Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 18 de octubre de 2016

Para ser sinceros...

Supongo que Daniel tiene razón, ¿no?

Lestat de Lioncourt 


No hay días perfectos, supongo. Tampoco puede existir entonces una vida hecha a medida. Siempre tomamos alguna decisión con respecto a lo que haga alguien amado, respetado u odiado. Incluso hacemos elecciones influidos por personas que desconocemos. Vivimos en un mundo donde todos estamos conectados. Por eso, cuando el cuerpo de Lestat fue usurpados muchos tomaron decisiones erróneas, imperfectas o poco estudiadas. La mayoría se negó a dar un paso hacia el frente para ayudar, pues tenían miedo. Ese miedo era una respuesta lógica, aunque desmedida tal vez, porque Raglan sólo quería la eternidad y la fortuna que Lestat poseía. No quería destruir a los vampiros.

Con el paso de los días todo fue cobrando forma. Raglan pertenecía a un grupo de sabios y ocultistas, o al menos perteneció en su día hasta que fue expulsado. En la Orden de la Talamasca se suele pagar cara la alta traición, pero tomaron la decisión de sólo expulsarlo. No lo condenaron como se merecía, quizá porque su delito no era demasiado gravoso. Aún así, perdieron un tiempo precioso.

Por mi parte, yo estaba aún perdido en un paraíso extraño entre mi sueño cumplido, de ser eterno, y el miedo atroz que sentía hacia el exterior. Temía que un día cualquiera otro monstruo como Akasha apareciese. No podía dormir de día y de noche tan sólo decoraba pequeñas maquetas, o las ensamblaba, intentando despejar mi mente para poder descansar al menos unas horas. La paciencia de Armand se había desgastado y Marius tomó con entereza una decisión, la cual aún hoy afecta a mi vida.

Admito que no supe de todo lo ocurrido hasta hace unos años, quizá tres a lo sumo, cuando me comentaron la peripecia que había logrado Lestat. Leí los libros que no conocía, me empapé de toda la historia narrada por distintos vampiros, y ahora me encuentro sentado en un diván intentando averiguar cuáles son mis sentimientos sobre todo esto. En unos días se publicará el nuevo libro de Lestat y todos sabrán cómo es su amada Atlántida. No sé qué pensar o sentir. Tal vez debería tener miedo, pero sigo vivo. ¿Por qué debería?


Sólo sé que las consecuencias de Raglan James siguen presentes con la figura de David Talbot. En estos momentos es un hombre de apariencia joven, pero de alma vieja. Es intrépido, aunque sabe dónde pisar. No es atolondrado como Lestat. Es otra clase de vampiro. Hace unos años conversé durante largas horas con él y me quedó claro que nunca se ha convertido a un vampiro como él, que es absolutamente brillante e intuitivo. Además, puede seguir hablando con los espíritus. Tiene los poderes de un “brujo” y de un inmortal. Creo que la consecuencia de esta aventura fue, sin lugar a dudas, positiva.  

lunes, 17 de octubre de 2016

Robo

Gracias por llamarme imbécil, cariño.

Lestat de Lioncourt 



Nunca pensé que fuese tan lejos. Jamás creí que lo intentaría. Sin embargo, lo hizo. Se olvidó de los peligros, de mis reproches, de todos los sentimientos y el dolor que habíamos vivido. Decidió cambiar de cuerpo, perdiendo así todo. No sólo perdió sus poderes, y la posibilidad de inmortalidad, sino también su dinero y el rostro que tanto amaba.

Cuando lo vi ante mí, con esos ojos negros y esa piel oscura, temblé de pies a cabeza. Pensé que un mortal, posiblemente curioso debido a su participación en Talamasca o sus deseos de comprobar por sí mismo si había algo de valor, apareció en mi casucha casi derruida, sin luz ni comodidades, atestada de libros, arte y recuerdos. No obstante nada más escuchar mi nombre me escandalicé, mi bota aplastaba su cabeza y sus lágrimas no tardaron en aparecer.

Había jurado amor eterno a ese maldito estúpido. Juré que le amaba mirándolo a esos ojos encendidos de locura por un deseo, una necesidad que él no tenía que cubrir, y sólo por poner en curso una estratagema de un ladrón. Nos habían robado algo más que dinero, joyas, propiedades y poderes. Habían destruido un vínculo entre ambos. Sentí que debía dejarlo ir, que retenerlo sería obligarlo a soportar mis reproches, y por eso le pedí que se fuese. Lo eché.

Algo en mí me gritaba, al igual que a Pinocho le alentaba aquel minúsculo y enclenque grillo, que él lograría recuperarlo. No había ser en este mundo más tozudo. Si había decidido ser humano viviría como tal, pero alcanzaría a quien le había despojado de su identidad. Si bien no pensé que se vengara de mí, puesto que siempre se había comportado condescendiente. Fue toda una sorpresa ver arder mi refugio.


Actualmente he visto a muchos jóvenes caer en las mismas trampas, aunque no para perder el cuerpo. Muchos han perdido su identidad, quienes son realmente, siguiendo algunas modas o un servicio de aplicación móvil. Ilusos siempre habrá, al igual que estafadores.  

domingo, 16 de octubre de 2016

Esos sueños...

Ella aparecía ante mí. Me recordaba todos mis fracasos y errores. Observaba con sus inmensos ojos azules mi dolor regodeándose, mostrando una hermosa sonrisa en su carnosa boca y moviendo sus pequeños pies mientras permanecía sentada en una de las sillas, de esas tan incómodas de hospital. Admito que me sentía terriblemente hundido en el miedo y la tragedia. Odiaba que Louis hubiese tenido razón, pero aún más odiaba haber enfermado hasta ese punto. Aún así volví a sentir la nieve como cuando era un muchacho terco y desobediente.

—Puedo escucharlos...—dije con la vista nublada y delirante.

Escuchaba las patas de mi yegua pisando con sus cascos la nieve, haciéndose paso entre la manada, entretanto estos enfurecidos ofrecían dentelladas al pobre animal. Tan noble, tan elegante, tan mío... Odié ver como mis perros también caían muertos, pero dejaban tan heridos a los lobos que yo podía matarlos. Sólo dos de ellos, lobos de pelaje mezclado con la propia noche, seguían en pie defendiendo su vida como yo defendía la mía.

Muchas veces había ido a cazar para comer. Conseguía conejos, algún ciervo y, las veces que tenía suerte, jabalí. Podíamos comer sin necesidad de sufrir hambre debido al escaso dinero que se hallaba en las arcas de la familia. Yo era el benefactor, por eso los campesinos vinieron a mí. No había joven en el pueblo con mejor tiro y, además, era el hijo del noble. Tenía que cuidar de las tierras.

—No quiero morir...—susurré.

Entonces en ese sueño lleno de la belleza clásica de una lucha hercúlea vi, como si fuese una aparición divina, a Mojo. Él se acercaba valiente, enérgico y hermoso a darme calor en mitad de ese suelo nevado. Era imposible que él hubiese aparecido en aquellos días, por eso supe que soñaba y no había regresado al pasado. Pues, os aseguro, te lo llegué a temer. No hay nada imposible en esta vida, al menos no para mí, tras haber vivido tantas aventuras. De un momento a otro me vi en la ciudad, en aquella fría e inhóspita acera, mientras la luz de la farola incidía sobre mi nuevo cuerpo.

Al abrir bien los ojos la vi a ella sentada en una de las sillas, pero al otro lado estaba aquella mujer. Una mujer hermosa, fresca, radiante, de buena voluntad y dedicada a Dios por entero. Mi mirada cansada se perdió en aquella dulzura y bondad, mi cuerpo se relajó y me sentí bendecido. Estiré mi mano derecha hacia ella, la cual rápidamente se movió para apretarla.


—Descanse—dijo—. Dios no quiere que usted muera, se lo aseguro.  



Lestat de Lioncourt 

viernes, 14 de octubre de 2016

Cine

 Entretanto conseguía mi cuerpo decidí relajarme unas horas en un cine. Es algo que no he contado, la verdad. Fui a una de esas sesiones de tarde, casi al filo de la noche, para disfrutar de una de tantas películas. Por primera vez compré refrescos, palomitas y un sinfín de porquerías llamadas golosinas. Incluso compré uno de esos afamados perritos calientes con mostaza, kechup y cebolla. Conseguí varios boletos para disfrutar de diferentes sesiones y me atrincheré en una de las salas. Quería saber qué se siente siendo un humano, pudiendo reír y llorar sin límites.

Opté por Rocky V. Había visto las anteriores y deseaba algo de acción. La sala rápidamente se llenó aunque llevaba algún tiempo en cartelería. Antes, en los noventa, uno podía ver películas en los cines durante meses. La sociedad amaba ir al cine en vez de esperar años a que saliera en VHS o en televisión en esos canales de pago que empezaban a difundirse, como si fuese una droga, por cada casa con cierto nivel económico. Me senté en la butaca y disfruté de cada frase, más que de cada puño. Admito que en ocasiones olvidé que tenía que comer, pese a que era una necesidad fisiológica que tenía mi nuevo cuerpo.

Noté como algunos se incorporaron en la escena final aplaudiendo emocionados, algunos hombres se aferraban al brazo de sus novias y estas sonreían fascinadas. No era sólo una película de boxeo, era algo más. Era una historia que emocionaba. Muchos creen que es más difícil hacer reír que llorar, pero el nivel emocional de un actor y su forma de transmitir no se basa en chistes vacíos e insignificantes que pronto se olvidarán. No, no hablo de los grandes comediantes que sienten el peso de sus oscuras y vacías vidas, sino de actores que deciden dar un vuelco a sus carreras y no sólo hacer sonreír sino también llorar.

Después acudí raudo a otra sala, pese a que sólo me quedaban algunos caramelos. Mi nueva película era Cyrano de Bergerac dirigida por Jean-Paul Rappeneau. La vi en idioma original con subtítulos, si bien no me hacía falta. Yo soy francés. Disfruté con cada palabra, con los escenarios y recordé cuántas veces lo había visto en teatro. Me emocioné como un niño con algunas escenas románticas pese a que dicen que estas sólo atraen a las mujeres, otra fanfarronada que suelen soltar aquellos que creen que conocen el cine y sólo saben su nombre, a lo sumo.

Por último fui a una de esas películas que no pasaban a ser reconocidas por el gran público. Me senté en una sala vacía. El chico de la taquilla me avisó que a muchos les decepcionó o simplemente optó por otras joyas de la parrilla. Pero yo compré mi entrada para Nightbreed. Es curioso. Me llamó muchísimo la atención. Quedé pegado en la silla con las piernas bien abiertas y un cubo de palomitas nuevo. Ahora lo consideran de culto, e incluso hay muchas referencias en series de televisión de todo tipo. Son razas mutantes que viven en las alcantarillas y que han decidido salir a la superficie. Sonreí pensando que los vampiros también vivíamos aislados, pero luego me entristecí al recordar que había perdido mi cuerpo. No podía perder más el tiempo. Tenía que buscar a Louis. Él tenía que hacer algo. Debía ayudarme.


Admito que fue una de las noches más placenteras, la única que como humano comprendí muchas emociones. Cuando salí del cine ya había anochecido y tuve miedo. Tenía miedo. Miedo a morir siendo atracado o usado como una bolsa de sangre para saciar la sed de algún noctámbulo. Estaba arrepentido, pero a la vez satisfecho. Entendí las palabras de Louis cuando dijo que yo jamás había sido humano, que era un monstruo desde mi nacimiento porque superaba cualquier dificultad. En esos momentos lo vi claro. Suspiré pesadamente, me subí las solapas de mi gabán y me dirigí al lugar donde me hospedaba. Mojo me esperaba.


Lestat de Lioncourt


OOC: 

Hace unas horas he tenido que soportar que me digan que un Mister Olympia alias "Chuache" es superior porque tiene 7 Mr. Olympia. Es como decir que me gustan más los calcetines de invierno que comer chocolate. No tiene nada que ver. Ha tirado a Clint, Stallone, De Niro y otros grandes actores a la basura. Según él sabe mucho de cine. ¿Sabe lo que he hecho? Decirle que tiene razón, se ha puesto fanfarrón y le he respondido que es "Porque no me gusta discutir cosas absurdas y prefiero darle la razón a tener que escucharlo". Ha repetido que no, que eso no es cierto.

En fin... 

Revisando los libros de las Crónicas recordé cuánto le gusta a Lestat las películas y libros de acción, como el teatro clásico. También recordé que Anne Rice es fanática de la ciencia ficción. Pensé que sentar a Lestat en un cine, siendo humano, sería una buena idea y más que ahora tenía esa discusión fresca.  

miércoles, 24 de agosto de 2016

El sueño del ladrón

Algo que se ha encontrado de este idiota... ¡Ja! ¡Qué siga soñando en el infierno!

Lestat de Lioncourt 


El reloj marcaba más de las once de la noche cuando me disponía a dejar de buscar información en los diversos archivos. Había estado escuchando las noticias. La terrible catástrofe ocurrida en San Francisco, durante un multitudinario concierto, me había llamado poderosamente la atención. Sin duda alguna no era cosa de cualquier terrorista o loco con un poco de suerte. Rápidamente estas noticias fueron descartadas como una broma pesada, como si realmente no hubiesen sucedido.

En mis numerosos años en Talamasca había aprendido bien a discernir de una broma pesada, horrible y sin gracia, a un hecho real que se cree poder ocultar a la población. No era la primera vez que ocurría. A veces se señalaba a pobres descerebrados, gente que no sabía siquiera mantenerse en pie y no orinarse encima, como culpables de grandes masacres o las propias víctimas, destruidas por un ente paranormal o un vampiro, como posibles causantes de todo el desastre. Incluso se habla de suicidios en masa organizados por órdenes religiosas inexistentes hasta unas semanas antes. Ya no me parecía increíble que la prensa fuese tan fácil de sobornar para que la población, los pobres e inútiles borregos, caminaran tranquilos por las calles obviando que existen criaturas que pueden sesgar sus vidas con sólo chasquear los dedos.

El hecho quedó oculto. Se habló de desastre pirotécnico cuando no se pudo ocultar nada debido a los numerosos testigos. La comunidad científica comenzó a dividirse. Había quienes decían que eran vampiros o una mezcla extraña similar a los superhumanos que podían leerse en los numerosos cómic, los cuales habían alimentado siempre la idea de poder mutar el ADN humano con fines militares o simplemente médicos, otros que simplemente eran jóvenes comunes y quienes afirmaban lo contrario debían ser sometidos a diversos estudios mentales.

Por mi parte, esa misma noche, tomé todos los archivos que había logrado duplicar antes de ser expulsado de la mencionada orden. En ellos aparecía el nombre de Lestat con cierta frecuencia. Tomé el disco de vinilo que había conseguido en la tienda, así como la cinta VHS que adquirí con sus dos únicos videoclips, y pude observar con cierta estupefacción que era él. Cada rasgo y gesto que hacía eran similares a los descritos. La historia que narraba en sus canciones, sobre todo a la referente a una bella durmiente, me recordó a ciertos documentos sobre Egipto, Marius Romanus y un suceso similar en Venecia.

Quedé sorprendido y la codicia comenzó a corroerme. Creo que jamás he sentido tantos deseos de ser otra persona. Deseaba saber qué era estar en los zapatos de Lestat. Necesitaba ser amado, temido y odiado al mismo tiempo. Esa misma noche soñé con él corriendo por mitad de París al galope de un caballo negro como la propia noche. Era un suspiro terrible en mitad de una tormenta que golpeaba con furia los muros de las frágiles viviendas, elegantes construcciones y sagradas iglesias. Me vi a mí mismo siendo él al cruzar el cementerio siendo perseguido por una horda de vampiros desesperados y desquiciados con la mente llena de mentiras religiosas.


Al despertar lo supe. Él sería mi víctima. Cambiaría mi cuerpo achacoso por uno joven y lo buscaría. Sería el hombre que logró robarle la identidad, poderes, inmortalidad y dinero a un vampiro... Yo, Raglan James.  

domingo, 3 de abril de 2016

Ladrones de cuerpos

Ladrones de cuerpos... según Daniel hay miles. ¡Miles! 

Lestat de Lioncourt 

El honor es algo difícil de mantener en estos tiempos. Al igual que es muy difícil no infringir alguna norma no escrita. Incluso es casi imposible no mentir para no hacer daño a otros, evitando quizás un sufrimiento mayor. Nos hemos vuelto unos sibaritas deseosos de manchar nuestras almas buscando el “Bien Mayor”, pero ¿existe el “Bien Mayor”? Hay quien codicia la vida de otros, llena de poder y riquezas, provocando que empiece a manejar hilos para convertirse en lo que desea o sueña. Sin embargo ese éxito no es demasiado estable y siempre acaba desmoronándose como una caja de cartón bajo una tormenta.

Muchos para lograr cierto respeto se dedican a hurtar el trabajo de otros. Son sujetos que por simple holgazanería parasitan la labor de otros que se han convertido en hormigas laboriosas, en mentes brillantes que construyen panales por encima de las nubes o simples roedores que saben que los laberintos es mejor acabarlos cuanto antes. Se dedican a robar desde simples fotografías editadas pasando por ensayos, trabajos escolares hasta llegar a robar identidades completas. Necesitan que otros les reconozcan un trabajo que no es suyo y que no están dispuestos a lograr por su esfuerzo, dedicación y aprecio a sí mismos. Por otro lado hay ladrones que usan la información que logran capturar para hacer delitos mayores. Miles de personas en todo el mundo son estafadas a diario por ladrones hábiles que se hacen pasar por viejos compañeros de clase, amantes, empleados e incluso hijos ilegítimos. La vida es así y hay siempre parásitos que desean tener todo a bajo costo para el bolsillo de sus almas.

Hubo un caso especial entre los nuestros cuando un ladrón de identidades logró que Lestat le cediese todo. Su cuerpo era su identidad. Su voz, su físico, sus huellas digitales, sus conocimientos y sus poderes quedaron en manos de un brujo muy hábil. Las cuentas de Lestat empezaron a ser saqueadas, su cuerpo se paseaba por caros restaurantes y barcos de recreo donde conquistaba a pobres ancianas a las cuales también robaba... joyas y vida. David Talbot tomó parte en el asunto involucrándose de tal forma que acabó sin su identidad. Actualmente tiene otro cuerpo que ya ha adaptado a él. Talamasca, la organización para la cual trabajaba, sufrió una baja terrible y finalmente fue suplido por un criminal que destruyó parcialmente su trabajo de años y a un buen amigo.

Actualmente con Internet muchas personas cometen delitos sin saberlo. Se apoderan de obras de otros y las lucen como si fuesen propias, también de fotografías de usuarios de otras redes sociales o de información que usan para sus trabajos escolares o universitarios. Digamos que Internet es el lugar perfecto para miles de millones de Raglan James. Muchos de los afectados pueden que se burlen de Lestat cuando leen su libro, pero ¿están ellos seguros que no han sido tan inocentes como el Príncipe de los Vampiros?



miércoles, 11 de noviembre de 2015

Dos mitades de una historia

Louis me ha regalado las siguientes palabras... ¡Oh! ¡Mon amour, siempre tan adorable! Soy idiota, pero soy tu idiota. Recuerda que no puedes vivir sin mí y yo no sé vivir sin ti.

Lestat de Lioncourt


Los jazmines estaban sobre la mesa, en un jarrón de cerámica azul que yo mismo había comprado. Había recogido algunos por la ciudad, en mi patético encuentro con la miseria y los recuerdos. Me agobiaba estar allí, pero me parecía más que necesario. Por casualidad había hallado un refugio lúgubre, pacífico y algo húmedo. Iluminaba todo con unas velas ligeramente gruesas, muy similares a los cirios que se suelen ver, aún hoy, en las iglesias. Con una cajetilla de fósforos iba iluminándolos, dejando que se consumieran del mismo modo que mis horas.

Recluido allí, entre viejos manuscritos de mi puño y letra, imaginaba las aventuras que no había logrado vivir, saborear ni ir a su encuentro. La pena aún tañía en mi garganta y a veces, sin desearlo, sollozaba. La maldad que yace en mi corazón, tan oscura como profunda, es similar al amor que fluye en cada recóndito lugar de mi alma. Soy una dualidad extraña, un monstruo perfecto para muchos.

Poseía novelas antiguas, algunas han logrado animarme hasta el borde de la risa frenética y extraña y otros, como no, han hecho que añore tiempos pasados. En mi escritorio yacían ensayos sobre diversas obras, confusos pensamientos acerca de las nuevas tecnologías y lo importante que era para mí el cine. Pero mi rincón favorito era un sillón de cuero, algo raído aunque muy cómodo, donde me sentaba cerca de una pequeña chimenea que parecía vencida, a punto de caer ladrillo a ladrillo.

Siempre he tenido grandes inversiones, viviendas ofrecidas por viejos amigos y adquiridas por mero capricho, pero nunca me he sentido cómodo. Ni siquiera estoy cómodo en la vieja casa que nos perteneció, en aquella avenida llena de vida y recuerdos, donde Claudia se ha aparecido tantas veces. Por aquel entonces todavía estaba cerrada, llena de viejos enseres y polvo. Podía haber ido, limpiado todo y adecentado sus muros. Pero no. Tomé la decisión de ser huraño, como un gato callejero, y encerrarme en los profundos y siniestros pensamientos que cada noche, incluso a día de hoy, vienen a buscarme como temibles fantasmas.


Aquella noche sabía que algo no iba bien. Mi instinto me decía que Lestat había cometido otra estupidez, quebrando una regla no escrita y provocando que mi corazón sufriera. Así fue. Él apareció dentro de un cuerpo nuevo, humano y frágil, que no reconocí. Me abalancé sobre aquel sospechoso, pisé su cabeza y escuché sus quejas. Era él, el idiota que tanto amaba y detestaba, rogándome que lo dejara vivir y le ayudara.  

martes, 8 de septiembre de 2015

Because of you

—¿Dónde estoy?—murmuré sintiendo un terrible y agudo dolor que se propagaba, como si fuese un horrible incendio, por todo mi cuerpo.

—En el infierno—respondió una voz familiar. Una voz menuda, dulce e incluso coqueta con un atisbo de maldad indudable—. Bueno, aún no has dado con tus huesos en él, pero ojalá no tardes demasiado.

Sentí su pequeño peso en la cama, pude notar sus manos frías sobre mi muñeca derecha y como me miraba. Esos ojos. ¡Unos ojos enormes y azules! Mi niña, mi muñeca, mi dama, mi hija...

—Claudia...—balbuceé al borde de las lágrimas. Otra vez ella, como si fuese un demonio convertido en ángel de la guarda.

—Hola, padre—susurró entre pequeñas risotadas—. Veo que te acuerdas perfectamente de mí, eso es agradable.

—¿Eres real?—pregunté en voz alta.

No era la primera vez, pero en esos momentos sentía como ella me tomaba de la mano. No me acariciaba, sino que apretaba con todas sus fuerzas. Hacía presión con sus pequeños y finos deditos. Era insoportable.

—¿Cuán real es el dolor que sientes?—dijo inclinándose hacia delante.

Sonreía como una niña traviesa. Parecía divertirse de mi dolor, de ésta enfermedad terrible que me tenía delirando día y noche. Había estado soñando con ella, con Louis, con Armand y el teatro. Incluso había deseado ver a Nicolas una vez más, aunque fuese en el infierno si daba con mis huesos en él. Quería huir, pero no podía. Deseaba morir, pero también vivir. Aquello era insufrible.

—...

—¿No te dijo tu querida, adorada, y admirada madre que no debes salir sin ropa de abrigo?—preguntó moviendo con encanto sus pies envueltos en unas botitas de charol. Su cabello rubio brillaba bajo las luces de la habitación. Luces de tubo incandescente en un techo pulcro de una habitación que olía a desinfectante.

—Yo te amaba...—logré articular.

—Ahórrate las hermosas palabras, Lestat. Ya no creo en tus dichosas mentiras.

Ella se empeñaba en que eran mentiras. Pero no eran mentiras. Yo la amaba. Siempre la amé. Fue un pecado convertirla, mentirle durante tantos años para que no sufriera, si bien no había día ni noche que no sintiera que fue mi perdición, que la amé más que a mí mismo y tanto como Louis.

—¡No son mentiras!

—¿No? ¿No lo son? No me amabas—susurró—. El rencor pudrió tu oscuro y ponzoñoso corazón.

—Creí que hacía lo correcto...

Me sentía mareado y cansado. No terminaba de vislumbrar la clase de sitio en el que estaba. Deseaba regresar a casa, ¿pero cuál era mi casa? ¿Adónde podía ir?

—Para recuperarlo a él. ¿Y dónde está? No te soporta, Lestat. Louis no vendrá. No eres su príncipe azul. Él te detesta tanto como yo y aguarda el momento para librarse de ti—aquellas palabras me hicieron llorar.

Deseaba creer en el amor de Louis. Él me debía amar como yo lo amaba a él. Estaba equivocada. Louis me buscaría y me encontraría. Salvaría mi alma como yo lo salvé a él de una muerte terrible, condenándolo a estar a mi lado y a ser mi eterno filósofo.

—Mentira...


—Ya lo verás... Si sales vivo de ésta, claro.


Lestat de Lioncourt  

lunes, 3 de agosto de 2015

Archivo Talamasca: Raglan

Los misterios se unen. David y Daniel están unidos en ésta ocasión a desvelar los misterios que hay en el mundo. La próxima semana Gremt estará en la radio.

Lestat de Lioncourt

Por primera vez escuchaba las voces de fantasmas y espíritus. Jamás había tenido la posibilidad de encontrarme con uno de ellos. Nunca había podido conversar con seres tan extraordinarios como temibles. Otros compañeros habían logrado hacerlo, por eso mismo me sentía tan entusiasmado. David se hallaba a mi lado, manteniendo una ligera, aunque tensa, sonrisa. Podía notar en él cierta expectación, aunque también dudas y deseos. Creo que jamás he visto a un hombre tan apiadado por el sufrimiento que contemplaba. Aquel ser se lamentaba en un extremo de la vieja biblioteca de la antiquísima mansión de los Talbot en el norte de Inglaterra.

—Ocurrió todo tan rápido...—murmuró abrazado así mismo,

No podía ver bien su rostro, pero escuchaba con nitidez su voz. Apenas apreciaba su boca, pues la oscuridad era persistente. Tan sólo estaba encendida la lámpara de metal del escritorio, la cual iluminaba una serie de documentos escritos con una rubrica frenética y poco más. La pluma estaba en el suelo, apenas era apreciable pese al poder de mis ojos vampíricos. Aquel ser me turbaba, provocando que no pudiese concentrarme en los detalles.

—Es inquietante encontrarte aquí—respondió David, apartándome del campo visual de aquel ente.

Quedé tras los anchos hombros de mi compañero, el cual me rebasaba en altura por escasos centímetros. Observé por encima de su hombro derecho la imagen desvirtuada de aquel delgaducho espectro. Poco a poco tomó mayor fuerza y apareció ante nosotros como un hombre de unos sesenta años, cabello cano, ojos verdes oscuros y rostro arrugado. Caminaba algo desgarbado, pero con una elegancia típica de hombres que han vivido una vida plena y han adquirido cierta notoriedad en sus círculos.

—Raglan, ¿qué quieres? No permitiré que hagas trucos sucios—expresó con rotundidad.

Ese nombre me sonaba, pero no eché cuenta de quién podía ser hasta que aquel espectro volvió a llorar. Él había sido quien robó el cuerpo de Lestat. Aquel ser delgado, pálido y lleno de arrugas era quien intentó, por todos los medios, quedarse con los poderes y privilegios del cuerpo de quien ahora era nuestro líder.

—Piedad...—murmuró lanzando los papeles a los pies de David—. Quiero pertenecer a la orden otra vez, deseo que dejen de perseguirme los otros espíritus y encontrar la paz. Quiero encontrar la paz...—temblaba horriblemente y se convirtió en un borrón que acabó desapareciendo.

En los papeles se hablaba de otros espíritus, menos amistosos que los conocidos, que estaban intentando atacar para dominar las sombras, esas mismas sombras donde nosotros nos movíamos, para lograr alcanzar un cuerpo y escuchar al huésped, o mejor dicho al propietario, lejos de su cárcel de huesos, piel y carne.

El viejo director de la Talamasca no dijo nada. Tan sólo recuperó los documentos y los dobló. Habíamos ido a su vieja biblioteca porque había sido invitado, por el actual mayordomo, a viajar insistiendo que algo, o alguien, visitaba la mansión sin levantar sospechas ni hacer sonar alarma alguna.

—Hablaremos con Gremt—susurró.

—¿Cuándo?—hablé al fin.


—Él será nuestro próximo entrevistado...  

domingo, 5 de julio de 2015

Mi amigo fiel

Sus ojos me observaban con una paciencia infinita. Esos ojos castaños que hablaban de un pasado trágico. Sólo había visto otro ser con esa mirada infinita deseosa de ser amado y era Armand, pero él no poseía la bondad y la lealtad que estaba demostrándome aquel animal. Pensé de inmediato que si todos fuésemos perros, naciéramos con la lealtad y la bondad que estos poseen, seríamos menos orgullosos y prepotentes. El amor sería lo más deseado y no el odio, no existiría la codicia y nos conformaríamos con ser simplemente felices, aunque sólo fuese con la presencia de aquellos que nos comprenden y de un puñado de historias, quizás algo emocionantes, para aullar a la luz de la luna.

Pensé que él me estaba trayendo suerte, por eso lo bauticé con Mojo. No me preocupé por buscarle otro hogar. Era humano ahora, podía hacerme cargo y pasear a su lado sintiéndome orgulloso. No me rechazó cuando comprendió que yo era un ser distinto a lo habitual, no sacó sus dientes y tampoco mostró rechazo. Simplemente movió su cola, giró suavemente su cabeza y sacó su larga lengua. Ahora también lo hacía. Sabía quien era. Me había reconocido a pesar del cambio de mi cuerpo. Reconoció el alma perdida que yo era, el demonio estúpido que siempre he sido.

Decidí sentarme en el bordillo de la acera, acariciar su cabeza entre sus puntiagudas orejas y escuchar el tránsito habitual de la ciudad. Se escuchaba todo distinto. Las luces eran distintas. El paisaje se había convertido en una amalgama de olores menos indeseables y más complacientes. Observaba el mundo desde otros ojos menos sobrenaturales y al perder los detalles, esos que pueden hacerte amar y odiar un lugar, me sentí libre. Sin embargo, la pena me ahogaba. Yo quería volver a ser el vampiro Lestat, ese que todos amaban y admiraban a la vez que despreciaban.

—¿Crees que Louis me perdone?—pregunté tras un largo suspiro—. Oh, bueno... —me eché a reír cuando me miró confuso, inclinando hacia un lado y hacia otro su cabeza—. No conoces a Louis. Todavía no te hablé de mi gran amor y talón de Aquiles, ¿eh?—lo abracé hundiendo mi cabeza en su pelaje y aspiré su aroma. Era un aroma a animal muy familiar, el cual me trasladó a otra época donde los perros dormían a mi lado y se convertían en mejores hermanos que aquellos que tenía de sangre. Ah, amaba a los animales. Siempre los he amado. ¡Mis mastines! Cómo lloré su muerte...—. Louis es un idiota, pero más idiota soy yo—susurré cerca de su oreja—. Él podría convertirme, ¿sabes?—dije apartándome de él para tomarlo del rostro—. ¡Qué hermoso eres! Cuando vuelva a ser vampiro y tome posesión de todo lo que tengo nos daremos la gran vida. No te va a faltar de nada, amigo. Tu cuenco siempre tendrá los mejores bistec de toda la ciudad. No, no. Nada de pienso—estallé en carcajadas y decidí ir a buscar a Louis, mi Louis.


Pero él, mi Louis, no fue tan noble como Mojo. Él me echó de su lado. Decidió no ayudarme. Y yo, como es comprensible, me molesté. Quemé su casa. He quemado la casa de Louis con todos sus malditos libros y quebrantos. ¡Lo he hecho! Y ahora estoy en otra acera, junto a Mojo, sintiéndome decepcionado de mí mismo por dejarme engañar. Y solo. Estoy muy solo.

Lestat de Lioncourt   

jueves, 14 de mayo de 2015

Querido amigo...

Recuerdo tu hocico húmedo tocando mi rostro. Hace mucho tiempo que no nos vemos. No somos compañeros eternos, jamás lo fuimos. Nada es eterno, aunque en mi pecho llevo cada uno de tus ladridos y esos ojos oscuros que me vigilaban con tanta atención. Decidí darte la vida que te negaron y te ofrecí mi amor, del mismo modo que tú me ofreciste cada recuerdo y momento como si fuese único. Te convertiste en un tesoro que jamás voy a olvidar, vender o devaluar.

Siempre he admirado la belleza de la naturaleza. En el Jardín Salvaje existen miles de historias por descubrir y flores maravillosas que surgen desde la tierra, germinan con gran colorido y se convierten en buena parte de mis recuerdos en éste camino. Los animales son importantes para el mundo. Gracias a la evolución y compañerismo que hemos tenido con ellos, labrando amistades férreas, hemos logrado grandes proezas. El hombre no sería nada sin los animales de labriego, los de transporte, los fieros perros que custodiaban el hogar o los felinos que elegantemente se convirtieron en dioses en diversos pueblos de ésta gran tribu. Podemos contemplar pinturas muy antiguas de animales salvajes, pero también de otros que hemos considerado parte de nuestra familia.

Cuando era un muchacho tenía una camada de perros que me ayudaban a llevar alimento a la mesa. Cazaba en el bosque cercano al castillo, pues eran tierras de mi familia y teníamos la posibilidad de subsistir gracias a mi puntería y sus fieras fauces. Esas mismas fauces que jamás se mostraron en mi contra. Recuerdo bien sus ojos bondadosos y el calor que desprendían en mi cama. Del mismo modo que puedo escuchar aún los cascos de mi caballo galopando casi salvaje, persiguiendo mis propios sueños y fantasmas.

Ahora, frente a éste pequeño hueco en el mundo, observo el lugar donde yacen tus huesos. Has tenido una vida buena, has sido padre, y has conocido el amor. Me alegro haberte hallado en aquellos terribles días, pues hiciste que el infierno fuese agradable. Sólo espero que tus viejos sueños se cumplieran, igual que he logrado conseguir alguno de los míos. Te has llevado contigo muchos secretos. Creo que jamás he podido regresar todo lo que has hecho por mí, pero me conformo con que tu alma esté descansando más allá de éste pequeño montículo.

Tu amigo por siempre,

Lestat de Lioncourt   

domingo, 15 de febrero de 2015

Carnaval de pasión

Mientras yo iba a ver los espectáculos... ellos hacían otro. Así es como me pagan Louis y David. 

Lestat de Lioncourt


Aún recuerdo los ritmos calientes, el colorido y la sensación de libertad que llenó mi cuerpo. La última vez que había ido a Brasil era un hombre en pleno ocaso de su vida, pero con las facultades mentales en perfectas condiciones. Sin embargo, estaba haciéndome viejo y estaba a punto de llegar a un punto de mi vida, como suele suceder, que mi cuerpo me impediría gozar de los pequeños placeres como viajar, caminar entre los espíritus traviesos y sus dioses. La primera vez que visité Brasil tenía tan sólo veinte años. El ritmo, colorido y belleza de sus gentes me contaminaron hasta el día de hoy. En esos momentos, aquel viaje con mi nuevo cuerpo, sentí que nuevamente descubría sus selvas, calles y mercados.

La oscuridad reinaba, las luces bañaban toda la costa y el sonido en las calles era ensordecedor. Lestat se había contaminado por el buen ánimo que bañaba todo. Estaba empapado en la lujuria y el placer que todos sentían en esos momentos. Sus pies se movían por toda la habitación justo antes de desaparecer, dejándonos a solas a Louis y a mí.

Él parecía recto, filosófico y concentrado en sus pensamientos más terribles. Quise preguntar sobre sus emociones, pero lo vi innecesario e incluso soez. Tomé asiento a su lado observando sus elegantes ropas. Tenía el aspecto de un muchacho de veinticuatro años, con la boca proporcionada y un cuerpo perfecto que encajaba en unas prendas serias, pero cómodas. Llevaba una camisa blanca, con un par de botones abiertos, sin corbata y una chaqueta de lino de color café muy similar a sus pantalones de vestir. Había optado por descalzarse para estar cómodo en la habitación, pues parecía que el ritmo del Carnaval no lo emocionaba demasiado. Yo, en contraste suyo, llevaba camisa y traje de lino blanco junto a unas sandalias de gruesas tiras de cuero.

—Lamento que te aburras—suspiré.

—No lo hago—respondió, sin siquiera echarme un vistazo—. He encontrado varias librerías interesantes de camino al hotel.

—Brasil es para vivir cada segundo, ¿por qué tan sólo lees?—dije.

Él de inmediato bajó y cerró el libro. Sus delicadas manos quedaron sobre la tapa gruesa que tenía aquel ejemplar. Me miró con cierta suspicacia y sonrió. Comprendí de inmediato porque Lestat se había enamorado de él. Jugaba con la verdad y la mentira. Él era peligroso. Sin duda alguna, Lestat era inocente frente a sus ojos verdes, intensos y pecaminosos. Un cínico que te mentía, pero a la vez te llenaba de verdades terribles el alma. Aparté la mirada girando mi rostro, pero él seguía mirándome. Me acordé de la pantera, del peligro y deseé huir de la habitación. Sin embargo, él me agarró del brazo obligándome a quedar a su lado.

—Hazme vivir Brasil—dijo. Dejó el libro en una mesa auxiliar que estaba a su derecha, soltó mi brazo y, con cierta elegancia, se movió en el sofá para quedar sobre mis piernas.

Sus ojos volvieron a estar fijos en los míos, pero sus manos eran más indiscretas. Notaba como él desabrochaba mi chaqueta y camisa, para después apartarlas dejándolas a un lado. Sus carnosos labios rozaron los míos y los míos se dejaron contagiar. Sólo era un beso corto, pero acabó siendo intenso como el café brasileño.

En un arrebato lo arrojé al suelo y arranqué la ropa. Él me miró de una forma que jamás voy a olvidar. Esos ojos resplandecían fieros, pero sus movimientos eran delicados. Parecía querer incitar al cazador que aún era. Cuando logré desnudar, cada centímetro de piel, vi a un hombre atractivo, de escasa musculatura y ligera cintura. Sus piernas se abrieron y yo decidí entrar sin contemplaciones, o cualquier estúpido ritual innecesario. Él me necesitaba de inmediato y yo quería probar el pecado de su cuerpo. Su espalda se arqueó, elevando sus hombros mientras sus manos se aferraban a mis brazos. Me miró aún más fiero cuando hice el primer movimiento. Fue una llamada de atención, supongo. Él jadeó y movió suavemente sus caderas. Aquello era pecado. Se suponía que era el amante de Lestat, pero yo estaba probando su lujuria.

Me apoyé, con ambas manos, pegando las palmas al suelo. Lo hice dejando la cabeza de Louis en el centro de ambas. Él era más bajo, delgado y escurridizo. Sus cabellos negros y ondulados caían desparramados por las frías losas. Los escasas ondulas de mi flequillo se pegaban a la frente por el sudor. Ambos sudábamos. Los dos estábamos perlados de sudor sanguinolento, desnudos y desquiciados. Volvía a tener el vigor de un hombre joven, y la tentación era demasiada.

El sonido de nuestros cuerpos chocando, o más bien de mis testículos contra sus nalgas, era delirante. Sus jadeos y gemidos se volvían salmos llenos de palabras sin sentido. Yo apenas hablaba, pues tan sólo gruñía y bufaba como un animal salvaje. Sentía mi sexo apretado entre sus glúteos, los cuales apretaba con delirio. Sus mulos me contenían, mientras sus pies intentaban tener apoyo alguno. Sin embargo, él acabó recostado, con sus manos clavadas en mis costados y sus piernas en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Parecía estar sentado, pero en el suelo, con las piernas apretadas marcando cada músculo de sus muslos.

Su sexo, duro y de una proporción más pequeña que la mía, rozaba mi vientre. El escaso vello negro que coronaba su miembro era espeso, muy rizado y grueso. Carecía del camino de pelos diminutos hacia su ombligo, cosa que yo sí poseía. Su cuerpo era una mezcla entre una mujer y un hombre, por su delicadeza en ciertos aspectos. Eso mismo, su aspecto a camino entre ambos mundos, me enloquecía. Cada gemido y roce de su figura contra la mía, una figura esbelta y de músculos fuertes, me transformaba en un monstruo insatisfecho que quería más.

Entonces, en otro alarde de pasión, él me apartó arrojándome al suelo, para luego subirse sobre mí y penetrarse así mismo con mi miembro. El glande entró abriendo nuevamente aquella entrada que hice mía. Mi miembro pedía más sangre para continuar, pues me sentía sediento. El sudor era pegajoso. Sin embargo, verlo a él en esa posición calmaba cualquier necesidad o incomodidad.

Tomó mis manos y las llevó a su torso, el cual tenía un pecho con pequeños pezones cafés. Eran pequeños, pero gruesos. Mordió su labio inferior mientras me hacía pellizcarlos, casi retorciéndolos y arrancándolos. Después, la mano diestra, fue a mis nalgas y ayudó a uno de mis dedos a entrar junto a mi sexo. Quien jadeó entonces fui yo.

En algún momento llegamos. Creo que perdí el control de mi mente. Cuando recobré la compostura me di cuenta que él estaba recostado junto al lado izquierdo de mis caderas, con mi miembro en su boca y sus manos acariciando mis muslos. Su lengua era diestra y erótica, pues se movía suavemente sobre cada milímetro.


Me aparté alarmado. Lestat podía regresar. Corrí a vestirme y salí al balcón. Fuera, en alguna de las calles aledañas, él disfrutaba de la sangre de sus víctimas. Louis, en el salón de aquel hotel, se incorporaba torpemente, pero con elegancia, colocándose la ropa impune y sin remordimiento de conciencia. Estaba seguro que daba por hecho que Lestat estaba viviendo sus aventuras, sus pequeñas fechorías, y que él merecía hacer lo mismo.  

miércoles, 4 de febrero de 2015

Siempre a tu lado, amigo

David... A veces me da pena que esto sucediese, luego recuerdo que es ley de vida. Aún así Aaron era un gran hombre y merece ser llorado.

Lestat de Lioncourt


Puedo oler aún su perfume impregnando mi ropa, provocando que volviese a casa allá donde estuviésemos. La confianza siempre era plena y mutua. No eran necesario hablar, pues nuestros gestos comunicaban cualquier resquicio de dolor, pena o apatía. Recuerdo su sincera sonrisa, tan amable y carente de mentiras, mientras estrechaba mis manos y me rogaba que me cuidara. Los espíritus siempre me acompañaban allá donde iba. Él no podía sentirlos del mismo modo, aunque sospechaba donde se hallaban y el poder destructivo que poseían. Para mí, aquel hombre de gestos simples y gustos refinados, era sin duda mi hermano, mi igual, mi otra mitad lejos de cualquier acto romántico o idílico. Él era Aaron. Mi buen y viejo amigo Aaron.

La última vez que lo vi asistía a mi funeral. Vestía con un traje y camisa de riguroso luto. Sus cabellos blancos estaban bien peinados. Tenía el semblante triste, pero no por mi muerte. Él estaba entristecido porque era nuestro adiós. Había visto el proceso de cerca. Sabía que yo ya no era humano y el joven en el cual me había convertido era un monstruo. Tenía sed de sangre, libertad y deseos. No podía permanecer en la orden junto a las demás reliquias. Yo pertenecía a otro plano.

—Cuídate—dijo con las manos metidas en los bolsillos—. Pero si no lo haces, si necesitas mi ayuda...

—Mi vida ha acabado—respondí manteniendo un tono cordial, pero firme—. Aaron, ya no podemos ser iguales.

Sus ojos se llenaron de lágrimas frente a mi ataúd abierto, donde se encontraba mi viejo cuerpo perfectamente maquillado y vestido. Eché un último vistazo a la sala donde pronto se llenaría de conocidos, viejos amigos, enemigos intelectuales, amantes y novicios. Las flores de las numerosas coronas hablaban de amor, respeto y paz. Yo esperaba encontrar esa paz. Sí, un paraíso de sabiduría que quizás no me permitiera descansar por mucho tiempo. Emprendía un nuevo camino.

—David, siempre te he querido como a un hermano—sacó las manos de sus bolsillos y me abrazó.

No dudé en abrazarlo. Estreché su cuerpo contra el mío. Un cuerpo cálido y blando, lleno de aromas que me atraían y me resultaban más atractivos que nunca, mientras mis labios se movían sin pronunciar sonido alguno. No sabía como decirle adiós, pero lo hice apartándome para caminar hacia la salida. Fue una despedida rápida, pero dolorosa.


Tiempo después, no demasiado, estaba muerto. Lo necesité, pero decidí que no debía molestarlo. Él me necesitó a mí, y pensó del mismo modo. Existen muchos tipos de amor y este, el amor de hermanos pese a la nula vinculación sanguínea, es el más puro.  

viernes, 30 de enero de 2015

Gretchen

El frío caló mis huesos e hizo enfermar mi cuerpo. Jamás pensé que podría pasar tanto frío. Cuando galopaba sobre mi caballo, entre las tierras heladas cercanas a mi castillo, todo parecía más cálido en mis recuerdos. Pero aquellos días, en ese cuerpo mortal, el frío parecía congelarme. Me debilité pronto. Caí en un terrible maleficio de virus y dolor. Cuando me encontré en el hospital, prácticamente atado a unas sábanas demasiado almidonadas y una habitación excesivamente pulcra, creí delirar. No podía ser que yo, Lestat el vampiro, se encontrara en tan precaria situación. Estaba perdiendo todo. Nadie parecía ayudarme. Nada me consolaba. Pero esa mano cálida, la de aquella religiosa que me miraba con bondad, se convirtió sin duda en la chispa de esperanza que tanto necesitaba.

Comprendí que mi mayor miedo no era permitir que otro venciera, sino la muerte. No quería morir. Deseaba volver a tener ese magnífico poder. Quería dejar atrás las escasas ventajas, y grandes incomodidades, de ser humano para volver a tener el privilegio que pocos poseen. La inmortalidad era sin duda una bendición y no un mal paso. Pero ella, la dulce Gretchen, pensaba que estaba enfermo y que deliraba. Hablaba con Claudia, que parecía más vívida que nunca, y con aquellos que todavía decían quererme pese a todo. Era una pesadilla tras otra, los medicamentos parecían no ayudarme y ella me tomaba de la mano.

Cuando mejoré y tomé sus labios entre los míos, disfrutando de la calidez de su cuerpo próximo al mío, me sentí vivo. Realmente creí que algo bueno estaba logrando pese a todo. Esa pequeña experiencia de placer, confort y complicidad hicieron mella en mí y dejaron una mueca terrible. Mis manos se movieron por su cuerpo, el cual se fue desnudando como el mío, y mis caderas se movieron ágiles recordando el vals del placer. Ella me atrapaba entre sus cálidos muslos. Mi sexo se enterraba como una poderosa espada envenenada. El suyo, su cálida vagina, se humedecía con cada roce. La maravillosa fricción nos hacía encendernos como si fuera una hoguera. Sus pechos eran turgentes, de pezones suculentos, que no dudé en acaparar en más de una ocasión. Ella me miraba completamente obnubilada y yo perdía el juicio. La amaba. En esos momentos la amaba.


Pero ella amaba al hombre débil, enfermo y que parecía perderse en su propia fantasía. Se enamoró de un fantasma. No me amaba a mí. No amó a Lestat. Pues cuando conseguí mi cuerpo fui a buscarla. No dudé en ir a por ella. Pero, cuando me vio frente a frente, me gritó que era un monstruo y prácticamente me arrojó al infierno. Debí haberlo previsto, pero soy un iluso. Esa noche de sexo salvaje y entregado no era nada. Nada si no era en el envoltorio adecuado.  

Lestat de Lioncourt 

Peligro llama a peligro

David tiene razón en muchos aspectos, pero en otros no. Digamos que le mejoré la vida.

Lestat de Lioncourt


Muchos desean ser inmortales. A lo largo de la historia el hombre ha hecho miles de intentos para sobrevivir en el tiempo breve que tienen de vida. Hay quienes han inmortalizado su nombre, su talento o simplemente la crueldad de sus actos. Nadie escapa de ese imposible deseo de perdurar más que otro ser humano. La muerte nos causa miedo y nos perturba casi desde el mismo momento que tenemos capacidad para comprender que todo lo que nace, sea lo que sea, acabará muriendo.

Cuando era un niño tenía la capacidad de ver espíritus. Con el tiempo esa capacidad fue mejorando. Aprendí a escuchar, sentir y diseccionar la verdad que había a mi alrededor. Nunca creí en Dios. No en el Dios al que muchos rezan. No puedo creer en él. Pero a la vez tengo esa esperanza. Pues la esperanza jamás se pierde, ¿no es así? Una vez creí ver a Dios y al Diablo discutiendo en una cafetería, pero terminé diciéndome a mí mismo que eso era una auténtica locura. Nunca se lo dije a nadie, sin embargo terminé confesándoselo a un vampiro.

La inmortalidad existe y yo soy la prueba de ello. Mi nombre es David Talbot y el cuerpo que habito no es el mío. Es el cuerpo de un joven que tomó el camino incorrecto, tropezó con el “lobo” y éste acabó con su cuento sin un final feliz. Yo era un anciano cuando conocí a Lestat, ese vampiro del que todos han oído hablar, y por su imprudencia acabamos en una aventura que muchos conocerán.

Talamasca es una organización conocida entre aquellos que estudian a los muertos, los sucesos paranormales y las diversas criaturas que conviven con nosotros. Una persona normal jamás sería miembro o creería fielmente en nosotros. Hay quienes pensarían que estamos locos si supieran quienes somos y nuestros métodos. Hemos estado observando el mundo y aprendiendo. Yo fui director de esta orden. En parte aún me siento ligado sentimentalmente a mis recuerdos como director, pero en estos momentos no tengo contacto alguno con nadie que esté involucrado todavía en la orden.

Lestat, después de ser advertido por Marius en varias ocasiones, decidió venir a verme. Entró en mi despacho, se paseó por él y me miró como quien codicia un pequeño tesoro. Sus doradas cejas, su cabello rubio y espeso cayendo por sus hombros algo anchos, esa pose descarada de joven rebelde y esa ropa, esa maldita ropa de adolescente sin remedio adicto al rock y la mala vida, me hizo reír internamente, aunque me fascinó. Me reí porque jamás vi un vampiro con tanta elocuencia, aunque personalmente no había tenido contacto con ninguno. Había leído sobre ellos, escuchado a compañeros hablar sobre los jóvenes vampiros que se reunían en todo el mundo, y para mí fue un impacto verlo en mi despacho. Decidí atenderle, responder a sus preguntas y hacer amistad. Ustedes también habrían pecado de ese modo, estoy seguro, pues es una oportunidad única en la vida.

Poco después de conocernos vino con una disparatada propuesta. Según él le habían asegurado que podía cambiar su cuerpo inmortal por el de un joven mortal. Un joven apuesto. Él quería comer de nuevo paladeando la comida, beber vino, tener sexo hasta el amanecer y disfrutar del sol. Cosas que como vampiro uno no suele disfrutar.

Acabaron robándole el cuerpo, su fortuna y su poder. Sufrió mucho por esa estúpida idea. Me rogó que lo ayudara y decidí hacerlo. Conocía al ladrón. Era un antiguo miembro de la orden que cayó en desgracia. Alguien que no me agradaba. Pensé que si luchaba contra él y lo vencía ayudaría a la orden y a un amigo. Por ayudar, por el simple hecho de ayudar, acabé sin mi cuerpo. Lestat recuperó el suyo, pero yo acabé en el cuerpo del muchacho que Lestat había tomado.

Después Lestat me transformó. Como anciano no quería ser inmortal. Me negaba a ser viejo y decrépito para siempre. Prefería morir. Pero como hombre joven medio una nueva vida, rompí vínculos con todo y tuve que decir adiós a Aaron, Merrick y al joven Yuri. Creo que eso, y los enormes volúmenes de Talamasca, fue lo único que eché de menos de mi vida mortal. Pues he seguido viendo espíritus y sigo coleccionando historias.


Yo soy David Talbot y estoy dispuesto a escucharte.  

martes, 20 de enero de 2015

Mojo

—Mírate, ahí con tus ojos bondadosos, ofreciéndome tu corazón sin importarte nada. Yo he traicionado todo lo que significa ser un vampiro. He rechazado lo que soy pagando un alto precio. Soñé con probar las mieles de la mortalidad, pero supe que era agrio como la hiel y salado como el mar. Las lágrimas bañan mi rostro, pero tú te empeñas en lamer mi rostro. Mírate, ahí con tu hocico similar al de un lobo queriendo al Matalobos—susurraba mirándolo a los ojos mientras acariciaba su testa. Mis dedos se movían rápidos hasta detrás de sus orejas. Sus orejas eran grandes, mucho mayores y superiores a las de cualquier otro. Me escuchaba, aunque dudo que me comprendiera—. Eres lo único que tengo.

Aquella noche me dormí llorando aferrado a mi perro. Mojo se convirtió en mi perro. Un vagamundo como yo, desahuciado de todo lo bueno de la vida y arrojado a su suerte. Éramos dos huérfanos que decidieron caminar juntos. Dos seres que fundieron sus almas rebeldes esperando cuidar uno del otro.

Cuando era niño siempre tuve un perro a mi lado. Amaba la sensación cálida de sus cuerpos junto al mío. Mis manos se entrelazaban en sus gigantescos cuerpos, sentía sus patas pegadas a mi pecho y sonreía pensando que ellos me defenderían de cualquier mal. En esos momentos me sentí un niño, en Auvernia, esperando que me librara de los golpes diarios de mis hermanos.

Vivía como un hombre. Tenía las necesidades y los miedos existenciales que todos poseen. Un hombre mortal. Mis ojos ya no eran claros, sino pardos. Mi piel tostada, debido al sol del Gobi, se la había llevado otro. Los rasgos eran distintos. Mis facciones, en ese momento, eran más masculinas y duras. Tenía manos grandes, con anillos que no podía quitarme, que se aferraban a Mojo incapaz de dejarlo escapar.

Sufría como hombre mortal, porque así lo deseé.

Sin embargo, cuando los días pasaron y logré recuperar mi cuerpo, logré sufrir como vampiro con las mieles del éxito junto a Mojo. Oculté mi rostro en su cuello, él me colocó sus patas delanteras en mi hombros y me reconoció. Él me reconoció. Él sabía que era su amigo. Nunca me gustó sentirme su dueño, pues me parece una palabra deshonesta y fea para dos seres que se unen para formar un vínculo más allá de la sangre, las almas y las palabras.


—Te amo—dije, con sinceridad, cuando nos reencontramos—. Te amo como a un hermano, porque tú eso eres para mí. Ojalá todos fuésemos perros. Ojalá todos naciéramos tan bondadosos como tú.

Lestat de Lioncourt   

sábado, 27 de diciembre de 2014

A un gran hombre

David vuelve a recordar a su viejo amigo Aaron. Creo que yo soy el único que le queda. Uno de esos que siempre están aunque sea metiéndolo en líos. 

Lestat de Lioncourt


La amistad es una hermandad elegida, seleccionada de entre cientos de miles de almas que a diario se cruzan contigo. En ocasiones nace fácilmente, pero en otras se resiste. Es el vínculo que muchos extrañan cuando viajan. La necesidad de reunirse entre los brazos de un amigo es inmensa cuando se encuentra fuera del hogar. Pues la amistad es todo cuando se conviertes en un hombre solitario que pocas personas conocen realmente, aprecian tu compañía y saben como te llamas. Él conocía todos mis miedos, ilusiones, pasiones, devaneo, sensaciones y emociones más puras. Comprendía cada uno de mis pasos por el mundo, mis viajes extraños, mis ojos cansados y finalmente mi cuerpo adolorido.

Éramos prácticamente de la misma edad. Nos habíamos conocido cuando tan sólo éramos unos novicios. Él era mucho más persistente, enfocado constantemente en mejorar sus cualidades, mientras que yo me dedicaba a ser como Indiana Jones. Iba a templos perdidos en el Amazonas, me hundía en el fango para conocer los misterios de un mundo desaparecido, caminaba entre las gentes de Brasil escuchando el ritmo de los tambores del Candomble y conversaba con los espíritus que me visitaban como si fueran viejos amigos. Él no me consideraba un patán, ni un loco y ni mucho menos un engreído. Sabía que vivía por y para las sensaciones que el mundo me ofrecía. Sin embargo, los años me fueron doblegando y fue él quien empezó a tomar riesgos.

Recuerdo como miraba los archivos de las Brujas de Mayfair. Pasaba lentamente sus dedos por cada hoja de los informes. Elaboraba copias constantemente para conocer cada párrafo. Añadió investigaciones propias. Visitó muchas veces la sureña ciudad de New Orleans. Se dejó guiar por el ritmo. Él decía que era placentero llevar trajes de lino blanco, sonreír de forma gentil y saber que te apreciaban por la elegancia británica. Se sentía cómodo allí. Igual que yo me sentía cómodo en Brasil y sus mares de árboles, religiones ocultas y música escandalosa. Jamás pensé que unos separaríamos de ese modo.

Una vez tuve que ocultar un secreto, el cual conoció provocando que temiera por mi vida. Había conocido a Lestat en mi despacho. Era el director de la orden en la cual nos “alistamos” para defender la verdad, el conocimiento y los tesoros más increíbles de este mundo. Talamasca era nuestra vida, emblema y apellido. Él no era un hombre rico, pero yo sí. Era hijo de un lord. Se suponía que llegaría lejos en la política, aunque decidí ser distinto. Mi padre también poseía dones, colaboró en alguna ocasión con la orden, y me permitió ser lo que era. Tal vez era el destino. Eso dijo Aaron, que el destino me llamaba. Un destino que me hizo ser director justo en la época en la que Lestat salió de entre la tierra, escarbándola con sus huesudos dedos, para tomar un micrófono y pasearse por el escenario gritando “Soy un vampiro, miradme.”

Él no aceptaba esa amistad. No era por celos. Temía por mí. Del mismo modo que yo temía por él cuando se acercaba demasiado a la familia. En aquella época ambos corríamos riesgos. Él se aproximaba a Deirdre, la hermosa heredera de los Mayfair, y yo a un vampiro muy peculiar. Sus ojos eran un abismo de preocupación cuando los vi por última vez. Sus peores sospechas se confirmaron.

—D... David—dijo aproximándose hasta a mí—. David...

—Aaron, necesito tu ayuda—expliqué intentando mantenerme firme en cada palabra que pronunciaba.

Sus manos eran viejas, muy pálidas, perfumadas y de uñas cuidadas. Mi piel tenía un ligero tono tostado, mis ojos eran cafés, casi completamente oscuros, y profundos y mi rostro era el de un joven que él no conocía. Sin embargo, mi mirada estaba ahí. Él se echó a llorar aferrándose a mi chaqueta mientras yo lo sostenía. Juro que me rompió el corazón. O quizás yo le rompí en mil pedazos el suyo. Aún así, pese a que le pedí un imposible, me ayudó.

Quería encontrar al joven que había habitado mi cuerpo. El dueño, por así decirlo. Simplemente fue una tarea imposible. No encontrábamos su espíritu por ninguna parte. Había desaparecido, cruzando a otro plano. Posiblemente lo hizo confuso y entristecido. Si bien, pudo crear para mí el funeral más especial que jamás hubiese visto. Logró convencer a todos. Sus lágrimas no eran falsas. Él me despedía para siempre. Siendo un vampiro no podría tener comunicación fluida con él. Ni con él ni con Merrick. Jesse, un par de años atrás, cruzó la línea y desapareció para muchos en la orden.

Sólo descubrieron la verdad cuando Lestat lanzó sus memorias, pero la mayoría creía que era una forma de limpiar su nombre. No obstante la duda cayó y comenzaron a sospechar. Aaron se volvió más rebelde. Él decidió alejarse e investigar más a fondo. Supongo que si yo no estaba, ¿para qué regresar constantemente a la que fue nuestra casa?


Me alegra saber que sus últimos días sirvieron de mucho. Conoció la verdad de los Mayfair. Pudo hablar con una criatura única. Se casó y fue feliz al lado de una buena mujer. Murió en la ciudad que más amó jamás y con el ritmo del blues y el jazz de fondo. Fue trágico. Mi corazón lloró durante meses su pérdida. Aún hoy me siento conmovido al ir a visitar su tumba. Él no está ahí. Su espíritu pasó a otro plano. Sin embargo, me gusta imaginar que puedo hablar con él como hacía hace décadas. Un hermano no se olvida. Un soldado no cae, sólo duerme eternamente.  

miércoles, 15 de octubre de 2014

A mi madre

He amado a una mujer desde que tuve conciencia de mí mismo. Siempre caminé tras su sombra. De pequeño insistía que me contara todas esas historias que tan bien conocía. Deseaba saber más sobre la mujer que me sostenía, limpiaba mis heridas y me miraba con cierta preocupación. Sabía comprender muy bien sus gestos, cada mirada o suspiro. Simplemente la adoraba. Ella es mi madre. La mujer que me dio el ejemplo que nadie más me ha dado: Hay que ser fuerte pese a todo, pues únicamente tu fortaleza podrá acabar con tus propios demonios. No hay que rendirse jamás.

La recuerdo sentada cerca del alfeizar de la ventana, como aquellos elegantes trajes que solía usar pese al hundimiento de nuestra familia. Eran ropas antiguas, pero ella sabía como usarlas para verse siempre distinguida. Su cabello lo trenzaba con cuidado mientras me hablaba. A veces, como muestra de afecto, me dedicaba a cepillar cada mechón con cuidado. No cesaba de preguntarle por los mundos que había visto y las cosas que había escuchado. Me fascinaba tener su amistad, no sólo su amor como madre. Creo que éramos más unos niños perdidos en un mundo húmedo, frío y áspero que una madre y su pequeño.

Mis dedos trenzaban rápidamente sus mechones, ella recitaba los poemas más hermosos que jamás eh escuchado. Ponía atención a todos sus consejos y sabía, que en el fondo, sólo intentaba retenerme. Pues, cuando creciera, me alejaría de su lado para encontrarme en brazos de otra mujer, una que no sería ella. Podía ver su preocupación cuando salía a cabalgar, así como sus terribles silencios cuando hablaba de las mujeres que conocía. Sin embargo, reía. La veía reír a carcajadas por cada una de mis ocurrencias. Yo también reía con las suyas. Éramos dos almas libres encerrados en gruesos muros.

Una vez se declaró egoísta. El mundo ahí fuera me esperaba, pero ya no a ella. Ella moriría en breve. Me había convertido en la única pertenencia que le hacía sentirse libre dentro de la jaula. Deseaba retenerme. Sin embargo, París me esperaba encandilándome con un futuro brillante, o quizás tan sólo un futuro más libre y feliz. Quería verme feliz. Su mayor miedo era no saber que era feliz antes de morir. Por eso me abrió la jaula y me impulsó hacia los cielos de aquella maravillosa ciudad. Hizo aquello por amor, evitando su egoísmo.

Supongo que por eso ahora me deja libre. No permite que me acerque demasiado a ella. Viene, me observa, habla conmigo un par de frases sueltas para tranquilizarme y se marcha. Creo que soy aún lo único que provoca que tenga un vínculo con el mundo. Un mundo civilizado. Ella es una mujer amante de la naturaleza y de la soledad que le ofrece. Creo que prefiere correr entre las selvas, bosques y estepas heladas antes que quedarse cómodamente sentada ante mí, con aquella femenina pose y esos ojos tristes que tan bien conozco. No veo tristeza ahora en ella. Tampoco veo a un ser sexuado. Sólo veo un ángel fiero que puede arrancar el corazón a cualquiera si se acerca demasiado.

Tal vez tenga un amor secreto, más allá de mis brazos, pero soy el único que le preocupa. Al menos, eso es lo que me ha demostrado. Para ser sinceros y claros, le importa una mierda las relaciones con mortales o inmortales. Ella disfruta de sus conocimientos, retándose a sí misma cada día, mientras se maravilla de todo lo salvaje. No hay más. Podría decirse que es como uno de esos lobos a los que me enfrenté, tan salvaje y noble a la vez. Sé que ella jamás me hará daño y siempre se preocupará por mí, por saber de mí, pero no puedo retenerla.


No necesito que me diga que me ama. Ya me demuestra su amor incondicional. Sigue apareciendo, sigue mostrándose firme en cada palabra que me da arrancada de su corazón, y ese es el mayor tesoro y legado que puede ofrecerme. Ella ya no me debe nada. Yo sigo debiéndole demasiadas cosas.

Lestat de Lioncourt   

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt