Armand ha decidido regalarle este texto a Sybelle. Ella al fin a aparecido. Llevaba semanas deseando que hiciera acto de presencia y... Ya tiene un hueco entre nosotros.
Lestat de Lioncourt
Dejé que la música de Sybelle me
ablandara el corazón. Permití esa osadía. Acepté su música en mi
alma. Una música noble y pura. No vi impedimento alguno para amarla
a través de la música, convirtiéndola en un ángel envolviéndome
con sus poderosas alas blancas. Los furiosos crescendos del piano
pulsan aún en mis venas, los escucho con facilidad y hacen que la
busque allá donde esté. La busco incansablemente como un niño
busca las faldas de su madre, sus abrazos y consuelo.
Esta noche entré en la salita,
buscándola, pues la melodía ya había comenzado alzándose hasta el
techo y bañándolo todo con una belleza sobrecogedora. El piano
emitía sus tumultuosas cascadas de notas, las cuales se precipitaban
hasta mi corazón, y a su vez, fundiéndose en el aire, buscando la
sensación de libertad que ella sentía. La habitación era amplia,
la cristalera del fondo dejaba ver el paisaje nocturno cargado de
luces y siluetas de edificios amontonados, unos contra otros, como si
fueran fichas de dominó a punto de caerse. Ella estaba frente al
piano, con un camisón blanco y vaporoso, tenía los pies descalzos y
el cabello suelto. Tocaba. No dejaba de tocar.
Ella para mí ha sido siempre un
diamante. Un ser especialmente delicado, pero a la vez fuerte y
hermoso. Para mí ella se convirtió en una joya que contemplar
fascinado. Sigue siéndolo. No puedo evitarlo. La contemplo desde el
marco de la puerta cada noche, la acompaño sentado a su lado y veo
sus dedos moverse rápidamente por las teclas. Se impulsa, dejándose
llevar, mientras yo deseo besarla en sus hermosos y carnosos labios.
Hoy, como cada noche, me eché a llorar
por la belleza que ella desprendía. Dicen que soy un monstruo con
rostro de ángel, que puedo provocar que contengan el aliento frente
a mí y crean que vengo a anunciar el advenimiento del nuevo Mesías.
Pero no soy más que un monstruo. Ella, sin embargo, parece un ser
dotado de una bondad exquisita. Se ha convertido para mí en algo más
que una compañera, una amiga, una hermana, una amante... ella toca
la melodía que hace latir mi corazón con fuerza.
—Te amo—me dice cuando deja de
tocar, girándose hacia mí, con una tierna sonrisa llena de bondad.
—Te amo mi ángel—llego a susurrar
con mi voz quebrada.
¿Se pueden imaginar cuánta es mi
dicha? Marius decía que yo le enseñé que el amor era importante,
igual que la lluvia para la tierra. Sí, es importante. El amor es
pura magia. Hace que todos nosotros nos volvamos bondadosos. Nos
recuerda que hemos sido mortales y nos da esa sensación para
siempre. Un sentimiento fuerte, aunque frágil. Por eso ella es la
encarnación del ángel del amor, un ángel musical que abre sus
brazos para rodearme y permite que la besé enloquecido. Ella, es sin
duda uno de mis grandes amores, y no permitiré que nada malo le
pase. Si un día decide marcharse de mi lado, cansada de mis ruegos y
besos, lo aceptaré porque la amo demasiado para retenerla en contra
de su voluntad.
Sus besos son la puerta al cielo.
Accedo al paraíso. Puedo sentir su amor calentando mis mejillas. Mis
manos buscan las suyas mientras cesa la música. Nos abrazamos
cayendo en una nube de desesperado amor. Juro que no he besado a
nadie de la forma que la beso a ella. Sus labios son seda y pueden
curar cada una de mis heridas.
Ella siempre ha sido demasiado limpia.
Demasiado bonita. Y yo soy un ser monstruoso que aparenta ser un
jovencito de tiernas mejillas, boca de pétalos de rosa y cabello de
fuego. Yo no soy un ángel, pero me comporto con ella como si lo
fuera. La custodio, la amo y la deseo. Sería pecado no quererla de
ese modo.
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