes negarlo.

—Mael...—sentí que sería la última vez que pronunciaría su nombre con él frente a mí. Su mirada estaba llena de ira.

—Avicus, todo ha terminado—aseguró.

—Me niego, ¿entiendes?—murmuré casi sin voz. Estaba a punto de desmoronarme y él no lo veía.

—Oh, sí—dijo tras una risotada—. Intentas retenerme quizá porque tu conciencia no estará tranquila jamás ya que sabes que yo valgo mucho más que ella.

—¿Por ser hombre?—interrumpí ligeramente molesto.

—No, no tiene nada que ver que sea un hombre—respondió tomando sus bártulos para echárselos al hombro y salir de la habitación.

Decidí seguirlo por toda la estancia, hasta el salón y del salón al pasillo de la entrada. Allí lo tomé del brazo derecho para detenerlo, pero él se sacudió como si fuese un gato acorralado. Tuve que apartarme un par de pasos cuando me enfrentó con una mayor rabia y algo de rencor.

—¿Y por qué eres mejor?—pregunté. Deseaba saberlo, pero algo en el fondo de mi alma me decía que ya lo sabía. Él era mejor porque me amaba por encima de si mismo. Yo era más importante que su propia vida.

—¡Demonios!—gritó mirando al techo de la habitación como si clamara a los dioses que una vez veneró. Los mismos dioses que yo representaba— ¿No lo ves?—preguntó antes de tomar el pomo de la puerta entre los dedos de su mano derecha.

—No, explícate—dije para ganar tiempo.


—Me voy—contestó—. Supongo que algún día, sea el que sea, te darás cuenta porque te decía que yo era mejor. Cuídate e intenta ser feliz—esa frase la llevo conmigo como si fuese una maldición. No he sido del todo feliz porque su recuerdo me ha impedido serlo—. Yo intentaré mantenerme ahí fuera rodeado de miseria y soledad. Tranquilo, soy un guerrero. Los guerreros no caemos con tanta facilidad.  

domingo, 24 de mayo de 2015

Ella es el mejor regalo de la eternidad

Cuando leo estas declaraciones de amor siento que las mías quedan en nada. Avicus y Zenobia hacen buena pareja, aunque dudo que Mael pudiese pensar lo mismo.

Lestat de Lioncourt


Ella me gusta tal y como es. No me importa las prendas que vista. Posee una sonrisa que es su mejor joya y unos ojos que son dos terribles mundos donde me ahogo con cada pestañeo. Ella es fiel a sí misma y a sus sentimientos en cualquier momento. Sus silencios son tan poderosos como sus palabras. Cuando me sonríe mi corazón palpita, dejo todo lo que estoy haciendo y la rodeo con mis brazos sintiendo su cuerpo contra el mío. Se ha convertido en una flor fragante que posee perfume propio y belleza iconoclasta.

He visto su rostro cada amanecer durante más de un milenio. Mis manos han acariciado sus redondas mejillas, palpado sus labios de pétalos de flor y revuelto su cabello con la punta de mis dedos. Es como una muñeca eterna, pero con el cuerpo de una mujer. Pequeña y hermosa. Mi amor y admiración durará por siempre como ambos.

Su cuerpo desnudo perlado de gotas de agua muestra sus imperfecciones que la hacen única. Sus pequeños pechos le dan una silueta de mujer a su rostro aniñado. Puede seducirme sin decir una sola palabra y desarmarme con una única frase. Su voz es tímida y surge de un cuerpo diminuto, pero lo hace con una firmeza que no he visto siquiera en guerreros desafiantes. Ella evoca a los ángeles y la belleza del lienzo de miles de pintores. Cualquier artista la tendría como musa. Creo que sería capaz de provocar que un escritor hablase de la poesía de sus gestos.

Cuando tomo asiento a su lado noto que el mundo es menos trágico. Me reconforta el olor de sus cabellos y los tímidos besos que me ofrece cuando nadie nos ve. Amo entrelazar mis enormes manos con las suyas y recitar versos perdidos, prohibidos en otras épocas, que sonrojan sus mejillas y hacen brillar sus enormes ojos oscuros.


Así es Zenobia.   

miércoles, 20 de mayo de 2015

Principio del final

Gregory es para mi un ser extraño y extremadamente interesante. Deseo saber más de él. En las próximas reuniones espero poder hablar con calma con todos, pero en especial con él. 

Lestat de Lioncourt 


—¿Podemos hablar?—mi voz sonó áspera y preocupada.

Había estado escuchando esa voz todo el día. Intenté no prestarle atención, pero algo me pedía que confesara mis temores y preocupaciones a mi buen amigo Gregory. Él se encontraba en su despacho, ensimismado con los últimos datos económicos de su gran imperio farmacéutico. Sus ojos oscuros mostraban cierta fatiga. No había ingerido sangre en varias noches y se había excedido con las preocupaciones cotidianas. Era el más antiguo de todos. Su rostro bondadoso, su sonrisa tímida y elegante me daban cierta paz.

—Adelante. Toma asiento—dijo apartando el portátil, para prestarme atención—. Avicus, ¿qué te preocupa?

—Una voz... —no encontraba las palabras exactas, por eso me costaba explicarme. ¿Cómo podía describirla? Era extraño—. Una voz me habló. Pero no creo que sea la voz de un inmortal. Poco son los que pueden entrar en mi mente debido a mi longevidad—dije—. Es como si fuesen mis pensamientos, pero con un tono siniestro. No es mi voz. No es la voz habitual que escucho cuando reflexiono. Es...

—Es como si viniese de las profundidades de nuestra ponzoñosa alma—dijo interrumpiendo Flavius. Estaba en el marco de la puerta, apoyado a ésta con las manos temblorosas. Sus ojos claros estaban puestos en mí, pero luego fue a Gregory—. ¡Me ha pedido algo horrible! ¡Quiere que mate a cientos de jóvenes! ¡Me está gritando!

