Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 25 de julio de 2017

Tentación

Tentación, eso es todo... ¡Ja!

Lestat de Lioncourt

El aire desprendía una fragancia extraña. Era como si las flores hubiesen germinado en mitad de un verano sofocante. La semilla de la maldad arraigaba en el corazón de los hombres, los cuales destruían la belleza de paisajes similares al que contemplaba, pero en aquel prado las flores parecían haberse puesto en pie para contemplar los últimos rayos de sol. A mis espaldas se hallaba un campo extenso de girasoles y un pequeño caserío donde los apeos del campo guardaban silencioso luto hasta ser necesarios.

Cerré los ojos y abrí los brazos intentando abarcar la suave brisa que movía mis cabellos castaños. Ese cuerpo era distinto al original, así como solía ser distinto a otros. Mi rostro cambiaba, así como también mis pensamientos. Una vez era un revolucionario y otras un hombre acabado lleno de recuerdos, pero siempre buscaba la liberación de mis sentimientos.

Entonces, cuando todo mi cuerpo parecía hundirse en una paz que me llenaba de dicha, sentí su presencia. Abrí mis ojos y lo vi. Apareció en la lejanía cubierto con una túnica negra que lo envolvía como un terrible enjambre de moscas. Su rostro pálido estaba prácticamente oculto y sus manos se hallaban cubiertas también por la túnica. Las flores se agitaban dulcemente acariciando su cuerpo y recuperándose tras su paso germinando de nuevo, con más fuerza tras ser pisadas como si hubiesen sido bendecidas, para detenerse a menos de un metro. Sus ojos rojos se detuvieron en los míos provocando en mí un escalofrío.

—¿Que deseas?—pregunté.

—Tentarte—respondió.

—¿Acaso crees que puedes conseguirlo? Tal vez me he vuelto inmune a tu veneno, Samael.

Provoqué se se riera de forma delicada y agradable al oído. Su voz no era tan poderosa y su cuerpo había menguado, pero esa lengua bípeda siseaba cuando la intentaba contener en su boca y sus ojos, de un color granate muy vivo, parecían clavarse en mi corazón como siempre. De repente se quitó la túnica y mostró un cuerpo entre lo femenino y lo masculino, rompiendo ambos sexos e iniciando en mí cierta revolución.

—Lucifer, querido mío—dijo colocando sus manos de largos dedos sobre sus caderas estrechas—. ¿Ves como sí sé tentarte?

—Memnoch—advertí.

—Un caído, eso eres. Caíste por los hombres, pero estos te han dado la espalda. Intentas salvar sus almas cuando merecen un castigo, el que yo les ofrezco. No se merecen este mundo que creé con Dios, pues sólo saben destruir todo lo que tocan.

Sin pudor se colocó a mis pies y puso sus manos sobre mis sandalias. Vestía también una túnica, pero esta era púrpura y dorada. Para mí simboliza poder, nobleza, lujo y ambición; para otros un reinado que ya hace tiempo cayó en desgracia. Sus dedos subieron por mis rodillas flexionadas hasta mis muslos y palpó mi sexo. Carecía de ropa interior, pues el pudor nunca fue útil para mí, y me miró dejando que su lengua se moviera igual que la serpiente que fue en el paraíso.

Me incliné abarcando su rostro entre mis manos para besar sus labios en un roce algo casto, mordí su labio inferior y lamí su boca enterrando lentamente mi lengua. Sus ojos se cerraron, así como lo hicieron los míos. Pude apreciar el sabor que tenía en su lengua, así como la humedad que me transmitía, y aprecié el veneno que me estaba regalando. Era una tentación más allá de las palabras y de los actos más lascivos que jamás había vivido con otros.

Su mano se movía lentamente acariciándome con una ternura extraña hasta que la zurda apretó los testículos. En ese momento aparté mi boca y lo miré con deseo. Me incorporé, me saqué la única prenda que me cubría y lo arrojé al pasto para morder su cuello. Tenía una pequeña nuez que apenas se apreciaba, unas clavículas perfectas bien marcadas y unos pechos minúsculos lentamente fueron desapareciendo por completo. Sus pezones se irguieron llamándome la atención. Su cuerpo cambiaba para adaptarse a mis necesidades en ese momento mientras sus piernas se abrían aguardando tentarme aún más.

Entonces el cielo se cubrió de nubes, como si Dios se opusiera a este vínculo una vez más. Las primeras gotas no tardaron en caer humedeciendo mi espalda. Mis alas se liberaron mostrándose algo grisáceas, pero todavía pulcras y sin tacha. Estas eran múltiples y espesas, pues las plumas eran largas y ofrecían un aspecto demasiado tupido.

Mi lengua bajó por su torso hasta su ombligo, donde mordí su piel cerca de su costado derecho, y luego besé sus ingles. Poseía ambos sexos y ambos fueron besados antes de sentarme contra la piedra donde había estado sentado, para que él pudiese lamer el mío.

Primero besó el glande cubierto todavía por el prepucio, para luego retirarlo con su lengua y sus labios, logrando así que gimiera y jadeara agitado echando la cabeza hacia atrás. Mi larga cabellera castaña rozó mi espalda y se enredó en mis plumas. La lluvia se intensificó y unos enormes relámpagos iluminaron el cielo. La noche estaba rodeándonos, como la tempestad, y eso éramos. Nosotros éramos la furia en la oscuridad, los seres que la dominábamos. Justo en ese instante introdujo mi miembro en su boca y su lengua se enredó estimulando y acariciando cada pedazo. Mis manos se pusieron en su cabeza, la cual tenía unos cabellos lacios y oscuros de un aspecto muy sedoso, y mis piernas se abrieron. Disfruté un buen rato de su mirada lasciva, de su buen hacer con su boca y también de sus manos arañando mis muslos con sus uñas negras y puntiagudas.

Al final lo arrojé de nuevo, pero esta vez de espaldas, para entrar en él sin bacilar. Mi virilidad se enterró de una vez y los movimientos que siguieron a esta arremetida fueron bruscos, extremadamente violentos, y capaces de hacerlo gritar de placer mientras intentaba aferrarse a las hierbas y flores.

Mis gruñidos, propios de una bestia, así como mis resoplidos se unían a sus gemidos que parecían alaridos buscando llegar al cielo, pues quería tal vez que Dios escuchase lo que no quería ver. Truenos y relámpagos prosiguieron junto a una lluvia espesa. La misma lluvia que fue testigo de una nueva inseminación. Otro engendro aparecería en la oscuridad.


Cuando todo finalizó él sólo se rió girándose y apartándome, para después ofrecerme un beso apasionado y desaparecer. Otra vez había caído en sus trucos, los mismos que no fui capaz de contar a Lestat en su momento. Yo no soy Satanás, yo soy Lucifer. Satanás es el demonio que me arrastra al lado más perverso que poseo.  

lunes, 22 de agosto de 2016

Lord's Prayer

Me llegan estas memorias... ¿acaso lo hace para llamar mi atención?

Lestat de Lioncourt 


Las calles parecían haberse convertido en un pozo de alimañas. La oscuridad incitaba que las cucarachas humanas se convirtieran en una plaga insufrible y escandalosa. Los letreros de neón atraían a la mayoría como un campo de flores a numerosas abejas, las cuales polinizaban cada antro en busca de un néctar que las hiciese sentir vivas.

Bajo uno de estos luminosos estaba él, aunque decir “él” era una falacia, se encontraba nervioso y sus ojos recorrían toda la avenida. Reía bajo como si estuviese loco o colocado con alguna sustancia. Sus largos cabellos negros parecían sucios debido a que estaban mal atados y encrespados. Tenía un par de mechones sobre el rostro y sus ojos castaños parecían fieros. De vez en vez, con cada carcajada histriónica, se podían ver sus colmillos torcidos similares a los de un chacal o una hiena. Sus prendas eran las de un chico adicto a la excitante y reivindicativa música rock, pues llevaba una camiseta negra con el símbolo de los Rolling Stones y un collar con el símbolo que usaba Robert Plant en su mística banda Led Zeppelin. Es la pluma de Ma’at, la diosa egipcia de la justicia y la armonía cósmica, algo que él desconocía por completo. Su nombre es Legión, pues son muchos demonios en un único cuerpo. Normalmente poseen a humanos sensibles y atraídos con el oscurantismo.

Dentro de ese mismo local, en un ambiente lleno de deliciosas sensaciones debido a los descarados cuerpos en movimiento, se hallaba otro de los tantos demonios que existen en este mundo. Si bien es la mano derecha de Satanás. Él era distinto. Vestía un traje distinguido, completamente oscuro, que resaltaba el tono níveo de su piel y sus fríos ojos azules. Llevaba el cabello corto, algo engominado y ligeramente rapado por los lados. Sus manos estaban enfundadas en unos guantes de cuero muy elegantes y bebía lentamente un vaso de whisky. Su nombre es Mefistófeles.

No muy lejos de aquel local llegaba el Dios de la Oscuridad en persona. Demasiados demonios para una misma ciudad. Sus ojos verdes eran los de un gato salvaje, poseía unos labios voluptuosos y un aspecto demasiado tentador. Su cuerpo era pequeño, muy menudo, pero demasiado sensual como para pasar desapercibido. Llevaba un tres cuartos de imitación a piel de ciervo que le llegaba más allá de los glúteos, como su largo y liso cabello negro, que se hallaba abierto y mostraba que carecía de pudor pues bajo este no había prenda alguna. Sus piernas, de muslos torneados pese a su delgadez, estaban enfundados en cuero negro. Su nombre, como así se hacía llamar, era Samael o también conocido como Satanás. Para muchos un Dios terrible, para otros maestro, supremo artesano, hacedor que engañó al hombre haciéndose pasar por un creador bondadoso.

Legión sacó un cigarrillo y comenzó a fumar para templar sus nervios. Dentro de aquella pequeña cabeza humana susurraban tantos demonios que era imposible contentarlos a todos. No sabía si entrar dentro o empezar a patear la lata que tenía cerca de sus pies. Sentía la garganta seca y sus ojos tornaban a negros en breves fracciones de segundo. Satanás se acercó a él tomándolo de la mano derecha para tirar de aquella legión de seres sobrenaturales hasta el interior, donde la fiesta parecía desencadenar en una orgía de cuerpos moviéndose de forma sensual a ritmo de una música machacona, casi inteligible.

Yo me encontraba en el piso superior observándolos a todos. Estaba apoyado en una de las barandillas del pasillo que rodeaba todo el local y que daba a las escaleras que daban acceso a las habitaciones privadas, salas pequeñas que parecían jaulas y destinadas a pequeñas fiestas llenas de alcohol, cocaína y sexo. Aspiraba el hedor de la corrupción de aquellas almas que danzaban sin cesar como si tuviesen los zapatos colorados del cuento de Hans Christian Andersen. Sus brazos se alzaban como ramas de árboles que buscaban oxígeno en un mundo tóxico. Las mujeres parecían ignorar que las canciones las invitaban a ser prácticamente violadas y los hombres se convertían en violentas bestias salvajes.

Estaba cansándome de la peligrosa seducción que poseía aquella diminuta figura, la cual podía tener cualquier rostro e incluso cambiar de género a su conveniencia. Jugaba con todos y se dejaba guiar por su instinto para cautivar a todas las almas posibles. Estaba allí su mano derecha y varios de sus mejores guerreros contenidos en un frágil cuerpo humano, el cual podía destruir para liberarse por completo y desatar un apocalipsis en mitad de aquella minúscula ciudad del sur de Estados Unidos.

Rápidamente se giró al sentir mis ojos de azul metálico fijos en él. Sonrió dichoso, como si todo aquello hubiese sido un mero teatro para llamar mi atención, para luego girarse apoyándose en Legión mientras este lo acogía con deseo entre sus manos. Apreté con fuerzas el hierro de la barandilla deseando destruirlos a los tres, pero era imposible. Mi poder no era tan ilimitado como Dios había hecho creer a sus seguidores. Los judíos aún apreciaban el hecho que Satanás y Lucifer no eran la misma criatura, que Lucifer sólo había sido un revolucionario que deseó romper sus cadenas mientras que él, la serpiente enroscada del paraíso, seguía siendo un maldito seductor que contaminaba las almas y las destruía con el conocimiento de un mundo lleno de putrefacción.

Decidí dejar de ser un observador y convertirme en una pieza más del tablero. Fui directo hacia donde se encontraban con pasos decididos y bajando la escalera sin perder detalle a sus juegos de miradas y caricias. Estaba condenadamente molesto porque estuviesen allí como si yo fuese distinto, pues quien se aproximaba a mí terminaba en el mismo cajón del destierro que los seguidores de esta impenetrable oscuridad.

No sabía que había venido tu novio a verte—murmuró Mefistófeles con el vaso de whisky cerca de sus labios. Ni siquiera se había dignado a mirarme—. ¿Qué te trae por aquí Lucifer? ¿O prefieres que siga usando el nombre que le diste a ese dichoso vampiro? ¿Cómo era? ¡Ah! ¡Sí! ¡Memnoch!—dijo soltando el vaso para girarse y mirarme con esa mirada dura y calculadora.

Un placer volver a verte—dije—. ¿Dónde dejaste la piel roja y los dientes puntiagudos?—pregunté mirándolo directamente a los ojos sin miedo alguno. Él sólo era una culebra, pues quien me preocupaba era la hidra desquiciada y la gran serpiente que siseaba enroscándose en su cuerpo.

Junto con la capa y el resto del disfraz—respondió con su habitual acento germano. Amaba aparentar que era europeo, alemán y sofisticado. Siempre se aparecía por Europa, pero había decidido probar en otras partes del mundo desde hacía un par de siglos. La última vez que nos enfrentamos estaba divirtiéndose con un par de pobres desdichados en un tugurio cerca de El Paso.

¿Y dónde está tu vampiro?—dijo Legión agarrando por los glúteos a Satanás con un descaro que me provocó cierta ira.

Te veo tenso, Memnoch, ¿acaso tienes celos? ¿Dudas de ti mismo? ¿Tienes miedo de no ser el protagonista de este pequeño circo llamado Tierra?—susurró alejándose de su escolta personal para acercarse a mí—. Tranquilo, pequeño, todo irá bien. Pronto te darás cuenta que eres tan patético que tu a Padre no le importó enviarte lejos.

No tengo celos de ti, Satanás. No tengo celos de ninguno de vosotros, pero hacéis que mi tarea sea imposible. Incluso destruís almas que ni siquiera pueden ser juzgadas—dije apretando las manos.

Ah, me encanta cuando tienes ese momento de ángel bondadoso... ¿sabías que es excitante?—afiló la mirada y detuvo a Legión que intentó acercarse a él—. Dejadnos a solas, muchachos. La reunión se cancela para la próxima noche. Creo que el arcángel y yo tenemos algo pendiente.

Pude sentir sus manos sobre mis hombros apretando la chaqueta de cuero que llevaba, rozando peligrosamente las tachuelas que se hallaban en los hombros y esparcidas por el pecho, para luego notar como sus habilidosas manos bajaban la cremallera encontrándose con una camisa interior blanca, pegada por el sudor debido al ambiente cargado, y provocando que sonriera con cierta malicia.

Has optado por un aspecto interesante... —susurró—. ¿Qué son todos estos tatuajes? ¿Tu papá te dejó hacértelos? Creí que Dios veía mal a los que marcaban su piel como si fueran ganado—dijo colgándose de mi cuello logrando que me inclinara—. Aunque... ¿no sois borregos de Dios?—preguntó levantando su ceja derecha mientras hundía sus ojos en los míos, ahogándose en ellos por un segundo, mientras los otros dos ya estaban a punto de cruzar toda la sala.

¿Alguna orden antes de marcharnos?—preguntó Mefistófeles—. Será un placer cumplirla, jefe.

Sólo no hagáis escándalo hoy, pues no podré seguir vuestros pasos—dijo.

Ambos nos quedamos allí de pie como si fuéramos una pareja ejemplar deseando devorarse uno al otro. Sentía como mi cuerpo se caldeaba con el roce de sus caderas al comenzar a bailar, como si fuese parte de esa tribu de desquiciadas almas atormentadas que teníamos al fondo. Uno de los barman nos observaba con atención intentando no delatarse como un curioso más. Apenas podía escuchar lo que habíamos dicho, pero nuestra actitud le llamaba poderosamente la atención.

Dime, arcángel de la luz, mi adorado Lucifer... —murmuró.

Memnoch—repuse.

Memnoch, Memnoch... —dijo entre carcajadas antes de ofrecerme sus labios con un beso que me hizo arder. Mis labios quemaban y mi lengua se enroscaba en la suya por inercia. Era tan poderosamente seductor que ni yo, que siempre me había impuesto ante cualquier juego sucio de Dios, podía resistir.

Bajé los párpados y acabé con los ojos cerrados sintiendo el dulce sabor de su boca. Podía percibir como sus manos bajaron hasta el borde de mi pantalón y se introdujeron bajo mi camiseta. Por mi parte acabé rodeándolo para cubrir su espalda con mis brazos. Estaba dejándome cautivar. Era una serpiente pecaminosa y sus labios eran la manzana que Padre me había prohibido probar. Al abrirlos, para poder ver su rostro aniñado y andrógino, me percaté que estábamos en una de las salas privadas. Él y sus trucos, los trucos de un ser aún más poderoso que yo mismo. Aún así cada quien tenía su pedazo de territorio en este mundo.

El mío era este, el purgatorio que todos creían el mundo consciente, y el suyo era un verdadero infierno. A decir verdad había llevado a Lestat a las imágenes más terribles de este mundo, en otro plano, donde las almas de los muertos quedaban encerradas esperando un juicio justo. Pero mis juicios se aplazaban buscando las almas más limpias y perfectas, las pequeñas joyas, entre el desastre de hombres, mujeres y niños que se amontonaban cada día gracias a la obra y gracia de los demonios que con su tentación, su descaro y poder habían logrado que mi trabajo fuese imposible.

Allí, atado a Satanás, me sentí un niño perdido en mitad de un desierto. Mi piel seguía ardiendo, gotas de sudor recorrían mi frente y el ventilador del techo se encendió de repente mientras él jugaba a quitarme la chaqueta. Por mi parte le miraba embelesado. No medía más de un metro sesenta cuando yo alcanzaba casi los dos metros, pero me encontraba sometido ante esa extraña belleza de sutiles encantos.

Mírame, Lucifer, ¿a quién ayudarás?—preguntó tirándome en el sofá de cuero que había detrás de nosotros.

A mí mismo—respondí casi de inmediato con la voz tomada por el deseo. Sentía como la piel de cuero era pura imitación que se pegaba a mí. Me sentía cómodo en ese lugar, pero sabía que estaba a punto de volver a tropezar con la misma piedra.

Hello, I love you. Won't you tell me your name?—susurró subiéndose sobre mí para mover sutilmente sus caderas. Su entrepierna rozaba contra la mía y mis manos fueron directamente a sus glúteos.

Hello, I love you. Let me jump in your game—correspondí antes de arrojarlo al suelo abriendo bien su abrigo para lamer y morder su cuello, deslizándome luego hasta sus rosados pezones y viajar hasta su ombligo. No dudé en incorporarme para quitarle las botas y arrancarle el pantalón, del mismo modo que lo hice con el resto de sus prendas.

¿Realmente quieres jugar?—soltó una perversa carcajada echando sus manos a mi rostro.

The Doors comenzó a sonar con “Touch me” por obra y gracia de aquel Dios Oscuro, inaccesible para unos y completamente abierto a todas las posibilidades para otros. Me miró con provocación y colocó sus manos en el borde de la hebilla de mi pantalón. Sus dedos se dirigieron a mi bragueta acariciando la dureza que se ocultaba tras aquel ajustado pantalón vaquero, roto y desgastado.

Debiste presentarte así a ese dichoso colmilludo, ese Príncipe de los Vampiros, porque lo habrías seducido mucho mejor que con esa pose de ángel bondadoso—su voz cada vez sonaba más agitada y seductora. Sus párpados estaban a medio bajar y su boca sutilmente abierta.

Cállate, Samael—gruñí furioso.

Detestaba saber que en estos momentos, en algún lugar del mundo, ese maldito imbécil se regodeaba llamándome “espíritu”. Ya no creía ni una sola de mis palabras. Él creía que eran pura fantasía y crueles mentiras para seducirlo, quedarme con su cuerpo y convertirme en algo similar a Amel. Me desconcertaba ese cambio de actitud, pero a la vez lo comprendía. Habían pasado demasiadas cosas y estas habían moldeado su actitud, sus pensamientos y sentimientos. Aún así sabía que algún día nos volveríamos a tropezar.

Me encanta cuando te molestas—dijo abriendo sin sutileza sus piernas.

Observé sus rodillas perfectas, sus muslos carnosos pese a lo delgados que podían parecer en un primer vistazo y esas ingles cálidas que invitaban a arañarlas con mis dientes y uñas. Sus ojos brillaron emocionados antes de incorporarse del todo para bajar mi cremallera y hacer que mi pantalón quedara por las rodillas. No dudó en que el oscuro calzoncillo bajase acompañando la otra prenda. Pasó de inmediato su lengua por los labios y los pegó al glande antes de ofrecerme una decena de besos por el miembro, acariciando así mis testículos y rozando con su nariz el escaso vello que coronaba mi sexo.

Mis manos se colocaron sobre su cabeza y comencé a moverme desesperado. Mis gemidos parecían lamentos. Disfrutaba demasiado de esa boca cálida, pequeña y de labios gruesos que no dudaba en aceptarme dentro como si fuese un delicioso caramelo. Tras dos violentas estocadas acabé saliendo notando que un hilo pequeño de saliva, casi insignificante, colgaba de su lengua a mi glande logrando que me encendiera aún más.

Sus ojos eran dos bolas verdes que acaparaban toda la pupila. Mis dedos se enredaban en sus cabellos tirando de ellos hacia atrás. Aquel cuello de piel blanca, fría y sedosa me tentaba tanto como su boca encendida por la presión que había ofrecido a mi miembro. No tardé demasiado en levantarlo y tirarlo contra el sofá sin miramientos. La música cesó para cambiar a otra más violenta de la banda E Nomine con un sugerente título “Lord's Prayer”. Esta vez había sido yo quien había elegido aquella sugestiva melodía que hacía vibrar las paredes.

El aullido de los lobos se unieron a mis gruñidos antes de morder su nuca. Mis manos, similares a garras, rasguñaron sus costados y se encajaron en sus caderas. Aparté mi boca para arrodillarme ante su trasero. No dejé de mirar su cabeza introducida entre sus brazos que parecían flaquear. Su cabello negro, espeso y sedoso se confundía con el tapizado del sofá. Mi lengua se arriesgó a lamer su entrada y hundirse como si fuese un minúsculo miembro, entretanto mis labios rodearon aquella zona tan sensible. Se lamentaba entre jadeos y gemidos, sus piernas se abrieron un poco más mientras su miembro palpitaba escupiendo el presemen sobre el asiento.

Finalmente me incorporé como lo haría un ángel vengativo, un ser como yo, que acabó sacando sus dispares alas, las siete, alzándolas hacia el techo con la luz que siempre poseería en mi interior. Yo era la luz en la oscuridad y él la oscuridad misma. Algunas plumas cayeron sobre su espalda así como al rededor de nosotros, asemejándose a pétalos de cerezo.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo—dije apartando mi boca de él para penetrarlo con rabia.

El ritmo que llevaba era violento y hacía que su rostro se estampara contra el respaldo. Él gritaba como una fulana barata e intentaba mirarme satisfecho por encima de sus delgados hombros. Sólo podía ver parcialmente sus facciones pero no me importó. Mi mano derecha soltó su cadera para golpear con violencia sus glúteos. La música nos envolvía repitiendo la melodía como una premonición llegando orgasmo justo cuando finalizaba “Padre Nuestro” en latín. Satanás eyaculó manchando con su espesa simiente sobre el asiento y yo, tras un par de arremetidas extras, logré implantarle mi semilla. Una semilla cálida y espesa que lo marcó como mío.

Delicioso—jadeó cayendo de bruces sobre el sofá—. Lástima que esto sólo sea por una venganza estúpida... Te estás ganando un trono a mi derecha, Memnoch.

No dije nada. Había logrado lo que quería, pero yo había conseguido que al menos algunos allí abajo lograsen sobrevivir unas horas más, unos escasos días. Empezaba a pensar que él sólo aparecía para jugar conmigo.

Saludos a Gabriel de mi parte, encanto—dijo apartándose de mí, tras ofrecerme un empujón terrible que me hizo caer de espaldas—. Ese estúpido es el que más amor te tiene, más que Dios. Cuídamelo... porque quizá logro hacer que caiga sólo para torturarte—aseguró.


Me quedé allí sentado un par de minutos observando los restos de nuestro álgido momento de pasión. Él se había desvanecido llevándose consigo parte de mí. Guardé mis alas y noté que una pluma cayó intoxicada. No tenía el brillo que las otras. Él estaba logrando algo que no había conseguido en siglos: seducirme. 

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Te lo dedico porque logras inspirarme terriblemente. 

domingo, 27 de marzo de 2016

Me busca

El olor a pan recién hecho con mantequilla inundó mis fosas nasales, del mismo modo que el café recién hecho y el dulce aroma a chocolate vertido sobre la bollería de hojaldre. Tras el pulcro expositor podía ver las magdalenas, bizcochos y suculentas tartas decoradas con adornos simples de frutas o manga pastelera. Sobre el mostrador se hallaban los distintos platos pequeños, perfectos para los diversos tamaños de vasos y tazas de café, con sus azucarillos y cucharas dispuestas a tintinear dentro del vidrio o la porcelana blanca. Al fondo estaba la máquina de café y el molinillo triturando el grano. La tostadora no daba a basto con los bollos recién horneados traídos desde el otro extremo de la avenida. El cesto del pan ya estaba por la mitad y no quedaban pan brioche.

Era una de esas cafeterías que abrían casi todo el día sin importar el horario. Cientos de trabajadores, estudiantes o turistas se amontonaban en sus coquetas mesas de pies de hierro forjado y encantadores tapetes campestres. La clientela era variada y siempre parecía bastante ruidosa. Había llevado muchas veces a Rose a tomar tomar batidos mientras conversábamos de sus progresos en sus estudios. Pero esa vez no estaba ella. Me encontraba solo y perdido en un mar de gente deseosa de consumir un café cargado, leche caliente, té o unos cuantos dulces.

No comprendía que hacía allí de pie con la gabardina negra colgando de mi brazo derecho un maletín agarrado con la izquierda. Llevaba una corbata roja burdeos y una americana del mismo tono, pero los pantalones eran gris humo como el chaleco. Sólo la camisa era blanca como el pañuelo que llevaba en el bolsillo superior de la chaqueta. Mis cabellos estaban recogidos en una coleta tensa y mi frente se encontraba despejada. Jamás me había vestido tan elegante para ir a ver a mi pequeña. Aquello era extraño desde un principio.

Entonces me percaté. Fuera no era de noche. El sol resplandecía y penetraba una brisa agradable propia de la primavera. El olor a jazmines y dondiegos penetró rápidamente en mi nariz llevándome a los recuerdos de mi adorada Nueva Orleans.

—Señor, el joven de la mesa número doce le está esperando—dijo una camarera—. El muchacho que se esconde tras el periódico.

Miré hacia la dirección que ella me indicaba y en ese instante él bajo el periódico, lo dobló con elegancia y lo dejó sobre la mesa muy cerca de su café. Con elegancia rompió la bolsita de azúcar, la vertió y comenzó a mover la cuchara provocando que sólo llegase ese sonido a mis oídos. Mis pupilas se dilataron y mis piernas temblequearon. Ese rostro ligeramente alargado, sus ojos profundos y azules, su boca carnosa y esa expresión de bondad y malicia me destrozaron los nervios. Él era Memnoch, el Diablo, y me estaba esperando.

Deseé gritar pero estaba enmudecido por el pánico. Quise correr aunque mis piernas parecían fallarme. Empecé a sudar sin poder siquiera secarme porque estaba paralizado. Era terrible. Aquel momento era horrible para mí. Él había dado con la cafetería que adoraba mi hija adoptiva, donde en alguna ocasión fui con Louis, y en donde discutía frecuentemente con algunos grupos de jóvenes sobre literatura, música o cine. ¡Qué horror!

—Lestat... —la voz de Louis taladró en mi mente provocando que me sobresaltara y entonces desperté. Él estaba a mi lado acariciando mi rostro con ambas manos mirándome desconcertado—. Lestat, mon coeur, ¿qué ocurre? ¿Qué sucede? ¿Estás bien? Me he despertado y he visto tus músculos tensos... ¿tenías una pesadilla?


—El demonio me está esperando... —fue lo único que pude balbucear.  

Aquello no era sólo una pesadilla. Yo sabía que él me estaba persiguiendo incluso en los momentos más apacibles de mi vida. Había sentido tan real cada segundo de ese sueño que comprendí que era un truco para nada barato como los que usó cuando estaba tendido en la capilla. Amel no dijo nada y su silencio me perturbó durante horas.

sábado, 6 de febrero de 2016

Rata callejera

Caim es un personaje que poseo desde hace años. He logrado adaptarlo a dos novelas, una que se está elaborando. Es un personaje que pertenece a la demonología y lo he adaptado a mis creencias sobre el infierno, mi imaginación y mis deseos de introducir horror y placer mezclado. La "rata callejera" o "el juguete" es un personaje que pertenece a mi pareja. Él lo llama "V". Quizás en unas semanas pueda desvelar más sobre su personaje y la posible trama de la novela. 

El personaje tiene la voz y el aspecto del fallecido Peter Steele:



Sentado en aquel trono elaborado con los restos de pendones, lanzas, espadas, escudos y carruajes de guerra parecía un rey imponente. Un manto de piel oscura, de uno de los diversos y monstruosos animales de las tierras del Mar del Viento, colgaba en el respaldo abrigando aquel suntuoso asiento. Su espalda se hallaba recostada en el respaldo, sus fuertes brazos parecían languidecer sobre los reposabrazos. Tenía los ojos verdes, de un fulgor muy distinto al de cualquier otro demonio, tan llamativos como llenos de rabia. Sólo su mirada demostraba la ira que contenía.

—Se ha escapado, mi señor—balbuceó aquel guerrero tras sacarse el yelmo—. Le juro que hemos intentado encontrarlo, pero ha sido imposible—explicó—. Sus tierras son muy extensas y peligrosas. Posiblemente, ese estúpido, esté muerto.

—Igual que tú—respondió incorporándose enérgico.

Sus botas de cuero, pesadas y de punta picuda, patearon con fuerza la cabeza del joven. El guerrero cayó de espalda a plomo, su armadura era demasiado pesada y sabía que era inútil implorar. Su vida sólo contaba con unos segundos, a lo sumo, y sabía que debía despedirse con cierto honor. Únicamente miró la bóveda, de hermosos ladrillos grisáceos y lustrosos pendones de terciopelo verde, y luego a su rey. De inmediato, y de un corte limpio, fue decapitado por la hoja de la bastarda que Caim siempre hacía aparecer en sus grandes y ásperas manos.

—¡Encontrad a ese miserable!—gritó furioso—. Si no está en mi recámara mañana por la noche os juro que todos vosotros vais a morir uno por uno. ¡No me interesa que la mayoría lleve mi sangre! ¡No me importa acabar con decenas de soldados!—el orgullo herido, así como su ego, provocaba que la ira le cegara hasta arrastrarlo a una vorágine de rabia incontenible.


Su juguete no estaba roto, ni lo estaría. Estaba tomando decisiones terribles cargadas de un ansia de libertad. Aquel demonio, joven y escurridizo, ponía en peligro y entre dicho su poderío. Además, deseaba marcar una vez más aquella piel joven tras torturar su alma y su cuerpo.  

lunes, 5 de octubre de 2015

Memnoch vs Malaquías

Me ha llegado ésto por parte de TALAMASCA. ¿Será cierto?

Lestat de Lioncourt


—Deberías dejar de contemplar el mundo con avaricia—aquella voz me abordó como si fuese un ladrón, robándome la calma.

Estaba allí, en aquella gigantesca torre de cristal, hormigón y cemento. Observaba la puesta de sol en todo su esplendor con un café caliente entre mis manos. Me hallaba apoyado en la barandilla. Se suponía que nadie debía subir allí, ni siquiera los altos ejecutivos de las numerosas empresas que allí se arremolinaban como una gigantesca Torre de Babel. Había subido para estar solo, pero él decidió aparecerse con aquel rostro pintado una bondad que siempre he sentido como falsa. Dios lo ama, pero a mí me desprecia. Él hace lo que él desea, pero yo decidí iniciar una rebelión que me ha costado su amor y compañía.

—Avaricia...—chasqueé la lengua y me giré.

Vestía impecable. Llevaba un traje color crema, una corbata azul cielo a juego con sus ojos y poseía unos cabellos rubios algo alborotados. La imagen perfecta de la pulcritud y la bondad. Aparentaba ser un hombre de mediana edad. Podía ser la imagen idílica de un buen hombre, padre de familia y buen esposo. Uno de tantos santurrones que mueren y todos lloran en su funeral.

—No te burles de mí—replicó.

Por el contrario yo parecía un ejecutivo sombrío, de esos que van con su maletín a cuestas en una mano y en otra el café bien cargado. Americana oscura, a juego con los pantalones y una camisa blanca. Era el perfecto ejecutivo sin sentimientos, pero eso era únicamente una apariencia.

—¿Burlarme de ti, Malaquías?—pregunté con sorna.

—Te burlas como un niño que disfruta de arrancarle las alas a una mosca—se puso a mi lado, apoyado en la barandilla, mientras contemplábamos el atardecer.

—Tú eres quien me crucifica con actos y sentimientos que no poseo. No hay ni una sola pluma mía que pueda pecar de avaricia—dije tras dar un largo trago al café, el cual parecía reconfortarme más que un abrazo. Hacía décadas que no sentía amor por parte de mis hermanos, sólo había reproches.

—Tienes el afán de poseer almas puras para tus propios intereses—dijo tajante.

—¿Y cuáles son mis intereses, hermano?—pregunté girando mi rostro hacia él.

—Demostrar a Dios que posees la razón—lo dijo convencido, pues sabía bien que era mi objetivo primordial. Si bien, había otros. Quería salvarlos a todos.

—¿Y no la poseo? ¿Tengo que recordarte que tú salvas almas de criminales?—dije recordando a ese perfecto asesino por encargo, un muchacho escuálido que tocaba la lira y sufría por sus propias malas decisiones.

—A petición de Dios, porque pueden servir a la misión divina de ayudar al mundo—aquellas palabras eran las mismas, como las de cualquier otro ángel.

—Que interesado—solté aquella burla entre pequeñas carcajadas. Disfrutaba regodeándome de su estupidez.

—¿Acaso tú no lo haces por tus propios intereses?—masculló.

—Sí, lo admito—dije sin titubeos—. Mis intereses son salvar a todos los humanos.

—Muchos no se lo merecen—me recriminó.

—¡Qué sabrás tú!—terminé exaltado. Aquellas palabras me hirieron.

—Lo suficiente—indicó apartándose de la barandilla, para marcharse de allí tras alterarme.

—Vete con tu asesino, con tu querido Toby, y disfruta de viajar por el tiempo y el espacio. Reescribe la historia, provoca un caos en el mundo actual y haz que tu Dios sea feliz. Por el momento yo prefiero ser un concepto, aunque sea carnavalesco, mientras sigo eligiendo las almas necesarias para demostrar que yo tengo razón.

Mis palabras eran veneno, odio, y reproches. Él lo sabía. Ya no era tan puro ni decente. Me había convertido en el enemigo de Dios y él seguía siendo su santurrón favorito.

—Ya no te basas en el amor, sino en llevar la razón. Es una revancha—dijo dándome la espalda, mientras mostraba sus alas blancas al mundo. Odiaba verlas, las despreciaba. A mí, en la Tierra, no me permitían disfrutar de ellas.

—Tal vez, pero eso no desmerece mi amor por los humanos.

—Hermano...—dijo girándose para seguir hablando, pero no se lo permití.

—Esa palabra queda sucia en tu divina y celestial boca, Malaquías—reproché.

—Memnoch, deberías ser consciente que no soy tu enemigo.

—Eso deberías tatuártelo tú, en tu corazón, porque lo dices sin sentimiento alguno. Ni siquiera tú te crees la bondad que predicas—tras mis palabras, hirientes aunque no sentidas, desapareció.


Tiré mi café y me marché. Odiaba que tuviese algo de razón.  

viernes, 27 de marzo de 2015

Familia...

Yo era un padre modélico en realidad, pero a él le gusta hacer dramas.

Lestat de Lioncourt 


—Nunca piensas en las consecuencias—dije, sosteniendo a la pequeña entre mis brazos.

Tan sólo habían pasado algunos días. Días en los cuales había visto lo peor de Lestat. Su faceta más destructiva y burlesca. Se comportaba con un auténtico demonio. Gozaba con el dolor que supuraba mi corazón, pero sabía que en el fondo estaba agradecido. Ella era carne de cementerio, donde yacería por el resto de los siglos en una tumba sin nombre.

—Cuéntame algo que no sepa—murmuró con una sutil sonrisa. Descarado, destructivo y tan atractivo como siempre. Movía sus dedos como si fueran patas de una araña, se impulsaba sobre el piano y las notas eran escandalosas, pero la melodía además de apasionada era hermosa. Desconocía cual era la pieza, aunque internamente la disfrutaba.

—¿Crees que es justo? Me has atado a ti—le reproché.

—La muerte la había elegido. Y yo soy más poderoso que ella, Louis—dijo incorporándose, para caminar hacia donde estábamos.

Pude notar en sus ojos cierto orgullo. Desconocía con certeza si él la amaba, pero percibía que se enternecía con sus largos rizos dorados, sus pobladas pestañas, sus mejillas llenas y su boca diminuta con aquellos dos terribles colmillos. Sus ojos, ocultos tras sus pequeños párpados, encandilaban a cualquiera. Tenía una ternura que poco a poco estaba siendo arrebatada, consumida y ultrajada por la sangre, el poder y la muerte. Esa muerte que decía Lestat que la había condenado.

—Estaba tocada por la muerte, Louis. Puedo asegurártelo—tomó asiento a mi lado. Sus manos se colocaron en sus pequeñas piernas y comenzó a sacarle sus pequeños botines. Ella dormía. El amanecer estaba a punto de llegar y mi cuerpo se entumecía. Mis brazos no querían dejar de rodearla, se negaban a permitir que ella se escapara, pero él me la arrebató—Igual que tú—dijo besando mi frente.

Se incorporó con ella, llevándola como si fuese un pequeño tesoro, y yo hice lo mismo. Arrastraba mis pies, sentía mi cuerpo débil y el sueño me hacía sucumbir al deseo de un descanso incierto. Me acomodé en el ataúd y la dejó junto a mí. Ella parecía una muñeca y yo un demonio, un demonio que la rodeaba como si fuese la solución a la condena que había caído sobre sus hombros.

—Te amo, Louis—susurró antes de echar la tapa sobre mí.

Quise llorar, pero no permití que mis lágrimas mancharan de nuevo mi rostro y mis prendas. Me aferré a Claudia y recé por mis pecados, como si aún Dios se interesara por mí y mi hermano pudiese interceder por cada una de mis condenas.


Éramos monstruos. Una familia de monstruos. Y aún así, en aquel ataúd junto a ella, me sentía bendecido.  

viernes, 3 de octubre de 2014

Teatro

Un fragmento de conversación Nicolas vs Armand. ¡Coño como se matan! Y yo que llegué a pensar que se iban a llevar bien... 

Lestat de Lioncourt

—No, no puedes hacer eso. ¡Como osas hacer estas cosas! ¡Quemarán el teatro!—gritaba a punto de tomar mi violín para estrellarlo en mi cabeza.

De mi puño y letra había creado varias obras increíblemente retorcidas. Saldrían allí fuera, con pintura que marcara aún más sus crueles y encantadores rasgos, para encandilar al público con los horrores de un guión fabuloso. Serían vampiros pasando por humanos que disfrutan interpretando a vampiros. Marionetas que pierden los hilos y persiguen a su creador con un hacha, la misma que usó para talar el árbol del cual surgieron. Fantasmas, demonios y toda la prole de monstruos que pudiese imaginar. Pero él gritaba por los vampiros. ¡Él no quería mostrar quien era!

—¿Acaso importa?—dije con una sonrisa burlona.

—¡Te ordeno que cambies la obra!—dijo tomando un puñado de papeles lanzándolos a mi cara.

—Ya es imposible—respondí con una sonrisa malévola.

—¡Cómo! ¡No es imposible!—exclamó agarrándome del chaleco que llevaba esa noche. Uno de tantos que me había regalado Lestat. Deseé apartar sus sucias manos de mí, de aquella prenda, pero después recordé con rabia que me había abandonado para viajar por el mundo como un explorador impaciente.

—Lo siento, pero es así—mi tono de voz quedo quedó con un toque íntimo que le hizo retirarse, y prácticamente tropezar con la pared contigua—. ¡El telón se alzará y todos verán la oscuridad de nuestras almas! ¡Somos demonios! ¡Danzaremos en el infierno!—grité levantándome de mi silla mientras abría mis brazos hacia ambos lados de la habitación.

—¡Maldito violinista enloquecido! ¡Serás mi ruina!—decía a punto de llorar.

Pero mientras él se quejaba todos aclamaban la obra. Ni siquiera había entrado en escena con mi violín y ya aclamaban el primer acto, en el cual apenas se escuchaba música. Era un pequeño discurso dado por un ser oscuro, de hermosa figura, con una capa negra que caía hasta el suelo. Vestía ropas de gran calidad, como una camisa de chorreras con un encantador encaje de rosas recién abiertas. Todos gritaban ante semejante belleza y horror.

—¿No los escuchas?—pregunté con una sonrisa triunfal—. ¿No escuchas sus aplausos? Escúchalos, Armand—dije tomándolo de los hombros—. Escucha como todo París se rinde a nosotros.

—Bastardo...—dijo apartándome de un empellón.

—No, genio—respondí con una pose de dramaturgo de taberna, alzando un brazo hacia el techo y dejando la mano izquierda sobre mi cadera.

—Esto traerá consecuencias nefastas—murmuró.

—Sí, que tu ego de pobre imbécil quede en la ruina—dije echándome a reír.

—¡Loco!—me espetó.

—Todos los artistas estamos locos, así que cuéntame algo que no sepa—susurré negando suavemente mientras tomaba mi violín—. ¡Me encantaría!—grité.


domingo, 18 de mayo de 2014

Desesperación, amor y dolor

Desperté en una habitación que desconocía. El dosel que cubría la parte superior era rojo oscuro, muy parecido al vino tinto, y poseía unos bordados dorados muy ricos en detalles de enormes rosetones. Los almohadones que sostenían mi cabeza eran mullidos, olían a rosas y especias que no lograba distinguir, y estaban forrados con la misma tela que la colcha y el dosel. Las cortinas del dosel estaban atadas con gruesos cordones dorados, los cuales tenían unos borlones de hilo con doble nudo. La colcha estaba perfectamente colocada y sólo se encontraba arrugada por culpa de mi peso. Las paredes de la habitación estaban revestidas con un papel pintado barroco de fondo borgoña y estampado dorado; no había muchos cuadros ocultando el estampado, aunque había un par de espejos con el borde tallado de hermosas rosas abiertas y de barniz dorado. Los muebles, algo escasos, distribuidos por la habitación eran varios divanes forrados del mismo color que las ropas de la cama y un escritorio de patas de león cubierto por numerosos papeles que no alcanzaba bien a leer. Me encontraba mareado y algo asustado. No sabía como había llegado allí, tampoco sabía si podría huir.

—Ya has despertado—escuché su voz provocando que me sobresaltara e incorporara tocándome la cabeza.

El apareció frente a mí apoyándose en una de las columnas del dosel, justo en el extremo izquierdo de los pies. Llevaba un batín negro de seda, algo abierto en el pecho porque podía ver su torso marcado, que contrastaba con sus cabellos rubios con reflejos cobrizos. Tenía sus hermosos ojos azules profundos clavados en mí. Podía ver dibujadas en sus pupilas una satisfacción inmensa, la misma que se delataba en sus labios con esa sonrisa llena de placer; justo en ese momento me percaté que estaba desnudo y que no tenía escapatoria.

—Deja que me vaya—mi voz a penas era audible porque tenía miedo. Sabía que él no me permitiría huir como deseaba.

—Amor mío, ¿cómo voy a dejarte ir?—preguntó subiéndose a la cama para quedar a mi lado—. Amor mío, Lestat—susurró haciéndome sentir su peso a mi lado, pues el colchón cedía levemente hacia él—. ¿Por qué te voy a dejar marchar? ¿Qué gano con ello?

—Hablas de amor, pero no permites que sea feliz—dije notando como colocaba su mano derecha sobre mi pecho—. Memnoch, no puedes obligarme.

—¿Quién te obliga? Podías haberte levantado y correr hacia la puerta, pero no lo has hecho—susurró acercándose a mi cuello. Podía sentir su aliento pegándose a mi piel, rozándolo con cierto toque erótico, mientras su mirada se volvía más pesada e indecente. Sus dedos recorrían mi torso y se aproximaban peligrosamente a mi pezón izquierdo—. Te amo tanto Lestat y tú a mí, pero no eres capaz de aceptarlo—añadió pellizcándome el pezón que provocó que gimiera bajo echando la cabeza hacia atrás; en ese momento, me besó el hombro y el cuello dejándome completamente perdido.

Me encontraba mareado, expuesto y excitado quizás por el aroma que flotaba en el aire, y él parecía dominarme con un par de caricias y palabras que no lograba contradecir. Abrí mis labios para balbucear un pequeño hilo de pensamientos, los mismos que se perdieron cuando él me besó recostándome en la cama. Sin siquiera meditarlo, o poner remedio a lo que estaba ocurriendo, lo rodeé pegándolo a mí mientras se acomodaba sobre mi cuerpo.

—Te haré tan mío que jamás lo olvidarás—susurró cerca de mis labios húmedos y calientes por sus besos.

Abrí mis piernas ofreciéndome como si fuera tan sólo una fulana, pero mis manos se movieron sobre su batín buscando el cinturón para abrirla y quitarla. Mis yemas acariciaban su piel algo tostada y mis ojos se perdían en los suyos. Creo que tenía una sonrisa estúpida, igual que la de cualquier adolescente enamorado por primera vez, y él me devolvía otra que podía apreciar como dominante e intensa. Sus labios rozaron los míos y su lengua los acarició con sensualidad.

—Memnoch...—me descubrí gimiendo al notar como sus dedos volvían a presionar mi pezón izquierdo.

Me estaba excitando con tan sólo unas caricias, algo que no solía ocurrir, pero lo que más me calentaba era su forma de mirarme. Sentía mi alma desnuda, no sólo mi cuerpo, expuesta a él sin importarme nada. Ya no era Lestat, sino un ser sin nombre ni lugar. Podía haberme quedado allí para siempre, en ese mismo instante, mientras abría mis piernas y rogaba porque me penetrara con fuerza.

Bajó su rostro hacia mi cuello, besándome de nuevo en ese punto tan sensible para mí, para después deslizar su lengua por mis clavículas hasta mi pezón derecho; sus labios húmedos y calientes comenzaron a succionarlo, primero lentamente y después con cierta rudeza. Podía percibir su aliento y su lengua rozando aquel trozo de piel rosado. Arqueé suavemente la espalda y jadeé llevando mis manos a su cabeza, hundiendo mis dedos entre sus mechones para tirar de éstos. También sentía aún la presión de sus dedos en mi otro pezón, acariciándolo y tirando de él.

Su boca no quedó parada allí, sino que bajó hasta mi vientre. Reconozco que era la primera vez que sentía a un hombre de ese modo. Siempre había dominado la situación y ni siquiera Nicolas se había atrevido a regalarme esas caricias. Nadie antes había tocado de ese modo mi cuerpo. Sus manos estaban en mis costados recorriendo cada milímetro de estos, pegándose a mis caderas y tocando mi vientre para ir hacia mis muslos. En cierto momento tenía sus labios cerca de mi pelvis, casi rozando mi miembro que ya estaba endureciéndose, besando mi ombligo casi pegado al inicio del camino de vello rubio. Sus dedos presionaron mis muslos y yo tiré de su pelo incorporándome. Quería ver su lengua dejar sutiles y eróticas caricias, como si fuera un recorrido lascivo que me llevaría al infierno, y lo único que finalmente hice fue cerrar los ojos moviendo mis caderas. Necesitaba que me atendiera con su boca, su sexo o sus dedos.

—¿Y si te lo hago lentamente?—preguntó apoyando su mentón en el lado derecho de mi pelvis—. Con caricias intensas y un sexo diferente, ¿crees que podrás jurar después que no me amas?

No pude responder, pues me atacó con una lenguetada en mi glande. Mis piernas temblaron y se abrieron aún más, mis talones se pegaron al colchón y lentamente mis pies se deslizaron por la suave colcha. Llevé mis manos a sus hombros clavando mis uñas mientras me recostaba de nuevo. Él rió por mi reacción, sobre todo porque con una segunda lamida gemí como puta barata. Estaba sensible y necesitado. Hacía días que no tenía un encuentro sexual, pues después de ver a Rowan prácticamente me negaba a darle otra oportunidad a Nicolas.

—Hazlo—balbuceé completamente perdido.

Después de mi petición, o mejor dicho ruego, se llevó mi glande a su boca comenzando a dejarle suaves y sutiles caricias con su húmeda lengua. Podía sentir la presión de sus labios y como sus mejillas se hundían al empezar a succionar.

—Así, un poco más—dije arañando su espalda, para luego tomarlo del rostro y comenzar a mover mis caderas.

Rápidamente hundió su rostro engullendo todo mi sexo, hasta mis testículos, dejando que su nariz rozara mi vello púbico rizado, áspero y algo más oscuro que el de mis cabellos. Su lengua tiraba de mi delicada y sensible piel, así como la humedecía cara milímetro. Sus manos estaban en mis costados, pero viajaban sin sutileza alguna hasta mis nalgas. Pronto las sentí allí, abriéndolas y cerrándolas con un masaje sugerente. Abrí los ojos, pues quería verlo, y al hacerlo gemí. Me estaba mirando fijamente, sin perder detalle de mi rostro, y eso me hacía arder.

Al final se apartó de mí y de la cama, para quedar en medio de la habitación. El batín cayó del todo al suelo y yo lo miré agitado, algo sudoroso, y completamente ensimismado con lo que acababa de hacer. Él sonreía satisfecho al ver mis reacciones.

—¿Me deseas?—preguntó con voz cavernosa y profunda—. ¿Me deseas, Lestat?—dijo lanzándome una mirada que me hizo abrir más las piernas, aunque creo que ya había alcanzado mi límite, mientras llevaba mis manos a mis nalgas para abrirlas—. No, no toca aún—negando suavemente—. Ven aquí—me indicó llamándome con la mano derecha mientras la izquierda quedaba en su cadera.

Su cuerpo era atlético, con una musculatura muy marcada pero no excesiva. Jamás había reparado tanto en el tono acaramelado de su piel, en la belleza de su mandíbula y lo intensos que eran sus ojos. Su miembro era algo mayor que el mío, y aunque pueda parecer extraño no sentía mi orgullo herido.

—Ven aquí y demuéstrame porque debo elegirte a ti, de entre todos mis súcubuos e íncubos, para ser mi favorito—aquello me llenó de unos celos terribles que me hicieron incorporarme—. No eres el único, pero podrías llegar a serlo.

Me incorporé furioso para besarlo de forma salvaje y arrodillarme frente a él. Tomé su miembro con la diestra y presioné sus testículos. Él me tomó de ambos lados de la cabeza emitiendo un gruptual gemido mientras movía sus caderas con desesperación. Mi lengua recorría cada tozo de su sexo y mis labios presionaban su glande en cada movimiento. No, no iba a permitir ser uno más. Deseaba en ese momento ser el único que pudiera estar en su cama. Ni siquiera sabía porque deseaba tal cosa, como si eso fuese lo que más ansiaba en la vida, pero así sucedía. Debido a mi felación completamente desmedida, llena de ansiedad y deseo, provoqué que llegara a su límite. Sus testículos chocaban en mi mentón, pero a la vez eran masajeados con cierta experiencia, mientras su miembro lo cubría por completo con mi boca.

—¡Lestat!—gimió echando la cabeza hacia atrás y luego hacia delante, sus piernas temblaron y pude notar que su respiración se cortaba por segundos. Cuando eyaculó cerré los ojos deleitándome por ese torrente cálido, espeso y blanquecino que me llenaba la boca—. Lestat... —jadeó con los ojos entrecerrados y las mejillas arrobadas.

Juro que no parecía el demonio cruel que siempre he visto, sino un muchacho de gran belleza que parecía estar completamente seducido por mis atenciones. Coloqué mis manos sobre sus muslos acariciándolos mientras seguía succionando, pero esta vez suavemente. Lengueteaba su glande, así como el tronco de su pene, y notaba que seguía duro. Posiblemente seguiría duro porque no quería que dejara de estar excitado.

—Te amo—balbuceó con esa voz dominante, pero quebrada por la emoción—. Te amo... te aseguro que te amo...—sus ojos eran tan hermosos como gemas y quería estrecharlo contra mí, pero me abstuve a dejarle caricias tan eróticas que erizaban el vello de sus piernas y nuca.

—Ven amor mío—dije incorporándome tras dejar un beso en su pelvis—. Ven y hazme tuyo—por segundos él recobró la conciencia y pareció endurecer sus rasgos, pero yo había visto esa ternura que me había enloquecido.

Me recosté en la cama con él encima mío, sintiendo su cuerpo aplastando el mío. El calor que desprendía era agradable, pues yo siempre estaba frío salvo cuando mataba. Mis besos eran breves, pero abundantes, en su torso, cuello y rostro. Mis dedos se movían como si estuvieran tocando una alegre pieza de piano, y lo hacía sobre su espalda.

—¿Me amas?—pregunté tomándolo del rostro—. Dímelo otra vez.

—¿Y tú? ¿Me amas ya?—reí ante su respuesta y sólo pude abrir mejor mis piernas

—Tanto como para desear ser tu único amante.

Repito que no sabía porque hacía todo eso, pero luego comprendí todo con mayor claridad. En esos momentos me sentía desinhibido y con cientos de posibilidades que podía tener sin que nadie me lo impidiera.

Él se echó a un lado quedando recostado en la cama, con su espalda sobre el colchón, y yo decidí subirme sobre él quedando sentado sobre su pelvis. Mis manos acariciaban su rostro dejando mis huellas por su frente, sus pómulos, mentón y labios. Pero las caricias más eróticas, esas que lo hacían tiritar, eran ofrecidas con mis nalgas sobre su miembro sensible. Movía mis caderas de forma que rozara su glande entre ellas.

—Deja que te cabalgue—dije con una leve sonrisa llena de lujuria.

Con cuidado, pero de una vez, me introduje su pene en mi entrada. Primero fue su glande, que hizo una presión deliciosa, y después fue el resto. Quedé sin aliento y también sin palabras. Mis brazos flaquearon mientras se colocaban sobre su torso, justo sobre sus pezones, y mis piernas estaban engarrotadas. Sin embargo, estaba dispuesto a ofrecerme de ese modo. Sus manos fueron rápidamente a mis caderas y sonrió logrando que yo jadeara.

Me movía suave y él jadeaba del mismo modo, pero cuando la presión inicial se marchó comencé movimientos rápidos, aunque rítmicos, que lograban arrancarme grandes gemidos. Él también gemía, y lo hacía clamando mi nombre. Sus manos me azotaban, pellizcaban y acariciaban hasta que yo llevé su diestra a mi boca; sus dedos índice y corazón fueron a parar entre mis labios y mi lengua los lamía humedeciéndolos. Él se excitó tanto que acabó empujándome al colchón para moverse de forma posesiva y brusca. Me quería romper y lo estaba logrando, si bien a su vez me hacía tocar el cielo. Ambos sudábamos, estábamos sofocados y unidos con una mirada de pasión intensa. No puedo describir esos momentos, pero cuando llegué al orgasmo él también lo hizo, aunque poco después, haciéndome sentir suyo.

Aquella deliciosa sensación de un hormigueo que se intensificó, como mi cuerpo se tensaba y retorcía bajo él, mis talones clavándose en el colchón y mis dedos arañando su trasero para pegarlo más a mí, su aliento pegado a mi cuello mientras lo mordisqueaba y esa paz, como si hubiese acabado una larga guerra, me llegaba dejándome complacido.

—Te amo Memnoch, te amo—dije en un jadeo y él me besó callándome como si no quisiera escucharlo.


Justo entonces me desperté en mi cama, completamente agitado y con los calzoncillos manchados. No podía siquiera pensar, sólo quería sentir como había sentido esos momentos. Lo busqué con la mirada pero no había nadie; por supuesto porque era mi cama y mi casa, no aquel lugar. Me sentía confundido, frustrado y necesitado de sus caricias aunque también me decepcionaba el saber que algo en mí, por mínimo que fuera, le deseaba. Comencé a llorar acurrucándome en la cama rogando a mi cordura y mis recuerdos por Rowan, los únicos recuerdos que me hacían permanecer fuerte ante todo lo que ocurría.  

Lestat de Lioncourt 

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Memoria realizada por Jonathan Soriano (Memnoch) y por Ángel González (Lestat) para el Jardín Salvaje. 
Estas memorias no pertenecen al ciclo, pero están vinculadas a él. Hemos querido hacer un pequeño regalo a todas las fans de la página que siguen desde hace casi un año a la pareja, por eso hemos deseado dejarles este fic (un tanto breve)


sábado, 10 de mayo de 2014

El amor, demonios y el paraíso

Pequeño homenaje a las obras del Teatro de los Vampiros por parte de Nicolas. 

Lestat de Lioncourt 

—Si el amor se contara con palabras y no con actos, miserable—dijo una voz entrando en la escena oscura, trágica y apática del escritor.

En un dormitorio pequeño, de muebles simples y diversos libros allá donde pueda uno mirar, se encontraba un muchacho arrojado contra un robusto escritorio. La tinta del papel aún estaba húmeda y sus labios temblaban, había lágrimas en sus ojos y cierto temblor en sus dedos. Podías ver la escena desde cualquier ángulo y aún así seguía siendo dolorosa. La botella de vino que había a su izquierda, cuya etiqueta era casi ilegible, ya había sido bebida con necesidad y el tintero parecía esperar al muchacho.

—Si el amor se contara, pero no se cuenta. Sólo son días en el calendario que se pudren como los muertos en sus ataúdes—susurró de nuevo la voz lóbrega.

—Pero yo la amaba y aún la amo—musitó—. La amo por encima de todo.

—Ah, pero la convertiste en Dante y la arrojaste al infierno de tus versos. Consumiste su llama con voraces bocados como si fuera una hermosa manzana. Sólo te servías tú, pero ella no—le acusó provocando que se incorporara de la mesa y mirara a un lado y otro, pero no había nadie allí salvo él.

—¿Y quién eres tú para hacer ese juicio? Ella ha muerto, ha muerto...

—Si tanto la amaras comprenderías que no se halla muerta, sino viva. Pero en el infierno arde esperándote ¿y tú para cuándo mi señor? ¿Cuándo te arrojarás a las llamas? Dime, estoy esperando. La vela se va consumiendo y aún no has escrito siquiera un verso que iguale su belleza. Oh, mi señor, ¿y tanto la amabas?—preguntó con tono burlón mientras la oscuridad se hacía más densa, casi asfixiante, dejando casi a tientas al muchacho.

—¡Sí la amo! ¡Ella era mi luz! ¡Sin luz no puedo escribir!

—¡Pues escribe de la carencia de ésta!—estalló.

La habitación se iluminó y frente a él había un encapuchado. La túnica negra, los zapatos negros, guantes negros y una capa con capucha que ocultaba sus facciones.

—Lo haré, puedo hacerlo aunque la vida me cueste ¿qué es vida sin amor?—susurró nervioso mientras volvía a centrarse en sus documentos, sentándose en el escritorio y comenzando a mojar la pluma en el tintero.

—Dicha sin suerte—respondió.

Durante dos horas el día se hizo noche y la noche día, el joven se hundió en sus pensamientos y recordó cada pliegue de su piel y rubor de sus mejillas. Podía aspirar aún entre sus dedos el aroma de sus cabellos, sentirlos entre estos y llevarlos a su nariz. Sí, ella estaba allí. Si cerraba los ojos no se iría, si escribía sobre ella la atraparía y no la soltaría. Esos besos que no le dio por pudor, esa mano que no pidió por miedo y esa enfermedad que se la llevó. La locura, así lo llamaban al amor, la consumió y a él también.

Al terminar su obra cayó sobre las hojas y su alma comenzó a danzar por la habitación. Ambas almas unidas, atrapadas en hojas de papel que a penas se lograban ver en la oscuridad que se fue creando. El encapuchado desapareció dejando un par de plumas blancas a su paso, como si fuese un ángel que obligó a recordar, para finalmente escucharse los violines más románticos que jamás se hayan escuchado.

—¿Eres feliz?—preguntó.

—Mucho—respondió ella echándose a reír.

Y por ello sólo se puede decir...


El amor puede consumirte, pero es eterno. Si realmente has amado sabes que existe el cielo y no el infierno, pues el infierno real es cuando quien amas no está a tu lado. El amor de verdad te llena de felicidad, en vida y en muerte, porque si has amado has vivido y puedes morir en paz amigo...  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt