Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 23 de marzo de 2017

Belleza

Julien es mi gran polo opuesto, pero le admiro por el amor que tenía hacia Richard.

Lestat de Lioncourt 


—¿Qué haces?—pregunté acercándome al tocador donde cepillaba su larga cabellera oscura. El cepillo se deslizaba por las elegantes ondulas de su cabello.

Sus labios, pintados con un carmín intenso, tenían una sonrisa pérfida que incluso llegaba a cuestionarme si estaba frente a un ángel, un demonio o simplemente el ser que amaba se hallaba tramando un malicioso plan en mi contra.

—Te ignoro—respondió cerrando los ojos para luego tomar una de sus brochas de pintura. Comenzó a aplicarse la base mientras yo colocaba mis manos sobre sus delgados hombros.

Sólo tenía un camisón escueto, el cual sólo le llegaba por la mitad de sus torneados muslos, de dos tiras delgadas muy finas.

—Te sale bien—dije hundiendo mi rostro en el recodo de su cuello hacia su hombro derecho. Mi nariz chocó con su oreja, de la cual colgaba unos pendientes de perlas hermosos engarzados en oro blanco, y mis labios rozaron su piel. Me quedé absorto en la imagen que proyectábamos en el espejo.

Se detuvo. Dejó el pincel de pintura sobre la polvera y se giró dejando cierta distancia. Sus largos dedos se movieron por mi corbata anudándola bien, pero de repente se entristeció. Algo en su rostro se llenó de amargura. Quería llorar, lo noté. Aprecié sus ganas de ponerse a llorar tan profundamente que no dudé en caer de rodillas.

—Aprendí de ti—chistó.

—Mi corazón es tuyo. Mi fidelidad es tuya—dije tomándole de las manos.

—Y de tu mujer así como de cualquiera de tus putas—su voz se quebró y las lágrimas bordearon sus mejillas.

—No lo comprenderías—contesté.

—Nunca lo comprenderé aunque me lo expliques mil veces, pero aún así estoy aquí vestido de fantoche, convirtiéndome en tu fetiche, viviendo una vida de mentiras, sonriendo a quien me mira para que no aprecie mi dolor y dejando que mis gemidos suenen cerca de tu oreja. Soy la puta más barata que tienes, pues la compras con un par de flores, caricias y unas promesas que no vas a cumplir. Julien Mayfair, eres el ser más terrible que conozco—aquello sonó peor que una bofetada.

Lasher surgió en el espejo mirándonos a ambos. Llevábamos el mismo traje gris humo, la misma corbata negra, la misma camisa blanca y los mismos gemelos de oro. Éramos dos seres perfectos, de rostros diferentes y miradas profundas que se miraron unos instantes. Él poseía mi cuerpo, él le daba sentido a mi “virilidad” autoimpuesta y a mis abrumadoras noches de bourbon, whisky y brandy. El hombre sensible, ese que leía poemas para que su alma triste no terminase de suicidarse, mientras la música sonaba en su gramola era enteramente suyo. Era de Richard.

—Nunca...—repetí mirando sus ojos castaños.

—Y aún así estoy para ti—dijo girándose para cubrir las imperfecciones del maquillaje.


Me odiaba. Odiaba no poder contarle tantas cosas... ¡Tantas que serían demasiado crueles!  

domingo, 22 de noviembre de 2015

Hambre

Daniel ha decidido dejar por escrito sus pensamientos sobre la sociedad actual. No todos estarán de acuerdo, pero para mí es un punto clave: estamos hambrientos. 

Lestat de Lioncourt 

El ser humano actual está enfermo desde hace décadas. Tiene una enfermedad que carcome su alma y la pudre lentamente. Los primeros casos aparecieron hace más de cincuenta años. La sociedad apenas estaba empezando a sumirse en una profunda oscuridad. Ésta enfermedad del alma es la pérdida del interés por la cultura realmente influyente o que contribuya a un enardecimiento del intelecto. Nos encontramos ante una sociedad que busca un arte fácil de digerir, simple y carente de profundidad igual que la mayoría de las almas que pueblan sus calles. Es un arte desechable, como la mayoría de los enseres, y muy consumista. Lo que valía ayer ya no vale hoy y hay que conseguir nuevos intereses que nos sacien, pero son tan endebles que jamás contribuyen a llenarnos. Nos convertimos en meras máquinas carentes de felicidad.

Hace algo más de cien años ir a un café no era un acto tan cotidiano. Sólo las personas influyentes podían darse el lujo de quedarse amodorrados con el humo del tabaco, el aroma profundo del café y del periódico de primeras horas de la mañana. Los empleados de las fábricas corrían agitados, igual que hormigas, de la casa a la industria y, por supuesto, cuando se asomaban al café introducían sus pensamientos con ahínco y desesperación. El bar, la taberna, los lugares de culto a la conversación se llenaban a media noche con encuentros de todo tipo. Los pensadores, escritores y artistas se camuflaban entre los airados y desesperados. Todos se unían en una mezcla distinta que los invitaba a dialogar. Hoy vas a un bar y pocos están conversando profundamente de temas artísticos o políticos, y quien lo hace no tiene idea de lo que está hablando. Seamos sinceros, la mayoría va a los cafés para tomar algo y ensimismarse en la televisión, la cual te dicta qué debes pensar, comprar e incluso cuantas veces al día debes respirar. Se ha perdido la cordialidad, el respeto al prójimo, la conversación fluida más allá de la manida charla del tiempo y hemos convertido al camarero en máquinas expendedoras. Ni siquiera miramos a la cara a quien nos sirve el café, té o cualquier refrigerio. Pocos son quienes dan los buenos días, tardes o noches. Aún más escasos son los que dejan alguna miserable propina.

Somos terriblemente hedonistas, y cuando digo somos incluyo también a todos los vampiros de éste perverso mundo. Disfrutamos de la diversión, pero ¿es de calidad esa diversión? ¿Se divierte nuestra alma recogocijándose con el arte y las vacías conversaciones de ascensor que se dan en los numerosos cafés? ¿Se ha perdido el impulso revolucionario? ¿Desde cuándo nos conformamos con acumular tiempo que luego malgastamos frente a la televisión? No usamos el tiempo y vivimos contra las manecillas del reloj. Viajamos apresuradamente por las calles y no contemplamos el cielo, aunque si lo hiciéramos veríamos una densa neblina que nos impide ver las estrellas o intentar soñar.

El arte está desapareciendo y el que renace, como si fuese un pequeño brote de esperanza, sólo se mantiene por intereses económicos. Además, como no, nos dicen cual es el más importante, el que debe representar a toda una generación como siempre y no en ser nosotros mismos quienes decidamos cuales son los más influyentes. Nos dejamos deslumbrar por artistas del circo metidos a domadores de espectadores, los cuales van a conferencias ilusionados y atraídos por falsas propuestas de mercenarios industriales. Compramos más de lo que necesitamos en vez de invertir el dinero, tiempo y esfuerzo en algo que realmente merezca la pena.


Los vampiros más jóvenes sufren ésta tendencia insana, pues han nacido en una sociedad capitalista e infame. No digo que el comunismo sea la solución, pero ¿un capitalismo tan salvaje es necesario? ¿Dónde quedó el mirar por la sociedad y sus verdaderas carencias? No, para qué. Es mejor, y más productivo para las grandes fortunas, generar necesidades que nunca se verán del todo cubiertas. Estamos insatisfechos y no lo sabemos, pues es nuestra alma la que clama y eso, señores, no lo pueden llenar los billetes amontonados a la hora del pago en un supermercado. Eso lo hace una conversación amena, un abrazo sincero, un libro que realmente nos cambie y un cuadro que nos recuerde a nuestra infancia... Una película que realmente posea un guión sólido, aunque no sea la típica que veas en una sala de cine. Algo especial, pues somos especiales y no nos pueden vender a todos lo mismo... ¡Pero lo hacen! Por eso estamos desesperados y aceptamos cualquier cosa convenciéndonos que es cierto, pues la desesperación genera que nos involucremos en guerras absurdas, divagaciones inconsistentes y aplaudamos a vendedores de humo.  

viernes, 16 de octubre de 2015

Por siempre

Marius ha vuelto a buscar a Armand. Me imagino el motivo, pero no quiero decirlo muy alto... esperen... ¡Sí lo haré! ¡CELOS DE ANTOINE!

Lestat de Lioncourt


Mentiría si dijera que no extraño su cuerpo junto al mío, pero sobre todo que no me inspira aún para alzar el pincel, colocarlo sobre el virginal lienzo y trazar sus seductoras líneas. Recuerdo cada recoveco de su cuerpo. Por desgracia estoy maldito pues su imagen me acompaña iluminando mi corazón, desquebrajándolo y provocando que sufra terriblemente. He aprendido a estar desconsolado, pero sobre todo he aceptado que no podemos ser lo que fuimos. Todo se perdió consumiéndose en aquel infierno de gritos, cuadros destruidos, muerte y cenizas. Todo, incluso nuestro tiempo.

Ahora me siento acompañado por el joven que él mismo depositó en mis manos, como si fuese un objeto sin valor. Había dado por perdido al Prometeo, su única creación, del mismo modo que yo lo di a él, pero de forma muy distinta. El muchacho parecía herido, su mente estaba llena de miedo y hundida en malos presagios. He salvado su alma y su mente sólo porque mi demonio particular, el ángel que todavía pinto a escondidas, puso su afán en darle algo que codiciaba.

Cuando levanto el pincel es su rostro tierno y pueril el que observo. Me mira con esos ojos castaños, de largas pestañas y hermosas cejas, llenos de deseo. Quiero abrir sus labios con los míos, enmudeciendo su boca, para comulgar con él y su estúpido Señor. Necesito que destierre el rencor que anida en su pecho por mis fracasos, por las nociones aprendidas por enemigos cruentos y por el mismo paso del tiempo. No soy bondad, pero tampoco malicia.

Ayer lo vi. Pude contemplarlo desde uno de los altos edificios de cristales, hierro, ladrillos, ego y banalidad. Caminaba entre el gentío con sus orejas cubiertas por unos minúsculos auriculares. Él escuchaba la voz cálida, ligeramente infantil, de aquel pequeño y sabio beduino que salvamos de la miseria, el hurto y las lágrimas en forma de rezos. Vestía como cualquier joven. Llevaba unas de esas llamativas y, según dicen, cómodas zapatillas deportivas. Tenía uno de tantos pantalones tejanos deslavados y una camiseta oscura con el estampado de un grupo de rock. El pelo lo llevaba suelto, algo alborotado, y parecía salvaje. Era uno de sus tantos disfraces. Entonces, tras descubrirme, se giró hacia el edificio, miró con ligera amargura y dolor, salió corriendo por las aceras y desapareció.


Me gustaría hablar con él, pero mi ego y su dolor me lo impide.  

Sabios ignorantes

Memnoch ha vuelto, pero sólo deja misivas. No sé qué es, pero insiste que es el demonio.

Lestat de Lioncourt


Es divertido jugar a ser Dios, ¿no es así? Disfrutáis arrancando los misterios de éste mundo, dándoles una explicación adecuada y comedida, para no sentir el pánico de una existencia vacía, sin fe y con un orgullo demasiado elevado. Aceptáis los cambios violentos que sacuden a los conocimientos como si fueseis máquinas predispuestas, puros ordenadores que procesáis información sin asimilarla ni comprenderla, y que, como animales adiestrados, explicáis sin sentimiento alguno.

Odiáis los logros alcanzados de otros, detestáis que puedan ser superiores intelectualmente y mortalmente, por eso lucháis por dejar un legado. Los viejos legados, las huellas de éste estercolero, antes eran ofrecidas como un paso a la inmortalidad y beneficio mutuo. Ahora es puro ego, puro deseo de destacar por encima de todos, y querer ser el científico del año, el doctor del año, el literato del año y, porqué no, el economista que salve el desastre que otros no supieron explicar.

Sois sucios y rastreros. Pertenecéis a una evolución pueril, con unas almas atroces y decadentes, pero a la vez tenéis una inteligencia excepcional y sois capaces de amar. El problema es que habéis olvidado amar lo sencillo, lo puro, lo alcanzable y necesario. Habéis olvidado que hay huellas que perduran más que un descubrimiento y son vuestros hijos, los que llevarán algún día la gloria de vuestra sangre, y os precipitáis a odiar manchando vuestras almas heridas.

La envidia os corrompe, del mismo modo que la corrupción por la ambición de dinero sucio y fácil. Sois enemigos de vosotros mismos, pues hasta vuestro reflejo os desprecia, pero alejáis la mirada y seguís el rumbo que creéis correcto, merecedor de esfuerzos y medallas. Me duele admitir que aún os amo y busco entre vosotros almas puras, hermosas y delicadas, que salvar. Pero es difícil. Estoy perdiendo la esperanza y las fuerzas.

Sólo veo miseria, deseos de grandeza, ganas de hundir al prójimo porque sentís que podéis ser los siguientes y un desprecio descomunal a la historia que os ha forjado. Olvidáis las guerras y creáis otras similares, tropezáis siempre con la misma piedra y encumbráis al ladrón que vende su patria a pedazos. Os creéis cualquier mentira regada en papel y tinta. No sabéis soñar si no os ayuda el cine, la televisión cargada de programas indecentes y los psicoanalistas baratos. Ya no tenéis capacidad de imaginar porque la anuláis. En las escuelas os recortan el alma, cuadriculan vuestras mentes y os obligan a ser iguales. Lo distinto os asusta, cuando eso os hace fuertes, libres y sabios.


Abrid los ojos, queridos míos, porque yo estoy aquí y quiero abrir mis alas para protegeros.  

jueves, 15 de octubre de 2015

Rock

Noté la música rugiendo en las calles, junto al motor de las pesadas harleys, y quise salir. Podía escuchar el bullicio de miles de almas buscando un guía, la luz dentro de la oscuridad, y yo poseía esa luz. Tenía una verdad que contar y ahí fuera, lejos de mi encierro, yacían nuevos sueños que conquistar, metas que alcanzar y sangre que saborear. Mis largos y huesudos dedos escarbaron hacia la superficie, los animales que fueron apareciendo saciaron ligeramente mi sed, y al surgir me sentí más fuerte e invencible.

Dije adiós a la pesadilla, las heridas, las cicatrices, el dolor, el humo, las mentiras y el silencio. Saludé al asfalto, los altos edificios, las luces de neón que brillaban más que el sol mismo y recorrí las calles buscando víctimas como un gato cerca de una alcantarilla. Me deslicé por las sombras y robé vidas, tantas como pude, para luego contemplarme en uno de los espejos de los vehículos apilados en la acera aledaña a mi propiedad. Hermoso, volvía a ser hermoso. Di la bienvenida a todo lo que amaba y reí. Creo que me jacté de nuevo del destino y dejé que mis oídos prestaran atención.

¡Música! Maldita y entregada al caos, desprovista de creencia alguna más allá del triunfo y la gloria temprana, que tanto me apasionó. Era la recompensa a años de silencio. Corrí por las calles y llegué hasta un grupo de mortales. Ellos no creían lo que veían ni creyeron mi historia, pero aceptaron mi dinero y talento.


El rock me despertó, me trajo la savia nueva, y me llevó al límite del placer. ¡Cuánto le debo a esa música del demonio! Porque gracias a ella me hice guía de almas, comunicador de escéptico y desperté a la Bella Durmiente. Aquello que hoy somos es gracias a mi descubrimiento, que en realidad fue la canción de cuna que terminó dándome las energías necesarias para aullar en un escenario... ¡Casi dos siglos después!  

Lestat de Lioncourt 

lunes, 12 de octubre de 2015

Poema de café

Arjun ha dedicado éste poema a Pandora. Seguro que le gusta.

Lestat de Lioncourt


Saben a café y menta fresca 
por intensos y refrescantes. 
¡Qué provocadores esos labios tuyos! 
Ellos que son en sí un mundo. 

Si tú me lo permites te daré todo: 
enloquecida alma y torpe cuerpo.

 Saben a tesoro y paraíso 
 porque ha sido oculto y exótico. 
 El beso que te he robado 
 y que me ha liberado.

Tus ojos son cafetales intensos 
que calientan mis noches amargas, 
las que llevaban los vuelos de tus faldas 
y esos suaves y comprensivos besos.

Tú eres el sueño de éste príncipe, 
de un hombre perdido en el delirio del amor.

Esas madrugadas que siempre tengo
cuando despierto con los brazos vacíos,
y con dolor en mi corazón herido...
Te dije que te amo y aún lo mantengo.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Belleza

Amel es el espíritu que cohabita con mi alma. Es para mí un igual y yo para él lo soy.


Lestat de Lioncourt


Reconozco la belleza cuando la veo. En ti veo belleza. Tú eres algo más que un rostro hermoso, pues posees la fuerza necesaria para levantarte y luchar con todas tus fuerzas. No hay nada más hermoso que un ser que no se de por vencido. Tú tienes una belleza mágica, atractiva, que atrapa hasta adormecer los sentidos del resto. Ya no es tu hermoso cabello dorado, ni tus profundos ojos claros, tu generosa boca o tus pómulos marcados. Ni siquiera tu portentoso cuerpo de joven eterno. No. Nada de eso, príncipe. Eres belleza salvaje, y como salvaje dominas éste mundo de alquitrán y altos edificios. El jardín está repleto de flores peligrosas, tan peligrosas como tú, pero sabes caminar sin caer en el perfume de otros. Sabes librar tus propias batallas, pero también las que otros no son capaces de empezar.

Mi concepto de belleza no es el tuyo. La belleza que yo admiro no es la que otros creen. Del mismo modo que tú has sabido ver bondad, soledad y dolor en mí yo he sabido ver en ti al perfecto compañero. Jamás volveremos a estar solo. No te sentirás solo. Estaremos caminando acompañados, el uno del otro, convirtiéndonos en un mismo ser. Sonreiremos a la luna, saludaremos a las nuevas aventuras y conocimientos que nos atrapen. No permitiremos que la rebeldía se apague, pues es un fuego que nos calienta la sangre. Buscaremos el delicioso de la sangre de un condenado y brindaremos carcajeándonos de nuestra suerte.


La conversación jamás acabará. Siempre estaremos el uno para el otro. Reinaremos sobre vampiros, espíritus, diversas criaturas y mortales. Nos convertiremos en una especie de Dios benévolo que escucha a sus súbditos, los abraza y ama sin importar que no sean perfectos. Pues nosotros tampoco somos perfectos, pero sí somos hermosos. Belleza, Lestat. En ti vi belleza. Yo también deseo ser bello.  

viernes, 27 de febrero de 2015

Petronia, mi hermosa criatura

Arion y Petronia... Muchos señalan a las personas hermafroditas, andróginos, transexuales o simplemente con rasgos distintos. Hay quienes odian a los de distintas razas, culturas, etnias o religión. Cosas absurdas, ¿verdad? Pero aún sucede. Te juzgan y te condenan. Petronia vivió en una época peor que la actual y tuvo que soportar muchas burlas. Arion aún intenta curar esa parte que carga, ese dolor que la aplasta, y eso es digno de una ovación.

Lestat de Lioncourt

Quizás todo lo que importa se pueda reducir a una solo sentimiento, el cual pervive a pesar de los pasos de los milenios. Ella logra que el dolor se evada y la soledad se marchite en mi corazón. Ella desahoga su rabia, la cual provoca que no pueda descansar, en mis brazos y contra el arte donde encontró su refugio. Ella sacó el amor y lo grabó en mi pecho, del mismo modo que sus útiles dan forma a los camafeos. En ella puse mi fe, mi corazón y todos los consejos que nadie me dio. Amor, eso es lo que importa.

Hablo con ella cada noche lanzando miradas cómplices, sonrisas silenciosas y manos suaves que se entrelazan entre las suyas. He secado tantas lágrimas como calmado sus puños. Ella sobrevive con las miserias ocultas en cada rincón oscuro de su alma. Entre nosotros impera el silencio lleno de amor, pasión y libre de cualquier perjuicio. Yo conozco bien su dolor, el peso de sus cadenas y el dolor que se arrastra en cada milímetro de su fina figura.

Mi amor es ella. Para mí es una dama, una guerrera y el chico desgarbado que todos señalaban. No me importa el sexo que elija, pues para mí siempre será la perfección hecha piel de seda color marfil, labios suculentos, pómulos marcados y ojos de violenta tormenta color café. Tan hermosa, tan delicada, tan fuerte y tan villana. La ensalzaron entre las zarzas de la mentira y la crueldad, pero ella demostró que en realidad sólo mostraba cuan dura podía ser la vida, la cual podía ser una terrible condena.

—¿Qué ves cuando me miras? Sé sincero, mi dulce maestro—murmuró una noche. Ella lo hacía tomando mis manos entre las suyas, acariciando la yema de mis dedos, mientras intentaba no llorar.

—Un ser hermoso—dije soltando sus manos, para estrecharla contra mí.

Se había maquillado para mí, recogido su cabello con cuidado y realzando sus pequeños pechos. Era mi dulce criatura. Un ángel entre las ruinas de un mundo destrozado por la codicia y las malas lenguas. Ella nunca fue amada como yo lo había hecho. Todos la despreciaban. Pero para mí, Petronia, simboliza la belleza más absoluta. Es perfecta. No importa que su sexo esté dividido y sea tabú todavía para miles.

—¿Mujer u hombre?—preguntó con la voz rota por el miedo.

—¿Eso importa?—respondí a su pregunta—. Lo importante es que tú has logrado que siga viviendo, pese a mis miserias y tragedias.


Para mí siempre será la criatura que secuestró mi aliento y me dio el alimento del amor.  

domingo, 21 de diciembre de 2014

Bondad, nieve y belleza

Ashlar era bondadoso. En numerosos pasajes sobre este Taltos se puede ver claramente su bondad.

Lestat de Lioncourt


Copo a copo las calles se llenaban de nieve amontonándose por doquier. El tráfico era imposible. En la televisión el hombre del tiempo hablaba sin cesar de las grandes nevadas que se estaban produciendo en ciertas zonas del país. El Estado de New York temblaba de frío y miles de indigentes parecían que tendrían serios problemas, pues los albergues estaban repletos. Desde mi escritorio, en el confortable apartamento que había adquirido hacía años, medité sobre las consecuencias del frío en el mundo. Recordé cuantos de los míos habían perecido al cambiar las tierras cálidas por las húmedas y frías de Escocia. Nos vimos obligados a huir de aquella erupción volcánica y tuvimos que agradecer que ya existiera medio de transporte que cubriera ambas costas.

Acabé llorando como un niño pequeño. Me abracé al prototipo de muñeca que se hallaba cómodamente sentada en mis rodillas. Miré por la ventana con la vista borrosa y suspiré. Tenía que hacer algo. Creo que fue el primer año que hice algo tan espectacular por todos los que se encontraban desahuciados de la bondad humana. Esa bondad que sólo surge en Navidad.

En cientos de ocasiones había realizado donaciones a los albergues de la zona, colaborado con campañas de juguetes para diversas fechas puntuales en el año, donado de forma anónima colchones y mantas, colaborado con la reincorporación al mundo laboral de hombres y mujeres muy cualificados pero en exclusión social y cenado con personas de todo tipo que se hallaban en la calle. Sin embargo, jamás había abierto las puertas de mi hogar a un grupo tan grande de personas. Sí, llamé de inmediato a varios de mis hombres y pedí que hicieran las gestiones oportunas.

El gran salón de juntas se llenó de bollos, café caliente, sopas, té humeante de melocotón, zumos, pasteles de chocolate o manzana, bocadillos y barritas energéticas. También había pequeños paquetes de aseo, mantas y almohadas. Todos ellos tendrían unas noches de hotel gratuitas y los que contaran con oficios interesantes, como artistas o personas que hubiesen trabajo en empresas de transporte, posiblemente optarían a nuevos puestos de trabajo en la nueva fábrica de juguetes educativos que estaba terminando de instalarse en las afueras de la ciudad.

Muchos me tacharon de buen samaritano, algunos incluso me llamaron cristiano de buen corazón, pero nada tenía que ver con la religión o los pasajes bíblicos. Lo único que deseaba era mostrar al mundo que se podía hacer mucho con un poco de esfuerzo. Algunos de mis trabajadores decidieron colaborar de forma desinteresada. Varias personas de la fábrica se acercaron con muñecas que ya no salían del stock, las cuales incluso habían sido retiradas del catálogo, para ofrecerlas a los niños que allí había. Deseaban pagar el importe de los juguetes, pero no lo permití. En realidad, mis muñecas eran suyas aunque les pagase por realizar el trabajo.

Ese día me sentí menos solo, pero aún así mi tamaño destacaba y mis viejos ojos parecían cansados. Abracé a tantos cuanto pudieron abarcar mis brazos. Besé la frente de muchas mujeres y las mejillas de hombres que parecían no tener nada en éste mundo, ni siquiera una pizca de amor. Tuve en mis faldas a niños de todas las edades. Esa víspera de Navidad, ese primer día de invierno, fue para mí especial y mágico. Los siguientes años, con las primeras nevadas, empezaba el ritual. Pedía que recogieran indigentes de las calles, los llevaran a mis apartamentos y les diesen techo, comida y aseo.


Tenía tanto dinero que no me importaba derrocharlo en algo que realmente merecía la pena. No lo hacía por aplausos, sino por el cariño y bondad que obtenía a cambio.  

jueves, 10 de julio de 2014

Lealtad y belleza, Mojo

Aquí el motivo por el cual amo a los perros: su fidelidad y amor incondicional. 

Lestat de Lioncourt 


Lo observaba descansar sobre el sofá, con sus enormes patas delanteras cruzadas y el hocico sobre ellas. Aquel hocico negro y húmedo que guardaba esa gran lengua con la que llenaba todo de babas. Esos ojos bonachones, tan distintos a muchos humanos, mostraban comprensión y tristeza. Sabía que era hora de la despedida, pero no lo deseaba. Él lo visitaba cada noche, jugaban como si el tiempo no pasara, y aquel enorme edificio era su hogar, su territorio, aunque le gustaría cambiarlo por estar junto al ser que tanto adoraba.

—Mojo, es la hora—dijo acercándose a él para pasar sus manos por su pelaje—. ¿Por qué siempre me haces estos dramas? Sabes que mañana regresaré, jugaremos a revolcarnos y guardar huesos. Además, Susan te trata bien—murmuró suspirando pesadamente.

—Siempre es igual, cada noche—comentó la joven desde la puerta.

Era una mujer delgada, de piel blanca y mejillas rosadas con una sonrisa radiante. Además, tenía una mirada profunda y café, un cabello rubio muy espeso y siempre iba impecablemente vestida. Parecía una jovencita, pero no lo era. Rondaba ya los cuarenta y debido a su soledad, como si fuese un vampiro que huye de un igual, necesitaba a Mojo.

—Lo sé—se inclinó sobre él y lo abrazó. Pudo sentir como aquel enorme animal hundía su hocico en su cuello y suspiraba. No podía hacerse cargo de él en casa, pues era imposible, pero visitarlo le daba cierta esperanza.

Según su teoría la nobleza de los animales era algo que faltaba en el mundo, igual que la auténtica belleza de la hermandad que éstos poseía. Para él, todos deberíamos ser perros o animales en sí. Un animal menos evolucionado hacia el cinismo, la mentira y el ego profundo. Incluso él. Sí, él también. Sentía que ni siquiera él podía decirse bueno comparado con un animal como ese.

—Te amo—le dijo apartándose de él para mirarlo a los ojos.

Poco sabía que aquella noche sería una de sus últimas visitas. Memnoch lo asaltaría, quedaría postrado por algunos meses en una capilla y perdería la noción del tiempo. Al despertar Mojo no viviría, aunque había dejado descendencia y de esa descendencia, en su honor, tomaba un cachorro y lo bautizaba igual que el anterior.

Ahora, esta misma noche, persigue a uno de esos Mojo, el más parecido a su Mojo, que corretea por el jardín persiguiendo los aspersores.

—¡Mojo!—gritó—¡Maldita sea! ¡Te acababa de dar un baño!—echó a correr tras él, sin importarle demasiado el mojarse, llenarse de barro y caer por un descuido. Pues, era Lestat y le encantaba revolcarse en el césped con él mientras le confesaba todos sus extraños sueños.


lunes, 9 de junio de 2014

Beautiful monster

Una noche de sed junto a Louis, eso es Bautiful monster... 


Lestat de Lioncourt 

La noche había caído con toda su intensidad y las diversas luces, las cuales salpicaban el perfil de la ciudad, ya brillaban con mayor fuerza que las propias estrellas. Sus ojos recorrían con cautela la silueta de cada mueble, posándose por unos instantes en la lámpara de queroseno que se encontraba encendida. El suelo estaba descuidado, las cortinas algo raídas y las paredes negras. El fuego había consumido parcialmente aquel hogar. Era una de las pequeñas viviendas que Lestat había adquirido y abandonado, pues él la había destrozado. Louis se había hecho con ella, para guardar sus numerosos libros y olvidarse allí, como si pudiera hacerlo, de todos los recuerdos que le perseguían como si fueran terribles fantasmas.

Se incorporó del sillón dejando el libro, que sostenía desde hacía rato entre sus manos, en una mesa pequeña y retorcida. Sus mocasines hicieron crujir las tablas de madera del suelo, como si fuera un viejo ataúd, y entonces decidió salir. Caminó hacia la puerta, giró el pomo y salió a la noche. El aroma del pantano cercano le provocó cierta nostalgia, pero sobre todo el dondiego que crecía a un costado de la propiedad.

Salió al jardín, acarició con la punta de sus dedos las hojas de las rosas, observó el camino empedrado de losas heterogéneas y se acercó a la valla. El hierro chirrió, igual que un trueno, provocando que sonriera. Sabía que buscaría una nueva víctima, la sed provocaba cierto ardor en su garganta y sus ojos verdes brillaban como los de un animal salvaje.

Louis ya no era el mismo. No era el filósofo y mártir. Hacía más de una década que no lloraba, no se lamentaba, no era nada más que colmillos y rabia. Se abrazó a sí mismo, sintiendo la fina tela de su camisa blanca, y echó a caminar por las calles aledañas a la propiedad. Los vehículos pasaban a su lado, los jóvenes se tropezaban con él sin siquiera prestarle atención, las farolas iluminaban levemente su piel algo tostada y su mirada se volvía más terrible. Finalmente, halló lo que buscaba.

Era una mujer delgada, de aspecto algo enfermizo, con el cabello rubio encrespado y los labios pintados con un tono rojo muy llamativo. Vestía con una falda corta, de tela jean, y una blusa anudada en sus pechos, que era del mismo tono que sus labios. Una puta cualquiera. De esas fulanas que te venden incluso su alma por una dosis de droga. Él sonrió, como cualquier pervertido sin escrúpulos, y la tomó del brazo llevándola a un callejón cercano.

Ella lo miró, como quien mira a un demonio, e intentó hacer su trabajo. Sin embargo, no era placer sexual lo que buscaba Louis. Él clavó sin piedad sus colmillos, traspasó la piel y la carne, para beber sin escrúpulos de ella. Lentamente dejó de tener fuerzas, cayó a sus pies como el envoltorio de un chicle y salió fuera. Con cuidado acomodó sus largos cabellos ondulados, sonrió y se lamió los labios pues aún sentía el calor delicioso de la sangre brotando entre sus dientes.

—Oh nuit, oh laisses encore à la terre. Le calme enchantement de ton mystère. L’ombre qui t’escorte est si douce—tarareó metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones—. Estúpida...—murmuró con una sonrisa cruel.



martes, 21 de enero de 2014

Poema a tu belleza

Bonsoir mes amis!

Como cada día os traemos algo interesante. Hoy Arjun ha querido demostrar una vez más su habilidad con los versos para dejar un pequeño poema para Pandora.

Lestat de Lioncourt


Poema a tu belleza

Las luciérnagas se convirtieron en estrellas
mientras el cielo tomaba el color de tus cabellos
y la luna se alzaba gigante y bella
sin poder opacar hermosura de tus ojos negros.

La nieve se fundirá con las curvas de cuerpo
y te cubrirá con su puro y frío manto.
Las rosas morirán de envidia al ver tus labios
pues serán más rojos que la sangre de los santos.

De los arroyos cristalinos de sierras ocultas
creado por las lágrimas de hermosas musas
y seducidos por los cantos de las sirenas
se unirá a la melodía de tu voz cuando susurras.




Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt