Lestat de Lioncourt
La biblioteca era mi lugar
favorito. Siempre he amado estar rodeado de libros. Aquella vivienda tenía una
sala repleta de manuscritos en varios idiomas, algunos no los dominaba del todo
pero no era lo importante, llenando de conocimiento sus estanterías y mi
corazón. Quedé obnubilado con un ejemplar de algunas hojas, mal cosidas y
colocadas aleatoriamente. Eran anotaciones de mi amada dueña Pandora. Siempre la
vi como una amiga, una compañera a la hora de discutir y un ejemplo a seguir
para cualquier mujer que desea retomar el control de su vida. Jamás comprendí
porque no era amada como merecía.
—¿Has visto a Pandora?—preguntó
interrumpiendo.
Su túnica blanca de alta calidad
se cubría con elegancia con una toga roja escarlata le daban la esencia de un
hombre culto, bien posicionado en nuestra sociedad, y una elegancia inusual en
alguien tan torpe. Era torpe con ella pues nunca ha sabido escucharla ni
cuidarla. Sus cabellos rubios paja caían a borbotones sobre sus hombros rozando
la cruz de su espalda. Reconozco que era y es hermoso pero no deja de ser un
completo imbécil.
—Posiblemente en el mercado—respondí
tomando aquel escrito.
—¡Ya es de noche! ¡Cómo va a
estar en el mercado!—gritó.
—Hay unos amanuenses muy notables
en una de las calles aledañas al mercado. Ella suele ir a contemplar como
escriben y discrepan sobre filosofía, poesía y teatro—expliqué—. Además, te
recuerdo que ya es inmortal. Nadie hará daño a Pandora—me giré observándolo y
comprobé que sus ojos gélidos me observaban.
—Tu túnica es muy corta—comentó.
—¿Ahora te has vuelto púdico?—dije
sin elevar el tono de voz—. El mismo hombre que pidió la mano de una niña para
poder tener algunos años de libertinaje, que jamás agradó por ello a su suegro
y que fue quebradero de cabeza de su padre, desea darme lecciones de
pudor—sonreí leyendo algunas líneas de aquel relato sobre espíritus y sueños de
sangre. En esos momentos deseaba saber cómo ayudarla. Él ni siquiera echaba
cuenta de su dolor y eso era lo que más me indignaba. Pandora era mi dueña,
pero también era mi amiga y la tenía como una hermana.
—¡Cómo te crees capaz de hablarme
así!—dijo llevando su mano al cinto donde colgaba su cinturón.
—Deja caer tu látigo sobre mí y jamás
volverás a ver a Pandora—no tuve miedo al pronunciar tales palabras. Decía la
verdad y él sabía que nunca mentía. Conocía bien el amor que ella tenía hacia
mí y que yo era su protegido.
—Maldito lisiado…
Ahora, siglos más tarde, me
encuentro en una misma habitación frente a él. Mis ojos claros no dejan de
clavarse en los suyos. Tenemos un duelo silencioso donde ambos dejamos ver la
evolución de nuestro dolor, historia y verdad. Él sigue siendo un cobarde que
huye descaradamente de sus sentimientos al no saber comprenderlo y yo… yo sigo
siendo un hombre apegado a la verdad.
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