—Esa voz también la he escuchado yo durante varias noches—respondió Gregory saliendo de detrás de la mesa. Dio un par de zancadas y abrazó a Flavius, intentando sosegar sus miedos. Éste lloraba terribles lágrimas de sangre y temblaba entre los firmes brazos de nuestro viejo amigo—. Busca algún pensamiento que te sea agradable... que puedas perderte en ellos.

—Pandora recitando...—balbuceó cerrando los ojos y permitiendo a su cuerpo relajarse. Pronto dejó de llorar y comenzó a sonreír.

—Cuando os hable intentad no escucharle. Centraos en alguna actividad...—nos miró a ambos apartándose de nosotros, para luego ir arriba, donde estaba Davis, para advertirle que el mundo ya no era seguro y debía seguir sus órdenes.

Gregory pudo haber cambiado su nombre, adaptado su vida a los tiempos modernos, pero jamás dejaría de ser un militar preocupado por sus hombres. Nosotros éramos su familia, sus amigos, sus camaradas y no nos dejaría atrás. La bondad de su alma era similar a la de los santos de otras culturas. Habíamos permanecido juntos por muchos siglos.


Aquella noche fue la primera de meses de terror. Tuvimos que llegar al fondo del asunto, contemplar la verdad que se ocultaba en la Sangre y finalmente levantarnos de nuestras ruinas. La unión hace la fuerza.  

viernes, 20 de marzo de 2015

Vuelve

Avicus le dedica este poema a Mael. Espera que lo aprecie.

Lestat de Lioncourt


Podemos convertirnos en monstruos,
más allá de la oscuridad que nos rodea.
Podemos combatir contra nosotros,
nuestros sueños, pecados e ideas.

Hemos aprendido a levantar la espada,
pero aún nos cuesta alzar la palabra.
La sangre bulle bajo la piel, encerrada.
Pues en ella habita el mal.

Mírame una vez más, por favor...
Deja que arranque de tu discurso el sinsabor.
Ese sentimiento tan amargado y doliente
en el que me dice que me mientes.

Deshaz tu camino. Busca mi mano.
Nos hallaremos donde los árboles.
Volveremos a ser hijos, amantes, hermanos...

No te demores.  

jueves, 19 de marzo de 2015

Raíces

Vaya dos... Y luego dicen que Louis y yo somos quienes más discutimos. ¡JA!

Lestat de Lioncourt


Había caminado toda la noche. El amanecer se acercaba. Escuché rumores sobre su presencia en aquel lugar, tan alejado del mundo y tan próximo a lo fuimos. Allí, bajo el pie de aquella ladera, nos encontramos dentro de la corteza de un árbol. Me habían narrado su muerte en varias ocasiones, pero también me confundían las noticias que llegaban desde esta tierra, tierra de nuestras esperanzas y la primera batalla librada.

Alcancé a verlo con una túnica blanca, aunque ligeramente sucia por el lodo de las últimas lluvias, con el cabello enredado en la hojarasca que cubría todo. Sus hombros parecían caídos, dándole una pose natural y relajada, pero sabía que estaba alerta. Jamás pude sorprenderlo. Su oído era magnífico, como el de cualquier inmortal, así como su nariz. Él era un vampiro completo. No podíamos comunicarnos mentalmente, pues era imposible por ser su creador, pero existía un vínculo que jamás se rompería. Sabía que él no comprendería mis razones, pero estaba allí dispuesto a permanecer a su lado por largo rato.

—Jamás pensé que volverías aquí—dije, quedando a su lado.

—Aquí nació lo que soy—respondió colocando sus manos sobre el tronco hueco—. Están mis raíces mezcladas con la tierra que pisamos.

—El bosque me parecía mayor antes, tenebroso y peligroso—murmuré.

—Ha empequeñecido, pero no son por nuestros recuerdos—sus ojos me perturbaron. Parecía un fantasma del padre de Hamlet. Aquellos ojos, profundos y ciegos de ira, me hicieron temblar. Buscaba venganza, pero no la hallaba. ¿Venganza de qué? No deseaba saberlo—. Realmente ha quedado convertido en un reducto minúsculo de vida.

—Me dijeron que estabas muerto—dije tomándolo del brazo izquierdo, rodeándolo con ambas manos, para tirar de él mientras inclinaba ligeramente mi rostro hacia el suyo.

—Desaparecido, pero no muerto—respondió jalando de su brazo, para liberarse.

—¿Por qué? ¿Por qué te expusiste al sol?—pregunté con cierto nerviosismo.

—¿Por qué te quedaste con ella y no conmigo? ¿Por qué no me buscaste antes? ¿Por qué sigues amando los libros? ¿Por qué? Tal vez no hay una respuesta para mis preguntas, como tampoco la hay para la tuya—una ligera sonrisa, cínica y cruel, se formuló en sus ojos mientras sus ojos hablaban de dolor.

—Uno no se expone al sol así porque...

Quería encontrar las palabras apropiadas. Esas palabras que me dieran fuerza. Había olvidado que era elevar mi tono de voz. Prácticamente no tenía que hablar con Zenobia. Ella se mantiene a mi lado, escuchando algunos renglones interesantes de los libros que conservo, guardando silencio contemplándome con esos enormes ojos que arrancan, todavía hoy, suspiros de mis labios.

—¿Por qué se expone? ¿Por creencias?—alzó ligeramente su ceja derecha, para luego dar un paso atrás. Elevó sus brazos hacia el cielo, como si quisiera danzar junto a un fuego imaginario, y rió. Estaba gozando ante mi preocupación y condena—. Tal vez por miedo a morir de forma poco digna y ver que el infierno se abre a tu paso, te abraza el demonio y te susurra que será la última vez que veas el mundo. Prefería hacerlo yo antes que sentirlo gracias a todos esos maníacos que están ahí fuera.

—La voz...

—Sí, la escuché ese día—atestiguó—. Pero no fue él quien me insistió—colocó sus manos sobre mis hombros, apretándolos como lo hacía en los viejos tiempos, para luego besar mis mejillas igual que Judas a Jesús—. Fue el dolor y la tragedia. Quizás fue todo. Tal vez quería tocar el cielo, ¿no me merezco ver esas maravillas con mis propios ojos?

—Aún las crees... ¿o no?—susurré.

—¿Te importa?—soltó una carcajada y se apartó.

—¿Por qué me tratas con ese desdén?

—¿Y cómo debería tratarte?—preguntó dándome la espalda—. Dime—dijo en un tono de voz contundente. Se giró hacia mí y me miró.

—Con respeto—dije.

—Te trato con la punta de mi bota porque tú me trataste así.

Echó a correr, con una velocidad propia de nuestra especie, y pronto desapareció de mi vista. Quise llorar, pero contuve mis lágrimas. Tenía razón. Fui un idiota.



domingo, 1 de febrero de 2015

Amigos, enemigos o compañeros.

La pregunta de Mael es la pregunta de todos... creo... 

Lestat de Lioncourt 


Salvaje. Me han tachado de salvaje. Muchas veces he escuchado esa palabra mientras caminaba a su lado. Soy un salvaje, un pobre diablo, un idiota, un cegado e iluminado por una fe vacía y una cultura carente de interés. Sin embargo, su pueblo, tomó varias de mis costumbres y las hizo suyas, aplastó los bastos bosques donde vivíamos en armonía con la naturaleza y no respetó aquello que nosotros amábamos. ¿Quienes son los salvajes? Para ellos todos son salvajes, ingratos, poco elocuentes y estúpidos. Todo lo que no sea su conocimiento, su verdad, su poder y su orgullo es vacío, es veneno o simplemente no sirve.

Cuando le vi por primera vez a los ojos vi la luz de mi pueblo. Pude contemplar al hijo de una de nuestras mujeres. Mujeres fuertes, bravas y locuaces muy distintas a las habituales. No eran sumisas, jamás lo fueron. Ellas, nuestras guerreras, eran madres, agricultoras y también tomaban las armas si era necesario. Pero ellas, las mujeres que daban luz en sus tierras, estaban postergadas a la sombra. Él había sido criado como un patricio, siendo hijo de un hombre rico, pero seguía siendo el hombre que salió del vientre de una celta. Él era celta. Su estatura, sus cabellos y esos ojos lo delataban.

Quise que conociera la cultura que había perdido, la libertad de los nuestros y la verdad que yacía en el interior de los robles. Pero él rechazaba cualquier pizca de verdad. Se negaba. Quería abrazarlo y llamarlo hermano, aunque él me empujaba con desprecio. Durante semanas quise que comprendiera la importancia del acto al que sería llevado. Un acto cruel y a la vez lleno de vida. Sería nuestro nuevo Dios, pues el anterior estaba moribundo. Algo había sucedido. Muchos habían caído. Él debía dar nueva sabia al roble.

Me odió. Sin embargo, yo no lo odié aunque sí lo desprecié.


Al huir tuve que ser yo, y no otro, quien se presentara ante el otro Dios, en tierras algo lejanas, para ser su hijo y convertirme en otro ser legendario. Si bien, hice lo mismo que él. Comprendí toda la verdad y decidí huir. Quise mi libertad. Pero no me fui solo. La libertad no era algo de uno, sino de dos. Avicus, el Dios del Roble, vino conmigo. Corrimos por las tierras que ahora son británicas, viajamos por los mares, cruzamos Europa y nos encontramos con Marius en Constantinopla. Allí, los tres, unimos fuerzas contra la serpiente. Creo, sin duda alguna, que esa fue mi etapa más feliz. Una etapa que aún hoy no me atrevo a olvidar.  

viernes, 16 de enero de 2015

Vieja amistad

Marius nos desvela sus sentimientos ante un reencuentro esperado con Avicus.

Lestat de Lioncourt


Jamás pensé volverlo a ver en tan penosas circunstancias. Muchos éramos atacados por una voz que nos atormentaba. Los más antiguos teníamos un compañero, un amigo, un aliado terrible que nos susurraba perversas frases que nos confundían y alentaban a llevar la tragedia allá donde ni siquiera podíamos imaginar. Cientos de jóvenes morían en todo el mundo y él, igual que otros tantos, fueron llamados para comprender lo que ocurría. Por fin, tras cientos de años, lo volví a ver.

Aquel rostro amable, con sonrisa breve perpetua, tenía los ojos llenos de incomprensión y dolor. Me negaba a creer que era tan estúpido como para no saber lo que ocurría. Pero no podía negar que Avicus seguía siendo hermoso. Tenía el cabello ondulado, tan negro como siempre, y esa expresión bondadosa a pesar de ser un gigantesco guerrero. Sus manos parecían limpias, aunque todos las teníamos manchadas de sangre.

La última vez que lo vi fue en Constantinopla. Lo dejé atrás, igual que a Mael y Zenobia. Siempre lo tuve presente, aunque reconozco que no creí que podríamos volver a vernos. Pinté algunas obras dedicadas a nuestras aventuras, conflictos, adversidades y pensamientos. Cuando tomaba un libro me preguntaba si él lo había conocido primero. Se convirtió en un ávido lector. Un hombre paciente que buscaba la verdad y estar en sintonía con el mundo. Y, sin embargo, nos encontramos en mitad de la tragedia. Fue terrible.

Me convertí de nuevo en un vampiro joven en mis recuerdos. Aquellos labios amables susurraban historias incomprensibles de guerra, dioses y milagros. Volví la vista atrás y vi a Mael con su túnica en mitad del bosque alzando sus brazos. Pude encontrarme con el hombre fui y que jamás volví a poder ser siquiera en mis sueños. Lloré. Lloré por mí, por ellos y por todo. Mil lágrimas desfilaron por mis ojos y me abracé a la fe innata de la verdad. La verdad prevalecería.


Avicus siempre sería para mí un gigante bondadoso... no un asesino de jóvenes vampiros. Ninguno de nosotros éramos conscientes. No fue premeditado. El dolor llegó a todos los corazones. El Dios del Árbol volvió a encontrarme.  

lunes, 6 de octubre de 2014

Sol en la noche

Avicus ha redactado el siguiente texto sobre el momento exacto en el cual salieron ardiendo todos.

Lestat de Lioncourt


Las noches eran eternos calvarios de sed y llanto. Ya no quedaban lágrimas, sólo quejidos en aquel tronco hueco. Las manos, igual que garras, intentaban arañar la corteza mientras la esperanza seguía latiendo en su pecho. Había sentido el sol en su piel y ni siquiera había amanecido. Sus ojos hablaban de dolor. El mundo entero gemía retorciéndose pues los hermanos disgregados morían por doquier. Todos los Hijos de la Sangre perecían. No importaban los años que ya marcaban en su calendario, en sus siglos, sino la fuerza con la cual habían sido creados. Algunos se redujeron a cenizas, los más afortunados, otros padecían terribles heridas que les torturaba.

Él se encontraba en el mundo de las pesadillas. Las más terribles. Pesadillas rojas. Sangre bañando su cuerpo, llenando su boca, enterrándolo en la demencia y en el sonido de los tambores que a lo lejos llamaban a la calma. Los celtas corrían entre los árboles, pues algunos comenzaban a combustionar igual que los seres que se hallaban en su interior, mientras que el poblado despertaba con el despuntar del alma. Muchos de sus “Dioses” eran humo y cenizas, otros caían en las terribles alas de sueños insoportables.

Al otro lado del mundo, en las cálidas arenas de Egipto, ellos eran expuestos frente al sol. Colocados como dos simples estatuas, mostrando al mundo su tez marmórea. Igual que dos colosos puestos allí para ser adorados. Tan sólo bronceaban su piel, calentaban sus mejillas y masacraba a cientos de sus hijos. La sangre hervía, quemaba, mataba...

El mundo clamaba. Se alzaban gritos de lamento. Los aullidos de otros eran insoportables. Él despertaría casi consumido, ennegrecido y temeroso como un insecto a punto de ser pisado. Algo terrible había sucedido. No había nada que hacer, sólo orar porque el final llegase pronto.



jueves, 18 de septiembre de 2014

Yo te condené

Avicus power... más bien es Avicus pidiendo disculpas... Creo que ya va como tres veces que pide disculpas por algo que hizo porque no tuvo otra. 
Lestat de Lioncourt 


Disculparme quizás no sería justo. He aprendido mucho durante todos mis largos años de vida, los cuales pueden resumirse en siglos ya que son milenios. Apreciar la vida tal y como nos la ofrecen, con su sabor natural, es un manjar que ya no recuerdo. Mi infancia es borrosa. Sólo recuerdo que nací como tantos otros en mi pueblo, con una espada en la mano y un escudo en la otra. Recorrí largos trayectos, el sol despuntaba y ya estaba en marcha. Mis guerreros sabían confiar en mí y yo confiaba en ellos. No era un rey, tampoco un hombre excesivamente poderoso, pero tenía mi batallón en el que confiaba mi vida y ellos me confiaban la suya. Codo con codo, espada contra espada, luché por conquistar nuevos mundos y hacer grande el nombre de mi pueblo.

Provengo de un mundo donde el pan se gana con sudor y sangre. No hay desprecio a la vida, ni siquiera la de un oponente. Rezas por ellos, oras por sus almas y sus familias, mientras entierras la espada en su pecho. Aprendes a amar el hierro forjado con cuidado y de forma brusca, con las caricias del martillo del armero. Comprendes a tu caballo mejor que a ti mismo. Aprecias la tierra removida que guarda los secretos de la muerte, sobre todo cuando es un viejo amigo. Sabes escuchar en el viento a las ánimas y también los gritos de guerra que tanto te animan. El amor, tal y como lo conciben muchos ahora, era imposible. Te casabas prácticamente para tener hijos, fuertes y sanos, y por compromiso familiar. Aprendías que respetar a tu esposa era no matarla de hambre, nada más. Y aún así, pese a todo, la comida que yo servía era además con respeto. Siempre respeté lo que me dieron, pues sabía que no me pertenecía en absoluto. La vida era un regalo de los dioses y yo saboreaba cada instante como si fuera el último. Siendo un guerrero nunca sabes cuando te van a matar o cuando llegarás a casa.

Me arrancaron de mis valles, los bosques preciados cercanos al río en el cual se asentaba mi pueblo, arrastrándome con fuerza hasta Egipto. Allí ya era otra cosa. No era un guerrero. Yo no era el hombre que había cruzado a galope tierras lejanas y prometidas. Ella me miró, alabó mi fuerza, mi belleza física y comprendió que era bueno que tuviera su poder. Un poder que nunca quise, ni pedí, ni deseé y si hubiese sido por mí habría rechazado en el acto. Después, un largo peregrinaje, aventuras que ya parecen sueños lejanos y finalmente un árbol. Un árbol que me retenía como si fuera un ave en una jaula.

Días y noches que eran una tortura tras otra. Sentía dolor y sed. El frío calaba mis huesos. La vida era miserable. Tantos siglos en la oscuridad y ni siquiera podía ver a los árboles mecerse lentamente frente a mí. Sentía el bosque, pero no podía apreciarlo. La libertad estaba ahí, aunque era imposible tenerla. El fuego en la noche fue lo peor. Las llamas recorriendo mi piel. Dolor y más dolor. Entonces llegó él.

Era un hombre de unos treinta años, con el pelo largo casi blanco, sus ojos eran fríos pero no frívolos. Pude ver que su tez era blanquecina y sus ropas eran pulcras. Estaba recién afeitado, tenía el pelo cepillado y le habían colocado esencias para que tuviera un aspecto más presentable. Parecía un salvaje, pero a la vez era un guerrero y un sabio bien instruido.

—¿Has venido a salvarme? ¿Mis plegarias han sido escuchadas?—pregunté desde las sombras.

—He venido a ser como tú, un Dios—murmuró.

—Sólo soy un guerrero y eso, sin duda alguna, ya lo eres...

El resto es historia. Por eso quiero pedirle perdón. Lo condené. Condené su alma y su vida. Condené todo. Dije amarlo, que lo hacía y aún lo hago, pero tiempo después lo abandoné. Ahora que he regresado lo observo cada noche. Parece distinto. Está hecho de otro material. No es el hombre que yo conocí. No es un druida más. Es más sabio, más fuerte, más libre y más tenaz. Se siente mortificado, pero a la vez se siente libre. Es una mezcla de fiera salvaje y hombre moderno. Mael me asombra un poco más que mis libros, aunque ellos siguen acompañándome desde que supe que la cultura te da fuerza. ¿Es Mael también un libro? ¿Él me dará fuerzas? No lo sé. Prefiero pensar que sí.  

lunes, 8 de septiembre de 2014

Dioses en los bosques

El druida sigue recordando cosas y mezclándolas con el presente. En fin, es normal que esté así con algo de añoranza ¿no? Desde que se quemó a lo bonzo no es el mismo. Culpa suya de salir al sol sin protección... ¡Ja! ¿Entienden el chiste? En fin, pasemos a su texto.

Lestat de Lioncourt 


Si pudiera escuchar nuevamente la pureza y la fuerza del bosque, tumbarme en el humus y hundir mis dedos entre las raíces. Disfrutaría de una lluvia torrencial o de una mañana fresca, en la cual pudiera tener la fragancia única de cada flor. Los árboles se alzarían gigantescos frente a mí, con sus gruesos troncos y sus altas ramas alzándose como un dios hacia los cielos. Extraño tumbarme cerca del arrollo y beber de sus cristalinas aguas. ¿Reconocería el reflejo que hay allí? Quizás. Hace demasiado tiempo que he dejado atrás todo aquel mundo, donde la fantasía podía crearse en leyendas y mitos tan poderosos como la verdad misma.

El ulular del búho, el sonido de los cascos de los caballos por los caminos, los insectos zumbando o simplemente el roce de la hierba alta en mis piernas eran una música única. Solía pasar largas horas en silencio, meditando, sintiendo a los dioses en el interior de cada tronco mientras mis pies se hundían en el fango y mi ropa se ensuciaba hasta llegada la noche. Era un guerrero, un guardián y un sabio para mi gente.

El pueblo se hallaba cerca del lecho del río, las mujeres lavaban allí las prendas y los muchachos más jóvenes practicaban con espadas de madera. El ganado siempre cercado, vigilado por sus dueños, y los cazadores curtiendo las pieles para el invierno era algo habitual. Podía decirse que la vida allí era tranquila, aunque luchábamos continuamente por seguir en nuestras tierras. Los dioses nos acompañaban en silencio.

Cuando estoy a su lado me encuentro en casa. Puedo sentir la misma mágica sensación que antes, sus manos ásperas aún parecen llevar la espada y sus ojos desafían a cualquiera con una bondad que pocos conocen. Guarda silencio cuando hablo, pero su ceño se frunce o sus ojos se desvían hacia el cielo poblado de estrellas. Jamás creí que volvería a compartir con él un par de minutos, pero ahí está con sus manos entrelazadas y ligeramente inclinado hacia delante. La hoguera se alza como una lengua de fuego gigantesca.

—En el fuego puedo ver aún sus almas—dijo hace unas noches—. Es como si jamás hubiese ocurrido.

Desconozco si habla de los dioses que murieron hace milenios, de los jóvenes que fueron arrasados por Akasha, de sus viejas guerras o simplemente de los viejos rituales funerarios que se dieron en varios pueblos a lo largo y ancho del mundo. No lo sé. No me atreví a hundir mis dedos en sus heridas, sólo me levanté y busqué el hueco perfecto entre sus brazos. Es un gigantesco inmortal que ha visto tanto, escuchado demasiado y sentido todo en su corazón justo donde se halla aún su alma.


Daría todo por volver al pasado y poder comer algunos frutos, caminar entre los árboles y dejar que mi alma retozara libre antes de caer en desgracia. Sin embargo, nunca ofrecería un segundo de su compañía como moneda de cambio.  

miércoles, 13 de agosto de 2014

Silencio y pasión

Unas memorias muy antiguas de Mael y Avicus salen a la luz, unas narradas por el celta sobre su maestro. ¿Quieren saber más? Sigan leyendo.

Lestat de Lioncourt 


Su actitud había desatado en mí cierta impaciencia. A pesar de todo mis sentimientos por él eran distinto a los que solía demostrar. Tenía mis motivos para ocultarme dentro de mi propia armadura, aunque sólo fuera de piel y huesos. Mis ojos se detenían en su rostro de mármol, en esas cejas perfectamente delineadas y el cabello rubio, casi blanco, espeso y largo hasta más allá de los hombros. Cualquiera que lo viera diría que era uno de los nuestros, pero con aquella túnica blanca y esa capa roja, tan roja como la sangre, podía asegurar que era un romano más llorando la caída de Roma. Avicus me había pedido esa noche que nos reuniéramos con él, buscando así que se despertara de su sueño. Pero el sueño no remitía, del mismo modo que seguía llorando en sueños. Cuando nos retiramos hacia la posada, subidos en nuestros caballos, sentí que parte de mí se alegraba de una caída tan merecida, pero otra parte pedía a gritos que no se llevara consigo a quien fue mi mejor oponente y terminó siendo mi amigo. En esos momentos no había constancia de nosotros en libros, o eso creía yo, y no habíamos tenido la fortuna de encontrarnos a otros que fueran como nosotros y no pertenecieran a la secta de la serpiente.

La noche era fresca a pesar de ser primavera. A lo lejos se podía escuchar el zumbar de algunos insectos y algunos animales se acercaban a un pequeño lago formado por aguas subterráneas. La orografía no era demasiado tortuosa y el sendero era agradable, pero aún así nos quedaba un largo camino hacia la posada. Allí nos sentaríamos algunas horas frente al fuego, sin hablar entre nosotros porque nos sentíamos apesadumbrados y luego nos retiraríamos a la habitación que habíamos conseguido con suerte debido a los tiempos que corrían. Demasiados negocios rechazaban a gente forastera, sólo aceptaban a sus borrachos habituales y el mundo parecía enrarecerse cada vez más. La seguridad era escasa, por eso estábamos alerta por si nos asaltaban y teníamos que usar nuestra fuerza bruta.

—Estás pensando en él—dijo tras un prolongado silencio entre ambos—. En él, en nuestro secreto mutuo y en todo lo que ha ido ocurriendo.

—¿Qué? No puedes estar más equivocado. ¿Cómo voy a malgastar tiempo de mi vida pensando en ese imbécil? Que piense otro, no yo. ¿Acaso me ves preocupado por un inútil que no es capaz de despertarse? No, no. Romano tenía que ser, ¿sabes? Les puede le orgullo y la tontería—dije abrupto mientras agarraba bien mis riendas—. Estaba pensando en lo bien que podía estar ahora frente a la fogata, oliendo a guiso y con el gaznate refrescado con la sangre de algún borracho.

—Sí que pensabas en él—respondió echándose a reír.

Su figura era la de un gigante y sus manos, siempre bondadosas conmigo, eran enormes. Tenía un aspecto de hombre de gran importancia, como si aún dirigiera medio imperio gracias a ser el conocedor de todo, un gran rastreador y un excelente estratega. Era un hombre de guerra, no de paz, y sin embargo amaba la tranquilidad que le ofrecía una conversación alegre, un par de canciones y uno de esos libros de poemas que a veces compraba en el mercado.

—¡Te he dicho que no! Deja de burlarte de mí—me coloqué a su altura y pude observar sus prendas con atención. Llevaba una capa gruesa y oscura que se confundía con sus cabellos espesos, algo largos y tan negros como su prenda. Calzaba unos pantalones de cuero, como los míos, y un jubón verde botella con botones dorados y sendos bordados—. No me había fijado en tu ropa, ¿por qué tanto lujo?

—Cuando se va a ver a un buen amigo uno debe estar presentable—explicó girándose hacia mí para verme bien—. Tu jubón también es muy bonito, y algo caro. ¿Acaso no te acicalaste para dar tu mejor impresión? Si incluso llevas el cabello bien cepillado y con la frente despejada—dijo burlándose de mí—. Mael el druida, preocupado por el romano que tantos quebraderos de cabeza le dio. Me alegro que así sea y que siga ocurriendo. Una lástima que haya caído en males tan poco propicios para que tú, cínico amargado, caigas en la cuenta que lo necesitas.

—¡Deja de decir eso, maestro!—exclamé furioso, pero él tan sólo estiró su brazo derecho agarrándome de la nuca, para acercar su rostro al mío y así poder besarme. Al apartarse yo quedé en silenció y él reía bajo mientras divisaba la ciudad bajo nuestros pies.

Al final de la colina, donde el río ya no es bravo, se encontraba el asentamiento con los tejados de distinta altura y sus tejados propicios para el frío. Arriba en la montaña hacía una temperatura muy inferior a la que podía encontrarse en el valle, donde nos disponíamos a pasar la noche. Ya quería deshacerme de la capa y el cinto con la espada, tapar cualquier agujero de luz y ocultarme para descansar como bien merecía.

Durante una hora estuvimos cabalgando en silencio y dejando que únicamente los cascos de los caballos fuera nuestra comunicación secreta. Al llegar nos sentamos frente al fuego, dejando algunas de nuestras pertenencias en la habitación. Pedimos una jarra de vino y un par de vasos, para intentar imitar al resto de viajeros, pero rápidamente nos fuimos a la alcoba.

Era una habitación sencilla con dos camastros amplios, una chimenea propia, un pequeño armario y un par de estanterías junto a una mesa y una silla. No se podía pedir más en esos tiempos. Era mucho lujo para dos vampiros. Podía sentir como el amanecer aún no llegaba y también como mi alma se había vuelto a llevar una decepción. Ese inútil no movió ni un dedo.

Avicus se quitaba la ropa dejándola doblada en el pequeño armario, el cual sólo poseía tres cajones algo delgados donde casi no cabía nada. Su pecho al descubierto, tan ancho y bien marcado, me hizo girar la vista y sentarme en mi camastro.

—Mael, ¿ocurre algo?—preguntó, acercándose a mí tirando su cinto en la cama que usaba—Mael.

—Nunca caigas en esos sueños—respondí mirándole a los ojos—. Me dejarías solo.

—Eres listo y tienes talento para el engaño, sabrías como sobrevivir sin mí—dijo tomando asiento a mi lado—. Eres un buen discípulo y siempre me has parecido honesto aunque Marius no lo crea. Tienes un carácter apático, a veces tan áspero que parece una piedra afilada a punto de cortarte, pero tu corazón es noble.

—Gracias—murmuré, o eso creo.

Sus grandes manos se colocaron a ambos lados de mi cabeza, cerca de las sienes, y me miró con una ternura que sólo se descubre en los ojos de un padre. Vi bondad en ellos. Una bondad que me recordó a la cálida sensación que tuve cuando nos conocimos. Sus dedos siempre fueron ásperos, a pesar que el poder oscuro cambia nuestro tacto. Sin embargo, él al haber sido quemado aún poseía esa piel áspera, algo dorada, que provocaba que cada uno de sus rasgos se acrecentara.

Sentí un fugaz impulso que provocó que me dejara llevar. Me lancé hacia él, agarrándolo por el cuello mientras lo besaba. Él decidió quitarme el jubón mientras repartía caricias por mi torso y mi espalda. Era excitante estar a solas con él, a pesar de lo trágico que podía ser para nuestro viejo compañero. En pocos minutos ambos estábamos desnudos, piel contra piel, besándonos con furia mientras el catre con colchón de paja soportaba, más o menos, el peso de dos hombres adultos de gran tamaño. Mi cabello quedó desparramado sobre la almohada, los suyos rozaban sus mejillas y las mías. Tenía sus brazos, anchos y fuertes, en ambos lados de mi cuerpo y parecía retenerme en silencio. Sentí como mis piernas se abrieron temblorosas, esperando que su cuerpo quedara entre estas, mientras rozaba su sexo mis ingles y vientre.

—Avicus...—balbuceé notando como él apoyaba su frente en la mía, observándome, mientras se unía a mí. No tardé en soltar un quejido bajo, parecido a un lamento, hundiendo mi cabeza en el almohadón permitiendo que él entrara, pues había alzado mis caderas y abierto mis piernas para que pudiera lograrlo—. No, no te detengas—murmuré abrazándome con fuerza a sus costados, prácticamente enterrando mis uñas, mientras movía mis caderas.

—No pienso hacerlo—susurró hundiendo su rostro en mi cuello, para clavar sus colmillos y beber un pequeño trago de mí. El mismo trago que después me ofreció con un largo beso mientras sus caderas comenzaban a moverse.

Se movía tan firme como podía, rompiéndome por la mitad mientras se apoyaba en la cama, y yo simplemente me aferraba a su cadera con ambas piernas, sin dejar de deslizar mis manos por sus costados cubriéndolo de arañazos tan profundos que mis uñas estaban rojas por la sangre. Sin embargo, él decidió invertir posiciones concediéndome el ritmo. Quedé arriba, subido sobre aquel enorme guerrero de rostro bondadoso y mirada amble, la cual era en esos momentos lujuriosa y entregada, mientras mis dedos recorrían su marcado abdomen y mis caderas decidían moverse suavemente a modo de tortura.

—Me gusta mi nuevo semental, parece mejor que el pura sangre del establo—sonreí fascinado por sus gruñidos bajos y la desesperación que iba cubriendo como una lámina su rostro. Tenía una pátina de sudor sanguinolento por todo el cuerpo, igual que yo la tenía, pero él al tener una piel dorada parecía adquirir un tono similar al cobre. Era un espectáculo tentador que no podía despreciar.

Tomé impulso iniciando un ritmo vertiginoso, como si realmente trotara por los valles con un magnífico ejemplar pura sangre. Cerré los ojos dejando que la sensación de libertad entumeciera con placer cada trozo de mi cuerpo. Mis dedos buscaron sujeción y mis uñas fueron el ancla perfecta. Quedé encajado en su cintura moviendo mis caderas como si me persiguiera el mismo demonio. Podía notar su mirada clavada en mí, recorriendo mis facciones desencajadas por la lujuria y la necesidad. El sexo era siempre tentador y necesario, sobre todo cuando sus manos me tocaban con esa firmeza. Pude notar sus pulgares colocarse sobre mis pezones, comenzando un rápido masaje sobre estos. Mi cabello se pegaba a mi espalda, cuello, torso y rostro. No podía hacer algo más que moverme y gemir.

En cierto momento, cuando mi vientre ardía y vibraba como si fuera el epicentro de un terremoto, eyaculé salpicando mi torso y también el suyo. Él me tiró al colchón, girándome para dejar mi espalda contra la suya y arremetió contra mi entrada con furia. Sus manos se posicionaron en mis caderas, apretándome con fuerza, mientras arremetía hasta sacarme lágrimas por ofrecerme un placer tan brusco y perfecto. No tardó demasiado en eyacular dentro de mí, bañándome con su calor y dejando que su sexo abarcara todo.


Sus manos bajaron hacia mi trasero, para abrirlo sin sutilezas y él salió al fin. Aquella noche durmió en mi cama, abrazado a mí, mientras me preguntaba qué futuro tendríamos. Temía la separación, una huida rápida o cualquier división entre ambos. Sufría por esos presentimientos y por ello sentía la necesidad de ver despierto a Marius, entre nosotros. Creía que si éramos tres los vínculos se fortalecerían y no habría tanta discusión entre ambos. Estaba equivocado, ahora lo sé.  

miércoles, 6 de agosto de 2014

El dolor de los milenios

Avicus y Mael pronto tendrán unas memorias propias, pero de momento dejan esto. Una escena que relata el dolor que puede sentir un milenario.

Lestat de Lioncourt 


—Recuerda el sol brindando calor, más allá de la colina, mientras que las flores cantaban su aroma y el mundo parecía estar en eterna quietud. ¿Por qué no lo recuerdas? El sol deslumbrando, bañándolo todo, mientras el cielo fulguraba belleza celestial. La noche había pasado, el campamento en silencio, la vida misma desbordándose en el susurro de la cascada mientras el río arrastraba los guijarros. Verde, tan poderoso color lleno de esperanza, era el manto que se extendía por las montañas y valles. A lo lejos, como si fuera un milagro, la nieve ya estaba completamente derretida dejando ver la cima marrón y verde, una cima que pronto se llenaría de nieves blancas y puras. Verano, un verano diferente al que conocemos ahora. ¿Lo recuerdas? Yo sí lo recuerdo, lo vi en tus ojos. No estuve allí y sin embargo pude saborear incluso las manzanas que saciaban tu apetito, el cereal que llenaba tu mesa y la caza que alimentaba a tus guerreros. Un hombre santo, o casi santo, con el pelo prácticamente plateado y ojos tan claros como el hielo. Albino, casi ciego en las mañanas de sol deslumbrante, y terco. Tan terco. ¿Por qué eras siempre tan terco?—mis palabras cayeron sobre su rostro serio y desafiante. El fuego se alzaba como si danzara sobre los troncos. Estábamos quemando las ramas que habíamos cortado de los árboles cercanos, sólo para aliviarlos y poder tener un rato de ocio distinto al habitual en seres como nosotros. Nos manteníamos atados a la naturaleza, como si fuéramos salvajes.

—Recuerdo tus ojos oscuros clavándose en mí, tu piel quemada y tu lengua herida. Tardaste en hablarme, pero luego abriste los brazos como una súplica—murmuró cerrando los ojos, llenando su mente con tantos recuerdos que le hicieron llorar. No podía leer su alma, pero podía ver sus gestos de dolor—. Un gigante de ceniza oscura, eso eras.

—Y tú me salvaste sacrificando lo que más amabas—respondí.

—¿Y? Lo hice por fe—quiso evadir el momento levantándose, caminando alrededor del fuego para luego alzar su rostro hacia las estrellas—. Me pregunto si veremos alguna estrella fugaz...

—Lo hiciste por amor y compasión—susurré levantándome para abrazarlo.

—¿Quién te hace creer ese absurdo?—respondió dejando su rostro frente al mío—. Yo sólo era un druida más.

—Uno de los más sabios, pero no el líder como dice Marius. Eras apenas un muchacho formado en las buenas artes, pero tu tío te había enseñado tanto... Mael, ¿por qué guardas siempre silencio cuando quieres gritar?—mis palabras le hicieron enmudecer de nuevo, agachar su cabeza y apoyarla en mi pecho—. Mael...

—Porque a veces las plegarias son más fuertes que los gritos, del mismo modo que una espada es más diestra si la empuña un hombre sabio—murmuró.

Besé su sien y acaricié su rostro con mis toscas manos. Aún había aspereza en ellas, como si hubiesen conservado la rudeza de la guerra en cada centímetro. Sus ojos se volvieron confusos, las lágrimas fueron evidentes y nuevamente miró a las estrellas. Queríamos pertenecer al mundo, pero llevábamos siglos fuera de él. Sin embargo, nos resistíamos a dejarlo. Él estuvo a punto de morir y yo de quedar perdido para siempre.



domingo, 19 de enero de 2014

La auténtica verdad

Nuevamente estoy con ustedes para traeros un texto sobre la transformación de Mael. ¿No desean leerlo? ¿No se mueren de curiosidad? 

Lestat de Lioncourt


La auténtica verdad 



Cuando la desesperación te aplasta y no tienes escapatoria cualquier opción es la adecuada. La revolución no ocurre hasta que el problema nos marca y provoca que queramos huir allá donde podamos. Los grilletes sólo pesan cuando están en nuestras muñecas, pues mientras saboreamos la libertad, y yo puedo hablar perfectamente de ello porque lo viví. No comprendes nada hasta que las consecuencias te superan.

Recuerdo sus ojos desafiantes en la oscuridad del bosque. El fuego se avivaba fuera, los cánticos se entrelazaban con el crepitar de la madera y dentro de aquel roble, gigantesco y milenario, se hallaba él sediento y algo calcinados. Aproximé la antorcha que me habían ofrecido para poder observar el rostro del ser que me haría ser un Dios, como él, y entonces me estremecí.

Un rostro algo redondo, pero anguloso, con los ojos intensos de mirada profunda y desesperada. Tenía los labios agrietados por la sed y los colmillos parecían asomarse en un tormento oscuro. Sus manos eran huesudas, todo su cuerpo era un esqueleto en realidad, y la ropa era harapos. Carecía de sandalias o botas. Estaba aterrado, al igual que yo lo estaba, porque quizás significaba que aquella noche lo cambiarían por mí o tal vez buscarían pronto a otro que correría la misma suerte.

-¿Van a quemarme?-preguntó con su poderosa voz- No quiero sentir de nuevo el fuego. Pídeles que si me van a matar que no sea con fuego- me pareció ver una lágrima, pero tenía los ojos secos y algo hundidos.

-¿Eres tú el Dios del Roble?-pregunté erguido intentando mostrar que no sentía miedo alguno.

-Sólo soy un hijo de la sangre-susurró-Ustedes me llaman Dios del Roble, pero en realidad hace mucho tiempo fui un hombre como tú y tuve sueños. Mis sueños están muertos pero yo sigo vivo.


Siempre había amado las historias y decidí escucharle. No dudé en desear huir, pero no quería huir solo. Hice un pacto con él. Me daría el Don y yo le ayudaría a huir. Aquella noche en mis labios brotó la sangre de varios amigos, los cuales se transformaron en enemigos al querer que tuviese un destino tan miserable. No comprendí el dolor del Dios hasta que él lo narró y mostró, así como no comprendí el peso de la inmortalidad hasta que se aproximó a mí.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt