Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 31 de agosto de 2017

Te perdí, te lloré, te sufrí...

Marius y Pandora en una conversación civilizada... ¡Se acaba el mundo! 

Lestat de Lioncourt 


«Alguna vez te perdí.
Te perdí.
Pero yo creí que te tenía.
Te sostenía.
Pero sólo era tu sombra,
el murmullo de la hojarasca
de un recuerdo vacuo.
Mírate en esa pintura...
búscate en la poesía.
Te perdí.
Te lloré.
Te sufrí.»


Estaba sentada frente a mí como si fuese un fantasma, una sombra, un fugaz recuerdo o simplemente mi loca imaginación. Sentada con aquel vestido de gasa color guinda y su cabello recogido de tal forma que apenas se apreciaba lo revuelto que podía ser. Sus ojos castaños, de pobladas pestañas y perfectas cenas dibujadas por la naturaleza de su ser, me escrutaban en silencio. Poseía algo de carmín en sus labios, sólo un toque, y rubor en las mejillas para aparentar ser humana.

—¿Qué te trae por aquí?—pregunté sorprendido porque hubiese venido hasta aquí, en la residencia de Lestat y su corte, cuando no había sido llamada para una reunión importante.

Habitualmente Pandora se dejaba ver por Gran Bretaña, en concreto Londres, acompañada de Arjun. También viajaban a otras ciudades europeas y asiáticas. Incluso habían estado en Japón recientemente para vislumbrar la cuna de la tecnología por mera diversión. Ellos viajaban juntos como yo lo había hecho en otros momentos, y ahora diferencia mía estaba siempre pendiente de las diversas necesidades y requisitos de la corte. Una corte que cada vez era más numerosa y bulliciosa. Los jóvenes podían llegar a ser muy escandalosos.

—Pensé que te encontraría con tu levita y no con un traje de Ermenegildo Zegna—dijo siendo tan suspicaz como siempre—. ¿Tiene algo que ver que Bianca esté por aquí?

—No—dije—. Sólo acabo de llegar. He ido a París a buscar algunos materiales. Estoy pintando nuevas salas y mejorando la calidad de algunas de mis obras. Inclusive he...

—No me cuentes tus batallas, por favor. Sólo he venido a ver como seguías—comentó incorporándose para acercarse a la chimenea, la cual estaba encendida ofreciéndonos su agradable y confortable calor—. Me dijeron que te habían visto decaído en alguna ocasión, pero te veo fuerte y con esa mirada retadora. De hecho, estoy segura que has querido atravesarme con alguna daga envenenada por haberte callado.

—Siempre tan sincera—respondí con una cortés sonrisa—. ¿Por qué nos distanciamos?

—Por tus caprichos, tu necedad, tu torpeza... Te esperé semanas, meses... Aguardé que me buscaras años y después desapareciste como todas tus promesas. Ahora es imposible volver atrás. Yo amo a Arjun, además me necesita y me adora. No puedo dejarlo y tú no puedes dejar lo que has vuelto a ser—se giró para verme y la vi tan hermosa como la primera vez que la vislumbré en su casa, entre las sombras y junto a sus esclavos. Faltaba Flavius a su lado, mirándola como quien mira a la esfinge de una nueva diosa, y sus temblorosas muchachas que murieron demasiado jóvenes—. Te amaré siempre, me preocuparé siempre...

—El amor apasionado se disipó como se disipan las nubes tras la tormenta, pero el amor... ¡Ah! ¡El amor siempre queda! Es mejor seguir amando que odiar, porque el odio consume y envenena las almas—me incorporé y la abracé para luego besar su frente.

Ella decidió responder con un beso dulce en mi mejilla derecha, un par de caricias con sus manos sobre estas y se marchó a la sala de baile. Allí la esperaba él para hacerla girar y girar entre risas, miradas de asombro y aplausos de respeto.



sábado, 24 de junio de 2017

Titanes

¡Traigan el lodo! Digo... Marius y Pandora peleando.

Lestat de Lioncourt 


Hacía días que me hallaba fuera por diversos motivos. Mis asuntos eran importantes. Siempre tenía que conocer de primera mano las noticias acerca de las incursiones de la malvada y depravada Secta de la Serpiente, la cual incluso nos habían atacado cuando nos hallábamos cómodamente en el calor del hogar. Por otro lado, adquirí pinturas necesarias para poder dispersar mi mente y mejorar mis pinturas. A veces necesitaba pintar para distraer el dolor, la impaciencia, el orgullo herido y la chispa de odio que crecía a veces entre Lydia y yo.

—Nunca te esfuerzas por entenderme—dijo dramáticamente al borde de las lágrimas nada más verme entrar junto a uno de los esclavos.

Él transportaba parte de los útiles que había adquirido, por mi parte llevaba un pequeño paquete de tela donde había envuelto los pinceles más caros que había logrado hallar.

—Lydia, me esfuerzo cada día por soportarte—respondí con una sonrisa amable, aunque realmente estaba siendo un impertinente. Bien podía haberla llevado conmigo, pero no quería que Padre y Madre sufrieran algún percance en mi ausencia.

—¡Marius, mejor guarda esa lengua en tu boca si no vas a ser capaz de controlarla!—exclamó furibunda.

—¡Puedo dominar mejor mi lengua que tú tu histeria!

En Roma, como en cualquier parte del mundo, la mujer era propiedad del marido. A ella le habían enseñado algo bien distinto. Su padre tenía la culpa. La había educado como a un hombre y eso significaba que se creía un igual, no un ser inferior. Ahora comprendo que estoy equivocado, pero en aquella época todo era muy distinto. El amor masculino era el puro, la mujer era sólo para tener hijos y una posición en la sociedad.

Actualmente, en algunas partes del mundo, todavía la mujer es una propiedad del hombre y se considera un objeto que te da prestigio social. A mi parecer es lo único malo que tenía la Roma Antigua y que debió aprender de los egipcios, los cuales dotaban a la mujer de muchas libertades y de un poder de autonomía digno de respetar.

Sin embargo, eso no quita que Lydia, o Pandora como hace llamarse, no sea un tanto histérica y avasalladora. No siempre se puede tener la razón y no voy a darle la razón a ninguna hembra con tal de parecer un hombre mejor. Si creo que está equivocada se lo diré. Pero a ella y a cualquiera.

—¡Mi padre tenía razón!—dijo rompiendo a llorar antes de agarrar un jarrón y arrojarlo con violencia.

—¡Ojalá estuviese vivo para que te regresaras con él!—respondí.

Aquello hizo que me mirara con rabia y odio. Durante tres días estuvo apartada de mí, negándome la palabra y esforzándose por ignorarme. Era como si no estuviese. Por mi parte le pagué con la misma moneda. Si ella era terca, yo lo era más.




domingo, 4 de junio de 2017

Mujeres

David Talbot demostrando que es el amor hacia las mujeres junto a Gabrielle y Pandora.

Lestat de Lioncourt 



Estaba sentada en las escaleras de aquel edificio en ruinas. Habían ido a conversar ambas después de una noche demasiado agitada. Las seguí con el único deseo de poder integrarme en aquella charla, pues sentía que mi corazón iba a desbordarse ante tantas emociones tan diversas como terribles. Había empezado una nueva etapa en nuestro mundo y los cimientos que nos habían sustentado, de algún modo u otro, habían sido destruidos convirtiéndolos en cenizas. Por una parte comprendía que hay que evolucionar para poder avanzar, que a veces hay que dejar atrás todo el equipaje, pero este desafío era muy superior a cualquiera que hubiésemos podido imaginar.

Gabrielle, como he dicho, se había sentado en las mugrientas escaleras de un viejo edificio. Tenía constancia que fue un hermoso cine, pero que la nueva era de cines mucho más impresionantes habían destruido las salas pequeñas. Ya no había intimidad en esas salas amplias donde se va más por moda que por el hecho de buscar la emotividad, el cosquilleo nervioso en nuestros vientre y el asombro.

Pandora llegó poco después. Estaba vestida de una forma muy elegante y miró los escalones rechazando el tomar asiento. Su traje bermellón con hermosas piedras preciosas en su cinturón, el cual se ceñía dejando poco a la imaginación para su cadera, la realzaba como una vieja musa. Llevaba joyas de gran valor en sus muñecas, adornando su recogido de trenzado de distinto grosor, y también en su largo cuello o sus pequeñas orejas. Era toda una dama de sociedad, o al menos aparentaba ser una de esas dueñas de grandes fortunas y privilegios. Su oponente, no.

La madre de Lestat estaba enfundada en unos viejos jeans algo desgastados en los bajos, con una guayabera típicamente masculina para muchos, unas botas militares algo sucias y el cabello suelto completamente enmarañado. Ella no llevaba maquillaje, ni joyas, ni perfumes y ni mucho menos parecía necesitarlo. Únicamente tenía un viejo reloj de muñeca de correa marrón que parecía estar roto, al menos su esfera.

—Ha sido muy triste—dijo con la voz ronca y algo quebrada—. Pronto traerán los restantes cuerpos para que sean enterrados como merecen.

—Tu hijo lo hará bien—contestó Pandora con una sonrisa cargada de emoción—. Lo has educado de una forma maravillosa y sabrá buscar igualdad, respeto y comprensión para todos.

—Yo no lo he educado. Ha sido la vida quien le ha demostrado que yo no estaba equivocada—contestó respondiendo a esas palabras y esa sonrisa. Tenía unos ojos fieros, pero sensibles. Se notaba que había estado llorando cuando depositó el cadáver de Mekare en el foso.

—Eres pura pasión y libertad, eres su ejemplo. Claro que lo has educado. Sólo tienes que verte—comentó tras decidir que no importaba si tenía que llevar su hermoso y caro vestido a la tintorería. Se sentó a su lado y apoyó su cabeza en el hombro derecho de su vieja amiga—. Recuerdo la primera vez que te vi. Eras pura fuerza. Callaste a Marius con sólo un par de miradas. A mí me cuesta un largo discurso, pero tú eres capaz de destrozarlo.

—Porque en tus ojos aún hay amor hacia él. Yo no lo amo, aunque le estoy agradecida por salvar a mi hijo—rió estrechando el cuerpo de Pandora como si fuese una niña, pero no lo era. Era ese amor que se siente hacia otro igual. Un amor puro. El amor de una madre hacia otra mujer que, aunque no pudo ser madre, siente la maternidad desde otro punto de vista. Pandora creó a hombres inteligentes y fuertes, apasionados, diestros en las letras y llenos de sueños para que fueran sus “hijos”. Gabrielle no tuvo que crear a nadie. Ella ya había sido madre y sólo tuvo que contemplar, a veces desde lejos, los triunfos y fracasos de Lestat. Ambas eran mujeres fuertes y lo siguen siendo, pero a su modo. Mujeres decididas a todo—. Te quiero. Te quiero muchísimo, ¿lo sabías?

—Sí, sé que me quieres porque aprecias mi compañía—dijo tras una ligera risotada. Alzó el rostro y besó la mejilla de su buena amiga—. Voy a extrañar las conversaciones con Maharet.

—Ha sido un golpe terrible para todas nosotras. Akasha demostró lo ciega que se puede estar al dar importancia, o mayor relevancia, a un sexo. Ella demostró que se puede convivir en paz entre ambos géneros, ayudar a los más desafortunados y cuidar de la familia aunque fuese por medios poco usuales para un vampiro—cerró los ojos y tomó aire para dejarlo pasar lentamente. Todo su cuerpo pareció entrar en paz y Pandora hizo lo mismo.

—Vivimos en una sociedad patriarcal. Mi padre me hizo ver que era tan válida como cualquier hombre, pero hoy en día faltan hombres como él. Siempre han faltado hombres como él—comentó Pandora mirando con sus ojos castaños a Gabrielle para luego tomarla del rostro—. Has roto los géneros, que sólo son construcciones culturales de sociedades que no quieren avanzar, y has logrado colocar esa semilla en el corazón de tu hijo. Espero que la sociedad sea más justa y equitativa. Aunque sólo lo sea la sociedad vampírica....

Temía interrumpir, pero ambas giraron su rostro y me miraron. Era un intruso. Si bien, quería luchar a su lado. Deseaba escucharlas. Sabía que tenían cosas impresionantes que mostrarme. Gabrielle era muy cerrada, muy terca, muy poco dada a las largas conversaciones y yo era un ser que amaba desvelar misterios. Por un lado temía desvelar los que ella me ocultaba, pues había cosas que no querría mostrarme como cualquier otro en su lugar, pero por el otro ansiaba ver desnuda su alma para besar cada cicatriz.

—¿Llevas mucho ahí?—preguntó con suspicacia Pandora.

—El justo.

Recordé como ella en sus memorias decía que no sabía vestirse, ni maquillarse, y que era una fiera. Flavius, que era un hombre, supo explicarle como usar el labial, los polvos, los trajes y velos. Él, que era un símbolo de masculinidad, embelleció el rostro de su dueña porque el interior de esta ya estaba perfectamente amueblado. Demostró que saber de colores o maquillaje no era sólo cosa de mujeres. El recordar eso me hizo sonreír. Esa noche llevaba un maquillaje sutil que le daba una apariencia muy humana.

Tomé asiento entre ambas, pues se separaron para darme la bienvenida, y entonces Gabrielle apretó mis manos entre las suyas. Cuando me miró intensamente supe que me estaba dando las gracias en silencio, pero a viva voz si se trataba de sus pupilas.


¿Cómo no amar a las mujeres? Si ellas son nuestras madres, amigas, compañeras... Son parte de nosotros y nosotros de ellas. Tenemos que luchar a su lado para que puedan finalmente alcanzar el respeto que se merecen, la voz que parece haberles sido robada y el amor que nunca debió faltar en sus vidas. Me quedé allí guardando respetuoso silencio recordando la marcha de Maharet y pensando que quizá teníamos el privilegio de comenzar una sociedad nueva mucho más justa sobre y bajo su recuerdo.   

lunes, 12 de diciembre de 2016

Poema al miserable

Flavius trae algo para Marius... ¡No me gustaría ser él!


Lestat de Lioncourt

Adalid de la pintura,
lo ególatra y la mentira.
Hijo de la historia,
los bárbaros y el imperio.
Mujeriego y soñador,
bebedor de vino
y poeta sin lira...
Gran y funesto orador.

El amor vino a ti con inocencia
y lo regresaste cubierto de avaricia.
Ahora parece que te pesa la conciencia
porque extrañas sus caricias.

Maestro de la indomable ira,
compositor de leyes imposibles.
Hijo de los milenios,
soledad y conocimiento banal.
Líder de besos apasionados
y ardientes miradas.
Gran y funesto amante.

Ella te entregó su amor,
y tú te adueñaste de su vida.
Por eso cuando la abandonaste
emprendió la prodigiosa huida.

Maestro del engaño y el poder,
hombre injusto y cruel.
Te creías superior a cualquiera
y no escuchabas a quien amabas.
Te encerraste en tus quimeras
y abandonaste la virtud
de escuchar a quien quieres,
respetar sus ideas y sueños.
Tú, por mal que te pese,
no eres su dueño.

No intentes ser Zeus,
pues como mucho eres Hades
que intenta retener Perséfone
en sus mortecinos valles.


domingo, 11 de diciembre de 2016

Eclipse

Marius dedicando algo a Pandora...

Lestat de Lioncourt 

Recuerdo aquel hombre. Ese hombre que me abrió las puertas de su casa y me presentó a su encantadora hija. Apenas era una niña de nueve años y yo ya era un hombre joven. Ella sonreía con el brillo de cientos de constelaciones, sus ojos eran profundos y cautivadores, su léxico y conocimientos iban más allá de la educación y cultura que poseía.

Era hermosa. De delicados rasgos y largo cabello negro que cubría su pequeña espalda. Si bien yo no estaba preparado para comprometerme a tener una esposa, y menos tan joven. Sabía que los matrimonios podían acordarse y arreglarse. Comprendía cómo era para aquella sociedad el deber de ofrecer descendencia. Sin embargo, era lo único que deseaba alejar del imperio y de mí.

Había nacido hijo de una esclava. Sus suaves y salvajes muslos se abrieron a mi padre, un hombre rudo y, en ocasiones, detestable. Sometió a una hermosa y delicada mujer de los bosques para satisfacer su virilidad, la llevó consigo y la convirtió en su concubina. Su verdadera esposa lo toleraba mientras amamantaba a su primogénito. Cuando nací la hicieron desaparecer y me quedé a cargo de su mujer y mi hermano mayor, el cual tenía ya un par de años. Fui educado como romano, pero jamás acepté ser un guerrero. Amaba la fuerza y el poder defensivo de Roma, pero odiaba tomar una espada. Mi padre, que esperaba tener entre sus filas al mejor guerrero, se vio decepcionado. ¿De qué servía un coloso apasionado por la historia, la poesía y la pintura? Por eso, esa invitación de compromiso con la joven Lydia era lo mejor que me podía ocurrir; pero como siempre, por terquedad, la perdí.

Tuvieron que pasar varios años, de numerosos viajes y encuentros con otras mujeres, para ver a aquella joven de aspecto salvaje rogando estar entre mis brazos. Nada más verla supe que era ella. Ella era la niña que recitó poemas de amor para mí. Una niña que era todo una mujer llena de gracia y fuerza. Me quedé anonadado junto a mis esclavos, los cuales me ayudaban a redactar los hechos que acontecían en los distintos pueblos que visitaba. Deseé beber su piel, acariciar su cintura, aspirar el aroma de sus cabellos y llevarla conmigo. Pero de nuevo el destino, y su padre, nos separó.


Un destino que nos separaría más años de los que ella y yo podríamos contar, que una vez unidos nos volveríamos a dividir y sólo nos encontraríamos ocasionalmente durante la eternidad. Seríamos como el sol y la luna que sólo se encuentran cuando hay eclipse. Ese sería nuestro destino y horror. Un amor imposible porque somos dos fieras que no se dejan someter.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Historia de mis días y noches.

Veo respuesta de Pandora o Mael... Veo nuevo golpe a su ego.

Lestat de Lioncourt 


Aprendí que era vivir de forma independiente a las ideas de mi padre desde temprana edad. Él deseaba que fuese un hombre aguerrido, dispuesto a llevar en su cinto una espada y una mirada parecida a la de un animal herido. El coloso que tuvo con una mujer celta, ese cuyos genes eran un prodigio, se negaba a sacrificar su vida en la milicia. No quería vivir en campamentos poco higiénicos, ni afilar espadas o cabalgar a la batalla. Deseaba una vida tranquila, juiciosa y llena de privilegios arrancados del saber y la autosuficiencia.

Me hice historiador, pintor y pensador. La pintura no era en sí un oficio, pero sí redactar las nuevas y viejas costumbres que pertenecían a nuestra vida diaria. Los hombres más poderosos se sentaban a debatir con mi padre, narraban lo visto en otras tierras y me miraban como si fuera un monstruo con buenos modales. Era un chiquillo y ya rebasaba en altura a muchos de sus soldados. Muchos decían que Apolo se sentaba en la mesa ocultando sus dramáticas flechas.

Mi hermano mayor era distinto. Él era tosco, algo más bajo y muy ancho de hombros. En cuanto cumplió la edad mínima para entrar a la milicia comenzó su adiestramiento. Era sólo un niño. No dejaba de repetir las consignas militares y de beber, comer y practicar el sexo con los esclavos hasta el hartazgo. Sin duda él era el hijo favorito, yo era el hijo extraño que tuvo a cuenta de un desliz. Sin embargo mi padre no hacía diferencias y terminó apoyándome inculcando que debía ser el mejor historiador. Él no podía tener un hijo cualquiera, sino el mejor.

La rabia y la desesperación paterna vino cuando no tomaba la decisión de engendrar hijos, asentar la cabeza con una buena mujer y ofrecerle al mundo mis frutos. Me negaba. No quería dejar los placeres banales, las fiestas nocturnas y el disfrutar de mis viajes en soledad por las prósperas ciudades colindantes. Roma era un imperio, un coloso, y yo la amaba demasiado. A veces le decía que sólo con Roma me desposaría.

No obstante terminé fijándome en una muchacha. Era demasiado joven para ser mi mujer, así que pedí su mano para futuras nupcias. Su padre comprendió mi estrategia. Quería seguir viviendo ciertas juergas y aventuras, cosa que le parecía indigno en un hombre de mi edad y alcurnia. Su hija era su tesoro y me juró que no sería mi amante. Aunque admito que conté otra historia en mi libro, pues no quería parecer un auténtico perdedor. No pude tener su bendición y no debía tener su corazón.


Pasaron los años, volví a ver a esa hermosa niña convertida en una dulce mujer llamada Lydia, pero el destino me deparaba estar alejado de ella no sólo por la distancia, la edad y el odio visceral de su padre. Estaríamos distanciados por la noche y el día, pues me convertí en un monstruo por culpa de un celta.  

martes, 29 de marzo de 2016

TALAMASCA (Su fundación) y el amor.

Tesjamen es parte de los bebedores iniciados por La Sangre para que luego Akasha los formara como parte de su culto. Ella no los creó, pero bebieron de la fuente original. Es uno de los tres dioses que continúan vivos. Los otros dos dioses son el paciente Avicus y el indómito Cyril. 

Aquí nos vuelve a contar la historia de amor hacia su bruja y la amistad con el espíritu Gremt.

Lestat de Lioncourt 

Las heridas eran terribles y casi no podía caminar. A duras penas lograba mantenerme de pie aferrado a los troncos rugosos de los árboles. Era tan lento y torpe como un recién nacido y caía de bruces sobre la crujiente hojarasca. La luz penetraba entre las ramas incidiendo sobre mi piel ya lastimada. Estaba horrorizado por el aspecto de mis manos pues sólo podía imaginar mi rostro deforme, calcinado y ensangrentado. No podía dejar de llorar pero tampoco debía detenerme. Me llevé días caminando sin saber donde estaba realmente. Aunque puede que fuesen meses o años. No lo recuerdo bien. Cuando al fin encontré un lugar seguro me refugié, pero el miedo me hizo salir esa misma noche. El miedo y una sed terrible. Cacé algunos animales pequeños y escuché una conversación que me destruyó el alma.

A pocos metros de donde me encontraba, oculto tras unos espesos matorrales, escuché las burlas de unos hombres de corazón oscuro hacia una mujer que parecía rogar por ser tratada con respeto. Se burlaban de su aspecto y la acusaban de no ser útil siquiera como curandera. Cuando se marcharon entré en su vida rogándole piedad y asilo. Creí que ella sabría entender mi padecer y podríamos ayudarnos. Yo la ayudaría leyendo las mentes de los que iban a buscarla y ella ayudaría a curarme las heridas proporcionándome un lugar acogedor.

Durante algún tiempo todo funcionó, pero decidí convertirla completamente enamorado. El aspecto no importa cuando los corazones son hermosos y las almas se convierten en ángeles bondadosos. Ella era pura bondad y tenía una belleza en la que nadie más reparaba. La hice mi hija, mi compañera y por supuesto el amor de mi vida. Jamás había amado así. Pero no nos dejaron mucho tiempo tranquilos porque pocas décadas después fue quemada acusada de brujería.

Creí volverme loco. El dolor que soporté ese tiempo, pensando que ella estaba muerta, fue peor que el dolor del sol cayendo sobre mi piel. Ni siquiera esas terribles llamas podían emular mi sufrimiento en esos días tan oscuros. Hesketh era una flor en mitad de un desierto. Se había convertido para mí en un oasis en el cual olvidar el encierro, el sol y las preguntas que aún consumían mi alma.


Lloraba entre unas ruinas como un miserable cuando él dio conmigo. Gremt me localizó y comenzó a conversar ofreciéndome su compañía. Sentí que al fin encontraba un poco de consuelo para la muerte de mi compañera. No tardó en desvelarme que ella estaba “viva” de algún modo y que en esos momentos era un poderoso espíritu. No recuerdo cuántos días fueron los que tuve que esperar para que me desvelara la verdad. Ella ahora es hermosa y parece humana ante los ojos de cualquier mortal. Juntos hicimos una alianza forjada en el mutuo respeto y cariño. Investigaríamos a Amel, el espíritu que habitaba en la sangre de los inmortales, y colaboraríamos con el mundo sin que este supiera de nuestra existencia. En aquellas ruinas iniciamos lo que hoy se conoce como TALAMASCA.  

jueves, 7 de enero de 2016

Amigos y confidentes

Flavius siempre será especial para Pandora y Pandora para él. La amistad no se pudre si es buena.

Lestat de Lioncourt

—Me alegra mucho volver a verte—dijo entrando en la sala.

Arjun estaba en el gran salón escuchando a Sybelle tocar el piano. Parecía fascinado con aquella música, como si lo transportara a otro mundo. Antoine no tocaba en ésta ocasión. Él tan sólo conversaba con otros músicos inmortales. Parecía que la reunión de aquella noche iba a ser distendida.

Estaban en el gran edificio de apartamentos de Gregory. Se encontraban en Suiza. Un hermoso lugar con unas vistas increíbles a las montañas, las cuales se encontraban ya muy nevadas. La biblioteca era inmensa y allí se encontraba Flavius, el cual había decidido buscar entre sus viejas lecturas algo agradable. Quería escuchar de fondo el piano mientras saboreaba alguna poesía o devoraba unos fragmentos de sus novelas predilectas.

Pero ella, Pandora, deseaba hablar con él. Eran pocas las ocasiones en las cuales podía reunirse a solas, confesarse algo más que miedos y recuerdos.

—A mí también—contestó. Se desplazó unos centímetro en el diván y le permitió que tomara asiento—. Extrañaba poder conversar contigo.

Sus ojos claros recorrían las delicadas y vistosas ropas de Pandora. Había decidido usar un vestido de noche rojo, tan rojo como los tulipanes rojos y las amapolas, sin ningún tipo de complemento más allá de un hermoso collar de perlas y una pulsera de diamantes. Eran joyas que su amante, su querido Arjun, le había obsequiado noches atrás.

Cuando la veía no podía creer que él hubiese ayudado a que despertara lo femenino, su elegancia apasionada y buen gusto, gracias a sus consejos hacía cientos de años. Rió para sí, pero para ella sólo sonrió sintiéndose dichoso. Volvía a verla radiante y eso, sin duda alguna, era un gran tesoro.

—¿Por qué no me buscaste? Sabías que no estaba con Marius—al fin le pudo recriminar aquello.

Flavius bajó el libro y lo dejó sobre sus piernas. Era la “Teoría de los colores”. No era literatura para imaginar, pero sí para percibir los colores de un punto de vista más científico y menos fantasioso. Apreciaba todo tipo de literatura y esa, sin duda alguna, satisfacía su curiosidad. Era un libro para recordar una y mil veces lo fascinantes que somos todos los seres vivos, como podemos vislumbrar el mundo y excitarnos con los diversos matices de éste. Pero no era momento para deleitarse con teorías, mirar las pinturas que Gregory adquiría y sonreír ante lo fascinante. No. Era momento para poner sobre la mesa todos sus sentimientos.

—Temía que hubieses regresado a su lado—se sinceró—. No quería arriesgarme. Sin embargo, siempre te consideraré mi amiga, mi hermana y mi creadora. Tú siempre estarás en mi corazón sin importar el tiempo o la distancia.

Ella tuvo que dejar que Flavius se fuera. No estaba permitido crear a un lisiado, aunque Marius lo hubiese matado por los celos que siempre despertó en él. Unos celos infundados. Flavius jamás codició a Pandora como mujer, pero sí veía en ella a alguien a quien poder contarle todo.

—¿Has conseguido ser feliz?—preguntó acariciando sus cabellos ligeramente rubios y castaños.

—Sí, inmensamente feliz. Ahora me siento confuso, algo temeroso, pero sé que todos podremos reunirnos para afianzar nuestra unión—contestó sin atisbo de duda. Aunque hacía unos meses no hubiese dicho aquello. Temía que las reuniones cesaran y las peleas empezaran.

—Sois buenos amigos, buenos compañeros.

Se sentía dichosa. Él había terminado vinculado a una vida donde podía contar con Gregory, Davis y otros inmortales. Sólo tenía que pedirles que se quedaran a su lado a conversar. Había sufrido por él imaginándolo solo, perdido o simplemente enajenado. Pero lo veía y veía a un hombre fuerte, sabio y calmado.

—Sí, nunca me siento solo. A veces Avicus me acompaña cuando leo—sus mejillas se sonrojaron al mencionar a aquel inmortal.

Ella no era estúpida. Había notado como Flavius era su sombra, como caminaba cerca de él y esperaba que le mirase aunque fuese de soslayo. Comprendía ese sentimiento ahora, tras tantos siglos, después de verlo en Arjun y de ahora sentirlo por él. Marius había sido un cretino, y aunque aún lo amaba sabía que no era para ella.

—Vaya, ¿ama la lectura tanto como decía Marius?—preguntó con una suave sonrisa.

—Sí, pero sobre todo ama que yo recite para él.

Ella comprendió entonces el motivo por el cual Flavius jamás la buscó, y porqué nunca intentó nada con Lia y Mia. Él buscaba la robustez y la sensibilidad de un guerrero culto, de un hombre como Avicus.

—Te brillan los ojos, Flavius—dijo colocando una de sus manos entre las de él. Apretó sus dedos y sonrió mirándolo al rostro. Un rostro que era fiel reflejo de su amor.

—La emoción...


—Sí, será eso—dijo entre carcajadas, justo antes de tomarlo de las mejillas y dejarle un suave beso en los labios—. Será eso, Flavius.  

martes, 1 de diciembre de 2015

Fanfic ESPECIAL DICIEMBRE

A mediados de Diciembre y finales del mes, por supuesto, tendrán otros dos memorias especiales. En total serán tres. Memorias, señores, memorias... Hay que contar lo que sucede, ¿no?

Lestat de Lioncourt 


Durante los últimos treinta años, aproximadamente, habíamos vivido un revuelo mediático importante. La primera vez que se habló de nosotros como criaturas existentes y dolientes, que alguien nuevamente alzaba la voz hablando de nuestras virtudes y defectos, como algo más que seres fantásticos, diciendo que éramos parte de éste mundo, fue con Louis de Pointe du Lac. Él rompió el silencio, pero se quedó su grito ahogado en murmullos desperdigados por el tiempo y los tugurios de mala muerte.

Muchos jóvenes se reunían en diversos lugares del mundo, los cuales eran como su refugio, cientos eran salvajes y atacaban a otros de forma libertina. No había reglas. Nadie sabía nada sobre las reglas necesarias para la convivencia, las cuales había ofrecido a Lestat hacía siglos. Louis no las transmitió porque era un desconocedor de ellas, igual que el resto. Llegué a pensar que hice mal al ocultarlas y rogarle al que fue mi pupilo por escasas horas, debido a sus imprudentes actos, que no las ofreciese tan a la ligera. Si bien, Armand sabía algunas también, pero su transmisión quedó corrupta y olvidada. Era algo del pasado, añejo y deslucido. Nadie seguía reglas algunas, ni siquiera las suyas propias, y los inocentes caían como moscas.

Cuando Lestat apareció en la prensa, escrita y audiovisual, creí que debía aparecerme ante él para increparlo. Sin embargo, algo en mí, rogaba que siguiera su show. Aquel número lleno de palabras seductoras, movimiento erótico de caderas y aullidos similares a los de un lobo herido, me dieron una idea de lo importante que era transmitir a las nuevas generaciones lo que sucedía. Me había quedado anticuado. Aquel idiota, lleno de grandes sueños y esperanzas, gritaba a los cuatro vientos que era un vampiro. La noche de su concierto fue la sentencia de muerte de cientos de jóvenes, los mismos que muy posiblemente estarían encantados de decir que dieron muerte al gran Vampiro Lestat.

Desde entonces tenemos una cruz que llevamos a cuesta. Sus aventuras se venden por cientos de miles en todo el mundo, se han traducido a numerosos idiomas, los jóvenes mortales lo tienen como una esperanza y un ejemplo de triunfo a pesar de no creer ni una sola palabra, por supuesto, del supuesto vampirismo que representa. Seguimos siendo un mito pese a todo. Las diversas guerras, y enfrentamientos, como problemas puntuales que hemos vivido no son nada, no han tenido repercusión alguna y no se ha informado adecuadamente en los medios de comunicación. Nosotros, los vampiros, tenemos celo ante la opinión pública y el exceso de conocimiento de los mortales. Dominamos muchas empresas, poseemos tentáculos en cualquier empresa gubernamental y podemos extorsionar a políticos de todo tipo. Hay, sin duda alguna, una mafia con colmillos dispuesta a todo. Aunque ahora queramos comunicarnos, pues Lestat ha pedido a Benjamín que él sea quien la difunda, tenemos especial cuidado sobre nuestras palabras y acciones.

Por mi parte, por supuesto, gozo de las noches más embriagadoras que conozco. Suelo pasearme por las calles más concurridas sintiéndome más seguro, aunque ligeramente agotado. Ya no soy el sabio que creía que era, pues me he dado cuenta que sigo siendo un niño estúpido soñando con ser un pensador reconocido. He llegado a ser como Sócrates totalmente descreído de mi conocimiento, pero también soy como Kant que creo que la filosofía no se estudia sino que se desarrolla. Y nosotros, los vampiros, tenemos una filosofía de vida, unas reglas y una historia que seguir desarrollando mientras meditamos y ofrecemos al resto nuestra mejor imagen.

La ciencia ha empezado, sin duda alguna, a cobrar cierta importancia. No sólo somos transmisores de verdades, sino también de nuevos conocimientos. Más de un vampiro se había hecho con negocios relacionados con la ciencia. Vampiros como el anciano Gregory Duff Collingsworth, que poseía un imperio farmacéutico increíble, o el cabal y brillante Faared Banshali, un científico que había logrado hacer numerosos injertos a vampiros y crear dosis perfectas para impulsar nuestros deseos sexuales dando a lugar, de ese modo, a Viktor Lioncourt. Si algo tenía claro es que todo era posible en éste mundo de tecnología, ciencia y razonamiento. Ahora sí existía un Dios y se gestaba en los laboratorios de todo el mundo.

Por mi parte, por supuesto, me dedicaba a la vida hedonista y contemplativa que siempre he amado. Mis empresas son galerías de arte, invierto en nuevos talentos y me dirijo siempre a museos para poder colaborar como restaurador de diversas piezas de gran valor. Nadie conoce bien esa faceta mía, pero no me importa. Tampoco conocen mis empresas dedicadas al cine o actos menos relevantes. ¿Y qué? No importa. Disfruto de las fiestas, me involucro con la vida más placentera que es recrear el alma con la belleza pragmática de un óleo, y nada más.

Hace unas noches me encontraba en Nueva York. Había decidido visitar aquella sede porque pronto nos reuniríamos todos allí, del mismo modo que lo habíamos hecho hacía algunas noches en el reconstruido palacio de Auvernia. Lestat solía hacer dos o tres reuniones mensuales, las cuales eran para aceptar propuestas, tener nuevos informes sobre los jóvenes desaparecidos o los que estaban apareciendo asustados, confundidos y heridos. También, por supuesto, solía hablar de su nuevo libro y nos intentaba convencer que todo iba bien, sin sobresaltos.

Como decía, me había desplazado hacia Nueva York. Hacía algunos meses que no pisaba Brasil y había decidido estar más activo a la hora de contactar con el resto. Admito que las nuevas tecnologías son aberrantes para mí, por muy interesantes y rápidas que parezcan. No soy como Lestat que desea aprender forzosamente. No. Yo no soy como él. Me gusta recibir cartas por correo ordinario y enviarlas del mismo modo. Se puede decir que amo ese tipo de cosas sencillas que me hacen sentir contacto con la vida.

Estaba allí, en aquella horrible ciudad llena de edificios nuevos cargados de almas insulsas o desquiciadas, intentando concentrarme frente a un lienzo en blanco. Me había recluido en una de las habitaciones de aquel edificio. Armand, por el cual siento todavía amor y respeto, había elegido los muebles y la decoración con una exquisitez terrible. Quién iba a decirlo de aquel muchacho que rescaté, pero que cayó en las garras de aquella deprimente, estúpida y cruel secta. Él seguía teniendo pasión por el arte, devoción por la belleza y se dejaba llevar a veces por la tecnología. Jamás he visto nunca mezclar lo nuevo con lo viejo como en éste edificio, el cual poseía grandes comodidades tecnológicas al servicio de hermosos frescos, elegantes muebles restaurados y frondoso jardín interior.

Bianca me había acompañado en silencio durante algunos minutos. Todavía no habíamos conversado como ella quizás esperaba. Desconocía si quería, o no, pedirme disculpas por su mala jugada. Si bien, conociéndola, sabía que no lo haría. Si yo era orgulloso y terco, ella lo era mucho más. Su belleza, sin duda alguna, seguía siendo la misma y, por supuesto, su alma era aún rebelde, apasionada y comprometida con sus ideas. Aún así notaba una tristeza infinita y profunda en ella. Por lo que supe, aunque no de sus labios, perdió a su compañero, al que realmente amó con toda su alma, y eso la marcó terriblemente desde ese momento.

Sin embargo, quedé a solas. Podía escuchar al resto conversar animadamente en el piso superior, junto a la música de Sybelle y aquel músico llamado Antoine, mientras Gregory reía y Avicus aplaudía como un niño pequeño ante las ocurrencias de unos y otros. Sin duda, aunque me pese, me estaba convirtiendo en un ser ligeramente huraño en ocasiones. Sólo quería sacar de mi cabeza la imagen de Pandora, la cual estaba allí reunida con aquel patético príncipe hindú que se había convertido en su sombra. Necesitaba mostrar mis sentimientos sin hacer daño a nadie. Daniel no me necesitaba, pues conversaba con Jesse Reeves y David Talbot en uno de los sofás de cuero de otra de las salas. Nadie había reparado en como me había escabullido, bajado las escaleras de mármol y encerrado en aquel estudio.

A mi alrededor había numerosos recuerdos de unos y otros, era como un pequeño trastero donde iban dejando algunas pertenencias que usaban durante las reuniones. Había abrigos de Bianca, bolsos de Sybelle, zapatos de varias de las damas que nos acompañaban, un maletín elegante y muy sobrio de Gegory, varios enseres de Fareed y Seth, un baúl de Viktor y Rose, varias cajas sin abrir de productos informáticos que había adquirido Armand y otros enseres que, por supuesto, ni me interesaban. Pese a lo revuelto del lugar todo tenía un orden. Incluso había un orden en los libros ajados, mil veces manoseados, de David Talbot. A mí lo que realmente me interesaba era la vista que había hacia el jardín. Había una enorme cristalera de marco de madera que daba al jardín interior, el cual poseía enredaderas hermosas y numerosas plantas que embriagaban con su aroma.

Tomé la paleta entre mis manos, y al alzar la vista, me vi reflejado en un espejo mediano que allí se encontraba. Yo, el demonio de las pinturas, con aquella ropa tan similar a la de otra época, de mi color favorito, y con mis habituales sandalias. ¿Realmente habían pasado más de dos milenios? Era absurdo. Aunque ahora tenía menos arrugas, por culpa de la sangre inmortal y los cambios drásticos en mi cuerpo, y el cabello ligeramente más claro. Por lo demás, claro está, seguía siendo aquel imponente romano de madre celta. Durante unos segundos, aunque muy breves, me pregunté si realmente Mael estaba muerto como decían. Yo sabía que ese imbécil estaba vivo y de verme así, vestido como cuando nos conocimos, se hubiese echado a reír diciéndome que vivía en el pasado. Ah, las viejas rencillas... eso y pintar a Pandora, durante horas y horas, era lo que más extrañaba.

Hacía algunos meses que sólo era capaz de pintar paisajes, personas desconocidas y algunos frescos similares a los de cualquier iglesia. Me hartaba ese arte. Todo arte tiene una belleza, pero no comprendía porque era incapaz de pintar lo que mi alma necesitaba. Fue como en 2013, hacía unos años, cuando sólo podía pintar lirios, rosas y enredaderas trepadoras. Amel había tomado el control de mi mente, de mis pensamientos y mi arte, y eso me había llegado a enfurecer. Sin embargo, la furia y el miedo se habían diluido como un terrón de azúcar en una taza de café caliente.

Entonces, cuando me disponía a concentrarme, ella entró sin llamar. Vestía un traje arrebatador en color guinda, el cual se ceñía a su estrecha cintura, y resaltaba su piel pálida. Tenía el cabello negro suelto, cayendo sobre sus hombros, y las joyas que lucía no restaban brillo a sus ojos oscuros. Hermosa, como siempre, y fuerte, como nunca, me miró con una sonrisa pintada en carmín. Deseé besarla, pero decidí mantenerme cauteloso.

—¿Qué deseas?—pregunté—. ¿Vienes a reprocharme que no hago lisonjas a tu querido compañero?—aquello provocó que su rostro se endureciera.

—No, venía a preguntarte si querías unirte a nuestra conversación, con el resto de amigos, pero veo que tu amargura sigue siendo tan eterna como tu estupidez—dijo alisando la falda de su vestido, aunque no veía arruga alguna.

—¿Yo soy un amargado?—dije arrugando la nariz—. ¿Cómo te atreves a decirme eso?—murmuré lleno de rabia, aunque me concentraba para aparentar normalidad. Si bien, mis ojos azules seguramente centelleaban.

—Tan amargado como tu amigo el druida, que por cierto ¿has averiguado si sigue vivo? Pues en tus crónicas afirmabas que lo estaba, llenando de esperanzas a la pobre Jesse, y ahora, claro está, no se debe dar más disgustos a una criatura que ha padecido tanto. Aún todos lloramos la muerte de Maharet, su gemela y Khayman—giró su rostro hacia el jardín, donde se hallaban las tumbas de aquellos pobres desdichados, para luego mirarme a mí a los ojos—. Dime, ¿lo has hecho? ¿O fue tan sólo otra de tus mentiras e incoherencias intentando llenar tu ego?

—¡Basta!—dije furioso tirando la paleta al suelo—. Yo que me he refugiado aquí, como una alimaña, intentando encontrar inspiración en mis recuerdos, mis sentimientos que aún hoy brotan por ti, para crearte un magnífico retrato y tú, maldita mujer, te dedicas a insultarme como siempre. Jamás debí haber llorado tu partida.

—¿Mi partida?—murmuró apretando sus pequeños puños, logrando que se tensara. Sabía que la discusión, como una tormenta violenta, se avecinaba— ¡Serás cínico! ¡Tú me dejaste abandonada! ¡Y lo hiciste dos veces!—empezó a gritar mientras su ceño se fruncía, su mandíbula se endurecía y me miraba como a sus víctimas antes de arrancarles el corazón.

—¡La segunda no fue intencionada!—dije girándome por completo hacia ella, provocando que mis perfectos cabellos cayeran ligeramente sobre mi frente. Movía mis brazos, mi cabeza y todo mi cuerpo porque la ira y la rabia vibraban encolerizadas dentro de mí.

—¡Vaya! ¡Así que admites que la primera sí lo fue!—otro reproche directo.

El pasado, como no, siempre era un arma de legítima defensa para ella. Un arma cruel que solía usar con las artes típicas de una mujer. Si una mujer no te lanza en cara, en cualquier lugar y sin motivo, una de sus quejas date por seguro, amigo mío, que eres un hombre afortunado. Os lo aseguro. Además, las mujeres siempre buscan cualquier pequeña discusión para doblegarte, someterte a sus caprichos y convertirte, como no, en un muñeco entre sus manos. Sin embargo, hay que ser inteligente y saber mantener la calma... cosa difícil.

—¡Fue por el bien de todos!—grité en respuesta.

—¡Fue por tu miedo al compromiso!—dijo acercándose a mí con una elegancia, así como un deseo terrible de abofetearme— ¡Admítelo, maldito idiota!—gritó estrellando la palma de su mano derecha, pequeña y rápida, en mi rostro.

—¿Me estás llamando idiota?—dije tomándola de las muñecas, pues sabía que era capaz de arañarme con sus puntiagudas uñas.

Todos los vampiros tenemos unas uñas tan fuertes y cortantes como navajas, podemos atravesar la piel y cortar la vena de cualquier mortal. Inclusive podemos atravesar el cuerpo de estos, arrancarles el corazón y beber de sus diversos vasos sanguíneos.

—¡Si quieres te llamo imbécil, una definición más acorde!—se movía intentando librarse de mí, pero yo no iba a permitir que lo hiciera.

—¡Pandora, te exijo que te disculpes!—había fruncido el ceño y sentía ese bofetón, tan fuerte y conciso, como una patada en mi orgullo.

—¿Tú y quién más? ¿Tu ego y tu látigo?—dijo con una sonrisa maliciosa— ¡Responde!

La solté de inmediato, provocando que diese un par de pasos hacia atrás, pero cuando intentó encontrar la salida, pues huía completamente indignada, la atrapé pegándola contra la puerta. Mi frente quedó contra la suya, mucho más pequeña y estrecha al igual que su cuerpo. Cubrí gran parte de su figura con la mía, noté sus manos pegarse a mis brazos e intentar apartarme, pero no pudo. La besé como hacía siglos que no la besaba. Mi boca atrapó la suya con hambre insaciable, y mi lengua, rápida y desenvuelta, agarró la suya convirtiendo el beso en una danza brutal entre ambos.

En las diversas plantas, como en el hall de entrada, se hallaban diversos compañeros riendo, conversando, haciendo sus menesteres o simplemente divagando en sus pensamientos. Y nosotros, como no, estábamos allí encerrados en un momento de pasión inusitada.

Tiré de ella, como si no pesara nada, y busqué entre los enseres de Fareed sus milagrosas agujas. Había frascos color turquesa y aguamarina. Sabía que los turquesas eran para las hembras, así que sin más, y aunque ella se resistía, apliqué una fuerte dosis de estrógenos y andrógenos. Ella, en ese momento, me miró confusa y me golpeó el torso a la altura del pecho. Sin embargo, no dijo ni hizo nada segundos después cuando le arranqué la ropa con furia.

Quedó desnuda, con sus senos de pequeños pezones cafés al aire, y su pequeño monte de venus con aquella minúscula mata de pelo oscura. Allí, desnuda, como la propia Venus salida de las aguas, me miró confusa y perdida. Sin embargo, se abalanzó a la caja y agarró una de las agujas turquesas inyectándome a la fuerza.

—Si creías que el único que iba a sufrir consecuencia era yo, estabas equivocado. Aquí los dos vamos a rendir cuentas—dijo antes de golpearme fuertemente el rostro otra vez, lo cual hizo que la empujara contra una de las diversas alfombras extendidas que tenía la sala. Alfombras nada baratas, pero deslucidas por el paso de los años.

Su cuerpo denudo llamó al mío, por eso mismo me deshice de mi túnica y caí rendido sobre ella. No suelo llevar ropa interior, salvo cuando debo vestir esas horribles prendas bárbaras que se ajustan tanto a mis pies. Odio los pantalones, las chaquetas y cinturones. Realmente sólo me encuentro cómodo desnudo o con mis túnicas.

Ella allí, arrojada como una fiera herida, me miraba decidida a todo. Sus uñas se clavaron en mis brazos, arañándome y afianzando éstas con fuerza, mientras sus muslos parecían tomar calor. Aquella boca inferior, con sus carnosos labios, pedían que la sometiera con mi hombría. Ella ya me había pedido hacía cientos de años, cuando tan sólo era una recién nacida en éste mundo, que la hiciera mía.

Entré sin preámbulos, el deseo era ciego y el calor que sentía, recorriendo cada parte de mi anatomía, era sofocante. Al entrar en aquella húmeda vagina me sentí apretado, honrado y complacido. El calor era delicioso, la humedad excitante y la estrechez me hacía delirar. Mis manos se aferraron al borde de la alfombra mientras mi boca buscaba la suya. Los besos eran los de dos bestias, mis embistes eran firmes y constantes, mientras ella gemía sin pudor palabras sucias.

No tardaron en acercarse a la puerta, como siempre, con la curiosidad innata en muchos de nosotros. Escuché los gritos de Armand furioso, para luego sentir un silencio terrible. Era la sentencia de muerte de sus sentimientos, de sus viejas ilusiones, y después de eso un ligero sollozo. No comprendía quién podía estar llorando, sin embargo no me interesó. Los pechos de Pandora, libres y de pezones erizados, llamaban mucho más mi atención. Atrapé uno de ellos con mis labios, lo retorcí con mis dientes y mamé de ellos un pequeño trago de sangre. Ella movía su pelvis desesperada, pero cuando noté que estaba a punto de llegar salí.

Rápidamente agarré la caja, tomé las inyecciones y calvé varias en ella. Su mirada se nubló y su piernas se abrieron fogosas, necesitadas, y deseosas de sentir placer. Mis manos, suaves y frías, se hundieron en su vagina acariciando fogosmente su clítoris. Gemía mi nombre y yo jadeaba al contemplarla de ese modo. Tenía el carmín deslucido, el cabello revuelto y los ojos cerrados dejándose llevar. Cuando me incliné para lamer su sexo, mordisqueando sus labios inferiores, pude saborear otras pequeñas gotas de su sangre. Bebía de ella, generando placer y espasmos, mientras que la dosis surtía efecto en su organismo.

En cierto momento volví a escuchar los llantos, ahora eran dos, mientras la puerta parecía caerse a bajo. No me importó. Ella estaba inconsciente en un mundo de placer erótico, casi pueril, mientras se tocaba para aliviarse. La arrodillé frente a mí, agarré del cuello y metí varios dedos de mi mano zurda en su boca. Su lengua comenzó a lamer, conocedora de como ofrecer placer con ella igual que una serpiente que sabe de su peligrosidad, y de inmediato introduje mi miembro ofreciéndoselo desde el glande hasta la base, rozando mis escrotos con su barbilla. La penetré duramente y pude notar como su cuerpo temblaba. En ese momento, cuando la puerta al fin se abrió, mi semilla llenaba su boca manchando su lengua.

Me giré sin importarme nada, sintiéndome triunfador de aquella pelea, pero al ver su rostro manchado de sangre, decepción y coraje me aparté como un criminal arrepentido. Si bien, algo en mí seguía celebrando aquel momento. Armand lloraba, mostrándose ante mí como aquel chiquillo perdido y desolado, mientras Antoine, ese músico delgaducho de cara demasiado dulce, se aferraba a él intentando calmarlo. El tercero en discordia de aquel grupo era Arjun, el cual tenía su traje de gala blanco manchado de sangre. Parecía que no le importaba su aspecto, ni su ropa, sino el dolor lacerante que sentía en su corazón.

Noté como Pandora volvía en sí, recogiendo los jirones de su vestido y cubriéndose, irremediablemente, con una de las cortinas que allí había colocadas. Escuché como se rasgaba la tela y como sus pasos se volvieron apremiantes cuando Arjun salió del marco de la puerta, dispuesto a salir del edificio.

—¡Cómo te atreves a hacer ésto en mi propia casa!—gritó furioso.

—¡Puedo hacerlo donde me plazca! ¡No eres mi dueño, pero olvidas que yo sí lo soy de ti!—no sentía esas palabras, pero indudablemente las dije. Acepto que fueron crueles y poco certeras, deshonestas y desalmadas, aunque ya es tarde para pedir disculpas.

—¡Yo te estuve esperando durante cientos de años, mi amor fue intenso y tú decidiste destruirlo! ¡Ni siquiera me diste el consuelo de una noche contigo! ¡Sin embargo, vienes aquí y tratas como una ramera a Pandora, a la misma que destruiste con tu puñetero orgullo! ¡Eres tan estúpido como los que llevaron al fracaso a tu patético Imperio Romano!—aquel ataque me vino de improvisto. Armand siempre se había mostrado ligeramente sumiso, pero estaba claro que él había cambiado mucho más que yo.

—¡Por qué no te vas a rezar a tu Señor para ver si alguien te ama! ¡Alguien a quien no vuelvas loco y provoques que te deje!—dije con malicia.

En ese preciso instante apareció Daniel. Él me miró sin importarle nada, indiferente. Noté entonces la diferencia entre él y Armand. Daniel Molloy, mi querido periodista, sabía que yo era libre para hacer lo que me placiera, del mismo modo que él se sentía libre para lo mismo. Aquello, sin duda alguna, me hizo sentirme aún más furioso. Los celos me carcomían el alma.

—¡No te atrevas a levantarle más la voz a Armand!—replicó el joven músico.

Su rostro, siempre calmado, se llenó de una furia increíble. En ese instante supe que lo amaba, y lo hacía de un modo que yo jamás había sido capaz de amar a Pandora, Armand, Bianca o a cualquiera de mis creados. Él lo amaba por encima de sí mismo. Podía destruirlo fácilmente, provocando un incendio y achacándolo a una ira desatada, pero no le importó.

De inmediato se interpuso entre mi viejo querubín y yo. Armand se aferró a él, por la espalda, y empezó a llorar ocultando su rostro en la chaqueta de Antoine. Las manos del músico dieron con las de mi adorado Amadeo. En ese instante recordé tantas cosas, todas las buenas y malas, y decidí vestirme. Daniel había recogido mi túnica y me la ofrecía, así que no tuve que buscar demasiado.

Salí de la habitación y vi a Pandora aferrada a su creación, la segunda y última que hizo, acariciando sus cabellos y jurándole que había sido un acto cruel, improvisado y que no se repetiría.

—Amo a Marius, pero somos incompatibles—escuché que decía—. Tú eres demasiado bondadoso y eso, amor mío, todavía me aterra.

—Tú eres mi sueño. Sin ti decidí ocultarme del mundo, pues me faltaba la luz. Era una noche sin luna ni estrellas, un día sin sol en el horizonte, y un jardín convertido en desierto. El mundo, Pandora, se volvió insípido e insoportable—se aferraba a ella, ocultando su rostro en el cuello de ésta, y mi mujer, a la cual nunca le quise dar ese título, lloraba amargamente junto a él.

—¿Qué has hecho, Marius?—murmuré para mí.

Daniel había salido de la habitación quedándose a mi lado, como si quisiera apoyarme en todo momento. Él sabía que había hecho mal, pero no me lo recriminaría. Entendía que todos debíamos aprender de nuestros errores y fracasos. Y yo, como no, debía comprender que jamás podría tener a Pandora por mucho que la deseara. Ella y yo éramos incompatibles, teníamos demasiadas rencillas e impedimentos. Pero, lo que más me dolió, fue ver a ese músico besando dulcemente el rostro de Armand al pasar a nuestro lado.

Eran casi de la misma edad, aunque el creado de Lestat era más espigado. Recordé a Riccardo y me di cuenta que hacía el mismo papel protector, el cual había aceptado Armand por necesidad y amor. Pude ver amor. Sentí unos celos insoportables. Celos por Arjun, celos por la pasividad de Daniel y celos porque Armand pudiese encontrar a alguien mucho mejor que yo. Asumir todo aquello, en esa noche, provocó que me marchara sin decir donde iba.

Caminé por las calles de Nueva York provocando que algunos me miraran, muchos pensarían que había salido de un rodaje tardío de alguna película. El viento gélido cuarteaba mi cara, provocaba que mis manos se congelaran y no sintiera mis pies. Al llegar a una de las calles, cuyo nombre desconozco, encontré a Thorne caminando sin rumbo. Una vez más, en una noche cualquiera, nos tropezábamos. Él se acercó a mí, no yo a él, me abrazó y ofreció dos besos. Después, como no, regresaos conversando a esa maldita sede. Pandora y Arjun ya no estaban, igual que no se encontraba ese ambiente acogedor y festivo, entré en mi habitación y me encerré solo.

—¿Realmente me estoy convirtiendo en un amargado?—dije tumbado en la cama de rojo satén—. ¿Qué puedo hacer? Siento celos por todo, pues sé que no soy el centro de nada... Me siento como Roma a punto de caer, destruido por completo.

Entonces la puerta se abrió, era Daniel, se acercó a la cama y se echó a mi lado desnudo. Su cuerpo delgaducho era atractivo. Sus cortos cabellos rubios rozaron mi mentón mientras apoyaba su cabeza sobre mi torso. Pronto noté sus besos en mi cuello, sus manos contra mis costados y su corazón empezó a bombear a la par que el mío.

—¿Crees que es cierto lo que dijo Pandora?—pregunté.

—Si ella lo dijo es porque así lo cree, aunque no sé bien a qué te refieres—su tono de voz pausado y, ligeramente, melancólico me sosegaron. La respuesta no fue la que yo esperaba, pero era la que bien conocía mi alma.

—Antoine... ese músico...

—Tiene agallas y ama a Armand, pues Armand logró que tuviese todo lo que una vez soñó. Está agradecido y admira poderosamente el alma torturada de mi creador—se incorporó y me miró en la penumbra. Allí, pese a la escasa luz, pude ver sus ojos violetas clavados en mí—. Con el paso de los años he entendido más y mejor a Armand. Somos incompatibles, pero me gusta pasar algunas noches cerca de él. No es como pensaba—suspiró pesadamente y se sentó sobre mis caderas—. Tú aún lo ves como el niño perdido en la secta, el muchacho con la cabeza revuelta de conceptos destructivos, pero no es así. A duras penas cree en sí mismo, pero aún tiene marcado a fuego el concepto de bien y mal. Aunque, Marius, no es un concepto que germinara gracias a Santino, sino un concepto creado cuando era un niño.

Tomé su rostro entre mis manos, deslizando mis dedos por sus mejillas, hasta llegar a su cuello. Era hermoso. Un hombre de unos treinta años, de una vida decadente y bohemia, que se había convertido en un loco en medio de un mundo tenebroso. Nadie daba nada por él. Armand no podía destruirlo, se veía incapacitado para ello, pero a la vez no soportaba tenerlo cerca. Me concedió el honor de cuidarlo, quizás porque se lo debía, y yo me enamoré de él con el paso de los años. Igual que le sucede a muchas enfermeras con sus pacientes, esa compasión infinita se convierte en amor y el amor une más que el odio.

—Te sabes libre para hacer lo que desees, para coquetear con quien quieras, y sabes que yo igualmente lo soy—dije incorporándome entre los almohadones.

—Te necesito, pero no soy dependiente—echó sus manos a mis hombros, para apoyarse y poder inclinarse hacia mí, y me besó. Fue un beso comedido, pero lleno de significado—. Ve a verlo, está en la sala aún. Antoine hace unos minutos que se tuvo que ocultar, pues es demasiado joven—rozó mi miembro con su prietas nalgas y sonrió perverso—. Mañana puedes ser mío, pero hoy puedes ser de quien desees.

Aquella invitación me tomó de sorpresa, pero la acepté. Salí de la habitación, no sin antes tomar mis propias dosis. Fareed nos había hecho llegar a todos un kit con dosis. Todos los meses teníamos varias a nuestra disposición. Él necesitaba saber los resultados, como un pequeño estudio, y nosotros nos beneficiábamos de ello.

Al entrar en la sala principal, donde todos se reunían usualmente, lo encontré sentado en la silla de Lestat, la cual tenía su escudo del león junto a la rosa sangrante. No había nadie más. El resto se había marchado u ocultado en las distintas habitaciones. Él parecía ensimismado, como si no quisiera hablar con nadie más salvo con él mismo.

—Vete—susurró cuando me acerqué—. No quiero verte, pues suficiente has hecho—murmuró.

Me acerqué más, lo levanté de la silla como si no pesara nada y él no opuso resistencia. Sabía que era inútil. Yo era mucho más poderoso que él y podría hacer cualquier cosa ante su desobediencia. Intentó apartarse cuando vio la aguja, como si se resistiera a ser mío. Sin embargo, acabó inyectado al igual que yo. Sin importarme nada, ni siquiera que alguien pudiese encontrarme de nuevo en esa situación, lo abofeteé y le saqué el cinturón de sus pantalones. El mismo cinturón que usé contra su piel, marcándolo durante unos breves segundos.

Él no daba crédito, pero también estaba excitado. Sabía sus puntos débiles. Comprendía sus celos, pues yo también los tenía, pero no los iba a aceptar. Él no tenía porque tener celos de Pandora, pues Pandora era mía mucho antes que él lo fuese.

—¡Por qué!—gritó con cierta rabia.

—Porque las putas como tú, querido querubín, no pueden sentir celos—lo arrodillé frente a mí, como hice con Pandora hacia unas horas, e introduje mi miembro en su boca.

Él atrapó el glande con sus labios, apretándolos con cierta rabia, y su lengua, rápida y húmeda, comenzó a enroscarse jalando de cada milímetro de piel. Succionaba con fuerza y glotonería, engullendo cada vez más mi sexo. Sus ojos, castaños y libertinos, me miraban con deseo y fascinación. La correa volvió a sonar contra sus manos, pues no deseaba que tocase mi cuerpo.

—Las furcias, como tú, no pueden tocar—susurré con rabia.

Acabé tomándolo del pelo, el cual siempre me recordaría al fuego y la sangre, enredando mis largos dedos en sus mechones. Él, quien fue mi devoción, volvía a serlo. Rápidamente lo empujé contra la mesa de reuniones y lo penetré con rabia. Cada embestida sacaba un gemido desgarrador de su garganta, sus manos se aferraron a la mesa y las mías a sus caderas. De vez en cuando hacía sonar aquel trozo de cuero marrón, de hebilla dorada, contra su espalda, sus nalgas, sus hombros y sus costados. Finalmente, como no, acabé usándolo como un collar apretando su garganta.

Las malas palabras provocaron mayor excitación en él, sus caderas se movían desesperadas y mi lengua se paseaba sobre sus heridas lamiendo las minúsculas gotas de su sangre. Él perdía el juicio, quedando a merced de mis deseos, y entonces lo vi entrar a Daniel, absolutamente desnudo salvo por su sonrisa suave. Él vino hacia nosotros, comenzó a acariciar a Armand, para luego ponerse a mi altura y comenzar a besarme. Su boca sabía dulce, igual que el momento que vivía. Me percaté que él también se había inyectado, que estaba erecto y deseoso de atenciones, así que le ofrecí la boca de quien fue su amante y compañero, así como mi criatura. Armand no dudó en succionar su sexo, mientras él tomaba asiento en la silla. Ya no estaba penetrándolo contra la mesa, sino contra el cuerpo de nuestro amante. La silla de Lestat, la que solía usar para mandar al orden, estaba siendo nuestra cama.

En cierto momento noté como el esfinter de Armand se estrechaba, apretando con fuerza sus músculos, síntomas de una inminente eyaculación. Esto provocó que yo llegara dentro de él, en lo más profundo, y al salir se lo ofrecí a Daniel. Aquel periodista, el cual fue torturado por sueños indeseables y una vida de tinieblas, ahora estaba más lúcido que nunca y más desesperado también. Sin escrúpulos introdujo su sexo en aquel cálido y mancillado orificio. Penetró a Armand subiéndolo a sus piernas, dejándolo con su espalda contra su torso, para que yo viera su cara de placer.

Los labios y mejillas sonrojadas de aquella criatura, el cual podía ser un terrible demonio, le daban un toque arrebatador. Parecía el ángel de algún fresco de la cúpula de una iglesia. Su cuerpo, pequeño y manejable, se retorcía y gemía ronco esperando que aquella delicia no acabara. Pero acabó. Daniel dejó derramar su simiente en su interior, quedándose satisfecho, para luego comprobar como la lengua viperina de aquella criatura nos limpiaba a los dos.


Esa mañana nos fuimos a descansar los tres, con los cuerpos enredados entre las sábanas. Pude tener mi pasado y presente sobre mi torso, sin rencillas ni celos. Armand parecía perdido en sus pensamientos a menudo, pero no podía reprocharme nada. Daniel, sin embargo, cayó agotado demasiado pronto.  

lunes, 12 de octubre de 2015

Poema de café

Arjun ha dedicado éste poema a Pandora. Seguro que le gusta.

Lestat de Lioncourt


Saben a café y menta fresca 
por intensos y refrescantes. 
¡Qué provocadores esos labios tuyos! 
Ellos que son en sí un mundo. 

Si tú me lo permites te daré todo: 
enloquecida alma y torpe cuerpo.

 Saben a tesoro y paraíso 
 porque ha sido oculto y exótico. 
 El beso que te he robado 
 y que me ha liberado.

Tus ojos son cafetales intensos 
que calientan mis noches amargas, 
las que llevaban los vuelos de tus faldas 
y esos suaves y comprensivos besos.

Tú eres el sueño de éste príncipe, 
de un hombre perdido en el delirio del amor.

Esas madrugadas que siempre tengo
cuando despierto con los brazos vacíos,
y con dolor en mi corazón herido...
Te dije que te amo y aún lo mantengo.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Ella era mi sueño y mi pesadilla

Arjun es un hombre intenso y comprendo su amor por Pandora, si bien es un amor demasiado apasionado. Entiendo que ella se sintiera presionada porque jamás fue amada así.

Lestat de Lioncourt


El mundo quedó en silencio.
Se sumió en un amanecer nuevo, demasiado brillante para soportarlo, y mi cuerpo quedó relegado a las pesadillas habituales. Allí, como si fuera el fin de los tiempos, veía como te marchabas. Huías de mi amor. Te perdías en medio de tu silencio y yo me hundía en los pantanos del dolor. El oro, los diamantes y diversas piedras preciosas no valían nada. Ni siquiera la seda, el lino y el hilo de plata de mis viejas prendas. Nada. No merecían mi interés. Yo sólo buscaba la belleza de tus sonrisas sinceras, la fragancia de tu cuerpo y el perfume de tus palabras cargadas de la pasión de mil amapolas salvajes.
Tus huellas marcaron mi alma.
Guardé mis sueños en el cofre del recuerdo, el cual abracé con ternura mientras me hundía en la oscuridad. Asumí mi derrota, tu pérdida y miedo. Comprendí que jamás nadie te había tratado con ternura, comprensión y pasión desmedida. Yo, el príncipe que te seguí como un esclavo y te serví como un mayordomo, acepté que tú te marcharas. No importaba quién era, sino aquello que creyeras necesario.
Los sueños fueron sumándose.
La vida quedó atrás, el trino de las aves fueron mis canciones de cuna y tus antiguos besos, tan palpables aún sobre mis labios, las buenas noches necesarias.

Te amé por siempre. Te amé desde siempre. Te amo todavía.  

sábado, 1 de agosto de 2015

Espero que llegue nuestro día

Marius, hazle caso. Pandora quiere que te bajes de tu nube de irracionalidad y dejes esa pose de hombre de leyes, rudo con el mundo y consigo mismo. Tienes sentimientos y todos ya los conocemos. No ocultes las cosas. 

Lestat de Lioncourt

Ya no sé como decirte lo que siento, pues al parecer no escuchas mis palabras y por lo tanto dejas a un lado mis sentimientos. Oprimes mis ilusiones y destrozas el alma que está bajo mi piel. No te cansas de protestar por todo lo que hago, generas una violencia injustificada ante mis palabras y te niegas a ofrecerme aquello que necesito desesperadamente. Cada vez que perdono tus injusticias me siento culpable, pues hago más fuerte al monstruo que yace en tu corazón.

Jamás has permitido que alguien entre realmente en tu corazón. Posees una coraza tan gruesa que es imposible rascar siquiera su superficie. Tus ojos azul hielo se convierten en una tormenta de ira, caos y desesperación cuando el mundo no gira a tu alrededor, lo cual es lo habitual. No estás acostumbrado a que te digan todo lo que piensan, pues te temen. A penas tienes amigos, Marius, y es porque no deseas aceptar nuestros sentimientos. Quiero salvarte, pero no me dejas. Deseo amarte, pero me niegas. Temo que un día te quedes realmente solo. Ya muchos han desistido y yo estoy a punto de rendirme por completo.

Mi mayor sueño es que vieras cuánto te amo y todo lo que he hecho por ti. Caigo rendida a tus pies, lloro miles de lágrimas amargas y ruego que me ames. No soy santa ni tengo miles de virtudes, pero siempre te he amado sin importarme nada. Nuestro amor es letal, nos hiere y nos mata, y a la vez, por más que lo neguemos, nos mantiene vivos. Hemos cometido un error tras otro. No sólo has sido tú el problema, sino yo también que no he sabido imponerme.

Te he visto vulnerable miles de veces. Sé que lloras a escondidas y te mueres en tus lágrimas. Si bien, crees que tu pose gallarda te hará bien. Olvídate de esa fuerza que no sabes aplicar, y permite que vea la ternura que he encontrado en tus brazos. Acepta tus errores, pues no son tan terribles. Comprende que no podemos ser siempre como deseamos. Quiero que volvamos a ser los que una vez fuimos. Necesito que te apartes de ese escudo de legionario, te olvides de las normas y me trates con la ansiosa pasión que conozco de tu boca. Deseo que vuelvas a sonreírme dejándome sin aire.


Marius, no te quiero perder.  

martes, 21 de julio de 2015

Folios para pensar

Pandora es una gran mujer, aunque siempre está en un segundo plano. Es formidable. Si vas y hablas con ella descubres muchas cosas... tantas que te harán dudar del mundo. 

Lestat de Lioncourt


Todavía intento asimilar lo ocurrido. Hay muchas cosas que ahora tienen sentido y encajan como pequeñas piezas de un gigantesco rompecabezas. Estoy sentada frente a un montón de papeles en blanco, he sacado del cajón del olvido la pluma que me regaló David y me dispongo a escribir todo lo que siento en unas resumidas líneas. Unas líneas tan breves como intensas. Mi historia ya la conté. No tengo nada que aportar a ésta. Sin embargo, hay cosas que ahora cobran un especial sentido y confieren una forma distinta.

Hace mucho tiempo encontré a un ser que se lamentaba y mi temperamento, como mis palabras, le ofrecieron un deseo manifiesto de superarse. Jamás pensé que pudiese influir de ese modo en otro ser. Si bien, él era Gremt y acabó formando la Orden de la Talamasca que ha estado vigilando el mundo gracias a él y sus dos compañeros. Mi historia está unida a esa orden, del mismo modo que me siento obligad a unirla a Maharet.

Conocía a esa mujer. Una mujer poderosa, pero con gestos amables y sencillos. Tan sólo deseaba ver prosperar a los que había dado la vida, aunque fuese con la simiente de su pequeña hija a la cual jamás pudo volver a tener entre sus brazos. Maharet era admirable. Respetaba sus palabras y admiraba su sed de conocimiento. Lamento mucho su pérdida. No pude hacer nada para salvarla, pese a ser ella quien nos salvó de Akasha.

Hace tiempo que no poseo sueños extraños como los que me sobrecogían cando era tan sólo una mortal. Tampoco siento la necesidad insaciable de dar respuesta a todo lo soñado. Pero hoy, como hace mucho tiempo, he dormido rodeada por los fuertes brazos de Flavius mientras Arjun recitaba un viejo poema en su idioma natal. Me siento como una niña tonta que llora por el dolor ajeno, pero ese dolor ajeno lo siento como propio. No he podido evitar derramar más de una lágrima por aquellos que ya no están, ni sentirme decepcionada por mi escaso papel en ésta nueva debacle. Sólo he podido perdonar, aceptar, sufrir y mirar con esperanza los nuevos tiempos que caminan hacia nosotros.

Me siento afortunada de estar viva y de conocer la verdad que aún estaba oculta. Todavía, a día de hoy, me cuestiono tantas cosas y deseo comprender tantas otras que se me hace impensable imaginar qué hubiese sido de mi alma al perecer a temprana edad. Agradezco de sobremanera que Marius me diese la vida, pero que él me la diese no significa que yo deba rendir cuentas de mis actos. Aún así, él espera que me persone frente a él y pida disculpas por las discusiones que hemos tenido, muchas de ellas iniciadas por él debido a su deseo de no doblegar su hombría. Jamás aceptaré sus preceptos, aunque conozco bien sus virtudes y talentos.


Si escribo estas líneas es porque necesitaba contarle a alguien mis emociones. Desde que me encontré con David, el cual para mí es un extraño y formidable vampiro pese a su juventud, no he dejado de escribir. Ahora es algo que necesito. Pero escribo para mí, para ordenar mis ideas y no olvidar quien soy.  

jueves, 2 de julio de 2015

Escúchame

Pandora ha escrito esto para Marius. Yo soy él y la leo con atención antes de molestarme.

Lestat de Lioncourt


Nos peleamos por cualquier cosa, nos enfrentamos incluso en pleno silencio. Puedo ver en tus ojos la decepción de tener una mujer como yo frente a ti, no sabes como calificarme y si es razonable hacerlo. Me temes, me amas, me odias y me necesitas. Quieres apartarme y a la vez me buscas. Es inevitable este amor dispar, amargo y terrible. Puedo decirte que te odio, lanzar mil impedimentos y proponerte que no volvamos a vernos. Sin embargo, a la vez, necesito saber de ti, quiero llenarte de besos el rostro y aceptar tus manos apretando mi cintura. Soy estúpida, pero tú aún eres más idiota que yo. Te comportas como un ser civilizado frente a todos, pero ante mí eres un monstruo terco que jamás escucha el padecimiento de mi alma, mis ideas o necesidades.

Estamos atados y a la vez divididos. Nos convertimos en seres terribles, como si fuéramos dos volcanes a puntos de estallar, y hacemos que el mundo tiemble a nuestro alrededor. Jamás hemos podido silenciar el rencor, el odio y la indecencia de amarnos como lo hacemos. Sólo quiero descansar de ti, de mí y de todo. Si bien, cuando me aparto extraño nuestras discusiones y los silencios amargos que a veces nos hace rogar por unas caricias amables, unas miradas cómplices y unos besos indecentes.

Me considero tu mujer, aunque a ti es término siempre te causó miedo. Pero ese miedo, que te hace retroceder hasta tu caverna, no es más que un fantasma que danza a tu alrededor. Y soy yo quien debe danzar, amor mío. Deberías desnudar tu alma de todos tus miedos, tu ira y todos esos absurdos roces que crean yagas hondas que jamás se cierran. Deseo verte a mi lado abrazándome, besándome y susurrándome las palabras tiernas que tan bien conoces. Quiero que me hables en la lengua de los amantes, no en la de un guerrero déspota que jamás entiende mis debilidades.


Algún día lo haremos, Marius. Nos encontraremos y sabremos tratarnos despacio, con cuidado de no herirnos y apreciando nuestras diferencias.  

viernes, 19 de junio de 2015

El guardián de la diosa Pandora

Creo que Arjun se merece algo más que un "acepto tus disculpas". Realmente él no quería hacer daño a otros. No fue su culpa.

Lestat de Lioncourt


Todavía me siento condenado. Puedo ver las llamas danzando frente a mí, como si el infierno se hubiese desatado sobre la tierra, mientras los jóvenes corrían despavoridos. El horror se había asomado a sus vidas con mi rostro sereno y mis ojos crueles. Mi corazón se siente humillado, arrepentido y hundido. Hacía demasiado tiempo que la sangre no rozaba la punta de mis dedos, pero aquella noche me empujaron a creer que lo deseaba, alentaron al demonio que yacía dormido en mis pesadillas y se hicieron reales mis peores temores.

“Infiernos terribles ante tus ojos de Diosa hecha carne. Discúlpame, si te parece ingrato pedir que me ames.”

Me siento indigno a su lado. Mis lágrimas ya no son visibles, pero sigo lamentándome. No quiero ser temido ni odiado por la mujer que juré proteger, amar y no olvidar. Ella se convirtió hace tiempo en la poesía más hermosa que jamás he recitado, pues su nombre es una dulce canción que endulza mis sueños. El silencio de la soledad traspasó mi cuerpo hiriéndome en el alma, pero ella regresó a mí tal y como esperaba. Fui paciente y aguardé, sin embargo me siento perverso al estar a su lado. Siento que cada noche visto un disfraz que puede romperse para acabar convirtiéndome en ese monstruo horrible.

“Por una lágrima un océano de penurias, pero te juro que te salvaré de cualquier calumnia.”

He secado sus lágrimas, villanas de manchar sus mejillas, mientras mantenía una ligera sonrisa. Quiero ser la bestia que convierta en príncipe, pues el príncipe que vivía entre lujos rechazó ser el germen de un pueblo lejano, perdido en medio de los grandes ríos y las junglas, por seguir sus pasos. Ella es mi esperanza, pero temo que me odie. Temo su rechazo. No quiero que me tema.


“Diosa prohibida, manantial de vida. El amor puede ser doloroso, como las espinas de las rosas, pero prefiero vivir en terrible poesía antes que vivir en gris prosa.”

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt