Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 2 de septiembre de 2017

AKASHA

Marius demostrando lo que fue y es...

Lestat de Lioncourt 

Ahora que puedo tomar distancia y reflexionar sobre mi vida junto a ellos, cuidándolos y protegiendo su secreto, comprendo que hubieron momentos de torpeza por mi parte, pero también de incumplimiento por parte de otros bebedores de sangre que conocieron esta verdad, la verdad de un nexo común y que ellos eran la fuente de nuestro poder, pero no movieron ni un dedo por socorrerme y ayudarme a cuidar, vigilar y ofrecer seguridad a ambos Padres.

Si viajé a Egipto fue por petición de mi hacedor, al cual creí destruido por parte de los druidas. Él me encomendó que tomase las riendas de este asunto para desenmarañar la intrincada red que nos vinculaba a unos y a otros. Eran como hilos finos que nos conectaban, al menos así lo sentía y así ha sido hasta hace escasos años.

La historia que se narra actualmente sobre dos hermanas pelirrojas que se enfrentaron a los Padres y fueron apresadas, juzgadas y condenadas sin ser escuchadas. Ultrajadas, violadas, desacreditadas y expulsadas a recorrer el desierto encontraron un refugio y allí fueron encontradas nuevamente para ser despojadas de sus ojos y su lengua, aunque hubo un hombre que se compadeció de ellas. Aclaro que en este proceso Maharet y Mekare fueron juzgadas por canibalismo, ya que estaban consumiendo el cuerpo de su madre. Era una práctica natural y extendida por todo el territorio, pero Akasha, que venía de otras tierras cercanas a Mesopotamia, lo veía como un escándalo e implantó la momificación. Ese fue su primer acto de rebeldía, el segundo fue cuando los espíritus que hablaban con estas mujeres lanzaron a la reina su desprecio y por ende esta hizo caer sobre ellas el peso de su poder. Desde entonces los sucesos se precipitaron. La crueldad de Akasha se fue moldeando a lo largo del relato y demostrando que la que yo creía una madre bondadosa era una tirana despreciable.

Yo no sabía la verdad. Desconocía cómo sucedió todo. Sin embargo, asumí que debía protegerlos. Comprendí que mi vida, como la vida de centenares de vampiros, dependía de su protección. Por eso los llevé conmigo y los amé profundamente a pesar de su silencio. Cuando me hice con su cuidado ellos ya no se movían y eran similares a estatuas. A mí no me importaba, aunque pueda parecer escalofriante. Era como los pacientes inducidos en un coma a salvedad que ellos no envejecían y no necesitaban más cuidado que mi limpieza, cepillado de sus cabellos y colocar prendas nuevas cuando las anteriores se deterioraban. Supongo que mi labor era similar a la que realizan muchos beatos en las iglesias cristianas.

Construí a lo largo de los años muchos refugios para que ellos estuviesen protegidos y cómodos. Asumí que tal vez podían escucharme y por lo tanto les contaba como cambiaba el mundo y los grandes acontecimientos. Solía bajar a conversar durante horas, pintaba mis lienzos junto a ellos e incluso cambiaba la decoración de las paredes.

Amaba sobre todo a Madre, la hermosa y siempre joven Akasha, cuyos ojos parecían brillar y su voz me hablaba en sueños. Al menos así lo creía. Pues cuando tuve ciertos percances logré escuchar su voz, logré tener sueños muy vívidos e incluso me impulsó a buscar a Pandora, mi primera creación y a quien siempre amaré a mi modo.

De hecho, Pandora tuvo sueños de sangre relacionados con Madre y Padre. Ella decía que podía ver en estos el deseo y las necesidades de Akasha. Se postraba a sus pies y le hablaba. No todos podían hacer eso. Había leyendas, así como yo había llegado a comprobar, que quienes no eran dignos de ella, de estar en su presencia, quedaban reducidos a cenizas. Así que esos sucesos me hacían seguir creyendo que nos escuchaba, que podía ver y sentir aún. Jamás comprendía cómo podían ambos estar sumidos en un silencio tan profundo, como si durmieran con la expresión de alerta.

No fue hasta que rescaté a Lestat del Cairo y lo llevé hasta el refugio que yo poseía. No fue hasta esos días. No, no fue hasta entonces, que no presencié los movimientos de Akasha y Enkil. Ambos Padres, llamados Los Que Deben Ser Guardados, reaccionaron ante la presencia del impertinente jovenzuelo que yo había decidido rescatar de su pena.

Lestat había sufrido terriblemente al entrarse que quien fue su amante durante su vida humana, el segundo vampiro que convirtió, había atentado contra su vida y ardido en una pira frente a otra de mis creaciones, mi dulce Amadeo que ahora se hacía llamar Armand y que poseía una expresión más cruel que la que yo jamás podía haber imaginado. Además, su propia madre había desparecido de su lado después de hacer varios amagos para marcharse. Lestat había convertido a su madre en vampiro y esta deseaba libertad, poder comprenderse y reconocerse a sí misma. Hizo aquello en un momento crítico y Lestat cayó en una terrible depresión. Él había salido de París buscándome y yo me sentí más que tentado a buscarlo.

Todavía no perdono a todos los vampiros que fui conociendo y que se negaron a cooperar para cuidarlos. Tampoco perdonaré a Eudoxia o Santino, aunque ya estén muertos, por haber intentado ambos hacerse con ellos. Nunca lo podré perdonar.

Lestat hizo que ella despertara en una segunda ocasión, pero ya en este mundo lleno de tecnología. Ella pudo escuchar sus canciones llenas de poesía oscura e irreverente. Logró lo que nadie había logrado hasta este momento. La animó, la hizo entregarse a unos criterios errados y comenzó a destruir a “sus hijos”. Miles de vampiros fueron asesinados bajo sus noches de horror, muchos de ellos habían acudido al concierto de Lestat que daba para propagar sus canciones, su verdad, la verdad que yo le había enseñado y él había vivido. Sobrevivimos casi medio millón, pero poco después hubieron otros desastres. Las noches ya no son tranquilas. No lo son desde que Akasha despertó, destruyó todo a su paso y las Gemelas decidieron destruirla a ella.

Y digo que no lo son porque muchos seguimos soñando con su rostro, con esos ojos endemoniados, con esas palabras crueles e intransigentes. Hay quienes cayeron en la depresión, la locura y se aferraron al cataclismo. He intentado ayudar a muchos jóvenes que intentan hallar en mí consejos y algo de guía. Ahora soy la mano derecha, la mano fuerte, de Lestat. Si bien, mi autoridad puede resultar tediosa para mi joven pupilo. Para él a veces soy demasiado rígido y para mí él es demasiado blando.

Akasha poseía el Germen Sagrado y ahora habita en Lestat. Por eso mismo él es el líder, por eso mismo seguimos luchando. Sin embargo, estamos buscando como romper el vínculo de todos con Amel, como así se llama y llamaba este espíritu que nos dio vida tras una supuesta muerte, porque sólo así podremos estar más seguros y menos dependientes si algún milenario, o el propio Lestat, sufre un percance.


Ella nos demostró como no deben ser los gobernantes y el fuerte vínculo que tenemos entre todos. Ella nos demostró la cara amable y la cara terrible. Ella, Akasha.  

martes, 8 de agosto de 2017

Abrázame

Daniel y Armand tenían que tener su momento lejos del ruido de los demás, ¿no?

Lestat de Lioncourt 

Regresaba al consejo, donde estaban reunidos vampiros de distintas culturas y tan antiguos o más que mi viejo hacedor. Marius presidía un bando más inquisitivo y virulento, pues exigía que Rhosh pagara por los crímenes que había realizado. Lestat siempre era sensible, abogaba por la presunción de inocencia debido a haber sido manipulado por Amel y sus artimañas, e imploraba perdón para el fantasma que nos mantenía atados, los unos con los otros, en una red similar a una tela de araña invisible a nuestros ojos y para el viejo vampiro cretense, el cual fue creado por Gregory mucho antes que Marius y su Imperio existieran en este mundo.

Mascullaba cientos de posibilidades, recordaba el horror de tiempo atrás cuando Maharet se negó a aniquilar a Santino y Thorne tomó la justicia por su mano. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral entretanto Benji empezaba a emitir el comunicado que Lestat me pidió transmitir. El consejo no estaba lejos, sólo tenía que regresar a la torre y subir por sus peldaños de metal. Situado hacia la mitad me hallé a Daniel Molloy. Él estaba allí aferrado al teléfono móvil con la aplicación de la radio conectada, los audífonos puestos en sus orejas y sus ojos violetas perdidos en la inmensidad de la intrincada escalera.

Me quedé paralizado por unos segundos. No lo había visto desde hacía unos meses y desconocía que hacía aquí, junto al resto, aunque Lestat había pedido que todos se reunieran en la corte, por protección y necesidad. Estaban Rose y Viktor en una sala del castillo, conversando con otros neófitos sobre su viaje por el mundo, y él estaba allí. Podía estar con el resto, pero había decidido dejar los salones abarrotados para aferrarse al hilo de esperanza que incluso los fantasmas y espíritus, representados en la sala bajo la orden de Talamasca y la presencia de Gremt como del hacedor de Marius.

Llevaba un suéter de cuello de tortuga, unos pantalones jeans algo desgastados en el bajo y unos zapatos muy simples. No era una vestimenta muy idílica, pero sí le simbolizaba a él. Siempre fue despistado, algo andrajoso a la hora de vestir, y podría decirse que no apreciaba las ropas caras que yo a veces le ofrecía. Tenía el pelo revuelto y un par de mechones rubios caían sobre su frente. Sus ojos violetas eran muy expresivos, pero ahora sólo mostraban temor.

—Otra crisis—dijo al fin quitándose los auriculares y poniéndose en pie.

—Sí, eso me temo—respondí apoyándome en uno de los muros. Intentaba no mirarlo directamente a la cara. Desde hacía un tiempo sentía ciertas emociones encontradas que no sabía como manejar adecuadamente.

—¿Necesitas algo?—preguntó—. Ya sabes que puedes contar conmigo.

—Contigo...—murmuré como si fuese una ilusión, como si eso no estuviese pasando o fuese sólo un hermoso sueño que una vez tuve y no recordaba hasta el momento. Cerré los ojos, agaché la cabeza y reprimí las lágrimas.

Necesitaba tantas cosas, tantas. No era capaz de pedir nada a otros porque siempre me desilusionaban. Marius había recobrado la energía de otras épocas y parecía decidido a gobernar ayudando a Lestat, aunque a veces este se revelaba ya que se sentía una marioneta. Si bien, no había acercamiento suyo de ningún tipo y cuando lo había era para hacernos daño. Antoine se había ido unos meses con Notker, pues quería aprender más sobre la música que este realizaba y ofrecer mejores composiciones a toda la tribu. Sybelle decidió acompañarlo. Benjamín tenía la radio, su radio, y una fama incontrolable que iba a más con cada emisión. Y yo sólo tenía mi televisión, mis series de culto, mis juegos de realidad virtual y poco más. Me centraba en los libros, en el teatro, en la teconología y en los avances que iba ofreciendo el dúo médico de Fareed y Seth a todos nosotros. A eso me dedicaba. Porque hasta Louis había corrido a los brazos de Lestat. Eleni me apoyaba, me aconsejaba, me escuchaba... ¿pero me era suficiente? No. Nunca lo fue. Además me sentía culpable cuando la veía. Había hecho que su vida, los primeros años de esta, fuese miserable.

—Armand...—su voz parecía lejana, así como su presencia, pero rápidamente pude sentir su cálido abrazo.


Me dejé abrazar en mitad de la torre esperando que su amor me reconfortara, aunque este sólo fuese fruto de una necesidad mutua de sabernos unidos ante la adversidad.  

martes, 18 de julio de 2017

Indecencia

Marius acaba de jugarle al verga con Daniel. Un minuto de silencio.

Lestat de Lioncourt 


Me hallaba sentado en mitad de la biblioteca absorbido por la lectura. Tenía el codo diestro apoyado sobre la mesa del pesado escritorio y el dorso de la mano sostenía mi cabeza. Mis largos cabellos estaban atados con un trozo de cuerda de una manera muy simple, la cual a veces usaba para leer sin que me lo impidieran los mechones cercanos a mi frente. Ante cualquiera parecía un hombre de mediana edad, con el rostro serio y perfilado por la soledad del momento, pero ante un igual era Marius el Romano.

Había decidido acudir a una de esas reuniones que se prolongan varias noches y que aglutina a distintos vampiros de distintas edades, nacionalidades y creencias. Lestat había elegido a personalidades entre los nuestros para que le ayudaran a sostener el poder sin ser un regente todopoderoso y endiosado, sino usar algo similar a la democracia para que nuestro pueblo, conformado por vampiros, humanos y diversas entes, pudiesen sentirse representados. Incluso había criaturas que no habían aún aceptado la inmortalidad o ni siquiera poseían cuerpo.

Al otro lado de la robusta puerta, la cual era en sí una hermosa obra de artesanía por las figuras que se encontraban talladas, estaba Pandora y ya había sentido su mirada cargada de desafío y rencores. Estaba buscando la más mínima oportunidad para recriminarme cualquier acto del pasado, el cual ya no tenía sentido y carecía de interés para mí. Tal vez por eso había huido a ese pequeño paraíso y tomado uno de los tantos libros que allí se acumulaban.

Estaba tan absorto en mi lectura que no me percaté que la puerta se hallaba entreabierta y que alguien decidió hacerme compañía. Sin embargo, su perfume logró captar mi atención y girarme hacia donde se hallaba. Su perfume y su fuerza.

Ante mí estaba él con sus hermosos rizos dorados rozando su frente, con esos rasgos griegos tan característicos y esos ojos claros, pero nada gélidos como los míos, que parecían atravesar mi alma. Vestía una camiseta de color blanca muy simple, sin mangas y algo holgada, y unos pantalones grises de tela vaquera de perneras rectas. En sus pies había unas sandalias similares a las mías. Nosotros no dejábamos de usar ese calzado porque era cómodo y nos retrotraía a nuestra antigua vida.

—¿Te manda tu dueña como recadero?

Es cierto que dije aquello con gesto apático y voz severa, dejando a un lado “Grandes Esperanzas”, y centrándome en su boca carnosa que parecía tener una sonrisa algo pérfida. No obstante, no estaba molesto con él. Ella era quien estaba causando estragos en mi alma al ver como seguía el juego a Arjun, logrando que me sintiera ignorado y sentido en muchos aspectos.

—En absoluto—respondió—. He venido porque así lo he querido. Ansiaba volver a verte a solas.

—¿Cuál es el motivo de ese deseo?

—Hemos tenido nuestras diferencias, pero siempre he pensado que eras un hombre culto y honesto. Aunque tienes tus defectos opino que son más las virtudes que acumulas, por eso no de puedo odiar—dijo caminando hacia la mesa para apoyarse a un costado, muy cerca de donde me hallaba.

—¿Eres consciente que te hubiese destruido?—pregunté.

—Ah, destruirme... Según todos eres un hombre recto de importantes normas, pero todos sabemos en el fondo que no cumples ni una. No lo hubieses hecho porque me faltase una pierna y ahora que tengo ambas, gracias a Faared, no tienes siquiera un motivo minúsculo para desear verme muerto—sus manos eran delicadas y se notaba que pese a haber sido un esclavo jamás las usó en oficios duros y crueles. Él era un esclavo culto y elocuente, lo cual lo hacía perfecto.

—Tienes razón—dije con una sonrisa burlona más propia de un gato que de un hombre.

—¿Puedo ser honesto?

Me lanzó una mirada que no supe como leerla en ese momento. Quedé con mis ojos clavados en los suyos atento a lo que iba a decirme. El silencio fue una invitación que poco a poco se convirtió en ruego. Fueron tan sólo dos segundos en los que mantuvimos este, pero lo sentí como una eternidad. Podía parecer paciente, pero la realidad es y será siempre muy distinta.

—Pandora me adquirió para que fuera su consuelo, pero jamás pude serlo. Honestamente, me alegro por ello. Sabía que el amor que sentía hacia ti era demasiado profundo y hubiese sido una tremenda estupidez adentrarme en aguas pantanosas—su sinceridad me abrumó, pero también molestó. Ya lo sabía porque ella misma lo había dicho en sus memorias; sin embargo, fue doloroso volverlo a escuchar de ese modo. Aún así le permití que continuara. No podía pedirle que se callara porque sentía que había algo más en esa confesión—. Además soy abiertamente homosexual.

—¿Para que me aclaras esto? ¿Qué gano yo?

La respuesta a mi pregunta no tardó en llegar. Dejó de estar recargado en la mesa para llevar su mano derecha a mi entrepierna. Rápidamente comenzó a acariciar la tela de la levita que suelo llevar. Aclaro que cuando viajo puedo usar esa horrible ropa bárbara que consiste en pantalones y chaqueta, pero una vez dentro de las viviendas me cambio porque no hay nada como sentirse libre lejos de unas prendas tan ajustadas; por lo tanto para él fue fácil tirar de la tela hacia arriba y observar mi miembro desnudo, pues ni siquiera uso ropa interior.

—¿Sabes qué estás haciendo?—dije dejando ambas manos sobre los regazos de la silla.

—Algo que llevo deseando hacer desde hace algunos años. Ahora es posible y ni siquiera necesito inyectables. Faared ha logrado otros milagros para nosotros y yo, como bien sabes, me aprovecho de ellos en primera persona—sonrió lascivo arrodillándose frente a mí y colándose bajo el mueble.

Siempre me he considerado alguien respetuoso y con algo de pudor, pero definitivamente no iba a dejar pasar esta oportunidad. Permití que su boca rozara mi miembro jugando con el prepucio, el cual se llevó a sus dientes tirando suavemente de este. Su mirada no se despegó de la mía y mis manos fueron rápidamente a su cabeza. Mis dedos se enredaron en sus rizos y mis piernas se abrieron algo más para permitirle mejor acceso. Podía sentir como su aliento golpeaba cada pedazo de mi masculinidad, así como su lengua terminaba por jugar con el meato antes de deleitarse con toda su longitud. Aún estaba algo flácido, así que por ello lo sostenía con una mano mientras la otra manipulaba mis testículos.

Su lengua se enroscaba tirando de la piel mientras sus labios apretaban con ansiedad. En ningún momento bajó la mirada. Sabía que quería ver mi rostro convulso mientras jadeaba, gruñía algunos gemidos y murmuraba alguna que otra palabra en nuestro viejo idioma. Tal vez porque su mirada me encendía demasiado acabé incorporándome, quitándome la cinta de mis cabellos y usándola para atar sus manos. Aquella cinta estaba hecha con mis propios cabellos, del mismo modo que Maharet había hecho las sogas que contuvieron a Lestat, así que era lo suficientemente resistente para inmovilizarlo.

No pareció sorprenderle, pues sólo volvió a su rutina con mayor énfasis. Pero yo no quería sólo unas succiones rápidas, también las quería profundas. Por eso agarré su cabeza con ambas manos, cerca de las sienes, y comencé envestir urgido. El sonido del chupeteo y absorciones cambió al brusco de los testículos golpeando contra su mandíbula. Aunque también me aburrí de algo tan típico, por eso lo levanté y desnudé.

Aclaro que no me pasé un rato con cuidado quitando sus pantalones, sino que prácticamente arranqué la correa y tiré de sus prendas hasta que acabé despedazando todas. En esos momentos no importaba que alguien más nos viese, escuchase o pudiese tener alguna ligera idea de lo que había ocurrido en la biblioteca.

Antes de entrar me miró girando la cabeza hacia el lado derecho y lo hizo por encima de su hombro, con la boca roja e hinchada, mientras que yo acercaba mi glande a su orificio. Cuando entré él echó la cabeza hacia atrás alargando su cuello, sus rizos estaban pegados sobre su frente perlada y el gemido fue absolutamente tentador. Él no podía dejar manos se aferraron al borde de la mesa, ya que seguían atadas, y esta se desplazó con la primera penetrada. El libro acabó cayendo al suelo.

—Siénteme—dije con un rugido de placer.

Cada penetrada era más profunda y rápida que la anterior. Su torso rozaba la mesa y sus glúteos parecían querer contener mi miembro, henchido y pletórico, con sus contracciones. Mi diestra estaba sobre su cabeza, con los dedos revueltos entre sus rizos, y la zurda lo agarraba del miembro que pronto empezó a expulsar gotas de semen.

No tardamos demasiado. Ambos estábamos cargados de lujuria. Así que él eyaculó contra el suelo bajo la mesa y yo dentro. Al final me salí lentamente sofocado y casi sin respiración, con la mente aturdida por la lujuria y el desenfreno, para terminar cayendo en el asiento que antes ocupaba. Él quedó sobre la mesa completamente expuesto hasta que recobró el aliento y me exigió que lo soltara de las muñecas. Después intentó recoger lo que quedaba de prendas y buscó una salida digna para no ser observado como mi puta de una noche. Le fue imposible. Sólo había una puerta y daba al salón. Así que optó por salir con la cabeza gacha ante la mirada de todos los presentes.


Desde aquella noche Armand no me dirige la palabra y si Pandora, Bianca o Daniel lo hace es para reprocharme lo que he hecho. Sobre todo Daniel que es mi pareja y al único que debo explicar que sólo fui víctima del deseo, la necesidad y mi poco juicio.  

lunes, 17 de julio de 2017

Soledad, abrazos y llantos

Flavius me parece un hombre de lo más honesto.

Lestat de Lioncourt 

—Todos tenemos ciertos perjuicios que nos siguen hasta casa y se quedan a nuestro alrededor, como el único consuelo ante la soledad. Perjuicios hacia lo común y también lo desconocido. Estos nos envuelven en miedos y nos provocan ansiedad, depresión y culpa. Sobre todo culpa. La culpa es la mayor de las condenas—decía moviéndose por la habitación con una elegancia simple. No era un movimiento pomposo, sino mesurado. Era como si disfrutara cada pisada sobre las distintas baldosas de mármol.

Su figura era delgada, de hombros un poco anchos, y con una melena corta rizada de hebras doradas. Ante mí tenía una belleza clásica e icónica de la Grecia antigua y la Roma más primitiva. Me interesaba lo que decía, sobre todo porque él nunca había estado solo en apariencia. Siempre había tenido a otros a su alrededor, pero era alguien observador. Y, por supuesto, todos nos podemos sentir solos en un mar de dudas que es la sociedad.

—Flavius—dije su nombre y él se giró para verme con una sonrisa amable. Su mirada reparó en mí y sus manos se extendieron con las palmas abiertas hacia arriba. Me invitaba a hablar y yo me sentí cohibido durante unos segundos, pero finalmente hablé—. ¿Te has sentido solo?

—Muchas veces, como todos—indicó—. A veces piensas distinto a los demás y crees que estás solo, que nadie te va a entender, pero es fruto de la experiencia y de una revolución que poco a poco se va dando y perpetuando.

—¿Te sientes solo ahora?—interrumpí su discurso y él frunció el ceño. Se quedó pensando.

Tenía ante mí a la escultura más hermosa que alguien puede codiciar y respiraba. No era una escultura de mármol, sino un hermoso vampiro que había sido conservado en sus mejores años. Faared le había dado la posibilidad de estar completo, pues siempre había usado una prótesis al faltarle una de sus piernas. Sin embargo, una nueva cirugía le había hecho caminar de nuevo sin ella.

—Dime—susurré invitándole yo esta vez a conversar.

Bajó sus manos y se acercó a mí. Entonces me abrazó con firmeza y al apartarse acarició mis cabellos castaño rojizos. Sonrió con una bondad que sólo había visto en algunas pinturas en las iglesias y sentí que me estaba respondiendo sin palabras.

—A veces—su voz sonó suave, al igual el susurro de una madre cuando te da las buenas noches. Me estremecí.

—Yo siempre—dije.


Provoqué que me abrazara de nuevo y se quedase de ese modo durante un rato. Entonces lloré.  

domingo, 16 de julio de 2017

Excitación

Marius no tiene remedio... ¡Es peor que yo!

Lestat de Lioncourt


Estaba hecha una furia y no entendía a razones. De nuevo estábamos discutiendo. Ella no se sentía querida ni respetada. Realmente jamás apreció todo lo que hice por su persona y la de veces que extrañé su aroma impregnando mi piel y cabellos. Aguardé a que dijese su última impertinencia y me mirara con los ojos de una furiosa pantera. Se veía espléndida, arrogante, poderosa y sabedora de su belleza. Su mirada gris se clavó en la mía y su boca carnosa se cerró apretando sus dientes. Tenía unos labios seductores y gracias a mi ofrecimiento, convirtiéndola en parte de mi vida y eternidad, perduraron hasta estos días.

Bianca siempre ha sido una mujer tremendamente complicada. Pandora lo es, pero ella duplica por completo esa furia contenida. Además cuando la veo es como ver las obras de Botticelli cobrando vida. Sus cabellos de espigas de trigo tenían unos reflejos de oro extremadamente bellos gracias a la luz de las lámparas de la habitación. Su vestido, ajustado y escotado, realzaban sus senos turgentes y su cintura estrecha debido a sus amplias caderas. Tenía perlas dispersas por su recogido en pequeños pasadores, igual que si hubiésemos regresado a la Venecia de los abismos de nuestros recuerdos. Su respiración era endemoniadamente agitada y provocaba que se marcaran muchísimo sus clavículas así como se moviesen sus senos.

—¿Deseas una disculpa?—pregunté arrogante mirándola con indiferencia, aunque la verdad era distinta.

Quería arrojarme a sus brazos y arrebatarle la boca. Ahora podíamos tener sexo como cualquier adolescente. Fareed nos había ofrecido un reemplazo hormonal que recuperaba el vigor y los deseos logrando una gran proeza. No era que estuviésemos muertos, sino que nuestros deseos se habían concentrado en algo más allá que esa unión carnal y espiritual. Pero ya no. Ni siquiera necesitábamos inyectarnos en momentos previos al sexo. Teníamos tratamientos y yo lo tomaba. Por supuesto que lo tomaba. Era uno de los sujetos bajo experimentación. Así que todo aquello había logrado remover lo que creía dormido y alzar al fin mi espada frente a ella.

—Me merezco eso aunque sea—aseguró.

Di un paso más hacia delante y mi cuerpo, de proporciones gigantescas con respecto al suyo, ensombreció su rostro debido a la proyección de este contra ella. Mis manos se colocaron sobre sus estrechos hombros y acariciaron la cinta fina de su minúsculo vestido.

—Creí que lograste amar a otro.

—Yo también. Eso no quita que sienta que merezco tu amor y respeto, pero no eres capaz de ofrecer siquiera las migajas que dejas tras los poemas de amor a Pandora y Armand. Ni siquiera eres capaz de tenerme una pizca de compasión como tienes hacia Daniel. Nada—dijo al borde del llanto y yo entonces actué.

Enredé mis grandes manos en las pequeñas tiras azulinas de su vestido y tiré de estas. Las rompí. Me llevé estas conmigo e hice que su vestido cayese al suelo rozando sus tobillos. Sus senos, desnudos y de rosadas aureolas se quedaron al descubierto. De inmediato sus gruesos pezones se endurecieron y quedé fascinado. Incliné mi cabeza con avidez y mordí el derecho sin llegar a perforarlo. Sus piernas temblaron, su respiración se agitó aún más y sus manos se aferraron a la levita roja que me había regalado Seth.

Mi zurda subió por su hombro hasta el cuello y la agarré fuertemente por la garganta, para luego hacer que se moviera hasta la pared más cercana, allí la diestra bajó hasta su vientre y luego se colocó entre sus muslos rozando sus labios vaginales. Justo cuando solté sus labios pude escuchar un largo y quejumbroso gemido.


Algo en mí se quebró. Recordé los días de Venecia y como arriesgué el amor de Armand por sus coqueteos. De hecho, estuve a punto de perderlo. Cuando a él lo atacaron me hallaba con ella gozando de sus virtudes. Así que simplemente la solté y huí de allí dejándola a solas con su conciencia, sus deseos y la furia que había desencadenado en mi persona.  

sábado, 24 de junio de 2017

Titanes

¡Traigan el lodo! Digo... Marius y Pandora peleando.

Lestat de Lioncourt 


Hacía días que me hallaba fuera por diversos motivos. Mis asuntos eran importantes. Siempre tenía que conocer de primera mano las noticias acerca de las incursiones de la malvada y depravada Secta de la Serpiente, la cual incluso nos habían atacado cuando nos hallábamos cómodamente en el calor del hogar. Por otro lado, adquirí pinturas necesarias para poder dispersar mi mente y mejorar mis pinturas. A veces necesitaba pintar para distraer el dolor, la impaciencia, el orgullo herido y la chispa de odio que crecía a veces entre Lydia y yo.

—Nunca te esfuerzas por entenderme—dijo dramáticamente al borde de las lágrimas nada más verme entrar junto a uno de los esclavos.

Él transportaba parte de los útiles que había adquirido, por mi parte llevaba un pequeño paquete de tela donde había envuelto los pinceles más caros que había logrado hallar.

—Lydia, me esfuerzo cada día por soportarte—respondí con una sonrisa amable, aunque realmente estaba siendo un impertinente. Bien podía haberla llevado conmigo, pero no quería que Padre y Madre sufrieran algún percance en mi ausencia.

—¡Marius, mejor guarda esa lengua en tu boca si no vas a ser capaz de controlarla!—exclamó furibunda.

—¡Puedo dominar mejor mi lengua que tú tu histeria!

En Roma, como en cualquier parte del mundo, la mujer era propiedad del marido. A ella le habían enseñado algo bien distinto. Su padre tenía la culpa. La había educado como a un hombre y eso significaba que se creía un igual, no un ser inferior. Ahora comprendo que estoy equivocado, pero en aquella época todo era muy distinto. El amor masculino era el puro, la mujer era sólo para tener hijos y una posición en la sociedad.

Actualmente, en algunas partes del mundo, todavía la mujer es una propiedad del hombre y se considera un objeto que te da prestigio social. A mi parecer es lo único malo que tenía la Roma Antigua y que debió aprender de los egipcios, los cuales dotaban a la mujer de muchas libertades y de un poder de autonomía digno de respetar.

Sin embargo, eso no quita que Lydia, o Pandora como hace llamarse, no sea un tanto histérica y avasalladora. No siempre se puede tener la razón y no voy a darle la razón a ninguna hembra con tal de parecer un hombre mejor. Si creo que está equivocada se lo diré. Pero a ella y a cualquiera.

—¡Mi padre tenía razón!—dijo rompiendo a llorar antes de agarrar un jarrón y arrojarlo con violencia.

—¡Ojalá estuviese vivo para que te regresaras con él!—respondí.

Aquello hizo que me mirara con rabia y odio. Durante tres días estuvo apartada de mí, negándome la palabra y esforzándose por ignorarme. Era como si no estuviese. Por mi parte le pagué con la misma moneda. Si ella era terca, yo lo era más.




jueves, 22 de junio de 2017

Confesiones a tu alma

Bianca a Marius... ¡Señoras y señores!

Lestat de Lioncourt

Eres tan cobarde. Pero tan cobarde. Ni siquiera mereció la pena decírtelo cuando me marché. Preferí que mi silencio y el vacío te hiciesen reflexionar, pero después de tantos años sigues siendo el mismo. Llegas a una habitación y la llenas acaparando las miradas de todos. Eres el hombre que todos desean ser, debido a su porte imponente y su forma elocuente al hablar. Sin embargo, sólo eres un pobre diablo. Huyes de la soledad transportándote a otros mundos de pinturas imposibles, pero a la vez terriblemente realistas. Posees magia en tus dedos, ya que tu alma es muy valiosa. No obstante, estás tan furioso contigo mismo, tan frustrado por tus escepticismos y creencias vacías en una política poco democrática, que te envalentonas y huyes a la vez.

He aprendido a comprenderte, pero no a respetarte. Respetarte lo hacía antes cuando estaba ciega y era una ilusa. Creí que podrías amarme, ansiándome entre tus brazos. Confundí la elegancia de tu toque, la pasión de tus besos, la belleza de tus ojos fríos, la elocuencia de tus discursos con la verdad que yacía en tu corazón. Esa verdad que duele cuando te atraviesa y te hiela el alma. Porque es así. Ni tú mismo quieres aceptarlo, pero estoy aquí para ser la amiga que no supe ser, la amante que te intenta ver feliz alguna vez y la mujer paciente que jamás he dejado atrás.

No llegaste a amar del todo a Pandora, aunque adoraste su pasión. Esa misma pasión que veías en ella era la que tú tenías. Era un rival digno. Claro que la codiciabas. Una niña como ella, una mujer que floreció con tanta belleza, era un tesoro increíble para el hijo de un patricio. Tú, un historiador y pintor, tenías que tener una compañera a tu altura. Pero no la amabas. No era un amor real. La adorabas como adora un padre a un hijo, un maestro a su discípulo, un amigo a una amiga y un hermano a su gemela. En mí tal vez viste a alguien similar, igual que en Akasha aunque esta jamás tuvo voluntad propia sobre su cuerpo hasta que despertó, como si fuese la Bella Durmiente, de un largo sueño.

Y todos esos artistas, discípulos y grandes pensadores. ¡Por supuesto que los amaste! ¡Pero de forma egoista! Amabas su arte, codiciabas su cercanía, porque el arte es para ti un hijo y también un padre. Querías tener un medio para comunicarte y ellos eran tus pinceles, lienzos y también los ilusos que hablaban a otros de tus hallazgos o te hablaban de los suyos. Iguales otra vez.

Ese chiquillo enfermizo, ese que ahora tienes a tu lado, es sólo otra ilusión. Daniel no es tu amor y lo sabes. Sólo lo cuidas para no sentirte miserable. Sabes bien a quien pertenece tu corazón, tu alma, tu verdad, tu voz, tu orgullo y tu gran talón de Aquiles. Dilo en alto, pues yo lo voy a gritar por todo el mundo cuando me lo pregunten. Él es Armand, él es Amadeo, él es Andrei...


Odias amar a tu opuesto. Un muchacho que cree que es posible seguir a un dios, tan déspota e hipócrita como lo eres tú, y que teme su castigo, del mismo modo que teme que tú lo ignores. Ahora él tiene un verdadero amor, una balanza en equilibro. Tienes miedo, un miedo horrible. Si bien, puedes estirar tu mano y alcanzarlo o simplemente dejarlo ir. Tú decides. Si no lo haces terminará olvidándose de ti y tú te hundirás en la oscuridad. En ese momento sí serás el monstruo que no debe mostrarse, pues el hechizo de la desesperación se apoderará de ti y en tus ojos no habrá luz. En tus ojos sólo hallarás dolor.  

domingo, 4 de junio de 2017

Mujeres

David Talbot demostrando que es el amor hacia las mujeres junto a Gabrielle y Pandora.

Lestat de Lioncourt 



Estaba sentada en las escaleras de aquel edificio en ruinas. Habían ido a conversar ambas después de una noche demasiado agitada. Las seguí con el único deseo de poder integrarme en aquella charla, pues sentía que mi corazón iba a desbordarse ante tantas emociones tan diversas como terribles. Había empezado una nueva etapa en nuestro mundo y los cimientos que nos habían sustentado, de algún modo u otro, habían sido destruidos convirtiéndolos en cenizas. Por una parte comprendía que hay que evolucionar para poder avanzar, que a veces hay que dejar atrás todo el equipaje, pero este desafío era muy superior a cualquiera que hubiésemos podido imaginar.

Gabrielle, como he dicho, se había sentado en las mugrientas escaleras de un viejo edificio. Tenía constancia que fue un hermoso cine, pero que la nueva era de cines mucho más impresionantes habían destruido las salas pequeñas. Ya no había intimidad en esas salas amplias donde se va más por moda que por el hecho de buscar la emotividad, el cosquilleo nervioso en nuestros vientre y el asombro.

Pandora llegó poco después. Estaba vestida de una forma muy elegante y miró los escalones rechazando el tomar asiento. Su traje bermellón con hermosas piedras preciosas en su cinturón, el cual se ceñía dejando poco a la imaginación para su cadera, la realzaba como una vieja musa. Llevaba joyas de gran valor en sus muñecas, adornando su recogido de trenzado de distinto grosor, y también en su largo cuello o sus pequeñas orejas. Era toda una dama de sociedad, o al menos aparentaba ser una de esas dueñas de grandes fortunas y privilegios. Su oponente, no.

La madre de Lestat estaba enfundada en unos viejos jeans algo desgastados en los bajos, con una guayabera típicamente masculina para muchos, unas botas militares algo sucias y el cabello suelto completamente enmarañado. Ella no llevaba maquillaje, ni joyas, ni perfumes y ni mucho menos parecía necesitarlo. Únicamente tenía un viejo reloj de muñeca de correa marrón que parecía estar roto, al menos su esfera.

—Ha sido muy triste—dijo con la voz ronca y algo quebrada—. Pronto traerán los restantes cuerpos para que sean enterrados como merecen.

—Tu hijo lo hará bien—contestó Pandora con una sonrisa cargada de emoción—. Lo has educado de una forma maravillosa y sabrá buscar igualdad, respeto y comprensión para todos.

—Yo no lo he educado. Ha sido la vida quien le ha demostrado que yo no estaba equivocada—contestó respondiendo a esas palabras y esa sonrisa. Tenía unos ojos fieros, pero sensibles. Se notaba que había estado llorando cuando depositó el cadáver de Mekare en el foso.

—Eres pura pasión y libertad, eres su ejemplo. Claro que lo has educado. Sólo tienes que verte—comentó tras decidir que no importaba si tenía que llevar su hermoso y caro vestido a la tintorería. Se sentó a su lado y apoyó su cabeza en el hombro derecho de su vieja amiga—. Recuerdo la primera vez que te vi. Eras pura fuerza. Callaste a Marius con sólo un par de miradas. A mí me cuesta un largo discurso, pero tú eres capaz de destrozarlo.

—Porque en tus ojos aún hay amor hacia él. Yo no lo amo, aunque le estoy agradecida por salvar a mi hijo—rió estrechando el cuerpo de Pandora como si fuese una niña, pero no lo era. Era ese amor que se siente hacia otro igual. Un amor puro. El amor de una madre hacia otra mujer que, aunque no pudo ser madre, siente la maternidad desde otro punto de vista. Pandora creó a hombres inteligentes y fuertes, apasionados, diestros en las letras y llenos de sueños para que fueran sus “hijos”. Gabrielle no tuvo que crear a nadie. Ella ya había sido madre y sólo tuvo que contemplar, a veces desde lejos, los triunfos y fracasos de Lestat. Ambas eran mujeres fuertes y lo siguen siendo, pero a su modo. Mujeres decididas a todo—. Te quiero. Te quiero muchísimo, ¿lo sabías?

—Sí, sé que me quieres porque aprecias mi compañía—dijo tras una ligera risotada. Alzó el rostro y besó la mejilla de su buena amiga—. Voy a extrañar las conversaciones con Maharet.

—Ha sido un golpe terrible para todas nosotras. Akasha demostró lo ciega que se puede estar al dar importancia, o mayor relevancia, a un sexo. Ella demostró que se puede convivir en paz entre ambos géneros, ayudar a los más desafortunados y cuidar de la familia aunque fuese por medios poco usuales para un vampiro—cerró los ojos y tomó aire para dejarlo pasar lentamente. Todo su cuerpo pareció entrar en paz y Pandora hizo lo mismo.

—Vivimos en una sociedad patriarcal. Mi padre me hizo ver que era tan válida como cualquier hombre, pero hoy en día faltan hombres como él. Siempre han faltado hombres como él—comentó Pandora mirando con sus ojos castaños a Gabrielle para luego tomarla del rostro—. Has roto los géneros, que sólo son construcciones culturales de sociedades que no quieren avanzar, y has logrado colocar esa semilla en el corazón de tu hijo. Espero que la sociedad sea más justa y equitativa. Aunque sólo lo sea la sociedad vampírica....

Temía interrumpir, pero ambas giraron su rostro y me miraron. Era un intruso. Si bien, quería luchar a su lado. Deseaba escucharlas. Sabía que tenían cosas impresionantes que mostrarme. Gabrielle era muy cerrada, muy terca, muy poco dada a las largas conversaciones y yo era un ser que amaba desvelar misterios. Por un lado temía desvelar los que ella me ocultaba, pues había cosas que no querría mostrarme como cualquier otro en su lugar, pero por el otro ansiaba ver desnuda su alma para besar cada cicatriz.

—¿Llevas mucho ahí?—preguntó con suspicacia Pandora.

—El justo.

Recordé como ella en sus memorias decía que no sabía vestirse, ni maquillarse, y que era una fiera. Flavius, que era un hombre, supo explicarle como usar el labial, los polvos, los trajes y velos. Él, que era un símbolo de masculinidad, embelleció el rostro de su dueña porque el interior de esta ya estaba perfectamente amueblado. Demostró que saber de colores o maquillaje no era sólo cosa de mujeres. El recordar eso me hizo sonreír. Esa noche llevaba un maquillaje sutil que le daba una apariencia muy humana.

Tomé asiento entre ambas, pues se separaron para darme la bienvenida, y entonces Gabrielle apretó mis manos entre las suyas. Cuando me miró intensamente supe que me estaba dando las gracias en silencio, pero a viva voz si se trataba de sus pupilas.


¿Cómo no amar a las mujeres? Si ellas son nuestras madres, amigas, compañeras... Son parte de nosotros y nosotros de ellas. Tenemos que luchar a su lado para que puedan finalmente alcanzar el respeto que se merecen, la voz que parece haberles sido robada y el amor que nunca debió faltar en sus vidas. Me quedé allí guardando respetuoso silencio recordando la marcha de Maharet y pensando que quizá teníamos el privilegio de comenzar una sociedad nueva mucho más justa sobre y bajo su recuerdo.   

jueves, 4 de mayo de 2017

Poema Pandora

Arjun va ganando la jugada.

Lestat de Lioncourt 


Dulce y entusiasta sinfonía de afecto
la cual seduce con candor mi alma
más allá de lo físico, donde anida el intelecto...

Tú, Pandora.
Yo, tu discípulo.

En mis sueños siempre se te aclaman.
Pareces una diosa entre las féminas...
las mismas que con entusiastas voces te llaman.

Tú, la mujer.
Yo, tu hijo.

Eres un enigma que en mí germina
que logra que florezca el deseo
más allá de estas simples rimas.

Tú, mi aurora.
Yo, tu noche.

La canción de cuna que me hace reo,
entre tus brazos de madre bondadosa,
es la misma que yo con énfasis tarareo.

Tú, mi vergel.

Yo, tu desierto.


miércoles, 22 de marzo de 2017

Lujos y cárceles

Arjun es un buen hombre y todo un soñador.

Lestat de Lioncourt

Ya no me importa nada.
Sólo quiero soñar.
Soñar con algo que no existe.
Ya no me importa nada.
No quiero nada.
La nada será mi acompañante,
las nupcias serán esta noche.
Quiero transportarme lejos.
La nada, la nada.


Muchas veces he repetido esas palabras en el fondo de un pozo oscuro y casi sin aliento. Era como hundirse en la brea o en pavimento ardiente. Mis ojos estaban vendados por el dolor y mi alma parecía atada a un pesado lastre que se hundía por un mar podrido, que olía a muerte y locura. Mis manos, temblorosas, intentaban hallar vestigios del hombre que fui, del príncipe y primogénito que fui... del amante y del orador... No hallé nada. Sólo susurros. El murmullo de una fuente era lo que creía poder apreciar, como si fuese agua limpia discurriendo cerca de mi cuerpo y siendo transportado a otro lugar, uno más plácido y hermoso.

Lloraba. Más bien me lamentaba. Ella se había marchado dejándome atrás en aquel país frío, violento y lejano. Moscú no fue un buen sitio para una despedida cálida. De hecho, fue más fría que la propia nieve. Me quedé allí con mis joyas, los vestidos de seda y los perfumes caros. Los baúles se llenaron de recuerdos pesados y hermosas reliquias que nadie querría. Mi diosa me desamparaba. Los poemas de amor, escritos con todo mi corazón, habían sido despreciados. Yo le daba miedo, la aterraba, porque el propio amor la anulaba. Que alguien la amara hasta el último gramo de su ser la aturdía.

Ella era mi amante, mi amiga, mi madre y mi compañera. Yo era esclavo de un amor sincero y ella nunca fue sincera del todo. Jamás dejó de amar a un cobarde, hipócrita y artista del engaño. No sé como la convenció que cambiaría, pero los déspotas no cambian. Nunca cambian. Y yo me quedé allí aceptando sus deseos porque esperaba que fuese feliz. Sin embargo, algo me decía que jamás lo sería, que él no se presentaría, que el rencor y el odio aumentaría y mi dolor, el dolor de tantos amantes con tantos otros nombres, surgiría.

Regresé a la India. Me presenté como el descendiente perdido de ese príncipe que adoraban. Me llenaron de flores, perfumes e hicieron fiesta. Aplaudieron mi regreso como si fuese la reencarnación de mi propio antepasado y me dieron sus riquezas llamándome con el mismo nombre. Nada más. Era un dios y un dios que había sido benévolo con sus sirvientes, a los cuales les dio lujos y terrenos a cambio de custodiar su lugar de descanso.


Nadie tocó mi puerta, ni me alertó. Sólo me dejaron dormir mi pena y la pena me consumió como una vela. Pero ella volvió. Tras siglos lo hizo diciéndome que Akasha atacaba, que estaba dispuesta a todo, y yo la miré como quien mira a una aparición. Me negué. No iba a colaborar. Sólo me quería usar como me usó cuando era un tonto enamorado. Algo en mí me exigió que me desintoxicara de esa falsa creencia que ella me amaba. Pero años más tarde fui yo el desafortunado. Desperté de nuevo, quemé a jóvenes en Calcuta y en otras partes de la India. Entonces ella me permitió llorar aferrado a sus faldas y el sueño, ese pesado sueño, al fin se hizo trizas.  

martes, 31 de enero de 2017

Llámame amigo

¡Por supuesto! Flavius es de esos que son amigos para siempre. ¿Cómo no llamarlo amigo?

Lestat de Lioncourt 


“Deja que la lluvia toque tu cuerpo,
que te abrace de forma invisible.
Deja que la lluvia bese tus labios,
y se una a ti de forma imposible.

Mírame, estoy aquí.
Mírame, deseo vivir.”

Las canciones son para las personas que sienten deseos de bailar incansablemente, moviendo sus pies de un lugar a otro, sin importar si son torpes o no. los poemas son para almas rotas en mil pedazos que remiendan estas con paciencia, esfuerzo y dedicación. Por eso leo poemas. De algún modo tengo mi alma quebrada en miles de pedazos. Igual que un espejo que se quiebra y causa siete años de maldición. Pero estos pedazos son fáciles de unir, pues no han perdido su esencia ni su lugar.

“Del rojo apasionado de una amapola
un dios pintó sus seductores labios.
Y de la fuerza del inquieto mar
la fuerza para estar por siempre sola.”

He disfrutado demasiado tiempo del sufrimiento para construir un enorme muro. Un muro gigantesco que sostenga mis libros en baldas perfectas. Sin embargo, siempre hay una puerta abierta o una ventana por donde entran quienes lo desean. No cierro mi alma a nadie.

“Dulce sensación esa
que hace tu cuerpo
mientras te hago presa
entre mis brazos insensatos.”

Durante muchos años he creído que apartarme del mundo, manteniendo contacto únicamente a los más cercanos o los que quisieran encontrarme, era lo idóneo. Ella me pidió que huyera, me pusiera a buen resguardo y jamás contara a nadie quién era. Hizo aquello temerosa, llorosa y desafiando al monstruo que tenía por amor platónico. Había una ley no escrita, pero bien conocida, que no se podía dar “La Sangre” a tullidos, ancianos o niños. Pandora se arriesgó a realizar tal proeza conmigo, su esclavo favorito y su confesor en los malos momentos, para agradecer mi amistad y bondad. Yo, un hombre al que le faltaba una pierna, tuve la oportunidad de vivir eternamente para recitar poemas y conocer la paz. Aunque en estos últimos años sólo he escuchado y visto horrores, salvo alguna proeza médica de mano de científicos y médicos vampíricos.

“En tus ojos veo el mundo,
los océanos y tu alma.
Veo el dolor que guardas.
¡Qué tus pasos sean mi rumbo,
y qué tus manos sean mi calma!”

Flavius. Me llamo Flavius. Mi nombre surgió de su pluma, de la pluma de mi señora Pandora, en su libro pero no fue hasta hace cuatro años que mi voz, mis sentimientos, y parte de mi historia no fue resuelta. Soy Flavius el esclavo, el amante de la poesía, el contable de la vivienda de aquella mujer agreste, el compañero de las pesadillas y la calma tras el horror. Mi nombre es Flavius, pero tú puedes llamarme amigo.


miércoles, 28 de diciembre de 2016

Have yourself a Merry little Christmas

En la vida ocurren cosas extraordinarias todo el tiempo, pero no alcanzamos a verlas jamás. Nos centramos siempre en los grandes acontecimientos que, en muchas ocasiones, son aburridos o no ocurren como deberían. Las grandes celebraciones acaparan la atención de cualquiera con su opípara comida, su estruendosa música y las luces palpitando. Recuerdo cuando todo era más sencillo, pues la pobreza me rodeaba. No hacía falta poner hermosa mantelería y elegante cubertería. Sólo se precisaba asistencia, un plato, unos cubiertos aunque fuesen de madera y algo de comida. He tomado demasiada sopa con pan imaginando que es carne, muchas judías y tagarninas, también llamado cardo de olla, como si fueran un manjar. No era necesario todo esto.

La sencillez era la presente en estos días, si bien se reunía la familia entorno a la mesa y como siempre se daba gracias por llevarnos algo a la boca. Puede que yo fuera hijo de un marqués, pero no teníamos nada. Mi padre había dilapidado la fortuna mucho antes de perder la visión, las viñas estaban olvidadas y parecía un desierto más que un campo con una tierra rica y fértil, el dinero que entraba se malgastaba y yo tenía que salir a cazar algún conejo, ciervo o jabalí para poder sobrevivir. Mis hermanos no hacían nada, salvo quejarse y empujarse uno al otro. Los quería, pero eran torpes y demasiado fieros.

Ahora me siento frente a todos, en un pequeño rincón de esta ridícula fiesta, y los veo bailar entre algunos mortales que ellos aman por su vínculo con el pasado o presente. También observo a los espíritus. Ellos se hacen pasar por simples humanos. Todos bailan al son de la música de compañeros que fueron apartados de la vida mortal para proteger sus cualidades musicales. Hay muchachos que apenas tienen quince años y que están entonando canciones tan actuales, como también antiguas e incluso algunas que parecían haberse perdido en el tiempo. Observo a su creador, el cual está en mitad de la pista de baile riendo a carcajadas, y me dan ganas de preguntarle cómo es su vida rodeado de tantas criaturas hermosas, inquietas y con esas voces que parecen tritones o sirenas.

Louis ha decidido bailar con Pandora, como en la última fiesta, ella sonríe esperando que Arjun se atreva a entrar en la pista. Flavius ha decidido que Avicus baile con él, sin importar ser dos hombres y tener que hacer de mujer permitiendo, de ese modo, que su amigo y compañero lo guíe. Marius estuvo bailando también, pero ahora sólo observa a Armand. No pierde detalle mi maestro de la sonrisa pletórica que tiene ese diablillo ante la interpretación a piano de “Have yourself a merry little Christmas” de Michael Bublé en una versión más movida, perfecta para bailar.

También está Landen sentado, apoyado en su magnífico bastón con cabeza de cuervo, mirando todo como un niño mira los regalos bajo el árbol. A su lado está Benedict sentado en las piernas de Rhoshmade. David, mi buen amigo David, conversa insistentemente con algunos hombres de Talamasca, invitados únicamente porque tenemos que aunar fuerzas. Jesse Reeves al fin ríe, tras la tragedia que acabó con parte de su familia no lo había hecho. Mi madre está cerca junto a un grupo de mujeres vampiro, todas ellas conversan sobre la decoración y sobre como me queda el smoking. No sé si sentirme halagado o asustado.

El resto simplemente baila dejándose llevar o consume algo de la mesa, ya que no todos somos adoradores de la sangre o espíritus. Hablando de espíritus, el de mi creador ha llegado hace unos minutos y se ha sentado a mi lado mirándome con un amor similar al de un padre. Supongo que nos hemos perdonado y que ahora debemos gozar estos tiempos venideros.

Sin embargo, gran parte de mi atención la tiene la pareja que se mueve como si fueran uno. Ella lo observa con emoción y una sonrisa idílica. Él la toma por el talle como si fuese la flor más delicada y maravillosa, hace que gire sobre si misma y la estrecha con sus fornidos brazos. Nunca he visto una pareja bailar con ese énfasis y amor. Veo profundo respeto. Aunque a veces desvío la mirada hacia Louis que insiste, como no, que baile con él aunque no se atreve a decirlo a viva voz, sólo pequeños gestos. Es increíble cuánto me recuerda Rose en ciertas ocasiones, no siempre por supuesto, a Louis. Ambos se sonrojan del mismo modo cuando miran a los ojos perdiéndose en los nuestros, en los ojos de un Lioncourt.


Lestat de Lioncourt 


jueves, 15 de diciembre de 2016

Nuestro adiós

El adiós es... siempre doloroso.

Lestat de Lioncourt


—Debo dejarte.

Me dijo mirándose al espejo de su tocador. Estaba allí sentada observando su largo cabello negro disperso sobre sus hombros y espalda. Su cepillo de hermosa plata y rubíes se deslizaba sobre esta como si fuese un espeso mar salvaje. Sus ojos profundos subieron hasta mi figura, la cual estaba allí asomada con su hermosa ropa blanco marfil. Mi tono de piel contrastaba con el suyo, tan marmóreo. El traje rojo, ajustado en su cintura y que realzaba su busto, se desparramaba sobre su silla. La escena era idílica, pero sus palabras no eran llenas de amor y bondad.

Ella que era mi amiga, mi amante, mi compañera, mi mujer y mi diosa. Ella que me había dado la vida y la libertad más allá de la opulencia y respeto que me gané sólo por nacer. Ella se iba, se marchaba, y yo me quedaría solo y huérfano.

—¿Irás con Marius?—pregunté por un casual. Sólo quería saber si alguien la acompañaría.

—No—dijo—. Ya no.

—Pandora—suspiré aturdido—, ¿puedo cambiar algo que te parece ofensivo?—dije intentando aferrarme a una posibilidad.

—No puedo soportarte, no puedo soportar esto—contestó girándose para mirarme a la cara directamente. Esos ojos flameaban dolor—. No estoy acostumbrada a todo... todo...

—Mi respeto, apoyo incondicional y amor—dije con semblante serio, pues sabía cuál era el problema. Ella jamás había sido respetada, ni honrada, ni amada de ese modo. No sabía corresponderme y todo le aterraba de sobremanera. Sé que me amaba, pero amaba más a Marius y aún más su libertad—. ¿Te da miedo amar?

—No me obligues a decirte algo hiriente—respondió con los ojos llenos de lágrimas que no sabían si salir o quedarse en sus propios infiernos.

—No, lo lamento—susurré.

—Déjame marchame—. Se incorporó mirándome con esa angustia antes de agachar la mirada un segundo. Todo lo que llevaba puesto lo había elegido yo, con toda mi buena fe y sueños, deseando cumplir caprichos y necesidades. Había bañado en joyas, telas caras, flores, perfumes y libros su vida. La había acompañado allí donde ella deseaba ir.


—Puedes hacerlo, puedes irte—dije acercándome a ella para tomar sus trémulas manos. Las tenía cálidas. Había bebido recientemente en la fiesta, lo sabía. Allí, entre la marabunta de gente sin principios y enjoyados hasta el cabello, había sido partícipe de la muerte y las duras elecciones a las que estábamos implicados como hijos de la oscuridad y la sangre—. En esta fría noche puedes irte, pero quien se marchará soy yo—sentencié—. Quédate en esta hermosa Rusia—murmuré acercando mis labios, algo helados, a su rostro de porcelana—, helada y magnífica en muchos sentidos,—añadí sintiendo como una lágrima caía estropeando su maquillaje— y yo me iré a la India donde puedo refugiarme tras esta profunda pérdida—dije terminando por sellar mis palabras con un beso lleno de amor—. Allí te estaré esperando si en algún momento te cansas de viajar, de vivir aventuras palaciegas—me sentía triste, pero no podía dejar de amarla—, de indagar sobre la historia y el origen de la vida. Allí estaré para ti, venerándote en sueños como a una diosa—mis ojos se clavaron en los suyos antes de dar media vuelta y marcharme hasta mi recámara, donde comencé a empacar mis pocas pertenencias.  

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Pandora

Yo creo que Flavius es un gran hombre y hace honor a la palabra amigo.

Lestat de Lioncourt 

—Mi señora...

Había observado tristeza en otros ojos, estupor y dolor. No obstante, jamás se acostumbra uno a contemplar semejante horror en unos tan intensos y enormes. Pandora tenía la mirada más profunda que jamás he visto, podía consumirte como una llama y destruirte igual que una terremoto. Me sentía avasallado cuando se enfurecía, aunque jamás lo hizo contra mí o mis compañeras esclavas. Nos trataba como familia, nos amaba como a hijos y hermanos, y nos acompañaba en nuestras preocupaciones mundanas. Si bien, ella era quien más sufría. Esos terribles sueños resecaban su boca, agitaban su alma, hundían sus ojos en lágrimas y sus manos temblaban buscando mis brazos deseando que la arropara. Malditas sean las noches, pues tenía tantas pesadillas como estrellas había cubriendo el firmamento.

—Pandora... Mi señora...

Mi voz se hundía en sus pesadillas, rescatando a duras penas su dolor, mientras acariciaba sus mejillas húmedas e intentaba que surgiera de ese trance tan terrible. Con cuidado la tomé, como si fuese la princesa de Anatolia y yo el criminal que osó ir en contra de los deseos de Afrodita. Parecía estar en un sueño estigio, pero logré entre ruegos y caricias que reaccionara.

—Flavius... la he visto otra vez.

Esas palabras se repetían como un eco. Yo la sujetaba con firmeza y la levantaba ligeramente del colchón de paja, me sentaba en él y la sostenía como se sostiene a un niño recién nacido. Besaba su frente, acomodaba sus largos cabellos oscuros y recitaba para ella. A veces sólo escuchaba esa pesadilla, preguntaba sobre su procedencia y cualquier detalle de importancia. Estaba segura que tenía algún cometido en esta vida para ese monstruo, esa diosa, esa mujer tan poderosa como horriblemente peligrosa. Y así fue. Akasha la buscaba y deseaba su compañía. Sin embargo, yo no era capaz de averiguarlo. No en esos momentos.

Me convertí en su guardián, pero jamás en su amante. Por mucho que ella besara mis labios y se insinuase. La amaba, aunque nunca de forma carnal. Era un amor sincero, fuerte, apetecible para un hombre que ha sufrido en el amor, pues no podía uno dejar de amar a una mujer como ella. Era mi amiga, mi hermana y finalmente fue mi madre, mi creadora, mi protectora... Ella me dio el poder de vivir eternamente y sobrevivir hasta el presente.


Pandora era algo más que mi señora. Pandora siempre será algo más que una mujer.  

martes, 13 de diciembre de 2016

Única

La belleza de Pandora eclipsa. 

Lestat de Lioncourt

Las primeras impresiones pueden hacernos errar y entrar en un conflicto extraño, pero admito que me quedé abrumado por la belleza de Pandora. Una belleza que podía ser tan peligrosa como la navaja más afilada en un mugriento callejón londinense. Habitaba las húmedas y plutónicas calles de una ciudad que yo amaba, admiraba, apreciaba con sus errores y virtudes, pues había nacido allí y mis orígenes siempre estarían vinculados a su hora del té y amor por la Casa Real. Londres, en Gran Bretaña, fue su refugio después que Akasha destruyera parte de este mundo.

La vi matar. Arrebató la vida de una joven sin importarle nada. Arrancó su corazón y bebió directamente de ese hermoso músculo que nos da vida. Se agitó como una jovencita debido a la euforia y luego deparó en mí. Me miró con sus agudos y oscuros ojos, taladrándome con la mirada, antes de hacer que me presentara.

Antes de ir a verla pregunté por sus debilidades. Un viejo espíritu, uno que solía observarla, discretamente me aseguró que tenía una. Así que había adquirido el mejor cuaderno y un par de bolígrafos. Sabía que con aquellos materiales entre mis manos ella se dedicaría a escribir sólo por autocomplacerse. Suena extraño, pero ama tanto el sonido del bolígrafo rasgado las hojas, el olor de la tinta y el papel nuevo, que comprendí que no se negaría.

Los espíritus siempre me han seguido y no fue diferente cuando entré en la cafetería. Había algunos muy débiles, otros eran sólo repeticiones de un hecho que los marcó. No obstante, nada más abandonar el local, con ella redactando su vida, me topé con uno extraordinario. Sus ojos azules casi parecían reales y por un instante me perdí en ellos. Estaba de pie, junto a una farola, con ropa moderna. El abrigo que llevaba no podía tener más de tres o cuatro años, pues lo había visto en una tienda para caballeros hacía un tiempo. Era hermoso. Si bien, nada más acercarme desapareció. El cabello no lo vi bien, pues llevaba un sombrero. No obstante, puedo casi asegurar que era oscuro.


En estos momentos sé que significa, pero no voy a aseguraros nada hasta llegado el momento. Por ahora estamos hablando del legado de Pandora. Un legado que ha conmovido a cientos de miles y que ha logrado mostrar lo hermosa, desafiante y poderosa que puede ser una mujer.  

lunes, 12 de diciembre de 2016

Poema al miserable

Flavius trae algo para Marius... ¡No me gustaría ser él!


Lestat de Lioncourt

Adalid de la pintura,
lo ególatra y la mentira.
Hijo de la historia,
los bárbaros y el imperio.
Mujeriego y soñador,
bebedor de vino
y poeta sin lira...
Gran y funesto orador.

El amor vino a ti con inocencia
y lo regresaste cubierto de avaricia.
Ahora parece que te pesa la conciencia
porque extrañas sus caricias.

Maestro de la indomable ira,
compositor de leyes imposibles.
Hijo de los milenios,
soledad y conocimiento banal.
Líder de besos apasionados
y ardientes miradas.
Gran y funesto amante.

Ella te entregó su amor,
y tú te adueñaste de su vida.
Por eso cuando la abandonaste
emprendió la prodigiosa huida.

Maestro del engaño y el poder,
hombre injusto y cruel.
Te creías superior a cualquiera
y no escuchabas a quien amabas.
Te encerraste en tus quimeras
y abandonaste la virtud
de escuchar a quien quieres,
respetar sus ideas y sueños.
Tú, por mal que te pese,
no eres su dueño.

No intentes ser Zeus,
pues como mucho eres Hades
que intenta retener Perséfone
en sus mortecinos valles.


domingo, 11 de diciembre de 2016

Eclipse

Marius dedicando algo a Pandora...

Lestat de Lioncourt 

Recuerdo aquel hombre. Ese hombre que me abrió las puertas de su casa y me presentó a su encantadora hija. Apenas era una niña de nueve años y yo ya era un hombre joven. Ella sonreía con el brillo de cientos de constelaciones, sus ojos eran profundos y cautivadores, su léxico y conocimientos iban más allá de la educación y cultura que poseía.

Era hermosa. De delicados rasgos y largo cabello negro que cubría su pequeña espalda. Si bien yo no estaba preparado para comprometerme a tener una esposa, y menos tan joven. Sabía que los matrimonios podían acordarse y arreglarse. Comprendía cómo era para aquella sociedad el deber de ofrecer descendencia. Sin embargo, era lo único que deseaba alejar del imperio y de mí.

Había nacido hijo de una esclava. Sus suaves y salvajes muslos se abrieron a mi padre, un hombre rudo y, en ocasiones, detestable. Sometió a una hermosa y delicada mujer de los bosques para satisfacer su virilidad, la llevó consigo y la convirtió en su concubina. Su verdadera esposa lo toleraba mientras amamantaba a su primogénito. Cuando nací la hicieron desaparecer y me quedé a cargo de su mujer y mi hermano mayor, el cual tenía ya un par de años. Fui educado como romano, pero jamás acepté ser un guerrero. Amaba la fuerza y el poder defensivo de Roma, pero odiaba tomar una espada. Mi padre, que esperaba tener entre sus filas al mejor guerrero, se vio decepcionado. ¿De qué servía un coloso apasionado por la historia, la poesía y la pintura? Por eso, esa invitación de compromiso con la joven Lydia era lo mejor que me podía ocurrir; pero como siempre, por terquedad, la perdí.

Tuvieron que pasar varios años, de numerosos viajes y encuentros con otras mujeres, para ver a aquella joven de aspecto salvaje rogando estar entre mis brazos. Nada más verla supe que era ella. Ella era la niña que recitó poemas de amor para mí. Una niña que era todo una mujer llena de gracia y fuerza. Me quedé anonadado junto a mis esclavos, los cuales me ayudaban a redactar los hechos que acontecían en los distintos pueblos que visitaba. Deseé beber su piel, acariciar su cintura, aspirar el aroma de sus cabellos y llevarla conmigo. Pero de nuevo el destino, y su padre, nos separó.


Un destino que nos separaría más años de los que ella y yo podríamos contar, que una vez unidos nos volveríamos a dividir y sólo nos encontraríamos ocasionalmente durante la eternidad. Seríamos como el sol y la luna que sólo se encuentran cuando hay eclipse. Ese sería nuestro destino y horror. Un amor imposible porque somos dos fieras que no se dejan someter.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Soy Arjun, no un monstruo.

Es cierto que pronto sabremos más de él, pero por ahora quedaos con esto.

Lestat de Lioncourt 


Mi nombre es Arjun. Por ahora me conoceréis poco o nada. Sólo se han dado algunos datos sobre mi persona, más adelante seremos compañeros en un viaje trepidante y doloroso. Actualmente no os diré dónde o cómo estoy, sólo quiero que os centréis en estas líneas y que tracemos juntos una división entre mi cometido, mis sentimientos y la verdad.

Marius me retrató como un hombre algo distante, de rasgos hindúes y diplomático a la hora del trato. No obstante también aseguró que mis sentimientos no eran bondadosos y podía herir terriblemente a Pandora. Ella misma dijo en sus memorias que yo le causaba terror. El terror que ella sentía hacia mí era diferente a lo que muchos confabularon. Marius jamás la amó del mismo modo que yo lo hice. Nunca fue capaz de protegerla, escucharla y honrarla como mujer.

Soy la división de dos libros, dos historias, dos vidas, dos seres, dos almas y por lo tanto dos virtudes. La criatura que se doblegó ante Marius, aunque sabía que su amor era decadente y por mera necesidad. Akasha le había pedido que buscara a Pandora, inyectando en él un deseo insaciable por encontrarla, provocando que usara a Bianca, una hermosa mujer, como lazarillo. Por mi parte decidí no arriesgarme, no oponerme, no ser el monstruo que muchos serían en mi lugar por celos o envidia.

Sí lloré, sí sufrí y sí rogué para que escuchara bien su corazón; pero a la vez dejé que decidiera. Sabía que la dañarían y aún así los puse frente a frente, dejé que discutieran y ella escribiera unas simples líneas para asegurarse que se verían. Él no vino. Dice que sus motivos fueron porque la mujer que iba con él, esa hermosa criatura llamada Bianca, se vengó ocultando la carta. No sé cuanto de verdad hay en esas palabras, pero Pandora se desilusionó y emprendió otro camino conmigo.

Pasadas unas semanas nos desvinculamos. No podía estar con ella aunque la amaba. Sabía que su corazón no me pertenecía. Regresé a la India. Poseía un lujoso palacio y numerosos sirvientes. Tenía la vida resuelta. No obstante me induje en sueños. Y hasta aquí puedo contaros de mi historia, y de los motivos por los cuales Pandora estaba sola cuando apareció para liberar al mundo de Akasha, cuando resurgió para hablar con David o marchó a comprobar que Lestat se encontraba catatónico.

Cuando amas a alguien del modo que lo hago yo no te importa si está contigo o con otro, si está libre como un ave en el cielo o solitaria brillando como una hermosa estrella entre la multitud. No te importa. Tú sólo quieres que exista una hermosa sonrisa en sus labios y una paz inmensa en su alma. Es lo único en lo que reparas. Porque ni todas los hermosos vestidos, joyas, libros, caricias y palabras que le ofrezcas no valdrán nada si no es feliz. Por eso preferí que ella tomase la decisión de estar a mi lado o marcharse lejos.


Os recuerdo que mi nombre es Arjun y os tiendo una mano por el recuerdo final de Sangre y Oro y el inicio de Pandora.  

viernes, 9 de diciembre de 2016

¡Cobarde!

Todos sabemos lo que ocurrió, pero no qué pasó después. ¡Ahora sí!

Lestat de Lioncourt 




—Cobarde—pronunció indignada.

Maharet se había marchado con los restos de Santino, así como con Thorne absolutamente ciego. El vikingo le había donado sus hermosos ojos a su creadora, la cual los aceptó como castigo por obrar en contra de su voluntad. Había matado a mi enemigo de forma sorpresiva, aunque ella había dictaminado que no se podía sentenciar a un hombre que ahora era justo. Nosotros comenzamos a discutir mientras Armand seguía sollozando observando el suelo negruzco donde había estado de pie, esperando sentencia, su “maestro” y “sacerdote”.

—¿Por qué?—pregunté asombrado por juzgarme de ese modo. No comprendía porqué se giraba como una fiera hacia mí.

—Has tenido que influenciar en un pobre desgraciado para que cometa el crimen que deseabas desde hace tiempo—contestó apretando los puños.

Volvía a demostrar su carácter. Quien diga que las mujeres carecen de ira, rabia o carácter explosivo no ha visto a Pandora en sus peores momentos. Sus ojos reverberaban una luz que los convertía en un fuego castaño que se lanzaba sobre mí como mil dagas. Sufría al verla así de nuevo y en mi contra. Era amar al enemigo y el enemigo lo sabía. Podía aplastarme si quería.

—¡Santino merecía morir!—Exclamé ahogado por la rabia— ¿Sabes cuántos de los nuestros murieron bajo su mandato?— La pregunta era retórica. Nadie sabía bien cuántos vampiros habían muertos achicharrados en aquellas hogueras mientras el resto danzaba, cantaba y aplaudía.

—Los mismos que con Armand y no te veo pidiendo su cabeza—dijo señalándolo. Él sólo se giró aseverando la mirada.

Sabía que era un ritual. Si había exceso de vampiros en la colonia aquellos que estaban empezando a perder el juicio, los que ya estaban cansados de vivir o simplemente el creador de dichos seres moría. Magnus lo hizo cuando creó a Lestat según la tradición de la dichosa Secta de la Serpiente. Pero una cosa es la realidad y otra cosa es mi sincera opinión. Armand lo hizo para sobrevivir, Santino por convicción y horror.

—¡Mató a mis pupilos, incendió mis obras y a mí mismo!— No salía de mi asombro. Ella debía saberlo y aún así lo defendía. Aquello me hería terriblemente. Era como si estuviese reviviendo el hecho una y otra vez. Debía pagarlo con su vida, con su existencia, con su preciado tiempo en este mundo...

—Tú matas cada noche porque el sabor de la sangre es delicioso, aunque no lo necesites más de una o dos veces al mes; y has quemado a otros dejándolos huérfanos de vida, sueños y verdad—su tono de voz era alto, pero aún no había gritado lo suficiente.

Tenerla allí, con el cabello suelto y esas prendas que parecía haber comprendido que pronto estaría de riguroso luto, me hacía daño. Me dañaba verla de ese modo. Se exaltaba como una fiera y en sí era una. Estaba a punto de echarme las manos encima para arañarme el rostro.

—¡Mentira!— Grité.

—¡Lo hiciste con pobres vampiros que estaban ciegos! ¡Los cuales no quisiste iluminar con la verdad, pero sí con el fuego! ¡Cretino!—se abalanzó hacía mí y me abofeteó con fuerza. Sus uñas rozaron mi piel y logró cortarme, aunque debido a mi poder y antigüedad se cerraron con un leve pestañeo.

—Pandora...—suspiré casi sin aire.

—Y me dejaste abandonada para ir en busca de conquistas y batallas. Las mismas batallas que acabaron con cientos de vampiros carbonizados. ¿Quién eres tú para juzgar a Santino? ¡Él al menos pidió disculpas y te salvó la vida! ¡Estás vivo gracias a él!

Esas palabras eran dagas directas a mi honor, orgullo y hombría. Incluso eran directas a mi fe en la justicia. Me hacía ver como un sinvergüenza que sólo buscaba venganza.

—¡Cállate, mujer!—mis ojos eran fuego, como los suyos. Estaba a punto de llorar por ira y desesperación, pero me mantuve allí en pie sin atacarla y sin responder a ese bofetón que me había ofrecido.

—¡No pienso hacerlo! ¡No pienso callarme! ¡Tú no eres nadie para callarme!

Nada más pronunció esas palabras se marchó dando un fuerte portazo. Cruzó la vivienda y salió a la nieve. La vi caminar por aquel bosque nevado antes de alzarse. Armand se incorporó suspirando pesadamente, secándose las lágrimas e ignorándome. Los dos me reprobaban.



Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt