Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 8 de febrero de 2016

Nuestra única vez

David ha decidido dar a conocer esto. No es algo muy común en él. Ya se sabe... un caballero calla. 

Lestat de Lioncourt

La mañana había sido dura y ajetreada. Mi llamada a la Orden llegó como un jarro de agua fría a los oídos de Aaron. Mi buen y viejo amigo Aaron esperaba que todo fuese una broma, pero al llegar a la cafetería contempló a un joven desconocido que le miraba con la misma expresión, temblada y necesitada de su afecto, que siempre había tenido. De los dos siempre fui el temerario, pero jamás pensó que llegara a esos extremos donde ponía en riesgo todo lo que había labrado con mis manos, conseguido poco a poco y que se había convertido en mi legado.

La cafetería estaba situada en un pequeño y modesto barrio de las afueras de Londres. El olor a café penetraba con fuerza, ofreciéndote cierto consuelo, igual que el pan tostado con mantequilla y la diversa bollería casera que se ofrecía en las, pequeñas y coquetas, vitrinas acristaladas. Los clientes no sospechaban nada de esa reunión de detectives paranormales, de gente con poderes más allá de lo común, como si fuéramos superhéroes que se ocultaban tras un antifaz logrando adaptarse al ritmo de vida habitual. Las camareras no vestían uniforme, pero sí ropa ligeramente similar, y todas tenían una sonrisa agradable. Únicamente el camarero encargado del café, un joven delgado y muy pálido, bostezaba de vez en cuando mientras servía café tras café.

Yo estaba en una de las mesas del fondo, con el periódico doblado entre mis manos y una taza de café solo. La tostada que se hallaba, como a un palmo de mí y en un pequeño plato, estaba mordisqueada pero ya se encontraba demasiado fría para seguir comiéndola. Mi aspecto era de lo más común. Tenía el cabello revuelto, cayendo sobre mi frente hasta mis delgadas cejas, y mi aspecto era el de un joven de unos veintitantos años, tez ligeramente oscura y rasgos algo exóticos aunque con cierta elegancia inglesa. El cuerpo era más grande que el que una vez tuve, más delgado, con musculatura y aún así me había adaptado perfectamente a él.

Aaron me miró con una expresión de sorpresa, llevándose una de las manos a la cabeza en un intento de ordenar sus ideas. Caminó hacia mí, abriendo su gabardina gris humo y la dejó sobre uno de los asientos. Después sin más guardó silencio esperando que yo contara la historia. Él pudo ver que daba datos de la orden, de mí y de él, de todo lo que habíamos vivido secretamente y de cuánto amé a Merrick, así de como fracasé en mi intento de protegerla de mí, y de las veces que él me rogó que dejase de perseguir las peligrosas fantasías de Lestat.

Tras la conversación, donde prácticamente estuve hablando yo, nos levantamos y pagamos el desayuno para ir al motel donde me hospedaba. Allí me senté en la cama, agotado por las horas de vuelo y las noches sin dormir. Me saqué la camiseta y me recosté en el colchón, él hizo lo mismo. Se tumbó a mi lado permitiendo que hablara de nuevo, que me desahogara.

—Has hablado bastante de todo lo que te preocupa, pero ahora deja que hable yo—dijo sacándose el jersey de cuello de pico y cuadros escoceses, para hacer lo mismo con la camisa y dejar su pecho al descubierto—. Hay muescas en mi torso de peleas y ocasiones peligrosas que hemos vivido, ¿las ves? Sí, puedes verlas—explicó acariciando un corte que iba bajo su pezón derecho hasta el costado. Era de un cristal que había estallado frente a nosotros. Su rostro no sufrió corte alguno, pero si su pecho en el cual se le incrustó un gran pedazo. Fue una de nuestras primeras misiones y él me salvó—. Pero hay algunas que no vas a ver, heridas que van a comenzar a crearse para no borrarse jamás. Si no logras tener ese cuerpo tuyo, si te quedas como ahora, vivirás más que yo. Te pondrás en peligro otra vez, porque te conozco, ya que eres nuevamente joven y yo no podré ir tras de ti. No podré ser tu Watson, Sherlock—comentó recostándose nuevamente, quedándose girado hacia mí y provocando que recordara todas nuestras miserias.

Algo que creí dormido, casi enterrado, se avivó provocando que lo besara y colocara mi mano derecha sobre el cierre de su bragueta. Él no me impidió ese roce, sino que colocó su mano incitándome a seguir. Su lengua se mezcló con la mía, así como su aliento, y sus labios se aferraban con fuerza evitando que diese marcha atrás a ese impulso. Jamás lo había besado. Siempre me había contenido. Pero al parecer el deseo que siempre había tenido, y que nunca confesé, era mutuo.

La cremallera cedió y saqué su miembro para comenzar a lamerlo, besarlo y succionarlo con desesperación. Mis manos fueron a sus caderas, las cuales él movía sutilmente, y las suyas se colocaron sobre mi cabeza. Me atraía hacia él jadeante y nervioso, como si fuese la primera vez que alguien lograba ofrecerle ese placer, pero me aparté para bajar sus pantalones y terminar de desnudarme.

Él acabó por incorporarse y comenzó a lamer mis pezones, así como mi vientre y la erección que había formada ya entre mis piernas. Se postró ante mí como un muchacho inexperto, su lengua era torpe y sus labios intentaban ocultar sus dientes. Yo acabé dominando el movimiento de su cabeza, agarrándolo con fuerza y ofreciéndole un ritmo demencial. Penetraba con rabia su boca, llegando hasta el fondo de ésta y acariciando su garganta. Escuché varias arcadas, su respiración era dificultosa, y finalmente se retiró recostándose de espaldas.

No dudé en atacar. Me arrojé sobre él penetrándolo con fuerza desmedida. Él chilló y terminó mordiendo la almohada, aferrado a las barandillas de metal del cabecero, mientras yo me movía rápido y desesperado. Gemíamos, jadeábamos y coreábamos nuestro nombre. Finalmente él se incorporó sentándose sobre mis rodillas flexionadas, penetrándose así mismo, y echando los brazos hacia atrás tirando de algunos de los mechones de mis oscuros cabellos. Su cuerpo era el de un hombre de mediana edad, cerca de los sesenta años, pero no me importaba. Nunca me importó verlo envejecer hasta ese momento. Sabía que quizás no teníamos otra oportunidad.

En uno de los movimientos tocó el punto de placer, el epicentro de la lujuria y el orgasmo más placentero, para finalmente caer sobre la cama dejándose hacer. Me aferré con fuerza a sus glúteos, clavando mis uñas y abriendo bien su entrada, mientras él seguía gimiendo. Había llegado pronto, como era natural, por el nerviosismo de la primera vez y el sentir ese placer destruyéndolo de la cabeza a los pies. Pero yo estuve un par de minutos más ofreciéndole mi mejor ritmo, algunos azotes, mordiscos en su cuello y hombros. Me movía rápido, casi de forma dolorosa, pero acababa con movimientos suaves y saliendo unos instantes para ofrecerle ciertas caricias.


Cuando acabé me recosté en la cama con la espalda pegada al colchón, sintiendo el sudor recorrer cada parte de mi piel, y él no tardó en acomodarse a mi lado esperando que mi boca rozara la suya. Sí, volví a besarlo y abrazarlo. Fue mi forma de despedirme, pues sabía que no encontraría al dueño del cuerpo y que posiblemente tampoco pudiese volver a ser el hombre que fui.  

lunes, 8 de junio de 2015

Archivo Talamasca

Hoy la emisión en la radio será de Los Archivos Talamasca, en vez de las entrevistas de La Voz de la Tribu. La entrevista a Viktor se hará la próxima semana.

Lestat de Lioncourt


Sucedió hace algunos años. Fue algo que nadie desea recordar, salvo los estudiosos vinculados a cada uno de los hechos que acontecieron entre aquellos frágiles muros. La vida no volvió a ser igual, el té ya no tenía el mismo sabor y las noches se convirtieron en horas intranquilas.

El comienzo de la historia la podemos situar en un barrio tranquilo, de personas de clase media y ajardinado para que los más jóvenes, tanto niños como muchachos, disfrutaran de su tiempo de ocio. Es el típico barrio agradable al que todos desean mudarse para pasar sus días rodeados de una comunidad de vecinos agradables. El barrio en concreto está en Gran Bretaña, en las afueras de Londres, donde el césped crece con fuerza y diversos colegios parecen tener fama por sus estrictas normas.

Hacía más de quince años que la vivienda se encontraba a la venta. Algunos vecinos habían logrado trasladarse a otras zonas de la ciudad, unas aún más tranquilas porque sus hijos habían crecidos y ellos deseaban viviendas más pequeñas. Sin embargo, aquella casa estaba situada en el corazón del vecindario y estaba comenzando a ser un punto negro para la oficina de venta de viviendas. La inmobiliaria era incapaz de vender aquella hermosa casa de ladrillos vistos, amplio jardín, garaje con buen acceso a la carretera y elegante mobiliario. No era la zona, sino la historia.

La vivienda había sido adquirida al principio de la década de los ochenta, cuando el barrio comenzó a tener vida. Era una familia joven que se había trasladado desde las afueras. Deseaban tener mayor acceso a las escuelas y también, por supuesto, a las oficinas que se encontraban muy cercanas al centro de la ciudad. Tenían un bebé de tan sólo unos meses y esperaban llegar a ser una familia numerosa, como siempre habían soñado. Aquel barrio les daba todas las facilidades que habían soñado alguna vez.

George y Louise eran personas creyentes y decidieron comprar aquella casa, y no otras algo más alejadas, porque la iglesia estaba tan sólo a cinco minutos andando. Para ellos tener la iglesia, el colegio y varios parques agradables cerca de su vivienda era algo importante. Al igual del sosiego de vivir cerca de vecinos de apariencia tranquila y bondadosa. Fueron recibidos con cordialidad y se adaptaron al barrio con asombrosa facilidad. Sus respectivos trabajos estaban a menos de treinta minutos en coche. Ambos trabajaban para la misma empresa y tenían horarios similares. El pequeño solía quedarse con la asistenta, la cual contrataron con la esperanza que fuese de ayuda también para mantener el hogar aseado y habitable.

El pequeño, Lionel, era tranquilo y no solía escucharse su llanto. Solía estar en su cuna apaciguado jugando con algún peluche de trapo, así como jugando con su pelota en el pequeño recinto de juegos. El pequeño tan sólo tenía diez meses. La cuidadora solía dormir mientras el niño jugaba, sin prestar atención a sus necesidades.

Una tarde, cuando ambos padres llegaron del trabajo, se encontraron que el bebé se había caído de la cuna. Ella había dejado mal colocada la barandilla y se había precipitado al suelo. El pequeño estaba frío, su pequeña frente se encontraba abierta y sus pequeñas manos se hallaban cerca de sus rizos dorados. Había estado llorando hasta que terminó muerto. La cuidadora se hallaba en una de las habitaciones dormida, recostada en la cama de invitados, y ni siquiera había escuchado a los padres llegar.

La rabia, la impotencia y el dolor provocaron que aquel hombre bondadoso, de sonrisa tranquila, y comprensivo se convirtiera en un demonio. Su hijo, su primogénito, en el cual había puesto tantos maravillosos planes había muerto por la ineptitud de aquella mujer. De inmediato arrancó el teléfono y con el cable la asfixió. La asistenta no pudo siquiera gritar. Tan sólo intentó resistirse arañando las ropas del joven padre. Ella terminó muerta sobre la cama, mientras Louise, la madre, lloraba aferrada al cuerpo del pequeño.

Rápidamente intentaron ocultar el cuerpo, pero el llanto desgarrador de la madre había provocado que una vecina llamara a la policía. El padre terminó en la cárcel y la madre en una institución mental, pues no logró reponerse del acto cruel de su esposo y de la muerte del pequeño.

Los siguientes compradores adquirieron la casa gracias a una cuantiosa rebaja, pero al saber la historia sintieron cierto rechazo por la vivienda. Sin embargo, decidieron seguir viviendo. Sin embargo, una noche huyeron de la casa. Dentro de ella ocurrían fenómenos extraños, se escuchaba el llanto desgarrador de un bebé y había objetos que se arrojaban a la pared. La casa, por supuesto, pronto encontró comprador y terminó en manos de una pareja joven. Eran tan jóvenes como los primeros compradores.

Una mañana, tras varias noches en vela por los extraños sonidos que lograban destrozar su descanso, Peter, el esposo, despertó sobresaltado al encontrar a su mujer muerta en la cama. Había muerto a golpes. Llamó a la policía y descubrieron que había sido él, pero él no lo recordaba. No sólo perdió a su mujer, sino a su futuro hijo y la libertad.

Después de aquello estuvo cerrada por casi quince años. Pero finalmente fue adquirida por un matrimonio con tres hijos, uno de ellos a punto de irse a la universidad. Nadie en el barrio era capaz de explicarle los extraños y terribles hechos que habían sucedido. Sin embargo, una mañana todos se habían marchado y en la habitación, donde murió el bebé, rezaba en letras de sangre “Bienvenidos al infierno”.

Dos destacados miembros de la actual orden de la Talamasca decidieron investigar cada uno de los sucesos. Estuvieron al corriente de cada hecho que sucedía. Pero jamás lograron dar con la familia. Ésta desapareció. Quizás viajaron fuera del país, o tal vez otro hecho aún más terrible les persiguió aquella noche. Es algo que no se ha podido esclarecer.

Estos dos miembros, cuyos nombres no se ofrecen por seguridad de ambos, decidieron vivir allí durante algunos días. Captaron violetas sacudidas en las puertas, objetos que volaban por las habitaciones hasta encontrar una pared, muebles que se movían y espectros. Había fantasmas. Lograron vincularlos a los asesinatos a excepción de uno. Era un niño. Un pequeño de escasa estatura de ojos verdes y cabellos negros, muy rizados, con la piel blanca. Él no hablaba, no lloraba y tampoco actuaba. Sin embargo, los demás espíritus tenían miedo de él y el bebé lloraba arrastrándose por el piso.

Ellos habían estudiado la vivienda incluso mucho antes de su construcción. Allí no había muerto nadie. Era un campo. Nunca hubo hechos terribles antes del primer asesinato y el homicidio negligente. Sintieron un terrible dolor de cabeza, algo que comentó Peter Smith que pudo declarar sobre el asesinato de su esposa, y ambos comprendieron que era aquel niño el inicio de todo. Podría decirse que era el culpable de la muerte del pequeño Lionel y su cuidadora, ya que pensamientos extraños empezaron a discurrir por la mente de ambos. Finalmente se marcharon.


La casa sigue vacía esperando comprador y lo vecinos intentan no transitar por la acera. Todos sienten pánico. Los ruidos permanecen en la vivienda haya o no personas viviendo allí. Inclusive hay luz en la habitación que fue del pequeño, aunque no hay electricidad en la vivienda.  

sábado, 27 de diciembre de 2014

A un gran hombre

David vuelve a recordar a su viejo amigo Aaron. Creo que yo soy el único que le queda. Uno de esos que siempre están aunque sea metiéndolo en líos. 

Lestat de Lioncourt


La amistad es una hermandad elegida, seleccionada de entre cientos de miles de almas que a diario se cruzan contigo. En ocasiones nace fácilmente, pero en otras se resiste. Es el vínculo que muchos extrañan cuando viajan. La necesidad de reunirse entre los brazos de un amigo es inmensa cuando se encuentra fuera del hogar. Pues la amistad es todo cuando se conviertes en un hombre solitario que pocas personas conocen realmente, aprecian tu compañía y saben como te llamas. Él conocía todos mis miedos, ilusiones, pasiones, devaneo, sensaciones y emociones más puras. Comprendía cada uno de mis pasos por el mundo, mis viajes extraños, mis ojos cansados y finalmente mi cuerpo adolorido.

Éramos prácticamente de la misma edad. Nos habíamos conocido cuando tan sólo éramos unos novicios. Él era mucho más persistente, enfocado constantemente en mejorar sus cualidades, mientras que yo me dedicaba a ser como Indiana Jones. Iba a templos perdidos en el Amazonas, me hundía en el fango para conocer los misterios de un mundo desaparecido, caminaba entre las gentes de Brasil escuchando el ritmo de los tambores del Candomble y conversaba con los espíritus que me visitaban como si fueran viejos amigos. Él no me consideraba un patán, ni un loco y ni mucho menos un engreído. Sabía que vivía por y para las sensaciones que el mundo me ofrecía. Sin embargo, los años me fueron doblegando y fue él quien empezó a tomar riesgos.

Recuerdo como miraba los archivos de las Brujas de Mayfair. Pasaba lentamente sus dedos por cada hoja de los informes. Elaboraba copias constantemente para conocer cada párrafo. Añadió investigaciones propias. Visitó muchas veces la sureña ciudad de New Orleans. Se dejó guiar por el ritmo. Él decía que era placentero llevar trajes de lino blanco, sonreír de forma gentil y saber que te apreciaban por la elegancia británica. Se sentía cómodo allí. Igual que yo me sentía cómodo en Brasil y sus mares de árboles, religiones ocultas y música escandalosa. Jamás pensé que unos separaríamos de ese modo.

Una vez tuve que ocultar un secreto, el cual conoció provocando que temiera por mi vida. Había conocido a Lestat en mi despacho. Era el director de la orden en la cual nos “alistamos” para defender la verdad, el conocimiento y los tesoros más increíbles de este mundo. Talamasca era nuestra vida, emblema y apellido. Él no era un hombre rico, pero yo sí. Era hijo de un lord. Se suponía que llegaría lejos en la política, aunque decidí ser distinto. Mi padre también poseía dones, colaboró en alguna ocasión con la orden, y me permitió ser lo que era. Tal vez era el destino. Eso dijo Aaron, que el destino me llamaba. Un destino que me hizo ser director justo en la época en la que Lestat salió de entre la tierra, escarbándola con sus huesudos dedos, para tomar un micrófono y pasearse por el escenario gritando “Soy un vampiro, miradme.”

Él no aceptaba esa amistad. No era por celos. Temía por mí. Del mismo modo que yo temía por él cuando se acercaba demasiado a la familia. En aquella época ambos corríamos riesgos. Él se aproximaba a Deirdre, la hermosa heredera de los Mayfair, y yo a un vampiro muy peculiar. Sus ojos eran un abismo de preocupación cuando los vi por última vez. Sus peores sospechas se confirmaron.

—D... David—dijo aproximándose hasta a mí—. David...

—Aaron, necesito tu ayuda—expliqué intentando mantenerme firme en cada palabra que pronunciaba.

Sus manos eran viejas, muy pálidas, perfumadas y de uñas cuidadas. Mi piel tenía un ligero tono tostado, mis ojos eran cafés, casi completamente oscuros, y profundos y mi rostro era el de un joven que él no conocía. Sin embargo, mi mirada estaba ahí. Él se echó a llorar aferrándose a mi chaqueta mientras yo lo sostenía. Juro que me rompió el corazón. O quizás yo le rompí en mil pedazos el suyo. Aún así, pese a que le pedí un imposible, me ayudó.

Quería encontrar al joven que había habitado mi cuerpo. El dueño, por así decirlo. Simplemente fue una tarea imposible. No encontrábamos su espíritu por ninguna parte. Había desaparecido, cruzando a otro plano. Posiblemente lo hizo confuso y entristecido. Si bien, pudo crear para mí el funeral más especial que jamás hubiese visto. Logró convencer a todos. Sus lágrimas no eran falsas. Él me despedía para siempre. Siendo un vampiro no podría tener comunicación fluida con él. Ni con él ni con Merrick. Jesse, un par de años atrás, cruzó la línea y desapareció para muchos en la orden.

Sólo descubrieron la verdad cuando Lestat lanzó sus memorias, pero la mayoría creía que era una forma de limpiar su nombre. No obstante la duda cayó y comenzaron a sospechar. Aaron se volvió más rebelde. Él decidió alejarse e investigar más a fondo. Supongo que si yo no estaba, ¿para qué regresar constantemente a la que fue nuestra casa?


Me alegra saber que sus últimos días sirvieron de mucho. Conoció la verdad de los Mayfair. Pudo hablar con una criatura única. Se casó y fue feliz al lado de una buena mujer. Murió en la ciudad que más amó jamás y con el ritmo del blues y el jazz de fondo. Fue trágico. Mi corazón lloró durante meses su pérdida. Aún hoy me siento conmovido al ir a visitar su tumba. Él no está ahí. Su espíritu pasó a otro plano. Sin embargo, me gusta imaginar que puedo hablar con él como hacía hace décadas. Un hermano no se olvida. Un soldado no cae, sólo duerme eternamente.  

martes, 9 de septiembre de 2014

Una gran aventura

Bueno, al fin alguien me da las gracias por algo. ¿Debería sentirme mal porque es al que más molesto? Debería... pero no puedo. David Talbot amigos, David Talbot.

Lestat de Lioncourt


Mi vida hubiese llegado a su fin hace más de una década. Habría acabado con todos mis sueños llenos de polvo y telarañas. Posiblemente, los riesgos más deliciosos, los destinados a los jóvenes, jamás habrían vuelto a descubrirse frente a mí. Tal vez, las malas decisiones y momentos cruciales tendrían otro significado. Aprecio la vida tal como es, con el destino final que tuve, gracias a la juventud que refleja mi rostro cada noche.

Aún tengo las viejas costumbres muy arraigadas. Me siento frente a un enorme despacho cargado de documentación, reviso los informes que han ido llegando a cuentagotas durante las horas diurnas y después salgo a pasear buscando la explicación a las millones de dudas que acuden a mí. Puedo ver fantasmas repitiendo sus últimos actos, seres vaporosos rogando ayuda e implorando perdón, y secretos esparcidos como las estrellas en el firmamento.

Percibo la noche como parte de mí. Es un trozo de mi alma. El destino me puso en manos los dados y los lancé, tuve la fortuna de ser elegido como si fuera un prodigio. Sin embargo, lo más importante es haber conocido a un ser excepcional. Jamás creí poder conocer en persona a un monstruo tan elegante y cautivador como él. Había escuchado su nombre en más de una ocasión y disfrutado con la chachara de aquellos que decían haber visto alguna de sus hazañas.

Lestat apareció en mi vida como un rayo. Dividió en dos la cotidianidad y revolvió cada una de mis creencias como si fuera un huracán. Sus largos cabellos dorados, sus profundos ojos claros y su mágica sonrisa se convirtieron en una agradable compañía mientras me hablaba de la vida eterna, los sueños y decepciones que acumulaba y por supuesto, para nada extraño, el poder que emanaba del interior de aquel cuerpo que parecía cincelado en mármol. Los ecos de su concierto aún perduraban, el dolor machacaba a varios de los inmortales que habían padecido aquella historia, pero él parecía fresco.

—Si necesitas ayuda no dudes en contactar conmigo—dije con mi habitual acento británico. Era un hombre delgado, con las arrugas marcadas, el cabello blanco bien peinado y una bata de seda en mitad de un despacho. Un hombre que fumaba aún en pipa, bebía un trago de whisky a escondidas y no faltaba a su cita habitual del té. Yo era el director de Talamasca, organización que había mantenido el contacto con otros inmortales y que Marius le había dicho que dejase en paz. Creo que tenía miedo de ver a Lestat con el poder de la sabiduría, de un saber colosal, más que ver desvelados todos los secretos de los inmortales—. Tienes un amigo aquí.

—Oui, mon cher—respondió carcajeándose—. Me advirtieron que no viniera y lo hice, pero sólo he encontrado un lugar al que puedo regresar. No veo enemigos, ni monstruosos mortales intentando saber qué soy. Sólo un hombre en bata, con un acento agradable y una educación de primera. Gracias por escucharme, señor Talbot. ¿Puedo decirte David? David es más informal. Si somos amigos debo llamarte David.

—David está bien, Lestat—comenté.

—Bien, David, vendré todas las noches pueda. Quiero que me cuentes cosas de las junglas y selvas, rituales mágicos y todo eso que guardas ahí a salvo de mi curiosidad—me fascinaba ver como se movía por entre los libros, las diversas esculturas y las pinturas que yo mismo había mandado a comprar. Un lugar acogedor mi despacho, el despacho del director—. Nos vemos pronto.

—Buenas noches.

—¡Buenas noches!—dijo antes de precipitarse por la ventana y alzar el vuelo.


Juro que jamás en toda mi vida me sentí tan emocionado. Era como ver a una versión vampírica de Peter Pan jurándome que el País de Nunca Jamás existe y estaba en New Orleans. Acepté aquello como si fuera un caramelo, aunque estuviese envenenado, porque sin duda era lo más emocionante que podría hacer en final de mis años. Pero no morí. Terminé renaciendo. Me convertí en una pieza fundamental de su gran puzle. Siempre que me necesite me tendrá, aunque ya no me hallará en una habitación en Londres, pero sí probablemente en una pequeña mansión sureña.  

domingo, 24 de agosto de 2014

Archivo Talamasca - Parte 1 - Ella

David ha logrado que me interese un caso sólo porque iba a verlo actuar como ladrón. Reconozco que tiene talento. 

Lestat de Lioncourt


Tomó con cuidado una de las carpetas marrones, ajadas por los años y cubiertas de una fina película de polvo, con sus manos enguatadas. Había ido a la Orden, para recuperar algunos archivos. Era el trabajo de toda una vida dedicada al misterio. Sus archivos y los de Aaron, así como los de Merrick o Jesse, le pertenecía. Ocasionalmente colaboraba aconsejando a los novicios, pero estaba completamente desvinculado de la orden. No percibía salario o ayuda de ellos, es más, David Talbot siempre fue rico. Era un joven acomodado, ambicioso y con talento cuando la orden lo sedujo. Por ello había cientos de carpetas con su nombre, o mejor dicho, con su firma.

Aquella noche buscaba en concreto un documento. Era uno de sus primeros casos. Recordaba al muchacho, delgado y pálido, temblando frente a él con los ojos hundidos. Había visto demasiado. No era un crimen lo que había presenciado, aunque era un suceso igual de traumático. Aquellos ojos enloquecidos, desesperados y sin esperanzas aún le perseguían. Richard Anderson era un chico poco social, que amaba la literatura clásica y solía ser el pardillo de la Universidad. Cuando Talbot tuvo el placer de conocer al muchacho sólo vio la punta del Iceberg, el caso le fascinó y deseó recuperarlo para guardarlo en sus propios dominios.

—David, ¿tan importante es ese documento para que hagamos todo eso?—preguntó Lestat apoyándose en una de las estanterías de metal.

—Sí, estamos en el sótano principal—comentó revisando la carpeta. Faltaban algunas fotografías y bocetos, también el testimonio final de la víctima—Aquí están los casos que ya han sido introducido en la base de datos, pero soy nulo para descodificar el sistema—decidió tomar la caja y llevarla hacia una pequeña mesa, la cual estaba tan llena de polvo como las estanterías.

—Pídele el favor a Mona—respondió su buen amigo encogiéndose de hombros.

—No—murmuró frunciendo el ceño.

—¡Qué terco! Sólo porque te rompió el corazón...

—No grites, no levantes la voz—se giró hacia él observándolo con cierta preocupación y molestia. Lestat parecía cómodo, como si eso lo hiciese todos los días. Él tenía la meticulosidad de un ladrón de cuerpos, pero su amigo parecía más bien un descarado muchachito que no le importaba ser arrestado.

—Lo siento—dijo acercándose a él—¿Lo tienes?

—Ya lo tengo.

Lestat sólo había ido para observar con sus propios ojos que era cierto. David Talbot se había convertido en un vampiro que arriesgaba su honor por unos cuantos papeles. Nadie podía atraparlos, pues sería terrible. Estaban en Talamasca y no solían aceptar que se saltaran de ese modo las normas.

Los pasos de ambos se perdieron por los pasadizos y terminaron saliendo al jardín colindante. Allí, no muy lejos, estaba el cementerio de Talamasca donde existía incluso fosas comunes. Algunos miembros, sin familia o por expreso deseo, decidían ser enterrados en aquel lugar. Era como un mausoleo de brujos, aunque no todos lo eran.

—¿Qué harás con esto?—preguntó acomodándose la americana azul marino que llevaba. La camisa de chorreras que guardaba tras aquella elegante prenda era cómoda, aunque demasiado estrafalaria. A veces usaba una ropa extraña, aparentando prácticamente que era parte de una de esas culturas jóvenes que hacían culto a todo tipo de historias, y leyendas, sobre espectros y seres sobrenaturales. Tenía las gafas colocadas en la cabeza, coronando su espesa cabellera rubia, y una sonrisa descarada—. Te estoy hablando, David.

—¿Qué crees que haré?—una sonrisa suave cambió la expresión seria y consternada de su rostro. Él también vestía una americana, pero todo su conjunto era sobrio. La chaqueta era oscura, los pantalones de vestir también lo eran y llevaba una corbata del mismo color que el traje, calcetines y zapatos. Era extraño que ambos fueran amigos e incluso compañeros eternos. Lestat creó a David en un intento desesperado por salvarlo y él, como no, se lo agradecía pese a todo—. Es obvio que debo revisarlo. Es un caso que concluí, pero el chico siguió pasándolo mal. Creo que ahora debe estar ya muerto, pues rondaba los veinte años y han pasado casi sesenta.

—Ah... ¿y para qué investigar?—sus palabras provocaron que David se parara y girara suavemente hacia él—.Ya, la verdad.

Horas más tarde, en un hotel de Londres, ambos descansaban cómodamente en una suite. La sala era una auténtica delicia. Lestat se perdía en las hermosas molduras del techo, la lámpara de araña que caía en el centro y los muebles victorianos. Se sentía en casa. Realmente era uno de los mejores hoteles donde solía hospedarse. David estaba inclinado hacia delante, sentado en el pequeño bureao del dormitorio mientras revisaba cada anotación.

“Archivo: 1235682 V
Fecha: 1952 – 25 Marzo
Localidad: Londres – Reino Unido
Introducción: Richard Anderson, joven estudiante universitario, dice sentir presencias que le influyen en su día a día. Ha venido a Talamasca a pedir ayuda. Siente que son los únicos que pueden comprenderle. Rechaza unirse a nosotros, pero sus poderes sensoriales son bastante notorios. Posiblemente se vuelva a ofrecer un puesto vacante, como novicio, para que colabore activamente.

El caso más preocupante de las visiones es el de una joven, de unos quince años, que aparece cotidianamente por los pasillos de su apartamento. La mujer le observa durante largo rato, murmura unas cuantas palabras y se lanza a su cuello apretándolo como si quisiera estrangularlo. Ha sentido sus dedos presionando el cuello, marcándolo inclusive, y tiene miedo. Decidió mudarse, pero la muchacha lo siguió hacia su nueva dirección y suele aparecerse en su dormitorio.

Ha sentido como la ropa de su cama cae al suelo, platos recién fregados salen despedidos del mueble, las luces se encienden o apagan, el televisor se ilumina en las noches sin programación alguna y los libros salen de la estantería para ir contra él, como si fueran armas arrojadizas.

Desea colaboración para eliminar al espectro que lo amenaza.

Caso:

Richard Anderson nos prestó la llave de su apartamento. Aaron Ligthner y yo hemos ido esta mañana. Ambos hemos sentido cierto enrarecimiento del ambiente. Nadie podría sentirse cómodo entre aquellas paredes, prácticamente desnudas de cualquier objeto salvo alguna estantería y un par de cuadros. Las ventanas estaban con las persianas alzadas, la luz de la mañana debía introducirse en aquel luminoso ático pero parecía lúgubre. La temperatura era inferior que en la calle, incluso podías sentir el aliento frío de la muerte rozando tu nuca. El joven Anderson no se ha despegado de nosotros, observando nuestras anotaciones e indicando alguno de los numerosos fenómenos.

El fenómeno más preocupante es que atenta contra su vida. Ya sea arrojando hacia él objetos varios, inclusive cuchillos, o aquel que ha intentado estrangularlo.

Mientras revisaba he visto a la joven reflejada en el espejo del baño, he intentado comunicarme con ella pero ha roto el espejo y los cristales, muy pequeños y finos, han sido lanzados contra mí. Gracias a mi destreza al esquivarlo sólo me ha hecho leves cortes en las mejillas, manos y algunos agujeros en la gabardina.

He procedido a pedirle a mi compañero que anote cada uno de mis pasos por la casa. De mi maletín he sacado unas cuantas velas y las he colocado estratégicamente, después hemos apagado la luz y empezado el ritual. Sin embargo, minutos antes le he ofrecido la medalla de San Benito al muchacho, así como la de San Miguel Arcángel, para que se sienta protegido. Aunque, ni siquiera una de esas medallas podrá parar a ese ser.

Juro que deseaba hablar con ella, pero sólo he podido expulsarla mediante alabanzas a los dioses de mi religión, el Candomblé, así como el ritual habitual para pedir que los espíritus encuentren la paz y su camino. No he podido averiguar si fue asesinada o tuvo una muerte violenta. Tampoco he podido comprobar si había relación entre ambos.

Aaron se ha encargado de la investigación sobre nuestro joven, pero está limpio. No hay nada sospechoso. No ha sido testigo de crímenes ni ha cometido alguno. Es un joven normal, con una vida sencilla y unos estudios de matemáticas, que nada tienen que ver con objetos antiguos o visitar lugares que pueden tener espíritus que finalmente vengan con nosotros hasta casa. Sospechamos que es alguien con poderes sobrenaturales, cierta visión y predisposición a atraer almas en pena. Sin embargo, no hemos dado con nada más. Sólo podemos decir que el caso ha sido resuelto.

Al día siguiente decidimos visitar a Richard Anderson, pero se había mudado. Aquella misma tarde, cuando nos marchamos del apartamento, había recogido todas sus cosas. Hemos intentado indagar donde se encuentra, pero es como si le hubiese tragado la tierra. En la universidad no saben nada de él desde hace días y al parecer ha dejado sus estudios. Nunca nos informó que hubiese dejado sus estudios o estuviese siendo presionado por otro espectro, demonio o cualquier ser sobrenatural. Estamos a la espera de noticias.

Redactado por: David Talbot
Fecha: 1952 – 14 Abril ”

—¿Vas a buscarlo?—preguntó Lestat recostado en el sofá.

—Es posible—murmuró—. El caso tiene lagunas y se cerró en falso. No teníamos pruebas de su vinculación con el ente que lo perseguía y tampoco sobre él. Sólo los datos que nos proporcionó la universidad—explicó.

—¿Cuál era?—dijo distraído con el dibujo del estampado del sofá.

—Imperial College London... ha tenido cambios en su dirección y desconozco si conservan archivos de sus estudiantes pasados tantos años—comentó incorporándose del despacho para ir hacia el salón, apoyándose en el respaldo del sofá donde se hallaba su creador y amigo—. ¿Crees que deba investigar?

—Y me lo preguntas a mí. ¡A mí! Tiene gracia—se echó a reír mirándolo a los ojos mientras abrazaba uno de los cojines—. Si quieres puedo acompañarte.

—No es necesario—aclaró—. Pero necesito que...

—No pienso vigilar a Louis, estás confundido si crees que voy a vigilar a un ser que me desea muerto—murmuró frunciendo levemente sus cejas—. No.

—No quiere destruirte, sólo le cansas—musitó acariciando sus dorados cabellos con sus manos sedosas, de hombre sabio a pesar de su aspecto joven—. Por favor.


—Pediré a un par de vampiros que averigüen si se encuentra bien, pero nada más. No pienso involucrarme de nuevo en la vida de ese cínico—aseguró, después soltó un largo suspiro y miró a los ojos pardos de David. Parecía preocupado, pero a la vez fascinado. Tenía un nuevo caso entre sus manos. 

viernes, 30 de mayo de 2014

Leonore - ARCHIVO TALAMASCA

Segunda parte de este peculiar archivo. David me deja subirlo aquí para que quede guardado. ¿Se atreven a saber un poco más? Ya pronto sabrán de qué se trata.

Lestat de Lioncourt

PASOS

Había regresado a su confortable hogar y observaba ensimismado una de las velas que Louis había encendido. Su compañero leía lentamente uno de sus viejos libros, pasaba las hojas con delicadeza y acariciaba las líneas como si fuesen un tesoro. El rostro tranquilo, casi imperturbable, que poseía era radicalmente distinto a los ojos verdes, amenazadores, como los de un felino que parecía querer saltar sobre él. Podía sentir miedo a su lado y a la vez una peligrosa fascinación, pero en esos momentos lo único que se preguntaba era si debía compartir con él sus impresiones. No tenía a nadie más.

—¿Crees que debería implicarme en mi último caso?—lanzó aquella pregunta y Louis decidió cerrar el libro, girar su rostro hacia él y clavar aquellos ojos inquisidores que eran dagas, unas dagas ardientes de un verde intenso—. ¿Cuál es tu opinión?—susurró cuestionándose si había sido buena idea.

—Siempre haces lo que crees que debes hacer, igual que Lestat. Eres un alma libre para ir de aquí para allá, sin importarte demasiado qué puede pensar alguien que siempre espera tu regreso. Sí, espero tu regreso aunque tu compañía a veces está de más. Como ahora, está de más. No quiero ofenderte David, no quiero. Sin embargo, esos pensamientos tuyos, que a pesar que no puedo leer, siento golpear en mi nuca, y contra cada objeto de la habitación, me perturba—dejó que sus palabras no sonaran cálidas, pero eran sinceras y eso era mucho más que cualquier frase compasiva—. Ve si quieres, si piensas que podrás hacer algo, y si no lo ves factible simplemente quédate—se encogió de hombros, acarició su chaleco negro con botones de nácar y abrió el libro para seguir leyendo—. A mí no e impliques en tus decisiones—dijo ahogándose de nuevo en su lectura.

David decidió incorporarse de la mesa de aquel pequeño despacho, tomó las carpetas y las amontonó para meterlas en su maletín, añadió un par de grabadoras, cintas, bolígrafos, lapiceros y folios para luego encaminarse hasta Louis, besando su mejilla.

—Volveré en unas noches—le aseguró.

—Vuelve cuando hayas solucionado eso o sino jamás regreses, pues es incómodo—explicó sin girar su rostro hacia él, sin siquiera mirarle un segundo.

Aquella misma noche tomó varios vuelos con escalas, pues el día no debía atraparlo, para llegar finalmente a Londres. Durante el trayecto dormitó un par de horas, pero sin duda lo que más hizo fue leer los archivos. Leía con ferocidad lo que una vez había escrito, anotaba a un lado cada nueva impresión y retomaba las palabras de la joven.

Ella podía no estar enterrada allí, pero había huesos enterrados porque él mismo los había visto. La familia ocupante de la casa, o más bien propietaria ahora del terreno, deseaba desesperadamente poder hacer vida allí. Pero a él lo único que le interesaba era el misterio en sí.

Nada más llegar a Londres caminó por las calles con cautela, pues los miembros de Talamasca eran más activos en la ciudad que en ningún otro lugar. La red de contactos de esas sofisticadas criaturas humanas, con poderes paranormales, era intrincada y perfectamente coordinada. Él sabía como actuaban, porque había sido parte de ellos, y deseaba mantenerlos al margen.

La vivienda se encontraba en pleno centro de Londres, donde el tráfico a pesar de todo no era excesivamente fluido. Los peatones se arrollaban unos a otros, los vehículos circulaban constantemente, el sonido de cientos de voces y pisadas se mezclaban con el colorido de las pieles y de los diversos carteles que podían verse a un lado y a otro de las calles. Entró en uno de los apartamentos más lujosos, el edificio era bastante atractivo y sólido, pero dentro era sobrio como todo buen inglés. Eran tan sólo las ocho de la tarde.

Decidió tomar las escaleras, pues no quería esperar un ascensor debido a la emoción que sentía. Había avisado antes de salir que llegaría en breve, pero no dijo realmente a qué hora. No quería parecer descortés apareciendo en mitad de la cena, sin embargo la causa era importante y quizás sólo les robaría unos minutos.

Al tocar el timbre sintió un chispazo recorriendo su cuerpo, traspasando su alma, y entonces volvió a verla en el cementerio con esos hermosos ojos clavados en él. La puerta cedió y abrió una joven, muy bonita, que era parte del servicio. La chica tenía la tez canela, ojos azules y una abundante cabellera negra muy rizada.

—¿Sr. Talbot?

—Sí—respondió con un leve ademán de su cabeza.

—Acompáñeme—dijo alisando las arrugas de su delantal blanco, aunque no parecía arrugado en absoluto.

La siguió observando el suelo perfectamente enmoquetado, el papel pintado estilo Tudor, los encantadores cuadros llenos de recuerdos y los hermosos lienzos de artistas que pocos reconocerían. En el salón, frente a una sopa, se encontraba la última mujer del linaje en compañía de su hijo, un joven de unos treinta años, que miraba ensimismado la televisión.

—Lamento haber llegado cuando usted disfrutaba de su cena—confesó.

—No hay pérdida—susurró la anciana, que parecía rondar los setenta años, para verle bien con unos ojillos pequeños y surcados de arrugas.

—Venía a... —ya se lo había dicho por teléfono así que el muchacho intervino.

—Quiere saber sobre la muerte de una de nuestras antepasadas. Si bien, la historia que tenemos que contarle es demasiado cruel y terrible para ventilarla—dijo observándolo con cierto interés.


El muchacho tenía una curiosidad despierta sobre David, el cual se movía como un inglés pero no tenía el típico aspecto de un hombre de su país. Acento, ropa y modales pero no rasgos faciales. La tez de David era oscura, sus ojos algo rasgados, pero el resto de sus facciones eran una mezcla europea. Sí, sin duda el muchacho tenía una curiosidad manifiesta en su invitado y David lo sentía, sabía que quería saber de él y de su procedencia. El vampiro no se lo permitiría, como tampoco a su adorable madre que seguía tomando su sopa.  

sábado, 17 de mayo de 2014

La otra vida

Nuevo Archivo de TALAMASCA de mano de David Talbot, que ha decidido desempolvar viejos casos, para que ustedes puedan leerlos. 

Lestat de Lioncourt 

LA OTRA VIDA 


La siguiente historia ocurrió en Londres, las mismas calles que vieron nacer a varios de nuestros más ilustres dirigentes. Sí, estas calles llenas de encanto y secretos. Todos conocemos los crímenes sangrientos que ocurrieron en ellas, pero pocas veces apreciamos los nacimientos más relevantes o las muertes más curiosas, que no sangrientas, que aquí han sucedido.

Todo comenzó el 6 de Octubre de 1868, un invierno duro para todos. En uno de los barrios obreros, donde la inmundicia cubría todo, se levantaba un pequeño ataúd que había sido velado durante dos largas noches por una madre destrozada y un padre hundido. El pequeño cuerpo que había en su interior, inmóvil y con sus prendas de los domingos, era el de Allan Smith de siete años de edad.

La comitiva enfiló hacia el cementerio intentando concentrar sus mayores esfuerzos en apoyar a la madre, la cual llevaba en sus brazos al pequeño Sam, pues parecía desvanecerse por instantes. Allan era el hijo mayor y había crecido fuerte y sano hasta el verano. El pequeño comenzó a enfermar, las fiebres eran recurrentes del mismo modo que sus pesadillas y solía ver cosas que nadie más veía. Muchos estaban convencidos que eran las fiebres, pues les hacía delirar, pero otros opinaban que era un demonio que había entrado en su pequeño y tierno cuerpo. Sea como sea, el pequeño, encontró la paz reuniéndose con su creador.

El entierro fue trágico, pues tan sólo estaba comenzando a vivir y a conocer lo duro, pero maravilloso, que era el mundo que le rodeaba constantemente. El pequeño había dejado una brecha terrible en la familia y cuando regresaron al hogar la madre no podía dejar de llorar, temblar e incluso se repetía a sí misma que había sido su culpa. El pequeño Sam lloraba en su cuna, sin ser cuidado por su afligida madre, y Allan Smith, el padre del pequeño Allan, abría una botella de whisky de mala calidad para poder quitarse la sequedad de la garganta.

Tres días más tarde apareció la policía frente a la casa. El padre pensó que se debía a un error, pero cuando estos pasaron visiblemente afectados, con el rictus de su cara lleno de consternación, sintió que no podían estar engañándolo. Pidieron al hombre que se sentara y que no avisara a su esposa hasta que el asunto fuese aclarado.

» —Sr. Smith debemos comunicarles, mi compañero Charles y yo mismo, que hace unas noches alguien escuchó ruidos próximos a la tumba de su hijo Allan—dijo provocando que el padre reaccionara llenándose de furia y también de un dolor casi imposible de soportar.

—¿Quién ha sido?—preguntó apretando sus puños con fuerza.

—El centinela del cementerio decidió inspeccionar la zona, pero no había nadie. Los ruidos venían de dentro del ataúd y decidió sacarlo con gran esfuerzo—explicó—. Supuso que el pequeño podía estar vivo.

—¿Qué?—se llevó las manos a la cabeza y después al uniforme del agente—. ¿Qué ocurrió?

—El pequeño estaba dentro, con claros síntomas de hipotermia y asfixia. Anoche quedó estable, pero le hemos informado hoy, a primera hora como usted ha podido comprobar, porque no era casi imposible de encontrar la vivienda—dijo con calma mientras veía como el hombre recuperaba la vida en su mirada.«

Lo que nadie, ni siquiera el señor Smith, podía imaginar es que ese pequeño, de ojos azules y cabello azul cobrizo, no traería precisamente la felicidad. Al llegar con el pequeño, lo presentó a su madre como un milagro, ésta reaccionó de forma terrible rechazándolo. Ella no podía aceptar que su pequeño había regresado, algo que para otras madres hubiese sido un increíble milagro. Decía ver el mal en sus ojos azules y redonda cara blanquecina.

Una semana más tarde encontraron al pequeño ensangrentado, llorando por las calles, y al personarse en su vivienda se encontraron los cuerpos de su hermano pequeño, su madre y su padre asesinados, descuartizados de la forma más horrible, y él lloraba incesantemente. Sus pequeñas manos estaban manchadas de sangre, igual que su pijama, y parecía estar en medio de una terrible conmoción.

Al no tener más familia en la ciudad, y al no quererse hacer cargo nadie, lo llevaron a un orfanato donde ocurrieron sendos suicidios de profesores, accidentes terribles de alumnos y algún que otro animal. El muchacho despareció del mapa, como si los propios infiernos lo hubiesen acogido, durante años. Se supo de nuevo de él poco antes de los crímenes de Jack “El destripador”. Después, silencio de nuevo.


Algunos de nuestros laureados investigadores han intentado seguir sus pistas, pero no han hallado nada. Ni siquiera pueden asegurar que los crímenes fueron cometidos por él. La asombrosa resurrección y vida de Allan Smith sigue siendo un misterio sin resolver.  

miércoles, 12 de marzo de 2014

Siempre tras la pista

Siempre tras la pista es un texto donde David Talbot nos recuerda sus indagaciones. Es un hombre que suele enredarse en misterios y a veces estos jamás se resuelven. 


Lestat de Lioncourt 




El clima frío y lluvioso de Londres siempre ha sido para mí bastante agradable. Sinceramente cuando era humano solía caminar por los barrios próximos a la sede de la orden. Los barrios se abrían a mí con sumo silencio en las madrugadas. Las luces lejanas de alguna vivienda, de edificios diseminados ocasionalmente y perdidos entre jardines o pequeños negocios, dibujaban una ciudad menos cosmopolita y más interesante. El contraste era distinto y la vida tremendamente sutil.

Sin ser vampiro podía leer las mentes, escuchar los sueños de otros o simplemente sentir las presencias que rondaban la ciudad a cualquier hora. Sin embargo en plena noche era mucho más intensa las voces de los muertos. Aquellos que una vez deambularon del mismo modo que nosotros, los que nos llamamos vivos, y que dejaron huella, perecedera o no, en la historia.

Existía una vieja casa en uno de los barrios obreros por excelencia de Londres. Allí podía escuchar todas las noches unas frases muy interesantes. Jamás comprendí su valor hasta que terminé siendo un inmortal. Parecía un hombre, completamente loco, que suplicaba.

—Por favor... devuélveme el aliento que me has robado. Por favor... deja que el dolor de la vida vuelva a mí. No debí mentir. No—la voz parecía quebrada y el tono era muy suave.

Indagué sobre la propiedad y al parecer estaba vacía desde hacía más de una década. Nadie se había interesado mucho tiempo en ella. Comprobé que los vendedores eran incapaces de vender la propiedad incluso rebajando su precio hasta la mitad. Nadie quería vivir en una casa donde había un aura como aquella. Las noticias sobre el asesinato que tuvo lugar allí llegaron a los oídos de los compradores. Al parecer sabían que un hombre, de mediana edad, había muerto en extrañas circunstancias.

Era joven cuando conocí la historia. Aún creía que los vampiros no existían. Pero hallé numerosos informes en la orden. Hablé con investigadores que estaban centrados en esos temas y me quedé boquiabierto. Sin duda alguna habían muestras de tejido, cartas y obras. Comprendí que debía investigar a fondo.

El hogar había pertenecido a un obrero de la construcción. Era un hombre robusto, de cabello negro y rizado, ojos azules y piel tostada por el sol. Tenía los hombros anchos, la nariz levemente torcida al tener el hueso desviado debido a una pelea, cejas algo pobladas y manos muy grandes. Se llamaba Peter Smith. El señor Smith vivía solo. Su mujer había fallecido hacía unos años y nunca tuvieron hijos. Tenía cuarenta años, pero se veía algo más joven quizás por genética.

Un día, de esos que todo parece normal, no fue a su puesto de trabajo. Llamaron a su teléfono, pero nadie contestó. Cuando su jefe fue a la vivienda, pues iba a llevarle el finiquito ya que habían pasado varios días sin dar señales de vida en el trabajo, se encontró con la puerta encajada, aunque no era visible desde la calle, y al entrar a él tirado en el suelo de la cocina. El cadáver llevaba varios días descomponiéndose y el hedor de la muerte fue nauseabundo. Su jefe se llamaba Jhon Stuart.

Gerome Black, el jefe de policía, se personó debido a la llamada de Stuart. Durante varios años fue un caso sin resolver que no se deseaba cerrar, pero finalmente la carpeta agarró demasiado polvo y terminó siendo un caso del cual no se sabría nada. Las pistas se habían enfriado y no se podía hacer nada.

Guiándome por como habían encontrado al cuerpo, sin una gota de sangre, decidí que debía ser un vampiro. Durante algunos años investigué sobre crímenes similares y vampiros en la zona. En Londres sólo había un vampiro. Ese vampiro se había marchado hacía más de cinco años. Nadie sabía donde había ido a parar.


Por eso, cuando Lestat apareció en mi vida, sentí que el corazón temblaba de emoción. Pensé que él podría saber algo del extraño vampiro que recorrió Londres, del cual nunca se supo su nombre real, pero él desconocía quien podía ser. Todavía debe escucharse las últimas y agónicas palabras de Smith. Mi mayor pregunta con respecto a lo ocurrido es si tenía una especie de pacto o quizás tan sólo conoció la verdad que ocultaba aquel inmortal.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt