La pintura de Marius vuelve a sus manos... de momento.
Lestat de Lioncourt
Estaba de nuevo frente a mí aquel
cuadro. Observaba cada trazo como si lo hubiese pintado esa misma noche. Recorría
la profundidad del color, las sombras, la asombrosa técnica que hacía siglos
que había mejorado e incorporado a mis obras, y la belleza de sus ojos. Sobre todo
la belleza de sus ojos. Unos ojos que parecían implorarme mil veces y tentarme
con su belleza. Aquel frágil cuerpo de adolescente quedó plasmado para deleite
de sólo unos privilegiados. Se consumía en polvo y olvido en aquella bodega.
La historia de esa pintura era
trágica. Logré hacerla en pocas horas, pero no descubrí su magia y
magnificencia hasta pasados varias semanas. Debía parecer un pintor común pese
a mis extraños comportamientos. Frente a todos era un mecenas con talento y un
hombre de bien, pero la verdad es que la oscuridad y la sed me consumían. Ese cuadro
lo tuve frente a mí finalizado en más de una ocasión y lo miraba igual que esta
noche.
—Ya has visto de nuevo el cuadro,
¿podemos irnos?—preguntó David descansado en una escultura que también me
perteneció, aunque yo no era su artista.
Aquel hermoso monstruo que había creado Lestat era inteligente e intuitivo. Estábamos en su mundo, rodeado de historias que conocía mucho mejor que yo y que cualquier otro. David Talbot reflejaba los buenos principios éticos en apariencia, pero la verdad es que amaba entrar en la orden y pasear por sus viejos pasillos como si fuese un fantasma más.
—¿Por qué me dejas entrar
aquí?—dije llevando mis manos al marco dorado de aquella belleza intemporal.
—Yo no soy quien te da permiso,
sólo te conduzco por los laberínticos pasillos. Podrías entrar tú
solo—confesó—. Ya van dos veces que nos colamos aquí como si fuéramos ladrones.
—¿Crees que Tesjamen me permitirá
que me lleve la obra?—mis dedos tambolireaban sobre el marco. Jugaba con los
relieves de flores silvestres y pequeñas líneas sinuosas que poseía. Me encantaba
el marco, pero yo le pondría ahora uno más simple para que sólo pudiesen ver su
rostro. Un rostro joven e inmortal.
—Es tu creador pero no deja de
ser…
Entonces ambos sentimos esa
fuerte presencia recorriendo la galería principal. Los pasos sigilosos eran incensarios.
Él se hacía notar por la fuerza que desprendía. No venía solo. Estaba acompañado
por Gremt. Tesjamen estaba allí como si lo hubiese invocado. Ambos aparecieron
en breves segundos frente a nosotros. No huimos ni hicimos movimiento alguno,
¿para qué? Sabíamos que ellos conocían nuestra aventura de entrar en La Orden
de Talamasca.
—¿Tanto amas a Armand que no eres
capaz de pasar más de unos meses sin contemplar tu obra?—preguntó Tesjamen—. ¿O
es por pura vanidad?
—He intentado olvidar esta etapa
pero es imposible. Ha dejado en mí una marca que no puedo ni quiero
borrar—expliqué apartándome de aquella hermosa pintura—. ¿Me permitirías
llevármela? Así no tendría que venir más.
—Puedes pintar otra
igual—respondió el espíritu—. Aún pintas.
—No es lo mismo. No tiene valor sentimental—dije
algo airado.
—No te he dicho que pintes una
para ti, sino para nosotros. Podemos colocar ahí la réplica. No creo que los eruditos
se den cuenta hasta pasados unos años—me miró con esos ojos imposibles, esos
labios cincelados por él mismo, y sentí un escalofrío terrible. Él era un
artista mucho mejor que yo porque había creado con energía ese recipiente tan
hermoso. La belleza de su rostro era similar a la que podía imaginar uno en los
viejos dioses caídos de Roma y Grecia.
Noches más tarde accedí con permiso
de los Ancianos de Talamasca con una réplica. Ahora la obra goza de un lugar
privilegiado donde lo contemplo para fustigarme. Observo su belleza implorando
piedad y me alzo con él en ese ruego. Pido piedad por mi cobardía y malos actos
pues sé que soy incapaz de hacerlo frente a él, de acercarme con sinceridad
besando su frente y rogando ser admitido de nuevo por su corazón.
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