Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 22 de junio de 2017

Confesiones a tu alma

Bianca a Marius... ¡Señoras y señores!

Lestat de Lioncourt

Eres tan cobarde. Pero tan cobarde. Ni siquiera mereció la pena decírtelo cuando me marché. Preferí que mi silencio y el vacío te hiciesen reflexionar, pero después de tantos años sigues siendo el mismo. Llegas a una habitación y la llenas acaparando las miradas de todos. Eres el hombre que todos desean ser, debido a su porte imponente y su forma elocuente al hablar. Sin embargo, sólo eres un pobre diablo. Huyes de la soledad transportándote a otros mundos de pinturas imposibles, pero a la vez terriblemente realistas. Posees magia en tus dedos, ya que tu alma es muy valiosa. No obstante, estás tan furioso contigo mismo, tan frustrado por tus escepticismos y creencias vacías en una política poco democrática, que te envalentonas y huyes a la vez.

He aprendido a comprenderte, pero no a respetarte. Respetarte lo hacía antes cuando estaba ciega y era una ilusa. Creí que podrías amarme, ansiándome entre tus brazos. Confundí la elegancia de tu toque, la pasión de tus besos, la belleza de tus ojos fríos, la elocuencia de tus discursos con la verdad que yacía en tu corazón. Esa verdad que duele cuando te atraviesa y te hiela el alma. Porque es así. Ni tú mismo quieres aceptarlo, pero estoy aquí para ser la amiga que no supe ser, la amante que te intenta ver feliz alguna vez y la mujer paciente que jamás he dejado atrás.

No llegaste a amar del todo a Pandora, aunque adoraste su pasión. Esa misma pasión que veías en ella era la que tú tenías. Era un rival digno. Claro que la codiciabas. Una niña como ella, una mujer que floreció con tanta belleza, era un tesoro increíble para el hijo de un patricio. Tú, un historiador y pintor, tenías que tener una compañera a tu altura. Pero no la amabas. No era un amor real. La adorabas como adora un padre a un hijo, un maestro a su discípulo, un amigo a una amiga y un hermano a su gemela. En mí tal vez viste a alguien similar, igual que en Akasha aunque esta jamás tuvo voluntad propia sobre su cuerpo hasta que despertó, como si fuese la Bella Durmiente, de un largo sueño.

Y todos esos artistas, discípulos y grandes pensadores. ¡Por supuesto que los amaste! ¡Pero de forma egoista! Amabas su arte, codiciabas su cercanía, porque el arte es para ti un hijo y también un padre. Querías tener un medio para comunicarte y ellos eran tus pinceles, lienzos y también los ilusos que hablaban a otros de tus hallazgos o te hablaban de los suyos. Iguales otra vez.

Ese chiquillo enfermizo, ese que ahora tienes a tu lado, es sólo otra ilusión. Daniel no es tu amor y lo sabes. Sólo lo cuidas para no sentirte miserable. Sabes bien a quien pertenece tu corazón, tu alma, tu verdad, tu voz, tu orgullo y tu gran talón de Aquiles. Dilo en alto, pues yo lo voy a gritar por todo el mundo cuando me lo pregunten. Él es Armand, él es Amadeo, él es Andrei...


Odias amar a tu opuesto. Un muchacho que cree que es posible seguir a un dios, tan déspota e hipócrita como lo eres tú, y que teme su castigo, del mismo modo que teme que tú lo ignores. Ahora él tiene un verdadero amor, una balanza en equilibro. Tienes miedo, un miedo horrible. Si bien, puedes estirar tu mano y alcanzarlo o simplemente dejarlo ir. Tú decides. Si no lo haces terminará olvidándose de ti y tú te hundirás en la oscuridad. En ese momento sí serás el monstruo que no debe mostrarse, pues el hechizo de la desesperación se apoderará de ti y en tus ojos no habrá luz. En tus ojos sólo hallarás dolor.  

lunes, 18 de abril de 2016

Carta al recuerdo

Mael y Marius siempre tendrán una relación de amor-odio muy intensa. 

Lestat de Lioncourt 


Había recibido una carta desde Kentucky con un remitente desconocido. Tardé algunos minutos en abrirla porque supuse que podrían ser malas noticias. Últimamente todo había estado demasiado revuelto. La muerte de tantos vampiros había removido los cimientos de nuestra sociedad y muchos jóvenes enviaban cartas y correos electrónicos pidiendo mayores explicaciones a todos los implicados. Yo tenía las manos limpias porque Amel no había logrado que sucumbiera con facilidad a sus deseos, pero no podía decir lo mismo de otros inmortales que conocía íntimamente y que habían desaparecido como consecuencia de la gran masacre.

Cuando rasguñé la solapa y logré abrirla encontré un par de folios con una letra inclinada y algo torcida, aunque parecía haber sido escrita con firmeza y sin miedo alguno a las consecuencias de sus líneas. Me moví por la sala hasta encontrar mi sillón favorito junto a mi amada estantería repleta de álbumes de fotografías que yo mismo había realizado. No sólo pintaba pues amaba el arte y no había nada más artístico que una buena instantánea porque no sólo era arte pues implicaba una historia y la historia un tiempo, un conocimiento, una verdad y un alma que quedaba atrapada de algún modo en un guiño, una sonrisa o unas lágrimas.

La carta me dejó helado y aturdido a la vez. El motivo de esos sentimientos fue leer su nombre, el nombre de un imbécil al que extrañamente echaba en falta y había necesitado en los últimos meses. Cerré los ojos y mantuve la calma intentando no atormentarme demasiado con la idea de sus heridas, sus malos momentos y el dolor que podía estar sintiendo. Aunque ese imbécil jamás había desnudado para mí su alma ya que creía que yo era un miserable.

“No sé si poner “querido amigo” o “viejo enemigo” así que discúlpame. Han pasado muchos años desde que conversamos frente a frente la última vez. Corrían años locos para los jóvenes que creían que el mundo era suyo y únicamente suyo. Nosotros, los más antiguos, nos veíamos relegados a nuestras viejas historias y deseos. Aunque nos vimos cuando la desgracia cayó nuevamente sobre tu pupilo, ese tan alocado que ahora llamáis Príncipe de los Vampiros con toda la pompa y grandilocuencia que creéis necesaria para un imbécil tan grande como tú, no nos dirigimos la palabra como si aún existiese cierta revancha.

La carta va a ser larga aunque lo leerás tan rápido como escribo. Mi letra no es buena como habrás comprobado pero me duele aún todo el cuerpo. Aún así estoy escribiendo mis memorias y me gustaría que tú las leyeras. Yo voy a ser fiel a la realidad, Marius. Yo no voy a ser como tú que omites detalles porque crees que no son necesarios porque te humillan, muestran un lado poco glorioso o simplemente piensas que son cosas que no debe saber nadie.

Tal vez las publique o quizá se queden en un cajón en este motel de mala muerte. Es un pueblo pequeño alejado del ruido de la ciudad. Aquí puedo dormir todo el día si lo deseo. Nadie ve mal que un hombre solitario quiera estar alejado de todos y todo. Sólo bajo a la hora de cenar al comedor y hago como que me tomo la sopa de cebolla, mordisqueo el pollo y mojo pan en la salsa picante mientras bebo cerveza. Como mi aspecto no es muy agradable nadie se para a conversar mucho rato conmigo y eso ayuda.

He conseguido tu dirección gracias a un joven vampiro que ha contactado conmigo. Él no vino a buscarme y eso te lo aseguro desde este preciso momento. Pasaba por aquí de camino a Canadá. Él deseaba perderse por esos pueblos tranquilos donde no pasa nada y todo ocurre a la vez. Sabía tu dirección porque sabe la de otros vampiros antiguos ya que os habéis puesto en contacto con muchos estos meses. Él no se creía que yo fuese Mael porque no tengo los rasgos tan horribles como los que tú describiste y porque estaba vivo. Todos me han dado por muerto y quiero que sea así durante un tiempo. No quiero que tú desveles mi paradero todavía.

Si me permites la osadía he añadido una hoja más a esta carta que es para Avicus. No sé su dirección y tampoco sé si él la leería de no pasar primero por tus manos. Cuando me marché le aseguré que no volvería a saber de mí pero lo estoy incumpliendo. Creo que leer “Príncipe Lestat” ha hecho que se agite algo en mí y provoque ciertos deseos de volver con el resto. Sin embargo no sé si estoy preparado.

Te mandaré el primer ejemplar de mi novela aunque sean sólo fotocopias cosidas con hilo especial para libros. Cuando lo haga podrás decirles a todos que estoy vivo, pero de momento guarda la información. Aunque no sé para qué te digo nada si harás lo que tú creas mejor. De momento sólo te ruego que vigiles a Jesse. Sé que el inútil de Talbot está con ella y que Thorne puede protegerla, pero para mí ella es como una hija.

Con desprecio y afecto,
Mael.”


Me eché a reír y luego a llorar. Seguía siendo el mismo y yo también. Admito que estoy rompiendo sus deseos al mostrar esta carta, ¿pero quién es él para decirme a mí que no debo demostrar que mis palabras en Sangre y Oro eran ciertas? Ese idiota no podía estar muerto porque no me podía abandonar ya que todos necesitamos a nuestro opuesto.  

viernes, 3 de julio de 2015

Se libre

He buscado la única carta que tengo de Nicolas, no de Eleni. Es una carta suya, de su puño y letra, y reza en ella su odio y también su amor. Sólo le decepcioné y eso causó que su corazón se quebrara.

Lestat de Lioncourt


No he olvidado sonreír, sólo he olvidado los motivos por los cuales lo hacía. Soy un demonio que camina entre el bien y el mal, empujando a muchos a decidir por lo más tentador y apetecible. He condenado a muchas almas, he disfrutado de la sangre y todos los secretos crueles que contienen las venas frágiles de mis víctimas. Yo también soy una víctima. Me he convertido en un despreciable ser que trepa por los confines de ésta ciudad, la ciudad donde la revolución truena y el mundo parece crujir a golpe de pólvora, mientras las cabezas ruedan por las plazas. La sangre de los nobles manchan los delicados zapatos de los burgueses. Te recuerdo a ti y deseo que tú ruedes como ellos. No por tu nobleza, sino por lo hipócrita que fuiste durante tantas noches.

Me dijiste que me amabas a mí del mismo modo que amabas las luces diáfanas de las velas, al igual que amabas mi música y te apasionaba la idea del arte y la sátira. Tenías vocación de santo y demonio, comulgabas entre el bien y el mal desde que te conocí, poseías encanto y convicción, además de una luz que aún me ciega y que ya no me ofreces. No sé como debo tratarte. Es más, no sé si deba tratarte. Te has convertido en mi verdugo y aún así sostengo las estúpidas cartas que envías.

Eleni se hace cargo de hacerme llegar cada una de tus líneas. Ella las lee en voz alta con cierta ilusión, pero yo la observo como si no me importaran. Pero me importa. Estás viendo mundo, estás conquistando sueños, sabiduría y una vida que ya no nos pertenece. Somos retorcidos monstruos que reptan por la oscuridad secuestrando sueños, pero tú los haces realidad. Te has convertido en un aventurero, porque ya eras cazador. Ese instinto de sostener la presa, de retorcerle el cuello y dejarla muerta lo conocías bien. Siempre lo has conocido bien. Matabas para sobrevivir y éste no es muy distinto a cazar pobres conejos indefensos. No. Pues incluso los lobos parecían más fieros, terribles y cruentos que tú.

Te odio. Te detesto. Siento asco de haber gemido tu nombre mientras mordía la almohada de aquel tugurio, el mismo nombre que suspiraba acariciando tu torso y que tú repetías como si fuera una burla. Porque te burlabas de mí. Te burlas aún de mí. Yo no te importo lo más mínimo. De haberte importado, maldito malnacido, me habías hecho lo que soy hacía mucho y no me habrías condenado a observar ese espectáculo de huesos, demonios consumidos por las llamas y juicios de palabras profanas. Sabías que yo creía en Dios, pero tú te convertiste en mi ángel. Ahora no eres más que un demonio. Desprecio tu dinero, tus propiedades y todo lo que me ofreces. Pero me quedo con éste lugar porque es el escenario de nuestra derrota, una derrota peor que la que tuvimos frente a la vida. Es la derrota del amor, la amistad y la complicidad. Aquí yacen todos mis sueños, mientras parece que los tuyos volaron contigo.


Si te escribo ésta carta es para despedirme de ti. No envíes más cartas. No quiero saber de ti. No quiero escuchar tus miserables palabras de amor y preocupación. Tú a mí no me quieres. Sólo soy una espina clavada en tu corazón que pronto dejará de hacerte daño. Muérete o deja que yo muera, pero no me condenes a saber que ambos estamos bailando con la doncella sobre la faz de ésta pútrida tierra.  

viernes, 24 de abril de 2015

Apreciado imbécil

La carta pidió que me la enviaran, pero no sucedió así. Eleni me la entregó hace poco. 

Lestat de Lioncourt


Apreciado imbécil:

Crees que puedes vencerme olvidándome en la oscuridad en la cual me aislaste. Te convertiste en mi peor pesadilla. El silencio se propagó y convirtió en un páramo las encantadoras palabras que una vez me ofreciste. Me transformé en un esperpento que agitaba los brazos, te escrutaba como un cuervo y se alimentaba de tu sombra. Siempre a tu sombra. Nunca me diste un lugar idóneo. Permitiste que ambicionara la luz de tu mirada, pero tus ojos no estaban dispuestos a ser únicamente para mí. Por eso, ahora desde la lejanía, te crees con el derecho de dominarme y rogar a otros que me derroten en mis osados deseos. Tú que te marchaste. Tú que me dejaste. Tú que rompiste reglas. ¿Quién eres tú para darme órdenes? Te has convertido en cenizas en mis recuerdos más retorcidos. No me incites matalobos, pues puedes perder algo más que la vida.

Llámame loco. Enciérrame junto al desdichado ángel que me escruta como si fuera un insecto. Sin embargo, no lograrás olvidarme y sobre tus hombros pesará el crimen de no haberme amado como debías. Yo lo di todo por ti, pero yo era sólo una piedra en el camino. Jamás me concediste la oportunidad de ofrecerte la felicidad, el camino hacia el sol como si fueses Ícaro, pues para ti no era más que una marioneta que contemplar en la vitrina. Sólo me usaste. Jugaste conmigo en contadas ocasiones y yo bailé para ti pensando que por siempre sería tuyo. ¿Y ahora qué soy? Sólo recuerdos, ¿no es cierto? Un recuerdo y un lastre abandonado en París. Me odias porque la fuerza que poseo es la rabia y el veneno. Yo también te odio porque jamás pensaste en mí primero. Sólo en ti, en tu madre y en la grandeza de la sangre que no querías compartir. Púdrete. Ojalá el sol te bañe como deseabas, pues así quizás te destruya y yo consiga un poco de paz.

No vuelvas a escribirme. No me busques. No insistas. Tú sólo eres un patético muchacho que solloza ante su madre, busca sus faldas y ruega porque no se marche de su lado. Ella es mucho más importante que tú mismo. Eres un idiota. Un imbécil. No vales nada. Ni siquiera vales lo suficiente para sostenerte en pie y ser apreciado por tu belleza. Vivirás a la sombra de una mujer tan fuerte que no te necesita. Tan idiota como yo que viví a la tuya pensando que sería feliz de ese modo.

De ilusos y soñadores están los campos santos llenos, pero yo me he convertido en un demonio y estoy danzando en el teatro. No te necesito mientras tenga el violín. No preciso de tu amor si el arte me llama. Las musas son mías y no tuyas. Olvídame si puedes, pues llegado el momento yo desapareceré convertido en un fantasma.


París 1789

Nicolas de Lenfent  

martes, 24 de marzo de 2015

Mi juguete y mi emisario

¿Me usaste? ¡No me digas! Por eso te detesto. Por eso y por muchas cosas más. 

Lestat de Lioncourt


En la oscuridad mis alas parecen de piedra, pero si te aproximas podrás ver que son tan suaves como las de un ave. No poseo alas negras. Desconozco que es la maldad, pero disfruto del pecado de la razón. Decidí pensar. Impuse mi propio juicio. No acepté que Dios pudiese tener motivos para obligar a cientos de almas destrozadas, arrojadas al abismo, y olvidadas como si jamás hubiesen existido. Quise que tú lo comprendieras, ¿qué hice mal? ¿Soñé demasiado? ¿Quizás volé demasiado alto?

Observé el recorrido de tu vida mortal. Pude ver la rabia en tus ojos, la esperanza tatuada en la dermis de tu alma y la necesidad, tan imperiosa como rebelde, de buscar una solución a la miseria que solía rodearte, asfixiarte y sepultarte. Te convertiste en un soñador mucho antes de darle nombre siquiera a estos. Fuiste un niño entregado a la verdad, por dolorosa y terrible que fuese, y respetaste tu libertad como si tuvieses alas. Vi como derramabas la sangre de inocentes a cambio de salvar tu vida, algo que no pudiste olvidar y que aún pesa sobre tus hombros. Eras un cazador, pero no un asesino. Sin embargo, podían tacharte de cobarde y ser el hazmerreír de un pueblo asustado por las bestias de ojos pardos, pelaje espeso y fuertes dentelladas.

¿Sientes la nieve cayendo lentamente sobre tus cabellos dorados? ¿Puedes apreciar tus pies helados? ¿Y el miedo? ¿Eres capaz de percibir tu propio miedo? ¿Qué fue de esos ojos soñadores? ¿Siguieron soñando como un niño o como un monstruo sediento de cosas más grandes que vivir en una pocilga como lacayo? Dime, ¿qué sientes cuando recuerdas que ese hecho hizo que el hilo de tu vida se agitara? Empezaste a vivir realmente tras ese hecho. Conociste de cerca la muerte, pudiste seguir su rastro y sentiste la cálida sangre entre tus manos. Eras un asesino reverenciado, apreciado, amado, idolatrado hasta límites indecibles y terriblemente culpable corriste a refugiarte en sueños más apacibles.

Amabas la vida. Querías disfrutar de ella. Te dejaste llevar por la fascinación del teatro. Y yo, como buen demonio, seguí tus pasos. Observé y especulé hasta donde llegaría el delirio de Magnus. Cuando, tú mi querido cazador, te convertirías en presa de un monstruo terrible. Lloraste, aceptaste tu destino y te convertiste en un divino demonio sobre las tablas del mundo. Yo te adoré entonces, deseé aparecerme con una sonrisa y una sutil invitación. Si bien, era temprano.

Te he amado. He sentido un amor terrible cuando te he visto junto a Marius, llorando por Claudia o deseando regresar a la hermosa época de tu “Familia Feliz”. Observé tu sueño, acaricié cada pensamiento sin que pudieses notar mis dedos, y canté tus canciones como si fuese uno más de tus fans. Fascinaste al demonio y éste quiso que fueses su compañero. Pero tú, como no, decidiste ser rebelde y aceptar otro destino. Yo lo sabía. Por eso te elegí a ti. Sabía que me negarías más veces que San Pedro frente al canto del gallo.


Te dejé vivo, con una historia que contar y un velo entre tus manos. Ofrecí al mundo un mensaje y tú, mi querido rebelde, conquistaste a todos con tus encantos. ¿Cuántos han clamado mi nombre desde que tú narraste mi historia? ¿Cuántos creen ahora en mi bondad y esperan, con ansiedad, que esas diez almas aparezcan y podamos llegar todos al paraíso?  

lunes, 24 de noviembre de 2014

La voz del Diablo

Pobre Rowan... si esa cosa se empeña en volver siempre que se mata será peor que cualquier plaga. 

Lestat de Lioncourt


“Una puerta se abre, la lluvia dejó de caer para que la tormenta se iniciase. La vida surgió como una llama en mitad de la oscuridad. Una chispa. El aliento se contuvo durante un instante, los gritos sonaron terribles como en el Infierno. La voz del demonio susurró. La blasfemia se hizo cierta. La carne y el cuerpo dejó de alimentar, pero llenó la noche de un nuevo aroma.

No más pasos torpes y sin rumbo. No más mecer las ramas para que escuchen mi furia. La risa volverá a mi garganta. El demonio cantará con los ángeles y la iglesia lo bautizará en nombre de lo sagrado. El ritual ha comenzado. No más lágrimas en forma de lluvia. Llamaré nuevamente. Viviré.

La sangre se derramó mil veces en mi nombre y en nombre de tantos. El valle sagrado quedó cubierto de un manto rojo en mitad del invierno. La nieve, fría y blanca, se calentó con el fuego de mi cuerpo. La hoguera no fue para las brujas, fue para el hijo de esta. Pero, ahora, todo es distinto. Caminaré de nuevo, bailaré, haré el amor y brindaré por la vida. Yo he vuelto.

Lasher”

Aquel pequeño fragmento le quemaba en las manos. Sus ojos grises se llenaron de lágrimas. Por un lado compadecía el horror de su muerte, por el otro se sentía libre y vencedora. Había sido usada, como toda su familia, en un juego terrible hacia la inmortalidad. Él quiso volver y ella era la puerta, Michael la llave y la casa era el lugar idóneo para volver a surgir en mitad de la hora de las brujas.

Pronto se cumpliría otro año. Un 25 de Diciembre terrible y angustioso. Otro año más encadenando la lista. Parecía ayer mismo cuando todo ocurrió. Aún podía oler su aroma dulzón en el jardín. Sentía escalofríos cuando se quedaba a solas. Ella sabía que había regresado, lo sabía. Lasher jamás se rendiría. Era su hijo, tenía su tenacidad y su necesidad vital de superar cualquier macabra circunstancia. Pero a su vez era un demonio tan terrible, tan horrible, que no tendría piedad en volver a atentar contra su vida.

—¡Michael!—gritó provocando un auténtico alboroto en el piso inferior.


Su esposo subió con grandes zancadas por las escaleras que tantas veces había bajado acompañado de ella, intentando celebrar la vida y olvidar la muerte. Al llegar al piso superior, donde se encontraba con su rostro bañado en lágrimas, la abrazó jurándole en silencio que todo iría bien.  

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Sueños

Arjun despertó y dejó algo para Pandora. Algo más que una carta. 

Lestat de Lioncourt 


Soñar. A veces uno sólo quiere soñar. Los sueños son frágiles burbujas donde nos aislamos de la realidad, el pasado y presente, intentando no proyectar nuestro miedos en el futuro. Sin embargo, hay sueños terribles que se convierten en pesadillas que nos engullen para siempre. Cientos de nosotros han decidido dormir durante décadas. Desde los más jóvenes hasta otros que han vivido grandes tragedias. Siempre ocurre. Hay un punto en la vida de un vampiro que le influye provocando que quiera dormir, ocultándose de otros y de la vida misma.

Era joven, indeciso, caprichoso y aburrido de la vida que llevaba en palacio. Estaba a punto de contraer mi matrimonio y ser un digno heredero. Un joven príncipe que debía tomar las riendas de su vida. Si bien, a pesar de ser educado para obedecer a mi padre y llevar a mis súbditos al bienestar, sólo pensaba en viajar y conocer grandes mundos, mucho más inmensos que en el cual me movía. Soñaba despierto aferrado a la barandilla de mi balcón, mirando el horizonte y oteando cada una de las estrellas que resplandecían como si fueran auténticas joyas.

Creo que mi capricho de ser libre la llamó.

Conocí a Pandora en el momento justo en el cual mi vida empezaba a perder sentido. Ella le dio uno mágico y tan vulgar como la muerte. Ser un asesino para vivir eternamente, viajando por tierra y mar. Disfrutaría de un legado eterno y una sabiduría que nunca podrían arrebatarme. Además, me quedé prendado de su fuerza.

Fue así como acepté caminar a su lado, ser parte de ella y que ella formara parte de mí. Quería ver los mundos que podía ofrecerme. Deseaba amarla sin límites. Y el amor, ese sentimiento puro que nació al fin de mi corazón, la asustó. Me temía porque mi amor era distinto al que había conocido. Era un amor sincero, entregado y que no buscaba retenerla. Sólo quería ver su felicidad reflejada en mis ojos. Creo que por eso huyó. Ella no estaba preparada para amar. Deseaba compañía, pero no un amor que la arrastrara a un estado tóxico como el que encontró junto a Marius.

En mis sueños la encontraba inmersa en libros, tarareando canciones o simplemente gozando de nuevas experiencias. La contemplaba vestida con las mejores telas, cubierta de oro y joyas preciosas, pero finalmente se convirtió todo en humo. Pude haber despertado antes, pero el saber que en mi terrible realidad no la encontraría, ni era feliz sin mí o conmigo, me condenó a intentar quedarme sumido en mis hermosas divagaciones.


Ahora es distinto. Camino a su lado y veo un nuevo anochecer. Hay que seguir viajando.  

sábado, 30 de agosto de 2014

Mi querido odio

Claudia siempre me destroza cuando habla, aunque sea en sus viejas páginas. A veces, son recuerdos o ecos que vienen a mí. Sigo amándola, del mismo modo que sé que la sigue amando Louis. Si bien, ella nos odiaba y el odio en ocasiones es invencible. 

Lestat de Lioncourt 


Existen millones de tipos de infierno, pues cada infierno es personal. Vivimos con la desgracia de reconocernos en el espejo, con el mundo a nuestras espaldas y las marcas visibles en nuestra mirada, para sentirnos aterrados o desilusionados con las heridas que tan sólo nosotros somos capaces de diferenciar. Somos almas con cuerpo, o quizás cuerpos que encierran almas. No lo sé. Cuando era más joven veía mis huesos, carne y piel como una crisálida que pronto podría romperse. Sin embargo, para tragedia mía, sólo pude ver la seda envolviendo un pequeño y pálido cuerpo con unos ojos demasiado grandes, profundos y amargos. Mis pequeños labios no eran los idóneos para ser besados, sino para recitar continuamente viejos poemas infantiles ante incautos. ¿Cómo impedir que la locura anidara en mi cabeza y expulsara lo poco que quedaba de mí? Con la venganza, el odio, la falta de escrúpulos y el desprecio. Tenía una máscara para cada ocasión, pero a él solía mostrarle la más dulce.

Él, por supuesto, es mi Louis. Jamás podría haber soportado una lágrima, una mueca de disgusto o simplemente apatía. Quería verme feliz, como si fuera una encantadora niña vestida de encaje y tafetán azul. Se deleitaba con mi inocencia perversa, pues era tan falsa como los ojos de cristal de mis muñecas. Solía colocarme en sus rodillas para que leyéramos juntos alguna dramática novela, un libro de filosofía o incluso algunos poemas más intrincados, que sólo un adulto comprendería. Fruncía encantadoramente su ceño, torcía sus labios carnosos y suspiraba mientras la noche quedaba atrás, como si fuera un sueño y nosotros simples polillas que podían morir si se acercaban a la luz. Recuerdo a la perfección que solía jugar con los mechones de su cabello, pues eran como la seda y a veces calmaba mi dolor. Sin embargo, lo odiaba. Llegué a odiar su melancolía tanto como las risas estruendosas de Lestat.

Aquel idiota, con esa boca grande y burlona, jugueteando con el encaje de sus puños y tocando alegremente el piano. Sí, él era mi idiota. Lestat era francamente imbécil. Siempre lleno de felicidad, de profunda malicia y tan ciego que ni siquiera vio mi rencor. Me veía como su pupila predilecta, su hija, su adorada muñeca eterna y por supuesto el cebo perfecto para que cualquier mujer se acercara a él. No había misterio en su mente tan simple, aunque solía tener una verborrea exagerada y contar sus planes como si a mí me interesara. Aún no comprendo porque él lo escuchaba. Louis a veces posaba sus ojos color esmeralda en los suyos. Ambos guardaban un siniestro silencio, una pasión desbordante que detestaba, y, que incluso ellos mismos llegaron a odiar con el paso de los años.

Todas las mujeres suspiraban por ellos. Dos caballeros elegantes, bien vestidos, con cierto estatus económico y social. Eran el partido idóneo para cualquier mujer. No había ni una que no deseara estar en brazos de esos dos caballeros, los cuales siempre salían a pasear con aquella pequeña criatura, tan desamparada y hermosa. Yo era un mero complemento, pero en realidad ellos eran mis marionetas.

No recuerdo el instante en el cual mi felicidad, mi amor por ellos, la complicidad y el afecto quedó reducida a cenizas, hundida en un pozo oscuro y enterrada por siempre en un valle de lágrimas amargas. Quizás fue cuando cumplí veinte años. Deseaba ser lo que toda jovencita quería. No obstante, me había percatado que no crecería y jamás podría ser como cualquier otra. Jamás moriría, pero tampoco tendría lo que tanto ambiciona una mujer. ¿Cómo podría conquistar? ¿Y los besos de amor? ¿Las cartas y suspiros? Nada. Sólo tendría muñecas, diarios y vestidos llenos de encajes para que jamás olvidara que siempre sería el maniquí perfecto, la imagen viva de la infancia.

Quizás ellos sintieron dolor, pero ni siquiera se parece al que yo sentí. Día tras día tenía que vivir en mi propio infierno. Veía mi reflejo en el tocador mientras cepillaba mis cabellos. Observaba mis largas pestañas, mi respingona nariz y todas las facciones infantiles que jamás madurarían. Me sentía flor eterna que no marchita, pero que tampoco dará frutos. Era horrible.


Mi odio es para los dos por lo que hicieron y por lo que no tuvieron valor de hacer.  

lunes, 28 de julio de 2014

Carta de amor de Abelardo a Ofelia

Como bien saben mi hermanito es un romántico y un poco idiota, pero lo de idiota no se lo digan. Escribió esta carta a Mona como todo idiota enamorado haría. 

Lestat de Lioncourt 

20 de Marzo de 1997

Adorable y apreciada Mona Mayfair:

Siento que si te toco arderé en los infiernos, como si fuese una antorcha más en medio de la oscuridad plena. Sé que nos erá así, pero me atraes como la polilla se siente atraída a la luz, ¿no mueren así? Sin embargo, no me importaría morir en tus manos, con mi cabeza sobre tu pecho escuchando tu corazón y mis manos en tu cintura para que no te marches.

Dicen que he perdido el juicio, tal vez sea así o quizás jamás fui un chico sano. No lo sé. No me interesa. Quizás eres tú la respuesta a todas mis plegarias, así que debo tomarte como la salvadora de mi alma. Al fin he encontrado a alguien a quien amar sin límites, sin excusas y perdiéndome en el tiempo como un viajero que no quiere regresar a casa. Por favor, no te alejes de mí. Hechiza a éste pobre idiota, hazlo con tu mirada de verdes campos escoceses. Tú, mi hermosa criatura sacada de los cuentos de hadas, me llevarás a vivir una comedia romántica donde lo más absurdo sería no amarte.

Cuando cierro los ojos te veo frente a mí, con aquel encantador vestido blanco y los lazos coronando tus largos cabellos de sangre. Esos labios carnosos que tienes, tan apetecibles, forman una sonrisa perfecta que no se esfuma en territorios escabrosos. No, no puedo imaginarte llorando. Jamás podré resistir que llores, por eso mi alma se quiebra cuando lo haces. Por favor, toma mi mano como si fuese Peter Pan y tú fueses mi Wendy. Quiero llevarte a mi isla, allí donde perdernos de la vista de aquellos que nos toman por jóvenes rebeldes sin futuro. Seré por siempre, entre la naturaleza salvaje, tu elegante Abelardo y tú serás mi Ofelia.

Tú y yo para siempre. No lo pienses más. Sólo ven conmigo, toma mi mano, y olvida el dolor que te persigue. Yo puedo rescatarte como si fuese un príncipe de cuento de hadas, pues no tengo miedo a dragones ni maleficios. Sólo quiero contemplarte junto a mí, con tus manos entre las mías y un te amo brotando de tus hermosos labios. El amor ya que florece no marchitará, te lo aseguro.



Traquin Blackwood.  

lunes, 7 de abril de 2014

Regresa

Bonjour 

Nicolas me ha entregado esta carta y yo la comparto. 

Lestat de Lioncourt 



He caído derrotado por completo. No sé como ha pasado y creo que jamás lo comprenderé del todo. Simplemente caí sin remediarlo. Esa sonrisa tuya tiene parte de culpa, igual que el aire de falsa seguridad que a veces te impulsa a desafiar a todos y quizás también esas caricias tan seductoras que me hacen desear que me atrapen para siempre. El telón de mi tragedia ya se ha levantado y la comedia aparece en el escenario. Quiero llorar, pero no me es posible. Deseo hacerlo porque sé que éste amor nos matará consumiéndonos hasta dejarnos sin aliento, fuerzas o deseos de algo más.

Algo en mi corazón quiere convencerme una y otra vez, con un impulso cuasi místico, que tú me amas. Tal vez no hay razones para tener miedo y quizás todo son imaginaciones de un pobre atormentado. Quizás esos miedos infundados sean los que nos destrocen dejándonos ciegos, mudos y sordos. La única cosa que tengo segura, igual que mi futura muerte, es que cuando te veo siento que mi corazón se agita, mis piernas tiemblan y un agradable cosquilleo hace vibrar a todo mi cuerpo.

Ciertamente siempre me has contemplado serio, hundido en mis dudas y preguntas, mientras tú reías a mi alrededor estrechándome, alzándome el rostro e invitándome a otra copa. Sólo ebrio me dejo llevar por mis instintos más perversos, pues quizás ellos son sólo libres olvidando la tragedia. Las notas de mi violín suenan desafinadas cuando intento dejarme llevar sin ti, arrastrándome así hasta un mundo pulcro y ordenado, sin embargo rompo en aterradores gritos y termino danzando como si fuera impulsado por el demonio. ¿Eres tú mi demonio? Dime Lestat, dímelo.

Por favor, regresa... tu sitio está conmigo en éste ático y no en las calles de París. 

lunes, 23 de diciembre de 2013

Carta a Virginia Lee

Bonsoir mes amis!

Hoy les traemos una vieja carta de Manfred en la cual se ve claramente que la torpeza es cosa de familia. Opino que hay genes Blackwood en Quinn. ¿Cuáles? ¿En qué proporción? ¡Ni sé! Pero tiene que existir genes en ese muchacho.


Lestat de Lioncourt



Estimada Virginia Lee:

Tal vez soy demasiado atrevido, no obstante siempre he pensado que un hombre que no se arriesga jamás gana el corazón de una dama. En ésta ocasión usted ha ganado el mío mucho antes. Nunca tuve en cuenta los designios del amor, más bien era de esos hombres que se burlan de su propia sombra y jamás hizo caso alguno a los méritos que podían realizar frente a él. Perdí el juicio cuando la contemplé hace unas noches, en aquella fiesta realizada por unos amigos mutuos celebrando su temprano compromiso.

Deje que describa como me sentí en esa fiesta. Usted fue la causa por la cual me marché tan precipitado. Lamento muchísimo haber manchado su hermoso vestido, aunque le pareciese grosero el haber quedado pálido para luego huir sin decir palabra alguna. Sí, debí parecer un grosero. Pero independientemente de ello espero haber causado buena impresión pese a mi torpeza, pues nos estábamos divirtiendo.

Mi deseo con esta carta, la cual he entregado en mano a su amiga Laura Marie, es que acepte mis disculpas y una proposición para salir al teatro. En el sobre hay dos entradas de palco. Por favor, antes de dar una negativa como respuesta piense en lo afortunado que me haría y que posiblemente no volveré a manchar ni uno más de sus vestidos.


Manfred Blackwood.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Te pido perdón

Estás dormida, acurrucada contra la almohada y vestida con ese camisón fresco que tanto amas en tono rosado. Te cubren algunas cobijas, pero puedo distinguir tus curvas y como tu pecho se mueve recordando días en los que necesitabas respirar como cualquier ser humano. Bajo tus labios, los cuales son como los de una muñeca perfecta de porcelana, hay unos colmillos que perforarían la piel y la carne de cualquiera.

Desconozco cual es el placer que encuentro en contemplarte. Durante años, cuando no podíamos estar juntos, te vigilaba y odiaba a tu esposo que yacía a tu lado. Quería arrebatarte de sus brazos y dejar de ser tan bueno, pues siempre fui un demonio y no un ángel. Ser un santo nunca se me dio bien, aunque hubiese deseado subir a los altares y ser Juan Diego. No, no y mil veces no. Mis manos temblaban al querer tocarte y mi alma se lamentaba porque quería yacer junto a la tuya.

Y ahora que estás aquí, junto a mí, cometo pecados y provoco molestias en ti. Quieres evitar una verdad cierta y es que sin ti, sin tu amor, sin lo que tú simbolizas para mí mi vida quedaría con un gran agujero como si hubiesen disparado un cañón. Desearía que perdonaras mi torpeza y me abrazaras diciéndome que no ocurre nada, pero sé que no es así. Noto en tus ojos grises la tristeza de la decepción. Odio no ser el héroe que esperabas, pero lo que más odio es no poder besar tu rostro y decirte que te amo porque podrías tomarlo como una burla.

He escrito miles de poemas, canciones e incluso libros sobre mis sentimientos hacia ti. No te he permitido leerlos porque desconozco tu reacción. Temo que al leerlos pienses que soy un imbécil y un estúpido que sólo piensa en retenerte porque le haces falta, porque no puede vivir sin ti y ese poder que te otorgaría sobre mí sería terrible. Pues al saber eso sabrías que me muero si desapareces, que puedes castigarme sin tu presencia y provocarme la agonía. No sé como he llegado a este punto, pues un ser como yo no debería depender tanto del amor y aún así dependo totalmente de él. El aplauso de mi público me provoca felicidad, un placer inaudito, pero no se puede comprar a una de tus sonrisas mientras duermes.

Perdóname por todos los errores, por no ser capaz de estar a tu lado cada noche como he prometido y también por ser incapaz de susurrar cuanto te amo sin que se quiebre mi voz. Soy incapaz de confesar todo esto pues tú me arrancas la fortaleza y provocas que no sepa como hilar una frase sin sentir deseos de besarte.

Lestat de Lioncourt



sábado, 14 de diciembre de 2013

A quien corresponda

Carta a quien corresponda:

Estimados mortales ¿por qué me odian tanto? ¡Es decir! ¿Por qué odian el arte que yo les ofrezco? ¿No soy vuestro amante y amigo? ¡Os he enamorado tantas veces! Y ustedes ¿no me han hecho amarlos con toda mi alma? He quedado seducido y deslumbrado por tantos mortales y tantos momentos que ustedes me han brindado. ¡Aún recuerdo los focos sobre mí! Y esos anuncios repetitivos en la televisión, por supuesto. Recuerdo vuestras voces coreando mis canciones, pero ¿por qué no corean mis victorias sobre la vida y la muerte? ¿Dónde están ustedes que tanto me amaron y ahora me desechan como si fuera una colilla? ¿Entendieron mis últimas aventuras? Creo que no lo hicieron y por ello guardo silencio.

Memnoch ha sido el libro más vendido de todos los que he escrito ¿lo sabían? Tal vez sí o tal vez no. Fue una auténtica revolución para mí y sin duda cambió mi vida. ¿Cambió la vuestra? Creo que sólo cambió vuestra percepción sobre mí. ¿Por qué no debía hablar sobre Dios y el Diablo? ¿Por qué debía callarme tal aventura como si nunca hubiese sucedido? Yo mismo os hablé sobre el Diablo y sobre Dios cuando os describí mis momentos de ebriedad junto a Nicolas, su violín y aquella pequeña habitación rentada en Auvernia y posteriormente en París.

Pero no pudieron aceptar que viera el infierno, conociera a Jesús, tuviera el velo de la Verónica en mis manos, contemplara el cielo y me recluyera durante meses en un silencio que os provocó dolor y también molestia. ¿Por qué se molestaron conmigo? ¿Por qué? Y luego me dejaron rosas amarillas pidiendo que volviera. ¿Por qué? ¿Eh? ¿Tenía que volver? ¿Para qué? ¿Para más injustas críticas?

¡Ah! El único fan que tuve en estos años, los cuales fueron cruciales para sobrevivir a mi lucha con las visiones del ojo que me fue retirado y posteriormente entregado de nuevo, fue Tarquin Blackwood. Mi hermanito apareció casi cuatro años más tarde de la creación de Merrick Mayfair como inmortal, de ver a Louis convertido prácticamente en cenizas y de contemplar el dolor en los ojos de David. ¡Y qué dolor tan profundo! También contemplé rabia y tristeza mientras se señalaba como el culpable.

Bien, no comprendieron nada. ¿Para qué seguir escribiendo para ustedes? No debí hacerlo, pero lo hice. Intenté mostrar mi deseo de sentir el amor puro, ese amor que dicen que viene de Dios. Un amor tan dulce como la risa de un recién nacido, tan fresco como el rocío de primeras horas de la mañana y una sensación tan placentera como el sexo o la sangre brotando de mis labios. ¡No entendieron un carajo! Sólo pensaron que me volví un fanático religioso deseando ser Juan Diego y conversar con el Papa. ¡Genial! ¡Púdranse todos! No comprendieron que sólo quería sentir ese amor y ese mismo amor lo sentí por Rowan y ella por mí.

Por una vez no fui egoísta y permití que ella se fuera para no condenarla, pero como soy un maldito desgraciado la hice mía y la terminé enterrando en ésta oscuridad. Julien Mayfair jamás me perdonará igual que no lo hará su hija y nieta Stella. Ningún Mayfair perdonará a éste ser que se llevó a dos de sus brujas. Aunque la conversión de Rowan ha sido al margen de mis aventuras narradas en los libros. ¿Ven por qué no quiero hablar con ustedes de mis nuevas aventuras? Sólo piensan en cómo estaré vestido ésta noche, si soy elegante o no, si llevo aún la moto aquella o si Mojo sigue a mi lado, aunque sea otro perro con el mismo nombre. No, ustedes se quedan en detalles estúpidos y jamás llegan a la profundidad de mis sentimientos. Y digo ustedes, generalizo, porque las críticas vienen de forma general. Para comprender Cántico deben comprenderme primero a mí, leer profundamente los libros más de una vez y comprender las pistas que he ido dejando.

Intenten comprenderme como yo intento comprender vuestra sociedad, sentimientos y sueños. Háganlo, tomen el libro de nuevo entre sus manos y pónganse en mi lugar. ¿Qué harían si tuvieran a una mujer como ella con tanto misterio y dolor a sus espaldas? Sólo quería estrecharla entre mis brazos y decirle que todo iría bien. ¡Ah! Y Mona ¿a caso no querían conocer a la criatura que tenía la fuerza de mi madre, la personalidad de Claudia, la inteligencia de David y la pasión que yo mismo poseo? Aprendan a ver más allá y conocer lo que tienen frente a ustedes. No volveré a escribir porque no quiero volver a escuchar quejas de ustedes. Sólo narraré sucesos que a mí me apetezca, pero no esperen enormes historias sobre mis andanzas.


Lestat el Magnífico.  

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Vivo recuerdo lleno de dolor

La esperanza cayó dejando la máscara rota, la muñeca guardó silencio y las lágrimas del violín se convirtieron en notas. ¡Ah! ¡Se alzó un griterío proveniente del viejo piano! Recuerdo que los jilgueros querían salir volando hacia un amanecer que yo jamás vería, el mismo que tú tuviste que presenciar amada mía. Todos esos recuerdos, los cuales eran pétalos de rosa, se convirtieron en gélidas espinas atravesando mi alma. Caí de rodillas, lloré por tu destino y me castigué por el pecado que entre ambos cometimos.

Mi niña, mi consentida, mi amor, mi tragedia, mi delicada muñeca y sin duda mi hija eterna. Eras hermosa, delicada, especial, con cabellos de hermosos bucles dorados y ojos azules que parecían de cristal. Te amé, te amó, te amamos y nos odiaste con todo tu corazón como si la sinrazón te hubiese envenenado. ¡Tan hermosa que eras! ¡Quería cubrir tu rostro porque era tan hermoso que me deslumbraba! ¡Ah! Tomarte de la mano, estrechar tu pequeño cuerpo, acariciar con mis dedos tus labios y mejillas, sonreír al colocar entre tus regazos una nueva muñeca y decirle a él que ras nuestra. Sí, nuestra para siempre.

“Eres el diablo” dijo una vez. Sin embargo, incluso él sabía que si te había hecho nuestra, tan suya como mía, era porque te íbamos a amar de una forma tan intensa que ni nosotros mismos pudimos comprender. Dejamos nuestros corazones expuestos y tú los golpeaste. Si bien, aunque ahora él es tan frío, tanto como el hielo, se derrumbaría al escuchar que tú lo llamas deseando ser besada en tu rostro y contemplada como una pequeña miniatura de una mujer perfecta.


Crecías, pero como muchos otros padres, no lo vimos. Nos confundía tu sonrisa, tus dientes pequeños que parecían perlas, esas sonrosadas mejillas debido a la muerte de tus labios, tus delicadas manos acariciando el aire mientras recitabas... nos confundía. ¿Una dama? No, para siempre nuestra niña. Ese fue nuestro error, pecado y maldición. ¡Tú lo sabes! Igual que lo sabe él... y lo sé yo.  

Lestat de Lioncourt
vuestro creador, vuestro padre... el hombre que aún os ama a su modo. 

lunes, 9 de diciembre de 2013

Carta a una madre

Querida madre,

Sé que no es tu cumpleaños, tampoco es una fecha señalada en el calendario y posiblemente no llegue a tus manos esta carta. Te han visto frecuentando la posada desde hace algunas noches y no puedo comunicarme contigo de otra forma que no sea esta. No sé que pecado he cometido, o si he cometido un pecado, porque me siento abandonado por tu amor. Sin embargo, hoy he recordando aquel día que caminamos por la nieve tomados de la mano mientras me mirabas orgullosa.

¿Cuántos años había cumplido hacía unos meses? ¿Eran ya los siete o los ocho? Creo que eran siete años, pues me faltaban las paletas y tenía una sonrisa algo extraña. Me gustaba mirarte tan hermosa, incluso tan joven a pesar de tantos hijos, mientras me decías que era sin duda todo un hombrecito. ¡Ah! Me ibas a comprar unos perros para que olvidara mis estudios como monje. Querías que tu pequeño estuviera a tu lado, al igual que mi padre quería que sufriera bajo su bastón.

¡Te has visto siempre tan hermosa! ¡Tan fuerte y valiente! Nunca has permitido verte demasiado débil. Creo que no estaba en ti derrotarte. Ahora sé que estás en los Pirineos. Caminas entre la escasa nieve que ya ha caído, corres por las montañas y las escalas para después pasearte por los bosques cercanos. ¡Estás cerca de nuestro país de origen! Y a la vez estás lejos del hogar. Ese hogar donde nos calentábamos al fuego y tomábamos pan recién horneado. El calor de ese fuego que sacaba el frío de la nieve mientras mis perros nos rodeaban.

No sé porque ha venido a mí esa imagen. Puede que sean las fechas que están a punto de llegar. No sé que sucede realmente, pero necesitaba ponerme en contacto contigo. Necesito abrazarte, madre. No sabes cuanto deseo abrazarte. ¿Te has planteado alguna vez cuánto te amo? Madre, eres mi gran heroína y creo que jamás te he dicho lo hermosa que eres. Necesito que veas que soy feliz. Por favor, deseo que respondas a la carta.

Te amo,

Tu hijo Lestat

martes, 7 de mayo de 2013

Carta a las madres 4


De la madre de Mael se desconoce todo, es un personaje no muy querido, pero aquí se presenta a su madre o lo que podría ser su madre. 


Entre cánticos y poemas,
luces de luciérnagas
y tambores de guerra
alzaste tus manos hacia mi.


Madre, tú que tanta admiración levantaste hacia mis hermanos y hacia mí mismo. Una mujer digna e interesante. Siempre callada y postergada a lo que otros decidieran, pero con una mirada salvaje que te hacía correr conmigo por los bosques sin calzado alguno mientras aullabas. Me enseñaste a imitar la naturaleza, intimidar con mi arma y demostrar que mis principios estaban por encima de mi amor por otros.

Me enseñaste a ser firme y tomar mis decisiones por dolorosas que fuesen. Antes estaba el bien de mi pueblo que el bien de aquellos que decían amarme, los cuales podían engañarme. Tu amor sí fue real, mi amor también lo fue. Confiaba en mis posibilidades y mis metas. Aprendí de hierbas, pócimas y cánticos gracias a ti mientras padre me enseñaba a manejar las armas, montar a caballo y ser un hombre.

La guerra me curtió igual que te curtió a ti. Moriste después de parir cinco hijos, a cual más fuerte. Yo fui el primero de ellos y decidí internarme en el bosque junto a otros druidas. Era un guerrero y un hombre místico. Me enlacé con la madre natura con runas en mi bolsa.

Cuando cabalgo pienso en ti, por eso le puse a mi yegua tu nombre. Tiene tus cabellos y tu mirada salvaje. Jamás pensaste que tu hijo sería tan grande, pero me diste la oportunidad de aprender sobre nuestros dioses y la cultura que tanto amo.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt