Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 31 de octubre de 2014

Cuidado con lo que deseas.

Archivo Talamasca, o más bien texto de terror proveniente de David... 

"Disfruten"

Lestat de Lioncourt


La noche había caído como un pesado telón. La oscuridad recorría las calles con el silencio típico de una noche de invierno. El viento mecía las ramas contra la nada. Había algunas luces encendidas en los apartamentos más apartados, las casas parecían vacías, todavía quedaban bares abiertos para noctámbulos y algún lugar, mucho menos decente, para aquellos que querían vender su alma a demonios con poca ropa. La noche de Halloween estaba teniendo su fin. Las fiestas desenfrenadas daban paso a la mañana de pesada resaca.

Un joven caminaba por una de las avenidas más concurridas de día, pero más desérticas de noche. Era un muchacho común. Él no creía en espíritus perversos, pero le encantaba gastar bromas en estas fechas. Disfrutaba como muchos de las películas de terror, los relatos más sangrientos o las brujas más provocativas. Se dejaba seducir por cada minuto de la fiesta. En su mano derecha llevaba una pequeña bolsa. Él era demasiado mayor para pedir caramelos, pero había decidido tocar en varias casas para saciar su apetito. Las chocolatinas esperaban envueltas en sus respectivos envoltorios, del mismo modo que su madre aguardaba que su muchacho llegara sano y salvo a casa. Sus cabellos negros, largos y revueltos caían sobre sus cejas. Tenía un rostro común, aunque muy agradable. Nadie recordaría bien sus facciones, salvo por sus ojos verdes. Poseía ojos de gato.

En al avenida todo parecía calmado. Los locales de ropa, comida rápida o música tenían echado el cierre. Sin embargo, había uno abierto que jamás había visto. Era un local distinto. Parecía una tienda de antigüedades. No solía ver cosas como esa en una ciudad que parecía despreciar su pasado. Decidió entrar, pues le había llamado poderosamente la atención algunos de los artículos que se mostraban.

Al entrar pudo oler el suave incienso expandiéndose por la tienda. Sus ojos no podían dejar de mirar a cualquier lado. Había máscaras de fiesta, extraños frascos que tenían nombres en latín, diversas cajas de elegante orfebrería, joyas que parecían sacadas de un museo, trajes distintos a los acostumbrados, objetos de rituales vudú y muebles tan antiguos como extraños.

El dueño estaba tras el mostrador. Su aspecto era intimidante. Era un muchacho negro, algo delgado, con el rostro pintado como si fuera un esqueleto. Los ojos, de color violeta vulgurante, los tomó por meras lentillas de colores. Sus dientes eran una hilera perfecta de blancas perlas. La chaqueta de época que llevaba era de terciopelo negro. Él se sintió bastante incómodo. No iba disfrazado. Su ropa era vulgar. Se sintió idiota al despreciar llevar un buen disfraz, pues así no se sentiría tan fuera de lugar. Aquel tipo parecía ser un apasionado de la fiesta.

—¿Quieres cambiar tu destino?—preguntó inclinándose hacia él.

—No, sólo pasaba por aquí...

—Ah, pero eso ya es cambiar tu destino—explicó.

—Quizás...—titubeó—. ¿Qué es este lugar?

—Un lugar donde el pasado, el presente y el futuro se dan la mano—dijo.

—¿Lo dice por los objetos?—interrogó.

—¿Quieres algo? Podemos hacer un trato...

—¿Esas joyas son reales? ¿O son pura baratija?—dijo señalándolas e intentando no tocarlas. Se sentía extramente tentado por tocarlas.

—Algunas no son muy buenas, pero sí antiguas. Todas poseen algo que pueden darte... suerte, fortuna, amor...

—Ah, son como los colgantes de esas revistas de moda—contestó encogiéndose de hombros—. Dicen que las piedras atraen ciertas energías, pero son plástico.

—Estas no—dijo con una elegante sonrisa—. ¿Quieres una?

—No tengo dinero—explicó.

—Te lo doy gratis a cambio de un futuro favor—susurró saliendo de detrás del mostrador.

Era mucho más interesante lejos de allí que tras aquel mueble. Sus ropas eran increíbles. Parecía realmente el Barón Samedi.

—¿Cuál favor?—interrogó.

—Un simple.

—¿Cómo limpiar la tienda?—dijo señalando a todo el local con ambas manos.

—Sí, algo así...

—Hecho—estiró su brazo derecho hacia el hombre y este estrechó su mano.

El chico se llevó uno de los colgantes. Era el colgante que supuestamente te daría cierto estatus social que no se posee fácilmente. Si bien, nada más cruzar la puerta escuchó un golpe en seco. Al girarse, la tienda no estaba. No había nada allí. Era un muro corriente y moliente. Sintió pánico, sobre todo cuando escuchó la risa de aquel hombre. Había condenado su alma.

Días más tarde tuvo un golpe de suerte. Ganó cierto dinero, consiguió mejorar sus estudios y pronto se vio prosperando. No obstante tenía miedo. Había hecho un trato con un ser de otro mundo. Al siguiente Halloween caería muerto en mitad de una fiesta. El pequeño favor era estar en la tienda, con él, como uno de los objetos más interesantes... un alma humana encerrada en un frasco para los brujos más terribles.


domingo, 19 de octubre de 2014

Piel humana

David nos deja una de sus experiencias. Una muy extraña.

Lestat de Lioncourt



El mundo está lleno de misterios que sobrecogen nuestros corazones y nos hielan la sangre. Nos convertimos en firmes candidatos para las típicas historias de terror. En ocasiones ocurren sin siquiera percatarnos hasta que la fría mano del destino nos atrapa por el cuello, aprieta con fuerza y entierra sus uñas en nuestra frágil piel mientras nos asfixian. No sirven de nada las excusas para valientes o cobardes. El destino aguarda con sus extraños caminos, enrevesados laberintos y complejos acertijos.

Cuando joven escuché muchas historias sobre espíritus perversos. Sólo era un novicio. Había tenido contacto con almas en otro plano, muchas de ellas eran momentos fugaces que ocurrían una y otra vez. Si bien, intentaba ayudarlas a olvidar el dolor y encontrar un camino cierto. Algunos de mis compañeros me rogaron que dejara de implicarme. Me pareció monstruoso ese comentario, pero a la larga me percaté que sólo era un aviso. Algunas entidades malévolas pueden camuflarse de simples espectros o almas en pena.

Llegó hasta a mí un libro polvoriento, ajado por el paso del tiempo, con un forro que parecía estar hecho de la piel de la vejiga de algún animal. Conocía como usaban el pellejo de las cabras, y otros animales, para crear encuadernaciones y pergaminos resistentes. Si bien, no sé como describir lo indescriptible. El olor a polvo era intenso. Pero también olía a musgo y ciertas plantas que no llegué dilucidar cuales serían. Se había conservado maravillosamente a pesar de las precarias condiciones. Poseía más de tres siglos. Era un libro extraño escrito en un idioma que se desconocía y que intenté descifrar usando mi ingenio.

Cierta noche me quedé dormido sobre el volumen. Soñaba con los bosques donde había sido encontrado. La biblioteca estaba tan silenciosa que desperté rápidamente al escuchar unos pasos. Parecían cascos de caballo galopando por algún monte, pero pronto escuché también unas botas y, después, de la nada apareció un hombre de aspecto blanquecino, con los ojos hundidos de color zafiro. Su aspecto era el de un guerrero, pero no sabía señalar de qué periodo o pueblo. En aquel momento sólo era un niño asustado. Un simple muchacho de casi veinte años.

Por segundos pensé que aún soñaba, pero sus manos eran muy reales. Intentaron alcanzar el libro, pero yo rápidamente tomé este entre mis manos y lo pegué contra mi pecho. Debía protegerlo. No había notado aún que era tan sólo una mera presencia. Si bien, al no ver sombra junto a su figura entendí que no era más que un fantasma. Al menos, eso creía.

—No temas—dije—. ¿Buscas algo que te perteneció en el pasado?

El ser no habló. Él tan sólo se echó hacia delante intentando atrapar el libro.

—Puedo ayudarte—susurré en tono quedo—. ¿Entiendes mi idioma?

Estaba asustado, pero a la vez extrañamente excitado. Pocas veces tenía la oportunidad de ver un fenómeno así tan claro. La imagen era nítida, el olor a fango y sangre era penetrante, y podía ver ciertos detalles en su imagen que me hacía sentirlo extrañamente real. Pero aún más asustado quedé cuando logró quitarme el libro, recitó unas palabras en un extraño idioma y la biblioteca comenzó a temblar.

Cientos de libros salieron despedidos de sus estanterías, estas caían hacia delante como si fueran fichas de dominó, el cuadro del director se deslizó de la pared y quedó destrozado. Las luces tintineaban. Algunas bombillas explotaron. Me sentí confuso y asustado. No sabía que hacer. La voz no me salía. Entonces esa cosa me atrapó, tiró de mí y abandonamos ese plano para caer en un mundo mucho más primitivo del que yo creía.

Muchos hombres morían, algunos eran torturados, el ritual se iniciaba con muchachos jóvenes que eran sacrificados. Había olor a fango, musgo, pino y sangre. Las lluvias habían convertido los caminos en un lodazal. Todos caminaban con cierto ritmo. Había a lo lejos un par de caballos. Los muchachos lloraban. Yo lloraba. Todo era extraño. Aquello era el infierno. Quería regresar a mi biblioteca. Debí permitir que el espectro se llevara lo que quisiera sin oponer resistencia u ofrecer mi ayuda.

En cierto momento logré deshacerme de su agarre y caí de espaldas. Cuando me incorporé estaba de nuevo en la biblioteca. Mis zapatos estaban manchados de barro. Aún podía oler a los caballos y sentir esas toscas manos. No me lo había inventado. El libro no estaba.

Expliqué con todo detalle a mis compañeros sobre lo ocurrido. Sobre todo porque la biblioteca parecía destrozada. Durante muchas noches escuché el relinchar de los caballos, el alarido de las víctimas siendo despellejadas. Ya sabía que era la piel de ese libro: piel humana. El pueblo que lo custodiaba jamás tuvo nombre para mí. Quizás eran nómadas. Puede que ni siquiera tuviesen importancia para el mundo en general. Pero aprendí que hay que saber cuando ayudar y cuando ser sólo un mero observador.


Durante años me limité a observar. Me fui a las selvas para encontrar ruinas perdidas y dioses paganos. Me hice sacerdote del candomblé. Quería comprender a las almas torturadas. Me impuse una fe que me condujo a aventuras extrañas. Sufrí malaria y dengue. Padecí ciertos infortunios, varios accidentes de coche y también con armas. Sobreviví. Sin embargo, en ocasiones recordaba esas gigantescas manos. La obsesión seguía. ¿Qué ponía ese libro? ¿Fue sólo una visión? ¿Era real? ¿Pudo ser trasladado de plano? ¿Era el pasado u otro mundo paralelo al nuestro? No lo sé. Aún eso me intriga. Pero sobre todo me inquieta el no saber que había en aquellas frases y la piel humana de su cobertura.  

sábado, 11 de octubre de 2014

El espectro de mi vida - ARCHIVO TALAMASCA

"El espectro de mi vida" es un texto de terror de nuestro compañero David. Es su infancia. No es sólo un texto más. También es un enigma. 

Lestat de Lioncourt 


Tan sólo tenía diez años. El cuerpo era menudo, algo pequeño para su edad, y sus enormes ojos tenían una vida especial. Siempre estaba enfermo. Había visto muchas cosas, escuchado cientos de palabras susurradas cerca de sus pequeñas orejas y sentido como el vello se erizaba. Era un niño especial. La mansión donde vivía, la cual pertenecía a su familia desde su construcción, era formidable. Sin embargo, sabía bien que era un lugar donde muchos aparecían de la nada, le llamaban y esperaban que pudieran calmar sus miedos.

Él no sabía lo que era tener miedo. Vivía todo como un juego. Pequeñas visiones de otros mundos, unos más hermosos que otros, en los cuales se inmiscuía con total naturalidad. Sonreía a los ancianos, jugaba con los niños y tranquilizaba a las mujeres más afligidas. Nunca había ocultado sus conversaciones, ni sus visiones. Su padre temía que la muerte rondara al pequeño, pues David parecía vivir entre la vida y la muerte.

Aquel día de otoño, próximo al día de los Santos Difuntos, se despertó debido al golpeteo insistente de las ramas torcidas del roble del jardín contra su ventana. Las sombras que generaba no le eran preocupantes. Nada le preocupaba. Sin embargo, escuchó murmullos. La habitación estaba fría, la humedad había desaparecido y sentía como algo estaba sentado junto a él. El peso de aquel volumen de energía hundía ligeramente el colchón y provocaba que él mirara insistentemente hacia la nada, hacia el vacío que dejaba, pues deseaba darle forma.

—¿Qué deseas?—preguntó incorporándose—. No son horas.

No hubo respuesta.

—Necesito dormir—explicó.

El pequeño se recostó de nuevo, quedando tumbado boca arriba. Sus mejillas se enfriaban, igual que la punta de sus dedos, mientras aquel ser permanecía a su lado custodiándolo. Albergaba la esperanza que le hablara. Pero él estaba realmente agotado. Se sentía con sus defensas bajas, casi al límite, y con las energías al límite de la extenuación. Sus pequeños párpados se bajaban, su respiración se apaciguaba y volvía mínima. Pronto quedó dormido. Parecía un ángel con el pelo revuelto.

La noche continuó como si nada. Fuera la lluvia apareció con una terrible tormenta. La casa crujía. Las viejas construcciones siempre tienen ruidos, pues parecen tener vida propia, y las ramas seguían golpeando fuertemente la ventana. Tan fuerte golpeó la rama que terminó rompiéndose uno de los cristales. Aquello provocó que volviera a despertarse.

La presencia persistía. El frío era aún más intenso. Casi congelaba sus pequeños pulmones. Sentía como le vigilaban en plena noche, igual que una pantera esperando saltar sobre ti en plena jungla. Esta vez no tenía energía para incorporarse. Tan sólo buscó el bulto en su cama y clavó sus ojos en el vacío.

—¿Qué deseas?—preguntó agotado y tembloroso por el frío.

Percibió entonces como le tocaban el pelo, acariciaban sus mejillas y tomaban sus manos. Él simplemente esperaba ver el rostro de aquel espíritu. Quería ayudar. Su único deseo era que parara. No tenía miedo, pero estaba sintiéndose fatigado.

—Te amo—escuchó la voz de una mujer—. Volveré a por ti.

No comprendió ese mensaje hasta años más tarde. Ya era un anciano, con sus terribles achaques. Había vivido por y para los espíritus, casos sin resolver y seres extraños. Estaba tirado en el suelo, con un cuerpo que no era el suyo, y aquella presencia regresó. Ésta vez tenía cuerpo y un rostro aniñado. Se aproximó a él, se arrodilló y besó sus labios.

David jamás comprendió realmente el mensaje, y aún desea averiguar porque tanto misterio. A veces, cree que es el propio destino encarnado en un espectro. Si bien, eso no tiene sentido. Aunque sí una vieja historia de la mansión Talbot. Una mujer que vivió allí mucho antes, que era bruja, y terminó ahorcada y quemada. Era una doncella humilde, trabajaba lavando y remendando prendas. Fue asesinada porque decían que había matado a su hijo. Poco después supo que era parte del legado de la familia, que por ello se compraron los terrenos y se hizo la mansión. Es la única explicación que él puede llegar a aceptar.


La mansión siempre ha estado allí. La recuperó como gran parte de su patrimonio. Las viejas habitaciones acumulaban soledad. La mayor parte del tiempo se encontraba en otros lugares, sumergido en nuevas y desafiantes historias. Talamasca había quedado atrás. Aquellos sabios que desearon tenerlo junto a él, y adorarlo cual Dios, debido a su poder, habían desaparecido de su vida. Podía ir y venir de un lado a otro sin dar explicaciones. Sus padres habían muerto. Muchos de sus familiares ya eran polvo en los cementerios. Los viejos guardeses habían sido cambiado por otros. El mundo seguía. Pero la mansión se mantenía inalterable, con sus ruidos y siniestras sombras. Aún se escuchan pasos, frases incompletas y proféticas palabras. Si bien, no hay rastro de ella. Nada de esa mujer. Es absurdo que realmente se crea la segunda teoría, pero es la más sensata.  

domingo, 31 de agosto de 2014

Ella - Parte 3 - Archivo TALAMASCA

David pone el punto final de su historia. Yo os la ofrezco tal cual. ¿Qué? A mí me olía más al mayordomo...

Lestat de Lioncourt 


Las horas parecían eternas para David. Pasaban lentamente. Cuando llegó al punto de encuentro no quiso mostrar su rostro. Cuanto menos viese de él ese anciano era mucho mejor. Preguntó por la muchacha, su vieja dirección y su nombre. Consiguió los datos después de hundirse en sus recuerdos, pues aquel pobre diablo ni siquiera recordaba bien su edad. Se alejaron ambos prometiéndose colaboración y David terminó por aparecer en la dirección que le ofrecieron. Era una vieja casa, o mejor dicho mansión, que perteneció siempre a una familia de cierto estatus.

La vivienda era del arquitecto Charles Rennie Mackintosh. Era una vivienda cúbica, de juego de líneas rectas y ascendentes. Sin embargo, poseía formas abstractas y era una vivienda vanguardista. Principios del siglo pasado, evidentemente, pero era vieja y sólida. No era la vivienda más vieja que jamás había visto, el tenía aún una mansión que pertenecía desde hacía siglos a su familia. Aquella casa era el lugar de un misterio prácticamente desde su cimentación. Había estado a punto de ser derruida poco después de ser construida por problemas sobre la parcela y quién era el verdadero dueño. No obstante, era demasiado hermosa y poseía la firma de uno de los grandes arquitectos. No podía echarse abajo.

David conocía bien aquellas líneas, las figuras extrañas y la excesiva ornamentación. Se dejó guiar por los marcos de las ventanas y puertas, se perdió en el jardín lleno de setos y flores, así como por la pequeña pista de tenis que parecía ser uno de los encantos de la propiedad. Un lugar que no tenía mucho movimiento, pero sí un dueño. Aquel anciano estaba allí, junto a él, apoyado en el bastón mirando a la nada. La vivienda había pasado a manos de un primo suyo, cuando en realidad en el testamento constaba él y su hermano. Decidió venderla, quedarse con su parte y derrocharla, mientras que el dinero de la venta quedó guardado para su hermano. Sus padres lo hicieron, él no lo hubiese permitido.

—Mis padres pensaron que si él regresaba no querría esta casa—comentó mirando la fachada—. Creo que es lo que quería ver.

—¿Pasó algo aquí?—dijo apoyado en la cancela.

—No—explicó frunciendo el ceño, como si quisiera recordar algo que fuese sólo un borrón ya—. A penas recuerdo bien las cosas, estoy perdiendo la memoria. He derrochado parte de la fortuna, mi vida no ha sido decorosa. Creo que siempre me eché la culpa de todo. La desaparición de ambos ha caído sobre mi cabeza continuamente—hablaba pausadamente, con cierto esfuerzo, mientras intentaba no llorar.

Talbot recordó sus manos arrugadas, salpicadas de manchas de la edad, y esos dedos ásperos que se tocaban sus cabellos blancos, como la nieve, mientras meditaba sobre dónde había dejado los viejos informes que aún necesitaba. Pensó en su vida mortal, en los años que debía llevar muerto si hubiese seguido en aquel cuerpo lleno de achaques, y tembló unos segundos. Sin embargo, estaba allí, en plena noche, observando los setos y aquella vivienda con ojos nuevos. Unos ojos a los cuales ya estaba acostumbrado. Más de dos décadas son muchos años para acostumbrarse, incluso amar, lo que se ve.

—¿Cree que su primo puede saber algo?—interrogó con un tono amable.

—Eran muy amigos y él no tiene lagunas, ni de ese día ni de ningún otro—afirmó—. ¿Le he dicho que tengo mala memoria?

—Sí, en varias ocasiones—comentó con una ligera sonrisa franca.

Notaba alteraciones. Aquella casa tenía un aspecto elegante, algo moderno y desenfadado. Los ornamentos y el tejado eran lo que más llamaba la atención, así como aquella pista de tenis. Algo había pasado. No sabía porque pero destacaba. Era como si gritara. Pero también la ventana de la boardilla. Una boardilla que tenía el cristal muy sucio, como si no se usara, y era una lástima. Estaba deseando entrar, pero no habían sido invitados sino que simplemente lo habían conducido hasta allí.

Decidió tomar del brazo al anciano y guiarlo hasta el vehículo que se encontraba en la acera, un taxi que los esperaba. Había llegado allí en taxi, aunque podía moverse rápidamente con sus poderes, pero el anciano había bajado de un autobús, con la mirada algo perdida, mientras intentaba recordar porqué estaba allí. Las lagunas eran evidentes y no iba a dejarlo solo.

Después de deshacerse del anciano en la residencia donde vivía, no muy lejos de allí, se encerró en una de las bibliotecas municipales. Allí había periódicos, revistas y diversos documentos sobre las viviendas, construcciones cercanas, altercados y cientos de sucesos. Un mortal se hubiese ahogado en esa información, incluso un hombre de Talamasca, pero él ya no era humano. Sus ojos recorrían veloces por los distintos documentos, se hundía en ellos apreciando los titulares y buscando relación entre ellos. Rápidamente la desaparición de una joven le llamó la atención.

Era ella.

Su cabello negro destacaba en aquella fotografía. Había desaparecido un año antes de las apariciones. Tenía una sonrisa dulce, una mirada desenfadada y poseía una belleza única. Sin duda la típica chica que puede robar corazones y romperlos en mil pedazos. No vivía lejos, aunque no era de familia acomodada. Solía trabajar para la familia de Anderson. Richard fue quien dio la voz de alarma, pues no se presentó para cuidar a su hermano. Desde aquel día ni una pista.

Richard había mentido. Conocía al fantasma y temía sus acusaciones, quizás. Tenía que volver a invocarla, en aquella casa y quizás en la pista de tenis. Pero antes, debía saber algo más.

Buscó un teléfono público, miró su reloj y comprendió que quedaban tan sólo unas horas para esconderse del sol. Rápidamente marcó el teléfono del anciano, pero no contestó. Nadie respondía. Supuso que al ser tan tarde ya descansaba. Y él debía hacerlo.

La noche siguiente le aguardó una desagradable sorpresa, el anciano había muerto al tomar demasiada medicación. Tal vez una enfermera se equivocó o él tomó el doble de la dosis al no recordarlo. No lo sabía. La medicación que llevaba era nueva, más fuerte que la anterior, y le provocó un infarto que acabó con él. David Talbot se personó en el funeral y entonces lo vio. Estaba allí junto a la tumba, mirando la tierra que tiraban sobre el ataúd. Las sonrisas falsas le asqueaban, igual que las lágrimas, y al difunto no parecía gustarle siquiera las flores.

—Me ha matado, también la mató a ella y a él. Nos mató por la casa, por la herencia, por todo—habló atropelladamente corriendo hacia David—. ¿Puede verme?

Eran las seis. Ya había atardecido y el funeral finalizaba. David podía verle, oírle y también sentirle. Él tan sólo asintió y miró hacia el horizonte añadiendo en un murmullo “te escucho”.

—Tenía once años cuando ella venía a casa. Me enseñaba a jugar al tenis, me ayudaba con los deberes y me atenía las escasas horas que mi hermano debía estudiar. Pero él terminó uniéndose a nosotros, disfrutando de las limonadas y del té con pastas—se echó a reír a carcajadas—. Lo que uno recuerda cuando se muere, ¿verdad? Los sabores y olores, también las lágrimas...

David no se movía, escuchaba calmado aguardando la verdad.

—Un día mi primo se enteró de todo. Mi padre lo había criado como a un hijo, pero no era suyo. Era el hijo de la hermana de mi madre, un niño huérfano que tenía todo gracias a él salvo... la herencia. Además, ella le gustaba. Se llamaba Virginia Stuart—se apretó la frente con la mano derecha y luego le miró—. Eso ya lo sabe, porque ni siquiera es humano... ¿qué es?—lo miró y tembló, pero siguió hablando—. Como sea... la mató en la boardilla, la tiró por la ventana y luego decidió enterrarla donde ahora está la pista de tenis. Antes sólo había una pequeña red y nada más, era de hierba, pero se estaba construyendo la actual. Así que la tiró allí, al día siguiente echaron el cemento y se acabó.

—¿Y su hermano?—preguntó.

—Quería ir a la policía, pero le convenció que pensarían que fue él y que además podía hacerme daño. Guardó el secreto y por eso ella lo atacó. Me contó que la veía allí donde iba—susurró apesadumbrado—. Me contó todo, confió en mí, quizás para ponerme sobre aviso. Yo cuando crecí no quería la casa, ni quería saber nada de ella... hasta que usted vino.

—Te mató él—dijo en un murmullo que nadie más pudo escuchar.

—Sí, pero no se puede probar... pero el cuerpo de Virginia sigue allí.

—Arreglaré esto, lo haré—fue lo último que dijo antes de salir del cementerio.


Noches más tarde la policía tuvo un soplo, de un informador, y varias pistas muy suculentas sobre una vieja desaparición. Allí estaba el cuerpo, donde habían dicho, en la casa de los Anderson bajo el pavimento de la pista de tenis. Sin embargo, el cuerpo de Richard no se hallaba allí ni en ninguna parte de la casa. Su primo, Gordon Peterson, confesó poco después para que le dejaran en paz. Decía que llevaba años viéndolo como un ente, persiguiéndolo en sueños, y que sólo quería dormir a pierna suelta una noche. Estaba en el lago de un parque cercano, en una enorme caja de plomo. Pudo deshacerse de ese modo de él por sus contactos. Todo fue por desamor y una suculenta herencia.  

martes, 26 de agosto de 2014

Archivo Talamasca - Ella - Parte 2

David me ha dicho que tiene tres partes, la tercera será publicada el jueves. ¡Santo Dios! Yo ya quiero saber que demonios ocurre. 

Lestat de Lioncourt 


Habían pasado tantos años que las pistas ya no eran nada más que ecos del pasado. Hubiese dado parte de su alma, de su historia, por haber tenido los medios que hoy en día existen en el campo de la investigación sobrenatural y vulgar, como los simples desaparecidos. Las numerosas redes sociales, los aparatos de rastreo, medios de información más eficientes, microchips que hacen prácticamente cualquier cosa para mejorar tus bases de datos y un sinfín de mejoras que jamás hubiese sospechado conocer. Los grandes medios que se poseían para investigar eran simplemente la intuición, un buen informante y horas buscando pruebas en miles de lugares. Talamasca no vio correcto destinar medios y esfuerzos a una desaparición. No era algo que tuvieran que conocer. Su trabajo era informar sobre casos sobrenaturlaes, desempeñar algún trabajo con ellos y nada más.

David Talbot tenía ante sí una caja llena de misterios que fue colocando en una pizarra. Colocó una línea temporal y creó una historia. Había enormes huecos cerrados en falso. Habían confiado demasiado en el joven y nunca indagado en la historia del espectro, pues era violento y tan sólo destinaron recursos en librarse de él.

Después, con cierta desilusión, abrió el portátil para buscar el nombre en la red. Cada portal, cada nuevo sitio que investigaba, era para nada. Sin embargo, encontró una historia sobre un joven desaparecido. Era un hombre de unos setenta años, hablaba de su hermano que desapareció en las mismas fechas y que podía ser su hombre.

Por supuesto, tomó los datos y llamó por teléfono. Era tarde. Casi las cuatro de la mañana. El teléfono sonaba al otro lado. Posiblemente aquel sujeto descansaba plácidamente en su dormitorio, entre sus frescas y cómodas sábanas, mientras la noche se iba y un vampiro insistía en saber su historia. Finalmente, tras varios intentos, el teléfono se levantó y una voz somnolienta habló a David con cierta molestia.

—¿Qué demonios es?—preguntó—. Son las cuatro de la mañana y la gente duerme. ¿Se ha muerto alguien? Porque si no hay ningún muerto no me interesa. Puede contármelo por la mañana.

—Es sobre su hermano. Conocí a un muchacho con su descripción, estudiaba y trabajaba duro. Cierto día tuvo la desagradable sorpresa y experiencia de toparse con un ente, el cual le persiguió un tiempo—explicó rápidamente para que tomara interés su llamada, no le colgara y adoptara otra actitud.

—Mi hermano era Richard Anderson.

—Lo sé, pero hay varios Anderson y pensé que podría ser otro. Necesito que me confirme ésta historia—David se desesperaba. El hombre parecía confuso ahora. Su voz había tomado un tono extraño, como si le costase recordar.

—Recuerdo una chica de cabellos negros, muy largos. Solía llevarme al parque. Yo era un niño, pero pronto sería un adolescente. Él estaba enamorado de ella, incluso salió un tiempo con la joven, y cierto día desapareció. Él parecía perdido, con los ojos hundidos y no paraba de lamentarse. Su carácter cambió. Pocas semanas después vi a mi hermano muy asustado y me preguntó si creía en fantasmas. No sé si le he podido ayudar—susurró aturdido y al borde de las lágrimas—. He vivido con esa carga toda mi vida. Nunca me han creído mis padres. Yo les dije que se lo llevó esa cosa...

—Nos reuniremos en la dirección que usted ha dejado. En ese punto de reunión en el parque Greenwich Park frente a las puertas del Observatorio Real—comentó el vampiro mientras anotaba para sí, en una pequeña libreta, el lugar y la hora— Diez de la noche. No puede ser otra hora. Mi horario es nocturno. Soy investigador.

—Comprendo—dijo—. ¿Qué le lleva a buscar datos?

—Ya le dije que conocí a su hermano.


Las horas parecían eternas para David. Pasaban lentamente. Cuando llegó al punto de encuentro no quiso mostrar su rostro. Cuando menos viese de él ese anciano era mucho mejor. Preguntó por la muchacha, su vieja dirección y su nombre. Consiguió los datos después de hundirse en sus recuerdos, pues aquel pobre diablo ni siquiera recordaba bien su edad. Se alejaron ambos prometiéndose colaboración y David terminó por aparecer en la dirección que le ofrecieron. Era una vieja casa, o mejor dicho mansión, que perteneció siempre a una familia de cierto estatus.

domingo, 24 de agosto de 2014

Archivo Talamasca - Parte 1 - Ella

David ha logrado que me interese un caso sólo porque iba a verlo actuar como ladrón. Reconozco que tiene talento. 

Lestat de Lioncourt


Tomó con cuidado una de las carpetas marrones, ajadas por los años y cubiertas de una fina película de polvo, con sus manos enguatadas. Había ido a la Orden, para recuperar algunos archivos. Era el trabajo de toda una vida dedicada al misterio. Sus archivos y los de Aaron, así como los de Merrick o Jesse, le pertenecía. Ocasionalmente colaboraba aconsejando a los novicios, pero estaba completamente desvinculado de la orden. No percibía salario o ayuda de ellos, es más, David Talbot siempre fue rico. Era un joven acomodado, ambicioso y con talento cuando la orden lo sedujo. Por ello había cientos de carpetas con su nombre, o mejor dicho, con su firma.

Aquella noche buscaba en concreto un documento. Era uno de sus primeros casos. Recordaba al muchacho, delgado y pálido, temblando frente a él con los ojos hundidos. Había visto demasiado. No era un crimen lo que había presenciado, aunque era un suceso igual de traumático. Aquellos ojos enloquecidos, desesperados y sin esperanzas aún le perseguían. Richard Anderson era un chico poco social, que amaba la literatura clásica y solía ser el pardillo de la Universidad. Cuando Talbot tuvo el placer de conocer al muchacho sólo vio la punta del Iceberg, el caso le fascinó y deseó recuperarlo para guardarlo en sus propios dominios.

—David, ¿tan importante es ese documento para que hagamos todo eso?—preguntó Lestat apoyándose en una de las estanterías de metal.

—Sí, estamos en el sótano principal—comentó revisando la carpeta. Faltaban algunas fotografías y bocetos, también el testimonio final de la víctima—Aquí están los casos que ya han sido introducido en la base de datos, pero soy nulo para descodificar el sistema—decidió tomar la caja y llevarla hacia una pequeña mesa, la cual estaba tan llena de polvo como las estanterías.

—Pídele el favor a Mona—respondió su buen amigo encogiéndose de hombros.

—No—murmuró frunciendo el ceño.

—¡Qué terco! Sólo porque te rompió el corazón...

—No grites, no levantes la voz—se giró hacia él observándolo con cierta preocupación y molestia. Lestat parecía cómodo, como si eso lo hiciese todos los días. Él tenía la meticulosidad de un ladrón de cuerpos, pero su amigo parecía más bien un descarado muchachito que no le importaba ser arrestado.

—Lo siento—dijo acercándose a él—¿Lo tienes?

—Ya lo tengo.

Lestat sólo había ido para observar con sus propios ojos que era cierto. David Talbot se había convertido en un vampiro que arriesgaba su honor por unos cuantos papeles. Nadie podía atraparlos, pues sería terrible. Estaban en Talamasca y no solían aceptar que se saltaran de ese modo las normas.

Los pasos de ambos se perdieron por los pasadizos y terminaron saliendo al jardín colindante. Allí, no muy lejos, estaba el cementerio de Talamasca donde existía incluso fosas comunes. Algunos miembros, sin familia o por expreso deseo, decidían ser enterrados en aquel lugar. Era como un mausoleo de brujos, aunque no todos lo eran.

—¿Qué harás con esto?—preguntó acomodándose la americana azul marino que llevaba. La camisa de chorreras que guardaba tras aquella elegante prenda era cómoda, aunque demasiado estrafalaria. A veces usaba una ropa extraña, aparentando prácticamente que era parte de una de esas culturas jóvenes que hacían culto a todo tipo de historias, y leyendas, sobre espectros y seres sobrenaturales. Tenía las gafas colocadas en la cabeza, coronando su espesa cabellera rubia, y una sonrisa descarada—. Te estoy hablando, David.

—¿Qué crees que haré?—una sonrisa suave cambió la expresión seria y consternada de su rostro. Él también vestía una americana, pero todo su conjunto era sobrio. La chaqueta era oscura, los pantalones de vestir también lo eran y llevaba una corbata del mismo color que el traje, calcetines y zapatos. Era extraño que ambos fueran amigos e incluso compañeros eternos. Lestat creó a David en un intento desesperado por salvarlo y él, como no, se lo agradecía pese a todo—. Es obvio que debo revisarlo. Es un caso que concluí, pero el chico siguió pasándolo mal. Creo que ahora debe estar ya muerto, pues rondaba los veinte años y han pasado casi sesenta.

—Ah... ¿y para qué investigar?—sus palabras provocaron que David se parara y girara suavemente hacia él—.Ya, la verdad.

Horas más tarde, en un hotel de Londres, ambos descansaban cómodamente en una suite. La sala era una auténtica delicia. Lestat se perdía en las hermosas molduras del techo, la lámpara de araña que caía en el centro y los muebles victorianos. Se sentía en casa. Realmente era uno de los mejores hoteles donde solía hospedarse. David estaba inclinado hacia delante, sentado en el pequeño bureao del dormitorio mientras revisaba cada anotación.

“Archivo: 1235682 V
Fecha: 1952 – 25 Marzo
Localidad: Londres – Reino Unido
Introducción: Richard Anderson, joven estudiante universitario, dice sentir presencias que le influyen en su día a día. Ha venido a Talamasca a pedir ayuda. Siente que son los únicos que pueden comprenderle. Rechaza unirse a nosotros, pero sus poderes sensoriales son bastante notorios. Posiblemente se vuelva a ofrecer un puesto vacante, como novicio, para que colabore activamente.

El caso más preocupante de las visiones es el de una joven, de unos quince años, que aparece cotidianamente por los pasillos de su apartamento. La mujer le observa durante largo rato, murmura unas cuantas palabras y se lanza a su cuello apretándolo como si quisiera estrangularlo. Ha sentido sus dedos presionando el cuello, marcándolo inclusive, y tiene miedo. Decidió mudarse, pero la muchacha lo siguió hacia su nueva dirección y suele aparecerse en su dormitorio.

Ha sentido como la ropa de su cama cae al suelo, platos recién fregados salen despedidos del mueble, las luces se encienden o apagan, el televisor se ilumina en las noches sin programación alguna y los libros salen de la estantería para ir contra él, como si fueran armas arrojadizas.

Desea colaboración para eliminar al espectro que lo amenaza.

Caso:

Richard Anderson nos prestó la llave de su apartamento. Aaron Ligthner y yo hemos ido esta mañana. Ambos hemos sentido cierto enrarecimiento del ambiente. Nadie podría sentirse cómodo entre aquellas paredes, prácticamente desnudas de cualquier objeto salvo alguna estantería y un par de cuadros. Las ventanas estaban con las persianas alzadas, la luz de la mañana debía introducirse en aquel luminoso ático pero parecía lúgubre. La temperatura era inferior que en la calle, incluso podías sentir el aliento frío de la muerte rozando tu nuca. El joven Anderson no se ha despegado de nosotros, observando nuestras anotaciones e indicando alguno de los numerosos fenómenos.

El fenómeno más preocupante es que atenta contra su vida. Ya sea arrojando hacia él objetos varios, inclusive cuchillos, o aquel que ha intentado estrangularlo.

Mientras revisaba he visto a la joven reflejada en el espejo del baño, he intentado comunicarme con ella pero ha roto el espejo y los cristales, muy pequeños y finos, han sido lanzados contra mí. Gracias a mi destreza al esquivarlo sólo me ha hecho leves cortes en las mejillas, manos y algunos agujeros en la gabardina.

He procedido a pedirle a mi compañero que anote cada uno de mis pasos por la casa. De mi maletín he sacado unas cuantas velas y las he colocado estratégicamente, después hemos apagado la luz y empezado el ritual. Sin embargo, minutos antes le he ofrecido la medalla de San Benito al muchacho, así como la de San Miguel Arcángel, para que se sienta protegido. Aunque, ni siquiera una de esas medallas podrá parar a ese ser.

Juro que deseaba hablar con ella, pero sólo he podido expulsarla mediante alabanzas a los dioses de mi religión, el Candomblé, así como el ritual habitual para pedir que los espíritus encuentren la paz y su camino. No he podido averiguar si fue asesinada o tuvo una muerte violenta. Tampoco he podido comprobar si había relación entre ambos.

Aaron se ha encargado de la investigación sobre nuestro joven, pero está limpio. No hay nada sospechoso. No ha sido testigo de crímenes ni ha cometido alguno. Es un joven normal, con una vida sencilla y unos estudios de matemáticas, que nada tienen que ver con objetos antiguos o visitar lugares que pueden tener espíritus que finalmente vengan con nosotros hasta casa. Sospechamos que es alguien con poderes sobrenaturales, cierta visión y predisposición a atraer almas en pena. Sin embargo, no hemos dado con nada más. Sólo podemos decir que el caso ha sido resuelto.

Al día siguiente decidimos visitar a Richard Anderson, pero se había mudado. Aquella misma tarde, cuando nos marchamos del apartamento, había recogido todas sus cosas. Hemos intentado indagar donde se encuentra, pero es como si le hubiese tragado la tierra. En la universidad no saben nada de él desde hace días y al parecer ha dejado sus estudios. Nunca nos informó que hubiese dejado sus estudios o estuviese siendo presionado por otro espectro, demonio o cualquier ser sobrenatural. Estamos a la espera de noticias.

Redactado por: David Talbot
Fecha: 1952 – 14 Abril ”

—¿Vas a buscarlo?—preguntó Lestat recostado en el sofá.

—Es posible—murmuró—. El caso tiene lagunas y se cerró en falso. No teníamos pruebas de su vinculación con el ente que lo perseguía y tampoco sobre él. Sólo los datos que nos proporcionó la universidad—explicó.

—¿Cuál era?—dijo distraído con el dibujo del estampado del sofá.

—Imperial College London... ha tenido cambios en su dirección y desconozco si conservan archivos de sus estudiantes pasados tantos años—comentó incorporándose del despacho para ir hacia el salón, apoyándose en el respaldo del sofá donde se hallaba su creador y amigo—. ¿Crees que deba investigar?

—Y me lo preguntas a mí. ¡A mí! Tiene gracia—se echó a reír mirándolo a los ojos mientras abrazaba uno de los cojines—. Si quieres puedo acompañarte.

—No es necesario—aclaró—. Pero necesito que...

—No pienso vigilar a Louis, estás confundido si crees que voy a vigilar a un ser que me desea muerto—murmuró frunciendo levemente sus cejas—. No.

—No quiere destruirte, sólo le cansas—musitó acariciando sus dorados cabellos con sus manos sedosas, de hombre sabio a pesar de su aspecto joven—. Por favor.


—Pediré a un par de vampiros que averigüen si se encuentra bien, pero nada más. No pienso involucrarme de nuevo en la vida de ese cínico—aseguró, después soltó un largo suspiro y miró a los ojos pardos de David. Parecía preocupado, pero a la vez fascinado. Tenía un nuevo caso entre sus manos. 

domingo, 17 de agosto de 2014

Archivo Talamasca: Desaparecido

Un archivo de Talamasca que ha logrado recuperar David Talbot para todos nosotros, ¿quieren leerlo? Atrévanse. 

Lestat de Lioncourt 


Corría el año 1968, en pleno tórrido verano, cuando el joven Eduardo Gomez desesperaba en su pequeño apartamento. El abrumador calor de aquellas noches había impedido que descansara. Los grillos cantaban con fuerza y no había siquiera un poco de esperanza en una brisa pasajera. El sudor cubría su frente, entumecía sus músculos y el agotamiento era tal que ya prácticamente no podía moverse de su cama con las sábanas empapadas. Esa noche había ido tres veces al baño, para tan sólo introducirse bajo la ducha e intentar mitigar su desesperación.

Tenía los párpados pesados, el sueño estaba llegando al fin como si fuera una dulce nana, cuando escuchó voces que le susurraban desde el otro extremo de la habitación. Eduardo vivía solo desde hacía más de un año, cuando su compañero de piso desapareció sin siquiera saldar las deudas que tenía con él. Harto de tener malas experiencias compartiendo hogar decidió vivir solo, con algo de dinero en sus bolsillos y nada más. Así que aquello era imposible. También escuchó pasos mientras sentía que el sueño le podía. Su cuerpo estaba entumecido y ni siquiera podía defenderse con algo más que gemidos desesperados por despertarse. Había alguien, o algo, en la habitación y él no podía hacer nada. El sueño cayó como un telón de hierro.

La mañana llegó. El murmullo del tráfico le sobresaltó. Nada malo le había pasado, o eso creía. Se sentía mareado, pero creyó que era por el sudor. La cama estaba empapada. Sin embargo, cuando miró a su alrededor no era sudor lo que allí había sino sangre. Tenía el cuerpo cubierto de arañazos profundos, los cuales parecían haber sido hechos con las garras de un terrible animal. Rápidamente se dio una ducha para observar sus heridas con horror. Su rostro estaba avejentado, pálido y sus cabellos algo más largos. Caminó torpemente por el apartamento y comprobó que las escasas plantas que tenía, un par de macetas que le había regalado su madre, estaban mustias. El polvo cubría la mesa del salón, la comida de la nevera estaba podrida y comenzaba a estar nuevamente mareado. Quiso llamar a urgencias, pero no tenía línea. Tal como estaba, con tan sólo unos calzoncillos empapados en sangre, salió al pasillo y gritó ayuda. Después, se desplomó.


Al despertar al día siguiente en el hospital, tras varias transfusiones de sangre y puntos de sutura, supo que había pasado casi un año desaparecido. Incluso habían estado registrando su casa y allí no había nada ni nadie. Él no guardó silencio sobre la voz que oyó, indicó que alguien entró en su apartamento posiblemente forzando la puerta, pero la cerradura estaba intacta. Eduardo no regresó a su apartamento, regresó a su pueblo natal y se instaló en la vieja casa de su madre. Allí, meses después, volvió a desparecer y nadie más supo de él.  

martes, 29 de julio de 2014

El huésped

El huésped es una historia por entregas que nos dejará David Talbot en las próximas noches. ¿Quieren saber la verdad que hay en los sueños?

Lestat de Lioncourt


Aquella caja contenía varias libretas, algunas con la encuadernación completamente destrozada y varias hojas sueltas. En el interior de cada una existía una correlación de historias, hechos ocurridos a lo largo del tiempo durante siglos, que implicaban a la humanidad en un vínculo poco usual. Conocía bien el origen de cada historia, la fecha en la cual fueron escritas y por supuesto los garabatos de los diversos bocetos llenos de detalles inusuales. Era una locura tras otra, pero una locura real. La persona que lo escribió la tacharon de loco, sobre todo porque muchos de los hechos que describían sucederían décadas después y algunos aún no habían ocurrido. Se suponía que los fantasmas no pueden saber hechos futuros, sólo el pasado y el presente que han estado viviendo. Sin embargo, él conversaba con espectros que acudían en él en busca de auxilio. Sí, él conocía al pobre infeliz que tenía la desgracia de tener tan maravilloso, y peligroso, don.

El nombre del joven era Jerónimo Snow. Snow era un chico delgado, de ojos hundidos debido a las ojeras que siempre tenía, de piel alarmantemente pálida, labios carnosos y rosados, manos delicadas y que veía habitualmente ropa oscura. Siempre parecía estar de luto. Sus cabellos negros, largos y sedosos caían en cascadas onduladas contra sus pómulos marcados, su largo cuello y sus hombros hasta prácticamente su cintura. Solían burlarse de él continuamente, pero hacía oídos sordos a cada crítica y juicio precipitado. Habitualmente se sentaba frente a su escritorio, tomaba una de sus libretas y narraba sus sueños. No podía dormir tranquilo. Cuando cerraba los ojos vivía otras vidas, veía otros mundos y saboreaba cada instante como si fuese el último. Se podía decir que su mirada era sabia y vieja debido a todo lo que había sucedido en su día a día. Y a pesar de amar soñar, como era de esperarse para cualquiera que tuviese sueños tan extraordinarios, no descansaba. Al despertar se sentía agotado y parecía desganado. Sin embargo, también tenía un apetito voraz y una sed imperiosa.

Talbot había investigado durante décadas su caso. Cuando se conocieron en persona el muchacho tenía casi treinta años y en veinte años no había dado con la solución. Ya no era un joven, sino un hombre adulto. No le asustaban los monstruos de los cuales podía hablar, ni del desarrollo de los hechos en su vida en cada sueño, pero sí le inquietaban los fantasmas que se aparecían frente a frente.

»—Todo ocurrió cuando contaba con nueve años. Una noche me desperté y observé por la ventana. El cielo parecía más oscuro y perverso que en otras ocasiones, las ramas de los árboles se agitaban y la tormenta estaba a punto de descargar toda su furia. Había relámpagos y truenos, los cuales me hacían temblar, y un silbido debido a la ventisca. Hacía frío y tenía las manos heladas. Casi no sentía los dedos o la punta de la nariz, pues la temperatura había descendido de forma drástica—dijo todo aquello sin pestañear. Su voz era dulce, casi aterciopelada, y tenía un punto femenino que le hacía parecer un ángel. Sí, sin duda parecía un ángel atormentado con las imágenes que Dios le lanzaba. Sin embargo, él se veía a sí mismo como un demonio castigado por Dios. Era un hecho que creía que aquello ocurría porque era malo, pero aún así los sueños eran perfectos.«

David escuchaba siempre sus historias mediante el teléfono, cartas y documentación que enviaba a la Casa Matriz de Londres. El joven era escocés, casi no había salido del pequeño pueblo donde había crecido y no tenía demasiada relación con el mundo. Vivía por y para los sueños.

»—A veces, deseo ser normal, pero luego pienso que entonces sería como todos y eso me asusta—confesó una vez.«

La última vez que se vieron frente a frente David ya era un anciano. No tenía soluciones para él, ni siquiera sabía si las hallaría. Después de todo lo ocurrido con Lestat abandonó todo, pero siguió investigando otros hechos. Snow quedó olvidado. Sin embargo, esa noche tenía frente a él las libretas que le enviaba y algunas más, las que consiguió hacía unas semanas. Era increíble, pero aquel hombre había seguido soñando.


Talbot jamás se lo dijo a la Orden, pues sabía como actuarían. Tenía miedo lo que podía ocurrir con él. Era como un fenómeno de feria. Sobre todo, porque cuando lo veías dormir podías comprobar como sus ojos se movían bajo sus párpados y como te miraba aunque no lo hiciese exactamente. Había algo dentro de él, usándolo. Deseaba llegar hasta el fondo del asunto. Era necesario saber qué era, qué quería y a quién asaltaría. Él había muerto, pero había millones de personas que podían ser el nuevo huésped.  

Observó la letra del muchacho, notó como con el paso de los años se veía más degradada y contenía símbolos que sólo había visto en algunos libros en la biblioteca de la orden. Libros prohibidos para novicios, en los cuales se narraban distintas formas de vida que ya no existían y que se habían refugiado en la oscuridad. Eran espectros que buscaban manipular a las personas y absorber su energía, dejarlos débiles, pero aún ni siquiera sabía a ciencia cierta que clase de ser se apoderaba de personas con cierto potencial. Todo era tan confuso como aterrador. 

sábado, 17 de mayo de 2014

La otra vida

Nuevo Archivo de TALAMASCA de mano de David Talbot, que ha decidido desempolvar viejos casos, para que ustedes puedan leerlos. 

Lestat de Lioncourt 

LA OTRA VIDA 


La siguiente historia ocurrió en Londres, las mismas calles que vieron nacer a varios de nuestros más ilustres dirigentes. Sí, estas calles llenas de encanto y secretos. Todos conocemos los crímenes sangrientos que ocurrieron en ellas, pero pocas veces apreciamos los nacimientos más relevantes o las muertes más curiosas, que no sangrientas, que aquí han sucedido.

Todo comenzó el 6 de Octubre de 1868, un invierno duro para todos. En uno de los barrios obreros, donde la inmundicia cubría todo, se levantaba un pequeño ataúd que había sido velado durante dos largas noches por una madre destrozada y un padre hundido. El pequeño cuerpo que había en su interior, inmóvil y con sus prendas de los domingos, era el de Allan Smith de siete años de edad.

La comitiva enfiló hacia el cementerio intentando concentrar sus mayores esfuerzos en apoyar a la madre, la cual llevaba en sus brazos al pequeño Sam, pues parecía desvanecerse por instantes. Allan era el hijo mayor y había crecido fuerte y sano hasta el verano. El pequeño comenzó a enfermar, las fiebres eran recurrentes del mismo modo que sus pesadillas y solía ver cosas que nadie más veía. Muchos estaban convencidos que eran las fiebres, pues les hacía delirar, pero otros opinaban que era un demonio que había entrado en su pequeño y tierno cuerpo. Sea como sea, el pequeño, encontró la paz reuniéndose con su creador.

El entierro fue trágico, pues tan sólo estaba comenzando a vivir y a conocer lo duro, pero maravilloso, que era el mundo que le rodeaba constantemente. El pequeño había dejado una brecha terrible en la familia y cuando regresaron al hogar la madre no podía dejar de llorar, temblar e incluso se repetía a sí misma que había sido su culpa. El pequeño Sam lloraba en su cuna, sin ser cuidado por su afligida madre, y Allan Smith, el padre del pequeño Allan, abría una botella de whisky de mala calidad para poder quitarse la sequedad de la garganta.

Tres días más tarde apareció la policía frente a la casa. El padre pensó que se debía a un error, pero cuando estos pasaron visiblemente afectados, con el rictus de su cara lleno de consternación, sintió que no podían estar engañándolo. Pidieron al hombre que se sentara y que no avisara a su esposa hasta que el asunto fuese aclarado.

» —Sr. Smith debemos comunicarles, mi compañero Charles y yo mismo, que hace unas noches alguien escuchó ruidos próximos a la tumba de su hijo Allan—dijo provocando que el padre reaccionara llenándose de furia y también de un dolor casi imposible de soportar.

—¿Quién ha sido?—preguntó apretando sus puños con fuerza.

—El centinela del cementerio decidió inspeccionar la zona, pero no había nadie. Los ruidos venían de dentro del ataúd y decidió sacarlo con gran esfuerzo—explicó—. Supuso que el pequeño podía estar vivo.

—¿Qué?—se llevó las manos a la cabeza y después al uniforme del agente—. ¿Qué ocurrió?

—El pequeño estaba dentro, con claros síntomas de hipotermia y asfixia. Anoche quedó estable, pero le hemos informado hoy, a primera hora como usted ha podido comprobar, porque no era casi imposible de encontrar la vivienda—dijo con calma mientras veía como el hombre recuperaba la vida en su mirada.«

Lo que nadie, ni siquiera el señor Smith, podía imaginar es que ese pequeño, de ojos azules y cabello azul cobrizo, no traería precisamente la felicidad. Al llegar con el pequeño, lo presentó a su madre como un milagro, ésta reaccionó de forma terrible rechazándolo. Ella no podía aceptar que su pequeño había regresado, algo que para otras madres hubiese sido un increíble milagro. Decía ver el mal en sus ojos azules y redonda cara blanquecina.

Una semana más tarde encontraron al pequeño ensangrentado, llorando por las calles, y al personarse en su vivienda se encontraron los cuerpos de su hermano pequeño, su madre y su padre asesinados, descuartizados de la forma más horrible, y él lloraba incesantemente. Sus pequeñas manos estaban manchadas de sangre, igual que su pijama, y parecía estar en medio de una terrible conmoción.

Al no tener más familia en la ciudad, y al no quererse hacer cargo nadie, lo llevaron a un orfanato donde ocurrieron sendos suicidios de profesores, accidentes terribles de alumnos y algún que otro animal. El muchacho despareció del mapa, como si los propios infiernos lo hubiesen acogido, durante años. Se supo de nuevo de él poco antes de los crímenes de Jack “El destripador”. Después, silencio de nuevo.


Algunos de nuestros laureados investigadores han intentado seguir sus pistas, pero no han hallado nada. Ni siquiera pueden asegurar que los crímenes fueron cometidos por él. La asombrosa resurrección y vida de Allan Smith sigue siendo un misterio sin resolver.  

viernes, 2 de mayo de 2014

La radio - ARCHIVO TALAMASCA

David Talbot nos presenta uno de los archivos sin resolver. 

Lestat de Lioncourt 


Justin Mirror era un hombre de raza negra, de casi cuarenta años, y que hasta el momento jamás había llamado la atención a sus vecinos. Sin duda era una sombra, pues debido a su habitual empleo a penas pisaba su vivienda por muchas horas. Él era el típico que iba a casa para cenar y dormir. A penas encendía la radio, televisión o el ordenador de sobremesa, algo anticuado, que tenía en la sala de estar. Se había divorciado recientemente porque su esposa se cansó de vivir con un fracasado, pues así veía ella a un coleccionista de objetos antiguos que vivía por su trabajo.

Durante varios años se había pasado la vida recogiendo enseres de viejas casas que era reformadas, muchas de ellas vendían algunos muebles y objetos interesantes. También visitaba viejos puestos de antigüedades y casas de empeño. Aquella calurosa tarde de primavera, cuando las flores aún estaban empezando a abrirse y el jazmín bañaba las calles con un aroma inconfundible, decidió pasear perdido en sus pensamientos. Hacía días que había perdido su trabajo y estaba desanimado, algunos de los artículos que había adquirido y restaurado estaban en venta cada día en su porche. Lo que fue por mera diversión ahora era, sin duda alguna, parte de su sustento.

Al pasar por una vieja caserona, la cual estaba abandonada desde hacía una década, se percató que la puerta estaba abierta. Pensó que podría hallar a nuevos inquilinos y comprarle algún objeto, restaurarlo y venderlo ganando algunos billetes.

Justin entró en la vivienda preguntando si había alguien, pero le respondió el eco de su voz. Sobre la mesa encontró una vieja máquina de escribir que le llamó poderosamente la atención y una radio. Pensó que si no había nadie, ni nadie lo veía, podía llevarse esos objetos sin pagar un dólar por ellos. Además, se veía que la casa seguía abandonada y que nadie había siquiera pensado en adquirirla.

Con algo de vergüenza, pues se sentía mal por estar llevándose aquello sin permiso, tomó la máquina de escribir y la radio. Era una radio muy bonita que en otra época había sido la delicia de alguien. Él tuvo una parecida cuando era niño, pero la perdió en una mudanza y jamás encontró otra igual. La máquina de escribir le recordaba a las robustas máquinas de los viejos negocios, donde las cartas y facturas se hacían a máquina y no con los modernos ordenadores.

Al llegar a casa limpió ambos objetos, los observó durante más de una hora y compró su funcionamiento. La radio no funcionaba en absoluto, pero la máquina escribía muy bien. Tenía todas las teclas, estaba bien engrasada y el tiempo no había destrozado su mecanismo interno. Decidió que intentaría arreglar la radio, pues podía encontrar por Internet alguna información, pero eso sería al día siguiente.

Esa noche soñó con la radio, cosa que le pareció curiosa, pero al despertar la escuchó sonando como si estuviera arreglada. Pensó que seguía soñando, sonrió y se echó a reír, pero cuando escuchó el siguiente mensaje sintió un escalofrío que le heló la sangre.

“Vas a morir. Vas a morir. Yo sé que vas a morir. Vendremos a por ti.”

La música que sonaba era de los años ochenta, las cuñas publicitarias eran de esa época y sintió un escalofrío terrible. Se incorporó de la cama y fue a mirar la radio, que se hallaba en la habitación contraria. Tembloroso, con la frente empapada en sudor frío, tomó la radio entre sus manos y compró que realmente funcionaba pero que el botón de apagado seguía pulsado.

Intentó hablar con su ex-pareja durante varios días, pues estaba asustado, pero ella no quiso escuchar. Sus viejos compañeros de trabajo pensaron que se había vuelto loco después de ser despedido. No tenía amigos lejos de la cadena de producción donde trabajaba, se sentía perdido, sus familiares más cercanos habían muerto hacía años. Se encontraba solo y angustiado. Así que se sentó frente a la máquina de escribir y comenzó a redactar la siguiente carta.


“Me llamo Justin Mirror, tengo treinta y siete años, vivo en New Orleans y creo que tengo un objeto maldito. Reconozco que la curiosidad, la necesidad y cierta codicia me han metido en éste lío. Hace algunos meses me quedé sin empleo y decidí vender las antigüedades que he adquirido estos años, las mismas que he arreglado.

Cerca de mi vivienda existe una caserona, la cual tiene aspecto de haber sido abandonada hace décadas. Nunca he visto a nadie viviendo en ella. El césped está descuidado, aunque yo no llamaría a esos hierbajos césped. Los árboles están tronchados porque las ramas pesan demasiado, hay enjambres de abejas y cucarachas muertas por todas partes. La puerta siempre ha estado trancada, pero un día la descubrí abierta.

Pensé que podía echar una ojeada, pues quería comprar nuevos objetos a bajo costo y venderlos después de arreglarlos. Decidí que podía hacer de mi pequeño pasatiempo mi sustento mientras no encontraba nuevo trabajo. Dentro no había nadie, pero sí dos objetos que me parecieron curiosos. Uno es la máquina con la cual estoy redactando ésto, ya que pensé hacerlo por ordenador pero no tengo impresora, y otra es la radio.

La radio no funcionaba y decidí investigar en otro momento como arreglarla, pero al día siguiente al despertar escuché música. Pensé que era un sueño, sin embargo escuché una cuña publicitaria donde me decían que me iban a matar. He escuchado esa cuña cada hora.

Por supuesto he intentado hablar con conocidos, pero todos creen que me volví loco. La que fue mi mujer durante diez años cree que es un intento para que regrese con ella, pues si tengo miedo y problemas podría regresar para ayudarme. Pero no es así. No estoy loco y no es mentira. Realmente escucho esa radio.

La música es de los ochenta, son programas que yo escuchaba de adolescente y juro que cada hora queda en sonido blanco y se escucha esa voz tétrica con un pequeño jingle muy contagioso. No podría definir bien la melodía, pero es un piano algo siniestro.

He escuchado de ustedes y desearía que vinieran a mi casa. Por favor, su organización es lo único que tengo. Estoy desesperado. Envíen rápidamente a un detective de lo paranormal. Necesito que alguien me ayude.

Justin”


La carta llegó a Orden hace varias décadas, pero al remitirnos a la dirección no pudimos hacer nada por él. La radio no se encontraba en la vivienda, pero sí la máquina de escribir y él muerto en la cama. Muchos dijeron que había sido un infarto provocado debido a un gran susto o quizás un gran esfuerzo, pero nadie estaba de acuerdo con ello. No hemos podido encontrar el objeto. De esto hace veinte años el mes próximo.  

martes, 22 de abril de 2014

El loco

El loco es una historia de Archivos Talamasca. Espero que les agrade.

Lestat de Lioncourt

Habían pasado varios años desde la primera vez, pero siempre que sucede se siente con la misma violencia. El olor a podredumbre era intenso y las paredes parecían derrumbarse a su alrededor. Al fin lo estaba viendo con sus propios ojos. Era el infierno surgiendo bajo sus pies, entre las baldosas de color tierra de su vivienda, llamándole e incitándole a indagar hasta caer en una vorágine de terror y pánico.

Todo había empezado una mañana de verano de hace más de veinte años. Él se encontraba en su nueva vivienda, un lugar agradable y confortable, que había comprado con ciertos esfuerzos. Su esposa se encontraba fuera, en el jardín, acariciando su vientre mientras imaginaba los naranjos, limoneros y diversas plantas que ella mandaría plantar a su hermano, jardinero de profesión. Ambos tenían los ojos llenos de ilusión, con esa chispa de vida, y una sonrisa cargada de esperanza.

Había conectado la radio en la habitación de su futuro hijo. Sin embargo, la señal parecía no llegar. Se escuchaba un ruido blanco y una voz oscura hablaba, o prácticamente balbuceaba, palabras inconexas de las cuales sólo se pudieron salvar “El mundo pronto cambiará y de la tierra surgirá el infierno”.

Sintió miedo y un sudor frío recorrió todo su cuerpo. Sus manos temblaron y sus labios se abrieron mientras intentaba ser razonable. Sin embargo ¿cómo se puede ser razonable con algo así? Su mujer apareció cuando aún era prácticamente una estatua de sal. Ella lo tocó, tomándolo del brazo, e intentando que le mirara. La radio se había quedado sin sonido, como si supiese que ese secreto debía guardarse y perderse con ambos.

—Francisco, me estás asustando—dijo tomándolo de los brazos para girarlo hacia ella.

Sus ojos verdes, los cuales eran como un prado fresco, estaban inquietos y asustados. Él parecía verla y a la vez se hallaba en un mundo de tinieblas. Sus pupilas estaban dilatadas y a penas se veía el hermoso color gris de sus ojos. Tenía las mejillas pálidas, aunque en realidad era toda la cara. Parecía de cera.

—¡Francisco!—gritó agitándolo mientras sus cabellos pelirrojos caían sobre su frente.

—Sofía, Sofía... —murmuró reaccionando para tomarla entre sus brazos.

Después de varios días logró contarle que había sucedido y ella supuso que era el cansancio, la emoción y mucha imaginación. Francisco era escritor y pasaba días leyendo viejos informes de diversas fuentes de parapsicología para elaborar historias de terror plausibles. No obstante él sabía que eso que había escuchado era real.

Un año más tarde, cuando el bebé se encontraba en la cuna, lo escuchó llorar y corrió a la habitación. El pequeño se hallaba allí, temblando y sudoroso, tenía sus hermosos ojos verdes cubiertos de lágrimas y su cabello rubio, como el suyo, empapado en sudor. No dudó en sacar a su mujer y a su hijo de la vivienda después de escuchar el murmullo de aquella voz, otra vez, sin parar.

Sofía dejó a Francisco un año más tarde debido a las distintas discusiones. Ella alegaba que habían derrochado el dinero en una vivienda hermosa, pero que no podían regresar por sus locuras. El pequeño Javier se aferraba al colgante de su madre, una pequeña esmeralda, justo antes de romper a llorar dejando como última imagen ese recuerdo a un hombre destrozado. Su mujer alegó que estaba loco para no permitirle ver al pequeño y éste creció sin padre; su padre envejeció sin su hijo.

Hacía casi veinte años que no veía a su hijo, los mismos que había vivido pagando la hipoteca de una vivienda que no disfrutó. El jardín estaba lleno de maleza y los muebles cubiertos de polvo. Todo estaba igual que cuando decidieron marcharse. Todo, incluyendo la voz.

—Nos volvemos a ver—susurró la voz—. Ven conmigo.

Una sombra gigantesca consumió la escasa luz del atardecer, las baldosas se movieron y él cayó al suelo gritando. La casa misma comenzó a temblar. Según los vecinos parecía derrumbarse. A la mañana siguiente lo encontraron en una esquina de la habitación, aún vivo.


La historia la ha contado escribiéndola en un portátil que la orden ha decidido llevarle, pero no habla. Al parecer ha sufrido tanto que se desconoce si es causa del estrés o de algo sobrenatural. Su ex-mujer no ha ido a visitarlo, tampoco su hijo. Realmente no se sabe si la historia es cierta, aunque pronto se enviará aun nuevo investigador a la zona para indagar profundamente en el fenómeno.  

Según Francisco Solis, un hombre de cincuenta años, ha visto el infierno y ha conocido al demonio. Conoce bien los pasadizos del horror y el dolor más terrible en su piel. Sin embargo lo único que han encontrado en su cuerpo son sendos arañazos y cortes profundos, quizás hechos por un asaltante o posiblemente por un ente de otro mundo.

sábado, 5 de abril de 2014

Una verdad incómoda II (Parte 1)

Una verdad incómoda es parte de un relato sobre la verdad oculta ante el mundo. David Talbot viaja hasta Dubái en ésta entrega para poder hablar con Khayman. ¿Logrará hacerlo?

La parte final será subida mañana. 

Lestat de Lioncourt


Las pisadas sobre el asfalto de Louis eran casi imperceptibles. Era elegante y mágico. Podías ver su figura vagabundear por las Jackson Square como si fuese parte de la estampa de otra época. Sin embargo sus ropas eran actuales y su aspecto cuidado. Había logrado un milagro David cuando lo confrontó semanas atrás. Parecía más centrado en la vida y menos en la ira interior que carcomía su alma. Todo había comenzado con su intento de suicidio y su recuperación pasmosa con la sangre de Lestat, de Merrick y de David.

Talbot se encontraba imbuido en sus asuntos, mucho más oscuros que los que posiblemente Louis podía siquiera sospechar. Los ojos verdes de su acompañante eran como los de un gato cubierto por la curiosidad y la sospecha. Su aspecto imponente, aunque delicado, era sin duda el ejemplo perfecto de belleza atemporal que muchos vampiros envidiarían. La tez algo más oscura, los ojos cafés y profundos, el paso comedido y natural de David eran un fuerte contraste a la pomposidad de sus movimientos y la larga cabellera ondulada.

—Puedo percibir tu desasosiego—comentó Louis tras detener sus pasos y quedar frente a él, tomándolo de los brazos justo por encima de los codos—. No soy un estúpido que no comprenda tus necesidades. Por favor, dímelo.

—No es lo que crees—respondió de inmediato.

—Oh, ya veo. ¿Y qué es lo que creo según tú?—preguntó con una sonrisa burlona—. David Talbot director de la orden de detectives de lo paranormal denominada como Talamasca. Puedes ver, pero no puedes actuar. Y sin embargo terminaste siendo un vampiro y un idiota tras la pista de un ególatra—soltó una honda carcajada antes de volver a su seriedad frunciendo el ceño, apretando suave y sensualmente sus labios, para luego depositar un beso en su mejilla—. Extrañas esos días.

—Sí y no—dijo tajante—. La orden se volvió pérfida, siniestra, sin gusto y sin sabor. Desde la muerte de Aaron, y más desde que desapareció Merrick, no he querido acercarme demasiado a ellos. Es cierto que tengo infiltrados que me dejan información sobre nuevos casos, pero eso no es trabajar para ellos porque yo trabajo solo.

—¿Alguna vez trabajaste en grupo?—susurró relajando su ceño para luego mirarle divertido—. Dime ¿qué es lo que tramas? No puedes mentirme.

—Quiero investigar un asunto—respondió soltándose de Louis para tomarlo del rostro—. Algo fuera de cualquier lógica racional.

—Explícate—dijo completamente hundido en el misterio que David parecía tener. Nuevamente lo miró como en aquellos días en los cuales se conocieron. Los ojos de Louis eran como dos océanos verdes, completamente cubiertos de plantas suspendidas en las aguas, tan calmados como profundos—. Deseo ayudarte.

—Hace tiempo descubrí que hay culturas que poseen mismos patrones. Culturas de la antigüedad que no podían conectarse como actualmente sucede. No había transporte ni medios para comunicarse y tomar ejemplo unas de otras. Encontré ciertas tablillas y las descifré a mi modo, logré que el mensaje saliera de su olvido. Era un lenguaje que parecía, y parece, mezcla del egipcio y de algunas tribus nativas de la zonas central y norte del continente americano—deslizaba sus dedos por la blanca tez de de Louis y éste suspiró.

—Puedo encontrar a alguien que te guíe y posiblemente es a él a quien necesites, deseas a tu lado y ansías una conversación profunda. Ambos sabemos quien es—comentó—. Khayman—añadió.

—Logré contactar con él hace meses pero...

—Ni siquiera te atreviste a señalar su cultura como algo procedente de otros mundos. Lo sé—expresó encogiéndose de hombros y luego sonrió—. Oh David... eso es lo que me excita de ti.

—¿Qué exactamente?—preguntó sorprendido.

—Saboreas el misterio, sabes retenerlo en la punta de la lengua, pero eres lo suficientemente previsor y caballero para en contadas ocasiones no actuar como quieres. Yo deseo que seas más impulsivo, David, y a la vez quiero que seas el hombre sensible que se ahoga en libros—se alejó de él dando un par de pasos mientras se abrazaba a sí mismo—. No me hagas caso, David. Sólo soy un maníaco que disfruta matando. Oh, sí. Disfruto quitando la vida. Me excita el olor a muerte a mi paso porque siento que me debe acompañar para siempre. Es como mi perfume personal. Soy mortífero, querido. Soy el culmen de lo horrible y sensual. Yo sé que es así y no intentes hacerme ver lo contrario—se giró suavemente hacia él y se echó a reír—. Y no olvides mi lema...

—El fuego purifica—dijo serio aunque con un toque divertido.

—Así es. Soy una bestia que ama el fuego—se acercó a él colocando sus manos sobre su torso fuerte y varonil, algo más ancho que el suyo propio, y lo miró con una sensualidad que excitaría a cualquier hombre o mujer—. Y tú un cazador.

Ambos se fundieron entonces en un beso apasionado. Las manos de David se colaron bajo la camisa de Louis y éste se erizó jadeando cerca de los labios de su amante. Sin embargo la mente del antiguo miembro de Talamasca estaba hundida en el misterio y buscaba deshacerse del laberinto, en el cual se hallaba, lo antes posible.

Las noches siguientes se dedicó a viajar por los diversos lugares donde Louis decía creer que podía estar. Sin embargo no hizo falta buscar demasiado. Fue en Dubái donde dieron con él subido a un flamante deportivo rojo mientras se saltaba un semáforo. El cabello negro y espeso de Khayman al aire, su pose divertida y tierna, así como el desafío que era para muchos automovilístas, policías y cualquiera en realidad, le daba un toque peligroso. Al detener su vehículo y bajar de él observó minuciosamente a David.

—¡Un abrazo amigo mío!—dijo tras bajar las gafas y abrir sus brazos corriendo hacia él—¡Ja! ¡Sabía que volveríamos a vernos!—lo estrechó fuertemente mientras David intentaba no turbarse por la oleada de poder que éste poseía—. Oh, Talbot te ves increíble con ese traje—comentó agarrándolo del rostro para plantar un beso en su boca—. ¡Oh! ¡Pero que fantástico traje!

—He venido para saber la verdad—expresó provocando que aquel milenario lo soltara y meditara sobre las palabras que había logrado escuchar—. Pero aquí no.

—Si es la verdad sobre Akasha y Enkil todo está dicho—dijo con una leve sonrisa en sus labios— ¿Tanto os gusta a los jóvenes escuchar las viejas leyendas de nuestros labios?

—No tiene que ver con ellos, aunque no sé si estaban en conocimiento de lo que ocurría en su sociedad—comentó levantando suavemente un maletín de cuero negro que llevaba consigo. Estaba aferrado a él con su mano derecha, tan pegado al asa que parecía una prolongación de su cuerpo, y cuando Khayman lo vio sintió una curiosidad inmensa por descubrir de qué se trataba.

—¿Qué llevas ahí?—preguntó deseando tocar la piel para sentir la rugosidad de ésta bajo sus yemas.

—Una verdad incómoda sobre el origen de vuestra superpotencia en épocas remotas—aquello hizo que Khayman sonriera—. ¿Qué sabes?

—Poca cosa. Lo poco que mi padre me contó antes de morir...

Khayman tenía un aspecto desenfadado y algo europeo. Sin embargo, llevaba una especie de Thawb blanca aunque con toques modernos y posiblemente hecha a su gusto, ya que era algo más corta que la tradicional, y bajo ésta se vislumbraban unos jeans oscuros y unas deportivas muy cómodas. Tenía el pelo suelto, algo alborotado por el viento, y tan largo como en sus días de gloria. Sus ojos eran mucho más profundos y sagaces que los de cualquier otro vampiro. Él respiraba bondad, franqueza y naturalidad pese a sus milenios.


—Quiero oír la historia.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt