Arjun, el hindú que acompañaba a Pandora, regresa. Va y viene, la acompaña cuando ella lo desea y desaparece cuando menos lo esperas. Un ser extraño que deja poemas y textos como este.
Lestat de Lioncourt
La observaba discretamente desde el
marco de la puerta. Ella parecía completamente ensimismada en sus
pensamientos. Redactaba en un libro algunos versos que había
encontrado perdidos en libros antiguos. Tenía el ceño ligeramente
fruncido, pero había una sonrisa en sus labios que iluminaba su
rostro. El cabello lo llevaba trenzado, para evitar posibles
molestias al usar la pluma. Llevaba un traje poco ceñido, bastante
cómodo, pero igualmente elegante y de color rubí. Cuando vestía
con ese tono toda su piel parecía nieve manchada de sangre. Una piel
nívea, sin mácula, que se exponía al mundo como los pétalos de
una rosa blanca invernal. Deseó aproximarse, pero no se sentía
cómodo interrumpiendo aquel momento.
Pandora había sufrido tanto que
decidió dejar de sentir. Había encerrado sus sentimientos lejos de
su corazón; sin embargo, David le había recordado quien era. Ellos
permanecieron en contacto, del mismo modo que ella y él seguían
viéndose con frecuencia. Arjun no era un carcelero, tampoco su
dueño. Él se dedicaba a visitarla de vez en cuando, vigilando sus
pasos para ayudarla a levantarse si tropezaba.
—Sé que estás ahí—dijo sin
levantar la vista—. Llevas un buen rato vigilando lo que hago, como
siempre.
—No quería molestar, amor
mío—respondió aún ensimismado—. Mi señora, he encontrado algo
para que entretenga tus noches.
—Acércate—contestó deteniéndose,
dejando la pluma en el tintero, para luego colocarlas sobre la falda
de su vestido.
—Son unos manuscritos antiguos. He
conseguido estos en una subasta—dijo colocando algunos pergaminos
frente a ella—. Están bien conservados, pero aún así algunas
partes son ilegibles. Pueden estar fechados sobre el siglo XV. Tienen
una caligrafía exquisita. Son versos conmovedores de jóvenes
escritores que no son muy conocidos. Sin embargo, son hermosos. Pensé
en ti, en un regalo mejor que un diamante o una esmeralda. Supuse que
era mejor que cualquier gema engarzada en un colgante de oro—comentó
con una leve sonrisa—. Sólo vine a verte y dejar estos documentos,
nada más.
En otra época se había sentido presa
de esa amabilidad. Su poder la subyugaba. Aquellos ojos pardos la
vigilaban con cierta ternura y preocupación. Hablaba de forma
cortés, se comportaba como un caballero y siempre la cubría de
regalos. No era como Marius. Él nunca le regaló algo más valioso
que su compañía y la vida eterna. Arjun se dedicaba a dejar regalos
por doquier, palabras amables, consejos que ni siquiera ella había
pedido y evitaba discutir a toda costa. Por eso mismo se sentía
presa. Ejercía un poder místico sobre ella. Un poder que aún no
comprendía del todo. No podía negar que lo quería a su modo, igual
que él a ella, pero le temía. Temía esa amabilidad pues era
desconocida hasta que él apareció en su vida. Sólo había visto
esa dedicación en alguien y ese alguien era Flavius, un esclavo que
le robó el corazón debido a su amabilidad y bondad. Pero Arjun
tenía algo de malicia, lo podía notar, y no la usaba contra ella,
cosa que la confundía.
—Gracias—dijo apresurándose a
leerlos—. ¡Son magníficos!—exclamó.
Cuando alzó la vista para
agradecérselo infinitamente ya se había esfumado. Sólo había
dejado el perfume en el ambiente. Un perfume a flores muy intenso y
agradable. Arjun ya se encontraba lejos de la habitación, caminando
por los pasillos de aquel departamento, a punto de salir a la calle y
toparse con París. Un París cargado de sueños y luces. Un mundo
fascinante donde perderse unas horas hasta su próximo encuentro con
Pandora.
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