Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 4 de marzo de 2017

Una noche más

—Te reitero que puedo conocer y comprender bien tus pensamientos y más íntimos deseos.

Su voz reverberó en mi cabeza como si alguien hubiese conectado un equipo de música en ella. Cerré automáticamente los ojos y eché hacia atrás la cabeza en el respaldo de mi butacón. El fuego crepitaba en la chimenea y fuera una horrible tormenta acariciaba los muros de mi castillo. No muy lejos de aquí se hallaba lo que fue el pueblo, el cual estaba siendo reconstruido por puro capricho mío. Hacía unas horas había paseado por sus calles y me detuve en la vieja taberna. Miré el letrero, justo como lo recordaba, y me eché a llorar.

Había vuelto por unos segundos a mi juventud. Era de nuevo un joven de veinte años aguardando su futuro. Pude sentir incluso el peso de mi capa y las botas que me hizo el padre de Nicolas. De inmediato recordé el aroma de aquel hombre joven, de aspecto menudo y ojos castaños. Quise escuchar la melodía del violín atravesando los muros, pero sólo hallé silencio.

—Lo sé—respondí pasados unos segundos.

—Aún piensas en él—me aseguró—. Es una de tus más terribles frustraciones y obsesiones.

Una obsesión que me llevó a aceptar las palabras de Memnoch para viajar al infierno, y posteriormente a los cielos, sólo para encontrarlo. No lo hallé. Ni siquiera sé donde estuve realmente.

—Es posible—susurré colocando mis manos sobre mi pecho. Sentía el corazón muy acelerado.

—Lestat, belleza, deberías enterrar de una vez ese pasado—dijo en confianza.

—Son recuerdos—le reproché.

No quería abandonar también en ellos a mi primer amor. Me negaba.

—Y frustraciones—indicó.

—Sólo quisiera toparme con su alma y pedir disculpas—aseguré.

¿Pero era cierto? ¿Sólo eso? ¿Me conformaría únicamente con eso? Él quería que me torturara la conciencia, que se taladrara mi alma, y que jamás pudiese vivir sin pensar en lo estúpido, egoísta y patético que fui. Merecía un castigo, ¿pero no era ese uno?

—No las aceptaría.

Amel tenía razón. Nicolas no aceptaría unas simples disculpas por sinceras que fuesen.

—¿Así lo crees?—pregunté.

—Sí—respondió de inmediato.


Aún así no dejé de pensar en él durante toda la noche. Esa maldita obsesión jamás se iría.  




Lestat de Lioncourt 

jueves, 15 de septiembre de 2016

Remordimientos

Nicolas a veces me aterra... ¿Estos pensamientos de dónde vienen?

Lestat de Lioncourt 


“Alzo mi violín al cielo,
como la voz de un funesto querubín.
Se alzan las llamas en París...
en un anochecer sin fin.

Duelo de ánimas,
duelo de dolor.
Cuidado por donde caminas.
La muerte está presente.”

Recité esos versos aquella última noche. Recorría las calles taciturno y con los ojos de un demonio enloquecido. Estaba perturbado. Creo que nunca lo estuve tanto como en aquellos momentos. Pensaba en mi muerte. Sabía que mi hora había llegado. Estaba seguro que pronto el mundo conocería mi obra, la amaría y la odiaría a la vez, mientras que el silencio, el de mi voz que era el violín, se apagaría por siempre.

Recordé que ese violín, el que llevaba conmigo, era uno carísimo que él había adquirido para mí. Me compraba como si fuera una puta. Creía que el dinero me contentaba. Pobre patético iluso. Pobre infeliz. Miserable él, miserable yo. Estaba equivocado.

Mis ojos se llenaron de lágrimas sanguinolentas y me apoyé contra una esquina, muy cerca de uno de esos bohemios cafés que él tanto amaba. Suspiré porque no sabía si reír o llorar. Estaba tan desesperado que sólo tomé aire y lo dejé ir. Estaba perdido, dolido, angustiado y necesitaba su apoyo. Sin embargo, él se había ido huyendo de mí, y de mi oscuridad.

Nunca se dio cuenta que despreciaba lo que ahora era. Yo no quería a un hombre bien vestido con los bolsillos llenos de dinero. Prefería al muchacho harapiento de sonrisa desenfadada, de bolsillos llenos de telarañas y estómago vacío. Quería al chico torturado, el artista demente como lo era yo, y no un joven elocuente y decidido a acabar con todo lo que una vez amó.


Sin duda, Lestat, hizo trizas mi corazón. Luego, como hacen algunos asesinos, se largó de la escena del crimen sin remordimiento alguno. Por eso decidí morir. Quise morir. Deseaba morir porque sabía que él necesitaba tener esos pensamientos fúnebres revoloteando en su estúpida cabeza.  

viernes, 27 de noviembre de 2015

Nicolas el demonio

Eleni me envió estas notas hace unas noches... Son notas preciadas para mí. 

Lestat de Lioncourt 


Él estaba allí de pie, sobre el escenario, siendo adulado por un par de vampiros que tenían algo más de dos décadas. Acariciaban sus cabellos oscuros y sus prendas ligeramente polvorientas. Durante días había mantenido un silencio casi sepulcral. Su voz, profunda aunque sutil, tenía un acento que podía ser confundido con el del propio París. Había vivido algunos años en la ciudad y regresó al nido de ratas, suciedad y artistas que tanto consumía su alma, a la vez que la alimentaba, con el solo objetivo de morir de inanición en mitad de una noche apasionada.

Era delgado. Recuerdo muy bien su figura esbelta. Tenía una estatura considerable, pero no llegaba a rebasar a su creador. Sus ojos profundos, tan profundos como su voz, eran castaño oscuros y parecían la boca de dos lobos aullando. Un lobo en mitad de un rebaño de almas indecentes. Su boca tenía labios carnosos y una sonrisa pérfida. La tez de su piel estaba un poco bronceada, pero no tenía peca o muesca alguna. Acepto que era una obra maestra aquel vampiro, aunque su alma estaba consumida y destruida mil veces. Podía ver como se retorcía junto a su cuerpo cuando tocaba. Un alma que lloraba y gritaba.

Poseía unos dedos largos, los cuales le daban cierta habilidad pasmosa para tocar rápidamente las cuerdas. En ocasiones no usaba el arco, sino que pellizcaba estas y hacía sonar unas notas intensas, algo depravadas, que te seducían cayendo a sus pies. Como humano nunca habría logrado a ser un gran violinista, ni aunque hubiese seguido con las más excelsas clases de violín. Sin embargo, el Don Oscuro le dio algo más que una vida eterna, modificó sus habilidades y lo convirtió en un genio.

Escuché la pelea con su creador, con aquel joven que nuestro amigo más viejo persiguió por todo París, y fue terrible. Lestat lloró lágrimas sanguinolentas de rabia y frustración, pero él se reía. Escuché como se lanzaban severas acusaciones, crueles frases dignas de una guerra encarnizada y miradas propias de dos amantes heridos. Poco después, cuando Lestat se fue de Francia, logré sentarme a su lado y escuchar su historia.

—Creí que mi idea le haría feliz—dijo acariciando ensimismado su instrumento. Desconozco si él me hablaba a mí o no. Sólo sé que lo escuché. Tuve la delicadeza de apoyar mi diestra sobre la cruz de su espalda, justo donde acababa el último mechón de su pelo, para darle cierto confort—. Siempre quiso conocer los límites del ser humano, romper las reglas y ser temerario. Amaba éste teatro, lo adquirió por algo, y a mí me dotó de vida... ¡Pero eso no lo hizo porque él quería! Deseaba verme morir en medio de la inocencia y la estupidez, sumergido en la oscuridad sin poder siquiera hallar una verdad agradable por falsa que fuese. Miserable... ¡Y me habla de traicionar al mundo! Yo sólo quiero crear arte, acompañarme de lo único que no me ha abandonado, porque mi alma sufre...—se abrazó al violín y lo besó con ternura, para luego abalanzarse al escritorio riendo a carcajadas.

Una nueva obra corría dirigente por las conexiones nerviosas de su cerebro. Estaba alentándole a escribir para olvidar, para no pensar, para no sentir... para no padecer y no caer nuevamente a los infiernos del quizás y el nunca.

Por mi parte, como no, guardé silencio y observé. Quedé allí durante más de una hora mientras él escribía y escribía, reía, se tiraba del cabello y se ponía en pie señalando el papel mientras mascullaba ciertas ofensas a Dios, el Diablo, el destino y la fe. Después, para calmarse, tocaba la melodía que había compuesto mientras recitaba los poemas perversos, las frases ingeniosas y las escenas obscenas que había firmado para nuestro próximo estreno.



miércoles, 18 de noviembre de 2015

Todavía

—Acepta la maldad en tu corazón, somos demonios.

¡Su voz! Podía escuchar su voz, sentir su aliento cerca del mío y esa mirada llena de furia. Ojos oscuros, como la noche misma, clavándose en mí con un delirio atroz. Estaba enfermo de odio, rabia y también de un amor que se desquebrajaba hasta convertirse en nada. ¡Cuán miserable me sentía! ¡Cuán terrible quedé!

—¡No somos demonios! Dios no existe y el Diablo tampoco.

Respondí con orgullo. Mi soberbia me cegaba. No atendía a escucharlo. Sí éramos malvados. Debía haberle dicho que creía en otra clase de demonios, pero no en el bíblico. Pude haberlo detenido y callado, abrazado pegándolo a mí, y ofrecido mi consuelo. ¡Pero no! Decidí que gritara con fuerza hasta escupirme todo su veneno, como una serpiente. Culpable, sí. Era culpable... ¡Soy culpable! Todavía su muerte pesaba sobre mis hombros. Aquello que amé, por lo que luché, se convirtió en un ser salvaje que mostraba sus colmillos como los lobos que tuve que sacrificar para poder sobrevivir.

—¡Claro que sí existe el Diablo! ¡Yo soy parte de él! ¡Soy uno de sus miembros! ¡Soy sus ojos en la tierra!

Aquella conversación siguió, como no. Su rabia se incrementó y pude notar como deseaba abalanzarse sobre mí. Tantos días en silencio, tanto dolor, para ser acuchillado aún más por él y su necedad.

—¡Estúpido! ¿Quién te dijo eso? ¡Quién te ha podido infundir tales mentiras!

¡Oh! Santo Dios... pude verme a mí mismo señalándolo, haciéndolo aún más mártir, mientras las tablas del teatro se quejaban y las velas temblaban. Armand, a nuestras espaldas, observaba todo como una estatua de mármol, al igual que mi madre. Allí, reunidos los cuatro junto a los ayudantes del viejo líder de la Secta, vivíamos nuestra última batalla.

—He visto en tu sangre la maldad, esa que predicas como inexistente, también la codicia, el egoísmo y la mentira. He visto en ti lo peor, cuando creía que eras la luz de mi mundo. Te has convertido en tinieblas y has arrasado con mis esperanzas.

Recordé esa conversación como si la viviese en ese mismo instante. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral y lancé a las llamas un par de trozos de leña. Allí, sentado en mi sillón favorito, observé como las llamas consumían cada trozo hasta reducirlos a cenizas. Me imaginé su cuerpo danzando sobre las llamas, convirtiéndose en una antorcha en medio de París, y el silencio, al fin el silencio, de su enigmático y caro violín.

Había comprado uno de esos violines extraordinarios, pues pensé que le haría feliz, pero sólo lo maldije aún más. Me comporté como un estúpido. No supe amarlo. Jamás supe apreciar su dolor y la ira que emanaban sus carnosos labios.


¿Cuántas veces me rogó que me quedara? ¿Cuántas veces negué su idea? Me burlé de él. Me reí de sus creencias. Le llamé loco. Mi comportamiento era el de un estúpido. No vi su sufrimiento. Sólo creí que era una reprimenda por haberlo abandonado. ¿Y de haber sido así qué hubiese pasado? Nada. Me lo merecía.  


Lestat de Lioncourt 

viernes, 28 de agosto de 2015

Amor y odio

«Verdad y mentira, malicia y bondad, caminando por una cuerda ¿quién se caerá? Vendrás tú, como un príncipe oscuro, con la luz en los ojos y la mentira en los labios. Mancharás mi alma, con la sangre de otro, y me dirás que me amas acariciándome con codicia. Tú, príncipe de los mendigos, has venido a ser de nuevo el marqués que París no aguarda. Caminas entre los vivos, pero tu corazón ya no late como el mío. Afronta la verdad, maldito demonio, y compadecerte de las lágrimas de tu amante roto. Mírame, sin orgullo y sin lujos, y susurrarme con encanto las mentiras que promulgas. Dios, la virgen, los santos, los ángeles y el demonio bailan en una danza cruel y macabra. Yo no iré a la tumba, pero tú tampoco. Me has seducido, engendro del mal, y ahora caeré contigo. Caernos los dos a las tinieblas, de donde salieron los murciélagos que rompen tu alma y secuestran la mía. La cordura ya no existe. La verdad está muriendo. Bienvenido a la ciudad del amor, la tragedia, el sexo, la sangre, rituales en catacumbas, huesos que hablan y fuego que no cesa. Búscame, amor mío, y dime que me quieres aunque me detestas del mismo modo que yo te detesto. Juguemos a comer y beber en platos y vasos vacíos, bailemos entre los hombres y luchemos uno contra el otro. Te reto.»

Sostenía aquel papel como si fuese un trozo de su alma. Lo contemplé con dolor. Me quedé sin aliento unos segundos y después miré a Armand. Él parecía sereno. Reconocía la letra, por supuesto, y también esa forma de escribir tan enrevesada como hermosa. Era un demonio, sin lugar a dudas, al igual que él y yo. Nicolas, mi Nicolas. Mi amante, al que realmente quise y odié al mismo tiempo, yacía en la tinta derramada en aquel viejo papel amarillento.

—Estaba entre sus cosas—aclaró mirándome con recelo.

—¡Tenías ésto y no me lo diste!—grité furioso—. ¡A santo de qué me lo das ahora!

—Porque él lo sabe. Él lo sabe todo—contestó.

“Él”... Amel. Sí, seguro que lo sabía. No me lo había dicho ¿tal vez porque pensaba que no me afectaría? Quizás porque sabía que sería una nueva disputa. Entonces escuché como suspiraba, para luego echarse a llorar.

—Si te hubiese dicho que existía esas notas, como otras muchas, discutirían. No quiero más guerras. Deseo paz—murmuró esa voz, la del espíritu que se hallaba a mi lado día tras día.

No dije nada. Sólo tomé el papel y lo guardé en mi chaqueta.




Lestat de Lioncourt

jueves, 20 de agosto de 2015

Desconsuelo

Estos documentos, los cuales posee Armand, suelen llegar a mi despacho de vez en cuando. Él los encuentra en sus numerosas propiedades y decide ofrecérmelos. Nicolas... el hombre que cambió todo en mi vida, igual que los lobos y Magnus. Él fue importante y yo no supe verlo.

Lestat de Lioncourt


—¿Por qué no me hablas?—decía mirándome en un rincón de la sala.

Guardaba silencio desde que me había convertido en vampiro. Analizaba todos los pensamientos y sentimientos que él, sin pretenderlo, me había ofrecido mediante su inmortal sangre. Había descubierto quién era en realidad, lo veía sin la máscara que siempre mostraba a todos y comprobé que era tan miserable, tan solitario y estaba tan destruido como yo y como París misma. Había alcanzado sus sueños, pero aún así se sentía miserable. ¿Cómo debía sentirme yo? Ni siquiera me amaba lo suficiente para haber pensado primero en mí, en su amante fiel y desesperado por encontrarse entre sus brazos, sino en su madre o en sus propios caprichos.

Deseaba llorar desconsolado. Me había arrebatado el símbolo de mis creencias, pues había dejado de creer en Dios para creer en su luz, en sus palabras y en su estúpida sonrisa. Y ahí estaba, mirándome con cierto desprecio y exigiéndome que le hablara. ¡No iba a hacerlo! Me había propuesto ofrecerle el mismo castigo que él, con su miserable codicia, había tenido hacia mí.

—Nicolas, algún día tendrás que dirigirte a mí—decía clavando aquellos ojos azules, tan hermosos y funestos, en los míos—. No deberíamos acabar así...

Acabé echándome a reír. ¿Cómo debíamos acabar? Tal vez quería que me arrodillara frente a él y le rogara amor eterno, pero él ni siquiera me amaba. Sólo me despreciaba. Veía en mí la locura, el odio, la insensatez de un burgués que pudo tener el mundo a sus pies y lograr que los nobles como él, tan arruinados como inútiles, quedaran humillados frente al populacho. Corría la revolución como la pólvora por las calles de París, Francia iba a ser libre de los nobles y reyes, pero allí estaba yo sujeto a la sangre azul de un idiota que siempre juró amarme. Todos esos juramentos valían tan poco como su título en esos momentos, pues ni siquiera iba a ser marqués. El título pasaría a su hermano mayor, mucho más robusto y estúpido, y éste a su descendencia. Él no tenía nada, salvo la inmortalidad y esas joyas atesoradas en algún lugar a las afueras de la ciudad.

—Me odias...

—¿Y tú no me odias a mí?—dije rompiendo mi silencio, pues me empezaba a cansar—. Cobarde, asqueroso miserable, ¿pretendías que muriera ignorante? Todo lo he compartido contigo y tú no eras capaz siquiera de decirme que no me amabas—sus ojos se abrieron como si le faltara el aire y sus mejillas se colorearon—. Vete al infierno, del cual no debiste salir.

Tras esa conversación, tan escueta, decidimos ignorarnos hasta que el teatro, aquel maravilloso teatro, quedó a mi merced. Quería representar el odio y la amargura, la oscuridad y el dolor, que yo sentía. Deseaba que todos ardieran en mi infierno.  

viernes, 7 de agosto de 2015

Demonio y violinista

Jamás quise decirte adiós. Nunca deseé despedirme de tu aroma en mi ropa. Me aferré a todos los recuerdos, a cada momento vivido, y dejé que parte de mi alma muriera desesperada por la despedida. Ahogué mis lágrimas en los momentos más intensos de ésta nueva vida, pero jamás desaparecieron. Recuerdo nuestras largas conversaciones, tus ojos oscuros sonriéndome embriagados por la pasión, y esas caricias que siempre sentí puras.

El tiempo no ha borrado todo lo que hemos vivido. Creo que todavía puedo escuchar tu voz y rememorar ocasionalmente el aroma de tu piel. Durante algunos años creí enloquecer. Te imaginaba caminando a mi lado, con las manos en la chaqueta y esas largas zancadas tuyas intentando seguirme. Eras el fantasma que me recordaba permanentemente mi mayor fracaso.

Hoy, tras tantos siglos, he vuelto a París, como hago ocasionalmente, y me he subido a un tejado con un violín entre mis manos. Abajo hay un gran alboroto. He visto algún joven vampiro observándome con curiosidad, preguntándose si yo soy ese legendario inmortal llamado Lestat, pero no he dicho ni hecho nada. Amel ha tarareado aquellas canciones que solías balbucear completamente ciego por el alcohol.

He llorado, Nicolas. He llorado como un niño. He vuelto a llorar como cuando fuimos al lugar de las brujas. Te he imaginado en las empedradas calles correteando con aquel magnífico violín bajo tus brazos, con la camisa abierta y el cabello revuelto. He vuelto a nuestro París. Contemplé el Jardín Salvaje de antaño, pude aspirar el aroma de sus flores y me dejé llevar por los recuerdos. Creo que grité tu nombre, pero fue un arrebato inconsciente.


Desearía que te manifestaras... Si sigues rondando éste mundo... ¡Hazlo! Se el demonio que me persiga en ésta ocasión...

Lestat de Lioncourt   

sábado, 7 de marzo de 2015

Amor desesperado y amargo

Nicolas me amaba, pero no supe verlo. Durante mucho tiempo me golpeé el pecho por ello, me arrastré y lloré. Debí darme cuenta. 

Lestat de Lioncourt 


Venganza. Tan sólo quería vengarme de él. Quería regodearme en su dolor, aplastar su alma con el peso de su propia conciencia, y sonreír burlón desde lo alto del escenario. Por primera vez quería ser yo quien le concediera un poco de su medicina. Esa medicina amarga que solía deslizarse por mi garganta. No tuvo pudor en dejarme atrás, como si fuese un peso muerto, y permitir que viese los horrores del infierno en este mundo. Pude palpar las cuencas vacías de los esqueletos que yacían bajo el cementerio y captar el aroma a carne quemada de cada uno de aquellos desdichados. Podía hacerlo y lo hice. Saboreé las cenizas, tragué el humo de los cadáveres que se consumían en el fuego mientras bailoteaban a su alrededor, y observé como aquel ángel, de cabellos de sangre, parecía una hermosa escultura.

¡Y por eso el teatro se alzó! Como si fuese el cómico y trágico final de una época llena de inocencia, palabras vacías y lujuria desenfrenada. Me convertí en marioneta de mis propios hilos, enredados en la oscuridad y el dolor, que se impulsaba sobre cada uno de los tablones que fueron nuestra tumba. Tú creías que eran nuestro paraíso, el edén, pero en realidad eran sólo madera para nuestros ataúdes.

Dejaste de ser el muchacho que me venció en aquel invierno. Las manos cálidas y ásperas que me desnudaron, el hombre que mordió mi nuez de adán y se naufragó conmigo entre la espuma de las sábanas de aquella mugrienta habitación. Tú me torturaste con tus deliciosas palabras, tus locos sueños, tus nefastas creencias y vaciaste mi alma de cualquier duda. Me conquistaste. Pero, en París, te convertiste en un amante entregado a otros cuerpos, jugabas entre las faldas de las actrices y besabas a las mujeres que suspiraban por ti. Sólo en las noches, cuando te metías en la cama conmigo, me arrullabas con las palabras más tentadoras. Mordías mis hombros, besabas mi nuca y te deshacías de mi pantalón. Podía sentir tus impulsos bajo las mantas, como tus brazos masculinos apresaban mi cuerpo y me torturabas murmurando que me amabas a mí. Un amor idílico, único, magnifico y precario. Yo era quien soportaba tus malos momentos, tus palabras zafias y las mordaces mentiras. Ellas se llevaban tu tono seductor y tus discursos de seda.

Dime, maldito bastardo de noble cuna, ¿cuántas veces me dijiste que me amabas? Jamás escuché un tórrido te amo. Tan sólo escuchaba tus precarias y soeces fantasías pegadas a mi oído, envenenando mi alma y condenándome al paraíso del cual era desterrado a diario. Me convertiste en tu puta, pero reconoce que era la mejor de todas las que has tenido. Mis piernas se abrían dirigentes pensando que así me amarías, mis brazos se apoyaban en el colchón de paja y mi boca, esa boca endiablada, mordía tu vientre para lamer tu sexo. Tenía una lengua de serpiente, que se enroscaba desde la base hasta la punta, y tú reías maravillado creyéndote rey. ¿Y no eras tú el rey de París? Porque así te coronaste. El rey de los barrios más infestos. Una sucia rata venida de un pueblucho entre colinas.

Sólo te pedía que regresaras. Me conformaba con verte a mi lado. Ellas podían tenerte un rato, pero quien te hacía enloquecer era yo. Sin duda alguna eran mis muslos los que te ahogaban, mi cuerpo el que se tambaleaba y mi garganta la que se desgarraba. Mis manos, esas manos que tantas veces tocaron para ti el violín, acariciaban tu vientre como si fueras un Adonis. Pude tenerlo todo, Lestat, y sin embargo decidí tenerte a ti. Me hice esclavo de tus caprichos. Creí que nos hundiríamos ambos en tragos de absenta, caprichosas obras inacabadas y dulces mentiras llenas de eufórico sexo. Pero no. Decidiste irte. Y cuando regresaste, arrogante desgraciado, ocultaste lo que eras y mentiste para no compartir conmigo una vida eterna. ¿Y pretendías que no te odiara? ¿Qué más querías? ¡Me humillaba por ser tu querida!


Si hice el teatro fue para demostrarte que yo también sé jugar con la muerte.  

viernes, 11 de octubre de 2013

A mí mismo

Escrito: A mí mismo
Autor: Nicolas de Lenfent

¿Qué soy? ¿Quién soy realmente? ¿Me pertenece volver aquí? ¿Debería llorar? ¿Puedo llorar? ¿La voz que escucho es un eco de mi alma? ¿Por qué la oscuridad? ¿Por qué aún siento las llamas lamiendo mi piel? ¿Y mis ojos? ¿Puedo ver con mis ojos o tan sólo percibir con mi alma? ¿Qué hay más cruel que el destino y las consecuencias de nuestros actos? ¿Es la crueldad aquello que tanto deseaba? ¿Qué hay de verdad en mis palabras? ¿Y la oscuridad será siempre espesa? ¿Quién me recuerda? ¿Hay mayor tormento que no saber si te escuchan? ¿Por qué la vida se acabó así? ¿Qué me impulsó a tocar el cielo danzando sobre las ascuas? ¿Hubo algún gesto de dolor ante mis gritos? ¿Quién vio mis ojos por última vez? ¿Se predijo mi destino cuando nací o yo mismo lo elaboré? ¿Y Lestat? ¿Qué sienten los demás cuando les hablo en sueños? ¿Soy como el humo? ¿Alguna vez amé algo más que mi violín? ¿Y las partituras? ¿Dónde quedó el teatro? ¿Por qué no estoy en París? ¿El recuerdo me hace sentir vivo o estoy vivo porque soy un recuerdo? ¿Conoció mi horrible destino alguien de mi familia? ¿Qué fue de las obras que creé? ¿Hubo otro violinista tan desgraciado? ¿Dónde se encuentra Armand? ¿Y mis manos? ¿Podré tocar de nuevo mi rostro? ¿Por qué tanto silencio? ¡No puedo con el silencio! ¡No pertenezco al silencio! ¡Me ahogo en éste mar frío! ¡La oscuridad me tienta pero no quiero guarecerme en ella! ¡No quiero mentiras! ¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí!

Te amé con ternura, locura y desencanto. Besé tus párpados cuando dormías como si fueran tus labios. Oculté mis lágrimas alejándote. Hundí mi miseria en los tablones del teatro. Canté, bailé y toqué para que tú brillaras en mis perpetuas noches. Te extrañé deseando que me hicieras el amor una vez más, olvidándome que no eras mío sino de todos. Decías que me amabas, pero tus caricias eran similares a las que ofrecías a las putas de los burdeles que tanto te gustaba visitar. Tan hermoso, divino y pecaminoso. Tú eras la luz, la llama de la vida, el desenfreno, el canto hecho carcajada y encarnado en un joven de cabellos dorados... ¿qué era yo para ti? Tal vez un medio y un fin. Me conformaba en tus brazos creyendo que siempre volverías. Me había acostumbrado a la miseria y tú me ofrecías un paraíso. Cuando me acostumbré me abandonaste, engañaste, ocultaste la verdad y luego me tendiste todos los horrores por tu necedad y estupidez. Ni me preguntaste si estaba asustado porque sólo pensaste en ti, como siempre. Nunca pensaste en aquello que yo deseaba y que era únicamente la verdad sin trucos, sin palabras elegantes y movimientos sutiles. Jamás me ofreciste una verdad pura y cuando yo te escupí las mías, esas que te torturaron, me miraste con odio, te ofendiste, lloraste y me dejaste.


¿Por qué he vuelto de nuevo? ¿A caso te odio y te extraño? ¿Hubieses regresado a mí si hubiese permanecido con vida? ¿Lo hubieses hecho? O tal vez nos hubiésemos vuelto de piedra, transformados por la sangre y el olvido. Nunca me dijiste que me amabas... tal vez si lo hubieses dicho... si tu orgullo no fuera tan grande... si tu estupidez no fuese tan sincera y caprichosa... si... si yo hubiese sido más fuerte y más listo... si no me hubiese enamorado de ti. Sí, sin duda todo hubiese sido distinto.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt