Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Viktor de Lioncourt. Mostrar todas las entradas
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sábado, 22 de abril de 2017

Guía de vida

—¿Alguna vez has imaginado el mundo de forma distinta?—pregunté aquello cuando la descubrí en el jardín.

No sabía que había regresado a este lugar, el cual para ella era el símbolo de una vida indigna y cruel. Sabía que el castillo, cada una de sus piedras, era una pesada carga que aún la aplastaba. No obstante, estaba allí. Había ido hasta la pesada puerta principal y se había detenido a observar el escudo de armas que lucía en su parte superior.

—Siempre—dijo sin mirarme—. Por eso decidí viajar—susurró girándose con una sonrisa en los labios y prosiguió hablando—. Deseaba contemplar los distintos lugares, incluso los más recónditos, para dejar de imaginar y tener una visión clara y profunda de todo.

—No me refería a eso, madre—me acerqué a ella y la estreché entre mis brazos. Ella aceptó ese breve contacto para luego colocar sus manos en mi rostro. Sus ojos brillaban como las perseidas antes de caer.

—Oh, te refieres a cambiarlo—respondió.

—Sí. Imaginar que puedes cambiarlo.

Había imaginado mil veces que lograba cambiarlo, pero por mucho que me atreviese a ello me daba cuenta que no lo lograba. Sí, salía victorioso de mis aventuras, pero no siempre tenía ese resultado que me hiciese sentir feliz, orgulloso o capaz de lograr algo más inmenso. En ocasiones tenía que quedarme a solas conmigo mismo y meditar. Entonces, en medio de mis palabras y pensamientos, me daba cuenta que había cambiado yo más que el mundo mismo.

—Todos lo hemos hecho hasta percatarnos que el mundo nos cambia a nosotros, nos llena de una madurez auténtica y de heridas que no pueden cauterizarse. Aún así se sigue intentando hasta lograrse. Me he caído muchas veces, Lestat. He sentido como desgarraban la piel de mi alma hasta convertirme en algo que nunca he sido ni seré...

Sus palabras siempre habían tenido un fuerte impacto. Sin embargo, aquella noche fueron golpes duros que me hicieron despertar. A veces nos creemos diferentes, pero no es así. Todos tenemos momentos similares aunque los vivimos de forma distinta, en circunstancias diferentes y en ocasiones más de una vez. Nos enfrentamos a un mundo que puede ser impredecible, pero también a las consecuencias de nuestras acciones. Por eso siempre he hecho lo que he creído oportuno o aquello que realmente ansiaba. No he desperdiciado ni una sola oportunidad. Ella me hizo ver que no hacer aquello que uno ansía es permitir que un pequeño punto oscuro, por minúsculo que pareciese, nos consumiese.

—Yo también—respondí casi sin aliento.

—Cuando te dije que nunca te rindieras es porque rendirse es de mediocres, de personas que no tienen ideales firmes y propósitos importantes. La única persona que puede decir que no vas a cumplir tus sueños eres tú. Si permites que otros o las circunstancias lo dicen, entonces eres débil.

Me estrechó de nuevo entre sus brazos y acarició mi nuca con sus largos dedos. Recordaba su rostro pálido, con el velo de la muerte en su mirada, y temblaba asustado. Sin embargo, eso fue hace mucho tiempo. Demasiado tiempo tal vez. Ahora ya no era así, ya no iba a morir y yo tampoco. Había logrado algo que todo hombre desea y es que su madre viva eternamente, que nunca le falle y pueda recurrir a ella cuando se tiene miedo. Cuando hablo de hombre hablo de hombres y mujeres, de seres humanos, de las criaturas que realmente somos pese a nuestra inmortalidad. Todos y cada uno deseamos que nuestras madres sean eternas.

—Madre...—balbuceé tras aspirar su aroma y me aparté para mirarla a los ojos.

—Dime—dijo con una sonrisa calma.

—Espero poder inculcar esto en mis hijos, en Rose y en Viktor—dije tomándola de las manos.

—Ya lo has hecho. Ya lo has hecho.


No sabía si era cierto, pero ella siempre se daba cuenta de las cosas mucho antes que yo. Supongo que lo había logrado al verlos unidos, desafiando a la vida eterna, para alcanzar el privilegio de vivir alguna aventura que sólo ellos podrían tener. Esperaba que nunca olvidaran esa lección como yo no lo hacía.  

viernes, 21 de abril de 2017

Nervios


Viktor es mi hijo, pero ella también.

Lestat de Lioncourt 


Desperté de golpe. No sabía dónde estaba. En esos momentos había olvidado incluso las últimas semanas de mi vida. Me encontré asustado y acorralado. Realmente el sueño me había sumido en un caos desafortunado lleno de un sabor amargo y algo ácido. Me llevé las manos al rostro intentando calmar mi respiración. Siempre había tenido miedo a los lugares demasiado cerrados y soñar con ser enterrado vivo me provocó un terrible impacto.

Supongo que no fue buena idea releer en los últimos días los libros donde mi padre era el protagonista principal de demasiadas aventuras llenas de infortunios, cargas pesadas, problemas de toda índole y victorias. Porque aunque caigas, y te rompas en mil pedazos, siempre tienes la opción de reconstruirte creando un nuevo ser siendo a la vez el mismo. La vida nos moldea, pero también nosotros permitimos hasta dónde y cómo.

Miré a mi alrededor intentando recordar dónde estaba, pero al verla a ella lo supe. Había estado esperando algo así durante años. Creo que siempre me sentí solo e incomprendido. Mi madre decidió abandonar la mortalidad cuando tenía apenas unos años, convirtiéndose así en un vampiro. Todos a mi alrededor tenían batas de científicos y doctores, pero en realidad eran seres dotados de una mente privilegiada, conocimientos que iban más allá de lo ofrecido a la sociedad y con unos poderes increíbles. Todos eran hermosos, jóvenes eternos, y poseían una fuerza magnífica. Por el contrario yo era un niño débil aunque con la salud de hierro.

Ella se había convertido en mi sustento en un mundo lleno de misterio. Una sonrisa simple, unas palabras llenas de amor, unos sentimientos complicados y una verdad difícil de asimilar. Eso era Rose. Demasiado hermosa, pero a la vez demasiado bondadosa. Sin embargo, había superado grandes conflictos éticos y una relación espantosa. Se convirtió en una mujer fuerte y yo la tenía a mi lado rendida a mis caprichos. Por un momento me sentí culpable, pero de inmediato emborroné todo con un sentimiento indescriptible.

No sabía cómo iba a ser la reacción de mi padre al vernos y saber que ambos estábamos unidos. Ella había sido criada, educada y amada por el hombre que me dio tan fantástica genética. Yo, sin embargo, había crecido al margen de su interés porque desconocía la verdad. Mi crianza fue distinta, pues lo hice entre tubos de ensayos y vampiros ensimismados en los datos de un enorme ordenador. Y la educación había sido esmerada, como la suya, pero lejos de los más prestigiosos colegios. Aún así era un universitario, como ella. Ambos teníamos unos conocimientos fantásticos para construir una familia maravillosa, pero habíamos asumido el riesgo de ir a Nueva York a encontrarnos con el hombre más importante en nuestras vidas: Lestat de Lioncourt, su padre adoptivo y mi padre biológico.

Justo en el momento en el cual decidí intentar dormir, pese al nerviosismo de todo lo que estaba por venir y de la propia pesadilla, ella se despertó. Pude sentir sus manos acariciando mi rostro, sus labios rozando los míos y el deseo insano de fundirnos de nuevo el uno en el otro. Me recosté en la cama y permití que me llenase de besos, caricias y palabras de amor. Por mi parte hice lo mismo. Necesitábamos algo más que sexo, necesitábamos corrompernos en un amor idílico que muchos tacharían de absurdo y extremadamente romántico para comprender que hubiese pasado en tan escasos días.


Esa mañana fue terrible y hermosa a la vez, al igual que la vida. Nos estábamos jugando la supervivencia y al final mi padre venció saliendo reforzado, igual que un héroe griego. No entiendo como alguien puede odiarlo o despreciarlo, pero supongo que todo héroe tiene que tener alguien que lo aborrezca. Si bien, siempre le estaré agradecido el haber salvado a Rose. Él salvó mi alma y el alma de una mujer dulce, sensible, inteligente, tenaz y firme en sus creencias.  

lunes, 13 de febrero de 2017

Mi lugar

Viktor es mi mayor esperanza, junto con Rose.


Lestat de Lioncourt


Por alguna razón todos hemos intentado encontrar nuestro lugar en el mundo. Algunos empiezan desde que son tan sólo unos niños, otros no llegan a semejante conclusión y deseo hasta que la edad adulta casi llega a su final. Soy de los primeros. Siempre quise saber el lugar en el cual debo o pretendo encajar. Me sentía excluido por mucho que intentaran que creyeran que era parte de un todo.

Mi madre siempre se esforzó porque tuviese una figura paterna a la cual idolatrar, aunque estuviese ausente. Desde temprana edad, rondando los ocho años, supe quién era mi padre y por qué fui concebido. Supongo que mi habilidad para asumir retos, afrontar momentos difíciles y soportar cierto peso en mis pequeños hombros, pues no dejaba de ser un niño, hizo que mi madre afrontara con temeridad y necesidad el confesarse.

Fui un hijo programado. Al menos, por parte de mi madre y el equipo de laboratorio. Mi padre no sabía nada, era ajeno a lo que iba a suceder. Si bien, pudo imaginar que inducirlo a tener encuentros sexuales, los cuales había deseado desde hacía siglos, era por algún motivo sospechoso. Nadie da algo por nada. Aunque todos sabemos como es él, ¿cierto? Lestat de Lioncourt a veces peca de entusiasta, crédulo y confiado. Son sus mayores defectos, pero asumo que pueden ser enormes virtudes. Sólo alguien entusiasta, confiado en sus capacidades y en la colaboración de sus compañeros, así como la creencia ciega en un futuro mejor podría salvar las ruinas en las cuales quedó nuestra Tribu. Bueno, ahora sabemos que somos una Tribu. Sin embargo, durante años hemos estado a la deriva, sin un nombre, sin un líder, divididos entre distintas razas y llenos de sombras sobre pequeños valles luminosos.

He hallado mi lugar. Un lugar distinto al que creí. Siempre pensé que sería al lado de los vampiros, de esa raza a la cual pertenecía mi padre desde hacía más de dos siglos. Sí, quería ser igual que el héroe de cientos, el Dios de unos pocos y el vampiro perfecto para muchos. Pero como he dicho, me equivocaba. Siempre puede uno equivocarse y a veces de forma rotunda. Mi lugar no era sólo con lo no-muertos, sino con ella.

Ella también buscaba su lugar en este mundo. Había empezado a estudiar e investigar sobre su futuro. Jamás había dejado de soñar, ilusionarse o pensar en posibilidades imposibles. Supongo que mi padre influyó demasiado en su educación. Él siempre le dijo que podía lograr todo lo que quisiera, todo lo que se propusiera. Supongo que pese a todo había algo en ella que exigía, de algún modo, encontrar un lugar donde poder desarrollarse como una rosa eterna. Cuando supo que su adorado tío Lestan, quien la salvó de una enorme catástrofe natural y le dio una vida cómoda, era un vampiro y que poseía un hijo se asombró, tardó en asumirlo algunas semanas y finalmente, con entereza y amor, se aferró a la bondad que posee la oscuridad. Pues siempre en la oscuridad creen que crecen las malas hierbas, pero en realidad lo hacen a plena luz del sol. No somos tan distintos a los humanos. De hecho, somos una mutación. Ella y yo ahora somos inmortales, hemos encontrado el lugar donde germinar como grandes flores en un jardín cada vez más salvaje. Somos las flores agrestes del ramillete aromático que Lestat lleva entre sus manos.


Mi lugar está a su lado, el suyo al mío. Jamás dejaremos de luchar por nuestros sueños, tal y como mi padre me ha inculcado a lo largo de sus aventuras, porque si uno no lucha ¿para qué vivir para siempre? Hay que luchar por el honor, la verdad, el amor y la pasión.  

domingo, 21 de agosto de 2016

Madurez IV

Y aquí finalizan sus memorias. Espero que les haya gustado conocer un poco más a Rose y a Viktor. 

Lestat de Lioncourt


Después tomé la mano de Rose, mientras me secaba con un pañuelo de seda que había dejado en el bolsillo de mi chaqueta, para marcharnos al teatro. Los transeúntes nos miraban como si fuéramos seres de otro mundo. A veces sentía que sabían que conteníamos cierto poder, sobre todo desde que conocí personalmente a hombres de Talamasca. Sabía que sentía tanta culpa, pero no era su culpa, por mucho que ella pudiese creer que lo era y martilleara en su alma como si fuese un cuervo siniestro sobre el busto de Palas. No, no era su culpa. Podría decirse que la culpa era de mi padre, que también su padre adoptivo y de sangre, porque a veces olvidaba que nosotros podíamos acometer las mismas locuras que él había hecho repetidas veces, que todavía hacía y que posiblemente haría hasta que el mundo explotara.

Mi traje no lucía perfectamente planchado por culpa del salvaje agarre que había sufrido, pero logré adecentarlo y pasaba desapercibido. Mis ojos azules se movía por los grises adoquines hasta sus zapatos de tacón, como si fuera una Cenicienta, para luego subir por sus tobillos hasta el borde de aquel elegante traje de noche. En un momento dado la tomé por la cintura y la hice girar junto a mí metiéndola en un callejón. Ella había bebido, pero yo aún no.

—Haremos algo—dije—. En el palco hay dos asiento más, posiblemente ocupados, y por ende beberé de los que estén allí. No sé si será hasta la última gota o sólo algunos sorbos. Juro que intentaré que sólo sean sorbos—comenté mirándola a los ojos mientras mis dedos se movían como arañas por su vientre. Estaba nervioso como un adicto a la cocaína porque la sed me descentraba, me ponía histérico, y podía incluso notar como bombeaban las venas de mi cerebro gritando que bebiera, que me saciara. Por eso, y no por otro motivo, dudaba que salieran ilesos los dos estirados que estuvieran con nosotros—. ¿Aceptas el trato?—pregunté antes de besarla hundiendo mi lengua entre sus carnosos labios mientras la pegaba contra mí. Era maravillosa, como maravilloso era el calor que me ofrecía aquel cuerpo aún tierno pese a la poderosa sangre que le daba vida, y yo, por supuesto, un iluso que amaba cada trozo de su piel como si fueran los pétalos de las rosas de un idílico jardín. Ella, por supuesto, respondió al beso con la misma intensidad. Acabó tomándome de la nuca acariciando mis cabellos más cortos y la otra, la diestra, rozaba mi mejilla y mentón con mimo.

—Acepto, pero al menos...—susurró apartando algunos cabellos que tapaban la parte izquierda de su cuello, ofreciéndole su piel desnuda —Bebe un poco de mí, así al menos podrás controlarte más. Por favor, es mi culpa que no hayas podido alimentarse aún.

—Si lo hago, Rose, dejaremos de tener la capacidad de contactar el uno con el otro—dije jadeando algo nervioso. Mis ojos brillaban y podía notar mis manos algo temblorosas—. Entremos al teatro—comenté apartando mis manos de ella para sacar de mi chaqueta las entradas.

Rápidamente la saqué del callejón y comenzamos a caminar hacia el cruce, tras este estaba el teatro. No había ya cola alguna para entrar, ni elegantes trajes y tampoco limusinas esperando que sus dueños bajasen para desfilar hacia el interior. La función llevaba más de quince minutos, pero no importaba. Pasamos por el vigilante, pidió las entradas y nos observó. Se detuvo varios segundos en mi rostro, memorizando mis facciones y pensando que era un adicto. Sí, demonios, era adicto y no me importaba. Mi única adicción era la sangre, si no contábamos el sabor de los besos de Rose.

Finalizaba el primer acto de Cyrano de Bergerac cuando logramos acceder. El público se ponía de pie. La mayoría parecía entusiasmada con la actuación, salvo el inútil con quien compartiríamos velada. En medio de la penumbra, mientras el telón estaba alzado, él se reclinó para cabecear. Había idiotas, muy idiotas y luego estaba él que malgastaba un asiento tan magnífico de una obra sensacional que estaba llenando la sala.

Al parecer su acompañante, una mujer, había salido a empolvarse la nariz. Así que yo senté a mi prometida cerca de la barandilla para que pudiese observar el centenar de almas que abarrotaban ese pequeño teatro, para hacer lo propio con el hombre que cayó seducido ante una pequeña conversación. Yo no era su tipo, eso estaba claro, pero cualquiera se rinde a los encantos de un jovencito y más si es un vampiro.

—Suelo venir con mi padre—le dije—. Pero yo me aburro, ¿sabe? Traje a mi hermana para que ella se distraiga.

—Es muy bonita—aseguró.

—Oh, sí, pero a mí me gustan los hombres maduros y sensibles—reí bajo golpeando suavemente su muslo provocando que me mirara con cierto deseo. Acto seguido se abalanzó sobre mí, pero yo no le dejé que me tocara demasiado. En menos de un minuto yacía sin pulso y yo al fin me relajaba.

Miré hacia el escenario con la silueta de Rose ocultando parte del espectáculo. Deseé estrecharla entre mis brazos mientras colocaba sutilmente al inútil en la silla de modo que parecía dormido, como si estuviera en brazos de un dios bondadoso, para luego tirar suavemente de ella y sentarla sobre mis piernas.

—Adivina... mañana podríamos ir a un lugar especial—dije escuchando los zapatos de tacón de la acompañante del idiota que había sido sólo mi aperitivo.

Sabía que se ponía celosa y esos celos me hacían sentirme más atractivo, cotizado y dichoso que cualquier halago que pudiese venir de sus labios. Aunque comprendía que se sintiese tonta, pues yo era absolutamente fiel y me había convertido en su guardián. Ambos éramos fuertes, poderosos, jóvenes y atractivos pero yo me volvía un perro agresivo si alguien se acercaba a ella con las intenciones de hacerle daño, aunque sólo fuese con una mirada despectiva. Era mucho peor que mi padre. Aún así jamás evitaba que pudiese hablar con otros, pero me mantenía atento por si las intenciones no era tan cándidas como las que ella podía llegar a creer. Acepto que lo sigo haciendo y ella, por supuesto, también.

Hace unos días me confesó que hubiese deseado ver como se deshizo de aquel imbécil que intentó atraparla, violarla y rajarla como a otras de sus víctimas. Aquel cretino maloliente que posiblemente se habría pasado más de una semana junto a las basuras sin que nadie se percatase que estaba muerto. También me confesó que se quedó algo avergonzada por no haber acabado con él por una tontería.

—¿Qué lugar? ¿Lo conozco?— dijo apartando cualquier otro pensamiento de su cabeza y me abrazó mimosa, prodigando besos a en mi frente y mejillas; en parte como disculpa y por otro lado porque quería decirse a sí misma que sería suyo toda la eternidad y no tenía porqué sentirse celosa de nadie.

—He pensado que podríamos tomar un vuelo inesperado, dejar Nueva York atrás y todo el continente americano, para desplazarnos a la vieja Europa. Deseo ir contigo a Roma—dije mirándola a los ojos notando un brillo, sólo un pequeño brillo, de celos que me encantó.

Me endulzaba la noche que fuese así, que aún tuviese esos pequeños ataques de celos y rápidamente se recompusiera. Mientras, tras nosotros, la mujer tomaba asiento y comenzaba a blasfemar porque aquel pobre imbécil, ese inútil sin modales, al fin se había dormido.

El segundo acto fue espléndido y lo pasé aferrado a ella en silencio. Mi mentón estaba sobre su hombro y mis labios rozaban su nuca. Podía ver perfectamente el escenario, los actores, escuchaba sus voces vibrar alzándose hasta la cúpula dorada y caer sobre los emocionados espectadores.

Aquella obra, mitad drama mitad comedia, era sin duda alguna una de mis favoritas. Podías sacar tanto en claro en cada frase, en cada gesto, y en cada oportunidad que tenían sus principales personajes que acababas amándolo aún más. Un hombre hermoso por dentro, pero feo por fuera, ayudando a que otro lograse ser feliz mientras él se cubría de dolor.

Por como sonreía podía decir que estaba encantada y, además, no se cortó en darme otro beso en los labios dejándome con una estúpida sonrisa. Amaba que fuese así de cariñosa y cómplice conmigo. Creo que por eso me enamoré de ella ciegamente cuando conversamos aquella primera vez. No dudó en tomar mis manos, reír a carcajadas con algunos de mis comentarios y apoyarse en mi hombro mientras me contaba las historias que conocía de mi padre. Sé más por ella de mi padre que por mi padre mismo y sus libros. Comprendo cada mueca porque son las mismas que ella me ha descrito.

Si le dije de llevarla a Europa fue porque desde que había podido ir con sus tías, las mujeres que hicieron la gran proeza de cuidarla y educarla mientras Lestat iba y venía, no había podido pisar de nuevo aquellos encantadores parajes y ciudades abarrotadas de personas algo distintas en mentalidad a las americanas o neoyorquinas. Era cierto que habíamos ido a Francia con mi padre, pero las reuniones eran tan agotadoras que ni siquiera habíamos disfrutado de París. Él de inmediato nos mandó con Armand para que nos vigilara como un perro de presa. Thorne estaba en la ciudad porque Jesse Reeves y David Talbot estaban terminando de arreglar la biblioteca y el templo de Maharet y Khayman, el cual quedó algo destruido por culpa de Rhosh y Benedict. Esos dos pelirrojos, uno de inteligencia aguda y otro torpe pero bondadoso, estaban siempre tras nuestros pasos.

Por otro lado sería un viaje cómplice, romántico, lleno de aventuras porque no iríamos con un guía ni con nadie que nos dijera dónde, cuándo, cómo y porqué estar en un edificio u otro. Quería ver las maravillosas esculturas de las numerosas fuentes italianas, dejarme llevar por los bucólicos paisajes de los viñedos de la Toscana, hundirme en el mar de las diversas zonas costeras, ir a los monumentos más atractivos y los museos más llamativos... ¡Y por supuesto! Quería llevar algunos frascos experimentales de Fareed para poder lograr retenerla entre mis brazos, hacerle el amor como meses atrás y seducirla durante toda la noche. Quería demasiadas cosas, esperaba demasiadas emociones en ese viaje.

Mientras pensaba en una cosa y otra, recreándome en emociones que aún no habíamos vivido, ella se quedó en mi regazo disfrutando del espectáculo, riendo y llorando al pasar de las escenas, y acariciando mis manos.

Por otro lado me mantuve al margen de aquella mujer, dejándola viva, para pedirle a Rose que nos marcháramos antes de terminar el último acto. Sabía que le emocionaba la obra, pero no podía permitir que encontraran el cadáver con nosotros allí. Tendríamos que hacer declaraciones y era mejor huir antes que cualquier cosa pudiese pasar.

A nuestra salida noté la brisa cálida del verano, deseé que el mundo se parara en ese instante y que me evitara estar perseguido como si fuese un delincuente. Mi padre se marchaba a una nueva aventura y nos dejaba a lo dos sometidos a sus espías. Toda la ciudad estaba llena de ojos para mí, aunque sólo fueran un puñado de inmortales. Sabía de mi molestia de ser perseguido por los mayores, ella también la sentía. Se abrazó a mí y le dio un beso a su mejilla antes de susurrarme al oído.

—Llevame a casa, tenemos mucho qué empacar, ¿no, mi amor?—dijo con sus ojos brillantes por la idea que había tenido.

¡Ah! Casi la tomo en volandas y echo a correr como un maldito demente. Podía hacer que el mundo quedase a un lado, incluso el tráfico de las calles, para convertirme en una máquina de guerra que arrollaría a cualquiera por entrar en el edificio, tomar las maletas y meter algunos libros, unas cuantas camisas, pantalones, suéteres finos, mudas limpias y algunos zapatos cómodos para el viaje. Incluso era capaz de hacer la suya. Con un par de maletas bastaba. Además, teníamos cuentas cargadas de ceros porque todos nos habían ofrecido su apoyo y yo estaba emprendiendo ciertos negocios.

¿No había terminado ella sus estudios? ¿No había terminado yo los míos? Este año de carrera había sido concluido por cursos en línea gracias a ciertos programas de ordenador y porque mi padre logró personarse en las diversas universidades, junto con Fareed y Seth, para abogar porque nos diesen esos permisos especiales aunque el curso ya había comenzado. Sí, estudiábamos. Pero no estudiamos como los idiotas de los libros más insufribles que he podido leer. ¡Absolutamente no! Yo quería terminar la carrera porque ya empiezo algo lo termino. Mis notas eran excelentes y también las de Rose. No teníamos porqué estar un verano encerrado en Nueva York por muy buenos espectáculos que tuviesen los teatros, por grandes conciertos al aire libre que se diese en los diversos parques o estadios. ¡No, demonios! Merecíamos viajar libres como cualquier joven.

Al llegar al apartamento corrimos los dos de un lado a otro. Estábamos frenéticos y reíamos a carcajadas. Recuerdo que me tuve que sentar sobre su maleta para que pudiese cerrarla y ella hizo lo mismo con la mía. Cuando nos dimos cuenta había pasado una hora. Después bajé al parking y tomé mi Mercedes, dejé las maletas dentro del maletero y conduje hasta el aeropuerto. No teníamos billetes, pero podíamos comprar unos de última hora en primera clase. En primera clase siempre sobraban algunos asientos y conseguimos uno de un vuelo que iba a despegar casi de inmediato.

—Cariño, di adiós a las cadenas de papá—dije guiñándole un ojo.

—Adiós, tito Lestan. Adiós, normas. Adiós a todos...—comentó aferrándose con fuerza a mi brazo mientras reía.

La chica no podía comprender porqué estábamos tan radiantes, pues sólo era un viaje. Pero comprendió pronto todo cuando pudo ver mi anillo de compromiso en mi mano. Oh, sí. Yo le había pedido matrimonio aunque no era algo habitual entre los inmortales. Esa clase de cosas son para humanos, pero ¿no éramos en parte una mutación? No dejábamos de ser por completo humanos.

En el avión estuve besando a Rose todo el tiempo. Llevaba algunos tubos de hormonas para ambos que no había usado. Había robado algunos a Fareed la última vez que entré en su laboratorio. Aunque tampoco puedo decir que los robé porque me los pasó mi madre de contrabando y Seth se echó a reír por mi descarada reacción.

Todo fue magnífico las primeras horas. Llegamos al hotel casi a punto de ver el amanecer y nos encerramos en la habitación. Dormimos desnudos, pegados uno al otro, en una inmensa cama de matrimonio en una de las suite de lujo de uno de los hoteles con más encanto y belleza. Al despertar tuve la pesada sensación que algo iba a ir mal, pero evité decirle nada a Rose. Nos tomamos un baño juntos, nos acicalamos y bajamos al hall para dejar las llaves. Queríamos pasear. Esa noche sería una aventura.

Y menuda aventura...

Nada más pasar dos avenidas, recorrer un parque y pararnos frente a una coqueta cafetería muy elegante nos encontramos a Landen paseando con Marius, ambos discutían. ¿Y cuál era la discusión? Pues nosotros...

—Pueden quedarse en Roma todo el tiempo que quieran. Si tienen algún contratiempo siempre pueden buscarme—decía meneando suavemente la cabeza—. Ah, Marius, no impongas aquí tus reglas de tirano porque no voy a permitírtelo.

—Me envía su padre—dijo.

—Como si te envía Dios mismo, que no existe, por su orden y mandato divino—respondió situándose frente a él sin temor alguno aunque era más enjuto, joven y, por ende, más débil.

—¡Ahí están!—gritó echando a correr hacia nosotros.

No nos movimos. Sabíamos que si huíamos iba a ser peor. La bronca fue subiendo de tono hasta que Landen intervino pidiendo la palabra. Persuadió a Marius, aunque nos amonestó por marcharnos de Nueva York sin dejar claro nuestro paradero. Sonreí satisfecho cuando nos aseguró que él vigilaría porque tuviéramos una estancia cómoda, que podríamos incluso visitarlo a su modesta vivienda, y que no pasaría nada. Además, acabó llamando a mi padre y diciéndole que él sería nuestra carabina. Marius tuvo que retroceder en su empeño en llevarnos con él, entró en un callejón y se marchó gracias a su don para volar. Por nuestra parte nos echamos a reír cuando Landen se despidió exigiendo únicamente que nos reportáramos alguna noche para poder visitarlo, “tomar” un café con él y hablar de nuestras pequeñas aventuras.


¡Roma era nuestra!  

sábado, 20 de agosto de 2016

Madurez III

Seguimos con estas memorias... de verdad... "De tal palo tal astilla".

Lestat de Lioncourt 


Hizo que caminara a su lado, atándome en corto como quien dice, porque para él era el enemigo si se trataba de su querida, adorada y amada Rose. Podía ser su hijo, pero con quien se había desvivido todos esos años era con ella.

En cuanto Armand le confesó que ambos estábamos cerca sus nervios aumentaron de golpe. De inmediato comenzó a correr por las calles por donde podía sentirme, como si mi perfume la atrajera como una flor a las abejas. En el segundo que vio a ambos corrió con más fuerza aún hasta dar con mis brazos, los cuales se abrieron rápidamente para sentirla pegada a mí. Tiritaba como una hoja en mitad de una fuerte ventisca.

—¡Fue mi culpa, lo juro tito Lestan!—dijo girándose para ver a Lestat con los ojos llorosos por el remordimiento que sentía—¡Yo eché a correr, fue todo mi idea! Castígame a mi y no a Viktor, si no ¡Me haré yo misma todo lo que le hagan a él!

No quería que la castigaran por mi culpa. Aunque tampoco lo permitiría si así fuese. Me sentía culpable por no quitarle esa idea de la cabeza, pero ambos éramos demasiado rebeldes, testarudos... demasiado Lioncourt.

—Tus escoltas son unos inútiles—reprochó a Armand.

—Marius ha dado con él, ¿no?—dijo encogiéndose de hombros.

—Él no es parte de tu equipo de seguridad—respondió apretando los puños.

No lo era. Thorne era parte del equipo de seguridad de Armand, junto a Antoine que a veces vagaba de club nocturno en club nocturno para cazar nuevos talentos y aprender de ellos. Pero Marius simplemente me seguía la pista porque era su responsabilidad, o al menos así lo veía él en su retorcida mente milenaria, al haberme dado la sangre y esta oportunidad magnífica de conocer el mundo por mis propios medios. Aunque, ¿conocía mundo? Sólo Nueva York y las fortalezas donde Fareed y Seth me enclaustraban para ver la evolución de mi ADN tras adquirir aquella poderosa sangre milenaria.

—No, pero olfatea bien a su creado y eso es lo que cuenta—respondió—. Hubiese dado cualquier cosa por ver la cara de sorpresa de Viktor al ver a Marius, ¿cómo fue? ¿Puedes recrearla para mí?—murmuró con cierta sorna. Casi le faltaba dar pequeños brincos y aplaudir completamente entusiasmado con la sola idea de verme sufrir una derrota tan humillante—. Tu hija se defiende bien, él es mayorcito y tú le has enseñado casi todo. Marius, inclusive, ha hecho que sea más fuerte de lo que fuiste a sus años. ¿Qué esperabas, Lestat?—dijo alzando una de sus delgadas cejas mientras echaba hacia atrás sus brazos. Parecía un muchachito más y no un inmortal regodeándose ante la sola idea de ver a mi padre, el Príncipe de los Vampiros, sufrir por una niñería—. Son iguales a ti, los dos son tercos como mulas y disfrutan quebrando reglas. Cuanto más les impongas más se alejarán de ti.

—No me alejaría de mi padre y Rose tampoco—no pude contenerme porque esas últimas frases estaban de más.

—Estás quebrando sus normas, Viktor—aseguró mirándome con esos enormes ojos castaños—. No es la primera vez.

—Ni será la última—respondí sin titubeos—. Me gusta quebrar las reglas que se nos imponen porque es así como todos nosotros, incluyendo a Marius que es quien las ha elaborado, hemos aprendido. Se aprende de los errores y no de los consejos—aseguré mirando primero a Armand y luego a mi padre—. Aunque es cierto que...

—Rose, no quiero verte rondando hombres—intervino nuestro padre—. No quiero que te alejes de Viktor. No voy a permitir que te acerques a escoria, te guste o no, y vas a obedecerme o terminarás escoltada por Sevraine y sus mujeres—mientras hablaba Armand suspiraba como si se hubiese olido ese discurso—. Y tú, niño insolente, la próxima vez que intentes entrar en ese tipo de antros te juro que iré yo mismo a golpearte.

—A tugurios peores vas, papá—aseguré.

—No me lleves la contraria—dijo clavando sus ojos azules de tonalidades violáceas en los míos. Sabía como imponerse, pero conmigo no iban esos trucos.

—¿Qué has dicho? ¿Qué no quieres que haga lo mismo que haces tú con el resto?—sonreí antes de tragarme mis propias palabras sólo con la mirada que me echó—. Lo siento...

—Si te atreves a separarme de Viktor, me tiraré a la hoguera yo misma; peor aún, dejaré que el Sol me lleve tal como pasó con Claudia.

Sabía que no quería herirlo, amaba a Lestat porque fue el único padre que conoció siempre. Ella lo idolatraba. Pero también comenzaba a fastidiarse de su conducta. Siempre tan entrometido, encima de los dos como si fuéramos niños e intentando saber qué hacíamos. Pronto pediría que lleváramos cámaras continuamente.

—Ya no soy una niña, soy mayor incluso que Viktor y he sufrido más. Además, incluso tú rompes las reglas. No es justo que me trates como una mocosa—decía todo aquello sin separarse un milímetro de mí, su prometido, con miedo aún a que pudieran castigarme.


—Lestat, pasas demasiado tiempo con Marius y te estás cubriendo de gloria—comentó Armand.

—Haces lo mismo con Sybelle—le reprochó.

—Sólo cuando hay vampiros peligrosos sueltos por la ciudad, entonces sí puedo ser algo menos indulgente. Sin embargo, jamás la trataría como algo que no es. Cometiste un error terrible con Claudia, ¿vas a cometerlo ahora con este par de hijos que te ha dado la fortuna y la ciencia?—preguntó mirándolo a los ojos—. Te vas a convertir en Marius a este paso, Lestat. Harás que todos cumplan tus reglas como un maldito tirano, logrando así que la inmortalidad deje de ser atractiva y comience a serlo el sol, el fuego y la decapitación.

—Sólo quiero protegerla—le reprochó—. Ya viste que ocurrió cuando la dejé ser...

—Pero ya no es humana—dije interviniendo porque ya no podía aguantarme más—. Ya no es humana y yo tampoco lo soy. Podemos hacernos cargo de nosotros mismos—rodeé a Rose para calmarla mientras miraba a mi padre conteniéndose las ganas de llorar. Estaba dándose cuenta que no podía domesticarnos, que eso sólo traería fatales consecuencias para todos.

—Lestat, ya nadie puede dañarme. Te tengo a ti, a Viktor y a la Tribu... ¿acaso no es suficiente? No soy humana, viviré toda mi vida a tu lado y nadie podrá apartarme de ustedes. Pero no me hagas lo que le hiciste a Claudia, deja de tratarme como a una niña. No soy tu pequeña. Ya no tienes que venir a besar mi frente, arroparme y contarme un cuento para sentirme amada. Ni siquiera tienes que llamarme cada día para saber dónde estoy o si me he alimentado. Eres mi tío Lestan, mi adorado tío Lestan, el hombre que me salvó la vida cuando era una niña demasiado inocente y el que me ha convertido en una mujer con sus consejos. ¿Dónde está el hombre que me dijo que podía hacer todo lo que quisiera? ¿Está ahí? ¿Está en alguna parte?— alargó un brazo hacia su adorado tío y padre, acariciándole la muñeca y los dedos de su mano derecha con cariño. Sus ojos mostraban un amor ferviente que en parte me llenaba de celos. Yo no tenía ese vínculo con mi padre y tampoco con mi madre, ella era demasiado desentendida de sus labores como tal. Si bien admiraba a ambos y me sentía querido—Deja que por fin tenga libertad sin nadie que me obligue a hacer lo que no quiero—susurró—. No me recuerdes mis encierros...

—Marchaos—dijo sin soltarse de esas caricias. Al parecer su discurso lleno de afecto y verdad había hecho que entrara en razón—. Aún así deseo saber en todo momento dónde estáis.

Sabía que no hacía falta que le dijéramos personalmente dónde estábamos. Amel estaba en nuestras venas, cabalgando sobre nuestros glóbulos rojos, incitándonos y llamándonos a ser y no ser. Miré a los ojos a mi padre y me acerqué a él para besar su mejilla. Sentía admiración, amor, respeto y a la vez miedo. Un miedo terrible a ser rechazado, a no ser el hijo que él quería o soñó tener. Sin embargo, apartó un segundo a Rose para abrazarme.

La primera vez que me abrazó creí que me caía al suelo. Había soñado toda mi vida con conocer a mi padre, el vampiro de las grandes proezas y el joven que soñó con ser artista. Todo mi mundo se resumía en querer ser el hijo predilecto, el hijo que todo hombre ama, y me comporté como ellos decidían. Quería pasar la prueba para que me presentaran a mi padre y entonces rogarle libertad, ser como él y decirle que lo admiraba. Pero todo se fue al diablo. Lo único que pude hacer fue contestar a su necesidad de saber de mí. Mi admiración creció como mi miedo. En esos momentos, en los que sentí su colonia y su calor, no pude contenerme y acabé llorando hasta que él me apaciguó con un par de golpes en la espalda.


Después tomé la mano de Rose, mientras me secaba con un pañuelo de seda que había dejado en el bolsillo de mi chaqueta, para marcharnos al teatro. La función ya había comenzado, estaba seguro, pero no me importaba. El primer acto no era el importante, ni el más maravilloso de todos, y la representación ya la habíamos visto unas diez veces en lo que iba de mes.  

viernes, 19 de agosto de 2016

Madurez II

Seguimos con estas memorias... Aquí salgo yo.

Lestat de Lioncourt 



—Cállate, Viktor, ¿adónde ha ido Rose? ¿Sabes lo peligrosas que pueden ser las calles por la noche? Aún es demasiado joven y tú también. Sal de este antro, compórtate y sigue las normas—dijo señalando la puerta—. Y usted, debería fijarse bien con quien trata primero si no quiere terminar en la calle muerto.

En aquel callejón, algo lejos de donde yo me encontraba, aquel desecho humano se acercó a ella con una navaja lista para que cualquiera, joven o no, le tuviese miedo al instante. Claro que ella no era cualquiera. Rose no necesitaba nada para sentirse superior a él. Así que nada más estar a su altura le fracturó el brazo con un movimiento rápido logrando que la navaja cayera al suelo.

—¡Maldita puta!—profirió aquel asaltante mientras se retorcía entre gritos de dolor. Tenía el brazo destrozado. Rose no quería escucharlo, y tampoco deseaba que otro más pudiese oír sus lamentos, así que lo tomó de la mandíbula apretándola lo suficientemente fuerte como para callarlo.


—Que grosero, ¿no te enseñaron cómo debes hablar frente a una señorita?— dijo mientras que él forzajeaba con la mano buena, intentando soltarse de su agarre sin éxito—. Eres despreciable, ¿cuantas pobres mujeres atacaste como lo ibas a hacer conmigo?.— mientras hablaba se dio cuenta de la vena pulzante del cuello debido al forcejeo y sintió un hambre voraz. Sin decir más fue directo a morderle comenzando a beber mientras Armand se aproximaba con su habitual elegancia y curiosidad. Siempre he pensado que si fuese el pelirrojo un animal sería un gato deseando caer sobre los indefensos ratones.


Rose le soltó y le dejó caer en el suelo aún con vida. Armand abrió y achicó sus ojos frunciendo suavemente el ceño mientras giraba ligeramente el rostro hacia el lado izquierdo. Supongo que él no podía comprender por qué despreciaba aquella sangre.

—Su cuello tiene un sabor horrendo...—murmuró—. Lo siento...

Para mi mala suerte Marius me acompañó a la puerta alejándome de aquel ambiente cargado, de mi presa y de toda la libertad ganada ese día. No me miraba y yo no me atrevía a hacerlo. Sentía que me aplastaría. Era peor que Seth y Fareed, pues al final yo siempre me salía con la mía. Con él no podía. Además era mi creador y ejercía muchas veces de padre, que en su caso viene a ser lo mismo que un dictador en pequeña escala. 

—Eres un inconsciente—dijo intentando aparentar estar sereno –Fareed y tu padre sabrán de todo esto—masculló agarrándome por la nuca con su mano derecha. Sentí aquello como si fuese un muñeco de esos de jaula que se eleva y termina atorado antes de caer por el estrecho agujero.

—Soy mayor de edad—respondí provocando que él suspirara me soltara.


—Eres un imbécil, como tu padre—gruñó—. Un mocoso malagradecido.

Armand acabó riéndose primero suave y luego a carcajadas como un maldito genio enloquecido. Aquel callejón se estaba convirtiendo en su show favorito, aunque supongo que estaba maldiciendo a Lestat por haberlo arrancado de su cómodo sofá el día que repetían uno de sus capítulos favoritos de Doctor Who.


Vestía como un adolescente común. Llevaba unas deportivas que contrastaban con el alquitrán y la suciedad del lugar, las cuales se movieron con cuidado, paso a paso, hasta el agonizante violador. Aquellos zapatos blancos de suela de goma, con diseño clásico y uno de sus cordones demasiado largos fue lo último que vio aquel idiota antes de desplomarse del todo. De inmediato levantó la derecha como si fuese a chutar un balón y golpeó con fuerza la cabeza. La puntera se manchó de sangre, pero él se divirtió.

—¿Entonces puedo divertirme con él?—preguntó como un niño que deseaba ir a jugar y le pedía a su madre permiso. 

—Adelante, es todo tuyo.


Rose se alejó mientras Armand tomaba al sujeto entre sus brazos, con cierto amor aunque le repugnaba el hedor a whisky y sudor que tenían sus prendas. Pasó su mano derecha por sus cabellos negros y revueltos, algo húmedos por el sudor y la sangre, para luego mirarle a los ojos. Había perdido la vista, pero parecían que seguían pudiendo ver la belleza de aquel querubín que le arrebataría el último aliento. Abrió su voluptuosa boca y clavó sus afilados dientes en el cuello bebiendo sólo un trago, para luego tapar ambas perforaciones con su sangre tras un lametazo.

Ella se quedó mirando hacia el lugar de donde había venido, como si fuese una aparición, y se preguntó si yo ya estaría esperándola en el teatro. Al terminar Armand dejó el cuerpo recostado contra la pared, como si tras una tremenda paliza se hubiese quedado allí recostado esperando que el dolor cesase. Después se giró observando a Rose sin decir nada. No sabía si reprenderla o no. Él comprendía todos los errores que podíamos cometer, pero por otro lado Lestat, nuestro padre, se jactaba de haber aprendido de sus errores. Arrugó la nariz, chasqueó la lengua y se acercó a ella tomándola de la mano para que lo siguiera. Iba a hablar con mi padre, al menos eso nos dijo más tarde, para que dejase algo de libertad antes que nos alejáramos sin decir nada.

El hermoso querubín de Marius, el cual me estaba asesinando con la mirada en ese mismo instante, era su testigo. El testigo crucial para afirmar que ella había probado que podía alimentarse de hombres sin tener que depender de otros. Rose caminaba con una sonrisa amplia que se borró al no ver a Viktor por ningún lado en la entrada del teatro, faltaban menos de cinco minutos para que la ópera. Armand comprendió que algo iba mal así que comenzaron a buscarme por el bulevar. Bendita puntualidad la mía que los alertó que algo ocurría.

Mientras tanto Marius se topó con la desagradable sorpresa que alguien, también en contra de la estúpida sobreprotección de mi padre, apareciese para reprenderlo a él.

—Marius, deja de golpearlo con tus absurdas reglas–esa voz femenina era mi salvación.

—Gabrielle, no te involucres—respondió—Tengo la misión de cuidar de él.


Se echó a reír a carcajadas mientras aparecía frente a nosotros con ese cabello salvaje y esos ojos grises indomables. Llevaba la ropa que hubiese elegido cualquier viajero, de esos que recorren el mundo con la mochila cargada de sueños y un par de mudas, y un sombrero algo viejo sobre la cabeza. Algunos mechones de su cabello salían de su recogido y parecía más salvaje que nunca. 

—Es hijo de Lestat, mi hijo. Creo que sí puedo involucrarme—afirmó.


—También es hijo mío—repuso mirándola desafiante.

Allí saltaban chispas. Era como una vieja guerra secreta de dos seres intentando dominar a un rebelde aún peor que su progenitor. Un revolucionario que guardaba sus garras con perfectos modales, idílicas notas y sueños convencionales. Ante todos parecía el chico formal que todo padre quiere, el perfecto yerno, el amante modélico... pero era igual que mi padre. Cuando digo que soy igual que mi padre es cierto. Dicen que la cabra tira al monte, que de tal palo tal astilla, que no se puede negar la cruz de la parroquia a la cual se pertenece... ¿no es así?

Mientras se enzarzaban en una discusión meramente territorial y sentimental, porque se notaban los sentimientos a flor de piel, logré deshacerme de ellos para correr a toda velocidad sobre los perfectos adoquines de las calles aledañas. Crucé sin mirar una de las avenidas más transitadas, como si fuera una exhalación, pero alguien me atrapó empujándome hacia dentro de uno de los prestigiosos edificios donde había más abogados por metro cuadrado que supuestamente en el infierno.

—Papá...

—Viktor, ¿adónde ibas? ¿Dónde está Rose? Contesta—dijo agarrándome las solapas del traje—. ¡Niñato desagradecido! ¡Dime dónde está Rose!—la cólera le superaba.

—¿Hablas tú o el espíritu que te controla con sus ingeniosas ideas de ir a buscar ciudades perdidas?—aquello trajo peligrosas y dolorosas consecuencias. Su puño derecho fue directo a mi cara—. ¡Padre!

—Al fin reaccionas, pues sólo respondes a golpes como a mí me pasaba de joven—argumentó.

—Y de viejo—apostillé—. Todos recordamos como te abofeteó la abuela en París—comenté—. Que por cierto, ¿sabías que está en pelea dialéctica con Marius? Es increíble. Me hubiese quedado a verlo de no ser que iba en busca de mi prometida—noté entonces cierto sabor metálico en mi boca y gruñí—. Me he cortado la lengua por culpa tuya.

—Oh, vamos, no te vas a morir—dijo soltándome para acomodarme la ropa—. ¿Y Rose?

—No mides tu fuerza cuando estás preocupado por ella—murmuré intentando que mi traje no estuviese hecho un desastre—. Ella me dijo que debíamos cazar solos, sin mutua compañía, porque quería cazar a un hombre. Yo no acepté, pero ella es más terca que tu madre, Marius, Pandora y todo el santoral de inmortales juntos. ¿Lo sabías?—pregunté frunciendo ligeramente el ceño—. No me hace gracia que coqueteé con hombres aunque sea para...

—Cállate—dijo—. Hijo, te quiero, pero no hagas que me imagine esa escena—musitó antes de alarmarse porque su móvil sonaba. Era un mensaje entrante. Sin embargo, cuando lo tomó entre sus manos dudó en como contestar. No recordaba la clave para desbloquearlo.

—La fecha del cumpleaños de Louis—dije.

—Ah, sí—murmuró. 

Si había puesto esa fecha era porque al ser tan importante jamás la olvidaba. No era el cumpleaños real de Louis, sino el día en el cual al fin lo hizo nacer en la oscuridad junto a él. Supongo que cada quien tiene su momento dulce en la vida y ese fue el más dulce para mi padre. La clave la introdujo bien, pero el mensaje fue otro cantar. Tras algunos intentos fallidos, cierto nerviosismo, varias blasfemias y un largo suspiro supe que el mensaje era de Armand, que había dado con Rose y estaba intentando retenerla para que le diese alguna explicación.

—Está a dos calles—comentó.

—¿Está bien?—pregunté nervioso. Si le pasaba algo a Rose, por mínimo que fuese, me moriría. No querría seguir viviendo.

—Sí, está con Armand—respondió como si nada.


—¿Y se supone que eso es bueno o malo?—dije provocando que se echase a reír ante semejante ocurrencia. Pues todos sabíamos que ese maldito muchachito inmortal podía ser el peor de todos.  

viernes, 5 de agosto de 2016

Descubrimientos

Soy padre de este imbécil. Permítanme decirles que quizá si lo atrapo lo mato. 


Lestat de Lioncourt 


Querida mía:

Lamento haber dejado tan sólo esta nota junto a tus libros en la mesilla. Respeto que te haya confundido ver el sobre con su nombre y aún más su contenido. Posiblemente tu rostro de estupefacción pase al de molestia y luego a la preocupación. Permite que te diga que no es una despedida, pero sí me he marchado unas semanas buscando ese pedazo de ser que creo haber perdido.

Te explico para que me comprendas, para que no sufras... Todo se trata de un viejo sueño que tenía desde que medía algo más de un palmo. Siempre que supe la verdad sobre mi procedencia, quién era mi padre y todo lo que ocurrió antes de mi nacimiento me dije a mí mismo que si algún día tenía la suerte, o quizá la desgracia, de ser como él y poder seguir sus pasos lo haría. Desde el primer momento en el cual leí sus aventuras y supe de su periplo por Europa buscando “la verdad” y a Marius, sobre todo al milenario que tan bien conocemos ambos, me dije que haría el mismo trayecto solo descubriendo si aún quedaban marcas de sus mensajes, si podía disfrutar de caminar en medio de la noche sabiéndome solo, como sucedió en su viaje de regreso a la realidad tras las noches con su maestro.

Sólo serán unas semanas, Rose. Nada más que unas semanas. Sabes que soy sincero, que nunca te he mentido o hecho daño. Mi único propósito es cumplir ese sueño infantil y poder contártelo. No quiero pasar una eternidad al lado de otra persona sin tener anécdotas que confesarle. ¡He vivido toda la vida encerrado como si fuese un muñequito que se va a romper! Tú al menos has tenido tus pequeñas aventuras, tus torturas personales y el calvario que viviste debido a una mala jugada del destino. Yo sólo cientos de pasadizos con luz artificial, batas médicas, pruebas de todo tipo y a mi madre sonriendo diciéndome que estaba convirtiéndome en un rebelde como mi padre, que si seguía así sería el martirio de Faared, y todo eso junto a un frío abrazo tan aséptico como su uniforme.

Regresaré para cumplir todas mis promesas. La mayor de todas es no soltar tu mano en los momentos más difíciles. Jamás olvides que eres mi rosa eterna. Siempre seremos dos guerrilleros excitándose en mitad de una guerra de palabras y miradas. Te amo.

Siempre tuyo,

Viktor de Lioncourt  

lunes, 14 de marzo de 2016

Conversaciones en la biblioteca

Louis y Viktor ocasionalmente se reúnen a mis espaldas. Voy a tener que pedirle a Amel que me diga todo lo que hablan. 

Lestat de Lioncourt


—Al final lo has logrado. Ya tienes lo que siempre has deseado—dije mirándolo con cierta preocupación en mi semblante. No podía evitarlo.

Ante mí tenía la copia perfecta de Lestat. No cabía duda alguna que eran genéticamente idénticos. Incluso se sentaban igual en la mesa, salvo que Viktor no colocaba sus botas en el borde ni jugueteaba con sus dedos por los relieves de las esquinas.

—Me dices esto como si realmente fuese un funeral—murmuró quitándole peso al asunto.  Pero para mí había una enorme lápida que pendía de un hilo, igual que la espada de Damocles, queriendo aplastarlo hasta convertirlo en una masa viscosa de sesos, carne picada y huesos astillados.

—Eres un inconsciente como tu padre—repliqué.

—Un soñador, prefiero decir que soy un soñador—dijo levantándose de su asiento, para luego colocar sus manos sobre la mesa e inclinarse suavemente hacia delante.

Estábamos en la biblioteca “francesa” de Armand. Los libros estaban perfectamente colocados por los sirvientes, pues Lestat los había estado desordenando noches atrás. Creo que había leído más de la mitad de los volúmenes mientras conversaba de vez en vez con Amel. Ese espíritu no paraba de hablarle de cosas que conocía del resto de vampiros, secretos que el mundo ya se había tragado en el olvido y que él recuperaba para vomitarlo con palabras elegantes entre susurros.

Viktor vestía una camisa celeste y un suéter azul marino con el cuello en forma de pico. Sus pantalones eran unos tejanos negros de vestir de una marca popular entre los jóvenes. Las botas eran similares a unas que tenía Lestat y por un momento pensé que eran las mismas, pero recordé que su padre era algo más bajo y tenía un par de números menos en el calzado.

—Un iluso, Viktor—siseé.

Él se echó a reír saliendo de detrás del escritorio para quedarse tras mi espalda. Sus dedos largos y finos, tan parecidos a los de Lestat, se colocaron sobre mis hombros apretando suavemente mientras yo suspiraba. Su colonia era algo menos intensa y más fresca, pero yo seguía prefiriendo la de su padre porque me traía buenos recuerdos que nunca he querido olvidar.

—Esto ya no es una condena. No implica que esté maldito y vaya a tener que estar refugiado por siempre en un mundo lleno de oscuridad, sin belleza y sin esperanza—hizo un inciso para inclinarse y besar mi mejilla derecha. Después con cariño susurró cerca de mi oído una frase que había escuchado mil veces en las últimas horas en los labios de ese descarado proclamado “Príncipe de los Vampiros”— No es una maldición.

—Sé que no es una maldición, pero la oscuridad sigue presente—respondí de inmediato levantándome—. Siempre hubo belleza, Viktor, pero también la belleza trae consigo muerte y autodestrucción—me giré para verlo provocando en mí un estremecimiento. Era como ver una copia exacta de ese maldito cabrón.

—Realmente eres pesimista…—dijo tomándome del mentón.

Pese a su buena educación y su ropa ligeramente diferente a la de su padre era tan descarado como él. No había pérdida. Lestat estaba ahí bailoteando en su ADN impulsándolo a ser igual de iluso, torpe y terco. ¿Y no era eso lo que provocaba que lo amara de ese modo? ¿Y yo qué era? Un maldito cobarde que siempre negaba lo evidente. Me mentía a mí mismo y jugaba a no quererle, pero le quería. Sin duda alguna yo amaba a Lestat más que a cualquier cosa en este mundo.

—No, sólo soy demasiado realista— dije mientras él apoyaba de nuevo sus manos en mis hombros y ponía su frente contra la mía. Esos maravillosos ojos azules se clavaron como dagas en los míos—. Temo que la situación desemboque en algo terrible para ambos.

—¿Hablas de Rose?—preguntó con una ligera sonrisa de enamorado. Cada vez que decía su nombre sus ojos brillaban. No me había fijado en ese detalle jamás pero Lestat también poseía ese brillo cuando pronunciaba mi nombre. Me sentí entonces un imbécil. Siempre había tenido el corazón de su padre en mis manos y había despreciado todo creyendo que era el culpable de mis desgracias y desvelos, pero en realidad yo era el culpable de toda la locura que él cometía. Me di cuenta que si estaba al lado de Lestat quizá dejaría de actuar como un idiota.

—Adoro a Rose. Salvé su vida hace unos años, Viktor. Para mí es tan hija mía como de Lestat—dije aquello de todo corazón. Realmente apreciaba a esa niña como si fuese mía.

—Sé que aún lloras la muerte de Claudia.

Al pronunciar su nombre creo que mis ojos se entristecieron lo suficiente como para hacer que Viktor me rodeara. Me abrazó con cariño sincero y acarició mi espalda con ambas manos. Quería consolarme, pero el consuelo jamás llegaría a mi alma porque yo había sido el verdugo de una criatura inocente durante demasiados años.  

—Claudia es parte de mi sufrimiento diario, de una tortura que jamás va a terminar. Me temo que llegará el Juicio Final y seguiré sufriendo por sus cabellos dorados, su rostro de muñeca y sus palabras crueles—susurré con la voz tomada.

—Te prometo que no me echaré atrás. Soy un Lioncourt y no temo a nada—afirmó.

—Ten cuidado… tu padre decía que no temía al Diablo y un día se presentó ante él para bailar con su mismo ritmo—bromeé apartándome mientras le daba pequeños golpes en el pecho—. Por mucho que Faared te haya dado una educación esmerada eres igual que tu padre.

—¿Y eso es malo?—preguntó.

—Tal vez para David… —dije provocando que ambos nos riéramos mientras nos volvíamos a abrazar.


Viktor es un inconsciente pero intenta hacer bien las cosas. Nunca dejaré de temer por él porque jamás he dejado de temer por Lestat y por todos aquellos que amo. 

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt