Querida madre,
Sé que no es tu cumpleaños, tampoco
es una fecha señalada en el calendario y posiblemente no llegue a
tus manos esta carta. Te han visto frecuentando la posada desde hace
algunas noches y no puedo comunicarme contigo de otra forma que no
sea esta. No sé que pecado he cometido, o si he cometido un pecado,
porque me siento abandonado por tu amor. Sin embargo, hoy he
recordando aquel día que caminamos por la nieve tomados de la mano
mientras me mirabas orgullosa.
¿Cuántos años había cumplido hacía
unos meses? ¿Eran ya los siete o los ocho? Creo que eran siete años,
pues me faltaban las paletas y tenía una sonrisa algo extraña. Me
gustaba mirarte tan hermosa, incluso tan joven a pesar de tantos
hijos, mientras me decías que era sin duda todo un hombrecito. ¡Ah!
Me ibas a comprar unos perros para que olvidara mis estudios como
monje. Querías que tu pequeño estuviera a tu lado, al igual que mi
padre quería que sufriera bajo su bastón.
¡Te has visto siempre tan hermosa!
¡Tan fuerte y valiente! Nunca has permitido verte demasiado débil.
Creo que no estaba en ti derrotarte. Ahora sé que estás en los
Pirineos. Caminas entre la escasa nieve que ya ha caído, corres por
las montañas y las escalas para después pasearte por los bosques
cercanos. ¡Estás cerca de nuestro país de origen! Y a la vez estás
lejos del hogar. Ese hogar donde nos calentábamos al fuego y
tomábamos pan recién horneado. El calor de ese fuego que sacaba el
frío de la nieve mientras mis perros nos rodeaban.
No sé porque ha venido a mí esa
imagen. Puede que sean las fechas que están a punto de llegar. No sé
que sucede realmente, pero necesitaba ponerme en contacto contigo.
Necesito abrazarte, madre. No sabes cuanto deseo abrazarte. ¿Te has
planteado alguna vez cuánto te amo? Madre, eres mi gran heroína y
creo que jamás te he dicho lo hermosa que eres. Necesito que veas
que soy feliz. Por favor, deseo que respondas a la carta.
Te amo,
Tu hijo Lestat
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