Admiro la determinación de Mona y la caballerosidad de Tarquin. Mi hermanito es todo un hombre ya. Ella sigue siendo mi brujita y una arpía muy sensual.
Lestat de Lioncourt
“¿Qué hace un joven cuando lo tiene
todo? Incluso la vida eterna. Posiblemente algunos terminarían
arrepentidos de poseer una vida perfecta, pues puede llegar a ser
terriblemente agotadora. Pero mi vida no es perfecta. Aunque esté
compuesta por perfectas piezas, no lo es. Mis deseos de conocimiento
son tan terribles como los de Lestat en el pasado. La única
diferencia entre mi buen amigo y protector, pues lo considero algo
más que un simple compañero y como él dice somos hermanos, es que
yo poseo una compañera de la cual no deseo separarme y aún así lo
hago. Quizás he tomado el ejemplo de Petronia y Arion, mis padres
inmortales, para mantenerme en contacto con ella y poder vivir de ese
modo un idilio perdurable entre los nuestros. Cuando estoy algunas
noches lejos de ella, ausente en el viejo santuario que construyeron
en nombre de Petronia, regreso con una pasión inusitada.
No me aterra vivir para siempre, ni ser
rico, ni tener cierto atractivo y tampoco me obligo a pensar en qué
será de aquellos que amo cuando no sean más que polvo, cenizas y
viejas letras en cartas que terminen siendo ilegibles. Sólo
disfruto. Me dejó llevar por el jardín salvaje de Lestat. Para mí
es un edén. Hay frutos muy agradables y otros venenosos, pero me
siento libre. Desde que Goblin no estropea mis planes, y, sobre todo,
desde que Maharet me mostró la gran verdad de todos nosotros. Quedé
asombrado por la información. Pero sé que no es todo. Quiero saber
más, vivir más y ver más.
Esta carta no se la escribo a nadie.
Realmente sólo es un trozo cualquiera. He decidido arrancar la hoja
de una libreta que compre hace unas noches, he tomado un bolígrafo
bastante barato y común, y he decidido escribir lo que sentía en
estos momentos. Y lo que siento es un deseo irresistible de ver a
Mona. Deseo tenerla entre mis brazos y estrechar su pequeño cuerpo.
Hace mucho que no la veo. Creo que ya hace prácticamente una semana.
Quiero caer rendido ante el hechizo esmeralda de sus ojos. Sí, eso
deseo.
Tarquin Blackwood.”
Mona tenía aquella carta entre sus
pequeñas y delicadas manos. Sus ojos habían leído cada línea al
menos tres veces aquella misma noche. Ya se había aprendido cada
renglón. Aquello le recordaba a los interminables e-mails que
recibía en el hospital, los cuales terminó por no poder contestar
debido a su precaria salud. Era la letra de su noble Abelardo.
Había viajado desde las coquetas y
multitudinarias principales avenidas de New Orleans. La ciudad
parecía no querer descansar. La oscuridad penetraba en cada rincón,
pero a su vez las luces de neón centelleaban como gigantescas
luciérnagas. Los insectos aún sonaban intentando no morir en un
otoño que se les había echado encima. Los jardines parecían
llenarse aún, a pesar de los ligeros cambios de temperatura, y los
locales más habituales se llenaban de millones de voces. Decidió
que sus tacones ya habían sonado demasiado por el asfalto de las
diversas calles, y claro está, su apetito también estaba saciado.
Así que, como si de una novia fugitiva
se tratara, caminó por algunas calles desiertas buscando transporte.
Llevaba un traje blanco, ligeramente vaporoso, que a penas cubría
sus piernas. Traje que contrastaba con la americana negra que cubría
sus hombros, la cual había robado a su última víctima, y que
evitaba que la humedad calara en sus huesos. Los vampiros pueden
estar muertos, pero siguen sintiendo los cambios del clima.
Tras unos minutos encontró un taxi
varado en una sucia acera. Se subió indicándole la dirección de la
mansión de los Blackwood y se acomodó en su asiento de piel negro.
Miraba por la ventanilla los viejos edificios, las mansiones
señoriales, los monumentos, las banderas que se alzaban gloriosas
como si pudiesen mantener la paz de la nación con sólo hondear y
los balcones cubiertos aún de diversas flores. Sonreía pensando en
sus pequeñas victorias. Ahora tenía mayor dominio de sus poderes,
así como un control absoluto de sus cuentas y de ciertos asuntos.
Julien estaba de su lado y no sospechaba de sus futuros planes.
Mona se regodeaba orgullosa de su
estrategia. Pronto todos sabrían que pretendía hacer. No iba a
dejar que Julien dominase la familia desde las sombras, como había
hecho siempre, pues ella quería recuperar parte de su poder. Ella no
se echaría atrás. Había decidido no hacerlo. El regreso del cabeza
de familia, de uno de los brujos más fuertes de la familia, no iba a
ser problema sino algo beneficioso.
Noches atrás había mantenido una
seria discusión con el nuevo Julien. Ese hombre que paseaba por las
avenidas como si aún fueran los años veinte. Bien vestido, con el
cabello cepillado como todo un caballero y con un reloj de bolsillo
que siempre miraba fascinado. No necesitaba apoyarse en un bastón.
Había regresado como un hombre maduro, de aspecto atractivo y
sonrisa cautivadora. Disfrutaba sin duda de esa segunda oportunidad
concedida por el demonio, con una magia tan oscura y densa que ningún
otro sería capaz de imitarla. Pero ella no iba a limitarse a
observarlo y aceptar sus imposiciones. Quería negociar. Así que lo
citó en la casa de la calle Amelia, donde vivió toda su infancia y
perdió rápidamente su inocencia.
Julien se conmovió al subir al ático
donde había estado encerrada Evelyn. Recordó con exactitud como la
encontró, sus ojos tristes y su aspecto famélico. Habló sin cesar
de lo crueles que eran todos con ella. Se alegró que su vida hubiese
sido larga y le comentó que había logrado recuperarla. Pero eso no
le interesaba a Mona. Amaba a su abuela, pero no quería saber nada
en esos momentos sobre su bondad, su inteligencia y su poder. Para
Julien sería importante, si bien para ella carecía de importancia.
Ella fingió escucharle, sonreía con
la historia que le contaba y cuando más ensimismado estaba,
contándole fascinado los nuevos poemas que recitaba Evelyn, lo besó.
Aquel galante caballero era un vividor. Y aunque parecía enamorado,
o más bien perdidamente enamorado, de su abuela podía jugar con él
hasta hartarse. Nadie decía que no a sus besos. Ningún hombre se
resistía al toque encantador de sus manos. Cualquiera hubiese
jadeado dichoso al escuchar el cierre de su bragueta bajarse,
mientras esos dedos hábiles se colaban para estimular su miembro.
Julien cayó en la trampa.
Los besos eran encendidos. Sus manos
jugaban con el borde del vestido rubí que le hacía una cintura
diminuta. Ella le arrancaba la corbata y desabrochaba el chaleco,
para luego hacerlo caer al suelo quitándole la camisa. Y allí, en
aquel ático, él abrió sus piernas y palpó el escaso vello
pelirrojo de su sexo. Mona jadeó abriendo bien sus piernas,
aceptando el erecto miembro de su bisabuelo y patriarca. Movió sus
caderas como una serpiente de cascabel y cuando él eyaculó
liberándose de las cadenas de Evelyn, de su amor sincero, ella rió
bajo lamiendo sus labios. Tenía lo que quería. Podía jugar con él
cuanto quisiera. Dominar a Julien significaba tener poder sobre
todos. Y él ni siquiera se había percatado, o eso parecía.
Despertó de sus recuerdo cuando el
taxi paró su motor. Sin percatarse se había excitado hasta tal
punto que tenía las mejillas sonrojadas. Rápidamente pagó con un
buen fajo de billetes, cortesía de su víctima, y bajó caminando
por el estrecho sendero hasta la cancela de aquella gigantesca
propiedad. Pudo haber llamado, avisando así de su presencia, pero no
sintió allí a Tarquin.
Quería contarle todo lo que había
descubierto. Ansiaba por contarle los planes que iba a deshacer de
inmediato. Sin embargo, omitiría ciertos detalles de los cuales no
estaba especialmente orgullosa. Amaba de todo corazón a ese vampiro.
Él había sido su único y verdadero amor. La conoció cuando ya
estaba enferma, casi muerta, y no dudó en amarla aunque sólo fuera
flor de un día. No le importó sostener su mano moribunda y jurarle
amor eterno. Tarquin era la promesa de una vida eterna, intensa y
salvaje. Comprendía que él tuviese asuntos pendientes, dejándola
atrás a veces, pero a su vez lo deseaba a su lado continuamente. La
soledad le hacía trazar planes cada vez más descabellados. A su
lado era más centrada, olvidaba su venganza y cualquier dolor que se
clavara en su pecho.
Colocó sus manos sobre las verjas y
apoyó su frente en uno de sus huecos. Deseaba encontrarlo allí,
pero no estaba. Si bien, sintió cerca su presencia. De inmediato
miró hacia el otro lado de la propiedad. Había un embarcadero y
sabía que su noble Abelardo se encontraba quizás en el santuario.
De inmediato tiró la chaqueta al suelo, se alzó por el cielo
nocturno y viajó rápidamente hasta aquella pequeña propiedad, la
cual servía de descanso y lugar de recreo.
—Quinn... —dijo encontrándolo en
mitad de la pequeña isla.
Tenía las manos metidas en los
bolsillos de su traje. Era un traje hecho a medida, con telas caras,
y parecía un príncipe. Su chaleco era azul, del mismo tono que sus
enormes y profundos ojos, y la corbata era en el mismo tono. Poseía
un encanto irresistible. Ella se descalzó y se abalanzó entre sus
brazos.
Tarquin no dudó ni un instante en
atraparla, permitiendo que ésta lo besara. Sus labios eran candentes
y sin duda el paraíso. Nunca amaría a otra mujer que no fuese ella.
Mona era en sí su único y verdadero amor. Un amor que surgió
cuando apenas poseía dieciocho años y que se había alargado en el
tiempo. Era un hombre clásico y su historia parecía sacada de una
novela romántica, o un cuento de hadas.
—Yo también te extrañé—susurró—.
Oh, Mona... —la estrechó con fuerza, casi rompiéndola, mientras
deslizaba sus manos por su espalda.
Estar en sus brazos era encontrar al
fin el hogar. En él se reflejaba el amor y la paciencia que jamás
tuvieron con ella. Él era firme y optimista, siempre buscando el
lado bueno y la esperanza para todo. Incluso tenía esperanza para
ella. No podía dejar de pensar que era una mujer con suerte. Cuando
lo conoció quedó fascinada por sus rasgos, su personalidad torpe y
el modo gentil en el cual la trataba. Durante semanas le habló a
todo el mundo del chico del hospital. Su tío Michael parecía
tranquilo porque al fin había encontrado a alguien especial, dejando
a un lado sus tontos juegos con los diversos primos que poseía.
El besó su frente de inmediato.
Parecía darle la bienvenida al fin. La tomó del rostro y la miró a
los ojos perdiéndose en aquel tono esmeralda. Ella hechizaba sin
necesidad de sus conjuros y poderes. Siempre había sido una bruja
hermosa que era capaz de enamorar a cualquier príncipe. A él lo
enamoró sin necesidad de hechizos, pues le abrió el corazón y fue
sincera. No importaba su pasado. Sólo importaba su presente.
El presente de Mona era ser uno de los
vampiros más fuertes que había creado Lestat. Era inteligente y
escurridiza. Sabía como aprovecharse de sus encantos. Pero jamás
los había usado con él. Nunca se había distinta a como realmente
sentía frente a su noble Abelardo.
Ambos decidieron entrar en la vivienda
de madera. Los escalones crujieron ligeramente y al entrar dentro
ella sintió el agradable confort de una casa común. El suelo de
mármol, la chimenea calentándolo todo, la seda y el oro por todas
partes así como los numerosos libros que se acumulaban cada vez más
en el escritorio de la sala principal. Suspiraba sólo con estar
allí. Él la tomó en brazos y subió con ella hasta la segunda
planta.
Arriba tan sólo había una cama y un
par de armarios bajos, así como un espejo ovalado y un tocador. Era
una habitación amplia, con hermosas vistas al pantano y que aún
rezumaba cierta oscuridad. En ese lugar Petronia, su creadora, había
matado, no si antes torturar hasta lo indecible, a la amante de su
antepasado, Manfred. Pero ellos no veían una sala de tortura, sino
una cama amplia y mullida donde descansar juntos.
Tarquin había esparcido flores
silvestres sobre la pulcra cama de seda blanca. Recostó su cuerpo
con cuidado y se quedó de pie contemplándola. Era hermosa. Parecía
un ángel en medio de una nube cargada de flores.
—¿Qué piensas?—preguntó de
pronto.
—Que eres hermosa y soy
afortunado—respondió quitándose la chaqueta para dejarla en el
perchero.
Ella se incorporó mirándolo a los
ojos mientras se deshacía del vestido. El mismo que arrojó a su
cabeza quedando prácticamente como un turbante mal hecho. Él rió.
No podía contener la risa ante aquel acto tan erótico e impulsivo.
Rápidamente le siguió el juego quitándose la ropa. Ambos se
deshacían de las ataduras de cada trozo de tela.
El primer beso fue suave. Parecían dos
huérfanos perdidos en una isla paradisíaca donde sólo podían
escuchar el zumbido de los insectos, el agua estancada siendo movida
por los caimanes y las sábanas crujiendo bajo sus cuerpos. Un beso
tierno que precedió a otros llenos de intensidad. Se devoraban
mientras sus manos acariciaban sus figuras. Caricias íntimas,
pequeños cosquilleos tan sólo, que lo perturbaban.
Rápidamente atacó a su pecho derecho
rodeándolo con su boca, apretándolo con sus labios y lamiéndolo
con su lengua. Succionaba y mordía el aro de color rosado, casi
pálido, de aquel cuerpo de piel lechosa extremadamente sensible.
Mona echó hacia atrás su cabeza hundiéndola en los almohadones,
abrió ligeramente sus piernas y él se acomodó entre ellas. Las
caderas de la pelirroja se movían invitándolo a ser rudo, pero él
era siempre un caballero.
Dejó de jugar con el pezón,
comenzando a tener interés en los pliegues de sus senos. Lamía
estos mientras deslizaba sus dedos, largos y rápidos, por sus
costados hasta su cintura. Ella le miraba ensimismada con los labios
rojos, las mejillas rosadas y las manos pegadas a sus cabellos
ondulados.
—Quinn...—susurró entre bajos
jadeos.
Él la observó alzando el rostro, para
de inmediato callarla con un beso apasionado. Siempre amaría esos
labios carnosos enmarcados en un rostro prácticamente infantil, el
cual le daba un aspecto inocente y tierno. Ella tenía dieciocho años
y él veintiuno, serían jóvenes eternos de aspecto prácticamente
celestial. Nunca morirían. Siempre disfrutarían de esa piel sedosa
y esos ojos llenos de pasión, sin arrugas ni defectos de la edad.
Tarquin finalmente colocó sus manos
sobre las caderas, sin moverlas ni un ápice, para inclinarse entre
ellas y besar su vientre bajo su ombligo. El fino hilo de cabellos
pelirrojos que tenía sobre su monte de venus era suave, casi sedoso,
y por supuesto también lo besó. Con cuidado introdujo su lengua
comenzando a practicar sexo oral. Ella abrió temblorosa sus piernas,
dejando los brazos de su amante bajo sus muslos, mientras sus manos
iban directamente a los cabellos negros, suaves y rizados que él
poseía. Su lengua era hábil y la enloquecía. Comenzaba a
calentarla como si un fuego imposible se hubiese encendido en su
interior. Sus pechos se movían agitados, como su respiración. A
pesar de no necesitar siquiera respirar en condiciones normales, pues
estaban muertos, ella boqueaba esperando calmar el calor que empezaba
a provocar que sudara. Pequeñas gotas sanguinolentas cubrieron su
rostro pecoso y también su cuerpo de leche. Él también sudaba,
pero en menor medida.
En cierto momento, en medio de ese
placentero sexo practicado con su lengua, ella gimió alto agarrando
sus pechos, juntándolos, para empezar a masajearlos mirándolo de
forma erótica. Él se detuvo masturbándose, deleitándose al fin
con esas expresiones tan lascivas. Entonces, fue ella quien atacó.
De improvisto se lanzó a las caderas de Tarquin, agarró su costado
derecho, besó suavemente sus labios y se inclinó para comenzar a
succionar su miembro mientras su mano diestra acariciaba sus
testículos. Él echó la cabeza hacia atrás con un gemido largo que
le dejó con la boca abierta y los ojos casi en blanco. La traviesa y
adiestrada lengua de Mona lo hechizaba. Ella recorría todo su
miembro, desde el glande hasta la base, tirando de aquella sensible
piel. Y, cuando menos lo esperaba, se apartó y colocó su espalda
contra su torso sutilmente marcado por una musculatura dura, como la
de cualquier vampiro, quedando entre sus brazos.
Ella se penetró. Decidió que era el
momento oportuno y la postura perfecta. Quedó de espaldas a él, con
el rostro girado, mientras que Tarquin la tomaba de los pechos
apretándolos con fuerza. Logró besarla mientras ella colocaba su
zurda tras su nuca y la diestra entre sus piernas, acariciando su
clítoris, sin dejar de mover sus caderas suavemente, en círculos,
penetrándose con un ritmo erótico que le arrancaba a ambos leves
gemidos.
Los segundos pasaban, marcados por el
reloj de péndulo de la parte inferior de la construcción, y el
ritmo aumentaba. La cama comenzó a quejarse. Aquella postura empezó
a ser incómoda y ella quedó recostada en la cama, de espaldas a él
con las nalgas alzadas. De inmediato sonrió viéndola, acarició sus
redondos glúteos y la penetró. El ritmo era rápido y fuerte desde
la primera embestida. Ella se había agarrado a las sábanas, pero la
cama se movía sobre aquel suelo de mármol blanco. El colchón
parecía salirse de su lugar. El cabello de Mona quedaba pegado a su
espalda y él gruñía como una bestia. La azotaba dejándole marcada
su enorme mano durante segundos, pero la marca se borraba. Entre
gruñidos, jadeos y largos gemidos llegaron al éxtasis más pleno.
Ella cayó hacia delante, con su rostro
entre las almohadas, y él salió para echarse a su lado. Se
fundieron en un abrazo que los consoló durante más de unos minutos.
Los besos eran suaves, muy tiernos, y el calor, junto al aroma del
sexo, bañaba todo. Deseaba decirle la verdad, pero era muy dolorosa.
No quería decirle que juegos sucios estaba usando. De momento
deseaba que Tarquin fuese ajeno a ese juego. Él no debía saberlo.
—Te amo—dijo de forma sincera.
—Y yo a ti, mi Ophelia.
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