Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 5 de marzo de 2017

De nuevo TALAMASCA

Regresa David y su vinculación con TALAMASCA

Lestat de Lioncourt 


—Ahora vuelves a tener acceso a todos los archivos sin necesidad de inmiscuirte en alguna de las Casas Madre de la Orden—decía de pie junto a mí.

Estaba allí como si fuese un humano más, pero en realidad era un espíritu imponente y hermoso. Su belleza era casi soñada. Podía ver en sus ojos el brillo de la perspicacia y una mente bien elaborada. No tenía miedo, más bien era asombro. Siempre tenía asombro cuando lo veía moverse. Había visto decenas de miles de espíritus y fantasmas, pero ninguno como él.

—¿Y será ilimitado?—pregunté comenzando a pulsar las teclas para acceder a mi cuenta.

La Orden había llevado todos los archivos a una base de datos ingente que se compartía en todo el mundo. La página web era segura, había grandes recursos tras su seguridad y la limitación de los flujos de información, y los archivos estaban completos.

—¿Qué comprendes por ilimitado? —dijo en un tono serio y algo confundido.

—Los archivos donde aparezco—expliqué con brevedad y rotundidad.

—Oh...—una expresión de asombro se formuló en su rostro generando unos rasgos nuevos, algo infantiles, que rápidamente se borraron para dejar paso a una mirada seria y algo imperturbable.

—¿Podré acceder a ellos?—pregunté.

—No, David—dijo.

No iba a darme por vencido. Necesitaba saber qué datos conocían. Además, estábamos en contacto. Si algún dato estaba mal enfocado tendría que advertirlos a todos. Ahora éramos una tribu y en la tribu no debíamos tener secretos. Yo seguía siendo fiel a la orden.

—Sabes que no tocaré la información ni modificaré su veracidad—decía mirando la pantalla mientras cargaba la siguiente sección de la web—. Sólo surge en mí una malsana curiosidad.

—Está bien...

Ante mí tenía el escudo de la orden, así como una breve introducción a la sección que había señalado. Él me desplazó de inmediato y comenzó a teclear a gran velocidad una serie de comandos. Entonces, me permitió el acceso. Había entrado en su cuenta, cambiado mis parámetros y ofreciéndome nuevamente mi ordenador.

—¿Podré tener acceso?—decía no muy seguro.

—Sí, pero los archivos estarán en modo sólo lectura para ti.

—Gracias, Gremt—sonreí eufórico.


Pronto habría nuevos archivos que saldrían a la luz para poder colaborar con la mayoría silenciosa, esa que estaba ahí leyendo cada aventura. Necesitaban saber qué ocurría.  

viernes, 10 de febrero de 2017

Me llamo Gremt

Ese espíritu me fascina... ¿A ustedes no?

Lestat de Lioncourt 



Mirarme al espejo es un pasatiempo que suelo realizar muy a menudo. No me creo Narciso o Adonis, si bien es un placer poder contemplar mi reflejo y poder captar la belleza idílica que una vez quise tener.

No nací. No fui creado. No sé cómo o por qué surgí. No tengo ni la menor idea de dónde proviene mi poder. Desconozco por completo cómo y cuándo comencé a pensar por mí mismo, si esto tiene un motivo o simplemente fue una casualidad. Sé que no soy de este mundo. Surgí de una brecha de la cual salimos disparados los espíritus que conformaron los misterios y creencias del hombre antiguo y del moderno. Fuimos el susurro de las ramas de los bosques, las palabras en el viento de las cuevas y grutas, los compañeros de aquellos viajeros perdidos por el desierto, los que consolaban a los difuntos y festejaban los nacimientos. Traviesos, bondadosos, malignos y ecuánimes. Sí, estábamos ahí. Sí, vinimos. Sin embargo, cada cual se desarrolló de algún modo.

Me llamo Gremt Stryker Knollys. Yo mismo me puse nombre, pues ni siquiera tenía uno. Hace más de mil años que decidí tener voz ante una hermosa mujer, la cual poseía un espíritu indomable. Me enamoré de su arrollador talento para provocarme un impacto formidable. Ella logró que dejase de llorar, lamentándome por la muerte de un viejo poeta que yo admiraba, para que me alzara y buscara el sentido de mi vida, de mi historia, de mi verdad y de mi don.

Me puse metas, retos, deseos, ambiciones que podían ser las de un chiquillo travieso y finalmente comprendí por qué Amel quiso un cuerpo, adoró la sangre y se mezcló entre los hombres y sus almas. Al contrario que él decidí crear mi propio cuerpo, mejorándolo a partir de la maraña que era, para tener un físico apropiado y adaptado a la belleza de aquella época, la cual no difiere demasiado a la moderna. Me di unos ojos prodigiosos, de un color intenso, y una piel clara como la leche para añadir unos cabellos negros algo revueltos y un físico delgado.

Después luché por conseguir compañeros decididos a parar los pies a Amel. Conocí a un sollozante Tesjamen cuya compañera había fallecido ante el horror, la miseria y la mentira de los hombres. Los humanos pueden ser horribles y no comprendían que tras un rostro demacrado, marcado por la fealdad, se halla un alma hermosa. Había conocido el alma de esa mujer y le había ayudado a ser ella misma. Hesketh, una magnífica e ingeniosa germánica, dejó de ser la horrible bruja para convertirse en un espíritu que se asemejaba demasiado a un hermoso ángel.

Para ustedes es tan fácil mirarse al espejo y reconocerse... Si bien, para mí es un maravilloso logro. Seguiré mirándome siempre. Del mismo modo que lucharé con mis amigos, los cuales siento que son como mis hermanos, para que prevalezca la razón, la justicia, la verdad, la pasión, el ingenio y el talento en Talamasca.


Yo soy el más antiguo de sus miembros. Yo soy el espíritu que Pandora ayudó. Yo soy Gremt.  

martes, 29 de marzo de 2016

TALAMASCA (Su fundación) y el amor.

Tesjamen es parte de los bebedores iniciados por La Sangre para que luego Akasha los formara como parte de su culto. Ella no los creó, pero bebieron de la fuente original. Es uno de los tres dioses que continúan vivos. Los otros dos dioses son el paciente Avicus y el indómito Cyril. 

Aquí nos vuelve a contar la historia de amor hacia su bruja y la amistad con el espíritu Gremt.

Lestat de Lioncourt 

Las heridas eran terribles y casi no podía caminar. A duras penas lograba mantenerme de pie aferrado a los troncos rugosos de los árboles. Era tan lento y torpe como un recién nacido y caía de bruces sobre la crujiente hojarasca. La luz penetraba entre las ramas incidiendo sobre mi piel ya lastimada. Estaba horrorizado por el aspecto de mis manos pues sólo podía imaginar mi rostro deforme, calcinado y ensangrentado. No podía dejar de llorar pero tampoco debía detenerme. Me llevé días caminando sin saber donde estaba realmente. Aunque puede que fuesen meses o años. No lo recuerdo bien. Cuando al fin encontré un lugar seguro me refugié, pero el miedo me hizo salir esa misma noche. El miedo y una sed terrible. Cacé algunos animales pequeños y escuché una conversación que me destruyó el alma.

A pocos metros de donde me encontraba, oculto tras unos espesos matorrales, escuché las burlas de unos hombres de corazón oscuro hacia una mujer que parecía rogar por ser tratada con respeto. Se burlaban de su aspecto y la acusaban de no ser útil siquiera como curandera. Cuando se marcharon entré en su vida rogándole piedad y asilo. Creí que ella sabría entender mi padecer y podríamos ayudarnos. Yo la ayudaría leyendo las mentes de los que iban a buscarla y ella ayudaría a curarme las heridas proporcionándome un lugar acogedor.

Durante algún tiempo todo funcionó, pero decidí convertirla completamente enamorado. El aspecto no importa cuando los corazones son hermosos y las almas se convierten en ángeles bondadosos. Ella era pura bondad y tenía una belleza en la que nadie más reparaba. La hice mi hija, mi compañera y por supuesto el amor de mi vida. Jamás había amado así. Pero no nos dejaron mucho tiempo tranquilos porque pocas décadas después fue quemada acusada de brujería.

Creí volverme loco. El dolor que soporté ese tiempo, pensando que ella estaba muerta, fue peor que el dolor del sol cayendo sobre mi piel. Ni siquiera esas terribles llamas podían emular mi sufrimiento en esos días tan oscuros. Hesketh era una flor en mitad de un desierto. Se había convertido para mí en un oasis en el cual olvidar el encierro, el sol y las preguntas que aún consumían mi alma.


Lloraba entre unas ruinas como un miserable cuando él dio conmigo. Gremt me localizó y comenzó a conversar ofreciéndome su compañía. Sentí que al fin encontraba un poco de consuelo para la muerte de mi compañera. No tardó en desvelarme que ella estaba “viva” de algún modo y que en esos momentos era un poderoso espíritu. No recuerdo cuántos días fueron los que tuve que esperar para que me desvelara la verdad. Ella ahora es hermosa y parece humana ante los ojos de cualquier mortal. Juntos hicimos una alianza forjada en el mutuo respeto y cariño. Investigaríamos a Amel, el espíritu que habitaba en la sangre de los inmortales, y colaboraríamos con el mundo sin que este supiera de nuestra existencia. En aquellas ruinas iniciamos lo que hoy se conoce como TALAMASCA.  

miércoles, 2 de marzo de 2016

La pintura

La pintura de Marius vuelve a sus manos... de momento. 

Lestat de Lioncourt 


Estaba de nuevo frente a mí aquel cuadro. Observaba cada trazo como si lo hubiese pintado esa misma noche. Recorría la profundidad del color, las sombras, la asombrosa técnica que hacía siglos que había mejorado e incorporado a mis obras, y la belleza de sus ojos. Sobre todo la belleza de sus ojos. Unos ojos que parecían implorarme mil veces y tentarme con su belleza. Aquel frágil cuerpo de adolescente quedó plasmado para deleite de sólo unos privilegiados. Se consumía en polvo y olvido en aquella bodega.

La historia de esa pintura era trágica. Logré hacerla en pocas horas, pero no descubrí su magia y magnificencia hasta pasados varias semanas. Debía parecer un pintor común pese a mis extraños comportamientos. Frente a todos era un mecenas con talento y un hombre de bien, pero la verdad es que la oscuridad y la sed me consumían. Ese cuadro lo tuve frente a mí finalizado en más de una ocasión y lo miraba igual que esta noche.

—Ya has visto de nuevo el cuadro, ¿podemos irnos?—preguntó David descansado en una escultura que también me perteneció, aunque yo no era su artista.

Aquel hermoso monstruo que había creado Lestat era inteligente e intuitivo. Estábamos en su mundo, rodeado de historias que conocía mucho mejor que yo y que cualquier otro. David Talbot reflejaba los buenos principios éticos en apariencia, pero la verdad es que amaba entrar en la orden y pasear por sus viejos pasillos como si fuese un fantasma más.

—¿Por qué me dejas entrar aquí?—dije llevando mis manos al marco dorado de aquella belleza intemporal.

—Yo no soy quien te da permiso, sólo te conduzco por los laberínticos pasillos. Podrías entrar tú solo—confesó—. Ya van dos veces que nos colamos aquí como si fuéramos ladrones.

—¿Crees que Tesjamen me permitirá que me lleve la obra?—mis dedos tambolireaban sobre el marco. Jugaba con los relieves de flores silvestres y pequeñas líneas sinuosas que poseía. Me encantaba el marco, pero yo le pondría ahora uno más simple para que sólo pudiesen ver su rostro. Un rostro joven e inmortal.

—Es tu creador pero no deja de ser…

Entonces ambos sentimos esa fuerte presencia recorriendo la galería principal. Los pasos sigilosos eran incensarios. Él se hacía notar por la fuerza que desprendía. No venía solo. Estaba acompañado por Gremt. Tesjamen estaba allí como si lo hubiese invocado. Ambos aparecieron en breves segundos frente a nosotros. No huimos ni hicimos movimiento alguno, ¿para qué? Sabíamos que ellos conocían nuestra aventura de entrar en La Orden de Talamasca.

—¿Tanto amas a Armand que no eres capaz de pasar más de unos meses sin contemplar tu obra?—preguntó Tesjamen—. ¿O es por pura vanidad?

—He intentado olvidar esta etapa pero es imposible. Ha dejado en mí una marca que no puedo ni quiero borrar—expliqué apartándome de aquella hermosa pintura—. ¿Me permitirías llevármela? Así no tendría que venir más.

—Puedes pintar otra igual—respondió el espíritu—. Aún pintas.

—No es lo mismo. No tiene valor sentimental—dije algo airado.

—No te he dicho que pintes una para ti, sino para nosotros. Podemos colocar ahí la réplica. No creo que los eruditos se den cuenta hasta pasados unos años—me miró con esos ojos imposibles, esos labios cincelados por él mismo, y sentí un escalofrío terrible. Él era un artista mucho mejor que yo porque había creado con energía ese recipiente tan hermoso. La belleza de su rostro era similar a la que podía imaginar uno en los viejos dioses caídos de Roma y Grecia.

Noches más tarde accedí con permiso de los Ancianos de Talamasca con una réplica. Ahora la obra goza de un lugar privilegiado donde lo contemplo para fustigarme. Observo su belleza implorando piedad y me alzo con él en ese ruego. Pido piedad por mi cobardía y malos actos pues sé que soy incapaz de hacerlo frente a él, de acercarme con sinceridad besando su frente y rogando ser admitido de nuevo por su corazón. 

domingo, 18 de octubre de 2015

Emisión 9: Talamasca

La Voz de la Tribu hoy trae un especial Talamasca. Disfruten.

Lestat de Lioncourt


Todo estaba preparado para la conexión de la noche, pero algo ocurrió. Fuera una terrible tormenta se apoderó de la ciudad. Los cortes de energía eran bastante persistentes y los generadores sólo podían iluminar parte del edificio. En la sala inferior, cerca del jardín, se hallaba Benjamín maldiciendo al tiempo. La segunda planta estaba acordonada de inmortales. No sólo estaban los vampiros habituales, sino que se encontraban algunos fantasmas y vampiros poco usuales. Gremt había aceptado estar allí, con algunos fantasmas de vampiros para dar su testimonio, sin embargo la noche estaba siendo desapacible.

—Benjamín, debes venir—dijo Antoine abriendo de improvisto la puerta—. Al parecer Armand ha logrado que los generadores funcionen, pero sólo para poder emitir un pequeño comunicado—explicó alejándose del marco de la puerta, echando a correr suavemente hacia la escalera de caracol de escalones de mármol forrados en una tupida alfombra roja, para luego esperarle al principio de ésta y observarle con inquietud.

El joven vampiro se colocó bien su sombrero, acomodó su americana negra y desabrochó el primer botón de su camisa de lino gris. Sus mocasines resplandecían bajo el dobladillo de su elegante pantalón negro.

Allí arriba se encontraba la élite de la Talamasca. Una élite secreta, la cúpula de Ancianos, rodeado de sus alumnos más aventajados. Ellos no iban a conversar aquella vez, Magnus no había decidido acudir para dar testimonio sino para ofrecer apoyo. Raymond Gallant también estaba allí, junto a otros hombres de Talamasca que habían sido reclutados tras su muerte. Muchos de ellos estaban encapuchados, habían decidido ocultar su identidad. Si bien, David Talbot lloraba.

El bueno de David, aquel hombre que siempre había estado a las órdenes de sus superiores hasta ser un buen director de la orden, se había echado a llorar como un niño. Desde que había sido convertido en vampiro no había vuelto a ver a su amigo. Fue poco después de cambiar de cuerpo, consiguiendo uno más joven, que no conversaba de tú a tú con Aaron. Él estaba allí, con un traje color chocolate con una corbata en tono vainilla y una camisa blanca. No llevaba chaleco, algo no muy habitual en él, pero sí tenía esos ojos profundos y su rostro ligeramente rejuvenecido.

—Deseo permiso para emitir un comunicado urgente—explicó Gremt.

—Adelante—dijo encendiendo los micrófonos mientras la suave melodía de Sybelle llegaba a todo el mundo, suavemente como una nana.

Ella estaba alrededor de su elegante piano de cola negro, con un vestido de lentejuelas blanco que le daba el aspecto de una sirena cubierta de delicadas escamas, mientras que Antoine tomaba su posición con el violín. Intentaban relajar a los oyentes, así como a los participantes de aquella extraña emisión.


—Bienvenidos, seres de todas las categorías morales y físicas, soy Gremt. Lamento no dar mi entrevista como debería, usurpando el puesto de Benjamín Mahmoud y su compañero David Talbot. Deseo dar las gracias a Armand por acogernos en su refugio, ofrecernos un generador en ésta noche de perros y ser tan amable con todos nosotros. También quiero agradecer a Daniel Molloy, el cual está tomando nota de todo lo que está ocurriendo—hizo un inciso breve y miró a todos los presentes, como buscando apoyo para lo que iba a decir—. Amel y yo no éramos los únicos espíritus que escapamos de una grieta, llegando a éste mundo desde otro más oscuro y temible. Como bien sabéis Lestat empezó a sospechar que Memnoch proviene del mismo lugar que nosotros—dijo acomodando las ropas reales que llevaba. Parecía tan real como cualquier ser humano. Nadie podía jurar que era pura energía—. También hemos conocido los casos de Taltos que dominaban a generaciones enteras para recuperar su cuerpo o fantasmas temibles que mataban a otros por placer—cerró los ojos y suspiró—. Ésta tormenta no es común. Algo está ocurriendo entre nuestros mundos. Lestat se reunirá con nosotros en unos días y podremos llevar a cabo un planteamiento más adecuado. Sólo les pedimos paciencia para esclarecer los hechos y cómo podrían afectarnos—dicho aquello se incorporó, provocando que el resto también lo hiciera, para marcharse de allí tras estrechar algunas manos y ofrecer algunos gestos de apoyo llenos de cariño.  

domingo, 20 de septiembre de 2015

Informaciones

De nuevo un Archivo Talamasca que nos mueve en otro plano, en el plano que estamos indagando ahora mismo: nuevos seres, nuevos tipos de vida.

Lestat de Lioncourt


Allí estaba él. Sentado como de costumbre en aquel sillón de espalda alta, con orejas y fuertes brazos. Aquel mueble tenías las patas de madera talladas con garras, como las de unos fieros leones, y su tapizado negro le ofrecía un aspecto temible, pero a la vez muy atractivo. Era cómodo, sin duda alguna, y el favorito de David Talbot. Se solía sentar a leer el periódico a altas horas de la noche, tras haber salido a cazar un par de diablos perdidos en ésta jungla que Lestat se empeña en llamar Jardín Salvaje.

Su rostro era sereno. Parecía calmado. Los archivos se apilaban en una mesa cercana. La chimenea estaba apagada, pues el otoño aún no había interrumpido con fuerza. Fuera los árboles se mecían suavemente. La noche era agradable. Todavía se podía salir con una ligera sudadera y disfrutar del sonido de un tráfico insomne. Pero él estaba allí, como cada noche a la misma hora. Después se marchaba, viajaba por los aires y buscaba a su compañera Jesse. Conmigo sólo pasaba unas horas breves, me comunicaba algunas noticias nuevas sobre los vampiros y los restantes seres. A veces, sin que fuese muy seguido, salíamos juntos a buscar emociones, al igual que lo hacía con Lestat, Armand o cualquier otro vampiro. Era extraño.

Me quedé en la puerta, con mis pies desnudos y mi peto sucio. Había estado correteando por la ciudad tras un par de criminales. A veces me comportaba como el desequilibrado que todos recordaban, pero no era así. Volvía a ser el hombre mordaz, de mente inquieta, que quería saber la verdad. Mi pelo revuelto me daba un aspecto algo aniñado, pese a mis casi treinta años. Era responsable de mí mismo, pero a la vez no lo era. Un niño perdido, por así decirlo, en un mundo de vampiros antiguos, tan antiguos como miles de civilizaciones, caminando por ahí fuera mirándonos como objetos frágiles y compadeciéndose de sus miserias, que son también las nuestras. No sé que podía ver él en mí, pero yo sí veía miles de cosas en mí. Siempre crítico conmigo, más que con otros... salvo si ese “otro” es Armand.

—¿Estás solo?—pregunté indeciso.

A veces había espíritus a su alrededor que sólo él podía ver. Entes que parecían torturadas, pero a la vez aliviadas al encontrar en él una fuente de información y paz. Él era solícito, los escuchaba y hacía oír sus voces. No todos podíamos ver a todos los fantasmas. Incluso había vampiros que tenían por imposible contactar con fantasmas y espíritus.

—Sí, ahora sí—dijo con calma—. Estoy intentando entrevistarme con algunos fantasmas y espíritus. Pero todo es en vano.

—¿En vano?—murmuré acercándome a él—. ¿Aún no te han podido aclarar nada sobre el fantasma de Raglan?

—No, pero me han asegurado que sí existen otros seres que no se han puesto en contacto con los vampiros. Al menos, de momento—parecía dispuesto a conversar, pero no me atrevía a indagar.

Tomé una silla, la arrastré hasta donde él estaba y me senté frente a frente. Él parecía observarme con meticulosidad. Habíamos hallado ciertas preguntas a cuestiones ya existentes. Algunas tenían diversos archivos en la Sede Central de Talamasca. El mundo estaba en crisis, pero al menos no era una infundada por una guerra de vampiros. Había tregua. El silencio era ensordecedor. Amel ya no nos torturaba. Sin embargo, las guerras humanas estaban sacando a la luz a otras criaturas, seres que buscaban refugio en tierras más prósperas. David Talbot, que siempre tuvo los archivos a mano, tenía acumulados a su lado informes muy antiguos. Algunos de ellos aún no habían sido informatizados. Gremt le había permitido sacarlos, yo mismo estuve presente en aquella conversación tardía cuando el sol estaba a punto de salir.

—¿Y Jesse?—pregunté recostándome en la silla.

—Está recopilando información que ahora falta en sus archivos, los está logrando gracias a Gremt. Se encuentra reunida no muy lejos de aquí—explicó—. ¿Por qué no me preguntas más sobre mis indagaciones? Tu alma de periodista parece necesitarlo.

—No lo sé. Tal vez espero que tú lo hagas.

Sí, lo esperaba. Más bien lo deseaba. Quería que él fuese quien me desvelase todo como si fuese un truco de magia. Él y su tono agradable, de acento puramente británico y con unos gestos pausados para nada comunes en un hombre joven. Él no lo era, por supuesto. Era el alma de un anciano en el cuerpo de un muchacho, porque eso era pese a su traje a medida y sus cuidadas palabras. Sin embargo, en sus ojos brillaba una chispa que había visto en Lestat. Era la chispa de un hombre inquieto, de la necesidad pura de conocer y comprender. Admiraba a ambos porque se resistían a aceptar el mundo tal y como lo vendían otros.

—Hay hombres lobo, pero no han tenido contacto con nosotros—se encogió de hombros—. Del mismo modo que durante mucho tiempo los Taltos no tuvieron conocimiento de los vampiros y los vampiros de los Taltos. Es el mismo motivo—explicó con calma mientras cruzaba su pierna derecha sobre la izquierda—. He hablado con otros fantasmas de nuevos espíritus, muy similares a Memnoch, Gremt o Amel.

—¿No era el demonio?—dije apretando los regazos de mi silla.

—Según Lestat y otros espíritus, inclusive Amel, opinan que es uno de los suyos. Sin embargo, aún es demasiado pronto para darle un nuevo punto de vista—argumentó incorporándose—. Ya he bebido suficiente por hoy, también he conversado demasiado. Me apetece deambular sin más, ¿quieres acompañarme?


Tan sólo asentí. A él no le importaba mi aspecto ni a mí me interesaba quedarme allí. Quería caminar. Deambular me ayudaba a observar la verdad de las calles. Estar en la ciudad, como si realmente fuese libre, me hacía sentirme en paz.  

jueves, 13 de agosto de 2015

Ave María

No puedo creer que vuelva a estar entre nosotros y haya ido a por él. Supongo que nos queda para largo... 

Memnoch llamando a la puerta de Armand... 

Lestat de Lioncourt


Rezar a veces es lo único que te queda después de saber que el mundo puede ser tenebroso e incomprensible. La fe es para aquellos que buscan algo más que una respuesta evidente. Intentaba encontrar en mí la bondad perdida, la belleza robada, la verdad imposible y el amor que creí haber hallado en otros sólo fueron sombras chinescas que ennegrecieron mi alma. Necesitaba orar lejos de cualquier mirada sospechosa. Tenía que espiar mi alma pecadora.

Decidí acercarme a la iglesia más cercana a mi lujoso apartamento en el centro de aquella gran manzana, tan podrida como las almas que se arremolinaban en los caros restaurantes, elegantes y limpias plazas, exclusivos centros comerciales y espectaculares locales de ocio. Seamos sinceros, estoy cansado de excentricidades y de vivir fingiendo. Mi rostro de ángel es contemplado todavía con cariño por muchos mortales, aunque miles me temen y recuerdan cada uno de mis crímenes que no son más que pecados en mi alma.

Elegí una pequeña iglesia, no está demasiado lejos, y no es demasiado vieja. Se construyó hace tan sólo unos años y está ligeramente abarrotada. Todavía huele a nueva. Los bancos son tan incómodos como cualquier otra. Las miserias humanas que allí se cuentan son propias de cualquier gran ciudad. No hay nada especial. Jamás había asistido a una misa en aquel lugar, salvo aquella noche.

Decidí quedarme en el último banco, acurrucado en una esquina cerca de una de las paredes. Mi cabeza quedó apoyada en el muro mientras escuchaba las eufóricas palabras del sacerdote sobre Dios, el Diablo y el Infierno. Hablaba de los pecados capitales, de como el hombre decidía olvidar la bondad y justicia así como la conciencia de sus malos actos. Mostraba a Jesucristo como el salvador de las almas de éste mundo insensible y podrido. Por mi parte sólo había cierta emoción, aunque no descarada, ante las palabras sobre la calidez del infierno y la crueldad de su Príncipe.

Después de la homilía la iglesia quedó vacía, pero aquel sacerdote quedó allí en el púlpito. Revisaba sus papeles. Tenía el cabello dorado, ondulado y largo. Parecía un ángel. A decir verdad era demasiado joven para calificarlo de sacerdote, pues parecía un novicio. Tenía los labios carnosos y una sonrisa muy atractiva. Sus ojos eran azules, muy profundos, y tenía una mirada extraña. Desconfiaba de aquella figura, pero no me inmuté. No quise aproximarme a él. Rechazaba el intentar entablar una conversación sobre la bondad y la malicia, aunque eso me había arrastrado hasta allí. No estaba dispuesto a que él, una criatura tan hermosa, me tachase de enajenado al contarle todos mis secretos.

Si bien, él parecía estar dispuesto a escucharme. Decidió bajar de su púlpito, recorrer el largo pasillo que nos dividía y sentarse a mi lado esperando que entablásemos una conversación. Sus manos, las cuales había visto moverse con elegancia magistral, tenían hecha la manicura. Poseía unos dedos largos, pero gruesos, y sus manos eran grandes. Su cuerpo era de gran tamaño y parecía bien formado, aunque bajo la sotana no podía estar del todo seguro.

—Los jóvenes no suelen venir a buscar a Dios—dijo con una voz penetrante.

—¿Quién le dijo que soy joven?—pregunté con un acento de tierra de nadie. Después de tantos años viajando, de un lugar a otro, había perdido mis orígenes. Ya no era Andrei, pero tampoco era Amadeo y ni mucho menos podía considerarme Armand. Era un ser longevo que vivía esperando un milagro.

—Tienes razón—susurró—. A muchos nos agrada de sobremanera aparentar lo que no somos—añadió justo antes de escuchar un fuerte portazo. Las pesadas puertas de la iglesia se cerraron detrás de nosotros—. Las apariencias engañan, el hábito no hace al monje. ¿No es así, Andrei?—preguntó clavando sus ojos en mí.

Esos ojos me ardieron. Hizo que ardiera. Pude notar una bocanada de aire caliente calentando mi piel, llenando mis mejillas de un rubor sofocante, y pude notar el fuego quemando mi piel. Quise moverme, pero no pude. Sus gigantescas manos me desnudaron rompiendo mi frágil camisa celeste, permitiendo así que los botones de nácar blanco cayeran a mis pies, mientras sus labios rozaban los míos introduciendo su lengua en mi boca.

Recordé al demonio. El demonio de aquella vieja navidad. Ese día en el cual creí que deliraba. El demonio en la nieve, los copos cayendo sobre mi cabello de fuego, sus caricias crueles y su aliento seductor. Lo recordé. Hacía casi dos años de aquello. Algo me secuestró y me retuvo durante varios días, pero fue algo que no conté jamás a nadie. Me guardé aquella siniestra y placentera visita como un sueño inigualable.

El sacerdote no era tal. De su espalda aparecieron unas alas gigantescas, de plumas negras tupidas, que se alzaron hacia el alto techo de la iglesia. Me atrajo hacia él, como si fuese un muñeco abandonado en los escalones de unos grandes almacenes, y me ofreció el calor de su cuerpo. Tan frío y él tan cálido. Demasiado cálido. Mi cuerpo cedía, mis músculos se quedaron libres de cualquier aprensión y mi mente quedó confundida.

Desnudó mi cuerpo, arrebatándome la ropa a tirones, para luego provocar que me arrodillara frente a él. Mi alma se retorcía en deseos, igual que mi carne. Algo me pedía, o me incitaba, a cometer el pecado original, mordiendo la manzana envenenada que él me ofrecía, bajo la atenta mirada del Señor y de Dios mismo.

Lestat nos había recordado a todos la aparición de aquel ser en su última aventura. Había hablado con él durante horas tras ser coronado como nuestro líder, siendo elegido por todos como el único capaz de liberarnos de Amel y unirnos a él. Me había confesado que ya no temía al demonio, pues no era en sí lo que aparentaba ser. El Diablo no era más que un espectro idéntico a Gremt que jugaba con la representación cristiana de la maldad intrínseca en todos nosotros. Aún así, pese a esa charla, seguí creyendo en Memnoch como un diablo, no como un espíritu burlón y poderoso. Y allí estaba él, arrodillándome ante su perfecto cuerpo.

Sin escrúpulos se desnudó frente a mí dejando la ropa doblada sobre la banca, haciéndose desear, mientras mis ojos recorrían cada músculo de su imponente figura. Una vez desnudo me tomó del cráneo con la mano izquierda, mientras con la derecha aproximaba mi miembro y me lo ofrecía. No tardé demasiado en abrir mis labios y permitir que aquel sexo, duro y grueso, se introdujera en mi boca. Pude notar cada nervio que se hinchaba bombeando sangre, para lograr la plenitud de su pene. Cerré los ojos dejándome llevar. Sus enormes manos me sostenían con fuerza, pero mi lengua era libre. Me hundía hasta el final, permitiendo que mi aliento golpeara su bajo vientre, para acabar lengueteando sobre su glande.

No dudó en apartarme cuando creyó que mi labor debía acabar. Abrí los ojos mirándolo con estupefacción. Parecía un ángel y no un demonio, era como ver a un hermoso heraldo salido de las estampitas típicas de cualquier iglesia, y yo era su presa. Sin cuidado me levantó mientras tomaba asiento nuevamente, colocándome recostado después sobre sus rodillas, para notar como su mano golpeaba con fuerza indistintamente mis glúteos. Podía percibir como mis carnes, pese a la dureza del paso de los siglos, se contraían con cada golpe. No tardé en emitir altos gemidos, que no quejidos, por el placer de sentirme dominado.

Los dedos de su mano derecha se hundieron en mi boca, bajando con fuerza mi mentón y hundiendo gran parte de ésta. Notaba la presión y como mi lengua intentaba lamer cada dedo. Su otra mano, tan grande como placentera, hundía su dedo índice y corazón en mi entrada. Allí, bajo la tenue luz y su dominio, me sentía tentado como nunca. Entonces liberó mi boca, buscó palpó sus prendas y sacó una jeringuilla y de inmediato inyectó todo el líquido en una de las venas de mi cuello. El calor se hizo insoportable. Mi erección apareció convirtiéndome en un adolescente salvaje y desesperado. Él me empujó hacia el suelo del pasillo y allí, como la mayor de las furcias, me coloqué de espaldas a él, pegué mi pecho a las baldosas y permití que me penetrara.

Sus manos tiraban de mis hombros y mis cabellos castaños rojizos, mientras que mis piernas temblaban con cada dura embestida. La fuerza y violencia de aquel acto me recordaba a los burdeles donde los hombres me hacían suyo, jugaban conmigo como si fuese una mercancía y me dejaba guiar por el deseo de tener a Marius de ese modo sobre mí. Cerré los ojos, comencé a gemir con mayor deseo y prolongando cada gemido como si fuese el canto de una sirena, mientras él se impulsaba con mayor necesidad. Escuchaba sus jadeos y gruñidos, así como el sonido de sus testículos golpeándome una y otra vez. No tardó demasiado en llegar, llenándome y dejándome satisfecho, aunque no inconsciente. Llegué al final al igual que él, con una espesa eyaculación que manchó el suelo. Aquello fue un acto improvisado, una toma de contacto, y una llamada de atención.


Quedé recostado sobre las baldosas marrones de aquel templo. Permití que la noche transcurriera dándome ese pequeño capricho, permitiendo que el espectáculo fuese tremendamente tentador y único. Sus pasos resonaron por el templo, alejándose hacia la puerta de la sacristía. Estuve allí arrojado por más de una hora intentando orar, pero no era capaz de pensar. Sólo deseaba tenerlo otra vez y, que de nuevo, me llamase Andrei.  

lunes, 3 de agosto de 2015

Archivo Talamasca: Raglan

Los misterios se unen. David y Daniel están unidos en ésta ocasión a desvelar los misterios que hay en el mundo. La próxima semana Gremt estará en la radio.

Lestat de Lioncourt

Por primera vez escuchaba las voces de fantasmas y espíritus. Jamás había tenido la posibilidad de encontrarme con uno de ellos. Nunca había podido conversar con seres tan extraordinarios como temibles. Otros compañeros habían logrado hacerlo, por eso mismo me sentía tan entusiasmado. David se hallaba a mi lado, manteniendo una ligera, aunque tensa, sonrisa. Podía notar en él cierta expectación, aunque también dudas y deseos. Creo que jamás he visto a un hombre tan apiadado por el sufrimiento que contemplaba. Aquel ser se lamentaba en un extremo de la vieja biblioteca de la antiquísima mansión de los Talbot en el norte de Inglaterra.

—Ocurrió todo tan rápido...—murmuró abrazado así mismo,

No podía ver bien su rostro, pero escuchaba con nitidez su voz. Apenas apreciaba su boca, pues la oscuridad era persistente. Tan sólo estaba encendida la lámpara de metal del escritorio, la cual iluminaba una serie de documentos escritos con una rubrica frenética y poco más. La pluma estaba en el suelo, apenas era apreciable pese al poder de mis ojos vampíricos. Aquel ser me turbaba, provocando que no pudiese concentrarme en los detalles.

—Es inquietante encontrarte aquí—respondió David, apartándome del campo visual de aquel ente.

Quedé tras los anchos hombros de mi compañero, el cual me rebasaba en altura por escasos centímetros. Observé por encima de su hombro derecho la imagen desvirtuada de aquel delgaducho espectro. Poco a poco tomó mayor fuerza y apareció ante nosotros como un hombre de unos sesenta años, cabello cano, ojos verdes oscuros y rostro arrugado. Caminaba algo desgarbado, pero con una elegancia típica de hombres que han vivido una vida plena y han adquirido cierta notoriedad en sus círculos.

—Raglan, ¿qué quieres? No permitiré que hagas trucos sucios—expresó con rotundidad.

Ese nombre me sonaba, pero no eché cuenta de quién podía ser hasta que aquel espectro volvió a llorar. Él había sido quien robó el cuerpo de Lestat. Aquel ser delgado, pálido y lleno de arrugas era quien intentó, por todos los medios, quedarse con los poderes y privilegios del cuerpo de quien ahora era nuestro líder.

—Piedad...—murmuró lanzando los papeles a los pies de David—. Quiero pertenecer a la orden otra vez, deseo que dejen de perseguirme los otros espíritus y encontrar la paz. Quiero encontrar la paz...—temblaba horriblemente y se convirtió en un borrón que acabó desapareciendo.

En los papeles se hablaba de otros espíritus, menos amistosos que los conocidos, que estaban intentando atacar para dominar las sombras, esas mismas sombras donde nosotros nos movíamos, para lograr alcanzar un cuerpo y escuchar al huésped, o mejor dicho al propietario, lejos de su cárcel de huesos, piel y carne.

El viejo director de la Talamasca no dijo nada. Tan sólo recuperó los documentos y los dobló. Habíamos ido a su vieja biblioteca porque había sido invitado, por el actual mayordomo, a viajar insistiendo que algo, o alguien, visitaba la mansión sin levantar sospechas ni hacer sonar alarma alguna.

—Hablaremos con Gremt—susurró.

—¿Cuándo?—hablé al fin.


—Él será nuestro próximo entrevistado...  

martes, 21 de julio de 2015

Folios para pensar

Pandora es una gran mujer, aunque siempre está en un segundo plano. Es formidable. Si vas y hablas con ella descubres muchas cosas... tantas que te harán dudar del mundo. 

Lestat de Lioncourt


Todavía intento asimilar lo ocurrido. Hay muchas cosas que ahora tienen sentido y encajan como pequeñas piezas de un gigantesco rompecabezas. Estoy sentada frente a un montón de papeles en blanco, he sacado del cajón del olvido la pluma que me regaló David y me dispongo a escribir todo lo que siento en unas resumidas líneas. Unas líneas tan breves como intensas. Mi historia ya la conté. No tengo nada que aportar a ésta. Sin embargo, hay cosas que ahora cobran un especial sentido y confieren una forma distinta.

Hace mucho tiempo encontré a un ser que se lamentaba y mi temperamento, como mis palabras, le ofrecieron un deseo manifiesto de superarse. Jamás pensé que pudiese influir de ese modo en otro ser. Si bien, él era Gremt y acabó formando la Orden de la Talamasca que ha estado vigilando el mundo gracias a él y sus dos compañeros. Mi historia está unida a esa orden, del mismo modo que me siento obligad a unirla a Maharet.

Conocía a esa mujer. Una mujer poderosa, pero con gestos amables y sencillos. Tan sólo deseaba ver prosperar a los que había dado la vida, aunque fuese con la simiente de su pequeña hija a la cual jamás pudo volver a tener entre sus brazos. Maharet era admirable. Respetaba sus palabras y admiraba su sed de conocimiento. Lamento mucho su pérdida. No pude hacer nada para salvarla, pese a ser ella quien nos salvó de Akasha.

Hace tiempo que no poseo sueños extraños como los que me sobrecogían cando era tan sólo una mortal. Tampoco siento la necesidad insaciable de dar respuesta a todo lo soñado. Pero hoy, como hace mucho tiempo, he dormido rodeada por los fuertes brazos de Flavius mientras Arjun recitaba un viejo poema en su idioma natal. Me siento como una niña tonta que llora por el dolor ajeno, pero ese dolor ajeno lo siento como propio. No he podido evitar derramar más de una lágrima por aquellos que ya no están, ni sentirme decepcionada por mi escaso papel en ésta nueva debacle. Sólo he podido perdonar, aceptar, sufrir y mirar con esperanza los nuevos tiempos que caminan hacia nosotros.

Me siento afortunada de estar viva y de conocer la verdad que aún estaba oculta. Todavía, a día de hoy, me cuestiono tantas cosas y deseo comprender tantas otras que se me hace impensable imaginar qué hubiese sido de mi alma al perecer a temprana edad. Agradezco de sobremanera que Marius me diese la vida, pero que él me la diese no significa que yo deba rendir cuentas de mis actos. Aún así, él espera que me persone frente a él y pida disculpas por las discusiones que hemos tenido, muchas de ellas iniciadas por él debido a su deseo de no doblegar su hombría. Jamás aceptaré sus preceptos, aunque conozco bien sus virtudes y talentos.


Si escribo estas líneas es porque necesitaba contarle a alguien mis emociones. Desde que me encontré con David, el cual para mí es un extraño y formidable vampiro pese a su juventud, no he dejado de escribir. Ahora es algo que necesito. Pero escribo para mí, para ordenar mis ideas y no olvidar quien soy.  

lunes, 20 de julio de 2015

El misterio de la vida

Este archivo es distinto. Aquí se puede ver algo del proceder que tienen los "Ancianos" de la Orden de la Talamasca. Es simple y a la vez misterioso. 

Lestat de Lioncourt

—¿Qué se supone que estamos haciendo aquí?—preguntó en un murmullo tan bajo que un mortal no podría escucharlo.

—¿Qué te parece que estamos haciendo?—respondió acomodando su corbata de seda negra.

Talbot siempre vestía impecable, como si fuese un hombre de negocios de altos vuelos. Su cabello, algo rebelde, terminaba acomodándose a una imagen impoluta. Sus desafiantes ojos oscuros y dorados eran los de un depredador buscando en mitad de la selva. Se había convertido en el animal de sus pesadillas. Era adicto a los misterios, las historias y secretos que todos ocultaban tras una imagen cuasi irreal de sí mismos. El traje azul marino, casi negro, de Armani se adaptaba perfectamente a su cuerpo y la camisa blanca, de algodón, resaltaba su piel ligeramente bronceada. No era el hombre de más de setenta años que se paseaba por esos mismos pasillos, pero sí tenía la elegancia de una esmerada educación inglesa.

—¿Robar?—dijo Molloy quedando a su altura.

—No, no vamos a robar nada—explicó.

—¿Y a qué hemos venido?—murmuró inquieto.

Era un dueto extraño. La ropa de Daniel Molloy, aquel periodista joven y delgado, era muy distante a la que tenía el viejo director de la orden. Llevaba un peto algo amplio, una camiseta sin mangas gris con un letrero publicitario de una de las discotecas de moda de Brasil. Sus cabellos rubios estaban revueltos y sus ojos grises, ligeramente violáceos, brillaban inquietos llenos de incertidumbre.

—Jesse nos está esperando—respondió.

—¿Qué? ¿Ella también está aquí?—dijo inquieto.

—Se está muriendo un viejo amigo y quiero decirle la verdad. Él te investigó a ti, posee parte de la documentación que necesitamos y deseo que comprenda que es lo que no logró tener durante estos años. Necesito que vea que es cierto lo que ha leído de mí, de Jesse e incluso de ti—giró suavemente su cabeza hacia su compañero y le sonrió—. Tómalo como tu buena obra del mes.

—No es buena idea—una tercera voz se unió a las suyas sorprendiéndoles—. Si vais a hacer algo en Talamasca, ¿por qué no nos avisáis?

Conocía a ese ser. No era un vampiro. No era humano. Era el espíritu que siguió a Amel hasta el plano en el cual se hallaban todos en ese mismo instante. Vestía un elegante traje negro, una camisa gris plateada y una corbata del mismo color que su camisa. Los cabellos los llevaba bien cortados, acomodados en un elegante peinado, aunque rozaban ligeramente sus perfectas cejas negras.

—Porque quizás no queréis ayudarnos—respondió David.

—Gregor ha muerto hace más de media hora—aquellas palabras detuvieron los pasos de David, así como los de Daniel.

Jesse Reeves apareció entonces secándose las lágrimas sanguinolentas y caminando decaída. Se aproximó hasta ellos confirmando la noticia de Gremt, el espíritu que fundó Talamasca junto al creador de Marius y su compañera. Los cuatro quedaron así juntos, en mitad del pasillo, aunque no revueltos. David sintió que su corazón latía acelerado, aunque intentaba calmarse con el perfume suave y refrescante que llevaba Jesse impregnado en su camisa.

—Si te sirve de consuelo le informé de todo lo que habéis encontrado. No olvides que yo también lo sabía—respondió con una ligera y encantadora sonrisa—. Aunque me alegro ver que sigues siendo el mismo, David.

—¿Y qué sucederá con él?—preguntó apartándose de su compañera mientras Daniel observaba todo como si fuese un cuadro, o una de esas películas que tanto le agradaban.

—Digamos que seguirá en Talamasca, pero en un grupo distinto—la sonrisa se ensanchó hasta convertirse en una pequeña carcajada—. Los buenos amigos no se van, David.

—¿Cuidaréis de él?—dijo tomando al espíritu del brazo, lo cual le parecía aún hoy irreal. Era imposible que pudiese ser tan fácil agarrarlo, sentir el latido de aquel corazón virtual y aceptar que sentía al igual que él.

—Siempre lo hemos hecho, pero ahora lo haremos con mayor cuidado—susurró inclinándose hacia Jesse, para depositar un tierno beso en su mejilla, después con un gesto simple se deshizo del agarre de David y se despidió con un ademán de Daniel—. Podéis quedaros a leer archivos si queréis—murmuró caminando por el largo pasillo hasta girar a la derecha, perdiéndose así de la vista de aquel particular trío.

Ninguno de los tres deseó quedarse, aunque sí acudieron a la habitación del anciano. Se despidieron de su cuerpo, pero no así de su alma. El fantasma de aquel hombre bueno y sabio, de un hombre lleno de virtudes, se convertiría en un gran arma para el conocimiento. Acudiría junto a otros hombres de Talamasca que decidieron quedarse en éste plano, acompañando a los vivos y a las diversas criaturas, para seguir informando y llevando la vida que una vez decidieron tener para siempre.


El misterio de Talamasca tan sólo era tal para los miembros de la orden, aunque cuando saliese a la luz el libro todo se descubriría. Muchos no lo creerían, pero la mayoría se sentiría asombrado y perdido. Era extraño para David Talbot, hombre de creencias firmes y de trato cordial, estar nuevamente en aquel lugar sintiéndose un ladrón, inmiscuyéndose en las habitaciones e intentando comprender lo que allí pasaba. Solía pasar desapercibido. Nadie reparaba en él. Sus antiguos conocidos apenas recordaban al hombre que tanto admiraron, salvo por viejas fotografías y escasos recuerdos que todavía conservaban con gran interés. Jesse Reeves había vivido menos entre aquellas salas, pero aún así sentía que su corazón latía como el de una chiquilla cuando recordaba su habitación y los numerosos informes regados sobre su escritorio. Para Molloy aquello era como una excursión escolar, algo para el recuerdo y para mostrar atención por si en algún momento podía usarlo. Él no había vivido allí, pero había conocido a personas de Talamasca durante su existencia vampírica, además tenía una curiosidad despierta sobre los asuntos que solía investigar la orden. Los tres vivieron distintas emociones que conservaron hasta llegar al vehículo que Jesse había usado para aproximarse a la sede. El resto es historia.  

domingo, 26 de abril de 2015

It's my life

—Me gustas porque siempre has quebrado todas las reglas. Ahora puedo comprenderte mejor. Somos uno. Estamos unidos—decía mientras miraba por el retrovisor de mi Lamborghini.

—¿Quieres callarte? Tu parloteo a veces es insufrible—mascullé apretando los dientes.

Tenía varias llamadas perdidas, un par de mensajes de mi hijo y una cita importante. Debía acudir a una reunión. Si alguna vez me sentí realmente maldito, cosa que habitualmente decía emitiendo una potente carcajada burlándome de todo y todos, era en ese momento. Comenzaba a comprender lo pesada que podría ser una inexistente corona. Mis cabellos alborotándose gracias al viento húmedo y cálido de Nueva Orleans.

Había regresado allí. Ni siquiera sabía bien porqué. Estaba bien en mi castillo, ¿no era así? Además, el arquitecto solía precisar mi ayuda para la remodelar las nuevas salas que había pedido imperiosamente que hiciese con rapidez. Sin embargo, había viajado por los aries, acariciando las nubes y contemplando las estrellas, sin importarme nada. Sólo viajé. Informé a mis abogados del viaje una vez en la ciudad que fue mi renacimiento, mi cementerio y mi hogar durante algunas décadas. Exigí que me tuviesen un deportivo preparado y una habitación de hotel. Nada más. Tenía que reunirme con todos. Deseaba volver a ver a los viejos amigos.

—¿Otra vez hablando con él?—preguntó abrochándose el cinturón—. Lestat...

—Louis, por favor, ni preguntes—chisté arrancando el deportivo.

Él había decidido venir a vivir conmigo. Ni siquiera sabía porque era mi sombra. Quizás porque yo le preocupaba. Pero a mí me preocupaba más el destino de todos nosotros que mi propia vida. Siempre la había expuesto. Disfrutaba enormemente viviendo al límite. Él lo sabía. Tenía que saberlo. Era una estupidez pensar que iba a cambiar y centrarme. Con ese idiota hablándome cada cinco segundos, haciéndose notar, era imposible que hiciese algo racional de vez en cuando. Ahora no soy el mismo. Siempre termino cambiando. Me muevo por instinto y, en ésta época, me he convertido en un animal salvaje que busca disfrutar de un nuevo comienzo.

—Conduce entonces—dijo mirando hacia el frente.

Me quedé observándolo unos segundos. Apreciaba su aspecto tan humano. Pese a su piel pálida y sus ojos verdes, tan iridiscentes, tenía una magia que lo envolvía con una desazón tentadora. Poseía una pose humana, un envoltorio perfecto, pese a que ya era un ser tan poderoso como vampiros más antiguos. Sus manos estaban ligeramente colocadas sobre sus muslos. Llevaba un traje oscuro, una camisa blanca desabotonada y un chaleco verde botella que apenas se apreciaba al tener la chaqueta cerrada. Eterno y elegante filósofo. Eso era Louis. Un ser eterno que siempre vestiría impecable en cualquier circunstancia.

Por mi parte, como no, había decidido usar mi chaqueta roja y una camisa blanca. Llevaba mis lentes rosáceos en la cabeza, como si fueran mi apreciada corona invisible, y unos jeans desgastados con unas botas algo sucias. No era la mejor imagen, pero ¿importaba? Creo que no le importaba a nadie ya como vistiera. Podía ser el líder de todos, el Príncipe de los Vampiros, pero no tenía porque ser un aburrido estirado o vestir como un hombre de negocios. Me gustaba la comodidad. Era un ser de acción. Los trajes formales sólo le quedan bien a James Bond.

La reunión sería en una de mis viejas propiedades. Volvería a ver a seres como Gremt, ese espíritu que decidió ser parte de éste mundo de una forma muy distinta a Amel, y a viejos amigos, así como nuevos conocidos. Estaba dispuesto a poner en orden algunos temas y aclarar ciertas circunstancias que se iban prologando con el tiempo. Mientras conducía Bon Jovi sonaba en el reproductor. Louis sólo se movía intranquilo. En uno de los semáforos me tomó del rostro y me besó. Fue un beso breve, pero parecía pedirme calma. Era como una pequeña promesa que se hacía a sí mismo. Promesa que podría ser soportarme, por supuesto, y no terminar provocando un incendio dentro del vehículo.

Me aparté de él, aceleré el vehículo y permití que el aire cálido arrastrara nuestros cabellos hacia atrás. Mi castillo empezaba a ser un lugar de recreo para vampiros, cuando en realidad era mi guarida y un refugio para curar las cicatrices que me ofreció la vida, mortal e inmortal, pero en esos momentos todos guardaban pequeños tesoros entre lo que que fue tan sólo viejas ruinas. Por eso había apartado la atención de él. Yo nunca quise ser el líder de ninguna tribu, pero ya lo era. Era parte de ese juego y Louis sabía mi inconformidad. Pero quien mejor lo conocía era Amel, pese a que estaba encantado con formar parte de mí y de la historia de nuestro pueblo.

—Lestat, la mansión estaba en la calle anterior a éste cruce—dijo percatándose que estaba huyendo de mi responsabilidad—Les...

—Ya lo sé—respondí—. Hoy los esquivaremos. Iremos donde queramos. No tenemos porque reunirnos en éste preciso instante. Puede postergarse una noche. Sólo unas horas, Louis. Nadie saldrá herido—le guiñé y él se remolinó en el asiento, frunciendo el ceño y torciendo el gesto.

—Irresponsable.


—¡Siempre!—grité pulsando el reproductor para aumentar el volumen de mi estruendosa música rock.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt