Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 1 de octubre de 2016

Vive el momento

Tentar a la muerte puede ser extremadamente divertido en un primer momento, pero luego te das cuenta que has cometido una locura que podría tener peligrosas consecuencias. Creo que a veces no mido siquiera la repercusión que acabará teniendo todo lo que hago o digo. Sólo pienso en vivir el momento, disfrutar de cada segundo, y después vienen las lágrimas. Supongo que debería cambiar, pero sé que es imposible enseñarle trucos nuevos a un perro viejo.

Fue increíblemente sencillo convencer a un puñado de chicos para formar parte de su subcultura, grupo y alianza. Una alianza amistosa donde todos desempeñábamos una labor. Supongo que yo era el endiabladamente optimista y loco, pues me creía un vampiro. Para ellos los vampiros eran un mito, una leyenda urbana, algo que había visto mil veces en cine y televisión. Por supuesto, claro está, también era obras literarias que leían desesperadamente en busca de inspiración. Yo sólo era un chico rico, atractivo, con un sueño similar al suyo que era triunfar y un tanto loco. Nada más.

Creo que si al final desperté ansioso fue por el rock. Llevaba meses escuchando ese sonido estridente, absolutamente salvaje, a pocos metros del lugar donde había decidido enterrarme. Cuando un vampiro hace algo así debe saber que se quedará sin energía, que surgir de la tierra le costará semanas o meses, y que deberá alimentarse de animales pequeños, como roedores, en su ascensión a la superficie.

Cuando me liberé de ese encierro, al cual había accedido libremente, recorrí el cementerio cercano alimentándome de los pequeños animales y de los borrachos, así como algún que otro imbécil, que merodeaba el lugar. Al salir a la ciudad, con aquellos pestilentes harapos, me di cuenta que todo era mucho más diferente de lo que podía siquiera averiguar a través de otros.

Me deslumbraba el neón y me di cuenta que era difícil ver las estrellas. El cielo nocturno se había quedado sin una de sus hermosas luces debido a la contaminación lumínica. El ruido cada vez era más ensordecedor, así que tampoco se podía descansar. Los humanos recorrían el mundo a oscuras, cada vez más, y se divertían en pubs hasta el amanecer. Si bien, no supe de los tugurios para vampiros hasta meses después. Así de desconectado estaba.

Supongo que lo mejor de todo fue hacer los videoclips, las cartas de los fans, el sentir los focos en el escenario y ver a Louis. Sobre todo ver a Louis. Jamás pensé que podía verse tan hermoso con unos pantalones simples y una camisa cualquiera. Amaba contemplar sus ojos esmeraldas con esa chispa que había olvidado. En mis sueños lo había idealizado, pero faltaba esa llama que siempre posee. Tiene una pasión similar a la desesperación y dolor que carga. Es terriblemente hermoso.


Bueno, recordar los viejos tiempos es increíble. Sobre todo porque en mis recuerdos el concierto fue fabuloso, incluso teniendo un final tan poco predecible. Uno imagina que te ovacionarán y arrojarán ropa interior, pero no que Akasha, la fuente de todo nuestro poder, interrumpirá para destruirnos a casi todos. Hace más de veinte años de esto. ¿Por qué lo rememoro? Porque supongo que esta fue el mayor desastre que he provocado, ya que los demás han tenido menores consecuencias en otros. ¡Ja! ¡Hasta hace unos años! Pero... ¿por qué no lo rememoráis conmigo? Últimamente estoy recordando... por ahora, ¿qué tal mi actuación? Yo digo que era digna de Bon Jovi en sus mejores tiempos, pero con una voz similar a la de Morrison. ¡Y no estoy exagerando!  

martes, 20 de septiembre de 2016

Amor desde el primer momento

No sé qué sentí cuando te vi por primera vez. Creo que me dio un vuelco en el corazón y mis manos se aferraron firmemente en la barandilla donde estaba situado. Había llegado al hostal hacía tan sólo unas semanas en busca de soportar la muerte, su corto y sufrido recorrido, junto a mi padre. El yacía en la habitación contigua tosiendo, sintiéndose morir sin morirse, por el contrario yo parecía gozar de una buena salud, posición y grandes deseos que no lograba sofocar. Quería alejarme de él, de su hedor de moribundo y sus palabras victimista sobre el amor, el respeto y la necesidad que tenía hacia mí.

Había surcado los mares para vivir una gran aventura, recorrí ciudades que hoy en día están prácticamente desaparecidas. Incluso estuve en Londres antes del gran incendio que arrasó distritos completos, dejando humeante y destruida aquella hermosa vista desde el río. Caminé por el desierto, lloré frente a una lápida sin cuerpo y tuve que decir adiós a mi madre. Ella quiso recorrer mundo a solas. Yo, por el contrario, no sé vivir en soledad; y, mucho menos, soportar el dolor de la pérdida de un ser amado.

Cuando nos encontramos tú habías perdido a tu hermano, el cual significaba demasiado para ti, y yo había perdido a Nicolas. Ambos sufríamos ciertos remordimientos que latían como mariposas oscuras sobre nuestras almas. Por eso, cuando te vi, sentí que te necesitaba. Supe que eras el idóneo. Vi en tus verdes esmeraldas la tortura de una vida insatisfactoria. Comprendí que debía tomarte entre mis brazos y ofrecerte la vida eterna. Tú la merecías más que nadie en esta ciudad. Tenía que mostrarte la belleza ecléctica de la noche.

Bajé de inmediato, dejando a mi padre solo, y recorrí las calles detrás de tu espalda algo estrecha, de figura esbelta y elegantes pisadas. Podía ver en ti la hermosura de París, lo bohemio, de tantos y tantos poetas frustrados y músicos malditos. Aspiré tu filosofía decadente y amé esos labios ligeramente fruncidos. Quería besar tus mejillas y colar mi nariz entre tus oscuros cabellos. Sí, quería. Deseaba tocar esa maraña ondulada que caía elegantemente sobre tu espalda. Te imaginé desnudo, recostado en mi cama como un maravilloso premio de esta vida, y sentí escalofríos.

Siempre supuse que te convertí porque en tus ojos vi el dolor de Nicolas, al cual no logré salvar, pero admito que también estaba enamorado de todas tus restantes virtudes. Esa melancolía eterna me hacía suspirar e imaginaba que lograba colocar una sonrisa en tu boca. Sí, lo imaginaba, Louis.


Por eso, amor mío, nunca voy a cansarme de ti porque te he amado desde el primer momento.


Lestat de Lioncourt   

domingo, 31 de julio de 2016

Hogar



Dicen que todos tenemos un lugar al que regresar. Siempre hay una ciudad que nos acoge en nuestros sueños. De algún modo sentimos nostalgia por un trazado concreto, por las miradas indiferentes de los ventanucos de algún viejo edificio, la indulgencia de las plazas modernas, el poderío de los grandes luminosos o el encanto de las coquetas esculturas de alguna fuente. Queremos regresar a toda costa para sentirnos en casa.

Hacía tiempo que sentía que Nueva Orleans no era el lugar al que volver. Era el punto de partida de muchos de mis célebres momentos. Allí fui profundamente feliz y desgraciado. Los buenos momentos, al fin y al cabo, deben pesar más que los peores que podamos vivir. Sin embargo, poco a poco el dolor era cada vez más intenso y mi vida parecía haberse convertido en un pozo de lamentos. También, para ser honestos, siento que todo lo que tenía que vivir en ese trozo de tierra salvaje y elegante que es la ciudad, una mezcla constante de lo nuevo con lo viejo y de distintas culturas, ya no me servía.

Paseé por el mundo durante meses que se convirtieron en años. Recorrí desiertos, manglares, montañas y ciudades llenas de almas tan vacías como las de un maniquí de centro comercial. Me dejé llevar por la música rock de mis auriculares, me coloqué unas gafas de sol y permití que nadie me reconociera mientras miles decían ser yo. El mundo se llenaba de jóvenes queriendo imitarme de forma torpe.

Sin embargo llegué al lugar al cual creí que jamás regresaría ni en mis peores pesadillas. Era Auvernia. Llegué una fría noche de invierno donde todo estaba nevado del mismo modo que aquella mañana cuando ensillé mi yegua, tomé mi escopeta con munición y dejé que mis mastines me acompañaran a matar a los lobos que me harían leyenda. De fondo el aullido de uno de esos animales, de los que tuve que matar sin opción alguna por pura supervivencia del ganado, me dio la bienvenida como si supiera que el “Matalobos” estaba de nuevo en casa.

La silueta ruinosa de mi castillo, o mejor dicho del castillo que perteneció a mi familia, aparecía desdibujado como un montículo de piedras mal colocadas. Suspiré sintiendo cierta ansiedad porque ante mí, ante mis ojos, se presentaba el lugar donde habían muerto mis hermanos. Ellos nunca me quisieron del todo, no me apoyaron en mis decisiones, pero a la vez siendo que hubiesen dado la vida por mí, por salvarme y por ayudarme. Tal vez aquellos tiempos eran tiempos de egoísmo porque se vivía en una constante selección natural. La ley del más fuerte se imponía incluso en el seno familiar y ellos me detestaban porque nuestra madre, fría e inaccesible para todos, me refugiaba entre sus brazos y asesinaba a cualquiera con sus ojos grises.


Me percaté que algo en mí me pedía construir el castillo y vivir allí. Sentí que sería como los vampiros románticos más clásicos. Me convertiría en una leyenda aún mayor. Pero, sobre todo, volvería a un sitio al que llamar casa. Dejaría de rodar. Podría meterme en mi cama y aspirar el aroma familiar del bosque que aún se extendía por el valle.  

Lestat de Lioncourt 

sábado, 16 de abril de 2016

Mi discípulo rebelde

No sé si sentirme amado, odiado, aterrado o satisfecho... ¿Marius pensaba esto de mí? 

Lestat de Lioncourt

Durante algunos meses estuve soportando la presión de un joven atrevido y descarado que escribía mensajes encriptados en los muros de cualquier edificio y en diversas ciudades de distintos países. Desde que fue creado he seguido con interés sus pasos. Admito que llevo siglos vigilando a mi mejor creación la cual ha sido envenenada y traicionada por la oscuridad de un culto terrible, falso y apócrifo para sus viejas creencias. Ya no queda nada del ángel que construí porque ha quedado atrapado en los infiernos y en estos últimos años lucha para surgir, pero el daño ya está hecho. Sin embargo no he podido dejar de seguir su camino, su dolor y su miseria. Ante él surgió la llama da una esperanza nueva.

Cuando creé a mi querubín estábamos inmersos en una etapa cultural que surgió de forma atronadora entre los muros de mi vieja Italia. Florencia era la flor fragante que endulzó a los viajeros y mercaderes llevando la nueva visión del mundo al resto del continente. Sin embargo, él quedó inmerso en las sombras de un movimiento oscuro y temible. La luz del Renacimiento se apagó por siempre cuando el Barroco llegó arrasando todo con una nube recargada de detalles pero sin las luces y deprimida económicamente. Pero este nuevo vampiro surgió de entre las ruinas de un mundo sumido en la oscuridad para ser de nuevo la luz en pleno Romanticismo.

Podría decirse que su alma tuvo una semilla nueva y firme que le hizo arremeter contra todo con la pasión de este periodo, con la nula creencia en un Dios y sin temor a un Demonio. Me recordaba a mí cuando era joven aunque mucho más temerario y con un “yo” más exaltado. Sus sentimientos eran una vorágine similar a un torbellino y podía sentir sus ojos llenos de una luz que creí muerta. Ese nuevo vampiro cayó en la locura de la destrucción porque su gran amante había muerto. Los suicidios de escritores eran comunes, también los de otros artistas. Muchos de ellos lo hacían porque no eran capaces de transmitir el intrincado laberinto que era su alma. Otros porque el amor era demasiado cruel, imposible de atrapar y eso provocaba que sus obras fueran llenas de ira, dolor, miseria y esperanza. Siempre había esperanza incluso en la muerte podía hallarse una chispa de esperanza. Su nombre es Lestat y valora lo poco común, lo distinto, lo único y no cree en nada salvo en lo que puede contemplar con sus propios ojos. Un hombre que amó el teatro, que siempre estará vinculado con la música del algún modo y que llora ante la belleza de las pinturas más hermosas que jamás se puedan crear aunque no las comprenda del todo.

He decidido rescatarlo. Estaba a punto de dormir durante siglos quizás. Llevaba días enterrado en la arena aferrado a lo único que quedaba de su amante: un Stradivarius. Desenterré su cuerpo, sacudí el polvo pegado a sus ropas y le ofrecí mi sangre como si fuese un hijo que regresa al hogar tras siglos perdido. En ese momento creo que me sentí parte de un cuadro de Murillo convertido en el padre bondadoso que abraza con ternura a su hijo pródigo.

Conté todos mis secretos en una sola noche. Abrí mi corazón en unas horas ofreciendo mi dolor, mi felicidad, la escasa paciencia que aún envuelve mi alma y la verdad que he llegado a conocer tras mis múltiples y catastróficas experiencias. Acepto quizás puse demasiadas esperanzas en él o quizá no vi venir que era demasiado inquieto para prohibirle nada. Él quiso conocer más de lo que se debe y aunque le revelé quien era Madre y Padre, mostrándoselos sin miedo ni preocupación, rogué porque no descendiera hacia el Templo solo.

Ha despertado a Akasha y a Enkil, a nuestros Padres Inmortales, que son como dioses en mitad de un mundo sin magia. Yo no tengo culto religioso hacia ellos, pero me he esforzado por ofrecerles siempre las mejores comodidades, contarles las últimas noticias y mostrarle los avances del mundo. Pero no se movían. La ira o la rabia, aunque quizás ha sido los celos, han provocado que lo expulse de mi vida porque él ha logrado que ambos se levantaran y comunicaran sus deseos, miedos y celos. Enkil estaba profundamente celoso de Lestat y destruyó el violín que usó para endulzar el silencio de aquella sala. Akasha se alzó porque escuchó a este joven tocar una de las viejas partituras que tanto amaba su amante.

Ojalá no lo hubiese hecho porque yo deseaba compartir con él algo más que unas horas. Admito que no sólo estoy celoso porque ella reaccionara ante él. Siento celos porque él está más fascinado con la historia de Madre y Padre que conmigo. Yo he dejado de ser su fascinación para convertirme en sólo un elemento decorativo. Iba a ofrecerle ser mi discípulo y darle todo lo que no pude a mi querubín, mi Amadeo... su Armand.

En mis perversas fantasías he rozado la tentadora piel de sus rosados pezones con mi lengua, acariciado sus marcadas caderas y viajado con mi boca llena de deseo por su vientre. Nunca me detenía ante los botones de su elegante camisa blanca con puños llenos de encaje. Desnudaba su hermosa figura de Adonis y palpaba cada uno de sus extraordinarios músculos. Sus ojos azules, tan fieros como los de un animal salvaje que nunca admitirá doma alguna, me perseguían cargados de una lujuria propia de un hombre joven. Su boca grande y carnosa, aunque perfecta al encajarse en su rostro ligeramente anguloso y masculino, se abría murmurando mi nombre mientras sus muslos me ofrecían una visión maravillosa de su masculinidad. Quería pintarlo hasta saciedad con caricias indecentes y ofrecerle mi milenaria sangre cada noche. Deseaba crear un monstruo libre, salvaje y diferente; pero ya lo era y esas fantasías se hundieron en la despedida de una noche oscura cargada de estrellas en la orilla de un mar profundo de aguas negras y calmadas.

Sin embargo, pese a todo lo que he vivido junto a él que no son pocas desgracias, lo haría otra vez. Atraería su figura hasta a mí, lo desnudaría y lo introduciría en las aguas tibias de mi enorme bañera. Lavaría su cuerpo mientras susurro a sus oídos que posee el cabello de los ángeles de la Capilla Sixtina, besaría sus hombros ligeramente anchos y apoyaría mi mentón en ellos mientras le cuento nuevamente mi historia. Quizá tendría más paciencia para desvelar misterios mayores y no me precipitaría al contarle la verdad que aún se encuentra bajo mis pies, sentados como estatuas y vigilando la marcha precipitada de Lestat a mar abierto.



viernes, 22 de enero de 2016

Ellos dos... Mis dos mitades

Aprendí que era el dolor cuando supe que él había muerto. La culpa sobrevoló sobre mi cabeza y cayó sobre mis hombros aplastándome, enterrando sus poderosas garras, y logrando que llorara. Me convertí en presa y víctima de las consecuencias de mis actos. No podía huir, no había solución, y él ya no estaba. Se había convertido en un vacío terrible en mi corazón. Recordé las últimas noches como una pesadilla continua, acepté el silencio como una herida que nunca se cerraría y supliqué perdón a su alma, estuviese donde estuviese, por no haberle dado lo que él necesitaba.

No fui comprensivo. No fui atento. No supe jamás darle algo más que promesas incumplidas, dinero a cambio de mi tiempo y palabras vacías que sólo servían para manipular sus sentimientos. No fui lo mejor, fui lo peor. Sabía que él había dado gran parte de su alma, de su talento, por tenerme a su lado y por huir conmigo a una ciudad que detestaba. Prefería morir de hambre a volver a Auvernia, quería llorar para poder elaborar el arte que tanto amábamos, porque él nunca había sabido lo que era el amor. Realmente jamás lo había sabido. Y yo sí lo sabía. Sabía que era ser amado, envidiado y codiciado. Pero él no se daba cuenta del torbellino de colores que podía ser, de lo arrebatador que era su rostro cuando sonreía y de esas manos, esas dulces manos, que te subían a los cielos para hacerte caer precipitadamente a los infiernos.

Supe que era realmente sufrir cuando supe que se había suicidado. Aunque yo había llorado miles de veces en el castillo de mi padre, por las humillaciones de aquel lisiado y los golpes de los salvajes de mis hermanos, admito que no padecí ni la mitad de la rabia, frustración y dolor que en aquellos instantes. Había sido todo en vano. Habíamos huido y jurado amor eterno, en la ciudad de los cafés y el arte, para nada.

Por eso, cuando entré en aquella taberna portuaria y lo vi me sentí como en casa. Había viajado años atrás, a mi pueblo natal rodeado de montañas, al contemplar esa mirada torva y cínica. Leí en su mente el dolor que guardaba, cada herida que se había creado en su conciencia y la belleza de sus lágrimas en las faldas de las señoritas de compañía. Sólo se aferraba a ellas, dejando su rostro entre sus cálidos senos, para que éstas le abrazaran como nadie hacía en el hogar.

Un hombre de su edad, de la edad de aquel rico hombre de negocios, debía estar casado y llorando por la descendencia que todavía no tenía. Sin embargo, él lloraba por la muerte de un hermano que arrojó a la locura, pues él fue quien le incitó a ser un beato. Ese maldito idiota me recordaba a Nicolas, siempre temeroso de Dios y del Diablo, pensando que todo tenía una razón de ser en las tinieblas o la luz.


Sin embargo, encontré fascinante algo en Louis, en aquel hombre, y es que su alma tenía algo de luz. Una luz que Nicolas jamás pudo tener. La misma luz que me enamoró y me dejó arrojado por siempre a un amor enfermizo.  

lunes, 11 de enero de 2016

Y por eso lo elegí.

Magnus explicando cómo y porqué... Bueno, ahora lo entiendo. Creo que sigo queriéndolo aunque me dejase solo.

Lestat de Lioncourt


Miraba a las estrellas y empezaba a contarlas, una a una, pensando en lo hermoso que era aquel cielo despejado. Un cielo de primavera. Un cielo que en cualquier momento se cubriría de nubes y dejaría que la naturaleza hiciese lo que bien sabía, que era sin duda alguna ser ella misma. La magia que envolvía cada pequeño momento, por minúsculo e insignificante que fuera, me hacía sentirme unido a algo. Algo más que a lo horrendo de mi rostro, el dolor de mis huesos cansados y la mente impaciente que bullía de recuerdos, preguntas sin respuesta y sensaciones.

Él estaba a mis pies. Estaba conmocionado aún. Había sido un buen chico. Siempre había sido un buen chico. Benedict no se merecía que lo hubiese secuestrado, arrancándolo de brazos de mi buen amigo Rhosh, para un fin tan vil y despreciable. Pero, ¿quién quiere morir? Yo no. Ni siquiera alguien lleno de cicatrices, con los dientes podridos, joroba, casi sin pelo y con la nariz torcida es capaz de aceptar un fin horrible. Y yo sabía que mi fin estaba cerca. Era viejo, mis huesos ya pedían descanso eterno, pero mi alma se sentía viva.

Veía el rostro del joven vampiro, del muchachito recién nacido en las sombras, y contemplaba la belleza que Dios no me dio. La naturaleza me jugó una mala pasada. Me hizo inteligente, intrépido, desafiante e incluso poderoso al saber sanar tantas enfermedades. Pero, ¿qué me dio para compensar ese alma inquieta y virtuosismo? Fealdad. Una fealdad que alejaba a las mujeres, e incluso a mí mismo, llenándome de soledad y desprecio.

Miraba hacia las estrellas porque pensaba que ellas me gritarían que me detuviese, pero eso era una estupidez. No iba a permitir que nadie me impusiera sus deseos o designios. Ni siquiera Rhosh me podía impedir que hiciese de las mías.

Había investigado bien. Podía trasmutar su poder. Podía tomarlo. O más bien, robarlo. Así que decidí desangrarme, casi hasta la muerte, y luego desangrarlo a él. Sabía como se hacía, pero no lo había probado. ¿Qué podía ocurrir? ¿Morir? ¿Morir sería mi pecado por ser demasiado entrometido e intentar lo imposible? ¡Pues que viniese la muerte!

Así que me lancé a ello y lo hice. Sí, lo hice. Hice lo que creí que debía hacer. Me dediqué un festín, un expléndido homenaje, con su sangre fuerte y llena de magia. Pero, claro está, la fealdad no se iba a ir, ni las palabras llenas de recriminaciones, tampoco el vacío que sentía, y por lo tanto me dediqué a vivir buscando el envase idóneo para conceder la inmortalidad y para que, por supuesto, siguiera mis pasos.

Necesitaba un chico inteligente, o al menos avispado, que tuviese curiosidad por todo. Alguien que no se rindiera fácilmente. Necesitaba un héroe, pero no uno convencional. Busqué. Elegí una y otra vez, fracasando siempre, porque sólo tenía muñequitos lindos lleno de quejas y odio. Pero, entonces, él apareció bailando ante mí. Un actor, un muchacho de noble cuna, que había dejado su hogar para vivir aventuras. Sí, un cazador de animales sería perfecto. Sabía lo que era matar para alimentarse, así que no cuestionaría demasiado el acto fatal de quitar una vida.

¡Y lo hice! Pero una vez hecho, claro está, le di todo. Todo lo que debía saber, todo lo que yo sabía. Le ofrecí una vida acomodada, un beso de despedida y mi muerte. Me maté para que él viviera. Ya había cumplido. Había conocido lo que era vivir durante algunos siglos, había comprobado lo que era gozar de la vida eterna, y me había aburrido. Rogaba que él no lo hiciera. Él era hermoso, venía de otro siglo, y podía cambiar las cosas. Creé a Lestat para que fuese el antídoto de la depresión vampírica, de las maldiciones que muchos creían que estaban sobre nosotros, y para que rompiera todas las normas. Él, hermoso e intransigente, haría lo que yo no pude hacer.

Y ahora, que todo ha pasado, veo el mundo con otros ojos. Estoy muerto, pero no me he ido. Puedo viajar cerca de las estrellas, dejándome llevar por el aire, aunque prefiero parecer un hombre distinguido, de unos cuarenta años, atractivo y con unos ojos inquietantes. Alguien inteligente e interesante, lleno de belleza, y que nadie, absolutamente nadie, pensaría que es un fantasma. Bueno, algunos sí, pero es porque ellos también lo son o son vampiros... ¡Ya que algunos brujos también caen en mis trucos!


En estos momentos, que saben todo sobre mí, ¿están dispuestos a odiarme o a quererme? Porque estoy aquí para quedarme. He regresado para aplaudir con vosotros la actuación de Lestat... ¡Para amar al Príncipe de los Vampiros! ¡Líder de la Tribu!  

sábado, 9 de enero de 2016

Guerra de dolor

Si llego a saber lo que ocurriría jamás les hubiese dejado solos. 

Lestat de Lioncourt

Me sentía furioso. Él había destruido lo poco que tenía. Había visto como mi coraza, mi máscara de carnaval, había caído destruida a mis pies. Aquel palacio de luces y sombras, sobre todo sombras, se consumía como los desgraciados que optaban por caer presas del pánico y las llamas. Se alzaba ante mí una nueva posibilidad, la cual detestaba. Sólo de imaginar que tenía que afrontar nuevos cambios, una revolución, me traían viejos fantasmas del pasado, sueños que creí desterrados y promesas que fueron incumplidas.

Por un momento me vi frente a la pira funeraria más grande que jamás he contemplado. Estaba sediento, sucio, nervioso, asustado y con los ojos llenos de lágrimas. Sentía frío y percibía mi pronto final. Pude notar como me movían, igual que si fuese un objeto inútil, para arrojarme a ese infierno de fuego y madera mal apilada.

Podía escuchar las voces de mis amigos, los cuales consideraba parte de mi familia, y también venía a mi mente el nombre de mi maestro, el cual creía muerto o muy malherido. Deseé gritar, pero no había palabras en mi boca ni fuerzas necesarias.

Sin embargo, no estaba de camino a Roma, ni saborearía la sangre de Riccardo como vino de iglesia, y tampoco escucharía la voz grave y perversa, muy seductora, de Santino pidiéndome que confiara en él. Él que había destruido todo. Él que me había asesinado dejándome con vida. Mi alma sería torturada, mis recuerdos convertidos en una historia falsa y mis creencias cambiadas por una lóbrega historia que ejerciera terror despótico sobre otros.

Y, para colmo, tenía a ese vampiro desquiciado riéndose de mí. Aquel violinista era hermoso, pero estaba dañado. Siempre lo estuvo. La oscuridad era más fuerte en él que en mí. Podía ver en sus ojos castaños la intensidad de su dolor, pero sonreía. Parecía divertirle que yo me sintiera defraudado por Lestat. El mismo que me había arrebatado todo, el mismo que yo codiciaba como había hecho con Marius. Poseía una luz que yo ansiaba, la misma que había ansiado Nicolas. Pero él, claro está, se había repuesto con una maldad incuestionable.

—Nunca te amará—dijo acariciando el violín. Pellizcaba sus cuerdas con cierta elegancia, pero yo quería romperle los dedos y arrancarle el corazón—. Ni siquiera me amó a mí, ¿por qué te iría a amar a ti? Lestat sólo se quiere a sí mismo... y a su madre... Eso te aseguro.

—¡Cállate!—gritó—. Él es el dueño de éste teatro y regresará. Lo hará cuando tenga respuestas—me engañaba a mí mismo. Quería creer que era cierto. Deseaba creerlo. Era una necesidad quizás pueril, pero ahí estaba. Algo en mí me decía que esperara, que tuviese paciencia.

—Además de zorra eres ingenuo—soltó una carcajada metálica y eso me enfureció.

Me dolían sus palabras, me provocaba una ansiedad terrible esa forma de reírse y su música. ¡Esa música que parecía animar todo como si el demonio le hubiese dotado de una perversidad, belleza y dolor irreales!

—¿Zorra? ¿Me has llamado zorra?—pregunté mirándolo de soslayo—. ¿Te recuerdo que tú vendías tu cuerpo a sus caprichos? Lo hacías por cama y comida—solté con rabia.

—Te equivocas—dijo negando con el índice de su mano derecha—. Era por vino, aunque admito que tenerlo entre mis piernas me provocaba un goce maravilloso—se pasó la punta de la lengua por sus carnosos labios, para luego echarse a reír—. Era su puta por un poco de vino, unas migajas de amor y una chispa de libertad. Escuchaba sus incesantes discursos, sus promesas vacías y me quedaba dormido mientras se deleitaba con la forma de mi cuerpo. Sin embargo, jamás tuve esperanza en ser amado del mismo modo, no me creí ni una sola de sus mentiras y...

—Y le esperaste—dije tras darle algo de ventaja para que cavara su propia tumba—. Creíste que regresaría, que ninguna fulana podría quitarte tu puesto en su cama, y ambicionaste todos sus detalles pensando que eran por amor... ¡Pero no! Eran para lavar su conciencia porque no pensaba volver a tu lado. Nunca te quiso, Nicolas. Nunca. Ni siquiera en Auvernia. Eras su pretexto para salir de ese pueblo, para saber qué había más allá de las cordilleras nevadas y, por supuesto, para descargar su esperma en tu trasero de puta de taberna—escupí todo mi veneno, como si fuese una maldita serpiente, pero él sólo se echó a reír.

—Ya, ya... ¿a quién fue a rescatar?—murmuró—. Al final me salí con la mía.

—Mentira—dije clavando mis ojos con furia en los suyos—. Si lo hubieses hecho él te hubiese creado primero a ti, te hubiese buscado con ansias, y jamás te hubiese dejado atrás. Te odia, Nicolas. Te odia tanto como te odias a ti mismo.

En ese momento dejó a un lado su violín y se lanzó contra mí. Sentí sus manos apretando mi cuello, pero yo me reía. Había enfurecido a ese demonio patético y yo decidí cobrarme todos sus desprecios, mentiras e insultos. Comencé a arañarlo, tirar de su cabello, patearlo y lograr que quedase bajo mi dominio. Agarré con fuerza muñecas y sonreí con malicia.

—Cuidado con lo que dices, Nicolas—dije notando que quería tirarme al suelo, para poder golpearme—. Porque puede que pierdas lo único que te mantiene cuerdo, pues su desprecio, su odio y asco, te han vuelto loco. 

—¡Mentira!—gritó. 

—Conozco esa mirada llena de decepción, maldita puta, y sé que es porque creíste sus mentiras y promesas, porque esperaste soñando con su regreso, y decidió dejarte a un lado—me incliné sin perder detalle de su rostro, disfrutando de su dolor, para luego susurrar muy cerca de su rostro la frase más terrible que jamás había pronunciado—. Yo he sido un juguete de un hombre muy similar a Lestat, por lo tanto sé que nunca llorará por ti, ni vendrá a buscarte y jamás, Nicolas, serás lo suficientemente bueno para arriesgar su vida por ti.

Fue terrible porque admitía que sabía en mis fueros internos, en mi terrible y sabio corazón, que Marius estaba vivo y que no había venido a buscarme porque yo no era importante. 


Semanas más tarde, estando desprevenido, lo reduje y le amputé las manos. Durante varios días me paseé frente a su celda jugando con éstas, riéndome de su desgracia y sintiéndome superior. Había dado su merecido a ese maldito imbécil.  

viernes, 27 de noviembre de 2015

Nicolas el demonio

Eleni me envió estas notas hace unas noches... Son notas preciadas para mí. 

Lestat de Lioncourt 


Él estaba allí de pie, sobre el escenario, siendo adulado por un par de vampiros que tenían algo más de dos décadas. Acariciaban sus cabellos oscuros y sus prendas ligeramente polvorientas. Durante días había mantenido un silencio casi sepulcral. Su voz, profunda aunque sutil, tenía un acento que podía ser confundido con el del propio París. Había vivido algunos años en la ciudad y regresó al nido de ratas, suciedad y artistas que tanto consumía su alma, a la vez que la alimentaba, con el solo objetivo de morir de inanición en mitad de una noche apasionada.

Era delgado. Recuerdo muy bien su figura esbelta. Tenía una estatura considerable, pero no llegaba a rebasar a su creador. Sus ojos profundos, tan profundos como su voz, eran castaño oscuros y parecían la boca de dos lobos aullando. Un lobo en mitad de un rebaño de almas indecentes. Su boca tenía labios carnosos y una sonrisa pérfida. La tez de su piel estaba un poco bronceada, pero no tenía peca o muesca alguna. Acepto que era una obra maestra aquel vampiro, aunque su alma estaba consumida y destruida mil veces. Podía ver como se retorcía junto a su cuerpo cuando tocaba. Un alma que lloraba y gritaba.

Poseía unos dedos largos, los cuales le daban cierta habilidad pasmosa para tocar rápidamente las cuerdas. En ocasiones no usaba el arco, sino que pellizcaba estas y hacía sonar unas notas intensas, algo depravadas, que te seducían cayendo a sus pies. Como humano nunca habría logrado a ser un gran violinista, ni aunque hubiese seguido con las más excelsas clases de violín. Sin embargo, el Don Oscuro le dio algo más que una vida eterna, modificó sus habilidades y lo convirtió en un genio.

Escuché la pelea con su creador, con aquel joven que nuestro amigo más viejo persiguió por todo París, y fue terrible. Lestat lloró lágrimas sanguinolentas de rabia y frustración, pero él se reía. Escuché como se lanzaban severas acusaciones, crueles frases dignas de una guerra encarnizada y miradas propias de dos amantes heridos. Poco después, cuando Lestat se fue de Francia, logré sentarme a su lado y escuchar su historia.

—Creí que mi idea le haría feliz—dijo acariciando ensimismado su instrumento. Desconozco si él me hablaba a mí o no. Sólo sé que lo escuché. Tuve la delicadeza de apoyar mi diestra sobre la cruz de su espalda, justo donde acababa el último mechón de su pelo, para darle cierto confort—. Siempre quiso conocer los límites del ser humano, romper las reglas y ser temerario. Amaba éste teatro, lo adquirió por algo, y a mí me dotó de vida... ¡Pero eso no lo hizo porque él quería! Deseaba verme morir en medio de la inocencia y la estupidez, sumergido en la oscuridad sin poder siquiera hallar una verdad agradable por falsa que fuese. Miserable... ¡Y me habla de traicionar al mundo! Yo sólo quiero crear arte, acompañarme de lo único que no me ha abandonado, porque mi alma sufre...—se abrazó al violín y lo besó con ternura, para luego abalanzarse al escritorio riendo a carcajadas.

Una nueva obra corría dirigente por las conexiones nerviosas de su cerebro. Estaba alentándole a escribir para olvidar, para no pensar, para no sentir... para no padecer y no caer nuevamente a los infiernos del quizás y el nunca.

Por mi parte, como no, guardé silencio y observé. Quedé allí durante más de una hora mientras él escribía y escribía, reía, se tiraba del cabello y se ponía en pie señalando el papel mientras mascullaba ciertas ofensas a Dios, el Diablo, el destino y la fe. Después, para calmarse, tocaba la melodía que había compuesto mientras recitaba los poemas perversos, las frases ingeniosas y las escenas obscenas que había firmado para nuestro próximo estreno.



jueves, 26 de noviembre de 2015

Matalobos, te amo

Magnus me dejó esto en un sobre. Ya hablé con él sobre lo sucedido, pero al parecer tuvo que dejarlo por escrito. Se lo agradezco.

Lestat de Lioncourt



Entonces te vi. Te vi como nadie te podía ver. Adoré todo de ti, hasta las pequeñas partículas de polvo de tu maquillaje. ¡Eras hermoso y salvaje! Podía moldearte con la sangre, ofrecerte algo que te hiciese sentir orgulloso. Poseías una inteligencia natural, un don más allá de tu belleza superficial, y pude ver en ti el ímpetu de vivir. Querías aprender, devorar el mundo y yacer satisfecho entre las sábanas revueltas de tu colchón. Jamás creí que pudiese ver un alma tan poderosa en un cuerpo tan joven. Tenías los rasgos que siempre ansié y unos ojos diferentes, pues reflejaban a la perfección la llama de la pasión que ardía incesantemente en tu pecho. Pude ver tu luz, joven Matalobos, y caí seducido como las pobres infelices del teatro.

¡Todos te admiraban y reverenciaban! Pero tú sólo veías placeres carnales, vino recién descorchado y frases idóneas para congratularte como un maldito demonio. No eras feliz, pero aparentabas una dicha insufrible. No había nadie que no codiciara ser el joven rebelde, hambriento y bohemio que se movía como un animal salvaje sobre las tablas del teatro. Un animal elegante, eso sí, con una soberbia propia de un noble. Esos lobos te dieron su inteligencia, codicia por vivir y soñar. La muerte, que te rozó en varias ocasiones a lo largo de tu vida, caía rendida llena de amor. ¡Y yo también caí!

Di gracias a Satanás, quien era mi guía, por encontrarte. No era fácil encontrar a un joven que amase tanto la vida, pero a la vez la odiase de tal forma. Odiabas su brevedad y también la filosofía barata de los altares. No creías en nada, ni tenías nada, y eso te hacía muy poderoso. Brillabas como una pepita de oro en la mano mugrienta de un pobre leproso.

Tenías algo más que vida, pues eras mágico. Un ser único bailoteando, girando de un lado a otro, con aquella mujerzuela empolvada como una gran dama. Reías a carcajadas hasta marearte y luego, como no, corrías a encontrarte con sus muslos cálidos entre bambalinas mientras tu amante, el verdadero amor que te había arrastrado a París, moría de celos y furia. ¡No te importaba nada! Sabías que tenías que engullir la vida antes que se convirtiera en carne podrida, gusanos, hueso y, por supuesto, finalmente polvo.

Es cierto que no debí marcharme, pero así era el truco. Yo me marchaba y dejaba mi lugar a mi heredero, el cual viviría una vida llena de lujos y satisfacciones, sin miedo ni preocupaciones. Mi querido muchacho, mi adorado Matalobos, ¿cómo puedo explicarte todo? Dime, ¿cómo? Si es imposible. Nada de lo que diga ahora interesa ya, ¿no es así? Ahora lo único que importa es que dirijas a tu pueblo mejor que tus primeros pasos como vampiro.


Te amo. No dudes que te amo. Siempre amaré a mi querido Matalobos.  

lunes, 23 de noviembre de 2015

Sobrevivir

Tenía miedo a la muerte. Todos tenemos miedo a la muerte. Es un miedo natural, instintivo, que nos hace luchar por aferrarnos a la vida. Pobre de aquel que ya no teme a la muerte, pues posiblemente su alma y sus instintos están muertos. El frío de la nieve me helaba, la humedad calaba hasta los huesos, y empecé a sentir que mi corazón bombeaba con fuerza. Mi vida se perdía en medio de aquel bosque, perdido entre los senderos, donde nadie me encontraría. El caballo relinchaba con fuerza mientras los lobos atacaban y mis perros, ellos tan nobles e inteligentes, atacaron con rabia intentando protegerme. El primer disparo fue fallido, sobre todo porque acabé cayendo del caballo.

Mi yegua sufría terribles heridas, las destelladas la iban destrozando y mis ojos se llenaban de lágrimas. Sin embargo, no había tiempo para llorar a mi animal. Decidí ponerme en pie, disparar de nuevo y sentir como uno de ellos se lanzaba sobre mí. Como pude lo esquivé, pero me rasgó la gruesa chaqueta. El cabello caía sobre mi rostro, empapado por la nieve y el sudor frío. Los perros aullaban. Uno de los lobos caía abatido. Mi escopeta volvió a sonar después de recargarla.

Algunas aves salieron de entre los árboles, las pocas que eran capaces de sobrevivir en un invierno tan crudo. La nieve volvía a caer. Mis pisadas se hundían, intentaba moverme ágil hacia las rocas para refugiarme y así matarlos a todos. No quería matarlos. No deseaba ser un asesino tan cruel. Sólo había cazado para alimentarme, pero aquello era distinto. ¿Por qué tenía que ser yo? ¿Por qué me eligieron a mí y no a mis dos hermanos mayores? Los dos únicos hermanos que habían sobrevivido después de muertes infantiles terribles que destrozaron el corazón de mi madre, hundiéndola aún más en un desconsuelo y soledad insoportable. Ella me esperaba. Sabía que era su único apoyo en aquel castillo húmedo, lóbrego y vacío de amor.

Mis pensamientos eran de supervivencia. Quería regresar a ver a mi madre, escuchar su voz una vez más y morir si era necesario. Ellos me perseguían. Sólo quedaban cuatro, la otra mitad yacían moribundos por las dentelladas de mis mastines o mis disparos. ¡Pobres de mis perros! Ellos también estaban muertos. Todos muertos. Parecían ángeles que habían sido enviados con Dios para salvarme a mí. ¿Por qué yo debía sobrevivir? Mis únicos amigos, los que amaba con todo mi corazón, habían caído.


Sin embargo, logré abatir al resto cuando alcancé una posición privilegiada. Disparé con destreza y los maté. Después, agotado y febril, caí al suelo, sobre la fría nieve. Horas más tarde desperté y lloré. Lloré como cuando era un niño, aunque ya era un hombre adulto. Agarré uno de los lobos tras acariciar el hocico frío de mis perros, de despedirme de mi yegua y de recoger la montura. Caminé hacia el hogar muerto y vivo. Algo en mí moría, pero ese deseo de vivir, fuese como fuese, había germinado. Me convertí en “Matalobos”... y cambié mi vida absolutamente.

Lestat de Lioncourt   

jueves, 29 de octubre de 2015

Je suis ton assasin et vous l'idiot.

Estaba allí de pie como un maldito espantapájaros con esa ropa que nadie se pondría ya, ni siquiera yo, tres tallas más grandes, de una tela barata y de confección en fábrica. Podría decirse que era ropa de Carnaval, no para pasear en una noche ligeramente pluviosa y húmeda. La humedad calaba mis huesos y me refugiaba en mi gabán de cuero negro, con las solapas alzadas rozando mis mejillas marcadas y mi gentil mentón. Ni siquiera se había percatado que lo observaba como si fuese un pequeño, sucio y perdido roedor en mitad de una ciudad demasiado brillante y estrafalaria incluso para él.

Las luces de neón incidían sobre sus cabellos teñidos en un tono demasiado, por así decirlo, chabacano. Era uno de esos tintes baratos que se encontraban en los supermercados de los barrios más bajos, los cuales podían terminar dañando tu pelo y provocando heridas en tu piel. Si bien, los estúpidos mortales se dejan guiar por el consumismo, las gangas y las ansias de ser quienes no son. Se había olvidado teñir sus cejas, como no, y las tenía ligeramente gruesas y desproporcionadas. Sus ojos no eran claros, pero usaba unas lentillas que cualquier engreído de tres al cuarto podía adquirir en Internet.

Merodeaba mi mansión haciendo aspavientos, creyendo que algún mortal querría hacerse una foto con el genuino Lestat. Sólo un idiota, aún más idiota y ciego que él, se aproximó para pedirle un autógrafo. Él se regocijó, aplaudió como un imbécil y se vanaglorió. Por mi parte me mantenía en las sombras, alejado ligeramente de la farola que iluminaba la calzada. Cerca de mí había un par de charcos y rogaba que ningún idiota me salpicara, pues me las haría pagar caro.

Mis ropas, por supuesto, eran elegantes y poseía la chaqueta roja de ante que tanto amaba. ¡Oh! Esas hermosas solapas negras, esos bonitos botones cuadrados tan clásicos y extraños a la vez, conjugaban bien con aquellos tejanos de vestir, elegantes y caros, que había adquirido en una de las tiendas más prestigiosas de Londres. Sí, Londres. Me gustaba viajar, observar la moda, elegir a mi gusto y embriagarme con el consumismo más caro. Elegía con cuidado, eso sí, porque no podía soportar cualquier tela, ni corte y ni mucho menos color. Mis botas eran elegantes, puntiagudas y nuevas. Podría decirse que solía comprar un par cada pocos meses, pues odiaba tener un look destruido. ¡Yo era Lestat! ¡Era el Príncipe de los Vampiros!

Tenía subida las lentes tintadas de aviador. Amaba ese toque extraño y elegante que me ofrecían, igual que mis nuevas mechas blancas gracias a la exposición solar. Mis ojos grises de tonalidades violetas y azulados estaban ocultos, como si fuese un truco de magia simple, al alcance de cualquier cretino. Me gustaba seducir con la mirada, pero sólo cuando era preciso.

—Míralo, se llena de orgullo imitándote—susurró Amel.

—Sí, lo estoy viendo—dije con los brazos cruzados a la altura del pecho.

—¿Y qué harás? ¿Observar como siempre? Siempre observas para reírte en privado de ellos, contándoselo a Louis como una comadre mientras aplaudes al aire, mueves tu cabeza y abres los brazos girando como una peonza. Ah, la última vez te reíste más de cinco noches—me hizo rememorar aquello al instante y no dudé en carcajearme.

—El muy idiota ni era vampiro—susurré.

—Ni éste—chistó.

—Lo sé—dije con una sonrisa traviesa en los labios.

—Hace cuatro noches que no te alimentas, ¿no tienes sed?—preguntó incitándome.

No, no tenía sed. No, no quería beber. Sin embargo, algo en mí me pedía que lo hiciera. Era delicioso acercarme a él, fingir ser un fan de Lestat y un imitador más. Pero era un truco ya muy viejo para mí, así que cuando se marchó el patético insecto que le reía las gracias, decidí acercarme tal y como era.

La lluvia arreciaba, pero no la humedad. Mi pelo estaba más rizado que nunca, pero pegado a mi frente y algo revuelto. Tenía algunas hojas sobre la coronilla, pero ni me había preocupado por ellas. Mis botas se escucharon como si fuera el taconeo clásico de una dama, pues tenían suela gruesa y la acera resonaba. Él me miró altivo, como si le molestara mi sola presencia, y al sonreír vio mis colmillos, los cuales creyó que eran apliques como los suyos.

—¿Qué haces aquí?—preguntó—. ¿Cómo te atreves a venir hasta donde yo estoy? ¡Cómo!

—Vaya, no hace falta que me presente. Veo que me conoces—dije inclinándome suavemente hacia delante.

—¡Claro que sí! ¡Un maldito desgraciado que lleva noches asustando a mis neófitos! ¡Tú no eres Lestat! ¡Ni siquiera eres digno de llevar mi nombre!—puse los ojos en blanco cuando escuché esa verborragia tan estúpida, estridente y llena de preocupación. En realidad estaba muerto de miedo, como los perros de pequeño tamaño que ladran a otros de mayor tamaño, aunque se creía valiente. Ah, el olor del miedo. El dulce y pestilente olor a sudor.

—Eres un ladrón de identidades, pero me acusas a mí de robar—coloqué mi dedo índice y pulgar, de la mano derecha, sobre la fina patilla metálica de mis gafas y las bajé hasta la punta de mi nariz.

—¡Zafio! ¡Me insultas! ¡Eres un inconsciente! ¡No sabes con quién te estás metiendo!—gritó.

—Con un pelele que ni a payaso llega, ¿tal vez?—dije quitándome mi abrigo, para mostrar mis hermosas prendas. Abrí mis brazos como si llamara a las nubes y sonreí encogiéndome de hombros—. ¿Ven espíritus de la noche? ¿Observan como es tratado su príncipe?—comenté para luego mirarlo.

—¡Yo soy Lestat! ¡Tú ni a neófito llegas! ¡Me cansé de pelear contigo! ¡Adiós!—dijo intentando huir como la rata que era, pero lo agarré fuertemente del brazo derecho y lo pegué a mi torso.

—Je suis Lestat de Lioncourt, Je suis le vampire plus imposante—pegué mis labios a su oreja izquierda y susurré—. Je suis ton assassin—perforé su piel clavándome como si fueran dos dagas al rojo vivo, acabadas de salir de la fragua, y me fundí con su alma ponzoñosa. Llevaba años estafando a cientos de jóvenes, robando y secuestrando verdades retorciéndolas hasta convertirlas en mentiras, y provocando la ira de muchos escritores, artistas y gente de toda índole—. Au revoir, idiot.


Dejé su cuerpo en mitad de la calle, con el cráneo partido por una pisada, como si le hubiesen robado el dinero y luego la vida. Huí rápidamente, sin ser visto, mientras Amel prácricamente bailaba con cada gota de sangre. ¡Oh! ¡El éxtasis de la muerte!

Lestat de Lioncourt  

jueves, 15 de octubre de 2015

Rock

Noté la música rugiendo en las calles, junto al motor de las pesadas harleys, y quise salir. Podía escuchar el bullicio de miles de almas buscando un guía, la luz dentro de la oscuridad, y yo poseía esa luz. Tenía una verdad que contar y ahí fuera, lejos de mi encierro, yacían nuevos sueños que conquistar, metas que alcanzar y sangre que saborear. Mis largos y huesudos dedos escarbaron hacia la superficie, los animales que fueron apareciendo saciaron ligeramente mi sed, y al surgir me sentí más fuerte e invencible.

Dije adiós a la pesadilla, las heridas, las cicatrices, el dolor, el humo, las mentiras y el silencio. Saludé al asfalto, los altos edificios, las luces de neón que brillaban más que el sol mismo y recorrí las calles buscando víctimas como un gato cerca de una alcantarilla. Me deslicé por las sombras y robé vidas, tantas como pude, para luego contemplarme en uno de los espejos de los vehículos apilados en la acera aledaña a mi propiedad. Hermoso, volvía a ser hermoso. Di la bienvenida a todo lo que amaba y reí. Creo que me jacté de nuevo del destino y dejé que mis oídos prestaran atención.

¡Música! Maldita y entregada al caos, desprovista de creencia alguna más allá del triunfo y la gloria temprana, que tanto me apasionó. Era la recompensa a años de silencio. Corrí por las calles y llegué hasta un grupo de mortales. Ellos no creían lo que veían ni creyeron mi historia, pero aceptaron mi dinero y talento.


El rock me despertó, me trajo la savia nueva, y me llevó al límite del placer. ¡Cuánto le debo a esa música del demonio! Porque gracias a ella me hice guía de almas, comunicador de escéptico y desperté a la Bella Durmiente. Aquello que hoy somos es gracias a mi descubrimiento, que en realidad fue la canción de cuna que terminó dándome las energías necesarias para aullar en un escenario... ¡Casi dos siglos después!  

Lestat de Lioncourt 

lunes, 28 de septiembre de 2015

Mi inspiración

Estaba frente a un folio en blanco. Las idas se agolpaban provocando que mi cerebro, por primera vez en mucho tiempo, se sumergiera en un bloqueo. El murmullo de mis palabras, con mi voz impertinente, se reproducía como un eco insufrible. Mis manos temblaban sobre el borde de la mesa. La pluma, colocada ligeramente inclinada sobre el papel, me llamaba con eróticos cantos de sirena. Quería contarlo todo. Necesitaba que todos comprendieran mi sufrimiento y mi deseo.

Me arrojé al papel pasados unos minutos, tras suspirar largamente y enfocarme en el inicio de mi historia. Así comencé a escribir mis canciones y bibliografía. Era yo, el matalobos y padre de las mentiras, quien iba a confesarles a todos la muerte de mi esperanza, el nacimiento del amor y mis ideales. Era como ir a la iglesia, persignarte ante la imagen de un Jesús moribundo, y arrodillarte ante el confesionario. Debías susurrar cada palabra dándoles los detalles adecuados, para que el sacerdote comprendiera cuan malo eras, en un alarde de fe. Escribir es eso: un alarde de fe.

No tienes nada, pero aspiras a todo. Quieres que te comprendan, lean y amen. Necesitas el amor del lector y la comprensión de éste. No merece la pena un amor sin comprensión. También quería remover el pasado, derribar muros desde sus cimientos y abrir un camino nuevo. Quería que todos supieran la verdad, porque callarla había sido el mayor de mis errores. Pagué caro cada error, pero sobre todo no decirle la verdad a Louis y Claudia. Si bien, no decir la verdad no significa mentir. Yo tan sólo la oculté, hundiéndola en algún recóndito lugar de mi alma, para que nadie supiese que yo era esclavo de un secreto temible.

Las primeras noches escribía de forma febril, pero las últimas fueron más relajadas. Caminaba por la habitación en círculos, recordaba a Nicolas cada vez que tarareaba alguna de mis canciones y sufría. Sí, sufría. Sufría porque reconocía al fin lo laborioso de su trabajo, la terrible angustia y soledad de un escritor y lo necesario que hubiese sido comprenderlo a él. Todavía me persigue su imagen esbelta, con sus largos dedos pellizcando las cuerdas de su instrumento mientras sonreía amargamente. Podía verlo frente a mí y casi acariciarlo. Pedí perdón mil veces al aire y continué escribiendo. Pensé en mi madre, por supuesto, también en la muerte de Claudia y el rechazo que sentía hacia Armand. Pero, sobre todo, pensaba en Louis y su torva mirada verdácea que todavía me destruía el corazón. Marius, Akasha y Enkil también eran pensamientos repetitivos. Mis canciones eran para todos ellos, pero también para vampiros desconocidos y mortales sin nombre.


Me convertí en un trovador de sueños, realidades, verdades y codicia. Luego, con el tiempo, me transformé en leyenda.

Lestat de Lioncourt   

sábado, 22 de agosto de 2015

Ensemble pour l'éternité

Louis me ha regalado esto por mi cumpleaños, ¿qué debo hacer? ¿Besarlo o pelearme?

Lestat de Lioncourt 

Estamos destinados a desafiarnos. Nos miramos en plena oscuridad con rabia y pasión. Todo lo que me gusta de ti es lo que más odio. Detesto que me conozcas tan bien. Podrías escribir un libro sobre mi piel, tatuándose con el drama de tus besos fieros y el rasguño de tus poderosas uñas. He visto como sonríes a cualquiera de la misma forma perversa que lo haces conmigo, por eso no soporto que lo hagas y a la vez lo espero, con una necesidad más fuerte cada vez. Tu sangre es el veneno que me mantiene vivo. Nuestro romance no es más que un despiadado juego de poker en el que siempre pierdo e intento recuperar lo perdido.

Cuando hablamos de odio y desesperación, también hablamos de amor. Eres un sibarita y posees unos gustos delicados a la hora de torturarme. Te encanta hablarme al oído, provocando que algo en mí estalle, para luego enfurecerme con una odiosa carcajada mientras me atas a ti. Somos la pasión hecha carne y huesos, el fuego vivo de un infierno que jamás se apaga.

Desearía estrecharte con fuerza entre mis brazos, despejar tu frente y mirarte a los ojos. Quiero atrapar tu rostro entre mis manos, acariciar tus atractivas facciones, colocar mis labios sobre los tuyos y jurar que ésta vez no nos mataremos mutuamente con palabras más afiladas que cualquier puñal.

Estamos malditos, Príncipe, porque la Bella Durmiente despertó, pero terminaste enamorándote del filósofo eterno que niega con cinismo que te ama, pero muere por ti. Muero porque me digas que me amas y que soy tu corazón, pues, pese a todo, tú eres el mío. Tus sucios y ruines juegos nos unieron, pero el amor nos ató por siempre.


Jamás podré librarme de ti, del mismo modo que tú no te podrás librar de mí. Si no me crees tenemos toda la eternidad para lanzarnos acusaciones, acariciarnos bajo las sábanas de seda de tu habitación y sentir los vivos celos que siempre surgen como una chispa en mitad de un polvorín.  

miércoles, 12 de agosto de 2015

Dime lo maldito que soy

—Desprecias la vida humana—masculló.

La luz de las velas iluminaba encantadoramente la escena. Sobre la mesa había un festín opulento. Cualquiera de mis hambrientos hermanos se habrían dado un atracón increíble. Los perros se habrían lanzado contra el pavo, mi viejo y achacoso padre habría sorbido la sopa, mi madre, con sus encantadores modales, habría preferido saborear las manzanas tan apetecibles, las cuales parecían sacadas de un impresionante bodegón, que destacaban en el frutero. Aquello era una vida que yo no había conocido. Había vivido rodeado de miseria y hambre. El calor de Louisiana era muy distinto al frío y la humedad de aquel viejo castillo.

—¿Desprecio su vida?—pregunté abriendo mis generosos labios, para luego sonreír de forma socarrona. Me sentía tentado a proseguir la discusión. Amaba sus rasgos masculinos, aunque suaves y dulces como los de una mujer, con una expresión desamparo y dolor propia de un mártir. Realmente lo amaba—. No, querido. Aprecio la mía—dije tomando uno de los racimos de uva negra. Aquellas viñas habían venido de Europa. Era impresionante como habían sobrevivido las cepas y se habían adaptado a una tierra hostil. Las viñas de mi padre nunca volvieron a dar frutos, pero aquí era distinto.

—¿Y qué aprecio es ese?—susurró tomando uno de los candelabros. La vela iluminó ligeramente su rostro, provocando que sus ojos verdes parecieran gemas—. Te diviertes eligiendo tu víctima entre la multitud, como si fueses superior a ellos, y haces que confíen en ti para arrebatarles lo más preciado.

La inmortalidad tiene un precio muy alto y es que te conviertes en un asesino. Pero yo no era cualquier asesino. Yo seguía mis normas. Unas normas que no le había enseñado a él por el mero hecho que si las contaba, tal y como me lo había pedido Marius, me vería obligado a escupir todo lo que sabía. Me negaba, obviamente. No quería romper mi pacto de caballeros. Por ese entonces intentaba ser todo lo que mi buena madre, la cual me había abandonado hacía no mucho, me había enseñado.

—Lo describes de una forma muy poética, adelante—dije con un ademán de mi mano derecha, pidiéndole que continuara—. Por favor, que no pare tu retórica.

—¡Te estoy abriendo mi corazón! ¡Me repugnas!—exclamó—. Detesto saber que todo lo tengo que aprender de ti.

Sus ojos estaban a punto de romper a llorar. ¡Oh! ¡Qué maravilla! Podía ver sus sentimientos tan claros, tan firmes, tan hirientes y tan hermosos. Aquello era un espectáculo digno de una novela de Dickens.

—Adelante, aprende tú solo—susurré tomando una de las uvas, para arrancarla del racimo. Miré la fruta, acaricié su suave piel, y se la lancé a la cara propinándole un suave golpe en la mejilla derecha—.Yo así lo hice.

—Mentiroso—reprochó en un murmullo.

—¿Acaso no me crees?—pregunté ligeramente ofendido, aunque me regodeaba. Me encantaba ver como se molestaba conmigo. Aquello era muy divertido.

—¿Es que puedo creer algo de ti? ¿Puedo confiar en el ser que tú eres?—insinuaba que yo era lo peor de lo peor, lo cual me convertía en lo mejor—. Eres despreciable.

—Ya escuché ésto antes, creo que en un sueño... Ah, no... la noche anterior. Llevas así más de un mes—guardé silencio un segundo, comprobando que me escuchaba con aquel ceño fruncido y esa boca carnosa a punto de estallar en un griterío insufrible—. Por favor, cállate.

—¡No voy a callarme! ¡Deja de burlarte de mí!—gritó tal y como esperaba.

—Pues deja de creer que tu moral es superior a la mía—dije dejando el racimo en la mesa, para levantarme de ésta y apoyarme sobre el borde de ambos extremos.

—Perdóname si aún aprecio la vida humana—dijo dejando la vela en su lugar.

—¿Acaso yo no la aprecio?—susurré ligeramente inclinado hacia delante.

—No lo haces—negó con la cabeza.

—Si no la apreciara no seguiría vivo. Me enamoro de la maldad que poseen sus corazones, los atrapo con encanto en mi tela de araña y bebo de ellos hasta la última gota. No desprecio nada. Si no apreciara su vida no tendría tanto cuidado.

Admito que el discurso me quedó espléndido, pero él no lo vio así. No comprendía lo que yo quería transmitirle. Para él yo era un monstruo, un demonio, un ser horrible y él un sufrido que se creía poeta. Todos hemos sentido repulsión ante el asesinato, pero te acostumbras. Sabes que debes hacerlo y escoges al peor de todos. Eliges asesinos porque son como tú, porque tienen el corazón podrido, y porque saben mucho mejor. Además, nadie echa de menos a los bastardos. Libras al mundo de un grano en el culo y salvas a pobres inocentes que tendrían que soportar sus fechorías. No hay nada mejor que matar a un ser terrible, un criminal, porque te hace sentir bueno y que haces algo digno de ser elogiado. Si bien, como he dicho, eliges a un ser idéntico a ti. Tomas a un igual. No eres un héroe.

—Eres despreciable—murmuró con rabia.

—Y tú un perfecto mártir—dije señalándolo con el índice de mi mano derecha.

—Me das asco—chistó.

—Añadiré el asco a la lista de sentimientos que te provoco—contesté apartándome de la mesa, para poner las manos tras mi espalda.

Me dirigí a la puerta del comedor, la cual daba al espléndido salón que poseíamos. Allí había un elegante clave y a mí me encantaba contemplarlo. Amaba tocar sus formas. El instrumento era de la hermana de Louis. Sabía cuánto lo apreciaba. Aquella obra maestra había sonado en tiempos mejores, cuando Paul no era un cadáver siendo consumido por gusanos.

—¡Muérete!—gritó con una furia muy común en él, lo cual no me pilló por sorpresa.

—Lo siento, pero creo que llegas tarde para desearme la muerte—dije girándome justo bajo el marco de la puerta—. Ya estoy muerto—susurré con una sonrisa, regodeándome en cada una de mis palabras—. Igual que tú.


El resto de la noche fue un silencio incómodo entre ambos, aunque no para la noche. Fuera los esclavos se arremolinaban acusándonos de demonios. Podía sentir el miedo y el odio cubriendo sus almas, envenenando sus pensamientos y provocando que la revuelta estuviese muy cerca.

Lestat de Lioncourt  

sábado, 27 de junio de 2015

Padre, hijo y espíritu santo.

—¿Alguna vez pensaste que llegarías tan lejos?—preguntó sobresaltándome.

Estaba allí de pie con sus ojos claros fijos en mí. Tenía un aspecto muy atractivo y real. Parecía un ser humano. Cualquier humano pensaría que estaba ante un ser vivo, aunque no sabía como calificar todavía ese tipo de organismos. Era un ser espectral, un fantasma, pero poseía una apariencia común, casi vulgar, y reproducía los gestos que una vez poseyó. Su piel parecía real, su respiración pausada era idéntica a la de cualquier ser vivo, y no era capaz de calificar a ese tipo de seres como muertos, pues la vida en sí está en nuestras almas, o al menos es lo que dilucido cuando medito sobre Amel y el resto de espíritus que nos rodean.

—No—respondí con sinceridad—. ¿Y tú?

—Oh, muchacho... ¡Me siento tan orgulloso!—dijo acercándose a mí.

Podía escuchar sus mocasines italianos, tan reales como mis botas, aproximándose hasta mí. Llevaba un traje negro impoluto, una camisa azul que resaltaba sus ojos y una corbata negra, de seda, muy elegante. Tenía unos gemelos de oro blanco muy llamativos, pues poseían la inicial de su nombre. Magnus era un fantasma y no uno común. Podía realizar cualquier acción humana salvo alimentarse o saciar su sed, pues no tenía cuerpo que sustentar.

—¿Puedo sentarme?—preguntó indicando la silla que estaba a mi lado—. Por favor, quiero hablar contigo.

Me habían contado que fue un gran alquimista. Era un ser deforme, con ambición y carisma, que siempre había actuado de forma bondadosa y leal. Sin embargo, robó la sangre de Benedict, un vampiro joven y torpe, para ser lo que siempre quiso ser: Inmortal. Magnus era astuto y yo lo sabía bien. Siempre sospeché que no estaba del todo loco. Él tenía una misión y la cumplió, para después desaparecer porque así eran en aquellos tiempos. Dejó un sucesor en el mundo, al cual le concedió secretos y bienes, para marcharse sintiéndose en paz con el ciclo de la inmortalidad.

—Claro, adelante—dije acomodándome en mi asiento. Llevaba mi habitual chaqueta roja, la cual abrí dejando ver mi camisa de chorreras, y unos pantalones de cuero muy similares a los que podrían llevar estrellas del rock como Bon Jovi, Jagger o Alice Cooper—. Yo también quiero hablar. Deseo saber...

—¿Por qué te elegí?—preguntó como si me leyera la mente, aunque estaba seguro que era imposible. Yo tenía mi mente cerrada a cal y canto, pero era una pregunta muy probable. Después de todo se fue sin resolverme muchas de mis dudas.

—Sí, exacto—respondí.

—Tenías ganas de vivir. Unas ganas inmensas. Poseías una fuerza que no había visto en los otros muchachos. También tienes una belleza envidiable que arrastra a todos a amarte. Lestat, ¿te has mirado al espejo? ¡Qué tontería! He leído tus memorias y sigo tus aventuras. Estás tan enamorado de ti mismo que nosotros de ti. Claro que te has visto al espejo y has observado tus hermosas facciones. Cualquiera se enamoraría de ti y sentiría deseos de tenerte a su lado—explicó mientras Amel reía bajo, como un murmullo. Parecía divertirle que me halagaran del mismo modo que él lo había hecho.

«Te ama. Yo también te amo. Todos te aman, ¿no es divertido? El amor es divertido y se siente bien. Se siente muy bien.»

—Sí, Amel. El amor te hace sentir reconfortado, pero a veces no te quita la soledad—Magnus se asombró que hablara con Amel mientras él dialogaba conmigo, pero no dijo nada—. ¿Entonces me amabas?

—Sí, me enamoré de ti. Fue un amor intenso que aún poseo. Cuando escucho sobre ti, cuando leo tus libros y puedo apreciar las proezas que hacer. ¡Oh, Lestat! Mi matalobos... ¿cómo no amarte? Tienes una fuerza y un carisma que no he visto en otros—negó sacudiendo ligeramente la cabeza y luego sonrió—. Te creé porque sabía que harías grandes cosas, que podrías desarmar a Armand y que comprendiera que era un idiota. Todos esos eran idiotas, pero tú no. Tú habías nacido en una época convulsa, de cambios, y no te conformabas con nada. Todavía no te conformas. Mírate, eres el príncipe de los vampiros y no te conformas. No te conformas con lo vivido ni lo que te resta por vivir. Quieres más. Esa ambición, ese poder, ese ingenio y ese talento para el bien y el mal. Lestat, eres una amalgama de bondades y desdichas. Tú, hijo mío, eres el perfecto vampiro con tus imperfecciones—se incorporó y me tomó del rostro.

Sus manos eran cálidas y pude sentirlas reales, igual de real que noté sus labios cuando rozaron los míos. Al apartarse sonrió de nuevo. Creo que debía irse, tenía que marcharse, porque la reunión hacía horas que había acabado y todos estaban dirigiéndose a sus respectivos hogares. Él, como no, tenía que descansar antes de perder su energía y dejar tras de sí tan sólo la ropa y sus preciados complementos.

—Nos vemos, padre—susurré.

—Pórtate mal, Lestat. Si te portas bien no serás tú mismo...—dijo antes de apartarse para irse, haciendo sonar sus zapatos por el suelo de mármol y cerrando la puerta tras de sí.

«Está loco. Me gusta» susurró Amel.


—A mí también, amigo. A mí tambien.


Lestat de Lioncourt

viernes, 27 de marzo de 2015

Familia...

Yo era un padre modélico en realidad, pero a él le gusta hacer dramas.

Lestat de Lioncourt 


—Nunca piensas en las consecuencias—dije, sosteniendo a la pequeña entre mis brazos.

Tan sólo habían pasado algunos días. Días en los cuales había visto lo peor de Lestat. Su faceta más destructiva y burlesca. Se comportaba con un auténtico demonio. Gozaba con el dolor que supuraba mi corazón, pero sabía que en el fondo estaba agradecido. Ella era carne de cementerio, donde yacería por el resto de los siglos en una tumba sin nombre.

—Cuéntame algo que no sepa—murmuró con una sutil sonrisa. Descarado, destructivo y tan atractivo como siempre. Movía sus dedos como si fueran patas de una araña, se impulsaba sobre el piano y las notas eran escandalosas, pero la melodía además de apasionada era hermosa. Desconocía cual era la pieza, aunque internamente la disfrutaba.

—¿Crees que es justo? Me has atado a ti—le reproché.

—La muerte la había elegido. Y yo soy más poderoso que ella, Louis—dijo incorporándose, para caminar hacia donde estábamos.

Pude notar en sus ojos cierto orgullo. Desconocía con certeza si él la amaba, pero percibía que se enternecía con sus largos rizos dorados, sus pobladas pestañas, sus mejillas llenas y su boca diminuta con aquellos dos terribles colmillos. Sus ojos, ocultos tras sus pequeños párpados, encandilaban a cualquiera. Tenía una ternura que poco a poco estaba siendo arrebatada, consumida y ultrajada por la sangre, el poder y la muerte. Esa muerte que decía Lestat que la había condenado.

—Estaba tocada por la muerte, Louis. Puedo asegurártelo—tomó asiento a mi lado. Sus manos se colocaron en sus pequeñas piernas y comenzó a sacarle sus pequeños botines. Ella dormía. El amanecer estaba a punto de llegar y mi cuerpo se entumecía. Mis brazos no querían dejar de rodearla, se negaban a permitir que ella se escapara, pero él me la arrebató—Igual que tú—dijo besando mi frente.

Se incorporó con ella, llevándola como si fuese un pequeño tesoro, y yo hice lo mismo. Arrastraba mis pies, sentía mi cuerpo débil y el sueño me hacía sucumbir al deseo de un descanso incierto. Me acomodé en el ataúd y la dejó junto a mí. Ella parecía una muñeca y yo un demonio, un demonio que la rodeaba como si fuese la solución a la condena que había caído sobre sus hombros.

—Te amo, Louis—susurró antes de echar la tapa sobre mí.

Quise llorar, pero no permití que mis lágrimas mancharan de nuevo mi rostro y mis prendas. Me aferré a Claudia y recé por mis pecados, como si aún Dios se interesara por mí y mi hermano pudiese interceder por cada una de mis condenas.


Éramos monstruos. Una familia de monstruos. Y aún así, en aquel ataúd junto a ella, me sentía bendecido.  

miércoles, 25 de marzo de 2015

Príncipe

No pediré jamás disculpas por mi silencio. No tengo porque pedir disculpas a nadie. No me veo en la necesidad de doblegarme, ponerme de rodillas y rogar porque perdonen los años de abandono. Ustedes me abandonaron a mí. Prefirieron darme la espalda. Me juzgaron por mis amoríos, hablaron a mis espaldas de mis grandes sueños y esperanzas, no creyeron en mis revelaciones y permitieron que me sumiera en un silencio similar al de otros inmortales. Dejé el mundo a un lado, el sendero del Diablo que llevé por el jardín salvaje que siempre fue mi territorio. Soy un cazador, un lobo, y no un cordero. No permitiré jamás que me acusen de mayores delitos que mis crímenes y mi incredulidad, mis deseos de superación y la verdad que he expresado siempre. Quizás soy demasiado visceral, actúo antes de pensar, pero mis corazonadas valen más que cualquier tesoro que puedan ofrecerme.

Nací en otro tiempo, en el cual tenías que crecer mucho antes. Te convertías en una herramienta de trabajo, una mercancía o simplemente una carga. Yo era una carga. Era el tercer hijo que sobrevivía a una larga lista de siete, los cuales terminaron en un foso antes de tiempo. Sobreviví porque me enseñaron a luchar con mis uñas, con mis dientes y con la esperanza depositada en un futuro mejor. Mi madre me hablaba del mundo como si fuese una caja llena de pequeños pedazos mágicos, los cuales tenía que unir con los viajes y sueños que ella había depositado. En estos tiempos, donde la tecnología es un gran avance, tienen al alcance de la mano una cultura, un conocimiento y una verdad menos oscura. Habéis aprendido a iluminar el mundo de forma muy fácil, tan fácil como apretar un interruptor, pero eso no fue así cuando yo era un muchacho. La verdad la he tenido que ir descubriendo tanto como mortal como vampiro.

Sigo siendo humano. Tengo los mismos defectos que tú y que cualquier otro. Tal vez mis virtudes son más destacadas, pero son los defectos quienes relucen como el oro ante los ojos de una urraca. Me han señalado como el pecado, la causa de su dolor, la ruptura de una creencia y la amargura en los labios de cientos. También he sido la luz, el impulso necesario para poder despertar, el aliento que muchos esperaban, el milagro y el artífice de una heroicidad que les han hecho buscarme, conocerme y apreciarme. Poseo tantos enemigos como amigos. Los amigos son amados, pero yo aprecio mucho más a mis enemigos. De mis enemigos aprendo más que de los amigos que siempre me estarán apoyando. Muchos de esos enemigos, que tanto he odiado y maldecido, se han convertido en mis amigos, casi hermanos, y también en un amor tan intenso que no puedo explicar. Soy contradictorio, pero me muestro tal como siento. Por eso, y por mucho más, no daré mis disculpas al mundo. Algunos las apreciarían, pero la mayoría no las creerían.


Me he movido por lugares donde jamás me habrían buscado. He vivido aislado conmigo mismo, casi sin poder soportarme a ratos, y conozco bien la soledad como la he conocido siempre. Pues, en la mayoría de las épocas, he vivido a solas. He sabido que es moverme en soledad pese a estar acompañado. Mi único deseo era tener un lugar, mis raíces, y ahora lo tengo. Vivo en mi castillo, un lugar que fue una maldición más a mis espaldas, y espero que Louis me acompañe, como siempre me ha acompañado su recuerdo, junto a otros inmortales que han sobrevivido al caos, el dolor, el pánico, el miedo, las lágrimas, el duelo y la verdad.  

Lestat de Lioncourt 

domingo, 15 de marzo de 2015

Luchar, amar... vivir

Marius y Daniel... historiador y periodista. Creo que pueden tener más que la curiosidad en común. Las ganas de luchar son mutuas. Sé que muchos se asombrarán de este dueto, pero es algo cierto que ya dimos a conocer. Prince Lestat pronto estará en todas las librerías de todo el mundo, en todos los idiomas posibles.

Lestat de Lioncourt 

La tenue luz del portátil ilumina ligeramente la habitación. Detesto las nuevas tecnologías. Extraño el viejo modo de elaborar informes, propagar información y ser franco con uno mismo. Sin embargo, los nuevos tiempos avanzan y las máquinas de escribir han sido relegadas. He optado por conseguir un ordenador y memorizar algunos hechos que he vivido. El papel en blanco da tanto miedo como este documento sin tacha, perfectamente inmaculado, que me espera como si brindara por todos mis miedos y los monstruos que habitan en los rincones oscuros de mi alma.

He sentido en mi piel el miedo, he saboreado la insatisfacción como si fuese un whisky añejo, notado en mi pecho el miedo bombeando la cálida sangre de mis venas y la verdad latiendo en mis sienes. Sí, lo he notado. No soy un vampiro sabio y estricto, pero he conocido mejores y peores tiempos. Quizás soy de esos supervivientes que no temen a nada, salvo a sí mismos. Temo quedarme encerrado en los laberínticos pasillos de mi mente, permitiendo que todo lo que me asusta me aterre tanto que no me deje salir.

Durante años pinté los tejados de medio mundo, reconstruí paisajes que yo recordaba, y los hice en miniatura para rememorar, o conmemorar, que estaba vivo como mis recuerdos y emociones. Sin embargo, de nada sirve. El café ya no posee sabor o interés para mí, el whisky no es lo principal en mi vida, y el agua no calma la sed para este monstruo. La sangre es importante. Bebo de animales, humanos o inmortales. No tengo demasiado cuidado a la hora de deshacerme de los cuerpos, pero sí en mis elecciones. Disfruto observando sus vidas mediocres, sus mentiras, sus apolilladas almas y finalmente me adentro en sus pequeños territorios, palpo la cálida piel que los recubre y bebo de ellos hasta la última gota.

Creo que ya comprendo todos esos miedos que tenía Armand. No sé si aún los posee. Quizás sí. Tal vez en estos momentos se enfrenta a alguno de ellos. No lo sé. No me importa ya que ocurra con mi creador, mi viejo amante y enemigo. Estoy demasiado lejos de él, su entorno y sus magníficos deseos de llamar la atención con su pose lánguida de niño abandonado.

La nieve se amontona allí fuera, igual que el aroma de la pintura. Puedo escuchar el murmullo del pincel manchando un lienzo en blanco. Él me comprende. Marius posee los mismos miedos que todos los artistas. Si es que puedo considerar a esto un arte. ¿Lo es el periodismo? Aunque, ¿puedo considerarme periodista o simplemente un superviviente de un mundo que ya ha sido destrozado mil veces? No lo sé. Creo que no me importa. Tampoco me interesa demasiado.

Cuando noto su mirada clavada en mi nuca, recorriendo mis hombros y bajando por mi espalda, siento un escalofrío recorriendo mi columna vertebral. Creo que lo amo. Me atrae su forma silenciosa de moverse a mi alrededor, sus manos acariciando mis cabellos y la profundidad de su voz cuando intenta averiguar como funciona el mundo. Aún intenta ser el sabio que creía que era, pues se ha dado cuenta que la sabiduría plena no existe y que los preceptos que él creía fijos, inamovibles por completo, se han convertido en polvo.

Él sabe que no hay marcha atrás. No se puede ir hacia otro camino. Estamos condenados. La voz sólo ha sido un aviso. Quedan cosas que conocer y comprender. Tal vez vuelva a ser el hombre activo que fui. He probado a usar libretas, agendas, máquinas de escribir... pero Benji, uno de los vampiros más jóvenes, me ha dado una lección importante. Las nuevas tecnologías son imprescindibles. Muchos aún no conocen la verdad, pero pronto saldrá a la luz para todos. El miedo puede hacerles dudar, reaccionar con sufrimiento y huir. Sin embargo, hay que afrontar los monstruos y darles luz con decisión.


Mi mejor decisión fue no permitir que quedase solo. Él para mí es importante. Sus caricias indecentes, sus labios susurrantes y el aroma de su cuerpo contra el mío. La rudeza de sus acciones provocan en mí que tiemble y mi alma ceda. La oscuridad es más apetecible cuando el dorado de sus cabellos está cerca.

  

miércoles, 28 de enero de 2015

Nunca lo pude olvidar

Aquí vamos de nuevo... Armand echándome la culpa de todo.

Lestat de Lioncourt 


Aparecí ante él como si fuera el ángel de la redención. La luz de la iglesia iluminaba mis cabellos rojizos dándoles el aspecto de una llamarada divina, mis ropas raídas parecían las de un niño perdido y la fuerza de mis ojos era, sin duda alguna, lo único que podía temer. Él sólo era un vampiro joven, alocado, sin leyes ni rumbo. Había elegido una vida indigna, según las normas que yo había aprendido, y decidí que él diese el ejemplo frente a todos. Era un problema para mí y para la supervivencia de algo en lo que ya no creía, y, que era muy probable, que jamás hubiese creído tan fervientemente como Santino.

Admito que él me recordó la esperanza que brilló en mí. Una esperanza dorada, como el sol de pan de oro de algunas iglesias, y cálida como los días de verano en Venecia. Pude sentir el vino de nuevo rodando por mis carnosos labios, la grasa de los pollos ensuciando mis enjoyados dedos y los besos incitantes de mi maestro. La música sonaba de nuevo a mi alrededor. Podía escuchar a las mujeres riendo y agitando sus pechos en sus despampanantes escotes. Sí, volvía al mundo del que surgí como un ángel y que terminó reducido en cenizas. Mi maestro, mi Dios, estaba allí vestido con su túnica roja y con esos mismos ojos, tan similares a los de Lestat. Deseé ser amado de nuevo. Quise que me abrazara en ese instante y así soportar mi derrota. Yo sabía que no saldría indemne de aquel encuentro. Sabía que él podía destruirme. Y aún así, pese a todo, estaba allí enfrentándome al peor de mis monstruos.

Quise vengarme por recordarme esa época. Deseé arrancarle esos hermosos ojos, quitarle el corazón de su cálido pecho y robarle todo lo que él tenía. Necesitaba destruirle. Sin embargo, me di cuenta que destruyéndole rompería todo lazo con la esperanza. Él me dio la vida y la muerte. De nuevo volví a ser aquel ángel, el hermoso querubín de alas negras, que observaba desde su privilegiada posición al mundo.


Cuando él me dejó decidí esperarlo, del mismo modo que esperé a Marius. Busqué en mí la firmeza que siempre quise tener. Me mantuve atado al teatro, vinculado a sus propiedades y a la promesa que él me había hecho. Nunca dijo que regresaría, pero pensé que volvería cansado de buscar respuestas. Y, cuando lo hizo, fue buscando a sus hermosas creaciones. No vino a por mí, sino a por mi ayuda. Creí volverme loco. Le odié, pero a la vez le deseé más que nunca.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt