Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Eleni. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eleni. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de agosto de 2017

Abrázame

Daniel y Armand tenían que tener su momento lejos del ruido de los demás, ¿no?

Lestat de Lioncourt 

Regresaba al consejo, donde estaban reunidos vampiros de distintas culturas y tan antiguos o más que mi viejo hacedor. Marius presidía un bando más inquisitivo y virulento, pues exigía que Rhosh pagara por los crímenes que había realizado. Lestat siempre era sensible, abogaba por la presunción de inocencia debido a haber sido manipulado por Amel y sus artimañas, e imploraba perdón para el fantasma que nos mantenía atados, los unos con los otros, en una red similar a una tela de araña invisible a nuestros ojos y para el viejo vampiro cretense, el cual fue creado por Gregory mucho antes que Marius y su Imperio existieran en este mundo.

Mascullaba cientos de posibilidades, recordaba el horror de tiempo atrás cuando Maharet se negó a aniquilar a Santino y Thorne tomó la justicia por su mano. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral entretanto Benji empezaba a emitir el comunicado que Lestat me pidió transmitir. El consejo no estaba lejos, sólo tenía que regresar a la torre y subir por sus peldaños de metal. Situado hacia la mitad me hallé a Daniel Molloy. Él estaba allí aferrado al teléfono móvil con la aplicación de la radio conectada, los audífonos puestos en sus orejas y sus ojos violetas perdidos en la inmensidad de la intrincada escalera.

Me quedé paralizado por unos segundos. No lo había visto desde hacía unos meses y desconocía que hacía aquí, junto al resto, aunque Lestat había pedido que todos se reunieran en la corte, por protección y necesidad. Estaban Rose y Viktor en una sala del castillo, conversando con otros neófitos sobre su viaje por el mundo, y él estaba allí. Podía estar con el resto, pero había decidido dejar los salones abarrotados para aferrarse al hilo de esperanza que incluso los fantasmas y espíritus, representados en la sala bajo la orden de Talamasca y la presencia de Gremt como del hacedor de Marius.

Llevaba un suéter de cuello de tortuga, unos pantalones jeans algo desgastados en el bajo y unos zapatos muy simples. No era una vestimenta muy idílica, pero sí le simbolizaba a él. Siempre fue despistado, algo andrajoso a la hora de vestir, y podría decirse que no apreciaba las ropas caras que yo a veces le ofrecía. Tenía el pelo revuelto y un par de mechones rubios caían sobre su frente. Sus ojos violetas eran muy expresivos, pero ahora sólo mostraban temor.

—Otra crisis—dijo al fin quitándose los auriculares y poniéndose en pie.

—Sí, eso me temo—respondí apoyándome en uno de los muros. Intentaba no mirarlo directamente a la cara. Desde hacía un tiempo sentía ciertas emociones encontradas que no sabía como manejar adecuadamente.

—¿Necesitas algo?—preguntó—. Ya sabes que puedes contar conmigo.

—Contigo...—murmuré como si fuese una ilusión, como si eso no estuviese pasando o fuese sólo un hermoso sueño que una vez tuve y no recordaba hasta el momento. Cerré los ojos, agaché la cabeza y reprimí las lágrimas.

Necesitaba tantas cosas, tantas. No era capaz de pedir nada a otros porque siempre me desilusionaban. Marius había recobrado la energía de otras épocas y parecía decidido a gobernar ayudando a Lestat, aunque a veces este se revelaba ya que se sentía una marioneta. Si bien, no había acercamiento suyo de ningún tipo y cuando lo había era para hacernos daño. Antoine se había ido unos meses con Notker, pues quería aprender más sobre la música que este realizaba y ofrecer mejores composiciones a toda la tribu. Sybelle decidió acompañarlo. Benjamín tenía la radio, su radio, y una fama incontrolable que iba a más con cada emisión. Y yo sólo tenía mi televisión, mis series de culto, mis juegos de realidad virtual y poco más. Me centraba en los libros, en el teatro, en la teconología y en los avances que iba ofreciendo el dúo médico de Fareed y Seth a todos nosotros. A eso me dedicaba. Porque hasta Louis había corrido a los brazos de Lestat. Eleni me apoyaba, me aconsejaba, me escuchaba... ¿pero me era suficiente? No. Nunca lo fue. Además me sentía culpable cuando la veía. Había hecho que su vida, los primeros años de esta, fuese miserable.

—Armand...—su voz parecía lejana, así como su presencia, pero rápidamente pude sentir su cálido abrazo.


Me dejé abrazar en mitad de la torre esperando que su amor me reconfortara, aunque este sólo fuese fruto de una necesidad mutua de sabernos unidos ante la adversidad.  

sábado, 5 de agosto de 2017

Mi hombrecito

Armand siempre amará a Benji, pues es para él "su hombrecito". Digamos que le ocurre lo mismo que a mí con Rose y Viktor. 

Lestat de Lioncourt

Se había quedado dormido sobre mi hombro y no pude evitarlo. Con cuidado moví su cuerpo para que quedase su revoltosa cabellera oscura sobre mis muslos, le arrebaté el sombrero y me lo coloqué con la misma soltura y elegancia que él lo hacía, para luego comenzar a peinar sus rizos. Eran rizos gruesos, de pelo suave, que parecían no tener fin. Su rostro amable, tan aniñado, me recordaba lo que una vez fue y no pudo disfrutar. Era un niño sin inocencia cuando lo encontré de forma poco usual. Ni él ni Sybelle podrían siquiera imaginar que monstruos como nosotros existían entre los humanos, pues éramos seres fantásticos de pomposas novelas o estúpidos libritos para adolescentes. Ahora era un miembro importante de la Tribu, como ahora llamamos al vínculo que tenemos entre todos nosotros, y posee gran fama, respeto y admiración entre los humanos.

Todavía quedaba al menos una hora para que cayese como él en la inconsciencia. Era demasiado joven para durar hasta el amanecer, por ende se había quedado dormido mientras conversábamos sobre el futuro de nuestro mundo. Eleni se había marchado ya a su cripta, Antoine y Sybelle habían decidido volver a la corte de Lestat, y nosotros estábamos solos. Killer nos había visitado, pero sólo para hacernos llegar un mensaje de Gregory por parte de Davis. Louis decidió irse a Nueva Orleans, pues de vez en cuando necesitaba revolcarse en los recuerdos para sentirse él mismo. Estábamos solos. Solos él y yo y una mansión enorme en mitad de la “Gran Manzana”.

Decidí incorporarme y tomarlo entre mis brazos, para luego caminar despacio por las diversas galerías subterráneas hasta lo que se podía considerar su cuarto, su cripta, su lugar de descanso y refugio de otros. Tenía una cama inmensa, mullida y agradable, así como decenas de estanterías cargadas de libros y numerosos aparatos tecnológicos que ocasionalmente usaba en su programa de radio.

Al recostarlo desabotoné su camisa, saqué sus jóvenes brazos de las mangas y lo dejé sin ella. Luego hice lo mismo con sus zapatos, calcetines y pantalones. Despojé su tierno cuerpo de las ropas de calle que solía usar con la elegancia de un hombre de algo más de treinta años, la suma que realmente debía tener y no demostraba, y por último busqué su pijama de franela.

Me quedé mirándolo embelesado. Aunque discutíamos, pues éramos de épocas y pensamientos distintos, nos adorábamos. Para mí era duro verlo y sentir que había crecido. El tiempo vuela cuando eres inmortal y a veces te decepciona. A mí me han decepcionado muchos, pero no él. Incluso me he decepcionado yo mismo al creer fervientemente en un Dios, con su causa y sus justificaciones, porque necesitaba pensar que alguien me castigaría por todos los actos violentos que he cometido. Desgraciadamente he vuelto a una senda nihilista con respecto a la religión, así como con algunos grupos de humanos y vampiros, pero aquí estoy. Sigo vivo, sigo pensando, sigo soñando y sigo amando a criaturas como él.

—Ah... si te hicieras una pequeña idea de cuánto te amo...—dije antes de besar su frente y marcharme.


Aquella mañana me pareció más fría que nunca. Había estado en los brazos de Marius, pero este había decidido abandonarnos una vez más. La casa estaba muy silenciosa, el mundo parecía un caos allí fuera, y yo presentía que algo malo iba a ocurrir.  

jueves, 6 de abril de 2017

Motivos

Hay cosas que él escribió en un diario y Eleni lo posee...

Lestat de Lioncourt 


—¿Por qué lo hiciste?—preguntó.

Había desafiado a Armand. Me juró y perjuró que si tocaba una nota más en mi violín me amputaría las manos, del mismo modo que lo quiso hacer mi padre. Aquello no me detuvo. Simplemente hizo que me irguiera y comenzara a tocar con tesón. Si bien, ella no preguntaba por ello. Ella me cuestionaba el motivo por el cual eché a Lestat del local exigiendo que me abandonara.

—Quería que sintiera el mismo desprecio que él me había hecho sentir—respondí.

Un desprecio a sus deseos, sus necesidades, su silencio de mortuorio como si todo el mundo debiese estar ante un féretro...

—Y ahora te vuelve loco que no esté aquí. Has perdido el juicio y sólo lograrás que Armand te mate—me recriminó.

—Que me destruya si quiere, pues mi alma ya salió ardiendo como Roma a manos de Nerón—dije alzando el rostro, aunque no la miré. No podía ver el rostro de Eleni. Ese rostro me torturaba. Sus expresiones amables y dulces, como las de una madre bondadosa, me hacían recordar que la mía jamás me amó y que siempre fui un paria entre los parias.

—Nicolas...

—Fui criado para ser una bendición, pero me convertí en la oveja negra de la familia cuando dejé mis estudios de derecho—confesé—. Sólo quería ser libre, hallar mi lugar en este mundo, y lo encontré junto a un violín—cerré los ojos echando la cabeza hacia atrás, golpeando suavemente y con ritmo la pared recubierta de madera de mi jaula. Estaba allí, en una especie de celda que Armand había hecho especialmente para mí, y nadie podía sacarme porque se arriesgaban a ser quemados—. ¡Qué despreciable! Ni siquiera añadí un bastardo a la familia venido del vientre de una puta pueblerina como hizo él. ¡No! Sólo quise tocar el violín y aquí me tienes. Ni siquiera el violín sofoca mi dolor.

—Vete, búscalo.

—¿De qué me servirá?—pregunté mirando mis muñones—. Eleni, aunque Armand me regrese las manos, no solucionará el desasosiego de mi pecho. A pesar que él regrese o yo lo encuentre, tras liberarme de esta carga que me ata al teatro, no lograré nada. Es absurdo.

—¿Por qué?—se acercó a los barrotes y los agarró. Nuestros ojos se encontraron y yo suspiré.


—Porque no puedes obligar a nadie a que te ame—respondí—. No puedo obligar a que él lo haga.  

jueves, 30 de junio de 2016

La historia se repite...

Marius está defendiendo lo que es "suyo" o más bien "cree suyo". 


Lestat de Lioncourt


—¿Podríamos hablar?—pregunté interrumpiendo su animada charla consigo mismo. Se lamentaba por el crimen que había cometido contra Maharet, pero aún no tenía agallas de aceptar o asimilar que había hecho algo similar con Khayman. Él aún distinguía entre “civiles” y “guerreros” como si aquel pobre milenario, el cual lideró durante años una resistencia que acabó protegiéndonos a todos, no hubiese sido usado como un mero juguete de un espíritu aterrado y adolorido—. Desearía hablar contigo sosegadamente—afirmé.

—Por supuesto—dijo incorporándose.

Estaba de rodillas reclinado contra un pequeño altar vacío de dioses, flores o libros sagrados. Había tomado aquel pequeño rincón olvidado en la capilla familiar del castillo Lioncourt, en mitad de una importante reunión de la cúpula de vampiros más poderosos o influyentes, para meditar y orar por sus estúpidos planes. Su rostro era bondadoso pero sus ojos aún tenían la frustración de una guerra mal trazada. Había escuchado grandes cosas de él y de su reino oculto a los ojos y oídos del hombre, y que ahora no existía ni siquiera sus pedazos, pero también tenía conocimiento de su hipocresía.

—Me pregunto qué problema tienes con mi Amadeo—dije acomodando la toga que había elegido para esa noche.

Siempre que llegaba a mis reuniones me desvinculaba de las ropas bárbaras que solían usar los hombres modernos. Dejaba atrás mis camisa de seda en tonalidades borgoña o cereza, me arrancaba los pantalones clásicos de color oscuro y los zapatos cerrados para huir a mis viejas prendas. Incluso me deshacía de la ropa interior que me impedía sentirme libre.

—Dirás Armand—indicó en tono sosegado mientras remangaba las mangas de su pulcra y sencilla camisa blanca—. Él ya no se considera Amadeo y tampoco cree ser tuyo.

—Lo que él crea poco me importa—aseguré—. A mí sólo me interesa saber los motivos que te llevan a desear su muerte.

—Es fácil...—susurró con una sonrisa diabólica.

—Adelante, ilumíname—contesté abriendo los brazos encogiendo mis hombros.

—Él incapacitó el buen juicio de mis creaciones y acabaron siguiendo su desdichada religión. Algunos de ellos acabaron muriendo—hablaba desde la rabia y el desconocimiento.

Armand jamás torturó a sus seguidores. Él sólo adoctrinaba en su fe, la cual creía cierta, a todo aquel que se acercaba y lo escuchaba como si fuera un Mesías surgido de los infiernos. Aquel rostro dulce, de querubín o niño de coral de iglesia, provocaba que todos quedaran convencidos y asombrados por la sensatez de sus palabras. En algo debían creer cuando la muerte se volvía pesada y la vida parecía olvidada en un pozo de recuerdos llenos de amargas lágrimas.

—Ellos pudieron resistirse—respondí.

—¡No si los secuestran!—exclamó.

—Eran libres de ir y venir—dije.

Era cierto salvo con Magnus. Él sabía que era peligroso aquel hombre enajenado por su horrendo rostro y cuerpo lleno de desgracias. Era un portentoso alquimista con un cerebro privilegiado, pero también era un tullido de rostro de gárgola y mirada aviesa. Sabía que estaba decidido a romper la organización desde la base y por eso lo siguió. Y no le faltaba razón. Magnus creó a un guerrero importante cuya espada eran sus filosas palabras.

—¡Eso no lo sabes!—espetó.

—Lo sé porque siempre estuve vigilándolo—admití para su asombro.

—Ah... así que es cierta tu cobardía—susurró.

¿Mi cobardía? ¿Y qué había de la suya? En ningún momento fue a por sus hijos, sus amigos y seguidores. Ellos, que confiaron ciegamente en él, fueron abandonados a su suerte.

—Simplemente me di cuenta que éramos incompatibles en creencias—dije con cierta amargura en la punta de mi lengua—. Él estaba demasiado influido por una vieja doctrina renacida en su pecho como si fuese la semilla del mal.

—Claro, pero mientras tanto otros sufrían las consecuencias de su abandono y dolor—se había incorporado y girado hacia mí para enfrentarme. Realmente deseaba desafiarme.

—Sigue pensando lo que quieras. Yo sólo he venido a advertirte—mi tono de voz cambió dejando atrás la amabilidad. Estaba profundamente molesto por su actitud. Sabía que Amel ya no regía en su mente y era él quien hablaba con todas las consecuencias de este aciago mundo.

—¿Tú a mí? Eres mucho más joven que yo—dijo carcajeándose.

No me importaban sus casi 6.000 años. No me interesaba lo que pudiese haber hecho en aquel lugar perdido de la jungla, entre manglares y ruinas reconstruidas con la pasión metódica que únicamente sabía tener Maharet, porque sólo podía pensar en proteger a quien amaba.

—Tengo a Lestat de mi parte, Rhosh—le aseguré.

—Prosigue...

Sabía bien que eso le detendría para escucharme.

—Si pones tus sucias manos sobre Armand o sobre cualquiera de mis creaciones, pero especialmente sobre mi muchacho, te juro que no descansaré hasta que sus sesos y entrañas decoren el suelo de mi palacio veneciano—dije con mis ojos de frías tonalidades azules clavados en los suyos como si fuera un infierno glacial.

—Ah... italiano tenías que ser... Se nota que el espíritu de la mafia viene de antiguo.

—Sólo te advierto—aseguré antes de marcharme para regresar al consejo de sabios que se estaba celebrando.


viernes, 27 de noviembre de 2015

Nicolas el demonio

Eleni me envió estas notas hace unas noches... Son notas preciadas para mí. 

Lestat de Lioncourt 


Él estaba allí de pie, sobre el escenario, siendo adulado por un par de vampiros que tenían algo más de dos décadas. Acariciaban sus cabellos oscuros y sus prendas ligeramente polvorientas. Durante días había mantenido un silencio casi sepulcral. Su voz, profunda aunque sutil, tenía un acento que podía ser confundido con el del propio París. Había vivido algunos años en la ciudad y regresó al nido de ratas, suciedad y artistas que tanto consumía su alma, a la vez que la alimentaba, con el solo objetivo de morir de inanición en mitad de una noche apasionada.

Era delgado. Recuerdo muy bien su figura esbelta. Tenía una estatura considerable, pero no llegaba a rebasar a su creador. Sus ojos profundos, tan profundos como su voz, eran castaño oscuros y parecían la boca de dos lobos aullando. Un lobo en mitad de un rebaño de almas indecentes. Su boca tenía labios carnosos y una sonrisa pérfida. La tez de su piel estaba un poco bronceada, pero no tenía peca o muesca alguna. Acepto que era una obra maestra aquel vampiro, aunque su alma estaba consumida y destruida mil veces. Podía ver como se retorcía junto a su cuerpo cuando tocaba. Un alma que lloraba y gritaba.

Poseía unos dedos largos, los cuales le daban cierta habilidad pasmosa para tocar rápidamente las cuerdas. En ocasiones no usaba el arco, sino que pellizcaba estas y hacía sonar unas notas intensas, algo depravadas, que te seducían cayendo a sus pies. Como humano nunca habría logrado a ser un gran violinista, ni aunque hubiese seguido con las más excelsas clases de violín. Sin embargo, el Don Oscuro le dio algo más que una vida eterna, modificó sus habilidades y lo convirtió en un genio.

Escuché la pelea con su creador, con aquel joven que nuestro amigo más viejo persiguió por todo París, y fue terrible. Lestat lloró lágrimas sanguinolentas de rabia y frustración, pero él se reía. Escuché como se lanzaban severas acusaciones, crueles frases dignas de una guerra encarnizada y miradas propias de dos amantes heridos. Poco después, cuando Lestat se fue de Francia, logré sentarme a su lado y escuchar su historia.

—Creí que mi idea le haría feliz—dijo acariciando ensimismado su instrumento. Desconozco si él me hablaba a mí o no. Sólo sé que lo escuché. Tuve la delicadeza de apoyar mi diestra sobre la cruz de su espalda, justo donde acababa el último mechón de su pelo, para darle cierto confort—. Siempre quiso conocer los límites del ser humano, romper las reglas y ser temerario. Amaba éste teatro, lo adquirió por algo, y a mí me dotó de vida... ¡Pero eso no lo hizo porque él quería! Deseaba verme morir en medio de la inocencia y la estupidez, sumergido en la oscuridad sin poder siquiera hallar una verdad agradable por falsa que fuese. Miserable... ¡Y me habla de traicionar al mundo! Yo sólo quiero crear arte, acompañarme de lo único que no me ha abandonado, porque mi alma sufre...—se abrazó al violín y lo besó con ternura, para luego abalanzarse al escritorio riendo a carcajadas.

Una nueva obra corría dirigente por las conexiones nerviosas de su cerebro. Estaba alentándole a escribir para olvidar, para no pensar, para no sentir... para no padecer y no caer nuevamente a los infiernos del quizás y el nunca.

Por mi parte, como no, guardé silencio y observé. Quedé allí durante más de una hora mientras él escribía y escribía, reía, se tiraba del cabello y se ponía en pie señalando el papel mientras mascullaba ciertas ofensas a Dios, el Diablo, el destino y la fe. Después, para calmarse, tocaba la melodía que había compuesto mientras recitaba los poemas perversos, las frases ingeniosas y las escenas obscenas que había firmado para nuestro próximo estreno.



viernes, 3 de julio de 2015

Se libre

He buscado la única carta que tengo de Nicolas, no de Eleni. Es una carta suya, de su puño y letra, y reza en ella su odio y también su amor. Sólo le decepcioné y eso causó que su corazón se quebrara.

Lestat de Lioncourt


No he olvidado sonreír, sólo he olvidado los motivos por los cuales lo hacía. Soy un demonio que camina entre el bien y el mal, empujando a muchos a decidir por lo más tentador y apetecible. He condenado a muchas almas, he disfrutado de la sangre y todos los secretos crueles que contienen las venas frágiles de mis víctimas. Yo también soy una víctima. Me he convertido en un despreciable ser que trepa por los confines de ésta ciudad, la ciudad donde la revolución truena y el mundo parece crujir a golpe de pólvora, mientras las cabezas ruedan por las plazas. La sangre de los nobles manchan los delicados zapatos de los burgueses. Te recuerdo a ti y deseo que tú ruedes como ellos. No por tu nobleza, sino por lo hipócrita que fuiste durante tantas noches.

Me dijiste que me amabas a mí del mismo modo que amabas las luces diáfanas de las velas, al igual que amabas mi música y te apasionaba la idea del arte y la sátira. Tenías vocación de santo y demonio, comulgabas entre el bien y el mal desde que te conocí, poseías encanto y convicción, además de una luz que aún me ciega y que ya no me ofreces. No sé como debo tratarte. Es más, no sé si deba tratarte. Te has convertido en mi verdugo y aún así sostengo las estúpidas cartas que envías.

Eleni se hace cargo de hacerme llegar cada una de tus líneas. Ella las lee en voz alta con cierta ilusión, pero yo la observo como si no me importaran. Pero me importa. Estás viendo mundo, estás conquistando sueños, sabiduría y una vida que ya no nos pertenece. Somos retorcidos monstruos que reptan por la oscuridad secuestrando sueños, pero tú los haces realidad. Te has convertido en un aventurero, porque ya eras cazador. Ese instinto de sostener la presa, de retorcerle el cuello y dejarla muerta lo conocías bien. Siempre lo has conocido bien. Matabas para sobrevivir y éste no es muy distinto a cazar pobres conejos indefensos. No. Pues incluso los lobos parecían más fieros, terribles y cruentos que tú.

Te odio. Te detesto. Siento asco de haber gemido tu nombre mientras mordía la almohada de aquel tugurio, el mismo nombre que suspiraba acariciando tu torso y que tú repetías como si fuera una burla. Porque te burlabas de mí. Te burlas aún de mí. Yo no te importo lo más mínimo. De haberte importado, maldito malnacido, me habías hecho lo que soy hacía mucho y no me habrías condenado a observar ese espectáculo de huesos, demonios consumidos por las llamas y juicios de palabras profanas. Sabías que yo creía en Dios, pero tú te convertiste en mi ángel. Ahora no eres más que un demonio. Desprecio tu dinero, tus propiedades y todo lo que me ofreces. Pero me quedo con éste lugar porque es el escenario de nuestra derrota, una derrota peor que la que tuvimos frente a la vida. Es la derrota del amor, la amistad y la complicidad. Aquí yacen todos mis sueños, mientras parece que los tuyos volaron contigo.


Si te escribo ésta carta es para despedirme de ti. No envíes más cartas. No quiero saber de ti. No quiero escuchar tus miserables palabras de amor y preocupación. Tú a mí no me quieres. Sólo soy una espina clavada en tu corazón que pronto dejará de hacerte daño. Muérete o deja que yo muera, pero no me condenes a saber que ambos estamos bailando con la doncella sobre la faz de ésta pútrida tierra.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt