Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 19 de septiembre de 2017

Merrick

Ay, David...

Lestat de Lioncourt 


Recuerdos amontonados en una caja olvidada, eso es todo. Una caja de zapatos donde oculto cada una de sus fotografías. Intento no tenerlas en mis manos porque siento que me queman o que puedo destruirlas si las miro durante demasiado tiempo. Son memorias del ayer, pero también son recuerdos del hoy. Todo lo que viví me ha hecho ser quien soy, todo lo que ella fue me dejó una huella imborrable en mi alma. Me gustaría verla de nuevo, enfrentar sus ojos verdes y decirle que la amo una vez más aunque no me crea, aunque me odie, aunque no lo merezca y aunque prefiera agachar la cabeza para aceptar mis culpas.

Hace mucho que comprendí que ella era para mí iba a ser un tortuoso calvario, un descenso a los infiernos y un ascenso al pecado. Pero que lo comprendiera no implicaba que dejase de beber de su cáliz, que olvidase sus besos, que reprimiese en mis sueños el abrazarla y no pudiese dejar de sentir que era un traidor al haberla dejado atrás. Ni siquiera sé cuántos amaneceres vieron mis ojos con sus recuerdos en mi retina, con su sabor en mi café y con el deseo de pudrirme entre sus piernas una vez más.

Ahora, después de años de su muerte, me siento en el alfeizar de la vieja ventana donde la observaba. Miro las estrellas, contemplo todas y cada una, y aguardo una respuesta. Sé que hay fantasmas que han regresado a la orden de Talamasca, la misma donde la acogí como algo más que una huérfana, pero sé que ella no lo haría porque es demasiado digna y porque quizá está ahí arriba, perdida sin recordar siquiera su nombre y todo el dolor que yo le regalé.

Nuestra historia está unida a esos puntos de luz, a este universo fallido de hombres déspotas y mujeres subyugadas a sus propios enigmas. Odio y amor, eso es todo, y nosotros estábamos en medio sonriendo defraudados con nosotros mismos.


Merrick... qué hermosa eras, querida mía.  

martes, 4 de julio de 2017

Cobarde

Hasta que lo admite...

Lestat de Lioncourt 

Todos tenemos momentos tristes en el baúl de nuestra alma. La historia que hacemos debido a nuestros pasos por este mundo, así como la que nos vincula a quienes vamos conociendo y pertenecemos sin pretenderlo, puede ser demasiado gris y amarga. Recuerdo como llovía aquella noche en la cual decidí que debíamos separarnos. Fue extraño. Una decisión que creía razonable y que desquebrajaba mi alma.

Tenía las manos introducidas en los bolsillos y la vista perdida en el jardín de la vieja mansión de mi familia. Nací y crecí rodeado de comodidades. Descendiente de una familia que lo tuvo todo gracias al desarrollo industrial del país, perteneciente a la élite y a cierto poder en la sombra. Si bien, también era hijo de la soledad y el orgullo. La tristeza anidó hace tiempo en mi corazón, pero este se volvió salvaje e intratable. Cuando la conocí todo cambió.

Siempre pensaba en lo mismo. Era mi droga, mi obsesión, mi cruel destino y lo único que no podía rechazar. Y a la vez era lo único que tenía que eliminar de mi historia. Ella no se merecía mi amor poco respetuoso, altanero e imposible. Yo era tóxico para ella. Demasiado viejo, demasiado orgulloso y demasiado hipócrita para una mujer que aún le quedaba años para aprender a encontrarse a ella misma. Era fuego salvaje de ojos de hiedra venenosa y yo un imbécil.

Encendí el fuego de chimenea y usé el atizador durante un buen rato. Jugaba con la madera ardiendo y me preguntaba si sería capaz de quemar todas las cartas que no le di. Mi vida sería miserable sin ella, pero tenía que asumirlo.


Ahora me doy cuenta que lo hice por mí y no por ella. Actué como un cobarde. Decidí que era mejor huir a encajar los golpes. Un maldito idiota. Tuve miedo a las consecuencias de un amor incontrolable como una tempestad en mitad del mar. Sí, fui imbécil.  

miércoles, 21 de junio de 2017

La bruja de ébano.

Hace unos días fue el cumpleaños de Merrick. Con atraso, aunque siempre llega, el regalo que estaba esperando por parte de Aaron.

Lestat de Lioncourt 


Me hallaba de pie frente al camino serpenteante entre los viejos robles de la finca. A lo lejos la mansión se veía como antaño, aunque algo desmejorada por el huracán de hacía unos meses y la escasa reconstrucción tras este. Había quedado afectado el techo y al poner otro nuevo, sólo en algunas partes, quedó algo extraño. Aún así lucía tan bella y firme como hacía unas décadas. El porche se veía tranquilo y dentro no había nadie. Era como una ilusión que se desvanecía ante mis ojos. Quise llorar, pero no lo consentí.

Apoyé mejor mi mano en el bastón y erguí mi porte de distinguido caballero británico. Mis ojos bordearon cada pequeño escalón y pude ver de soslayo, aunque no sé si sólo fue mi imaginación, sus pies oscuros subiendo apresuradamente hasta la vivienda. Había sentido su aroma, su cercanía, pero no estaba del todo seguro. Nunca estoy seguro. Con los espíritus y fantasmas uno no puede estar seguro jamás.

No obstante me aventuré a seguir por el sendero a paso firme y entré en la vivienda tras escuchar como crujían los escalones bajo mis pies. No soy un hombre muy corpulento, lo advierto. Si bien, quería ver si ella estaba allí. Merrick aseguraba que sí. Que su abuela se hallaba en la vivienda. Decía que venía a visitarla para explicarle que yo corría un gran peligro.

Al entrar la vi sentada en la mesa. Se veía mucho más joven, delgada y serena que la última vez. No era esa mujer moribunda que yacía en la cama explicándome que necesitaba que me hiciese cargo de su nieta. Era una mujer negra de piel lozana y ojos intensos, su sonrisa era dulce pero inquietante, y al verme hizo aparecer un puro que se llevó a la boca mientras me regalaba una mirada muy intensa. No sentí miedo. Era como mirar a la muerte a la cara, pero a la vez sabía que era amiga y no enemiga.

—Si sigues cerca de los Mayfair terminarás muerto—esa frase ya la había escuchado alguna vez. Mucho antes que me concediera la potestad de Merrick lo había hecho—. Lo sabes.

—Moriré sabiendo—respondí.

—Como el gato—dijo estallando en carcajadas.

Esa mujer de ébano podía ser peligrosa, pero a mí me resultaba entrañable. Sus ojos me recordaban a los de Merrick, aunque los suyos eran verdes esmeralda. La hermosa mulata que yo había educado como a una hija, dándole mi amor y mis preocupaciones, simplemente me hizo una encerrona para que su abuela me hiciese desistir. Malditas brujas. Sabían demasiado.

—Mira, negra—dije con acento propio de Nueva Orleans—. No juguemos a juegos. Dime lo que ocurre y luego si quieres bailamos sobre mi propia tumba.

—Ocurre que dejarás sola a mi niña y el único que podía controlarla ahora tiene colmillos—me sorprendió que supiera que David Talbot, mi viejo amigo, ahora era un vampiro. Si bien, los espíritus son inteligentes y pueden tener información gracias a lo que ven y oyen tras los muros de las casas. Tal vez por eso David siempre dijo que las paredes oyen, ven y saben más de lo que podemos siquiera imaginar—. Ocurre que ese idiota de bragueta floja y palabras dulces le ha roto el corazón y tú, como buen padre, tendrías que quedarte a su lado ayudándola a seguir adelante. Debe ser una bruja poderosa. Pero si tú te vas y la dejas sola es capaz de hacer alguna locura.

—Tontería, negra—respondí.

—No me hagas caso. En menos de unos meses vas a morir. Veo la calavera en tu rostro—susurró antes de desaparecer volcando la silla y la mesa donde había estado.


Me quedé allí de pie apoyado con ambas manos sobre el bastón y sentí que el mundo entero se caía sobre mis hombros. Tenía miedo. No miedo a la muerte, pero sí miedo a lo que Merrick pudiese vivir. Era mi pequeña. Jamás se lo había dicho con palabras, aunque sabía que ella como Yuri comprendían que para mí eran mis hijos.  

jueves, 2 de febrero de 2017

Talamasca

David es un ejemplo de hombre de acción.


Lestat de Lioncourt


Supongo que con el paso de los años las experiencias se acumulan en un pequeño desván. A veces sólo terminan cubiertas de polvo, dañadas por la humedad de nuestras viejas lágrimas y destrozadas porque las queremos eliminar y a la vez no sabemos como. Para mí la vida que tuve en Talamasca jamás pude desecharla, pues había logrado hacer a parte del hombre que era. Ese hombre que estaba ahí de pie observando las ruinas de una raza que se había alzado mil veces y arrodillado, que no caído, otras tantas.

Cuando era un niño me permitía jugar con amigos interesantes, los cuales me contaban historias muy extrañas y secretos que los adultos no querían trasmitirme. Eran fantasmas, espíritus y seres de otra dimensión que cruzaban a mi vivienda, se personificaban y me ofrecían consuelo en una mansión demasiado grande, antigua y sofisticada para un niño. Carecía de hermanos, mi madre había muerto cuando tenía pocos años y mi padre me educó de forma estricta.

Me convertí en el joven rebelde e impulsivo que muchos conocieron, ese que se aproximó a Talamasca para comprender mejor sus poderes y a la vez se deshizo de la idea, o más bien de la invitación, por recorrer la selva con unos pocos guías, unos buenos rifles y algunas provisiones. He comido serpiente, lagartos y animales que he capturado sólo por supervivencia. No me ha temblado el pulso para matar a un animal salvaje que quería despedazarme. Pero también he tenido cierto reparo ante la vida de otros.

Llegué a ser director de la Orden de la Talamasca. Un hombre importante en la organización. Era, sin lugar a dudas, en quien más confiaban todos. Los Ancianos confiaban en mí. Tenía correo todos los días explicándome la situación de algunos misterios sin resolver, que estaban siendo olvidados por algunos investigadores o habían quedado sin que nadie los revisara. Daba órdenes rápidas a los jóvenes, ofrecía información a estos y les ayudaba. Ayudé a formar a gran cantidad de novicios, entre ellos Merrick Mayfair, Jesse Reeves o Yuri Stefano. Con Yuri y Merrick tuve la colaboración de mi mejor amigo, el ser que mejor me conocía, Aaron Lightner. Aún lloro su muerte. Me siento un infeliz por no haber ido a verlo en sus últimos momentos, pero todo fue demasiado repentino. Ni siquiera fui a la boda con su amada Beatrice Mayfair.

El misterio siempre ha formado parte de mi vida, así como la aventura. Desde que conozco a Lestat he cambiado mi cómodo despacho por junglas, selvas tropicales, ciudades atestadas de almas, cruceros y viajes por carreteras solitarias. Tal vez del mismo modo que dejé de ser un anciano a ser un joven anglo-indio. Mi piel tostada, mis ojos oscuros, mi prominente estatura y la energía que derrocho se la debo a una aventura intensa contra un viejo miembro de la orden. Raglan James terminó muerto, yo terminé siendo un vampiro. Pero no ha sido la única aventura, ni la única narración, ni el único inmortal que conozco y supongo que jamás llegará a su fin.

No obstante, había algo que no encajaba. No lograba encontrar los orígenes de Talamasca. Me sentía confundido, absorto por los vínculos que había con criaturas que incluso yo desconocía, y dolido. Sí, dolido. Los hombres y mujeres que habían dado su vida por investigar no eran despedidos en sus últimos momentos por ninguno de los Anciano. Ni uno solo. Aquello era terrible. Sentía que nos despreciaban. Ahora lo sé. Lo sé con exactitud.

Digamos que la orden fue fundada por un vampiro milenario que fue Dios de los Árboles y creador de Marius, el fantasma de una bruja que terminó siendo vampira y asesinada por la estupidez humana, y un espíritu que se propuso cambiar el mundo gracias a los consejos de Pandora. Ellos hace mucho tiempo se unieron para poder investigar sobre el propio Amel. Hicieron un pacto y buscaron hombres y mujeres extraordinarios, les dieron un hogar y conocimiento, así como también dinero para la investigación y manutención. Se convirtieron en mecenas del misterio.

Debería decir que me sorprende, pero no. Algo ocurría. Llegué a pensar que era un club secreto de espíritus que usurpaban el cuerpo de jóvenes hasta el final de sus vidas, haciéndolos trabajar para mediar entre el hombre y el otro lado. ¿No es un tanto más descabellado? Absolutamente sí.


En estos momentos estoy en la jungla, frente a lo que fueron las ruinas del templo de Maharet, observando como Jesse coloca un pequeño ramo de flores en un monolito que recuerda a Khayman, Maharet, Mekare y todos los que tuvieron que sufrir para que abriésemos los ojos, despertáramos y comenzáramos a unirnos. Supongo que las aventuras comienzan de nuevo.

sábado, 14 de enero de 2017

Salvadora

Eran esas las personas que trataron a Merrick como lo que era. Ella aceptó el desafío de los espíritus y fantasmas, convirtiéndolos en su familia y aceptando las miserias de estos como propias. Aseguro que bebía ron, entre otras bebidas espirituosas, para olvidar todo lo que podía escuchar, ver, sentir y, en definitiva, percibir más allá del mero contacto. Tuvo una vida dura e injusta desde su nacimiento, tuvo que probar las mieles de la muerte mucho antes de su adolescencia. Creció y maduró a destiempo, por eso jamás pudo ser libre.

No la juzgo por las discusiones, casi eternas y siempre similares, con David. Tampoco la voy a condenar por intentar vivir para siempre, quizás aislada de su auténtica fuerza espiritual, al convertirse en vampiro gracias a mi Louis. Si bien, quiero hablar de su buen corazón al ofrecerse como salvadora de dos vidas, que no de una.

Cuando avisé a Merrick Mayfair sobre un caso extraño en una de las plantaciones de Nueva Orleans jamás pensé, ni por asomo, que todo terminara de un modo tan trágico. Como si de una novela negra se tratara el misterio se puso sobre la mesa, hablamos durante días y aguardamos su llegada. Ella, una mujer de ébano con ojos de poderosas esmeraldas, apareció vestida de blanco como una novia frente al altar. Juro que jamás he visto belleza como la suya. Muchas mujeres podrán sentirse ofendidas por ello, pero aseguro que nunca he podido ver una dama con tanta clase. Se mantuvo firme y fiera ante los ataques de ese fantasma violento, el cual se desveló como el hermano gemelo del joven vampiro al que deseaba ayudar.

Aún recuerdo que cuando dijo que haría un ritual no sospeché que ardería con los huesos del que fue bebé, y en esos momentos espíritu malvado, igual que las maderas acumuladas a sus pies. Pareció no sufrir. Fue como si al fin encontrara la paz. Sospecho que siempre quiso tener a alguien a quien cuidar y amar, sin importarle la sangre o cualquier otro motivo.

Lloré durante horas observando sus cenizas. Había salvado la vida de mi nuevo amigo, así como dado paz al alma de su hermano fallecido con tan sólo unas horas nacido. Mis lágrimas no iban a salvarla, ni resucitarla. Nada iba a volver atrás el tiempo. Si bien, tuve que hacerlo. Lloré como lloran los mortales a sus muertos y me despedí de aquella gran mujer amándola por su gesto, el desafío que vi en sus ojos siempre y la verdad que me entregó cuando fuimos sólo amigos, aunque fuese de un ajustado tiempo en nuestras vidas.


Lestat de Lioncourt

viernes, 13 de enero de 2017

Soledad

Este chico era diferente a todo... desde siempre.

Lestat de Lioncourt 


Nunca me sentí del todo solo. Siempre hubo alguien a mi alrededor. Aunque no puedo catalogarlo como alguien pese a conocer el cruel destino que tuvo desde su nacimiento. Creo que en mi interior, en el fondo de mi corazón, sabía que ese fantasma, tan parecido y a la vez diferente a mí, tenía que ver con mi historia y no con la vivienda en sí. Nadie recordaba a ningún familiar con mi aspecto, ni otras muertes rondando la vivienda. Al menos, eso decían. Todo falso, por supuesto. Tan falso como ser hijo único, tener problemas mentales y de comportamiento, así como vivir aislado por mi propio bien. Igual de falso que creer que mis abuelos eran mis padres, porque así fue hasta que cuando contaba alrededor de cinco años la verdad, cruel y detestable, se impuso frente a mí explicándome que aquella mujer, la que creía mi hermana, que usualmente me despreciaba y siempre estaba alcoholizada, pues parecía que eso era lo único que sabía hacer además de cantar, era mi madre.

Pero como he dicho... jamás me sentí verdaderamente solo. Ahora es distinto. Él se ha ido para siempre. Puedo decirlo. Es un hecho que Goblin, mi hermano Garwain, no va a regresar. Sus restos, los escasos huesos que quedan, no sé como calificarlos. Observo su pequeño cráneo en la hoguera, donde Merrick decidió morir para salvarme y salvarlo, y nada más pienso que podría haber sido yo. En aquel vientre cualquiera de los dos, en una lucha básica y natural, me impuse siendo el más fuerte. Él sólo vio la luz del hospital, las lámparas palpitantes que yacían sobre las incubadoras y las lágrimas de mi madre. Ella sí lo amó y lo lloró, y por el mismo motivo a mí me condenó.

Desde hace algunos meses visito con frecuencia el panteón familiar. Sigo pudiendo ponerme en contacto con los fantasmas de la vivienda. No he vuelto a ver a Rebeca, pero sí a Virginia que parece haber entrado en calma. La veo pasear cerca de su propio cuadro, para luego girar su rostro hacia el de su esposo. Añora a Manfred, pues quizá ni siquiera sabe que él está vivo. No obstante, desconozco si es un fantasma que puede pensar o sólo es un reflejo de la mujer que una vez fue. He conocido todo tipo de fantasmas. Incluso he conversado con una taza de chocolate y galletas frente al más importante después de Goblin. El tío Julien Mayfair todavía retumba en mis recuerdos. Se ha convertido en mi mayor adversario. Cuando visito la tumba de mi hermano, así como la del resto de la familia, puedo sentirlo.


Puedo decir que no me siento solo, pero no es la misma situación ni sensación. Tal vez hice mal en pedir a Merrick que calmara a mi hermano hasta hacerlo desaparecer, sin embargo vivir con él era incompatible. Él mató a tía Queen, aunque sé que lo hizo debido a que siempre negó su existencia. Comprendo demasiadas cosas tras el calor del momento. Tantas cosas que siento pena por la historia de un hermano que sólo deseó vivir. 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

La tragedia que nos cambió



La recuerdo allí parada llorando. No me importó que la situación fuese peliaguda para observar su belleza morena, sus ojos verdes y salvajes, sus hermosas manos temblorosas igual que sus labios y toda esa figura, de curvas perfectas, arrojándose al infierno más atroz por la culpabilidad. David estaba a su lado. Él también era un perfecto maniquí de bodas. Vestía elegante, pero su mirada era la de un hombre sin esperanzas. Su postura delataba miedo y horror, igual que la de ella. Ambos lloraban como niños que acababan de destrozar el jarrón favorito de su madre. Y Louis... Louis sólo era un amasijo retorcido de piel quemada, huesos retorcidos y ropa destrozada.

Quise llorar hasta que el cielo se abriese y cayesen todos los ángeles a mis pies. Deseé que el demonio apareciese y lo salvase a cambio de mi alma. Rogué ingenuamente porque mi sangre no modificara ni una molécula de su cuerpo y alma, pero no es así. De nuevo, como hacía tanto tiempo, me abrí la muñeca y le di a beber. Podía funcionar, como también podía morir.

Y entonces, como por arte de magia, Louis se aferró a la vida. Se agarró a mi brazo y pegó su boca sediento. Al parecer se arrepintió. Quizás escuchó el llanto amargo de su criatura, era posible que hubiese caído a los pies de la locura por unos instantes y hubiese recuperado después, gracias al dolor y el silencio entre llantos, la razón y el buen juicio.

No logré ver al fantasma de Claudia. Ni siquiera escuché el golpeteo de sus botitas de charol. No obstante, quedé alerta porque sabía que la situación era delicada y monstruosa. Los ojos verdes de Louis aparecieron como de un infierno negro, al igual que las noches largas y amargas tras una discusión que parecía ser el final de todo lo que teníamos.


Tomé entre mis brazos su figura esbelta, bien construida, y besé sus mejillas adoloridas. Después lo llevé dentro. Tumbamos a Louis para que descansara y ponernos en orden. Merrick no dejaba de preguntar si al fin se había salvado, igual que una niña que se aferra a un sueño para poder dejar de llorar. David la consolaba, intentaba quitar hierro al asunto y le aseguraba que yo todo lo podía. ¿Todo lo puedo? ¿Todo puedo? No lo creo. Sólo soy un hombre, aunque posea colmillos y poderes, que quería salvar lo único que le ha dado un mínimo de paz y felicidad.  


El Jardín Salvaje FB

martes, 22 de noviembre de 2016

Rabia, odio y venganza

El odio sólo conduce a la desesperación... Claudia debió aprender eso.

Lestat de Lioncourt

¿Qué esperaban? ¿Qué? ¿Un saludo bondadoso y un mensaje tierno? ¿Acaso no quedó claro lo que sentía? ¿Tal vez ni siquiera por escrito fueron capaces de comprender el dolor que arrasaba mi alma? ¿Es posible que me ahogara en lágrimas y nadie las escuchara? ¿Tan tercos e idiotas han sido siempre? ¿Por qué? ¿Qué esperaban de un espíritu que murió en penosas circunstancias y que jamás tuvo paz cuando vivía? Mi amargura era eterna, densa como la brea y olía a campo santo. Jamás crecí, jamás comprendí lo que era la vida, y sin embargo era la muerte misma con zapatitos de charol y prendas llenas de lazos como los canesú.

Recuerdo que me miraba al espejo y veía a una niña con los ojos de una mujer adulta. Podía verlo. Sentía una rabia inmensa por los hermosos tirabuzones que caían a ambos lados de mis redondas mejillas. El hoyuelo de mi barbilla era horrible para mí, igual que la piel sedosa y juvenil. Siempre sería la niña extraordinaria que sabía tocar perfectamente el piano con menos de seis años. La mocosa alegre que se sentaba sobre las piernas de su padre mientras embaucaba a otra mujer. La niñita llorosa en mitad de la calle por haberse perdido o la huérfana que se lamenta cerca del cementerio. Eso era. Jamás fui la mujer que quería ser, que era realmente.

Ellos nunca comprendieron nada. Sólo esa bruja parecía comprender mi dolor. Una bruja de piel oscura y ojos verdes. Ella estaba tan envenenada con el dolor como lo estaba yo. Era absurdo no verlo. Ambas teníamos sentimientos pútridos como la venganza, la ira, la rabia...

Louis era un idiota. Aún conservaba mi hermosa fotografía, colocó flores que yo amaba y rogaba mi atención. ¡Qué se supone que debía decir! ¿Te quiero? ¿Te adoro? ¡Jamás! Di lo que él esperaba porque no podía existir amor. No había perdón para sus pecados, del mismo modo que nunca hubo para Lestat. El único problema es que Lestat aprendió de sus errores, se retorció frente a mí y en parte supe que entendió mi dolor. No obstante, quería quitarle lo más amado para él. Me confundí cuando quise quitarle la vida, pues es mejor venganza una vida larga sin el amor de tu vida.


Debió morir. Ambos debieron morir. ¡Incluso Talbot y su bruja! ¡Todos! Todos debieron sufrir, pues no es justo que la única que llore de rabia eternamente sea yo.

lunes, 21 de noviembre de 2016

El acto final



He vivido grandes aventuras que me han dejado al filo de la muerte. He estado colgado de un precipicio sin que nadie pudiese salvarme, viendo el infierno bajo mis pies y escuchando el zumbido de mis pecados. Por supuesto que he llegado a sentir miedo, el cual se terminó convirtiendo en pánico y ataques de ansiedad tan profundos que me dejaron destrozado. Si bien, el peor momento de mi vida no lo protagonicé yo, sino Louis.

Había quedado rendido al dolor y la miseria, así como a palabras que se inyectaban en mi cerebro como si fueran agujas. No podía dejar de pensar en lo visto en el supuesto Cielo e Infierno. Caminaba entre las ascuas ardientes, entre ángeles bondadosos o veía la creación antes de conocer a Jesús. Caí en la cuenta que todo en lo que creía podía desmoronarse. Existía un Dios y no era bondadoso, sino que quería ser idolatrado a su modo. Un ser egoísta, terco y destructivo que no escuchaba a sus hijos, sino a los querubines que normalmente lo ensalzaban como si fuera un genio. Aquello era terrible.

Louis se había empeñado en intentar contactar con nuestra pequeña Claudia. Yo estaba desvanecido en el suelo de una Capilla, asumiendo todo lo que había ocurrido. Ni siquiera eché cuenta a la peregrinación de jóvenes vampiros, así como milenarios, que llegaron hasta las puertas del edificio y recorrieron Nueva Orleans. Algunos de esos jóvenes sufrieron como mártires bajo los colmillos de Armand o David. Ambos querían que yo descansara mientras mi mártir me tomaba de la mano y mi madre, como si fuese una fiera leona, protegía el lugar. No obstante, acabé incorporándome aunque pasé meses ido, quedándome perdido en mis pensamientos, y en esas aprovechó Louis para un ruego extraño a David.

David Talbot, el viejo hombre de Talamasca, recobró su deseo de hacer tratos sucios con los espíritus. Contactó con una vieja amante y discípula, una mujer peligrosa a la par que sensual. Cualquiera hubiese quedado obnubilado ante esa belleza negra de ojos de gato silvestre. Ella hizo sus triquiñuelas, incluso embaucó a Louis seduciéndolo, y terminó haciendo algo que no esperaba. Ella sólo quería ser inmortal, perjudicar a David como venganza y nada más. No esperaba que Louis, un ser que fue bondadoso con ella en todo momento, se inmolara al sol tras convertirla en uno de los nuestros.

Cuando llegué al lugar de los hechos, frente a un ataúd con un ser monstruosamente carbonizado, ella se ahogaba en la culpa de cientos de lágrimas y él temblaba. Ambos no sabían cómo asumir que Louis se había intentado suicidar. Me rogaron que hiciese algo, pero mi sangre era tan terrible que temí perder lo poco que quedaba de él. Además, no quería tener la esperanza de poder salvarlo y luego, como era normal, ver que era un imposible que yo jamás podría lograr. Pero lo hice. Me abrí las venas y le di de beber.


El truco funcionó, pero Louis es ahora un monstruo más seductor y poderoso. Cuando miro sus ojos veo al viejo Louis por unos instantes, al amor de mi vida que hallé en una taberna suelos de tablas podridas, pero también veo una inteligencia y una fuerza superior a la que nunca tuvo. Sé que ya no morirá, pues es demasiado fuerte. No obstante jamás podré dejar de pensar en su cuerpo carbonizado en ese ataúd, el llanto amargo de Merrick y el nerviosismo de David.  

Lestat de Lioncourt 

domingo, 20 de noviembre de 2016

La bruja

Diremos que yo también la amé, pero la vi como una auténtica mujer y no como un animalillo herido o una poderosa bruja. 

Lestat de Lioncourt


Llevaba años con aquella idea forjándose en la cabeza, taladrando en mi cerebro, y logrando una especie de tortura que no podía abandonar. Era como si estuviera interno en un psiquiátrico y me ofrecieran descargas eléctricas para cambiar mi comportamiento. Sí, era así de doloroso. Cada vez que pensaba en ella sufría y no podía dejar de hacerlo la mayor parte del tiempo. Me culpaba de su muerte, de su sufrimiento vida y de haber conducido a Lestat hacia ella. También era culpable que ambos se odiasen.

Ella era especial. David decía que podía lograr todo lo que se propusiese. Acepté entonces que se reuniera conmigo y estableciéramos una relación de amistad. Aunque admito que la conocía. La vi en un callejón una vez. Me recordó a un gato. Era salvaje, con unos hermosos ojos verdes y una piel tostada como el caramelo. Jamás vi una mujer más hermosa que esa pequeña diosa vudú. Habían sido varias las veces que nos habíamos tropezado, pues Nueva Orleans no es tan grande como se cree. El mundo es un pequeño pañuelo y nosotros nos vamos encontrando.

Esa bruja, esa poderosa y hermosa mujer, se llamaba Merrick Mayfair. Pude vislumbrar en ella cierta emotividad y una sensibilidad única. Me arrastró hacia sus dominios y me sedujo sin prisas, pero tatuándose en mi alma para siempre. Supe algo de su historia con mi buen amigo David y, admito que me sentí frustrado y preocupado por ella. Él no se comportó como el caballero que es y ella se convirtió en un animal herido en busca de una venganza infructuosa.

Admito que puse todas mis esperanzas en no hallar una solución tan dolorosa, una verdad tan amarga, pero era algo que no pude evitar en ningún momento. Caí derrotado. Claudia apareció, tal y como ella dijo que podría hacer, pero lo hizo para hundirme en un pozo de dolor aún más profundo. Sentí como miles de litros de brea caían sobre mi cuerpo como si fuera petróleo, cubriéndome por completo y logrando que me ahogara. Decidí entonces ofrecerle la mejor recompensa a Merrick por sus esfuerzos y fue transformarla.


Después de más de un siglo di vid a otra criatura. La primera fue Madeleine, la cual murió junto a Claudia. Merrick parecía fuerte, decidida, ansiosa de poder vivir eternamente para estar en continuo vínculo ancestral con los espíritus y consigo misma. Quizá buscaba llenar el vacío que había dejado el desamor y desencanto hacia David. Por eso, una vez convertida me inmolé frente al astro rey. Decidí que debía olvidarme de este mundo. No pensé en Lestat, ni en su amor hipnótico, tampoco en mis amigos o en todo lo vivido. Sólo quería desvincularme del dolor y la terrible angustia de saber que Claudia me odiaba y jamás me perdonaría.  

sábado, 19 de noviembre de 2016

La niña

Es curioso... murió poco después y aún así dejó esto escrito.

Lestat de Lioncourt 



La familia Mayfair siempre había sido de gran interés para mí. Ni siquiera cuando logré otros casos famosos y solemnes, como el de un chico londinense cuyos poderes psíquicos eran notables, pudo alejarme de la investigación que me llevaría a la ruina personal y laboral. No obstante no me importa, como no me importó hace más de veinte años.

Siguiendo los pasos de Stella Mayfair, por los barrios más marginales de Nueva Orleans, tropecé al fin la familia de brujos con los cuales tenía ciertos tratos. Para mi sorpresa ellos también eran Mayfair. Nada más averiguar algo más me di cuenta de algo importante. Gran Nananne era la madrina de una joven especial. Esa joven, la cual no tenía más de trece años, se llamaba Merrick y era una Mayfair. Pero ahí no quedaba todo, pues la niña era una de las más poderosas de la familia. Además, había sido dotada y educada en el ocultismo y el vudú. Quedé anonadado.

Por algún motivo, aún no sé bien cual, decidí acudir a mi buen amigo David. Ya había recogido en alguna ocasión a muchachos jóvenes, como ocurriría más tarde con Yuri Stefano o Jesse Reeves. Ella apenas era una adolescente y no sabía bien cómo presentarla. Su madrina estaba muriendo y no tenía más familia. Quizá fue eso o que David siempre me pareció un hombre poderoso, centrado y apasionado con ciertas virtudes más allá de sus poderes.

Hice que David y Merrick tuviesen un primer contacto en Oak Haven, nuestra casa matriz en Nueva Orleans. Ambos se observaron minuciosamente, comenzaron a conversar y él me aseguró que era incluso superior a él en virtudes paranormales. Quedé atónito. Casi no me podía mover del asiento. Si bien, cuando murió Gran Nananne decidimos cuidarla ambos, como si fuéramos una pequeña familia. Pero la niña se convirtió en joven y la joven en una mujer decidida que provocó en mi amigo ciertos cambios. Me percaté que la amaba hacía mucho tiempo, pero cuando hubo una ruptura brusca de ambos fue terrible. Era algo que pude apreciar mucho antes que sucediese.


No sé porqué escribo esto en mi libreta. Tal vez porque ahora soy un Mayfair al haberme casado con Bea hace unas horas. Quizá porque ninguno de los dos han asistido a la boda, salvo Yuri. Soy un viejo con muchos sueños y muchos recuerdos... ¿no es así? Puede ser. Pude ser...  

viernes, 18 de noviembre de 2016

Merrick

Entiendo perfectamente que sintiera eso... ¡Incluso yo me quedé impactado con esa mujer!

Lestat de Lioncourt 




¿Alguna vez amaron? Yo lo hice. Amé con tanta pasión que no me importó perder parte de mi corazón por el camino. Aunque tuve la culpa de haber perdido a la persona amada, a la mujer que conmovió mi alma y la hizo sentir como jamás lo había hecho nadie. Fui un estúpido y un cobarde. Tenía el mundo entre mis manos, y permití que se esfumara como una hoja en mitad de un fuerte huracán.

Recuerdo que ya rozaba los cuarenta cuando ella, enigmática y joven, apareció como un brote de Bella Dona conquistándome, paralizándome y enviándome al infierno. Era apenas una niña y caí a sus pies desnudos. Creo que jamás vi algo tan hermoso, salvaje y delicado a la vez. Parecía un animal asustado, pues sus ojos verdes, como la selva más frondosa, me seguían de igual modo que seguía a los espíritus y las almas en pena. Ella era una bruja, así denominaba su familia a las mujeres fuertes que podían ver el tercer mundo que nos rodea, y yo era un investigador de lo paranormal con poderes similares.

Juro que aún la veo ahí de pie, frente a mí, espigada y llorosa por encontrarse al fin sola, sin familia alguna, con un vestido blanco lleno de flores. Esa piel tostada, casi de ébano, me hizo temblar cuando la toqué al deslizar mis dedos por sus mejillas. Era como una diosa plantada en mitad de aquella mansión sureña en Oak Haven.

Su nombre es Merrick Mayfair. Así se llamaba. Esa flor salvaje en mitad de las ruinas de una familia llena de misterios. Una mujer en el cuerpo de una niña, pues había vivido tantas penalidades que a sus trece años ya era demasiado adulta. No había tiempo para juegos y adivinanzas, sino para hablar con los daguerrotipos donde se mostraban los espíritus burlones con los cuales conversaba.


Ahora dejen que cuente su historia, que es parte de la mía, durante estos días. Regresaré a los días felices, los intensos, los amargos, los dolorosos y los extraños. Haremos un viaje a través de los sueños, los espíritus, la verdad, lo incongruente, el amor y el odio. Veremos como la magia y el pecado se mezclan, como la venganza surge y el perdón sepulta de nuevo todo. Hablaremos de la Orden de Talamasca, la familia Mayfair y otros misterios que nos envolvieron intoxicándonos de amor, desesperación y culpa.  

miércoles, 10 de agosto de 2016

Necesidades.

Aquí tenemos a David intentando saber por sus propios medios ciertos asuntos... ¡Ja! Todo se reduce a lo de siempre.

Lestat de Lioncourt 



—No creo que fuese justo lo que hicisteis.

Al fin tuve agallas. Me personé en aquel apartamento modesto de Amsterdam para pedir explicaciones. Había conocido su paradero porque Lestat lo había incluido en la base de datos. Estaba muy cerca de una de las Casas Madre de Talamasca. Nada más notar que abría la puerta lancé mi pregunta en mitad del pasillo. Estaba inquieto. Necesitaba respuestas.

—Ah, ¿y qué es justo en esta vida? ¿Cuál es la justicia? ¿Qué es la injusticia?—dijo abriendo por completo la puerta para que pudiese pasar.

Sus cabellos blancos estaban algo revueltos sobre su frente, poseía una musculatura excepcional que incluso destacaba bajo la elegante camisa blanca recién almidonada, y la acompañaba unos tejanos desgastados de un azul claro. Sus pies se encontraban desnudos sobre el cálido suelo de madera que se extendía por toda la casa. Estaba solo. Leyendo tal vez algunas noticias en el ordenador porque se podía ver al fondo en una coqueta mesa de salón, con un revistero a los lados. Tras él había un elegante piso si muros, muy acogedor, lleno de libros y recuerdos de viajes por todo el mundo. Sin duda era un hombre instruido, que amaba el conocimiento y la verdad. Pero él había ocultado la verdad a su linaje, comenzando por Marius, y eso no podía olvidarlo.

—Ambos sabemos que fue cruel para aquellos que murieron sin saber para quienes trabajaban, el motivo y las razones que los llevaron a establecer la orden—dije entrando con su beneplácito.

Él me había pedido que entrara con un gesto simple. Deseaba que nos refugiáramos lejos de las miradas y los oídos humanos. Dentro pude percibir, con más detalle que desde la puerta, su amor por los libros. Había cientos manuscritos, de cantos muy deteriorados en una esquina. Muchos de los títulos no me sonaban, pero después me fijé que eran cuadernos de viaje. Estaba ante un explorador insaciable, un ser más terrenal de lo que podía siquiera imaginar, y cuando tomé asiento en el cómodo sofá me di cuenta que tenía una de las tantas redes sociales abiertas. Una de esas plagadas de vídeos virales y gatos haciendo acrobacia. En la barra del buscador se podía leer el nombre de un canal de noticias que había lanzado Benjamín hacía tan sólo unos días.

—Muchos de ellos lo conocieron tras morir y decidieron quedarse con nosotros, ¿cuál es el problema, David?—dijo tomando asiento a mi lado.

—¿Por qué no lo supe antes?—pregunté apretando los dedos.

—Ah, ese es el problema... Un problema del “yo”—comentó mirándome de reojo mientras se reía de mí, en mis propias narices, quizá porque había sonado bastante egocéntrico por mi parte.

—Responde.

Estaba tenso y a la defensiva. Había hecho un largo viaje desde el corazón del Amazonas. Ya no podía más con el peso de mi conciencia y las necesidades que surgían a cada paso que daba.

—Responderé, David—moviendo suavemente la mano derecha, abierta y con los dedos extendidos, como gesto para que me sosegara—. No porque te lo merezcas como crees, sino porque necesitas esta lección—dijo señalándome con la misma. Tenía dedos largos y de uñas cuidadas, aunque se sabía que no habían sido gentiles a la hora de matar cuando era sólo un humano y después, claro está, como vampiro. Era un viejo guerrero y un erudito.

—No necesito lecciones, Tesjamen—respondí.

—Todos necesitamos lecciones, David—argumentó.

—Adelante.

—Te habías convertido en vampiro y sentimos que podría ser peligroso decirte la verdad, pues tenías aún amigos en Talamasca y sabía que terminarías confesando.

Aquello me impactó. Realmente me dejó meditando unos segundos, pero tuve que rebatirlo.

—No soy así—dije con la boca pequeña.

—No tienes secretos para tus amigos, David—respondió con una sonrisa.

—Pero...—intenté balbucear una respuesta, pero no me fue posible. Él continuó.

—También estaba el asunto de Amel. No queríamos que toda la comunidad vampírica estuviera alertada. Desde el concierto de Lestat y lo ocurrido con Akasha empezamos a movilizarnos con más ahínco.

—¿Por qué no ayudásteis a Aaron?—cuestioné entonces.

—Ah... todo se reducía a ello, ¿verdad?—dijo.

—Sí, creo que sí—me sinceré.

—Por los motivos anteriores—aclaró.

—¿Habéis podido contactar con él?

Me di cuenta que todo se resumía a querer saber ciertos motivos, los cuales aceptaría sin pega alguna, pero también el paradero del fantasma de mi viejo amigo y confidente. Para mí había sido muy duro perder a Aaron y después a Merrick. Fue como si me arrancaran el corazón y lo pisotearan. Me quedé sin los dos en tan breve lapso de tiempo que creí volverme loco, pero la presencia y el apoyo de Jesse me serenó en parte. Aunque sólo fue brevemente y algunas noches, pues siempre recurría al recuerdo de ambos haciéndome sentir miserable y culpable.

—Decidió ser el ángel de la guarda de Beatrice—dijo encogiéndose de hombros—. Cuando ella muera posiblemente regrese al redil, como la mayoría de nuestros miembros más destacados.

—Quiero hablar con él... —afirmé sin rodeos.

—Ve a Nueva Orleans, a la casa donde fue feliz por última vez, y lo hallarás junto a la mujer que cuida sus rosales como si fueran sus hijos.



domingo, 24 de julio de 2016

Otra vez II

Esta es la segunda parte de estas memorias de Merrick y David. Disfrutadla. 

Lestat de Lioncourt 

—¿Acaso crees que las visitas de Aaron y sus llamadas las hacía sólo porque surgían de él? No, Merrick. A veces lo llamaba angustiado queriendo saber de ti. Quizá me comporté como un cobarde a tus ojos, pero lo hice siempre pensando en tu futuro. Jamás dejé de pensar en tu futuro—dije agarrando de nuevo la muñeca de aquella mano que una vez me acarició, que incluso rasguñó mi espalda, pero que ahora sólo sabía propinarme bofetadas cada vez más sonoras—. ¿Qué quieres que haga? Ya no puedo cambiar nada, pero te empeñas en restregármelo.


—Pero lo que necesitaba era estar a tu lado. Tus palabras, tus caricias, te necesitaba a ti. No tu maldita ausencia. No a ti preguntándole a secundarios por mí.

Por primera vez en mucho tiempo parecía sentirse débil en una discusión, porque sé que era capaz de revivir cada herida del pasado. Aunque también podría decirse que realidad nunca habían cerrado. Dejó que tomara nuevamente su mano, pero al poco tiempo se encontraba luchando por deshacerse del agarre.

—Nada David—dijo resignada—. La verdad ya no espero que hagas nada más que irte otra vez en algún momento. Porque siempre juegas a lo mismo, a decir que me quieres pero luego huir. Tirar la piedra y esconder la mano.

—¡Huyo por estos dramas!—decía mientras forcejeaba.

El hombre que estaba allí luchando era el de siempre, el que nunca cambió ni cambiará, pero con un cuerpo joven que parecía adaptarse a cada vieja arruga, cada pliegue de mi alma, mientras ella luchaba por huir lo antes posible. Me aferraba a los recuerdos, a las heridas, al deseo común que aún albergábamos y al ruego interno de no volver a meter la pata. Era torpe, como la mayoría, porque era humano pese a los poderes de la inmortalidad. Me sentía débil ante ella porque siempre lo había sido. Quise mil veces huir, pero no podía. Siempre terminaba regresando sobre mis pasos. Ella se había convertido en algo más que un oscuro objeto de deseo.

Sus párpados se levantaron bastante ante esas palabras, pero entonces su ceño se frunció. Sabía que la discusión volvería a instantes atrás donde la furia arrasaba todo.


—¡Entonces por qué sigues aquí!—gritó—. Lárgate como tienes acostumbrado hacer, vete y déjame. O mejor...—dijo mirándome a los ojos como si quisiera matarme—mejor me voy yo y así no tendrás que encontrarme nunca más porque igualmente para ti sólo soy eso ¿No? ¡Un manojo de dramas!

—¡Para!—dije apretando con furia sus muñecas—. Merrick, para de una vez... ¡Para, por favor! ¡Deja de decir estupideces! Sólo intentas arrancarme el corazón cada vez que dices algo así, ¿verdad? Sólo lo haces para torturarme aún más.


La expresión de su rostro se perturbó al sentir esa fuerza sobre sus muñecas, era curioso como aquellas manos le habían protegido en un principio para después abandonarla y terminar de esa manera. Aquellos apretones dolían pero no iba a demostrarlo, ya había demostrado demasiada debilidad por esa noche. Yo sabía que era incapaz de mostrar lo que realmente le ocurría.

—¿Por qué te afecta tanto? Si según tú lo mío es puro drama, siempre subestimándome desde el día en que me conociste.

—¿Yo a ti? Jamás—dije masticando una rabia inmensa—. Siempre creí que llegarías lejos y por eso me aparté. Me aparté porque no quería ser un estorbo. ¿Por qué no te das cuenta, mujer?—intenté no apretar tan fuerte las muñecas, pero no podía. La ira me dominaba.


—¿Por qué haces esto David? —preguntó entonces con una mezcla entre tristeza y rabia en el tono de su voz—.Me dices que no querías ser un estorbo, pero es que para mí nunca lo fuiste. Hablas como si te hubiese recriminado la diferencia de edad, cómo si alguna vez me hubieses escuchado quejándome por eso ¿Por qué es tan difícil entender que te amaba? —apretó sus puños.—Y es frustrante porque sigo teniendo sentimientos por ti, pero cada vez que veo ese nuevo rostro que tienes sólo puedo recordar todo el tiempo que me dejaste atrás.

—¿Acaso crees que esto lo hice porque quería?—pregunté soltándola mientras me acercaba a la mesa para apoyarme de espaldas a esta—. No, Merrick. Esto no lo hice queriendo. Yo ya esperaba la muerte, ¿no lo viste? Sabía que llegaría pronto—dije mirándola directamente a los ojos.


Sé que en ese momento pudo respirar más tranquila al ver que por fin la soltaba, pero por otro lado todavía estaba llena de miles de sentimientos encontrados. Ambos los teníamos. No podía dejar de amarla y detestar todo lo que hacía en ese instante. Quería que dejara de gritar, de hablar, de sufrir y, a la vez, deseaba llegar al fondo de todo para desatar por completo a la bestia y así saber qué pasaba.

—Nadie te obligó a hacerlo David, hablas como si yo te hubiese exigido algo de eso cuando lo único que quería era que me amaras. —seguía mirándome como yo lo hacía con ella—. Yo hubiese sostenido tu mano en tu lecho de muerte si con eso te ibas a quedar conmigo.


—¿Te has planteado lo que suponía para mí verte sufrir porque me moría?—había soltado un largo suspiro sintiéndome cansado—. Merrick, ponte en mi maldito lugar por una vez. Yo contigo lo he hecho aunque no me creas, lo he hecho. Sé todo el daño que te hice y me arrepiento, pero ponte en el mío.


—No te moriste, pero de igual manera me dejaste sola. Solamente que no te quedaste a observar mi sufrimiento. Eres tan valiente —aquellas palabras las había soltado con todo el sarcasmo del mundo, cada palabra que salía de mi boca no hacía más que decepcionarla más—. Al principio me ponía en tu lugar David, pero no puedo hacerlo porque cada vez que intento pensar en algo para justificarte sólo encuentro que tus acciones no tuvieron sentido.


—Porque en realidad no deseas ponerte en mi pellejo—respondí—. Es fácil de ver el miedo cuando sabes que envejeces, que no tienes nada bueno para ofrecer y que la persona que amas puede hacer de su vida un imperio. Ni te das cuenta ni lo harás nunca. Sólo un hombre acabado se habría dado cuenta de algo así.


—Tienes razón, no deseo ponerme en tu pellejo y aunque lo quisiera hacer me resulta imposible entenderte porque claramente tendría que pasar por tu situación—a pesar de todo el revuelo anterior, esas palabras sonaron bastante mecánicas de su boca—. Sinceramente ya no puedo con ésta situación, con tu presencia y tus excusas cobardes. Estoy cansada de todo...

Me acerqué de nuevo a ella tomándola del rostro, mirándola a los ojos como si fuese la primera vez que lo hacía, sintiéndome tan débil como siempre que ella empezaba a llorar o hundirse. Podía ser un cobarde, pero jamás lo había hecho con intención de huir o dañarla. Nunca quise que ella padeciera. No era un maldito desgraciado como otros tantos. Yo aún la quería.


Aunque permitió le tomara del rostro sabía que para ella mis manos eran totalmente diferentes a las cuales se había enamorado. Eran otras que pretendían sostenerla como la primera vez, pero eso era un hecho imposible. No se alejó porque añoraba ese cariño, aunque no fuese igual, pero por otra parte sentía que lo odiaba, que su piel se quemaba ante el contacto ajeno y el ardor se trasladaba por su cuerpo hasta invadir hasta el más recóndito lugar. No dijo una palabra, porque quería absorber un poco de ese silencio, pero tampoco le respondía la mirada, porque no quería ver amor en esos ojos, no quería seguir viendo sentimientos que sólo habían servido para dañarla.

Recordé por un instante a la niña descalza con ese vestido blanco cargado de flores. Pude verla de nuevo parada frente a mí esperando que Aaron dejara de parlotear, como siempre, sobre sus amados Mayfair y la belleza que yo mismo podía contemplar. Una belleza idílica que aún podía ver en ella pese al paso de los años. Me sentí sucio ese día cuando noté que una muchacha, casi una niña, era capaz de despertar oscuros deseos por mi parte. Tan sucios como deseables. Fue terrible darme cuenta que la codiciaba demasiado. Ella fue un regalo envenenado por parte del destino o la vida misma. 

Deslicé mis pulgares por sus mejillas y acabé besando su frente antes de estrecharla contra mí. Rompí a llorar en silencio como un niño extraviado. Sus parpados se cerraron al sentir ese suave contacto en su frente, era un gesto amable y cálido pero en realidad le hubiese gustado haber sentido aquello un tiempo atrás. Percibió mis lágrimas y a pesar de que siempre parecía buscar herirme con sus palabras, le era insoportable verme llorar. Se separó un poco para limpiarme rostro con ambas manos, paseando los dedos por el rastro que habían dejado las lágrimas sanguinolentas que no fui capaz de frenar. Quiso decirme que me amaba en esos momentos, lo supe porque sus ojos hablaban para mí cuando su boca guardaba silencio, pero también se vería obligada a hablar de su odio, de su rabia. Suspiró cansada, cansada de mí, de ella misma, de esas cuatro paredes y posiblemente de la discusión. Acercó sus labios a los míos, fundiéndolos en un infantil roce que duró apenas unos segundos, era lo máximo que podría hacer sin caer en la locura.


—Adiós David.

—¿Esto es un adiós definitivo?—casi no me salían las palabras.

Por un momento me sentí peor que ante mi propio cuerpo en mi funeral. Fue como enterrar otra parte de mí. Una parte que no quería soltar y a la cual me aferraba aunque las discusiones fueran casi eternas. Entretanto ella asintió a mis palabras sin bajar la mirada.


—Ahora soy yo quién debe irse por el bien de ambos.

Al final se estaba rebajando a hacer lo mismo que hice yo, pero de alguna forma ella lo sentía diferente. Porque ésta vez de verdad era necesario para ambos. Yo también lo veía. Veía que era necesario separarnos, pero el egoísmo me podía. Sintió su corazón arrugarse, porque sentía que siempre supo sobre ese final aunque hubiese querido posponerlo un poco más. 

—No. Me niego—dije sosteniéndola de inmediato por la cintura.


En ese momento crucial de mi vida temía más que nunca salir a recopilar información. Temía tener que escuchar que había cometido alguna locura. No quería saber en qué iba a desencadenar todo eso.

—Déjalo ya David. No dificultes más las cosas—no quería seguir escuchando mis ruegos, mis disculpas, porque aunque decía que no significaban nada, era mentira. Como siempre ella decía que no le importaba porque así creía que no veía sus heridas, pero no era así. Su cuerpo tembló al sentir como la tomaba, pues pude notar como le traía recuerdos felices y era irónico como ahora parecían ser más dolorosos que la tragedia misma. 

Sin importarme si se molestaba, si me empujaba o abofeteaba acabé besándola mientras seguía tomándola de la cintura. Odiaba esa discusión y el dolor que nos hería a ambos. Aunque creo que para ella era irritante porque parecía querer frustrar todas sus intenciones. Pudo golpearme, insultarme, quejarse y, sin embargo, terminó optando por dejar que sus labios continuaran con ese contacto. Tomó fuerza y con sus manos sobre mi pecho e hizo presión para alejarme.


—Ya no sigas con esto. Solamente déjame ir —aquello había sonado más como una súplica y se reprendió mentalmente por ello.

Por mi parte simplemente me aparté quedando a pocos centímetros de ella con el corazón hecho trizas, pero sabía que no era el único. Podía notar el daño que me estaba haciendo, después de todo siempre me había mostrado tan transparente ante ella que le resultaba imposible no leer mis sentimientos. Eso también me ocurría con ella como ya he dicho. Podía ver sus sentimientos con claridad. Apartó su mirada de mí y en suaves movimientos terminó por apartarme por completo, yéndose al apenas estar libre de mi agarre.



Dejé que se fuera con la esperanza de su regreso. Esperanza que estuvo ahí hasta el último día. Pero fue una esperanza estúpida llena de vacío. Poco tiempo después, como si sólo hubiese sido un pestañeo tras esa discusión, tomó la opción de morir salvando a un espíritu que llevaba años torturándose. 


sábado, 23 de julio de 2016

Otra vez

Estas son unas memorias donde de nuevo Merrick regresa tras mucho tiempo en silencio. Sus memorias son algo escasas, pero hay que darle vida a estas para que no caiga en el olvido. 


Os dejamos la primera parte:

Lestat de Lioncourt 




Nos habíamos trasladado a San Francisco. Lestat había logrado que Nueva Orleans fuese como la Meca de una nueva religión cuyos fanáticos rodeaba su casa para dejar flores, cartas y diversas manifestaciones de amor y entrega. Era peligroso estar por allí. Muchos sabían que no éramos humanos y algunos nos atacaban para fines menos idílicos que un autógrafo, un apretón de manos o una fotografía juntos. Había quienes querían matar a los vampiros, los sacrílegos borregos de Lucifer, que campaban a sus anchas por las tierras benditas de Dios. Una estupidez. Yo aún sigo pensando que todo eso del demonio era una alucinación o la burla de un espíritu demasiado poderoso, pero quién sabe. Tal vez sí existe Dios y el Diablo pero no son como creemos. No lo sé.

Habíamos tomado algunas de nuestras cosas, no todas, y nos atrincheramos en una ciudad que no conocía la calma pero tampoco era un avispero. Louis parecía inquieto. Tenía nuevos poderes que no controlaba y lo de Claudia le había pasado factura. Estaba más encerrado en sí mismo y buscaba respuestas a problemas existenciales en libros de todo tipo. Merrick parecía una fiera enjaulada. A veces se aproximaba a mí para ofrecerme consuelo y en pocos minutos su consuelo eran quejas. Por mi parte intentaba indagar más sobre el origen de nuestro poder, “La Fuente” como solía llamarla, y la historia que habíamos tejido unos con otros. Éramos una red de pescar que seguía a la deriva sin saber bien si lográbamos atrapar algo valioso o no. Lestat iba y venía. Nunca se ha quedado en un lugar mucho tiempo. Además, es un hombre inquieto con negocios en todo el mundo aunque, claro está, no llega ni llegará al volumen empresarial que posee Armand.

Esa noche me había quedado en casa. Creí que Louis y Merrick habían tomado la decisión de salir juntos a cazar, algo poco común en ambos. Eran solitarios cuando jugaban con sus víctimas. Yo prefería incluso ayunar algunos días hasta hallar el apropiado. Quizá soy más parecido a Lestat. Me gusta coquetear con la muerte, darme a desear y luego abalanzarme. No soy de víctimas diarias.

Ella había decidido perderse en el hermoso vampiro de cabello negro que le había dado la eternidad, así como hundirse en esos ojos verdes, que guardaban entre ellos el alma agonizante de un mortal. La melancolía los unía constantemente, tanto que hacia que la compañía del contrario le resultara como un suave bálsamo para su tormento.

El teléfono sonó a eso de media noche. Estaba encerrado en mi despacho amontonando carpetas, desempolvando recuerdos y sintiendo cierta nostalgia de ser el director de una orden de detectives tan importante como es Talamasca. Suspiré hondamente antes de contestar. Podía ser cualquiera de los vampiros que tan bien conocíamos, incluso algún brujo que había conseguido mi número para que le ayudara con algún espíritu. Todavía tenía contactos.

—David—esa voz hizo que de inmediato me sobresaltara. Una voz femenina y poderosa proveniente del otro lado del charco, o quizá del otro lado el mundo, porque Jesse Reeves también recorría estas tierras de hombres y demonios, este lugar donde los espíritus aún poseían poderes insospechados y para nada inocuos, donde el bien y el mal sólo son palabras básicas para lo que puedes llegar a encontrar.

—Jesse, encanto—dije sonriendo. Me alegraba de escucharla. Siempre era un placer poder hablar con alguien que significó tanto para mí durante algunos años. Me apoyé en ella y ella en mí, además tuvimos cierto flirteo que desembocó en noches de apasionado sexo. Aunque, para ser totalmente sincero, ella era una tierna jovencita y yo un hombre que peinaba algo más que canas. No fue nada serio, pero la química aún existía y eso alegraba en cierta medida mis noches más amargas. Esas noches en las cuales Merrick me azotaba con su indiferencia—. ¿Sucede algo? Hace semanas que no hablamos.

—Hace casi un mes que no contacto contigo porque he estado muy ocupada donde Maharet. Allí la línea telefónica es un asco, pero he conseguido tener Internet de algún modo—soltó una carcajada—. Y teléfono. Al fin tenemos teléfono.

—Podremos contactar más seguido—comenté—. ¿Para eso me llamabas?

—No, sólo quería escuchar tu voz. Extraño nuestras viejas conversaciones a solas...—su tono de voz me sugirió que echaba de menos algo más que mi voz. Mi presencia siempre lograba sosegar sus miedos e introducirla en delirios más allá de la simple lujuria. Ella me lo había dicho miles de veces—. A veces sueño con los dos, ¿sabes? Recorriendo este mundo juntos, codo con codo, luchando contra misterios y dejando que esa chispa vuelva.

—Esa chispa que ambos teníamos...—dije sonriendo como el crápula que podía llegar a ser. Las chicas jóvenes me atraían. De hecho, me atraía cualquier joven de indistinto sexo. Era placentero ver como te tenían como un profesor entregado, un hombre dado al conocimiento y a ofrecer su apoyo más allá de la moralidad permitida—. Me vas a llamar canalla, pero acabo de recordar esa noche en la cual explotamos como dos pequeñas bombas de racimo.

—El sexo fue maravilloso, David—casi pude escucharla ronronear tras el otro lado del teléfono—. ¿Por qué no te vienes a vivir conmigo?

—¿Vivir juntos? No podría dejar todo esto—dije—. Aunque lo he pensado—admití.

—Piénsalo mejor y llámame. Ahora debo ponerme con algunos asuntos—comentó—. Sólo quería lanzarte la oferta.

—Es tentadora la oferta, pero...—suspiré reclinándome en el respaldo—. Ya sabes...

—Lo sé. Te dejo—dijo.

—Adiós, Jesse. Te llamaré mañana para hablar con menos prisas—susurré antes de colgar el teléfono.


No obstante, todo lo que creía era falso. Tras la puerta estaba ella, la mujer que más me había amado y odiado. Pese a que Louis era capaz de contenerla y comprender sus sentimientos, sus pensamientos volvían al mismo trecho de siempre. Regresaban a mí. En ocasiones la voz de su cabeza se preguntaba si era ella quién se había equivocado en esa relación. Si era culpa de ella misma el haber terminado guardando tanto rencor. Un deje de culpa apareció en su pecho al recordar la manera que habían terminado las últimas conversaciones conmigo. Cuando se acercaba con intenciones de animarme pero terminaba echándome en cara todo el dolor que la atormentaba inevitablemente cada día de su existencia inmortal, porque a pesar de todo, ella sabía que no se estaba comportando de la mejor manera. Sin embargo, acepto que soy un desgraciado y un cobarde. Quizá jamás lo dije firmemente frente a ella, puede que el miedo me carcomiera el alma cada segundo como si fuera una termita o un extraño parásito, pero no es algo que yo no haya aceptado desde el principio. En esa relación no era ella quien fallaba. Quien empezó el debacle era yo.


Como he dicho había escuchado todo, pues decidió volver antes debido a una necesidad, casi imperiosa, de verme para ofrecerme una disculpa por las últimas discusiones. No necesitaba más que unas pocas palabras para encender la furia que siempre conservaba aunque fueran sólo ascuas. Odiaba la acaramelada voz que usaba con Jesse, una voz que admito que sólo debía haberla usado con la única mujer que logró arrancarme del todo el corazón... con Merrick.

Una vez notó que la llamada había finalizado, aquella diosa vudú, hizo acto de presencia como un torbellino. Sus ojos eran dos bolas de fuego del color de una esperanza que ya no habitaba en ella, pues yo se la arrebataba siempre que podía. Admito que fui un cretino. 

—Debes extrañar mucho a tu zorra ¿No es cierto? —me miraba desde la puerta, con esa mirada afilada, iguales a los de un gato.


—¿Qué dices mujer?—fue lo primero que pude decir al escucharla.

No sabía cómo pero había llegado antes de tiempo escuchando la conversación sin entender ni uno de sus matices. Era cierto que Jesse me atraía, cualquiera caería a sus pies debido a su poderosa inteligencia y a la forma que tenía de encarar el mundo en el que vivíamos, pero eso no evitaba que ella estuviera por encima de todo.

—Ni siquiera sabes lo que hemos estado hablando—intenté mantener la calma, pero no podía. Me sentía acorralado. Esos ojos contenían su alma desnuda agitándose como llamaradas. Era un felino a punto de saltar sobre mí—. Sólo apareces señalándome como culpable. Siempre lo haces—declaré como si fuese una víctima. Fui un cobarde—. Yo tengo la culpa de todas tus desgracias.

—¡Eso es lo que más odio de ti! – levantó la voz, en ese mismo momento se sentía como una estúpida por haber pensado en disculparse conmigo. Y lo era. No merecía esas disculpas ni siquiera merecía todos esos sentimientos que sé que terminó llevándola a la tumba—. Nunca te haces responsable de tus errores, David. Y cuando alguien te los dice de frente entonces eres la maldita víctima de todo. ¿No te has parado a pensar por qué siempre te señalo como culpable?

Su mirada esmeralda parecía estar teniendo una guerra interior donde no sabía si predominaría la rabia o el dolor. Por mi parte sólo me recosté en la silla intentando meditar una escapatoria. ¿Pero había escapatoria? No. Otra discusión se avecinaba como una terrible y perfecta tormenta. 


—Estás loca—dije pisando terreno movedizo. Sabía que se lanzaría como una fiera, pero no podía morderme la lengua. ¿Cómo iba a hacerlo? Tenía que ser sincero. Ella me estaba atacando y yo sólo estaba respondiendo como creía que se merecía—. Jesse sólo me llamó para conversar. Nada más—respondí ocultando algo de información, es cierto, pero no pensaba ir tras ella. Deseaba permanecer con Merrick.

Yo sabía que mi lugar era al lado de la chica que una vez protegí, eduqué y admiré. Ella era la diosa de ébano, la criatura que me envenenaba y salvaba la vida a cada soplo de brisa del pestañeo de sus largas y pobladas pestañas, la mujer que idealicé mil veces en mis noches más solitarias. La joven que hice mía apretando su cuerpo joven contra el mío, saboreando cada beso como si fuese el último que pudiese dar en este mundo, estrechando su cintura entre mis manos maduras. Fui un imbécil al dejarla ir, pero la había recuperado y no pensaba soltarla. No quería dejarla.

Pero al verla allí de pie noté que la rabia predominó sobre el dolor. Una risa seca salió de sus labios y sentí que se convertía en una daga bien afilada. La tormenta ya caía sobre mí antes que dijera una palabra más.


—Es que tú eres demasiado hipócrita David; me llamas loca cuando te grito la verdad en la cara—noté como apretó sus puños ligeramente aunando quizá fuerzas para enfrentarme—.Y eso no es suficiente, también me tratas por estúpida. ¿Crees que no sé lo que sucedió entre ustedes?—preguntó con suspicacia—. Lo sé todo David, pero olvídalo, porque yo sólo soy una loca, ¿verdad?


—Tú no sabes nada—al menos deseaba creer que no sabía siquiera la mitad del asunto. Aquello era peligroso. Temía que se descontrolara y cometiera alguna estupidez—. Tranquilízate, ¿quieres? Por ese entonces nosotros ya no éramos nada. Además, he rechazado su oferta. ¿Acaso no puedo tener amigos? ¿Crees que sólo tú puedes coquetear a la ligera? Me hiciste pedazos el corazón hace tan sólo unos meses.


—Sigue diciendo que no se nada—me retó con cada centímetro de su existencia—. Mírame a la cara y atrévete a decirlo de nuevo.

Percibí perfectamente como quería saltarme encima, igual que una poderosa pantera, y asesinarlo con sus propias manos, enterrando sus fieras garras y haciendo pedazos mi cuerpo. Sus oscuras cejas fueron hacia arriba al escuchar esa última frase, esa que sentenció todo. Podía saber claramente que aquello iba de mal en peor. Sé que le parecía intolerable que viniera a echar en cara ese detalle, el haber conquistado con argucias el corazón de Louis. Pero era cierto. Ella lo había hecho aunque acabó amándolo más que yo, comprendiéndolo trágicamente de una forma que yo jamás supe comprender del todo.

—Eres increíble David—dijo con burla—. Sécate los ojos, anda, que te he roto el corazón. Pobrecito.

Sé que hasta ella se planteaba por cuánto tiempo podría estar ahí, de pie junto a la puerta, frente a una persona tan cínica como era yo en esos momentos.

—¿Alguna vez te preguntaste qué pasó con mi corazón el día en que me abandonaste?


Lanzó aquella acusación logrando que me sintiera mal por todo lo que había ocurrido. ¿Qué sabía ella? Nada. Lo había hecho porque pensé que era lo mejor para ambos, pero sobre todo para ella. No podía encadenarla a un hombre que estaba en el ocaso de su vida, que tenía unas responsabilidades que lo ataban a un despacho, y yo no quería esa vida para ella. No quería que se aburriese de ser una mujer anclada a una figura que se iba a ir deteriorando y pronto terminaría en una fosa. Mi idea fue dejarla para que pudiese vivir una vida más plena lejos de mí, para que se conociese mejor así misma. Aquello no tenía sentido. ¿Fue un error? Sí. ¿Iba a admitirlo? No. Antes prefería que me mataran. 


—Sí, pero lo hice por tu bien—respondí sintiéndome aún más acorralado en aquel minúsculo despacho.

Sentía como los libros de la estantería, desde el más fino al más grueso, caían sobre mí como pesadas piedras. Incluso el cuadro de mi padre, un viejo recuerdo de mi anterior vida, me vigilaba con severidad como si pudiese echarme de nuevo las culpas incluso de respirar.

—Cierra la boca —comentó casi como un susurro al escuchar esas palabras, siempre era la misma excusa barata que la dejaba con un sabor peor en esos labios que mil veces había besado, condenándola por siempre a una relación tóxica—.Te arrancaré esos bonitos ojos oscuros que ahora posees si vuelves a decir que fue por mi bien. ¿Tú qué sabes de lo que es mejor para mí? ¿Por qué no admites que simplemente eres un cobarde y te largaste? Vamos, que no es tan difícil.

Ella no soportaba esas palabras, y lo que más le jodía era que sabía que realmente yo pensaba que esa era la respuesta. El recuerdo era doloroso y cada vez que el tema volvía a ella podía sentir nuevamente esa sensación de abandono, en ese entonces se sintió como un juguete abandonado por un niño, cuando éste dejaba de sentirse satisfecho. Y era lógico.

—A ti te gusta decidir las cosas por ti mismo ¿No? Yo también puedo jugar a eso.


—Nunca he dejado de amarte, pero no nos sabemos soportar—dije tras un largo suspiro.

Me exasperaba que no comprendiera todo lo que hacía. Estaba allí pese a las heridas, había perdonado su mala jugada porque me lo merecía, y pensaba que podíamos empezar de cero. Eso era imposible. Acabé incorporándome apoyado sobre a mesa. Mis ojos miraban los suyos sin perder ni uno de sus destellos. Era una furia y estaba alentando ese lado mío que pocas veces mostraba. En otra época habría corrido hasta ella, la habría acorralado y hecho mía como un salvaje sin importarme nada. Pero ya era una mujer adulta que no se dejaba llevar por arrebatos, que había visto mi forma de no aceptar ciertas verdades porque no era capaz de soportarlas. 

—Parece que deseas que te abandone—al pronunciar esas palabras sentí que mi alma se dividía en dos.


Era verdad que cada vez que se cruzaba conmigo todo parecía arder como si se tratase de Troya. Sólo que no había ningún caballo de madera para usarlo como trampa. Únicamente eran palabras y las palabras podían hacer peores heridas que una espada bien afilada.


—¿Hasta cuándo vas a seguir diciendo que me amas?

Merrick ya no creía una sola palabra, aunque a veces quería hacerlo. Yo sabía que en ocasiones quería volver al pasado donde fuimos felices. No obstante... ¿cuál pasado? Si los buenos recuerdos eran tan pocos que parecían no existir.

—Créeme que eso ya no me sorprendería. Sigue escapando si es lo que quieres, David.

—Admites que quieres tenerme lejos. Lo haces con esa actitud—la acusé antes de dar un fuerte golpe a la mesa con mi mano derecha, para luego salir de detrás de ella enfrentándola. Al fin el domador se enfrentaba con las manos desnudas a ese imponente felino. Por fin dejaba los miedos e intentaba apechugar esos ojos que me derrotaban con una sola mirada.—¿Qué tengo que hacer? ¡No puedo cambiar el pasado! ¡Mírame! Ni siquiera soy el mismo. Ya no soy ese Talbot encerrado siempre en un despacho, pero tú me echas. Merrick, me echas.


—Quizás es así David, quizás es mejor que no estemos juntos de nuevo.

Tal vez pronunciar esas palabras era doloroso para ella, pero tampoco podía deshacerse de todo el resentimiento que albergaba dentro de su alma. Se sorprendió un poco al ver mi actitud. Ya no me conocía y sabía que no era de tener esas reacciones, pero tampoco era como si fuese a intimidarse por eso. Caminó hacia mí, enfrentándome del mismo modo que yo lo había hecho. Me demostraba que no iba a retroceder.

—Yo tampoco soy la Merrick de antes ¿No te das cuenta de lo que me he convertido? Yo creía en ti David, creía que eras diferente, que yo te importaba —su mirada pareció dolida por unos momentos, pero enseguida la corrigió —. Pero era mentira—y como si estuviese loca, absolutamente loca, dejó escapar un par de risas—. Aunque era muy obvio, ¿no? Si al final sólo me buscabas cuando necesitabas algún maldito favor.

—Eso no es cierto—respondí casi de inmediato. Me sentía intranquilo. Sabía que ella no pararía de atacarme. Esa discusión cada vez era mas fuerte y ridícula– ¿Tanto me odias?

No podía creer que ahora todo se reducía a unas ganas impresionantes de destrozarnos uno al otro. Sin embargo, eso era. Nos estábamos destrozando. Hacíamos jirones nuestras almas para convertirlas en trapos inservibles. 


—Sí es cierto, por una vez en tu vida deja de mentirme y excusarte con estupideces.

Noté como su labios se quedaron en silencio meditando esa última pregunta. Parecían dudar. Los vi moverse temblorosos mientras que sus ojos se desviaron ligeramente. En ese instante me contuve. De nuevo contuve mis ganas de abrazarla. No sabía por qué lo hacía.

—Quisiera odiarte— fue lo que respondió y sinceramente ya no quería continuar con esa conversación, pues como siempre, no tenía sentido.

Yo tampoco deseaba seguir discutiendo, pero no era capaz de frenarme. Ella fue la más madura de ambos, debo reconocerlo, porque se dio media vuelta para dirigirse hacia la puerta. Si bien, que se marchara así, tras la discusión, me enfurecía aún más. Siempre amé su temperamento porque mostraba que podía permanecer firme ante cualquier debacle, pero ya no lo soportaba.

Me precipité hasta la salida para alcanzarla agarrándola de uno de sus brazos y tirando de ella hacia mí. 

—Dime–dije conteniendo mi furia–¿Por qué no podemos darnos una oportunidad sin herirnos?


—No me toques David—me dijo en primera instancia, no soportaba mi cercanía. No la soportaba porque siempre temía terminar cediendo para caer nuevamente en mis juegos y que al despertar nuevamente me hubiese largado dejándola atrás. Yo lo sabía bien—. Porque sigues siendo un cobarde—su voz sonó demasiado melancólica y eso me rompió el corazón otra vez—y no puedo perdonarte.

—No lo hice por cobardía. Al menos no porque temiera amarte—dije asiéndola de ambos brazos—. Temía que te hartarás de mí, que me abandonarás al darte cuenta que era un anciano y tú una mujer llena de vida, por eso decidí que debía dejarte para que fueses libre. Pero heme aquí regresando siempre como un perro con el rabo entre las patas.


Mis dedos no presionaban fuerte su carne aún tierna. La sangre inmortal apenas se notaba vibrando bajo su oscura piel. Su rostro parecía el de una muñeca triste y apagada. Esos ojos apasionados parecían haberse vuelto enfermizos de dolor.

—¡Te he dicho que no me toques!—espetó logrando liberar uno de sus brazos para estamparme una bofetada.

Esa bofetada me dolió mucho más a nivel emocional que físico. La fiera que tenía ante mí jamás fue domesticada. Nunca quise aplacar su ira ni hundirme en su alma para sosegar su furia. No me comportaría jamás como un maldito cobarde. Ella creía que lo era, pero era sólo una fachada. Me importaba tanto que tomaba demasiado en cuenta mis errores aunque no me arrastrara para pedir perdón, pues no era esa clase de hombres.

—¿Por qué eres tan estúpido?—dijo al borde de la desesperación—. A mí nunca me importó que fueses mayor, yo te amaba tal y como eras —se detuvo en sus palabras, quería tomar un poco de aire— Yo hubiese ido a cualquier lugar contigo, me hubiese quedado a tu lado si ese era el caso… Pero, al parecer, tú no.

—¿Acaso crees que las visitas de Aaron y sus llamadas las hacía sólo porque surgían de él? No, Merrick. A veces lo llamaba angustiado queriendo saber de ti. Quizá me comporté como un cobarde a tus ojos, pero lo hice siempre pensando en tu futuro. Jamás dejé de pensar en tu futuro—dije agarrando de nuevo la muñeca de aquella mano que una vez me acarició, que incluso rasguñó mi espalda, pero que ahora sólo sabía propinarme bofetadas cada vez más sonoras—. ¿Qué quieres que haga? Ya no puedo cambiar nada, pero te empeñas en restregármelo.

Continuará...
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Al fin tengo una Merrick que merece la pena. ¡Gracias Alex! Digamos que hace mucho tiempo que buscaba una mujer que supiera ser como ella y pusiera en su lugar a David. Ha sido un placer ver como se desarrollaba este rol. 

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt