Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 23 de septiembre de 2017

Así la conocí

—No puedes estar hablando en serio.

Su voz sonaba enérgica a través del teléfono. Parecía no comprender mis motivos, aunque en el fondo sabía que hubiese actuado del mismo modo. Esa niña me recordaba a Claudia aunque tuviese el cabello negro similar al de él. Era una pequeña muñeca deseando atención cuando me crucé con ella tomada de la mano de su madre. Sin embargo, el tsunami arrasó con todo y sólo quedó la esperanza de sus lloros mientras sus manos arrugaban la solapa de mi caro Armani.

—Louis, no podía hacer otra cosa—respondí algo cansado sentado al borde de la cama.

Ella estaba recostada sobre el colchón, sin zapatos y con el cabello revuelto. Acabábamos de venir de la vivienda de sus abuelos donde la habían repudiado como si fuese un monstruo o un saco de basura arrojado a un contenedor. Estaba aferrada a un oso de felpa que había adquirido en la tienda de subvenir de la esquina junto con algo de comida no muy saludable, pero tampoco podía hacer nada debido a la hora a la que habíamos acabado en el hotel. Al menos el perrito caliente había callado un poco su llanto.

Recordé las palabras de Marius sobre los niños hambrientos y suspiré. Era cierto, un niño no puede calmar su hambre solo y suele llorar, por eso me advirtió que no convirtiera a un infante en un vampiro. ¿Y qué hice? Desobedecer. Ahora quería hacer lo mismo, pero me impedía mi buen juicio. La pequeña no iba a ser transformada en uno de los nuestros. ¡Jamás! No cometería ese pecado otra vez.

—¿Y qué diablos piensas hacer con esa niña? No podemos atender sus necesidades—decía recordándome algo que ya sabía.

—Ya idearé algo—dije perdiendo un poco la paciencia—. De momento intentaré calmarla aunque ahora duerme cansada por llorar durante horas.

—Acaba de vivir un suceso terrible y ha perdido a su madre... Precisamente no eres el idóneo para sosegarla.

Creo que suspiré poniendo los ojos en blanco y llevándome la mano al rostro y echando esta hacia arriba, palpando mi frente y dejando que mis largos dedos juguetearan con mis espesos mechones rizados. Estaba harto de ese sambenito.

—Oh, sabio Louis, que lo sabe todo y lo ve todo, ¿acaso tú desde la distancia, así como Dios mira a sus borregos convertidos en hormigas, puedes hacer un milagro de calmarla?—dije con evidente sarcasmo.

—Sigue hablándome así y te colgaré el teléfono—su tono se endureció así como sus palabras.

—Lo siento, sigo molesto con sus abuelos y lo estoy pagando contigo—murmuré esperando que se calmase y no colgase. ¡Necesitaba al menos escuchar su voz y saber que estaba conmigo en esto!

—No puedo hacer nada desde Nueva York, Lestat.

Escuché como caminaba por el mármol con los lustrosos zapatos que posiblemente yo le había regalado. Era hermoso y estaba lejos. Él tenía una forma de ser mucho más agradable que atraía como moscas a cualquiera. Por el contrario yo no tenía paciencia y era un imprudente. Necesitaba que él estuviese conmigo en California y no allí, tan jodidamente lejos, porque todavía estaba lleno de temores debido a todo el caos que había contemplado. Estaba hecho a la muerte, pero no a algo como aquello. Mis “felices vacaciones” se fueron al diablo.

—Estoy en California. No voy a volar de nuevo con la pequeña en mis brazos. ¡Ya casi amanece!

Me exasperé. Acepto que me exasperé. Sin embargo, me veía rebasado. No era fácil hacerme cargo de una niña. No sabía si llevarla o no al abogado de inmediato para que hiciese los papeles de adopción. Estaba tan confuso que temblaba. Además, me indignaba la actitud de esos abuelos que rechazaron a la pequeña porque desconocían quién era el padre. ¡Era sangre de su sangre! ¡Por el amor de Dios!

—Busca una niñera—comentó.

—¿A estas horas?—pregunté sin dar crédito que me dijese algo así.

—Estás en un hotel, ¿no? Intenta hablar con la recepcionista y pregunta si puede quedarse con ella o conoce alguien que pueda.

Sonaba sensato, pero no me fiaba. Había oído y leído, así como también visto, muchos secuestros e irregularidades con los más pequeños.

—Louis... no quiero dejarla con cualquiera—decía intentando hacer memoria. Conocía a muchos humanos, ¿y si levantaba el teléfono y les hablaba? A ellos los conocía bien, sabía sus pensamientos y había visto sus almas bailar en sus miradas más de una vez. Incluso había una pareja de mujeres que eran amables, cariñosas, sensibles y que serían unas madres perfectas para mi pequeña... ¿Podía considerarla mía ya? Aún no habían firmado la renuncia sus abuelos.

—Ya te has encariñado con ella—dijo tras una pequeña risotada.

—No hables así, no es un perrito—contesté algo indignado.

—No lo es—aclaró—. Precisamente porque no es un perro no quiero que la cuides tú. Te recuerdo que Mojo terminó siendo cuidado por una mujer y tú sólo ibas a revolcarte en el césped.

Debo aclarar que si dejé a Mojo con aquella mujer era porque él se sentía cómodo a su lado y ella lo necesitaba más que yo. Además pagaba su veterinario, su comida y todo lo que él necesitaba. Yo me conformaba con abrazarlo, con sentir su hocico frío en mi cara y su lengua humedeciendo mis mejillas. Aún podía verlo corretear frente a mí moviendo su enorme cola. Mi perro no, mi amigo. Tal vez debí decir que no era un perro, sino mi compañero y aliado, pero decidí no pelear más.

—Louis, me ofendes.

—¿Cómo se llama?—preguntó.

—Rose—dije girándome para verla bien—. Se llama Rose... y su apellido será Lioncourt en cuanto me ponga en contacto con mi abogado. Eso tenlo por seguro.



martes, 8 de agosto de 2017

Abrázame

Daniel y Armand tenían que tener su momento lejos del ruido de los demás, ¿no?

Lestat de Lioncourt 

Regresaba al consejo, donde estaban reunidos vampiros de distintas culturas y tan antiguos o más que mi viejo hacedor. Marius presidía un bando más inquisitivo y virulento, pues exigía que Rhosh pagara por los crímenes que había realizado. Lestat siempre era sensible, abogaba por la presunción de inocencia debido a haber sido manipulado por Amel y sus artimañas, e imploraba perdón para el fantasma que nos mantenía atados, los unos con los otros, en una red similar a una tela de araña invisible a nuestros ojos y para el viejo vampiro cretense, el cual fue creado por Gregory mucho antes que Marius y su Imperio existieran en este mundo.

Mascullaba cientos de posibilidades, recordaba el horror de tiempo atrás cuando Maharet se negó a aniquilar a Santino y Thorne tomó la justicia por su mano. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral entretanto Benji empezaba a emitir el comunicado que Lestat me pidió transmitir. El consejo no estaba lejos, sólo tenía que regresar a la torre y subir por sus peldaños de metal. Situado hacia la mitad me hallé a Daniel Molloy. Él estaba allí aferrado al teléfono móvil con la aplicación de la radio conectada, los audífonos puestos en sus orejas y sus ojos violetas perdidos en la inmensidad de la intrincada escalera.

Me quedé paralizado por unos segundos. No lo había visto desde hacía unos meses y desconocía que hacía aquí, junto al resto, aunque Lestat había pedido que todos se reunieran en la corte, por protección y necesidad. Estaban Rose y Viktor en una sala del castillo, conversando con otros neófitos sobre su viaje por el mundo, y él estaba allí. Podía estar con el resto, pero había decidido dejar los salones abarrotados para aferrarse al hilo de esperanza que incluso los fantasmas y espíritus, representados en la sala bajo la orden de Talamasca y la presencia de Gremt como del hacedor de Marius.

Llevaba un suéter de cuello de tortuga, unos pantalones jeans algo desgastados en el bajo y unos zapatos muy simples. No era una vestimenta muy idílica, pero sí le simbolizaba a él. Siempre fue despistado, algo andrajoso a la hora de vestir, y podría decirse que no apreciaba las ropas caras que yo a veces le ofrecía. Tenía el pelo revuelto y un par de mechones rubios caían sobre su frente. Sus ojos violetas eran muy expresivos, pero ahora sólo mostraban temor.

—Otra crisis—dijo al fin quitándose los auriculares y poniéndose en pie.

—Sí, eso me temo—respondí apoyándome en uno de los muros. Intentaba no mirarlo directamente a la cara. Desde hacía un tiempo sentía ciertas emociones encontradas que no sabía como manejar adecuadamente.

—¿Necesitas algo?—preguntó—. Ya sabes que puedes contar conmigo.

—Contigo...—murmuré como si fuese una ilusión, como si eso no estuviese pasando o fuese sólo un hermoso sueño que una vez tuve y no recordaba hasta el momento. Cerré los ojos, agaché la cabeza y reprimí las lágrimas.

Necesitaba tantas cosas, tantas. No era capaz de pedir nada a otros porque siempre me desilusionaban. Marius había recobrado la energía de otras épocas y parecía decidido a gobernar ayudando a Lestat, aunque a veces este se revelaba ya que se sentía una marioneta. Si bien, no había acercamiento suyo de ningún tipo y cuando lo había era para hacernos daño. Antoine se había ido unos meses con Notker, pues quería aprender más sobre la música que este realizaba y ofrecer mejores composiciones a toda la tribu. Sybelle decidió acompañarlo. Benjamín tenía la radio, su radio, y una fama incontrolable que iba a más con cada emisión. Y yo sólo tenía mi televisión, mis series de culto, mis juegos de realidad virtual y poco más. Me centraba en los libros, en el teatro, en la teconología y en los avances que iba ofreciendo el dúo médico de Fareed y Seth a todos nosotros. A eso me dedicaba. Porque hasta Louis había corrido a los brazos de Lestat. Eleni me apoyaba, me aconsejaba, me escuchaba... ¿pero me era suficiente? No. Nunca lo fue. Además me sentía culpable cuando la veía. Había hecho que su vida, los primeros años de esta, fuese miserable.

—Armand...—su voz parecía lejana, así como su presencia, pero rápidamente pude sentir su cálido abrazo.


Me dejé abrazar en mitad de la torre esperando que su amor me reconfortara, aunque este sólo fuese fruto de una necesidad mutua de sabernos unidos ante la adversidad.  

jueves, 13 de julio de 2017

Orgullo

Mi madre me enseñó que puedo alcanzar mis sueños siempre y cuando me esfuerce. Tal vez es algo idealista y estúpido para muchos, pues hay quienes creen que eso no siempre sucede. Sin embargo, prefiero creer que tarde o temprano, quien se esfuerza y trabaja con ahínco para alcanzar sus metas, las logra. Hay quienes se rinden al principio al ver lo empinada que es la montaña que tienen que subir, pero no yo. Yo soy de los que cuando ven un reto increíble se remangan las mangas de la camisa, sacuden sus manos y sonríen empezando a subir hasta la cumbre. Cuando empiezo algo lo termino y cuando lo termino busco otra cima.

La noche que ella se durmió por primera vez en mis brazos, tan frágil y diminuta, me dije a mí mismo que la cuidaría y le enseñaría a ser fuerte como una roca. Haría de ella una mujer similar a mi madre. Quería que aprendiera a valerse por sí misma y a alcanzar cualquier meta que ella imaginase. Si puedes imaginarlo es porque puede alcanzarse, por muy lejano que parezca todo.

Rose era una niña diminuta, de mirada intensa y cabello salvaje. Su piel era algo tostada debido al sol y muy cálida. Me recordó a Claudia, pues ambas estaban igual de desamparadas cuando las tomé entre mis brazos y caminé con ellas buscando una solución. Una se moría, la otra simplemente estaba asustada debido a la terrible muerte de su madre y de cientos de personas a su alrededor. Ambas tenían edades similares y me hicieron desear ser padre.

Como padre no soy el mejor ejemplo, pero he intentado serlo. De verdad que me he esforzado por ser el ejemplo a seguir, el hombre en el que mirarse porque quiero que vea en mí un ser humano como cualquier otro. Los vampiros poseemos una simple mutación, pero eso no lo sabía por aquel entonces. Sólo sentía que era tan humano como cualquier otro y que ella se merecía un futuro distinto al para nada prometedor en una institución para niños sin hogar. Sus abuelos no la querían, pues desaprobaban la forma en la cual la madre la gestó y educó. Para ellos era defectuosa, para mí era perfecta.

Su sonrisa iluminó mi mundo y sus ojos hicieron que toda mi alma se removiera. Me juré cuidarla y eso he hecho durante mucho tiempo.

Ahora la veo feliz hablando animadamente con mi hijo. Mi verdadero hijo. Un hijo que desconocía de su existencia hasta hace unos años. Es muy parecido a mí, pero a la vez es profundamente distinto. Su sonrisa es la mía, pero tiene un toque de ingenuidad que ni siquiera yo poseía. Uno y otro rozan los veinte, tienen una vida eterna por delante gracias a aceptar el “Don Oscuro”, y yo siento que he ganado un pedazo de paz al verlos unidos. Ella y él son mis hijos. Ella lo es ahora como hija de sangre, pues es mi creación más preciada de los últimos tiempos. Y él posee mis genes, los genes poderosos de un Lioncourt que batallará siempre ante cualquier injusticia. Al menos, eso quiero creer.

Hoy escribo esto en una pequeña hoja de papel algo sucia, arrugada y de forma improvisada. Si lo hago es porque siento la intensa necesidad. Fuera hace calor, pero pese al cielo despejado no se ven las estrellas. La contaminación lumínica hace imposible ese hermoso fenómeno que siempre existió. Pero aún así ellos son estrellas en mi firmamento, en mitad de la calle más poblada de la ciudad de París, sonriéndose uno al otro y tomándose de la mano.


Definitivamente me siento orgulloso. Ambos están logrando grandes cosas juntos, conociendo el mundo viajando y luchando contra lo impredecible. ¿Por qué no sentirme orgulloso?  

Lestat de Lioncourt 

sábado, 22 de abril de 2017

Guía de vida

—¿Alguna vez has imaginado el mundo de forma distinta?—pregunté aquello cuando la descubrí en el jardín.

No sabía que había regresado a este lugar, el cual para ella era el símbolo de una vida indigna y cruel. Sabía que el castillo, cada una de sus piedras, era una pesada carga que aún la aplastaba. No obstante, estaba allí. Había ido hasta la pesada puerta principal y se había detenido a observar el escudo de armas que lucía en su parte superior.

—Siempre—dijo sin mirarme—. Por eso decidí viajar—susurró girándose con una sonrisa en los labios y prosiguió hablando—. Deseaba contemplar los distintos lugares, incluso los más recónditos, para dejar de imaginar y tener una visión clara y profunda de todo.

—No me refería a eso, madre—me acerqué a ella y la estreché entre mis brazos. Ella aceptó ese breve contacto para luego colocar sus manos en mi rostro. Sus ojos brillaban como las perseidas antes de caer.

—Oh, te refieres a cambiarlo—respondió.

—Sí. Imaginar que puedes cambiarlo.

Había imaginado mil veces que lograba cambiarlo, pero por mucho que me atreviese a ello me daba cuenta que no lo lograba. Sí, salía victorioso de mis aventuras, pero no siempre tenía ese resultado que me hiciese sentir feliz, orgulloso o capaz de lograr algo más inmenso. En ocasiones tenía que quedarme a solas conmigo mismo y meditar. Entonces, en medio de mis palabras y pensamientos, me daba cuenta que había cambiado yo más que el mundo mismo.

—Todos lo hemos hecho hasta percatarnos que el mundo nos cambia a nosotros, nos llena de una madurez auténtica y de heridas que no pueden cauterizarse. Aún así se sigue intentando hasta lograrse. Me he caído muchas veces, Lestat. He sentido como desgarraban la piel de mi alma hasta convertirme en algo que nunca he sido ni seré...

Sus palabras siempre habían tenido un fuerte impacto. Sin embargo, aquella noche fueron golpes duros que me hicieron despertar. A veces nos creemos diferentes, pero no es así. Todos tenemos momentos similares aunque los vivimos de forma distinta, en circunstancias diferentes y en ocasiones más de una vez. Nos enfrentamos a un mundo que puede ser impredecible, pero también a las consecuencias de nuestras acciones. Por eso siempre he hecho lo que he creído oportuno o aquello que realmente ansiaba. No he desperdiciado ni una sola oportunidad. Ella me hizo ver que no hacer aquello que uno ansía es permitir que un pequeño punto oscuro, por minúsculo que pareciese, nos consumiese.

—Yo también—respondí casi sin aliento.

—Cuando te dije que nunca te rindieras es porque rendirse es de mediocres, de personas que no tienen ideales firmes y propósitos importantes. La única persona que puede decir que no vas a cumplir tus sueños eres tú. Si permites que otros o las circunstancias lo dicen, entonces eres débil.

Me estrechó de nuevo entre sus brazos y acarició mi nuca con sus largos dedos. Recordaba su rostro pálido, con el velo de la muerte en su mirada, y temblaba asustado. Sin embargo, eso fue hace mucho tiempo. Demasiado tiempo tal vez. Ahora ya no era así, ya no iba a morir y yo tampoco. Había logrado algo que todo hombre desea y es que su madre viva eternamente, que nunca le falle y pueda recurrir a ella cuando se tiene miedo. Cuando hablo de hombre hablo de hombres y mujeres, de seres humanos, de las criaturas que realmente somos pese a nuestra inmortalidad. Todos y cada uno deseamos que nuestras madres sean eternas.

—Madre...—balbuceé tras aspirar su aroma y me aparté para mirarla a los ojos.

—Dime—dijo con una sonrisa calma.

—Espero poder inculcar esto en mis hijos, en Rose y en Viktor—dije tomándola de las manos.

—Ya lo has hecho. Ya lo has hecho.


No sabía si era cierto, pero ella siempre se daba cuenta de las cosas mucho antes que yo. Supongo que lo había logrado al verlos unidos, desafiando a la vida eterna, para alcanzar el privilegio de vivir alguna aventura que sólo ellos podrían tener. Esperaba que nunca olvidaran esa lección como yo no lo hacía.  

viernes, 21 de abril de 2017

Nervios


Viktor es mi hijo, pero ella también.

Lestat de Lioncourt 


Desperté de golpe. No sabía dónde estaba. En esos momentos había olvidado incluso las últimas semanas de mi vida. Me encontré asustado y acorralado. Realmente el sueño me había sumido en un caos desafortunado lleno de un sabor amargo y algo ácido. Me llevé las manos al rostro intentando calmar mi respiración. Siempre había tenido miedo a los lugares demasiado cerrados y soñar con ser enterrado vivo me provocó un terrible impacto.

Supongo que no fue buena idea releer en los últimos días los libros donde mi padre era el protagonista principal de demasiadas aventuras llenas de infortunios, cargas pesadas, problemas de toda índole y victorias. Porque aunque caigas, y te rompas en mil pedazos, siempre tienes la opción de reconstruirte creando un nuevo ser siendo a la vez el mismo. La vida nos moldea, pero también nosotros permitimos hasta dónde y cómo.

Miré a mi alrededor intentando recordar dónde estaba, pero al verla a ella lo supe. Había estado esperando algo así durante años. Creo que siempre me sentí solo e incomprendido. Mi madre decidió abandonar la mortalidad cuando tenía apenas unos años, convirtiéndose así en un vampiro. Todos a mi alrededor tenían batas de científicos y doctores, pero en realidad eran seres dotados de una mente privilegiada, conocimientos que iban más allá de lo ofrecido a la sociedad y con unos poderes increíbles. Todos eran hermosos, jóvenes eternos, y poseían una fuerza magnífica. Por el contrario yo era un niño débil aunque con la salud de hierro.

Ella se había convertido en mi sustento en un mundo lleno de misterio. Una sonrisa simple, unas palabras llenas de amor, unos sentimientos complicados y una verdad difícil de asimilar. Eso era Rose. Demasiado hermosa, pero a la vez demasiado bondadosa. Sin embargo, había superado grandes conflictos éticos y una relación espantosa. Se convirtió en una mujer fuerte y yo la tenía a mi lado rendida a mis caprichos. Por un momento me sentí culpable, pero de inmediato emborroné todo con un sentimiento indescriptible.

No sabía cómo iba a ser la reacción de mi padre al vernos y saber que ambos estábamos unidos. Ella había sido criada, educada y amada por el hombre que me dio tan fantástica genética. Yo, sin embargo, había crecido al margen de su interés porque desconocía la verdad. Mi crianza fue distinta, pues lo hice entre tubos de ensayos y vampiros ensimismados en los datos de un enorme ordenador. Y la educación había sido esmerada, como la suya, pero lejos de los más prestigiosos colegios. Aún así era un universitario, como ella. Ambos teníamos unos conocimientos fantásticos para construir una familia maravillosa, pero habíamos asumido el riesgo de ir a Nueva York a encontrarnos con el hombre más importante en nuestras vidas: Lestat de Lioncourt, su padre adoptivo y mi padre biológico.

Justo en el momento en el cual decidí intentar dormir, pese al nerviosismo de todo lo que estaba por venir y de la propia pesadilla, ella se despertó. Pude sentir sus manos acariciando mi rostro, sus labios rozando los míos y el deseo insano de fundirnos de nuevo el uno en el otro. Me recosté en la cama y permití que me llenase de besos, caricias y palabras de amor. Por mi parte hice lo mismo. Necesitábamos algo más que sexo, necesitábamos corrompernos en un amor idílico que muchos tacharían de absurdo y extremadamente romántico para comprender que hubiese pasado en tan escasos días.


Esa mañana fue terrible y hermosa a la vez, al igual que la vida. Nos estábamos jugando la supervivencia y al final mi padre venció saliendo reforzado, igual que un héroe griego. No entiendo como alguien puede odiarlo o despreciarlo, pero supongo que todo héroe tiene que tener alguien que lo aborrezca. Si bien, siempre le estaré agradecido el haber salvado a Rose. Él salvó mi alma y el alma de una mujer dulce, sensible, inteligente, tenaz y firme en sus creencias.  

sábado, 25 de febrero de 2017

Olvídalo

¡Qué cosas! ¿No? Las discusiones familiares... 

Lestat de Lioncourt 





—¡Por qué eres tan terco!—gritó exaltado. Louis no podía creer ni por asomo que Viktor estuviese siquiera planteándose la idea de marcharse tras los pasos de su padre. Si bien, había llegado el momento de ver con sus propios ojos cuan parecidos eran ambos. Lo miró unos segundos y suspiró—. Ah, olvida lo que he dicho—masculló.

Eran idénticos. Tenía ante él una copia exacta. No podía luchar contra la genética. Posiblemente tenía en su ADN algo que se activaba ante el peligro y cualquier circunstancia peligrosa, el cual les movía hacia este como si fuese una sirena y ellos los marineros.

—Creo que es importante que lo haga—aseguró.

—Lo importante lo tienes en tu apartamento aguardando que regreses—dijo dejando el libro que tenía en sus manos. Estaba leyendo “El Hobbit” justo en la parte donde se encontraban en el bosque de los Trolls. Pero dejó a un lado todo. La lectura ya le resultaba desagradable por las emociones de angustia y preocupación que estaban surgiendo en él como llamaradas.

Ya no quería releer tan asombroso relato, sólo deseaba agarrar de los hombros al muchacho y agitarlo como si fuese una maldita maraca. Quería que reorganizar en su cabeza lo importante, lo principal, lo necesario y no lo estúpido que era, al parecer, lo único que tenía en la sesera.

—Debo ir con mi padre—musitó casi sin voz.

No daba crédito a lo que oía. Su padre siempre le hacía lo mismo. Juraba no volver a meterse en asuntos que fuesen demasiado terribles o grotescos, así como estúpidos y peligrosos. Pero lo hacía. Terminaba haciéndolo. Las promesas las rompía y las reglas has destrozaba. Estaba poniendo en peligro todo. Y para colmo su hijo, Viktor, al cual apreciaba como si también fuese suyo... ¡Decía que quería irse con él! Pobre diablo. Estaba harto.

—¿Y Rose? ¿Has pensado que demonios quiere ella?—preguntó colocando las manos en las caderas, a modo de jarra.

—Oh...

—¡Oh!—exclamó dejando los ojos en blanco—. Viktor, ¿te has dado cuenta que estás siendo egoísta?—preguntó.

Tenía sus ojos verdaceos como esmeraldas puestos en el joven. Allí plantado con esos pantalones elegantes, esa camisa sacada del armario de su padre, pues era blanca de chorreras con encantadores encajes en los puños, y unas botas semejantes a las que le había comprado a él hacía unos meses, cuando le juró que se quedaría a su lado, sintió que lo estaba viendo de nuevo. Era Lestat con unas proporciones que diferían en unos centímetros y en una espalda algo más robusta, pero nada más. Estaba ante un perfecto clon. Quiso echarse a sus brazos y llorar amargamente. No sabía dónde demonios estaba y qué se encontraba haciendo, pero su hijo parecía querer alcanzarlo y convertirse, pese a todo, en su sombra.

—Es probable—dijo al fin entrando en razón, pues había fruncido el ceño como si intentase comprender qué demonios estaba haciendo.

—Es probable...—repitió a punto de echarse a reír por lo absurdo que era todo. Viktor era más reflexivo, pero últimamente se estaba convirtiendo en un nuevo Lestat.

David Talbot ya lo había asegurado. Ese muchacho iba a ser una bomba de relojería.

—Louis, sólo quería pasar tiempo con mi padre—confesó colocando sus manos sobre el torso.

No era sólo pasar tiempo con él, sino ser como él. Viktor quería emularlo como si fuese un gran héroe. Sabía cuanto lo amaba Rose, como lo miraba y la forma en la cual hablaba de él como cualquier jovencita habla de su padre. Él quería que ella lo mirase de esa misma forma. Era algo inmaduro, pero ¿qué se le puede pedir a un muchacho que apenas rozaba los dieciocho años? Nada. Si la sesera de Lestat a veces estaba hueca, ¿cómo no lo iba a estar su hijo?

—Tu padre se va a exponer estúpidamente a un peligro como siempre—dijo pinzándose el hueso de la nariz con los dedos, dándose un masaje e intentando seguir hablando sin acercarse a él para propinarle un bofetón, similar a lo que a veces hacía cuando Lestat le sacaba por completo de las casillas—. Es imbécil, inoportuno y terco—comentó cruzándose de brazos entorno a su cadera, para alzar la mirada y contemplarlo—. Si no vas a esta aventura decepcionante, pues no creo que encuentre nada bajo los océanos y mares, irás a otras—dijo acercándose a él para poner sus manos sobre el rostro del muchacho. Delineó sus rasgos y deseó que fuese Lestat. Quería besarlo como se besan las estampillas de los santos. Él era su Dios, su demonio, y, por lo tanto, su todo—. Si bien, tu prometida está aguardando en tu apartamento que vayas y la rodees con tus brazos. ¿Qué es más importante?—susurró apoyando su frente en el torso del joven. Deseaba llorar.

—Yo...—balbuceó abarcándolo con los brazos. Se había percatado del dolor de Louis, de su castigo por amar a su padre.

—Olvídalo tienes los mismos genes que ese idiota y que Gabrielle—dijo entre sollozos—. Amáis contradecir a la razón y al buen juicio.

Temía por la seguridad del joven, el dolor que se implantaría en el corazón de Rose y que florecería como rosas con importantes espinas.

—Amo a Rose, la amo—dijo con el pulso acelerado, pues era pensar en ella y volverse auténticamente loco—. Ella lo es todo para mí. Sólo quería conocer bien a mi padre.

—Ah... cariño...

—Pero tienes razón—dijo—. Ella no se merece sufrir estúpidamente por mis insensateces.

—Correcto—alzó el rostro y besó su mentón de forma cariñosa. No quería sufrir más. No se merecía estar sufriendo ahora por los hijos de Lestat. Ya sufría demasiado por el recuerdo de Claudia.

Rose se había convertido para él en una hija y Viktor también lo era. Sólo quería verlos felices bailando frente a él. No deseaba que esa hermosa pareja se dividiera.

—Por eso si voy también la arrastraré conmigo—sentenció.

Louis de inmediato se apartó unos pasos de él y le ofreció algo más que una caricia: le propinó un bofetón. Si Gabrielle hubiese estado ahí seguramente hubiese hecho lo mismo. Viktor se llevó rápidamente la mano derecha a su mejilla, la cual ardía de forma importante.

—Demonios... ¡Vais a acabar conmigo!—gritó deseando tirarle toda la biblioteca encima.


¿Y qué podía hacer? Él es igual Lestat. Yo lo sé. Sé cuan parecido son ambos. ¿Y quién soy yo? Amel. Sé todo. Sé sus pensamientos y sus necesidades. Por eso amo a Viktor tanto como a su padre. Ambos son el tipo de vampiro que yo amo. No por irresponsables, sino porque buscan más allá de sus narices.  

lunes, 13 de febrero de 2017

Mi lugar

Viktor es mi mayor esperanza, junto con Rose.


Lestat de Lioncourt


Por alguna razón todos hemos intentado encontrar nuestro lugar en el mundo. Algunos empiezan desde que son tan sólo unos niños, otros no llegan a semejante conclusión y deseo hasta que la edad adulta casi llega a su final. Soy de los primeros. Siempre quise saber el lugar en el cual debo o pretendo encajar. Me sentía excluido por mucho que intentaran que creyeran que era parte de un todo.

Mi madre siempre se esforzó porque tuviese una figura paterna a la cual idolatrar, aunque estuviese ausente. Desde temprana edad, rondando los ocho años, supe quién era mi padre y por qué fui concebido. Supongo que mi habilidad para asumir retos, afrontar momentos difíciles y soportar cierto peso en mis pequeños hombros, pues no dejaba de ser un niño, hizo que mi madre afrontara con temeridad y necesidad el confesarse.

Fui un hijo programado. Al menos, por parte de mi madre y el equipo de laboratorio. Mi padre no sabía nada, era ajeno a lo que iba a suceder. Si bien, pudo imaginar que inducirlo a tener encuentros sexuales, los cuales había deseado desde hacía siglos, era por algún motivo sospechoso. Nadie da algo por nada. Aunque todos sabemos como es él, ¿cierto? Lestat de Lioncourt a veces peca de entusiasta, crédulo y confiado. Son sus mayores defectos, pero asumo que pueden ser enormes virtudes. Sólo alguien entusiasta, confiado en sus capacidades y en la colaboración de sus compañeros, así como la creencia ciega en un futuro mejor podría salvar las ruinas en las cuales quedó nuestra Tribu. Bueno, ahora sabemos que somos una Tribu. Sin embargo, durante años hemos estado a la deriva, sin un nombre, sin un líder, divididos entre distintas razas y llenos de sombras sobre pequeños valles luminosos.

He hallado mi lugar. Un lugar distinto al que creí. Siempre pensé que sería al lado de los vampiros, de esa raza a la cual pertenecía mi padre desde hacía más de dos siglos. Sí, quería ser igual que el héroe de cientos, el Dios de unos pocos y el vampiro perfecto para muchos. Pero como he dicho, me equivocaba. Siempre puede uno equivocarse y a veces de forma rotunda. Mi lugar no era sólo con lo no-muertos, sino con ella.

Ella también buscaba su lugar en este mundo. Había empezado a estudiar e investigar sobre su futuro. Jamás había dejado de soñar, ilusionarse o pensar en posibilidades imposibles. Supongo que mi padre influyó demasiado en su educación. Él siempre le dijo que podía lograr todo lo que quisiera, todo lo que se propusiera. Supongo que pese a todo había algo en ella que exigía, de algún modo, encontrar un lugar donde poder desarrollarse como una rosa eterna. Cuando supo que su adorado tío Lestan, quien la salvó de una enorme catástrofe natural y le dio una vida cómoda, era un vampiro y que poseía un hijo se asombró, tardó en asumirlo algunas semanas y finalmente, con entereza y amor, se aferró a la bondad que posee la oscuridad. Pues siempre en la oscuridad creen que crecen las malas hierbas, pero en realidad lo hacen a plena luz del sol. No somos tan distintos a los humanos. De hecho, somos una mutación. Ella y yo ahora somos inmortales, hemos encontrado el lugar donde germinar como grandes flores en un jardín cada vez más salvaje. Somos las flores agrestes del ramillete aromático que Lestat lleva entre sus manos.


Mi lugar está a su lado, el suyo al mío. Jamás dejaremos de luchar por nuestros sueños, tal y como mi padre me ha inculcado a lo largo de sus aventuras, porque si uno no lucha ¿para qué vivir para siempre? Hay que luchar por el honor, la verdad, el amor y la pasión.  

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Have yourself a Merry little Christmas

En la vida ocurren cosas extraordinarias todo el tiempo, pero no alcanzamos a verlas jamás. Nos centramos siempre en los grandes acontecimientos que, en muchas ocasiones, son aburridos o no ocurren como deberían. Las grandes celebraciones acaparan la atención de cualquiera con su opípara comida, su estruendosa música y las luces palpitando. Recuerdo cuando todo era más sencillo, pues la pobreza me rodeaba. No hacía falta poner hermosa mantelería y elegante cubertería. Sólo se precisaba asistencia, un plato, unos cubiertos aunque fuesen de madera y algo de comida. He tomado demasiada sopa con pan imaginando que es carne, muchas judías y tagarninas, también llamado cardo de olla, como si fueran un manjar. No era necesario todo esto.

La sencillez era la presente en estos días, si bien se reunía la familia entorno a la mesa y como siempre se daba gracias por llevarnos algo a la boca. Puede que yo fuera hijo de un marqués, pero no teníamos nada. Mi padre había dilapidado la fortuna mucho antes de perder la visión, las viñas estaban olvidadas y parecía un desierto más que un campo con una tierra rica y fértil, el dinero que entraba se malgastaba y yo tenía que salir a cazar algún conejo, ciervo o jabalí para poder sobrevivir. Mis hermanos no hacían nada, salvo quejarse y empujarse uno al otro. Los quería, pero eran torpes y demasiado fieros.

Ahora me siento frente a todos, en un pequeño rincón de esta ridícula fiesta, y los veo bailar entre algunos mortales que ellos aman por su vínculo con el pasado o presente. También observo a los espíritus. Ellos se hacen pasar por simples humanos. Todos bailan al son de la música de compañeros que fueron apartados de la vida mortal para proteger sus cualidades musicales. Hay muchachos que apenas tienen quince años y que están entonando canciones tan actuales, como también antiguas e incluso algunas que parecían haberse perdido en el tiempo. Observo a su creador, el cual está en mitad de la pista de baile riendo a carcajadas, y me dan ganas de preguntarle cómo es su vida rodeado de tantas criaturas hermosas, inquietas y con esas voces que parecen tritones o sirenas.

Louis ha decidido bailar con Pandora, como en la última fiesta, ella sonríe esperando que Arjun se atreva a entrar en la pista. Flavius ha decidido que Avicus baile con él, sin importar ser dos hombres y tener que hacer de mujer permitiendo, de ese modo, que su amigo y compañero lo guíe. Marius estuvo bailando también, pero ahora sólo observa a Armand. No pierde detalle mi maestro de la sonrisa pletórica que tiene ese diablillo ante la interpretación a piano de “Have yourself a merry little Christmas” de Michael Bublé en una versión más movida, perfecta para bailar.

También está Landen sentado, apoyado en su magnífico bastón con cabeza de cuervo, mirando todo como un niño mira los regalos bajo el árbol. A su lado está Benedict sentado en las piernas de Rhoshmade. David, mi buen amigo David, conversa insistentemente con algunos hombres de Talamasca, invitados únicamente porque tenemos que aunar fuerzas. Jesse Reeves al fin ríe, tras la tragedia que acabó con parte de su familia no lo había hecho. Mi madre está cerca junto a un grupo de mujeres vampiro, todas ellas conversan sobre la decoración y sobre como me queda el smoking. No sé si sentirme halagado o asustado.

El resto simplemente baila dejándose llevar o consume algo de la mesa, ya que no todos somos adoradores de la sangre o espíritus. Hablando de espíritus, el de mi creador ha llegado hace unos minutos y se ha sentado a mi lado mirándome con un amor similar al de un padre. Supongo que nos hemos perdonado y que ahora debemos gozar estos tiempos venideros.

Sin embargo, gran parte de mi atención la tiene la pareja que se mueve como si fueran uno. Ella lo observa con emoción y una sonrisa idílica. Él la toma por el talle como si fuese la flor más delicada y maravillosa, hace que gire sobre si misma y la estrecha con sus fornidos brazos. Nunca he visto una pareja bailar con ese énfasis y amor. Veo profundo respeto. Aunque a veces desvío la mirada hacia Louis que insiste, como no, que baile con él aunque no se atreve a decirlo a viva voz, sólo pequeños gestos. Es increíble cuánto me recuerda Rose en ciertas ocasiones, no siempre por supuesto, a Louis. Ambos se sonrojan del mismo modo cuando miran a los ojos perdiéndose en los nuestros, en los ojos de un Lioncourt.


Lestat de Lioncourt 


sábado, 17 de diciembre de 2016

A Christmas Carol

—¿Qué demonios haces?—preguntó desde la puerta.

—He decidido que quiero pasar tiempo de calidad con Rose, pues pronto será Navidad y hoy representa en su escuela “A Christmas Carol” de Dickens—expresé frente al espejo mientras intentaba acomodar la corbata. Jamás se me había dado bien los nudos de esas elegantes sogas.

—¿Vas a ir solo?—dijo entrando al fin.

Posee un porte que yo jamás tendré. Cada paso parece medido y su mirada, tan humana como aviesa, se clava en mí como dos auténticas dagas hechas con diamantes de color verde. Su gentil sonrisa se dulcificó cuando me tomó de los hombros y logró vernos en el espejo. Él vestía un traje verde botella de tres piezas, si contaba con el chaleco a juego, y una camisa blanca pulcra sin corbata. Tal vez porque no le hacía falta. Yo tenía un aspecto salvaje pese a mi uniformidad de hombre de negocios de altos vuelos. Por el contrario yo usaba un azul marino muy oscuro, una camisa similar a la suya y la corbata roja en tono borgoña.

—No sabía si querías asistir—expliqué.

—Tiene doce años y debe ser ya toda una damita, seguro que muchos jóvenes se fijan ya en su belleza.

—Es una niña—repliqué algo molesto. Incluso fruncí el ceño juntando mis cejas.

—Dentro de cuatro años la considerarán un buen partido, pues las mujeres parecen madurar antes. Con dieciséis años todas asisten a fiestas, unas más alocadas que otras, donde bailan con otros jóvenes de su edad y se enamoran estúpidamente del chico cuya sonrisa es más bonita—comentaba girándome hacia él, para deshacer la corbata y comenzar a anudarla.

—Luego maduran de verdad y se dan cuenta que es mejor estar solas—dije con cierto orgullo, aunque no sabía qué tipo de mujer sería Rose. Había intentado por todas mis fuerzas que fuese culta, educada, con bondad en su corazón y una madurez fuera de lo común. No obstante era bastante tímida y quizá muy ilusa en muchos sentidos. Temía que la hirieran cuando llegase su primer amor, aunque en estos momentos sólo representaría por primera vez un bonito cuento navideño.

—Esa es tu madre—me advirtió—. Hay mujeres, que pese a su esmerada educación, deciden por sí mismas seguir a un hombre y ser su apoyo.

—Sinceramente, preferiría que el hombre fuese su complemento y ella fuese el complemento del hombre. Estar de apoyo es muy digno si se desea, pero prefiero que ella aprenda a ser un pilar fundamental de nuestra sociedad—. Hablaba con orgullo y creyendo firmemente en lo que decía.

—Sin condicionamientos de ningún tipo—susurró terminando de acomodar el nudo, para luego tirar suavemente de la corbata, logrando que me inclinara hacia delante. De inmediato rozó sus labios con los míos, mordió con sus blancos dientes el inferior y luego me besó apasionado. Noté como cerraba los ojos bajando los párpados lentamente, para luego soltar la corbata y echar sus brazos a mi cuello. No lo dudé. Reaccioné a tiempo atrapándolo.

Aquella noche asistimos a la obra de teatro en aquel caro y magnífico centro de estudios. Ella parecía vibrar con cada palabra. Era el fantasma de las navidades pasadas y ofrecía al viejo cascarrabias una lección magistral. Los otros niños estuvieron bien, pero no eran mi Rose.


Tal vez he vivido otras navidades con la misma intensidad y belleza, pero no con ese deseo tan ferviente de creer en un Dios bondadoso. Deseaba que la bendijera, que la cuidara cuando yo no estaba, y vigilara sus pasos para que jamás se tropezara con monstruos como éramos nosotros. Era mi pequeña, mi niña, mi dulce ángel... mi Rose.  

Lestat de Lioncourt 

domingo, 21 de agosto de 2016

Madurez IV

Y aquí finalizan sus memorias. Espero que les haya gustado conocer un poco más a Rose y a Viktor. 

Lestat de Lioncourt


Después tomé la mano de Rose, mientras me secaba con un pañuelo de seda que había dejado en el bolsillo de mi chaqueta, para marcharnos al teatro. Los transeúntes nos miraban como si fuéramos seres de otro mundo. A veces sentía que sabían que conteníamos cierto poder, sobre todo desde que conocí personalmente a hombres de Talamasca. Sabía que sentía tanta culpa, pero no era su culpa, por mucho que ella pudiese creer que lo era y martilleara en su alma como si fuese un cuervo siniestro sobre el busto de Palas. No, no era su culpa. Podría decirse que la culpa era de mi padre, que también su padre adoptivo y de sangre, porque a veces olvidaba que nosotros podíamos acometer las mismas locuras que él había hecho repetidas veces, que todavía hacía y que posiblemente haría hasta que el mundo explotara.

Mi traje no lucía perfectamente planchado por culpa del salvaje agarre que había sufrido, pero logré adecentarlo y pasaba desapercibido. Mis ojos azules se movía por los grises adoquines hasta sus zapatos de tacón, como si fuera una Cenicienta, para luego subir por sus tobillos hasta el borde de aquel elegante traje de noche. En un momento dado la tomé por la cintura y la hice girar junto a mí metiéndola en un callejón. Ella había bebido, pero yo aún no.

—Haremos algo—dije—. En el palco hay dos asiento más, posiblemente ocupados, y por ende beberé de los que estén allí. No sé si será hasta la última gota o sólo algunos sorbos. Juro que intentaré que sólo sean sorbos—comenté mirándola a los ojos mientras mis dedos se movían como arañas por su vientre. Estaba nervioso como un adicto a la cocaína porque la sed me descentraba, me ponía histérico, y podía incluso notar como bombeaban las venas de mi cerebro gritando que bebiera, que me saciara. Por eso, y no por otro motivo, dudaba que salieran ilesos los dos estirados que estuvieran con nosotros—. ¿Aceptas el trato?—pregunté antes de besarla hundiendo mi lengua entre sus carnosos labios mientras la pegaba contra mí. Era maravillosa, como maravilloso era el calor que me ofrecía aquel cuerpo aún tierno pese a la poderosa sangre que le daba vida, y yo, por supuesto, un iluso que amaba cada trozo de su piel como si fueran los pétalos de las rosas de un idílico jardín. Ella, por supuesto, respondió al beso con la misma intensidad. Acabó tomándome de la nuca acariciando mis cabellos más cortos y la otra, la diestra, rozaba mi mejilla y mentón con mimo.

—Acepto, pero al menos...—susurró apartando algunos cabellos que tapaban la parte izquierda de su cuello, ofreciéndole su piel desnuda —Bebe un poco de mí, así al menos podrás controlarte más. Por favor, es mi culpa que no hayas podido alimentarse aún.

—Si lo hago, Rose, dejaremos de tener la capacidad de contactar el uno con el otro—dije jadeando algo nervioso. Mis ojos brillaban y podía notar mis manos algo temblorosas—. Entremos al teatro—comenté apartando mis manos de ella para sacar de mi chaqueta las entradas.

Rápidamente la saqué del callejón y comenzamos a caminar hacia el cruce, tras este estaba el teatro. No había ya cola alguna para entrar, ni elegantes trajes y tampoco limusinas esperando que sus dueños bajasen para desfilar hacia el interior. La función llevaba más de quince minutos, pero no importaba. Pasamos por el vigilante, pidió las entradas y nos observó. Se detuvo varios segundos en mi rostro, memorizando mis facciones y pensando que era un adicto. Sí, demonios, era adicto y no me importaba. Mi única adicción era la sangre, si no contábamos el sabor de los besos de Rose.

Finalizaba el primer acto de Cyrano de Bergerac cuando logramos acceder. El público se ponía de pie. La mayoría parecía entusiasmada con la actuación, salvo el inútil con quien compartiríamos velada. En medio de la penumbra, mientras el telón estaba alzado, él se reclinó para cabecear. Había idiotas, muy idiotas y luego estaba él que malgastaba un asiento tan magnífico de una obra sensacional que estaba llenando la sala.

Al parecer su acompañante, una mujer, había salido a empolvarse la nariz. Así que yo senté a mi prometida cerca de la barandilla para que pudiese observar el centenar de almas que abarrotaban ese pequeño teatro, para hacer lo propio con el hombre que cayó seducido ante una pequeña conversación. Yo no era su tipo, eso estaba claro, pero cualquiera se rinde a los encantos de un jovencito y más si es un vampiro.

—Suelo venir con mi padre—le dije—. Pero yo me aburro, ¿sabe? Traje a mi hermana para que ella se distraiga.

—Es muy bonita—aseguró.

—Oh, sí, pero a mí me gustan los hombres maduros y sensibles—reí bajo golpeando suavemente su muslo provocando que me mirara con cierto deseo. Acto seguido se abalanzó sobre mí, pero yo no le dejé que me tocara demasiado. En menos de un minuto yacía sin pulso y yo al fin me relajaba.

Miré hacia el escenario con la silueta de Rose ocultando parte del espectáculo. Deseé estrecharla entre mis brazos mientras colocaba sutilmente al inútil en la silla de modo que parecía dormido, como si estuviera en brazos de un dios bondadoso, para luego tirar suavemente de ella y sentarla sobre mis piernas.

—Adivina... mañana podríamos ir a un lugar especial—dije escuchando los zapatos de tacón de la acompañante del idiota que había sido sólo mi aperitivo.

Sabía que se ponía celosa y esos celos me hacían sentirme más atractivo, cotizado y dichoso que cualquier halago que pudiese venir de sus labios. Aunque comprendía que se sintiese tonta, pues yo era absolutamente fiel y me había convertido en su guardián. Ambos éramos fuertes, poderosos, jóvenes y atractivos pero yo me volvía un perro agresivo si alguien se acercaba a ella con las intenciones de hacerle daño, aunque sólo fuese con una mirada despectiva. Era mucho peor que mi padre. Aún así jamás evitaba que pudiese hablar con otros, pero me mantenía atento por si las intenciones no era tan cándidas como las que ella podía llegar a creer. Acepto que lo sigo haciendo y ella, por supuesto, también.

Hace unos días me confesó que hubiese deseado ver como se deshizo de aquel imbécil que intentó atraparla, violarla y rajarla como a otras de sus víctimas. Aquel cretino maloliente que posiblemente se habría pasado más de una semana junto a las basuras sin que nadie se percatase que estaba muerto. También me confesó que se quedó algo avergonzada por no haber acabado con él por una tontería.

—¿Qué lugar? ¿Lo conozco?— dijo apartando cualquier otro pensamiento de su cabeza y me abrazó mimosa, prodigando besos a en mi frente y mejillas; en parte como disculpa y por otro lado porque quería decirse a sí misma que sería suyo toda la eternidad y no tenía porqué sentirse celosa de nadie.

—He pensado que podríamos tomar un vuelo inesperado, dejar Nueva York atrás y todo el continente americano, para desplazarnos a la vieja Europa. Deseo ir contigo a Roma—dije mirándola a los ojos notando un brillo, sólo un pequeño brillo, de celos que me encantó.

Me endulzaba la noche que fuese así, que aún tuviese esos pequeños ataques de celos y rápidamente se recompusiera. Mientras, tras nosotros, la mujer tomaba asiento y comenzaba a blasfemar porque aquel pobre imbécil, ese inútil sin modales, al fin se había dormido.

El segundo acto fue espléndido y lo pasé aferrado a ella en silencio. Mi mentón estaba sobre su hombro y mis labios rozaban su nuca. Podía ver perfectamente el escenario, los actores, escuchaba sus voces vibrar alzándose hasta la cúpula dorada y caer sobre los emocionados espectadores.

Aquella obra, mitad drama mitad comedia, era sin duda alguna una de mis favoritas. Podías sacar tanto en claro en cada frase, en cada gesto, y en cada oportunidad que tenían sus principales personajes que acababas amándolo aún más. Un hombre hermoso por dentro, pero feo por fuera, ayudando a que otro lograse ser feliz mientras él se cubría de dolor.

Por como sonreía podía decir que estaba encantada y, además, no se cortó en darme otro beso en los labios dejándome con una estúpida sonrisa. Amaba que fuese así de cariñosa y cómplice conmigo. Creo que por eso me enamoré de ella ciegamente cuando conversamos aquella primera vez. No dudó en tomar mis manos, reír a carcajadas con algunos de mis comentarios y apoyarse en mi hombro mientras me contaba las historias que conocía de mi padre. Sé más por ella de mi padre que por mi padre mismo y sus libros. Comprendo cada mueca porque son las mismas que ella me ha descrito.

Si le dije de llevarla a Europa fue porque desde que había podido ir con sus tías, las mujeres que hicieron la gran proeza de cuidarla y educarla mientras Lestat iba y venía, no había podido pisar de nuevo aquellos encantadores parajes y ciudades abarrotadas de personas algo distintas en mentalidad a las americanas o neoyorquinas. Era cierto que habíamos ido a Francia con mi padre, pero las reuniones eran tan agotadoras que ni siquiera habíamos disfrutado de París. Él de inmediato nos mandó con Armand para que nos vigilara como un perro de presa. Thorne estaba en la ciudad porque Jesse Reeves y David Talbot estaban terminando de arreglar la biblioteca y el templo de Maharet y Khayman, el cual quedó algo destruido por culpa de Rhosh y Benedict. Esos dos pelirrojos, uno de inteligencia aguda y otro torpe pero bondadoso, estaban siempre tras nuestros pasos.

Por otro lado sería un viaje cómplice, romántico, lleno de aventuras porque no iríamos con un guía ni con nadie que nos dijera dónde, cuándo, cómo y porqué estar en un edificio u otro. Quería ver las maravillosas esculturas de las numerosas fuentes italianas, dejarme llevar por los bucólicos paisajes de los viñedos de la Toscana, hundirme en el mar de las diversas zonas costeras, ir a los monumentos más atractivos y los museos más llamativos... ¡Y por supuesto! Quería llevar algunos frascos experimentales de Fareed para poder lograr retenerla entre mis brazos, hacerle el amor como meses atrás y seducirla durante toda la noche. Quería demasiadas cosas, esperaba demasiadas emociones en ese viaje.

Mientras pensaba en una cosa y otra, recreándome en emociones que aún no habíamos vivido, ella se quedó en mi regazo disfrutando del espectáculo, riendo y llorando al pasar de las escenas, y acariciando mis manos.

Por otro lado me mantuve al margen de aquella mujer, dejándola viva, para pedirle a Rose que nos marcháramos antes de terminar el último acto. Sabía que le emocionaba la obra, pero no podía permitir que encontraran el cadáver con nosotros allí. Tendríamos que hacer declaraciones y era mejor huir antes que cualquier cosa pudiese pasar.

A nuestra salida noté la brisa cálida del verano, deseé que el mundo se parara en ese instante y que me evitara estar perseguido como si fuese un delincuente. Mi padre se marchaba a una nueva aventura y nos dejaba a lo dos sometidos a sus espías. Toda la ciudad estaba llena de ojos para mí, aunque sólo fueran un puñado de inmortales. Sabía de mi molestia de ser perseguido por los mayores, ella también la sentía. Se abrazó a mí y le dio un beso a su mejilla antes de susurrarme al oído.

—Llevame a casa, tenemos mucho qué empacar, ¿no, mi amor?—dijo con sus ojos brillantes por la idea que había tenido.

¡Ah! Casi la tomo en volandas y echo a correr como un maldito demente. Podía hacer que el mundo quedase a un lado, incluso el tráfico de las calles, para convertirme en una máquina de guerra que arrollaría a cualquiera por entrar en el edificio, tomar las maletas y meter algunos libros, unas cuantas camisas, pantalones, suéteres finos, mudas limpias y algunos zapatos cómodos para el viaje. Incluso era capaz de hacer la suya. Con un par de maletas bastaba. Además, teníamos cuentas cargadas de ceros porque todos nos habían ofrecido su apoyo y yo estaba emprendiendo ciertos negocios.

¿No había terminado ella sus estudios? ¿No había terminado yo los míos? Este año de carrera había sido concluido por cursos en línea gracias a ciertos programas de ordenador y porque mi padre logró personarse en las diversas universidades, junto con Fareed y Seth, para abogar porque nos diesen esos permisos especiales aunque el curso ya había comenzado. Sí, estudiábamos. Pero no estudiamos como los idiotas de los libros más insufribles que he podido leer. ¡Absolutamente no! Yo quería terminar la carrera porque ya empiezo algo lo termino. Mis notas eran excelentes y también las de Rose. No teníamos porqué estar un verano encerrado en Nueva York por muy buenos espectáculos que tuviesen los teatros, por grandes conciertos al aire libre que se diese en los diversos parques o estadios. ¡No, demonios! Merecíamos viajar libres como cualquier joven.

Al llegar al apartamento corrimos los dos de un lado a otro. Estábamos frenéticos y reíamos a carcajadas. Recuerdo que me tuve que sentar sobre su maleta para que pudiese cerrarla y ella hizo lo mismo con la mía. Cuando nos dimos cuenta había pasado una hora. Después bajé al parking y tomé mi Mercedes, dejé las maletas dentro del maletero y conduje hasta el aeropuerto. No teníamos billetes, pero podíamos comprar unos de última hora en primera clase. En primera clase siempre sobraban algunos asientos y conseguimos uno de un vuelo que iba a despegar casi de inmediato.

—Cariño, di adiós a las cadenas de papá—dije guiñándole un ojo.

—Adiós, tito Lestan. Adiós, normas. Adiós a todos...—comentó aferrándose con fuerza a mi brazo mientras reía.

La chica no podía comprender porqué estábamos tan radiantes, pues sólo era un viaje. Pero comprendió pronto todo cuando pudo ver mi anillo de compromiso en mi mano. Oh, sí. Yo le había pedido matrimonio aunque no era algo habitual entre los inmortales. Esa clase de cosas son para humanos, pero ¿no éramos en parte una mutación? No dejábamos de ser por completo humanos.

En el avión estuve besando a Rose todo el tiempo. Llevaba algunos tubos de hormonas para ambos que no había usado. Había robado algunos a Fareed la última vez que entré en su laboratorio. Aunque tampoco puedo decir que los robé porque me los pasó mi madre de contrabando y Seth se echó a reír por mi descarada reacción.

Todo fue magnífico las primeras horas. Llegamos al hotel casi a punto de ver el amanecer y nos encerramos en la habitación. Dormimos desnudos, pegados uno al otro, en una inmensa cama de matrimonio en una de las suite de lujo de uno de los hoteles con más encanto y belleza. Al despertar tuve la pesada sensación que algo iba a ir mal, pero evité decirle nada a Rose. Nos tomamos un baño juntos, nos acicalamos y bajamos al hall para dejar las llaves. Queríamos pasear. Esa noche sería una aventura.

Y menuda aventura...

Nada más pasar dos avenidas, recorrer un parque y pararnos frente a una coqueta cafetería muy elegante nos encontramos a Landen paseando con Marius, ambos discutían. ¿Y cuál era la discusión? Pues nosotros...

—Pueden quedarse en Roma todo el tiempo que quieran. Si tienen algún contratiempo siempre pueden buscarme—decía meneando suavemente la cabeza—. Ah, Marius, no impongas aquí tus reglas de tirano porque no voy a permitírtelo.

—Me envía su padre—dijo.

—Como si te envía Dios mismo, que no existe, por su orden y mandato divino—respondió situándose frente a él sin temor alguno aunque era más enjuto, joven y, por ende, más débil.

—¡Ahí están!—gritó echando a correr hacia nosotros.

No nos movimos. Sabíamos que si huíamos iba a ser peor. La bronca fue subiendo de tono hasta que Landen intervino pidiendo la palabra. Persuadió a Marius, aunque nos amonestó por marcharnos de Nueva York sin dejar claro nuestro paradero. Sonreí satisfecho cuando nos aseguró que él vigilaría porque tuviéramos una estancia cómoda, que podríamos incluso visitarlo a su modesta vivienda, y que no pasaría nada. Además, acabó llamando a mi padre y diciéndole que él sería nuestra carabina. Marius tuvo que retroceder en su empeño en llevarnos con él, entró en un callejón y se marchó gracias a su don para volar. Por nuestra parte nos echamos a reír cuando Landen se despidió exigiendo únicamente que nos reportáramos alguna noche para poder visitarlo, “tomar” un café con él y hablar de nuestras pequeñas aventuras.


¡Roma era nuestra!  

sábado, 20 de agosto de 2016

Madurez III

Seguimos con estas memorias... de verdad... "De tal palo tal astilla".

Lestat de Lioncourt 


Hizo que caminara a su lado, atándome en corto como quien dice, porque para él era el enemigo si se trataba de su querida, adorada y amada Rose. Podía ser su hijo, pero con quien se había desvivido todos esos años era con ella.

En cuanto Armand le confesó que ambos estábamos cerca sus nervios aumentaron de golpe. De inmediato comenzó a correr por las calles por donde podía sentirme, como si mi perfume la atrajera como una flor a las abejas. En el segundo que vio a ambos corrió con más fuerza aún hasta dar con mis brazos, los cuales se abrieron rápidamente para sentirla pegada a mí. Tiritaba como una hoja en mitad de una fuerte ventisca.

—¡Fue mi culpa, lo juro tito Lestan!—dijo girándose para ver a Lestat con los ojos llorosos por el remordimiento que sentía—¡Yo eché a correr, fue todo mi idea! Castígame a mi y no a Viktor, si no ¡Me haré yo misma todo lo que le hagan a él!

No quería que la castigaran por mi culpa. Aunque tampoco lo permitiría si así fuese. Me sentía culpable por no quitarle esa idea de la cabeza, pero ambos éramos demasiado rebeldes, testarudos... demasiado Lioncourt.

—Tus escoltas son unos inútiles—reprochó a Armand.

—Marius ha dado con él, ¿no?—dijo encogiéndose de hombros.

—Él no es parte de tu equipo de seguridad—respondió apretando los puños.

No lo era. Thorne era parte del equipo de seguridad de Armand, junto a Antoine que a veces vagaba de club nocturno en club nocturno para cazar nuevos talentos y aprender de ellos. Pero Marius simplemente me seguía la pista porque era su responsabilidad, o al menos así lo veía él en su retorcida mente milenaria, al haberme dado la sangre y esta oportunidad magnífica de conocer el mundo por mis propios medios. Aunque, ¿conocía mundo? Sólo Nueva York y las fortalezas donde Fareed y Seth me enclaustraban para ver la evolución de mi ADN tras adquirir aquella poderosa sangre milenaria.

—No, pero olfatea bien a su creado y eso es lo que cuenta—respondió—. Hubiese dado cualquier cosa por ver la cara de sorpresa de Viktor al ver a Marius, ¿cómo fue? ¿Puedes recrearla para mí?—murmuró con cierta sorna. Casi le faltaba dar pequeños brincos y aplaudir completamente entusiasmado con la sola idea de verme sufrir una derrota tan humillante—. Tu hija se defiende bien, él es mayorcito y tú le has enseñado casi todo. Marius, inclusive, ha hecho que sea más fuerte de lo que fuiste a sus años. ¿Qué esperabas, Lestat?—dijo alzando una de sus delgadas cejas mientras echaba hacia atrás sus brazos. Parecía un muchachito más y no un inmortal regodeándose ante la sola idea de ver a mi padre, el Príncipe de los Vampiros, sufrir por una niñería—. Son iguales a ti, los dos son tercos como mulas y disfrutan quebrando reglas. Cuanto más les impongas más se alejarán de ti.

—No me alejaría de mi padre y Rose tampoco—no pude contenerme porque esas últimas frases estaban de más.

—Estás quebrando sus normas, Viktor—aseguró mirándome con esos enormes ojos castaños—. No es la primera vez.

—Ni será la última—respondí sin titubeos—. Me gusta quebrar las reglas que se nos imponen porque es así como todos nosotros, incluyendo a Marius que es quien las ha elaborado, hemos aprendido. Se aprende de los errores y no de los consejos—aseguré mirando primero a Armand y luego a mi padre—. Aunque es cierto que...

—Rose, no quiero verte rondando hombres—intervino nuestro padre—. No quiero que te alejes de Viktor. No voy a permitir que te acerques a escoria, te guste o no, y vas a obedecerme o terminarás escoltada por Sevraine y sus mujeres—mientras hablaba Armand suspiraba como si se hubiese olido ese discurso—. Y tú, niño insolente, la próxima vez que intentes entrar en ese tipo de antros te juro que iré yo mismo a golpearte.

—A tugurios peores vas, papá—aseguré.

—No me lleves la contraria—dijo clavando sus ojos azules de tonalidades violáceas en los míos. Sabía como imponerse, pero conmigo no iban esos trucos.

—¿Qué has dicho? ¿Qué no quieres que haga lo mismo que haces tú con el resto?—sonreí antes de tragarme mis propias palabras sólo con la mirada que me echó—. Lo siento...

—Si te atreves a separarme de Viktor, me tiraré a la hoguera yo misma; peor aún, dejaré que el Sol me lleve tal como pasó con Claudia.

Sabía que no quería herirlo, amaba a Lestat porque fue el único padre que conoció siempre. Ella lo idolatraba. Pero también comenzaba a fastidiarse de su conducta. Siempre tan entrometido, encima de los dos como si fuéramos niños e intentando saber qué hacíamos. Pronto pediría que lleváramos cámaras continuamente.

—Ya no soy una niña, soy mayor incluso que Viktor y he sufrido más. Además, incluso tú rompes las reglas. No es justo que me trates como una mocosa—decía todo aquello sin separarse un milímetro de mí, su prometido, con miedo aún a que pudieran castigarme.


—Lestat, pasas demasiado tiempo con Marius y te estás cubriendo de gloria—comentó Armand.

—Haces lo mismo con Sybelle—le reprochó.

—Sólo cuando hay vampiros peligrosos sueltos por la ciudad, entonces sí puedo ser algo menos indulgente. Sin embargo, jamás la trataría como algo que no es. Cometiste un error terrible con Claudia, ¿vas a cometerlo ahora con este par de hijos que te ha dado la fortuna y la ciencia?—preguntó mirándolo a los ojos—. Te vas a convertir en Marius a este paso, Lestat. Harás que todos cumplan tus reglas como un maldito tirano, logrando así que la inmortalidad deje de ser atractiva y comience a serlo el sol, el fuego y la decapitación.

—Sólo quiero protegerla—le reprochó—. Ya viste que ocurrió cuando la dejé ser...

—Pero ya no es humana—dije interviniendo porque ya no podía aguantarme más—. Ya no es humana y yo tampoco lo soy. Podemos hacernos cargo de nosotros mismos—rodeé a Rose para calmarla mientras miraba a mi padre conteniéndose las ganas de llorar. Estaba dándose cuenta que no podía domesticarnos, que eso sólo traería fatales consecuencias para todos.

—Lestat, ya nadie puede dañarme. Te tengo a ti, a Viktor y a la Tribu... ¿acaso no es suficiente? No soy humana, viviré toda mi vida a tu lado y nadie podrá apartarme de ustedes. Pero no me hagas lo que le hiciste a Claudia, deja de tratarme como a una niña. No soy tu pequeña. Ya no tienes que venir a besar mi frente, arroparme y contarme un cuento para sentirme amada. Ni siquiera tienes que llamarme cada día para saber dónde estoy o si me he alimentado. Eres mi tío Lestan, mi adorado tío Lestan, el hombre que me salvó la vida cuando era una niña demasiado inocente y el que me ha convertido en una mujer con sus consejos. ¿Dónde está el hombre que me dijo que podía hacer todo lo que quisiera? ¿Está ahí? ¿Está en alguna parte?— alargó un brazo hacia su adorado tío y padre, acariciándole la muñeca y los dedos de su mano derecha con cariño. Sus ojos mostraban un amor ferviente que en parte me llenaba de celos. Yo no tenía ese vínculo con mi padre y tampoco con mi madre, ella era demasiado desentendida de sus labores como tal. Si bien admiraba a ambos y me sentía querido—Deja que por fin tenga libertad sin nadie que me obligue a hacer lo que no quiero—susurró—. No me recuerdes mis encierros...

—Marchaos—dijo sin soltarse de esas caricias. Al parecer su discurso lleno de afecto y verdad había hecho que entrara en razón—. Aún así deseo saber en todo momento dónde estáis.

Sabía que no hacía falta que le dijéramos personalmente dónde estábamos. Amel estaba en nuestras venas, cabalgando sobre nuestros glóbulos rojos, incitándonos y llamándonos a ser y no ser. Miré a los ojos a mi padre y me acerqué a él para besar su mejilla. Sentía admiración, amor, respeto y a la vez miedo. Un miedo terrible a ser rechazado, a no ser el hijo que él quería o soñó tener. Sin embargo, apartó un segundo a Rose para abrazarme.

La primera vez que me abrazó creí que me caía al suelo. Había soñado toda mi vida con conocer a mi padre, el vampiro de las grandes proezas y el joven que soñó con ser artista. Todo mi mundo se resumía en querer ser el hijo predilecto, el hijo que todo hombre ama, y me comporté como ellos decidían. Quería pasar la prueba para que me presentaran a mi padre y entonces rogarle libertad, ser como él y decirle que lo admiraba. Pero todo se fue al diablo. Lo único que pude hacer fue contestar a su necesidad de saber de mí. Mi admiración creció como mi miedo. En esos momentos, en los que sentí su colonia y su calor, no pude contenerme y acabé llorando hasta que él me apaciguó con un par de golpes en la espalda.


Después tomé la mano de Rose, mientras me secaba con un pañuelo de seda que había dejado en el bolsillo de mi chaqueta, para marcharnos al teatro. La función ya había comenzado, estaba seguro, pero no me importaba. El primer acto no era el importante, ni el más maravilloso de todos, y la representación ya la habíamos visto unas diez veces en lo que iba de mes.  

jueves, 18 de agosto de 2016

Madurez

Durante unos días vamos a subir estas memorias donde participamos bastantes. Será bastante extenso.


Lestat de Lioncourt 




Desde que era un niño había imaginado con convertirme en vampiro. Algunos imaginan su madurez con una carrera terminada, ascensos, hijos o grandes viajes de ensueño en un álbum de fotografías. Para mi desgracia eso era imposible de codiciar porque conocía una verdad que muchos no se atrevían ni por asomo a conocer o aceptar. He vivido rodeado de vampiros. Sé que existen porque los he visto alimentarse, aguantar sus impulsos o simplemente jugar a ser Dios consigo mismos. Ahora soy uno de ellos, pero además aspiro a algo más que es no defraudar a las personas que amo. Entre esas personas está Rose.

Mi interrupción en su vida fue bastante inesperada y extraña. Admito que me hubiese aterrado de haber estado en su pellejo. Sin embargo es una mujer con una mente brillante, paciencia y un amor increíble hacia los demás. Pese a todo lo que ha sufrido no ha puesto muros demasiado altos para que yo pudiera treparlos. Tanto ella como yo hemos aceptado este “Don” para vivir por siempre. Aunque ya ha quedado demostrado que no siempre se vive hasta el fin de los tiempos.

—Rose, por favor—dije situado en el centro del salón de un pequeño apartamento neoyorquino. Estaba con las entradas para la ópera en la mano y me encontraba visiblemente nervioso. Todavía no me había alimentado y ella tampoco. El tiempo se nos echaba encima.

—Ya voy—dijo con voz apurada como si el mundo fuese acabarse en ese mismo instante—. No encuentro mi collar de perlas ni los zarcillos, ¿los has visto?

Se movía por todo el pequeño apartamento que habíamos adquirido en Nueva York, el cual era cada vez más minúsculo cuando el resto decidía sorpresivamente aparecer para vigilarnos de cerca. Iba desesperada, como alma que se lleva al diablo, buscando por el cuarto el joyero debajo de sus interminables pilas de libros. No había espacio para los suyos ni para los míos. Debimos comprar un loft menos céntrico, pero las vistas a la Gran Manzana eran magníficas. Sabía que teníamos que irnos ya, pero la vanidad adquirida por todos los años bajo la crianza de sus tías y nuestro padre le impedía salir sin verde perfecta. Admito que yo a veces también peco de vanidad, orgullo y cierto egocentrismo. Supongo que está en la genética.

—Ponte cualquier pendiente, Rose—contesté a sabiendas que esa respuesta podía tener peligrosas consecuencias—. Las joyas no tienen poder especial en ti, pues eres demasiado hermosa. Con o sin ellas tendrás un aspecto envidiable—no mentía. Rose poseía una belleza que te atravesaba el alma.

Jamás había visto a una mujer tan hermosa recién levantada, con ojeras y el cabello revuelto. De hecho, prefería esa chica tímida que se hundía en el mar de sábanas, completamente azorada por la vergüenza del final de una larga noche, que la mujer que quería verse perfecta en cualquier instante. Ambos habíamos tenido una cuidada educación, pero mis genes rebeldes siempre habían luchado por rebatir cada ley o reprimenda por parte de Faared, Seth o mi madre.

—Pero es que cualquier pendiente no va con esto— contestó señalando el largo vestido, color turquesa y sin espalda, que llevaba puesto. —Juro que lo dejé junto a Dickens... ¿o era Austen?—murmuró quedándose un momento pensativa. Miraba los libros e intentaba recordar. Entonces pude percibir un destello en sus ojos y sonrió aliviada—Ya recuerdo. Louis los dejó en su rincón de lectura para que no los perdiera.

De improvisto se tomó las faldas y corrió hasta el pequeño rincón donde solía descansar nuestro “fiero guardián”. Aunque en realidad era el menos molesto de todos. A decir verdad quien más me incordiaba era Marius que podía parecer un sabueso bien entrenado cuando quería dar con nosotros. Hurgó entre los libros, bajo la chaqueta que se había dejado el amante eterno de mi padre, y finalmente sacó un pequeño joyero que estaba oculto tras un montón de documentos que ni siquiera sabía qué demonios hacían ahí.

No entendía por qué mi padre se había empeñado en ponernos durante un tiempo, algunos meses, como escolta a Louis o Armand. Se turnaban cada pocas semanas, iban y venían, para que no estuviéramos solos en esta nueva etapa. Yo sabía qué había que hacer porque conocía todos los misterios de la inmortalidad. Me sentía como un niño pequeño con una niñera.

Regresó hasta a mí con una enorme sonrisa dando una vuelta sobre sí misma. En el camino se había colocado los pendientes y terminaba de ponerse el collar de perlas cuando me miró esperando mi reacción.

—Estoy lista, ¿ya ves que me veo más bonita así?

Iba a replicar que cualquier pendiente valía, incluso si no quería ponerse joya alguna, cuando tuve que cerrar la boca y pasar saliva. Aún no comprendía del todo la suerte que había tenido al poder sostenerla entre mis brazos. Era una mujer extremadamente hermosa y su inteligencia era igual de admirable que su dulzura y paciencia.

—Tú siempre te verás hermosa, Rose—dije antes de acercarme a ella para dejar un pudoroso beso en su mejilla.

A veces no sabía cómo acercarme porque sentía que iba a romperla. Había pasado por tantos peligros y sobrevivido a tantos desastres que temía ser una carga para ella. Sólo quería cuidarla. Aunque no deseaba ser como mi padre que quería enjaularla en una caja de cristal para que nadie, ni siquiera el polvo, la tocase. Pude percibir que al sentir el roce de mis labios sonrió, como sonríe un ángel, mientras sus mejillas se iluminaban.

—Es hora de irnos, no quiero torturarte más con mis tonterías— dijo ofreciéndome la mano para que al fin la guiara hasta la puerta. Siempre confiaba en mí de forma ciega y eso a veces me hacía sentirme aliviado. Admito que siempre tenía ciertos celos que calmaba cuando veía su mirada limpia, llena de amor y con ese candor especial.

—No son tonterías. Tú tienes razón siempre—dije terminando de colgar su brazo del mío de camino a la puerta del apartamento.

Louis se quedaría allí, pero sabía que mandaría un mensaje rápido a Armand para que nos vigilara. Detestaba sentirme acorralado. Sabía que era por seguridad, ¿pero tenía que ser así siempre? ¿Todas las malditas noches? Me agotaba.

Logré alcanzar el ascensor a su lado, pulsar la planta baja y salir a la entrada del edificio donde el portero nos abrió la puerta invitándonos a salir hacia una de las avenidas más bulliciosas que tenía la ciudad. A tres manzanas estaba el teatro al que asistiríamos, pero antes debíamos encontrar alguna víctima decente para calentarnos.

—¿Te molestaría si está vez escojo a algún hombre?—me dijo murmurando sólo para mí, mientras veía a la gente pasear por las calles con las prisas habituales. Era un hervidero de almas. La ciudad parecía que no descansaba jamás. Los negocios más prestigiosos aún estaban abiertos para que sus atareados compradores habituales terminaran de hacer sus respectivas compras. Así era Nueva York.
—Lestat y Louis nunca me dejan ir por hombres, creo que es porque me consideran muy torpe para atraerlos, no sé ser sensual— Intentó que sonara como una broma, aunque no supo si lo consiguió de la manera que esperaba.


—No es por eso—le aseguré mientras caminábamos por la avenida con aquellas prendas que provocaba que muchos nos miraban con cierto asombro. Ella era atractiva y yo llevaba un buen traje—. Saben por qué es. No quieren que revivas ciertos momentos si la víctima termina siendo violento. Deberías comprender que quieren protegerte.

—Soy inmortal, los humanos ya no pueden hacerme daño—decía. Pero eso era relativo. Cualquier humano con un lanzallamas podía destrozarnos—. Llevo la sangre de Lestat en las venas, soy más fuerte que muchos neófitos que andan libres por el mundo. Todos pueden elegir, ¿por qué yo no puedo?

Percibí que no quería exaltarse conmigo, pues no tenía culpa de nada, pero estaba molesta. Creo que se sentía como una niña pequeña. De hecho creo que ambos nos sentíamos como niños pequeños cuando ya habíamos terminado la adolescencia. Mucho antes de ser vampiros, antes de siquiera tropezarnos, habíamos empezado nuestras respectivas carreras. Yo la estaba terminando a distancia y ella hacía lo mismo con la suya. El único motivo por el cual lo hacíamos era por mera testarudez y amor a nuestros estudios. Habíamos empezado y lo terminaríamos. ¡Ja! Me pregunto a quién habremos salido...

—Incluso el hecho de que no podamos estar solos es culpa mía, tú no necesitas que nadie cuide de ti— suspiró con cansancio y volteó a verme. Esos ojos azules eran demasiado hermosos. Caía obnubilado con facilidad, como si me hechizara. —Lamento tanto que odies sentirte vigilado porque se me considera tan débil...

De repente, con una sonrisa traviesa, se puso delante mía para hablar rápidamente. No supe que pretendía, pues no me dio tiempo siquiera a comprender todo lo que me expuso rápidamente como si estuviese siendo perseguida por ese extraño espíritu llamado Memnoch, ese que ahora mi padre decía no temer y que a mí me daba profunda curiosidad.

—Pero está noche tengo una idea, tú irás por un lado y yo iré por otro. Armand no puede seguirnos a ambos así que se irá tras de mí, así tú podrás ser libre un rato. No correré ningún peligro pues él me protegerá si algo pasa. Nos encontraremos en la entrada de la ópera, justo a tiempo para entrar—me tomó ambas mejillas entre sus manos para alzarse de puntillas a darme un beso suave, sólo un roce, en mis labios y salió disparada por un callejón tan rápida como pudo.

—No estoy muy convencido de...—iba diciendo cuando desapreció.

No quería dejarla sola. Odiaba el sentimiento de vacío que generaba en mí cuando la tenía lejos. Además, ciertos celos se apoderaron de mí mientras me decía a mí mismo que sólo eran presas, alimento sin más, y que muchas veces eran tan despreciables que hasta sentías nauseas. Apreté los puños intentando recomponerme mientras pensaba adónde podía ir.

Sopesé varias posibilidades y acabé eligiendo la más cómoda. No muy lejos de allí había un bar coqueto, con poco personal, que siempre se llenaba de una parroquia muy peculiar. Eran gentuza, pero sabían vestir apropiadamente y solían reírse de todos los pobres ingenuos que estafaban. Había banqueros, políticos y jueces que entre ellos hacían grandes negocios con importantes personalidades de la bolsa y empresas internacionales.

Entré caminando entre ellos, con aquel elegante traje que llamaba la atención por como quedaba en un hombre tan joven, para sentarme al fondo mientras me tenían la carta de bebidas. Muchos de los allí presentes eran presas fáciles, pero yo detestaba lo fácil. Quería ir por lo más difícil. Rose no. ella estaba eligiendo una víctima que Lestat jamás querría para ella. No era una chica joven, ni una pobre anciana o una insalubre mujerzuela que tenía de todo salvo felicidad. Según las estadísticas en la ciudad había menos mujeres criminales y los hombres estaban vetados para ella. Por supuesto, era imposible pensar que se acercara un hombre con aspecto amenazador. Hoy era el día en que se probaría a sí misma y a la Tribu que podía hacerlo sin volver a victimizarse por los recuerdos de su ex.

Sentía cerca a Armand, ella sabía que no iba a dejarla sola, aunque corría tan rápido como podía para evitarse problemas por haberse separado de Viktor. Andando entre los callejones vio a un hombre que se escondía entre las sombras, si jugaba a la chica desorientada e inocente lo más seguro es que él se acercara sin sospechar nada, así que comenzó por abrazarse a sí misma y fingir que temblaba de miedo mientras caminaba de frente a su presa.

Sin embargo, el hombre que se acercó a mí era muy distinto. Era un tipejo de edad madura con buen traje, fragancia italiana y sonrisa canalla. A veces podía parecer para ellos un chico de compañía, lo que vulgarmente se llama prostituto, porque no podían creer que un hombre joven, y menos de dieciocho años, pululara por esos ambientes tan cotizados. Si bien, siempre tanteaban el terreno por si estaban topándose con un heredero y metiéndose en un lío.

—¿Sólo?—preguntó mientras yo seguía leyendo la carta—. ¿Puedo sentarme?—su voz era aterciopelada, pero en sus pensamientos salvajes gruñía como un perro en celo sobre mi cuerpo. Podía notar el deseo fluir por cada poro, derramándose en minúsculas gotas de sudor, mientras me saboreaba sin siquiera tocarme.

—Sí, claro—dije cerrando la carta mirándole a los ojos sin miedo y con una seductora sonrisa que superaba a las de mi padre.

—Me pregunto qué hace un muchacho como tú aquí, pues es un sitio de negocios—dijo siendo para mi gusto demasiado encantador, pero como he dicho tanteaba el negocio.


—Vine a ver que se cuece. Mi padre tiene un negocio importante entre manos, ¿sabe?—respondí aunque no me creyó, pues se notaba que mentía porque esquivaba la mirada y mi voz se quebró un segundo. Pero no mentía por ser un pobre desdichado vendiendo su cuerpo, sino porque había venido buscando una presa.


Mientras caminaba, Rose vio que el hombre posaba sus ojos en ella, no era muy alto y se veía un poco obseo. Sentía a Armand tras de ella, también oculto y observando atento, le agradeció mentalmente dejarla sola, esperando que la escuchara. Cuando estaba a menos de cinco metros, el tipo salió con una sonrisa de su escondite.

—Hola dulzura, ¿qué hace una chica tan guapa en un lugar como este?—

—Yo me... me he perdido— titubeó para parecer asustada, aunque al oler la sangre y sentir lo hambrienta que estaba lo que quería era saltar encima y correr para buscar a Viktor —¿Sabe... usted... por dónde se llega a alguna avenida?—

—Creo que te puedo ayudar cariño, pero primero tendrás que ayudarme tú a mí— le pareció asqueroso cuando su sonrisa se ensanchó y se acercó a ella claramente considerándose una amenaza mientras se tomaba el inicio del pantalón y secaba una navaja de su bolsillo derecho, la rabia la inundo por completo pero aún así siguió el juego y dio dos pasos atrás.

—No te creo—respondió riendo bajo—. ¿Cuánto cobras?

—Aún no terminé derecho, señor—dije sin pestañear antes de ver como Marius entraba.

Sabía que me iba a espantar a la presa, lo sabía. Ese maldito milenario siempre estaba olfateando mi rastro. A veces nos ponían perros de presa formidables y él era el mejor. Quizás estaba tan acostumbrado en seguir los pasos de mi padre que, por obvias razones, podía encontrarme con sólo chasquear los dedos.

—Disculpe, caballero, pero debo llevarme al jovencito—comentó.

—Yo lo vi primero. Búscate a otra puta—aquello me ofendió. Realmente sabía que me ofendería cuando mencionase esa palabra, pero no por el trabajo sino por el desprecio que tenían estas personas hacia los ilusos que cumplían esos favores por dinero.

—Papá...—dije percibiendo como no era el único que estaba furioso. Si llamé padre a Marius es porque él fue el elegido para que me transformara en lo que soy. De algún modo era mi padre y mi hermano, pues todos teníamos a Amel conectándonos como si fuéramos uno.


Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt