Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 16 de enero de 2017

Abandóname

Se lo tuvo que decir Stella... ¡Se estaba volviendo como Carl! 

Lestat de Lioncourt

Jamás me había sentido de ese modo. Había dejado constancia de mi negativa ante el hecho que Mona Mayfair, una de mis descendientes más poderosos, se convierta en vampiro. Estaba absolutamente seguro que esa nueva vida no era para ella. Quería volver tras nuestros pasos e impedir que se enamorara perdidamente de Tarquin Blackwood, otro de mis descendientes pese a no llevar mi apellido. Admito que él es muy parecido a mí físicamente y posee una bondad absurda, pero no era el momento ni la situación que ella merecía. Prefería verla marchitarse, uniéndose a nosotros los fantasmas de la familia, antes que convertida en un monstruo.

Usualmente me aparecía para ella. Me sentaba a los pies de su cama y teníamos largas conversaciones. Podía ver en sus hermosos ojos la tristeza y la dureza de una vida dedicada a no ser escuchada ni amada, pero sí usada casi como criada. Ella había cuidado a mi hermosa Evy, su bisabuela, que apenas hablaba y cuando lo hacía era para sentenciar a más de uno en esta vida.

Tendida en la cama, con esos hermosos cabellos de fuego y esa piel tan pálida cubierta de pecas, parecía una muñeca aguardando el momento de cobrar vida. Una vida que se escapaba de entre sus dedos. Podía observar el gotero bajar hasta su intravenosa y como los médicos iban y venían, entre ellos mi otra descendiente Rowan Mayfair, que se preocupaba por sus análisis y comodidad de la joven.

Ocasionalmente el padre Kevin Mayfair venía a verla. Rezaba el rosario con ella y le aseguraba que había un lugar mejor. A mí me obviaba. Sé que me podía ver ese maldito pelirrojo mea pilas, pero hacía como si yo no existiera. Quizá porque le imponía demasiado respeto o tal vez porque si me sentía tras él, observando su ancha espalda, no era capaz de mirar con apetito a una pobre muchacha enferma.

—Tío Julien—dijo aquella noche en la que estaba a punto de marcharse.

—Ya no soy tu tío—respondí molesto sin hacer acto de presencia de mi físico fantasmagórico.

—Oh, vamos... Sabes que es mejor que pueda vivir para siempre cumpliendo mis sueños, viviendo la vida que no he vivido. No puedes ser tan egoísta—susurró lo último como si temiese mi reacción.

Entonces aparecí frente a ella con uno de mis elegantes y sofisticados trajes hechos a medida, con el reloj de plata en mi bolsillo y el bastón en la diestra. Aparentaba unos cuarenta años. El cabello oscuro estaba ligeramente canoso, bien peinado y parecía las ondas que deja sobre la arena las olas del mar. Tenía un aspecto pulcro y gallardo, el cual no se puede comparar con el imbécil de Lestat.

—Dejas la familia—dije golpeando suavemente el césped crecido de aquel trágico cementerio—. Mira como quedó Merrick... ¡Ah, pero ella se involucró mucho antes en todo esto!

—No voy a morir—su sonrisa era la de una niña, no la de una mujer. Parecía tan ilusionada y segura que sólo pude apartar mis ojos azulados de los suyos, los cuales parecían el mismo césped que pisábamos ambos.

—Me dejas, me dejas... —respondí con congoja—. Quería estar a tu lado como ocurre con Stella. Nos abandonas. ¿Qué será de ti sin que yo pueda cuidarte?

—Tengo a mi Noble Abelardo—respondió orgullosa—. Además, voy a tener los conocimientos más antiguos sobre vampirismo.

—¿Y qué hay de los conocimientos antiguos de los brujos de tu familia?—pregunté ligeramente indignado.

—Los sé todos gracias a ti.

Escuché como soltó una risa fresca y se aproximó hasta mi aparición. Entonces hizo algo que hacía mucho tiempo no intentaba. Colocó sus manos sobre la mano de mi bastón. Sólo podía sentir el calambrazo de mi energía, pero no mi vieja piel. Ambos nos miramos con amor y desconsuelo, para luego desaparecer.

Stella me aguardaba en la habitación que habían preparado para Lestat. Estaba hermosa esa noche. Vestía con aquel bonito vestido blanco y el cabello negro con hermosos lazos. Sabía que usaba su etapa más feliz, aquella que vivió cuando era una niña, para recordar los buenos tiempos que habíamos vivido.

—Se marcha—dije apenado.

—Sí, se marcha. Me alegra que se vaya. Deja de ser tan cascarrabias. Te estás convirtiendo en algo similar a Carl—decía bailando por la habitación con su falda del vestido ligeramente remangada en el borde. Movía sus zapatos de charol de un lado a otro en pequeños brincos y arrugaba la nariz. Se divertía.

—Mujeres...—siseé—. Jamás os entendí del todo.

—Ni te hacía falta, tío Julien. Tenías a Richard para consolarte ante tu falta de comprensión, ¿o mejor interés?—dijo deteniéndose para luego echarse a mis brazos.


—Oh, diablillo—suspiré.  

domingo, 15 de enero de 2017

Profundizando

Mona Mayfair nos acompañará estos días... Su historia me conmovió. 

Lestat de Lioncourt 


El siguiente libro es el final de mi vida y el inicio de otro camino muy distinto al fijado. Puede que en las anteriores notas electrónicas viviéramos el desafío que supuso para Tarquin el vivir rodeado de fantasmas, asumir que uno de ellos era su hermano y que el mayor misterio familiar no era Manfred el Loco, sino él mismo. Una historia trepidante de amor, fantasmas, venganza, muerte, odio y liberación. Supuso para mí también una revolución. En sus páginas se narra como una joven Mona Mayfair aparece seduciendo al pobre muchacho, el cual incluso llega a pedir su mano.

Admito que yo soy esa Mona Mayfair. Si bien, para consuelo de todos ustedes diré que amé, amo y amaré a Tarquin de una forma que nadie logrará hacerlo. Soy una mujer apasionada y difícil, pero él sabe como entenderme con tan sólo un gesto o una palabra.

Estas líneas las escribo desde un ordenador en algún lugar lejano a Nueva Orelans, pero aún puedo sentir como vibra la ciudad con el Carnaval, la lluvia torrencial golpeando los cristales y el murmullo del Barrio Francés. No hay ciudad más hermosa y extraña que la que me vio nacer, morir y resucitar. Sí, resucitar. Considero que volver a la vida como vampiro es una resurrección.

Mis orígenes todos los conocen ya, pero todavía no hemos repasado mi final. Quedé en la cama de Tarquin, una noche poco agradable, esperando morir rodeada de las flores que había adquirido yo misma. Quería ser su Ophelia. La “enfermedad” que me había mantenido en el hospital Mayfair durante años se estaba cebando conmigo, no tenía más fuerzas y estaba a punto de caer en los brazos de la muerte. Entonces, otros brazos muy distintos, me rescataron. Pude sentir su penetrante aroma masculino, su aliento golpeando mi cuello y la forma en la que perforó este. Del mismo modo que saboreé su sangre y exigí más cuando la vida recorrió de nuevo mi cuerpo.

Mi noble Abelardo, mi apuesto Tarquin, no sabía la nauseabunda verdad que había tras mi enfermedad. Mi debilidad venía através de los múltiples abortos de Taltos debido a mi supuesta promiscuidad. No era una promiscua. Yo sólo deseaba tener otro hijo que me guiara hacia donde estaba su hermana Morrigan. No es difícil de entender. Quería ser conducida a ese círculo de piedras que ella comentó una vez. Sabía que podría hacerlo. Sólo quería estrechar a mi pequeña una vez más. Cualquier madre lo comprendería. Él lo comprendió. Lestat también lo hizo. Incluso sé que Michael, su padre, lo sabía. La única persona que me negó tal hecho, que incluso creo que ocultó información, fue Rowan Mayfair. No la culpo del todo, pues esa hija nació del fruto prohibido de su marido con una estúpida adolescente.


En esta semana viajarán conmigo a las profundidades de un pantano más oscuro que aquel que rodea Blackwood Farm. Serán sentenciados por el destino, del mismo modo que este lo fue conmigo. Aprenderán a sobrevivir. Sabrán bien mi vida y aceptarán los hechos que os narramos. Se inicia el recuerdo de Cántico de Sangre...   

sábado, 24 de diciembre de 2016

Run Rudolph Run

Oberon es demasiado humano y los humanos a veces demasiado monstruosos. 

Lestat de Lioncourt 


Siempre me he fijado, cuidadosamente y sin miedo, que las estampas más navideñas poseen nieve a su alrededor. Las carismáticas bolas de cristal con pequeños monumentos, pueblos en miniatura o diversas figuras se ven envueltas en una ventisca de nieve. Hay incluso pinturas, calendarios o cuentos donde todo está nevado y se celebra con ímpetu estas fiestas. Jamás entenderé al ser humano por sólo amarse en estas fechas, por ser bondadoso sólo una vez al año y demostrar respeto de ese modo.

Son seres abominables la gran parte del año, consumistas e hipócritas, dueños de una fábrica de cinismo ilimitada y de un semillero de odio que parece germinar con fuerza. Hay cientos de guerras de las cuales sus noticieros no hablan, muertes y dolor que no les salpica, porque en ellos hay dictaduras o regímenes que venden su tierra, su oro negro y diamantes, a la grande y patriota nación estadounidense.

Padre nos aisló en esta isla caribeña esperando que estos seres, crueles y déspotas, jamás pisaran las cálidas y doradas arenas que conforman nuestro hogar. Pero igual que si Adán y Eva hubiesen mordido la manzana, del mismo terrible modo, el paraíso se convirtió en infierno. Las balas cruzaron el silencio de la noche y se precipitaron sobre mis hermanos, enterrándose en sus corazones y logrando que sus vidas se truncaran. Algunos eran tan jóvenes que apenas comprendían el fracaso de nuestro pueblo, otros estaban tan corruptos como Silas. Silas, el traidor, quien envenenó a nuestro padre y creyó ser mejor líder. Él, junto a toda su hambrienta y depravada corte, cayó.

Estoy transmitiendo esto desde un ordenador, rodeado del vacío de una sala que antes estaba siempre ajetreada, con una pista navideña reproduciéndose en mis auriculares e intentando que el moño que he hecho, con un viejo trapo azul, evite que mis largos cabellos oculten mis ojos y provoquen que no pueda ver lo que intento narrar.

Este mensaje embotellado jamás lo comprenderá otro más que un hombre de Talamasca. Estas navidades serán otras llenas de recuerdos. ¿Desde cuándo estamos aquí desamparados? Quizá las semanas me parecen meses y los meses años. Soy esclavo y sigo vivo porque soy el último de mi especie, porque si quieren otro ser como yo tienen que recurrir a mí apareando a mis hermanas. ¿Qué será de nosotros? Algún día dejaremos de ser útiles, ¿y luego qué?


Feliz Navidad, destructivos seres, y que os jodan bien.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Ella, siempre es ella.

—¿Alguna vez pensaste en lo que hacías?—preguntó mientras me recostaba en el sofá junto a él. Había colocado mi cabeza sobre sus piernas como si fuese un cojín. Él sostenía aún un viejo libro. Parecía ensimismado en su lectura hasta que habló repentinamente.

Sus ojos verdes brillaban como los de un gran felino y su boca carnosa se movía con gracia. Parecía un ser sacado de uno de los cuadros de algún artista extremadamente realista. Tenía el cabello perfectamente cepillado y recogido en una coleta simple, algo baja, y rozaba la cruz de su espalda. Sólo llevaba una camisa blanca, muy fresca y veraniega, y unos pantalones negros que envolvían sus largas piernas. No llevaba zapatos. Se había descalzado hacía un buen rato para pasear por la biblioteca antes de sentarse en ese cómodo sofá y divagar como siempre.

Había estado a punto de perderlo, igual que David había perdido a Merrick. Por eso mismo, y no por otro motivo, decidí recorrer el mundo para poner en orden mis pensamientos tras lo ocurrido con los Mayfair. A él lo envié con Armand. No había nadie en quien poder confiar salvo en ese muchacho maldito de ojos castaños y pelo rojizo.

—¿En qué? ¿Sobre qué?—respondí preguntando.

—En ella—repuso.

—Concreta, Louis—dije mirándolo a los ojos mientras cerraba el libro.

—Para mí no hay otra ella, pero puede que para ti sí.

Sabía que era esa “ella”. La misma “ella” que había estado a punto de destruirlo llevándolo a la locura. Aún no tenía claro que ese fantasma infantil fuese nuestra hija. Dudaba muchísimo que estuviese en este mundo buscando venganza. La muerte debió ser liberadora para ella, aunque sabía que no estaba preparada para morir. No lo estuvo con cinco años no lo estuvo en ese entonces.

—Dejemos el tema por la paz—contesté con cierto desdén.

—No—dijo frunciendo el ceño.

—Louis...

Se incorporó, dejó el libro sobre el asiento y echó a caminar por la sala, como una canica que gira y gira sobre las baldosas buscando un lugar donde detenerse. Seguía con la vista sus pasos. Deseaba levantarme y abrazarlo, pero sabía que iba a lanzarme uno de sus dramáticos monólogos.

—¡No puedo dejar el tema! ¡Me persigue su rostro noche y día! ¡Allí donde vaya busco su rostro, intento atrapar sus rizos dorados y me lamento! ¡Era mi hija! ¡Era un pedazo de mi alma!—gritó al fin. Desahogó su ira hacia mí. A veces pensaba que él creía que yo era el único culpable, pero lo fuimos los dos.

—¿Acaso crees que no siento lo mismo?—pregunté con cierto reproche incorporándome por completo del sofá para ir hasta él.

En un arrebato lo detuvo y lo tomé por los brazos, justo por encima de los codos, pero él empezó forcejear. No quería tenerme cerca. Era como si mi presencia le quemase más que el sol mismo.

—¡Pues te veo impasible! Ya ni siquiera la mencionas...—dijo rompiendo a llorar mientras apartaba de mí.

—¿Hace falta mencionarla?—mascullé casi sin aliento. No sabía cómo reaccionar a esos arranques. Jamás lo he sabido.

—Para mí sí...—murmuró.

—Es una forma distinta de duelo, Louis—dije.

—Yo no puedo vivir sin ella. No puedo.

Sus ojos eran dos llamas de esperanza destruida. Parecían arder en el infierno. Maldita sea... ¿cómo no me había dado cuenta? Él revivía cada momento con ella desde su concepción en la misteriosa oscuridad hasta el esparcimiento de sus cenizas.

—Oh, Louis...—mascullé derrotado.

—Si no la recuerdo es como si jamás hubiese vivido. Necesito mencionarla para verla viva frente a mí—me aseguró llevándose las manos al pecho con esas lágrimas recorriendo sus mejillas igual que un paso de misterio. Parecía una de esas vírgenes misericordiosas que lloran por la muerte de su hijo clavado injustamente en una cruz.

—He adoptado una niña. Estaba perdida y sola, su madre había muerto—confesé.

—¿Qué?—dijo sin apenas aliento.

—Que he adoptado una niña—repetí con la voz quebrada— He salvado a una niña del desastre. Antes que ocurriera, Louis, la vi. La vi con esos ojos llenos de magia que Claudia perdió y cuando la escuché gritar...

—Lestat... ¡Se puede saber qué has hecho!—de inmediato se abalanzó sobre mí aferrándome con fuerza. Sus uñas parecían atravesar mi camisa negra.

—No la he convertido ni lo haré—aseguré firme mirándole a los ojos—. Pero por favor déjame fantasear que puedo salvarla como no lo hice con Claudia. Permite que pueda abrazarla, besar su frente y contarle cuentos. Déjame hacerlo. Déjame salvar mi alma y expiar mis culpas siendo el padre que no fui.

Acabé llorando, igual que él. Llorando en silencio. Nos mirábamos como dos idiotas enamorados sufriendo por la misma imagen de idílica familia que una vez tuvimos, la misma que ella destrozó por odio. Ella se sentía vencida y vacía y obró en consecuencia. La culpa fue de ambos, pero lo hicimos por amor.

—Mon coeur...


—Se llama Rose y cree que soy un ángel—añadí antes que él me abrazara como hacía décadas cuando volvimos a vernos, justo antes del concierto.  

martes, 3 de mayo de 2016

El precio del saber

Una hoja que hemos encontrado entre las ruinas de la biblioteca de Maharet. Espero que os guste y que os haga recordar el final del penúltimo libro en el que yo tuve importancia, como también la tuvo dos jóvenes vampiros que hoy están desaparecidos.

Lestat de Lioncourt


—¿Cuántos siglos tienes?—preguntó Mona quedando a su altura.

Era un hombre extraño de piel similar al mármol. Sus cabellos oscuros endurecían aún más las facciones delicadas de su rostro. Posiblemente fue creado cuando contaba con algo más de veinte años. Llevaba un suéter negro de cuello de cisne y un gabán negro que llegaba hasta algo más de las rodillas. Sus botas estaban manchadas de barro y tenía algún hierbajo pegado, igual que el borde de los tejanos desgastados y oscuros. Parecía un hombre bondadoso porque sonreía a cada paso que daba, aunque las apariencias siempre engañan.

—Hablemos mejor de milenios—dijo echándose a reír.

—Mona, Khayman es el vampiro más antiguo que existe—contesté—. He leído todos los libros de Lestat y sé que eres un guerrero poderoso, pero también alguien que busca la paz continuamente. Me parece increíble la forma en la cual te sublevaste buscando la verdad y haciendo caso a tu corazón—expliqué con las manos en mis pantalones mientras caminábamos por aquella jungla.

—Pues dime cuántos milenios. Tengo curiosidad y quiero saber todo lo posible sobre lo que somos—comentó agarrándose a su brazo—. Lestat ha hablado maravillas sobre Maharet y dice que ella nos puede ayudar, ¿es cierto?

—Maharet es mi compañera, mi amiga, mi hermana, mi amante y la mujer más bondadosa que conozco. No he tenido la suerte de cruzarme a otra como ella aunque su hermana también era fuerte y bondadosa, pero ahora parece no estar en este mundo aunque siempre la acompaña—sus ojos se entristecieron igual que sus labios y pude comprobar que se sentía culpable—. Quizá podáis hablar con David Talbot y mi descendiente Jesse... ¡A veces vienen! Es fabuloso tener visitas. Thorne estará encantado de hablar con vosotros. Es un buen hombre, ¿sabéis? Fue un guerrero vikingo que...

Entonces se detuvo apartando a Mona de su brazo y a mí de su lado. Se adentró en silencio por la densa jungla perdiéndose de nuestra vista en cuestión de segundos. Entonces apareció como de la nada, del mismo modo que se había marchado, con una mujer de ojos azules colgada de su brazo. Tenía su hermoso cabello pelirrojo cubierto de hojarasca, la piel sumamente blanca y una boca rosácea muy carnosa.

—Mekare, Mekare... no debes escaparte—decía pasando su brazo entorno a sus hombros—. Mekare, escúchame. Por favor, Mekare—ella estaba absorta con algunas luciérnagas e insectos que se movían a nuestro alrededor.

Sentí miedo. Ella era la “Reina” de todos los vampiros, quien supuestamente debía dirigirnos, y estaba en otro mundo. Khayman no había mentido y Lestat no nos había confirmado lo que sospeché tras leer una y otra vez “La Reina de los Condenados”. ¿Así quedábamos tras cinco o seis milenios? Porque en ese momento no recordaba con exactitud la fecha de inicio de esta bendición terrible y preciada a la vez.


Quise volver a casa igual que Dorothy pero el suelo no tenía baldosas amarillas para seguir, el Espantapájaros y el Hombre de Hojalata parecían querer perdernos aún más por aquella jungla hasta llegar a casa de la bruja... la cual no era otra que una mujer rodeada de libros, recuerdos y tristeza. Sabía que allí comprendería bien lo que éramos, pero hasta ese momento no supe el precio al pecado del conocimiento. Entendí por qué Lestat no quería aprender a su lado pues era ver la miseria de una venganza cruel, el dolor que había causado en una familia y la verdad más amarga sobre lo que éramos y seríamos.  

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Dulce familia, amarga sociedad y maldita evolución.

Yo también me pregunto dónde está ese niño bonito. No te preocupes, Manfred, que aparecerá. 

Lestat de Lioncourt


Cada momento es diferente. Cambiamos cada noche sin que nos demos cuenta. Cuando despertamos hemos mutado. Modificamos nuestro espíritu y nuestro cuerpo. Hay algo en nosotros que evoluciona, para bien o para mal, convirtiéndonos en monstruos más o menos perfectos. Sin embargo, cuando contemplo el mundo no puedo evitar sentir que estamos fracasando. Hemos fracasado como especie. No hablo de los vampiros, sino de la humanidad. Los vampiros estamos involucrados en la humanidad, somos parte de ella y formamos una pieza importante en la sociedad. No podemos sentirnos al margen porque hemos descubierto que no estamos muertos, sino muy vivos, y porque nos movemos entre el resto de la gente. Quizás somos alimañas que vivimos a costa de otros, de la gran mayoría, como si el resto fuese rebaño y nosotros unos lobos convertidos en pastores.

He intentado en vano que los momentos perduren, pero siempre se marchitan como si fueran ramos de flores. Veo como se van pudriendo los ideales, los sueños, las lágrimas derramadas se van secando y las ilusiones se dispersan en el aire como si fuesen flores de dientes de león. Puedo verlo, pero también puedo sentirlo en lo más profundo de mi alma. Quizás debería romper a llorar, aunque no siempre lo hago. A veces me contengo y me echo a reír. Río porque sé que hay más oportunidades. Cada anochecer es una oportunidad de cambiar el destino, de involucrarme con un mundo que cree que he muerto y que sólo era un maldito demente.

Sólo pensar que mi mujer no sabía siquiera mi nombre real, ni mis orígenes y tampoco de dónde venía mi fortuna. Me convertí en un gran actor en mitad de una obra de teatro excelente, donde todos tenían su papel predestinado y eran parte de un elenco de lujo. Sin embargo, la situación se fue de mis manos y empecé a sentirme como marioneta. Y me odié. Odié sentirme marioneta. Me derrumbé cuando ella murió, intenté levantarme y conseguir el amor en otros brazos. Fracasé. Sólo pude llorar su muerte y arrepentirme de llenar el hueco de su cama. Tanto así que tuve que recurrir al monstruo que tanto apreciaba, el mismo que venía en mis pesadillas y sonreía a los pies de mi cama como un ángel macabro, para que me ayudara.

Todavía puedo oler la sangre derramada en el suelo, como el olor penetrante de la tierra mojada tras un aguacero, y escuchar sus gemidos y quebrantos. Aún puedo ver el gancho clavado en su espalda y cómo se movía, igual que el péndulo del reloj del salón. En ocasiones me llevo mis manos arrugadas a la cara, lloro lágrimas sanguinolentas y me digo a mí mismo, como si eso me consolara, que fue lo mejor. Lo mejor... Mis hijos habían sufrido por ella, mi hija dejó de escribir por sus burlas, mi hijo no superó jamás sus palabras duras y tuve que escuchar sus mentiras repitiéndose como las campanas que llevan al recogimiento, a la oración del Domingo, día tras día. Ni el alcohol aliviaba mi dolor, mi locura, mi amargura y la frustración que se enraizaba en mi corazón convirtiéndose en una sombra alargada.

Las luces de navidad parpadean en los escaparates. Recuerdo cuando la navidad era distinta, como el recogimiento en éstas fechas era aún mayor y la familia era lo importante. Ahora puedes felicitar a otros sin enviar una carta o una postal navideña. Sólo tienes que tener un aparato de esos modernos e inútiles para mí, un teléfono móvil con conexión a Internet, y ahí llegarán tus palabras donde quieras que estés. Ya no existe el calor de los abrazos, las largas conversaciones en las cenas o las canciones que avivaban la leña. Muchos están pendientes de las notificaciones de sus redes sociales y no de lo que otros quieren. La familia para mí era importante. Todo lo hice por ellos. Me sacrifiqué por tener una familia, sacrifiqué mi cordura por ellos, alimenté el deseo de la inmortalidad con tal de protegerlos y nada. Él se convirtió en lo que soy yo y ahora ni siquiera sé dónde está.


¿Dónde estará el niño bonito de los Blackwood? Su hijo está por ir a la universidad. ¿Y dónde está él? ¿Dónde está el chico de los ojos azules y la voz tierna? ¿Y el intelectual sensible que lloraba junto a mí por su destino? No lo sé. Hace tiempo que no sé de él. Temo por él. Era mi familia, aunque no tuviese mis genes. Él era mi familia. Me convertí en lo que soy para protegerlos aunque fuese desde lejos. ¿Y dónde está Tarquin Blackwood? Dónde...  

martes, 17 de noviembre de 2015

Milagro

Tarquin ha dejado por escrito lo que sintió cuando vio a Mona. Habló alguna vez de todo lo que sucedió aquella noche, pero no de ésta forma tan sincera donde desnuda su alma. He encontrado éste documento en su escritorio, entre diversos papeles. Espero que si sigue con vida, como así deseo, no le importe que lo publiquemos.

Lestat de Lioncourt


La observaba sin pudor. Podía recorrer con mis ojos claros, aunque nublados por las lágrimas, cada trozo de su cuerpo desnudo. Era como la Venus que salía de la espuma del mar. Parecía una diosa pecaminosa, aunque también delicada y necesitada de un amor puro, más allá de palabras extravagantes y abrazos sinceros. Sus labios carnosos, pintados de un labial natural rosáceo, cantaban al deseo. Sus ojos, verdes como la esmeralda que debía llevar colgada de su cuello al ser la heredera de los Mayfair, brillaban bajo la tenue luz de mi habitación. Era una mirada indecente la que yo le ofrecía, pero no le importaba.

Su piel parecía suave, como el terciopelo, y sus pecas, que salpicaban diversos rincones de su rostro, torso y brazos, eran demasiado atractivas. Era una de esas muñecas de porcelana que parecen vivas, pero ella estaba viva y no muerta. Aún tenía aroma a flores y muerte. Unas flores que se hallaban regadas por la colcha, el suelo y sus cabellos. Mi Ophelia había sido rescatada de las aguas del Tártaro, dejando atrás a Caronte, porque la Muerte, en forma de atractivo y rebelde vampiro, le había dado la oportunidad que yo había suplicado entre lágrimas.

No sabía qué decir. El silencio era una daga que nos rompía en dos mitades, aunque siempre lo habíamos sido pese a la unión que habíamos formado nada más conocernos. El amor es como un poderoso pegamento, que une por siempre a las almas y las condena a estar nuevamente unidas. Una deliciosa condena, si me permiten decirlo, porque nos ofreció la felicidad que tanto habíamos rogado.

Dejé que mis lágrimas se liberasen de nuevo, manchando mis mejillas, mientras ella acariciaba con cuidado sus mechones rojizos. Esa bendita pelirroja, esa diosa, deseaba ser abrazada por el idiota que no sabía cómo reaccionar ante aquel milagro. Finalmente me armé de valor, me lancé sobre ella y la cubrí de besos. Era mi Mona, mi dulce Mona, la mujer a la cual había dado mi corazón cuando apenas éramos unos niños caminando por el Edén de éste mundo tan cruel.

La envolví entre mis brazos, sentí el calor de su figura delicada y curvilínea, y me sentí un ladrón. Había congelado las manecillas del reloj, asestado una puñalada al destino y robado al ángel que deseaba tener por siempre en su vitrina. No conocería un ataúd, ni escucharía oraciones de su funeral, sino mi voz recitando poemas de amor. Eso, sin duda alguna, lo conocería como un sacerdote conoce todos los rezos y cánticos de una iglesia en sagrada congregación.



viernes, 11 de septiembre de 2015

Rey de Nueva York

Al parecer cuando un Taltos muere no va al cielo, sino que se convierte en fantasma. Al menos, eso parece. Ashlar, convertido en fantasma, busca a Morrigan.

Lestat de Lioncourt

Quiero caminar contigo descalzo por las doradas arenas de aquella costa, ¿la recuerdas? El mar apenas tenía oleaje, sus aguas se confundían con el cielo y el sol brillaba con fuerza. Podíamos tomar leche de coco, pero preferíamos alimentarnos el uno del otro. Mi cariño era sincero, por eso robaba cada beso como un colegial. Había perseguido ésta sensación durante décadas y, finalmente, lo logré contigo. Tu mataste a la soledad y la enterraste bajo una palmera, pero fui incapaz de hacerte ver lo importante que eras para mí.

Eras deliciosa como fruta madura. Tu piel se doró bajo el sol y tus pecas, las cuales cubrían tu delicado y joven cuerpo, se borraban por el bronceado. Te convertiste en la mujer de mi vida. Fuiste la señal que esperaba, el triunfo de mi larga espera, pero también mi último recuerdo.

Mi alma viaja por otros mundos, se desplaza entre los cosmopolitas, mientras imagino lo que fue para ti, y para mí, aquellos días. Quiero encontrarte. Llevo varios años buscándote. Te persigo como un loco persigue a sus amigos imaginarios. Me sobra tiempo, pero me falta tranquilidad. Necesito encontrarte. No quiero ser El Hombre que camina entre el tráfico de Nueva York. Nuestra historia fue triste, lamentable y terrible, pero podemos volver a estar juntos. ¿No has escuchado la radio? Hay miles como nosotros. Almas en pena buscando ser comprendidos. Dime que tú me estás buscando. Quiero volver a retenerte entre mis brazos una vez más.



sábado, 20 de junio de 2015

Los deseos de un príncipe hacia su hermano.

Estaba frente a mí con su rostro de líneas suaves. Aún no poseía el semblante maduro que le hubiese dado la edad. Tenía todavía los ojos llenos de una esperanza que parecía exótica en un mundo como el nuestro, donde se cosecha miseria y condena. Somos seres que hemos sobrevivido a la muerte y conocemos íntimamente el crimen y la soberbia. Deseamos la inmortalidad mucho más que los grandes artistas, los ególatras dirigentes y los empresarios que amasan fortuna creyendo que el dinero podrá comprar la eternidad.

Su aspecto era elegante, pero no sofisticado. Poseía una elegancia que había aprendido con el paso de los años, imitando quizás a su tutor y a los grandes hombres de otras épocas. El traje era a medida y su camisa de algodón blanco realzaba su largo cuello, pues no había corbata rodeándolo. Sus manos, largas y finas, tenía las uñas cuidadas y descansaban sobre los brazos del sillón. Sí, era el señorito Blackwood.

Quinn poseía una belleza muy atractiva. Sus casi veinte años le ofrecían una imagen soberbia, idílica y atractiva. Podía ver en él lo mejor de un hombre y un niño. Sentía curiosidad y deseos, poseía una pasión desatada y se mantenía con una serenidad medida. Era hermoso. Poesía riquezas, una historia, experiencia, poder, juventud eterna y un corazón noble que había logrado enternecer al mío.

Allí, sentado en aquel sillón, lo contemplé durante varios minutos. Teníamos muchas cosas que contarnos. Había motivos para conversar como aquella primera vez. Debía pedirle, o más exigirle, que me contara la verdad sobre sus años lejos de mí. Me había perdido por las selvas, cruzado desiertos, vivido entre escombros y grandes edificios del más arrebatador lujo; pero él ¿qué había hecho? No se había puesto en contacto con mis abogados. Ni siquiera Maharet me había informado de sus pasos tras marchase para investigar en su gran biblioteca. Durante meses temí por su vida, lloré por él y por su compañera. Sin embargo, ella no estaba allí. Mona no se encontraba a su lado mirándome inquisitiva y seductora. Sólo estaba él. Había entrado en la sala principal del castillo, tomado asiento y esperado con calma a que yo apareciera.

¿Dónde quedó su pasión? Ni siquiera se movió para estrecharme y llorar en mis brazos, como hubiese hecho el muchacho que yo conocí tan íntimamente. No. Él se comportaba como aquel viejo fantasma que tantos malos momentos me hizo pasar. Un ser que todavía, a día de hoy, extraño. Julien fue un enemigo mordaz, pero necesario. Comprendí que la vida no es tan placentera y que uno puede encontrar trabas en su camino al éxito, el amor o los negocios. Con su historia comprendí que debía vivir más, buscar más y marcharme de New Orleans buscando mis raíces; igual que él hizo cuando se encontró con la maldad frente a frente. ¿Y no era Quinn un descendiente suyo? Lo era. Era descendiente de aquel hombre de ojos azules, como los suyos, y de cabello canoso que una vez fue similar al que poseía mi joven amigo. Sin embargo, pronto me percaté que mi hermano, mi amigo, mi compañero y mi pupilo por unas semanas no estaba allí.

Mi deseo era tan terrible que lo había imaginado. Imaginé su presencia como si fuese una vieja fotografía en un lugar en el cual jamás fue tomada. Apreté los puños y deseé no llorar, pero mis lágrimas aparecieron manchando mis mejillas.

—Desahógate, lo necesitas—escuché la voz de Amel como si me susurrara al oído, aunque él estaba en mi interior—. Hazlo, pues sé lo que sientes por esos muchachos.

—¿Está vivo o está muerto?—al fin le hice aquella conmovedora pregunta, pero él guardó silencio—. Quien calla otorga—dije apretando los dientes.

—Hay vampiros que se enteraron cuya conexión no es tan fuerte, recuerda que él es joven. Es más fácil dar con los más cercanos a la reina, que con aquellos que están más alejados de mi línea de sangre—explicó—. El tiempo lo dirá.


—Más vale que esté vivo...


Lestat de Lioncourt  

domingo, 1 de marzo de 2015

Nada ni nadie es mejor que tú.

Tarquin ha decidido sacar nuevamente su vena romántica a pasear. Espero que les guste el texto que comparte con nosotros, aunque es para Mona.

Lestat de Lioncourt


Cada noche despierto con deseos de retenerte entre mis brazos y declararme en breves murmullos. Jamás he podido abandonar este pacto de amor y delirio. He desnudado mil veces mi alma y te he regalado cada verso que he leído, escrito o recordado. Te regalé la inmortalidad tras rogar a un Dios Oscuro, tan tenebroso como yo. Hubiese dado mi alma eterna por una sonrisa y por embriagarte con felicidad.

Tú eres la culpable de mi felicidad. Te culpo por todos los años en los que me he sentido secuestrado por la locura. He sido arrastrado por ti, tus manos y tu mirada. Acabé enloqueciendo por cada uno de tus besos. Mi alma se convirtió en esclava de tus deseos. Tú, amor mío, eras el fuego que iluminaba y calentaba mis noches más terribles. Y ahora, que te veo frente a mí, llena de pasión y descaro siento que vuelvo a caer al borde de tus tacones.

Nunca he podido pensar en mi vida sin ti. Una existencia sin tu voz, aroma y recuerdos sería sin duda vacía. Porque tú, amada mía, eres mi Ophelia y yo por siempre seré el caballero que corre a tus brazos, te saca del agua y aparta los pétalos que caen sobre tu cuerpo. Mi alma es la mitad de la tuya, ambos lo supimos aquel día. Estábamos destinados a convertirnos en uno solo. Compañeros eternos, a salvo del mundo y de la realidad tenebrosa que nos rodeaba. Siempre hemos estado condenados, pero la libertad la hemos saboreado al romper las reglas establecidas el uno con el otro.

Quiero verte salvaje y viva. Deseo observarte como una ninfa de las aguas, surgiendo de entre la profunda oscuridad y calma del pantano, dirigiéndote hacia tierra como si fueras una mística sirena. Necesito tenerte de nuevo otra vez besando mis labios, secuestrando mi aliento y alimentándome con la sangre de tus víctimas. Por favor, amor mío, seamos los demonios que atormentan al mundo y los jóvenes rebeldes que ocasionaron estragos en nuestro paraíso. Nada ni nadie puede compararse contigo. Desde que te conocí te he deseado, necesitado y amado. Nunca puse excusas para amarte ni fronteras para no tocarte. No tengas clemencia y ámame. Te hicieron para mí, pues eres lo que siempre soñé. Soy adicto al sonido de tus tacones y al desorden que provoca tus labios impulsando mi nombre con tu dulce voz.


Mi corazón es tuyo.   

viernes, 6 de febrero de 2015

Cuiden al Pueblo Secreto

"Cuiden al Pueblo Secreto." Eso era todo lo que él deseaba, pues ese pueblo eran sus hijos. Ashlar me fascina, aunque no lo conocí con vida.

Lestat de Lioncourt


Frío. Tanto frío en mi cuerpo como en mi corazón. Congelados por siempre. Aquel momento fue terrible. Ella vino a mis brazos moribundos. La tomé con cuidado y besé su frente. Sabíamos nuestro destino y teníamos cierta esperanza. Habíamos huido, ocultándonos de todo y todos, para vivir en paz; sin embargo, la paz es como un terrón de azúcar derritiéndose lentamente en una taza de té.

Recuerdo sus enormes ojos verdes llenos de sueños, esperanzas y metas. Aquellas diminutas pecas salpicaban su nariz y mejillas. Tenía un aspecto dulce, casi inocente, que me enloquecía. Besé su piel de leche hasta casi beberla. La tomé entre mis brazos y rogué por ella. Era mi amor, mi último gran amor. La chica del cabello de fuego, ojos de jardín de las delicias y piel de nieve. Ella era la bella durmiente de mi alcoba y la reina para nuestro pueblo.

Secretos. Susurran los secretos. Se dispersan en el aire y los pétalos de flores caen. Estamos muertos. Tan muertos como el futuro de nuestro viejo pueblo. Mis cabellos negros, con ciertos hilos blancos, son prueba evidente de mi longevidad. Pero ella era una niña. Todavía aprendía a caminar. Era tan sólo una niña que quería ver las estrellas, tocarlas con las puntas de los dedos y bailar frente a las cálidas aguas del Caribe.

La vida se escapaba entre nuestros dedos. Nuestros corazones se paraban. El último adiós. Un último beso. La despedida más tierna y dolorosa. Te ibas, me iba, nos íbamos y al fin el mundo quedaba más oscuro. Los enfrentamientos, la codicia, el ser humano, la pólvora y el dolor. Agitándonos como ramas al viento, sufriendo al fin las consecuencias de un amor fugaz y dejando que el fuego se apagara gracias a la muerte. Y aún así, pese a estar muertos, sigo recordándote y tomándote entre mis brazos como en ese instante. Seguimos aquí, esperándolos, para que puedan despedirse de nosotros como nosotros nos despedimos de ellos.


Nuestras almas irán al valle, allí cantaremos y bailaremos. Nuestro corazón siempre estará con ellos, con nuestros descendientes vivos. Cuiden al Pueblo Secreto.  

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Hermanito

Siempre pensé que te encontraría cuando quisiera. Jamás creí que te perdieras en mitad de la oscuridad. Tus pasos ya no los encuentro, es como si los hubiesen borrado a conciencia para que olvidara tus vibrantes ojos azules. Sin embargo, todo lo que hemos vivido es imposible olvidarlo tan fácilmente. Nadie podrá romper el vínculo que nos unió. Era una hermandad cuasi perfecta que se ha convertido en uno de los pasajes más extraños de mi vida.

Apareciste de la nada con tus gestos torpes, tus ojos ilusos y una juventud cargada de estúpidos pensamientos sobre mi heroicidad. Me amabas sin conocerme, como si fueses un simple mortal. Amabas los libros que yo había escrito, el eco de mi voz en el tiempo convertidos en éxitos de venta. Esos dedos largos, suaves y delicados me hablaban de una esmerada educación. Tu ropa bien elegida, el cabello delicadamente cepillado y tus labios temblorosos decían a gritos que eras sólo un niño dándoselas de hombre.

En mi época los hombres se curtían peleando, cazando, luchando por la supervivencia y aceptando su destino con absoluta resignación. No eran como tú y como yo. Sobre todo no eran como tú. Se habían dedicado a tenerte entre almohadones dándote todo. Cuando te viste indefenso frente al monstruo que alimentaste, porque no dejaste de enfrentarte a él causándole curiosidad y admiración, no pudiste correr ni usar las escasas armas que poseías.

Tarquin siempre serás el chico que vino a visitarme, el muchacho que estaba aterrado por el fantasma de su hermano y que había sido convertido de la forma más bruta que jamás he escuchado. Tu narración me calentó el corazón y provocó que te amara. Tu admiración me hizo estallar en carcajadas unísonas a las tuyas. De haber sabido que te tomaría tanto cariño jamás habría permitido que te fueras.

Quinn... faltan tus flores en el cementerio. Tía Queen está esperándote enterrada allí, con sus pequeños huesos y su elegante traje, igual que tus abuelos. ¿No extrañas la ciudad? ¿No echas de menos el Carnaval y las celebraciones más típicas? Ya hay villancicos y yo no puedo dejar de recordar como llorabas con Noche de Paz. Hermanito, ¿qué te hemos hecho para que no regreses a casa? Dile a esa pelirroja peligrosa y atractiva que se cuelgue de tu brazo, sonría y te diga con suma inteligencia que es hora de volver a casa. Volved. La voz se ha llevado a cientos, pero quiero pensar que vosotros sois tan inmortales como mis recuerdos.




Lestat de Lioncourt 

sábado, 27 de septiembre de 2014

Sólo se feliz

Rowan me mostró que soy afortunado. A pesar de todo lo que he vivido sigo siendo el mismo. Louis no. Louis se ha convertido en algo trágico. 

Lestat de Lioncourt



No sé que nos ha pasado. Desconozco el motivo de tanto dolor. Aprendimos a caminar por la senda del jardín y nos separamos. Es como un triunfo para el dolor y la miseria, para las consecuencias nefastas de la vida. El amor no todo lo puede, pues a veces se consume como una vela y no queda nada. Te he visto convertirte en un monstruo. Eres un peligro incluso para ti mismo. Tal vez te has caído tanto, has sufrido demasiado, y yo jamás me he parado a pensar que pudieras soltar mi mano. ¿Cuándo la soltaste? ¿En qué momento? Pues en multitud de ocasiones pude sentir tus dedos entrelazados con los míos, tu presencia a pesar de la distancia, y el calor de tu alma convertida en una llamarada incandescente.

Tu rostro reflejaba cierta bondad y una tragedia tras otra. Pude ver en tus ojos un alma atormentada. Eras la expresión del sufrimiento, de una vida marcada, y deseé rescatarte como si pudiera con ello salvar mi propia alma. Te condené innecesariamente, pero fue por amor y desesperación. Un amor que dejó una marca que no puedo borrar, aunque tampoco lo deseo. No quiero olvidar todos los buenos momentos, así como los tormentosos y nefastos, que vivimos juntos. El trato que hiciste conmigo te vincula para siempre a mí, te ata y consume, pero a la vez te libera de una muerte anunciada.

Recuerdo tu aliento a vino de taberna barata, como tropezabas entre las mesas y buscabas la salvación entre los pechos de una puta desdentada. No podías encontrar nada bueno. Ibas por el camino de los perdedores, justo a la fosa, para ser desterrado del mundo de los vivos. Yo fui tu ángel. Te tomé entre mis brazos alzándonos por los aires, sumergiéndote en el delirio y el delito de ser eternos. Tan eternos como Dios y el Diablo.

Han pasado tantas historias, la mayoría desafortunadas, en algo más de dos siglos. Y cada día es un eslabón más a tu condena. Me he convertido en el demonio y éste mi peculiar infierno. Tú has aportado las llamas, las cenizas, la condenación y las palabras místicas mientras conjuras una oración acariciando tus crucifijos. Mírame con esos ojos, mírame. Quiero ver el monstruo que ahora eres, la serpiente colérica en la cual te has convertido, que desprecia la vida y tienta a quien sea por un poco de sangre.

No debí salvarte aquella vez. Lo que rescaté fue tu cuerpo, pero no tu alma. Te convertí en un monstruo. Desprecias todo lo que te ofrezco, el amor de aquellos que siempre estuvieron allí e incluso, a veces, incluso repudias el recuerdo de esos cabellos dorados que fueron nuestra perdición. La maldad que pudre tu corazón es terrible. Todo es terrible. Yo me compadezco de ti, de mí y de todo lo que tuvimos. Ya no puedo amarte. No puedo soportarte. No quiero estar a tu lado. Siento que mi corazón se deshace en un mar de lágrimas cuando me miras, con ese desprecio y desdén, mientras, con tus palabras cínicas, me llamas aún con pomposidad como si me desearas a tu lado. Sólo quieres acabar conmigo, igual que las sirenas a un marinero. Te has convertido en esclavo del odio, el desprecio y la ira.

Lo siento, lo siento. Ya no eres el filósofo, el mártir, el ángel de la dulce y benevolente muerte. Sólo eres el bastardo que aniquila sin piedad, que caza incluso sin deseo, porque la sangre brotando en tus labios calma tu instinto. Eres una elegante alimaña con gloriosos ademanes de caballero.

Nos perdimos, pero tú más que yo.


Mi único deseo es que encuentres el lugar donde la felicidad llegue, aunque sea en un pequeño rayo de esperanza. He logrado ser feliz, a pesar de todo, y lo único que deseo para ti es que consigas encontrar el amor o la paz para tu alma.  

martes, 19 de agosto de 2014

Ophelia y Abelardo

Quinn, mi pequeño hermano, ha crecido en éste mundo pero sigo viéndolo como un joven apuesto que aún no sabe lo peligroso que es lo que le rodea. Siempre tendrá mi mano tendida. 

Lestat de Lioncourt 

Mi existencia se puede resumir en momentos turbios, engaños y oscuridad. La oscuridad siempre me envolvió como una cálida manta, esa que suele arrullar a los niños en plena noche y los deja sumidos en sueños terribles. No existía el placer y el pecado estaba visto como un lecho de espinas, para locos y extraños virtuosos encaminados a los infiernos. Me ataban como si fuera un condenado a muerte, alejándome de todos. Era tan extraño que me ocultaban. Nadie quiere escuchar los desvaríos de un niño con palabras adultas y sinceras. Mis enormes ojos azules veían demasiado y mi mente comprendía tan poco. Pero cuando ella apareció todo encajó a la perfección.

Pude escuchar sus discursos sobre el alma, la vida, la muerte, el paso a otros mundos y la sensación de complicidad cuando me aseguró que él, el monstruo que me atormentaba desde que era un niño, era real. Ella podía verlo a mi lado, con mi mismo aspecto, observándola con desagrado como si fuera a romper la simbiosis en la que nos encontrábamos. Durante años pensé que él era el remedio a mi soledad, pero también sabía que era cierto porque de ser de otra forma significaba que todos tenían razón, que yo estaba loco y que jamás podría ser un miembro válido para la mi comunidad.

He llorado mucho durante toda mi vida, pero no he llorado tanto como cuando me separaron de ti. Sentí que mi alma se rompía cuando me negaron tu mano, igual que el calor de tu cuerpo. Sin embargo, pude tenerte de nuevo y jurarte que lo que sentía sería eterno. Un joven desconoce el poder de sus palabras, pero termina haciéndolo cuando se encuentra frente a frente con el destino. El amor es eterno, como dicen en los viejos libros románticos, del mismo modo que nosotros lo somos. Eternos, imperecederos, y jóvenes por siempre.

Tenemos lo que todos desean. Es como si nos hubiesen dado los misterios del mundo como recompensa. Nos han puesto en las manos el peso de la verdad, lo hemos encajado y caminado por el valle de las sombras conociendo entonces el motivo por el cual la oscuridad nos parecía tan tentadora. He visto contigo las estrellas tantas veces, te he rodeado viendo la luna llena y sentido el agradable murmullo del viento cuando nos mecíamos por los aires. Mi mundo eres tu, nuestro territorio no tiene fronteras y la bondad no existe. Hemos caído en el lecho del pecado, dejado que la sangre se convierta en nuestro diluvio universal y los secretos que nos han dado los más antiguos se queda en nuestros corazones.


Que el fuego de tu pelo siempre me guíe, Ophelia.  

sábado, 9 de agosto de 2014

Súplica del rey al príncipe

Ésta carta es una súplica de Ashlar a Oberon. Pronto veréis memorias de ambos, unas donde Ashlar consigue regresar de entre los muertos. ¿Ayudará Oberon a su padre? Por lo poco que conozco al chico creo que lo hará, aunque sea para enterrar aquel doloroso momento. 

Lestat de Lioncourt 

He pensado muchas veces en los recuerdos que compartí contigo. Algunos eran tan miserables, llenos de dolor y con un sufrimiento tan vivo, que creo que tan sólo provocaron que tú temieses convertirte en una replica exacta a mí. Tus ojos, tan idénticos a los míos, tenían un brillo de esperanza como el de tu madre. Sin embargo, esa lengua afilada, esa forma fría de encajar todo lo que ocurría, sólo es una fachada. Sé que tu corazón es noble, como nobles fueron tus deseos al ver a tu madre enterrada en hielo. Pude sentir tu llanto más allá de cualquier lágrima. Era un llanto desolador, el de un hijo que tiene que enterrar demasiado pronto a sus padres. Recuerdo también las lágrimas de Miravelle, las pude escuchar derramándose por su rostro y estrellándose en aquel luego cargado de miseria y recuerdos.

No pude protegeros. Jamás hubiese podido hacerlo. Nosotros no somos peligrosos, no somos seres innobles o crueles. Amamos la bondad y la bondad a veces puede ser la peor arma. Llámame crédulo hijo mío, pero aún poseo el gran deseo que nuestro pueblo siga vivo. En ti hallé la fuerza que ya no me quedaba, el aliento que se fue esparciendo en mitad del frío y el calor de la esperanza que deposité en todos y cada uno de mis hijos, inclusive aquellos que desearon acabar conmigo desde el principio.

Ésta carta que te escribo es sólo el comienzo. He regresado gracias a las malas artes que rondan en la familia, pactos con seres grotescos y poderosos que poseen una historia propia, aún más vieja que la nuestra, y que pretenden hundirla en las raíces de nuestro mundo. Veo ésta oportunidad como un regalo maldito, pero aún así deseo reunir a la familia. Desearía tanto volver a estrecharte, observar en tus ojos el tiempo transcurrido y besar a tus hermanas sin acusaciones baldías. Y tu madre, tan hermosa e inocente en mitad de todos, volverá a estar a mi lado, al tuyo y al de tus hermanas. Te pido ayuda, como no lo hice antes. Por favor, ayúdame.

Tu padre que aún te quiere,

Ashlar

lunes, 5 de mayo de 2014

Sigo amándote

La primera vez que nos vimos estábamos frente a un ataúd abierto, todos lloraban la muerte de tía Queen. Recuerdo que me cautivaste y yo te irritaba. Creo que ese día no te di una buena impresión con mi aspecto de estrella del rock, mi pelo revuelto y esos ojos que no podías descifrar. No, no podías leerme la mente y eso te frustraba. Yo, sin importarme tu molestia, me divertía muchísimo al comprobar que era un enigma para ti y un peligro. Te hice saltar todas las alarmas y te comportaste como una dama a pesar de ello.

Cuando regresamos a Blackwood Farm todos la lloraban, Nash se deshacía en halagos hacia la difunta tía Queen y Tommy tenía su pequeño pecho encogido. La Gran Ramona insistía que el joven Blackwood, mi hermanito, debía probar bocado y yo también; sin embargo, había alguien que nos esperaba arriba, en la habitación de éste. La persona que aguardaba, como si fuera la Bella Durmiente, era Mona.

Mona se había escapado del hospital, con sus escasas fuerzas había comprado flores y conducido hasta llegar a la mansión cerca del pantano. Las aguas nocturnas, las estrellas, la brisa cargada de insectos y los habitantes de la casa habían sido testigos de aquella aparición fantasmagórica. Delgada, con el cabello enredado, los ojos hundidos, completamente demacrada y terriblemente moribunda. La habían subido a la habitación y dispersado las flores a su alrededor, nosotros mismos lo vimos, y finalmente ¿qué? Decían que debíamos llamar a sus tíos, Rowan y Michael, así como a toda la familia Mayfair para que supieran donde se encontraba.

Ella lo sabía, Rowan. Ella sabía que Quinn no la dejaría morir y que él era algo más que un simple mortal. No, no era el chico que conoció sino un vampiro. Sus ojos azules se fundieron en sus gemas verdes, las cuales centelleaban con deseo, y finalmente caí yo en la trampa. La besé, rodeé con mi cuerpo casi aplastándola y la hice mi hija. Se moría, ¿qué podía hacer? No iba a dejar que muriera tan hermoso ser.

Entonces apareciste tú, como si fueras otra visión de otro mundo. Estabas decidida a llevarte a Mona y mientras, como si fuera una pesadilla, Julien Mayfair, el difundo brujo de la familia, me atormentaba con su mirada clavada en mi nuca. Estaba nervioso, nunca había visto un fantasma tan real y él me odiaba. Sabía que me odiaba por como se movía por la habitación. Rowan, juro que me fascinaste y que fuiste lo único bueno de esa noche, si no contamos que salvé a alguien de la muerte.

Me enamoré de ti, nos besamos y prácticamente te juré amor eterno. A pesar de todo lo demás que ha pasado, lo cual ha sido mucho e intenso, puedo decirte con total sinceridad que aún te amo. Aguardo el momento de volver a estar contigo, de poder tocar tu piel y jurarte de nuevo que siempre voy a amarte. Por favor, no me cierres tus puertas y abrázame...


Lestat de Lioncourt 


lunes, 24 de marzo de 2014

No discutamos, hagamos las paces

Bonjour

Les traemos unas memorias que siguen a las anteriores. ¿Creen que Quinn me perdone lo que ocurrió con Mona?

Lestat de Lioncourt 


Había pasado casi un mes sin noticias de ella. David se encargaba de buscar alguna pista, pero yo estaba siendo terco. Si ella se había ido era porque yo no la hacía feliz. Posiblemente estaba en brazos de Michael Curry cuidándola de una forma que yo desconocía. Él era un hombre atractivo y mucho mejor que yo, a pesar de ser mortal. Su presencia era masculina, firme, poseía una nobleza que traspasaba tu alma con su voz y finalmente unos ojos tan hermosos como los de Tarquin. Un hombre hecho a sí mismo, con un pasado tormentoso y peculiar. Y sobre todo, él era un Mayfair y yo no. Siempre sería considerado un extranjero en un mundo de brujos.

Mi corazón no era el mismo. Puedo decir sin vergüenza alguna, pues no tengo porque ocultar mis miedos, que creía y creo firmemente en haber perdido mi verdadero amor. Un amor que tardó en llegar, pero sin duda me hizo ver lo maravilloso que es amar, proteger y ser leal a tu palabra. Sin duda alguna yo fui fiel. Había sido un hombre con la entereza suficiente para no dejar que alguien me corrompiera. El seductor había muerto durante casi un año de matrimonio, no obstante estaba de regreso y se perdía por los burdeles, locales nocturnos y diversos antros de perversión donde podía encontrar una presa fácil y sexo sin complicaciones.

Nicolas me seguía de cerca. Sabía todos y cada uno de mis pasos. Él me amaba profundamente, pero como bien sabía tenía mis grandes debilidades. A regañadientes aceptaba que las fulanas rozaran mi entrepierna y me hablaran con voz cálida. Yo no estaba dispuesto a volver con él tal y como deseaba. Podía quedarme a su lado, ofrecerle mi compañía, hacerle gozar como antaño y escuchar sus lamentos. Sin embargo no daría fidelidad, pues amaba demasiado la vida que dejé atrás cuando me comprometí aquella bruja.

El barrio francés era uno de mis lugares favoritos. Allí podía encontrar locales con buen ambiente, muy distendido, que no reparaban en hombres como yo. Era como una sombra caminando entre cientos de rostros congestionados por el alcohol, miradas cómplices y sutiles sonrisas. Francamente el mundo había cambiado. Todo lo que conocía era distinta a la realidad que una vez conocí.

Las calles eran mucho más limpias, las viviendas más estables y la gente parecía menos abierta pero era el motivo de los últimos desastres. El agua había anegado todo New Orleans hacía varios años y la reconstrucción fue ardua. En el corazón de todos estaba esa tristeza, pero aún así se celebraba la vida y se disfrutaba.

En una de esas calles, llenas de turistas y personas de todo tipo, sentí una presencia familiar. Observé a mi alrededor buscándolo con la mirada, pero su brazo me atrapó al pasar por un callejón. No me tomó de sorpresa, pero sí su expresión. Sus ojos eran los de un demonio furioso y sus colmillos parecían fieros cuchillos, aunque lo más asombroso y trágico era su rostro cubierto de lágrimas sanguinolentas.

—¡Cómo has podido!—gritó—. ¡Cómo! ¡Yo te admiraba! ¡Te admiraba!

—Tarquin, mon dieu! —dije sorprendido mientras intentaba deshacerme de sus manos alrededor de mi cuello, presionando mis cuerdas vocales y prácticamente rompiendo mi columna. Tenía que hacer algo—. ¡Deja que te explique!

Mis manos se colocaron sobre sus hombros y lo empujé con todas mis fuerzas. Yo era mucho más fuerte que él, aunque tenía en su sangre el poder de dos milenarios. Nuestras miradas se cruzaron mientras rompía a llorar. Tenía la camisa blanca salpicada por sus lágrimas, su chaqueta negra se encontraba algo sucia y también sus zapatos. El aspecto que me ofrecía era lamentable y lastimero, como un gato callejero herido. Sus cabellos estaban revueltos y no perfectamente peinados, como así solía ocurrir.

—Quinn... hermanito...

—¡Hipócrita!—me lanzó aquel insulto dejando que su espalda chocara con el muro contiguo, para luego deslizarse por la pared y terminar sentado con sus largas piernas flexionadas.

—¿Todo esto es por Mona?—quería estar seguro, pero no había otro motivo.

Mona era el único punto en el cual siempre discutíamos. Por lo general nos molestábamos porque él la defendía y yo solía gritar que era una arpía. Naturalmente era mi amor por Rowan lo que alteraba a su Ophelia Inmortal y él como su noble Abelardo, por supuesto, se veía en la encrucijada de estar a su favor.

—¡Sabes lo que simboliza Mona para mí!—espetó llevándose las manos a la cabeza, acariciando su propio cabello y dejando estas en su nuca, para luego apoyar sus muñecas en sus rodillas y seguir sollozando y gritando—. ¡Es la mujer que amo!

—Y ella te ama—dije pestañeando atónito.

—¡Ha ido a tu cama!—me dijo rabioso.

—¿Y?—susurré sin comprender cuál era el problema.

Nunca comprendía porque todos se aferraban a la fidelidad, aunque yo lo había sido con Rowan. Sin embargo la mayoría de mis relaciones habían sido terriblemente abiertas y yo un monstruo sincero, sin corazón a veces, para explicar que me había ido de putas sin siquiera sentirme mínimamente culpable.

—¡Cómo! ¡Cómo puedes decir sólo eso!—su rostro era el de una fiera y como fiera se levantó empujándome con gran parte de su fuerza, pero logré permanecer sin desplazarme más de unos centímetros.

—Ella no me ama como te ama a ti—dije tomándolo de los brazos—. Deberías saber que Mona es un espíritu libre y que no ha sido la primera vez.

—¿Qué?—sus ojos se llenaron de tristeza y decepción, pero sobre todo decepción.

—Hermanito no quieras cubrir tu ceguera—susurré tomándolo entre mis brazos para pasar mis dedos por sus cabellos, despejando su frente y mirándolo como un padre compasivo. Tarquin era terriblemente hermoso y seductor, pero seguía siendo demasiado inocente en muchos aspectos. Por eso mismo le decía hermanito cuando me venía en gana. Era como ver un reflejo torpe y desgarbado, aunque sólo a veces, del vampiro que yo fui. Tenía mi inocencia cuando comencé en el mundo de las tinieblas. Por así decirlo ambos éramos igual de estúpidos, aunque yo intentaba corregir ese hecho últimamente—. Mona ha sido así siempre. Vive rodeada de amantes, aduladores y estúpidos enamorados—hice un inciso para mirarlo a los ojos alzando mi rostro, pues él era varios centímetros más alto que yo—. Sin embargo su corazón es tuyo, pero su cuerpo...

—¿Qué quieres decir con todo eso?—su ceño se frunció y tomó una mirada dolida, pero no conmigo sino quizás consigo mismo.

—Ella me quiere a su modo y yo la adoro, pero eso no implica que seamos pareja—dije apoyando su cabeza en mi pecho, lo cual tenía su gracia. Él estaba encorvado y con sus largos brazos rodeándome, como si fuera un niño, manchando mi chaqueta blanca, así como mi corbata granate y mi chaleco marfil—. Tú y ella sí—le aseguré—. Digamos que su cuerpo es libre, pero su corazón no.

—Lestat...—balbuceó sintiéndose quizás confundido al ver al fin aquello que no deseaba saber.

—Ha tenido otros amantes y lo sabes—levanté su rostro sosteniéndolo entre mis manos y sonreí amargamente—. Quieres negarlo, pero es algo que sabe bien tu corazón.

—Petronia tiene razón—afirmó metiendo a uno de sus creadores—. Por eso mismo no quiere verla en su presencia.

Petronia era una mujer, por decirlo suavemente, que tenía un lado masculino muy agresivo. Era hermafrodita y podía jugar al intercambio de géneros continuamente. Se burlaba de muchos, mentía, y tomaba el arte de los camafeos como una escapatoria para sus propios demonios. Con el paso de los años fui conociéndola y comprendí que no era la villana del cuento. Él siempre se expresaba mal de ella, pero la verdad era distinta. Ella era una superviviente y Arion, su maestro y compañero, también lo era.

—Ahora te das cuenta que tu creadora te quiere—dije echándome a reír—. ¡Qué irónico!

—No me quiere—dijo apartándome para negar con su cabeza. Sus rizos negros se movieron en el aire unos segundos y echó sus manos tras la espalda, dando un par de pasos hacia la salida de la calle—. Sólo quiere verme sufrir.

—Oh sí, quiere verte sufrir dándote una fortuna terrible a ti y a tu familia—aunque en realidad fue a Manfred. Manfred, el loco, que seguía vivo transformado en uno de los acólitos de Petronia—. Tan mala es que incluso te ha cedido su territorio para que descanses—alcé los brazos y los dejé caer de forma dramática—. Es terrorífica—dije alzando la voz, aunque sin gritar—. Sé que sus métodos no son los idóneos pero...

—¿Y tú?—preguntó entonces sin saber bien a qué se refería.

—¿Yo qué?—respondí encogiéndome de hombros.

—¿Me amas?—dio unos pasos hacia mí tomándome de los hombros.

No dudé ni un minuto en reírme. Aquello tenía su gracia. Me preguntaba si le amaba cuando había dicho mil veces que le quería. Era un amor ciego hacia él y un cariño imposible de medir. ¿Cómo me podía hacer preguntas tan estúpidas? Así que pude contener mis carcajadas.

—Lo siento, tenía que reírme—dije disculpándome—. Es una pregunta muy estúpida, aunque si me permites decir también muy tierna.

—¿Por qué?—murmuró mirándome con aquellos seductores ojos azules.

—Te he amado desde que torpemente me entregaste esa carta de amor como una colegiala. Había tanto amor en esas letras, tanta desesperanza y a la vez un deseo—susurré tomándolo de la cintura para pegarlo a mí. Sonreí seductor mientras él se ruborizaba y parecía querer no haber hecho esa pregunta, pero a la vez se sentía afortunado de ser amado—. Dios mío, creí que iba a morirme de amor por ti.

Entonces lo besé. Besé sus labios con la ansiedad de mil amantes y lo atrapé pegándolo contra el muro. Él tenía las piernas ligeramente flexionadas y su cuerpo se agitaba. Aquellos labios que hacía años que yo había besado, tantos años, volvían a ser míos. Cuando acabó nuestra magnífica aventura, y prácticamente no hacía más de unas horas que Merrick había muerto, lo hicimos en el cementerio familiar de los Blackwood. Justo antes de enamorarme de Rowan como lo hice, pues lo hice. Aunque no sabía que tan profundamente como para debastarme como lo había hecho.

Las manos torpes de dedos largos, blancos y fríos de mi hermanito fueron a mis solapas tirando de éstas. Bajo su pantalón comenzaba a formarse una erección, igual que bajo el mío. Podía sentir mi miembro despertando, igual que el suyo, que sin duda se rozaban porque él había empezado a mover su pelvis contra la mía.

—Hermanito—susurré al dejar sus labios, los cuales temblaban como si estuviera tiritando por mío, sus ojos eran limpios y llenos de amor. En aquel callejón nadie nos iba a ver, porque además no tenía salida.

—Hazme tuyo otra vez—rogó metiendo sus manos dentro de mi chaqueta mientras desabrochaba mi chaleco—. Hazlo, quiero que me lo hagas.

Con cierta torpeza me besó el cuello y lo mordisqueó, sin llegar a perforarme, mientras abría mi cinturón, desabrochaba el botón del pantalón y bajaba la cremallera. Cuando coló su mano dentro de mi ropa sentí alivio y deseo. Sus dedos aprisionaban mi miembro moviendo su muñeca lentamente mientras lo sacaba y jalaba hacia él. Busqué su boca y lo besé, pero éste me mordió el labio inferior y se arrodilló ante mí.

No tardó en comenzar a lamer mi glande dejando suaves círculos, humedeciendo aquella zona tan sensible, y finalmente apretó con sus labios comenzando a relajar su mandíbula para engullir mi sexo. Comenzaba a estar completamente erecto gracias a su osadía. Mis manos se apoyaron en sus hombros en un principio, arrugando un poco su chaqueta, pero finalmente lo agarré de la cabeza enredando mis dedos en sus rizos. Dejé escapar un par de gemidos mientras echaba mi cabeza hacia atrás, mis cabellos rozaron la cruz de mi espalda y mis rizos empezaron a pegarse en mi frente. Empecé a sudar porque había entrado en calor.

—Oh, oui... —jadeé moviendo mis caderas llevando el ritmo. Sus ojos azules eran provocadores y más con sus labios sonrojados, como sus mejillas, y esas lágrimas que aún corrían por su rostro.

Por impulso lo incorporé pegándolo a la pared, bajando sus pantalones y sin juegos previos lo penetré. Era un sexo rápido y apasionado. Él se quejó maldiciendo, con sus manos cerradas en forma de puño contra el muro de ladrillos vistos. Sin embargo no tardó en comenzar a gemir. Hubiese dado cualquier cosa por ver bien su rostro, pero debido a las circunstancias eso era imposible.

—¡Más! ¡Más!—gritó moviendo sus caderas mientras llevaba su mano derecha a su miembro para masturbarse, pues yo no lo atendía en esa zona.

Mis manos se habían movido por dentro de su camisa hasta sus pezones, los cuales apretaba con deseo. Tenía un torso sin un sólo vello y muy delgado, casi se notaban sus costillas. Era como el cuerpo de una jovencita sin formar pero sutilmente masculino. Su cabeza se echó a un lado y me miró por encima de sus hombros. Pude ver entonces parte de su boca abierta y esa mirada decidida. Realmente estaba gozando.

El sonido seco de mis testículos contra sus nalgas era rítmico. Sus piernas temblaban y se arqueaban mientras yo lo penetraba con fuerza. Mis manos se bajaron hasta su vientre y aparté la suya, agarré su pene con la mano derecha y con la izquierda empecé a dejar masajes suaves en sus testículos. También escaseaba en esa zona el vello, aunque era grueso y muy rizado. El pre-semen ya había salido porque estaba muy húmedo y resbaladizo.

—Dime... dime cosas sucias—dijo cerrando los ojos para echar hacia atrás su cabeza y luego encogerse contra el muro—. Lestat...

—El caballerito quiere que le diga que es una puta, que irónico—dije casi sin fuelle y con la voz temblorosa—. Vamos gime más mi pequeña putita—salí de él para entrar de nuevo golpeando su próstata—. Vamos putita—lanzó un gemido hondo algo afeminado, pero su voz era ronca y masculina balbuceando palabras inconexas—. Vamos, zorra que esta noche has tenido suerte— murmuré saliendo de él nuevamente para volver a entrar y tras dos arremetidas más se corrió en mi mano.

De inmediato llevé mi mano a su boca, hundiendo mis dedos para que los lamiera. Él sollozaba por el placer mientras sus caderas se movían. Yo aún estaba allí dentro, duro y completamente erecto, golpeando su próstata.

—Así, lame—susurré cerca de su oído—. ¿Está delicioso?

—Sí...—dijo sin aliento mientras salía de él.

—Ahora probarás el mío—musité dejándolo de rodillas para penetrar su boca.

Dios no recuerdo otros labios más gruesos que los suyos, aunque quizás eran los de Louis los más suculentos. Ambos tenían una boca algo femenina que lograban complacer notablemente a cualquiera. Cuando me corrí él lo tragó disfrutando, lamiendo todo mi sexo mientras sus manos me tocaban los muslos y el vientre como si fuera un dios.

—Así, así...—susurré saliendo de él para rozar mi glande por sus mejillas y volver a meterlo—. Una deliciosa y salada golosina.

No dejó de succionar ni aunque temiese ser visto con los pantalones bajados, de rodillas, con la boca pegada a mi miembro y completamente sometido. Después de varios minutos volví a estar duro, penetrando su boca hasta que finalmente volví a correrme. Dos veces en su boca, para que guardara bien mi sabor.

—¿Te ha quedado claro cuánto te quiero?—pregunté apartándome para subirme los pantalones que habían quedado por los tobillos.

—Sí—dijo con una sonrisa casi infantil, pero muy masculina.

—¿Quedo perdonado?—murmuré inclinándome hacia él—. Te he alimentado esta noche, golfa.

—Sí—balbuceó coloreándose—. Te amo Lestat.

—Lo sé—besé su mejilla y me dispuse a colocarme bien la ropa.


Minutos más tarde ambos caminábamos por la ciudad. Él en completo silencio escuchando mis historias, algo cabizbajo quizás porque meditaba sobre lo que había pasado, pero cuando me miraba veía en él felicidad.  

miércoles, 19 de febrero de 2014

Tu amor

Bonsoir mes amis

Mi hermanito, Tarquin Blackwood, me ha pedido que hoy quiere entregaros esto para que podáis leer cuanto ama a Mona Mayfair. He decidido que sea el primero en abrir nuestras secciones de texto en el Jardín y por lo tanto el primero en abrir el día. 

¡Disfruten! 


El amor se olvida cuando no se recuerda la sensación mágica del primer día. Aún viene a mi mente tu rostro aniñado, redondo y salpicado de pecas. Tu pequeña nariz parecía perfecta y encajaba en tus pómulos marcados pero suaves, tan suaves como la piel que te envolvía y los lazos que adornaban tu cabello de fuego. Pequeña, casi diminuta, si te comparo conmigo que soy un torpe gigante. Tus ojos verdes eran lo más llamativo, pues parecían ser dos hermosas gemas. No puedo olvidar porque ese día supe que tú serías la mujer con la que compartiría todo.

No pretendo ser un príncipe que te rescate de los monstruos, pues yo mismo lo soy. Sólo quiero sostenerte entre mis brazos, acariciar tu cabello y besar tu cuello con dulzura. He perdido la cuenta de mis sonrisas desde que te conocí. Te has convertido en la única mujer que quiero a mi lado, pues me ofreces una felicidad que hace temblar mis cimientos.

Todo lo que necesito para ser inmensamente feliz eres tú. Sin ti las noches parecen vacías, como si el cielo hubiese perdido sus estrellas y la propia luna. La tranquilidad del silencio que me rodea cuando no escucho tus tacones, tu risa o simplemente el tecleo de tu ordenador es terrible. Eres la mejor música que puedo tener, pues tu melodía me recuerda a una canción de amor.


¿Olvidar este amor? ¡Jamás! No puedo olvidar algo que rememoro cada noche con una pasión desconocida.  

miércoles, 5 de febrero de 2014

Amor puro

Amor puro

—¿De modo que ahora dejaré de verte?—preguntó—. ¿Te marcharás lejos de mí? 
—Quizá de vez en cuando—respondí—, pero nunca durante mucho tiempo. Velaré por ti, Rowan. Puedes contar con ello. Y llegará una noche en que podremos compartir la sangre. Te lo prometo. Te entregaré el don oscuro.


Me puse en pie. Tomé su mano y la ayudé a levantarse.

—Debo irme, amor mío. La luz es mi enemigo mortal. Ojalá pudiera contemplar contigo el amanecer. Pero no puedo.

La abracé súbita y violentamente, besándola con inusitada voracidad.
—Te amo, Rowan Mayfair—dije—. Soy tuyo. Siempre seré tuyo. Nunca estaré muy lejos.

—Adiós, amor mío—murmuró Rowan. Una leve sonrisa animó su rostro—. ¿Me quieres de veras?—musitó.
—Con todo mi corazón—respondí.


Recordar estas líneas que yo mismo escribí, con mi puño y letra, me hace recordar que los límites de Blackwood Farm fueron durante un tiempo los límites de mi alma. Me sobrecogía la sola idea de verla envejecer pues no estaba preparada ¿o quizás era yo quien no estaba aún acostumbrado a amar de esa forma? Un amor tan puro podía desintegrar cualquier creencia y humildemente estaba desencantado con el mundo, pero ella hizo que todo se convirtiera en algo más intenso y profundo. Supongo que quería meditar mis motivos y aceptar mis errores.

Los siguientes años fueron trágicos. Vivía con David y Louis. Ambos parecían haber cambiado radicalmente desde que Merrick falleció. Louis parecía más oscuro, frío y terco que nunca. Ya la soledad no le daba ese encanto que tanto maldecía, sino que era un cínico y un mentiroso letal. Meditaba sus actos como antes, pero ya no era un ser tan reflexivo sino más bien un imbécil que subyugaba a todos con su belleza y poder. David, en cambio, estuvo meses intentando aceptar la muerte de la mujer que había amado. Aún creo que se repone. Supongo que la eternidad te muestra el camino hacia una existencia con sinsabores mucho más intensos que cuando estás vivo. Él ya los conoce bien y ahora los degusta despacio, meditando sobre sus años en Oak Heaven y como director de la organización de detectives de lo sobrenatural llamada “Talamasca”. Pero ese no es el asunto que nos ocupa. El asunto que nos centra en la historia es mi promesa.

Había conocido los secretos de una familia que dominaba gran parte de los negocios y las finanzas en la ciudad. Mi hermosa New Orleans rendían tributo a los Mayfair desde que llegaron invadiéndolo todo con su encantador discurso de poder, su elegancia y sobre todo con la belleza de todos y cada uno de sus miembros. Julien Mayfair seguía apareciéndose, aunque de forma menos intensa, y era Stella quien reía como loca a veces cuando encendía mi equipo de música. Me acostumbré a ellos como me acostumbré a los dolorosos recuerdos de Rowan.

Rowan me había mostrado un lado que yo desconocía. Abrió la caja de los truenos dispuesta a romperme el corazón dejándome allí, deseando ver aquel amanecer a su lado y porque yo se lo pedí. Pude contemplar a la mujer que amaba durante algunos años. A veces la visitaba si importarme nada en absoluto. Su esposo se encontraba dentro de la mansión, observando furioso mi entrada triunfal. El amor de ambos se había disipado y quedaba en ella un cariño, respeto y comprensión hacia Micahel Curry.

Dejen que les diga que no tengo nada en contra de Michael. Incluso admiro a ese hombre. Él logró sacar la belleza escondida de aquella mansión y la restauró antes que se consumiera en el olvido. Un hombre cuyas manos pueden ser consideradas la de un dios por su bondad y milagros con la madera. No puedo decir nada malo de él. Cuidó a Mona durante los años que estuvo postrada en una cama, amó a Rowan con todo su corazón y permitió que el misterio de los Taltos fuera desvelado en medio de una tormenta de dolor que casi le hizo sucumbir. No. No puedo odiar a un hombre cuyos rasgos me recuerdan a los de mi hermanito, aunque mucho más varoniles y robustos. Imposible. No puedo. He intentado hacerlo pero no he podido. Soy nulo para odiar. Ni siquiera odio a todos aquellos que se quejan insufriblemente todavía por mi ida y venida de los infiernos. Aún así, creo que él sí ha llegado a odiarme. Supongo que es algo que no se puede controlar. Él tiene motivos, pero no yo.

Durante algunos años estuve visitándola con asiduidad. Una o dos veces al mes, a veces incluso algo más. No quería importunar ni romper su calma. Ella era importante para mí, pero sabía que Mayfair Medics era tanto o más importante que yo. Su trabajo siempre la había apasionado, incluso antes de conocer su verdadero poder. Solía enviar ramos de flores diversas, a veces tan sólo rosas, para que ella supiera que la extrañaba y que vigilaba de cerca sus progresos, sus interesantes investigaciones y su felicidad.

—Otra vez vienes de ver a esa bruja—me había dicho cierta noche Louis.

—No la llames así—respondí indignado.

—Es lo que es—dijo sin mover ni un músculo. Su libro de Kafka ocultaba parte de su rostro, hasta sus cejas perfectamente delineadas, mientras sus cabellos negros y ondulados caían en libres cascadas sobre sus hombros rozando su chaleco y camisa.

—Tú lo haces con tono despectivo—mis ojos brillaban llenos de ira.

—¿Has visto a tu joven amigo? Ese muchacho que vive en el pantano rodeado de caimanes—preguntó David reclinado sobre el bureau plat que usaba como escritorio.

Antes de proseguir dejen que les hable de ese mueble. Amaba ese mueble. Era una mesa rectangular que servía como escritorio y a su vez era un elemento decorativo en sí. Tenía una marquetería impresionante y poseía acabados en bronce y sobredorados en patas, cajones y perfiles. ¡Ah! ¡Qué maravilla! Me costó casi un año hallar con uno en tan buen estado. David, Louis y yo mismo disfrutábamos de aquella joya.

—Hoy no—dije con una leve sonrisa de enamorado.

—Fue a ver a esa imbécil. Seguro que la contempló tras el vidrio y susurrándole poemas de amor que ni siquiera sabe apreciar—aquello me hervía la sangre y en ocasiones me hacía desear haberlo dejado carbonizado—. Olvídalo. Sólo haces el ridículo.

—¡Tú si que eres ridículo!—grité.

Aquella noche Louis y yo discutimos. El bureau salió ardiendo, junto a importantes documentos de David, y los tres decidimos que era el momento de abandonar la convivencia. Louis se alejó de mí precipitadamente, sin echar la vista atrás y juró que no volvería a dirigirme la palabra. David decidió recoger sus cosas mientras me echaba largos vistazos. Sabía que no me odiaba ya aunque admito que también tenía conocimiento de su negativa a ver como me destruía por un amor que no sabía soportar, que quería a su vez y que podía ser una llama en medio de la oscuridad que quemara mi alma.

—Amas a una Mayfair—dijo claro y tajante—. Las Mayfair pueden amarte y desearte. Una Mayfair puede llevarte al culmen de la felicidad. Sin embargo, también te recuerdo que salvo sonadas excepciones, como la de Beatrice Mayfair, las mujeres Mayfair se casan con hombres Mayfair. No hay más.

—¿Por qué eres así?—pregunté molesto.

—Intento que los pájaros que tienes se vayan rápido—explicó.

Después de aquello quedé solo. La casa se hacía cada vez más insufrible. Me dolía decir que extrañaba a Louis y sus palabras de odio arremetiéndose contra mí, hundiéndome y avivándome a la vez. Quería llorar y lo hice. Las siguientes noches las pasé llorando junto a los restos de bureau. Al tercer día, cuando me sentí menos dolido, decidí tomar un baño e intentar hundir en la bañera todos mis pensamientos. Deseaba que se ahogaran, pero acabaron flotando.

Encerrado en aquel baño rodeado de espejos, grifos de oro y losas de mármol recordé todas mis vivencias. Intenté pensar si amé tanto a Louis como lo hacía con Rowan y finalmente llegué a la conclusión que eran dos amores distintos. A Louis lo amé de forma egoísta, pero con Rowan no pude serlo.

—Lestat, mon fils—escuché girándome hacia el fondo del pasillo.

Allí estaba él con su traje blanco perfecto, sus cabellos canos y su sonrisa burlona que a veces se asemejaba a la de un gato. Sus ojos eran profundos, a pesar de ser claros. Era rematadamente atractivo aunque se apareciera con unos setenta años. Podía haber elegido cualquier momento de su vida, pero él rondaba siempre los sesenta o setenta años. Tal vez porque era el momento vital en el cual tuvo más poder y quizás también felicidad.

—No estoy de humor para soportarte—dije alto y claro.

—Tú nunca estás de humor para mis visitas—comentó caminando hacia el baño mientras yo echaba la cabeza hacia atrás en el borde.

Sus pasos se podían escuchar por las losas de mármol blanco. Creo que era una representación demasiado viva. No sabía aún porque seguía buscándome y atormentándome. Comprendía que estuviera disgustado porque Mona no se fue con él, pero debía comprender que de haber estado en su lugar él también me hubiese pedido estar vivo, joven y fuerte para siempre.

—Abandona tu desdicha—susurró tomando asiento en la silla que siempre tenía en el baño.

Siempre he tenido una silla en ese baño. Tal vez porque carece de percheros suficientes para dejar mis prendas limpias. No lo sé. No es algo que tenga porque destacar demasiado.

—Prometí que la visitaría y vigilaría—dije dejando que mis rizos cayeran sobre mi frente al intentar incorporarme para verlo.

—Tus extrañas y estrafalarias visitas sólo provocan que la deses aún más—comentó cruzándose de piernas de forma elegante y masculina. Sus ojos eran un desafío.

A veces no soportaba verlo por la sola idea de saber que era sólo humo. No podía palparlo ni sentir sus manos. Sin embargo era real. Para mí al menos era tan real como el agua que calentaba mi frío cuerpo y la punzada de sed que sentía recorriendo de pies a cabeza.

—No quiero que crea que le he mentido—dije haciendo una breve pausa mientras intentaba no romper a llorar—. Realmente la amo—mi voz se quebró en esa frase y mis lágrimas volvieron a bailotear por mis mejillas hasta mi garganta.

—Pero ella no te ama a ti—comentó con un tono indiferente.

—¿Por qué dices eso?—pregunté girándome del todo hacia él.

—Sigue en First Street porque la nueva heredera así lo ha decidido y porque ella ha aceptado. Está vinculada a la familia y a su esposo. Deja de atormentarla y atormentarte a ti mismo—cuando uno es inmortal cree que nada le hace daño, pero esas palabras fueron como profundos cortes en mi cuerpo—. Mon fils, la vida para ti es larga pero para ella es corta. Permite que viva tranquila sin tu presencia.

—¿Me estás llamando incordio?—no me asombré en absoluto por sus palabras, pero sí por la forma en la cual se desenvolvía con aquel encanto—. ¡Demonios! ¡Tú me estás llamando incordio!—vociferé escuchando entonces cierta reverberación. Él sonrió ante el fenómeno y jugueteó con sus dedos sobre sus piernas. Tenía un toque reflexivo, pero sin duda se estaba divirtiendo de lo lindo.

—Es una forma rápida de definir lo que eres—dijo encogiéndose de hombros.

—¡Eres tú quien se presenta sin ser invitado!—grité furioso.

—Admite que le doy un toque encantador a tus noches—su sonrisa se ensanchó haciéndome enojar todavía más.

—¡Eres insufrible! ¡Vete de aquí! ¡Vete con el demonio!—dije agitando los puños en vano, pues sólo se burlaba y disfrutaba viéndome de esa forma.

—¿Desde cuando un aspirante a santo blasfema de ese modo?—preguntó levantándose de la silla para pasear con elegancia por el baño.

—¡Olvídame!—no podía contener mi ira. Era imposible de contener.

—Olvídate de Rowan—susurró sosegado—. Permite que sea feliz a su modo.

—¿Feliz?—murmuré frunciendo mis cejas mientras me aferraba al borde de la bañera.

—Dices amar de forma pura—hizo un dramático silencio acercándose hasta donde me encontraba, justo al borde, y se inclinó para que viera bien su rostro con aquellas arrugas producto de su expresividad. ¡Ah! Hubiese deseado que fuese horrible y grotesco para no tener en cuenta sus palabras. Pero era profundamente atractivo y su presencia a veces era aceptable—. Entonces, permite que sea feliz—se incorporó acomodando el pañuelo de su ojal y empezó a disiparse su imagen—Deja de buscarla, Lestat.

Cuando se fue quedé en silencio acompañado nada más por las suaves luces del baño, con el espejo empañado, la ventana abierta hacia la ciudad que se hallaba en primavera y con aquella espuma que habían hecho las sales de baño. Olía a magnolias, jazmín y rosas. Podía sentir el Jardín Salvaje llamándome para otra aventura fuera de New Orleans. Tenía que marcharme y dejar todo atrás para reencontrarme y quizás olvidarme que existía una mujer que me había secuestrado el corazón.

Pasadas unas noches me encontraba en New York persiguiendo algunos delincuentes y hundiéndome en los suburbios. Después estuve en distintos países que aún no había visitado. Me dejé extasiar por los grandes museos, leí sobre avances científicos y vi la televisión en más de diez idiomas distintos. Los libros fueron buenos compañeros de viaje cuando decidía usar el transporte público para comprender el motivo de las quejas más mundanas. Y tras dos años regresé a New Orleans.

Nada había cambiado. Era como si ni siquiera hubiese ocurrido mi partida. Mi vivienda seguía igual aunque con alguien más. Louis había regresado y decidí que volver a ser compañeros no era tan insoportable. David me había estado mandando correo desde Londres. Decidió estar cerca del universo al cual siempre perteneció y en contacto con Yuri Stefano, el cual según él era el último amigo humano que poseía. Tarquin y Mona seguían discutiendo cada noche. El resto de mortales los fui visitando, viendo con mis propios ojos y conversando con ellos aquellos días. No obstante nada más regresar sentí la bofetada directa de los Mayfair.

Julien apareció nuevamente ante mí. Tras el suceso en mi baño no me había honrado con su presencia. Tan sólo fueron unos minutos quizás recordándome que no debía acercarme a Rowan o tal vez recordándome mi amor por ella. Fuese como fuese unas noches más tarde desaparecí. Louis quedó en la vivienda leyendo pausadamente tumbado en uno de los sofá y yo salí a buscar a la mujer que amaba.

—¡No!—gritó Julien interponiéndose entre la entrada a la mansión y yo.

—¡Sí! ¡Maldita sea! ¡Sí! ¡Voy a verla!—dije sintiendo como tiraba de mis ropas, pero era sólo aire para mí.

Entré en el jardín sintiendo los dondiegos en flor. Era verano, por si no lo he comentado, y vestía como un chiquillo más en aquella ciudad sin Dios. Unos tejanos, unas botas bajas de punta en color oscuro, camiseta negra sin adornos y el pelo revuelto. La humedad era insoportable así que había comenzado a sudar, aunque eran tan sólo gotitas de sudor que a penas se apreciaban.

—¡Rowan!—grité por el camino de gravilla—¡Rowan!

Las luces del dormitorio de invitados rápidamente se encendieron. Dolly Jean apareció abriendo la ventana para verme mientras se apoyaba con cuidado. Una mujer que parecía de hierro pese a su alcoholismo. Llena de vida, como una niña, con una sonrisa radiante.

—¡Se lo advertí! ¡Sabía que volverías!—dijo apartándose de la ventana mientras escuchaba cierto escándalo.

—No—escuché por parte de Julien—. Ella lo ha superado.

—¡Un cuerno!—grité golpeando el aire mientras me aproximaba a la puerta que abrió súbitamente Michael Curry.

Había envejecido. Tenía algunas canas más y su expresión se había vuelto más fría hacia mí. Sabía que me odiaba y no me esperaba. Posiblemente había vivido tranquilo al respecto. Seguro que estaba embutido en sus nuevos proyectos de remodelación de alguna de las casas de barrios más humildes o simplemente leyendo por distracción. Él no tenía puesto pijama, pero sí ropa cómoda de esa que te pones para estar por casa.

—¿Qué vienes a buscar? Márchate—dijo mirándome con aquellos poderosos ojos azules.

—A Rowan—respondí con franqueza.

—Márchate—volvió a decirme aquello pero con mayor firmeza—. ¡Largo!

La puerta se cerró en mis narices cuando quise tocar el pomo. Me quedé allí de pie mirando la cerradura y deseando que ella la abriera. Sabía que estaba al otro lado. Podía sentir su presencia. Estaba allí. Posiblemente le había pedido a él que me echara o quizás era cosa suya. No quería leer sus mentes porque era ser un ingrato con ellos.

Escuché claramente una discusión y después silencio. Sus pasos hacia la puerta me hicieron sentir como un niño que está a punto de ser descubierto en una travesura. Sí, ese nerviosismo insano y agradable a la vez. Un cosquilleo que me hizo temblar. La puerta se abrió, quise hablar pero lo que tuve de regreso fue un fuerte bofetón por su parte y un nuevo portazo.

Esa noche regresé sin ánimos mientras Julien reía a carcajadas. Se destornillaba por mi dolor y paseaba a mi lado con elegancia y las manos metidas en los bolsillos. Las luces de la ciudad se veían como luciérnagas erráticas y cosmopolitas. El calor era insoportable, o quizás la humedad, y el zumbido de los insectos como los grillos creaban cierta magia. Noche de primavera y desolación, así podía titular este capítulo de mi vida, que me hizo arrastrar por las calles las botas mientras intentaba no llorar.

Al llegar a casa me encontré a Louis mirándome con aquellos ojos acusadores, saboreando las palabras venenosas que podía ofrecerme y la crueldad de sus caricias. Dejó a un lado el libro que leía, se acomodó el cabello dejando que rozara su camisa blanca de puro algodón y me abrazó. Permití que su rostro se hundiera en mi cuello y me besara como una quinceañera, para después escuchar en un susurro su cruel sentencia.

—La amas más que a mí. La amas más que a ti. La amas como yo te he llegado a amar. ¿Ves el dulce castigo de la vida? Tú sufres todo lo que yo he sufrido como regalo y a consecuencia de todos tus estúpidos actos—dijo apartándose de mí para luego echar a caminar de nuevo hacia su sofá y recitar un poema que para nada había sido escogido al azar.

“Mírame.
Estoy derrotado de nuevo.
No he sabido jugar, lo siento.
Sé que al demonio se lo debo.
Mírame.
Hundido en la miseria del ayer
y loco por querer tocarte
pero a sabiendas que es veneno su piel.
Mírame.
Ya no puedo amarte ni quererte
porque tú me odias desde lo profundo
como si fuera la propia muerte.”

Quise odiarlo. En realidad deseé destruirlo. Tal vez debí hacerlo. Siempre pienso en hacerlo y después recuerdo los momentos que hemos vivido. Es un maldito cínico y un hipócrita calculador. Sabe jugar bien sus cartas y mostrarse con una belleza superior a la de cualquier otro. Tan humano en apariencia y con un alma perra.

A la noche siguiente busqué a la persona que se había hecho cargo de Mojo. Tenía descendencia y posiblemente varios cachorros. La chica que me vio dijo recordar que su madre cuando era joven vio a mi padre, pues no podía decir que era el mismo tipo que dejó ese perro a su cuidado, y que ambos nos parecíamos según recordaba como ella le narraba el hombre que se marchó llorando sangre.

—Sí, mi madre se acuerda de su padre—dijo con una bonita sonrisa—. ¿Qué desea?

—Me gustaría quedarme con un cachorro—comenté—. Seré responsable—aseguré.

Ella decidió dármelo y le puse Mojo. Era Mojo II, pero teniendo en cuenta el tiempo que había pasado decidí que tan sólo sería Mojo. Simplemente Mojo. Él me daría suerte y consuelo. Al menos me daría una excusa perfecta para pasearme frente a First Street. Pasear a mi perro, dejar que los buenos tiempos volvieran a mi mente o quizás tan sólo buscarlo porque se había perdido. Sí, una excusa y a la vez una necesidad.

El verano llegó y se marchó sin novedades. Rowan no me perdonaba en absoluto el haberme ido sin siquiera una nota. Ni siquiera me di cuenta de ese error. No me había despedido. Simplemente me esfumé. Dejé de mandarle chocolates, escribir poemas o simplemente mandar una rosa o varios ramos a su despacho. Era como si me hubiese tragado la tierra. El gran Lestat dejó sólo recuerdos o quizás ni eso.

Era invierno cuando decidí abrigarme bien en medio de una ventisca. Estaba a punto de empezar a llover. Michael no estaba. Posiblemente había ido a San Francisco a buscar inspiración o simplemente para despejarse. Ella estaba sola en casa. Dolly Jean no estaba allí. Sola. Repito estaba sola. Era mi oportunidad de oro.

—Vete—dijo apareciendo de la nada—. Te va a echar.

—Hazle caso al tío Julien—la voz alegre de Stella me cautivaba igual que su imagen.

—Dejadme en paz—dije aproximándome a la casa con grandes zancadas.

No tuve llamar porque ella abrió. Posiblemente me sintió o escuchó como les hablaba a ese par de fantasmas. Cuando la vi, porque en la anterior vez no logré verla demasiado bien, me sobrecogí. No había logrado verla tan de cerca desde la última vez. Ni siquiera sabía cuantos años habían pasado ya.

—Han sido cuatro años—dijo mirándome con aquellos ojos que tenían ciertas arrugas.

—Rowan...

—Olvídate de zalamerías y ve al grano—comentó buscando una cajetilla de cigarros en su bata, la cual estaba mal abrochada, para encenderlo frente a mi cara y darle una calada—. Dilo rápido.

—Serás feliz me dijo la vida, pero primero te haré fuerte—respondí.

—Bonita frase ¿es tuya?—interrogó con un tono monocorde y frío, por no decir gélido.

—No—negué con la cabeza aunque no era todo lo que tenía que decir.

—Como suponía vienes con zalamerías—tomó el pomo de la puerta para cerrarla y supe que me cerraría perdiendo la oportunidad.

—¡Espera!—grité colocando la palma de la mano derecha sobre esta.

—¿Qué?—dijo altiva.

—Serás feliz me dijo la vida, pero primero te haré fuerte. Y sin duda me hizo fuerte. Tuve que comprender que era la muerte para entender el milagro de la vida. La oscuridad me rodeó y me iluminó la tragedia. Soporté la soledad, acepté la muerte de aquellos que amé alguna vez y tuve que caminar por ciudades desconocidas—apreté mi puño izquierdo mientras ella me miraba.

Esos ojos grises que parecían arrancarme el corazón y retorcerlo, el humo del cigarro entre sus largos dedos y esa pose insufrible de mujer firme, cautivadora y que me retaba. Me estaba retando. Me retaba a decir todo lo que sentía para quizás romperme en mil pedazos.

—Creí saber que era el amor, el calor de la familia y una vida cómoda—me encogí entonces de hombros y seguí hablando—. Sin embargo mis ansias de conocimiento, mi deseo desesperado por la aventura y los acontecimientos más trágicos me mostraron que todo es efímero y que la fortuna no dura más de unos años—pude ver en ella un quiebro, pero se mantuvo firme cosa que me quebró a mí.

—Hay que ser infeliz para saber valorar una sonrisa. Y tú, Rowan, has sabido valorar la mía tanto como yo he aprendido a valorar la tuya. Lamento que estos años no haya podido verla y te haya causado tan sólo miserias—dije notando como Stella me miraba en silencio pero Julien no dejaba de murmurar—¡Cállate ya maldito!—grité girándome hacia él.

—¡Cállate tú!—respondió.

—¿Y eso también es de otro?—dijo acomodando su bata.

—No, eso es mío—dije dejando que algunas lágrimas salieran sin poder controlarlo.

—Ensayado. No olvido que fuiste actor como me dijiste una vez—comentó con frialdad.

—¡Maldita sea Rowan! ¡Son cosas que me han salido ahora!

—¡Pero no te salieron cuando tuviste que irte!—ahí estalló rompiendo ella a llorar.

—Rowan te amo—intenté acercarme pero retrocedió y cerró la puerta—. ¡Cariño no me iré! ¡Aunque tenga que ver el amanecer calcinándome de nuevo!

Permanecí allí gritando su nombre y provocando que algunos vecinos acudieran. No iba a calmarme ni callarme aunque viniese la policía. Podía incluso escribir un libro si me llevaban a calabozo: La increíble historia del vampiro preso. Ya veía el titular. Sin duda una historia de dolor para mí y que arrancaría una carcajada a más de uno. Así sois de miserables. Seguro que os estáis riendo por como me cierra la puerta. Seguro. Estoy convencido de ello.

Pero, mucho antes de alertar a la policía, me abrió la puerta y se alejó marchándose hacia la planta superior. Yo la seguí cerrando la puerta mientras la perseguía completamente hipnotizado. Aunque podría decir que iba igual que cualquier idiota que está enamorado. Sí, igual que un perro faldero contento y feliz porque su ama le dejará estar sobre sus rodillas.

Entró en el dormitorio que compartía con Michael y se sacó la bata. La bata no lo he dicho pero era de algodón algo gruesa, como si fuera un albornoz. Pero bajo ella sólo había un sujetador que recogía sus pechos con un encaje muy detallado, lleno de flores con diversa ornamentación, y un tanga a juego en color negro. Sí, su ropa interior era negra y en esa piel clara destacaba.

Quedé bajo el marco de la puerta mirándola como un adolescente. Mis ojos observaban su hermoso conjunto y ella parecía mirarme con el amor de otros tiempos. A pesar que habían pasado algunos años su cuerpo estaba firme y terso. Ella no dejaba de hacer ejercicio y de cuidarse para mantenerse de esa forma, tal vez esperando mi promesa o quizás mera vanidad.

Me aproximé a ella tomándola entre mis brazos. La estreché con cuidado como si fuese a romperse y besé sus clavículas. Ella llevó sus manos a mis cabellos acariciándolos mientras notaba el tacto de mis ropas de cuero. Había decidido ir como si fuera un joven común, sin uno de mis hermosos trajes. Sólo llevaba la chaqueta de cuero con forro de cordero, un jersey negro con cuello tortuga y unos tejanos oscuros con unas botas militares. Vestía como un idiota de no más de veinte años, lo cual con sinceridad aparento.

Ella jugaba con sus dedos entre mis cabellos y dejaba que sus labios rozaran mis pómulos. Quería arrancarle la escasa ropa que llevaba, pero había estado tanto tiempo sin ella que necesitaba recrearme. Mis dedos jugaron con el borde de su tanga tirando del elástico antes de hacerlo caer, deslizándolo hasta sus tobillos. No me fijé hasta ese momento que estaba descalza y se podían ver sus bonitos pies. Sin embargo lo que más me llamaba la atención eran sus senos. Deseaba beber de ellos. Morder su pezón y succionar un poco de su sangre.

—Necesito morderte—dije acariciando su vientre mientras notaba la pesada mirada de Julien.

—Hazlo—me invitó con un suave tono de voz seductor y enloquecedor. Tenía una voz con un timbre a veces algo masculino debido a su dureza y temperamento, pero en la cama podía desarrollar una forma muy sensual.

Sus cabellos habían crecido y ya no eran tan cortos. Caían sobre sus hombros en ondas perfectas. Tenía un aspecto de Venus salida del mar insufrible para cualquiera que quisiera permanecer sereno. Y sin medirme, pues no acostumbro a ello, le arranqué el sujetador y mordí su pezón derecho para tomar unas cuantas gotas de sangre. Se quejó en un principio, pero terminó gimiendo allí mismo.

Cerré su herida con unas gotas de la mía y seguí estimulado aquella zona tan erógena. Mi mano izquierda agarraba su otro pecho acariciándolo, pellizcando el pezón y dejando caricias suaves. Ella mientras caminaba hacia atrás llevándome hacia la cama, tropezando con el borde y permitiéndome caer en la cama sobre su cuerpo. Esa figura delicada de proporciones perfectas me estaba excitando.

Tomó mi zurda y la llevó a su sexo, el cual no tenía ni una muestra de su vello púbico, para que lo acariciara y hundiera dos de mis dedos en ella. Su largas piernas se abrieron mientras con mi mano derecha la rodeaba por la cadera, levantándola un poco del colchón y permitiendo acomodarla sobre éste. Sus manos fueron rápidas e intentaron tirar de mi cinturón y terminar quitándomelo.

Me dejé desnudar mientras su mirada y sus jadeos me convertían en algo similar a un zombie. No podía pensar con claridad porque mi mente estaba revuelta, llena de recuerdos y lujuria. Mis dedos la estimulaban acariciando su clítoris y hundiéndose a la vez en su vagina, pues de aquellos dos dedos iniciales terminaron siendo tres.

Ni siquiera me fijé en lo hermosa que estaba la cama con aquel edredón rojo de plumas, pues tan sólo la veía a ella. Quería hacerla mía de una vez. Sin embargo me apartó para quedar de nuevo de pie y quitarme el resto de las prendas. Mis ropas quedaron desperdigadas por la habitación aunque estaba más pendiente a sus ojos grises, sus rosados pezones y su depilada vagina.

De inmediato se arrodilló frente a mí tomando mi sexo con su mano derecha para masturbarme, deslizando suavemente sus dedos desde la base a la punta y luego desde la punta a la base. Pellizcaba el glande apretándolo, rozándolo con sus labios con pequeños besos y finalmente lamiéndolo. Cuando al fin se lo llevó a la boca dejé que tan sólo abarcara el inicio de éste, pero ella estaba dispuesta a llevárselo al completo. ¿Y qué puedo decir? Logró hacerlo. Sus deliciosos labios apretaban cada trozo de mi sexo y finalmente la base de éste. Su lengua se enroscaba y acariciaba cada vena marcada y centímetro. Pude sentir su aliento cálido rozando mi vello rubio mientras llevaba ambas manos a su cabeza.

Tomé control de la situación para que aquel acto de placer la excitara de sobremanera. Rowan era libre, fiera y fuerte pero en la cama deseaba ser guiada de la misma forma que ella guiaba su vida. Recogí sus cabellos en un pequeño moño alrededor de mi mano derecha y con la izquierda la tomé del mentón, levantando su rostro. Sus ojos grises se fundieron con los míos con tonalidades que iban desde el azul al violeta. Ambos nos mirábamos encendidos por la pasión y la belleza que poseíamos. Yo lo sabía. Por eso mismo quería ver su rostro antes de empezar a arremeter con estocadas firmes y desesperantes.

En un arrebato la aparté tirándola a la cama y arremetiendo contra ella. Había entrado de una sola vez. Me hundí en el placer por su calidez y su humedad. Sus piernas se fueron entorno a mis caderas y empecé a embestir con fuerza. Gemía y yo la acompañaba. Ambos gemíamos mientras jadeábamos nuestros nombres. Pude notar como se encendía como una llama y como sus manos buscaban arañarme, tirar de mi cabello rubio y buscar mayor profundidad al tomarme de las nalgas y pegándome a ella. Sin duda el sexo salvaje se daba paso a una noche de desesperación para mí. Creí que jamás volvería a tenerla y allí estaba abierta para mí, buscando mi boca con la misma ansiedad que yo buscaba la suya y dejando que mi cuerpo se fundiera al suyo.

Me apoyé en el cabezal de la cama para poder tener más impulso, pero a pesar que quise usar mi fuerza humana no pude. Ella me rodeaba de una forma tan placentera que acabé rompiéndolo. La cama se quejaba mientras golpeaba contra la pared y ella se abría mucho mejor para mí. Sus ojos estaban encendidos ante el estímulo y yo estaba encendido ante su amor. Ambos unidos en una sola imagen de dos cuerpos fundidos en un demencial ritual.

Pude sentir como llegaba al orgasmo cuando levantó su pelvis debido a los espasmos que notaba, como agradables calambres en su vientre hasta sus piernas que se aflojaron y tensaron. Sus uñas se clavaron en mis brazos y los dedos de sus pies se cerraron apoyando los talones en la cama. Decidí que era el mejor momento para terminar dentro de ella. Mirándonos ambos con los labios abiertos con unas ganas terribles de besarnos mientras gritábamos por el placer. La lujuria nos había vencido una vez más derrumbando cualquier muro.

Minutos más tarde estaba aferrado a ella besando su cuello y sus hombros, hundiendo mi rostro en sus pechos y deseando que me amase de ese modo hasta que el mundo llegase a su fin. Sin embargo, la mañana estaba a punto de llegar y tuve que huir a mi refugio.

—Debo irme—dije apartándome para recoger la ropa y vestirme—. Pero vendré mañana.

—Prométeme que no te irás nunca más—se incorporó mirándome con los ojos llenos de lágrimas—. Por favor.

—No lo haré y buscaré la forma de hacerte mía para el resto de la eternidad—le aseguré acercándome a ella para dejar un tierno beso en su frente.


Juro por todo lo que he amado en este mundo, por todo, que cuando regresé decidí que tenía que encontrar a David y convencerlo. Él debía ayudarme. No podía darle su sangre para que no me detestara. Él lo haría por mí. Yo la llevaría al borde de la muerte y él le daría su sangre. Y lo hice. Como bien hemos dicho en más de una ocasión. Ella ahora es inmortal y Julien me odia mucho más.  



Lestat de Lioncourt

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt