Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 9 de diciembre de 2015

Ella, mi reina

Hay cosas que no se pueden olvidar pasen los años que pasen, ocurra lo que ocurra, porque vienen a tu mente como un fantasma de otros tiempos y te secuestran la paz que crees haber logrado. Te arrancan de los brazos de los sueños más placenteros y los convierten en pesadillas siniestras; como si fueran sombras desatadas del infierno, y te buscaran para llevarte con ellas. El rico mundo de nuestros recuerdos, llenos de disimilitudes y victorias, está lleno de rostros que una vez tocamos con amor u odio. Ella es uno de esos rostros que aparecen últimamente con fuerza y claridad, provocando que me despierte en medio de la mañana llorando amargamente.

Me revuelco por el colchón, arrastro las sábanas que cubren mi cuerpo desnudo y golpeo la almohada con rabia. No puedo ocultar que me preocupa el hecho de no saber qué fue de su cuerpo. He intentado que el monstruo que yace en mi interior, aunque para mí es un compañero que me aparta de caminar siempre solo, me lo diga. Él no sabe qué ocurrió, según él la enterraron en algún lugar donde nadie pudiese perturbar sus restos. Sin embargo, deseo saber dónde está la reina.

Sería inútil mentirme diciéndome que no la amaba. No puedo negarme a mí mismo unos sentimientos que siempre van a estar ahí. Creo que fue uno de esos amores que no se pueden perder, pero que tampoco se podían mantener. Ella estaba obcecada en cambiar el mundo de forma brusca con guerras sin tregua. Había visto la monstruosidad del hombre, las bombas de racimo y las guerras bacteriológicas más modernas. Durante décadas estuvo frente a un televisor que mostraba noticias terribles de cualquier parte de éste mundo. Mostraban a hombres con fusiles armando a niños inocentes, mujeres llorando por la crueldad de la sociedad moderna y supuestamente civilizada, así como ancianos morir solos en apartamentos pequeños donde nadie los recordaba. Ella estaba harta de ser una diosa muda y decidió alzarse con una verdad que no era cierta. Aún así, pese a sus errores, sé que quería cambiar y que ella misma se dio cuenta de su error.

No puedo apartar su rostro mirándome y sus palabras surgiendo de sus labios sellados. Puedo oír su voz, pero no veo cambio en sus facciones. Posee unos ojos profundos de horrible tristeza, amarga verdad y de ruinas de sueños que creía perfectos. Si hubiésemos permitido que ese mundo, gobernado por mujeres, existiera muchos hombres inocentes hubiesen padecido. Ella fue traicionada por los hombres, vilipendiada y olvidada por sus guerreros, y eso hizo que se diese cuenta que fue estúpida al imponerlos sobre las mujeres. Quiso un mundo de mujeres, pero no se percató que el mundo necesita también lo masculino.

Si no hubiese estado tan herida posiblemente me hubiese escuchado. Habría visto que hay mujeres muy fuertes que pueden librar batallas solas, sin que ella intervenga o les de la razón. El mundo es un Jardín Salvaje, somos bestias y las bestias siempre luchan. Las guerras son terribles, pero no sólo son de hombres. También hay mujeres que agarran fusiles, mujeres que ordenan guerras, mujeres que odian a otras mujeres y mujeres que golpean a sus hijos, amantes o padres. La violencia ciega no sólo la ejerce el hombre, también la mujer. Debió verlo y yo debí mostrárselo. Me siento culpable porque no supe calmarla, darle mi amor y ofrecerle la verdad de éste mundo.

Ahora, cada amanecer, la veo. Es como si me pidiera que fuese a buscarla. Me siento en la necesidad de correr por medio de las calles de éste mundo, encontrarla y abrazarla besando su frágil piel. Recuerdo como quedó el cuerpo de Khayman y las Gemelas. Eran sólo envoltorios frágiles que se rompían si los tocabas. Tal vez no quede nada de ella, ni siquiera un alma que ronda éste mundo buscándome. Pero mi conciencia no está tranquila, mi amor no está tranquilo.


Si pudiese dar un consejo a todos los mortales, hombres y mujeres, es que intenten comprenderse mirándose a los ojos, deteniéndose un segundo a escuchar, porque eso evitaría muertes, dolor y rabia. No sean como nosotros. Sé que nos aman e idolatran, pero nosotros no somos perfectos. No pude ser el Príncipe que ella esperaba. La Bella Durmiente despertó y yo no estuve a su altura. Sin embargo, puede que mis sueños me recuerden que debo escuchar, amar sin medidas y ofrecerle al mundo algo más que mis deseos.  

viernes, 25 de septiembre de 2015

Ella, mi madre inmortal

Tarquin hablando de Petronia de forma algo distinta a lo habitual. Me gusta que lo haga.

Lestat de Lioncourt


Ella me recordaba a Heliogábalo. Mi tutor, y amigo, decidió ofrecerme su conocimiento sobre historia, literatura y política. Me explicó con paciencia los clásicos griegos y romanos, así como puso especial hincapié en sucesos terribles de la Roma antigua. Deseaba que comprendiera que el amor y el odio era algo habitual en éste mundo, como si fuese el doble filo de un puñal, el cual se enterraba con firmeza en nuestros corazones. Heliogábalo era un emperador que murió con tan sólo dieciocho años, el cual estaba decidido a ser una mujer de pleno derecho e intentar cambiar sus genitales sin importar el precio. Todos lo veían como un hombre excéntrico, que tuvo varias mujeres y a ninguna amó, que se ofrecía a los hombres y se deleitaba con uno de sus amantes. Siempre maquillado, delicado en sus modales y terriblemente seductor. Por eso ella me recordaba a él.

Era una mujer hermosa si se lo proponía, pero podía mostrarse como el hombre monstruoso del cual todos se burlaban. Petronia era hermafrodita, tenía ambos genitales y un alma azotada por el dolor. Sin embargo, ese no era el mayor horror o carga que soportaba su, en apariencia, frágil espalda. Conforme la conocía comprendí su temor, su amarga historia y sufrí con ella cuando nos vinculamos con la sangre. Me desafió y me llevó al borde de la muerte, pues no deseaba que cruzara el umbral sin haber sufrido intensamente el dolor y la rabia que ella transportaba.

Su sangre me hizo fuerte, sus recuerdos me quemaban y sus ojos se introdujeron en mi mente como si fueran un animal salvaje a punto de matarme. Me quedé paralizado. Tuve que asimilar todo aquello durante varios minutos. Acabé llorando, de rodillas, implorando una pizca de cordura.


Aquel amanecer, después de mi primera víctima, recordé los pétalos de Heliogábalo. Pude aspirar su fragancia, imaginar su risa ligeramente soñadora que me invitaba, mientras las telas de la cortina se mecían por la brisa. También apareció ella, desnuda, mostrando sus pequeños pechos y ocultando una pequeña sábana sus malformaciones. Seductora y cruel, una mujer fuerte con el alma hecha añicos, que me imploraba ser escuchada. Entonces, el vestido. La novia sobre la cama. La sangre salpicaba todo. El mundo caía. Desperté aterrado por mis visiones y sediento. Esto es algo que no he contado a nadie y que hoy he decidido narrar, en éste libro de viaje.  

lunes, 31 de agosto de 2015

Ella

Gregory sigue siendo un misterio para mí, pero es un misterio que quiero descubrir. Con textos así lo voy descubriendo, ¿y ustedes?

Lestat de Lioncourt


Escucho todavía los viejos murmullos de aquellos pasillos, el viento moviendo las ramas de los arbustos cercanos al palacio y el discurrir de las fuentes que refrescaban el patio principal. La tierra, oscura y arcillosa, se movía ligeramente en pequeños grupos de dunas a lo lejos. El mundo ya no lo recuerda, pero yo puedo escuchar la vieja música de las distintas habitaciones, las conversaciones inusuales y las más típicas de aquel palacio.

Recuerdo su presencia. Siempre callado, siempre solícito, siempre a su lado siendo su sombra y con ese aspecto de hombre tranquilo que distaba del monstruo que podía ser en mitad de una confrontación. Era ágil, dispuesto a dar su vida por su rey y a no doblegarse jamás ante el enemigo. Khayman era uno de esos seres que provocaban admiración entre los demás guerreros, pero yo sólo era un sirviente que servía de entretenimiento a la reina.

Aún su mirada me aterra. Parecía tan calmado y bondadoso, pero a la vez conocía lo sanguinario que podía llegar a ser. Temía el día que Enkil pidiera mi cabeza y él entrara en mi dormitorio, me cortara el cuello y le llevara mi cuerpo como prueba de mi rápida muerte. Si bien, también admito que su trabajo no era el favorito de nadie, pero sabía llevarlo con entereza. La muerte le rodeaba, acariciaba sus manos manchándolas de sangre y luego, como no, tenía que dormir a sabiendas que había arrebatado los sueños a otros.

Entré a ser parte de la corte de la reina, su favorito entre muchos, antes que Seth naciera. Ella tan sólo había logrado parir mujeres. Estaba desesperada por tener un heredero varón. Cuando sus ojos se pusieron sobre mí quedé prendado. Tenía una mirada firme, de mujer fatal, pero a la vez podía ver la soledad derramarse en cada una de sus pestañas. Poseía unos pechos turgentes, envueltos en una suave y fina tela de lino, y un cuello largo que se realzaba con el corte de su pelo. Era hermosa, seductora, y poseía unas manos que erizaban el escaso vello de mis brazos.


No puedo olvidar, ni tampoco lo pretendo, la primera noche entre sus brazos. Sus piernas se abrieron necesitadas y calientes, la boca de su sexo se hallaba expectante y la humedad que ocultaba, con aquel delicioso calor, me volvió loco. Yací con ella por más de una hora. Los besos y las caricias daban paso a arañazos, mordidas y lamidas eróticas que provocarían el delirio de cualquier hombre. Y yo, como no, era demasiado joven para no percatarme que ella quería algo más que sexo, deseaba mi amor. Un amor que tuvo con facilidad. Me refugiaba en sus pechos y en la curva de sus caderas. Olvidaba mis pesadillas sobre su vientre plano y acariciaba su ombligo. Parecía una diosa desnuda en aquella cama, con su piel dorada y sus ojos profundos. Tenía el cuerpo de una niña, aunque ya empezaba a ser una mujer madura. Perdí la cabeza, el control y el corazón amándola mucho antes de conocer al monstruo que surgiría tras el encuentro con aquel terrible espíritu. Ella no sólo ambicionaba poder, pero eso es lo que terminó impulsando sus pasos a lo largo de los siglos.   

sábado, 20 de junio de 2015

Ella

Muchas veces me he preguntado qué hubiese sido de mí de haberme quedado en Auvernia. Tal vez habría terminado asimilando que mis días de juventud acababan, que debía convertirme en un hombre decente y el cazador seguiría buscando sus aventuras en el bosque y no en la taberna. Me convertiría quizás en un hombre achacado por la humedad, el frío, la miseria y la condena de mi sangre noble. Puede que no hubiese sobrevivido a la revuelta social, cultural y económica que vivió mi país. Es posible que mi vida hubiese sido, finalmente, algo deleznable.

Sin embargo, también me cuestiono si hubiese sido posible quedarme en París. Viví parte de aquella revolución. La sangre joven y fuerte se agitaba en los cafés donde la política era una tertulia que acaparaba la filosofía, música, interpretaciones teatrales, religión e incluso la vida común. Todo era política y podía convertirse en un símbolo de las nuevas ideas que se imponían a las antiguas, las que se veían sólo sustentadas por una corona que pendía de un hilo. Disfruté del pan duro y el vino amargo en las calles, gocé de escuchar a los intelectuales apoltronados en las sillas de rincones oscuros de aquellos lugares, viví la luz de la mañana clavándose en mis ojos claros y penetrando en mis huesos cansados. Escuchaba el murmullo del mercado, me inspiraba en la sonrisas descaradas de las jovencitas que me seguían el juego y disfrutaba de los besos clandestinos de Nicolas.

Quizás hubiese muerto de alguna enfermedad, de hambre o por alguna reyerta. Tal vez habría sobrevivido a todo junto a Nicolas. Puede que nos dividiéramos de forma distinta y alcanzáramos nuestras metas por otros caminos. No lo sé. Las posibilidades son miles, pero no ciertas. Lo real, lo tangible, es sin duda alguna lo que yo he vivido y que no me ha avergonzado jamás.

En estos momentos, junto a mi madre, comparto el silencio de su presencia. Ella se mueve sosegada por las salas que una vez fueron frías, lúgubres, húmedas y que veía como lápidas a sus sueños. Sin embargo, ella estaba allí observándolo todo. Eran mis raíces, pero no las suyas. Me preguntaba si ella había regresado a Italia con algún motivo, el cual podía guardar por siempre celosamente, similar a los míos aquí. Ella viajó por todo el mundo con mi abuelo, tuvo una esmerada educación y finalmente se vio presa de un matrimonio por conveniencia. Ella poseía el dinero y la cultura, mi padre tierras empobrecidas y un título.

Recuerdo a mis hermanos. Los he estado recordando todo este tiempo. Viktor, mi hijo, me recuerda a ellos y a mí. Veo en él la ilusión y la fuerza que una vez tuvo mi juventud, la cual aún conservo como algo más que un mero recuerdo. Me pregunto si mi madre puede ver en él mi reflejo, el cual me llenaba de orgullo, como algo más que unos meros rasgos genéticos. No he querido preguntárselo por miedo al silencio.

Prefiero observarla como si fuese un animal salvaje. Camina de una forma que no he visto a ninguna otra mujer. Tiene una fuerza superior a la de un hombre cuando pisa, pero con un erotismo que pocas mujeres han podido dominar. Es fiera y elegante. Tiene algo que yo no tendré y es el misterio, una historia que no quiere contar y que tan sólo sé trozos como si fuesen una ópera inacabada. Aún así, me encanta. Amo recordar nuestras conversaciones, así como enloquezco cuando ella vuelve a mi lado y decide abrirse a mí.

Mi madre es única, pero supongo que todos opinan lo mismo de las suyas. ¿No es así? ¡Qué se yo! Simplemente la amo.




Lestat de Lioncourt 

domingo, 18 de enero de 2015

Ella, el amor de mis noches frías

Armand se deja guiar por el amor de Sybelle, un amor que sin duda es correspondido. ¡Al fin alguien le quiere tal como él necesita! Así nos deja en paz a los demás...

Lestat de Lioncourt



Ella se convirtió en la luz que tanto esperaba. Era el motivo por el cual deseaba ser bueno. Mis pecados lo lavé con la muerte de su hermano. Ascendí a los cielos, vi a mi madre y a mis hermanos, mientras mis colmillos, en la tierra inmunda donde siempre he permanecido, se clavaban en la carótida de aquel desalmado. Era un desagradecido que mantenía secuestrada su música, como si aquella habitación de hotel fuese una caja musical, donde un ángel de cabellos oscuros aguardaba un milagro. Yo fui el milagro.

He amado a esa mujer desde el primer momento. Hacía mucho que mis ojos no se posaban en una imagen tan delicada, bondadosa y sumisa en ciertos aspectos. Sumisa porque era dulce y bondadosa como una madre, pero realmente tenía la fuerza de mil inviernos y el coraje de millones de guerreros. Las apariencias engañas. Ella era mi Wendy y yo era el Peter Pan que no sólo quiso robarle el beso con un dedal, sino que aprendió a dejar caricias sutiles en su cuerpo y rodear su alma con codicia.

De Shakespeare he aprendido que el amor puede ser dramático, pero fuerte. Quizás nos arrastre a cometer pecados terribles, los cuales terminan siendo parte de nuestras almas y las pesadas cadenas que arrastramos por este mundo. El amor que yo le profeso no tiene nada de Shakespeare, pero sí mucho de poema convertido en salmos y canciones de coro de iglesia. Puedo escuchar a los ángeles entonar salves a su belleza, mientras miles de pétalos caen sobre los dorados campos de trigo de su cabeza y rozan las nieves cálidas de sus pechos bien formados.

La contemplo cada noche. Ella me sonríe con una dulzura que desconocía en las mujeres actuales. Mueve sus dedos sobre la tapa del piano, comienza a tocar y deja que el dragón se coma a la princesa. Se convierte en bestia frente a mis ojos, pero sin dejar de ser una sirena. Cuando acaba ríe, se levanta y me abraza besando mis mejillas arrobadas por la pasión que ella desata. Puedo sentir su aroma de mujer muy próximo a mí y, así como, la calidez de su frío cuerpo, a punto de pedirle cazar una víctima en las calles neoyorquinas que tanto amamos.


Me enloquece. El saber que me ama me enloquece. Ver sus enormes ojos clavados en los míos, observándome como si fuera un chiquillo al cual amar indecentemente, me destroza. He comprendido que puedo amar todavía gracias a ella y al ángel guardián que siempre la vela, que es mi hermoso beduino. Ambos son mis puntos débiles. Ellos lo saben. Saben bien que no sabría sobrevivir sin ellos, pues me han mostrado la calidez que ya no existía para mí.  

sábado, 22 de noviembre de 2014

Ella

Cada canción me recuerda a ella. Por mucho que sintonice distintas emisoras y quiera concentrarme en los acordes rock, sólo en los acordes, acabo fundido en cada letra recordando sus brazos rodeando mi cuello, sus labios carnosos sonriéndome de esa forma especial y ese misterio, tan profundo, de sus ojos grisáceos. Teníamos una química explosiva. Ella me comprendía mejor que cualquier otro, pero nos sumergimos en un mundo demasiado complicado. Volver atrás, pedir disculpas, arrodillarme y jurarle que cambiaré no va a servir. Ella sabe que yo nunca cambiaré. Siempre seré lo que soy: un irresponsable.

Disfruto al máximo conduciendo a toda velocidad por las diversas autopistas del país. Aúllo las canciones más populares, agito mi cabeza como un mortal adolescente en cada semáforo e incluso imito el movimiento de tocar una guitarra. Soy sin duda lo más alocado y extraño que ha conocido. Ella para mí es un milagro que ocurrió iluminando la noche.

Admito mi error de dejarla atrás, pero acepto que yo no podía cuidarla. Soy un desastre. Si hubiese permanecido conmigo, y con esa terrible voz en mi cabeza, habría terminado posiblemente enloqueciendo. No podía permitirme ese lujo. Debía apartarla de mí para salvarla. Fue mi único acto heroico que realmente mereció la pena. Un acto que ni siquiera ella sabe. Posiblemente ya sólo sea un sueño, algo que nunca ocurrió.

Me pregunto muchas veces qué estará haciendo. Actualmente me encuentro en Auvernia, sentado en mi viejo despacho con las botas de montar sobre la mesa. Me siento como el jovencito que quería arreglar el mundo, ser alguien en la vida, y sacar pecho en la familia. Por eso mismo, porque me siento de nuevo como el muchacho rebelde y descuidado, pienso en todos los fallos que he cometido. Uno de ellos fue no explicarle todo el amor que le tenía, y que aún tengo, por cobardía y por deseos de protegerla.

Sé que debería escribirle una carta, ¿pero de qué serviría? Posiblemente ni la leería. Estoy seguro que alguien de su familia se encargaría de esconderla, destrozarla o simplemente creería que es una broma de su imaginación. Rowan fue, como he dicho, algo importante para mí. Algo que nunca podré comprender del todo y que jamás dejaré de amar.



Lestat de Lioncourt 

viernes, 31 de octubre de 2014

Ella

Bueno, Michael Curry no siempre es un buen hombre. A veces saca este lado erótico... 

Lestat de Lioncourt


El mundo moderno carece de la calidez de los viejos tiempos. Antes, era todo más sencillo, aunque innumerablemente más complejo. La calidez del roce de una mano contra otra, una mirada en un café, unas cuantas palabras amontonadas en una nota o simplemente la hermosa sensación de la fragancia de un perfume femenino contra tu ropa se han perdido. Detalles que se consumen como las velas y la vida misma. El paso del tiempo deja las cartas amontonadas, amarillas y olvidadas. No hay seducción ni amor. Todo es demasiado racional, pensado para ser útil y práctico. El amor no es para nada práctico porque nos ciega, inclusive dejándonos mudos.

Me había resignado a ser un hombre con todo en la vida, que sinceramente era feliz, aunque sentía un pesado vacío. Las mujeres me comprendían y se sentían atraídas por mí, mucho más que en mis épocas de juventud. Quizás la madurez, los viejos hábitos o la mirada sincera que proclamaba las atraía. Desconozco el motivo. Sólo sé que a pesar de todo no encontraba a la mujer que me hiciera sentir afortunado, vivo y cómplice.

Ella apareció encendiendo en mí un deseo que no pude sofocar. Era inexplicable. Una mujer tan joven, tan firme en apariencia y tan frágil cuando descubrías su alma, se abrió a mí dejándome entrar en su vida. Jamás pensé que pudiese enamorarme igual que un adolescente, sin embargo, ocurrió.

Desde el primer momento deseé arrancarle la ropa y arrojarla conmigo al infierno. Su piel lechosa, tan suave y cálida, tenía un aspecto ligeramente sobrenatural. Su cabello ondulado y dorado tenía un corte que enmarcaba sus facciones duras, aunque eróticas. Recuerdo que sus mechones rozaban su mandíbula, dejando despejado su cuello y su pequeño escote. Tenía unos senos turgentes, cuyos pezones podían imaginarse bajo la camisa. Sus largas piernas eran firmes, pisaban con cierto aire masculino, mientras se movía frente a mí. Mi cuerpo pedía la cercanía del suyo, mi alma rogaba por fundirme con la suya y mi mente volaba.

Jamás pensé que podría amar a una mujer mucho más joven que yo. Ella casi era una niña y yo comenzaba a quedar atrás. Muchas mujeres me veían irresistible, pero comenzaba a pensar que eran momentos de debilidad que podían tener ante cualquier hombre. Si bien, ella me demostró que el amor no tiene fronteras. Mi amor se lo ganó con tan sólo unas noches de pasión.

Nunca he dado besos tan apasionados, ni lamido de ese modo el cuerpo de una mujer. Quería recorrer cada milímetro de su cuerpo con mi lengua. Arrastraba mis manos por su cintura como si quisiera abarcar el mundo entero. Mis dedos se hundían en sus tiernas carnes, sus senos se endurecían y mi boca buscaba un lugar nuevo donde acomodarse. Fue terrible dejar de sentir con el tacto de mis manos, debido a mis poderes y los guantes que usaba para evitarlo. Si bien, ahí estaba yo sintiendo cada una de sus curvas a pesar de todo.

Cuando noté mi miembro hundirse en su vagina, tan húmeda como acogedora, mis pensamientos se suicidaron abarcando un éxtasis misericordioso. Sus delicadas manos tiraban de mis cabellos, arañaban mi espalda y me ayudaban a empujar contra ella. Mis piernas no se cansaban, las suyas me rodeaban y pronto quedé recostado en el colchón para ver como cabalgaba. Cada movimiento suyo era delicioso. Sentía un latigazo de placer recorrerme desde los testículos hasta la nuca.

Quería morder sus pezones hasta que le dolieran, para luego lamerlos y besarlos con ternura. Hundía mi rostro bajo el pliegue cálido de sus pechos. Ella rezumaba aroma a sexo y feminidad. Su vagina me rodeaba y su clítoris rozaba mi sexo. Toda ella era un ángel cayendo precipitadamente al edén del pecado. La penetraba sin consideración. Me movía con un ritmo fuerte y contundente. Ella gemía y yo la acompañaba.


Aquella primera noche sentí que ambos nos habíamos convertido en un mismo ser. Ya no había marcha atrás. Estábamos condenados a un ritual carnal lleno de alma, pasión y necesidad.  

domingo, 31 de agosto de 2014

Ella - Parte 3 - Archivo TALAMASCA

David pone el punto final de su historia. Yo os la ofrezco tal cual. ¿Qué? A mí me olía más al mayordomo...

Lestat de Lioncourt 


Las horas parecían eternas para David. Pasaban lentamente. Cuando llegó al punto de encuentro no quiso mostrar su rostro. Cuanto menos viese de él ese anciano era mucho mejor. Preguntó por la muchacha, su vieja dirección y su nombre. Consiguió los datos después de hundirse en sus recuerdos, pues aquel pobre diablo ni siquiera recordaba bien su edad. Se alejaron ambos prometiéndose colaboración y David terminó por aparecer en la dirección que le ofrecieron. Era una vieja casa, o mejor dicho mansión, que perteneció siempre a una familia de cierto estatus.

La vivienda era del arquitecto Charles Rennie Mackintosh. Era una vivienda cúbica, de juego de líneas rectas y ascendentes. Sin embargo, poseía formas abstractas y era una vivienda vanguardista. Principios del siglo pasado, evidentemente, pero era vieja y sólida. No era la vivienda más vieja que jamás había visto, el tenía aún una mansión que pertenecía desde hacía siglos a su familia. Aquella casa era el lugar de un misterio prácticamente desde su cimentación. Había estado a punto de ser derruida poco después de ser construida por problemas sobre la parcela y quién era el verdadero dueño. No obstante, era demasiado hermosa y poseía la firma de uno de los grandes arquitectos. No podía echarse abajo.

David conocía bien aquellas líneas, las figuras extrañas y la excesiva ornamentación. Se dejó guiar por los marcos de las ventanas y puertas, se perdió en el jardín lleno de setos y flores, así como por la pequeña pista de tenis que parecía ser uno de los encantos de la propiedad. Un lugar que no tenía mucho movimiento, pero sí un dueño. Aquel anciano estaba allí, junto a él, apoyado en el bastón mirando a la nada. La vivienda había pasado a manos de un primo suyo, cuando en realidad en el testamento constaba él y su hermano. Decidió venderla, quedarse con su parte y derrocharla, mientras que el dinero de la venta quedó guardado para su hermano. Sus padres lo hicieron, él no lo hubiese permitido.

—Mis padres pensaron que si él regresaba no querría esta casa—comentó mirando la fachada—. Creo que es lo que quería ver.

—¿Pasó algo aquí?—dijo apoyado en la cancela.

—No—explicó frunciendo el ceño, como si quisiera recordar algo que fuese sólo un borrón ya—. A penas recuerdo bien las cosas, estoy perdiendo la memoria. He derrochado parte de la fortuna, mi vida no ha sido decorosa. Creo que siempre me eché la culpa de todo. La desaparición de ambos ha caído sobre mi cabeza continuamente—hablaba pausadamente, con cierto esfuerzo, mientras intentaba no llorar.

Talbot recordó sus manos arrugadas, salpicadas de manchas de la edad, y esos dedos ásperos que se tocaban sus cabellos blancos, como la nieve, mientras meditaba sobre dónde había dejado los viejos informes que aún necesitaba. Pensó en su vida mortal, en los años que debía llevar muerto si hubiese seguido en aquel cuerpo lleno de achaques, y tembló unos segundos. Sin embargo, estaba allí, en plena noche, observando los setos y aquella vivienda con ojos nuevos. Unos ojos a los cuales ya estaba acostumbrado. Más de dos décadas son muchos años para acostumbrarse, incluso amar, lo que se ve.

—¿Cree que su primo puede saber algo?—interrogó con un tono amable.

—Eran muy amigos y él no tiene lagunas, ni de ese día ni de ningún otro—afirmó—. ¿Le he dicho que tengo mala memoria?

—Sí, en varias ocasiones—comentó con una ligera sonrisa franca.

Notaba alteraciones. Aquella casa tenía un aspecto elegante, algo moderno y desenfadado. Los ornamentos y el tejado eran lo que más llamaba la atención, así como aquella pista de tenis. Algo había pasado. No sabía porque pero destacaba. Era como si gritara. Pero también la ventana de la boardilla. Una boardilla que tenía el cristal muy sucio, como si no se usara, y era una lástima. Estaba deseando entrar, pero no habían sido invitados sino que simplemente lo habían conducido hasta allí.

Decidió tomar del brazo al anciano y guiarlo hasta el vehículo que se encontraba en la acera, un taxi que los esperaba. Había llegado allí en taxi, aunque podía moverse rápidamente con sus poderes, pero el anciano había bajado de un autobús, con la mirada algo perdida, mientras intentaba recordar porqué estaba allí. Las lagunas eran evidentes y no iba a dejarlo solo.

Después de deshacerse del anciano en la residencia donde vivía, no muy lejos de allí, se encerró en una de las bibliotecas municipales. Allí había periódicos, revistas y diversos documentos sobre las viviendas, construcciones cercanas, altercados y cientos de sucesos. Un mortal se hubiese ahogado en esa información, incluso un hombre de Talamasca, pero él ya no era humano. Sus ojos recorrían veloces por los distintos documentos, se hundía en ellos apreciando los titulares y buscando relación entre ellos. Rápidamente la desaparición de una joven le llamó la atención.

Era ella.

Su cabello negro destacaba en aquella fotografía. Había desaparecido un año antes de las apariciones. Tenía una sonrisa dulce, una mirada desenfadada y poseía una belleza única. Sin duda la típica chica que puede robar corazones y romperlos en mil pedazos. No vivía lejos, aunque no era de familia acomodada. Solía trabajar para la familia de Anderson. Richard fue quien dio la voz de alarma, pues no se presentó para cuidar a su hermano. Desde aquel día ni una pista.

Richard había mentido. Conocía al fantasma y temía sus acusaciones, quizás. Tenía que volver a invocarla, en aquella casa y quizás en la pista de tenis. Pero antes, debía saber algo más.

Buscó un teléfono público, miró su reloj y comprendió que quedaban tan sólo unas horas para esconderse del sol. Rápidamente marcó el teléfono del anciano, pero no contestó. Nadie respondía. Supuso que al ser tan tarde ya descansaba. Y él debía hacerlo.

La noche siguiente le aguardó una desagradable sorpresa, el anciano había muerto al tomar demasiada medicación. Tal vez una enfermera se equivocó o él tomó el doble de la dosis al no recordarlo. No lo sabía. La medicación que llevaba era nueva, más fuerte que la anterior, y le provocó un infarto que acabó con él. David Talbot se personó en el funeral y entonces lo vio. Estaba allí junto a la tumba, mirando la tierra que tiraban sobre el ataúd. Las sonrisas falsas le asqueaban, igual que las lágrimas, y al difunto no parecía gustarle siquiera las flores.

—Me ha matado, también la mató a ella y a él. Nos mató por la casa, por la herencia, por todo—habló atropelladamente corriendo hacia David—. ¿Puede verme?

Eran las seis. Ya había atardecido y el funeral finalizaba. David podía verle, oírle y también sentirle. Él tan sólo asintió y miró hacia el horizonte añadiendo en un murmullo “te escucho”.

—Tenía once años cuando ella venía a casa. Me enseñaba a jugar al tenis, me ayudaba con los deberes y me atenía las escasas horas que mi hermano debía estudiar. Pero él terminó uniéndose a nosotros, disfrutando de las limonadas y del té con pastas—se echó a reír a carcajadas—. Lo que uno recuerda cuando se muere, ¿verdad? Los sabores y olores, también las lágrimas...

David no se movía, escuchaba calmado aguardando la verdad.

—Un día mi primo se enteró de todo. Mi padre lo había criado como a un hijo, pero no era suyo. Era el hijo de la hermana de mi madre, un niño huérfano que tenía todo gracias a él salvo... la herencia. Además, ella le gustaba. Se llamaba Virginia Stuart—se apretó la frente con la mano derecha y luego le miró—. Eso ya lo sabe, porque ni siquiera es humano... ¿qué es?—lo miró y tembló, pero siguió hablando—. Como sea... la mató en la boardilla, la tiró por la ventana y luego decidió enterrarla donde ahora está la pista de tenis. Antes sólo había una pequeña red y nada más, era de hierba, pero se estaba construyendo la actual. Así que la tiró allí, al día siguiente echaron el cemento y se acabó.

—¿Y su hermano?—preguntó.

—Quería ir a la policía, pero le convenció que pensarían que fue él y que además podía hacerme daño. Guardó el secreto y por eso ella lo atacó. Me contó que la veía allí donde iba—susurró apesadumbrado—. Me contó todo, confió en mí, quizás para ponerme sobre aviso. Yo cuando crecí no quería la casa, ni quería saber nada de ella... hasta que usted vino.

—Te mató él—dijo en un murmullo que nadie más pudo escuchar.

—Sí, pero no se puede probar... pero el cuerpo de Virginia sigue allí.

—Arreglaré esto, lo haré—fue lo último que dijo antes de salir del cementerio.


Noches más tarde la policía tuvo un soplo, de un informador, y varias pistas muy suculentas sobre una vieja desaparición. Allí estaba el cuerpo, donde habían dicho, en la casa de los Anderson bajo el pavimento de la pista de tenis. Sin embargo, el cuerpo de Richard no se hallaba allí ni en ninguna parte de la casa. Su primo, Gordon Peterson, confesó poco después para que le dejaran en paz. Decía que llevaba años viéndolo como un ente, persiguiéndolo en sueños, y que sólo quería dormir a pierna suelta una noche. Estaba en el lago de un parque cercano, en una enorme caja de plomo. Pudo deshacerse de ese modo de él por sus contactos. Todo fue por desamor y una suculenta herencia.  

martes, 26 de agosto de 2014

Archivo Talamasca - Ella - Parte 2

David me ha dicho que tiene tres partes, la tercera será publicada el jueves. ¡Santo Dios! Yo ya quiero saber que demonios ocurre. 

Lestat de Lioncourt 


Habían pasado tantos años que las pistas ya no eran nada más que ecos del pasado. Hubiese dado parte de su alma, de su historia, por haber tenido los medios que hoy en día existen en el campo de la investigación sobrenatural y vulgar, como los simples desaparecidos. Las numerosas redes sociales, los aparatos de rastreo, medios de información más eficientes, microchips que hacen prácticamente cualquier cosa para mejorar tus bases de datos y un sinfín de mejoras que jamás hubiese sospechado conocer. Los grandes medios que se poseían para investigar eran simplemente la intuición, un buen informante y horas buscando pruebas en miles de lugares. Talamasca no vio correcto destinar medios y esfuerzos a una desaparición. No era algo que tuvieran que conocer. Su trabajo era informar sobre casos sobrenaturlaes, desempeñar algún trabajo con ellos y nada más.

David Talbot tenía ante sí una caja llena de misterios que fue colocando en una pizarra. Colocó una línea temporal y creó una historia. Había enormes huecos cerrados en falso. Habían confiado demasiado en el joven y nunca indagado en la historia del espectro, pues era violento y tan sólo destinaron recursos en librarse de él.

Después, con cierta desilusión, abrió el portátil para buscar el nombre en la red. Cada portal, cada nuevo sitio que investigaba, era para nada. Sin embargo, encontró una historia sobre un joven desaparecido. Era un hombre de unos setenta años, hablaba de su hermano que desapareció en las mismas fechas y que podía ser su hombre.

Por supuesto, tomó los datos y llamó por teléfono. Era tarde. Casi las cuatro de la mañana. El teléfono sonaba al otro lado. Posiblemente aquel sujeto descansaba plácidamente en su dormitorio, entre sus frescas y cómodas sábanas, mientras la noche se iba y un vampiro insistía en saber su historia. Finalmente, tras varios intentos, el teléfono se levantó y una voz somnolienta habló a David con cierta molestia.

—¿Qué demonios es?—preguntó—. Son las cuatro de la mañana y la gente duerme. ¿Se ha muerto alguien? Porque si no hay ningún muerto no me interesa. Puede contármelo por la mañana.

—Es sobre su hermano. Conocí a un muchacho con su descripción, estudiaba y trabajaba duro. Cierto día tuvo la desagradable sorpresa y experiencia de toparse con un ente, el cual le persiguió un tiempo—explicó rápidamente para que tomara interés su llamada, no le colgara y adoptara otra actitud.

—Mi hermano era Richard Anderson.

—Lo sé, pero hay varios Anderson y pensé que podría ser otro. Necesito que me confirme ésta historia—David se desesperaba. El hombre parecía confuso ahora. Su voz había tomado un tono extraño, como si le costase recordar.

—Recuerdo una chica de cabellos negros, muy largos. Solía llevarme al parque. Yo era un niño, pero pronto sería un adolescente. Él estaba enamorado de ella, incluso salió un tiempo con la joven, y cierto día desapareció. Él parecía perdido, con los ojos hundidos y no paraba de lamentarse. Su carácter cambió. Pocas semanas después vi a mi hermano muy asustado y me preguntó si creía en fantasmas. No sé si le he podido ayudar—susurró aturdido y al borde de las lágrimas—. He vivido con esa carga toda mi vida. Nunca me han creído mis padres. Yo les dije que se lo llevó esa cosa...

—Nos reuniremos en la dirección que usted ha dejado. En ese punto de reunión en el parque Greenwich Park frente a las puertas del Observatorio Real—comentó el vampiro mientras anotaba para sí, en una pequeña libreta, el lugar y la hora— Diez de la noche. No puede ser otra hora. Mi horario es nocturno. Soy investigador.

—Comprendo—dijo—. ¿Qué le lleva a buscar datos?

—Ya le dije que conocí a su hermano.


Las horas parecían eternas para David. Pasaban lentamente. Cuando llegó al punto de encuentro no quiso mostrar su rostro. Cuando menos viese de él ese anciano era mucho mejor. Preguntó por la muchacha, su vieja dirección y su nombre. Consiguió los datos después de hundirse en sus recuerdos, pues aquel pobre diablo ni siquiera recordaba bien su edad. Se alejaron ambos prometiéndose colaboración y David terminó por aparecer en la dirección que le ofrecieron. Era una vieja casa, o mejor dicho mansión, que perteneció siempre a una familia de cierto estatus.

domingo, 24 de agosto de 2014

Archivo Talamasca - Parte 1 - Ella

David ha logrado que me interese un caso sólo porque iba a verlo actuar como ladrón. Reconozco que tiene talento. 

Lestat de Lioncourt


Tomó con cuidado una de las carpetas marrones, ajadas por los años y cubiertas de una fina película de polvo, con sus manos enguatadas. Había ido a la Orden, para recuperar algunos archivos. Era el trabajo de toda una vida dedicada al misterio. Sus archivos y los de Aaron, así como los de Merrick o Jesse, le pertenecía. Ocasionalmente colaboraba aconsejando a los novicios, pero estaba completamente desvinculado de la orden. No percibía salario o ayuda de ellos, es más, David Talbot siempre fue rico. Era un joven acomodado, ambicioso y con talento cuando la orden lo sedujo. Por ello había cientos de carpetas con su nombre, o mejor dicho, con su firma.

Aquella noche buscaba en concreto un documento. Era uno de sus primeros casos. Recordaba al muchacho, delgado y pálido, temblando frente a él con los ojos hundidos. Había visto demasiado. No era un crimen lo que había presenciado, aunque era un suceso igual de traumático. Aquellos ojos enloquecidos, desesperados y sin esperanzas aún le perseguían. Richard Anderson era un chico poco social, que amaba la literatura clásica y solía ser el pardillo de la Universidad. Cuando Talbot tuvo el placer de conocer al muchacho sólo vio la punta del Iceberg, el caso le fascinó y deseó recuperarlo para guardarlo en sus propios dominios.

—David, ¿tan importante es ese documento para que hagamos todo eso?—preguntó Lestat apoyándose en una de las estanterías de metal.

—Sí, estamos en el sótano principal—comentó revisando la carpeta. Faltaban algunas fotografías y bocetos, también el testimonio final de la víctima—Aquí están los casos que ya han sido introducido en la base de datos, pero soy nulo para descodificar el sistema—decidió tomar la caja y llevarla hacia una pequeña mesa, la cual estaba tan llena de polvo como las estanterías.

—Pídele el favor a Mona—respondió su buen amigo encogiéndose de hombros.

—No—murmuró frunciendo el ceño.

—¡Qué terco! Sólo porque te rompió el corazón...

—No grites, no levantes la voz—se giró hacia él observándolo con cierta preocupación y molestia. Lestat parecía cómodo, como si eso lo hiciese todos los días. Él tenía la meticulosidad de un ladrón de cuerpos, pero su amigo parecía más bien un descarado muchachito que no le importaba ser arrestado.

—Lo siento—dijo acercándose a él—¿Lo tienes?

—Ya lo tengo.

Lestat sólo había ido para observar con sus propios ojos que era cierto. David Talbot se había convertido en un vampiro que arriesgaba su honor por unos cuantos papeles. Nadie podía atraparlos, pues sería terrible. Estaban en Talamasca y no solían aceptar que se saltaran de ese modo las normas.

Los pasos de ambos se perdieron por los pasadizos y terminaron saliendo al jardín colindante. Allí, no muy lejos, estaba el cementerio de Talamasca donde existía incluso fosas comunes. Algunos miembros, sin familia o por expreso deseo, decidían ser enterrados en aquel lugar. Era como un mausoleo de brujos, aunque no todos lo eran.

—¿Qué harás con esto?—preguntó acomodándose la americana azul marino que llevaba. La camisa de chorreras que guardaba tras aquella elegante prenda era cómoda, aunque demasiado estrafalaria. A veces usaba una ropa extraña, aparentando prácticamente que era parte de una de esas culturas jóvenes que hacían culto a todo tipo de historias, y leyendas, sobre espectros y seres sobrenaturales. Tenía las gafas colocadas en la cabeza, coronando su espesa cabellera rubia, y una sonrisa descarada—. Te estoy hablando, David.

—¿Qué crees que haré?—una sonrisa suave cambió la expresión seria y consternada de su rostro. Él también vestía una americana, pero todo su conjunto era sobrio. La chaqueta era oscura, los pantalones de vestir también lo eran y llevaba una corbata del mismo color que el traje, calcetines y zapatos. Era extraño que ambos fueran amigos e incluso compañeros eternos. Lestat creó a David en un intento desesperado por salvarlo y él, como no, se lo agradecía pese a todo—. Es obvio que debo revisarlo. Es un caso que concluí, pero el chico siguió pasándolo mal. Creo que ahora debe estar ya muerto, pues rondaba los veinte años y han pasado casi sesenta.

—Ah... ¿y para qué investigar?—sus palabras provocaron que David se parara y girara suavemente hacia él—.Ya, la verdad.

Horas más tarde, en un hotel de Londres, ambos descansaban cómodamente en una suite. La sala era una auténtica delicia. Lestat se perdía en las hermosas molduras del techo, la lámpara de araña que caía en el centro y los muebles victorianos. Se sentía en casa. Realmente era uno de los mejores hoteles donde solía hospedarse. David estaba inclinado hacia delante, sentado en el pequeño bureao del dormitorio mientras revisaba cada anotación.

“Archivo: 1235682 V
Fecha: 1952 – 25 Marzo
Localidad: Londres – Reino Unido
Introducción: Richard Anderson, joven estudiante universitario, dice sentir presencias que le influyen en su día a día. Ha venido a Talamasca a pedir ayuda. Siente que son los únicos que pueden comprenderle. Rechaza unirse a nosotros, pero sus poderes sensoriales son bastante notorios. Posiblemente se vuelva a ofrecer un puesto vacante, como novicio, para que colabore activamente.

El caso más preocupante de las visiones es el de una joven, de unos quince años, que aparece cotidianamente por los pasillos de su apartamento. La mujer le observa durante largo rato, murmura unas cuantas palabras y se lanza a su cuello apretándolo como si quisiera estrangularlo. Ha sentido sus dedos presionando el cuello, marcándolo inclusive, y tiene miedo. Decidió mudarse, pero la muchacha lo siguió hacia su nueva dirección y suele aparecerse en su dormitorio.

Ha sentido como la ropa de su cama cae al suelo, platos recién fregados salen despedidos del mueble, las luces se encienden o apagan, el televisor se ilumina en las noches sin programación alguna y los libros salen de la estantería para ir contra él, como si fueran armas arrojadizas.

Desea colaboración para eliminar al espectro que lo amenaza.

Caso:

Richard Anderson nos prestó la llave de su apartamento. Aaron Ligthner y yo hemos ido esta mañana. Ambos hemos sentido cierto enrarecimiento del ambiente. Nadie podría sentirse cómodo entre aquellas paredes, prácticamente desnudas de cualquier objeto salvo alguna estantería y un par de cuadros. Las ventanas estaban con las persianas alzadas, la luz de la mañana debía introducirse en aquel luminoso ático pero parecía lúgubre. La temperatura era inferior que en la calle, incluso podías sentir el aliento frío de la muerte rozando tu nuca. El joven Anderson no se ha despegado de nosotros, observando nuestras anotaciones e indicando alguno de los numerosos fenómenos.

El fenómeno más preocupante es que atenta contra su vida. Ya sea arrojando hacia él objetos varios, inclusive cuchillos, o aquel que ha intentado estrangularlo.

Mientras revisaba he visto a la joven reflejada en el espejo del baño, he intentado comunicarme con ella pero ha roto el espejo y los cristales, muy pequeños y finos, han sido lanzados contra mí. Gracias a mi destreza al esquivarlo sólo me ha hecho leves cortes en las mejillas, manos y algunos agujeros en la gabardina.

He procedido a pedirle a mi compañero que anote cada uno de mis pasos por la casa. De mi maletín he sacado unas cuantas velas y las he colocado estratégicamente, después hemos apagado la luz y empezado el ritual. Sin embargo, minutos antes le he ofrecido la medalla de San Benito al muchacho, así como la de San Miguel Arcángel, para que se sienta protegido. Aunque, ni siquiera una de esas medallas podrá parar a ese ser.

Juro que deseaba hablar con ella, pero sólo he podido expulsarla mediante alabanzas a los dioses de mi religión, el Candomblé, así como el ritual habitual para pedir que los espíritus encuentren la paz y su camino. No he podido averiguar si fue asesinada o tuvo una muerte violenta. Tampoco he podido comprobar si había relación entre ambos.

Aaron se ha encargado de la investigación sobre nuestro joven, pero está limpio. No hay nada sospechoso. No ha sido testigo de crímenes ni ha cometido alguno. Es un joven normal, con una vida sencilla y unos estudios de matemáticas, que nada tienen que ver con objetos antiguos o visitar lugares que pueden tener espíritus que finalmente vengan con nosotros hasta casa. Sospechamos que es alguien con poderes sobrenaturales, cierta visión y predisposición a atraer almas en pena. Sin embargo, no hemos dado con nada más. Sólo podemos decir que el caso ha sido resuelto.

Al día siguiente decidimos visitar a Richard Anderson, pero se había mudado. Aquella misma tarde, cuando nos marchamos del apartamento, había recogido todas sus cosas. Hemos intentado indagar donde se encuentra, pero es como si le hubiese tragado la tierra. En la universidad no saben nada de él desde hace días y al parecer ha dejado sus estudios. Nunca nos informó que hubiese dejado sus estudios o estuviese siendo presionado por otro espectro, demonio o cualquier ser sobrenatural. Estamos a la espera de noticias.

Redactado por: David Talbot
Fecha: 1952 – 14 Abril ”

—¿Vas a buscarlo?—preguntó Lestat recostado en el sofá.

—Es posible—murmuró—. El caso tiene lagunas y se cerró en falso. No teníamos pruebas de su vinculación con el ente que lo perseguía y tampoco sobre él. Sólo los datos que nos proporcionó la universidad—explicó.

—¿Cuál era?—dijo distraído con el dibujo del estampado del sofá.

—Imperial College London... ha tenido cambios en su dirección y desconozco si conservan archivos de sus estudiantes pasados tantos años—comentó incorporándose del despacho para ir hacia el salón, apoyándose en el respaldo del sofá donde se hallaba su creador y amigo—. ¿Crees que deba investigar?

—Y me lo preguntas a mí. ¡A mí! Tiene gracia—se echó a reír mirándolo a los ojos mientras abrazaba uno de los cojines—. Si quieres puedo acompañarte.

—No es necesario—aclaró—. Pero necesito que...

—No pienso vigilar a Louis, estás confundido si crees que voy a vigilar a un ser que me desea muerto—murmuró frunciendo levemente sus cejas—. No.

—No quiere destruirte, sólo le cansas—musitó acariciando sus dorados cabellos con sus manos sedosas, de hombre sabio a pesar de su aspecto joven—. Por favor.


—Pediré a un par de vampiros que averigüen si se encuentra bien, pero nada más. No pienso involucrarme de nuevo en la vida de ese cínico—aseguró, después soltó un largo suspiro y miró a los ojos pardos de David. Parecía preocupado, pero a la vez fascinado. Tenía un nuevo caso entre sus manos. 

domingo, 6 de julio de 2014

Ella, Petronia

Hace mucho tiempo Quinn me contó una historia. Mi hermanito quiso dejar claro que fue algo que descubrió poco a poco, explicó sus emociones, y sin embargo hay cosas que se guarda para sí. Aquí deja unos breves pensamientos. 

Lestat de Lioncourt 


Si hubiese pensado por un instante cuánto iba a cambiar mi vida, o al menos imaginar como sería con todo patas arriba, me hubiese quedado en mi habitación sin hacerme el héroe. Realmente debí quedarme encerrado allí, ajeno a todo y pensando que la vida era simple, aunque maravillosa, y que pronto tendría un futuro mejor con un nuevo tutor. Debí apreciar, sin duda alguna, los placeres que se postraban ante mí. Sin embargo, no lo hice.

Mis abuelos habían muerto recientemente y los sucesos paranormales comenzaban a ser cada vez más agobiantes. Tía Queen hacía oídos sordos a todo, pero a veces me trataba como si fuera un joven atormentado. Ella no quería admitir que podía ver a Goblin, e incluso sentirlo cerca, pero esa es otra vieja historia. Por aquellos días, en los cuales expuse tontamente mi vida, decidí investigar que había más allá del pantano. Pues sabía por historias, aunque no estaba seguro de su veracidad, que además da caimanes y mosquitos tenía que existir un viejo refugio que construyó Manfred. Manfred era mi antepasado, aún colgaba el cuadro de su mujer y el suyo propio en el salón, y se le tenía como un Loco que pagó cara cada imprudencia.

Lo que encontré en ese pantano lo he contado a quien creo es el héroe de tantos, Lestat, y a personas cercanas a la organización de Talamasca. Sin embargo, si debo ser sincero, aún hoy siento que no lo he dicho todo. Me he guardado gestos y sensaciones que aún me impresionan. Creo que no he hablado correctamente de la profundidad de sus ojos, el cinismo y frialdad de su risa, y de lo cálidas que se vieron una vez sus lágrimas. Los tesoros encontrados no fueron nada para aquello que realmente acabé viendo y sintiendo. Descubrí una puerta a la eternidad, la cual no estaba cerrada sino encajada, y que acabé traspasando.

Encontré a Petronia.


Cuando tuve los primeros encuentros con aquel ser creí que se trataba de un hombre, el cual sacaba tajada de tierras que creía mías. Manfred había construido aquel lugar, así que me pertenecía. La pequeña vivienda de dos plantas, con sus horrores incluidos, y aquel monumento funerario hecho de oro. Sin embargo, descubrí súbitamente que sólo jugaba y que era una mujer. Una hembra fuerte entre vampiros, un ser eterno con los ojos tan profundos que eran insondables, y una sonrisa fría pintada en sus labios. Sí, descubrí un monstruo. Pero ese monstruo también me mostró el dolor y un mundo completamente desconocido. No puedo reclamar nada. Ella se convirtió en mi madre.  

domingo, 16 de febrero de 2014

Ella

Bonsoir

Ella es un texto que ha realizado David Talbot y dedicado a Merrick. Él me permite subirlo aquí ya que ha accedido a ello. ¡Disfruten!

Lestat de Lioncourt


Los recuerdos a veces se agolpan uno tras otro, amontonándose como si fueran viejas fotografías en una caja de zapatos, y desfilan con elegancia medida dejándote un sabor amargo en los labios y un profundo dolor en el pecho. Sientes como si te arrancaran el corazón atrapándolo entre unos dedos fríos, largos y huesudos. Tal vez es la propia vida quien te dice que debes recordarlos en ciertos momentos. Es posible que sea parte de un juego que se llama crecer y endurecerse.

Desde que ella murió me he convertido en una persona más firme. La carga por mis malas jugadas y el sabor amargo de la derrota, esa maldita derrota ante el amor, me han hecho crear un muro gigantesco de color gris plomizo. Ese muro tan sólo ha sido tras pasado una vez, como si empezara a agrietarse, cuando conocí a otra Mayfair. Siempre ellas. Es como una maldición terrible.

Cualquier hombre se enamoraría de una chica como Mona. Una cascada de cabello ondulado de un color tan rojo como el carmín. Sus labios trémulos, seductores en forma de corazón, provoca que evoques sueños de pasión y lujuria. Sí, ella provoca una lujuria insospechada en quien posa sus ojos en sus pequeños hombros, cintura estrecha y bonitas caderas. Es como una muñeca que deseas tener para protegerla y a la vez destrozarla con caricias, mordiscos y besos tan profundos como la soledad que cargo.

Sin embargo, si hablo del gran amor de mi vida debo hablar de Merrick. Ella fue el gran amor que desató la locura en mí. Recuerdo como otros compañeros de la orden habían desfilado por mi cama. Tuve múltiples amantes, jamás seguí las reglas habituales en el amor y derroché mis minutos de diversión con alcohol, tabaco y sexo. Aún si cierro los ojos puedo sentir las diversas manos que han recorrido mi rostro como si quisieran retenerlo entre sus dedos, añadir a sus pensamientos cada una de mis arrugas y llevárselas consigo.

Ella era tan sólo una niña con un vestido florido y los pies descalzos. Tenía una mirada intensa aunque parecía tranquila, decidida a soportar cualquier método estricto que la hiciera aún más fuerte y aprender con la ansiedad de un moribundo que quiere conocer que ocurrirá con su alma. Se entregaba de una forma tan apasionada que yo mismo sentí rejuvenecer a su lado. Sus labios tenían una sensualidad impropia en una chiquilla y sus manos eran hábiles. Juro que deseé contenerme, pero cuando tenía tan sólo dieciocho años la hice mía. Hice mío su cuerpo y creo que también parte de su alma.

Cuando nuestras vidas se fueron dividiendo, alejándonos uno del otro, quise creer que era cosa del destino y no de mi estupidez. Ella se sintió sola como nunca antes se había sentido. Una mujer que ya no poseía la misma esperanza que en su juventud, la misma que yo secuestré por el deseo que me contagiaba, cuando me aparecí ante ella con otro rostro, distintas caricias y una petición insólita.

No puedo olvidar ese taxi hasta el hotel. Sus manos acariciaban sin sutileza mi cuerpo y mi boca se fundía en la suya. Ese sabor a ron en aquellos labios tan dulces y cálidos, muy entregados a la causa, me hicieron temblar como un chiquillo y sudar como jamás lo había hecho. Ella robó ese sudor para sus rituales. Me hizo ver lo fuerte que era y me atormentó. Pero su venganza aún fue más terrible. Y sin embargo, pese a todo, me encuentro llorando su muerte sin percatarme.

Observo el fuego de la chimenea y me pregunto que provocó que hiciera aquello. Las llamas la consumieron por completo. No debí dejarla sola y menos acompañar a Lestat a ese encuentro con un fantasma adicto a la sangre. No debí. Me culpo por ello todos los días. Yo era el encargado de cuidarla mientras iba de aquí para allá con mis misterios, un trabajo que jamás he dejado y que ha sido asombro de muchos. Supongo que cuando uno nace con ciertos dones y aprende a usarlos jamás puede dejar de utilizarlos.


He estado tentado a invocar su espíritu en más de una ocasión. Me he encontrado meditabundo frente a un altar que ni siquiera sé como he construido, con los ojos llenos de lágrimas y los puños cerrados. No obstante no lo he hecho. No he podido cometer ese delito contra sus deseos. Ella deseaba irse y yo debo aceptar que esos recuerdos me acompañarán siempre, que debo sonreír al recordar su mirada verde clavada en mí y por supuesto aceptar que el mundo sigue y yo debo seguir con él.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt