Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 29 de junio de 2016

Condenado

Una vieja carta que me entregó Eleni. Es increíble que aún la conservara.

Lestat de Lioncourt 


París me mostró su lado perverso y acepté su sabor a herejía. No sólo acepté que no deseaba pudrirme entre documentos, juicios y pelucas empolvadas viviendo cómodamente en una burguesía esclava del dinero, el escaso tiempo y un matrimonio por compromiso social. Yo ansiaba ser libre y hundirme en el pozo de la desesperación, porque necesitaba algo que envolviera mi locura y le diese una forma artística por pérfido que fuese. Acepté la música como única escapatoria. Cuando tuve un violín en mis manos por primera vez creí que el mundo al fin se abría ante mí. Comprendía que ya era demasiado adulto para ser un excelso violinista. Ya había cumplido mis dieciocho años y era imposible volver atrás en el tiempo. Pero al regresar con él bajo mi brazo, aceptando incluso los golpes e increpaciones de mi padre, conocí algo más satisfactorio y cruel para mi alma. Conocí el amor.

Besos a escondidas, caricias a plena luz sólo cuando nadie observaba y encuentros bajo unas sábanas desconocidas o en un cobertizo donde nadie pudiese siquiera pensar que dos hombres se abrazaban satisfechos. Éramos un escándalo que recorría las calles del pueblo. Todo el mundo empezaba a sospechar de nuestra amistad tan íntima. Mi violín sonaba todas las noches para ti igual que mis gemidos. Te convertiste en una antorcha que me quemaba e iluminaba el mundo que siempre había estado a oscuras. Eras mi amor.

Me ilusioné como un niño pequeño ante una promesa de su padre. Creí cada palabra que salía de tu boca. Acepté nuestro compromiso para huir a París. Pero allí, en esa ciudad que comenzaba a ser el epicentro de la revolución cultural y social, descubrí que tú me ocultarías del resto del mundo como si te avergonzase. Comenzaste a triunfar como actor y yo quedé en el foso de los músicos. Permanecí allí escuchando tus correrías con las actrices y viendo como devorabas sus senos cuando estos se ponían a tu disposición tras la tramoya. Tuve que soportar ser tu segundo plato.


Si escribo esta carta es porque necesitaba gritar la rabia. Te he ofrecido quedarte a mi lado pensando que esta vez te quedarías. Tú me has dado una nueva vida aunque sin que creas que la merezco. Este teatro, el que tuvo que contemplarnos cayendo en desgracia, lo convertiré en el epicentro de la vida cultural de esta sociedad podrida. Aceptarán mis espectáculos llenos de horror y libertad. No importa si regresas porque si lo haces yo seré distinto porque me reinventaré cada noche.  

sábado, 30 de abril de 2016

El rock purifica

El último bastión de libertad se llama rock. Reconozco que es una droga dulce que se inyecta con facilidad y provoca un placer incomparable. He recorrido el mundo con cientos de canciones aullando las miserias de mi alma. Disfruto echándome en la cama de cualquier hotel, por mediocre que sea, con los auriculares puestos susurrándome versículos prohibidos sobre placeres carnales, destrucción y libertad. El rock es rabia, placeres y seducción de las masas. La protesta social se ha mezclado con letras profundas y otras suaves que endulzarían cualquier corazón hasta provocar que el cuerpo caiga rendido.

Conocí por casualidad esta música y ya no sé vivir sin ella. Es increíble que me deje llevar por su eléctrica sensación teniendo en cuenta que no soy humano, que mi época quedó atrás hace tiempo y que debería alejarme de sus canciones cargadas de voces desgarradas. Sin embargo, no es así. Quizá me convertí en vampiro porque debía conocer este tipo de sensaciones. La rebeldía del rock me ha hecho fuerte y ha logrado que rompa cada uno de mis miedos en mil pedazos.

Suelo tomar mi Harley para hacerla rugir y permitirle al mundo que conozca mi pasión. He recorrido las carreteras como un alma endiablada mientras gritaba libertad. Jamás he usado las medidas de seguridad porque no voy a morir, nunca moriré. Mi dorada melena al viento, completamente revuelta y enredada, es como un símbolo de locura y placer.

Admito que la música siempre me hechizó potenciando mis sentimientos, adentrándome en un valle de lágrimas o de coros celestiales, hasta límites que ni siquiera puedo explicar. He experimentado un placer infinito en mitad de grandes eventos pero sobre todo cuando subí a ese escenario, grité mi nombre y todos comenzaron a corear mis canciones. A veces me pregunto qué hubiese pasado si Akasha no hubiese matado a cientos de jóvenes ese día o si fue ella la única que controlaba sus pensamientos.

Hoy me da fuerzas distintas cada canción, pero en ocasiones recuerdo únicamente a una persona cuando la música se vuelve turbia, las letras torcidas y las voces parecen lamentarse por tiempos pasados que parecen mejores. Su silueta aparece de la nada frente a mí con el rostro cubierto de rabia contenida. Puedo ver con claridad a Nicolas moviéndose por la habitación y retorciéndose con su violín que se eleva incluso por encima de las canciones que yo tarareo.

Reconozco que no soy capaz de olvidarlo. Amo profundamente a Louis. Sé que mi vida sería miserable sin él. He aprendido a aceptar que no soy capaz de vivir sin pensar en sus ojos verdes, sus labios de palabras profundas y tristes, sus constantes consejos que caen en saco roto y sus brazos confortables que me rodean ocasionalmente. Me gustaría que dejase de llorar por mi culpa pero soy incorregible. Sin embargo, si me pongo a pensar no hubiese conocido a mi gran amor si el primero de todos, aquel que nos moldea y se queda por siempre tatuado en nuestra alma, no hubiese muerto.

Bajé a los infiernos buscando respuestas. No sólo quería hablar con Memnoch. Reconozco que quería encontrarlo y pedir disculpas una y otra vez, aunque él no las aceptara y me destrozara el corazón una vez más. También contuve la respiración y la esperanza entre mis manos mientras me mostraba la casa de Dios. El Cielo parecía placentero alejado de la tortura física y la escasa certeza de que todos compartían. No lo encontré. No hallé a nadie que pudiese darme una pista. Él tampoco ayudó. Al parecer Memnoch no se percató de mis ansias de volver a ver a Nicolas.


Esta noche he escuchado una canción que me ha destruido por completo. Estoy escribiendo esta carta en un motel barato de carretera. La música suena con fuerza en mis audífonos y dejo que mis lágrimas manchen mi rostro una vez más. Jamás había escuchado a este artista y creí que el rock estaba decayendo desde hacía algunos años. He necesitado ordenar mis pensamientos y dejarlos plasmados. Detesto que muchos crean que el rock no muestra sentimientos y que sólo es vanidad. Hay estúpidos que aún creen que las revueltas sociales se dan por puro capricho y no por el sentimiento de impotencia, ira y dolor que siente el pueblo. La rebeldía es una muestra más de un sentimiento de disconformidad. El amor de sus baladas y el murmullo de canciones como estas que me hacen recordar lo estúpido que fui, lo ciego que estuve y lo torpe que sigo siendo.


Lestat de Lioncourt   

lunes, 11 de abril de 2016

Juegos y música

Dicen que todos tenemos un amor esperándonos pero que hay que esperar, que no podemos estar buscándolo en cada puerto, porque a veces tarda siglos como a Armand.

Lestat de Lioncourt 

Siempre a primera hora de la noche se sentaba frente a la enorme pantalla de plasma, colocaba sus delicadas manos sobre la videoconsola y la encendía para empezar a manosear el mando intentando pasar las primeras horas desfogando su rabia, tristeza y energía en un juego que parecía entretenido incluso para él un vampiro de más de cinco siglos. Sus cabellos castaño cobrizos estaban ligeramente recogidos, pues algunos mechones caían por sus sienes y rozaban sus pómulos, y su ropa solía ser bastante cómoda y para nada eran las elegantes chaquetas de terciopelo, sus bonitas camisas de seda o sus impecables pantalones.

Yo solía quedarme a pocos metros observándolo hasta que Sybelle tiraba de mí, me hacía ir hasta el piano y tocábamos a dueto alguna de mis piezas. Pero esa noche decidí que no la acompañaría. Me fascinaba el murmullo de la pantalla y la quietud de su rostro. Parecía realmente un adolescente común y feliz. Olvidaba por completo el rechazo de su maestro, las mentiras y sufrimientos que había pasado a lo largo de su vida eterna, y sonreía con la belleza de un ángel. Aunque el videojuego fuese violento no quitaba esa paz de su rostro.

Levanté el violín que llevaba entre mis manos y lo coloqué sobre mi hombro derecho, puse mi barbilla en su lugar y comencé a tocar pellizcando las cuerdas primero para luego pasar el arco, intercalar nuevamente mis dedos y dejar al final que la pasión me desbordara retorciéndome por la habitación, dejando que mis pies se movieran por toda la estancia. Al terminar él seguía jugando pero pausó la partida, cambió el programa, colocó otro mando y fue hacia mí para que me sentara con él.

—Yo no sé jugar—respondí mirando la pantalla.

—Quiero compartir esto contigo—dijo apoyando su cabeza en mi hombro izquierdo—. Antoine, por favor...

Esas palabras llegaron a mi corazón ablandando cada pedazo hasta convertirlo en nada. Suspiré sintiendo que mis mejillas ardían y mis manos temblaban. Quería que él se sintiera cómodo de compartir conmigo cada momento y por eso terminé jugando. Las horas pasaron rápido y cuando me arrancó el mando de las manos acabó besándome.

—Te amo—susurré abarcando su rostro entre mis manos—. Te amo, Armand.

—Me gustó mucho la pieza que has compuesto esta noche—dijo con una leve sonrisa—. Noté que la pieza era nueva.

—Fue algo improvisado—respondí perdido en sus ojos castaños—. Tú me inspiras. Quiero que seas feliz a mi lado y curar cada una de tus cicatrices.

—Eso es imposible. Nadie es feliz por completo y mis cicatrices son muy viejas—contestó colocando sus manos sobre mi torso—. Pero sé que te estoy amando como a nadie. Has logrado llegar a mí como un soplo de aire fresco por una ventana que creí cerrada.


La tecnología siempre es tentadora para él, pero para mí lo son sus labios. No puedo negar que me divertí y comprendí porque él se emocionaba con las canciones de rock tan estridentes como apasionadas, las letras se mezclaban con las emociones que producía salvar el mundo una y otra vez. Sin embargo prefería acariciar sus mejillas con mis pulgares a sostener el mando de la videoconsola. Él y yo nos amábamos desde hacía meses pero aquella noche lo confirmé. Su alma parecía tan revuelta como un mar embravecido y mi corazón latía con una fuerza inusitada.  

jueves, 15 de octubre de 2015

Rock

Noté la música rugiendo en las calles, junto al motor de las pesadas harleys, y quise salir. Podía escuchar el bullicio de miles de almas buscando un guía, la luz dentro de la oscuridad, y yo poseía esa luz. Tenía una verdad que contar y ahí fuera, lejos de mi encierro, yacían nuevos sueños que conquistar, metas que alcanzar y sangre que saborear. Mis largos y huesudos dedos escarbaron hacia la superficie, los animales que fueron apareciendo saciaron ligeramente mi sed, y al surgir me sentí más fuerte e invencible.

Dije adiós a la pesadilla, las heridas, las cicatrices, el dolor, el humo, las mentiras y el silencio. Saludé al asfalto, los altos edificios, las luces de neón que brillaban más que el sol mismo y recorrí las calles buscando víctimas como un gato cerca de una alcantarilla. Me deslicé por las sombras y robé vidas, tantas como pude, para luego contemplarme en uno de los espejos de los vehículos apilados en la acera aledaña a mi propiedad. Hermoso, volvía a ser hermoso. Di la bienvenida a todo lo que amaba y reí. Creo que me jacté de nuevo del destino y dejé que mis oídos prestaran atención.

¡Música! Maldita y entregada al caos, desprovista de creencia alguna más allá del triunfo y la gloria temprana, que tanto me apasionó. Era la recompensa a años de silencio. Corrí por las calles y llegué hasta un grupo de mortales. Ellos no creían lo que veían ni creyeron mi historia, pero aceptaron mi dinero y talento.


El rock me despertó, me trajo la savia nueva, y me llevó al límite del placer. ¡Cuánto le debo a esa música del demonio! Porque gracias a ella me hice guía de almas, comunicador de escéptico y desperté a la Bella Durmiente. Aquello que hoy somos es gracias a mi descubrimiento, que en realidad fue la canción de cuna que terminó dándome las energías necesarias para aullar en un escenario... ¡Casi dos siglos después!  

Lestat de Lioncourt 

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Canciones

Sybelle me atrae con su forma de expresarse, aunque no dejo de decir que está algo loca.

Lestat de Lioncourt


A veces me gustaría poder captar todo lo que siento y transmitirlo de un modo que todos puedan comprender. Me veo envuelta en una vorágine de sentimientos, de unas emociones demasiado fuertes, como para poder mantenerlas prisioneras por mucho tiempo. Observo demasiado, callo demasiado, medito demasiado y concentro mis lágrimas en momentos a solas donde me dejo llevar. El piano es mi único confidente digno, aunque he llegado a amar tanto a Armand que puedo considerarlo mi gran punto de apoyo.

La música es lo único que tengo. Realmente no tengo nada más valioso que la música. Ni siquiera las joyas, las cuales me regalan muy a menudo, pueden eclipsar la belleza de mi estilizado piano de cola. Siempre he amado la música en todos los sentidos. El sonido de las pisadas de aquellos que amo, el ritmo que cada uno tiene al caminar, es música para mí. Amo el crujido de la ropa en un abrazo tierno o apasionado. Me dejo seducir por el susurro de las palabras, por muy lejana y típica que sea la conversación, que termina siendo como una melodía que acaricia mi oído. Pocos saben mis más íntimos deseos, los demonios que quiebran mi corazón o cuántas lágrimas he derramado. Nadie lo sabe.

Hace unas noches logré conversar con Lestat, el cual es la esperanza de toda nuestra raza. Aunque diría, pese a lo extraño que puede llegar a sonar, que es la esperanza de los mortales, inmortales y distintas criaturas que yacen en la profundidad de éste magnífico y temible mundo. Él me habló de Nicolas. Me confesó el amor que aún sentía ante los viejos recuerdos de su antiguo amante. Aquella misma noche me senté ante el piano y toqué una melodía para su alma, pues espero que allí donde esté lleguen mis notas y la pasión que pongo en ella.


Me gusta poner música a las historias, los rostros y los pensamientos. Porque la música tiene color, forma, olor y poder. Posee un poder inmenso.  

miércoles, 22 de julio de 2015

Ángel de la música...

Salvé a Antoine porque así lo quería. Él me parecía maravilloso y digno de la sangre. Era digno de ser hijo mío. Me siento orgulloso haga lo que haga mientras eso lo mantenga cuerdo y vivo.

Lestat de Lioncourt 


He creado música para alimentar mi alma y curar las heridas de otros. He compartido mi melodía con los desarrapados del mundo, aquellos que fueron olvidados por la gracia divina y se hundieron en las tinieblas de sus propios demonios. La mayor virtud de la música es la comprensión más allá del idioma que hables, pues posee un lenguaje universal que puede palparse con el alma y saborearse con cada partícula de nuestro ser. Estamos hechos de tejidos, pero unidos por el invisible hilo del arte que satisface las restantes necesidades indispensables para la felicidad. La música es el alimento para el alma.

Cuando era sólo un niño admiraba a los grandes músicos. Conocía el placer innegable de la ovación del público. Aprendí desde joven lo que era el esfuerzo. Mis dedos estaban cansados, mis brazos adoloridos y aún así seguía estudiando. Quería ser un músico excelso. No me importaba que mi hermano fuese el centro de atención de las reuniones y yo quedara a un lado, como un despojo, porque mi único interés era la música que allí sonaba. No quería danzar, no quería reunirme entorno a las mujeres y cortejarlas. Deseaba hundirme en la música, conversar con los jóvenes que allí se reunían para demostrar su talento y me unía a ellos con mi piano.

Fui desheredado porque me señalaron como el culpable de provocar que una joven perdiera su pureza, su buen nombre e hiriera el orgullo de una familia. Negué ser el padre de una criatura. Me negué en rotundo porque era mi hermano quien la cortejaba, quien de puntillas entraba en su habitación y la hacía suya entre mentiras y caricias.

La música fue lo único que me quedó. Me aferré a ella, como me aferré a la botella. Ahora me aferro al piano, al violín y a la sangre. He sido quemado, vilipendiado, olvidado y aún así sigo en pie. Recuerdo las amables palabras de Lestat hacia mis composiciones y también las sonrisas de los humildes, las putas y desarrapados como yo. Me convertí en un músico de vodevil, pero no en un idiota sin sentimientos.

Ahora soy aclamado cuando mi música suena a través de las aplicaciones móviles, ordenadores y tabletas gráficas. Muchos me llaman el nuevo violinista inmortal, algunos me tachan de excelso músico y hay quienes suspiran cuando escuchan el inicio de mi instrumento junto a la pianista inmortal Sybelle.

Yo sólo quiero curar sus heridas como la música curó las mías. Deseo darles esperanza y sueños. Les animo a ser ellos mismos y a vivir sus sueños, por más que otros les indiquen que están equivocados. Pero sobre todo deseo que Lestat me escuche. Quiero que vea en mí al hombre que ayudó a reconstruir. Sonrío de nuevo lleno de esperanzas porque él me dio la oportunidad de no morir, de dejar un legado más allá de mis partituras, y vivir eternamente joven con la fuerza de su sangre y el espíritu que una vez tuve cuando era sólo un niño. He encauzado mi vida y quiero que él se sienta orgulloso como padre inmortal. No deseo defraudarlo. No quiero que nadie sienta lástima por mí. Mi mayor sueño es que todos vivan en paz escuchando la música que emerge de la oscuridad. Los músicos inmortales deseamos ser escuchados para que la eternidad sea más dulce, más atractiva y más vital.


No sólo de sangre vive el vampiro.  

domingo, 19 de julio de 2015

Música

Daniel Molloy ha vuelto a dejar un artículo de opinión e información. Pueden leerlo a continuación. 

Lestat de Lioncourt

La música es algo fundamental para los seres como nosotros. Nos sentimos completamente absorbidos por la melodía sutil de cualquier instrumento. Dejamos que el mundo quede atrás y los sentimientos ofrecidos en cada partitura, o estrofa de canción, nos alimente como si fuese la propia sangre. Permitimos que nuestro dolor se convierta en una miserable mota de polvo. Nos desnudamos y nos mostramos tal cual somos frente a la música, permitimos que toquen nuestras almas y nos dejamos llevar por completo a un terreno desconocido.

Hace algunos años conocí a una joven que era una excelsa pianista. Tenía la piel tan blanca como la leche de almendras, unos ojos claros intensos y un cabello que parecían hilos de oro. Sin embargo, lo más impresionante era que aquel cuerpo tan frágil pudiese tener un alma tan fuerte. Tocaba con una pasión incontrolable. Ella se retorcía frente al piano, se dejaba llevar y mostraba quien era realmente. Podías ver al Ave Fenix surgiendo de las cenizas y alzándose por la habitación llenándola de una acalorada interpretación de cualquier pieza, mientras que ella seguía siendo la muchacha maltratada, casi insignificante, que había moldeado el bastardo de su hermano.

Recuerdo la melodía mientras mi mente aún sufría ciertos estragos. Era inquietante y perfecta. Mis ojos se cerraban y mi boca mostraba una sonrisa única, casi mágica. Creo que desperté gracias al deseo de comprender más esa música, de dejarme llevar por cualquier melodía que fuese llegando a mí y finalmente, como si fuese un deseo concedido, la pude escuchar todos los días en la radio del joven Benjamín, al cual también conozco por fortuna.

Pero no es la única que conozco. Han existido muchos músicos entre los nuestros. Fue un concierto el que cambió de nuevo mi destino, mi vida, mis deseos, mis sueños, mis miedos, mis verdades y mi dolor. Fue el concierto de Lestat, cuando tan sólo era un joven vampiro, en el cual quedé tan aturdido y lleno de miedos que no era capaz de ser yo mismo. Sin embargo, Lestat, el mismo que hizo el concierto, siempre habló de los compañeros que quedaron atrás en París en un teatro, el mismo que incendió Louis. Y ese Louis, y no otro, me dio la llave a éste mundo.


La música influye sobre todas las bestias, pero sobre todo entre las bestias del alma y la sangre. Nosotros, seres que parecemos fríos e incapaces de amar, estamos creados para adorar el arte y no hay arte más magnífico, más expresivo, que la música. La música nos cura y nos llena de miedos, la música puede ser monstruo y héroe.  

jueves, 28 de mayo de 2015

El flautista de Hamelin

He encontrado una poesía de Nicolas y os la comparto.

Lestat de Lioncourt


El flautista de Hamelin

La magia más poderosa es la música,
se alza entre las bestias furibundas
y emerge de los corazones.
Late apasionadamente en las almas difundas.

Más allá de la verdad,
muy cerca del corazón y bajo la piel.
Se halla el reino de la pasión
donde emerge ocasionalmente la hiel.

La música puede ser cosa del cielo,
pero también danza entre las ascuas del infierno.
Ella es la bestia más brutal y la única salvadora
que yace adormilada en las artes y su reino.

La poesía es música sin instrumentos
y ésta es el dragón dormido que guarda sus secretos.
Recita despacio este juramento
y hallarás la llave al mundo de lo eterno.

Las notas musicales brotarán en tu pecho.
Recuerda eso y jamás volverás a ser roedor.
Deja que la fantasía sean las sábanas de tu lecho

y la música te susurre poemas de amor.  

jueves, 30 de abril de 2015

Música

Sybelle y otros vampiros a lo largo de la historia han demostrado que la sangre puede quedar en un segundo plano, pues la pasión por la música también los alimenta.

Lestat de Lioncourt


Para un músico cada nota es un latido. Aprendí a vivir en la música olvidando el dolor. Podía tener mi alma rota en mil pedazos, el ánimo arrastrándose hacia un acantilado y mis ojos cubiertos de lágrimas, pero yo seguía tocando con una fuerza desconocida. Mi mundo eran partituras y el hilo frenético de la música de mi piano. Jamás creí encontrar a un igual, alguien que comprendiera el dolor que yo albergaba y la ilusión que aún me pertenecía.

Con el paso del tiempo no me creí tan única. Comencé a abrirme al mundo después de ser introducida en la Sangre por Marius. Sí, soy un vampiro. Muchos creen que perdí el juicio mucho antes de ser transformada para convertirme en compañera de Armand, un hermoso querubín que por siempre contará con diecisiete años, y el intrépido Benji, que cuenta con trece años eternos. Pero no es cierto. Tan sólo vivo de forma distinta la necesidad de beber. Para mí tocar y beber sangre es lo mismo. Me provoca tanto placer tocar el piano como sentir el bombeo acelerado de mis víctimas.

Hay muchos vampiros como yo. Hay cientos de ellos en todo el mundo. Incluso tras las horribles Quemas que se propagaron a lo largo y ancho de éste paraíso de sangre, oscuridad y secretos. Todavía hay quienes se alzan desde la oscuridad con una canción en los labios, una melodía entre los dedos o el ritmo introducido en sus zapatos. Los artistas de la música y la sangre nos conmueve éste tipo de arte, pues se funde con nuestra alma y nos hace vivir.

No hace mucho conocí a un vampiro que me provocó un gran alivio. En ocasiones he pensado que estoy loca, como así me definen muchos, pero he visto en sus ojos la misma necesidad y furia. Él se deja llevar por el violín como un maldito demonio, pero también se arroja contra el piano y toca con un énfasis propio de una revelación religiosa. Dice que ama mi música, pero yo amo la suya. Y si nuestras almas son música es posible decir que le amo y admiro. Armand también lo ama. He visto como se miran en silencio durante largo rato. Aprecia la ternura de sus ojos azules y se deja llevar por el coqueteo de sus dedos sobre el violín. Benji nos invita a diario a tocar para su magistral intervención en la vida de todos, pues con su radio puede llegar más allá de la ciudad, el país y el continente. Llega a todos los rincones del mundo nuestra pasión, nuestra verdad... nuestro amor. Y el amor siempre ha sido parte de la felicidad y la verdad de un mundo que parece más podrido, roto y desmoronado que nunca. La música es necesaria para que el nuevo brote de vida sea firme.



jueves, 5 de marzo de 2015

La verdad de un monstruo

Antoine es un dramático... Me gustaba ayudarlo y me divertía. Louis se había amargado en los últimos años. Nada más. Además, ¿qué hay de malo tener un amigo?

Lestat de Lioncourt


Él vino a mí. Me sedujo como suele hacerlo con todas sus víctimas sin importar nada. Es un monstruo perfecto. Posee una belleza mágica que sabe canalizar con sus palabras seductoras, su sonrisa canalla y su pose elegante. Jamás he visto a un hombre tan distinguido, pero tan patán a la vez. Me llamó la atención su acento. No era un criollo, sino alguien que había venido de la misma zona de Francia de la cual yo había escapado. Sus labios carnosos se movían lentamente mientras pronunciaba frases en inglés, pero también en francés. Parecía hechizado porque nadie puede ser tan perfecto.

Vivía en un cuartucho con las pocas pertenencias que mi familia había logrado rescatar. Parte de mi vida había quedado reducida a nada. Mis padres ya no estaban ahí para llenarme con su amor y respaldar mis estúpidas decisiones. Tan sólo tenía diecinueve años y había perdido todo. Mi apellido, el pasado glorioso de mi familia, no servía para nada salvo para sacarme lágrimas. La Revolución había hecho rodar cabezas, salpicar de sangre inocentes los vestidos de las burguesas y alentar al pueblo a masacrar a los nobles a cambio de alzar a los nuevos ricos. Estúpidos. No mataban al opresor, pues sólo se colocaban nuevas cadenas y bozales.

El piano era mi único consuelo. La música me daba cierta paz. La música y el alcohol me calmaban. El vino se deslizaba por mi garganta y me hacía sentir pletórico. Mis manos no temblaban al rozar las piezas de diminuto marfil. Tampoco lo hacían al levantar el vaso. Sin embargo, el resto del tiempo temblaba aterrado y sollozante.

Él calmó del todo ese dolor. Él llenó el vacío. Él me besó arrebatándome el aliento y yo caí en sus brazos aferrándome a su chaqueta. Fue tras una larga conversación en una taberna, después de llevarlo a mi cuchitril y demostrarle mi escaso talento frente al piano. Creo que jamás he visto a nadie tan eufórico ante una pieza tan simple. Parecía rememorar viejos tiempos, sobre todo porque murmuró un nombre un par de veces. El nombre era Nicolas. Pero lo importante fue su beso. Un beso terrible que me empujó a desnudar mi alma, permitiendo que me tocara y me liberara de mis cadenas.

Las siguientes noches lo esperaba con miedo y ansiedad. Se convirtió en mi mecenas, mi amigo y en ocasione mi amante. Ocasiones furtivas y terribles. Su lengua hacía estragos, sus manos me arañaban el alma y sus caderas marcaban el ritmo de la música que no cesaba cuando me tenía frente al instrumento. Fui su amante sin saber la verdad. Cuando la supe me sentí tentado, pero también dolido.

Un vampiro. Era un vampiro. Un ser de la noche. Un monstruo para todos, inclusive para mí. Alguien que ya tenía el corazón vetado por la reveladora historia que él me narró. Secuestró mi felicidad y me hizo sentir humillado, pero aún así estaba encandilado por su arrogancia, sentido de la belleza y pasión. Era leal a él. Acepté ser su “hijo” del mismo modo que acepté que huyera tras Louis y Claudia, su familia. Él dijo que se quedaría conmigo, pero ellos eran más importantes. Ellos siempre lo han sido. No importaba los crímenes cometidos contra él, tampoco que huyesen de su lado o lo odiasen. Él los amaba. Y, de alguna forma, sé que lo sigue haciendo.


He regresado a su vida, pero lo he hecho de forma silenciosa. Sé bien cual es mi lugar.  

martes, 3 de marzo de 2015

Arte en la vida

Sybelle habla pocas veces de Marius, pero para ella Marius es pasión y arte. Creo que muchos pensamos igual, aunque temamos su ira.

Lestat de Lioncourt


Si se pudiese resumir mis sentimientos en una sola pieza de piano sería un desastre. Son tantos mis sentimientos, enfrentados en colérica batalla unos contra otros, que no tendría armonía. Debería sentirme libre, pero siempre habrá un lastre. Creo que es cierto eso que dicen, que la felicidad completa no existe. Ni siquiera existe el completo silencio, pues siempre estará el sonido de nuestra respiración y el latido del corazón. Sin embargo, observo el mundo con un amor apasionado y, poseo unas alas invisibles que me impulsan contra los fuertes tornados que giran a mi alrededor.

La vida es como una melodía, aunque esté desafinada o las notas sean un desastre. Caminan a tu alrededor obras intensas, suaves o simplemente maravillosas que añaden a la tuya cierta pasión, elegancia o sutileza. Aprendes de la composición del alma que posee quien te abraza, escucha o permanece a tu lado en los momentos más difíciles.

He aprendido de todos, aunque ha sido complicado aceptar tantos cambios en un espacio de tiempo mínimo. Hace unas décadas era una joven pianista atada a un ogro que poseía su propia sangre, sus gigantescas manos me asfixiaban y torturaban, pero ahora soy un vampiro con una fuerza innegable y cierta astucia que me han dado estos escasos años. No he tenido un maestro, sino varios. Incluso yo misma he descubierto cosas por mi propia cuenta y riesgo.


En estos momentos estoy frente a una de esas criaturas, una de esas maravillosas obras, mientras pasa su pincel por el lienzo y contempla su obra inacabada. Sus ojos son fríos, pero su corazón es apasionado. El rojo es su color favorito. Él es Marius. Muchos han hablado de él, otros le han odiado o temido. Por mi parte ni lo odio, ni lo temo y tampoco puede decirse que he tenido largas charlas sobre temas trascendentales. Sin embargo, lo contemplo y veo amor. En cada movimiento de su muñeca veo un amor innegable. Igual que veo amor en sus ojos cuando contempla sus obras, sean cuadros o un muchacho eterno de cabellos de fuego. Toco hoy para él, para inspirar una pintura. El arte es lo que nos vincula y una sangre demasiado poderosa, nada más. Sé que no me ama como al resto, pero me conformo con cierto cariño y cuidado en su trato hacia mí.  

miércoles, 18 de febrero de 2015

El amor que él me enseñó

Sybelle es una joven con una virtud más allá de tocar el piano... 

Lestat de Lioncourt


Muchos buscan el amor en situaciones complicadas. Desnudan su alma olvidando que el amor es un privilegio que se otorga, pero no se regala. El amor debe nacer de la complicidad, la pasión exacerbada, el pensamiento dulce de ser parte de algo más importante que la simplicidad de una vida solitaria, y que debe poseer solidaridad con los sentimientos de los otros. En definitiva, amar no es simplemente decir te amo. Amar es un estado de ánimo, una forma de vida, un pensamiento, una verdad innegable y algo tan poderoso que nos cambia la vida. Hay quienes creen que amar profundamente es entregarse en unas sábanas blancas, viajando por la sensación placentera de tocar el paraíso con la punta de los dedos, olvidando quienes somos y hacia donde caminábamos. Pero no, no es eso.

Amar es sonreír por las mañanas por el simple hecho de estar vivo. Yo sigo haciéndolo, pese a que mis mañanas son nocturnas y mi vida es eterna. Amar es la sensación de libertad que siento, o que nace de mí, cuando compongo alguna partitura. Noto como surge de entre mis dedos la fuerza, pasión y arrojo necesario para seguir creando algo, que aunque pueda parecer eterno, es efímero. Ese momento no durará para siempre, por eso hay que amarlo. Amar es abrazar más y reñir menos, escuchar más, reír más y comunicar tus sentimientos antes de explotar hasta convertirte en un monstruo ajeno a lo que realmente aprecias.

Descalza, tocando el frío mármol con cada centímetro de mis pies, camino mirando los viejos recuerdos que acumulo. Los marcos de las fotografías parecen resplandecer con frialdad, pues las sonrisas son demasiado cálidas y las miradas intensas. Él siempre está allí, frente al gran balcón, para iniciar una noche más. Tierno, pequeño y de ojos profundos. Viste elegante, aunque en ocasiones lo veo con ropa demasiado desenfadada, y usualmente con colores claros como el blanco o el celeste. Sus cabellos rojizos caen sobre sus hombros, ligeramente ondulados, y su mentón tiembla por la emoción de los sentimientos sutilmente reprimidos. Él es Armand.

El amor más profundo que siento es por él. Un amor que va más allá del amor habitual a una pareja, un confidente, un amigo, un padre, un hermano o un igual. Amo su belleza, pero no sólo la física. Pese a lo retorcido que puede llegar a ser, pues ha destrozado a cientos con una destreza increíble, tiene la ternura y la bondad de un niño. Allí, mirando el anochecer, parece recitar poemas que una vez le ofrecieron de forma confidente y amorosa.


Él, Armand, tiene una belleza especial que jamás lograré comprender ni describir. Él, el vampiro que me ha guiado por esta senda terrible, me ha demostrado que el amor aunque tarde en llegar, ya que a veces uno espera en vano durante siglos, aparece llenándolo todo de una luz especial.  

jueves, 11 de diciembre de 2014

Piano

Muchos no habrán leído Prince Lestat, pero estos dos hacen un dueto musical extraño. Antoine, el pianista que rescaté de la muerte y su propia desesperación, y Sybelle, la pianista que salvó Armand de su hermano maltratador, se unen en una amistad firme e intensa. 

Lestat de Lioncourt


Me he alimentado de sueños creados con pequeñas notas musicales tomadas al vuelo. He comprendido el mundo a mi modo, pero no disfruté jamás de una total autonomía hasta que estos puntiagudos colmillos asomaros de mis pequeños y carnosos labios. Puedo parecer una muñeca cándida sentada en un sofá, con un elegante conjunto a juego con los zapatos de tacón corto y un ramillete de rosas entre mis angelicales manos. Sí, puedo parecer una fantasía extraída de un cuento infantil. Un ser extraño extraído de un sueño. Pero mi espíritu es rebelde, poderoso y desborda música. Me siento poseída por ángeles y demonios cuando mis dedos rozan el piano. Cada tecla toca cada fibra de mi alma.

Él lo sabe.

He encontrado un compañero que comprende mi gran pasión, mi estigma, mi dolor, las cadenas y liberación. Sigo amando a mi ángel de cabellos de fuego, mi joven y eterno amante, que me rodea con sus brazos y besa mis cándidas mejillas que toman calor gracias a la muerte de otros. Sí, aún él es mi paraíso. Sin embargo, he encontrado a alguien que me comprende de una forma distinta.

Su apariencia es frágil, con un rostro delicado y anguloso. Posee una sonrisa similar a la de un felino, un tacto suave y elegante, con unos dedos largos que se mueven como si fueran copos de nieve cálida. Tiene una elegancia inusual. Aún huele a París. Puedo ver Francia en sus ojos, escuchar el latido de las campanas de Notre Dame en su timbre de voz y sentir la libertad revolucionaria que lo expulsó lejos del mundo que tanto amaba. Él, un pianista inmortal como yo, sabe comprender la música del mismo modo que yo lo hago. Respiramos música, pero bebemos sangre.

Puedo parecer una muñeca perfecta, pintada en un cuadro al óleo, pero en realidad soy una criatura que palpita y enloquece por unas gotas de sangre. Salgo cada noche a caminar colgada del brazo de los hombres más maravillosos que he conocido. Incluso Louis parecía encantador con sus enormes ojos verdes, su educada conversación y su controvertida sonrisa. Pero no dejo de ser cruel. Tan cruel como ellos. Arranco vidas para poder seguir subsistiendo. Sin embargo, sigo tocando música para alejar los demonios, otros que son peores que yo, y enloquecer de placer a quien me escucha derribando muros inconcebibles e imposibles de comprender.

—Sybelle—llevo escuchando mi nombre durante varios minutos mientras toco el piano. Un piano nuevo y hermoso. Es negro como la noche, posee una belleza pétrea penetrante, y yo estoy frente a él vestida con un simple camisón de algodón mientras la chimenea chisporrotea y fuera nieva. Nieva en New York—. Sybelle...

Su voz es seductora y varonil pese a sus años. Tenía diecinueve. Tan sólo un niño. Vivo rodeada de niños perdidos. Benji, Armand y él. Niños. Pequeños hombrecitos que se quedaron para siempre estancados en una fotografía encantadora, seductora inclusive, con una maravillosa inteligencia que puede llegar a ser retorcida o extremadamente generosa. Fuertes y vivaces. ¿Yo que soy? ¿Wendy? ¿Soy la Wendy de un puñado de niños en una ciudad de náufragos sin alma? No lo sé. Desconozco la verdad. Sólo quiero que se siente a mi lado y toque conmigo. Sin embargo, cuando lo haga sé que acabaré arrojándome a sus brazos, besando sus labios y oprimiendo mi frente en su pecho. Deliro como cada noche. Siento la necesidad de sentirme viva en esta jaula de muerte. Una jaula perfecta que me ha dado alas. ¡Es duro explicarse! Duro sentirlo. Duro, pero maravilloso y fascinante.


—Ven aquí y toca para mí. Toca conmigo, Antoine.  

lunes, 8 de diciembre de 2014

Amistad

Estaba allí impulsándose sobre el piano. Sus largos cabellos negros caían en cascada sobre su rostro, rozaban sus hombros y la pequeña medalla que colgaba de su cuello. Había sido exiliado, al igual que el resto de su familia, y su fortuna estaba dilapidándose poco a poco. La botella de vino que estaba sobre el instrumento estaba a punto de quedar vacía. Tenía sed. Una sed inconcebible para un hombre tan joven, pero sus penas eran muchas y quería ahogarlas todas. Antoine intentaba olvidar.

Había algo en él que me recordaba a Nicolas. Quizás era su extraña melancolía o el hecho que parecía estar rodeado de demonios invisibles. Pedía cada noche que tocara para mí. Necesitaba que la música lo inundara todo. Sus manos eran hábiles, suaves y delicadas. Parecía un ángel con aquella camisa de chorreras blanca, con los puños de encajes tan hermosos como las flores del jardín cercano, y su chaleco ajustado, pegado bien a su pecho, mostraba su delgado cuerpo como algo apetecible. Era joven, muy joven, y aún no había desarrollado toda su belleza. A penas tenía aún barba, sus ojos contenían cierto dolor inconcebible en un muchacho y sus labios carnosos, tan amables, pronunciaban frases terribles. No estaba enamorado de él, pero sí del conjunto de su cuerpo moviéndose con cada pieza. Era un ángel en un infierno paradisíaco como era New Orleans.

—Me visitas cada noche como si fueras un fantasma—pronunció riendo bajo. Sus dedos estaban aún sobre el instrumento.

—Pero sólo soy un vampiro—respondí apoyándome en el marco de la puerta.

—¿Me darás la vida eterna? Es una propuesta tentadora, pero no sabía si podría soportarlo—dijo encogiéndose de hombros.

Tenía diecinueve años. La vida la estaba tirando a la basura. Sus enormes ojos azules poseían unas pestañas pobladas y unas cejas perfectas. Su rostro era anguloso, pero delicado. Quería decirle que si no lo hacía la belleza que tenía se perdería. Si no lo convertía su música se olvidaría. Deseaba convencerlo. Necesitaba hacer un buen trato con él. Sin embargo, esa noche sólo me dediqué a contemplarlo y escucharlo.

No sabía como Louis se tomaría aquello. Sabía que Claudia me odiaría, si no lo hacía ya. Algo en ella estaba cambiando. No la culpaba. Nunca culpaba el dolor que pudiese tener. Louis tenía el suyo, ella tenía sus demonios y yo mis terribles secretos. Antoine poseía pureza y belleza cargada de música.

Ahora vuelvo a contemplarlo. Allí arrojado sobre el piano como si fuera una lápida que tuviese su nombre. Sus dedos recorren su hermosa figura y sus pequeñas teclas blancas. Las rosas del jarrón se marchitaban lentamente, como si fuese imperceptible, dejando caer un pétalo cerca de su rostro. Quisiera hablarle, pedirle disculpas por haberlo abandonado y aún así me encuentro frente a él con las manos en los bolsillos. Fue un buen amigo, un gran amigo. Él alejaba mi dolor, lo hacía suyo y terminaba embriagándose con la música. Sybelle no se encuentra lejos. Ambos son unos empedernidos del piano, unos fabulosos vampiros por siempre encadenados a un arte para nada efímero. Eternos.

«Si te dijera que algo en mí, algo diminuto, se siente culpable... Aunque por otro lado veo lo bien que te fue sin mí, sin el tormento de mis palabras y mis mentiras poco prácticas. Lo siento, amigo mío.»



Lestat de Lioncourt

jueves, 13 de noviembre de 2014

I'm gonna live forever

Cada noche es una nueva canción que sólo se interrumpe con los primeros rayos del sol. La oscuridad puede seducirnos hasta provocar que nos perdamos por las diversas sendas del jardín salvaje. Nos movemos como si fuéramos ángeles, pero no somos más que demonios esclavos de las pasiones más mundanas. Sigo buscando la belleza como si fuera un oasis. Me fascina la capacidad humana para sobrevivir y vencer sus miedos. Quedo anonadado por la increíble inventiva. Si bien, siguen siendo frágiles y se deshacen fácilmente entre mis colmillos. Son unos encantadores soñadores de los cuales extraigo sueños, recuerdos y sangre. Me deleito con sus últimos momentos, saboreo el punzante sabor de la maldad que ellos contienen como si fuera su escapatoria fuera de este mundo, y finalmente, cuando ya no queda nada, los dejo a un lado como si soñaran.

Suelo viajar solo. Me gusta ser un rebelde. Soy el rebelde de siempre. Llevo conmigo mis propias leyes y pactos, las cuales quebranto únicamente por mera diversión y contradicción a mí mismo. Jamás me gustó los altos muros que otros han ido colocando. Me gusta derribar cualquier frontera, sea cual sea, y desafiar incluso a la muerte. Una vez coqueteé y luché contra quien dice ser el Diablo. Reconozco que no fue del todo agradable, pero no me fue mal.

Sin duda, si tuviera que confesar ahora mismo alguno de mis pecados, los más terribles y crueles, es que me encanta ser malo. Me gusta mentir para atraer a mis víctimas seduciéndolas hasta perder completamente la cabeza. Sus almas se convierten en mis mejores presas. Ellos sonríen embelesados por mi belleza, la sutileza de mis palabras y el trato amable que les ofrezco. Camino entre ellos como un joven más, lleno de rebeldía y con una perfecta sonrisa. Nadie puede imaginarse que soy la muerte misma.

Esta noche ha sido diferente, pero tan común como cualquier otra. He decidido romper todas las normas de tráfico, conduciendo como un auténtico descerebrado, mientras la música de Bon Jovi sonaba a todo volumen. Creo que me obsesiona. Su música es pegajosa, fascinante y tiene un aire rebelde que me entusiasma. He perdido la cuenta de los conciertos a los que he ido, como cualquier otro mortal, disfrutando del sudor, los pisotones y el chillido general. Pero hoy tan sólo he conducido durante horas recordando a todos los que he amado, estén o no conmigo, y me he dado cuenta que soy afortunado.

Aunque soy el mismísimo demonio, por mis actos y caprichos, he logrado amar y ser amado. Muchos me llaman Príncipe, pero yo me siento Rey. Soy el Rey de millones de corazones. He llegado a dominar los sueños de cientos de jóvenes y provocar que decenas de vampiros me aclamen. Ningún otro vampiro puede compararse a mí en ese sentido.

Ahora, cuando está a punto de amanecer, me tumbo en mi cama y pienso en todos ellos. La última sonrisa del día no es para enamorar, sino para dar las gracias. Gracias por un amor que tanto deseaba y que al fin poseo. Sin embargo, aún extraño los días en los cuales mi inocencia me hacía ser aún más imprudente. Hay momentos que no aproveché como debía, dejé escapar a Rowan, permití que Claudia se alzara en mi contra o acepté, sin más, que Nicolas quedase atrás. Debo pagar por esos pecados, pero no puedo dejar de sonreír. Tengo lo que merezco y es el amor de aquellos que realmente han deseado conocerme, seguirme como a un Mesías y convertirse en mi voz a lo largo de los años.


Mi canción prosigue aunque mis párpados cedan. Mi voz continua. La verdad se alzará como una bandada de murciélagos en pleno anochecer. La lluvia llorará por todos lavando el pecado de los cuerpos que he dejado atrás. Y yo, el príncipe de todos, volveré a alzarme en la siguiente noche dispuesto a conquistaros.  


Lestat de Lioncourt

miércoles, 15 de octubre de 2014

Mi ángel

Armand ha decidido regalarle este texto a Sybelle. Ella al fin a aparecido. Llevaba semanas deseando que hiciera acto de presencia y... Ya tiene un hueco entre nosotros.

Lestat de Lioncourt

Dejé que la música de Sybelle me ablandara el corazón. Permití esa osadía. Acepté su música en mi alma. Una música noble y pura. No vi impedimento alguno para amarla a través de la música, convirtiéndola en un ángel envolviéndome con sus poderosas alas blancas. Los furiosos crescendos del piano pulsan aún en mis venas, los escucho con facilidad y hacen que la busque allá donde esté. La busco incansablemente como un niño busca las faldas de su madre, sus abrazos y consuelo.

Esta noche entré en la salita, buscándola, pues la melodía ya había comenzado alzándose hasta el techo y bañándolo todo con una belleza sobrecogedora. El piano emitía sus tumultuosas cascadas de notas, las cuales se precipitaban hasta mi corazón, y a su vez, fundiéndose en el aire, buscando la sensación de libertad que ella sentía. La habitación era amplia, la cristalera del fondo dejaba ver el paisaje nocturno cargado de luces y siluetas de edificios amontonados, unos contra otros, como si fueran fichas de dominó a punto de caerse. Ella estaba frente al piano, con un camisón blanco y vaporoso, tenía los pies descalzos y el cabello suelto. Tocaba. No dejaba de tocar.

Ella para mí ha sido siempre un diamante. Un ser especialmente delicado, pero a la vez fuerte y hermoso. Para mí ella se convirtió en una joya que contemplar fascinado. Sigue siéndolo. No puedo evitarlo. La contemplo desde el marco de la puerta cada noche, la acompaño sentado a su lado y veo sus dedos moverse rápidamente por las teclas. Se impulsa, dejándose llevar, mientras yo deseo besarla en sus hermosos y carnosos labios.

Hoy, como cada noche, me eché a llorar por la belleza que ella desprendía. Dicen que soy un monstruo con rostro de ángel, que puedo provocar que contengan el aliento frente a mí y crean que vengo a anunciar el advenimiento del nuevo Mesías. Pero no soy más que un monstruo. Ella, sin embargo, parece un ser dotado de una bondad exquisita. Se ha convertido para mí en algo más que una compañera, una amiga, una hermana, una amante... ella toca la melodía que hace latir mi corazón con fuerza.

—Te amo—me dice cuando deja de tocar, girándose hacia mí, con una tierna sonrisa llena de bondad.

—Te amo mi ángel—llego a susurrar con mi voz quebrada.

¿Se pueden imaginar cuánta es mi dicha? Marius decía que yo le enseñé que el amor era importante, igual que la lluvia para la tierra. Sí, es importante. El amor es pura magia. Hace que todos nosotros nos volvamos bondadosos. Nos recuerda que hemos sido mortales y nos da esa sensación para siempre. Un sentimiento fuerte, aunque frágil. Por eso ella es la encarnación del ángel del amor, un ángel musical que abre sus brazos para rodearme y permite que la besé enloquecido. Ella, es sin duda uno de mis grandes amores, y no permitiré que nada malo le pase. Si un día decide marcharse de mi lado, cansada de mis ruegos y besos, lo aceptaré porque la amo demasiado para retenerla en contra de su voluntad.

Sus besos son la puerta al cielo. Accedo al paraíso. Puedo sentir su amor calentando mis mejillas. Mis manos buscan las suyas mientras cesa la música. Nos abrazamos cayendo en una nube de desesperado amor. Juro que no he besado a nadie de la forma que la beso a ella. Sus labios son seda y pueden curar cada una de mis heridas.

Ella siempre ha sido demasiado limpia. Demasiado bonita. Y yo soy un ser monstruoso que aparenta ser un jovencito de tiernas mejillas, boca de pétalos de rosa y cabello de fuego. Yo no soy un ángel, pero me comporto con ella como si lo fuera. La custodio, la amo y la deseo. Sería pecado no quererla de ese modo.  

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Mi ángel

Hacía tiempo que Armand no escribía para Sybelle, pero aquí está otra vez componiendo algo para ella. Admito que tiene razón: Sybelle parece un ángel... o más bien... es un ángel.

Lestat de Lioncourt




El amor surge como una chispa de una cerilla, que va consumiendo rápidamente el fósforo y cada parte de ésta. Se convierte en esperanza cuando se deposita en una vela que dura eternamente, pero sólo si se protege. El amor también es música. Una melodía que no cesa, como la de una caja musical, que hace bailar a los enamorados hasta que ambos mueren de cansancio. Sin embargo, a veces, la música perdura incluso cuando sus cuerpos ya no están. Hay que creer en ello como si fuéramos niños, pues la inocencia de tan noble acto nos hace amar con la pureza de estos.

Había olvidado por completo la verdadera fuerza del amor, su sensibilidad, la pureza que éste desprende y el calor que calienta mis mejillas más que la sangre robada a mis víctimas. Me había convertido en un monstruo que buscaba a Dios a ciegas, en un mundo demasiado oscuro y perverso. Todos somos hijos de Dios, todos merecemos su amor y comprensión. Aún así, yo me consideraba hecho con un barro distinto que me había convertido en un ser de piedra. El paso de los años, las decepciones, promesas incumplidas y heridas profundas me habían convertido en un ser impávido frente al sufrimiento ajeno. Sin embargo, cuando la escuché llorar sentí que un ángel lo hacía buscando la misericordia de alguien más que Dios, de un ser que tomara partido, de otro ángel aunque fuese oscuro y terrible.

Sybelle era una mujer francamente hermosa. Un ángel sin alas, pero con la mirada llena de esa luz cargada de amor. Su sensibilidad era inmensa. Ella sufría. Había visto el sufrimiento reflejado en cientos de rostros, pero ninguno tan amable y bello. Sus mejillas estaban acaloradas por los golpes, sus lágrimas eran gruesas y se derramaban hasta su largo cuello de cisne. Tenía el pelo dorado, igual que el oro, y caían lánguidamente hasta sus hombros, menudos y huesudos. Era delgada, con cintura de avispa, y vestida en un traje simple que se pegaba a su figura ofreciendo una imagen similar a un desnudo. Su busto era firme, de pechos redondos y grandes. Tenía, por así decirlo, un ángel provocador e inocente que salvar. La bestia que la guardaba no era ni más ni menos que su hermano. Levantaba su voz y su puño para que ella diese lo mejor de sí misma, para que tocara como si fuera un arpa mágica.

Caía precipitadamente hacia el suelo, para caer y romperme en mil pedazos como una marioneta inservible, pero la vi y no pude hacer otra cosa que matarlo. Matar siempre se me dio bien. Matar era mi mejor oficio y opción en éste mundo. La muerte ha sido mi guía. Lo maté. Maté a ese depredador sin delicadeza. Bebí su sangre y lo dejé seco frente a ella. Lo destrocé. Salvé a mi ángel. Pero ella, más adelante, me salvó a mí con su ternura y su música.


Cuando beso sus carnosos labios, y dejo que sus manos acaricien mis cabellos, siento que el mundo entero desaparece. Las mariposas florecen como campos de amapola en mi vientre y mi pasión me convierte al fin en el hombre que jamás llegué a ser. Eternamente joven, eternamente adolescente. Soy casi un niño en apariencia, pero un viejo sabio que ya creía que el amor nunca tocaría a su puerta. Gracias a ella he escuchado la música del amor y sentido su calor. Ella es mi salvadora, no yo.  

domingo, 14 de septiembre de 2014

El regreso del Príncipe

Ya estoy aquí, ya regresé. Amen a este príncipe travieso. ¡Traigo la mejor opción para su aburrimiento!

Lestat de Lioncourt



La música del local sonaba a todo volumen y hacía vibrar las escasas, y sucias, ventanas que poseía. La barra estaba atestada de jóvenes que iniciaban la noche con un poco de alcohol, un cigarrillo y miles de sueños rotos por ahogar con whisky, cerveza y ron barato. Las chicas se paseaban como gacelas frente a cientos de leones hambrientos, aunque más bien eran leonas siguiendo su instinto y sus marcados deseos de desinhibirse hasta perder la conciencia de su vida responsable. La magia del sábado noche les confundía, les inducía en un salvajismo demencial, y la música contribuía a darles la oportunidad de contagiarse unos a otros.

El bajo demostraba su gran habilidad marcando el ritmo junto al batería, ambos melenudos y cargados de sudor, mientras que el guitarra y vocalista intentaba seducir con más encanto que talento. El único que parecía más entusiasmado con pasarlo bien era el chico nuevo de la banda, con una guitarra eléctrica vieja que le había cedido su padre. Aquel pequeño grupo de cuatro jóvenes, aún con barrillos en la cara, intentaban plantar una semilla de esperanza y rock en sus desastrosas vidas. Frente a ellos todo una manada salvaje de entusiasmados y desastrosos clientes de uno de los tugurios de la ciudad.

Entre ellos. Sentado a un lado con un vaso de whisky con hielo, el cual ya estaba derritiéndose, se hallaba un habitual. Su sonrisa se ensanchaba mientras sus ojos se clavaban en todos y cada uno. Leía sus mentes y se divertía con sus sucios secretos, con sus insignificantes misterios, con chistes y chismes. Su aspecto era de lo más común entre todos ellos. El pelo largo y revuelto, de un color rubio muy llamativo, su camiseta de un grupo rock de la prodigiosa década de los 80's y unos jeans desgastados. Tenía una de esas botas con espuelas, que acababan en punta, y que le daba un toque de cowboy urbano cuyo único complemento tenía que dejar en la acera, su harley. Las gafas de sol que llevaba, colocadas en la punta de la nariz, eran de aviador y parecía una estrella de esa música estridente que se daba en el escenario. Allí, situado en la marabunta, era uno más. Sin embargo, sólo era un cazador buscando una nueva víctima.

—Sabía que te encontraría aquí—dijo alguien a sus espaldas.

—¿Quieres que te firme un autógrafo?—preguntó jugueteando con el borde del vaso.

—¿Por qué no me das mejor una explicación razonable de porqué lo estás haciendo de nuevo? Creí que habías olvidado tus viejas manías—a su lado tomó asiento un joven distinto, de piel algo tostada y ojos ligeramente rasgados. Tenía una expresión afable, pero tranquila. Su presencia era distinta. Aquel traje de ejecutivo, perfectamente confeccionado, le daba un aire de agente de bolsa perdido en un mal barrio a altas horas de la noche.

—David, ¿qué te hizo creer eso?—dijo girándose hacia su derecha para verlo bien, con esos ojos casi violetas—. ¿Es que has rezado por mí?

—Sabes que sigo sin poder creer del todo en Dios...

—Pero bien que maldices y suspiras su nombre—alzó la copa e hizo como si bebiera—. ¡Salud! ¡Por mi buen amigo David! ¡El santo!—se había puesto de pie y algunas mujeres habían reparado al fin en ambos.

—¡Lestat!—exclamó tirando de él para que se sentara.

—David, el libro saldrá a la venta. Yo volveré a ser popular, aún más que antes, y tú, amigo mío, tendrás tu momento de gloria. Todos tendremos nuestra gloria. Brillaremos como el sudor de esos jóvenes, casi adolescentes, y nos divertiremos... Además, ¿crees que alguien va a tomarse la molestia de investigar si existen los vampiros? Ya no hay chalados que crean en nosotros.

—Estás loco—murmuró, para luego suspirar cansado. No había nada que se pudiese hacer.

—¿Escuchas eso? ¡Es un clásico de AC/DC!—exclamó.

Salió directo hacia el escenario y se subió junto al joven comenzando a cantar. Al principio los músicos se asustaron, pero finalmente terminaron cantando a coro. El local entero vibraba. David observaba todo recostado en la silla, aunque pronto dejó de estar solo. Algunas mujeres lo rodeaban pensando que era la oportunidad que habían estado buscando. “You shook me all night long” reventaba los tímpanos de todos los presentes quedándose encerrado en el recuerdo de esa noche.


David no podía hacer nada. Ya nadie podía detener a Lestat. La suerte estaba echada. El mundo conocería la verdad, la mágica verdad, y nadie creería nada. Literatura para amantes del misterio, los colmillos y la locura enfervorecida hacia la fantasía más febril.  

jueves, 1 de septiembre de 2011

Comentario del autor


Hoy llueve. Llueve como hacía meses que no lo hacía. Parece que el mundo ha conocido mi felicidad, que me ha querido regalar un momento feliz. Amo la lluvia, la amo de forma intensa. Después de un pequeño encuentro en una coqueta cafetería, de unas sonrisas seductoras, y de palabras que no tengo porque repetir aquí... he caminado bajo la lluvia, he corrido bajo esta, y finalmente he conducido mi coche escuchando una de mis canciones favoritas. He disfrutado esta mañana como si fuera la última con un delicioso sabor a besos y café.

Muchos de mis lectores no lo saben, otros lo intuen y muy pocos asentiran a mis palabras: La lluvia me inspira. Quienes han conversado cinco minutos conmigo seguro que se ha percatado de mi sonrisa cuando hablo de la lluvia, de lo inspirado que me siento y lo deseoso que estoy de sentir el frío y crudo invierno.

He tenido nuevas ideas para historias, también para textos, que no veran aquí sino en mis otros blog's. Sacaré de mí lo mejor y lo peor, algunos creen que sólo saco lo peor y que debería callarme... señores... que os jodan.

Yo escribo para mí, por mis propios intereses de libertad. Si me quieres leer bien, si me quieres leer pues bien también. Somos libres de leer y pensar, de soñar y vivir. Así que sean felices, sean libres... actuen bajo sus principios.

La fotografía de hoy es una mezcla de dos distintas. Una es mía, otra es de Atsushi. Meses antes que se publicara la fotografía que ven de Atsushi Sakurai me saqué esa, las mezclé y me gustó el resultado. Lo mío no es maquillaje, es un juego de luces que hice con el lugar donde me tomé la instantánea.

Ha terminado el verano, volverán las prisas, los paraguas, los niños llorando frente a las guarderías, los empujones para salir al recreo, las madres ocupando las aceras sin dejar pasar al resto, la vida de cafelito caliente y churros en los bares, los chismorreos en la cola del pan, las palabras de "hace un frío de cojones" y la ropa de abrigo. Vuelve el otoño, vuelve a nosotros, poco a poco y ya se nota. ¡VUELVE LA LLUVIA!

Feliz Septiembre a todos, incluso a los que tienen recuperaciones pendientes. Espero que los exámenes les vaya bien, así como aquellos que empiezan el trabajo. A pesar del mal tiempo por regresar a la rutina, que a veces no lo es tanto, debemos poner buena cara.




Esta es mi canción señores... dancen en lo indecente y en la libertad que la indecencia provoca.

¡SOY FELIZ!

Pd: un saludo especial para Kiseki, Athenea, Rokio y ma Louise

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt