Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

martes, 14 de octubre de 2014

Volveré siempre a tus brazos

Admiro la determinación de Mona y la caballerosidad de Tarquin. Mi hermanito es todo un hombre ya. Ella sigue siendo mi brujita y una arpía muy sensual. 

Lestat de Lioncourt

“¿Qué hace un joven cuando lo tiene todo? Incluso la vida eterna. Posiblemente algunos terminarían arrepentidos de poseer una vida perfecta, pues puede llegar a ser terriblemente agotadora. Pero mi vida no es perfecta. Aunque esté compuesta por perfectas piezas, no lo es. Mis deseos de conocimiento son tan terribles como los de Lestat en el pasado. La única diferencia entre mi buen amigo y protector, pues lo considero algo más que un simple compañero y como él dice somos hermanos, es que yo poseo una compañera de la cual no deseo separarme y aún así lo hago. Quizás he tomado el ejemplo de Petronia y Arion, mis padres inmortales, para mantenerme en contacto con ella y poder vivir de ese modo un idilio perdurable entre los nuestros. Cuando estoy algunas noches lejos de ella, ausente en el viejo santuario que construyeron en nombre de Petronia, regreso con una pasión inusitada.

No me aterra vivir para siempre, ni ser rico, ni tener cierto atractivo y tampoco me obligo a pensar en qué será de aquellos que amo cuando no sean más que polvo, cenizas y viejas letras en cartas que terminen siendo ilegibles. Sólo disfruto. Me dejó llevar por el jardín salvaje de Lestat. Para mí es un edén. Hay frutos muy agradables y otros venenosos, pero me siento libre. Desde que Goblin no estropea mis planes, y, sobre todo, desde que Maharet me mostró la gran verdad de todos nosotros. Quedé asombrado por la información. Pero sé que no es todo. Quiero saber más, vivir más y ver más.

Esta carta no se la escribo a nadie. Realmente sólo es un trozo cualquiera. He decidido arrancar la hoja de una libreta que compre hace unas noches, he tomado un bolígrafo bastante barato y común, y he decidido escribir lo que sentía en estos momentos. Y lo que siento es un deseo irresistible de ver a Mona. Deseo tenerla entre mis brazos y estrechar su pequeño cuerpo. Hace mucho que no la veo. Creo que ya hace prácticamente una semana. Quiero caer rendido ante el hechizo esmeralda de sus ojos. Sí, eso deseo.

Tarquin Blackwood.”

Mona tenía aquella carta entre sus pequeñas y delicadas manos. Sus ojos habían leído cada línea al menos tres veces aquella misma noche. Ya se había aprendido cada renglón. Aquello le recordaba a los interminables e-mails que recibía en el hospital, los cuales terminó por no poder contestar debido a su precaria salud. Era la letra de su noble Abelardo.

Había viajado desde las coquetas y multitudinarias principales avenidas de New Orleans. La ciudad parecía no querer descansar. La oscuridad penetraba en cada rincón, pero a su vez las luces de neón centelleaban como gigantescas luciérnagas. Los insectos aún sonaban intentando no morir en un otoño que se les había echado encima. Los jardines parecían llenarse aún, a pesar de los ligeros cambios de temperatura, y los locales más habituales se llenaban de millones de voces. Decidió que sus tacones ya habían sonado demasiado por el asfalto de las diversas calles, y claro está, su apetito también estaba saciado.

Así que, como si de una novia fugitiva se tratara, caminó por algunas calles desiertas buscando transporte. Llevaba un traje blanco, ligeramente vaporoso, que a penas cubría sus piernas. Traje que contrastaba con la americana negra que cubría sus hombros, la cual había robado a su última víctima, y que evitaba que la humedad calara en sus huesos. Los vampiros pueden estar muertos, pero siguen sintiendo los cambios del clima.

Tras unos minutos encontró un taxi varado en una sucia acera. Se subió indicándole la dirección de la mansión de los Blackwood y se acomodó en su asiento de piel negro. Miraba por la ventanilla los viejos edificios, las mansiones señoriales, los monumentos, las banderas que se alzaban gloriosas como si pudiesen mantener la paz de la nación con sólo hondear y los balcones cubiertos aún de diversas flores. Sonreía pensando en sus pequeñas victorias. Ahora tenía mayor dominio de sus poderes, así como un control absoluto de sus cuentas y de ciertos asuntos. Julien estaba de su lado y no sospechaba de sus futuros planes.

Mona se regodeaba orgullosa de su estrategia. Pronto todos sabrían que pretendía hacer. No iba a dejar que Julien dominase la familia desde las sombras, como había hecho siempre, pues ella quería recuperar parte de su poder. Ella no se echaría atrás. Había decidido no hacerlo. El regreso del cabeza de familia, de uno de los brujos más fuertes de la familia, no iba a ser problema sino algo beneficioso.

Noches atrás había mantenido una seria discusión con el nuevo Julien. Ese hombre que paseaba por las avenidas como si aún fueran los años veinte. Bien vestido, con el cabello cepillado como todo un caballero y con un reloj de bolsillo que siempre miraba fascinado. No necesitaba apoyarse en un bastón. Había regresado como un hombre maduro, de aspecto atractivo y sonrisa cautivadora. Disfrutaba sin duda de esa segunda oportunidad concedida por el demonio, con una magia tan oscura y densa que ningún otro sería capaz de imitarla. Pero ella no iba a limitarse a observarlo y aceptar sus imposiciones. Quería negociar. Así que lo citó en la casa de la calle Amelia, donde vivió toda su infancia y perdió rápidamente su inocencia.

Julien se conmovió al subir al ático donde había estado encerrada Evelyn. Recordó con exactitud como la encontró, sus ojos tristes y su aspecto famélico. Habló sin cesar de lo crueles que eran todos con ella. Se alegró que su vida hubiese sido larga y le comentó que había logrado recuperarla. Pero eso no le interesaba a Mona. Amaba a su abuela, pero no quería saber nada en esos momentos sobre su bondad, su inteligencia y su poder. Para Julien sería importante, si bien para ella carecía de importancia.

Ella fingió escucharle, sonreía con la historia que le contaba y cuando más ensimismado estaba, contándole fascinado los nuevos poemas que recitaba Evelyn, lo besó. Aquel galante caballero era un vividor. Y aunque parecía enamorado, o más bien perdidamente enamorado, de su abuela podía jugar con él hasta hartarse. Nadie decía que no a sus besos. Ningún hombre se resistía al toque encantador de sus manos. Cualquiera hubiese jadeado dichoso al escuchar el cierre de su bragueta bajarse, mientras esos dedos hábiles se colaban para estimular su miembro. Julien cayó en la trampa.

Los besos eran encendidos. Sus manos jugaban con el borde del vestido rubí que le hacía una cintura diminuta. Ella le arrancaba la corbata y desabrochaba el chaleco, para luego hacerlo caer al suelo quitándole la camisa. Y allí, en aquel ático, él abrió sus piernas y palpó el escaso vello pelirrojo de su sexo. Mona jadeó abriendo bien sus piernas, aceptando el erecto miembro de su bisabuelo y patriarca. Movió sus caderas como una serpiente de cascabel y cuando él eyaculó liberándose de las cadenas de Evelyn, de su amor sincero, ella rió bajo lamiendo sus labios. Tenía lo que quería. Podía jugar con él cuanto quisiera. Dominar a Julien significaba tener poder sobre todos. Y él ni siquiera se había percatado, o eso parecía.

Despertó de sus recuerdo cuando el taxi paró su motor. Sin percatarse se había excitado hasta tal punto que tenía las mejillas sonrojadas. Rápidamente pagó con un buen fajo de billetes, cortesía de su víctima, y bajó caminando por el estrecho sendero hasta la cancela de aquella gigantesca propiedad. Pudo haber llamado, avisando así de su presencia, pero no sintió allí a Tarquin.

Quería contarle todo lo que había descubierto. Ansiaba por contarle los planes que iba a deshacer de inmediato. Sin embargo, omitiría ciertos detalles de los cuales no estaba especialmente orgullosa. Amaba de todo corazón a ese vampiro. Él había sido su único y verdadero amor. La conoció cuando ya estaba enferma, casi muerta, y no dudó en amarla aunque sólo fuera flor de un día. No le importó sostener su mano moribunda y jurarle amor eterno. Tarquin era la promesa de una vida eterna, intensa y salvaje. Comprendía que él tuviese asuntos pendientes, dejándola atrás a veces, pero a su vez lo deseaba a su lado continuamente. La soledad le hacía trazar planes cada vez más descabellados. A su lado era más centrada, olvidaba su venganza y cualquier dolor que se clavara en su pecho.

Colocó sus manos sobre las verjas y apoyó su frente en uno de sus huecos. Deseaba encontrarlo allí, pero no estaba. Si bien, sintió cerca su presencia. De inmediato miró hacia el otro lado de la propiedad. Había un embarcadero y sabía que su noble Abelardo se encontraba quizás en el santuario. De inmediato tiró la chaqueta al suelo, se alzó por el cielo nocturno y viajó rápidamente hasta aquella pequeña propiedad, la cual servía de descanso y lugar de recreo.

—Quinn... —dijo encontrándolo en mitad de la pequeña isla.

Tenía las manos metidas en los bolsillos de su traje. Era un traje hecho a medida, con telas caras, y parecía un príncipe. Su chaleco era azul, del mismo tono que sus enormes y profundos ojos, y la corbata era en el mismo tono. Poseía un encanto irresistible. Ella se descalzó y se abalanzó entre sus brazos.

Tarquin no dudó ni un instante en atraparla, permitiendo que ésta lo besara. Sus labios eran candentes y sin duda el paraíso. Nunca amaría a otra mujer que no fuese ella. Mona era en sí su único y verdadero amor. Un amor que surgió cuando apenas poseía dieciocho años y que se había alargado en el tiempo. Era un hombre clásico y su historia parecía sacada de una novela romántica, o un cuento de hadas.

—Yo también te extrañé—susurró—. Oh, Mona... —la estrechó con fuerza, casi rompiéndola, mientras deslizaba sus manos por su espalda.

Estar en sus brazos era encontrar al fin el hogar. En él se reflejaba el amor y la paciencia que jamás tuvieron con ella. Él era firme y optimista, siempre buscando el lado bueno y la esperanza para todo. Incluso tenía esperanza para ella. No podía dejar de pensar que era una mujer con suerte. Cuando lo conoció quedó fascinada por sus rasgos, su personalidad torpe y el modo gentil en el cual la trataba. Durante semanas le habló a todo el mundo del chico del hospital. Su tío Michael parecía tranquilo porque al fin había encontrado a alguien especial, dejando a un lado sus tontos juegos con los diversos primos que poseía.

El besó su frente de inmediato. Parecía darle la bienvenida al fin. La tomó del rostro y la miró a los ojos perdiéndose en aquel tono esmeralda. Ella hechizaba sin necesidad de sus conjuros y poderes. Siempre había sido una bruja hermosa que era capaz de enamorar a cualquier príncipe. A él lo enamoró sin necesidad de hechizos, pues le abrió el corazón y fue sincera. No importaba su pasado. Sólo importaba su presente.

El presente de Mona era ser uno de los vampiros más fuertes que había creado Lestat. Era inteligente y escurridiza. Sabía como aprovecharse de sus encantos. Pero jamás los había usado con él. Nunca se había distinta a como realmente sentía frente a su noble Abelardo.

Ambos decidieron entrar en la vivienda de madera. Los escalones crujieron ligeramente y al entrar dentro ella sintió el agradable confort de una casa común. El suelo de mármol, la chimenea calentándolo todo, la seda y el oro por todas partes así como los numerosos libros que se acumulaban cada vez más en el escritorio de la sala principal. Suspiraba sólo con estar allí. Él la tomó en brazos y subió con ella hasta la segunda planta.

Arriba tan sólo había una cama y un par de armarios bajos, así como un espejo ovalado y un tocador. Era una habitación amplia, con hermosas vistas al pantano y que aún rezumaba cierta oscuridad. En ese lugar Petronia, su creadora, había matado, no si antes torturar hasta lo indecible, a la amante de su antepasado, Manfred. Pero ellos no veían una sala de tortura, sino una cama amplia y mullida donde descansar juntos.

Tarquin había esparcido flores silvestres sobre la pulcra cama de seda blanca. Recostó su cuerpo con cuidado y se quedó de pie contemplándola. Era hermosa. Parecía un ángel en medio de una nube cargada de flores.

—¿Qué piensas?—preguntó de pronto.

—Que eres hermosa y soy afortunado—respondió quitándose la chaqueta para dejarla en el perchero.

Ella se incorporó mirándolo a los ojos mientras se deshacía del vestido. El mismo que arrojó a su cabeza quedando prácticamente como un turbante mal hecho. Él rió. No podía contener la risa ante aquel acto tan erótico e impulsivo. Rápidamente le siguió el juego quitándose la ropa. Ambos se deshacían de las ataduras de cada trozo de tela.

El primer beso fue suave. Parecían dos huérfanos perdidos en una isla paradisíaca donde sólo podían escuchar el zumbido de los insectos, el agua estancada siendo movida por los caimanes y las sábanas crujiendo bajo sus cuerpos. Un beso tierno que precedió a otros llenos de intensidad. Se devoraban mientras sus manos acariciaban sus figuras. Caricias íntimas, pequeños cosquilleos tan sólo, que lo perturbaban.

Rápidamente atacó a su pecho derecho rodeándolo con su boca, apretándolo con sus labios y lamiéndolo con su lengua. Succionaba y mordía el aro de color rosado, casi pálido, de aquel cuerpo de piel lechosa extremadamente sensible. Mona echó hacia atrás su cabeza hundiéndola en los almohadones, abrió ligeramente sus piernas y él se acomodó entre ellas. Las caderas de la pelirroja se movían invitándolo a ser rudo, pero él era siempre un caballero.

Dejó de jugar con el pezón, comenzando a tener interés en los pliegues de sus senos. Lamía estos mientras deslizaba sus dedos, largos y rápidos, por sus costados hasta su cintura. Ella le miraba ensimismada con los labios rojos, las mejillas rosadas y las manos pegadas a sus cabellos ondulados.

—Quinn...—susurró entre bajos jadeos.

Él la observó alzando el rostro, para de inmediato callarla con un beso apasionado. Siempre amaría esos labios carnosos enmarcados en un rostro prácticamente infantil, el cual le daba un aspecto inocente y tierno. Ella tenía dieciocho años y él veintiuno, serían jóvenes eternos de aspecto prácticamente celestial. Nunca morirían. Siempre disfrutarían de esa piel sedosa y esos ojos llenos de pasión, sin arrugas ni defectos de la edad.

Tarquin finalmente colocó sus manos sobre las caderas, sin moverlas ni un ápice, para inclinarse entre ellas y besar su vientre bajo su ombligo. El fino hilo de cabellos pelirrojos que tenía sobre su monte de venus era suave, casi sedoso, y por supuesto también lo besó. Con cuidado introdujo su lengua comenzando a practicar sexo oral. Ella abrió temblorosa sus piernas, dejando los brazos de su amante bajo sus muslos, mientras sus manos iban directamente a los cabellos negros, suaves y rizados que él poseía. Su lengua era hábil y la enloquecía. Comenzaba a calentarla como si un fuego imposible se hubiese encendido en su interior. Sus pechos se movían agitados, como su respiración. A pesar de no necesitar siquiera respirar en condiciones normales, pues estaban muertos, ella boqueaba esperando calmar el calor que empezaba a provocar que sudara. Pequeñas gotas sanguinolentas cubrieron su rostro pecoso y también su cuerpo de leche. Él también sudaba, pero en menor medida.

En cierto momento, en medio de ese placentero sexo practicado con su lengua, ella gimió alto agarrando sus pechos, juntándolos, para empezar a masajearlos mirándolo de forma erótica. Él se detuvo masturbándose, deleitándose al fin con esas expresiones tan lascivas. Entonces, fue ella quien atacó. De improvisto se lanzó a las caderas de Tarquin, agarró su costado derecho, besó suavemente sus labios y se inclinó para comenzar a succionar su miembro mientras su mano diestra acariciaba sus testículos. Él echó la cabeza hacia atrás con un gemido largo que le dejó con la boca abierta y los ojos casi en blanco. La traviesa y adiestrada lengua de Mona lo hechizaba. Ella recorría todo su miembro, desde el glande hasta la base, tirando de aquella sensible piel. Y, cuando menos lo esperaba, se apartó y colocó su espalda contra su torso sutilmente marcado por una musculatura dura, como la de cualquier vampiro, quedando entre sus brazos.

Ella se penetró. Decidió que era el momento oportuno y la postura perfecta. Quedó de espaldas a él, con el rostro girado, mientras que Tarquin la tomaba de los pechos apretándolos con fuerza. Logró besarla mientras ella colocaba su zurda tras su nuca y la diestra entre sus piernas, acariciando su clítoris, sin dejar de mover sus caderas suavemente, en círculos, penetrándose con un ritmo erótico que le arrancaba a ambos leves gemidos.

Los segundos pasaban, marcados por el reloj de péndulo de la parte inferior de la construcción, y el ritmo aumentaba. La cama comenzó a quejarse. Aquella postura empezó a ser incómoda y ella quedó recostada en la cama, de espaldas a él con las nalgas alzadas. De inmediato sonrió viéndola, acarició sus redondos glúteos y la penetró. El ritmo era rápido y fuerte desde la primera embestida. Ella se había agarrado a las sábanas, pero la cama se movía sobre aquel suelo de mármol blanco. El colchón parecía salirse de su lugar. El cabello de Mona quedaba pegado a su espalda y él gruñía como una bestia. La azotaba dejándole marcada su enorme mano durante segundos, pero la marca se borraba. Entre gruñidos, jadeos y largos gemidos llegaron al éxtasis más pleno.

Ella cayó hacia delante, con su rostro entre las almohadas, y él salió para echarse a su lado. Se fundieron en un abrazo que los consoló durante más de unos minutos. Los besos eran suaves, muy tiernos, y el calor, junto al aroma del sexo, bañaba todo. Deseaba decirle la verdad, pero era muy dolorosa. No quería decirle que juegos sucios estaba usando. De momento deseaba que Tarquin fuese ajeno a ese juego. Él no debía saberlo.

—Te amo—dijo de forma sincera.


—Y yo a ti, mi Ophelia.

No hay comentarios:

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt