Avicus y Mael pronto tendrán unas memorias propias, pero de momento dejan esto. Una escena que relata el dolor que puede sentir un milenario.
Lestat de Lioncourt
—Recuerda el sol brindando calor, más
allá de la colina, mientras que las flores cantaban su aroma y el
mundo parecía estar en eterna quietud. ¿Por qué no lo recuerdas?
El sol deslumbrando, bañándolo todo, mientras el cielo fulguraba
belleza celestial. La noche había pasado, el campamento en silencio,
la vida misma desbordándose en el susurro de la cascada mientras el
río arrastraba los guijarros. Verde, tan poderoso color lleno de
esperanza, era el manto que se extendía por las montañas y valles.
A lo lejos, como si fuera un milagro, la nieve ya estaba
completamente derretida dejando ver la cima marrón y verde, una cima
que pronto se llenaría de nieves blancas y puras. Verano, un verano
diferente al que conocemos ahora. ¿Lo recuerdas? Yo sí lo recuerdo,
lo vi en tus ojos. No estuve allí y sin embargo pude saborear
incluso las manzanas que saciaban tu apetito, el cereal que llenaba
tu mesa y la caza que alimentaba a tus guerreros. Un hombre santo, o
casi santo, con el pelo prácticamente plateado y ojos tan claros
como el hielo. Albino, casi ciego en las mañanas de sol
deslumbrante, y terco. Tan terco. ¿Por qué eras siempre tan
terco?—mis palabras cayeron sobre su rostro serio y desafiante. El
fuego se alzaba como si danzara sobre los troncos. Estábamos
quemando las ramas que habíamos cortado de los árboles cercanos,
sólo para aliviarlos y poder tener un rato de ocio distinto al
habitual en seres como nosotros. Nos manteníamos atados a la
naturaleza, como si fuéramos salvajes.
—Recuerdo tus ojos oscuros clavándose
en mí, tu piel quemada y tu lengua herida. Tardaste en hablarme,
pero luego abriste los brazos como una súplica—murmuró cerrando
los ojos, llenando su mente con tantos recuerdos que le hicieron
llorar. No podía leer su alma, pero podía ver sus gestos de dolor—.
Un gigante de ceniza oscura, eso eras.
—Y tú me salvaste sacrificando lo
que más amabas—respondí.
—¿Y? Lo hice por fe—quiso evadir
el momento levantándose, caminando alrededor del fuego para luego
alzar su rostro hacia las estrellas—. Me pregunto si veremos alguna
estrella fugaz...
—Lo hiciste por amor y
compasión—susurré levantándome para abrazarlo.
—¿Quién te hace creer ese
absurdo?—respondió dejando su rostro frente al mío—. Yo sólo
era un druida más.
—Uno de los más sabios, pero no el
líder como dice Marius. Eras apenas un muchacho formado en las
buenas artes, pero tu tío te había enseñado tanto... Mael, ¿por
qué guardas siempre silencio cuando quieres gritar?—mis palabras
le hicieron enmudecer de nuevo, agachar su cabeza y apoyarla en mi
pecho—. Mael...
—Porque a veces las plegarias son más
fuertes que los gritos, del mismo modo que una espada es más diestra
si la empuña un hombre sabio—murmuró.
Besé su sien y acaricié su rostro con
mis toscas manos. Aún había aspereza en ellas, como si hubiesen
conservado la rudeza de la guerra en cada centímetro. Sus ojos se
volvieron confusos, las lágrimas fueron evidentes y nuevamente miró
a las estrellas. Queríamos pertenecer al mundo, pero llevábamos
siglos fuera de él. Sin embargo, nos resistíamos a dejarlo. Él
estuvo a punto de morir y yo de quedar perdido para siempre.
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