Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 29 de agosto de 2017

Egoísta

Sí, Julien, era un egoísta... Pero yo le entiendo.

Lestat de Lioncourt 

—¿Qué se supone que debo hacer? ¡Dime!

Había sacado toda la ropa de su armario y la arrojaba contra la cama, algunas prendas caían al suelo a sus pies y otras cerca de mis mocasines. Yo me mantenía aparentemente impasible con la pipa colgada de mis labios y los ojos fijos en ella. Estaba furiosa y lo entendía, pero no la detendría ni calmaría. Merecía ese trato y lo aceptaba.

—¿Desde cuándo?

Sus ojos estaban llenos de lágrimas cargadas de decepciones. Estaba cargada de furia y la lanzaba contra los muebles, la ropa, los caros perfumes que le había regalado para compensar mis deslices y las flores que estaban en el jarrón que coronaba la cómoda que presidía la habitación... Todo estaba por el suelo como su alma, como sus ilusiones, como su verdad y como nuestro matrimonio. Regado, roto, ultrajado y lleno de manchas.

—¡Julien!—gritó—. ¿Acaso no vas a decir nada?

Me encogí de hombros y di una calada a la pipa, para luego dejar que el humo se extendiera por la habitación lejos de mi nariz. Agaché la mirada unos segundos e intenté reunir fuerzas, pero rápidamente un sonoro bofetón cruzó mi cara. Me había pegado con la diestra marcando mi mejilla contraria, para luego caer de rodillas y llorar aún más.

—No merece la pena llorar por mí—susurré para luego agacharme e intentar incorporarla—. No merece la pena, mujer.

—Creí que me amabas... ¡Lo creí!

—Lo sé, lo sé... —dije levantándonos a ambos para quedar de pie, aunque ella parecía temblar demasiado—. Te he decepcionado, pero también me he decepcionado yo. Te amé de forma egoísta. Nunca te amé como esposa, pero sí como madre. Fuiste y eres una madre ejemplar para nuestros hijos, pero yo nunca te amé del modo romántico y entregado que tú me querías.

—¡Por qué estás con esa fulana!—exclamó.

—Porque es un hombre.

Mis palabras grietaron más si cabían su corazón y de inmediato salió de la habitación sin mirar atrás. Se subió al coche y pidió al chófer que la llevase lo más lejos posible. Antes apenas había vehículos a motor, pero nosotros teníamos uno. Amaba ese coche y ella se fue montada en él. Después de varios días pidió que se llevasen sus cosas y rogó a nuestros hijos, ya adolescentes, que se fueran con ella. Ninguno quiso. Todos decidieron quedarse conmigo.


¿Y qué iba a hacer? ¿Ir tras ella? Después de ese jovencito vinieron otros y hasta que no llegó Richard, hasta que él no me embriagó del todo, no me detuve. Ahí fue cuando yo perdí parte de mi alma. Me enamoré de él y no hubo marcha atrás.  

miércoles, 2 de agosto de 2017

Motivos

Mil veces me he preguntado los intrincados motivos por los cuales requiero tenerlo a mi lado. He meditado profundamente durante más de diez años de soledad negligente. Él entretanto se hallaba en Nueva York absorbiendo conocimiento, vivencias y asumiendo sus nuevos poderes. Siempre pensé que me odiaba por haberlo hecho menos humano aún de lo que ya era. Supuse que me atacaría en cualquier momento con sus reproches como castigo, pues él es buen conocedor de cuanto me duele discutir y encajar las letales sentencias de sus ojos verdes. Asumo mis culpas, mis pecados, mis desavenencias con sus pensamientos y también mi irrespetuosa forma de ser. Del mismo modo que asumí que gran parte de la culpa de la muerte de Claudia fue mía, pues no supe educarla y cargué sobre sus hombros un peso demasiado grande. Temía tanto que le pasase algo a él también, que me odiase de una forma terrible y que no fuese capaz de asumir todo eso que me marché. Huí. Me esfumé como quien dice porque no comprendía la mezcolanza de sentimientos que oprimía mi pecho.

Nunca lo he odiado o despreciado. Siempre he esperado que viniese a mí, pues del mismo modo aguardaba a que se fuera. Sé que hay miedo en su corazón con respecto a todo lo que vivimos y no vivimos, con lo que vimos y no vimos, y también con este nuevo presente que se abre lleno de posibilidades. Soy un ser nuevo, él también lo es. El mundo está cambiando y nosotros cambiamos con el mundo continuamente, pero a la vez seguimos siendo los mismos. Yo soy el cabrón, el canalla, el imbécil, el obstinado, aquel que nunca sigue las reglas y se apasiona por todo. Él es el sensato, el juez, el que intenta ser ecuánime pero termina dejándose llevar por las necesidades más humanas y el mayor castigo para mi alma, así como el único bálsamo para mis heridas.

Comprender a Louis no es fácil desde fuera, pero yo he podido verlo desde dentro. Tantos años a su lado, así como lo añoré tantos años, me han hecho que lo comprenda poco a poco desvelando cada misterio; y aún así otros nuevos surgen como surge la semilla tras ser cuidada por el granjero.

Se podría decir que quiero estar a su lado cuando llegue el amanecer, aferrado a su cuerpo casi inmóvil, y despertar por las noches arrullado por el latido de su corazón. Ansío volver a compartir lecho bajo mi hermoso ataúd, en mi refugio en mi viejo castigo reconstruido piedra a piedra, porque no puedo imaginarme la vida sin él. Jamás lo he podido hacer y tampoco quiero o me lo permito. El sentimiento de dolor es tan agudo que mi corazón se detiene, mis pulmones dejan de funcionar y entro en pánico.

Durante estos años he tenido que escuchar más de una vez los vanos intentos de Memnoch de atraerme, de sugestionarme, de influirme y por supuesto de hundirme en su reino perverso, falso, doloroso y cruel. También tengo que soportar las conversaciones de Amel y sus visiones, pero a él lo amo aunque temo que tenga celos de Louis. Sin embargo, siento que él ama a Louis de algún modo. Yo creo que nos ama a todos y nos detesta a la vez.

En estos momentos lo tengo a mi lado, recostado sobre mis piernas mientras escribo estas anotaciones, leyendo un libro de Dickens y sonriendo como un niño mientras recuerda cada párrafo mil veces leído. Él nunca ha leído mis pensamientos acumulados en cada uno de mis diarios, del mismo modo que yo no lo hago con el suyo; pero asumo que ha leído todas mis aventuras aunque ha sido partícipe de la gran mayoría. Sé que él sabe que lo amo, que lo adoro, que está por encima de todos e incluso siento que a veces su seguridad está por encima de la mía.

Amo como huele, pues esa fragancia se la he regalado yo. Adoro como está vestido ya que él sabe que la ropa más clásica es la que mejor le sienta, además ha elegido un traje que yo mismo le he comprado. Pero tiene los pies desnudos y puedo observar como mueve sus dedos mientras lee debido al entusiasmo, al nerviosismo, al deseo y a mil motivos más. Es un hombre de agallas porque me soporta, porque me ama y porque ha aprendido a pervivir en un mundo que ya no es el nuestro sino el de todos.


En definitiva, ya sé porqué lo necesito. Lo necesito porque lo amo y porque él siempre está ahí, sea físicamente o no. Él inunda mis sentimientos y mis sentidos, así como mis emociones y mis recuerdos.  

Lestat de Lioncourt 

martes, 25 de julio de 2017

Tentación

Tentación, eso es todo... ¡Ja!

Lestat de Lioncourt

El aire desprendía una fragancia extraña. Era como si las flores hubiesen germinado en mitad de un verano sofocante. La semilla de la maldad arraigaba en el corazón de los hombres, los cuales destruían la belleza de paisajes similares al que contemplaba, pero en aquel prado las flores parecían haberse puesto en pie para contemplar los últimos rayos de sol. A mis espaldas se hallaba un campo extenso de girasoles y un pequeño caserío donde los apeos del campo guardaban silencioso luto hasta ser necesarios.

Cerré los ojos y abrí los brazos intentando abarcar la suave brisa que movía mis cabellos castaños. Ese cuerpo era distinto al original, así como solía ser distinto a otros. Mi rostro cambiaba, así como también mis pensamientos. Una vez era un revolucionario y otras un hombre acabado lleno de recuerdos, pero siempre buscaba la liberación de mis sentimientos.

Entonces, cuando todo mi cuerpo parecía hundirse en una paz que me llenaba de dicha, sentí su presencia. Abrí mis ojos y lo vi. Apareció en la lejanía cubierto con una túnica negra que lo envolvía como un terrible enjambre de moscas. Su rostro pálido estaba prácticamente oculto y sus manos se hallaban cubiertas también por la túnica. Las flores se agitaban dulcemente acariciando su cuerpo y recuperándose tras su paso germinando de nuevo, con más fuerza tras ser pisadas como si hubiesen sido bendecidas, para detenerse a menos de un metro. Sus ojos rojos se detuvieron en los míos provocando en mí un escalofrío.

—¿Que deseas?—pregunté.

—Tentarte—respondió.

—¿Acaso crees que puedes conseguirlo? Tal vez me he vuelto inmune a tu veneno, Samael.

Provoqué se se riera de forma delicada y agradable al oído. Su voz no era tan poderosa y su cuerpo había menguado, pero esa lengua bípeda siseaba cuando la intentaba contener en su boca y sus ojos, de un color granate muy vivo, parecían clavarse en mi corazón como siempre. De repente se quitó la túnica y mostró un cuerpo entre lo femenino y lo masculino, rompiendo ambos sexos e iniciando en mí cierta revolución.

—Lucifer, querido mío—dijo colocando sus manos de largos dedos sobre sus caderas estrechas—. ¿Ves como sí sé tentarte?

—Memnoch—advertí.

—Un caído, eso eres. Caíste por los hombres, pero estos te han dado la espalda. Intentas salvar sus almas cuando merecen un castigo, el que yo les ofrezco. No se merecen este mundo que creé con Dios, pues sólo saben destruir todo lo que tocan.

Sin pudor se colocó a mis pies y puso sus manos sobre mis sandalias. Vestía también una túnica, pero esta era púrpura y dorada. Para mí simboliza poder, nobleza, lujo y ambición; para otros un reinado que ya hace tiempo cayó en desgracia. Sus dedos subieron por mis rodillas flexionadas hasta mis muslos y palpó mi sexo. Carecía de ropa interior, pues el pudor nunca fue útil para mí, y me miró dejando que su lengua se moviera igual que la serpiente que fue en el paraíso.

Me incliné abarcando su rostro entre mis manos para besar sus labios en un roce algo casto, mordí su labio inferior y lamí su boca enterrando lentamente mi lengua. Sus ojos se cerraron, así como lo hicieron los míos. Pude apreciar el sabor que tenía en su lengua, así como la humedad que me transmitía, y aprecié el veneno que me estaba regalando. Era una tentación más allá de las palabras y de los actos más lascivos que jamás había vivido con otros.

Su mano se movía lentamente acariciándome con una ternura extraña hasta que la zurda apretó los testículos. En ese momento aparté mi boca y lo miré con deseo. Me incorporé, me saqué la única prenda que me cubría y lo arrojé al pasto para morder su cuello. Tenía una pequeña nuez que apenas se apreciaba, unas clavículas perfectas bien marcadas y unos pechos minúsculos lentamente fueron desapareciendo por completo. Sus pezones se irguieron llamándome la atención. Su cuerpo cambiaba para adaptarse a mis necesidades en ese momento mientras sus piernas se abrían aguardando tentarme aún más.

Entonces el cielo se cubrió de nubes, como si Dios se opusiera a este vínculo una vez más. Las primeras gotas no tardaron en caer humedeciendo mi espalda. Mis alas se liberaron mostrándose algo grisáceas, pero todavía pulcras y sin tacha. Estas eran múltiples y espesas, pues las plumas eran largas y ofrecían un aspecto demasiado tupido.

Mi lengua bajó por su torso hasta su ombligo, donde mordí su piel cerca de su costado derecho, y luego besé sus ingles. Poseía ambos sexos y ambos fueron besados antes de sentarme contra la piedra donde había estado sentado, para que él pudiese lamer el mío.

Primero besó el glande cubierto todavía por el prepucio, para luego retirarlo con su lengua y sus labios, logrando así que gimiera y jadeara agitado echando la cabeza hacia atrás. Mi larga cabellera castaña rozó mi espalda y se enredó en mis plumas. La lluvia se intensificó y unos enormes relámpagos iluminaron el cielo. La noche estaba rodeándonos, como la tempestad, y eso éramos. Nosotros éramos la furia en la oscuridad, los seres que la dominábamos. Justo en ese instante introdujo mi miembro en su boca y su lengua se enredó estimulando y acariciando cada pedazo. Mis manos se pusieron en su cabeza, la cual tenía unos cabellos lacios y oscuros de un aspecto muy sedoso, y mis piernas se abrieron. Disfruté un buen rato de su mirada lasciva, de su buen hacer con su boca y también de sus manos arañando mis muslos con sus uñas negras y puntiagudas.

Al final lo arrojé de nuevo, pero esta vez de espaldas, para entrar en él sin bacilar. Mi virilidad se enterró de una vez y los movimientos que siguieron a esta arremetida fueron bruscos, extremadamente violentos, y capaces de hacerlo gritar de placer mientras intentaba aferrarse a las hierbas y flores.

Mis gruñidos, propios de una bestia, así como mis resoplidos se unían a sus gemidos que parecían alaridos buscando llegar al cielo, pues quería tal vez que Dios escuchase lo que no quería ver. Truenos y relámpagos prosiguieron junto a una lluvia espesa. La misma lluvia que fue testigo de una nueva inseminación. Otro engendro aparecería en la oscuridad.


Cuando todo finalizó él sólo se rió girándose y apartándome, para después ofrecerme un beso apasionado y desaparecer. Otra vez había caído en sus trucos, los mismos que no fui capaz de contar a Lestat en su momento. Yo no soy Satanás, yo soy Lucifer. Satanás es el demonio que me arrastra al lado más perverso que poseo.  

domingo, 25 de junio de 2017

Experimento 236

Armand y sus experimentos locos... ¡Yo también deseo que los haga, pero lejos de mi lado!

Lestat de Lioncourt

Me hallaba sentado en uno de los cafés más concurridos de la quinta avenida, una de las arterias principales de Manhattan, cuando vi pasar a un muchacho extremadamente atractivo. En cierto momento se giró y clavó sus ojos miel en mí. Fue sólo un segundo. Su mirada tenía tal fuerza y tanto dolor que sentí que me atravesaba. Quedé paralizado con la taza de café entre mis manos y la mente llena de dudas. Pude haber leído sus pensamientos, pero no hizo falta.

Era espigado, no muy alto, y cualquiera diría que algo desgarbado porque caminaba apurado. Llevaba una camisa negra, sin corbata y con un cuello clásico, y unos jeans negros algo holgados y rectos. No me fijé en sus zapatillas, pero juraba que eran de esos zapatos que parecen deportivas. Su piel tenía un ligero toque dorado debido a la exposición del sol. Poseía una boca carnosa, algo grande, y me recordó mucho a la de Lestat. Su cabello era ondulado, revuelto, y rozaba sus hombros. Llevaba entre sus manos un teléfono móvil. No pude verlas bien, pero juraría que eran grandes y de dedos delgados.

Digamos que me enamoró su estilo, su dinamismo al caminar y el dolor que llevaba arrastrando quizá varios años. Me vi reflejado en esa mirada. Esos ojos eran muy similares a los míos. Por eso salí de la cafetería soltando algunos dólares sobre la mesa, acomodé mi chaqueta vaquera y salí con pasos rápidos tras él.

Seguí sus pasos durante varios minutos. De vez en cuando me ocultaba para que no se percatase de mi proximidad. No quería beber de su sangre, ni codiciaba su presencia a mi lado, sólo quería averiguar y hacerlo sin revolver sus pensamientos. Aunque acabé haciéndolo.

Cuando se detuvo en una parada de autobús, apoyado en la marquesina, con la mirada enfocada en la pequeña pantalla del móvil me armé de valor. Me introduje en su mente y comencé a revisar su vida como si fueran los archivos de un ordenador. Lo que hallé no pude creerlo. Me trastornó demasiado, pero comprendí por completo su dolor. No podía entenderlo del todo porque yo no vivía su vida, ni su situación, pero sí podía entrever la asfixia que suponía esta sociedad para él.

Era un hombre de esos que rondan las calles más céntricas, pero que le ahogan las personas cuando se vuelven inquisitivas. Digo que era un hombre porque fallé al echarle edad. Aparentaba unos veinte años como mucho, pero ya rebasaba los treinta. Tras su perfecto afeitado, su sonrisa amable al hablar o dar indicaciones a los turistas, había un alma que a veces se sentía derrotada. Sin embargo, se sentía reforzado con cada paso dado. En su teléfono móvil tenía puesta una canción de Bon Jovi y eso me recordó nuevamente a Lestat. Sin embargo, pasó rápido a David Bowie y luego a Queen.

El dolor provenía hacia la sociedad que le había tocado vivir y que le imponía un sexo, un género y una sexualidad. Él era un hombre transexual. Él nació hombre, no mujer como muchos afirman para referirse a sus pasos por este mundo. Nació tal y como muchos lo conocen, pero con unas carencias hormonales y una impronta equívoca al nacer. Su género era masculino, pero de vez en cuando le gustaba romper los roles establecidos para su sexo porque le parecían opresores. Además, sabía que podía y debía hacerlo. Un hombre con conciencia, con libertad, con deseos de luchar y gritar a viva voz que estaba oprimido aunque le tacharan de victimista. Su sexualidad, por mucho que cueste asumirla, no era la de un hombre heterosexual que admira y ama a las mujeres sentimental y sexualmente. Él las admiraba, las adoraba, las amaba y las codiciaba a su lado porque eran sus hermanas, sus amigas, sus primas, su madre, sus conocidas, sus ejemplos y seres que podían hacerle sentir extremadamente cómodo en su día a día por las conversaciones que tenían. Pero no era heterosexual. Él era gay. Y ese era otro problema. Se añadía el problema que muchos homosexuales le señalaban como un intruso, como una mujer por tener unos genitales distintos a los convencionales en un hombre. Del mismo modo que muchas lesbianas y algunas feministas le increpaban creyéndose superiores a él y le acusaban de haber mutilado su cuerpo. Pero no era así. Él sólo era libre. Sólo luchaba por ser libre para poder ser feliz. Para él la libertad era felicidad. Porque cuando uno es libre de ser, de amar y de expresarse puede ser feliz. Sólo así.

Entonces vi los nubarrones en su vida, los insultos en un bar homosexual más allá del café donde lo había visto cruzar sus ojos con los míos. De inmediato me marché de aquella parada y corrí a toda velocidad. Usé mi velocidad vampírica para no ser visto, para ser sólo un soplo de aire, y poder llegar a sus acosadores. Eran homosexuales. Gente que seguía burlándose de los transexuales siendo estos los principales iniciadores del movimiento del “Orgullo”.

Sentí asco y vergüenza por mi sexualidad, por mi sexo, por la verdad que siempre tenía entre mis manos... Ni siquiera yo, adorador de Dios, he creído que este los condenara y rechazara. Nunca vi bien que la iglesia impusiera esa norma moral y quizá por eso seguí adorando a Satanás, pues es una criatura mucho más libre en ese sentido.

Me senté allí hasta que se marcharon y los seguí. A dos de ellos los maté rápido bebiendo de su sangre, pero al tercero, al que realmente inició las críticas e insultos, lo llevé a mi laboratorio. Sigo usando la experimentación como pasatiempo. Sobre todo porque me parece algo necesario. Comprendo que no haga falta de mis intervenciones de “Alquimia” teniendo en cuenta que tenemos grandes médicos y científicos auspiciados por Seth, pero no puedo detenerme. Necesito hacerlo. A veces lo uso como castigo.

Puse al individuo, algo corpulento, sobre la mesa de operaciones de la habitación subterránea. En mi bunker tengo de todo. No importa si son materiales quirúrgicos o meramente electrodomésticos caseros como microondas, licuadoras o batidoras eléctricas. Decidí colocarle la suficiente morfina para que no sintiese nada. Con cuidado desnudé su cuerpo.

Atraerlo hacia mí, seduciéndolo como la dulce tentación que era, fue fácil. Noquearlo para transportarlo, también. Sin embargo, sería difícil hacer una operación como aquella basándome en bibliografía descargada de internet. Había numerosos libros en PDF que tuve que leer de forma apresurada, pero logré comprenderlo. Pronto usé mis bisturí, así como el diverso material de quirófano del que me nutro habitualmente, para amputarle el pene, así como los testículos. Dejé sólo un orificio para que pudiese orinar.

La operación fue un éxito. Tuve que mantenerlo sedado durante días para que la cicatrización fuese la correcta. También lo alimenté por vías y Benji me ayudó a ocultar las pruebas de mis delitos vinculados a este. No tardaron demasiado en hablar de agresión a homosexuales, de homofobia y de diversos crímenes contra la homosexualidad. Si bien, nada se habló de los insultos, e incluso empujones o golpes, de estos hacia un varón transexual. No lo hicieron. Como siempre todo se quedó callado.

Un mes después, cuando todo parecía correcto, hice que este despertara en plenos usos de sus facultades mentales y me senté frente a él, sobre la encimera de uno de los muebles que tenía allí abajo, y aguardé. Cuando abrió los ojos no sabía dónde estaba, ni quién era yo y apenas recordaba algunos hechos de aquella noche.

—¿No recuerdas lo que decías a un hombre transexual hace unas noches?—pregunté moviendo inocentemente mis piernas.

—Ah, el monstruo ese. Eso no es un hombre, los hombres tienen pene. Esa era una mujer con pelo corto y tetas amputadas—soltó rechazando de plano la transexualidad y denigrando a este hombre una vez más.

—¿Como tú?—pregunté ladeando con inocencia mi cabeza.

—Exacto, que tengan pene y orinen de pie—dijo—. La biología lo dice bien claro.

—Tú ya careces de pene y testículos, amigo—comenté—. Bájate los pantalones si lo deseas y compruébalo.

Efectivamente. Aunque aún estaba bajo los efectos de los analgésicos lo hizo. Se bajó los pantalones y se horrorizó. Decía que él era un hombre, que no podía sucederle lo que estaba viendo. Había quedado absolutamente amputado. Yo sólo le había arrancado el miembro, pues ni siquiera le había hecho una reconstrucción en sus partes. Tenía ante mí a un eunuco.

—¡Qué voy a hacer!—exclamaba.

—Vivir siendo un hombre sin pene, como viven muchos transexuales, o pegarte un tiro. Por cierto, el revólver está en la otra mesa y puedes usarlo—dije tras una enorme carcajada.

—¡Quién eres tú! ¡Maldito demonio!—gritó furioso.

—Precisamente... soy un demonio... soy un vampiro—tras decir aquello me esfumé rápido de la escena, dejándolo a solas con la pistola y su conciencia.


No tardó más de cinco minutos. La detonación se escuchó tras la puerta. Fue rápido. No soportó lo que los transexuales soportan. No podía pensar que sus palabras habían tenido consecuencias. Por mi parte, fue todo un éxito. Logré amputar un miembro sin que la persona perdiera la vida en la intervención o tras esta. El suicidio no lo contemplo como un fracaso para mi ejecución.  

martes, 16 de mayo de 2017

Hijos de Lucifer

Mañana es el día contra la transfobia y la homofobia. Dios no los odia, sólo lo odia el ignorante.

Lestat de Lioncourt 



—Creaste un mundo diverso—dije.

Estábamos frente a un tablero de ajedrez. Él vestía de blanco impoluto, pero yo había escogido unas prendas bastante llamativas. Unos pantalones tejanos desgastados, algo sucios en los bajos, unas botas de punta con tachuelas, una camiseta blanca sin mangas y una chaqueta de imitación a cuero cargada de cremalleras y consignas en pro de la libertad de cualquier tipo y de la paz. Uno busca paz siempre que va camino a la libertad y la felicidad, pues son tres rostros de una misma señora.

—Creé mentes diversas—replicó moviendo el alfil.

—Pero muchas de ellas no funciona—contesté antes de señalar el mundo que yacía a nuestros pies iluminado por las distintas luces de neón. Desde el lugar donde nos hallábamos podíamos ver una ciudad cualquiera, tan común como cualquier otra, llena de suburbios más pobres y más ricos con una contaminación acústica que creaba un latido distinto a las otras. Aún así, frente a nosotros, era lo mismo—. Míralos. No quieren comprender, no quieren escuchar.

—¿Y es mi problema?—preguntó encogiéndose de hombros—. Les di los medios y las oportunidades, ellos sólo tienen que tomarlos.

—¡Lo sé!—exclamé algo agitado—. Pero muchos no alcanzan a verlo.

—La gloria no está hecha para todos—se apresuró a decir.

—¡Padre! ¡Los estás condenando!—me incorporé indignado. Apoyé mis manos sobre el tablero y este se desplazó ligeramente. Las piezas parecieron temblar, pero no se precipitaron hacia el suelo que era un manto nebuloso que nos sostenía a los dos, así como al resto de ángeles que nos observaban ensimismados.

—Se condenan solos—explicó con un tono conciliador.

—Hay quienes jamás vivirán en libertad debido a la presión que ejerce el resto—repliqué aún furibundo, aunque intentaba controlarme—. No puedes hacerles esto.

—¿Yo?—dijo con una sonrisa entretanto se incorporaba imitándome. Sus labios eran carnosos, rosados y parecían bondadosos... pero no era así—. Son demasiado débiles, pero esa debilidad está en los caminos que han ido escogiendo.

—¡Y en la cultura que les ha tocado vivir!—dije todavía más exasperado.

—¿Quieres hacer algo?—preguntó—. Hazlo—me invitó—. Levántate y hazlo.

—¡Lo hago! ¡Pero lanzan consignas! ¡Llaman sodomitas y monstruos a quienes al fin se alzan!

Mi voz se alzó como un relámpago en mitad de la oscuridad y cayó como un trueno sobre los presentes. Las piezas del tablero cayeron a los lados, rodando hacia el suelo, y hundiéndose entre las esponjosas nubes. Muchos se agitaron abriendo las alas y echándose hacia atrás. Sabía que me daban la razón, pero muy a su pesar tenían que aceptar las reglas impuestas por padre.

—¿Y? ¿Sucumben?—dijo alzando sus pobladas cejas blanquecinas.

—No todos—respondí frunciendo el ceño.

—Pues los que queden en pie serán los que liberen al resto.


Me ahogaba. El racismo aberrante, la presión de las clases más vulnerables, el robo de la libertad y la malversación pública, la transfobia, el machismo, el feminismo radical que vulneraba a las mujeres transexuales, la homofobia que se extendía incluso en campos de concentración ucranianos, el nulo deseo de comprender la bisexualidad, y en definitiva el odio al diferente y el egoísmo. Sobre todo el odio hacia aquellos que se levantan cada día luchando contra las fobias del intolerante, el cual no comprende que amar distinto no es delito ni pecado. Y, honestamente, tampoco identificarse con un género u otro porque son construcciones sociales. Me ahogaba terriblemente. Quería llorar, pero no pude. Apreté los puños y bajé de nuevo para patear la ciudad buscando a todos aquellos que seguían luchando, seguían amando, seguían encontrándose con las dificultades y que eran llamados Hijos de Lucifer.  

lunes, 15 de mayo de 2017

17 de Mayo

No es un fic, es una carta abierta a Feministas Radicales, posibles jefes, posibles maestros, posibles personas pensantes de esta sociedad... 


Día 17 de Mayo: Día contra la homofobia y la transfobia.

Día 17 de Mayo: Día contra la homofobia y la transfobia.
Cada día me despierto con el impulso de conquistar una nueva meta, por difícil que parezca o por pesada que sea la carga que lleve depositada a mi espalda. No siempre tenemos la fuerza necesaria para superarnos, pero hay que luchar porque si no se lucha terminamos aplastados. Y nadie quiere convertirse en el insecto en la suela de un fascista retrógrado.

Desde que suena el despertador muchos jóvenes tienen que asumir su identidad, su sexualidad y la discordancia estúpida de una normativa social impuesta por comodidad de “la mayoría”. Todos y cada uno hacen malabares por no caer en la depresión o por salir de esta. Hay quienes tienen aversión a mirarse al espejo o simplemente escuchar su nombre durante el desayuno familiar.

Bien, comencemos desde el inicio. Hablemos de la homosexualidad. Todos conocen lo que es. Todos lo saben definir como “sentimiento” o “tipo de amor”. También se habla de “atracción sexual”, pues no siempre tiene que existir amor para practicar el sexo. Se da entre personas del mismo género. Sí, género. Ya no hablemos del mismo sexo. El sexo no son los genitales, aunque muchos se empeñen en proclamarlo continuamente. Es posible que la imagen mental de muchos sea “vagina” para la mujer y “pene” para el hombre. No obstante, esto no es así desde hace algo más de una década. Se ha demostrado que el cerebro sufre una evolución distinta y por lo tanto podemos hablar de “cerebro masculino” y “cerebro femenino”. Así que un hombre puede serlo sin necesidad de tener un pene, del mismo modo que una mujer puede serlo teniendo uno. Ahí viene el error de creer que la homosexualidad se da sólo entre varones cis o entre hembras cis. Gays como lesbianas apartan ocasionalmente a las personas transexuales que después de tomar su género, con toda la libertad de este mundo, proclaman ser gays, lesbianas o bisexuales. Pues los transexuales son tan diversos en su sexualidad como los cisgéneros.

La transexualidad muchos no la comprenden. Ya no es por falta de información, sino por falta de interés. Saber todo sobre ella les obligaría a cambiar su percepción del mundo y percatarse de todos los errores cometidos día tras día. Sobreviven creyendo que son superiores y eso les da una paz por las noches que les adormece, tal y como sus neuronas ante esta sociedad. Esos mismos errores que son un yugo para la evolución de la sociedad, el camino a la igualdad y la paz anímica de millones de personas en todo el mundo. Hay quienes jamás dirán abiertamente su género pues temen las represalias, por eso muchos llegan a la tumba sin haber saboreado ni un momento de reconciliación consigo mismos.

La transexualidad no es sólo un sentimiento. Muchos así lo creen. Viven pensando que es sólo “sentirse”, pero también es vivir. Nadie en su sano juicio se levanta cualquier día de la cama y dice “soy transexual” o está en la cola de un supermercado y exclama “soy transexual”. La transexualidad se va asumiendo poco a poco. Tampoco lo llamaría tránsito. Nosotros no transitamos. Nosotros somos personas hombres o mujeres pero con genitales distintos a lo “normativo” o “estipulado” por la sociedad. Si utilizo la palabra transexual es para que puedan comprender a que me refiero, pues incluso esa palabra me parece hacer preso a cientos de personas en este mundo en la palabra “Transito”. Me molesta terriblemente que en páginas como Wikipedia se remarque que la transexualidad es una minoría poco atendida y estudiada. Supongo que “poco atendida y estudiada” por la gran mayoría -la misma a la que hice referencia antes- no le importa saber nada sobre nosotros porque viven cómodamente en su mundo cisgénero. También es molesto que para la gran mayoría de la población seamos enfermos mentales. Se ha pedido a la OMS que se nos retire del apartado de enfermedades, pero sólo ha suavizado el asunto con otra terminología. Los especialistas consideran importante eliminar un diagnostico que contribuye a la estigmatización, así como lo están pidiendo numerosas asociaciones de transexuales e intersexuales.

Como transexual he vivido la agonía de tener que esperar en una sala de psiquiatría para que me evalúen. Nadie cisgénero ha sido evaluado para confirmar que no está “loco” y tiene el género femenino o masculino. ¿Por qué nosotros sí? La transexualidad se da incluso entre la especie animal. Por lo tanto las Unidades de Transtorno del Género me parecen inútiles, abusivas y entorpecedoras. Nosotros no estamos enfermos, miles de especialistas han alzado la voz exigiendo que se nos de libertad para “ser” sin necesidad de evaluación, y aún así ocurre. Todavía ocurre. Incluso en otros países se nos mata y el gobierno apoya ese hecho.

Si tenemos depresión, si sentimos náuseas frente a nuestra imagen e incluso llegamos a negarnos el contacto con otros es por los numerosos abusos -tanto verbales como físicos- que sufrimos desde temprana edad. Incluso nos negamos. No queremos ver la realidad y nos sometemos a nuestro propio juicio completamente perverso, ruin y cruel que nos destroza poco a poco hasta que no queda nada de nosotros. Eso no es “disforia de género” o la mierda que quieran impulsar como nuevo concepto. Eso es consecuencia de la sociedad, sus estigmas y la podredumbre que va quedando en nuestras almas como si fuese un cáncer.

La vida no es fácil cuando demuestras quién eres e intentas esforzarte por ser feliz. Todos queremos ser felices. Para mí la felicidad es poder expresar lo que siento en cada momento. Mi vida era una ruina antes de empezar el camino hacia la cima, la cual alcanzaré en algún momento. Desde pequeño demostré quién era, pero esto no es siempre así. Hay quienes lo reprimen por miedo o simplemente por desconocimiento. Cuando hablaba de mí en masculino o simplemente me entristecía el “desarrollo” habitual de la pubertad muchos optaron por ignorarme, golpearme o destruirme moralmente. Diez años de abusos escolares dieron fruto a un ser acomplejado que no era capaz de alzar la cabeza. Sobre todo cuando me vi solo siendo rechazado por los nuevos amigos que iba conociendo. Era decir lo que era y comenzar las burlas.

El machismo tiene mucho que ver con esas burlas. Cuanto más machista es una persona más centrada en el sexo -lo que uno tiene entre las piernas- para dirigirse a otra y señalarla. Me impedían soñar con jugar al fútbol en el recreo, al baloncesto o simplemente cualquier actividad deportiva tachada de “masculina”. Aunque es un error. Los deportes no deben tener género, del mismo modo que los juegos o los juguetes. Si bien, para ellos era evidente que yo como “mujer” no podía jugar con ellos. Era triste y humillante. Decidir lo que debería ponerme era otra. Al parecer para mis compañeros de clase debía vestir más “femenina”. Esto pasó también en los distintos trabajos en los que he ocupado lugar. Si bien, ya no era ese niño atormentado, sino un adulto joven que decidía poner las cartas sobre la mesa y ellos a mí en la calle.

¿Saben lo humillante que es que te digan que para trabajar en cierta empresa debes llevar falda corta? Lo es para una mujer, pero imaginen lo que es para un hombre transexual. La ropa es ropa, es cierto, pero no todos somos no binarios. Hay quienes jamás nos pondríamos ropa femenina. Para mí era extremadamente humillante, además de incómodo. Una vez incluso me dijeron que por qué me había cortado el pelo. Me gusta el pelo largo, lo he llevado gran parte de mi vida, pero quería algo cómodo y fresco. Al parecer, a mi jefe eso le pareció extraño y me comentó que así “no estaba tan guapa”. La ropa, el maquillaje, los complementos, el pelo o las lacas de uñas están condicionadas a un género cuando en ocasiones surgieron para el opuesto. El maquillaje se creó para los guerreros, pues se daban valor o se realizaban para asustar al enemigo teniendo un rostro más fiero. Los tacones se inventaron en Egipto, aunque eran más bien plataformas, Da Vinci los usó y Enrique II de Francia los puso de moda. Las faldas no era cosa de géneros desde su antigüedad pues los Sumerios, los Asirios y los Egipcios, la usaron con toda naturalidad y les costó mucho dejarla al haberse inventado el pantalón por parte de pueblos bárbaros.

Para muchos tener “vagina” es ser mujer y por ende tener que vestir, actuar y comportarse de cierto modo. Por eso también es difícil para una persona trans explicar que es hombre o mujer sin caer en los prototipos o clichés habituales. De ahí quizá que se enmarque como un “sentimiento”, pues son diversos sentimientos que nos hacen saber quienes somos. Que te llamen en masculino siendo transexual masculino hace que te siente bien, que te reconozcas, y por ende seas feliz.

Las feministas radicales están intentando atormentar y amedrentar a mujeres transexuales diciéndoles que jamás serán mujeres porque no tienen vagina. No existe comentario más machista y retrógrado que este. Supongo que están a nivel de Bertín Osborne y todos los que le aplauden hasta quedarse sin manos. Una mujer no es un coño, pues es inteligencia, es belleza emocional, es ambición y son logros. Una mujer no sólo es una vagina por la cual expulsar un niño si ella quiere. De hecho, no lo es porque yo poseo una y puedo engendrar todavía. Una mujer no es sólo tu madre, tu hermana o tu vecina porque tienen senos, vagina y carecen de nuez. Dejen esas estupideces a un lado, pues es patético. Del mismo modo que un hombre no lo es únicamente porque tiene un pene, tampoco lo hace un violador o un machista. Hay todo tipo de personas en esta sociedad y no puedes etiquetarlas como códigos de productos de supermecados.

La transexualidad es un icono de libertad. Incluso de libertad contra homosexuales que te cosifican y te denigran porque tienes unos genitales u otros. Somos los parias entre los parias, pero aún así hay que luchar e intentar ser feliz con uno mismo. Hay que amarse. Los miedos sólo los enjaulan. Si tienes miedo a expresar tu género, a codiciar unas hormonas o decidir si quieres una intervención de cirugía o no... ¿entonces cómo puedes decir que serás feliz? Se supone que una de las grandes metas del ser humano es la felicidad, la libertad y el progreso. No puedes progresar si te estancas por miedo, no puedes ser feliz por culpa de miedos y los miedos son los que nos hacen presos en nuestro propio hogar que es nuestro cuerpo.

Hay que ser libre. Hay que abrir las alas y volar. Hay que hacerlo sin importar si nos caemos. Hay que saborear el impulso. Hay que ser uno mismo. Hay que valorarse más. Hay que respetarse más. Hay que escuchar menos a quienes te dicen que no se puede. Hay que olvidarse de toda la propaganda bélica que nos invade desde los medios de comunicación generando conflictos entre nuestro cuerpo y nuestra alma, pues nos dicen qué es tendencia y lo que es un "hombre" o una "mujer". Hay que dejar atrás los muros y las alambradas. Hay que sonreír porque nadie puede quitarnos esa sensación de hacer lo que nosotros queremos, de ser quienes siempre quisimos ser y de divertirnos sin importar las miradas ajenas. Cuesta trabajo, pero se consigue.







viernes, 28 de abril de 2017

Experimentar es creer

Bueno... digamos que Julien quiso contar algo.

Lestat de Lioncourt 


Siempre he sido un ferviente defensor que nada es real hasta que se experimenta. Durante muchos años creí que el amor no existía más allá de las hermosas, a la par que extensas, descripciones de los libros, los cuales usualmente leía con avidez desde una edad muy temprana, que abarrotaban los baldes de mi biblioteca. Observaba los diversos tomos y me decía a mí mismo que debía ser maravilloso creer en el amor como se cree en Dios: ciegamente. Pero yo carecía de fe en uno y otro. Para mí Dios estaba tan muerto como el amor, pues jamás lo había tenido. Al menos, no el amor romántico. Por supuesto que conocía el amor familiar, a pesar que mi madre me veía como una carga, y la complicidad que se tiene con amigos que hacen juramentos de sangre y alma. No obstante, el amor de pareja era para mí una fachada bien maquillada de miedo a la soledad.

Como he dicho, soy defensor de creer a pies puntillas sólo lo que se experimenta. Las cosas vividas pueden ser contadas -ya sea con una descripción perfecta o más vacua- y las que no se viven son mera suposiciones o supercherías. No se puede dar por válido algo que se imagina. Y yo el amor lo imaginaba. Alguna vez creí tenerlo, pero se esfumó rápido. Una cosa es el deseo sexual y otra cosa el amor. Se pueden tener ambas cosas, una o ninguna. Incluso se puede confundir el amor con el cariño, respeto y necesidad de no verse solo. En mi caso era la absurda necesidad de tener un heredero, no estar solo y tener a una mujer que me recordara a diario lo maravilloso que podía ser como empresario de éxito, padre y esposo. Un amor, o más bien un cariño, muy egoísta.

Rebasaba los sesenta cuando conocí a un hombre. Había tenido fugaces escarceos con hombres de toda condición. Incluso con los esclavos que una vez sembraron mi algodón, pero eso es otro tema. También me revolqué con mujeres que no eran mi esposa y que ni siquiera recordaba, aunque eso era cosa del Impulsor. En mi familia había un fantasma que generación en generación se ocupaba de vincularnos unos con otros, creando una red perfecta de parentesco y unos vínculos perversos. Sin embargo, jamás conocí a un hombre como él. Se llamaba Richard.

La historia ya la conocen. Saben muchos detalles. Sin embargo, quiero contar algo que todavía no he dicho. Muchas veces se ha comentado sobre mis juegos sexuales, mi diversión y coquetería. No obstante pocas se ha dicho que él sabía como encenderme. A veces me hallaba en el despacho de abogados que fundé, trabajando hasta altas horas de la noche cuando ya nadie más rondaba el edificio, y aparecía enfundado en uno de sus elegantes trajes. Se sentaba frente a mí sonriendo con coquetería y me relataba algún hecho divertido, para de inmediato añadir que llevaba una fina lencería femenina bajo sus prendas masculinas.


Richard se convirtió en mi tormento, pero también en aquello a lo que aferrarme antes de perder las fuerzas. Era la esperanza en mitad de la tragedia y si no lo hubiese tenido me hubiese hundido en la más honda miseria.  

martes, 21 de marzo de 2017

El ser humano da asco

Memnoch ha hablado... 

Lestat de Lioncourt

El ser humano parece despojado de todo. Insensible e impasible a las tragedias. Al menos, cuando las tragedias tienen un idioma diferente, ocurren en países “tercermundistas” y en pueblos de etnias distintas a la suya. Pero todo difiere y se magnifica cuando su color, idioma o posible nacionalidad les invita a ponerse en lugar del otro. No se han dado cuenta que bajo lo superfluo, que es la religión o el color de piel, yace un ser indefenso y propenso al sufrimiento. Somos mártires de malas decisiones, de momentos equivocados y de la mala fortuna. Porque la mala fortuna existe ya que es una cadena de sucesos que no podemos controlar y que, en cierto sentido, tampoco deberíamos hacerlo. Es el orden natural, por así decirlo, que tiene el mundo de recordarnos quienes somos.

Frente a la barbarie muchos miran hacia otro lado. Aprietan los puños y tuercen sus labios con una sonrisa macabra. Intentan ignorar. Incluso ponen la música actual más llamativa. Bailan al son de las noticias manipuladas de última hora, pues la verdad es demasiado dolorosa. Se insensibilizan recordándose unos a otros que “fue lejos”, “no los conocía”, “su religión es salvaje” o “son países poco democráticos”. Inyectan el virus de la ira para incluso cargar contra las víctimas, así como del machismo, la homofobia más clásica y toda clase de motivos que les alientan a sentirse “a salvo” y “buenas personas”. Se olvidan que ellos son posibles víctimas por cualquier otro hecho. La violencia no libera a nadie, sólo los encadena como si fueran presos en una enorme cárcel.

Han arrasado la tierra con bombas, talado el Amazonas, encerrado a animales “para evitar su extinción y exponerlos como payasos circenses” buscando “sensibilización” y “amor” hacia estas criaturas, aplauden las nuevas construcciones de fábricas, usan el coche para un desplazamiento de cinco minutos y el deporte únicamente se hace por “moda” y no por mejorar la salud. Visten ropa con publicidad y se burlan de otros que carecen de ella, lo cual demuestra lo estúpidos y vacíos que están. Colapsan redes sociales con vídeos virales de niños discutiendo hasta llegar a los puños, en vez de paralizar su difusión y buscar soluciones a la violencia en las aulas. Violencia que siempre estuvo ahí, pero que ahora es cada vez más palpable gracias a las cámaras en los móviles que no debería tener un niño o un adolescente. Creen que son mejores por el uso de la tecnología, pero no son capaces de distinguir aves, plantas, sentimientos o libros que dicen haber leído... Las películas de moda son cada vez más vacías, fáciles de digerir para mentes frágiles y sencillas, porque la política les ha mermado y aniquilado. La cultura, la educación y el sentimiento patriota están afianzados como un puñetero virus que les dice que las fronteras son necesarias, que el odio es normal y que hay que mirar con ojos sospechosos a quien viste mal. Si bien, ¿les ha robado miles de millones el mendigo que vive en una sucursal o quien trabaja como director general? Ahí está la clave. Las cárceles están abarrotadas de chicos que fueron juzgados como delincuentes siempre, por su raza o sus orígenes, y que para buscarse la vida en esta jungla podrida, llena de flores nauseabundas, decidieron ser el animal más venenoso y llevarse lo que era de otro. El reparto de la riqueza cada vez va a peor. Ricos cada vez más ricos, pobres cada vez más miserables y os hablan de la clase media mientras aplaudís como focas.

Eso es el ser humano. Eso es lo que sois. Si esperabais de mis labios algo agradable, lo siento. El optimista, el soñador, el crédulo que lucha por vosotros es Lestat y no yo. Yo soy su polo opuesto, su némesis. Y su némesis está harto de haber caído por vosotros. Caí por defender que deberíais tener conocimiento, verdades, y libertad. ¡Al infierno con todo! La oscuridad que hay en vosotros es tan grande que ni la luz de mi conocimiento, ni mis verdades, harán nada. ¿Qué sucederá después de todo esto? Ira porque pretenderéis creer que no sois así. Frustración porque pensaréis que no hay cambio posible. Humillación al ser descritos de este modo. E insultos. Me insultaréis. Vendréis a mí y me escupiréis a la cara que soy el demonio y como tal os miento, os intento poner en vuestra propia contra porque ese es mi juego. Sois tan estúpidos, miserables y aberrantes que me dais asco.


Esto es libertad de expresión y no vuestras pancartas contra los gays, transexuales, negros o árabes. Esto y no vuestras revistas sensacionalistas. Esto y no vuestra propaganda política innecesaria. Esto y no vuestra ropa de marca que sólo grita que os gusta pagar mucho dinero por ropa cosida por manos infantiles. Imbéciles, desgraciados, simios mal evolucionados... ¡Eso sois!  

lunes, 22 de agosto de 2016

Lord's Prayer

Me llegan estas memorias... ¿acaso lo hace para llamar mi atención?

Lestat de Lioncourt 


Las calles parecían haberse convertido en un pozo de alimañas. La oscuridad incitaba que las cucarachas humanas se convirtieran en una plaga insufrible y escandalosa. Los letreros de neón atraían a la mayoría como un campo de flores a numerosas abejas, las cuales polinizaban cada antro en busca de un néctar que las hiciese sentir vivas.

Bajo uno de estos luminosos estaba él, aunque decir “él” era una falacia, se encontraba nervioso y sus ojos recorrían toda la avenida. Reía bajo como si estuviese loco o colocado con alguna sustancia. Sus largos cabellos negros parecían sucios debido a que estaban mal atados y encrespados. Tenía un par de mechones sobre el rostro y sus ojos castaños parecían fieros. De vez en vez, con cada carcajada histriónica, se podían ver sus colmillos torcidos similares a los de un chacal o una hiena. Sus prendas eran las de un chico adicto a la excitante y reivindicativa música rock, pues llevaba una camiseta negra con el símbolo de los Rolling Stones y un collar con el símbolo que usaba Robert Plant en su mística banda Led Zeppelin. Es la pluma de Ma’at, la diosa egipcia de la justicia y la armonía cósmica, algo que él desconocía por completo. Su nombre es Legión, pues son muchos demonios en un único cuerpo. Normalmente poseen a humanos sensibles y atraídos con el oscurantismo.

Dentro de ese mismo local, en un ambiente lleno de deliciosas sensaciones debido a los descarados cuerpos en movimiento, se hallaba otro de los tantos demonios que existen en este mundo. Si bien es la mano derecha de Satanás. Él era distinto. Vestía un traje distinguido, completamente oscuro, que resaltaba el tono níveo de su piel y sus fríos ojos azules. Llevaba el cabello corto, algo engominado y ligeramente rapado por los lados. Sus manos estaban enfundadas en unos guantes de cuero muy elegantes y bebía lentamente un vaso de whisky. Su nombre es Mefistófeles.

No muy lejos de aquel local llegaba el Dios de la Oscuridad en persona. Demasiados demonios para una misma ciudad. Sus ojos verdes eran los de un gato salvaje, poseía unos labios voluptuosos y un aspecto demasiado tentador. Su cuerpo era pequeño, muy menudo, pero demasiado sensual como para pasar desapercibido. Llevaba un tres cuartos de imitación a piel de ciervo que le llegaba más allá de los glúteos, como su largo y liso cabello negro, que se hallaba abierto y mostraba que carecía de pudor pues bajo este no había prenda alguna. Sus piernas, de muslos torneados pese a su delgadez, estaban enfundados en cuero negro. Su nombre, como así se hacía llamar, era Samael o también conocido como Satanás. Para muchos un Dios terrible, para otros maestro, supremo artesano, hacedor que engañó al hombre haciéndose pasar por un creador bondadoso.

Legión sacó un cigarrillo y comenzó a fumar para templar sus nervios. Dentro de aquella pequeña cabeza humana susurraban tantos demonios que era imposible contentarlos a todos. No sabía si entrar dentro o empezar a patear la lata que tenía cerca de sus pies. Sentía la garganta seca y sus ojos tornaban a negros en breves fracciones de segundo. Satanás se acercó a él tomándolo de la mano derecha para tirar de aquella legión de seres sobrenaturales hasta el interior, donde la fiesta parecía desencadenar en una orgía de cuerpos moviéndose de forma sensual a ritmo de una música machacona, casi inteligible.

Yo me encontraba en el piso superior observándolos a todos. Estaba apoyado en una de las barandillas del pasillo que rodeaba todo el local y que daba a las escaleras que daban acceso a las habitaciones privadas, salas pequeñas que parecían jaulas y destinadas a pequeñas fiestas llenas de alcohol, cocaína y sexo. Aspiraba el hedor de la corrupción de aquellas almas que danzaban sin cesar como si tuviesen los zapatos colorados del cuento de Hans Christian Andersen. Sus brazos se alzaban como ramas de árboles que buscaban oxígeno en un mundo tóxico. Las mujeres parecían ignorar que las canciones las invitaban a ser prácticamente violadas y los hombres se convertían en violentas bestias salvajes.

Estaba cansándome de la peligrosa seducción que poseía aquella diminuta figura, la cual podía tener cualquier rostro e incluso cambiar de género a su conveniencia. Jugaba con todos y se dejaba guiar por su instinto para cautivar a todas las almas posibles. Estaba allí su mano derecha y varios de sus mejores guerreros contenidos en un frágil cuerpo humano, el cual podía destruir para liberarse por completo y desatar un apocalipsis en mitad de aquella minúscula ciudad del sur de Estados Unidos.

Rápidamente se giró al sentir mis ojos de azul metálico fijos en él. Sonrió dichoso, como si todo aquello hubiese sido un mero teatro para llamar mi atención, para luego girarse apoyándose en Legión mientras este lo acogía con deseo entre sus manos. Apreté con fuerzas el hierro de la barandilla deseando destruirlos a los tres, pero era imposible. Mi poder no era tan ilimitado como Dios había hecho creer a sus seguidores. Los judíos aún apreciaban el hecho que Satanás y Lucifer no eran la misma criatura, que Lucifer sólo había sido un revolucionario que deseó romper sus cadenas mientras que él, la serpiente enroscada del paraíso, seguía siendo un maldito seductor que contaminaba las almas y las destruía con el conocimiento de un mundo lleno de putrefacción.

Decidí dejar de ser un observador y convertirme en una pieza más del tablero. Fui directo hacia donde se encontraban con pasos decididos y bajando la escalera sin perder detalle a sus juegos de miradas y caricias. Estaba condenadamente molesto porque estuviesen allí como si yo fuese distinto, pues quien se aproximaba a mí terminaba en el mismo cajón del destierro que los seguidores de esta impenetrable oscuridad.

No sabía que había venido tu novio a verte—murmuró Mefistófeles con el vaso de whisky cerca de sus labios. Ni siquiera se había dignado a mirarme—. ¿Qué te trae por aquí Lucifer? ¿O prefieres que siga usando el nombre que le diste a ese dichoso vampiro? ¿Cómo era? ¡Ah! ¡Sí! ¡Memnoch!—dijo soltando el vaso para girarse y mirarme con esa mirada dura y calculadora.

Un placer volver a verte—dije—. ¿Dónde dejaste la piel roja y los dientes puntiagudos?—pregunté mirándolo directamente a los ojos sin miedo alguno. Él sólo era una culebra, pues quien me preocupaba era la hidra desquiciada y la gran serpiente que siseaba enroscándose en su cuerpo.

Junto con la capa y el resto del disfraz—respondió con su habitual acento germano. Amaba aparentar que era europeo, alemán y sofisticado. Siempre se aparecía por Europa, pero había decidido probar en otras partes del mundo desde hacía un par de siglos. La última vez que nos enfrentamos estaba divirtiéndose con un par de pobres desdichados en un tugurio cerca de El Paso.

¿Y dónde está tu vampiro?—dijo Legión agarrando por los glúteos a Satanás con un descaro que me provocó cierta ira.

Te veo tenso, Memnoch, ¿acaso tienes celos? ¿Dudas de ti mismo? ¿Tienes miedo de no ser el protagonista de este pequeño circo llamado Tierra?—susurró alejándose de su escolta personal para acercarse a mí—. Tranquilo, pequeño, todo irá bien. Pronto te darás cuenta que eres tan patético que tu a Padre no le importó enviarte lejos.

No tengo celos de ti, Satanás. No tengo celos de ninguno de vosotros, pero hacéis que mi tarea sea imposible. Incluso destruís almas que ni siquiera pueden ser juzgadas—dije apretando las manos.

Ah, me encanta cuando tienes ese momento de ángel bondadoso... ¿sabías que es excitante?—afiló la mirada y detuvo a Legión que intentó acercarse a él—. Dejadnos a solas, muchachos. La reunión se cancela para la próxima noche. Creo que el arcángel y yo tenemos algo pendiente.

Pude sentir sus manos sobre mis hombros apretando la chaqueta de cuero que llevaba, rozando peligrosamente las tachuelas que se hallaban en los hombros y esparcidas por el pecho, para luego notar como sus habilidosas manos bajaban la cremallera encontrándose con una camisa interior blanca, pegada por el sudor debido al ambiente cargado, y provocando que sonriera con cierta malicia.

Has optado por un aspecto interesante... —susurró—. ¿Qué son todos estos tatuajes? ¿Tu papá te dejó hacértelos? Creí que Dios veía mal a los que marcaban su piel como si fueran ganado—dijo colgándose de mi cuello logrando que me inclinara—. Aunque... ¿no sois borregos de Dios?—preguntó levantando su ceja derecha mientras hundía sus ojos en los míos, ahogándose en ellos por un segundo, mientras los otros dos ya estaban a punto de cruzar toda la sala.

¿Alguna orden antes de marcharnos?—preguntó Mefistófeles—. Será un placer cumplirla, jefe.

Sólo no hagáis escándalo hoy, pues no podré seguir vuestros pasos—dijo.

Ambos nos quedamos allí de pie como si fuéramos una pareja ejemplar deseando devorarse uno al otro. Sentía como mi cuerpo se caldeaba con el roce de sus caderas al comenzar a bailar, como si fuese parte de esa tribu de desquiciadas almas atormentadas que teníamos al fondo. Uno de los barman nos observaba con atención intentando no delatarse como un curioso más. Apenas podía escuchar lo que habíamos dicho, pero nuestra actitud le llamaba poderosamente la atención.

Dime, arcángel de la luz, mi adorado Lucifer... —murmuró.

Memnoch—repuse.

Memnoch, Memnoch... —dijo entre carcajadas antes de ofrecerme sus labios con un beso que me hizo arder. Mis labios quemaban y mi lengua se enroscaba en la suya por inercia. Era tan poderosamente seductor que ni yo, que siempre me había impuesto ante cualquier juego sucio de Dios, podía resistir.

Bajé los párpados y acabé con los ojos cerrados sintiendo el dulce sabor de su boca. Podía percibir como sus manos bajaron hasta el borde de mi pantalón y se introdujeron bajo mi camiseta. Por mi parte acabé rodeándolo para cubrir su espalda con mis brazos. Estaba dejándome cautivar. Era una serpiente pecaminosa y sus labios eran la manzana que Padre me había prohibido probar. Al abrirlos, para poder ver su rostro aniñado y andrógino, me percaté que estábamos en una de las salas privadas. Él y sus trucos, los trucos de un ser aún más poderoso que yo mismo. Aún así cada quien tenía su pedazo de territorio en este mundo.

El mío era este, el purgatorio que todos creían el mundo consciente, y el suyo era un verdadero infierno. A decir verdad había llevado a Lestat a las imágenes más terribles de este mundo, en otro plano, donde las almas de los muertos quedaban encerradas esperando un juicio justo. Pero mis juicios se aplazaban buscando las almas más limpias y perfectas, las pequeñas joyas, entre el desastre de hombres, mujeres y niños que se amontonaban cada día gracias a la obra y gracia de los demonios que con su tentación, su descaro y poder habían logrado que mi trabajo fuese imposible.

Allí, atado a Satanás, me sentí un niño perdido en mitad de un desierto. Mi piel seguía ardiendo, gotas de sudor recorrían mi frente y el ventilador del techo se encendió de repente mientras él jugaba a quitarme la chaqueta. Por mi parte le miraba embelesado. No medía más de un metro sesenta cuando yo alcanzaba casi los dos metros, pero me encontraba sometido ante esa extraña belleza de sutiles encantos.

Mírame, Lucifer, ¿a quién ayudarás?—preguntó tirándome en el sofá de cuero que había detrás de nosotros.

A mí mismo—respondí casi de inmediato con la voz tomada por el deseo. Sentía como la piel de cuero era pura imitación que se pegaba a mí. Me sentía cómodo en ese lugar, pero sabía que estaba a punto de volver a tropezar con la misma piedra.

Hello, I love you. Won't you tell me your name?—susurró subiéndose sobre mí para mover sutilmente sus caderas. Su entrepierna rozaba contra la mía y mis manos fueron directamente a sus glúteos.

Hello, I love you. Let me jump in your game—correspondí antes de arrojarlo al suelo abriendo bien su abrigo para lamer y morder su cuello, deslizándome luego hasta sus rosados pezones y viajar hasta su ombligo. No dudé en incorporarme para quitarle las botas y arrancarle el pantalón, del mismo modo que lo hice con el resto de sus prendas.

¿Realmente quieres jugar?—soltó una perversa carcajada echando sus manos a mi rostro.

The Doors comenzó a sonar con “Touch me” por obra y gracia de aquel Dios Oscuro, inaccesible para unos y completamente abierto a todas las posibilidades para otros. Me miró con provocación y colocó sus manos en el borde de la hebilla de mi pantalón. Sus dedos se dirigieron a mi bragueta acariciando la dureza que se ocultaba tras aquel ajustado pantalón vaquero, roto y desgastado.

Debiste presentarte así a ese dichoso colmilludo, ese Príncipe de los Vampiros, porque lo habrías seducido mucho mejor que con esa pose de ángel bondadoso—su voz cada vez sonaba más agitada y seductora. Sus párpados estaban a medio bajar y su boca sutilmente abierta.

Cállate, Samael—gruñí furioso.

Detestaba saber que en estos momentos, en algún lugar del mundo, ese maldito imbécil se regodeaba llamándome “espíritu”. Ya no creía ni una sola de mis palabras. Él creía que eran pura fantasía y crueles mentiras para seducirlo, quedarme con su cuerpo y convertirme en algo similar a Amel. Me desconcertaba ese cambio de actitud, pero a la vez lo comprendía. Habían pasado demasiadas cosas y estas habían moldeado su actitud, sus pensamientos y sentimientos. Aún así sabía que algún día nos volveríamos a tropezar.

Me encanta cuando te molestas—dijo abriendo sin sutileza sus piernas.

Observé sus rodillas perfectas, sus muslos carnosos pese a lo delgados que podían parecer en un primer vistazo y esas ingles cálidas que invitaban a arañarlas con mis dientes y uñas. Sus ojos brillaron emocionados antes de incorporarse del todo para bajar mi cremallera y hacer que mi pantalón quedara por las rodillas. No dudó en que el oscuro calzoncillo bajase acompañando la otra prenda. Pasó de inmediato su lengua por los labios y los pegó al glande antes de ofrecerme una decena de besos por el miembro, acariciando así mis testículos y rozando con su nariz el escaso vello que coronaba mi sexo.

Mis manos se colocaron sobre su cabeza y comencé a moverme desesperado. Mis gemidos parecían lamentos. Disfrutaba demasiado de esa boca cálida, pequeña y de labios gruesos que no dudaba en aceptarme dentro como si fuese un delicioso caramelo. Tras dos violentas estocadas acabé saliendo notando que un hilo pequeño de saliva, casi insignificante, colgaba de su lengua a mi glande logrando que me encendiera aún más.

Sus ojos eran dos bolas verdes que acaparaban toda la pupila. Mis dedos se enredaban en sus cabellos tirando de ellos hacia atrás. Aquel cuello de piel blanca, fría y sedosa me tentaba tanto como su boca encendida por la presión que había ofrecido a mi miembro. No tardé demasiado en levantarlo y tirarlo contra el sofá sin miramientos. La música cesó para cambiar a otra más violenta de la banda E Nomine con un sugerente título “Lord's Prayer”. Esta vez había sido yo quien había elegido aquella sugestiva melodía que hacía vibrar las paredes.

El aullido de los lobos se unieron a mis gruñidos antes de morder su nuca. Mis manos, similares a garras, rasguñaron sus costados y se encajaron en sus caderas. Aparté mi boca para arrodillarme ante su trasero. No dejé de mirar su cabeza introducida entre sus brazos que parecían flaquear. Su cabello negro, espeso y sedoso se confundía con el tapizado del sofá. Mi lengua se arriesgó a lamer su entrada y hundirse como si fuese un minúsculo miembro, entretanto mis labios rodearon aquella zona tan sensible. Se lamentaba entre jadeos y gemidos, sus piernas se abrieron un poco más mientras su miembro palpitaba escupiendo el presemen sobre el asiento.

Finalmente me incorporé como lo haría un ángel vengativo, un ser como yo, que acabó sacando sus dispares alas, las siete, alzándolas hacia el techo con la luz que siempre poseería en mi interior. Yo era la luz en la oscuridad y él la oscuridad misma. Algunas plumas cayeron sobre su espalda así como al rededor de nosotros, asemejándose a pétalos de cerezo.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo—dije apartando mi boca de él para penetrarlo con rabia.

El ritmo que llevaba era violento y hacía que su rostro se estampara contra el respaldo. Él gritaba como una fulana barata e intentaba mirarme satisfecho por encima de sus delgados hombros. Sólo podía ver parcialmente sus facciones pero no me importó. Mi mano derecha soltó su cadera para golpear con violencia sus glúteos. La música nos envolvía repitiendo la melodía como una premonición llegando orgasmo justo cuando finalizaba “Padre Nuestro” en latín. Satanás eyaculó manchando con su espesa simiente sobre el asiento y yo, tras un par de arremetidas extras, logré implantarle mi semilla. Una semilla cálida y espesa que lo marcó como mío.

Delicioso—jadeó cayendo de bruces sobre el sofá—. Lástima que esto sólo sea por una venganza estúpida... Te estás ganando un trono a mi derecha, Memnoch.

No dije nada. Había logrado lo que quería, pero yo había conseguido que al menos algunos allí abajo lograsen sobrevivir unas horas más, unos escasos días. Empezaba a pensar que él sólo aparecía para jugar conmigo.

Saludos a Gabriel de mi parte, encanto—dijo apartándose de mí, tras ofrecerme un empujón terrible que me hizo caer de espaldas—. Ese estúpido es el que más amor te tiene, más que Dios. Cuídamelo... porque quizá logro hacer que caiga sólo para torturarte—aseguró.


Me quedé allí sentado un par de minutos observando los restos de nuestro álgido momento de pasión. Él se había desvanecido llevándose consigo parte de mí. Guardé mis alas y noté que una pluma cayó intoxicada. No tenía el brillo que las otras. Él estaba logrando algo que no había conseguido en siglos: seducirme. 

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Te lo dedico porque logras inspirarme terriblemente. 

sábado, 30 de julio de 2016

Más allá del infierno

No hay nada más erótico que ver a un hombre rendido a sus pecados. Y por cierto, bonitos pecados eran los de Julien. 

Lestat de Lioncourt 





Esperaba siempre apostado en una esquina recargándome de mi lado derecho observando con detenimiento toda la avenida. Mis ojos azules se movían sobre las baldosas contándolas una a una, mirando sus grietas y admirando los zapatos de aquellos que iban y venían. A veces era terrible tener que esperar allí aquellos apurados pies que se movían con destreza en unos elegantes zapatos de tacón. Sin embargo, no me importaba. Jamás me importó gastar mi tiempo en algo así.

Ese día simplemente subí a su apartamento. Ya lo había hecho en otras dos ocasiones. Yo mismo le ayudaba a pagar el alquiler para que no fuese una carga excesiva en su ajustado salario. Por un lado me lo echaba en cara diciendo que no era su querida, por otro me lo agradecía cuando veía que las facturas se acumulaban y no había dios que las pagara. Él sabía que tenía dinero siempre dispuesto para echarle una mano y ayudarle en lo que fuera. No lo hacía para comprar su amor o su deseo, era simplemente porque sabía que el dinero me sobraba y que no lo disfrutaría una vez muerto. Así que los billetes me quemaban en las manos y él los aceptaba a regañadientes.

Cuando subí el último tramo de la escalera escuché el fonógrafo de la compañía Victrola que yo mismo le había comprado en un arrebato de melómano. Aida de Verdi se colaba por aquellos estrechos muros mientras otros vecinos del edificio, menos afortunados en educación, vociferaban sus tragedias. Al llegar a su puerta golpeé con fuerza para que me escuchara. Él no abrió de inmediato la puerta aunque noté como observaba por la pequeña mirilla que yo estaba allí. Al final abrió parcialmente para dejar ver sólo un poco de su dulce rostro.

—Estoy molesto, ¿por qué no te vas con tu mujer?—preguntó con voz ligeramente exasperada.

—Me iría si no hubiese firmado los papeles del divorcio—dije.

—Seguro que no ha sido idea tuya. ¿Qué fue eso de un Mayfair sólo puede estar con un Mayfair?—dijo frunciendo el ceño.

—¿Qué fue eso de no voy a fruncir el ceño porque me saldrán arrugas y sólo tengo veinte años?—mis palabras lograron que perdiera cierta compostura y malhumor. Siempre encontraba las palabras mágicas a las cuales aferrarme para que él se sosegara.

—¿Qué quieres? No tengo ganas de verte—se recargó mejor sobre el pomo de la puerta y suspiró—. Estoy molesto—dijo aceptando lo evidente.

—¿Por qué me esperas entonces con esa lencería que te compré?—pregunté—. Sabías que si no aparecías subiría e intentaría colarme en tu apartamento.

La música paró y noté como Lasher surgía aún bailoteando. No era un melómano cualquiera, pues usaba cualquier melodía, a veces hermosas composiciones musicales y otras autores muy simples, para despistar a un espíritu que me perseguía allí donde fuera.

—Vamos a jugar a las cartas—dijo apoyando sus manos invisibles sobre mis hombros—. No te va a entender nunca, Julien. ¿No ves que es sólo un muchacho? Qué risa...

—Me la puse porque me parece bonita—murmuró sonrojándose mientras se pensaba quitar o no la gruesa cadena dorada que evitaba que pudiese pasar.

—Abre—comenté deseando entrar para poner de nuevo en marcha el gramófono y evitar de ese modo que ese imbécil estuviese parloteando. Quería ponerle una mordaza a ese maldito desgraciado que sólo me aconsejaba de la peor de las formas y me traía terribles dolores de cabeza.

—Está bien...

Cerró de golpe y abrió de inmediato para dejarnos pasar. Lasher se quedó callado porque sabía que había perdido. Siempre perdía. Cuando era estar con Richard se quedaba sin un discurso decente, pero me molestaba que me envolviera como si fuese una soga. Así que simplemente me acerqué al aparato e hice que la pieza comenzara de nuevo.

Él se quedó allí de pie esperando que calificara su endiablada belleza mientras la puerta se cerraba. Cuando me giré para verlo bien tuve deseos de arrancarle aquellos delicados encajes. Llevaba un corsé que habían hecho a medida para él a juego con una lencería de encaje que cubría escasamente su sexo oculto, con cierto ingenio, un liguero y unas medias que se ajustaban perfectamente a sus hermosas piernas. Todo era en un único color, el negro, y el encaje era de aguja porque era el más fino, aunque también el más costoso, que llenaban su cuerpo con elegantes flores salvajes. Su piel quedaba resaltada al igual que su figura.

Era como ver a una mujer sabiendo que tras esa pose casi celestial, de labios pintados de rojo y largos cabellos negros, había un hombre tentándome con cada milímetro jóvenes carnes y prietas nalgas. El pelo lo llevaba suelto y caía en bucles bien formados sobre sus hombros, aunque no todo ese pelo era suyo. De hecho, llevaba peluca porque usualmente tenía un corte algo masculino. Fuera de esos muros pocos habían logrado verlo con esas prendas. Cuando lo veían bajar por la escalera pensaban que era su hermana que había ido a verlo.

—¿Deseas que me ponga también el vestido o me quedo así?—dijo mientras percibía que estaba descalzo.

—Ponte los tacones que tanto me gustan. Esos que te compré hace unos meses—contesté—. Los que fueron un regalo por tu cumpleaños.

Él sólo sonrió echando casi a correr hasta el zapatero que había en su dormitorio. Al regresar lo hizo marcando el paso al ritmo de la música. Lasher sólo bailoteaba de un lado a otro y pronto dejé de pensar en su presencia cuando Richard se acercó a mí, pegándose como una gatita mimosa deseando caricias. Mis brazos lo acogieron estrechándolo contra mí mientras hundía mi nariz en su cuello. Olía al caro perfume francés que a veces se obsequiaba gracias a pequeños contactos con amigas en las perfumerías más elegantes, caras y populares de la ciudad.

—Tu hombre está en casa—dije mientras mordisqueaba su cuello—. ¿Por qué no le das la bienvenida como se merece?—pregunté provocando que se mordiera sus voluptuosos y carnosos labios ensalzados con ese color carmín tan llamativo.

Él simplemente puso sus manos sobre mi torso jugando sutilmente con mi la punta de mi corbata. Sus largas pestañas postizas parecían infinitas y enmarcaban una mirada salvaje. Sonrió suavemente con picardía mientras permitía que mis manos acariciaran su cintura hasta sus caderas marcadas. Era delgado y tenía una belleza sutilmente femenina. Verlo a él era ver a un ángel jugando a ser un demonio tentador. Y, realmente, jugaba muy bien sus cartas.

Dejó de mover sobre mi corbata aquellos dedos, de uñas largas y bien cuidadas, para apoyarlos en mis caderas entretanto se arrodillaba. No tardó en abrir la correa, quitar el único botón de mi pantalón y echar abajo el cierre de la cremallera. De entre mi ropa interior sacó mi sexo ya algo despierto sólo con verlo y olerlo. Mi corazón comenzó a bombear rápido cuando sentí su aliento acercarse a mi glande. Sus labios se posaron con cariño sobre mi miembro ofreciéndole dulces besos que terminaron siendo entregadas lamidas. Me miraba mientras lo hacía quizá recordándome que no había mujer sobre la tierra que lo hiciera mejor.

Suspiré mientra sonreía dichoso. Realmente apreciaba que se comportara tan sumiso conmigo, pero sobre todo me enloquecía notar como poco a poco su destreza se desarrollaba con cada una de mis visitas. Lograba endurecer a un hombre que ya traspasaba la mediana edad, aunque no lo aparentaba, como si fuera un adolescente. Mis manos fueron a su cuello, justo bajo su mentón, cuando empezó a succionar lentamente hasta llegar casi a la base de mi pene. Me manchaba con su labial pero no me importaba. Que dejase restos allí era una marca más que él dejaba por algo más que puro capricho. Al final mi diestra se colocó sobre su coronilla y la zurda lo agarró por la nuca. Él dejó de mover libremente la cabeza para sentir la furia de mis embestidas. Sólo abría la boca para que yo lograra incluso atragantarlo con algunos movimientos bruscos.

Cuando estuve absolutamente duro, dispuesto para él, lo levanté agarrándolo del brazo, hasta casi marcar mis dedos, para arrastrarlo hasta uno de los muros del salón. No era la primera vez que no tenía cuidado al sentirme pletórico. La música acabó y Lasher guardó silencio sólo porque el espectáculo le fascinaba. No tardé demasiado en colar mi mano dentro de sus bragas de encaje para tocar su miembro ya abultado, casi queriendo salir de aquella estrecha tela, mientras con la mano que tenía libre, la izquierda, recogía su cabello para morder su nuca. Él gimió con el tono de una mujer y eso me encendía. Tenía las características que tanto me incitaban en un hombre y las que me enloquecían de las mujeres. Un hombre no sabía seducir de ese modo y tampoco era capaz de gemir tan desesperado.

—Julien... —dijo tembloroso notando mis dientes tirar de su carne, pellizcar con fuerza su piel, patéticamente masticándolo—. Julien... —su voz cada vez se quebraba más sobre todo cuando bajé sus bragas hasta los tobillos e introduje mi lengua en su deliciosa entrada. Aquel agujero se había convertido para mí en la abertura al placer, en la pequeña grieta al paraíso. Cuando mi lengua se colocó dentro soltó un jadeo entretanto curvaba sus piernas y se apoyaba desesperado en la pared, rasguñando el papel pintado que él había elegido para decorar nuestro pequeño nido.

No dudé ni por un momento en sacar mi rostro de entre sus glúteos para morderlos, besarlos y lamerlos mientras colaba un dedo. Él me miraba girando su rostro esperando el momento que llegó cuando me incorporé y lo penetré sintiendo la dulce presión de su recto. Mi glande buscaba golpear justo en el lugar exacto de su próstata y logré hallarlo con cierta facilidad porque ya conocía sus puntos débiles.

—Gime putita—dije agarrándolo del cuello con la diestra mientras mordía uno de sus hombros. Él sólo contestó moviendo sus caderas y abriendo mejor sus piernas. La zurda bajó los finos tirantes de su sujetador para poder moverlo hacia abajo. Deseaba poder pellizcar sus pezones y de hecho acabé haciéndolo entretanto mi boca marcaba la cruz de su espalda, su nuca, sus hombros e incluso sus orejas desnudas debido a las prisas que se había dado al vestirse.

Sus gemidos y jadeos cada vez eran más levados convirtiéndose en la mejor ópera jamás estrenada. Mis gruñidos y gemidos bajos se unían a mis palabras indecentes que le forzaban a estar cada vez más duro. Quitó entonces el apoyo de su mano derecha para poder masturbarse, pero rápidamente agarré ese brazo para echarlo hacia atrás. Quería que llegara al orgasmo sin tocarse, sólo con mis penetraciones.

Tras varios minutos de forcejeo, movimientos duros de pelvis y lenguaje sucio él llegó apretándome contra él, dejándome sumido en un éxtasis casi religioso. Segundos después de notar como eyaculaba salpicando la pared y el suelo, incluso su fina lencería, lo hice yo. Entonces me aparté sofocado para sentarme en el sofá con el miembro aún algo duro y el rostro empapado en sudor, con mi cabello cano revuelto sobre mi frente y mis manos apoyadas contra el brazo del asiento y los cojines.
Él caminó a duras penas porque le temblaban las piernas, lo cual provocó que se cayera y se arrastrara hasta mí. Quedó con su rostro sumergido entre mis piernas lamiendo cada gota de semen que no había llenado sus entrañas.

—Es cierto que ella me ha dejado—dije aún con la voz tomada—, pero también es cierto que no me importa. Tengo en ti todo lo que busco en una mujer y en un hombre—susurré levantando su rostro al sostenerlo entre mis manos—. Tú eres provocación, erotismo puro...


Jamás me interesó qué pudiesen pensar de mí al tener un amante masculino que, para más inri, travestía en un juego peligroso donde los sentimientos estaban a flor de piel y el placer caminaba más allá de la frontera del infierno.  

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Dedicado al pequeño tesoro que he encontrado hace unos días. Logras que quiera volver a cometer pecados por este mundo. 

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt