Recuerdo mi vida como una gran
aventura. Parece que la vivió cuando la miro desde fuera, observando
cada libro sobre mi mesa. Algunos tomos están dañados, incluso
atados con una cuerda para que no se rompan. Ni sé las veces que he
leído mis propias palabras. No se trata de alimentar mi ego, sino de
rememorar de forma distinta cada suceso. Uno tras otro. Como si el
mundo no fuese a detenerse jamás. Observo todo con un cierto aire de
superioridad, pero la verdad es que me siento pequeño. Toda mi vida
se reduce a unos cuantos libros. He podido dejar en las letras, que
forman una hilera tras otra de hormigas de tinta, mi alma. Si es que
aún poseo alma. Todavía ni sé qué es el alma realmente. Sin
embargo, ahí estoy yo. Me reflejo en cada palabra. Mi lenguaje ha
ido cambiando, mi forma de ser ha madurado y mi inocencia aún sigue
intacta. Aún creo en la bondad, en un mundo mejor, en algo más allá
de todo lo que tenemos. Sí, soy optimista y soñador. El mundo gira
y sigue latiendo porque existen sueños y los sueños hay que
soñarlos primero.
Tal vez podría considerarme una gran
máquina de sueños. Como esos cines antiguos de palcos forrados en
terciopelo rojo y proyectores manuales. Esos que aún existen en pie
esperando a ser demolidos. Una lástima. Hay tantos sueños que han
surgido en sus butacas, como en los antiguos palcos de los gloriosos
teatros. Casi nadie va a al teatro. Quien va es porque le resulta
curioso, casi sofisticado, sentarse entre las butacas y esperar que
alguien falle. Un fallo, uno cualquiera. Algo para poder comentar en
la cena posterior. El ser humano se ha convertido en una especie de
marioneta, que danza sin cuerdas, y que busca quizás los sueños que
perdió.
Aún en vosotros. En vuestra capacidad
para salir adelante. Seguís vivos pese a todo. He visto guerras
terribles, hermanos matando hermanos, hombres bondadosos con las
manos manchadas de sangre y niños morir en brazos de desconocidos
buscando a sus madres por última vez. Comprendo el dolor del hambre,
la sed, la injusticia y la mentira en los labios de un sacerdote. Los
crímenes siempre ocurren, los malvados no temen a su final. Yo soy
el final de muchos de ellos. Limpio las calles de los condenados al
infierno. Me alimento del mal, soy fruto de ello. Soy el principio de
la oscuridad, igual que muchos de mis hermanos.
Pero también hay amor. Existe el amor
en mí. He amado mucho. Muchísimo. Creo que he dado todo lo que
tenía a quienes he querido con todo mi corazón. Sin embargo, cuando
leo las líneas sobre Claudia, mi querida muñeca, me doy cuenta de
lo estúpido que fui. Debí contarle la verdad. Guardarme los
secretos no fue correcto. Ellos debían saber, igual que yo, lo que
ocurría. Quise protegerla, igual que a Louis, y sólo la expuse a un
dolor terrible. Cometí errores tan terribles que ni sé si yo puedo
perdonarme. Ella aparece ante mí con su vestido favorito, sus ojos
azules profundos, sus mejillas llenas, sus labios pequeños y
carnosos y ese pelo rizado y dorado tan similar al mío. Nadie
hubiese dicho que no era hija mía. Me gustaría volver a tenerla
entre mis brazos, como aquellos primeros años, estrechándola con
ternura y explicándole el terrible secreto y precio de vivir por
siempre.
Estar al lado de Louis es sentirla a
nuestro lado. Puedo escuchar sus pequeños zapatos recorriendo toda
la estancia, caminando de un lado a otro, mientras recita los versos
que más le gustan. Él lo sabe. Sabe que en ocasiones me acuerdo de
ella. Igual que me acuerdo de todos aquellos que han muerto por mi
culpa. No sólo Nicolas. Akasha también murió porque yo no supe
hacerle ver que estaba equivocada. No es justo que me eche toda la
culpa, pero es parte de mi fortaleza. Sé cuales son mis errores, el
precio que he pagado y que aún sigo vivo.
Sigo vivo para comprender a los que una
vez creí odiar. Pero el odio es inútil. Me he dado cuenta que no
puedo odiar siquiera a Armand. A él lo amo de una forma extraña.
Quizás pueda deciros que es como un hermano al cual a ratos no
soportas, y, sin embargo, no permitirías que nadie le hiciese más
daño del que ya lleva consigo. Tiene un alma atormentada, pero
decidida a vivir del mismo modo que yo lo hago. Ambos hemos caminado
por la misma senda. Somos los hijos de la senda de la sangre y el
horror. Pero también hemos compartido la victoria, el sabor de
sabernos más fuertes que nunca y la gloria de mantenernos unidos
pese a todo.
Debo muchas disculpas, pero no las
daré. Sólo ofreceré mi amor y tenderé mi mano. Si bien, esto no
remediará mi forma de ser rebelde, enloquecido, lleno de deseo de
conocer más, de exponerme a todo peligro y de reírme en la cara de
la muerte. Yo puedo. Yo soy Lestat. Soy el príncipe que todos
esperan.
Lestat de Lioncourt
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