Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 21 de junio de 2017

La bruja de ébano.

Hace unos días fue el cumpleaños de Merrick. Con atraso, aunque siempre llega, el regalo que estaba esperando por parte de Aaron.

Lestat de Lioncourt 


Me hallaba de pie frente al camino serpenteante entre los viejos robles de la finca. A lo lejos la mansión se veía como antaño, aunque algo desmejorada por el huracán de hacía unos meses y la escasa reconstrucción tras este. Había quedado afectado el techo y al poner otro nuevo, sólo en algunas partes, quedó algo extraño. Aún así lucía tan bella y firme como hacía unas décadas. El porche se veía tranquilo y dentro no había nadie. Era como una ilusión que se desvanecía ante mis ojos. Quise llorar, pero no lo consentí.

Apoyé mejor mi mano en el bastón y erguí mi porte de distinguido caballero británico. Mis ojos bordearon cada pequeño escalón y pude ver de soslayo, aunque no sé si sólo fue mi imaginación, sus pies oscuros subiendo apresuradamente hasta la vivienda. Había sentido su aroma, su cercanía, pero no estaba del todo seguro. Nunca estoy seguro. Con los espíritus y fantasmas uno no puede estar seguro jamás.

No obstante me aventuré a seguir por el sendero a paso firme y entré en la vivienda tras escuchar como crujían los escalones bajo mis pies. No soy un hombre muy corpulento, lo advierto. Si bien, quería ver si ella estaba allí. Merrick aseguraba que sí. Que su abuela se hallaba en la vivienda. Decía que venía a visitarla para explicarle que yo corría un gran peligro.

Al entrar la vi sentada en la mesa. Se veía mucho más joven, delgada y serena que la última vez. No era esa mujer moribunda que yacía en la cama explicándome que necesitaba que me hiciese cargo de su nieta. Era una mujer negra de piel lozana y ojos intensos, su sonrisa era dulce pero inquietante, y al verme hizo aparecer un puro que se llevó a la boca mientras me regalaba una mirada muy intensa. No sentí miedo. Era como mirar a la muerte a la cara, pero a la vez sabía que era amiga y no enemiga.

—Si sigues cerca de los Mayfair terminarás muerto—esa frase ya la había escuchado alguna vez. Mucho antes que me concediera la potestad de Merrick lo había hecho—. Lo sabes.

—Moriré sabiendo—respondí.

—Como el gato—dijo estallando en carcajadas.

Esa mujer de ébano podía ser peligrosa, pero a mí me resultaba entrañable. Sus ojos me recordaban a los de Merrick, aunque los suyos eran verdes esmeralda. La hermosa mulata que yo había educado como a una hija, dándole mi amor y mis preocupaciones, simplemente me hizo una encerrona para que su abuela me hiciese desistir. Malditas brujas. Sabían demasiado.

—Mira, negra—dije con acento propio de Nueva Orleans—. No juguemos a juegos. Dime lo que ocurre y luego si quieres bailamos sobre mi propia tumba.

—Ocurre que dejarás sola a mi niña y el único que podía controlarla ahora tiene colmillos—me sorprendió que supiera que David Talbot, mi viejo amigo, ahora era un vampiro. Si bien, los espíritus son inteligentes y pueden tener información gracias a lo que ven y oyen tras los muros de las casas. Tal vez por eso David siempre dijo que las paredes oyen, ven y saben más de lo que podemos siquiera imaginar—. Ocurre que ese idiota de bragueta floja y palabras dulces le ha roto el corazón y tú, como buen padre, tendrías que quedarte a su lado ayudándola a seguir adelante. Debe ser una bruja poderosa. Pero si tú te vas y la dejas sola es capaz de hacer alguna locura.

—Tontería, negra—respondí.

—No me hagas caso. En menos de unos meses vas a morir. Veo la calavera en tu rostro—susurró antes de desaparecer volcando la silla y la mesa donde había estado.


Me quedé allí de pie apoyado con ambas manos sobre el bastón y sentí que el mundo entero se caía sobre mis hombros. Tenía miedo. No miedo a la muerte, pero sí miedo a lo que Merrick pudiese vivir. Era mi pequeña. Jamás se lo había dicho con palabras, aunque sabía que ella como Yuri comprendían que para mí eran mis hijos.  

jueves, 9 de marzo de 2017

Imprudencia

Ah, David...

Lestat de Lioncourt 


—¿En qué demonios estás metido?—preguntó irrumpiendo en mi habitación.

Estaba preparando la maleta. Me iba con Lestat. No podía soportar el saber qué iba a pasar con su cuerpo. Además había sido mi relación con él, así como con Talamasca, la causante o el origen del acercamiento de Raglan.

—En algo demasiado grande para que tú puedas entenderlo—contesté para enfurecerlo y lograr que fuera azotando la puerta. Pero lo único que tuve como respuesta fue una mirada llena de rabia. Me giré con una sonrisa de oreja a oreja y él estuvo a punto de golpearme. Pude apreciar como se crispaban sus ánimos y apretaba sus puños.

—Sí lo entendería, ¿cierto?—respondió—. Simplemente no deseas verme involucrado en una de tus absurdas luchas contra lo racional—comentó abriendo sus manos para colocarlas sobre mis hombros. Apretó sus dedos, como si intentara darme un masaje, y después deslizó sus manos hacia mi pectoral. Me tocaba intentando hacerle a la idea que era real, que estaba aún ahí. Tal vez él había tenido la misma premonición que yo, aunque las suyas eran muy diferentes.

—Aaron, ¿ya me estás llamando alocado?—dije carcajeándome.

—Te estoy llamando absurdo—dijo dándome un par de golpes en el pecho y luego apartarse.

—Se supone que eres mi amigo y deberías...—iba diciendo cuando se giró para recapacitar y buscar alguna palabra que me hiciese cambiar de opinión, pero de inmediato se giró y me enfrentó otra vez.

—¿Apoyarte? ¡Cómo voy a hacerlo!—exclamó—. Puedes morir.

—Al menos moriré haciendo algo interesante y no tras un escritorio, rodeado de viejos recuerdos y ambicionando ser de nuevo el hombre que fui—dije.

—Idiota—chistó dándome un empellón.

Caí de espaldas quedando recostado en la cama. Mi maleta estaba sin terminar a un lado. Aún quedaba que introdujese mi pasaporte, algunas camisas y unos zapatos de repuesto. Por lo demás, ya casi estaba listo para mi última aventura.

—Sí, un poco—contesté carcajeándome—. Admito que soy un idiota, pero mi peor estupidez la cometí con Merrick—mi voz sonó más ronca y pesimista. Siempre pensaba en ella, aunque posiblemente nadie me creería si lo decía.

—Deberías llamarla—dijo.

—No serviría de nada—respondí incorporándome.


Debí hacerlo. Debí llamarla para despedirme correctamente. Sin embargo, mi orgullo masculino y mi estupidez afloraron. No me siento orgulloso de ello. Nunca me he sentido orgulloso de mi estupidez, pues hasta el hombre más viajado y culto puede ser imbécil.  

jueves, 2 de febrero de 2017

Talamasca

David es un ejemplo de hombre de acción.


Lestat de Lioncourt


Supongo que con el paso de los años las experiencias se acumulan en un pequeño desván. A veces sólo terminan cubiertas de polvo, dañadas por la humedad de nuestras viejas lágrimas y destrozadas porque las queremos eliminar y a la vez no sabemos como. Para mí la vida que tuve en Talamasca jamás pude desecharla, pues había logrado hacer a parte del hombre que era. Ese hombre que estaba ahí de pie observando las ruinas de una raza que se había alzado mil veces y arrodillado, que no caído, otras tantas.

Cuando era un niño me permitía jugar con amigos interesantes, los cuales me contaban historias muy extrañas y secretos que los adultos no querían trasmitirme. Eran fantasmas, espíritus y seres de otra dimensión que cruzaban a mi vivienda, se personificaban y me ofrecían consuelo en una mansión demasiado grande, antigua y sofisticada para un niño. Carecía de hermanos, mi madre había muerto cuando tenía pocos años y mi padre me educó de forma estricta.

Me convertí en el joven rebelde e impulsivo que muchos conocieron, ese que se aproximó a Talamasca para comprender mejor sus poderes y a la vez se deshizo de la idea, o más bien de la invitación, por recorrer la selva con unos pocos guías, unos buenos rifles y algunas provisiones. He comido serpiente, lagartos y animales que he capturado sólo por supervivencia. No me ha temblado el pulso para matar a un animal salvaje que quería despedazarme. Pero también he tenido cierto reparo ante la vida de otros.

Llegué a ser director de la Orden de la Talamasca. Un hombre importante en la organización. Era, sin lugar a dudas, en quien más confiaban todos. Los Ancianos confiaban en mí. Tenía correo todos los días explicándome la situación de algunos misterios sin resolver, que estaban siendo olvidados por algunos investigadores o habían quedado sin que nadie los revisara. Daba órdenes rápidas a los jóvenes, ofrecía información a estos y les ayudaba. Ayudé a formar a gran cantidad de novicios, entre ellos Merrick Mayfair, Jesse Reeves o Yuri Stefano. Con Yuri y Merrick tuve la colaboración de mi mejor amigo, el ser que mejor me conocía, Aaron Lightner. Aún lloro su muerte. Me siento un infeliz por no haber ido a verlo en sus últimos momentos, pero todo fue demasiado repentino. Ni siquiera fui a la boda con su amada Beatrice Mayfair.

El misterio siempre ha formado parte de mi vida, así como la aventura. Desde que conozco a Lestat he cambiado mi cómodo despacho por junglas, selvas tropicales, ciudades atestadas de almas, cruceros y viajes por carreteras solitarias. Tal vez del mismo modo que dejé de ser un anciano a ser un joven anglo-indio. Mi piel tostada, mis ojos oscuros, mi prominente estatura y la energía que derrocho se la debo a una aventura intensa contra un viejo miembro de la orden. Raglan James terminó muerto, yo terminé siendo un vampiro. Pero no ha sido la única aventura, ni la única narración, ni el único inmortal que conozco y supongo que jamás llegará a su fin.

No obstante, había algo que no encajaba. No lograba encontrar los orígenes de Talamasca. Me sentía confundido, absorto por los vínculos que había con criaturas que incluso yo desconocía, y dolido. Sí, dolido. Los hombres y mujeres que habían dado su vida por investigar no eran despedidos en sus últimos momentos por ninguno de los Anciano. Ni uno solo. Aquello era terrible. Sentía que nos despreciaban. Ahora lo sé. Lo sé con exactitud.

Digamos que la orden fue fundada por un vampiro milenario que fue Dios de los Árboles y creador de Marius, el fantasma de una bruja que terminó siendo vampira y asesinada por la estupidez humana, y un espíritu que se propuso cambiar el mundo gracias a los consejos de Pandora. Ellos hace mucho tiempo se unieron para poder investigar sobre el propio Amel. Hicieron un pacto y buscaron hombres y mujeres extraordinarios, les dieron un hogar y conocimiento, así como también dinero para la investigación y manutención. Se convirtieron en mecenas del misterio.

Debería decir que me sorprende, pero no. Algo ocurría. Llegué a pensar que era un club secreto de espíritus que usurpaban el cuerpo de jóvenes hasta el final de sus vidas, haciéndolos trabajar para mediar entre el hombre y el otro lado. ¿No es un tanto más descabellado? Absolutamente sí.


En estos momentos estoy en la jungla, frente a lo que fueron las ruinas del templo de Maharet, observando como Jesse coloca un pequeño ramo de flores en un monolito que recuerda a Khayman, Maharet, Mekare y todos los que tuvieron que sufrir para que abriésemos los ojos, despertáramos y comenzáramos a unirnos. Supongo que las aventuras comienzan de nuevo.

sábado, 19 de noviembre de 2016

La niña

Es curioso... murió poco después y aún así dejó esto escrito.

Lestat de Lioncourt 



La familia Mayfair siempre había sido de gran interés para mí. Ni siquiera cuando logré otros casos famosos y solemnes, como el de un chico londinense cuyos poderes psíquicos eran notables, pudo alejarme de la investigación que me llevaría a la ruina personal y laboral. No obstante no me importa, como no me importó hace más de veinte años.

Siguiendo los pasos de Stella Mayfair, por los barrios más marginales de Nueva Orleans, tropecé al fin la familia de brujos con los cuales tenía ciertos tratos. Para mi sorpresa ellos también eran Mayfair. Nada más averiguar algo más me di cuenta de algo importante. Gran Nananne era la madrina de una joven especial. Esa joven, la cual no tenía más de trece años, se llamaba Merrick y era una Mayfair. Pero ahí no quedaba todo, pues la niña era una de las más poderosas de la familia. Además, había sido dotada y educada en el ocultismo y el vudú. Quedé anonadado.

Por algún motivo, aún no sé bien cual, decidí acudir a mi buen amigo David. Ya había recogido en alguna ocasión a muchachos jóvenes, como ocurriría más tarde con Yuri Stefano o Jesse Reeves. Ella apenas era una adolescente y no sabía bien cómo presentarla. Su madrina estaba muriendo y no tenía más familia. Quizá fue eso o que David siempre me pareció un hombre poderoso, centrado y apasionado con ciertas virtudes más allá de sus poderes.

Hice que David y Merrick tuviesen un primer contacto en Oak Haven, nuestra casa matriz en Nueva Orleans. Ambos se observaron minuciosamente, comenzaron a conversar y él me aseguró que era incluso superior a él en virtudes paranormales. Quedé atónito. Casi no me podía mover del asiento. Si bien, cuando murió Gran Nananne decidimos cuidarla ambos, como si fuéramos una pequeña familia. Pero la niña se convirtió en joven y la joven en una mujer decidida que provocó en mi amigo ciertos cambios. Me percaté que la amaba hacía mucho tiempo, pero cuando hubo una ruptura brusca de ambos fue terrible. Era algo que pude apreciar mucho antes que sucediese.


No sé porqué escribo esto en mi libreta. Tal vez porque ahora soy un Mayfair al haberme casado con Bea hace unas horas. Quizá porque ninguno de los dos han asistido a la boda, salvo Yuri. Soy un viejo con muchos sueños y muchos recuerdos... ¿no es así? Puede ser. Pude ser...  

viernes, 18 de noviembre de 2016

Merrick

Entiendo perfectamente que sintiera eso... ¡Incluso yo me quedé impactado con esa mujer!

Lestat de Lioncourt 




¿Alguna vez amaron? Yo lo hice. Amé con tanta pasión que no me importó perder parte de mi corazón por el camino. Aunque tuve la culpa de haber perdido a la persona amada, a la mujer que conmovió mi alma y la hizo sentir como jamás lo había hecho nadie. Fui un estúpido y un cobarde. Tenía el mundo entre mis manos, y permití que se esfumara como una hoja en mitad de un fuerte huracán.

Recuerdo que ya rozaba los cuarenta cuando ella, enigmática y joven, apareció como un brote de Bella Dona conquistándome, paralizándome y enviándome al infierno. Era apenas una niña y caí a sus pies desnudos. Creo que jamás vi algo tan hermoso, salvaje y delicado a la vez. Parecía un animal asustado, pues sus ojos verdes, como la selva más frondosa, me seguían de igual modo que seguía a los espíritus y las almas en pena. Ella era una bruja, así denominaba su familia a las mujeres fuertes que podían ver el tercer mundo que nos rodea, y yo era un investigador de lo paranormal con poderes similares.

Juro que aún la veo ahí de pie, frente a mí, espigada y llorosa por encontrarse al fin sola, sin familia alguna, con un vestido blanco lleno de flores. Esa piel tostada, casi de ébano, me hizo temblar cuando la toqué al deslizar mis dedos por sus mejillas. Era como una diosa plantada en mitad de aquella mansión sureña en Oak Haven.

Su nombre es Merrick Mayfair. Así se llamaba. Esa flor salvaje en mitad de las ruinas de una familia llena de misterios. Una mujer en el cuerpo de una niña, pues había vivido tantas penalidades que a sus trece años ya era demasiado adulta. No había tiempo para juegos y adivinanzas, sino para hablar con los daguerrotipos donde se mostraban los espíritus burlones con los cuales conversaba.


Ahora dejen que cuente su historia, que es parte de la mía, durante estos días. Regresaré a los días felices, los intensos, los amargos, los dolorosos y los extraños. Haremos un viaje a través de los sueños, los espíritus, la verdad, lo incongruente, el amor y el odio. Veremos como la magia y el pecado se mezclan, como la venganza surge y el perdón sepulta de nuevo todo. Hablaremos de la Orden de Talamasca, la familia Mayfair y otros misterios que nos envolvieron intoxicándonos de amor, desesperación y culpa.  

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Deirdre, la chica que no pude salvar

Aaron me parece un buen hombre, digo me parece porque su espíritu siempre estará con quienes amó.

Lestat de Lioncourt 



Supongo que salvé a una de las chicas de la familia Mayfair, llamada Merrick, porque no pude hacerlo con Deirdre. El dolor carcomía mi alma y lo perforaba hasta llegar al epicentro de mi vida. Todo lo que hacía me recordaba a esos ojos llorosos que rogaban sobrevivir a una tortura inimaginable. Intenté salvarla de garras del destino, o más bien de tu patética tía Carlotta, pero fue en vano.

Recuerdo que cuando asistí a su funeral vi a una vieja amiga suya, la cual intentó encontrarme sin éxito. Allí mismo vi nuevamente a su hija, pues ya nos habíamos tropezado. Me mantuve sereno y lúcido ante el ataúd de una mujer hermosa, de mediana edad y que parecía dormida en vez muerta. La muerte le sobrevino debido a tantas pastillas acumuladas en su cuerpo. Murió envuelta en sus fantasías y delirios provocados por un fantasma que ahora atormentaría a su hija, la hija que intentó retener a su lado y que concibió con su primo, tío y padre Cortland.

La primera vez que vi a ese sujeto, ese tal Cortland, intentó matarme. Ya se habían desecho hacía menos de unos años de dos investigadores de Talamasca. Yo no iba a ser una excepción. Intentó envenenarme, pero le fue imposible. No soy tan confiado y estúpido. No obstante sé que hay alguien que está impidiendo mi correcto funcionamiento en este lugar. Tengo comunicación inmediata con los Antiguos de Talamsca, un grupo de sabios y ancianos que ocupan el lugar más relevante en la organización. Estos son elegidos misteriosamente y llevan a cabo el normal desarrollo de la vida dentro, y fuera, de las paredes de las distintas Casas Madre. Ellos me advirtieron que podía ser peligros aunque él estuviese muerto, pues había otros Mayfair deseando destruirme.

Estoy a la espera que Yuri Stefano se una a mis progresos. Es un joven gitano que salvé de ser un carterista, vender su cuerpo a turistas y dormir en la calle. Era muy hermoso e inteligente. Él creía que no sabía cómo su alma temblaba en cada momento de su vida. Pero lo voy a introducir en un mundo peligroso y no sé si deba. Aunque sé que si se queda cerca podré controlar sus progresos y tener una vía de comunicación rápida hacia la Orden.


Esta familia es importante para mí. Ellos son décadas de indagación extraídas de mi vida. Ni siquiera David Talbot pudo separarme de investigar profundamente las ramas de este árbol familiar.  

miércoles, 26 de octubre de 2016

La verdad de un tiempo lejano

Aaron era un buen hombre. Al menos a mí me lo parece...

Lestat de Lioncourt 



Metió sus manos en los bolsillos tras depositar las flores sobre la tumba. Eran frescas, rebosantes de aromas, hermosas como lo fue en su día la mujer que descansaba al fin de sus malos días, de los lúgubres tormentos de años de destierro y soledad. Se sentía vacío, culpable y apático. No pudo hacer mucho más, pero algo en él decía que debió mover cielo y tierra. No obstante ya era suficiente con haber aparecido en el momento propicio, justo cuando la nueva era avanzaba inexorablemente.

Cerró los ojos cansados, llenos de arrugas y recuerdo, para oprimir por primera vez contra su pecho ese magnífico recuerdo. Tenía una piel nívea, muy fresca y lozana, con unos enormes ojos desesperados y una mata de pelo negro tan espeso, rizado y hermoso que cualquiera hubiese deseado olerlo. Dicen que murió aún con un aspecto magnífico, muy bella y algo delgada, como si la muerte no hubiese tocado su cuerpo y su alma jamás hubiese sido torturada.

Deseó romper a llorar, pero no era más que un conocido. Fue durante algunos días la esperanza, el ángel mensajero de una palabra nueva y diferente, pero poco más. Estaba seguro que ella se había olvidado del hombre que le entregó aquella curiosa tarjeta, con un teléfono común y corriente, y atrás, anotado en bolígrafo, su nombre. Sí, estaba seguro.

Las margaritas eran las más hermosas y silvestres, pues tenían una presencia predominante con sus hermosos pétalos blancos junto a los restantes colores malva, turquesa, rojo, amarillo o naranja. Pero, ¿podía decir lo mismo de aquella pobre mujer? ¿Ella era la más hermosa de las brujas de la familia? Estaba seguro que su hija era más fuerte, hermosa y decidida. La había visto. Era doctora, neurocirujana en realidad, y tenía capacidades sobrenaturales. Él lo había percibido nada más chocarse con ella. Y, en esos momentos, iba hacia la tumba para dejar sus condolencias de nuevo. Una madre que la amó, pese a la distancia y el tiempo, y que jamás la olvidó del todo. Él lo sabía. Deirdre amaba demasiado al fruto del incesto y el deseo, demasiado.


No sabía cómo presentarse, pero lo haría. Tenía que hablar con aquella mujer. Era posible que estuviese en inminente peligro. Aunque, ¿sabía siquiera él qué clase de peligro era? ¿Cómo enfrentarlo quizá? No. No lo sabía. Sólo estaba seguro que el ahogamiento de Michael Curry, su posterior rescate por Rowan Mayfair y todo lo que le había secuenciado, poco a poco, tenía algo que ver. El destino no existe. Siempre hay alguien que escribe el guión de nuestras vidas.  

jueves, 13 de octubre de 2016

Siempre nos quedará Talamasca

Espera, espera... ¿ha dicho algo más que amigos? ¡Leed! 

Lestat de Lioncourt 

Hacía algún tiempo que David solía discutir a altas horas de la noche en su despacho. En ocasiones pasaba por la puerta y veía la luz encendida surgiendo bajo la puerta, indicativo que él seguía allí dentro, y de vez en cuando, no siempre, era capaz de sentir a un segundo mientras él hablaba condescendientemente o algo acalorado. No le había dado demasiada importancia pues pensaba que si era algo realmente peligroso contaría conmigo, cosa que acabó haciendo desvelándome el misterio. Aunque ya sabía que había contactado con Lestat dudaba que siguiese conversando con él, sobre todo porque ese vampiro podía ponernos a todos en serio e inminente peligro.

—Me marcho—me dijo—. Confío en ti para que me vigiles el fuerte.

—Espera...—le detuve en mitad del pasillo. Habíamos chocado por casualidad, o eso creía, y necesitaba una explicación.

—No iba a decirte nada en persona, pues sabía que te preocuparías y querrías enjaularme en mi despacho, pero sí estaba por dejarte una nota. No obstante, me estaba arrepintiendo de irme sin decirte adiós—comentó soltándose para luego colocar sus manos sobre mis hombros—. Tengo que hacerlo, ¿sabes? Irme.

—Pero, ¿adónde? ¿Qué se supone que es tan importante?—pregunté frunciendo ligeramente el ceño, para luego arrugar la nariz—. ¡Ah! ¡No! ¡Tú vas a seguir a ese vampiro a una de las suyas!

—Algo así...—dijo con aquella encantadora sonrisa.

Odiaba ese rostro bondadoso pese a ser un descarado. Siempre lo fue. Recuerdo haber asistido a más de una pelea en un bar. Sonreía, hablaba de forma cortés y la pelea proseguía hasta que se remangaba las mangas, salía fuera con el susodicho y le ofrecía su mejor golpe. David había sido educado como todo un caballero, pero durante años vivió en lugares salvajes e inhóspitos para gente de su distinguida posición. Su padre viajaba demasiado debido a sus empresas y su hijo acabó acompañándolo. Los Talbot eran hombres con corazón aventurero y eso le llevó a caminar, casi en soledad, por las densas selvas y junglas de este dichoso mundo. Había estado en la India, América del Sur y África. Buscaba civilizaciones antiguas, rituales que ya eran parte de la historia de la humanidad y en ocasiones cazaba animales para sobrevivir. Si bien, ya no era un niño. Ninguno de los dos lo era.

—Explícate—dije algo furioso porque me estuviese guardando algunos detalles.

—Lestat ha hecho una mala transacción con Raglan James, ¿lo recuerdas? Ese filibustero que ensució la orden y que no pudimos atrapar. Se marchó un día y vimos el desastre que nos había dejado—comentó haciéndome recordar a ese sinvergüenza.

—¿Qué transacción hizo con esa joya?—pregunté algo sorprendido porque Lestat hubiese dado con él o viceversa.

—Ha cambiado su cuerpo. Un cuerpo humano por otro, aunque no es el físico original de James—respondió dejándome anonadado. Al final ese granuja lo había conseguido—. Debo ayudarlo. Imagina lo peligroso que es para los vampiros y la humanidad, sobre todo para la humanidad, que ese imbécil tenga esos poderes tan destructivos.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Te puedo acompañar?—estaba nervioso. De inmediato me empezaron a sudar las manos. Era un viaje de improvisto, pero iría con él. Dejaría mis indagaciones sobre los Mayfair, enviaría una carta a Merrick que se hallaba investigando para la orden en París y le pediría a un viejo amigo de la sede de México que estuviese en contacto con nosotros continuamente.

—Quiero que estés aquí y vigiles que todo va bien, Aaron—sus ojos brillaban cuando decían mi nombre y eso me emocionaba. En el pasado fue más que un amigo y en el presente era igual que un hermano.


—Lo haré, pero tú debes regresar—me contuve las lágrimas porque sospechaba que quizá lo perdía.

domingo, 9 de octubre de 2016

Confesiones de un director de la Talamasca

David tuvo que ir a confesarse... uuh...

Lestat de Lioncourt


Después de ver a Lestat, aquella noche, decidí confesar mis pecados a mi viejo amigo y compañero Aaron Lightner. Me dirigí a su despacho, toqué dos veces la puerta con mis nudillos y esperé. Quizá debí ir a su habitación esa misma noche, pero aguardé a la hora del té del día siguiente. Solíamos conversar largas horas con un magnífico y humeante té, aunque a veces era ponche o café, hablando sobre nuestras indagaciones.

Él llevaba décadas tras los Mayfair, una familia de brujos situada en Nueva Orleans, y yo, por el contrario, me dedicaba únicamente a fantasmas y sus manifestaciones más violentas. También había estado ante posesiones y problemas con supuestas entes malignas. Vampiros, no. Para ambos los vampiros, pese a existir, no era nuestro terreno. Conocíamos bien las historias vinculadas con Lestat y toda la camarilla que le adoraba u odiaba, pues era algo sumamente interesante. Si bien, quienes indagaban sobre vampiros solían ser muy jóvenes porque eran ágiles, podían seguirlos por el mundo y enviar correos electrónicos, cartas o hacer llamadas telefónicas sobre lo que habían visto u oído. No obstante Lestat nos evitaba el trabajo duro. Él aparecía constantemente en los medios desde que decidió contraatacar las memorias de Louis de Pointe du Lac.

—Adelante—dijo sentado en su escritorio.

Al entrar lo miré, como quien ve a la mujer que ama o un magnífico tesoro, sintiendo un amor y una fraternidad inmensa hacia él. Iba a contarle algo que nadie sabía. Me iba a confesar como si fuese un chiquillo que había cometido un gran delito.

—¿Qué quieres contarme? Te veo muy nervioso—comentó logrando que me echase a reír.

—Eres extraordinario—dije caminando hasta una de las sillas frente a la mesa donde escribía. Me senté en ella y sonreí maravillado—. He conocido a Lestat en persona.

—¡Qué!—exclamó.

—Oh, sí. Vino a mí. Estaba en mi despacho y...

—¡Qué! ¡Cómo pudo vulnerar nuestras medidas de seguridad!—se echó hacia atrás en la silla y tembló—. David, eres el director de la orden y esto debería preocuparte. ¡Guardamos muchos misterios aquí!—dijo horrorizado.

—Y un vampiro en el sótano—añadí.

—Estás loco, loco de verdad... ¿cómo le has dejado descansar aquí? ¿Sabes todos los misterios y artilugios que tenemos de otros vampiros? Él ahora sabrá que...

—Él ya sabía de nosotros, pero no ha sido hasta ahora que le hemos despertado cierta curiosidad—confesé logrando que se sosegara—. Creo que ha sido sólo una gran idea para molestar a Marius, pero ahora quiere saber. Desea saber de nosotros y tener una relación satisfactoria—comenté con una sonrisa espléndida esperando que él lo viese bien, aunque no tenía porqué verlo bien para que yo prosiguiera con esa amistad.


—Nos va a traer problemas, sobre todo a ti.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Necesidades.

Aquí tenemos a David intentando saber por sus propios medios ciertos asuntos... ¡Ja! Todo se reduce a lo de siempre.

Lestat de Lioncourt 



—No creo que fuese justo lo que hicisteis.

Al fin tuve agallas. Me personé en aquel apartamento modesto de Amsterdam para pedir explicaciones. Había conocido su paradero porque Lestat lo había incluido en la base de datos. Estaba muy cerca de una de las Casas Madre de Talamasca. Nada más notar que abría la puerta lancé mi pregunta en mitad del pasillo. Estaba inquieto. Necesitaba respuestas.

—Ah, ¿y qué es justo en esta vida? ¿Cuál es la justicia? ¿Qué es la injusticia?—dijo abriendo por completo la puerta para que pudiese pasar.

Sus cabellos blancos estaban algo revueltos sobre su frente, poseía una musculatura excepcional que incluso destacaba bajo la elegante camisa blanca recién almidonada, y la acompañaba unos tejanos desgastados de un azul claro. Sus pies se encontraban desnudos sobre el cálido suelo de madera que se extendía por toda la casa. Estaba solo. Leyendo tal vez algunas noticias en el ordenador porque se podía ver al fondo en una coqueta mesa de salón, con un revistero a los lados. Tras él había un elegante piso si muros, muy acogedor, lleno de libros y recuerdos de viajes por todo el mundo. Sin duda era un hombre instruido, que amaba el conocimiento y la verdad. Pero él había ocultado la verdad a su linaje, comenzando por Marius, y eso no podía olvidarlo.

—Ambos sabemos que fue cruel para aquellos que murieron sin saber para quienes trabajaban, el motivo y las razones que los llevaron a establecer la orden—dije entrando con su beneplácito.

Él me había pedido que entrara con un gesto simple. Deseaba que nos refugiáramos lejos de las miradas y los oídos humanos. Dentro pude percibir, con más detalle que desde la puerta, su amor por los libros. Había cientos manuscritos, de cantos muy deteriorados en una esquina. Muchos de los títulos no me sonaban, pero después me fijé que eran cuadernos de viaje. Estaba ante un explorador insaciable, un ser más terrenal de lo que podía siquiera imaginar, y cuando tomé asiento en el cómodo sofá me di cuenta que tenía una de las tantas redes sociales abiertas. Una de esas plagadas de vídeos virales y gatos haciendo acrobacia. En la barra del buscador se podía leer el nombre de un canal de noticias que había lanzado Benjamín hacía tan sólo unos días.

—Muchos de ellos lo conocieron tras morir y decidieron quedarse con nosotros, ¿cuál es el problema, David?—dijo tomando asiento a mi lado.

—¿Por qué no lo supe antes?—pregunté apretando los dedos.

—Ah, ese es el problema... Un problema del “yo”—comentó mirándome de reojo mientras se reía de mí, en mis propias narices, quizá porque había sonado bastante egocéntrico por mi parte.

—Responde.

Estaba tenso y a la defensiva. Había hecho un largo viaje desde el corazón del Amazonas. Ya no podía más con el peso de mi conciencia y las necesidades que surgían a cada paso que daba.

—Responderé, David—moviendo suavemente la mano derecha, abierta y con los dedos extendidos, como gesto para que me sosegara—. No porque te lo merezcas como crees, sino porque necesitas esta lección—dijo señalándome con la misma. Tenía dedos largos y de uñas cuidadas, aunque se sabía que no habían sido gentiles a la hora de matar cuando era sólo un humano y después, claro está, como vampiro. Era un viejo guerrero y un erudito.

—No necesito lecciones, Tesjamen—respondí.

—Todos necesitamos lecciones, David—argumentó.

—Adelante.

—Te habías convertido en vampiro y sentimos que podría ser peligroso decirte la verdad, pues tenías aún amigos en Talamasca y sabía que terminarías confesando.

Aquello me impactó. Realmente me dejó meditando unos segundos, pero tuve que rebatirlo.

—No soy así—dije con la boca pequeña.

—No tienes secretos para tus amigos, David—respondió con una sonrisa.

—Pero...—intenté balbucear una respuesta, pero no me fue posible. Él continuó.

—También estaba el asunto de Amel. No queríamos que toda la comunidad vampírica estuviera alertada. Desde el concierto de Lestat y lo ocurrido con Akasha empezamos a movilizarnos con más ahínco.

—¿Por qué no ayudásteis a Aaron?—cuestioné entonces.

—Ah... todo se reducía a ello, ¿verdad?—dijo.

—Sí, creo que sí—me sinceré.

—Por los motivos anteriores—aclaró.

—¿Habéis podido contactar con él?

Me di cuenta que todo se resumía a querer saber ciertos motivos, los cuales aceptaría sin pega alguna, pero también el paradero del fantasma de mi viejo amigo y confidente. Para mí había sido muy duro perder a Aaron y después a Merrick. Fue como si me arrancaran el corazón y lo pisotearan. Me quedé sin los dos en tan breve lapso de tiempo que creí volverme loco, pero la presencia y el apoyo de Jesse me serenó en parte. Aunque sólo fue brevemente y algunas noches, pues siempre recurría al recuerdo de ambos haciéndome sentir miserable y culpable.

—Decidió ser el ángel de la guarda de Beatrice—dijo encogiéndose de hombros—. Cuando ella muera posiblemente regrese al redil, como la mayoría de nuestros miembros más destacados.

—Quiero hablar con él... —afirmé sin rodeos.

—Ve a Nueva Orleans, a la casa donde fue feliz por última vez, y lo hallarás junto a la mujer que cuida sus rosales como si fueran sus hijos.



sábado, 23 de julio de 2016

Otra vez

Estas son unas memorias donde de nuevo Merrick regresa tras mucho tiempo en silencio. Sus memorias son algo escasas, pero hay que darle vida a estas para que no caiga en el olvido. 


Os dejamos la primera parte:

Lestat de Lioncourt 




Nos habíamos trasladado a San Francisco. Lestat había logrado que Nueva Orleans fuese como la Meca de una nueva religión cuyos fanáticos rodeaba su casa para dejar flores, cartas y diversas manifestaciones de amor y entrega. Era peligroso estar por allí. Muchos sabían que no éramos humanos y algunos nos atacaban para fines menos idílicos que un autógrafo, un apretón de manos o una fotografía juntos. Había quienes querían matar a los vampiros, los sacrílegos borregos de Lucifer, que campaban a sus anchas por las tierras benditas de Dios. Una estupidez. Yo aún sigo pensando que todo eso del demonio era una alucinación o la burla de un espíritu demasiado poderoso, pero quién sabe. Tal vez sí existe Dios y el Diablo pero no son como creemos. No lo sé.

Habíamos tomado algunas de nuestras cosas, no todas, y nos atrincheramos en una ciudad que no conocía la calma pero tampoco era un avispero. Louis parecía inquieto. Tenía nuevos poderes que no controlaba y lo de Claudia le había pasado factura. Estaba más encerrado en sí mismo y buscaba respuestas a problemas existenciales en libros de todo tipo. Merrick parecía una fiera enjaulada. A veces se aproximaba a mí para ofrecerme consuelo y en pocos minutos su consuelo eran quejas. Por mi parte intentaba indagar más sobre el origen de nuestro poder, “La Fuente” como solía llamarla, y la historia que habíamos tejido unos con otros. Éramos una red de pescar que seguía a la deriva sin saber bien si lográbamos atrapar algo valioso o no. Lestat iba y venía. Nunca se ha quedado en un lugar mucho tiempo. Además, es un hombre inquieto con negocios en todo el mundo aunque, claro está, no llega ni llegará al volumen empresarial que posee Armand.

Esa noche me había quedado en casa. Creí que Louis y Merrick habían tomado la decisión de salir juntos a cazar, algo poco común en ambos. Eran solitarios cuando jugaban con sus víctimas. Yo prefería incluso ayunar algunos días hasta hallar el apropiado. Quizá soy más parecido a Lestat. Me gusta coquetear con la muerte, darme a desear y luego abalanzarme. No soy de víctimas diarias.

Ella había decidido perderse en el hermoso vampiro de cabello negro que le había dado la eternidad, así como hundirse en esos ojos verdes, que guardaban entre ellos el alma agonizante de un mortal. La melancolía los unía constantemente, tanto que hacia que la compañía del contrario le resultara como un suave bálsamo para su tormento.

El teléfono sonó a eso de media noche. Estaba encerrado en mi despacho amontonando carpetas, desempolvando recuerdos y sintiendo cierta nostalgia de ser el director de una orden de detectives tan importante como es Talamasca. Suspiré hondamente antes de contestar. Podía ser cualquiera de los vampiros que tan bien conocíamos, incluso algún brujo que había conseguido mi número para que le ayudara con algún espíritu. Todavía tenía contactos.

—David—esa voz hizo que de inmediato me sobresaltara. Una voz femenina y poderosa proveniente del otro lado del charco, o quizá del otro lado el mundo, porque Jesse Reeves también recorría estas tierras de hombres y demonios, este lugar donde los espíritus aún poseían poderes insospechados y para nada inocuos, donde el bien y el mal sólo son palabras básicas para lo que puedes llegar a encontrar.

—Jesse, encanto—dije sonriendo. Me alegraba de escucharla. Siempre era un placer poder hablar con alguien que significó tanto para mí durante algunos años. Me apoyé en ella y ella en mí, además tuvimos cierto flirteo que desembocó en noches de apasionado sexo. Aunque, para ser totalmente sincero, ella era una tierna jovencita y yo un hombre que peinaba algo más que canas. No fue nada serio, pero la química aún existía y eso alegraba en cierta medida mis noches más amargas. Esas noches en las cuales Merrick me azotaba con su indiferencia—. ¿Sucede algo? Hace semanas que no hablamos.

—Hace casi un mes que no contacto contigo porque he estado muy ocupada donde Maharet. Allí la línea telefónica es un asco, pero he conseguido tener Internet de algún modo—soltó una carcajada—. Y teléfono. Al fin tenemos teléfono.

—Podremos contactar más seguido—comenté—. ¿Para eso me llamabas?

—No, sólo quería escuchar tu voz. Extraño nuestras viejas conversaciones a solas...—su tono de voz me sugirió que echaba de menos algo más que mi voz. Mi presencia siempre lograba sosegar sus miedos e introducirla en delirios más allá de la simple lujuria. Ella me lo había dicho miles de veces—. A veces sueño con los dos, ¿sabes? Recorriendo este mundo juntos, codo con codo, luchando contra misterios y dejando que esa chispa vuelva.

—Esa chispa que ambos teníamos...—dije sonriendo como el crápula que podía llegar a ser. Las chicas jóvenes me atraían. De hecho, me atraía cualquier joven de indistinto sexo. Era placentero ver como te tenían como un profesor entregado, un hombre dado al conocimiento y a ofrecer su apoyo más allá de la moralidad permitida—. Me vas a llamar canalla, pero acabo de recordar esa noche en la cual explotamos como dos pequeñas bombas de racimo.

—El sexo fue maravilloso, David—casi pude escucharla ronronear tras el otro lado del teléfono—. ¿Por qué no te vienes a vivir conmigo?

—¿Vivir juntos? No podría dejar todo esto—dije—. Aunque lo he pensado—admití.

—Piénsalo mejor y llámame. Ahora debo ponerme con algunos asuntos—comentó—. Sólo quería lanzarte la oferta.

—Es tentadora la oferta, pero...—suspiré reclinándome en el respaldo—. Ya sabes...

—Lo sé. Te dejo—dijo.

—Adiós, Jesse. Te llamaré mañana para hablar con menos prisas—susurré antes de colgar el teléfono.


No obstante, todo lo que creía era falso. Tras la puerta estaba ella, la mujer que más me había amado y odiado. Pese a que Louis era capaz de contenerla y comprender sus sentimientos, sus pensamientos volvían al mismo trecho de siempre. Regresaban a mí. En ocasiones la voz de su cabeza se preguntaba si era ella quién se había equivocado en esa relación. Si era culpa de ella misma el haber terminado guardando tanto rencor. Un deje de culpa apareció en su pecho al recordar la manera que habían terminado las últimas conversaciones conmigo. Cuando se acercaba con intenciones de animarme pero terminaba echándome en cara todo el dolor que la atormentaba inevitablemente cada día de su existencia inmortal, porque a pesar de todo, ella sabía que no se estaba comportando de la mejor manera. Sin embargo, acepto que soy un desgraciado y un cobarde. Quizá jamás lo dije firmemente frente a ella, puede que el miedo me carcomiera el alma cada segundo como si fuera una termita o un extraño parásito, pero no es algo que yo no haya aceptado desde el principio. En esa relación no era ella quien fallaba. Quien empezó el debacle era yo.


Como he dicho había escuchado todo, pues decidió volver antes debido a una necesidad, casi imperiosa, de verme para ofrecerme una disculpa por las últimas discusiones. No necesitaba más que unas pocas palabras para encender la furia que siempre conservaba aunque fueran sólo ascuas. Odiaba la acaramelada voz que usaba con Jesse, una voz que admito que sólo debía haberla usado con la única mujer que logró arrancarme del todo el corazón... con Merrick.

Una vez notó que la llamada había finalizado, aquella diosa vudú, hizo acto de presencia como un torbellino. Sus ojos eran dos bolas de fuego del color de una esperanza que ya no habitaba en ella, pues yo se la arrebataba siempre que podía. Admito que fui un cretino. 

—Debes extrañar mucho a tu zorra ¿No es cierto? —me miraba desde la puerta, con esa mirada afilada, iguales a los de un gato.


—¿Qué dices mujer?—fue lo primero que pude decir al escucharla.

No sabía cómo pero había llegado antes de tiempo escuchando la conversación sin entender ni uno de sus matices. Era cierto que Jesse me atraía, cualquiera caería a sus pies debido a su poderosa inteligencia y a la forma que tenía de encarar el mundo en el que vivíamos, pero eso no evitaba que ella estuviera por encima de todo.

—Ni siquiera sabes lo que hemos estado hablando—intenté mantener la calma, pero no podía. Me sentía acorralado. Esos ojos contenían su alma desnuda agitándose como llamaradas. Era un felino a punto de saltar sobre mí—. Sólo apareces señalándome como culpable. Siempre lo haces—declaré como si fuese una víctima. Fui un cobarde—. Yo tengo la culpa de todas tus desgracias.

—¡Eso es lo que más odio de ti! – levantó la voz, en ese mismo momento se sentía como una estúpida por haber pensado en disculparse conmigo. Y lo era. No merecía esas disculpas ni siquiera merecía todos esos sentimientos que sé que terminó llevándola a la tumba—. Nunca te haces responsable de tus errores, David. Y cuando alguien te los dice de frente entonces eres la maldita víctima de todo. ¿No te has parado a pensar por qué siempre te señalo como culpable?

Su mirada esmeralda parecía estar teniendo una guerra interior donde no sabía si predominaría la rabia o el dolor. Por mi parte sólo me recosté en la silla intentando meditar una escapatoria. ¿Pero había escapatoria? No. Otra discusión se avecinaba como una terrible y perfecta tormenta. 


—Estás loca—dije pisando terreno movedizo. Sabía que se lanzaría como una fiera, pero no podía morderme la lengua. ¿Cómo iba a hacerlo? Tenía que ser sincero. Ella me estaba atacando y yo sólo estaba respondiendo como creía que se merecía—. Jesse sólo me llamó para conversar. Nada más—respondí ocultando algo de información, es cierto, pero no pensaba ir tras ella. Deseaba permanecer con Merrick.

Yo sabía que mi lugar era al lado de la chica que una vez protegí, eduqué y admiré. Ella era la diosa de ébano, la criatura que me envenenaba y salvaba la vida a cada soplo de brisa del pestañeo de sus largas y pobladas pestañas, la mujer que idealicé mil veces en mis noches más solitarias. La joven que hice mía apretando su cuerpo joven contra el mío, saboreando cada beso como si fuese el último que pudiese dar en este mundo, estrechando su cintura entre mis manos maduras. Fui un imbécil al dejarla ir, pero la había recuperado y no pensaba soltarla. No quería dejarla.

Pero al verla allí de pie noté que la rabia predominó sobre el dolor. Una risa seca salió de sus labios y sentí que se convertía en una daga bien afilada. La tormenta ya caía sobre mí antes que dijera una palabra más.


—Es que tú eres demasiado hipócrita David; me llamas loca cuando te grito la verdad en la cara—noté como apretó sus puños ligeramente aunando quizá fuerzas para enfrentarme—.Y eso no es suficiente, también me tratas por estúpida. ¿Crees que no sé lo que sucedió entre ustedes?—preguntó con suspicacia—. Lo sé todo David, pero olvídalo, porque yo sólo soy una loca, ¿verdad?


—Tú no sabes nada—al menos deseaba creer que no sabía siquiera la mitad del asunto. Aquello era peligroso. Temía que se descontrolara y cometiera alguna estupidez—. Tranquilízate, ¿quieres? Por ese entonces nosotros ya no éramos nada. Además, he rechazado su oferta. ¿Acaso no puedo tener amigos? ¿Crees que sólo tú puedes coquetear a la ligera? Me hiciste pedazos el corazón hace tan sólo unos meses.


—Sigue diciendo que no se nada—me retó con cada centímetro de su existencia—. Mírame a la cara y atrévete a decirlo de nuevo.

Percibí perfectamente como quería saltarme encima, igual que una poderosa pantera, y asesinarlo con sus propias manos, enterrando sus fieras garras y haciendo pedazos mi cuerpo. Sus oscuras cejas fueron hacia arriba al escuchar esa última frase, esa que sentenció todo. Podía saber claramente que aquello iba de mal en peor. Sé que le parecía intolerable que viniera a echar en cara ese detalle, el haber conquistado con argucias el corazón de Louis. Pero era cierto. Ella lo había hecho aunque acabó amándolo más que yo, comprendiéndolo trágicamente de una forma que yo jamás supe comprender del todo.

—Eres increíble David—dijo con burla—. Sécate los ojos, anda, que te he roto el corazón. Pobrecito.

Sé que hasta ella se planteaba por cuánto tiempo podría estar ahí, de pie junto a la puerta, frente a una persona tan cínica como era yo en esos momentos.

—¿Alguna vez te preguntaste qué pasó con mi corazón el día en que me abandonaste?


Lanzó aquella acusación logrando que me sintiera mal por todo lo que había ocurrido. ¿Qué sabía ella? Nada. Lo había hecho porque pensé que era lo mejor para ambos, pero sobre todo para ella. No podía encadenarla a un hombre que estaba en el ocaso de su vida, que tenía unas responsabilidades que lo ataban a un despacho, y yo no quería esa vida para ella. No quería que se aburriese de ser una mujer anclada a una figura que se iba a ir deteriorando y pronto terminaría en una fosa. Mi idea fue dejarla para que pudiese vivir una vida más plena lejos de mí, para que se conociese mejor así misma. Aquello no tenía sentido. ¿Fue un error? Sí. ¿Iba a admitirlo? No. Antes prefería que me mataran. 


—Sí, pero lo hice por tu bien—respondí sintiéndome aún más acorralado en aquel minúsculo despacho.

Sentía como los libros de la estantería, desde el más fino al más grueso, caían sobre mí como pesadas piedras. Incluso el cuadro de mi padre, un viejo recuerdo de mi anterior vida, me vigilaba con severidad como si pudiese echarme de nuevo las culpas incluso de respirar.

—Cierra la boca —comentó casi como un susurro al escuchar esas palabras, siempre era la misma excusa barata que la dejaba con un sabor peor en esos labios que mil veces había besado, condenándola por siempre a una relación tóxica—.Te arrancaré esos bonitos ojos oscuros que ahora posees si vuelves a decir que fue por mi bien. ¿Tú qué sabes de lo que es mejor para mí? ¿Por qué no admites que simplemente eres un cobarde y te largaste? Vamos, que no es tan difícil.

Ella no soportaba esas palabras, y lo que más le jodía era que sabía que realmente yo pensaba que esa era la respuesta. El recuerdo era doloroso y cada vez que el tema volvía a ella podía sentir nuevamente esa sensación de abandono, en ese entonces se sintió como un juguete abandonado por un niño, cuando éste dejaba de sentirse satisfecho. Y era lógico.

—A ti te gusta decidir las cosas por ti mismo ¿No? Yo también puedo jugar a eso.


—Nunca he dejado de amarte, pero no nos sabemos soportar—dije tras un largo suspiro.

Me exasperaba que no comprendiera todo lo que hacía. Estaba allí pese a las heridas, había perdonado su mala jugada porque me lo merecía, y pensaba que podíamos empezar de cero. Eso era imposible. Acabé incorporándome apoyado sobre a mesa. Mis ojos miraban los suyos sin perder ni uno de sus destellos. Era una furia y estaba alentando ese lado mío que pocas veces mostraba. En otra época habría corrido hasta ella, la habría acorralado y hecho mía como un salvaje sin importarme nada. Pero ya era una mujer adulta que no se dejaba llevar por arrebatos, que había visto mi forma de no aceptar ciertas verdades porque no era capaz de soportarlas. 

—Parece que deseas que te abandone—al pronunciar esas palabras sentí que mi alma se dividía en dos.


Era verdad que cada vez que se cruzaba conmigo todo parecía arder como si se tratase de Troya. Sólo que no había ningún caballo de madera para usarlo como trampa. Únicamente eran palabras y las palabras podían hacer peores heridas que una espada bien afilada.


—¿Hasta cuándo vas a seguir diciendo que me amas?

Merrick ya no creía una sola palabra, aunque a veces quería hacerlo. Yo sabía que en ocasiones quería volver al pasado donde fuimos felices. No obstante... ¿cuál pasado? Si los buenos recuerdos eran tan pocos que parecían no existir.

—Créeme que eso ya no me sorprendería. Sigue escapando si es lo que quieres, David.

—Admites que quieres tenerme lejos. Lo haces con esa actitud—la acusé antes de dar un fuerte golpe a la mesa con mi mano derecha, para luego salir de detrás de ella enfrentándola. Al fin el domador se enfrentaba con las manos desnudas a ese imponente felino. Por fin dejaba los miedos e intentaba apechugar esos ojos que me derrotaban con una sola mirada.—¿Qué tengo que hacer? ¡No puedo cambiar el pasado! ¡Mírame! Ni siquiera soy el mismo. Ya no soy ese Talbot encerrado siempre en un despacho, pero tú me echas. Merrick, me echas.


—Quizás es así David, quizás es mejor que no estemos juntos de nuevo.

Tal vez pronunciar esas palabras era doloroso para ella, pero tampoco podía deshacerse de todo el resentimiento que albergaba dentro de su alma. Se sorprendió un poco al ver mi actitud. Ya no me conocía y sabía que no era de tener esas reacciones, pero tampoco era como si fuese a intimidarse por eso. Caminó hacia mí, enfrentándome del mismo modo que yo lo había hecho. Me demostraba que no iba a retroceder.

—Yo tampoco soy la Merrick de antes ¿No te das cuenta de lo que me he convertido? Yo creía en ti David, creía que eras diferente, que yo te importaba —su mirada pareció dolida por unos momentos, pero enseguida la corrigió —. Pero era mentira—y como si estuviese loca, absolutamente loca, dejó escapar un par de risas—. Aunque era muy obvio, ¿no? Si al final sólo me buscabas cuando necesitabas algún maldito favor.

—Eso no es cierto—respondí casi de inmediato. Me sentía intranquilo. Sabía que ella no pararía de atacarme. Esa discusión cada vez era mas fuerte y ridícula– ¿Tanto me odias?

No podía creer que ahora todo se reducía a unas ganas impresionantes de destrozarnos uno al otro. Sin embargo, eso era. Nos estábamos destrozando. Hacíamos jirones nuestras almas para convertirlas en trapos inservibles. 


—Sí es cierto, por una vez en tu vida deja de mentirme y excusarte con estupideces.

Noté como su labios se quedaron en silencio meditando esa última pregunta. Parecían dudar. Los vi moverse temblorosos mientras que sus ojos se desviaron ligeramente. En ese instante me contuve. De nuevo contuve mis ganas de abrazarla. No sabía por qué lo hacía.

—Quisiera odiarte— fue lo que respondió y sinceramente ya no quería continuar con esa conversación, pues como siempre, no tenía sentido.

Yo tampoco deseaba seguir discutiendo, pero no era capaz de frenarme. Ella fue la más madura de ambos, debo reconocerlo, porque se dio media vuelta para dirigirse hacia la puerta. Si bien, que se marchara así, tras la discusión, me enfurecía aún más. Siempre amé su temperamento porque mostraba que podía permanecer firme ante cualquier debacle, pero ya no lo soportaba.

Me precipité hasta la salida para alcanzarla agarrándola de uno de sus brazos y tirando de ella hacia mí. 

—Dime–dije conteniendo mi furia–¿Por qué no podemos darnos una oportunidad sin herirnos?


—No me toques David—me dijo en primera instancia, no soportaba mi cercanía. No la soportaba porque siempre temía terminar cediendo para caer nuevamente en mis juegos y que al despertar nuevamente me hubiese largado dejándola atrás. Yo lo sabía bien—. Porque sigues siendo un cobarde—su voz sonó demasiado melancólica y eso me rompió el corazón otra vez—y no puedo perdonarte.

—No lo hice por cobardía. Al menos no porque temiera amarte—dije asiéndola de ambos brazos—. Temía que te hartarás de mí, que me abandonarás al darte cuenta que era un anciano y tú una mujer llena de vida, por eso decidí que debía dejarte para que fueses libre. Pero heme aquí regresando siempre como un perro con el rabo entre las patas.


Mis dedos no presionaban fuerte su carne aún tierna. La sangre inmortal apenas se notaba vibrando bajo su oscura piel. Su rostro parecía el de una muñeca triste y apagada. Esos ojos apasionados parecían haberse vuelto enfermizos de dolor.

—¡Te he dicho que no me toques!—espetó logrando liberar uno de sus brazos para estamparme una bofetada.

Esa bofetada me dolió mucho más a nivel emocional que físico. La fiera que tenía ante mí jamás fue domesticada. Nunca quise aplacar su ira ni hundirme en su alma para sosegar su furia. No me comportaría jamás como un maldito cobarde. Ella creía que lo era, pero era sólo una fachada. Me importaba tanto que tomaba demasiado en cuenta mis errores aunque no me arrastrara para pedir perdón, pues no era esa clase de hombres.

—¿Por qué eres tan estúpido?—dijo al borde de la desesperación—. A mí nunca me importó que fueses mayor, yo te amaba tal y como eras —se detuvo en sus palabras, quería tomar un poco de aire— Yo hubiese ido a cualquier lugar contigo, me hubiese quedado a tu lado si ese era el caso… Pero, al parecer, tú no.

—¿Acaso crees que las visitas de Aaron y sus llamadas las hacía sólo porque surgían de él? No, Merrick. A veces lo llamaba angustiado queriendo saber de ti. Quizá me comporté como un cobarde a tus ojos, pero lo hice siempre pensando en tu futuro. Jamás dejé de pensar en tu futuro—dije agarrando de nuevo la muñeca de aquella mano que una vez me acarició, que incluso rasguñó mi espalda, pero que ahora sólo sabía propinarme bofetadas cada vez más sonoras—. ¿Qué quieres que haga? Ya no puedo cambiar nada, pero te empeñas en restregármelo.

Continuará...
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Al fin tengo una Merrick que merece la pena. ¡Gracias Alex! Digamos que hace mucho tiempo que buscaba una mujer que supiera ser como ella y pusiera en su lugar a David. Ha sido un placer ver como se desarrollaba este rol. 

Otra vez

Estas son unas memorias donde de nuevo Merrick regresa tras mucho tiempo en silencio. Sus memorias son algo escasas, pero hay que darle vida a estas para que no caiga en el olvido. 


Os dejamos la primera parte:

Lestat de Lioncourt 




Nos habíamos trasladado a San Francisco. Lestat había logrado que Nueva Orleans fuese como la Meca de una nueva religión cuyos fanáticos rodeaba su casa para dejar flores, cartas y diversas manifestaciones de amor y entrega. Era peligroso estar por allí. Muchos sabían que no éramos humanos y algunos nos atacaban para fines menos idílicos que un autógrafo, un apretón de manos o una fotografía juntos. Había quienes querían matar a los vampiros, los sacrílegos borregos de Lucifer, que campaban a sus anchas por las tierras benditas de Dios. Una estupidez. Yo aún sigo pensando que todo eso del demonio era una alucinación o la burla de un espíritu demasiado poderoso, pero quién sabe. Tal vez sí existe Dios y el Diablo pero no son como creemos. No lo sé.

Habíamos tomado algunas de nuestras cosas, no todas, y nos atrincheramos en una ciudad que no conocía la calma pero tampoco era un avispero. Louis parecía inquieto. Tenía nuevos poderes que no controlaba y lo de Claudia le había pasado factura. Estaba más encerrado en sí mismo y buscaba respuestas a problemas existenciales en libros de todo tipo. Merrick parecía una fiera enjaulada. A veces se aproximaba a mí para ofrecerme consuelo y en pocos minutos su consuelo eran quejas. Por mi parte intentaba indagar más sobre el origen de nuestro poder, “La Fuente” como solía llamarla, y la historia que habíamos tejido unos con otros. Éramos una red de pescar que seguía a la deriva sin saber bien si lográbamos atrapar algo valioso o no. Lestat iba y venía. Nunca se ha quedado en un lugar mucho tiempo. Además, es un hombre inquieto con negocios en todo el mundo aunque, claro está, no llega ni llegará al volumen empresarial que posee Armand.

Esa noche me había quedado en casa. Creí que Louis y Merrick habían tomado la decisión de salir juntos a cazar, algo poco común en ambos. Eran solitarios cuando jugaban con sus víctimas. Yo prefería incluso ayunar algunos días hasta hallar el apropiado. Quizá soy más parecido a Lestat. Me gusta coquetear con la muerte, darme a desear y luego abalanzarme. No soy de víctimas diarias.

Ella había decidido perderse en el hermoso vampiro de cabello negro que le había dado la eternidad, así como hundirse en esos ojos verdes, que guardaban entre ellos el alma agonizante de un mortal. La melancolía los unía constantemente, tanto que hacia que la compañía del contrario le resultara como un suave bálsamo para su tormento.

El teléfono sonó a eso de media noche. Estaba encerrado en mi despacho amontonando carpetas, desempolvando recuerdos y sintiendo cierta nostalgia de ser el director de una orden de detectives tan importante como es Talamasca. Suspiré hondamente antes de contestar. Podía ser cualquiera de los vampiros que tan bien conocíamos, incluso algún brujo que había conseguido mi número para que le ayudara con algún espíritu. Todavía tenía contactos.

—David—esa voz hizo que de inmediato me sobresaltara. Una voz femenina y poderosa proveniente del otro lado del charco, o quizá del otro lado el mundo, porque Jesse Reeves también recorría estas tierras de hombres y demonios, este lugar donde los espíritus aún poseían poderes insospechados y para nada inocuos, donde el bien y el mal sólo son palabras básicas para lo que puedes llegar a encontrar.

—Jesse, encanto—dije sonriendo. Me alegraba de escucharla. Siempre era un placer poder hablar con alguien que significó tanto para mí durante algunos años. Me apoyé en ella y ella en mí, además tuvimos cierto flirteo que desembocó en noches de apasionado sexo. Aunque, para ser totalmente sincero, ella era una tierna jovencita y yo un hombre que peinaba algo más que canas. No fue nada serio, pero la química aún existía y eso alegraba en cierta medida mis noches más amargas. Esas noches en las cuales Merrick me azotaba con su indiferencia—. ¿Sucede algo? Hace semanas que no hablamos.

—Hace casi un mes que no contacto contigo porque he estado muy ocupada donde Maharet. Allí la línea telefónica es un asco, pero he conseguido tener Internet de algún modo—soltó una carcajada—. Y teléfono. Al fin tenemos teléfono.

—Podremos contactar más seguido—comenté—. ¿Para eso me llamabas?

—No, sólo quería escuchar tu voz. Extraño nuestras viejas conversaciones a solas...—su tono de voz me sugirió que echaba de menos algo más que mi voz. Mi presencia siempre lograba sosegar sus miedos e introducirla en delirios más allá de la simple lujuria. Ella me lo había dicho miles de veces—. A veces sueño con los dos, ¿sabes? Recorriendo este mundo juntos, codo con codo, luchando contra misterios y dejando que esa chispa vuelva.

—Esa chispa que ambos teníamos...—dije sonriendo como el crápula que podía llegar a ser. Las chicas jóvenes me atraían. De hecho, me atraía cualquier joven de indistinto sexo. Era placentero ver como te tenían como un profesor entregado, un hombre dado al conocimiento y a ofrecer su apoyo más allá de la moralidad permitida—. Me vas a llamar canalla, pero acabo de recordar esa noche en la cual explotamos como dos pequeñas bombas de racimo.

—El sexo fue maravilloso, David—casi pude escucharla ronronear tras el otro lado del teléfono—. ¿Por qué no te vienes a vivir conmigo?

—¿Vivir juntos? No podría dejar todo esto—dije—. Aunque lo he pensado—admití.

—Piénsalo mejor y llámame. Ahora debo ponerme con algunos asuntos—comentó—. Sólo quería lanzarte la oferta.

—Es tentadora la oferta, pero...—suspiré reclinándome en el respaldo—. Ya sabes...

—Lo sé. Te dejo—dijo.

—Adiós, Jesse. Te llamaré mañana para hablar con menos prisas—susurré antes de colgar el teléfono.


No obstante, todo lo que creía era falso. Tras la puerta estaba ella, la mujer que más me había amado y odiado. Pese a que Louis era capaz de contenerla y comprender sus sentimientos, sus pensamientos volvían al mismo trecho de siempre. Regresaban a mí. En ocasiones la voz de su cabeza se preguntaba si era ella quién se había equivocado en esa relación. Si era culpa de ella misma el haber terminado guardando tanto rencor. Un deje de culpa apareció en su pecho al recordar la manera que habían terminado las últimas conversaciones conmigo. Cuando se acercaba con intenciones de animarme pero terminaba echándome en cara todo el dolor que la atormentaba inevitablemente cada día de su existencia inmortal, porque a pesar de todo, ella sabía que no se estaba comportando de la mejor manera. Sin embargo, acepto que soy un desgraciado y un cobarde. Quizá jamás lo dije firmemente frente a ella, puede que el miedo me carcomiera el alma cada segundo como si fuera una termita o un extraño parásito, pero no es algo que yo no haya aceptado desde el principio. En esa relación no era ella quien fallaba. Quien empezó el debacle era yo.


Como he dicho había escuchado todo, pues decidió volver antes debido a una necesidad, casi imperiosa, de verme para ofrecerme una disculpa por las últimas discusiones. No necesitaba más que unas pocas palabras para encender la furia que siempre conservaba aunque fueran sólo ascuas. Odiaba la acaramelada voz que usaba con Jesse, una voz que admito que sólo debía haberla usado con la única mujer que logró arrancarme del todo el corazón... con Merrick.

Una vez notó que la llamada había finalizado, aquella diosa vudú, hizo acto de presencia como un torbellino. Sus ojos eran dos bolas de fuego del color de una esperanza que ya no habitaba en ella, pues yo se la arrebataba siempre que podía. Admito que fui un cretino. 

—Debes extrañar mucho a tu zorra ¿No es cierto? —me miraba desde la puerta, con esa mirada afilada, iguales a los de un gato.


—¿Qué dices mujer?—fue lo primero que pude decir al escucharla.

No sabía cómo pero había llegado antes de tiempo escuchando la conversación sin entender ni uno de sus matices. Era cierto que Jesse me atraía, cualquiera caería a sus pies debido a su poderosa inteligencia y a la forma que tenía de encarar el mundo en el que vivíamos, pero eso no evitaba que ella estuviera por encima de todo.

—Ni siquiera sabes lo que hemos estado hablando—intenté mantener la calma, pero no podía. Me sentía acorralado. Esos ojos contenían su alma desnuda agitándose como llamaradas. Era un felino a punto de saltar sobre mí—. Sólo apareces señalándome como culpable. Siempre lo haces—declaré como si fuese una víctima. Fui un cobarde—. Yo tengo la culpa de todas tus desgracias.

—¡Eso es lo que más odio de ti! – levantó la voz, en ese mismo momento se sentía como una estúpida por haber pensado en disculparse conmigo. Y lo era. No merecía esas disculpas ni siquiera merecía todos esos sentimientos que sé que terminó llevándola a la tumba—. Nunca te haces responsable de tus errores, David. Y cuando alguien te los dice de frente entonces eres la maldita víctima de todo. ¿No te has parado a pensar por qué siempre te señalo como culpable?

Su mirada esmeralda parecía estar teniendo una guerra interior donde no sabía si predominaría la rabia o el dolor. Por mi parte sólo me recosté en la silla intentando meditar una escapatoria. ¿Pero había escapatoria? No. Otra discusión se avecinaba como una terrible y perfecta tormenta. 


—Estás loca—dije pisando terreno movedizo. Sabía que se lanzaría como una fiera, pero no podía morderme la lengua. ¿Cómo iba a hacerlo? Tenía que ser sincero. Ella me estaba atacando y yo sólo estaba respondiendo como creía que se merecía—. Jesse sólo me llamó para conversar. Nada más—respondí ocultando algo de información, es cierto, pero no pensaba ir tras ella. Deseaba permanecer con Merrick.

Yo sabía que mi lugar era al lado de la chica que una vez protegí, eduqué y admiré. Ella era la diosa de ébano, la criatura que me envenenaba y salvaba la vida a cada soplo de brisa del pestañeo de sus largas y pobladas pestañas, la mujer que idealicé mil veces en mis noches más solitarias. La joven que hice mía apretando su cuerpo joven contra el mío, saboreando cada beso como si fuese el último que pudiese dar en este mundo, estrechando su cintura entre mis manos maduras. Fui un imbécil al dejarla ir, pero la había recuperado y no pensaba soltarla. No quería dejarla.

Pero al verla allí de pie noté que la rabia predominó sobre el dolor. Una risa seca salió de sus labios y sentí que se convertía en una daga bien afilada. La tormenta ya caía sobre mí antes que dijera una palabra más.


—Es que tú eres demasiado hipócrita David; me llamas loca cuando te grito la verdad en la cara—noté como apretó sus puños ligeramente aunando quizá fuerzas para enfrentarme—.Y eso no es suficiente, también me tratas por estúpida. ¿Crees que no sé lo que sucedió entre ustedes?—preguntó con suspicacia—. Lo sé todo David, pero olvídalo, porque yo sólo soy una loca, ¿verdad?


—Tú no sabes nada—al menos deseaba creer que no sabía siquiera la mitad del asunto. Aquello era peligroso. Temía que se descontrolara y cometiera alguna estupidez—. Tranquilízate, ¿quieres? Por ese entonces nosotros ya no éramos nada. Además, he rechazado su oferta. ¿Acaso no puedo tener amigos? ¿Crees que sólo tú puedes coquetear a la ligera? Me hiciste pedazos el corazón hace tan sólo unos meses.


—Sigue diciendo que no se nada—me retó con cada centímetro de su existencia—. Mírame a la cara y atrévete a decirlo de nuevo.

Percibí perfectamente como quería saltarme encima, igual que una poderosa pantera, y asesinarlo con sus propias manos, enterrando sus fieras garras y haciendo pedazos mi cuerpo. Sus oscuras cejas fueron hacia arriba al escuchar esa última frase, esa que sentenció todo. Podía saber claramente que aquello iba de mal en peor. Sé que le parecía intolerable que viniera a echar en cara ese detalle, el haber conquistado con argucias el corazón de Louis. Pero era cierto. Ella lo había hecho aunque acabó amándolo más que yo, comprendiéndolo trágicamente de una forma que yo jamás supe comprender del todo.

—Eres increíble David—dijo con burla—. Sécate los ojos, anda, que te he roto el corazón. Pobrecito.

Sé que hasta ella se planteaba por cuánto tiempo podría estar ahí, de pie junto a la puerta, frente a una persona tan cínica como era yo en esos momentos.

—¿Alguna vez te preguntaste qué pasó con mi corazón el día en que me abandonaste?


Lanzó aquella acusación logrando que me sintiera mal por todo lo que había ocurrido. ¿Qué sabía ella? Nada. Lo había hecho porque pensé que era lo mejor para ambos, pero sobre todo para ella. No podía encadenarla a un hombre que estaba en el ocaso de su vida, que tenía unas responsabilidades que lo ataban a un despacho, y yo no quería esa vida para ella. No quería que se aburriese de ser una mujer anclada a una figura que se iba a ir deteriorando y pronto terminaría en una fosa. Mi idea fue dejarla para que pudiese vivir una vida más plena lejos de mí, para que se conociese mejor así misma. Aquello no tenía sentido. ¿Fue un error? Sí. ¿Iba a admitirlo? No. Antes prefería que me mataran. 


—Sí, pero lo hice por tu bien—respondí sintiéndome aún más acorralado en aquel minúsculo despacho.

Sentía como los libros de la estantería, desde el más fino al más grueso, caían sobre mí como pesadas piedras. Incluso el cuadro de mi padre, un viejo recuerdo de mi anterior vida, me vigilaba con severidad como si pudiese echarme de nuevo las culpas incluso de respirar.

—Cierra la boca —comentó casi como un susurro al escuchar esas palabras, siempre era la misma excusa barata que la dejaba con un sabor peor en esos labios que mil veces había besado, condenándola por siempre a una relación tóxica—.Te arrancaré esos bonitos ojos oscuros que ahora posees si vuelves a decir que fue por mi bien. ¿Tú qué sabes de lo que es mejor para mí? ¿Por qué no admites que simplemente eres un cobarde y te largaste? Vamos, que no es tan difícil.

Ella no soportaba esas palabras, y lo que más le jodía era que sabía que realmente yo pensaba que esa era la respuesta. El recuerdo era doloroso y cada vez que el tema volvía a ella podía sentir nuevamente esa sensación de abandono, en ese entonces se sintió como un juguete abandonado por un niño, cuando éste dejaba de sentirse satisfecho. Y era lógico.

—A ti te gusta decidir las cosas por ti mismo ¿No? Yo también puedo jugar a eso.


—Nunca he dejado de amarte, pero no nos sabemos soportar—dije tras un largo suspiro.

Me exasperaba que no comprendiera todo lo que hacía. Estaba allí pese a las heridas, había perdonado su mala jugada porque me lo merecía, y pensaba que podíamos empezar de cero. Eso era imposible. Acabé incorporándome apoyado sobre a mesa. Mis ojos miraban los suyos sin perder ni uno de sus destellos. Era una furia y estaba alentando ese lado mío que pocas veces mostraba. En otra época habría corrido hasta ella, la habría acorralado y hecho mía como un salvaje sin importarme nada. Pero ya era una mujer adulta que no se dejaba llevar por arrebatos, que había visto mi forma de no aceptar ciertas verdades porque no era capaz de soportarlas. 

—Parece que deseas que te abandone—al pronunciar esas palabras sentí que mi alma se dividía en dos.


Era verdad que cada vez que se cruzaba conmigo todo parecía arder como si se tratase de Troya. Sólo que no había ningún caballo de madera para usarlo como trampa. Únicamente eran palabras y las palabras podían hacer peores heridas que una espada bien afilada.


—¿Hasta cuándo vas a seguir diciendo que me amas?

Merrick ya no creía una sola palabra, aunque a veces quería hacerlo. Yo sabía que en ocasiones quería volver al pasado donde fuimos felices. No obstante... ¿cuál pasado? Si los buenos recuerdos eran tan pocos que parecían no existir.

—Créeme que eso ya no me sorprendería. Sigue escapando si es lo que quieres, David.

—Admites que quieres tenerme lejos. Lo haces con esa actitud—la acusé antes de dar un fuerte golpe a la mesa con mi mano derecha, para luego salir de detrás de ella enfrentándola. Al fin el domador se enfrentaba con las manos desnudas a ese imponente felino. Por fin dejaba los miedos e intentaba apechugar esos ojos que me derrotaban con una sola mirada.—¿Qué tengo que hacer? ¡No puedo cambiar el pasado! ¡Mírame! Ni siquiera soy el mismo. Ya no soy ese Talbot encerrado siempre en un despacho, pero tú me echas. Merrick, me echas.


—Quizás es así David, quizás es mejor que no estemos juntos de nuevo.

Tal vez pronunciar esas palabras era doloroso para ella, pero tampoco podía deshacerse de todo el resentimiento que albergaba dentro de su alma. Se sorprendió un poco al ver mi actitud. Ya no me conocía y sabía que no era de tener esas reacciones, pero tampoco era como si fuese a intimidarse por eso. Caminó hacia mí, enfrentándome del mismo modo que yo lo había hecho. Me demostraba que no iba a retroceder.

—Yo tampoco soy la Merrick de antes ¿No te das cuenta de lo que me he convertido? Yo creía en ti David, creía que eras diferente, que yo te importaba —su mirada pareció dolida por unos momentos, pero enseguida la corrigió —. Pero era mentira—y como si estuviese loca, absolutamente loca, dejó escapar un par de risas—. Aunque era muy obvio, ¿no? Si al final sólo me buscabas cuando necesitabas algún maldito favor.

—Eso no es cierto—respondí casi de inmediato. Me sentía intranquilo. Sabía que ella no pararía de atacarme. Esa discusión cada vez era mas fuerte y ridícula– ¿Tanto me odias?

No podía creer que ahora todo se reducía a unas ganas impresionantes de destrozarnos uno al otro. Sin embargo, eso era. Nos estábamos destrozando. Hacíamos jirones nuestras almas para convertirlas en trapos inservibles. 


—Sí es cierto, por una vez en tu vida deja de mentirme y excusarte con estupideces.

Noté como su labios se quedaron en silencio meditando esa última pregunta. Parecían dudar. Los vi moverse temblorosos mientras que sus ojos se desviaron ligeramente. En ese instante me contuve. De nuevo contuve mis ganas de abrazarla. No sabía por qué lo hacía.

—Quisiera odiarte— fue lo que respondió y sinceramente ya no quería continuar con esa conversación, pues como siempre, no tenía sentido.

Yo tampoco deseaba seguir discutiendo, pero no era capaz de frenarme. Ella fue la más madura de ambos, debo reconocerlo, porque se dio media vuelta para dirigirse hacia la puerta. Si bien, que se marchara así, tras la discusión, me enfurecía aún más. Siempre amé su temperamento porque mostraba que podía permanecer firme ante cualquier debacle, pero ya no lo soportaba.

Me precipité hasta la salida para alcanzarla agarrándola de uno de sus brazos y tirando de ella hacia mí. 

—Dime–dije conteniendo mi furia–¿Por qué no podemos darnos una oportunidad sin herirnos?


—No me toques David—me dijo en primera instancia, no soportaba mi cercanía. No la soportaba porque siempre temía terminar cediendo para caer nuevamente en mis juegos y que al despertar nuevamente me hubiese largado dejándola atrás. Yo lo sabía bien—. Porque sigues siendo un cobarde—su voz sonó demasiado melancólica y eso me rompió el corazón otra vez—y no puedo perdonarte.

—No lo hice por cobardía. Al menos no porque temiera amarte—dije asiéndola de ambos brazos—. Temía que te hartarás de mí, que me abandonarás al darte cuenta que era un anciano y tú una mujer llena de vida, por eso decidí que debía dejarte para que fueses libre. Pero heme aquí regresando siempre como un perro con el rabo entre las patas.


Mis dedos no presionaban fuerte su carne aún tierna. La sangre inmortal apenas se notaba vibrando bajo su oscura piel. Su rostro parecía el de una muñeca triste y apagada. Esos ojos apasionados parecían haberse vuelto enfermizos de dolor.

—¡Te he dicho que no me toques!—espetó logrando liberar uno de sus brazos para estamparme una bofetada.

Esa bofetada me dolió mucho más a nivel emocional que físico. La fiera que tenía ante mí jamás fue domesticada. Nunca quise aplacar su ira ni hundirme en su alma para sosegar su furia. No me comportaría jamás como un maldito cobarde. Ella creía que lo era, pero era sólo una fachada. Me importaba tanto que tomaba demasiado en cuenta mis errores aunque no me arrastrara para pedir perdón, pues no era esa clase de hombres.

—¿Por qué eres tan estúpido?—dijo al borde de la desesperación—. A mí nunca me importó que fueses mayor, yo te amaba tal y como eras —se detuvo en sus palabras, quería tomar un poco de aire— Yo hubiese ido a cualquier lugar contigo, me hubiese quedado a tu lado si ese era el caso… Pero, al parecer, tú no.

—¿Acaso crees que las visitas de Aaron y sus llamadas las hacía sólo porque surgían de él? No, Merrick. A veces lo llamaba angustiado queriendo saber de ti. Quizá me comporté como un cobarde a tus ojos, pero lo hice siempre pensando en tu futuro. Jamás dejé de pensar en tu futuro—dije agarrando de nuevo la muñeca de aquella mano que una vez me acarició, que incluso rasguñó mi espalda, pero que ahora sólo sabía propinarme bofetadas cada vez más sonoras—. ¿Qué quieres que haga? Ya no puedo cambiar nada, pero te empeñas en restregármelo.

Continuará...
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Al fin tengo una Merrick que merece la pena. ¡Gracias Alex! Digamos que hace mucho tiempo que buscaba una mujer que supiera ser como ella y pusiera en su lugar a David. Ha sido un placer ver como se desarrollaba este rol. 

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt