Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 23 de septiembre de 2017

Así la conocí

—No puedes estar hablando en serio.

Su voz sonaba enérgica a través del teléfono. Parecía no comprender mis motivos, aunque en el fondo sabía que hubiese actuado del mismo modo. Esa niña me recordaba a Claudia aunque tuviese el cabello negro similar al de él. Era una pequeña muñeca deseando atención cuando me crucé con ella tomada de la mano de su madre. Sin embargo, el tsunami arrasó con todo y sólo quedó la esperanza de sus lloros mientras sus manos arrugaban la solapa de mi caro Armani.

—Louis, no podía hacer otra cosa—respondí algo cansado sentado al borde de la cama.

Ella estaba recostada sobre el colchón, sin zapatos y con el cabello revuelto. Acabábamos de venir de la vivienda de sus abuelos donde la habían repudiado como si fuese un monstruo o un saco de basura arrojado a un contenedor. Estaba aferrada a un oso de felpa que había adquirido en la tienda de subvenir de la esquina junto con algo de comida no muy saludable, pero tampoco podía hacer nada debido a la hora a la que habíamos acabado en el hotel. Al menos el perrito caliente había callado un poco su llanto.

Recordé las palabras de Marius sobre los niños hambrientos y suspiré. Era cierto, un niño no puede calmar su hambre solo y suele llorar, por eso me advirtió que no convirtiera a un infante en un vampiro. ¿Y qué hice? Desobedecer. Ahora quería hacer lo mismo, pero me impedía mi buen juicio. La pequeña no iba a ser transformada en uno de los nuestros. ¡Jamás! No cometería ese pecado otra vez.

—¿Y qué diablos piensas hacer con esa niña? No podemos atender sus necesidades—decía recordándome algo que ya sabía.

—Ya idearé algo—dije perdiendo un poco la paciencia—. De momento intentaré calmarla aunque ahora duerme cansada por llorar durante horas.

—Acaba de vivir un suceso terrible y ha perdido a su madre... Precisamente no eres el idóneo para sosegarla.

Creo que suspiré poniendo los ojos en blanco y llevándome la mano al rostro y echando esta hacia arriba, palpando mi frente y dejando que mis largos dedos juguetearan con mis espesos mechones rizados. Estaba harto de ese sambenito.

—Oh, sabio Louis, que lo sabe todo y lo ve todo, ¿acaso tú desde la distancia, así como Dios mira a sus borregos convertidos en hormigas, puedes hacer un milagro de calmarla?—dije con evidente sarcasmo.

—Sigue hablándome así y te colgaré el teléfono—su tono se endureció así como sus palabras.

—Lo siento, sigo molesto con sus abuelos y lo estoy pagando contigo—murmuré esperando que se calmase y no colgase. ¡Necesitaba al menos escuchar su voz y saber que estaba conmigo en esto!

—No puedo hacer nada desde Nueva York, Lestat.

Escuché como caminaba por el mármol con los lustrosos zapatos que posiblemente yo le había regalado. Era hermoso y estaba lejos. Él tenía una forma de ser mucho más agradable que atraía como moscas a cualquiera. Por el contrario yo no tenía paciencia y era un imprudente. Necesitaba que él estuviese conmigo en California y no allí, tan jodidamente lejos, porque todavía estaba lleno de temores debido a todo el caos que había contemplado. Estaba hecho a la muerte, pero no a algo como aquello. Mis “felices vacaciones” se fueron al diablo.

—Estoy en California. No voy a volar de nuevo con la pequeña en mis brazos. ¡Ya casi amanece!

Me exasperé. Acepto que me exasperé. Sin embargo, me veía rebasado. No era fácil hacerme cargo de una niña. No sabía si llevarla o no al abogado de inmediato para que hiciese los papeles de adopción. Estaba tan confuso que temblaba. Además, me indignaba la actitud de esos abuelos que rechazaron a la pequeña porque desconocían quién era el padre. ¡Era sangre de su sangre! ¡Por el amor de Dios!

—Busca una niñera—comentó.

—¿A estas horas?—pregunté sin dar crédito que me dijese algo así.

—Estás en un hotel, ¿no? Intenta hablar con la recepcionista y pregunta si puede quedarse con ella o conoce alguien que pueda.

Sonaba sensato, pero no me fiaba. Había oído y leído, así como también visto, muchos secuestros e irregularidades con los más pequeños.

—Louis... no quiero dejarla con cualquiera—decía intentando hacer memoria. Conocía a muchos humanos, ¿y si levantaba el teléfono y les hablaba? A ellos los conocía bien, sabía sus pensamientos y había visto sus almas bailar en sus miradas más de una vez. Incluso había una pareja de mujeres que eran amables, cariñosas, sensibles y que serían unas madres perfectas para mi pequeña... ¿Podía considerarla mía ya? Aún no habían firmado la renuncia sus abuelos.

—Ya te has encariñado con ella—dijo tras una pequeña risotada.

—No hables así, no es un perrito—contesté algo indignado.

—No lo es—aclaró—. Precisamente porque no es un perro no quiero que la cuides tú. Te recuerdo que Mojo terminó siendo cuidado por una mujer y tú sólo ibas a revolcarte en el césped.

Debo aclarar que si dejé a Mojo con aquella mujer era porque él se sentía cómodo a su lado y ella lo necesitaba más que yo. Además pagaba su veterinario, su comida y todo lo que él necesitaba. Yo me conformaba con abrazarlo, con sentir su hocico frío en mi cara y su lengua humedeciendo mis mejillas. Aún podía verlo corretear frente a mí moviendo su enorme cola. Mi perro no, mi amigo. Tal vez debí decir que no era un perro, sino mi compañero y aliado, pero decidí no pelear más.

—Louis, me ofendes.

—¿Cómo se llama?—preguntó.

—Rose—dije girándome para verla bien—. Se llama Rose... y su apellido será Lioncourt en cuanto me ponga en contacto con mi abogado. Eso tenlo por seguro.



jueves, 13 de julio de 2017

Orgullo

Mi madre me enseñó que puedo alcanzar mis sueños siempre y cuando me esfuerce. Tal vez es algo idealista y estúpido para muchos, pues hay quienes creen que eso no siempre sucede. Sin embargo, prefiero creer que tarde o temprano, quien se esfuerza y trabaja con ahínco para alcanzar sus metas, las logra. Hay quienes se rinden al principio al ver lo empinada que es la montaña que tienen que subir, pero no yo. Yo soy de los que cuando ven un reto increíble se remangan las mangas de la camisa, sacuden sus manos y sonríen empezando a subir hasta la cumbre. Cuando empiezo algo lo termino y cuando lo termino busco otra cima.

La noche que ella se durmió por primera vez en mis brazos, tan frágil y diminuta, me dije a mí mismo que la cuidaría y le enseñaría a ser fuerte como una roca. Haría de ella una mujer similar a mi madre. Quería que aprendiera a valerse por sí misma y a alcanzar cualquier meta que ella imaginase. Si puedes imaginarlo es porque puede alcanzarse, por muy lejano que parezca todo.

Rose era una niña diminuta, de mirada intensa y cabello salvaje. Su piel era algo tostada debido al sol y muy cálida. Me recordó a Claudia, pues ambas estaban igual de desamparadas cuando las tomé entre mis brazos y caminé con ellas buscando una solución. Una se moría, la otra simplemente estaba asustada debido a la terrible muerte de su madre y de cientos de personas a su alrededor. Ambas tenían edades similares y me hicieron desear ser padre.

Como padre no soy el mejor ejemplo, pero he intentado serlo. De verdad que me he esforzado por ser el ejemplo a seguir, el hombre en el que mirarse porque quiero que vea en mí un ser humano como cualquier otro. Los vampiros poseemos una simple mutación, pero eso no lo sabía por aquel entonces. Sólo sentía que era tan humano como cualquier otro y que ella se merecía un futuro distinto al para nada prometedor en una institución para niños sin hogar. Sus abuelos no la querían, pues desaprobaban la forma en la cual la madre la gestó y educó. Para ellos era defectuosa, para mí era perfecta.

Su sonrisa iluminó mi mundo y sus ojos hicieron que toda mi alma se removiera. Me juré cuidarla y eso he hecho durante mucho tiempo.

Ahora la veo feliz hablando animadamente con mi hijo. Mi verdadero hijo. Un hijo que desconocía de su existencia hasta hace unos años. Es muy parecido a mí, pero a la vez es profundamente distinto. Su sonrisa es la mía, pero tiene un toque de ingenuidad que ni siquiera yo poseía. Uno y otro rozan los veinte, tienen una vida eterna por delante gracias a aceptar el “Don Oscuro”, y yo siento que he ganado un pedazo de paz al verlos unidos. Ella y él son mis hijos. Ella lo es ahora como hija de sangre, pues es mi creación más preciada de los últimos tiempos. Y él posee mis genes, los genes poderosos de un Lioncourt que batallará siempre ante cualquier injusticia. Al menos, eso quiero creer.

Hoy escribo esto en una pequeña hoja de papel algo sucia, arrugada y de forma improvisada. Si lo hago es porque siento la intensa necesidad. Fuera hace calor, pero pese al cielo despejado no se ven las estrellas. La contaminación lumínica hace imposible ese hermoso fenómeno que siempre existió. Pero aún así ellos son estrellas en mi firmamento, en mitad de la calle más poblada de la ciudad de París, sonriéndose uno al otro y tomándose de la mano.


Definitivamente me siento orgulloso. Ambos están logrando grandes cosas juntos, conociendo el mundo viajando y luchando contra lo impredecible. ¿Por qué no sentirme orgulloso?  

Lestat de Lioncourt 

martes, 13 de junio de 2017

Llámalo amor puro

Estaba allí de pie como si el tiempo se hubiese detenido. Ante mí tenía la grabación de uno de sus días más esperados. Se graduaba para emprender un nuevo camino hacia la etapa de la adultez. Ella era la más espigada de todas las pequeñas que allí se arremolinaban. Sus ojos eran los más maduros, pero también tenían una chispa de ilusión infantil que parecía no querer disiparse. La sonrisa era dulce, como sus rasgos de niña casi mujer, y sus pequeñas manos se movían nerviosas sobre los pliegues de su balda de bailarina.

Era el final de curso de su etapa de primaria. Sus tías me habían grabado el evento deseando que pudiese sentirme tan orgulloso como cualquier padre de esa sala. Me moví en el sillón inclinándome hacia delante y deseé estirar mis brazos para darle la bienvenida a la pequeña que veía tras la pantalla. Por un momento olvidé que ya no era una niña, que sólo era una imagen antigua, y que al otro lado de la ciudad se paseaba tomada del brazo de Viktor. Rose, mi rose. Mi dulce y eterna rosa era el duro sacrificio de una vida entera postergada a tener la fortuna de poseerla cerca, tan cerca como me era posible.

Amaba sus sonrisas dulces, las cuales parecían no quererse separar de ella pese al sufrimiento. Había perdido a su madre, luego soportó mis silencios, también lo indecible en aquel centro que la culpabilizaba de un pecado que no había cometido y luego ese malnacido que casi la deja ciega. Mi niña había crecido entre espinas, pero finalmente floreció fragante, fuerte, decidida y con una belleza única. No era la belleza que transmitía sus hermosos rasgos, sino ese alma rebelde y curiosa que estallaba en cada paso que daba.

Tras varios minutos apagué el televisor y saqué el DVD del aparato, lo coloqué en su funda y decidí salir al balcón. Me puse a ver los viñedos que quise tener cuando era joven, pues deseaba que mi familia volviese a tener poder y riquezas. Mi padre jamás se sintió orgulloso, aunque en su lecho de muerte me dijo que lo estaba. La única orgullosa era mi madre. Ni siquiera mis hermanos sintieron hacia mí un respeto tan puro como el suyo.

Entonces, cuando estaba a punto de romper a llorar, él apareció consolándome. Sus brazos me rodearon, sus labios carnosos y tibios se colaron entre el cuello de mi camisa de algodón blanco y mis cabellos y su aliento rozó mi cuello. Louis, siempre Louis. Él estaba de nuevo a mi lado sosteniendo mi alma, acariciando mis heridas y recordándome que me amaba. Enfrenté sus esmeraldas con mis zafiros y sonreímos diciéndonos “te amo” sin necesidad de palabras.


Me siento amado. Simplemente me siento amado. Amado, respetado, cuidado y codiciado. He hallado el hogar al fin, mi lugar en este mundo, y es protegiendo los recuerdos que me hicieron ser quien soy y que me arrojan a cuidar lo que tengo y lo que deseo tener. Sigo siendo un soñador rebelde e impertinente, pero también un sabio torpe.  

sábado, 22 de abril de 2017

Guía de vida

—¿Alguna vez has imaginado el mundo de forma distinta?—pregunté aquello cuando la descubrí en el jardín.

No sabía que había regresado a este lugar, el cual para ella era el símbolo de una vida indigna y cruel. Sabía que el castillo, cada una de sus piedras, era una pesada carga que aún la aplastaba. No obstante, estaba allí. Había ido hasta la pesada puerta principal y se había detenido a observar el escudo de armas que lucía en su parte superior.

—Siempre—dijo sin mirarme—. Por eso decidí viajar—susurró girándose con una sonrisa en los labios y prosiguió hablando—. Deseaba contemplar los distintos lugares, incluso los más recónditos, para dejar de imaginar y tener una visión clara y profunda de todo.

—No me refería a eso, madre—me acerqué a ella y la estreché entre mis brazos. Ella aceptó ese breve contacto para luego colocar sus manos en mi rostro. Sus ojos brillaban como las perseidas antes de caer.

—Oh, te refieres a cambiarlo—respondió.

—Sí. Imaginar que puedes cambiarlo.

Había imaginado mil veces que lograba cambiarlo, pero por mucho que me atreviese a ello me daba cuenta que no lo lograba. Sí, salía victorioso de mis aventuras, pero no siempre tenía ese resultado que me hiciese sentir feliz, orgulloso o capaz de lograr algo más inmenso. En ocasiones tenía que quedarme a solas conmigo mismo y meditar. Entonces, en medio de mis palabras y pensamientos, me daba cuenta que había cambiado yo más que el mundo mismo.

—Todos lo hemos hecho hasta percatarnos que el mundo nos cambia a nosotros, nos llena de una madurez auténtica y de heridas que no pueden cauterizarse. Aún así se sigue intentando hasta lograrse. Me he caído muchas veces, Lestat. He sentido como desgarraban la piel de mi alma hasta convertirme en algo que nunca he sido ni seré...

Sus palabras siempre habían tenido un fuerte impacto. Sin embargo, aquella noche fueron golpes duros que me hicieron despertar. A veces nos creemos diferentes, pero no es así. Todos tenemos momentos similares aunque los vivimos de forma distinta, en circunstancias diferentes y en ocasiones más de una vez. Nos enfrentamos a un mundo que puede ser impredecible, pero también a las consecuencias de nuestras acciones. Por eso siempre he hecho lo que he creído oportuno o aquello que realmente ansiaba. No he desperdiciado ni una sola oportunidad. Ella me hizo ver que no hacer aquello que uno ansía es permitir que un pequeño punto oscuro, por minúsculo que pareciese, nos consumiese.

—Yo también—respondí casi sin aliento.

—Cuando te dije que nunca te rindieras es porque rendirse es de mediocres, de personas que no tienen ideales firmes y propósitos importantes. La única persona que puede decir que no vas a cumplir tus sueños eres tú. Si permites que otros o las circunstancias lo dicen, entonces eres débil.

Me estrechó de nuevo entre sus brazos y acarició mi nuca con sus largos dedos. Recordaba su rostro pálido, con el velo de la muerte en su mirada, y temblaba asustado. Sin embargo, eso fue hace mucho tiempo. Demasiado tiempo tal vez. Ahora ya no era así, ya no iba a morir y yo tampoco. Había logrado algo que todo hombre desea y es que su madre viva eternamente, que nunca le falle y pueda recurrir a ella cuando se tiene miedo. Cuando hablo de hombre hablo de hombres y mujeres, de seres humanos, de las criaturas que realmente somos pese a nuestra inmortalidad. Todos y cada uno deseamos que nuestras madres sean eternas.

—Madre...—balbuceé tras aspirar su aroma y me aparté para mirarla a los ojos.

—Dime—dijo con una sonrisa calma.

—Espero poder inculcar esto en mis hijos, en Rose y en Viktor—dije tomándola de las manos.

—Ya lo has hecho. Ya lo has hecho.


No sabía si era cierto, pero ella siempre se daba cuenta de las cosas mucho antes que yo. Supongo que lo había logrado al verlos unidos, desafiando a la vida eterna, para alcanzar el privilegio de vivir alguna aventura que sólo ellos podrían tener. Esperaba que nunca olvidaran esa lección como yo no lo hacía.  

viernes, 21 de abril de 2017

Nervios


Viktor es mi hijo, pero ella también.

Lestat de Lioncourt 


Desperté de golpe. No sabía dónde estaba. En esos momentos había olvidado incluso las últimas semanas de mi vida. Me encontré asustado y acorralado. Realmente el sueño me había sumido en un caos desafortunado lleno de un sabor amargo y algo ácido. Me llevé las manos al rostro intentando calmar mi respiración. Siempre había tenido miedo a los lugares demasiado cerrados y soñar con ser enterrado vivo me provocó un terrible impacto.

Supongo que no fue buena idea releer en los últimos días los libros donde mi padre era el protagonista principal de demasiadas aventuras llenas de infortunios, cargas pesadas, problemas de toda índole y victorias. Porque aunque caigas, y te rompas en mil pedazos, siempre tienes la opción de reconstruirte creando un nuevo ser siendo a la vez el mismo. La vida nos moldea, pero también nosotros permitimos hasta dónde y cómo.

Miré a mi alrededor intentando recordar dónde estaba, pero al verla a ella lo supe. Había estado esperando algo así durante años. Creo que siempre me sentí solo e incomprendido. Mi madre decidió abandonar la mortalidad cuando tenía apenas unos años, convirtiéndose así en un vampiro. Todos a mi alrededor tenían batas de científicos y doctores, pero en realidad eran seres dotados de una mente privilegiada, conocimientos que iban más allá de lo ofrecido a la sociedad y con unos poderes increíbles. Todos eran hermosos, jóvenes eternos, y poseían una fuerza magnífica. Por el contrario yo era un niño débil aunque con la salud de hierro.

Ella se había convertido en mi sustento en un mundo lleno de misterio. Una sonrisa simple, unas palabras llenas de amor, unos sentimientos complicados y una verdad difícil de asimilar. Eso era Rose. Demasiado hermosa, pero a la vez demasiado bondadosa. Sin embargo, había superado grandes conflictos éticos y una relación espantosa. Se convirtió en una mujer fuerte y yo la tenía a mi lado rendida a mis caprichos. Por un momento me sentí culpable, pero de inmediato emborroné todo con un sentimiento indescriptible.

No sabía cómo iba a ser la reacción de mi padre al vernos y saber que ambos estábamos unidos. Ella había sido criada, educada y amada por el hombre que me dio tan fantástica genética. Yo, sin embargo, había crecido al margen de su interés porque desconocía la verdad. Mi crianza fue distinta, pues lo hice entre tubos de ensayos y vampiros ensimismados en los datos de un enorme ordenador. Y la educación había sido esmerada, como la suya, pero lejos de los más prestigiosos colegios. Aún así era un universitario, como ella. Ambos teníamos unos conocimientos fantásticos para construir una familia maravillosa, pero habíamos asumido el riesgo de ir a Nueva York a encontrarnos con el hombre más importante en nuestras vidas: Lestat de Lioncourt, su padre adoptivo y mi padre biológico.

Justo en el momento en el cual decidí intentar dormir, pese al nerviosismo de todo lo que estaba por venir y de la propia pesadilla, ella se despertó. Pude sentir sus manos acariciando mi rostro, sus labios rozando los míos y el deseo insano de fundirnos de nuevo el uno en el otro. Me recosté en la cama y permití que me llenase de besos, caricias y palabras de amor. Por mi parte hice lo mismo. Necesitábamos algo más que sexo, necesitábamos corrompernos en un amor idílico que muchos tacharían de absurdo y extremadamente romántico para comprender que hubiese pasado en tan escasos días.


Esa mañana fue terrible y hermosa a la vez, al igual que la vida. Nos estábamos jugando la supervivencia y al final mi padre venció saliendo reforzado, igual que un héroe griego. No entiendo como alguien puede odiarlo o despreciarlo, pero supongo que todo héroe tiene que tener alguien que lo aborrezca. Si bien, siempre le estaré agradecido el haber salvado a Rose. Él salvó mi alma y el alma de una mujer dulce, sensible, inteligente, tenaz y firme en sus creencias.  

sábado, 25 de febrero de 2017

Olvídalo

¡Qué cosas! ¿No? Las discusiones familiares... 

Lestat de Lioncourt 





—¡Por qué eres tan terco!—gritó exaltado. Louis no podía creer ni por asomo que Viktor estuviese siquiera planteándose la idea de marcharse tras los pasos de su padre. Si bien, había llegado el momento de ver con sus propios ojos cuan parecidos eran ambos. Lo miró unos segundos y suspiró—. Ah, olvida lo que he dicho—masculló.

Eran idénticos. Tenía ante él una copia exacta. No podía luchar contra la genética. Posiblemente tenía en su ADN algo que se activaba ante el peligro y cualquier circunstancia peligrosa, el cual les movía hacia este como si fuese una sirena y ellos los marineros.

—Creo que es importante que lo haga—aseguró.

—Lo importante lo tienes en tu apartamento aguardando que regreses—dijo dejando el libro que tenía en sus manos. Estaba leyendo “El Hobbit” justo en la parte donde se encontraban en el bosque de los Trolls. Pero dejó a un lado todo. La lectura ya le resultaba desagradable por las emociones de angustia y preocupación que estaban surgiendo en él como llamaradas.

Ya no quería releer tan asombroso relato, sólo deseaba agarrar de los hombros al muchacho y agitarlo como si fuese una maldita maraca. Quería que reorganizar en su cabeza lo importante, lo principal, lo necesario y no lo estúpido que era, al parecer, lo único que tenía en la sesera.

—Debo ir con mi padre—musitó casi sin voz.

No daba crédito a lo que oía. Su padre siempre le hacía lo mismo. Juraba no volver a meterse en asuntos que fuesen demasiado terribles o grotescos, así como estúpidos y peligrosos. Pero lo hacía. Terminaba haciéndolo. Las promesas las rompía y las reglas has destrozaba. Estaba poniendo en peligro todo. Y para colmo su hijo, Viktor, al cual apreciaba como si también fuese suyo... ¡Decía que quería irse con él! Pobre diablo. Estaba harto.

—¿Y Rose? ¿Has pensado que demonios quiere ella?—preguntó colocando las manos en las caderas, a modo de jarra.

—Oh...

—¡Oh!—exclamó dejando los ojos en blanco—. Viktor, ¿te has dado cuenta que estás siendo egoísta?—preguntó.

Tenía sus ojos verdaceos como esmeraldas puestos en el joven. Allí plantado con esos pantalones elegantes, esa camisa sacada del armario de su padre, pues era blanca de chorreras con encantadores encajes en los puños, y unas botas semejantes a las que le había comprado a él hacía unos meses, cuando le juró que se quedaría a su lado, sintió que lo estaba viendo de nuevo. Era Lestat con unas proporciones que diferían en unos centímetros y en una espalda algo más robusta, pero nada más. Estaba ante un perfecto clon. Quiso echarse a sus brazos y llorar amargamente. No sabía dónde demonios estaba y qué se encontraba haciendo, pero su hijo parecía querer alcanzarlo y convertirse, pese a todo, en su sombra.

—Es probable—dijo al fin entrando en razón, pues había fruncido el ceño como si intentase comprender qué demonios estaba haciendo.

—Es probable...—repitió a punto de echarse a reír por lo absurdo que era todo. Viktor era más reflexivo, pero últimamente se estaba convirtiendo en un nuevo Lestat.

David Talbot ya lo había asegurado. Ese muchacho iba a ser una bomba de relojería.

—Louis, sólo quería pasar tiempo con mi padre—confesó colocando sus manos sobre el torso.

No era sólo pasar tiempo con él, sino ser como él. Viktor quería emularlo como si fuese un gran héroe. Sabía cuanto lo amaba Rose, como lo miraba y la forma en la cual hablaba de él como cualquier jovencita habla de su padre. Él quería que ella lo mirase de esa misma forma. Era algo inmaduro, pero ¿qué se le puede pedir a un muchacho que apenas rozaba los dieciocho años? Nada. Si la sesera de Lestat a veces estaba hueca, ¿cómo no lo iba a estar su hijo?

—Tu padre se va a exponer estúpidamente a un peligro como siempre—dijo pinzándose el hueso de la nariz con los dedos, dándose un masaje e intentando seguir hablando sin acercarse a él para propinarle un bofetón, similar a lo que a veces hacía cuando Lestat le sacaba por completo de las casillas—. Es imbécil, inoportuno y terco—comentó cruzándose de brazos entorno a su cadera, para alzar la mirada y contemplarlo—. Si no vas a esta aventura decepcionante, pues no creo que encuentre nada bajo los océanos y mares, irás a otras—dijo acercándose a él para poner sus manos sobre el rostro del muchacho. Delineó sus rasgos y deseó que fuese Lestat. Quería besarlo como se besan las estampillas de los santos. Él era su Dios, su demonio, y, por lo tanto, su todo—. Si bien, tu prometida está aguardando en tu apartamento que vayas y la rodees con tus brazos. ¿Qué es más importante?—susurró apoyando su frente en el torso del joven. Deseaba llorar.

—Yo...—balbuceó abarcándolo con los brazos. Se había percatado del dolor de Louis, de su castigo por amar a su padre.

—Olvídalo tienes los mismos genes que ese idiota y que Gabrielle—dijo entre sollozos—. Amáis contradecir a la razón y al buen juicio.

Temía por la seguridad del joven, el dolor que se implantaría en el corazón de Rose y que florecería como rosas con importantes espinas.

—Amo a Rose, la amo—dijo con el pulso acelerado, pues era pensar en ella y volverse auténticamente loco—. Ella lo es todo para mí. Sólo quería conocer bien a mi padre.

—Ah... cariño...

—Pero tienes razón—dijo—. Ella no se merece sufrir estúpidamente por mis insensateces.

—Correcto—alzó el rostro y besó su mentón de forma cariñosa. No quería sufrir más. No se merecía estar sufriendo ahora por los hijos de Lestat. Ya sufría demasiado por el recuerdo de Claudia.

Rose se había convertido para él en una hija y Viktor también lo era. Sólo quería verlos felices bailando frente a él. No deseaba que esa hermosa pareja se dividiera.

—Por eso si voy también la arrastraré conmigo—sentenció.

Louis de inmediato se apartó unos pasos de él y le ofreció algo más que una caricia: le propinó un bofetón. Si Gabrielle hubiese estado ahí seguramente hubiese hecho lo mismo. Viktor se llevó rápidamente la mano derecha a su mejilla, la cual ardía de forma importante.

—Demonios... ¡Vais a acabar conmigo!—gritó deseando tirarle toda la biblioteca encima.


¿Y qué podía hacer? Él es igual Lestat. Yo lo sé. Sé cuan parecido son ambos. ¿Y quién soy yo? Amel. Sé todo. Sé sus pensamientos y sus necesidades. Por eso amo a Viktor tanto como a su padre. Ambos son el tipo de vampiro que yo amo. No por irresponsables, sino porque buscan más allá de sus narices.  

lunes, 13 de febrero de 2017

Mi lugar

Viktor es mi mayor esperanza, junto con Rose.


Lestat de Lioncourt


Por alguna razón todos hemos intentado encontrar nuestro lugar en el mundo. Algunos empiezan desde que son tan sólo unos niños, otros no llegan a semejante conclusión y deseo hasta que la edad adulta casi llega a su final. Soy de los primeros. Siempre quise saber el lugar en el cual debo o pretendo encajar. Me sentía excluido por mucho que intentaran que creyeran que era parte de un todo.

Mi madre siempre se esforzó porque tuviese una figura paterna a la cual idolatrar, aunque estuviese ausente. Desde temprana edad, rondando los ocho años, supe quién era mi padre y por qué fui concebido. Supongo que mi habilidad para asumir retos, afrontar momentos difíciles y soportar cierto peso en mis pequeños hombros, pues no dejaba de ser un niño, hizo que mi madre afrontara con temeridad y necesidad el confesarse.

Fui un hijo programado. Al menos, por parte de mi madre y el equipo de laboratorio. Mi padre no sabía nada, era ajeno a lo que iba a suceder. Si bien, pudo imaginar que inducirlo a tener encuentros sexuales, los cuales había deseado desde hacía siglos, era por algún motivo sospechoso. Nadie da algo por nada. Aunque todos sabemos como es él, ¿cierto? Lestat de Lioncourt a veces peca de entusiasta, crédulo y confiado. Son sus mayores defectos, pero asumo que pueden ser enormes virtudes. Sólo alguien entusiasta, confiado en sus capacidades y en la colaboración de sus compañeros, así como la creencia ciega en un futuro mejor podría salvar las ruinas en las cuales quedó nuestra Tribu. Bueno, ahora sabemos que somos una Tribu. Sin embargo, durante años hemos estado a la deriva, sin un nombre, sin un líder, divididos entre distintas razas y llenos de sombras sobre pequeños valles luminosos.

He hallado mi lugar. Un lugar distinto al que creí. Siempre pensé que sería al lado de los vampiros, de esa raza a la cual pertenecía mi padre desde hacía más de dos siglos. Sí, quería ser igual que el héroe de cientos, el Dios de unos pocos y el vampiro perfecto para muchos. Pero como he dicho, me equivocaba. Siempre puede uno equivocarse y a veces de forma rotunda. Mi lugar no era sólo con lo no-muertos, sino con ella.

Ella también buscaba su lugar en este mundo. Había empezado a estudiar e investigar sobre su futuro. Jamás había dejado de soñar, ilusionarse o pensar en posibilidades imposibles. Supongo que mi padre influyó demasiado en su educación. Él siempre le dijo que podía lograr todo lo que quisiera, todo lo que se propusiera. Supongo que pese a todo había algo en ella que exigía, de algún modo, encontrar un lugar donde poder desarrollarse como una rosa eterna. Cuando supo que su adorado tío Lestan, quien la salvó de una enorme catástrofe natural y le dio una vida cómoda, era un vampiro y que poseía un hijo se asombró, tardó en asumirlo algunas semanas y finalmente, con entereza y amor, se aferró a la bondad que posee la oscuridad. Pues siempre en la oscuridad creen que crecen las malas hierbas, pero en realidad lo hacen a plena luz del sol. No somos tan distintos a los humanos. De hecho, somos una mutación. Ella y yo ahora somos inmortales, hemos encontrado el lugar donde germinar como grandes flores en un jardín cada vez más salvaje. Somos las flores agrestes del ramillete aromático que Lestat lleva entre sus manos.


Mi lugar está a su lado, el suyo al mío. Jamás dejaremos de luchar por nuestros sueños, tal y como mi padre me ha inculcado a lo largo de sus aventuras, porque si uno no lucha ¿para qué vivir para siempre? Hay que luchar por el honor, la verdad, el amor y la pasión.  

sábado, 28 de enero de 2017

Iguales

Iguales, idénticos... ¡Somos padre e hijo!

Lestat de Lioncourt 


Nunca había pensado que algo así pudiese ocurrir. Sinceramente, ni siquiera en mis peores pesadillas. Creía que todo ese dolor, ese pasado tenebroso, había quedado atrás. La maldad de Akasha, como su ceguera y necedad, había quedado aplastada al fin por aquellos que iban en su contra. La revolución aplastó a la tirana, ¿no era así? Nos equivocamos. Caímos en un error tras otro y lo hemos pagado con creces.

Caminaba por los asépticos y blanquecinos pasillos de aquel laboratorio bajo tierra, instalado en uno de los desiertos americanos por excelencia, mientras metía mis manos en los bolsillos y me preguntaba si Seth podría tranquilizarse de una vez. Víctor cada vez estaba más impaciente, sobre todo desde la llegada de Rose, la hija adoptiva de su padre, que significó un revulsivo para él. Deseaba que la salvara. Supe que se había sentido terriblemente afectado por la historia de vejaciones y maltratos que padeció por culpa de la sociedad hacía años, cuando fue castigada por una chiquillada, y por los últimos acontecimientos con ese bárbaro que se hacía llamar profesor y amante.

Al pasar por uno de los cuartos, justamente el despacho de Frannely, su madre, quedé estupefacto. Víctor, ese chico que siempre había sido renuente a estudiar biología, estaba allí plasmado frente al monitor y un par de libros, algunas carpetas y una hoja en blanco anotando como habíamos obrado el milagro. El milagro de devolver la vista a Rose tras el ataque con ácido por parte de su amante.

—Víctor, ¿qué haces?—pregunté encendiendo la luz, aunque podía verlo perfectamente.

—Necesitaba saber cómo es el proceso. Rose despertará pronto y quiero explicárselo yo—dijo sin apartar la vista ni un momento de la pantalla.

—Puedo explicártelo y transmitirle el mensaje—expliqué con una sonrisa amable.

—No, demasiado técnico. Además, quiero informarme bien por mi propia cuenta y riesgo.

Era igual que su padre. El temperamento, la forma de fruncir ligeramente el ceño, su rostro, tono de piel y esos cabellos rizados absolutamente revueltos. Incluso la forma de mirar era suya. Me consideraba su padre porque yo obré el milagro, pero fueron Lestat y Frannely, mi única creada, quienes ofrecieron su genética para un ser tan portentoso.

—¿Y tú?—dijo al final girándose para verme—. ¿Qué haces?

—Busco a Seth—respondí—. Hay nuevos incendios en Europa y han ocurrido algunos en Japón—dije con voz cansada—. Debo informarle.

—Los vampiros están reuniéndos en Nueva York. Lo sé. Sé que lo están haciendo—dijo incorporándose—. En cuanto Rose despierte y esté en condiciones para viajar iremos. Vamos a ir. Di que lo haremos. Necesito ver a mi padre, informarle de todo y...

—Ya veremos—respondí.

—¡No!—dijo dando un golpe en la mesa—. ¡Iremos! ¡Oh, sí! ¡No me seas cobarde! Tú me creaste y mi padre ni siquiera sabe que existo. ¡Merece saberlo!—decía cada vez más furioso.

Entonces unos pasos rápidos por el pasillo. Uno de mis científicos más joven, de menos de diez años tras su conversión, se aferró a mis brazos y sonrió.

—La joven a despertado—dijo con aquellos ojos verdes, tan poderosos y perturbadores, llenos de vida. Estaba a punto de llorar de emoción—. ¡Al menos lo está haciendo!

—¡Rose!—gritó Víctor corriendo para poder hacer su aparición junto a ella.


Ese muchacho era todo una furia, pero también un hombre que sabía lo que quería. Tenía miedo de presentarlo frente a Lestat. Sin embargo, no podía negar el derecho a conocerlo. Ya contaba con dieciocho años y había decidido.  

sábado, 17 de diciembre de 2016

A Christmas Carol

—¿Qué demonios haces?—preguntó desde la puerta.

—He decidido que quiero pasar tiempo de calidad con Rose, pues pronto será Navidad y hoy representa en su escuela “A Christmas Carol” de Dickens—expresé frente al espejo mientras intentaba acomodar la corbata. Jamás se me había dado bien los nudos de esas elegantes sogas.

—¿Vas a ir solo?—dijo entrando al fin.

Posee un porte que yo jamás tendré. Cada paso parece medido y su mirada, tan humana como aviesa, se clava en mí como dos auténticas dagas hechas con diamantes de color verde. Su gentil sonrisa se dulcificó cuando me tomó de los hombros y logró vernos en el espejo. Él vestía un traje verde botella de tres piezas, si contaba con el chaleco a juego, y una camisa blanca pulcra sin corbata. Tal vez porque no le hacía falta. Yo tenía un aspecto salvaje pese a mi uniformidad de hombre de negocios de altos vuelos. Por el contrario yo usaba un azul marino muy oscuro, una camisa similar a la suya y la corbata roja en tono borgoña.

—No sabía si querías asistir—expliqué.

—Tiene doce años y debe ser ya toda una damita, seguro que muchos jóvenes se fijan ya en su belleza.

—Es una niña—repliqué algo molesto. Incluso fruncí el ceño juntando mis cejas.

—Dentro de cuatro años la considerarán un buen partido, pues las mujeres parecen madurar antes. Con dieciséis años todas asisten a fiestas, unas más alocadas que otras, donde bailan con otros jóvenes de su edad y se enamoran estúpidamente del chico cuya sonrisa es más bonita—comentaba girándome hacia él, para deshacer la corbata y comenzar a anudarla.

—Luego maduran de verdad y se dan cuenta que es mejor estar solas—dije con cierto orgullo, aunque no sabía qué tipo de mujer sería Rose. Había intentado por todas mis fuerzas que fuese culta, educada, con bondad en su corazón y una madurez fuera de lo común. No obstante era bastante tímida y quizá muy ilusa en muchos sentidos. Temía que la hirieran cuando llegase su primer amor, aunque en estos momentos sólo representaría por primera vez un bonito cuento navideño.

—Esa es tu madre—me advirtió—. Hay mujeres, que pese a su esmerada educación, deciden por sí mismas seguir a un hombre y ser su apoyo.

—Sinceramente, preferiría que el hombre fuese su complemento y ella fuese el complemento del hombre. Estar de apoyo es muy digno si se desea, pero prefiero que ella aprenda a ser un pilar fundamental de nuestra sociedad—. Hablaba con orgullo y creyendo firmemente en lo que decía.

—Sin condicionamientos de ningún tipo—susurró terminando de acomodar el nudo, para luego tirar suavemente de la corbata, logrando que me inclinara hacia delante. De inmediato rozó sus labios con los míos, mordió con sus blancos dientes el inferior y luego me besó apasionado. Noté como cerraba los ojos bajando los párpados lentamente, para luego soltar la corbata y echar sus brazos a mi cuello. No lo dudé. Reaccioné a tiempo atrapándolo.

Aquella noche asistimos a la obra de teatro en aquel caro y magnífico centro de estudios. Ella parecía vibrar con cada palabra. Era el fantasma de las navidades pasadas y ofrecía al viejo cascarrabias una lección magistral. Los otros niños estuvieron bien, pero no eran mi Rose.


Tal vez he vivido otras navidades con la misma intensidad y belleza, pero no con ese deseo tan ferviente de creer en un Dios bondadoso. Deseaba que la bendijera, que la cuidara cuando yo no estaba, y vigilara sus pasos para que jamás se tropezara con monstruos como éramos nosotros. Era mi pequeña, mi niña, mi dulce ángel... mi Rose.  

Lestat de Lioncourt 

sábado, 3 de septiembre de 2016

Ella, siempre es ella.

—¿Alguna vez pensaste en lo que hacías?—preguntó mientras me recostaba en el sofá junto a él. Había colocado mi cabeza sobre sus piernas como si fuese un cojín. Él sostenía aún un viejo libro. Parecía ensimismado en su lectura hasta que habló repentinamente.

Sus ojos verdes brillaban como los de un gran felino y su boca carnosa se movía con gracia. Parecía un ser sacado de uno de los cuadros de algún artista extremadamente realista. Tenía el cabello perfectamente cepillado y recogido en una coleta simple, algo baja, y rozaba la cruz de su espalda. Sólo llevaba una camisa blanca, muy fresca y veraniega, y unos pantalones negros que envolvían sus largas piernas. No llevaba zapatos. Se había descalzado hacía un buen rato para pasear por la biblioteca antes de sentarse en ese cómodo sofá y divagar como siempre.

Había estado a punto de perderlo, igual que David había perdido a Merrick. Por eso mismo, y no por otro motivo, decidí recorrer el mundo para poner en orden mis pensamientos tras lo ocurrido con los Mayfair. A él lo envié con Armand. No había nadie en quien poder confiar salvo en ese muchacho maldito de ojos castaños y pelo rojizo.

—¿En qué? ¿Sobre qué?—respondí preguntando.

—En ella—repuso.

—Concreta, Louis—dije mirándolo a los ojos mientras cerraba el libro.

—Para mí no hay otra ella, pero puede que para ti sí.

Sabía que era esa “ella”. La misma “ella” que había estado a punto de destruirlo llevándolo a la locura. Aún no tenía claro que ese fantasma infantil fuese nuestra hija. Dudaba muchísimo que estuviese en este mundo buscando venganza. La muerte debió ser liberadora para ella, aunque sabía que no estaba preparada para morir. No lo estuvo con cinco años no lo estuvo en ese entonces.

—Dejemos el tema por la paz—contesté con cierto desdén.

—No—dijo frunciendo el ceño.

—Louis...

Se incorporó, dejó el libro sobre el asiento y echó a caminar por la sala, como una canica que gira y gira sobre las baldosas buscando un lugar donde detenerse. Seguía con la vista sus pasos. Deseaba levantarme y abrazarlo, pero sabía que iba a lanzarme uno de sus dramáticos monólogos.

—¡No puedo dejar el tema! ¡Me persigue su rostro noche y día! ¡Allí donde vaya busco su rostro, intento atrapar sus rizos dorados y me lamento! ¡Era mi hija! ¡Era un pedazo de mi alma!—gritó al fin. Desahogó su ira hacia mí. A veces pensaba que él creía que yo era el único culpable, pero lo fuimos los dos.

—¿Acaso crees que no siento lo mismo?—pregunté con cierto reproche incorporándome por completo del sofá para ir hasta él.

En un arrebato lo detuvo y lo tomé por los brazos, justo por encima de los codos, pero él empezó forcejear. No quería tenerme cerca. Era como si mi presencia le quemase más que el sol mismo.

—¡Pues te veo impasible! Ya ni siquiera la mencionas...—dijo rompiendo a llorar mientras apartaba de mí.

—¿Hace falta mencionarla?—mascullé casi sin aliento. No sabía cómo reaccionar a esos arranques. Jamás lo he sabido.

—Para mí sí...—murmuró.

—Es una forma distinta de duelo, Louis—dije.

—Yo no puedo vivir sin ella. No puedo.

Sus ojos eran dos llamas de esperanza destruida. Parecían arder en el infierno. Maldita sea... ¿cómo no me había dado cuenta? Él revivía cada momento con ella desde su concepción en la misteriosa oscuridad hasta el esparcimiento de sus cenizas.

—Oh, Louis...—mascullé derrotado.

—Si no la recuerdo es como si jamás hubiese vivido. Necesito mencionarla para verla viva frente a mí—me aseguró llevándose las manos al pecho con esas lágrimas recorriendo sus mejillas igual que un paso de misterio. Parecía una de esas vírgenes misericordiosas que lloran por la muerte de su hijo clavado injustamente en una cruz.

—He adoptado una niña. Estaba perdida y sola, su madre había muerto—confesé.

—¿Qué?—dijo sin apenas aliento.

—Que he adoptado una niña—repetí con la voz quebrada— He salvado a una niña del desastre. Antes que ocurriera, Louis, la vi. La vi con esos ojos llenos de magia que Claudia perdió y cuando la escuché gritar...

—Lestat... ¡Se puede saber qué has hecho!—de inmediato se abalanzó sobre mí aferrándome con fuerza. Sus uñas parecían atravesar mi camisa negra.

—No la he convertido ni lo haré—aseguré firme mirándole a los ojos—. Pero por favor déjame fantasear que puedo salvarla como no lo hice con Claudia. Permite que pueda abrazarla, besar su frente y contarle cuentos. Déjame hacerlo. Déjame salvar mi alma y expiar mis culpas siendo el padre que no fui.

Acabé llorando, igual que él. Llorando en silencio. Nos mirábamos como dos idiotas enamorados sufriendo por la misma imagen de idílica familia que una vez tuvimos, la misma que ella destrozó por odio. Ella se sentía vencida y vacía y obró en consecuencia. La culpa fue de ambos, pero lo hicimos por amor.

—Mon coeur...


—Se llama Rose y cree que soy un ángel—añadí antes que él me abrazara como hacía décadas cuando volvimos a vernos, justo antes del concierto.  

domingo, 21 de agosto de 2016

Madurez IV

Y aquí finalizan sus memorias. Espero que les haya gustado conocer un poco más a Rose y a Viktor. 

Lestat de Lioncourt


Después tomé la mano de Rose, mientras me secaba con un pañuelo de seda que había dejado en el bolsillo de mi chaqueta, para marcharnos al teatro. Los transeúntes nos miraban como si fuéramos seres de otro mundo. A veces sentía que sabían que conteníamos cierto poder, sobre todo desde que conocí personalmente a hombres de Talamasca. Sabía que sentía tanta culpa, pero no era su culpa, por mucho que ella pudiese creer que lo era y martilleara en su alma como si fuese un cuervo siniestro sobre el busto de Palas. No, no era su culpa. Podría decirse que la culpa era de mi padre, que también su padre adoptivo y de sangre, porque a veces olvidaba que nosotros podíamos acometer las mismas locuras que él había hecho repetidas veces, que todavía hacía y que posiblemente haría hasta que el mundo explotara.

Mi traje no lucía perfectamente planchado por culpa del salvaje agarre que había sufrido, pero logré adecentarlo y pasaba desapercibido. Mis ojos azules se movía por los grises adoquines hasta sus zapatos de tacón, como si fuera una Cenicienta, para luego subir por sus tobillos hasta el borde de aquel elegante traje de noche. En un momento dado la tomé por la cintura y la hice girar junto a mí metiéndola en un callejón. Ella había bebido, pero yo aún no.

—Haremos algo—dije—. En el palco hay dos asiento más, posiblemente ocupados, y por ende beberé de los que estén allí. No sé si será hasta la última gota o sólo algunos sorbos. Juro que intentaré que sólo sean sorbos—comenté mirándola a los ojos mientras mis dedos se movían como arañas por su vientre. Estaba nervioso como un adicto a la cocaína porque la sed me descentraba, me ponía histérico, y podía incluso notar como bombeaban las venas de mi cerebro gritando que bebiera, que me saciara. Por eso, y no por otro motivo, dudaba que salieran ilesos los dos estirados que estuvieran con nosotros—. ¿Aceptas el trato?—pregunté antes de besarla hundiendo mi lengua entre sus carnosos labios mientras la pegaba contra mí. Era maravillosa, como maravilloso era el calor que me ofrecía aquel cuerpo aún tierno pese a la poderosa sangre que le daba vida, y yo, por supuesto, un iluso que amaba cada trozo de su piel como si fueran los pétalos de las rosas de un idílico jardín. Ella, por supuesto, respondió al beso con la misma intensidad. Acabó tomándome de la nuca acariciando mis cabellos más cortos y la otra, la diestra, rozaba mi mejilla y mentón con mimo.

—Acepto, pero al menos...—susurró apartando algunos cabellos que tapaban la parte izquierda de su cuello, ofreciéndole su piel desnuda —Bebe un poco de mí, así al menos podrás controlarte más. Por favor, es mi culpa que no hayas podido alimentarse aún.

—Si lo hago, Rose, dejaremos de tener la capacidad de contactar el uno con el otro—dije jadeando algo nervioso. Mis ojos brillaban y podía notar mis manos algo temblorosas—. Entremos al teatro—comenté apartando mis manos de ella para sacar de mi chaqueta las entradas.

Rápidamente la saqué del callejón y comenzamos a caminar hacia el cruce, tras este estaba el teatro. No había ya cola alguna para entrar, ni elegantes trajes y tampoco limusinas esperando que sus dueños bajasen para desfilar hacia el interior. La función llevaba más de quince minutos, pero no importaba. Pasamos por el vigilante, pidió las entradas y nos observó. Se detuvo varios segundos en mi rostro, memorizando mis facciones y pensando que era un adicto. Sí, demonios, era adicto y no me importaba. Mi única adicción era la sangre, si no contábamos el sabor de los besos de Rose.

Finalizaba el primer acto de Cyrano de Bergerac cuando logramos acceder. El público se ponía de pie. La mayoría parecía entusiasmada con la actuación, salvo el inútil con quien compartiríamos velada. En medio de la penumbra, mientras el telón estaba alzado, él se reclinó para cabecear. Había idiotas, muy idiotas y luego estaba él que malgastaba un asiento tan magnífico de una obra sensacional que estaba llenando la sala.

Al parecer su acompañante, una mujer, había salido a empolvarse la nariz. Así que yo senté a mi prometida cerca de la barandilla para que pudiese observar el centenar de almas que abarrotaban ese pequeño teatro, para hacer lo propio con el hombre que cayó seducido ante una pequeña conversación. Yo no era su tipo, eso estaba claro, pero cualquiera se rinde a los encantos de un jovencito y más si es un vampiro.

—Suelo venir con mi padre—le dije—. Pero yo me aburro, ¿sabe? Traje a mi hermana para que ella se distraiga.

—Es muy bonita—aseguró.

—Oh, sí, pero a mí me gustan los hombres maduros y sensibles—reí bajo golpeando suavemente su muslo provocando que me mirara con cierto deseo. Acto seguido se abalanzó sobre mí, pero yo no le dejé que me tocara demasiado. En menos de un minuto yacía sin pulso y yo al fin me relajaba.

Miré hacia el escenario con la silueta de Rose ocultando parte del espectáculo. Deseé estrecharla entre mis brazos mientras colocaba sutilmente al inútil en la silla de modo que parecía dormido, como si estuviera en brazos de un dios bondadoso, para luego tirar suavemente de ella y sentarla sobre mis piernas.

—Adivina... mañana podríamos ir a un lugar especial—dije escuchando los zapatos de tacón de la acompañante del idiota que había sido sólo mi aperitivo.

Sabía que se ponía celosa y esos celos me hacían sentirme más atractivo, cotizado y dichoso que cualquier halago que pudiese venir de sus labios. Aunque comprendía que se sintiese tonta, pues yo era absolutamente fiel y me había convertido en su guardián. Ambos éramos fuertes, poderosos, jóvenes y atractivos pero yo me volvía un perro agresivo si alguien se acercaba a ella con las intenciones de hacerle daño, aunque sólo fuese con una mirada despectiva. Era mucho peor que mi padre. Aún así jamás evitaba que pudiese hablar con otros, pero me mantenía atento por si las intenciones no era tan cándidas como las que ella podía llegar a creer. Acepto que lo sigo haciendo y ella, por supuesto, también.

Hace unos días me confesó que hubiese deseado ver como se deshizo de aquel imbécil que intentó atraparla, violarla y rajarla como a otras de sus víctimas. Aquel cretino maloliente que posiblemente se habría pasado más de una semana junto a las basuras sin que nadie se percatase que estaba muerto. También me confesó que se quedó algo avergonzada por no haber acabado con él por una tontería.

—¿Qué lugar? ¿Lo conozco?— dijo apartando cualquier otro pensamiento de su cabeza y me abrazó mimosa, prodigando besos a en mi frente y mejillas; en parte como disculpa y por otro lado porque quería decirse a sí misma que sería suyo toda la eternidad y no tenía porqué sentirse celosa de nadie.

—He pensado que podríamos tomar un vuelo inesperado, dejar Nueva York atrás y todo el continente americano, para desplazarnos a la vieja Europa. Deseo ir contigo a Roma—dije mirándola a los ojos notando un brillo, sólo un pequeño brillo, de celos que me encantó.

Me endulzaba la noche que fuese así, que aún tuviese esos pequeños ataques de celos y rápidamente se recompusiera. Mientras, tras nosotros, la mujer tomaba asiento y comenzaba a blasfemar porque aquel pobre imbécil, ese inútil sin modales, al fin se había dormido.

El segundo acto fue espléndido y lo pasé aferrado a ella en silencio. Mi mentón estaba sobre su hombro y mis labios rozaban su nuca. Podía ver perfectamente el escenario, los actores, escuchaba sus voces vibrar alzándose hasta la cúpula dorada y caer sobre los emocionados espectadores.

Aquella obra, mitad drama mitad comedia, era sin duda alguna una de mis favoritas. Podías sacar tanto en claro en cada frase, en cada gesto, y en cada oportunidad que tenían sus principales personajes que acababas amándolo aún más. Un hombre hermoso por dentro, pero feo por fuera, ayudando a que otro lograse ser feliz mientras él se cubría de dolor.

Por como sonreía podía decir que estaba encantada y, además, no se cortó en darme otro beso en los labios dejándome con una estúpida sonrisa. Amaba que fuese así de cariñosa y cómplice conmigo. Creo que por eso me enamoré de ella ciegamente cuando conversamos aquella primera vez. No dudó en tomar mis manos, reír a carcajadas con algunos de mis comentarios y apoyarse en mi hombro mientras me contaba las historias que conocía de mi padre. Sé más por ella de mi padre que por mi padre mismo y sus libros. Comprendo cada mueca porque son las mismas que ella me ha descrito.

Si le dije de llevarla a Europa fue porque desde que había podido ir con sus tías, las mujeres que hicieron la gran proeza de cuidarla y educarla mientras Lestat iba y venía, no había podido pisar de nuevo aquellos encantadores parajes y ciudades abarrotadas de personas algo distintas en mentalidad a las americanas o neoyorquinas. Era cierto que habíamos ido a Francia con mi padre, pero las reuniones eran tan agotadoras que ni siquiera habíamos disfrutado de París. Él de inmediato nos mandó con Armand para que nos vigilara como un perro de presa. Thorne estaba en la ciudad porque Jesse Reeves y David Talbot estaban terminando de arreglar la biblioteca y el templo de Maharet y Khayman, el cual quedó algo destruido por culpa de Rhosh y Benedict. Esos dos pelirrojos, uno de inteligencia aguda y otro torpe pero bondadoso, estaban siempre tras nuestros pasos.

Por otro lado sería un viaje cómplice, romántico, lleno de aventuras porque no iríamos con un guía ni con nadie que nos dijera dónde, cuándo, cómo y porqué estar en un edificio u otro. Quería ver las maravillosas esculturas de las numerosas fuentes italianas, dejarme llevar por los bucólicos paisajes de los viñedos de la Toscana, hundirme en el mar de las diversas zonas costeras, ir a los monumentos más atractivos y los museos más llamativos... ¡Y por supuesto! Quería llevar algunos frascos experimentales de Fareed para poder lograr retenerla entre mis brazos, hacerle el amor como meses atrás y seducirla durante toda la noche. Quería demasiadas cosas, esperaba demasiadas emociones en ese viaje.

Mientras pensaba en una cosa y otra, recreándome en emociones que aún no habíamos vivido, ella se quedó en mi regazo disfrutando del espectáculo, riendo y llorando al pasar de las escenas, y acariciando mis manos.

Por otro lado me mantuve al margen de aquella mujer, dejándola viva, para pedirle a Rose que nos marcháramos antes de terminar el último acto. Sabía que le emocionaba la obra, pero no podía permitir que encontraran el cadáver con nosotros allí. Tendríamos que hacer declaraciones y era mejor huir antes que cualquier cosa pudiese pasar.

A nuestra salida noté la brisa cálida del verano, deseé que el mundo se parara en ese instante y que me evitara estar perseguido como si fuese un delincuente. Mi padre se marchaba a una nueva aventura y nos dejaba a lo dos sometidos a sus espías. Toda la ciudad estaba llena de ojos para mí, aunque sólo fueran un puñado de inmortales. Sabía de mi molestia de ser perseguido por los mayores, ella también la sentía. Se abrazó a mí y le dio un beso a su mejilla antes de susurrarme al oído.

—Llevame a casa, tenemos mucho qué empacar, ¿no, mi amor?—dijo con sus ojos brillantes por la idea que había tenido.

¡Ah! Casi la tomo en volandas y echo a correr como un maldito demente. Podía hacer que el mundo quedase a un lado, incluso el tráfico de las calles, para convertirme en una máquina de guerra que arrollaría a cualquiera por entrar en el edificio, tomar las maletas y meter algunos libros, unas cuantas camisas, pantalones, suéteres finos, mudas limpias y algunos zapatos cómodos para el viaje. Incluso era capaz de hacer la suya. Con un par de maletas bastaba. Además, teníamos cuentas cargadas de ceros porque todos nos habían ofrecido su apoyo y yo estaba emprendiendo ciertos negocios.

¿No había terminado ella sus estudios? ¿No había terminado yo los míos? Este año de carrera había sido concluido por cursos en línea gracias a ciertos programas de ordenador y porque mi padre logró personarse en las diversas universidades, junto con Fareed y Seth, para abogar porque nos diesen esos permisos especiales aunque el curso ya había comenzado. Sí, estudiábamos. Pero no estudiamos como los idiotas de los libros más insufribles que he podido leer. ¡Absolutamente no! Yo quería terminar la carrera porque ya empiezo algo lo termino. Mis notas eran excelentes y también las de Rose. No teníamos porqué estar un verano encerrado en Nueva York por muy buenos espectáculos que tuviesen los teatros, por grandes conciertos al aire libre que se diese en los diversos parques o estadios. ¡No, demonios! Merecíamos viajar libres como cualquier joven.

Al llegar al apartamento corrimos los dos de un lado a otro. Estábamos frenéticos y reíamos a carcajadas. Recuerdo que me tuve que sentar sobre su maleta para que pudiese cerrarla y ella hizo lo mismo con la mía. Cuando nos dimos cuenta había pasado una hora. Después bajé al parking y tomé mi Mercedes, dejé las maletas dentro del maletero y conduje hasta el aeropuerto. No teníamos billetes, pero podíamos comprar unos de última hora en primera clase. En primera clase siempre sobraban algunos asientos y conseguimos uno de un vuelo que iba a despegar casi de inmediato.

—Cariño, di adiós a las cadenas de papá—dije guiñándole un ojo.

—Adiós, tito Lestan. Adiós, normas. Adiós a todos...—comentó aferrándose con fuerza a mi brazo mientras reía.

La chica no podía comprender porqué estábamos tan radiantes, pues sólo era un viaje. Pero comprendió pronto todo cuando pudo ver mi anillo de compromiso en mi mano. Oh, sí. Yo le había pedido matrimonio aunque no era algo habitual entre los inmortales. Esa clase de cosas son para humanos, pero ¿no éramos en parte una mutación? No dejábamos de ser por completo humanos.

En el avión estuve besando a Rose todo el tiempo. Llevaba algunos tubos de hormonas para ambos que no había usado. Había robado algunos a Fareed la última vez que entré en su laboratorio. Aunque tampoco puedo decir que los robé porque me los pasó mi madre de contrabando y Seth se echó a reír por mi descarada reacción.

Todo fue magnífico las primeras horas. Llegamos al hotel casi a punto de ver el amanecer y nos encerramos en la habitación. Dormimos desnudos, pegados uno al otro, en una inmensa cama de matrimonio en una de las suite de lujo de uno de los hoteles con más encanto y belleza. Al despertar tuve la pesada sensación que algo iba a ir mal, pero evité decirle nada a Rose. Nos tomamos un baño juntos, nos acicalamos y bajamos al hall para dejar las llaves. Queríamos pasear. Esa noche sería una aventura.

Y menuda aventura...

Nada más pasar dos avenidas, recorrer un parque y pararnos frente a una coqueta cafetería muy elegante nos encontramos a Landen paseando con Marius, ambos discutían. ¿Y cuál era la discusión? Pues nosotros...

—Pueden quedarse en Roma todo el tiempo que quieran. Si tienen algún contratiempo siempre pueden buscarme—decía meneando suavemente la cabeza—. Ah, Marius, no impongas aquí tus reglas de tirano porque no voy a permitírtelo.

—Me envía su padre—dijo.

—Como si te envía Dios mismo, que no existe, por su orden y mandato divino—respondió situándose frente a él sin temor alguno aunque era más enjuto, joven y, por ende, más débil.

—¡Ahí están!—gritó echando a correr hacia nosotros.

No nos movimos. Sabíamos que si huíamos iba a ser peor. La bronca fue subiendo de tono hasta que Landen intervino pidiendo la palabra. Persuadió a Marius, aunque nos amonestó por marcharnos de Nueva York sin dejar claro nuestro paradero. Sonreí satisfecho cuando nos aseguró que él vigilaría porque tuviéramos una estancia cómoda, que podríamos incluso visitarlo a su modesta vivienda, y que no pasaría nada. Además, acabó llamando a mi padre y diciéndole que él sería nuestra carabina. Marius tuvo que retroceder en su empeño en llevarnos con él, entró en un callejón y se marchó gracias a su don para volar. Por nuestra parte nos echamos a reír cuando Landen se despidió exigiendo únicamente que nos reportáramos alguna noche para poder visitarlo, “tomar” un café con él y hablar de nuestras pequeñas aventuras.


¡Roma era nuestra!  

sábado, 20 de agosto de 2016

Madurez III

Seguimos con estas memorias... de verdad... "De tal palo tal astilla".

Lestat de Lioncourt 


Hizo que caminara a su lado, atándome en corto como quien dice, porque para él era el enemigo si se trataba de su querida, adorada y amada Rose. Podía ser su hijo, pero con quien se había desvivido todos esos años era con ella.

En cuanto Armand le confesó que ambos estábamos cerca sus nervios aumentaron de golpe. De inmediato comenzó a correr por las calles por donde podía sentirme, como si mi perfume la atrajera como una flor a las abejas. En el segundo que vio a ambos corrió con más fuerza aún hasta dar con mis brazos, los cuales se abrieron rápidamente para sentirla pegada a mí. Tiritaba como una hoja en mitad de una fuerte ventisca.

—¡Fue mi culpa, lo juro tito Lestan!—dijo girándose para ver a Lestat con los ojos llorosos por el remordimiento que sentía—¡Yo eché a correr, fue todo mi idea! Castígame a mi y no a Viktor, si no ¡Me haré yo misma todo lo que le hagan a él!

No quería que la castigaran por mi culpa. Aunque tampoco lo permitiría si así fuese. Me sentía culpable por no quitarle esa idea de la cabeza, pero ambos éramos demasiado rebeldes, testarudos... demasiado Lioncourt.

—Tus escoltas son unos inútiles—reprochó a Armand.

—Marius ha dado con él, ¿no?—dijo encogiéndose de hombros.

—Él no es parte de tu equipo de seguridad—respondió apretando los puños.

No lo era. Thorne era parte del equipo de seguridad de Armand, junto a Antoine que a veces vagaba de club nocturno en club nocturno para cazar nuevos talentos y aprender de ellos. Pero Marius simplemente me seguía la pista porque era su responsabilidad, o al menos así lo veía él en su retorcida mente milenaria, al haberme dado la sangre y esta oportunidad magnífica de conocer el mundo por mis propios medios. Aunque, ¿conocía mundo? Sólo Nueva York y las fortalezas donde Fareed y Seth me enclaustraban para ver la evolución de mi ADN tras adquirir aquella poderosa sangre milenaria.

—No, pero olfatea bien a su creado y eso es lo que cuenta—respondió—. Hubiese dado cualquier cosa por ver la cara de sorpresa de Viktor al ver a Marius, ¿cómo fue? ¿Puedes recrearla para mí?—murmuró con cierta sorna. Casi le faltaba dar pequeños brincos y aplaudir completamente entusiasmado con la sola idea de verme sufrir una derrota tan humillante—. Tu hija se defiende bien, él es mayorcito y tú le has enseñado casi todo. Marius, inclusive, ha hecho que sea más fuerte de lo que fuiste a sus años. ¿Qué esperabas, Lestat?—dijo alzando una de sus delgadas cejas mientras echaba hacia atrás sus brazos. Parecía un muchachito más y no un inmortal regodeándose ante la sola idea de ver a mi padre, el Príncipe de los Vampiros, sufrir por una niñería—. Son iguales a ti, los dos son tercos como mulas y disfrutan quebrando reglas. Cuanto más les impongas más se alejarán de ti.

—No me alejaría de mi padre y Rose tampoco—no pude contenerme porque esas últimas frases estaban de más.

—Estás quebrando sus normas, Viktor—aseguró mirándome con esos enormes ojos castaños—. No es la primera vez.

—Ni será la última—respondí sin titubeos—. Me gusta quebrar las reglas que se nos imponen porque es así como todos nosotros, incluyendo a Marius que es quien las ha elaborado, hemos aprendido. Se aprende de los errores y no de los consejos—aseguré mirando primero a Armand y luego a mi padre—. Aunque es cierto que...

—Rose, no quiero verte rondando hombres—intervino nuestro padre—. No quiero que te alejes de Viktor. No voy a permitir que te acerques a escoria, te guste o no, y vas a obedecerme o terminarás escoltada por Sevraine y sus mujeres—mientras hablaba Armand suspiraba como si se hubiese olido ese discurso—. Y tú, niño insolente, la próxima vez que intentes entrar en ese tipo de antros te juro que iré yo mismo a golpearte.

—A tugurios peores vas, papá—aseguré.

—No me lleves la contraria—dijo clavando sus ojos azules de tonalidades violáceas en los míos. Sabía como imponerse, pero conmigo no iban esos trucos.

—¿Qué has dicho? ¿Qué no quieres que haga lo mismo que haces tú con el resto?—sonreí antes de tragarme mis propias palabras sólo con la mirada que me echó—. Lo siento...

—Si te atreves a separarme de Viktor, me tiraré a la hoguera yo misma; peor aún, dejaré que el Sol me lleve tal como pasó con Claudia.

Sabía que no quería herirlo, amaba a Lestat porque fue el único padre que conoció siempre. Ella lo idolatraba. Pero también comenzaba a fastidiarse de su conducta. Siempre tan entrometido, encima de los dos como si fuéramos niños e intentando saber qué hacíamos. Pronto pediría que lleváramos cámaras continuamente.

—Ya no soy una niña, soy mayor incluso que Viktor y he sufrido más. Además, incluso tú rompes las reglas. No es justo que me trates como una mocosa—decía todo aquello sin separarse un milímetro de mí, su prometido, con miedo aún a que pudieran castigarme.


—Lestat, pasas demasiado tiempo con Marius y te estás cubriendo de gloria—comentó Armand.

—Haces lo mismo con Sybelle—le reprochó.

—Sólo cuando hay vampiros peligrosos sueltos por la ciudad, entonces sí puedo ser algo menos indulgente. Sin embargo, jamás la trataría como algo que no es. Cometiste un error terrible con Claudia, ¿vas a cometerlo ahora con este par de hijos que te ha dado la fortuna y la ciencia?—preguntó mirándolo a los ojos—. Te vas a convertir en Marius a este paso, Lestat. Harás que todos cumplan tus reglas como un maldito tirano, logrando así que la inmortalidad deje de ser atractiva y comience a serlo el sol, el fuego y la decapitación.

—Sólo quiero protegerla—le reprochó—. Ya viste que ocurrió cuando la dejé ser...

—Pero ya no es humana—dije interviniendo porque ya no podía aguantarme más—. Ya no es humana y yo tampoco lo soy. Podemos hacernos cargo de nosotros mismos—rodeé a Rose para calmarla mientras miraba a mi padre conteniéndose las ganas de llorar. Estaba dándose cuenta que no podía domesticarnos, que eso sólo traería fatales consecuencias para todos.

—Lestat, ya nadie puede dañarme. Te tengo a ti, a Viktor y a la Tribu... ¿acaso no es suficiente? No soy humana, viviré toda mi vida a tu lado y nadie podrá apartarme de ustedes. Pero no me hagas lo que le hiciste a Claudia, deja de tratarme como a una niña. No soy tu pequeña. Ya no tienes que venir a besar mi frente, arroparme y contarme un cuento para sentirme amada. Ni siquiera tienes que llamarme cada día para saber dónde estoy o si me he alimentado. Eres mi tío Lestan, mi adorado tío Lestan, el hombre que me salvó la vida cuando era una niña demasiado inocente y el que me ha convertido en una mujer con sus consejos. ¿Dónde está el hombre que me dijo que podía hacer todo lo que quisiera? ¿Está ahí? ¿Está en alguna parte?— alargó un brazo hacia su adorado tío y padre, acariciándole la muñeca y los dedos de su mano derecha con cariño. Sus ojos mostraban un amor ferviente que en parte me llenaba de celos. Yo no tenía ese vínculo con mi padre y tampoco con mi madre, ella era demasiado desentendida de sus labores como tal. Si bien admiraba a ambos y me sentía querido—Deja que por fin tenga libertad sin nadie que me obligue a hacer lo que no quiero—susurró—. No me recuerdes mis encierros...

—Marchaos—dijo sin soltarse de esas caricias. Al parecer su discurso lleno de afecto y verdad había hecho que entrara en razón—. Aún así deseo saber en todo momento dónde estáis.

Sabía que no hacía falta que le dijéramos personalmente dónde estábamos. Amel estaba en nuestras venas, cabalgando sobre nuestros glóbulos rojos, incitándonos y llamándonos a ser y no ser. Miré a los ojos a mi padre y me acerqué a él para besar su mejilla. Sentía admiración, amor, respeto y a la vez miedo. Un miedo terrible a ser rechazado, a no ser el hijo que él quería o soñó tener. Sin embargo, apartó un segundo a Rose para abrazarme.

La primera vez que me abrazó creí que me caía al suelo. Había soñado toda mi vida con conocer a mi padre, el vampiro de las grandes proezas y el joven que soñó con ser artista. Todo mi mundo se resumía en querer ser el hijo predilecto, el hijo que todo hombre ama, y me comporté como ellos decidían. Quería pasar la prueba para que me presentaran a mi padre y entonces rogarle libertad, ser como él y decirle que lo admiraba. Pero todo se fue al diablo. Lo único que pude hacer fue contestar a su necesidad de saber de mí. Mi admiración creció como mi miedo. En esos momentos, en los que sentí su colonia y su calor, no pude contenerme y acabé llorando hasta que él me apaciguó con un par de golpes en la espalda.


Después tomé la mano de Rose, mientras me secaba con un pañuelo de seda que había dejado en el bolsillo de mi chaqueta, para marcharnos al teatro. La función ya había comenzado, estaba seguro, pero no me importaba. El primer acto no era el importante, ni el más maravilloso de todos, y la representación ya la habíamos visto unas diez veces en lo que iba de mes.  

viernes, 19 de agosto de 2016

Madurez II

Seguimos con estas memorias... Aquí salgo yo.

Lestat de Lioncourt 



—Cállate, Viktor, ¿adónde ha ido Rose? ¿Sabes lo peligrosas que pueden ser las calles por la noche? Aún es demasiado joven y tú también. Sal de este antro, compórtate y sigue las normas—dijo señalando la puerta—. Y usted, debería fijarse bien con quien trata primero si no quiere terminar en la calle muerto.

En aquel callejón, algo lejos de donde yo me encontraba, aquel desecho humano se acercó a ella con una navaja lista para que cualquiera, joven o no, le tuviese miedo al instante. Claro que ella no era cualquiera. Rose no necesitaba nada para sentirse superior a él. Así que nada más estar a su altura le fracturó el brazo con un movimiento rápido logrando que la navaja cayera al suelo.

—¡Maldita puta!—profirió aquel asaltante mientras se retorcía entre gritos de dolor. Tenía el brazo destrozado. Rose no quería escucharlo, y tampoco deseaba que otro más pudiese oír sus lamentos, así que lo tomó de la mandíbula apretándola lo suficientemente fuerte como para callarlo.


—Que grosero, ¿no te enseñaron cómo debes hablar frente a una señorita?— dijo mientras que él forzajeaba con la mano buena, intentando soltarse de su agarre sin éxito—. Eres despreciable, ¿cuantas pobres mujeres atacaste como lo ibas a hacer conmigo?.— mientras hablaba se dio cuenta de la vena pulzante del cuello debido al forcejeo y sintió un hambre voraz. Sin decir más fue directo a morderle comenzando a beber mientras Armand se aproximaba con su habitual elegancia y curiosidad. Siempre he pensado que si fuese el pelirrojo un animal sería un gato deseando caer sobre los indefensos ratones.


Rose le soltó y le dejó caer en el suelo aún con vida. Armand abrió y achicó sus ojos frunciendo suavemente el ceño mientras giraba ligeramente el rostro hacia el lado izquierdo. Supongo que él no podía comprender por qué despreciaba aquella sangre.

—Su cuello tiene un sabor horrendo...—murmuró—. Lo siento...

Para mi mala suerte Marius me acompañó a la puerta alejándome de aquel ambiente cargado, de mi presa y de toda la libertad ganada ese día. No me miraba y yo no me atrevía a hacerlo. Sentía que me aplastaría. Era peor que Seth y Fareed, pues al final yo siempre me salía con la mía. Con él no podía. Además era mi creador y ejercía muchas veces de padre, que en su caso viene a ser lo mismo que un dictador en pequeña escala. 

—Eres un inconsciente—dijo intentando aparentar estar sereno –Fareed y tu padre sabrán de todo esto—masculló agarrándome por la nuca con su mano derecha. Sentí aquello como si fuese un muñeco de esos de jaula que se eleva y termina atorado antes de caer por el estrecho agujero.

—Soy mayor de edad—respondí provocando que él suspirara me soltara.


—Eres un imbécil, como tu padre—gruñó—. Un mocoso malagradecido.

Armand acabó riéndose primero suave y luego a carcajadas como un maldito genio enloquecido. Aquel callejón se estaba convirtiendo en su show favorito, aunque supongo que estaba maldiciendo a Lestat por haberlo arrancado de su cómodo sofá el día que repetían uno de sus capítulos favoritos de Doctor Who.


Vestía como un adolescente común. Llevaba unas deportivas que contrastaban con el alquitrán y la suciedad del lugar, las cuales se movieron con cuidado, paso a paso, hasta el agonizante violador. Aquellos zapatos blancos de suela de goma, con diseño clásico y uno de sus cordones demasiado largos fue lo último que vio aquel idiota antes de desplomarse del todo. De inmediato levantó la derecha como si fuese a chutar un balón y golpeó con fuerza la cabeza. La puntera se manchó de sangre, pero él se divirtió.

—¿Entonces puedo divertirme con él?—preguntó como un niño que deseaba ir a jugar y le pedía a su madre permiso. 

—Adelante, es todo tuyo.


Rose se alejó mientras Armand tomaba al sujeto entre sus brazos, con cierto amor aunque le repugnaba el hedor a whisky y sudor que tenían sus prendas. Pasó su mano derecha por sus cabellos negros y revueltos, algo húmedos por el sudor y la sangre, para luego mirarle a los ojos. Había perdido la vista, pero parecían que seguían pudiendo ver la belleza de aquel querubín que le arrebataría el último aliento. Abrió su voluptuosa boca y clavó sus afilados dientes en el cuello bebiendo sólo un trago, para luego tapar ambas perforaciones con su sangre tras un lametazo.

Ella se quedó mirando hacia el lugar de donde había venido, como si fuese una aparición, y se preguntó si yo ya estaría esperándola en el teatro. Al terminar Armand dejó el cuerpo recostado contra la pared, como si tras una tremenda paliza se hubiese quedado allí recostado esperando que el dolor cesase. Después se giró observando a Rose sin decir nada. No sabía si reprenderla o no. Él comprendía todos los errores que podíamos cometer, pero por otro lado Lestat, nuestro padre, se jactaba de haber aprendido de sus errores. Arrugó la nariz, chasqueó la lengua y se acercó a ella tomándola de la mano para que lo siguiera. Iba a hablar con mi padre, al menos eso nos dijo más tarde, para que dejase algo de libertad antes que nos alejáramos sin decir nada.

El hermoso querubín de Marius, el cual me estaba asesinando con la mirada en ese mismo instante, era su testigo. El testigo crucial para afirmar que ella había probado que podía alimentarse de hombres sin tener que depender de otros. Rose caminaba con una sonrisa amplia que se borró al no ver a Viktor por ningún lado en la entrada del teatro, faltaban menos de cinco minutos para que la ópera. Armand comprendió que algo iba mal así que comenzaron a buscarme por el bulevar. Bendita puntualidad la mía que los alertó que algo ocurría.

Mientras tanto Marius se topó con la desagradable sorpresa que alguien, también en contra de la estúpida sobreprotección de mi padre, apareciese para reprenderlo a él.

—Marius, deja de golpearlo con tus absurdas reglas–esa voz femenina era mi salvación.

—Gabrielle, no te involucres—respondió—Tengo la misión de cuidar de él.


Se echó a reír a carcajadas mientras aparecía frente a nosotros con ese cabello salvaje y esos ojos grises indomables. Llevaba la ropa que hubiese elegido cualquier viajero, de esos que recorren el mundo con la mochila cargada de sueños y un par de mudas, y un sombrero algo viejo sobre la cabeza. Algunos mechones de su cabello salían de su recogido y parecía más salvaje que nunca. 

—Es hijo de Lestat, mi hijo. Creo que sí puedo involucrarme—afirmó.


—También es hijo mío—repuso mirándola desafiante.

Allí saltaban chispas. Era como una vieja guerra secreta de dos seres intentando dominar a un rebelde aún peor que su progenitor. Un revolucionario que guardaba sus garras con perfectos modales, idílicas notas y sueños convencionales. Ante todos parecía el chico formal que todo padre quiere, el perfecto yerno, el amante modélico... pero era igual que mi padre. Cuando digo que soy igual que mi padre es cierto. Dicen que la cabra tira al monte, que de tal palo tal astilla, que no se puede negar la cruz de la parroquia a la cual se pertenece... ¿no es así?

Mientras se enzarzaban en una discusión meramente territorial y sentimental, porque se notaban los sentimientos a flor de piel, logré deshacerme de ellos para correr a toda velocidad sobre los perfectos adoquines de las calles aledañas. Crucé sin mirar una de las avenidas más transitadas, como si fuera una exhalación, pero alguien me atrapó empujándome hacia dentro de uno de los prestigiosos edificios donde había más abogados por metro cuadrado que supuestamente en el infierno.

—Papá...

—Viktor, ¿adónde ibas? ¿Dónde está Rose? Contesta—dijo agarrándome las solapas del traje—. ¡Niñato desagradecido! ¡Dime dónde está Rose!—la cólera le superaba.

—¿Hablas tú o el espíritu que te controla con sus ingeniosas ideas de ir a buscar ciudades perdidas?—aquello trajo peligrosas y dolorosas consecuencias. Su puño derecho fue directo a mi cara—. ¡Padre!

—Al fin reaccionas, pues sólo respondes a golpes como a mí me pasaba de joven—argumentó.

—Y de viejo—apostillé—. Todos recordamos como te abofeteó la abuela en París—comenté—. Que por cierto, ¿sabías que está en pelea dialéctica con Marius? Es increíble. Me hubiese quedado a verlo de no ser que iba en busca de mi prometida—noté entonces cierto sabor metálico en mi boca y gruñí—. Me he cortado la lengua por culpa tuya.

—Oh, vamos, no te vas a morir—dijo soltándome para acomodarme la ropa—. ¿Y Rose?

—No mides tu fuerza cuando estás preocupado por ella—murmuré intentando que mi traje no estuviese hecho un desastre—. Ella me dijo que debíamos cazar solos, sin mutua compañía, porque quería cazar a un hombre. Yo no acepté, pero ella es más terca que tu madre, Marius, Pandora y todo el santoral de inmortales juntos. ¿Lo sabías?—pregunté frunciendo ligeramente el ceño—. No me hace gracia que coqueteé con hombres aunque sea para...

—Cállate—dijo—. Hijo, te quiero, pero no hagas que me imagine esa escena—musitó antes de alarmarse porque su móvil sonaba. Era un mensaje entrante. Sin embargo, cuando lo tomó entre sus manos dudó en como contestar. No recordaba la clave para desbloquearlo.

—La fecha del cumpleaños de Louis—dije.

—Ah, sí—murmuró. 

Si había puesto esa fecha era porque al ser tan importante jamás la olvidaba. No era el cumpleaños real de Louis, sino el día en el cual al fin lo hizo nacer en la oscuridad junto a él. Supongo que cada quien tiene su momento dulce en la vida y ese fue el más dulce para mi padre. La clave la introdujo bien, pero el mensaje fue otro cantar. Tras algunos intentos fallidos, cierto nerviosismo, varias blasfemias y un largo suspiro supe que el mensaje era de Armand, que había dado con Rose y estaba intentando retenerla para que le diese alguna explicación.

—Está a dos calles—comentó.

—¿Está bien?—pregunté nervioso. Si le pasaba algo a Rose, por mínimo que fuese, me moriría. No querría seguir viviendo.

—Sí, está con Armand—respondió como si nada.


—¿Y se supone que eso es bueno o malo?—dije provocando que se echase a reír ante semejante ocurrencia. Pues todos sabíamos que ese maldito muchachito inmortal podía ser el peor de todos.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt