Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 24 de marzo de 2014

No discutamos, hagamos las paces

Bonjour

Les traemos unas memorias que siguen a las anteriores. ¿Creen que Quinn me perdone lo que ocurrió con Mona?

Lestat de Lioncourt 


Había pasado casi un mes sin noticias de ella. David se encargaba de buscar alguna pista, pero yo estaba siendo terco. Si ella se había ido era porque yo no la hacía feliz. Posiblemente estaba en brazos de Michael Curry cuidándola de una forma que yo desconocía. Él era un hombre atractivo y mucho mejor que yo, a pesar de ser mortal. Su presencia era masculina, firme, poseía una nobleza que traspasaba tu alma con su voz y finalmente unos ojos tan hermosos como los de Tarquin. Un hombre hecho a sí mismo, con un pasado tormentoso y peculiar. Y sobre todo, él era un Mayfair y yo no. Siempre sería considerado un extranjero en un mundo de brujos.

Mi corazón no era el mismo. Puedo decir sin vergüenza alguna, pues no tengo porque ocultar mis miedos, que creía y creo firmemente en haber perdido mi verdadero amor. Un amor que tardó en llegar, pero sin duda me hizo ver lo maravilloso que es amar, proteger y ser leal a tu palabra. Sin duda alguna yo fui fiel. Había sido un hombre con la entereza suficiente para no dejar que alguien me corrompiera. El seductor había muerto durante casi un año de matrimonio, no obstante estaba de regreso y se perdía por los burdeles, locales nocturnos y diversos antros de perversión donde podía encontrar una presa fácil y sexo sin complicaciones.

Nicolas me seguía de cerca. Sabía todos y cada uno de mis pasos. Él me amaba profundamente, pero como bien sabía tenía mis grandes debilidades. A regañadientes aceptaba que las fulanas rozaran mi entrepierna y me hablaran con voz cálida. Yo no estaba dispuesto a volver con él tal y como deseaba. Podía quedarme a su lado, ofrecerle mi compañía, hacerle gozar como antaño y escuchar sus lamentos. Sin embargo no daría fidelidad, pues amaba demasiado la vida que dejé atrás cuando me comprometí aquella bruja.

El barrio francés era uno de mis lugares favoritos. Allí podía encontrar locales con buen ambiente, muy distendido, que no reparaban en hombres como yo. Era como una sombra caminando entre cientos de rostros congestionados por el alcohol, miradas cómplices y sutiles sonrisas. Francamente el mundo había cambiado. Todo lo que conocía era distinta a la realidad que una vez conocí.

Las calles eran mucho más limpias, las viviendas más estables y la gente parecía menos abierta pero era el motivo de los últimos desastres. El agua había anegado todo New Orleans hacía varios años y la reconstrucción fue ardua. En el corazón de todos estaba esa tristeza, pero aún así se celebraba la vida y se disfrutaba.

En una de esas calles, llenas de turistas y personas de todo tipo, sentí una presencia familiar. Observé a mi alrededor buscándolo con la mirada, pero su brazo me atrapó al pasar por un callejón. No me tomó de sorpresa, pero sí su expresión. Sus ojos eran los de un demonio furioso y sus colmillos parecían fieros cuchillos, aunque lo más asombroso y trágico era su rostro cubierto de lágrimas sanguinolentas.

—¡Cómo has podido!—gritó—. ¡Cómo! ¡Yo te admiraba! ¡Te admiraba!

—Tarquin, mon dieu! —dije sorprendido mientras intentaba deshacerme de sus manos alrededor de mi cuello, presionando mis cuerdas vocales y prácticamente rompiendo mi columna. Tenía que hacer algo—. ¡Deja que te explique!

Mis manos se colocaron sobre sus hombros y lo empujé con todas mis fuerzas. Yo era mucho más fuerte que él, aunque tenía en su sangre el poder de dos milenarios. Nuestras miradas se cruzaron mientras rompía a llorar. Tenía la camisa blanca salpicada por sus lágrimas, su chaqueta negra se encontraba algo sucia y también sus zapatos. El aspecto que me ofrecía era lamentable y lastimero, como un gato callejero herido. Sus cabellos estaban revueltos y no perfectamente peinados, como así solía ocurrir.

—Quinn... hermanito...

—¡Hipócrita!—me lanzó aquel insulto dejando que su espalda chocara con el muro contiguo, para luego deslizarse por la pared y terminar sentado con sus largas piernas flexionadas.

—¿Todo esto es por Mona?—quería estar seguro, pero no había otro motivo.

Mona era el único punto en el cual siempre discutíamos. Por lo general nos molestábamos porque él la defendía y yo solía gritar que era una arpía. Naturalmente era mi amor por Rowan lo que alteraba a su Ophelia Inmortal y él como su noble Abelardo, por supuesto, se veía en la encrucijada de estar a su favor.

—¡Sabes lo que simboliza Mona para mí!—espetó llevándose las manos a la cabeza, acariciando su propio cabello y dejando estas en su nuca, para luego apoyar sus muñecas en sus rodillas y seguir sollozando y gritando—. ¡Es la mujer que amo!

—Y ella te ama—dije pestañeando atónito.

—¡Ha ido a tu cama!—me dijo rabioso.

—¿Y?—susurré sin comprender cuál era el problema.

Nunca comprendía porque todos se aferraban a la fidelidad, aunque yo lo había sido con Rowan. Sin embargo la mayoría de mis relaciones habían sido terriblemente abiertas y yo un monstruo sincero, sin corazón a veces, para explicar que me había ido de putas sin siquiera sentirme mínimamente culpable.

—¡Cómo! ¡Cómo puedes decir sólo eso!—su rostro era el de una fiera y como fiera se levantó empujándome con gran parte de su fuerza, pero logré permanecer sin desplazarme más de unos centímetros.

—Ella no me ama como te ama a ti—dije tomándolo de los brazos—. Deberías saber que Mona es un espíritu libre y que no ha sido la primera vez.

—¿Qué?—sus ojos se llenaron de tristeza y decepción, pero sobre todo decepción.

—Hermanito no quieras cubrir tu ceguera—susurré tomándolo entre mis brazos para pasar mis dedos por sus cabellos, despejando su frente y mirándolo como un padre compasivo. Tarquin era terriblemente hermoso y seductor, pero seguía siendo demasiado inocente en muchos aspectos. Por eso mismo le decía hermanito cuando me venía en gana. Era como ver un reflejo torpe y desgarbado, aunque sólo a veces, del vampiro que yo fui. Tenía mi inocencia cuando comencé en el mundo de las tinieblas. Por así decirlo ambos éramos igual de estúpidos, aunque yo intentaba corregir ese hecho últimamente—. Mona ha sido así siempre. Vive rodeada de amantes, aduladores y estúpidos enamorados—hice un inciso para mirarlo a los ojos alzando mi rostro, pues él era varios centímetros más alto que yo—. Sin embargo su corazón es tuyo, pero su cuerpo...

—¿Qué quieres decir con todo eso?—su ceño se frunció y tomó una mirada dolida, pero no conmigo sino quizás consigo mismo.

—Ella me quiere a su modo y yo la adoro, pero eso no implica que seamos pareja—dije apoyando su cabeza en mi pecho, lo cual tenía su gracia. Él estaba encorvado y con sus largos brazos rodeándome, como si fuera un niño, manchando mi chaqueta blanca, así como mi corbata granate y mi chaleco marfil—. Tú y ella sí—le aseguré—. Digamos que su cuerpo es libre, pero su corazón no.

—Lestat...—balbuceó sintiéndose quizás confundido al ver al fin aquello que no deseaba saber.

—Ha tenido otros amantes y lo sabes—levanté su rostro sosteniéndolo entre mis manos y sonreí amargamente—. Quieres negarlo, pero es algo que sabe bien tu corazón.

—Petronia tiene razón—afirmó metiendo a uno de sus creadores—. Por eso mismo no quiere verla en su presencia.

Petronia era una mujer, por decirlo suavemente, que tenía un lado masculino muy agresivo. Era hermafrodita y podía jugar al intercambio de géneros continuamente. Se burlaba de muchos, mentía, y tomaba el arte de los camafeos como una escapatoria para sus propios demonios. Con el paso de los años fui conociéndola y comprendí que no era la villana del cuento. Él siempre se expresaba mal de ella, pero la verdad era distinta. Ella era una superviviente y Arion, su maestro y compañero, también lo era.

—Ahora te das cuenta que tu creadora te quiere—dije echándome a reír—. ¡Qué irónico!

—No me quiere—dijo apartándome para negar con su cabeza. Sus rizos negros se movieron en el aire unos segundos y echó sus manos tras la espalda, dando un par de pasos hacia la salida de la calle—. Sólo quiere verme sufrir.

—Oh sí, quiere verte sufrir dándote una fortuna terrible a ti y a tu familia—aunque en realidad fue a Manfred. Manfred, el loco, que seguía vivo transformado en uno de los acólitos de Petronia—. Tan mala es que incluso te ha cedido su territorio para que descanses—alcé los brazos y los dejé caer de forma dramática—. Es terrorífica—dije alzando la voz, aunque sin gritar—. Sé que sus métodos no son los idóneos pero...

—¿Y tú?—preguntó entonces sin saber bien a qué se refería.

—¿Yo qué?—respondí encogiéndome de hombros.

—¿Me amas?—dio unos pasos hacia mí tomándome de los hombros.

No dudé ni un minuto en reírme. Aquello tenía su gracia. Me preguntaba si le amaba cuando había dicho mil veces que le quería. Era un amor ciego hacia él y un cariño imposible de medir. ¿Cómo me podía hacer preguntas tan estúpidas? Así que pude contener mis carcajadas.

—Lo siento, tenía que reírme—dije disculpándome—. Es una pregunta muy estúpida, aunque si me permites decir también muy tierna.

—¿Por qué?—murmuró mirándome con aquellos seductores ojos azules.

—Te he amado desde que torpemente me entregaste esa carta de amor como una colegiala. Había tanto amor en esas letras, tanta desesperanza y a la vez un deseo—susurré tomándolo de la cintura para pegarlo a mí. Sonreí seductor mientras él se ruborizaba y parecía querer no haber hecho esa pregunta, pero a la vez se sentía afortunado de ser amado—. Dios mío, creí que iba a morirme de amor por ti.

Entonces lo besé. Besé sus labios con la ansiedad de mil amantes y lo atrapé pegándolo contra el muro. Él tenía las piernas ligeramente flexionadas y su cuerpo se agitaba. Aquellos labios que hacía años que yo había besado, tantos años, volvían a ser míos. Cuando acabó nuestra magnífica aventura, y prácticamente no hacía más de unas horas que Merrick había muerto, lo hicimos en el cementerio familiar de los Blackwood. Justo antes de enamorarme de Rowan como lo hice, pues lo hice. Aunque no sabía que tan profundamente como para debastarme como lo había hecho.

Las manos torpes de dedos largos, blancos y fríos de mi hermanito fueron a mis solapas tirando de éstas. Bajo su pantalón comenzaba a formarse una erección, igual que bajo el mío. Podía sentir mi miembro despertando, igual que el suyo, que sin duda se rozaban porque él había empezado a mover su pelvis contra la mía.

—Hermanito—susurré al dejar sus labios, los cuales temblaban como si estuviera tiritando por mío, sus ojos eran limpios y llenos de amor. En aquel callejón nadie nos iba a ver, porque además no tenía salida.

—Hazme tuyo otra vez—rogó metiendo sus manos dentro de mi chaqueta mientras desabrochaba mi chaleco—. Hazlo, quiero que me lo hagas.

Con cierta torpeza me besó el cuello y lo mordisqueó, sin llegar a perforarme, mientras abría mi cinturón, desabrochaba el botón del pantalón y bajaba la cremallera. Cuando coló su mano dentro de mi ropa sentí alivio y deseo. Sus dedos aprisionaban mi miembro moviendo su muñeca lentamente mientras lo sacaba y jalaba hacia él. Busqué su boca y lo besé, pero éste me mordió el labio inferior y se arrodilló ante mí.

No tardó en comenzar a lamer mi glande dejando suaves círculos, humedeciendo aquella zona tan sensible, y finalmente apretó con sus labios comenzando a relajar su mandíbula para engullir mi sexo. Comenzaba a estar completamente erecto gracias a su osadía. Mis manos se apoyaron en sus hombros en un principio, arrugando un poco su chaqueta, pero finalmente lo agarré de la cabeza enredando mis dedos en sus rizos. Dejé escapar un par de gemidos mientras echaba mi cabeza hacia atrás, mis cabellos rozaron la cruz de mi espalda y mis rizos empezaron a pegarse en mi frente. Empecé a sudar porque había entrado en calor.

—Oh, oui... —jadeé moviendo mis caderas llevando el ritmo. Sus ojos azules eran provocadores y más con sus labios sonrojados, como sus mejillas, y esas lágrimas que aún corrían por su rostro.

Por impulso lo incorporé pegándolo a la pared, bajando sus pantalones y sin juegos previos lo penetré. Era un sexo rápido y apasionado. Él se quejó maldiciendo, con sus manos cerradas en forma de puño contra el muro de ladrillos vistos. Sin embargo no tardó en comenzar a gemir. Hubiese dado cualquier cosa por ver bien su rostro, pero debido a las circunstancias eso era imposible.

—¡Más! ¡Más!—gritó moviendo sus caderas mientras llevaba su mano derecha a su miembro para masturbarse, pues yo no lo atendía en esa zona.

Mis manos se habían movido por dentro de su camisa hasta sus pezones, los cuales apretaba con deseo. Tenía un torso sin un sólo vello y muy delgado, casi se notaban sus costillas. Era como el cuerpo de una jovencita sin formar pero sutilmente masculino. Su cabeza se echó a un lado y me miró por encima de sus hombros. Pude ver entonces parte de su boca abierta y esa mirada decidida. Realmente estaba gozando.

El sonido seco de mis testículos contra sus nalgas era rítmico. Sus piernas temblaban y se arqueaban mientras yo lo penetraba con fuerza. Mis manos se bajaron hasta su vientre y aparté la suya, agarré su pene con la mano derecha y con la izquierda empecé a dejar masajes suaves en sus testículos. También escaseaba en esa zona el vello, aunque era grueso y muy rizado. El pre-semen ya había salido porque estaba muy húmedo y resbaladizo.

—Dime... dime cosas sucias—dijo cerrando los ojos para echar hacia atrás su cabeza y luego encogerse contra el muro—. Lestat...

—El caballerito quiere que le diga que es una puta, que irónico—dije casi sin fuelle y con la voz temblorosa—. Vamos gime más mi pequeña putita—salí de él para entrar de nuevo golpeando su próstata—. Vamos putita—lanzó un gemido hondo algo afeminado, pero su voz era ronca y masculina balbuceando palabras inconexas—. Vamos, zorra que esta noche has tenido suerte— murmuré saliendo de él nuevamente para volver a entrar y tras dos arremetidas más se corrió en mi mano.

De inmediato llevé mi mano a su boca, hundiendo mis dedos para que los lamiera. Él sollozaba por el placer mientras sus caderas se movían. Yo aún estaba allí dentro, duro y completamente erecto, golpeando su próstata.

—Así, lame—susurré cerca de su oído—. ¿Está delicioso?

—Sí...—dijo sin aliento mientras salía de él.

—Ahora probarás el mío—musité dejándolo de rodillas para penetrar su boca.

Dios no recuerdo otros labios más gruesos que los suyos, aunque quizás eran los de Louis los más suculentos. Ambos tenían una boca algo femenina que lograban complacer notablemente a cualquiera. Cuando me corrí él lo tragó disfrutando, lamiendo todo mi sexo mientras sus manos me tocaban los muslos y el vientre como si fuera un dios.

—Así, así...—susurré saliendo de él para rozar mi glande por sus mejillas y volver a meterlo—. Una deliciosa y salada golosina.

No dejó de succionar ni aunque temiese ser visto con los pantalones bajados, de rodillas, con la boca pegada a mi miembro y completamente sometido. Después de varios minutos volví a estar duro, penetrando su boca hasta que finalmente volví a correrme. Dos veces en su boca, para que guardara bien mi sabor.

—¿Te ha quedado claro cuánto te quiero?—pregunté apartándome para subirme los pantalones que habían quedado por los tobillos.

—Sí—dijo con una sonrisa casi infantil, pero muy masculina.

—¿Quedo perdonado?—murmuré inclinándome hacia él—. Te he alimentado esta noche, golfa.

—Sí—balbuceó coloreándose—. Te amo Lestat.

—Lo sé—besé su mejilla y me dispuse a colocarme bien la ropa.


Minutos más tarde ambos caminábamos por la ciudad. Él en completo silencio escuchando mis historias, algo cabizbajo quizás porque meditaba sobre lo que había pasado, pero cuando me miraba veía en él felicidad.  

sábado, 23 de noviembre de 2013

Una extraña conversación

La noche no hacía más que comenzar y ya había discutido con Mona. La conversación había surgido de la nada y la calma se rompió de golpe. Ni siquiera recordaba el motivo por el cual habíamos iniciado la pelea, sólo comprendía mi enfado y mis ganas de alejarme de Blackwood Farm. Me sentía molesto y frustrado. Ella era una mujer explosiva con un carácter dominante que chocaba bruscamente con el mío como si fuéramos dos trenes sobre una misma vía. Jamás podría decir que no la amo, o que nunca la he amado, pero en esos momentos la detestaba.

Había acudido a conversar con Tarquin, pero no se encontraba y sólo estaba ella, en aquel pequeño cementerio. Las silenciosas tumbas fueron testigos de la discusión que habíamos tenido, las mismas que me miraban impertérritas con sus nombres y fechas. Me había subido al viejo árbol recordando los últimos momentos de Merrick, las llamas consumiendo su piel y dejando que su hermoso rostro de caoba se perdiera.

Mona se había dirigido a la vivienda quedando en el salón, quizás observando el viejo cuadro de Virginia Lee, mientras que mi trasero se congelaba en medio de un otoño frío. Me resguardaba en mi chaqueta de cuero, mientras mis cabellos rubios ondeaban en la suave brisa helada que rondaba el lugar, y mis manos las dejaba en los bolsillos de mis pantalones tejanos deslavados. Parecía un joven arrogante con una banda de rock con nombre estrambótico.

Las luces de un vehículo aparecieron por el camino que daba acceso a la vivienda. Por unos segundos parte de la fachada de la fastuosa mansión se iluminó. Era Tarquin. Él había llegado para llenar de regalos a su hijo, su tío Tommy, Nash y todos aquellos que aún apreciaba en su falsa vida mortal. Aguardé sobre el árbol hasta poder observar su perfil desde la lejanía. Su aspecto era el de un caballero con exquisitos modales que se movía por la escena de una gran representación. Sin duda alguna éramos muy distintos.

“Necesito hablar contigo. Es urgente.”

Mi mensaje llegó alto y claro, pues pude observar como se giraba hacia mi posición y caminaba por el sendero hasta donde me hallaba. Allí, en medio de la oscuridad, podía distinguirse fácilmente mi cabello rubio y mi tez clara. Los ojos azules de Tarquin brillaban como los de un gato y sus rizos negros marcaban su rostro con cierto aire de arrogancia. Era un ser extraño e interesante, pero demasiado bobo debido a la inocencia que poseía en ocasiones.

-¿Qué deseas?-preguntó de forma cortés-¿Has vuelto a pelearte con Mona?-dijo acomodándose contra el tronco del árbol que me sostenía.

-Sí, pero no es eso-respondí bajando de un salto.

El césped estaba crecido y rozaba mis botas hasta casi los tobillos. Mi chaqueta me protegía a duras penas del frío y tenía hambre. A penas había cazado días atrás, aunque ya era sólo un ritual para satisfacer la necesidad de jugar con mis víctimas. Mi hermanito parecía taimado, con las mejillas sonrojadas, los labios rosados y desprendía cierto calor.

-¿Qué es?-dijo quedando con su rostro inclinado hacia el mío-¿Te alimentaste mal?

-No, no me he alimentado hoy. Creo que por eso me afecta el frío-comenté con una leve sonrisa- Te preocupas demasiado. Puedo estar días sin ingerir ni una gota de sangre, pues prefiero perseguir y jugar antes que clavar los colmillos-puse mis manos sobre sus hombros estrechos y sonreí- Con esa ropa pareces todo un caballerito, pero sin embargo te hace ver muy delgado.

-Soy delgado-respondió- ¿Para qué me hiciste llamar?

-Deseo pasar la noche contigo. Hace algunos días que necesito conversar a solas.

Deseaba conversar con Quinn como en aquellas noches en las cuales conocí a su encantadora tía Queen. Él era un buen amigo, como un hermanito pequeño al cual cuidar y dar consejo. Mona estaba empezando a desesperarme aún más. Me sentía hundido por haber tenido que dejar a Rowan porque no era el momento, y aunque esperaba que eso sucediera no tenía todas las cartas conmigo. La compañía de mi hermanito era lo único que podría darme cierta esperanza. Él había pasado por varios tragos duros, los cuales le habían dañado y aún así parecía fuerte. En ese aspecto me recordaba a mí y por ello necesitaba verme reflejado en su mirada.

-Tendría que volver con mi familia. Estoy deseando contemplar a Jerome jugando con el enorme peluche que he conseguido para él. Sin embargo, sé que no puedo ser egoísta y necesitas mi apoyo como tú me lo diste a mí- guardó silencio mirándome a los ojos con cierta intensidad y sonrió- ¿Es por Rowan?

-Sí-respondí metiendo mis manos en los bolsillos mientras me giraba hacia las lápidas.

Allí había más de una decena de cadáveres. En aquel pequeño cementerio cerca de la vivienda se hacinaban sueños, condenaban huesos a transformarse en pasado y se olvidaba incluso que alguna vez pertenecieron a éste mundo. Posiblemente, de no haber sido transformado, haría más de doscientos años que mis huesos reposarían en una fosa como las que tenía frente a mí.

-Lestat-dijo tocando mi hombro izquierdo con su cálida mano- Podemos ir a otro lugar.

-No, no es necesario- respondí sentándome a los pies del árbol.

Las ramas eran tan retorcidas como las raíces que surgían de la tierra. Aquel árbol centenario, el cual a penas tenía vida, se mostraba como el recuerdo a un lejano pasado que siempre asecharía la finca. Tarquin tomó asiento a mi lado pasando su brazo derecho sobre mis hombros para estrecharme. No supe en ese momento que ocurrió, pero sé que nos quedamos en silencio observándonos minuciosamente.

Louis ya no significaba nada en mi vida salvo un amor que malogró el tiempo, Rowan había quedado atrás siguiendo con un matrimonio infeliz y en mi futuro sólo veía sombras similares a las que sentí en el limbo. Él tenía a Mona, Nash y a mí mismo. Sentí cierta añoranza con respecto a los inmortales que tanto había amado y aún amaba, los deseaba tener cerca pues el golpe de mi última aventura había sido fatal.

Me sorprendí al notar los cálidos labios de mi hermanito sobre los míos. Su boca se hundió con la mía acariciando suavemente con su lengua. El aliento de Quinn se mezclaba con el mío mientras mis manos comenzaban a despojando su ropa. Él se apartó temblando ante la posibilidad que se estaba brindado frente a sus narices.

-Mona nos puede ver-dijo mientras lo recostaba sobre la hierba.

El zumbido de algunos insectos era mucho más audible a ras de suelo, podía escuchar como algunos reptaban por la corteza del árbol pero también como la respiración, algo que prácticamente era un mero reflejo para nosotros, se agitaba en Quinn. Estaba alterado, pero fue aún peor cuando desabroché el botón de su pantalón y bajé su cremallera. Sus ojos de intenso color azul se cerraron dejando escapar un sensual gemido de entre sus labios.

-Al diablo Mona- murmuré hundiéndome en su largo cuello, lamiéndolo, para luego mirarle a los ojos con sus párpados caídos y bajar hasta su pecho, vientre plano y muslos mientras él sus piernas se abrían, ofreciéndome de ese modo una visión mucho más atractiva y apetitosa de su entrepierna.

Sabía que yo era el hombre que él deseaba ser con cientos de aventuras a su espalda, sin embargo yo deseaba poseer su cuerpo de apariencia frágil y deleitarme con el sabor de su piel. Desabroché toda su ropa y ésta prácticamente quedó destrozada a los pies del árbol. Mis manos acariciaban su vientre mientras me incorporaba. Rápidamente, con un par de movimientos sencillos, bajé mis pantalones y ropa interior. Mi miembro estaba parcialmente dispuesto mostrándose frente a él, esperando que lo succionara.

Rápidamente se aproximó a mí lamiendo mi glande con cierta torpeza. Supe entonces que era la primera vez para él y que debía ser algo considerado; sin embargo, no podía controlar mis instintos. Comencé a masturbarme mientras él pasaba su lengua sobre el inicio de mi pene, sus labios rozaron el final del glande y pronto se llevó parte de éste a la boca. Tenía una mirada intensa como las de cualquiera de las zorras que alguna vez acabaron en mi cama. Parecía completamente decidido a ser mi pupilo en este delicioso aspecto sexual.

-¿Quieres ser mi putita esta noche?-pregunté acariciando sus labios con la punta de mis dedos- Dime ¿quieres ser mi putita?-repetí tomándolo de la nuca para hundirlo a mi entrepierna.

Sus ojos se voltearon quedándose con éstos en blanco mientras sentía como me endurecía. Mi miembro empezaba a palpitar sobre su húmeda lengua y a rozar su campanilla con la punta de ésta. Llegaba a la garganta con facilidad y sabía que no me lo perdonaría, pues había hecho un acto cruel y desmedido.

-Sólo relaja- dije tirando de su pelo para que echara la cabeza hacia atrás.

Provoqué tres duras arremetidas dentro de sus labios, forzándolo a obedecer completamente fascinado, mientras le miraba a los ojos y sentía que comenzaba a olvidar el dolor que cubría mi pecho. Era algo momentáneo, pero al menos serviría para alejarme de mi mala fortuna por unos instantes. Golpeé su rostro con mi miembro y volví a hundirlo con movimientos rápidos. Su sexo se había endurecido y sus testículos tenían marcadas algunas pequeñas venas.

Tiré a mi hermanito al suelo de un buen golpe, abrí sus nalgas y entré. Él gritaba de dolor, pero rápidamente empezó a gemir. Sus manos palpaban la hierba y enterraba sus uñas en la tierra húmeda por las pasadas lluvias. Cada estocada le sacaba un corto gemido mientras que yo tan sólo jadeaba concentrado. La lujuria desatada que ambos sentíamos merecía la pena. Mis manos azotaron sus nalgas, arañaron su espalda y me incliné mordiendo sus hombros.

Con rapidez lo giré en el suelo dejando que sus manos arrancaran algo de hierba. Tenía el pelo cubriéndole parcialmente el rostro como una erótica cascada de ondulas negras, encajando sus mejillas en éstas asemejándose a las cortinas de un telón, y sus labios estaban rojos. Tiré de él elevando sus piernas por encima de mis hombros, dejándolas allí descansar, para penetrarlo de nuevo. Su interior era algo estrecho pero cálido, tanto que se sentía tan cálido como su boca.

-Lestat- balbuceó- Lestat dame más, quiero más- llevó sus manos a mis mejillas y echó hacia atrás la cabeza- Lestat, por favor.

Dejó caer sus brazos a ambos lados debido al ritmo, pues necesitaba aferrarse a algo y la tierra era lo más firme. Besé su cuello nuevamente mientras él buscaba mis labios. Estaba desesperado por besarme, pero yo no lo permitía en un juego cruel para incitarle. En aquella ocasión le acerqué mi boca y me atrapó.

Fue un beso profundo y sincero, en el cual dejamos que nuestros cuerpo se encajaran perfectamente. Levantó entonces sus brazos, pasó mis brazos por sus hombros y me agarró. Podía sentir sus delicados y finos dedos acariciando la nuca y tirando de mis cabellos. Si bien, me alcé y le agarré del cuello mirándolo con fiereza. Él abrió su boca mirándome sin ver, pues tenía la visión nublada por la fuerza que ejercía y el placer que sentía. El movimiento de mi pelvis se volvió extremadamente duro y él no lo soportó. Llegó al orgasmo final eyaculando, pero yo no lo hice y lo incorporé para manchar su rostro con mi esperma. Me masturbé frente a su cara de hermosos ojos azules y lo arrojé al suelo.

-Deberías vestirte porque tu familia te estará esperando- murmuré subiéndome el pantalón- Pero me gustaría que vinieras conmigo a despejarnos. Quizás en el Santuario estaríamos cómodos.

-No, tienes razón-dijo incorporándose a duras penas- Pero de momento pienso quedarme aquí, para descansar. A solas, por favor.


Me encogí de hombros sin comprender porque querría estar solo, aunque suponía que simplemente deseaba digerir el momento que habíamos compartido. Decidí abandonar el lugar intentando no levantar sospechas de sus familiares a pesar que Mona nos había visto perfectamente.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt