Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 6 de agosto de 2014

El dolor de los milenios

Avicus y Mael pronto tendrán unas memorias propias, pero de momento dejan esto. Una escena que relata el dolor que puede sentir un milenario.

Lestat de Lioncourt 


—Recuerda el sol brindando calor, más allá de la colina, mientras que las flores cantaban su aroma y el mundo parecía estar en eterna quietud. ¿Por qué no lo recuerdas? El sol deslumbrando, bañándolo todo, mientras el cielo fulguraba belleza celestial. La noche había pasado, el campamento en silencio, la vida misma desbordándose en el susurro de la cascada mientras el río arrastraba los guijarros. Verde, tan poderoso color lleno de esperanza, era el manto que se extendía por las montañas y valles. A lo lejos, como si fuera un milagro, la nieve ya estaba completamente derretida dejando ver la cima marrón y verde, una cima que pronto se llenaría de nieves blancas y puras. Verano, un verano diferente al que conocemos ahora. ¿Lo recuerdas? Yo sí lo recuerdo, lo vi en tus ojos. No estuve allí y sin embargo pude saborear incluso las manzanas que saciaban tu apetito, el cereal que llenaba tu mesa y la caza que alimentaba a tus guerreros. Un hombre santo, o casi santo, con el pelo prácticamente plateado y ojos tan claros como el hielo. Albino, casi ciego en las mañanas de sol deslumbrante, y terco. Tan terco. ¿Por qué eras siempre tan terco?—mis palabras cayeron sobre su rostro serio y desafiante. El fuego se alzaba como si danzara sobre los troncos. Estábamos quemando las ramas que habíamos cortado de los árboles cercanos, sólo para aliviarlos y poder tener un rato de ocio distinto al habitual en seres como nosotros. Nos manteníamos atados a la naturaleza, como si fuéramos salvajes.

—Recuerdo tus ojos oscuros clavándose en mí, tu piel quemada y tu lengua herida. Tardaste en hablarme, pero luego abriste los brazos como una súplica—murmuró cerrando los ojos, llenando su mente con tantos recuerdos que le hicieron llorar. No podía leer su alma, pero podía ver sus gestos de dolor—. Un gigante de ceniza oscura, eso eras.

—Y tú me salvaste sacrificando lo que más amabas—respondí.

—¿Y? Lo hice por fe—quiso evadir el momento levantándose, caminando alrededor del fuego para luego alzar su rostro hacia las estrellas—. Me pregunto si veremos alguna estrella fugaz...

—Lo hiciste por amor y compasión—susurré levantándome para abrazarlo.

—¿Quién te hace creer ese absurdo?—respondió dejando su rostro frente al mío—. Yo sólo era un druida más.

—Uno de los más sabios, pero no el líder como dice Marius. Eras apenas un muchacho formado en las buenas artes, pero tu tío te había enseñado tanto... Mael, ¿por qué guardas siempre silencio cuando quieres gritar?—mis palabras le hicieron enmudecer de nuevo, agachar su cabeza y apoyarla en mi pecho—. Mael...

—Porque a veces las plegarias son más fuertes que los gritos, del mismo modo que una espada es más diestra si la empuña un hombre sabio—murmuró.

Besé su sien y acaricié su rostro con mis toscas manos. Aún había aspereza en ellas, como si hubiesen conservado la rudeza de la guerra en cada centímetro. Sus ojos se volvieron confusos, las lágrimas fueron evidentes y nuevamente miró a las estrellas. Queríamos pertenecer al mundo, pero llevábamos siglos fuera de él. Sin embargo, nos resistíamos a dejarlo. Él estuvo a punto de morir y yo de quedar perdido para siempre.



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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt