Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 25 de junio de 2017

Experimento 236

Armand y sus experimentos locos... ¡Yo también deseo que los haga, pero lejos de mi lado!

Lestat de Lioncourt

Me hallaba sentado en uno de los cafés más concurridos de la quinta avenida, una de las arterias principales de Manhattan, cuando vi pasar a un muchacho extremadamente atractivo. En cierto momento se giró y clavó sus ojos miel en mí. Fue sólo un segundo. Su mirada tenía tal fuerza y tanto dolor que sentí que me atravesaba. Quedé paralizado con la taza de café entre mis manos y la mente llena de dudas. Pude haber leído sus pensamientos, pero no hizo falta.

Era espigado, no muy alto, y cualquiera diría que algo desgarbado porque caminaba apurado. Llevaba una camisa negra, sin corbata y con un cuello clásico, y unos jeans negros algo holgados y rectos. No me fijé en sus zapatillas, pero juraba que eran de esos zapatos que parecen deportivas. Su piel tenía un ligero toque dorado debido a la exposición del sol. Poseía una boca carnosa, algo grande, y me recordó mucho a la de Lestat. Su cabello era ondulado, revuelto, y rozaba sus hombros. Llevaba entre sus manos un teléfono móvil. No pude verlas bien, pero juraría que eran grandes y de dedos delgados.

Digamos que me enamoró su estilo, su dinamismo al caminar y el dolor que llevaba arrastrando quizá varios años. Me vi reflejado en esa mirada. Esos ojos eran muy similares a los míos. Por eso salí de la cafetería soltando algunos dólares sobre la mesa, acomodé mi chaqueta vaquera y salí con pasos rápidos tras él.

Seguí sus pasos durante varios minutos. De vez en cuando me ocultaba para que no se percatase de mi proximidad. No quería beber de su sangre, ni codiciaba su presencia a mi lado, sólo quería averiguar y hacerlo sin revolver sus pensamientos. Aunque acabé haciéndolo.

Cuando se detuvo en una parada de autobús, apoyado en la marquesina, con la mirada enfocada en la pequeña pantalla del móvil me armé de valor. Me introduje en su mente y comencé a revisar su vida como si fueran los archivos de un ordenador. Lo que hallé no pude creerlo. Me trastornó demasiado, pero comprendí por completo su dolor. No podía entenderlo del todo porque yo no vivía su vida, ni su situación, pero sí podía entrever la asfixia que suponía esta sociedad para él.

Era un hombre de esos que rondan las calles más céntricas, pero que le ahogan las personas cuando se vuelven inquisitivas. Digo que era un hombre porque fallé al echarle edad. Aparentaba unos veinte años como mucho, pero ya rebasaba los treinta. Tras su perfecto afeitado, su sonrisa amable al hablar o dar indicaciones a los turistas, había un alma que a veces se sentía derrotada. Sin embargo, se sentía reforzado con cada paso dado. En su teléfono móvil tenía puesta una canción de Bon Jovi y eso me recordó nuevamente a Lestat. Sin embargo, pasó rápido a David Bowie y luego a Queen.

El dolor provenía hacia la sociedad que le había tocado vivir y que le imponía un sexo, un género y una sexualidad. Él era un hombre transexual. Él nació hombre, no mujer como muchos afirman para referirse a sus pasos por este mundo. Nació tal y como muchos lo conocen, pero con unas carencias hormonales y una impronta equívoca al nacer. Su género era masculino, pero de vez en cuando le gustaba romper los roles establecidos para su sexo porque le parecían opresores. Además, sabía que podía y debía hacerlo. Un hombre con conciencia, con libertad, con deseos de luchar y gritar a viva voz que estaba oprimido aunque le tacharan de victimista. Su sexualidad, por mucho que cueste asumirla, no era la de un hombre heterosexual que admira y ama a las mujeres sentimental y sexualmente. Él las admiraba, las adoraba, las amaba y las codiciaba a su lado porque eran sus hermanas, sus amigas, sus primas, su madre, sus conocidas, sus ejemplos y seres que podían hacerle sentir extremadamente cómodo en su día a día por las conversaciones que tenían. Pero no era heterosexual. Él era gay. Y ese era otro problema. Se añadía el problema que muchos homosexuales le señalaban como un intruso, como una mujer por tener unos genitales distintos a los convencionales en un hombre. Del mismo modo que muchas lesbianas y algunas feministas le increpaban creyéndose superiores a él y le acusaban de haber mutilado su cuerpo. Pero no era así. Él sólo era libre. Sólo luchaba por ser libre para poder ser feliz. Para él la libertad era felicidad. Porque cuando uno es libre de ser, de amar y de expresarse puede ser feliz. Sólo así.

Entonces vi los nubarrones en su vida, los insultos en un bar homosexual más allá del café donde lo había visto cruzar sus ojos con los míos. De inmediato me marché de aquella parada y corrí a toda velocidad. Usé mi velocidad vampírica para no ser visto, para ser sólo un soplo de aire, y poder llegar a sus acosadores. Eran homosexuales. Gente que seguía burlándose de los transexuales siendo estos los principales iniciadores del movimiento del “Orgullo”.

Sentí asco y vergüenza por mi sexualidad, por mi sexo, por la verdad que siempre tenía entre mis manos... Ni siquiera yo, adorador de Dios, he creído que este los condenara y rechazara. Nunca vi bien que la iglesia impusiera esa norma moral y quizá por eso seguí adorando a Satanás, pues es una criatura mucho más libre en ese sentido.

Me senté allí hasta que se marcharon y los seguí. A dos de ellos los maté rápido bebiendo de su sangre, pero al tercero, al que realmente inició las críticas e insultos, lo llevé a mi laboratorio. Sigo usando la experimentación como pasatiempo. Sobre todo porque me parece algo necesario. Comprendo que no haga falta de mis intervenciones de “Alquimia” teniendo en cuenta que tenemos grandes médicos y científicos auspiciados por Seth, pero no puedo detenerme. Necesito hacerlo. A veces lo uso como castigo.

Puse al individuo, algo corpulento, sobre la mesa de operaciones de la habitación subterránea. En mi bunker tengo de todo. No importa si son materiales quirúrgicos o meramente electrodomésticos caseros como microondas, licuadoras o batidoras eléctricas. Decidí colocarle la suficiente morfina para que no sintiese nada. Con cuidado desnudé su cuerpo.

Atraerlo hacia mí, seduciéndolo como la dulce tentación que era, fue fácil. Noquearlo para transportarlo, también. Sin embargo, sería difícil hacer una operación como aquella basándome en bibliografía descargada de internet. Había numerosos libros en PDF que tuve que leer de forma apresurada, pero logré comprenderlo. Pronto usé mis bisturí, así como el diverso material de quirófano del que me nutro habitualmente, para amputarle el pene, así como los testículos. Dejé sólo un orificio para que pudiese orinar.

La operación fue un éxito. Tuve que mantenerlo sedado durante días para que la cicatrización fuese la correcta. También lo alimenté por vías y Benji me ayudó a ocultar las pruebas de mis delitos vinculados a este. No tardaron demasiado en hablar de agresión a homosexuales, de homofobia y de diversos crímenes contra la homosexualidad. Si bien, nada se habló de los insultos, e incluso empujones o golpes, de estos hacia un varón transexual. No lo hicieron. Como siempre todo se quedó callado.

Un mes después, cuando todo parecía correcto, hice que este despertara en plenos usos de sus facultades mentales y me senté frente a él, sobre la encimera de uno de los muebles que tenía allí abajo, y aguardé. Cuando abrió los ojos no sabía dónde estaba, ni quién era yo y apenas recordaba algunos hechos de aquella noche.

—¿No recuerdas lo que decías a un hombre transexual hace unas noches?—pregunté moviendo inocentemente mis piernas.

—Ah, el monstruo ese. Eso no es un hombre, los hombres tienen pene. Esa era una mujer con pelo corto y tetas amputadas—soltó rechazando de plano la transexualidad y denigrando a este hombre una vez más.

—¿Como tú?—pregunté ladeando con inocencia mi cabeza.

—Exacto, que tengan pene y orinen de pie—dijo—. La biología lo dice bien claro.

—Tú ya careces de pene y testículos, amigo—comenté—. Bájate los pantalones si lo deseas y compruébalo.

Efectivamente. Aunque aún estaba bajo los efectos de los analgésicos lo hizo. Se bajó los pantalones y se horrorizó. Decía que él era un hombre, que no podía sucederle lo que estaba viendo. Había quedado absolutamente amputado. Yo sólo le había arrancado el miembro, pues ni siquiera le había hecho una reconstrucción en sus partes. Tenía ante mí a un eunuco.

—¡Qué voy a hacer!—exclamaba.

—Vivir siendo un hombre sin pene, como viven muchos transexuales, o pegarte un tiro. Por cierto, el revólver está en la otra mesa y puedes usarlo—dije tras una enorme carcajada.

—¡Quién eres tú! ¡Maldito demonio!—gritó furioso.

—Precisamente... soy un demonio... soy un vampiro—tras decir aquello me esfumé rápido de la escena, dejándolo a solas con la pistola y su conciencia.


No tardó más de cinco minutos. La detonación se escuchó tras la puerta. Fue rápido. No soportó lo que los transexuales soportan. No podía pensar que sus palabras habían tenido consecuencias. Por mi parte, fue todo un éxito. Logré amputar un miembro sin que la persona perdiera la vida en la intervención o tras esta. El suicidio no lo contemplo como un fracaso para mi ejecución.  

domingo, 18 de junio de 2017

LA BURLA

Texto NO fanfic. Texto sobre transexualidad, ideología de género y sexualidad. 

La burla.

Muchos hablan de “libertad de expresión” cuando llegan a lo soez y la burla fácil. Personas que parecen coherentes hasta que toman su teléfono móvil u ordenador y teclean tras una pantalla ligeramente iluminada, en el confort de su casa o en la parada del transporte público, algún chiste que apoya un sistema opresor y violento hacia un pequeño sector de la población. Gente que luego se indigna cuando le dices que te ha ofendido su opinión, pero ellos se indignan rápidamente por la tuya. Incluso te llaman agresivo, te tachan de inculto y dicen que no es “bullying” porque no ha sido directamente hacia ti, sino puesto en una red social donde se puede acceder públicamente.

Llevo años hablando sobre transexualidad en la red. Creo que comencé cuando tenía diecisiete años e intentaba informarme a toda costa. Informarme y formarme, pues siempre va una cosa de la mano de la otra. En un primer encuentro frontal me enteré que a los transexuales se les considera enfermos mentales. Ya no por una parte de la sociedad desinformada y llena de dudas, sino por parte de profesionales del sistema sanitario. Muchos se llevan las manos a la cabeza cuando hay un seminario de “conversión” de homosexuales a heterosexuales, pero no pasa nada si se habla de trastorno mental a un transexual. Porque eso significa “disforia de género” ya que implica una serie de premisas que te indican que tu mente no está de acuerdo con tu cuerpo, lo cual te incapacita como persona y por ende necesitas una serie de apoyos psicológicos.

Diré que me quedé un poco asombrado porque necesitáramos ese apoyo, aunque considerando que tenía problemas en los centros educativos donde iba, que la sociedad me era muy violenta y tenía problemas de todo tipo -sobre todo depresión- pensé que tal vez sí necesitaba cierta ayuda y seriedad en el proceso. Aunque mi decisión estaba firme en comenzar, mis problemas económicos y familiares impidieron que pudiese ir a mi primera cita en Málaga. Tenía dieciocho años, llevaba desde los doce años ansiando poder expresar verbalmente lo que era a la sociedad más allá de mi forma de hablar, vestir o interactuar. Quería que me reconocieran como hombre, pues eso era.

Mi camino no ha sido fácil, pero mucho más difícil fueron los de activistas de décadas atrás que incluso se les encarcelaba. Por fortuna nací poco después de la despenalización que existía por ser homosexual, bisexual, transexual, etc... Sin embargo, la mentalidad sigue cerrada y abocada al fracaso como sociedad.

Como he dicho llevo muchos años escribiendo sobre transexualidad. Es posible que me equivocara en algunos términos, creencias y oportunidades malogradas por ser demasiado joven y también por la desinformación que se genera alrededor de la palabra “Trans”.

Por aquel tiempo cometí el primer error. Alguien me dijo que para ser hombre tenía que llevar el pelo corto. Por mi parte llevaba el pelo largo porque me gustaba -y me sigue gustando- el metal. Todos los cantantes de metal que me gustaban llevaban el pelo largo, salvo algunos que tenían calvicie y otros que han ido evolucionando con los estilos actuales de corte de cabello. También porque era mi forma de recordar mi gran pasión infantil: Los nativos americanos. Era un empedernido de la historia y cultura nativo americana, la cual todavía es para mí algo impresionante e imprescindible a la hora de escribir algún texto o leer algunos artículos. Mi respuesta fue evidente. Yo le dije que lo hacía por estos motivos, pero él insistió que para la sociedad tener el pelo largo era femenino y por ende si quería ser más masculino debía cortarlo. Tenía diecisiete años, apenas conocidos y él era la primera persona en mucho tiempo que me trataba bien o intentaba ayudar. Decidí hacerlo. Actualmente no lo hubiese hecho, aunque reconozco que el pelo corto es mucho más cómodo de arreglar y no causa estragos cuando se practica algún deporte. Es cómodo, es fresco y no tiene nada que ver con ser de un género o sexo.

El segundo error que cometí fue creer que todos los transexuales y transgéneros se apoyan. No es cierto. Hay personas transexuales que no apoyan a transgéneros porque creen que deben hormonarse para decir que son iguales. Para mí son iguales, simplemente han decidido que no quieren cirugías ni hormonas. Cada quien decide. Si bien, como yo no tenía hormonas empecé a ver a personas que decían ser “amigas” creerse más porque iniciaban su proceso, incluso increparme por poner “excusas” para iniciar.

Mi abuela sufría demencia senil y alzheimer. Era una enfermedad dura. Debía viajar a Málaga cada “x” meses y no contaba de dinero suficiente, pues todo iba en su tratamiento y cuidados. Mi madre es limpiadora, no tiene por ende una economía boyante y por lo tanto me vi atado de pies y manos. Mi itinerario diario era “Casa- estudios- casa- biblioteca- casa”. Yo era quien vigilaba muchas veces de noche a mi abuela, ¿cómo iba a viajar a Málaga? ¿Cómo iba a quedarme en un hotel? ¿Cómo iba a gastar un dinero que no tenía y un tiempo que era valioso? No eran excusas, era algo real. En vez de apoyarme estas personas me señalaban con el dedo y me vi excluido. Fueron dos personas en concreto, dos mujeres transexuales y que no representan a las verdaderas mujeres trans que he ido conociendo, que admiro, que quiero y que no puedo dejar de pensar en lo maravillosas que son.

Pasé por momentos muy duros en el colegio, en el instituto, en la universidad y finalmente en los trabajos. Tengo grados superiores, pues por mi economía y problemas de transfobia tuve que dejar la universidad. También por problemas que venían ligados a mi abuela, pues no podíamos pagar una mujer para que estuviese las horas que yo requería. Grados superiores, cursos y certificados con notas más o menos buenas, incluso brillantes en algunas asignaturas. Poseo idiomas, tengo ganas de trabajar y aún así me veo en el paro como tantos jóvenes, ¿cierto? Casi el 90% de los transexuales y transgéneros no tienen empleo. Son personas que carecen de una oportunidad. Los empleos que tenemos suelen ser en teleoperadores, buzoneo, camareros (quien tiene suerte, ojo) y esteticistas (sobre todo las chicas) Trabajos dignos, pero poco remunerados. Trabajos que no nos sacan de casa y nos dan una estabilidad.

Me frustra muchísimo que me digan “Hay familias que tampoco tienen empleo los padres. Es algo general”. ¿Acaso los transexuales no tenemos familia? ¿Han pensado que hay muchos transexuales que antes de las hormonas y cirugías fueron padres o madres? ¿Han pensado en los que usan su cuerpo cuando están en hormonas -dejándolas previamente unos meses- para tener descendencia? No. Al parecer no lo han pensado. No los culpo. Hay muchas personas que no ven más allá porque el sistema cis les han impuesto que nosotros no tenemos descendencia, que no somos personas con derecho a tenerla y que debemos contenernos.

Después están las bromas al respecto. Muchos no entienden que “si nos sentimos hombres usemos nuestros ovarios”. Ya no sólo es transfobia pura y dura, sino que es incultura y también falta de empatía, tacto y criterio. Si me lo permiten lo analizaré con puntos:

Primero: La persona transexual no se siente de un sexo, sino que es. Nace siendo transexual, pero con una genitalidad distinta. Son hombres transexuales o mujeres transexuales desde la concepción. Es el cerebro quien identifica si eres hombre o mujer evolucionando desde el vientre materno hasta aproximadamente los tres años de edad. No son los cromosomas, no son las características externas y no son para nada los roles de género que te dice lo que eres. Por ende, una persona transexual puede decidir no hormonarse y se les llama “transgéneros”. Si bien, por mi parte eliminaría la barrera aunque muchos desean que se especifique quienes quieren cirugías y quienes luchan para no tenerlas. Me parece correcto mientras no se use para humillar o denigrar los deseos de otros. Tampoco se requiere cirugías. Ni se necesita tener un estilo de vida u otro para cerciorarse que la sociedad nos vincula a un sexo u otro.

Segundo: Hay muchas mujeres cis que desearían tener hijos, pero son estériles. Ellas desearían tener ovarios sanos. Muchas quieren la gestación subrogada porque ansían un hijo en su regazo. Incluso van a clínicas de fertilidad -eso primero- para ver si pueden ayudarlas. La mayoría adopta, otras quedan con la frustración y cuidan a sus sobrinos como propios hijos (o a los hijos de sus amigos) porque la maternidad no es cosa sólo de engendrar. Por ende, nadie les dice que son menos mujeres. Quien lo hace es silenciado automáticamente. Pasa lo mismo con hombres cis que quieren ser padres y no tienen suficientes espermatozoides, sufrieron algún problema médico o accidente. Nadie les indica que no son suficientemente hombres para ser padres.

Tercero: Si vamos al punto segundo, ¿por qué decirle a un hombre transexual sano que no pueda tener hijos? ¿Quién le impide que lo haga? Pues muchos países exigían (y en algunos aún se exigen) que para tener tu nombre cambiado y tu sexo correcto debes someterte a unas cirugías que te castran. Suena terrible esa palabra, ¿cierto? Castrar... “Castrar se hace a los animales, ¿no?” También a las personas. Se les exige no poder tener hijos, pues tienen que hacerse histerectomía o vasectomía para tener su identidad.

Cuarto: Nadie hace burla al maltrato de una mujer y sale indemne. Nadie hace burla a una persona negra con comentarios racistas carentes de sentido y sale indemne. Nadie. Absolutamente nadie. Si bien, parece que hacer burlas y comentarios sobre hombres embarazados es divertido y para nada dañino. Se hace en twitter, facebook, tumblr, whatsapp... No sabes quien te está leyendo, no sabes quien terminará aceptando ese hecho como cierto y no sabes si esa persona se ofenderá, sentirá mal o simplemente apoyará este comentario como veraz y para nada humorístico. No lo sabes. No es algo que digas “Estás quitándome la libertad” sino que tu libertad comienza donde está mi respeto. Debes respetar a otras personas. El humor negro existe, lo sé. Si bien, yo no lo apoyo. No lo condenaría, pero no lo apoyo. Del mismo modo que muchas veces el humor negro es de la propia víctima hacia el exterior. Sin embargo, en un clima social como en el que estamos, con un autobús naranja gritando que no existimos los trans, ¿crees que es momento para jugar a la broma fácil y reírte con los amigos? No. No es momento.

Pasando por estos puntos diré que hoy he discutido con un tal “Diego” y que posiblemente lea mi blog, como también puede ser que no lo haga. Si no entiendes este punto, si no comprendes esto, no intentes ser activista LGTTTBIQ+ porque apoyas la ignorancia, apoyas a una persona que está agrediendo a un colectivo que está luchando por una Ley Trans Estatal. Apoyas un sistema cisnormativo. Que esa persona fuese desconocedora que un trans pudiese leerlo no le resta imprudencia al acto. Que esa persona, amiga tuya, desconozca la transexualidad y sus pormenores no le da derecho a poner “Entonces sería madre XDDD ¿o qué?” en una foto de un hombre transexual embarazado. Tampoco le da derecho alguno a decir “si se siente hombre no debería embarazarse”. Eso no es una pregunta, tal y como él comenta, sino una afirmación llena de ignorancia y falta de tacto. Puedes preguntar, pero no puedes indicar lo que tú crees que está bien o mal. Sobre todo porque son vidas de otras personas y estas intentan ser felices.

Regresando al tema principal: Llevo demasiado tiempo escribiendo sobre transexualidad. El cistema, como muchos llamamos al sistema cis, impone que para ser transexual debes tener una sexualidad y no otra. Es un error. Nadie va por la calle y ve a un cis y dice “Es hetero porque es cis”. También se confunde que dependiendo de nuestra genitalidad y la de nuestra pareja así es la sexualidad. Una mujer transexual, no reasignada (es decir, una mujer con pene), con un hombre cisgénero es una pareja heterosexual. Una mujer transexual, no reasignada, con una mujer cis (o con otra mujer trans reasignada o no) es una mujer lesbiana o bisexual si ha tenido parejas hombre.

Los transexuales podemos ser homosexuales, bisexuales, pansexuales (los incluyo porque el tercer sexo son los intersexuales que no desean estar en un sexo u otro) o asexuales. Los transexuales podemos ser binarios o no-binarios en nuestros roles. Los transexuales podemos tener hijos biológicos, adoptar o no tener hijos. Los trans podemos hormonarnos, no hormonarnos, hacer cirugías como no querer ni una sola.


Dejad de hacer “normas” cis para nosotros. Dejad de abogar por nuestra voz cuando nosotros tenemos una. No sois nuestros voceros, coño. Somos nosotros los que agarramos un megáfono, un micrófono o simplemente nos desgañitamos en cualquier lugar para pedir derechos. No tenemos los mismos derechos. Incluso se nos quiere hacer un baño para nosotros o negarnos el uso del que nos corresponde. Dejad de ser tan gilipollas e informaros.  

lunes, 5 de junio de 2017

Sacando la basura

Petronia... ¡Un día conoceré a ese vampiro!

Lestat de Lioncourt



Últimas horas de la noche. Una noche más en una ciudad llena de diversidad cultural, la cual aún sufre la discriminación y el egocentrismo de los más blancos. Una ciudad que respiraba jazz y el sabor amargo de sueños rotos, de muertes tempranas y fantasmas demasiado reales. Decidí caminar por una de las avenidas más céntricas y tumultuosas, muy cerca del Barrio Francés, intentando hallarme a mí mismo en cada mirada, gesto, palabra y acción. 

Entré en uno de esos antros “gay friendly” como se llama ahora. Un sitio gregario donde los halla. Si bien, estos lugares son más “libres” para poder comportarse como uno realmente es sin miedo a miradas extrañas o palabras malsonantes. Supongo que el miedo anquilosa demasiado sus almas todavía tras cuarenta años de la primera gran revuelta, aquella donde transexuales y drags salieron a la calle armadas con ladrillos y reivindicaciones. Siempre me sentiré un tanto conmovido por las historias que se propagaron aquella noche. Fueron como un diente de león soplado al viento. Cada pequeña semilla se colocó en nuevos corazones y estos siguen rugiendo, siguen latiendo, siguen germinando con fuerza y eso les da alas a muchos para sentirse libres allí donde van. No obstante, la sociedad aún no ha cambiado lo suficiente y nos vemos señalados. 

Me senté en una mesa. Unas de esas cercanas a los baños. Los chicos bailaban y se divertían. Algunos brindaban. Incluso había quienes sonreían coquetos sin vergüenza alguno a los camareros. Una chica besaba a otra como si la devorara a unas mesas. Había un chico, muy atractivo, que intentaba tocar una vieja y popular canción que se convirtió en todo un símbolo:  Somewhere over the rainbow.

Sentía cierto confort. Cuando era tan sólo un muchacho enclenque, o una mujer llena de marcas, había una poderosa atracción hacia criaturas como yo. Los intersexuales o hermafroditas teníamos nuestros propios dioses y mitología. Igual que los hombres decían que el amor más puro era sólo entre ellos, relegando a la mujer a objetos miserables o vasijas para tener hijos. Si bien, con el paso de los siglos el cristianismo, así como otras religiones mayoritarias, nos convirtieron en objeto de odio y en demonios sobre la faz de la tierra. Las mentes se iban abriendo como flores nocturnas. No obstante, pasó algo deleznable. 

Entró una de esas chicas imponentes con un brillo de dolor en su mirada. Una de esas que tienen la falda muy corta y la lengua muy afilada. Su sonrisa me impresionó pese a la amargura que descubrí en su alma. Tenía una mente brillante, tanto como las lentejuelas de su escotado vestido. Su piel era la de una diosa de ébano y de inmediato me recordó a Marsha P. Johnson, la cual por desgracia llevaba ya más de dos décadas muerta. Me quedé mirándola asombrado por su belleza, porque era extremadamente hermosa. La envidié. Sentí que debí colocarme ese vestido de noche que me había ofrecido Arion noches atrás, el que tenía descubierta la espalda, porque me sentí insignificante ante ese desparpajo y esas pequeñas risotadas mientras se enganchaba al brazo de una amiga. Ella también era hermosa, alta, de mirada altiva y rubia como una Barbie. Si bien, ninguna era estúpida. Ambas habían luchado para conseguir estar donde se hallaban. Llevaban tacones de aguja, trajes deslumbrantes. El de la chica blanca era azul pavo real y se ajustaba muchísimo a su pequeña cintura. 

Justo cuando lo hicieron muchos hombres gays comenzaron a murmurar entre ellos. Algunos se rieron. Otros mantuvieron un perfil bajo, intentando no meterse por miedo a los que otros “machos” pudiesen pensar. Sólo un par las miraron con la misma devoción que yo lo hacía. En cuanto se sentaron las burlas se alzaron y los desprecios se multiplicaron. Fruncí el ceño y giré mi rostro hacia un grupo de individuos que comenzaron a llamarlas “desertores”. 

—No he desertado—respondió—. Me he liberado para ser la gloriosa mujer afroamericana que siempre he sido.

—Sólo eres un puto travesti—esgrimió uno de ellos antes de jactarse con la típica risa de un imbécil. 

—Soy una mujer. Nací mujer transexual del mismo modo que tu madre nació mujer. Pero pobre mujer... ¡Tuvo que parir a semejante imbécil!—gritó incorporándose.

—Sophie...—murmuró su compañera, algo más tímida y que no quería peleas. 

Pero Sophie arremetió contra ellos y la pelea subió de tono, incluso terminó en puñetazos de una y otra parte. Ambos grupos fueron expulsados y yo me retiré con indignación. Por supuesto que iba a buscar a esos tipos. La cosa no se iba a quedar así. Iba a beber hasta la última gota de esos cobardes, pero entonces llegó un golpe fatal. Al ir a la parte trasera del local, donde acabaron todos discutiendo, vi como uno de ellos sacaba una navaja y la enterraba en el vientre de aquella diosa terriblemente empoderada. 

Me convertí en un demonio. Me arrojé contra el pequeño grupo de fascistas de género y sexo. Eran tres, no muy fornidos, que se creían con el poder de hacer todo lo que les viniese en gana. Si bien, el poder lo tenía yo. Mientras su amiga llamaba a una ambulancia, y ella agonizaba, por mi parte maté a dos de ellos destrozando sus cuellos. Fue un golpe seco tras otro. Si bien, al de la navaja lo retuve y lo agarré para alzarlo por los aires. Gritaba igual que un pequeño mocoso asustado en su dormitorio debido a terrores nocturnos. Yo era su pesadilla. Yo iba a ser lo último que viese. 

Fui al Santuario. Había jurado que no volvería a pisar esas tierras pantanosas. Allí lo llevé para tirarlo, aún con vida, a los caimanes. Disfruté terriblemente al verlo convertido en alimento para mis “pequeños”. Hacía tiempo que no sentía tanta rabia y tanto odio. Sé que es perjudicial, pero a veces hay que sacar la basura. 

martes, 23 de mayo de 2017

No somos códigos de barras.

No somos códigos de barras



Hace años que no me veía involucrado tanto en redes sociales. Huí como huyen muchos después de darme de bruces con la ceguera de aquellos que se dicen libres, pero tienen demasiados muros llenos de estereotipos basados en una cultura patriarcal, cisgénero y básicamente heterosexual. El machismo es una plaga que a veces parece incubarse en nuestro sistema y luego se expande cual virus hasta deteriorarnos, frustrarnos, violentarnos y humillarnos sin siquiera saberlo. Igual que los cánones de belleza, pues en parte están basados en lo anterior.

No obstante, regresé. El asesino siempre regresa al lugar del crimen, ¿cierto? Me he visto de frente con aquellos que no progresan, que no se culturizan, que no avanzan y que se centran en los mensajes que la sociedad les ofrece constantemente. Mensajes que los fragmentan y convierten en prototipos perfectos de una película de Almodovar. Incluso diría que se transforman en los distintos personajes de “La casa de Bernalda Alba” donde las mujeres están distorsionadas y muestran de forma burlesca los cánones sociales de la época.

Estamos en un mundo demasiado diverso como para catalogar con las premisas de antaño, pero también es estúpido catalogar a otros y etiquetarlos con ciertos “códigos de barras”. Ante todo somos personas, seres vivientes y dolientes, que se impulsan a través de este mundo intentando hallar su “lugar”, su “camino” o simplemente “hogar”. Llamamos hogar a casa cuando nos hallamos en ella con pantuflas, pijama y una taza de café o té. Si bien, hogar también es nuestro cuerpo y nuestras almas son las residentes en este. Nuestro cuerpo es nuestro hogar, templo o simplemente el lugar donde expresarnos con voz, gestos y necesidades.

Muchas veces me han preguntado en qué lugar de “mi transición” estoy o “el cambio” que he hecho. No he cambiado nada, no he transitado. Yo nací siendo hombre aunque mis genitales difieran de los cánones culturales y sociales. La biología no es una ciencia exacta y por ende no puede determinar algo a simple vista. Soy un hombre transexual.

Aquí viene el error que muchos cometemos. Unos transexuales lo hacen al principio de su aceptación, otros continúan así por falta de información y por supuesto están los cisgéneros. El error de creer que la imposición de género socialmente aceptable debe ser usada para enarbolar la bandera y decir lo que somos.

Muchas mujeres transexuales se sienten menos mujeres porque no menstrúan, no tienen pecho desarrollado, no tienen caderas o el cabello se les cae. Comprendo lo importante que es para una mujer, así como para un hombre, su aspecto físico porque nos gusta tener un pelo saludable o un aspecto sano. Muchos nos obsesionamos con tener una alimentación sana, o todo lo sana que podemos por nuestros bolsillos, y un estilo de vida deportista para no caer en el sendentarismo o ataques de estrés. Si bien, ¿es saludable para una mujer transexual obsesionarse con su físico? Es cierto que muchas desean eliminar el vello, pero porque tengan algo de sombra de barba no significa que sean menos mujeres. Hay mujeres cisgéneros que tienen problemas hormonales y poseen vello facial. Del mismo modo que es ilógico que muchas mujeres transexuales se sientan menos porque no tienen una talla de sujetador apropiada, pues hay muchísimas mujeres cis que carecen de pechos o han tenido que ser intervenidas por cáncer de mama. Una mujer es más que lo físico, más que sus genitales, más que un sentimiento de pertenencia a un género gracias a los estereotipos... Una mujer es auténticamente mujer porque así lo sabe pese a lo que diga el espejo.  Si bien, no juzgo a quienes se vean deseosas de tener ese físico porque realmente ellas lo deseen por sí mismas y no porque la sociedad lo dictamine, lo desee su pareja o crean que así serán más aceptadas.

Del mismo modo que muchos hombres transexuales cometen el error de querer una musculatura amplia, una barba frondosa o unos rasgos mucho más masculinos. Incluso hay quienes se frustran por tener mucha cadera o glúteos muy grandes. ¿Acaso no existen hombres cisgéneros con cintura y caderas anchas? Los hay. Del mismo modo que cisgéneros más bajitos o altos, con más o menos vello, con una voz más gruesa o más dulce. Es igual que las chicas. Vamos de la misma mano.

Actualmente llevo vello facial pero es porque los granos son insoportables; pero de vez en cuando me rasuro y me siento tan hombre en esos momentos que cuando luzco vello facial. Llevo colores que se supone que son femeninos como el violeta, el rosa o tonalidades más “dulces” o “pastel”. Creo que el maquillaje, aunque yo no le doy uso, no tiene porqué ser únicamente femenino. Al igual que las faldas, los tacones o cualquier prenda, accesorio o complemento para el cabello. También debo decir que me encantaría volver a tener el pelo largo, pero el calor es insoportable y el cuidado es demasiado. Así que hay que desprenderse de esos miedos y deseos de "macho". Pero al igual que he dicho con las mujeres, ¿qué hay de malo tener barba o vestir de una forma más binaria? Nada. Siempre y cuando lo hagas porque así lo desees tú y no un tercero.

Estoy muy cansado de ver como muchos usan sus genitales como odio hacia su propia persona, los repudian hasta la saciedad y promulgan que eso es “lo normal”. Cada transexual tiene una forma de adaptarse a sus genitales. Muchos que odian estos se basan en una idea que les han inculcado de “si eres transexual debes odiarlos, rechazarlos de inmediato e incluso castrarte.”

La vida no todo es blanco o negro. Somos muy diversos. Deberíamos apoyar la diversidad y dejar de ponerles etiquetas. Simplemente deberíamos sentir la felicidad porque seamos libres de todos los prejuicios. Es difícil, pero tenemos que instruirnos. No obstante, sé que es difícil. Hoy mismo he tenido un par de agresiones verbales porque “no estoy de acuerdo contigo” y entonces venía el sarcasmo, la sorna fácil y los insultos pueriles para denigrar a otros. Personas que detestan su genitalidad pero juzgan a otras por hacer lo mismo. Gente que no para de decir que las características físicas nos hacen ser hombres o mujeres. Burlas hacia los que piensan distinto o se ven afectados más por la problemática de verse en el espejo y amarse.

Sé que no tengo la verdad universal, que puedo estar equivocado, y estoy abierto al diálogo. No obstante, no voy a aceptar imposiciones culturales de género o de estructuras que se dan por genética familiar. Mi padre tenía cadera y no por ello nadie le dijo que no era un hombre. Mi madre, debido a un proceso médico, empezó a tener algo de vello facial que elimina como puede y no por ello dicen que es menos mujer. Tengo amigos con rostros andróginos completamente cisgéneros y heterosexuales y no por ello dicen que son mujeres siendo hombres o hombres siendo mujeres. Dejen los estereotipos, dejen los odios, dejen las burlas y sobre todo aléjense de etiquetas impuestas por otros.

Nosotros nacemos así, no nos creamos o convertimos. Nosotros somos además personas que sienten y pueden vivir su sexualidad dependiendo de sus sentimientos, deseos o necesidades. Nosotros somos personas. Individuos que viven en un mundo muy diverso y no por ello hay que especificar cada partícula de nuestro cuerpo.

No podemos vivir con miedo. No podemos vivir avergonzados. No podemos vivir llenos de prejuicios. No podemos juzgar a otros. No podemos y no debemos.

No somos quienes. No tenemos derecho a juzgar y señalar. Cada uno hace con su cuerpo lo que quiere y cree conveniente. Cada quien hace su vida dependiendo de lo feliz que desee ser. Hay que luchar en conjunto y no disgregarnos.


Si esto no se entiende no me voy a ofender, pero no ofendan a otros porque los primeros ofendidos son ustedes mismos.  No desean que se les juzgue, amenace, burle o denigre y por ende cuando lo hacen con los demás se cargan de hipocresía. Intentan colocar muros demasiado altos. 

martes, 16 de mayo de 2017

Hijos de Lucifer

Mañana es el día contra la transfobia y la homofobia. Dios no los odia, sólo lo odia el ignorante.

Lestat de Lioncourt 



—Creaste un mundo diverso—dije.

Estábamos frente a un tablero de ajedrez. Él vestía de blanco impoluto, pero yo había escogido unas prendas bastante llamativas. Unos pantalones tejanos desgastados, algo sucios en los bajos, unas botas de punta con tachuelas, una camiseta blanca sin mangas y una chaqueta de imitación a cuero cargada de cremalleras y consignas en pro de la libertad de cualquier tipo y de la paz. Uno busca paz siempre que va camino a la libertad y la felicidad, pues son tres rostros de una misma señora.

—Creé mentes diversas—replicó moviendo el alfil.

—Pero muchas de ellas no funciona—contesté antes de señalar el mundo que yacía a nuestros pies iluminado por las distintas luces de neón. Desde el lugar donde nos hallábamos podíamos ver una ciudad cualquiera, tan común como cualquier otra, llena de suburbios más pobres y más ricos con una contaminación acústica que creaba un latido distinto a las otras. Aún así, frente a nosotros, era lo mismo—. Míralos. No quieren comprender, no quieren escuchar.

—¿Y es mi problema?—preguntó encogiéndose de hombros—. Les di los medios y las oportunidades, ellos sólo tienen que tomarlos.

—¡Lo sé!—exclamé algo agitado—. Pero muchos no alcanzan a verlo.

—La gloria no está hecha para todos—se apresuró a decir.

—¡Padre! ¡Los estás condenando!—me incorporé indignado. Apoyé mis manos sobre el tablero y este se desplazó ligeramente. Las piezas parecieron temblar, pero no se precipitaron hacia el suelo que era un manto nebuloso que nos sostenía a los dos, así como al resto de ángeles que nos observaban ensimismados.

—Se condenan solos—explicó con un tono conciliador.

—Hay quienes jamás vivirán en libertad debido a la presión que ejerce el resto—repliqué aún furibundo, aunque intentaba controlarme—. No puedes hacerles esto.

—¿Yo?—dijo con una sonrisa entretanto se incorporaba imitándome. Sus labios eran carnosos, rosados y parecían bondadosos... pero no era así—. Son demasiado débiles, pero esa debilidad está en los caminos que han ido escogiendo.

—¡Y en la cultura que les ha tocado vivir!—dije todavía más exasperado.

—¿Quieres hacer algo?—preguntó—. Hazlo—me invitó—. Levántate y hazlo.

—¡Lo hago! ¡Pero lanzan consignas! ¡Llaman sodomitas y monstruos a quienes al fin se alzan!

Mi voz se alzó como un relámpago en mitad de la oscuridad y cayó como un trueno sobre los presentes. Las piezas del tablero cayeron a los lados, rodando hacia el suelo, y hundiéndose entre las esponjosas nubes. Muchos se agitaron abriendo las alas y echándose hacia atrás. Sabía que me daban la razón, pero muy a su pesar tenían que aceptar las reglas impuestas por padre.

—¿Y? ¿Sucumben?—dijo alzando sus pobladas cejas blanquecinas.

—No todos—respondí frunciendo el ceño.

—Pues los que queden en pie serán los que liberen al resto.


Me ahogaba. El racismo aberrante, la presión de las clases más vulnerables, el robo de la libertad y la malversación pública, la transfobia, el machismo, el feminismo radical que vulneraba a las mujeres transexuales, la homofobia que se extendía incluso en campos de concentración ucranianos, el nulo deseo de comprender la bisexualidad, y en definitiva el odio al diferente y el egoísmo. Sobre todo el odio hacia aquellos que se levantan cada día luchando contra las fobias del intolerante, el cual no comprende que amar distinto no es delito ni pecado. Y, honestamente, tampoco identificarse con un género u otro porque son construcciones sociales. Me ahogaba terriblemente. Quería llorar, pero no pude. Apreté los puños y bajé de nuevo para patear la ciudad buscando a todos aquellos que seguían luchando, seguían amando, seguían encontrándose con las dificultades y que eran llamados Hijos de Lucifer.  

lunes, 15 de mayo de 2017

17 de Mayo

No es un fic, es una carta abierta a Feministas Radicales, posibles jefes, posibles maestros, posibles personas pensantes de esta sociedad... 


Día 17 de Mayo: Día contra la homofobia y la transfobia.

Día 17 de Mayo: Día contra la homofobia y la transfobia.
Cada día me despierto con el impulso de conquistar una nueva meta, por difícil que parezca o por pesada que sea la carga que lleve depositada a mi espalda. No siempre tenemos la fuerza necesaria para superarnos, pero hay que luchar porque si no se lucha terminamos aplastados. Y nadie quiere convertirse en el insecto en la suela de un fascista retrógrado.

Desde que suena el despertador muchos jóvenes tienen que asumir su identidad, su sexualidad y la discordancia estúpida de una normativa social impuesta por comodidad de “la mayoría”. Todos y cada uno hacen malabares por no caer en la depresión o por salir de esta. Hay quienes tienen aversión a mirarse al espejo o simplemente escuchar su nombre durante el desayuno familiar.

Bien, comencemos desde el inicio. Hablemos de la homosexualidad. Todos conocen lo que es. Todos lo saben definir como “sentimiento” o “tipo de amor”. También se habla de “atracción sexual”, pues no siempre tiene que existir amor para practicar el sexo. Se da entre personas del mismo género. Sí, género. Ya no hablemos del mismo sexo. El sexo no son los genitales, aunque muchos se empeñen en proclamarlo continuamente. Es posible que la imagen mental de muchos sea “vagina” para la mujer y “pene” para el hombre. No obstante, esto no es así desde hace algo más de una década. Se ha demostrado que el cerebro sufre una evolución distinta y por lo tanto podemos hablar de “cerebro masculino” y “cerebro femenino”. Así que un hombre puede serlo sin necesidad de tener un pene, del mismo modo que una mujer puede serlo teniendo uno. Ahí viene el error de creer que la homosexualidad se da sólo entre varones cis o entre hembras cis. Gays como lesbianas apartan ocasionalmente a las personas transexuales que después de tomar su género, con toda la libertad de este mundo, proclaman ser gays, lesbianas o bisexuales. Pues los transexuales son tan diversos en su sexualidad como los cisgéneros.

La transexualidad muchos no la comprenden. Ya no es por falta de información, sino por falta de interés. Saber todo sobre ella les obligaría a cambiar su percepción del mundo y percatarse de todos los errores cometidos día tras día. Sobreviven creyendo que son superiores y eso les da una paz por las noches que les adormece, tal y como sus neuronas ante esta sociedad. Esos mismos errores que son un yugo para la evolución de la sociedad, el camino a la igualdad y la paz anímica de millones de personas en todo el mundo. Hay quienes jamás dirán abiertamente su género pues temen las represalias, por eso muchos llegan a la tumba sin haber saboreado ni un momento de reconciliación consigo mismos.

La transexualidad no es sólo un sentimiento. Muchos así lo creen. Viven pensando que es sólo “sentirse”, pero también es vivir. Nadie en su sano juicio se levanta cualquier día de la cama y dice “soy transexual” o está en la cola de un supermercado y exclama “soy transexual”. La transexualidad se va asumiendo poco a poco. Tampoco lo llamaría tránsito. Nosotros no transitamos. Nosotros somos personas hombres o mujeres pero con genitales distintos a lo “normativo” o “estipulado” por la sociedad. Si utilizo la palabra transexual es para que puedan comprender a que me refiero, pues incluso esa palabra me parece hacer preso a cientos de personas en este mundo en la palabra “Transito”. Me molesta terriblemente que en páginas como Wikipedia se remarque que la transexualidad es una minoría poco atendida y estudiada. Supongo que “poco atendida y estudiada” por la gran mayoría -la misma a la que hice referencia antes- no le importa saber nada sobre nosotros porque viven cómodamente en su mundo cisgénero. También es molesto que para la gran mayoría de la población seamos enfermos mentales. Se ha pedido a la OMS que se nos retire del apartado de enfermedades, pero sólo ha suavizado el asunto con otra terminología. Los especialistas consideran importante eliminar un diagnostico que contribuye a la estigmatización, así como lo están pidiendo numerosas asociaciones de transexuales e intersexuales.

Como transexual he vivido la agonía de tener que esperar en una sala de psiquiatría para que me evalúen. Nadie cisgénero ha sido evaluado para confirmar que no está “loco” y tiene el género femenino o masculino. ¿Por qué nosotros sí? La transexualidad se da incluso entre la especie animal. Por lo tanto las Unidades de Transtorno del Género me parecen inútiles, abusivas y entorpecedoras. Nosotros no estamos enfermos, miles de especialistas han alzado la voz exigiendo que se nos de libertad para “ser” sin necesidad de evaluación, y aún así ocurre. Todavía ocurre. Incluso en otros países se nos mata y el gobierno apoya ese hecho.

Si tenemos depresión, si sentimos náuseas frente a nuestra imagen e incluso llegamos a negarnos el contacto con otros es por los numerosos abusos -tanto verbales como físicos- que sufrimos desde temprana edad. Incluso nos negamos. No queremos ver la realidad y nos sometemos a nuestro propio juicio completamente perverso, ruin y cruel que nos destroza poco a poco hasta que no queda nada de nosotros. Eso no es “disforia de género” o la mierda que quieran impulsar como nuevo concepto. Eso es consecuencia de la sociedad, sus estigmas y la podredumbre que va quedando en nuestras almas como si fuese un cáncer.

La vida no es fácil cuando demuestras quién eres e intentas esforzarte por ser feliz. Todos queremos ser felices. Para mí la felicidad es poder expresar lo que siento en cada momento. Mi vida era una ruina antes de empezar el camino hacia la cima, la cual alcanzaré en algún momento. Desde pequeño demostré quién era, pero esto no es siempre así. Hay quienes lo reprimen por miedo o simplemente por desconocimiento. Cuando hablaba de mí en masculino o simplemente me entristecía el “desarrollo” habitual de la pubertad muchos optaron por ignorarme, golpearme o destruirme moralmente. Diez años de abusos escolares dieron fruto a un ser acomplejado que no era capaz de alzar la cabeza. Sobre todo cuando me vi solo siendo rechazado por los nuevos amigos que iba conociendo. Era decir lo que era y comenzar las burlas.

El machismo tiene mucho que ver con esas burlas. Cuanto más machista es una persona más centrada en el sexo -lo que uno tiene entre las piernas- para dirigirse a otra y señalarla. Me impedían soñar con jugar al fútbol en el recreo, al baloncesto o simplemente cualquier actividad deportiva tachada de “masculina”. Aunque es un error. Los deportes no deben tener género, del mismo modo que los juegos o los juguetes. Si bien, para ellos era evidente que yo como “mujer” no podía jugar con ellos. Era triste y humillante. Decidir lo que debería ponerme era otra. Al parecer para mis compañeros de clase debía vestir más “femenina”. Esto pasó también en los distintos trabajos en los que he ocupado lugar. Si bien, ya no era ese niño atormentado, sino un adulto joven que decidía poner las cartas sobre la mesa y ellos a mí en la calle.

¿Saben lo humillante que es que te digan que para trabajar en cierta empresa debes llevar falda corta? Lo es para una mujer, pero imaginen lo que es para un hombre transexual. La ropa es ropa, es cierto, pero no todos somos no binarios. Hay quienes jamás nos pondríamos ropa femenina. Para mí era extremadamente humillante, además de incómodo. Una vez incluso me dijeron que por qué me había cortado el pelo. Me gusta el pelo largo, lo he llevado gran parte de mi vida, pero quería algo cómodo y fresco. Al parecer, a mi jefe eso le pareció extraño y me comentó que así “no estaba tan guapa”. La ropa, el maquillaje, los complementos, el pelo o las lacas de uñas están condicionadas a un género cuando en ocasiones surgieron para el opuesto. El maquillaje se creó para los guerreros, pues se daban valor o se realizaban para asustar al enemigo teniendo un rostro más fiero. Los tacones se inventaron en Egipto, aunque eran más bien plataformas, Da Vinci los usó y Enrique II de Francia los puso de moda. Las faldas no era cosa de géneros desde su antigüedad pues los Sumerios, los Asirios y los Egipcios, la usaron con toda naturalidad y les costó mucho dejarla al haberse inventado el pantalón por parte de pueblos bárbaros.

Para muchos tener “vagina” es ser mujer y por ende tener que vestir, actuar y comportarse de cierto modo. Por eso también es difícil para una persona trans explicar que es hombre o mujer sin caer en los prototipos o clichés habituales. De ahí quizá que se enmarque como un “sentimiento”, pues son diversos sentimientos que nos hacen saber quienes somos. Que te llamen en masculino siendo transexual masculino hace que te siente bien, que te reconozcas, y por ende seas feliz.

Las feministas radicales están intentando atormentar y amedrentar a mujeres transexuales diciéndoles que jamás serán mujeres porque no tienen vagina. No existe comentario más machista y retrógrado que este. Supongo que están a nivel de Bertín Osborne y todos los que le aplauden hasta quedarse sin manos. Una mujer no es un coño, pues es inteligencia, es belleza emocional, es ambición y son logros. Una mujer no sólo es una vagina por la cual expulsar un niño si ella quiere. De hecho, no lo es porque yo poseo una y puedo engendrar todavía. Una mujer no es sólo tu madre, tu hermana o tu vecina porque tienen senos, vagina y carecen de nuez. Dejen esas estupideces a un lado, pues es patético. Del mismo modo que un hombre no lo es únicamente porque tiene un pene, tampoco lo hace un violador o un machista. Hay todo tipo de personas en esta sociedad y no puedes etiquetarlas como códigos de productos de supermecados.

La transexualidad es un icono de libertad. Incluso de libertad contra homosexuales que te cosifican y te denigran porque tienes unos genitales u otros. Somos los parias entre los parias, pero aún así hay que luchar e intentar ser feliz con uno mismo. Hay que amarse. Los miedos sólo los enjaulan. Si tienes miedo a expresar tu género, a codiciar unas hormonas o decidir si quieres una intervención de cirugía o no... ¿entonces cómo puedes decir que serás feliz? Se supone que una de las grandes metas del ser humano es la felicidad, la libertad y el progreso. No puedes progresar si te estancas por miedo, no puedes ser feliz por culpa de miedos y los miedos son los que nos hacen presos en nuestro propio hogar que es nuestro cuerpo.

Hay que ser libre. Hay que abrir las alas y volar. Hay que hacerlo sin importar si nos caemos. Hay que saborear el impulso. Hay que ser uno mismo. Hay que valorarse más. Hay que respetarse más. Hay que escuchar menos a quienes te dicen que no se puede. Hay que olvidarse de toda la propaganda bélica que nos invade desde los medios de comunicación generando conflictos entre nuestro cuerpo y nuestra alma, pues nos dicen qué es tendencia y lo que es un "hombre" o una "mujer". Hay que dejar atrás los muros y las alambradas. Hay que sonreír porque nadie puede quitarnos esa sensación de hacer lo que nosotros queremos, de ser quienes siempre quisimos ser y de divertirnos sin importar las miradas ajenas. Cuesta trabajo, pero se consigue.







martes, 21 de marzo de 2017

El ser humano da asco

Memnoch ha hablado... 

Lestat de Lioncourt

El ser humano parece despojado de todo. Insensible e impasible a las tragedias. Al menos, cuando las tragedias tienen un idioma diferente, ocurren en países “tercermundistas” y en pueblos de etnias distintas a la suya. Pero todo difiere y se magnifica cuando su color, idioma o posible nacionalidad les invita a ponerse en lugar del otro. No se han dado cuenta que bajo lo superfluo, que es la religión o el color de piel, yace un ser indefenso y propenso al sufrimiento. Somos mártires de malas decisiones, de momentos equivocados y de la mala fortuna. Porque la mala fortuna existe ya que es una cadena de sucesos que no podemos controlar y que, en cierto sentido, tampoco deberíamos hacerlo. Es el orden natural, por así decirlo, que tiene el mundo de recordarnos quienes somos.

Frente a la barbarie muchos miran hacia otro lado. Aprietan los puños y tuercen sus labios con una sonrisa macabra. Intentan ignorar. Incluso ponen la música actual más llamativa. Bailan al son de las noticias manipuladas de última hora, pues la verdad es demasiado dolorosa. Se insensibilizan recordándose unos a otros que “fue lejos”, “no los conocía”, “su religión es salvaje” o “son países poco democráticos”. Inyectan el virus de la ira para incluso cargar contra las víctimas, así como del machismo, la homofobia más clásica y toda clase de motivos que les alientan a sentirse “a salvo” y “buenas personas”. Se olvidan que ellos son posibles víctimas por cualquier otro hecho. La violencia no libera a nadie, sólo los encadena como si fueran presos en una enorme cárcel.

Han arrasado la tierra con bombas, talado el Amazonas, encerrado a animales “para evitar su extinción y exponerlos como payasos circenses” buscando “sensibilización” y “amor” hacia estas criaturas, aplauden las nuevas construcciones de fábricas, usan el coche para un desplazamiento de cinco minutos y el deporte únicamente se hace por “moda” y no por mejorar la salud. Visten ropa con publicidad y se burlan de otros que carecen de ella, lo cual demuestra lo estúpidos y vacíos que están. Colapsan redes sociales con vídeos virales de niños discutiendo hasta llegar a los puños, en vez de paralizar su difusión y buscar soluciones a la violencia en las aulas. Violencia que siempre estuvo ahí, pero que ahora es cada vez más palpable gracias a las cámaras en los móviles que no debería tener un niño o un adolescente. Creen que son mejores por el uso de la tecnología, pero no son capaces de distinguir aves, plantas, sentimientos o libros que dicen haber leído... Las películas de moda son cada vez más vacías, fáciles de digerir para mentes frágiles y sencillas, porque la política les ha mermado y aniquilado. La cultura, la educación y el sentimiento patriota están afianzados como un puñetero virus que les dice que las fronteras son necesarias, que el odio es normal y que hay que mirar con ojos sospechosos a quien viste mal. Si bien, ¿les ha robado miles de millones el mendigo que vive en una sucursal o quien trabaja como director general? Ahí está la clave. Las cárceles están abarrotadas de chicos que fueron juzgados como delincuentes siempre, por su raza o sus orígenes, y que para buscarse la vida en esta jungla podrida, llena de flores nauseabundas, decidieron ser el animal más venenoso y llevarse lo que era de otro. El reparto de la riqueza cada vez va a peor. Ricos cada vez más ricos, pobres cada vez más miserables y os hablan de la clase media mientras aplaudís como focas.

Eso es el ser humano. Eso es lo que sois. Si esperabais de mis labios algo agradable, lo siento. El optimista, el soñador, el crédulo que lucha por vosotros es Lestat y no yo. Yo soy su polo opuesto, su némesis. Y su némesis está harto de haber caído por vosotros. Caí por defender que deberíais tener conocimiento, verdades, y libertad. ¡Al infierno con todo! La oscuridad que hay en vosotros es tan grande que ni la luz de mi conocimiento, ni mis verdades, harán nada. ¿Qué sucederá después de todo esto? Ira porque pretenderéis creer que no sois así. Frustración porque pensaréis que no hay cambio posible. Humillación al ser descritos de este modo. E insultos. Me insultaréis. Vendréis a mí y me escupiréis a la cara que soy el demonio y como tal os miento, os intento poner en vuestra propia contra porque ese es mi juego. Sois tan estúpidos, miserables y aberrantes que me dais asco.


Esto es libertad de expresión y no vuestras pancartas contra los gays, transexuales, negros o árabes. Esto y no vuestras revistas sensacionalistas. Esto y no vuestra propaganda política innecesaria. Esto y no vuestra ropa de marca que sólo grita que os gusta pagar mucho dinero por ropa cosida por manos infantiles. Imbéciles, desgraciados, simios mal evolucionados... ¡Eso sois!  

jueves, 15 de diciembre de 2016

Renacer



Es casi paradógico que algunos nieguen el camino que les tocó recorrer. Parecen disgustados, apáticos, furiosos e incluso creen que pueden borrarlo de un plumazo. Opino que cada quien surge de un infierno distinto, ocupando un lugar privilegiado, y que su camino hacia la superficie expresa más sobre quien es que cualquier documento que pueda ser obsequiado el día de su nacimiento. Y es que hay nacimientos en las profundidades de los infiernos, más allá de los círculos habituales, donde se fragua el dolor y la miseria. Te hacen nacer con un estigma, con un “pecado”, porque desde ese momento te condenan a ser ciudadano de tercera categoría.

Quizá tienes que luchar más que otros, ampliar tus virtudes para que la miseria no te coma terreno, y logar, de algún modo, sacar la cabeza por encima de la superficie más veces que los demás. Pero eso no es malo, es bueno. Acabas descubriendo que si no hubieses sufrido ese calvario no serías tan empático con problemas que otros poseen, no te movilizarías de forma tan enérgica o no demostrarías con más vehemencia tu valía.

Es cierto que hemos nacido en una “Nueva Era” y que tenemos más posibilidades que otros que vinieron antes, hallándonos el camino y permitiendo que nuestras voces se escucharan como rugidos y no simples gritos contra el viento más huracanado. Lo admito. No obstante aún la sociedad no está culturalizada, ni civilizada, ni inmune a que la mayoría sean auténticos retrógrados camuflados de jóvenes cultos en bares estilo starburcks. Porque de aquellas aguas estos lodos, ya que muchos nunca se han puesto a imaginarse en la piel de otros y a enfrentarse a demonios imaginarios sólo para comprobar cuan doloroso es quemarse en ese círculo, uno que se oculta y se invisibiliza como si tuviésemos lepra.

Poco a poco las hormonas, las numerosas intervenciones quirúrgicas y las poses asumidas de forma autodidacta... nos convierten en “normales” a ojos de otros. Si bien, sigo diciendo que lo binario es una plaga, que imponer a un hombre una actitud es machista, que decirle a una mujer transexual que deben maquillarse es estúpido y antinatural, pedirle a alguien de los “nuestros” que asuma mil veces ante un psicólogo que es “un hombre” o “una mujer” es una vergüenza... Suma y sigue. Aunque los tiempos van cambiando, nos van despatologizando y se abre la luz a través del túnel. No obstante, siguen los golpes de los “normales” sobre la mesa sintiéndose “invadidos” y clamando al cielo cuando conseguimos una pequeña victoria. Asumen que tenemos más “privilegios” que ellos. Nos siguen comparando con “Problemas dentales que no me pasa la seguridad social” o “Yo también quiero que la seguridad social me pague una lipoescultura y no lloro por ello”. Hay quienes no ven bien que entremos en su “reservado para cagar u orinar” porque creen que entramos por morbo y no para hacer nuestras necesidades más mundanas. Por supuesto, hay quienes asumen que tenemos que confesar automáticamente cómo nos llamamos en “nuestra otra vida” y creen que “nacimos en un cuerpo equivocado”.

Tengo la suerte de haber nacido en España, pero también la putada de haberlo hecho. Hay países europeos más avanzados que este país de pandereta, toros y flamenquitas sobre la televisión. Si bien, hay lugares que son pozos de drama como ocurre en países como México, sin tener que hacer referencia a países árabes. No obstante, no me dan trabajo tan fácil como a un heterosexual o un cisgénero. Soy la comidilla de muchos todavía, y me apena decir que incluso entre algunos familiares.

Con cuatro años ya le advertí a mi madre que era un hombre, a mis doce años ya elegía toda mis prendas a mi gusto y obteniendo la confianza de ser quien yo quería ser, con dieciocho años lo reiteré y con veintiséis al fin pude ser libre. No fue porque mi madre no me apoyase, puesto que tuvo sus problemas hasta mis veinte años que ya asumió que era una idea irreversible, sino que tenía que cuidar a una mujer con demencia senil y pagar facturas que eran incompatibles con viajes continuos a Málaga. Ahora se ha descentralizado en Andalucía y se ha puesto en cada ciudad un especialista. Tenemos grandes avances, pero no será por los políticos sino por los activistas.

No entiendo el miedo que tienen algunos de “salir del armario” y admitir que no son cisgéneros. Algunos engañan usando fotografías trucadas, mienten a parejas hasta que ya no hay vuelta atrás, se sumen en la depresión y el alcohol. Hay quienes incluso se quitan la vida. Todo porque no son capaces de aceptarse, porque no hay nadie que les diga yo te apoyo. Es triste, miserable, ruin... ¿Y lo peor? Es que todo es cultural. La sociedad impone que géneros binarios, géneros basados en la sexualización de los genitales y todavía ni siquiera dicen con la boca grande que admiten la bisexualidad... La transexualidad o es un mito o un gran morbo para una cadena de televisión. Somos eso. La mayoría del tiempo somos cobayas o modernos Prometeos. ¿La verdad? Estoy cansado, pero no voy a tirar la toalla. Sólo logran que me revuelva más.

Hace unos años me humillaron horriblemente. No sólo porque se hiciesen una página para hundirme, sino porque una pareja me advirtió que lo mejor para mí era negar que era ser transexual. Según decía eso podía afectar a su vida personal, a su familia, a su bienestar... durante unos meses lo acepté, pero finalmente me revelé. No sólo me afectaba a mí, porque era una mentira enorme, sino porque esa persona estaba tan acostumbrada a mentirse así misma que asumía las mentiras como realidades. Y no. Yo soy quien soy. Desde los veinte años he hecho activismo por medio de Blogs, canciones, poemas, vídeos en Youtube, páginas de Facebook, Tumblr, en la calle, en pequeñas tertulias con amigos, con personas desconocidas que he tenido que reprender en la calle o redes sociales... ¿Por qué engañar? ¿Para qué mentir? ¿Por qué no asumir el riesgo?


¿Sabéis qué os digo? Quien me quiere me querrá con mis cicatrices, con mi malhumor por las mañanas, con mis bromas ácidas, con mis estupideces, con mi amor a la literatura británica y americana, con mi pasión por el deporte de minorías y por lo mal que canto en la ducha. Me querrá. Me querrá ahora y siempre. No tengo porqué ocultar quien soy, pues yo me quiero a mí mismo tal y como nací. Me da igual que tenga que adaptar mi cuerpo a mis necesidades, ¿acaso no es eso la supervivencia del más fuerte? Pues eso soy... cada vez más fuerte. 

domingo, 18 de septiembre de 2016

En la mitad del huracán

Rompamos barreras, ¿de acuerdo? Lo femenino y masculino son construcciones sociales basadas en religiones y costumbres arcaicas. Arion lo demuestra constantemente. Yo desearía conocerlo.


Lestat de Lioncourt 


—¿De qué hablaste con el caballerito?—preguntó mirándome fiero a los ojos. Siempre ha tenido una mirada salvaje que uno puede sentir terror o una excitación terrible. Por mi parte, por supuesto, siento un apetito que me embriaga, igual que si estuviese alcoholizado, y provoca por inercia que la toque, bese y abrace.

A veces desea que la trate como una mujer, pero en otras ocasiones habla de sí mismo como hombre. Siempre fue una hidra de dos cabezas, más que una medusa que congela a los hombres convirtiéndolos en piedra. Pues, Petronia, siempre se vio como un monstruo mitológico.

—Expliqué las normas que tenemos entre los nuestros y, las cuales, aplicamos—respondí tomando asiento en mi butacón favorito.

Me acomodé en mi asiento reclinándome, y, coloqué mis manos sobre los brazos del mueble, estiré mis piernas y sonreí. Llevaba una camisa blanca ligeramente remangada, abierta un poco en el pecho, y unos pantalones vaqueros tan simples como cómodos. Petronia, sin embargo, llevaba un traje ejecutivo bastante formal y un sombrero; el mismo que terminó quitándose para seguir observándome, mientras caminaba por la habitación, con las manos tras la espalda.

—¿Nada más?—dijo alzando las cejas, para de inmediato fruncirlas.

—También le rogué que cambiara su actitud contigo, pues en realidad tiene una imagen deformada de quien eres—asumí el riesgo de decir algo así. No quería ocultar nada, pues jamás lo he hecho y no iba a comenzar esa misma noche.

—Olvida eso, por favor—se detuvo frente a mí y apoyó sus manos, suaves y cálidas, sobre mi oscuro rostro. Éramos tan distintos, pero tan iguales. Parecíamos una obra de arte—. Ya no me afecta—aseguró mientras agarraba su cintura para que se subiera sobre mis piernas, dejando sus glúteos sobre mis muslos, dejando que su cabello trenzado rozara por un segundo mi torso al inclinarse.

—¿No te afecta?—dije mirando sus ojos, pues posee una mirada que no puedo dejar de observar.

—No como antes—respondió con una sonrisa a medias.

—¿Y cómo te afectaba antes?—pregunté porque quería saber cuál era la dichosa diferencia.

—Aún me duele que algunos se queden observándome porque siento que están juzgándome, apuntándome con sus ojos llenos de hipocresía y riéndose nada más me doy la vuelta. Pero he aprendido que el mundo sigue girando, que va cambiando la forma de ser y actuar—su nariz rozó la mía; después colocó sus manos sobre mis anchos hombros y besó mis labios.

—Tienes esperanza.

—Soy un ser intersexual, Arion—replicó—. Además, mi género jamás ha estado del todo definido. Siempre me sentiré inferior en muchos aspectos porque hay momentos, palabras y símbolos que pueden hacer mella en mi felicidad y paz.

—No eres inferior—dije de inmediato. Odiaba que se clasificara como inferior.

—Como vampiro no, como miembro de la sociedad aún lo soy. Las barreras no se han roto—confesó con algo de dolor en sus pupilas—. Hay imbéciles que se dedican a juzgar a otros, y, a decidir que está bien y qué está mal.


Todo provenía de la moral religiosa y no de verdades científicas o médicas. La mayoría se dejaba guiar por absurdos preceptos religiosos. Petronia podía ser hombre o mujer, según le interesara, y, también podía maquillarse emulando ser un hombre, pues el maquillaje no es símbolo de feminidad aunque así reza la costumbre en algunos países de mentalidad atrasada. Del mismo modo que podía ser una mujer vistiendo prendas puramente masculina, alejándose de todo lo que dictamina la moda y la cultura de la sociedad. Siempre le dije que rompiera las barreras aunque sintiera el peso de una ética desgastada, de unas mentiras podridas e injustas, de una sociedad esclava porque nosotros no éramos injustos, ni podridos y ni mucho menos esclavos.  

domingo, 3 de julio de 2016

Indiferencia

Daniel Molloy contraataca a los insultos que hemos recibido estos meses. ¡Disfruten!

Lestat de Lioncourt 


Cuando la cristiandad tomó control del mundo, en concreto la oscurecida y derrumbada Europa, logró cambiar las costumbres amatorias de todos los que hasta ese momento tenían encuentros libremente y sin control de los acólitos de un Dios que penalizara cada beso, caricia, mirada... Las tinieblas religiosas no sólo evitaron el desarrollo de la tecnología sino que también destruyó poco a poco las libertades que muchos creían justas.

Su Mesías, el mil veces mencionado Jesús de Nazaret, predicaba que el amor era lo más importante. Decía que había que amar al prójimo como a uno mismo. No le importó ir con ladrones, prostitutas y desarrapados. Era un revolucionario lleno de un espíritu crítico contra los poderosos de aquellos tiempos. Él expulsó de los templos a quienes vendían cosas en nombre de Dios, pero sus acólitos comercian hoy en día con imágenes sagradas que no deberían existir. Los cristianos se ha olvidado que Dios no debe ser representado, pero aún así lo hacen sin control. Aunque sí mantienen el control contra cualquier forma de amar distinta a la heterosexual y la transexualidad demostrando que sus crímenes, contra niños y mujeres, son menores comparados con los que otros adultos mantienen con personas libres, iguales y adultas porque es pecado.

Desde hace varias décadas conocemos profundamente la relación de Lestat y Louis. Todos sabemos que se aman. Louis incluso lo ha llegado a llamar su propio Dios. Lestat amó a Nicolas, un viejo compañero de la infancia convertido en amigo y amante primero en Auvernia y luego en París, hasta el último latido que este ofreció al mundo. Nuestro príncipe quedó abatido durante algún tiempo y lloró amargamente la muerte de quien amó a pesar que la relación ya no era la misma. La muerte de Nicolas marcó un antes y un después. Cuando Louis apareció en su vida él decidió salvarlo como no pudo hacer con su amante violinista. Quedó conmovido por el dolor y la tragedia que le envolvían a esos ojos cínicos que derramaban lágrimas por su hermano menor fallecido. Atrapó a Louis como si fuese un madero en mitad del océano y comenzó a amarlo tan profundamente que se convirtió en una obsesión a lo largo de los siglos. Louis también lo amó. ¿Quién no podría amar a alguien que le dio un motivo para vivir? No fue la eternidad sino una niña eterna a la cual amó más que a él mismo. Actualmente han vivido separados algunos años pero siempre han regresado. Hoy en día están más unidos que nunca.

Sin embargo aunque todos conocemos bien la historia no falta el “iluminado” que insulta, agrede y desprecia los momentos románticos de Lestat y Louis. Siempre habrá alguien que no ha leído los libros y asume que la dichosa, por no decir horriblemente patética, película “La Reina de los Condenados” es referente de la sexualidad del vampiro Lestat. La bisexualidad asumida por Lestat desde su juventud se relata a lo largo de todos los libros pero queda bien señalada en su biografía y en “El Ladrón de Cuerpos” así como queda evidencias que Louis era ligeramente, por no decir absolutamente homosexual, en “Entrevista con el Vampiro” debido a su edad y nula disposición a casarse. Su madre, la de Louis, decidió incluso que su hermano pequeño, Paul Pointe du Lac, se debía casar porque Louis no lo haría jamás. ¿Debo recordar al público asistente quien era el heredero a las tierras y lo que necesitaba para que la herencia no se perdiera? ¿Recuerdo que las mujeres, como la hermana de Louis, no heredaban más que un ajuar y poco más?

Así que animo a reflexionar a todos esos inútiles, desdeñosos, cobardes, hipócritas y mediocres que abran su mente y dejen de insultar al resto. Debería ser más elegante pero me cuesta con personas que tienen una fobia tan grande hacia otras personas por el mero hecho de ser homosexuales, bisexuales o transexuales.



martes, 28 de junio de 2016

La verdad

Hoy se dará visibilidad a la transexualidad e intersexualidad porque son las siglas menos escuchadas en la LGTBI como si "no existieran" o sólo estuvieran de adorno. 

Como bien saben soy hombre transexual. No tengo miedo ni vergüenza de aceptarlo. Hace tiempo lo dejé claro y ahora lo vuelvo a decir con mayor fuerza. Petronia lo llevo yo y espero que acepten este texto con comprensión.

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¡Arion y Petronia! Me encantan. 

Lestat de Lioncourt 


—Soy un monstruo—afirmé.

—No. No veo un monstruo—respondió jugando con uno de los peones que aún se encontraban sobre el tablero. Llevaba horas con esa partida de ajedrez. Parecía ensimismado pero en realidad estaba atento a todo lo que yo hacía o decía.

—Desearía acabar con todo esto—dije jugando con el collar de camafeo que llevaba alrededor de mi cuello.

Fuera la noche parecía agradable ahí fuera, pero dentro de aquella habitación yo sentía que el mundo se caía sobre mis hombros. Yo no era Atlas para soportar el peso sobre la espalda de mi alma hundiéndome contra el suelo como si no importara nada. Ni siquiera podía estar seguro de soportar el silencio que ocasionalmente había entre ambos.

—¿Con qué?—se apartó del tablero y se incorporó.

—Con esto—susurré con la voz quebrada.

—¿Con nuestra relación?—preguntó acercándose a mí. El sonido de sus pisadas eran como clamores de serafines y querubines alrededor de Dios. ¿Yo era su Dios? No, él era el mío. Él era mi Dios porque yo hacía tiempo que deposité mi fe en él y jamás me había defraudado.

—No, Arion. Jamás podría abandonarte...

Me faltaba aire y ánimos. Estaba hundiéndome de nuevo en el lodo. Siempre salía a flote aferrándome a la esperanza, al amor que mantenía ante aquel hombre de piel oscura y rasgos bondadosos, porque si no lo hacía dejaría que mis sueños se murieran cubiertos en brea.

—¿Entonces?—susurró tomándome del rostro.

—Estoy harto de ir de un género a otro—contesté—. Cansado de mostrar una apariencia según me convenga. Me duele verme al espejo y observar algo que no soy. Estoy atrapado en mitad de una línea muy frágil y siento que mi corazón estalla de rabia y miedo.

—¿Y qué deseas hacer? ¿Acaso piensas en destruirte?—noté como rápidamente salía de la calma para adentrarse en unos infiernos cargados de desesperación—. ¡Petronia!

—No. Antes creía que no había solución... —respondí aferrándome a él dejando mis temblorosas manos sobre sus anchos hombros—. Nunca veía una salida a este dolor—dije con la voz quebradiza y las lágrimas aflorando como si fueran un pequeño manantial—. Si me mantuve con vida fue por ti, pero la indignación y el dolor seguían ahí.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Dónde piensas llegar?—sus manos eran cálidas y suaves, a pesar de su piel gruesa y algo rugosa, pero aún más cálida era su mirada que parecía rogarme para que yo volviese a la calma. Se entregaba a mí de forma absoluta y yo sólo quería desvanecerme entre sus brazos—. Háblame—exigió en tono dulce.

—Arion han pasado muchos años desde que nos conocemos—puse mis manos sobre las suyas y las coloqué en mis caderas entretanto apoyaba mi frente sobre su torso—. Para ti he sido siempre una mujer—dije tras un breve suspiro lleno de ansiedad—. He permitido que me trataras como una arrancándome a tiras el sufrimiento para envolverme entre tus caricias. Tú has hecho que me sienta cómodo pese a todo, pero es un espejismo porque no lo soy—afirmé con el corazón en la mano mientras lo rodeaba firmemente como si fuese a caerme allí mismo—. Uso una máscara masculina para luchar contra el mundo, aplasto el dolor con determinación y autosuficiencia, pero tú no lo ves. No ves la realidad. No es sólo una máscara. Esa máscara es la realidad—dije al fin.

—Te he aceptado siempre—murmuró—. No entendí jamás que eligieras para mí un género, ¿acaso importa el género tanto como para amar a otra persona?—preguntó antes de dejarme un pequeño beso en los labios.

—Arion...

—Deja que bese tu cuerpo porque sé que el amor puede atravesar la piel y llegar al alma—sus labios rozaron mis mejillas manchándose con mis lágrimas sanguinolentas. Su aroma me arrancaba pedazos de dolor mientras sus manos acariciaban mis costados. Pronto lo tuve pegado a mi cuello y a mis clavículas. Besaba cada parte de mí como si me quisiera bendecir con su amor.

—Deseo contactar con cierto vampiro vinculado con la cirugía y la ciencia que podría ayudarme...—dije al fin.

Había leído las últimas andanzas de “Príncipe Lestat” y si alguien podía ayudarme era el doctor, científico y vampiro hindú llamado Fareed. Este cirujano había sido convertido por el hijo biológico de Akasha hacía algunas décadas. Era un vampiro joven pero poderoso y lleno de experiencia en el ámbito de la medicina. Quería salvar a vampiros y solventar sus problemas. A muchos compañeros, por llamarlos de algún modo, les había ayudado a restaurar sus cuerpos o les devolvió la vista. Yo quería que me convirtiera en el hombre que realmente era. Arion debería aceptar mi verdadera identidad.

—Hazlo. ¿Por qué no deberías?—preguntó arrodillándose para besar mi bajo vientre rozando con su nariz mi ombligo.

—Por miedo a que me dejaras—dije casi sin voz.


—¿Cómo podría dejar al ser que ilumina mis noches?—susurró.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt