Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 31 de enero de 2017

Llámame amigo

¡Por supuesto! Flavius es de esos que son amigos para siempre. ¿Cómo no llamarlo amigo?

Lestat de Lioncourt 


“Deja que la lluvia toque tu cuerpo,
que te abrace de forma invisible.
Deja que la lluvia bese tus labios,
y se una a ti de forma imposible.

Mírame, estoy aquí.
Mírame, deseo vivir.”

Las canciones son para las personas que sienten deseos de bailar incansablemente, moviendo sus pies de un lugar a otro, sin importar si son torpes o no. los poemas son para almas rotas en mil pedazos que remiendan estas con paciencia, esfuerzo y dedicación. Por eso leo poemas. De algún modo tengo mi alma quebrada en miles de pedazos. Igual que un espejo que se quiebra y causa siete años de maldición. Pero estos pedazos son fáciles de unir, pues no han perdido su esencia ni su lugar.

“Del rojo apasionado de una amapola
un dios pintó sus seductores labios.
Y de la fuerza del inquieto mar
la fuerza para estar por siempre sola.”

He disfrutado demasiado tiempo del sufrimiento para construir un enorme muro. Un muro gigantesco que sostenga mis libros en baldas perfectas. Sin embargo, siempre hay una puerta abierta o una ventana por donde entran quienes lo desean. No cierro mi alma a nadie.

“Dulce sensación esa
que hace tu cuerpo
mientras te hago presa
entre mis brazos insensatos.”

Durante muchos años he creído que apartarme del mundo, manteniendo contacto únicamente a los más cercanos o los que quisieran encontrarme, era lo idóneo. Ella me pidió que huyera, me pusiera a buen resguardo y jamás contara a nadie quién era. Hizo aquello temerosa, llorosa y desafiando al monstruo que tenía por amor platónico. Había una ley no escrita, pero bien conocida, que no se podía dar “La Sangre” a tullidos, ancianos o niños. Pandora se arriesgó a realizar tal proeza conmigo, su esclavo favorito y su confesor en los malos momentos, para agradecer mi amistad y bondad. Yo, un hombre al que le faltaba una pierna, tuve la oportunidad de vivir eternamente para recitar poemas y conocer la paz. Aunque en estos últimos años sólo he escuchado y visto horrores, salvo alguna proeza médica de mano de científicos y médicos vampíricos.

“En tus ojos veo el mundo,
los océanos y tu alma.
Veo el dolor que guardas.
¡Qué tus pasos sean mi rumbo,
y qué tus manos sean mi calma!”

Flavius. Me llamo Flavius. Mi nombre surgió de su pluma, de la pluma de mi señora Pandora, en su libro pero no fue hasta hace cuatro años que mi voz, mis sentimientos, y parte de mi historia no fue resuelta. Soy Flavius el esclavo, el amante de la poesía, el contable de la vivienda de aquella mujer agreste, el compañero de las pesadillas y la calma tras el horror. Mi nombre es Flavius, pero tú puedes llamarme amigo.


jueves, 5 de noviembre de 2015

Dos monstruos en un café

A media luz, como le gustan a los bohemios y a los amantes, sentados en un café apartados del bullicio ancestral de ese enjambre de almas que puede ser la ciudad, las calles céntricas y sus correveidile. En el mostrador un joven atendía rápidamente los pedidos y dos jóvenes camareras distribuían estos por las mesas. Olía a café, té, dulces recién elaborados y pan caliente. Era tarde. Muchos apenas estaban abriendo los ojos y nosotros prácticamente dormitábamos.

Él estaba frente a mí, vestido como cualquier otro adolescente, con esos cabellos castaño rojizos tan perfectamente peinados, igual que si acabara de cepillarlos, mirándome con sus enormes ojos cafés llenos de una emoción extraña, mestiza y profunda. Me miraba con detenimiento, pero a la vez intentaba no dejarse llevar por los recuerdos, buenos y malos, que le aprisionaban con fuerza.

—Hay miles que te darán sus consejos de forma gratuita, sin necesidad de pedirlos, pero tú decidirás siempre tomar el camino más difícil—murmuró sin inmutarse cuando una de las jóvenes, de estilizado cuello de cisne y hermosos ojos azules, dejó la taza de cacao frente a él.

Era hermosa y radiante. Poseía un aspecto fresco y divertido. Parecía la primavera encarnada en mujer, pues tenía las mejillas sonrojadas y la piel nívea e impoluta. Sus largos cabellos rubios estaban trenzados y recogidos en un moño grueso, el cual parecía una espiga de trigo recogida sobre sí misma. Hermosa, sin duda. Era bella y joven. Posiblemente no tenía más de veinte años. Sus pechos turgentes se insinuaban en el ligero escote de su jersey. Sus pantalones eran ajustados y ayudaban a imaginar sus largas piernas. Pero él ni la miró. Posiblemente para él la mujer más hermosa estaba en su mansión, a unas cuantas manzanas, tocando apasionadamente el piano.

—Me gusta el camino difícil, es más divertido—respondí riéndome bajo.

La chica dejó un café muy cerca de mis manos, pero también una escueta nota con su número de teléfono. Ni siquiera me había dignado a coquetear con ella, sin embargo ella había tomado la iniciativa. No dudé en guiñarle un ojo bajando mis gafas violetas de aviador, para luego recostarme en el asiento.

—Y también peligroso—apostilló.

—Lo peligroso también es divertido, pues cuanto más al borde estás de la muerte, o de perder algo que realmente aprecias, comprendes cuan importante es conservar la vida o la esperanza—tomé la taza entre mis manos, sintiendo su agradable calor, para luego echar una carcajada al aire. Me divertía—. Te haces astuto.

—¿Astuto? Jamás aprendes—dijo—. No seas mentiroso.

Había arrugado su pequeña nariz y bufado como si fuese un gato molesto. Me entraron unas ganas terribles de revolver su pelo, abrazarlo y susurrarle al oído que se veía adorable, igual que un niño pequeño enojado porque su cometa se perdió. Era peligroso, pero a mí me parecía inocente.

—La mentira es un don, pero ésta vez no he mentido—musité olfateando el café e imitando un corto sorbo.

—Yo no te veo más astuto—respondió con una sonrisa llena de malicia.

—Soy más sibarita a la hora de aceptar aventuras—puse la taza sobre su plato, y meneé suavemente mi cabeza a ritmo de aquella balada de rock alternativo que sonaba en la radio. Quería bailar y moverme entre las mesas, igual que si fuese un escenario y yo su estrella principal, pero me contuve.



—Puede...

—¿Y qué has aprendido tú?—pregunté por preguntar, aunque debo admitir que me moría de curiosidad—. Hace tiempo que no tengo conocimiento de tus aventuras, de tus locuras y motivaciones.

—Como bien sabes he seguido alguno de tus consejos, pero otros los he desechado—susurró tomando la taza entre sus pequeños y finos dedos. Eran manos pequeñas, como las de un ángel, y tan blancas como las de una muñeca de porcelana. Apenas quedaban restos de aquella exposición al sol. Se había curado rápido, pero juraría que aún le dolían algunas heridas. No parecía un monstruo de mármol, pero sí tenía un ligero aspecto de talla venerada en las iglesias.

—Vaya, ¿sigues mis consejos?—dije divertido.

—En cuanto a la literatura sí, pues quiero comprender más los sentimientos humanos. ¿Y qué mejor lugar que la literatura para hallarlos? También está la música, el cine, y la tecnología...—sus ojos brillaban cuando hablaban de sus motivaciones. No era el Armand de hacía siglos. Él era distinto. Algo en él había cambiado mágicamente y eso, sin duda alguna, me hacía feliz.

—¿Sigues desguazando objetos para comprender su mágico funcionamiento?—entrecerré los ojos y moví los dedos como si lo hechizara, pero él ni se inmutó.

—A ratos.—suspiró mirando por la ventana. Había comenzado a llover. Eran las seis de la mañana y el amanecer estaba como a una hora. Pronto tendríamos que marcharnos de allí, no sin antes dejar una buena propina.

—No has cambiado nada en éstos años—dije para molestarle, pues no era cierto.

—Ah... ¿y tú sí?

Giró su rostro hacia mí y por primera vez, en mucho tiempo, pude ver de nuevo a ese muchacho perdido en París. Era hermoso. Definitivamente cualquiera podría enamorarse de él. Bajo esas ropas aún imaginaba su cintura estrecha, sus hombros diminutos y frágiles, esa espalda menuda y sus elegantes pasos por el mármol. Podría verlo moverse con descaro frente a los santos, bajo las luces de las velas de aquella enorme iglesia, mientras el resto de sus seguidores creían que moriríamos si pisábamos el interior de una.

—Tal vez me he vuelto más precavido, pero sigo siendo el mismo iluso de siempre—me encogí de hombros y me dejé llevar por la canción tarareándola. Había escuchado ese tema en las últimas noches. Amel parecía disfrutar del ritmo y yo también—. Bueno, eso dicen.

—¿Crees todavía en nuestro Señor?—no me esperaba esa pregunta, así que supongo que en mi rostro se vio cierta sorpresa.

—No, Armand. Ya no creo en el concepto del Bien y en el Mal, pero sí en el amor. ¿Crees en el amor más allá de Dios?—pregunté.

—Creo, pero aún estoy ciego—hizo un inciso y suspiró recostándose en el asiento—. No comprendo bien el amor, pero lo codicio. Es un extraño vals que...

—Amas, Armand. Sabes amar, pero no lo comprendes. Es difícil de comprender el amor, pues hay que dejarse de egoísmos y centrarse en lo importante que es la felicidad de esa persona que amas, codicias y necesitas. Sin embargo, tienes que aprender a dejar que el amor sea libre y no a retenerlo hasta que se marchita.

Mis palabras surgieron solas, del mismo modo que me levanté de improvisto para sentarme a su lado, tomar sus manos entre las mías y notar el calor frío de éstas. Quería besarlo allí mismo. Necesitaba llenar su rostro con hermosos y dulces besos que le hicieran olvidar el dolor, la soledad y las promesas rotas. Tantas promesas rotas, tan preciadas y significativas, como esas alas que una vez se perdieron quedando tan sólo dibujadas, como si nada, en aquel hermoso cuadro.

—Pero yo quiero ser amado...—dijo a punto de romper en lágrimas.

—Eres amado—le aseguré.

—¿Por quién?—su voz sonó ahogada por lágrimas que no querían surgir, pues él las retenía con fuerza.

—Por muchos, Armand—chisté—. Incluso yo te amo.

—¿Me amas?—preguntó confuso.

—Creo que siempre te he amado a mi modo, pequeño monstruo de rostro de ángel—le guié provocando que se moviera molesto, apartando mis manos de las suyas, para girarse instintivamente hacia la ventana. Un gesto huraño, pero típico de él.

—¡Muérete!—dijo levantándose dispuesto a huir.

De inmediato lo retuve entre mis brazos, ofreciéndole el olor agradable de mi colonia y el tacto ligeramente frío del cuero de mi chaqueta. Era incorregible. Parecía un rockero trasnochado y él el pobre diablillo de mi hermano pequeño, o quizás un primo, al que tenía que custodiar para llegar bien a casa.

—No puedo, soy terriblemente inmortal y si desapareciera, si ocurriera esa desgracia, tú llorarías tanto como mi madre, Louis o David—susurré cerca de su oído, para luego besar suavemente sus mejillas—. Jamás desapareceré. Ya no puedes librarte de mí.




Lestat de Lioncourt 

martes, 27 de octubre de 2015

Renacer

Allí estaba frente a mí con aquel aspecto nuevo. Lo observaba como quien observa el David de Miguel Ángel por primera vez. Contemplé sus hermosas proporciones, sus marcados pómulos, sus profundos ojos almendrados y su boca carnosa. Parecía un joven más, pero yo podía ver que quien respiraba era mi gran amigo de Talamasca. Estaba allí de cuerpo presente, aunque sin ser el hombre que todos conocían. Animaba un cuerpo joven que yo conocía íntimamente, pero que él llenaba a la perfección.

Quise correr hacia él, pero lo evité. Durante varios segundos me dediqué a contemplarlo. Para un ser humano puede ser un pestañeo, pero para un vampiro no lo es tanto. Podemos movernos rápido, pensar aún más rápido y guardar los detalles con gran exactitud. A pesar que no olía a su clásica colonia, ni vestía con su elegante taje, podía ver en él el hombre que era el modelo a seguir para muchos novicios en su querida Orden de Investigadores de lo Paranormal. Allí estaba. ¡Qué prodigio! Se había salvado del mismo modo que yo, pero él no había tenido la suerte de volver a su antiguo cuerpo. Él estaba en uno mucho más joven, atlético y distinto. Los rasgos anglo-hindúes le daban un toque exótico, como exótica fue su vida en las junglas y manglares. Él, un hombre de acción, tenía un cuerpo que podía usar para conquistar el mundo si así lo requería.

Di un par de pasos hacia él conteniendo mis ganas de llorar y estrecharlo, hasta que al final lo hicimos. Oh, mon Dieu! Fue delicioso poder sentir sus brazos rodeándome como a un hermano, un igual, después de un naufragio tan terrible en un mundo tan desconocido para mí, pero no tanto para él. Los trucos sucios de Raglan se habían diluido como el azúcar en agua caliente. No quedaba nada salvo los recuerdos.


Deseé de nuevo convertirlo y lo hice. Pese a que pudiese odiarme en un futuro. Tenía que hacerlo. No podía verlo envejecer otra vez y poder perder su amistad. No. Me negaba en rotundo a que eso pasase.

Lestat de Lioncourt  

lunes, 5 de octubre de 2015

Recuerdo con amor

Thorne es uno de esos vampiros sinceros y amables que sólo quieren amar y recordar.

Lestat de Lioncourt


Logré que me perdonara. Ella, la bruja que me convirtió en su protector y amigo, una mujer distinta. Era bondadosa, con un corazón demasiado vulnerable, llena de esperanzas y principios. Su mayor orgullo era su familia, a la cual protegió y defendió siempre. Me consta que amaba a su hermana como una prolongación de sí misma. Ella me habló de Mekare con una ternura, un amor y un cuidado similar al que yo había tenido hacia mis hermanas, las cuales llevaban años muertas. Un hombre de apariencia ruda, atado a una espada, se convirtió al fin en un protector afable que se divertía acariciando los telares de aquella mujer de cabello pelirrojo.

Su piel era como la leche, la nieve fresca y las sábanas limpias. Amaba acariciar sus mejillas y sorprenderme por lo cálidas que podían estar tras alimentarse. Muchas veces la vi sonrojarse ante mis inquietudes, también sentí sus abrazos reconfortantes cuando la pena me ahogaba. Me enseñó a mostrar mis sentimientos, sin tapujos, porque ello me hacía más fuerte.

Decidió que debíamos dividirnos. Ella tenía que seguir su camino en éste mundo y no me podía enseñar nada más. Comentó que mejoraría como hombre, vampiro y guerrero si caminaba solo, aprendiendo a conquistar nuevas enseñanzas, y que, algún día, volveríamos a encontrarnos. Fue una promesa que cumplimos.

Dormía profundamente cuando Akasha atacó al mundo. Tomé la decisión de ocultarme, por miedo a ser destruido. Ella me avisó que si alguna vez ella atacaba, ya que era probable, y no debía interceder. Era su lucha, no la mía. La lucha de su hermana y el hombre que la creó, un vampiro egipcio que estaría por siempre vinculado a ella más allá de la sangre. Ese vampiro era Khayman, el Benjamín del Diablo, y padre de su única hija que fue semilla que dio frutos. ¡Oh! ¡Qué maravillosos frutos! Había descendientes de la pelirroja y el mayordomo egipcio por todo el mundo. Conocí a muchos. Fue un placer jugar con ellos a ser humano y lo hice en su compañía, después de nuestro encuentro fortuito junto a Marius.

Marius es un gran amigo, pero reconozco que Khayman fue un gran hermano. Aprendí de él la belleza de un mundo que desconocía. Me habló de los secretos de Kemet. Amé su voz profunda, sus abrazos sinceros y las canciones que me enseñó mientras tallábamos cerca del fuego. Del mismo modo que amé profundamente a la descendiente más fuerte y hermosa de todas, a la que más se parecía a ella. Sí, hablo de Jesse. Amé a Jesse y la amaré siempre.


Hoy estoy frente a su tumba, como muchas veces en éstos meses, con un hermoso ramo de flores silvestres de floristería. He limpiado la poca hojarasca que ha caído sobre la lápida y he llorado. Admito que lloro y me gusta hacerlo, pues es la libre expresión de mis sentimientos. Estoy aquí, pues los siento cerca, y converso con ellos como en esas noches tranquilas en medio de la jungla.  

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Amistad en Kemet

Khayman y Enkil tenían un vínculo especial. Lástima que todo se destrozara.

Lestat de Lioncourt


Sentado fuera de la tienda, con sus enormes ojos negros enfocados en las estrellas, se preguntaba si su nombre perduraría tanto como esas luces, las cuales solía creer que eran los viejos reyes guiándonos, las almas de aquellos que amábamos y que ya no estaban para aconsejarnos. Él las contemplaba con deseo y codicia. Siempre deseó ser poderoso y tener al ejército bajo su mando. Fue un hombre tenaz y atento, pero también torpe en su forma de tratar al resto. Demasiado dócil, demasiado atento... Enkil se endureció cuando la conoció a ella, absolutamente manipulado por sus consejos poco prácticos, convirtiéndolo en una sombra ruin y amenazante.

Tomé asiento a su lado en silencio. Tenía un vaso de cerveza entre mis manos, observaba las dunas amontonándose frente a notros, y las estrellas que turbaban su mente soñadora. Quise hablar, pero no logré decir nada. Tan sólo suspiré y eché hacia atrás mi larga cabellera negra. Esperé que él me diese alguna indicación, pero sólo colocó su mano derecha sobre mi muslo izquierdo, apretándolo ligeramente, sin dejar de mirar al frente. Noté su inquietud y su necesidad.

De un trago acabé mi bebida y dejé el vaso cerca de mis sandalias, después giré mi rostro hacia él y él hizo el mismo gesto hacia mí. Nos miramos. Sus ojos estaban inquietos y parecía fatigado. Teníamos que hallar a las brujas y llevarlas frente a su esposa, la cual era quien gobernaba realmente. Noté como me suplicaba ayuda y lo único que le ofrecí, como un fugaz consuelo, fue un beso largo y entregado.


Callé sus lágrimas en un beso y un abrazo, como si eso fuese suficiente. Sin embargo, él terminó ocultándose en mi pecho llorando amargamente el haber cambiado las leyes funerarias, pues incluso él veía un pecado terrible momificar y conservar los restos de los nuestros. Aún así, por eso mismo hemos pasado a la historia. Una historia tan extensa como las raíces de la semilla que poco después plantaría, en el vientre de una de las brujas pelirrojas.  

viernes, 31 de julio de 2015

Tu recuerdo

Jesse espera ver a Mael. Yo sé que Marius, muy en el fondo, también.

Lestat de Lioncourt


Siempre me vi esclava de mis poderes. Tuve que aceptar desde que era una niña la verdad que me rodeaba, una verdad más oscura y terrible de lo que jamás podía haber imaginado realmente. Me convertí en una marioneta para aquellos que habían quedado esclavos de un mundo distinto, pero a la vez similar al nuestro, que esperaban ansiosos que alguien les escuchara.

Te recuerdo a ti, Mael. Un hombre imponente en estatura, de cabellos casi blancos, ojos de apariencia fría y una sonrisa bucólica que parecía borrarse con facilidad. Siempre concentrado en tus pensamiento, crítico con todo lo que te rodeaba y contigo mismo, con unas ropas sencillas y unos gustos aún más simples. Sentado frente a la hoguera, tallando, mientras hablabas de un pasado que parecía haberse borrado por completo. Te escuchaba fascinada. Olvidaba por completo el dolor que siempre ha pesado sobre mí, como una siniestra losa, que me aplastaba.

Te extraño. Sé que no puedes estar muerto. La vida no ha podido borrarte de un plumazo. Siento que estás ahí, observándome en algún lugar, esperando volver a mí para abrazarme como si fuese tu hija. Quizás soy un pedazo de ti, como yo soy un pedazo de ti. Cada uno dejó su impronta en el otro. Lamento haberte hecho llorar tantas veces, ofrecido tantas preocupaciones y provocado que te enfurecieras contigo mismo por no saber cuidarme. Fui una estúpida. Aún así, jamás podré dejar de pensar en ti como el hombre serio, culto y salvaje que me enseñó a seguir mis instintos y ser consciente del mundo en el que vivía.


domingo, 1 de febrero de 2015

Amigos, enemigos o compañeros.

La pregunta de Mael es la pregunta de todos... creo... 

Lestat de Lioncourt 


Salvaje. Me han tachado de salvaje. Muchas veces he escuchado esa palabra mientras caminaba a su lado. Soy un salvaje, un pobre diablo, un idiota, un cegado e iluminado por una fe vacía y una cultura carente de interés. Sin embargo, su pueblo, tomó varias de mis costumbres y las hizo suyas, aplastó los bastos bosques donde vivíamos en armonía con la naturaleza y no respetó aquello que nosotros amábamos. ¿Quienes son los salvajes? Para ellos todos son salvajes, ingratos, poco elocuentes y estúpidos. Todo lo que no sea su conocimiento, su verdad, su poder y su orgullo es vacío, es veneno o simplemente no sirve.

Cuando le vi por primera vez a los ojos vi la luz de mi pueblo. Pude contemplar al hijo de una de nuestras mujeres. Mujeres fuertes, bravas y locuaces muy distintas a las habituales. No eran sumisas, jamás lo fueron. Ellas, nuestras guerreras, eran madres, agricultoras y también tomaban las armas si era necesario. Pero ellas, las mujeres que daban luz en sus tierras, estaban postergadas a la sombra. Él había sido criado como un patricio, siendo hijo de un hombre rico, pero seguía siendo el hombre que salió del vientre de una celta. Él era celta. Su estatura, sus cabellos y esos ojos lo delataban.

Quise que conociera la cultura que había perdido, la libertad de los nuestros y la verdad que yacía en el interior de los robles. Pero él rechazaba cualquier pizca de verdad. Se negaba. Quería abrazarlo y llamarlo hermano, aunque él me empujaba con desprecio. Durante semanas quise que comprendiera la importancia del acto al que sería llevado. Un acto cruel y a la vez lleno de vida. Sería nuestro nuevo Dios, pues el anterior estaba moribundo. Algo había sucedido. Muchos habían caído. Él debía dar nueva sabia al roble.

Me odió. Sin embargo, yo no lo odié aunque sí lo desprecié.


Al huir tuve que ser yo, y no otro, quien se presentara ante el otro Dios, en tierras algo lejanas, para ser su hijo y convertirme en otro ser legendario. Si bien, hice lo mismo que él. Comprendí toda la verdad y decidí huir. Quise mi libertad. Pero no me fui solo. La libertad no era algo de uno, sino de dos. Avicus, el Dios del Roble, vino conmigo. Corrimos por las tierras que ahora son británicas, viajamos por los mares, cruzamos Europa y nos encontramos con Marius en Constantinopla. Allí, los tres, unimos fuerzas contra la serpiente. Creo, sin duda alguna, que esa fue mi etapa más feliz. Una etapa que aún hoy no me atrevo a olvidar.  

domingo, 25 de enero de 2015

Amistades extrañas

Petronia ha querido hablar de Manfred. Hay amistades raras y luego esta...

Lestat de Lioncourt


Un golpe del destino. Uno tras otro. Como si fuera un combate a muerte y yo fuera el muerto. El que caerá en la arena abatido, sin aliento, sin tiempo y sin destino. Eso fue. Un golpe que se convirtió en soplo de aire fresco. Uno que no me tumbó, pero me hizo cambiar. Golpe tras golpe, portazo tras portazo, llegué a convocar a la caja de Pandora y la abrí. Comprendí entonces que necesitaba mi espacio, mi mundo, mi verdad y mi divertimento. Él sería mi marioneta, mi experimento, mi verdad y mi secreto. Fue un golpe, como he dicho. Nada más que un golpe.

Era un alma perdida. Ni sé porque ayudé a ese inútil. Quizás porque siempre me sentiré culpable por todo lo ocurrido con el Vesubio y Pompeya. Vi arder a cientos, mi mundo quedó sepultado bajo capas de lava ardiente y se ocultó durante siglos al ojo humano. Era como si todo lo que había vivido quedase perdido, como un vestigio de un sueño que nunca debió existir. Entonces, tal vez, por eso no me negué a colaborar con un inútil que se ahogaba en los charcos de Nápoles.

Ese estúpido e inocente muchacho se convirtió en un hombre, rico, poderoso, con el nuevo mundo bajo sus pies y una enorme mansión donde hacer de las suyas con su encantadora mujer. Yo sólo necesitaba un lugar donde mantenerme oculta de Arion, mi maestro, durante algunos días al año. La convivencia entre mortales es tirante cuando pasan los siglos, se vuelve monótona, y yo no quiero dejar a quien ha sido, y será, por siempre mi nexo de unión con mi lado mortal, soñador y vivaz. No deseo dejarlo, pero me canso. Él me dio ese golpe de efecto, ese soplo de aire fresco, aceptando que me quedase en sus nuevas tierras y de ese modo, como no, vincularnos para siempre.

Recuerdo la noche en la cual apareció. Estaba más viejo que nunca. Apestaba a muerte. Pude ver el miedo en sus ojos. Balbuceaba algo de un pacto nuevo. Él se quedaría a mi lado, haciéndome compañía y siendo los ojos donde yo quisiera, a cambio de una vida inmortal plena. No quería morir, pues sabía que iría derecho al infierno sin su Virgnia, su primera y única mujer.


Debí rechazarlo, pero me pudo el sentimentalismo barato. Y por eso, ahora, soporto a dos idiotas jugando al ajedrez.  

sábado, 27 de diciembre de 2014

A un gran hombre

David vuelve a recordar a su viejo amigo Aaron. Creo que yo soy el único que le queda. Uno de esos que siempre están aunque sea metiéndolo en líos. 

Lestat de Lioncourt


La amistad es una hermandad elegida, seleccionada de entre cientos de miles de almas que a diario se cruzan contigo. En ocasiones nace fácilmente, pero en otras se resiste. Es el vínculo que muchos extrañan cuando viajan. La necesidad de reunirse entre los brazos de un amigo es inmensa cuando se encuentra fuera del hogar. Pues la amistad es todo cuando se conviertes en un hombre solitario que pocas personas conocen realmente, aprecian tu compañía y saben como te llamas. Él conocía todos mis miedos, ilusiones, pasiones, devaneo, sensaciones y emociones más puras. Comprendía cada uno de mis pasos por el mundo, mis viajes extraños, mis ojos cansados y finalmente mi cuerpo adolorido.

Éramos prácticamente de la misma edad. Nos habíamos conocido cuando tan sólo éramos unos novicios. Él era mucho más persistente, enfocado constantemente en mejorar sus cualidades, mientras que yo me dedicaba a ser como Indiana Jones. Iba a templos perdidos en el Amazonas, me hundía en el fango para conocer los misterios de un mundo desaparecido, caminaba entre las gentes de Brasil escuchando el ritmo de los tambores del Candomble y conversaba con los espíritus que me visitaban como si fueran viejos amigos. Él no me consideraba un patán, ni un loco y ni mucho menos un engreído. Sabía que vivía por y para las sensaciones que el mundo me ofrecía. Sin embargo, los años me fueron doblegando y fue él quien empezó a tomar riesgos.

Recuerdo como miraba los archivos de las Brujas de Mayfair. Pasaba lentamente sus dedos por cada hoja de los informes. Elaboraba copias constantemente para conocer cada párrafo. Añadió investigaciones propias. Visitó muchas veces la sureña ciudad de New Orleans. Se dejó guiar por el ritmo. Él decía que era placentero llevar trajes de lino blanco, sonreír de forma gentil y saber que te apreciaban por la elegancia británica. Se sentía cómodo allí. Igual que yo me sentía cómodo en Brasil y sus mares de árboles, religiones ocultas y música escandalosa. Jamás pensé que unos separaríamos de ese modo.

Una vez tuve que ocultar un secreto, el cual conoció provocando que temiera por mi vida. Había conocido a Lestat en mi despacho. Era el director de la orden en la cual nos “alistamos” para defender la verdad, el conocimiento y los tesoros más increíbles de este mundo. Talamasca era nuestra vida, emblema y apellido. Él no era un hombre rico, pero yo sí. Era hijo de un lord. Se suponía que llegaría lejos en la política, aunque decidí ser distinto. Mi padre también poseía dones, colaboró en alguna ocasión con la orden, y me permitió ser lo que era. Tal vez era el destino. Eso dijo Aaron, que el destino me llamaba. Un destino que me hizo ser director justo en la época en la que Lestat salió de entre la tierra, escarbándola con sus huesudos dedos, para tomar un micrófono y pasearse por el escenario gritando “Soy un vampiro, miradme.”

Él no aceptaba esa amistad. No era por celos. Temía por mí. Del mismo modo que yo temía por él cuando se acercaba demasiado a la familia. En aquella época ambos corríamos riesgos. Él se aproximaba a Deirdre, la hermosa heredera de los Mayfair, y yo a un vampiro muy peculiar. Sus ojos eran un abismo de preocupación cuando los vi por última vez. Sus peores sospechas se confirmaron.

—D... David—dijo aproximándose hasta a mí—. David...

—Aaron, necesito tu ayuda—expliqué intentando mantenerme firme en cada palabra que pronunciaba.

Sus manos eran viejas, muy pálidas, perfumadas y de uñas cuidadas. Mi piel tenía un ligero tono tostado, mis ojos eran cafés, casi completamente oscuros, y profundos y mi rostro era el de un joven que él no conocía. Sin embargo, mi mirada estaba ahí. Él se echó a llorar aferrándose a mi chaqueta mientras yo lo sostenía. Juro que me rompió el corazón. O quizás yo le rompí en mil pedazos el suyo. Aún así, pese a que le pedí un imposible, me ayudó.

Quería encontrar al joven que había habitado mi cuerpo. El dueño, por así decirlo. Simplemente fue una tarea imposible. No encontrábamos su espíritu por ninguna parte. Había desaparecido, cruzando a otro plano. Posiblemente lo hizo confuso y entristecido. Si bien, pudo crear para mí el funeral más especial que jamás hubiese visto. Logró convencer a todos. Sus lágrimas no eran falsas. Él me despedía para siempre. Siendo un vampiro no podría tener comunicación fluida con él. Ni con él ni con Merrick. Jesse, un par de años atrás, cruzó la línea y desapareció para muchos en la orden.

Sólo descubrieron la verdad cuando Lestat lanzó sus memorias, pero la mayoría creía que era una forma de limpiar su nombre. No obstante la duda cayó y comenzaron a sospechar. Aaron se volvió más rebelde. Él decidió alejarse e investigar más a fondo. Supongo que si yo no estaba, ¿para qué regresar constantemente a la que fue nuestra casa?


Me alegra saber que sus últimos días sirvieron de mucho. Conoció la verdad de los Mayfair. Pudo hablar con una criatura única. Se casó y fue feliz al lado de una buena mujer. Murió en la ciudad que más amó jamás y con el ritmo del blues y el jazz de fondo. Fue trágico. Mi corazón lloró durante meses su pérdida. Aún hoy me siento conmovido al ir a visitar su tumba. Él no está ahí. Su espíritu pasó a otro plano. Sin embargo, me gusta imaginar que puedo hablar con él como hacía hace décadas. Un hermano no se olvida. Un soldado no cae, sólo duerme eternamente.  

lunes, 8 de diciembre de 2014

Amistad

Estaba allí impulsándose sobre el piano. Sus largos cabellos negros caían en cascada sobre su rostro, rozaban sus hombros y la pequeña medalla que colgaba de su cuello. Había sido exiliado, al igual que el resto de su familia, y su fortuna estaba dilapidándose poco a poco. La botella de vino que estaba sobre el instrumento estaba a punto de quedar vacía. Tenía sed. Una sed inconcebible para un hombre tan joven, pero sus penas eran muchas y quería ahogarlas todas. Antoine intentaba olvidar.

Había algo en él que me recordaba a Nicolas. Quizás era su extraña melancolía o el hecho que parecía estar rodeado de demonios invisibles. Pedía cada noche que tocara para mí. Necesitaba que la música lo inundara todo. Sus manos eran hábiles, suaves y delicadas. Parecía un ángel con aquella camisa de chorreras blanca, con los puños de encajes tan hermosos como las flores del jardín cercano, y su chaleco ajustado, pegado bien a su pecho, mostraba su delgado cuerpo como algo apetecible. Era joven, muy joven, y aún no había desarrollado toda su belleza. A penas tenía aún barba, sus ojos contenían cierto dolor inconcebible en un muchacho y sus labios carnosos, tan amables, pronunciaban frases terribles. No estaba enamorado de él, pero sí del conjunto de su cuerpo moviéndose con cada pieza. Era un ángel en un infierno paradisíaco como era New Orleans.

—Me visitas cada noche como si fueras un fantasma—pronunció riendo bajo. Sus dedos estaban aún sobre el instrumento.

—Pero sólo soy un vampiro—respondí apoyándome en el marco de la puerta.

—¿Me darás la vida eterna? Es una propuesta tentadora, pero no sabía si podría soportarlo—dijo encogiéndose de hombros.

Tenía diecinueve años. La vida la estaba tirando a la basura. Sus enormes ojos azules poseían unas pestañas pobladas y unas cejas perfectas. Su rostro era anguloso, pero delicado. Quería decirle que si no lo hacía la belleza que tenía se perdería. Si no lo convertía su música se olvidaría. Deseaba convencerlo. Necesitaba hacer un buen trato con él. Sin embargo, esa noche sólo me dediqué a contemplarlo y escucharlo.

No sabía como Louis se tomaría aquello. Sabía que Claudia me odiaría, si no lo hacía ya. Algo en ella estaba cambiando. No la culpaba. Nunca culpaba el dolor que pudiese tener. Louis tenía el suyo, ella tenía sus demonios y yo mis terribles secretos. Antoine poseía pureza y belleza cargada de música.

Ahora vuelvo a contemplarlo. Allí arrojado sobre el piano como si fuera una lápida que tuviese su nombre. Sus dedos recorren su hermosa figura y sus pequeñas teclas blancas. Las rosas del jarrón se marchitaban lentamente, como si fuese imperceptible, dejando caer un pétalo cerca de su rostro. Quisiera hablarle, pedirle disculpas por haberlo abandonado y aún así me encuentro frente a él con las manos en los bolsillos. Fue un buen amigo, un gran amigo. Él alejaba mi dolor, lo hacía suyo y terminaba embriagándose con la música. Sybelle no se encuentra lejos. Ambos son unos empedernidos del piano, unos fabulosos vampiros por siempre encadenados a un arte para nada efímero. Eternos.

«Si te dijera que algo en mí, algo diminuto, se siente culpable... Aunque por otro lado veo lo bien que te fue sin mí, sin el tormento de mis palabras y mis mentiras poco prácticas. Lo siento, amigo mío.»



Lestat de Lioncourt

sábado, 28 de marzo de 2009

Comentario del Autor (Lestat)



Al no tener una referencia masculina aceptable que no fuera mi abuelo, ya que mi padre no fue tal. Creo que no se le puede llamar padre a alguien que únicamente te aportó su "simiente genética" y años de llantos, malos modos y sobretodo que te arruina la infancia junto a cualquier momento de juventud.

Desde pequeño he querido ser distinto a él, distinto a la persona a la que cruelmente me parezco en tantos aspectos. Ambos tenemos rasgos similares en el rostro, al hablar, también escribía. Un fracasado que no quiso estudiar en su vida y que arruinó a la de cientos. Yo quise ver un reflejo distinto, algo completamente nuevo y que mi madre se orgulleciera de mí.

Aún no sé la nota de Recursos Humanos, de una nómina. Pero puedo decir que me he graduado, que he disfrutado de la noche más feliz de mi vida ya no porque lo hacía en compañía de amigos... personas que han estado ahí durante dos años. Amigos a los que he ayudado y me han ayudado, no sólo en los estudios sino a ser alguien mejor. Chicos y chicas de mi edad que incluso van a ser madre... como sucederá con Rocío... y para ello faltan escasos días. Recordar como nos conocimos todos, la imagen mental que di a ellos un día y que la cambié radicalmente.

Suelo hablar en susurros, nadie me ha escuchado gritar enfurecido hasta que colmaban mi paciencia. Eso sucedió una vez frente a Agustina, no dejaban que pudiera hablar el delegado y yo quería saber cual era el calendario de los siguientes meses... no dudé en mandarlos a callar con "coño callaros ya".

He de decir que creo que se hará raro escuchar el despertador, tener que levantarme y no tomar los libros. Sobretodo porque echaré de menos a Luz, Abraham, Fernando y tantos otros. Ya no estará Alex para robar con disimulo un chicle de mi cajetilla, aún a sabiendas que no me importa darle uno o dos. Ya no escucharé a la histérica de Alba gritar que la goma no borra bien o que la portada del proyecto está algo manchada por la tinta de la propia impresora. No, ya no lo haré. Tampoco me quedaré adormilado por los medicamentos para mis dolores de cabeza. Mucho menos escucharé los chistes malos de Pepe, del profesor de informática y una gran persona. Mucho menos veré a Toñi abrir los ojos y llamarnos FLOJOS. Echaré de menos a los profesores que no sólo me han enseñado Auditoría, como lo ha hecho Rocío, o Finanzas, como Toñi o Patricia, y mucho menos Ana Mari se desesperará con Adolfo... como este año le tocó a la pobre de Agustina. Todos y cada uno de nuestros profesores al igual que todos y cada uno de mis compañeros son distintos, pero a la vez teníamos una meta en común... dos años de convivencia y que fuera agradable, que consiguieramos objetivos y pasáramos los mejores momentos quizás de nuestra juventud... el inicio de esta.

Ayer nos propusimos regalarles algo a todos ellos para que nos recordaran. Porque alumnos hay muchos, pasan por los centros y quizás los profesores se olvidan, pero nosotros no. Aún recuerdo a mis profesores de Instituto y cuando paso frente a este me dan ganas de entrar...saludar... como hice en varias ocasiones. Hicimos el comando R... de Regalo. Conseguimos recaudar dinero entre todos, comprar unos bombones y pañuelos, un homenaje a Paco Carcaño director del centro Rumasa... y sobretodo hacerles ver que aunque somos una pandilla de flojos descastados... somos además alumnos que tomaron cariño especial a todos y cada uno.

Recuerdo que cuando empecé, la primera semana, rogaba que los dos años pasaran pronto. Pero entre una cosa y otra... entre conocer a Antonio, María José...etc... como profesores y personas... además de hacer buenos amigos... pues cuando veía el final quería frenar todo y recordar el porqué llegué a donde llegué.

Mi costancia no se debe a sólo querer una nota... NO... mi costancia es.... fruto de no querer ser como mi padre. De desear que las personas me recuerden como alguien honesto y no como un desgraciado. Quiero que mi madre se sienta orgullosa de mí, también mis amigos y mi tío (a pesar que somos como niños a veces).

Por este motivo, mis estudios, estuve algo retirado de un blog que comenzó hace más de dos años. Se dice pronto, pero es un largo recorrido. Gracias a todos por estar ahí, por leer, porque muchos me conocen ya por mail y en persona... Gracias por felicitarme cuando lograba una buena nota o darme ánimos cuando comentaba que tenía que estudiar. GRACIAS. Pero sobretodo a mis enemigos, a aquellos que me quieren hundir y me sacan defectos que a veces ni tengo... porque gracias a ellos mejoro, me esfuerzo para hundirlos a ellos con logros y sobretodo porque no los odio, como ellos pueden pensar y como ellos pueden hacer. La envidia a veces es la madre de toda guerra.


Lestat de Lioncourt

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt